26.9.14

Mientras pasa la lluvia



Mientras pasa la lluvia
y las bocinas de los autos sollozan en el tránsito
y pensamos en barcos indefensos
que se hunden frente al puerto
al reclinarse en ellos la tormenta,
te contaré, mi vida,
la historia del tornero
que modeló una mujer de madera
y al sacarla del torno
ella siguió girando
y nadie pudo detenerla
porque la rotación quedó grabada
en su carne de celulosa
y sigue, hasta la fecha,
expuesta en un museo
y algunos dicen que sonríe de cuando en cuando
y que por las noches se queda quieta,
pero se trata de leyendas
que nadie ha confirmado.

Mientras pasa la lluvia,
ahora que el mundo ha desaparecido
bajo cántaros de agua
y el calentador ronronea como gato
y el gato ronca como un camionero borracho
y la techumbre es masacrada
por gotas del tamaño de manzanas,
te contaré, amor mío
la historia de un cuaderno
guardado y olvidado por decenios
en un cajón húmedo
y las líneas escritas en él se borraron
y su papel se volvió una papilla nutricia
y le brotaron plantas
y los tallos de las plantas
siguieron el patrón de la vieja escritura
y fueron la memoria
del escrito perdido.

Mientras pasa la lluvia
y la tierra se ahoga sin remedio
y el calor de tu cuerpo no se apaga
y tu laguna no se seca
y las ventanas se empañan
y el mundo nos resulta más lejano que nunca,
te contaré, alma mía,
la historia de una piedra
que se labró a sí misma
en golpes improbables
con otras piedras
llevada por el viento
y fue caballo alado
y después, un guerrero,
y luego un recipiente,
siempre fiel a sí misma
a pesar de las formas que adoptaba,
siempre de piedra.

Mientras pasa la lluvia –que no pasa–
y el planeta se olvida de nosotros,
preguntaré a tus párpados
por el color de la primera luz que vieron,
preguntaré a tu carne
por el clima que hacía,
pediré a la memoria de tus células
que me cuente los temas de la plática
en los parques ese año.

De cuántas cosas hablan nuestros cuerpos
ateridos y ciegos en la noche,
conforme el agua los disuelve
mientras pasa la lluvia.




23.9.14

Insolencias


Todo un manifiesto: hace unos días Los Pinos distribuyó una foto, tomada durante un reciente cónclave de las cúpulas del poder político-económico, en la que aparecen Peña Nieto y Germán Larrea: el gobernante de corte ampliada y simpatías compradas y el enterrador de mineros y envenenador de ríos; el repartidor de impunidades y el empresario eternamente salvo de responsabilidades; el mandante y su mandatario, el jefe y el subordinado, ambos con las respectivas expresiones corporales. Días después la mina de Larrea volvió a inundar los ríos Bacanuchi y Sonora con desechos tóxicos y varios empleados de Peña (de la Profepa y la Secretaría del Trabajo) se apresuraron a asegurar, aun con los análisis no completados, que todo está bajo control, el nuevo vertido carece de importancia, no representa ningún riesgo para la salud de la población y la empresa colabora en la mitigación del daño. Las autoridades estatales y municipales de Sonora han contado una historia muy distinta: los habitantes de la región están gravemente afectados, Buenavista del Cobre ha sido omisa en informar a las instituciones públicas, ha bombeado venenos a los cauces fluviales en forma deliberada y se ha limitado a simular tareas de reparación del daño.

El episodio dejó una manifiesta indignación nacional y hay en curso un empeño de restauración del poder presidencial omnímodo de los viejos tiempos priístas. En ese contexto la difusión de la foto es una declaración de connivencia entre el poder fáctico del dinero que se acumula matando mineros y destruyendo el entorno natural y el poder fáctico del dinero que se invierte en la compra de millones de votos para conquistar la titularidad del Poder Ejecutivo. Y constituye una promesa de impunidad. Y es además una insolencia.

Los signos de fin de régimen se multiplican. La ceremonia del 15 de septiembre mostró a un Zócalo supervigilado y controlado pero semivacío, poblado sólo por unos miles de mexiquenses acarreados con documentadas ofertas de comida, dinero y transporte, y aun así no le fue posible al aparato peñista eliminar del acto unas cuantas mentadas y chiflidos. La flamante Gendarmería Nacional fue estrenada para la ocasión y comisionada a hurgar en los pañales de los bebés y los cuerpos de los niños en busca de... ¿de qué? ¿De ametralladoras? ¿De granadas de mano? ¿De explosivos? –No, obviamente. Para eso hay arcos detectores de metales y otros procedimientos. Muy probablemente los pobres gendarmes recibieron la orden de buscar pancartas o linternitas láser de esas con las que algunos traviesos le pintarrajearon la cara (luminosamente, se entiende) a Felipe Calderón en su último grito e intentaron hacerlo con Peña en su primero. Lo malo es que los diseñadores de semejante operativo no se dieron cuenta (o se dieron, pero no les importó) de que era violatorio de la Convención de los Derechos de los Niños, que en México es vinculante.

Otro: la fugaz Disneylandia construida por el comisionado Alfredo Castillo se desvanece en Michoacán y vuelven a asomar, tras ella, la delincuencia soberana, la corrupción omnímoda y la descomposición de todo aquello que el gobierno toca. Y otro: el huracán deja al descubierto en Baja California Sur una ineptitud asombrosa en el manejo de la cosa pública. Peña acude a pasar revista de escenografías, se retira y deja tras de sí a una población sin alimentos, sin seguridad, sin comunicaciones, sin casa y sin trabajo.

Hace ya tiempo que el régimen oligárquico no consigue ganar elecciones si no es mediante diversas modalidades de fraude; perdió hace mucho tiempo la batalla de los argumentos y ahora parece resignado a derrotarse a sí mismo incluso en la batalla de la imagen pública, salvo en el ámbito de las distinciones otorgadas por los verdaderos mandantes: en Nueva York Peña es proclamado “ciudadano global” (es decir, ejecutor modelo de la globalización depredadora) mientras en México la ciudadanía es víctima de una ofensiva generalizada desde las cúpulas de la institucionalidad.


El peñato ha logrado comprar la docilidad de casi todas las facciones de la clase política, las cuales le aplauden y le legalizan todos los negocios del saqueo, pero no ha avanzado un centímetro en la solución del hambre, el desempleo, la inseguridad, la desigualdad, la corrupción y las carencias generalizadas de sectores cada vez mayores de la población. Aun así, el régimen podría durar muchos años más porque para la gente lo más preciado es la estabilidad y en aras de preservarla está dispuesta a casi todos los sacrificios imaginables. Lo que colma la paciencia de las sociedades es más bien la insolencia del poder; este régimen ha perdido la capacidad de evitarla y más bien parece que no puede dar un paso sin incurrir en ella, y ese es el signo de su inviabilidad.

18.9.14

Del “Yo, Pecador” a
la antropogénesis


“¡Señor Jesús! Sofoca los vientos de esta tempestad y de otros sistemas que nos amenazan, así como calmaste el Mar de Galilea para tus discípulos. ¡Oh, Señor!, atenúa los vientos, calma las aguas, introduce fuerzas de la naturaleza que perturben la configuración de esta tormenta, disipa su malignidad. Envíala inofensivamente hacía las aguas. Que todos nos demos cuenta de nuestros pecados. Y del pecado que causa unos fenómenos así. Danos la fuerza para que nos esforcemos en purificarnos y no padecer una catástrofe. ¡Oh, Señor!, influye en estos vientos, en estas aguas, en estos sismos, en estos tifones, en estas tormentas. Que desaparezcan y se pierdan mar adentro. Expúlsales Señor de todas las costas sin hacer dañar a ningún ser viviente que esté en su camino. Te lo pedimos amado padre celestial con toda nuestra devoción, que se haga de acuerdo a tu voluntad, bajo la gracia, de manera perfecta, gracias, padre que has escuchado esta oración. Amén. Amén. Amén”.

Así dice, palabras más palabras menos, una de las múltiples oraciones contra la tormenta que se pueden encontrar en Google con la misma facilidad con la que uno localiza recetas para hacer chiles en nogada. Y como estamos en temporada de ambas cosas –de chiles en nogada y de tormentas– les paso el dato. La ingesta de esa delicia, cuya creación es atribuida a las monjas agustinas del convento de Santa Mónica (Puebla) para agasajar a Agustín de Iturbide, puede ser considerada pecado capital de gula, castigado con chorrillo y redimido con tres padresnuestros y sincero propósito de contrición, que es el dolor que se experimenta por haber ofendido a Dios. Pero hay faltas que ameritan sanciones infinitamente más severas y magnas, como una tormenta, un ciclón o un terremoto. Así lo afirma fray Miguel de San José, obispo de Guadix y Baza, en su Juicio reflexo sobre la verdadera causa del terremoto:

“No sirve huir de las ciudades a los campos para evitar los estragos del terremoto, si nos llevamos al campo los pecados; que Dios castiga, sacudiendo violentamente los fundamentos y muros de las ciudades: ya alentando a los tímidos con los copiosos frutos de virtud, que el terremoto había producido, pues ocurrían con devoción al templo, los que antes precipitadamente corrían a los teatros y a los circos: que oían con gusto la palabra de Dios, los que antes cebaban por el oído su almas, frecuentando las públicas diversiones, de especies no menos nocivas, que indignas de su fe; que ya a imitación de los ninivitas vestían saco, rociaban de ceniza sus cabezas, ayunaban, se humillaban, gemían penitentes los delicados, los sensuales, los golosos, los soberbios, los pecadores todos [...] El padre San Juan Crisóstomo enseña que la causa del terremoto es la ira de Dios: causa enim terremotus Dei est ira.”

En tiempos más recientes (2011) el entonces alcalde de Tokio, Shintaro Ishihara, opinó que el terremoto que provocó la catástrofe nuclear de Fukuyama había sido un castigo del cielo para lavar el egoísmo de los japoneses. Una página web llamada Embajada del Reino le tomó la palabra y especificó que los pecados del país oriental habían sido la pornografía, el turismo sexual y el abuso de menores (que) han hecho de Japón un lucrativo nicho de mercado sexual.

El razonamiento llevaba a preguntarse por qué el altísimo no escogió Río de Janeiro, Bangkok o Tapachula para llevar a cabo su escarmiento de pecadores, toda vez que cualquiera de esas ciudades, y muchas otras, ocupa sitios más destacados en prácticas como las que enumera Embajada del Reino. Pero los designios del Señor son inescrutables y prueba de ello es que el terremoto de 1755, que afectó gravemente a muchas otras localidades de África del Norte y el sur de Europa, fue particularmente devastador en Lisboa, una ciudad virtuosa y pía según los cánones del catolicismo, en la que no habría delitos graves que castigar. Aquel movimiento telúrico no sólo dio origen a la sismología moderna: el quiebre tectónico en la zona Azores-Gibraltar puso en apuros a teólogos y filósofos y produjo, además del derrumbe de miles de edificios, la caída de nociones hasta entonces inamovibles acerca de la bondad inmanente de Dios; se vinieron abajo, por ejemplo, la teodicea de Leibniz y el método de Descartes para conciliar el orden divino con el desmadre natural y cedieron su lugar a la carcajada amarga de Voltaire y a las elucubraciones geológicas de Kant, descaradamente materialistas pero, a la postre, equivocadas.

Hoy en día hay que tener mucho valor civil para proclamar, como el alcalde Ishihara, que los fenómenos naturales y los desastres consiguientes son un castigo celestial a nuestros pecados. Las piruetas teológicas para explicar las catástrofes resultan cada vez menos convincentes, y seis o siete chiflados sostienen que las tragedias resultantes no están en los planes de Dios sino en los de Satanás (lo cual de todos modos plantea el problema de una responsabilidad divina, así sea por omisión, porque el Omnipotente bien podría tomarse la molestia de meter en cintura al Maligno). En cambio, se fortalece la creencia, si queda alguna, de que el compañero de allá arriba se entromete cada vez menos en los asuntos humanos y naturales, y el pecado ha sido remplazado por las nociones, más funcionales, del delito y la incorrección política.

Sin embargo, la razón teológica puede sentirse tranquila: el cambio climático, los fenómenos naturales antropogénicos y la idea de que la especie humana está provocando una apresurada destrucción planetaria han venido a remplazar con eficacia notable a la vieja venganza divina. Ya que el señor barbón muestra tanto desinterés en nosotros, la madre tierra se encargará de darnos el escarmiento que merecemos. Aunque haya habido terremotos más o menos desde siempre y el temible huracán haya sido bautizado nada menos que por los mayas prehispánicos.

Pero año con año nos enteramos de fenómenos naturales de frecuencia y dimensión sin precedente –esa expresión usan justamente los funcionarios de toda monta para justificar tragedias y desastres que se originan más bien en la corrupción y la falta de previsión– que serían indicadores indudables de que el planeta está encabronado con nosotros por cochinos, depredadores, ambiciosos, frívolos y arrogantes: Sodoma y Gomorra en su versión vegana; flagelantes del siglo XIII trasplantados al XXI que abominan de lo humano en conjunto y que anuncian la inminencia del fin de los tiempos.


Sea: seremos contaminantes, destructores, estúpidos y crueles, pero también somos capaces de emprender programas de descontaminación, refrenar impulsos instintivos, aplicar medidas de protección a los arrecifes coralinos y cambiar de estilo de vida y hasta de modo de producción. Y eso hace pensar que tal vez el Armagedón antropogénico no sea tan inminente ni tan inevitable como algunos auguran.


Acopio de ayuda para los
damnificados por Odile

La Cruz Roja Mexicana abrió centros de acopio en sus instalaciones en Sinaloa, Baja California, Sonora, Nayarit y Jalisco y en las tiendas departamentales Wal-Mart de dichas entidades. Se puede depositar donativos en la cuenta de Bancomer 0404040406 y de la clave interbancaria 1218000404040406-2.
¿Qué llevar? Los centros de acopio ubicados en la zona del Pacífico recibirán los siguientes artículos: Atún, sardina, arroz, frijol, azúcar, sal, café, sopa de pasta, lentejas, verduras enlatadas, mayonesa, aceite, galletas, chocolate en polvo y leche en polvo.
Asimismo, artículos de limpieza como jabón, cubetas, cepillos, franelas, jaladores, escobas, jergas, pino, además para higiene personal, entre ellos papel sanitarios, toallas femeninas, cepillos y pasta dental, shampoo, jabón de tocador y rastrillos.

Distrito Federal:
Las Facultades de Ciencias Políticas y Química y Derecho de la UNAM, Circuito Interior s/n, Ciudad Universitaria, CP 04510 Ciudad de México. Tel: (55) 56222001.
Delegación Cruz Roja DF, Av. Ejército Nacional #1032, Colonia Los Morales Polanco, CP 11510, Delegación Miguel Hidalgo, Horario: De lunes a viernes de 8:00 am a 4:00 pm. Tel (55) 53951111
Universidad Anáhuac México Sur, Av. De las Torres 131, Olivar de Los Padres, CP 01780, Ciudad de México. Tel: (55) 5628 8800
Universidad Anáhuac Norte, Av. Universidad Anáhuac 46, Lomas Anáhuac, CP52786, Huixquilucan, Tel: (55) 56288800
Centro Diseño Cine y Televisión, Sierra Mojada 415, Lomas de Chapultepec, 11000, Ciudad de México, Tel: (55) 27899000
Universidad Panamericana, Calle Augusto Rodin 456, Insurgentes Mixcoac, CP 03920, Ciudad de México. Tel: (55) 54821600
ITAM, Calle Río Hondo 1, Álvaro Obregón, Progeso Tizapan, 01080 Ciudad de México. Tel:(55) 5628 4000
Universidad Iberoamericana, Prolongación Paseo de la Reforma No. 880, Lomas de Santa Fe, CP 01219, Ciudad de México. Tel: (55) 59504000Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México - Se instaló un centro de acopio en la terminal 1 del Aeropuerto Internacional Benito Juárez, en la puerta siete. En su cuenta de Twitter, el AICM detalló que el horario de atención es de 8:00 a 20:00 horas.

Centro de acopio en Guadalajara - A partir de hoy empieza la recepción de víveres en el DIF municipal de Guadalajara. La colecta se realizará en calle Eulogio Parra número 2539, colonia Circunvalación Guevara, las 24 horas del día.
Los 27 centros de desarrollo comunitario (CDC) distribuidos en todo el municipio recolectan insumos para los damnificados por Odile. Los CDC tendrán un horario de 9:00 a 15:00 horas para recibir los donativos, como alimentos no perecederos, productos de higiene personal y de limpieza.

Ayuda en Querétaro - El Sistema Estatal DIF y la Delegación en Querétaro del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) anunciaron la instalación de un centro de acopio de víveres. El centro de acopio estará operando a partir de este jueves, de nueve a 16 horas, en las sedes de ambas instituciones.
¿Qué llevar? Agua embotellada, arroz, lentejas, sal, aceite para cocinar, azúcar, café, latas de atún, sardinas y frijoles, así como artículos de limpieza en general.

Centros de acopio en Nuevo León - El gobierno de Nuevo León instaló centros de acopio para recaudar ayuda en especie en beneficio de los damnificados, a cargo de la Secretaría de Desarrollo Social y el DIF estatal. Se recaudarán artículos de primera necesidad como alimentos, productos de higiene personal, de limpieza y artículos para bebé.
¿Qué llevar? Alimentos no perecederos y enlatados; de preferencia abre fácil, envasados al alto vacío y listos para servirse como frijol, atún, leche en envase tetrapack, arroz precocido, café soluble, azúcar, aceite, galletas, cereales, y sopas.
Jabón, rastrillos, shampoo, pasta y cepillo para dientes, desodorante, enjuague bucal, y toallas sanitarias.
Aceite de pino, cloro, papel sanitario y gel antibacterial; de los productos para bebé necesitan leche en polvo, pañales, y toallitas húmedas,
Los donativos del público en general se recibirán de lunes a sábado de 8 a 20 horas en las oficinas generales del DIF Nuevo León ubicadas en avenida Ignacio Morones Prieto 600 oriente, en la colonia Independencia.
Hay centros de acopio en las instalaciones de los DIF municipales. También fueron habilitados como centros de acopio el Centro de Rehabilitación y Educación Especial (CREE) ubicado en avenida Lázaro Cárdenas, y los denominados "Espacio Sí" en los municipios de San Pedro, San Nicolás y Monterrey.


Sinaloa - La Universidad Autónoma de Sinaloa instaló cuatro centros de acopio donde recibirá comida y ropa de las 9:00 a las 18:00 horas. El primero está ubicado en la Ciudad Universitaria Los Mochis, en las calles Ángel Flores y Justicia Social s/n, colonia Los Mochis, municipio Ahome.
El segundo se encuentra en la Unidad Regional Sur, ubicada en la Avenida Leonismo internacional esq. Avenida Universidad s/n, Fraccionamiento Antiguo Aeropuerto, Mazatlán, Sinaloa.
El tercero está en la Unidad Regional Centro, ubicado en Catedráticos 341, esquina con Mariano Arista en la colonia Chapultepec.


Estado de México - Dos centros de acopio: Plaza de los Mártires, y DIF del Estado de México ubicado en Paseo Colón esquina Paseo Tollocan s/n, colonia Isidro Fabela.

15.9.14

El país que no se ha rendido


Foto Iván Sánchez / La Jornada Michoacán

Viva el país que no se ha rendido.

Vivan sus playas públicas. Viva su mar soberano. Viva su atmósfera libre. Vivan las tierras que no serán convertidas en negocio aeroportuario.

Vivan los bosques que no ceden al golpe de la motosierra. Viva el filón de mineral defendido por sus legítimos dueños. Viva el río que absorbe la descarga tóxica y no envenena a los sedientos. Vivan los lagos cómplices de los pescadores.

Vivan los pescadores, los comuneros, los ejidatarios, que resisten los proyectos depredadores. Vivan quienes difunden las luchas contra el acueducto, la hidroeléctrica, el teleférico, el parque de diversiones, el campo de golf, la mina a cielo abierto, la supercarretera, la perforación destructiva, la construcción devastadora.

Vivan los caminos libres que comunican sin lucrar, las represas que iluminan sin destruir el entorno, las canteras que entregan su materia para construir escuelas y hospitales.

Vivan las cosechas sin transgénico.

Vivan los campesinos que no sienten vergüenza de su condición. Vivan los trabajadores que no aspiran a ser potentados. Vivan las profesionistas que defienden la dignidad de su trabajo.

Vivan los burócratas que se consagran a servir a la sociedad antes que a sus jefes. Vivan los políticos que no traicionan a sus representados.

Vivan los barrios. Vivan las vecindades. Vivan los multifamiliares. Vivan los caseríos. Vivan los mercados. Vivan los centros de salud y los planteles escolares, los parques y las plazas públicas.

Viva la palabra verdadera. Viva el discurso que esclarece. Viva el libro que rescata la memoria. Vivan quienes difunden el antídoto de la verdad contra la intoxicación televisiva y la propaganda mentirosa. Viva la oración de la esperanza y la maldición pronunciada ante toda injusticia.

Vivan las indignadas, los escépticos, las que se organizan, los manifestantes, las que informan, quienes siguen buscando a sus desaparecidos, los que no olvidan a sus muertos, quienes no han matado a nadie, las que dan vida, los que le cierran los ojos al cadáver de un desconocido.

Vivan las que bordan en pañuelos los nombres de las víctimas, quienes se aferran a la vida aunque cada año pongan nuevas fotos en su altar de muertos.

Vivan los jubilados y las viudas a quienes les robaron la pensión; los asalariados a los que no les alcanza el salario; los causantes a los que el Fisco les arrebata el ingreso; los productores sin mercado; los comerciantes que se quedaron sin clientela; los jóvenes que no tienen escuela; los pacientes sin cama; los campesinos despojados de sus tierras; los científicos sin laboratorio; los escritores sin computadora; los plomeros sin herramienta; las costureras sin tela; los cocineros sin comida; los pintores sin pintura; los obreros traicionados por sus dirigentes sindicales; los que son tratados como delincuentes porque combatieron a la delincuencia; los que no pierden la claridad aunque no tengan para pagar la luz.

Vivan las comunidades zapatistas. Vivan los yaquis que defienden el agua. Viva Temacapulín. Vivan los resistentes de Cholula. Viva Wirikuta. Viva San Salvador Atenco. Vivan las policías comunitarias. Vivan Las Patronas. Vivan los defensores de derechos humanos. Viva el SME. Vivan los trabajadores de Mexicana. Vivan los sindicatos universitarios.

Vivan las universidades y los hospitales públicos. Vivan los caminos públicos. Vivan los medios públicos.

Viva La Jornada en sus 30 años.

Viva la América Latina soberana que espera nuestro regreso a sus filas.

Viva Cuauhtémoc. Viva Gonzalo Guerrero. Viva Bartolomé de las Casas. Viva Francisco Tenamaztle. Viva Jacinto Canek. Viva Vasco de Quiroga. Viva Gaspar Yanga. Viva Gabriel Teporaca. Viva fray Servando Teresa de Mier. Viva Francisco Primo de Verdad. Viva Miguel Hidalgo. Viva Josefa Ortiz de Domínguez. Viva José María Morelos. Viva Leona Vicario. Viva Epigmenio González. Viva Francisco Xavier Mina. Viva Vicente Guerrero. Viva el Batallón de San Patricio. Viva Benito Juárez. Viva Guillermo Prieto. Viva Ignacio Zaragoza. Viva José Santos Degollado. Viva Melchor Ocampo. Viva Mariano Escobedo. Viva Vicente Riva Palacio. Viva Ignacio Manuel Altamirano. Vivan Ricardo y Enrique Flores Magón. Viva Juana Belén. Viva Emiliano Zapata. Viva María Arias Bernal. Viva Aquiles Serdán. Viva Belisario Domínguez. Viva Francisco Villa. Viva Elisa Acuña. Viva Antonio Díaz Soto y Gama. Viva María Talavera. Viva Elisa Griensen. Viva Felipe Carrillo Puerto. Viva Lázaro Cárdenas. Viva Francisco J. Múgica. Viva Heriberto Jara. Viva Rubén Jaramillo. Viva Benita Galeana. Viva Valentín Campa. Viva Demetrio Vallejo. Vivan Frida Kahlo y Diego Rivera. Viva José Revueltas. Viva Sergio Méndez Arceo. Viva Heberto Castillo. Viva Carlos Montemayor. Viva Carlos Monsiváis. Viva Bety Cariño. Viva Samuel Ruiz. Viva Carlos Fuentes. Viva Arnoldo Martínez Verdugo. Viva José María Pérez Gay. Viva Daniel Cazés. Viva José Emilio Pacheco. Viva Arnaldo Córdoba.

Vivan la imaginación y el amor. Vivan la dignidad y la honestidad. Vivan la congruencia y la persistencia. Viva la vida.

Viva México.
Viva México.
Viva México.


31.8.14

Días de sangre

Foto: Isa Sanz

No era falta de deseo sino pudor. Habría sido más rápido y fluido el tránsito de las miradas intensas y de los primeros contactos dérmicos al despojarse de las primeras prendas, pero ella se encontraba en mitad de ese momento en que el endometrio se colapsa y se convierte en una lluvia lenta y roja que muchas mujeres y más hombres tienen por repulsiva. Tanto, que ha sido imputada desde tiempos inmemoriales por la gestación de fenómenos funestos, culpada de naufragios, asociada a resultados culinarios indeseables. Ella no se hizo ese recuento histórico; simplemente sentía vergüenza de compartir con su amante nuevo esos flujos opacos y dijo “hasta aquí” cuando la desnudez le llegó a la cintura. Pero su propio deseo, mezclado con la ternura de él, le impidió resistirse ante los nuevos avances sobre su cuerpo. Cuando ya sólo tenía encima una prenda de ropa interior y la compresa que guardaba los desechos de su fertilidad, fue más tajante:

–Para –le dijo con brusquedad–. Tengo la regla.

–¿Y eso, qué? –replicó él, sin inmutarse–. No me voy a desmayar por ver un poco de sangre.

–Pero te voy a ensuciar –suplicó ella.

–No se puede hacer el amor sin mojarse con algunos de los líquidos de la otra persona –repuso él con una sonrisa–. Además, hace ya tiempo se inventó la ducha.

–Hay líquidos que es mejor no combinar.

–Sólo por razones de salubridad. Pero no creo que unas manchas de menstruación me contagien nada.

Y siguió sus avances amorosos y ella decidió permitirlos, y unos minutos más tarde se cabalgaban mutuamente, con el pudor tan abandonado como las prendas de ambos desparramadas en el piso. Culminaron, descansaron, volvieron a encenderse y a entregarse hasta que se quedaron dormidos. Al despertar, él se vio las manos, paseó la mirada por los cuerpos de ambos y soltó la ocurrencia:

–Pareciera que aquí no hubo un palito, sino un asesinato.

Ambos se rieron de la gracejada, y con el impulso sexual ya apaciguado procedieron a explorarse los cuerpos ensangrentados y no fueron felices para siempre, pero sí en los siguientes días y semanas y meses, y aprendieron a aplicar medidas de ingenio para copular cuando ella reglaba sin verse obligados a lavar después el colchón y las sábanas. A veces a ella se le descomponía el buen humor, pero pronto aprendieron que el sexo podía ser un buen remedio para repararlo y que en ocasiones un cólico feroz amainaba con el vaivén de los cuerpos. Eso habría durado tanto como el amor. Pero una noche él se topó con una negativa terminante y ríspida.

–¿Qué te pasa? –preguntó, lastimado y sorprendido.

–Es que esta mañana pasé por un puesto de periódicos y vi una portada horrible: la foto de una mujer asesinada. Si hacemos el amor se me va a venir esa imagen a la cabeza.

Él entendió y se quedaron ambos cabizbajos, sintiendo sobre sus hombros el peso de los seis cadáveres que deja, en promedio diario, la epidemia de feminicidios en el país. Hablaron de los abismos de zozobra, terror y sufrimiento ahogado de las víctimas. Sintieron náusea mientras trataban de imaginar las motivaciones de los homicidas: posesión insatisfecha, rencor al mundo, celos que se erigen en justificación monstruosa, ganancia monetaria del sicario. Repasaron los vericuetos de ministerio público, juzgado y procuraduría en los que se pierden expedientes y pruebas y en los que se extravían para siempre hasta los huesos de las sacrificadas: la matriz en forma de laberinto que gesta, de manera lenta pero inexorable, la impunidad. Recordaron, por último, que los responsables por omisión de la masacre de mujeres no están en la cárcel, sino gozando de jubilaciones inimputables, acariciando con amor las cabezas de sus nietos, yéndose de putas sin reparar en gastos, emborrachándose con dineros públicos. O bien, al frente de oficinas públicas, sentados en despachos relucientes, moviendo a México, como dice la propaganda.

Esa noche durmieron abrazados y el deseo durmió con ellos, y no despertó sino días más tarde, cuando los líquidos de ella habían vuelto a ser diáfanos, y en los siguientes dos o tres ciclos menstruales evitaron comedidamente despertar al demonio de la asociación. Así, hasta que una tarde, cuando se encontraba solitaria en su casa y melancólica por culpa de la regla, ella buscó en la lectura algún alivio. Fue al estante, tomó casi al azar una antología, releyó Piedra de sol y encontró en el texto de Octavio Paz unos versos que la llevaron a replantearse las cosas:

los dos se desnudaron y se amaron
por defender nuestra porción eterna,
nuestra ración de tiempo y paraíso,
tocar nuestra raíz y recobrarnos,
recobrar nuestra herencia arrebatada
por ladrones de vida hace mil siglos...

Lo llamó por teléfono, le expresó su urgencia de verlo, se puso más guapa que nunca, salió hacia el departamento de él, lo derribó en la puerta en cuanto le abrió y empezó a desnudarlo en el pasillo.

–Pero... pensé que estabas menstruando... –balbuceó él.

–Lo estoy –replicó ella–. Pero no vamos a permitir que esos feminicidas hijos de puta nos roben nuestro paraíso.

Y ya no lo dejó responder.

• • •


La relación murió de muerte natural unos meses más tarde, y uno de los dos me narró este asunto como parte de un recuento realizado a la luz adolorida y parda de la ruptura. Aquello era, me dijo, el mejor recuerdo que guardaba de aquella historia de amor. Y a mí se me ocurrió escribir esto:
Tu cuerpo calendario se deshoja
en ciclos de veintiocho madrugadas
y luego de las fértiles jornadas
sucumbes al fastidio y la congoja.

Sangras, pero al sangrar, qué paradoja,
a la vida conmueves y le agradas
y esos días, siguiendo tus oleadas,
la luna se aparece también roja.

En este manantial de tu organismo
el Fénix inmortal va reflejado
como líquida imagen de sí mismo

y al mirarlo comprendo emocionado
que la regla no es mancha ni es abismo
sino expresión fluvial de lo sagrado.


Dibujo: Vanessa Tiegs. "Menstrala" (2003)

29.8.14

Ángel de la basura

Foto: Marlén Curiel-Ferman

Pienso: si la metrópoli perdura,
si en sus propios desechos no se arruina,
la salva la tarea matutina
del ángel que se lleva la basura.

Nada de celestial: su vida es dura.
No es la suya una patria diamantina
sino una tierra lóbrega y cochina
con un intenso toque de hermosura.

Ángel de la basura: tu inmundicia
es la limpieza de otros, y pagarte
dignamente sería de justicia.

Mas tu sigues, acaso sin cansarte,
y el cielo de repente te acaricia
y dos alas te elevan hacia el arte.

27.8.14

Homenaje a Mallarmé


Julio Cortázar

Donde la boca que te busca
sólo te encuentra si está sola
bajo las crueles amapolas
de esa batalla en plena fuga

y el juego en que cada espejo
miente otra vez lo ya mentido
y con los ecos del vacío
tañe la música del tiempo

para que el ojo enajenado
vea en la flor un mero signo
allí donde cualquier camino
devuelve al mismo primer paso

como el caballo que denuncia
como el terror frente a su sombra
el simulacro de esa forma
que el hombre viste de hermosura

21.8.14

Amanecer


Bajan el abuelo con la nieta, el nieto sin la abuela, el chavo de secundaria, la preparatoriana; bajan el mecánico con paso blando y la oficinista de tacones gastados; la comerciante sin su marido; el niño con su merienda escolar apelmazándose en la mochila; el chavo con su plan; la novia con su recuerdo. Y bajan todos, desde los cerros que albergan al pobrerío del poniente y que desde el espacio se miran con la vegetación mordida por el asfalto: un verde cercado por costras grises.

“¡Hacemos costras!”, exclamó sorprendido mi amigo Ramón Álvarez Larrauri cuando, hace unos años, descubrimos Google Earth. Tres décadas antes él me había infectado con el virus de la curiosidad al enseñarme la primera Apple II que vi en mi vida. Y pasó el tiempo y mucho después veíamos las costras que forma la humanidad sobre la superficie del planeta: la imagen es perfecta para ese pensamiento antihumanista que está tan de moda y que se solaza concibiendo a la nuestra como la peor de las especies. Y sí, hacemos costras pero también hacemos sinfonías, curamos el ala fracturada de un pájaro y somos los únicos depredadores que conocen el remordimiento.

De los cerros pobres del poniente bajan el ratero con su remordimiento y el hombre honesto con su tarjeta del Metrobús y la chava que no pudo bailar en la fiesta del sábado anterior y la vieja despachadora de farmacia que está harta de todo pero que sigue acudiendo a su trabajo tras el mostrador. Entre todos conforman un ejército que se moviliza hacia el centro de la urbe y que en alguna arteria que corre de norte a sur o de sur a norte se encontrará con sus prójimos desconocidos que vienen de los llanos del oriente y se mezclarán todos como células rojas en el torrente sanguíneo de la ciudad. Todas las mañanas ejecutan esa batalla de cerco. Todas las mañanas salen victoriosos de ella y acto seguido se rinden al trabajo, al estudio, al comercio, al trámite, al amor, al robo.

La multitud se mueve entre las sombras porque el sol aún no ha salido. Hay que ganarle la carrera al sol, anticiparse al embotellamiento, conquistar unos cuantos litros de espacio en el transporte público, hacerse con un sitio en el tianguis, evitar a toda costa que el reloj checador muerda la mano. Técnicamente es aún la madrugada pero esta muchedumbre hace ya rato que se arrancó las sábanas, los sueños y las lagañas y echó mano de sus electrodomésticos para desgarrar o tostar o calentar algo para empezar el día. Los que no, se comen un tamal exprés en una esquina o compran por diez pesos una bolsita de plástico con un pan gomoso y una bebida envasada, ofrecida eufemísticamente como desayuno. Y siguen a paso rapidito rumbo al paradero de microbús o hacia la estación de metro, o bien –los más rezagados, los menos afligidos de dinero– se pelean fugazmente el servicio de un taxi.

La alborada es inminente y hay que apretar el paso. ¿Habrá otro idioma, además del español, que tenga por homónimos el amanecer y el futuro? Nos basta con transitar del femenino al masculino para convertir la mañana en el mañana. Será porque justo cuando empieza el día las sombras, tratando de impedir una derrota a fin de cuentas inevitable, se aferran con uñas y dientes a superficies y volúmenes y todo lo vuelven tan incierto y fantasmagórico como las cosas que aún no han pasado. Pensándolo bien hay sabiduría y optimismo en el uso léxico que contagia de luz al porvenir y proyecta el alba hacia lo que vendrá.

“Por eso estamos como estamos” es un reproche multipropósito y aplicable a mansalva pero sin  un significado particular. ¿Por qué estamos como estamos? ¿Por huevones? ¿Por agachados? ¿Por levantiscos? ¿Por transgresores? ¿Por educados? ¿Por contenidos? ¿Por incontinentes? Nadie lo sabe a ciencia cierta y nadie menos que nadie en esta mañana en la que todo mundo tiene el empeño resignado, entusiasta o hasta burlesco de empezar el día.

Lejos de esta penumbra rala, en las oficinas y despachos usurpados al pueblo, una cuadrilla de maleantes con corbata y nombramiento oficial ha empezado ya a vender lo que quedaba del país. Con soberbia exultante anuncian a los medios el remate, a beneficio de ellos mismos, de yacimientos petrolíferos, de contratos hidroeléctricos, de radiofrecuencias. El subsuelo, el suelo y la atmósfera, al mejor postor. Y el sol aún no ha salido.

No es fácil encontrar a primera vista la relación víctima-victimario entre esta masa que baja de los cerros pobres del poniente o avanza desde los llanos del oriente y los abigeos institucionales que acaban de consumar el mayor saqueo en la historia del país. Lo que hay por lo pronto entre unos y otros es una olímpica ignorancia. Los de arriba pretenden que los de abajo no existen y los de abajo hacen como si los de arriba no existieran, o bien como si, existiendo, fueran una mera cosa molesta con la que es necesario lidiar. Cuando el poder circunstancial del adversario resulta inexpugnable más vale degradarlo de la categoría de enemigo a la condición de estorbo. Eso termina siendo todo opresor: un pinche estorbo con el que hay que vivir. Por ahora. Y hay circunstancias en las que el único reducto de la dignidad es el silencio.

En la orilla del alba astronómica una multitud de personas se apresura a sus oficios, trabajos y ocupaciones. Sortea las fracturas del asfalto, elude a los conductores desvelados y neuróticos y el amanecer social es tan incierto como ese mañana del idioma español que no se refiere al despunte del sol sino al futuro. Los viandantes han guardado a buen resguardo su encabronamiento, si es que lo tienen, para concentrarse en lo inmediato: anticiparse al embotellamiento, conquistar unos litros de espacio en el transporte público, hacerse con un sitio en el tianguis, evitar a toda costa que el reloj checador muerda la mano. Son pocos los que ríen y no son muchos los que refunfuñan.

Esto sucede en un pixel de la patria. Otros, en otras partes, empiezan su mañana con el anhelo y la obsesión de cazar una de las migajas lanzadas desde los balcones del poder para consuelo de hambrientos. Cueste lo que cueste, a costa de lo que sea y de quien sea. A expensas del vecino, de la hermana, del padre, de la madre, de los hijos y de la memoria de los abuelos. Cómo ignorar que hace ya muchos años, a falta de escuelas dignas, el país fue convertido en una escuela de canallas, que contamos con una de las mejores plantas docentes del mundo y que ya hay una o dos generaciones de egresados.

Algunos más han despertado a otro día de indignación serena y se disponen a impedir un desfalco más, una mujer asesinada más, otro niño muerto por una bala de goma, un nuevo río envenenado, otra comunidad abierta en canal para ofrendarla a la depredación y a la usura.

Por lo pronto, y a reserva de la próxima reforma privatizadora, la mañana sigue siendo de todos y el signo del mañana depende de las interacciones entre los unos y los otros y los otros con todos. Ahí siguen, por ahora, los encorbatados ladrones, aferrados como garrapatas a sus oficinas usurpadas y a sus nombramientos comprados, atrincherados en la mentira mediática, el soborno y el asesinato. Tal vez un día la salida del sol los agarre en el bote de la basura. No porque estén ahí va a detenerse la vida: la necesidad apremia, la enorme mayoría de la gente le tiene cariño a la existencia y sigue caminando por esta urbe hacinada, grotesca, generosa y loca, en dirección al metro, al autobús, al micro. Y su caminar termina por despejar las sombras, y de repente ya es de día.

19.8.14

El problema de Ferguson


El problema no es que el cadáver de Michael Brown tenga vestigios de mariguana, como lo afirman las autoridades de Ferguson, Misuri, sino que tiene dos balazos en la cabeza. El problema no es que el joven negro tenga antecedentes penales o o los tenga, sino que tales antecedentes, reales o supuestos, han sido esgrimidos por la policía local como un argumento exculpatorio del policía que lo mató. El problema no es que el Brown haya sido ejecutado a distancia, cuando intentaba rendirse, como lo indican los resultados de la segunda autopsia realizada por Michael Baden a petición de la familia del difunto, sino la versión oficial de que el victimario disparó sobre la víctima a corta distancia durante un forjeceo en el que el muchacho intentaba despojar de su arma al agente del orden.


El abuso policial, la extralimitación de un uniformado en sus labores, son cosas inevitables que ocurren y que seguirán ocurriendo en todas las corporaciones policiales del mundo. No hay exámenes de admisión ni protocolos de actuación ni leyes lo suficientemente estrictas para eliminar del todo la posibilidad que, de cuando en cuando, un policía actúe en forma indebida y viole los derechos humanos de la ciudadanía, incluso en el grado de asesinato. Y como no hay manera de garantizar que hechos de esa naturaleza no ocurrirán nunca, con todo y sus secuelas dolorosas e indignantes, es necesario disponer, al interior de las corporaciones policiales y fuera de ellas, de mecanismos institucionales de investigación, procuración e impartición de justicia para asegurar que el abuso policial sea excepción y no regla y que los empleados públicos encargados de hacer cumplir las leyes no se dediquen a violarlas en forma sistemática.

Si ante los primeros indicios de que un muchacho había sido asesinado sin motivo por un policía las autoridades de Ferguson hubiesen iniciado de inmediato el esclarecimiento de los hechos, si hubieran actuado con transparencia y no hubiesen intentado escamotear a la sociedad hasta el nombre del presunto culpable, esa localidad de Misuri de 20 mil habitantes no se habría visto sacudida por una rebelión sorda que ha dejado ya una estela de destrucción y heridas y que ha escalado hasta el punto de que el gobernador de Misuri ha debido establecer el toque de queda y movilizar a la Guardia Nacional para contener los desmanes. Simplemente, los familiares del difunto Michael Brown estarían viviendo días de duelo y desesperanza, el presunto culpable de su muerte, el policía Darren Wilson, estaría sujeto a un proceso penal por homicidio –y no, como ahora, en libertad y suspensión laboral con salario– y las calles de Ferguson estarían en paz.

Pero el cuerpo de Michael Brown tiene cuatro heridas de bala en el brazo, una más en el cuello y otras dos, las últimas, en la cara y en la cabeza, y la secuencia de las lesiones parece indicar que el muchacho, ya herido, sufrió dos tiros de gracia; es decir, que fue ejecutado por su agresor, y los superiores de éste han realizado todos los esfuerzos posibles por encubrirlo.

El problema de Ferguson no es un muchacho muerto a manos de la policía sino la sucesión de muertos, lesionados, pateados y agredidos sin necesidad ni justificación reglamentaria por agentes del orden a lo largo y a lo ancho de Estados Unidos, así como la alta prevalencia de total impunidad en tales sucesos.

Y el problema de Ferguson no es nada más la impunidad sino el hecho de que ésta se encuentre tan estrechamente asociada a una discriminación estructural. El que Michael Brown fuera negro y su agresor sea blanco no es, por sí mismo, indicativo de nada. Pero esas condiciones se inscriben en un patrón sistemático confirmado por la estadística. El problema no es ua sociedad formada por blancos y negros –además de todas las otras categorías empleadas por el sistema racista estadunidense para clasificar a su población– sino una sociedad que pone a sus integrantes blancos a trabajar en la policía y a sus negros, a operar en la delincuencia: de los 56 elementos policiales de la revuelta localidad de Misuri, sólo tres son negros. Pero a escala nacional dos de cada tres negros estadunidenses van a la cárcel en algún momento de su vida.

Y el problema no es únicamente la persistencia del racismo en Estados Unidos sino que el régimen político realice tantos esfuerzos por ocultar esa realidad –como los desplegados por las autoridades de Ferguson para engañar a la sociedad y para darle impunidad al presunto policía de la localidad–, incluso el de poner a un negro en la presidencia del país. Y ese pobre hombre, el señor presidente, tiene ahora el cadáver de Michael Brown sobre su escritorio de la oficinal oval y, evidentemente, no tiene la menor idea de qué hacer con él.

18.8.14

Piden mexicanos judíos el
reconocimiento de Palestina

Llamado de ciudadanos mexicanos judíos al C. Presidente Enrique Peña Nieto para que México reconozca a Palestina como Estado.


Los abajo firmantes, ciudadanos mexicanos, que nos identificamos también como judíos, hacemos un llamado a que el gobierno de México exprese su reconocimiento formal al Estado de Palestina mediante un documento que ambos países suscriban. En tanto judíos consideramos que la paz entre los pueblos israelí y palestino será alcanzada solamente si Palestina –al igual que Israel es reconocida como un Estado con plenos derechos. En tanto mexicanos, esperamos que nuestro país nos represente siguiendo la tradicional política exterior mexicana, a favor de la libertad y la justicia. Todos los países de Latinoamérica ya han reconocido formalmente a Palestina. Solamente México, Colombia y Panamá faltan. Es el momento de hacerlo.

Instamos al C. Presidente Enrique Peña Nieto a que dé la orden a la Secretaría de Relaciones Exteriores para ejecutar de manera expedita dicho reconocimiento oficial.

Atentamente,


Margit Frenk, Silvana Rabinovich, Néstor Braunstein, Eduardo Mosches Nitkin, Marcos Límenes, Jessica Bekerman, Boris Gerson, Fany Gerson, Julio Boltvinik, Sara Sutton Hamui, Rossana Cassigoli Salamon, Ilán Semo, Eugenio Huarte Cuéllar, Esther Cimet S., Bruno Límenes, Inés Westphalen, Verónica Volkow, Felipe Ehrenberg, Saúl Kaminer, Natalia Donner, Nasnia Oceransky, Bernardo Feldman, Tania Lomnitz, Adriana Menassé Temple, Benjamín Cann Ziman, Ricardo Lomnitz, Amanda Schmelz, Esteban Schmelz, Daniel Gershenson, Boris Viskin, Elena Climent, Silvia Pasternac, Carolina Kerlow, Ana Abreu Levy, Manuela Límenes, Enrique Lomnitz, Pedro Gerson, Dana Rotberg, Aída Lerman Alperstein, Olivia Gall, Alejandro Frank, Pedro Gellert, Renato Huarte Cuéllar, Denisse Gotlib, Sebastián García Anderman, Ingrid Suckaer, Fanny Blanck-Cereijido, Suely Bechet, Ilya Semo, Zlate Biezuner, Claudio García Ehrenfeld, Sabina Garbus, Hebe Rosell Masel, Lea Braunstein Saal, Max Kerlow, Isabel Moncada Kerlow, Boris Fridman Mintz 
http://www.jornada.unam.mx/2014/08/18/correo

12.8.14

Gaza y antisemitismo

Una familia judía, quemada en la hoguera en el medioevo.

No faltan, entre las expresiones de horror e indignación por lo que sucede en Gaza, las acusaciones y los insultos en contra de los judíos en general. Lo más triste es que con frecuencia tales expresiones provienen de personas que se dicen de izquierda y que al obrar de esa manera se situán, por ignorancia o por mala fe, no en el bando de la solidaridad con los palestinos sino en los rescoldos del Santo Oficio. Y es que en las sociedades de matriz cultural predominantemente cristiana –es decir, en Occidente– la que enseñó a odiar a los judíos no fue Hamas ni los árabes ni los islámicos sino la iglesia –católica y ortodoxa, para empezar– que forjó parte de su identidad con base en una judeofobia arcaica y calumniosa.

Pero los símbolos son muy poderosos y sirven por igual a los antisemitas que a los criminales que gobiernan en Israel: cuando los segundos mandan aviones decorados con la Estrella de David a descuartizar a niños inermes, en algún lugar de la cabeza de los primeros se activa el viejo libelo de sangre según el cual los judíos secuestraban a infantes goyim para sacrificarlos en sus rituales del sabath. Y cuando Netanyahu y su caterva escuchan a sus detractores recitar la impresentable consigna “judíos asesinos”, se frotan las manos de gusto porque han logrado desvirtuar la empatía humana hacia los palestinos masacrados y convertirla en una fobia racista y ancestral que los justifica y refuerza el sitial que se han arrogado de representantes por excelencia de las colectividades hebreas de Israel y del mundo, como si tales colectividades fueran una cosa homogénea, monolítica y, lo peor, asesina.

El asesino es el Estado de Israel, no los judíos. Raphael Lemkin, el hombre que acuñó el término y el concepto de genocidio, lo definía así a mediados del siglo pasado: “la puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento”. De 1948 a la fecha, en la vieja Palestina se suceden casi siete décadas de ocupación militar, cientos de miles de árabes asesinados y de casas palestinas demolidas, cerca de cinco millones de refugiados, miles de prisioneros –muchos de ellos, encarcelados largos años sin ninguna clase de proceso legal– y el ejercicio de una limpieza étnica que incluye la negación sistemática a los árabes de adquirir tierras y construir viviendas, en tanto que a los judíos el Estado les concede terrenos gratuitos y servicios subsidiados; por lo demás, la ocupación de Cisjordania y el cerco a Gaza incluye con frecuencia la negación a los pobladores palestinos de agua y electricidad, así como la imposibilidad de desplazarse y, con ello la negación fáctica de educación, trabajo, servicios médicos, comercio o visitas familiares.

El episodio más reciente está escrito con miles de toneladas de bombas arrojadas desde aviones, helicópteros, embarcaciones y tanques sobre un territorio diminuto y sobrepoblado al que, en cosa de semanas, se le ha asesinado a uno de cada 900 habitantes, o así: es como si todas las muertes provocadas en México por el gobierno de Felipe Calderón hubieran ocurrido no en seis años sino en un mes.

Con estos datos a la mano se requiere de mucha mala entraña para negar que lo experimentado por el pueblo palestino cuadra a la perfección con la definición de genocidio enunciada por Lemkin, y de una dosis adicional de perversidad o de ignorancia para descartar cualquier crítica al régimen israelí con el argumento de que es, en automático, una expresión de antisemitismo. Tachar de judeofobia la justa indignación internacional contra el régimen israelí es hacerse cómplice de una distorsión fascista de la verdad. ¿Palabras fuertes? Sí, sin duda. Pero quienes alertaron en fecha temprana de que el germen del fascismo se incubaba en el Estado de Israel no fueron precisamente antisemitas sino judíos como Albert Einstein, Hanna Arendt, Isidore Abramowitz, Herman Eisen, Ruth Sager, Irma Wolfe y otros (http://is.gd/StZwSx).

El régimen israelí arguye que si los civiles palestinos se están muriendo por centenares la culpa es de Hamas por usarlos como escudos humanos. Cierto o no (habría que ver cómo puede desarrollarse una resistencia nacional “lejos de los civiles” en un territorio de 150 kilómetros cuadrados, una décima parte del Distrito Federal, sometido a un férreo bloqueo por aire, mar y tierra, y saturado de gente). Es precisamente eso, en todo caso, lo que han hecho por décadas Netanyahu y sus compinches (y antes que él, Ariel Sharon, y antes, Yitzhak Shamir, y antes, Menajem Begin) con las juderías de Israel y del mundo: pretender que perpetran en representación de ellas un genocidio tan repugnante como cualquier otro y usarlas, en consecuencia, como parapeto para defender su impunidad. El deslinde entre el judaísmo y los gobernantes genocidas de Israel es, hoy, más pertinente que nunca.

12.7.14

¿Y quiénes son
los terroristas?



De nueva cuenta caen las bombas sobre Gaza. Ciento once muertos, y contando. Entre ellos, presuntos combatientes de Hamas pero también transeúntes, mujeres que miraban correr a sus hijos, niños que corrían bajo la mirada de sus madres, viejos sentados en la puerta de sus hogares. El delito colectivo de la mayor parte de los muertos es haber sido esposas de terrorista, o nietos de terrorista o vecinos de terrorista o compatriotas de terrorista.

¿Y quiénes son los terroristas? Pues muchachos, mujeres, hombres maduros con el alma destruida por el robo de su país, de sus casas, de los olivares de sus abuelos, de su libertad de movimiento, de sus derechos básicos. Mujeres y hombres con la mirada enturbiada por tantas muertes sucesivas y precisas como las que hoy transportan los misiles enviados desde las alturas a reventarles la cabeza. Adolescentes y adultos que nacieron, crecieron y se reprodujeron, o no, en una jaula territorial sobrepoblada, bardeada, humillada, abandonada por el planeta y por todos los dioses. Hombres, mujeres, jóvenes con demasiados motivos de venganza como para pensar con claridad, que ven en cualquier judío israelí a un verdugo genérico y que sólo atinan a intentar la devolución de una parte infinitesimal del daño que han sufrido mediante unos tubos rellenos de explosivo, armados en cualquier cocina o taller, de trayectoria incierta y manipulación peligrosa, que en no pocas ocasiones han matado a sus propios fabricantes.

El agravio más reciente: un joven palestino de Jerusalén fue quemado vivo por unos jóvenes judíos “nacionalistas”, como los clasifica el gobierno de Tel Aviv. Hasta allí se trataba de un delito cometido por particulares y la justicia israelí prometió castigar a los asesinos. Pero el primo del asesinado, un joven estadunidense que pasaba sus vacaciones en Al Qods, participó en una manifestación de protesta y los policías ocupantes lo maniataron, lo tiraron al suelo, le patearon la cara y la cabeza hasta desfigurarlo, lo levantaron, lo siguieron pateando y luego se lo llevaron a la comisaría. Allí el joven fue acusado de resistirse a los agentes del orden, condenado a unos días de cárcel y multado. Eso ya no era un asunto entre particulares sino un episodio que ejemplifica la actitud oficial de Tel Aviv en contra de los palestinos. La paliza quedó videograbada.

Los terroristas dicen que esos cohetes precarios son la única voz que les queda para reclamarle al mundo la tragedia nacional en que han sido sumidos.

De acuerdo con un conteo riguroso, entre 2004 y 2012 murieron 26 personas (el gobierno de Tel Aviv eleva la cifra a 61) a causa de los cohetes lanzados por organizaciones fundamentalistas palestinas. Un solo fallecimiento sería demasiado, sin duda, y ameritaría la búsqueda, la captura y el castigo de los responsables. ¿Pero amerita el bombardeo indiscriminado de un gueto pletórico y depauperado, como lo es la franja de Gaza? Para poner las cosas en perspectiva, en el lapso de 8 años arriba referido los Kassam causaron menos bajas mortales que el número promedio anual de muertos por rayo en Estados Unidos (56).

En 22 días (del 27 de diciembre de 2008 al 18 de enero de 2009) el ejército israelí mató a mil 417 personas en Gaza (926 de ellas, civiles), y en la siguiente incursión masiva (del 14 al 21 de noviembre de 2012) dio muerte a 55 combatientes y a más de un centenar de civiles.

En ambas ocasiones, el gobierno de Israel argumentó que los bombardeos aéreos y terrestres contra las concentraciones urbanas de la franja de Gaza tenían el propósito de destruir la capacidad de las organizaciones radicales palestinas de lanzar misiles hacia territorio israelí. En ambas ocasiones, a lo que puede verse, no logró su objetivo. Los tubos rellenos de explosivo siguieron cayendo sobre poblados y sobre despoblados israelíes y matando ocasionalmente a alguna persona. Si en algo fueron eficaces fue en someter a un severo estrés a los pobladores de las localidades cercanas a la franja. Y siguieron siendo la voz retorcida y delictiva que de cuando en cuando le recuerda al mundo la tragedia palestina, así sea porque cada dos años dan pie para una nueva masacre de civiles en Gaza.

En cambio, el Estado hebreo se exhibió como vengativo, desproporcionadamente cruel y tan desdeñoso de la legalidad internacional como cualquier guerrilla fundamentalista africana. La desesperada barbarie de los atacantes ha sido respondida con una barbarie infinitamente más costosa, poderosa y destructiva, friamente calculada en sus detalles tácticos y siempre fallida en la estrategia: los niños, hombres, mujeres y ancianos asesinados por misiles mucho más potentes, precisos y caros que los Kassam palestinos son nuevos y multiplicados alicientes para que otros desesperados fabriquen nuevos cohetes caseros y los lancen contra Israel.

La pavorosa asimetría entre ambos bandos ha dado lugar a observaciones de un acendrado humorismo involuntario, como la que formula el grupo de derechos humanos israelí B’Tselem: “los cohetes Kassam son en sí mismos ilegales, incluso si son lanzados hacia objetivos militares, porque son tan imprecisos que ponen en peligro a los civiles del área desde la que son lanzados tanto como en la que aterrizan, violando con ello dos principios fundamentales de la leyes de guerra: distinción y proporcionalidad”. Y uno se pregunta si para evitar la condición delictiva de los misiles caseros no habría que dotar a las fuerzas palestinas con aviones a reacción y bombas guiadas por láser como los que emplea Israel. Pero no: tampoco esos artefactos, ni quienes los tripulan ni quienes ordenan sus incursiones, distinguen bien entre combatientes y civiles. Así lo atestiguan los cadáveres de Amina (28 años) y de Mohamed (3), que anoche se apilaban, entre otras decenas de muertos civiles, en la morgue de Gaza. ¿Y quiénes son los terroristas?

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, dice que hará lo que sea necesario con tal de garantizar la seguridad y la tranquilidad de los habitantes de su país. Que deje de enviar aviones de guerra a matar gente en Gaza, porque la solución clara y definitiva para la paz entre ambos pueblos está frente a él desde hace muchos años: restituir la totalidad de Cisjordania a sus legítimos dueños, los palestinos y permitir un estatuto binacional para Jerusalén.

9.7.14

Gaza bajo las bombas

Mohamed tiene un juguete nuevo,
grande y monstruoso:
su casa derribada.
Las escaleras se volvieron un muro zigzagueante.
Los techos están al alcance de la mano.
Las ventanas
–una de ellas conserva de milagro
los cristales intactos–
dan al cielo
como el toldo panorámico de un coche
y Mohamed
tiene entre los escombros
un sitio para descubrir
camisas y cucharas enterradas,
juguetes polvorientos,
papeles que perdieron su sentido,
y tiene también un nuevo
territorio accidentado
para jugar a las escondidas
–hay tan pocos como ese en su patria bombardeada.


Allí no va a encontrarlo nadie
porque su hermano mayor ha muerto,
porque su hermana, Amira, está en el hospital
con el torso adornado por esquirlas,
porque sus padres van de un lado a otro,
oscilando como electrones entre los polos
del hospital y de la morgue.
No lo hallarán tampoco los misiles
porque esos otros juguetes de Israel
son tan inteligentes
que no repetirán una tarea ya cumplida
y no caerán por segunda vez
en ese mismo sitio
en donde ayer hubo una casa
y hoy, un juguete nuevo y grande,
regalo de Israel para Mohamed.






2.7.14

Mireles en La Mira



El pasado 13 de mayo publiqué un artículo titulado “Mireles en la mira” en el que que concluía: en contra de José Manuel Mireles “y en contra de sus seguidores se está configurando una triple alianza que puede esquematizarse como Tuta-Castillo-Pitufo y esa sola perspectiva deja al descubierto (porque la gente no es tonta) el carácter verdadero de la estrategia peñista para Michoacán”. Por coincidencia, 45 días después el líder de autodefensas fue detenido, junto con otras 82 personas, precisamente en la tenencia de La Mira, municipio de Lázaro Cárdenas. El episodio forma parte de un guión. El azar sólo se encargó de que ese encabezado coincidiera con la toponimia.

La valoración formulada hace mes y medio sigue siendo válida. Aunque el comisionado Alfredo Castillo se empeñe en asegurar que las cosas en Michoacán han cambiado, el único cambio visible es el del encargado del Poder Ejecutivo estatal. Por lo demás, la delincuencia organizada está viva y actuante, y ahí está, como ejemplo, el asesinato del autodefensa y guardia rural Santiago Moreno Valencia y de toda su familia (la esposa y tres hijos de entre 11 y 16 años) apenas el pasado 19 de junio. En su última alocución pública antes de ser arrestado, Mireles contó que, cuando el rancho de Moreno Valencia era atacado a balazos, recibió una llamada de auxilio, se puso en contacto con los militares en la zona y les pidió apoyo para asistir a las víctimas. Los uniformados le respondieron que no tenían autorización para moverse de sus posiciones, pero en cambio obstaculizaron el tránsito del médico y sus hombres. Cuando los autodefensas lograron llegar al lugar –situado en los límtes entre Jalisco y Michoacán– sólo encontraron cadáveres. Ya perpetrado el crimen, policías federales y guardias rurales dóciles a Castillo emprendieron la búsqueda de los asesinos. O sea que muchos ciudadanos michoacanos andan armados no por querer violar la ley, sino por el antojo de seguir vivos.

Ocho días más tarde Mireles fue aprehendido por violación a la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos agravada (Lfafe), Castillo dixit, y por delitos contra la salud en su modalidad de posesión simple de sustancias prohibidas. Lo segundo porque en el vehículo en que viajaban el líder y sus escoltas se encontró, además de armas de fuego y cartuchos, cuatro bolsas con mariguana y una bolsa con cocaína.

La segunda parte del señalamiento puede tomarse con un poco de suspicacia, porque ya se sabe que, cuando se trata de Mireles, el comisionado Castillo es muy hábil para hacer novela policiaca a partir de los hechos reales. En mayo, por ejemplo, dijo que había fotos del médico sosteniendo alguna cabeza como trofeo, cuando la verdad es que simplemente ayudaba a un agente del Ministerio Público a identificar un cadáver.

Pero lo más interesante de la declaración formulada ayer por el comisionado peñista es lo de la posesión de armas. En un afán por esgrimir coartadas que recuerda al atleta paralímpico sudafricano Óscar Pistorius, Castillo reprochó al ahora imputado el incumplimiento del acuerdo con los líderes de las comunidades organizadas, incluido el propio Mireles, que a partir del 10 de mayo del presente no se permitiría más la movilización de personas civiles armadas, así como la portación de armas de grueso calibre. Leamos bien: el 14 de abril, fecha de ese acuerdo –que Mireles niega haber firmado, por cierto–, Castillo se arrogó la facultad absolutamente extralegal de suspender la aplicación de la Lfafe en Michoacán durante casi un mes. Luego, el que fuera encargado de resolver el caso de Paulette Gebara Farah en el estado de México (el cual dio lugar a otra memorable creación literaria) otorgó, sabrá Dios con qué bases, rango de ley a un convenio y, de paso, se erigió, y erigió a los dirigentes de autodefensas que lo signaron, en legisladores. Con la misma pulcritud jurídica decidió que el acuerdo tendría vigencia de 26 días. Sin embargo, pasaron otros 47 antes de que decidiera restituir la vigencia de la Lfafe, hiciera valer tal acuerdo y se procediera a la detención de Mireles y sus hombres, cuando éstos avanzaban hacia el puerto de Lázaro Cárdenas para combatir a los Caballeros Templarios allí atrincherados. Significativamente, para éstos la Lfafe no tiene fecha de aplicación.

Ahora Mireles ya no está en la mira ni en La Mira, sino en un penal federal de Sonora acusado de portación ilegal de armas de fuego y narcotráfico, y sus compañeros han sido desperdigados por media docena de cárceles en diversos puntos del país. En los hechos, la aplicación del estado de derecho al estilo Alfredo Castillo debe provocar un enorme suspiro de alivio y tranquilidad a los cabecillas de la delincuencia organizada michoacana. Con guardaespaldas de esa categoría, quién va a andarse preocupando.