16.10.14

Motivos





Los dejan de tomar en cuenta porque la educación pública ha dejado de ser una prioridad. Los marginan porque no encajan en los ajustes estructurales –es decir, en la (re) escritura de la historia, tal y como la entienden los gobernantes de México desde la década penúltima el siglo pasado. Los sacan de los programas institucionales porque los jóvenes funcionarios recién llegados no estudiaron en universidades públicas y menos en normales rurales sino en instituciones foráneas de excelencia o, cuando menos, en algún reducto clasemediero nacional y ellos, los funcionarios, sí entienden el país y tienen claras sus necesidades. Los minimizan porque el agro necesita ser redimensionado a la baja (así hablan los funcionarios) y readecuado a los imperativos de un país moderno. Los dejan fuera de los presupuestos.

Ellos piensan distinto. Creen que su derecho a la educación y al trabajo es algo más que un anacronismo constitucional. Saben –porque vienen de entornos que acusan la carencia– que la enseñanza es tan necesaria para vivir como la canasta básica y tienen claro que no es posible construir un país moderno sobre millones de analfabetismos y sobre millones de marginaciones ni aspirar a la convivencia armónica en una economía que manda a los basureros de su mercado a las personas y a las colectividades que no tienen una etiqueta precisa de índice de rendimiento.

Protestan. Acuden en tropel a las oficinas de los servidores públicos para exigir que no se aplique la tecla delete a su escuela, a su formación, a su futuro y al de sus pueblos. Dejan en los vestíbulos un halo de olor a campo y a pobreza. Causan disgusto con sus modales agrarios y sus expresiones bastas. Los servidores públicos los encuentran primitivos y rudos; nada que ver con los atentos empresarios que acuden a gestionar permisos y concesiones, que hablan desde la seguridad del adinerado y del protegido, que dejan tras de sí regalos y, con frecuencia, sobornos.

Les cierran las puertas porque resultan molestos y desagradables, porque no tienen maneras, porque quiénes se han creído para exigir el cumplimiento de la palabra empeñada, del compromiso firmado. Ya se les conseguirá alguna limosna presupuestal, siempre y cuando se conduzcan con humildad. Se les detesta porque son respondones e insumisos, es decir, porque se niegan tercamente a despojarse de la dignidad. Los ignoran porque no rinden pleitesía a las atribuciones del poder.

Los reprimen porque bloquean el tránsito, porque dan una mala imagen del país, porque afectan al comercio. Ellos resisten y entonces alguien en las alturas institucionales ata cabos y recuerda que esa escuela normal es un semillero de fascinerosos y de subversivos y decide darles un escarmiento: nadie (nadie que importe, nadie que tenga poder de decisión, músculo empresarial y financiero, tribuna mediática masiva) lamentará que un par de esos jóvenes alborotadores resulten muertos a balazos. Porque nadie (ninguno de los que verdaderamente pesan) dijo nada cuando las fuerzas policiales recibieron la orden de matar a un par de levantiscos en Atenco y de violar a todas las mujeres que pudieran, que eran, a su vez, botín de la guerra contra una comunidad que echó a perder importantes negocios. Bueno, la verdad es que en ese entonces muchos aplaudieron.

Los persiguen porque forman parte de ese entramado que resiste y denuncia los planes de comercialización del territorio nacional; porque son rescoldo de viejas luchas que dejaron centenares de desaparecidos, de torturados, de encarcelados sin motivo, de movilizados masacrados en la vía pública. Y tienen memoria, y la memoria estorba cuando se trata de modernizar un país para dotarlo de multimillonarios, centros comerciales, aeropuertos de nivel internacional, campos de golf, marinas, maquiladoras, oficinas relucientes amuebladas según el último grito de la moda en las que cada sofá cuesta lo que una familia gasta en comida durante un año.

Miles de horas triple A de televisión y radio han sido invertidas por los consorcios informativos y sus comentadores para informarnos que esos muchachos de Ayotzinapa (como los comuneros de Atenco, como antes los indígenas zapatistas, como los activistas de Morena, como los electricistas del SME, como todos los que luchan contra ese México reluciente, miembro de la OCDE y aspirante a proveedor de cascos azules para las misiones de paz de la ONU) son unos vándalos y malvivientes que sólo quieren sembrar el desorden, la destrucción, el inmovilismo. Por eso estamos como estamos, se suministra el latigazo del lugar común desde sets de televisión, cabinas de radio, teclados a sueldo desde los que se insinúa ya no que los alumnos de la normal rural sean protoguerrilleros, sino que tienen vínculos con la delincuencia organizada. Y ante las cámaras monopólicas, tras la repetición de la muletilla Mire usted, se reflexiona sobre los pobres automovilistas varados por culpa de los díscolos, los ciudadanos honrados que no pueden llegar a su trabajo por las acciones de estos crápulas, los funcionarios que se ven obligados a desviar su atención de las cosas realmente importantes para hacerse cargo de protestas y desmanes sin sentido. La sociedad no se merece a estas lacras. El mundo no se merece a estas lacras. La vida no se merece a estas lacras.

Tal es el estado de opinión que predomina en México, en Guerrero y en Iguala la tarde del 26 de septiembre de 2014, cuando la primera dama municipal se dispone a rendir su informe de labores como presidenta del DIF autóctono, y su marido, que es presidente municipal, se entera de que los jóvenes de Ayotzinapa han llegado a la ciudad para hacer nuevos desmanes. Y después de eso las versiones difieren porque hasta hoy las autoridades estatales y municipales no se han tomado la molestia de esclarecer qué pasó, de procurar justicia ante el homicidio de seis personas a manos de la policía municipal ni de dar con el paradero de los 43 alumnos normalistas que fueron secuestrados por una fuerza combinada de la policía y de una organización delictiva que –ahora venimos a enterarnos– ejercía el poder público en la ciudad.

Se debe reconocer, con todo, que el peñato –compuesto por un triángulo partidista en el que caben, además del PRI de siempre, Acción Nacional y esa Nueva Izquierda que le ha hecho a Guerrero lo mismo que Felipe Calderón le hizo al país– no es el único responsable. A ese grupo político encaramado en el poder a punta de fraudes, corrupción y alianzas con la delincuncia hay que sumarle los intereses transnacionales que necesitan un territorio limpio de protestas y de organización social contestataria. Y ese coro de desinformadores que han predicado por años el desprecio y la condena a los ayotzinapos. Y hay que sumarle, también – last but not least–, las imposiciones de estrategia de seguridad procedentes de Washington, tal como están documentadas en los cables del Departamento de Estado que WikiLeaks y La Jornada difundieron en 2011. Qué oportuno resulta, ahora, presentarse como consternados.

Pero no hay que irse con esas fintas. A los estudiantes de Ayotzinapa, como a muchos otros miles de mexicanos, el poder los mata o los desaparece porque son indeseables, porque son pobres, porque son revoltosos, porque son prietos, porque afean el paisaje, porque son indios, porque son insumisos, porque son nacos, porque se rebelan, porque son respondones y también, claro, porque es más caro, ineficiente e improductivo el satisfacer sus demandas que acceder a las peticiones de la delincuencia organizada.


15.10.14

A los que quedan

México, 14 de octubre de 2014

A la sociedad mexicana (a los que quedan).
A quienes todavía tienen ojos para leer, a quienes están y creen que nunca serán desaparecidos, les queremos decir unas palabras.

Somos H.I.J.O.S. México y esta vez, con la rabia de siempre, pero ya sin pesar ni vergüenza, nos referimos a ustedes en estos términos. Todas aquellas personas que hoy queden vivas y libres, todas aquellas personas que leen o escuchan esto con curiosidad y que no cuentan en su familia o amistades a alguien desaparecido, deben saberlo de una vez: ustedes siguen.

Es terriblemente simple: por décadas nuestras abuelas gritaron en las plazas, marcharon, repartieron volantes, se colgaron las fotos de sus hijos al pecho; las llamaron locas, las amenazaron y las reprimieron. Mientras tanto, la inmensa mayoría del pueblo mexicano hacía una sola cosa: nada. Voltearon hacia otro lado; aprendieron la sonrisa sin memoria; compraron algún bien y siguieron en la ficción de una vida sin desaparecidos, porque “no eran suyos”. Después, dejaron crecer solos a sus hijas e hijos, sin pensar siquiera si esa piedrita incómoda en el zapato podría crecer. Hoy, con el dolor de los años, podemos decirles que se equivocaron: el horror ha vuelto y creció.

Somos hijos e hijas también de su olvido, habitantes de este país despedazado, al que estúpidamente amamos todavía, desde lo más profundo. Por eso somos hijos del enojo, la indignación y la rabia ante los hechos acontecidos en Tlatlaya, Estado de México y en Iguala, Guerrero; somos hijos del dolor en Acteal, El Bosque, El Quemado, Aguas Blancas y tantas otras. Nuestros padres son y fueron hombres y mujeres dignos y aguerridos que lucharon de distintas maneras porque este país fuera mejor. Nosotros somos la reivindicación de sus ideales y los mantendremos vivos siempre; porque pese a todo, nos oponemos al olvido.

Pensamos que el horror había tocado nuestras vidas cuando estábamos por nacer, cuando usábamos pañales; pensamos que nuestra herida sería la de luchar contra el olvido de nuestro país, jamás contra las fuerzas que nuevamente arrebatan padres y madres de sus casas dejando más hijas e hijos en un abrazo vacío.

Si hoy, cuando nos siguen faltando y urge localizar a los 43 estudiantes desaparecidos; si hoy ustedes tienen la sensación de que pueden volver a mirar hacia otro lado; si tienen el oculto deseo de que todo vuelva a ser igual, si quieren que este episodio de horror pase y no atormente más sus pobres almas la próxima semana, sepan que esa es la señal inequívoca: el suelo ha empezado a desmoronarse precisamente bajo sus pies.

Somos el fantasma de las navidades futuras. Estamos aquí para recordarles un porvenir que quieren desconocer. Generaciones enteras de niños, niñas y jóvenes crecen hoy como un dolor en la raíz del miedo, construyendo un futuro que ustedes, desde ya, quieren olvidar. Pero nosotros no olvidamos. Y no perdonamos. Por suerte no somos los únicos.

Hoy, quizá como nunca antes, entendemos la motivación de nuestros padres y madres al elegir el camino que eligieron. Queremos que caiga este Estado en que todos los partidos y niveles son cómplices; queremos castigo a los responsables y queremos a nuestros compañeros vivos; queremos verdad y justicia.

De lo hecho o dicho hasta ahora, nada nos calma ni nos hace sentido (salvo la rabia cruda, la gente en las calles). Los opinólogos deberían hacer más y opinar menos; los analistas deberían moverse antes de descalabrarse por el derrumbe de sus teorías. ¿De verdad creen que es suficiente? No esperen que les aplaudamos a sus funcionarios cuando salen a buscar desaparecidos por las calles como si se hubieran perdido en una tormenta; como si no supieran por dónde y por quiénes empezar a buscar. No esperen que el verbo “esclarecer” nos deje tranquilos, ni que sus renuncias aparezcan como actos de heroísmo: todo eso no es ni lo mínimo. No basta. Nuestro pueblo debe tener más autoestima. Los queremos vivos, queremos bien a sus familias; queremos tras las rejas a responsables y cómplices, y queremos que nunca más nadie tenga que llorar un desaparecido por motivos políticos, ni por ningún otro motivo.

La herida en el corazón del país no podía ser más clara. Desaparecer estudiantes; desaparecer futuros profesores. Nuestros padres también estudiaron en Ayotzinapa, ¿es que a este país no le bastó con que ellos ya hayan dado su vida? Nosotros pagamos el precio para que esta sociedad transitara hacia un futuro mejor y aún así esta sociedad no lucha por merecerlo. ¿Quieren desaparecer nuestra memoria? No lo permitiremos.

Es por esto que, en los albores de nuestros quince años de existencia, H.I.J.O.S. México anuncia que se replanteará su actuar, en honor a la memoria de nuestros padres y nuestras madres, y en honor a quienes aún hoy, ante todo, siguen luchando por un otro mundo mejor. Esa alegría que algunos admiraban se nos borró de golpe en Ayotzinapa; los colores que solemos usar se están quebrando entre nuestras muelas apretadas de dolor y rabia. Y no nos vengan a contar aquella historia de la alegría y la esperanza, porque también nosotros la inventamos, pero hoy sabe a poco y no basta.

Y lo hacemos esta vez por ellos, por ellas. Por Elín, por Juan Carlos, por Esther, por el Flaco, por Rafael, por Valentín, por Tomás, por Alicia. Por tantos y tantas que nos faltan, desde hace tanto. Lo hacemos esta vez también por los nuevos hijos, por las hermanas Alvarado, por Nadin, por Dianita, por Heber, por Janahuy, por las nietas de Luli. Lo hacemos también por nuestros hijos, los hijos de H.I.J.O.S., porque otra vez nos negamos a que crezcan en un país que no se merecen. Si la sociedad mexicana no hace hoy lo extraordinario, cuando llegue el día en el que conozcan este dolor como propio, no nos pregunten ¿por qué no hacemos nada en la búsqueda de sus familiares?, sólo recuerden que llevamos décadas denunciando al terrorismo de Estado, que no es nuevo. Asuman su responsabilidad en la continuidad de las desapariciones forzadas en este país lleno de impunidad, simulación y corrupción. Sabemos que hay muchas personas, maravillosas y valientes, que ponen cada día su trabajo y corazón para detener el horror. Lo reconocemos y agradecemos, pero es urgente que nos demos cuenta de que no está siendo suficiente.

Sentimos no tener hoy palabras más hermosas, se nos están acabando; nos las quitaron cuando nos quitaron a 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, como nos quitaron a nuestras madres y padres, como ha sucedido en los últimos 45 años que ustedes, los sin dolor, no quieren ver.

Hacemos un llamado a la sociedad civil de todo México, de América Latina y del mundo entero a solidarizarse urgentementecon el pueblo del cual formamos parte. Esperamos en consecuencia que este llamado que hacemos -que no es como tantos otros que hemos hecho- haga eco. Deseamos y confiamos en que habrá una reacción a este grito que no hacemos nosotros, sino todo el pueblo digno de México y que ahora replicamos. Repudien a los gobernantes de este Estado asesino a donde quiera que vayan, exijan a los gobiernos de los demás países romper relaciones con ellos hasta que se presente con vida a los 43 compañeros normalistas desaparecidos, así como a las decenas de miles de mexicanos que se encuentran también desaparecidos. Queremos justicia y si el Estado no la provee, es el responsable directo del terrorismo en que estamos inmersos. Ayúdennos a condenarlos como humanidad, porque los desaparecidos nos faltan a todos, desde siempre y como nunca.

Hoy más que nunca: no olvidamos, no perdonamos y no nos reconciliamos. Juicio y castigo a los culpables y sus cómplices.
¡Vivos se los llevaron y vivos los queremos!



14.10.14

No hay gobierno

Foto: Reuters

La foto impresiona: el joven efectivo de la Policía Federal que vigila el sitio en el que fueron encontradas fosas con restos humanos en Iguala sostiene, sin esfuerzo aparente, una ametralladora M-60 de diez kilos de peso. Era el arma con la que la infantería estadunidense se abría paso en los arrozales de Vietnam y en los vecindarios polvorientos de Faluya, aunque al norte el Río Bravo se le considera obsoleta y ya está siendo remplazada por un nuevo modelo. El personaje de la gráfica tiene el dedo nervioso pegado al guardamonte y la canana de cartuchos, colocada a modo de banda presidencial holgada, le cuelga por debajo de la rodilla. Por si se le acaban esos cartuchos porta, además, un estuche con varios cargadores, chaleco antibalas, casco con gogles, un kefiyeh palestino enrollado en el pescuezo –último grito de la moda entre las fuerzas especiales y cuerpos contrainsurgentes: expropiar el emblema mundial de los insumisos– y el distintivo reglamentario con bandera, escudo y nombre del país, México, pegado al hombro. Lo único que desentona con la imagen de guerrero feroz es su mirada de inocencia; en ella queda claro que el muchacho no tiene la menor idea de lo que está haciendo.

No es el único. El gobierno federal custodia ese sitio –relevante sólo para la investigación criminalística– como si se tratara de una central nuclear pero allí sólo hay unos hoyos en los que el 4 de octubre fueron encontrados restos humanos que podrían pertenecer, o no, a algunos de los estudiantes normalistas secuestrados por la policía de Iguala entre el 26 y el 27 de septiembre y desaparecidos desde entonces. Han aparecido más fosas pero hasta ayer, lunes 13 de octubre, ni la autoridad federal ni la estatal habían informado con claridad quiénes ni cuántos son los muertos hallados en ellas. Más allá de cualquier escrúpulo, ambas instancias parecen más preocupadas, la primera, por utilizar la barbarie policial del municipio para destruir políticamente al gobernador guerrerense y a su partido, el PRD, y éstos, por aferrarse a como dé lugar a esa posición de poder.

Mientras la Federación exhibe el poderío de sus policías acordonando agujeros macabros pero vacíos, las balaceras, los asesinatos y los “levantones” prosiguen su curso en la normalidad sangrienta impuesta por Felipe Calderón y combatida por Enrique Peña Nieto con el viejo método de esconderla bajo la alfombra, pero ni así: los muertos se desbordan por todas partes y los homicidios de estas semanas en Chihuahua, Acapulco y Ecatepec son una muestra. Uno se pregunta por qué la prioridad de resguardar cementerios clandestinos con cuerpos de asalto por sobre la necesidad de custodiar vidas y la respuesta inevitable es que las vidas no importan tanto como la imagen mediática. Hay que preocuparse sólo cuando los asesinatos empiezan a deteriorar la percepción del país entre los inversionistas extranjeros, como lo dijo el fin de semana Luis Videgaray con un cinismo asombroso a propósito de los jóvenes muertos y desaparecidos de la Normal de Ayotzinapa. Los muertos que para el secretario de Hacienda constituyen un riesgo de disuasión financiera son, en manos del PRI y del PRD, instrumentos de campaña de cara a procesos electorales próximos. Así estamos.

Desde luego, la ineptitud y la indolencia de Ángel Aguirre Rivero ameritan su salida del cargo a la brevedad, pero no es el único caso. A dos años de instaurado el peñato, la Segob, la PGR, el Cisen (¿qué hacía el Cisen mientras la delincuencia organizada se apoderaba de Iguala? ¿Buscaba con microscopio agentes del Estado Islámico infiltrados en el territorio nacional?) y el propio Peña Nieto han incumplido en forma escandalosa, exasperante e inadmisible, su obligación de garantizar la seguridad pública y el derecho a la vida de las personas, que es el principal deber de un gobierno. En este sentido, los muchachos de Ayotzinapa muertos y desaparecidos confirman la desaparición de todo sentido nacional en una institucionalidad utilizada no para servir a la población sino para saquear, entregar el país al extranjero y pasear por el mundo la frivolidad oligárquica en un avión de 7 mil millones de pesos.


Localizar y presentar a los estudiantes de Ayotzinapa debe ser la última tarea de Aguirre y también la última de Peña. Y después de eso es necesario que ambos pidan licencia a sus cargos respectivos porque gobierno, lo que se llama gobierno, aquí no hay.

7.10.14

Responsabilidades


El viernes 26 de septiembre la opinión pública nacional seguía recibiendo con consternación las revelaciones sobre el caso Tlatlaya, localidad mexiquense en la que según la versión oficial inicial, ocurrió en mayo pasado un enfrentamiento entre “secuestradores” y el Ejército, con un saldo de 22 muertos entre los primeros; los nuevos indicios indican, sin embargo, que los presuntos maleantes fueron en realidad ejecutados. Ello pone en entredicho el relato gubernamental en su totalidad y lleva a preguntarse si las víctimas conformaban realmente una banda de plagiarios o si pertenecían a una organización armada de otra clase. Por otra parte los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional iniciaban un movimiento de protesta por el intento de la dirección de imponer un plan de estudios y un reglamento que degradaban la calidad de la educación en ese centro. Y en vísperas de la conmemoración del 2 de octubre de 1968 moría Raúl Álvarez Garín, dirigente del movimiento estudiantil de aquel año y destacado luchador político y social.

Con ese telón de fondo la policía de Iguala y un grupo de la delincuencia organizada, “Guerreros Unidos” (un desgajamiento o remanente –las versiones varían– del cártel de los Beltrán Leyva), la emprendieron a balazos en contra de estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, quienes se movilizaban para obtener medios de transporte que les permitieran asistir a la marcha prevista para el 2 de octubre. El cuerpo policial local es famoso desde hace mucho tiempo por estar infiltrado por la criminalidad organizada.

Los atacantes no se moderaron; causaron tres muertos entre los muchachos –uno de ellos fue brutalmente torturado– y otros tres entre gente que no tenía relación con Ayotzinapa; balearon un autobús que transportaba a un equipo de futbol –allí murieron el chofer de la unidad y un joven futbolista– y mataron a la pasajera de un taxi que se cruzó entre los balazos. Adicionalmente, los agresores se llevaron a 43 estudiantes en patrullas de la policía municipal.

El martes 30 de septiembre, con la creciente presión social que exigía la presentación con vida de los estudiantes levantados en Iguala, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, en un gesto inesperado y espectacular, salió de sus oficinas para dialogar con los estudiantes del Poli que marcharon hacia el palacio de Cobián, recibió en mano el pliego petitorio y ofreció respuestas rápidas y puntuales.

Un día después el gobierno anunció la captura de Héctor Beltrán Leyva, “El H”, en San Miguel Allende. Presentado como “un gran capo” por las autoridades de México y de Estados Unidos, muchos coinciden, sin embargo, en que “El H” encabezaba una organización menguante y achicada y que estaba desde hace años al alcance del gobierno; algunos lo consideran incluso como un colaborador protegido.

Desde hace mucho ha sido ampliamente señalada la relación entre el ex presidente municipal de Iguala, José Luis Abarca Velázquez, y de su secretario de Seguridad, Felipe Flores Velázquez, con los “Guerreros unidos”. Meses antes de la masacre de fines de septiembre sitios web especializados en nota roja han difundido tales conexiones así como las existentes entre Abarca y el gobernador guerrerense, Ángel Aguirre Rivero.

A Abarca Velázquez se le atribuye la responsabilidad intelectual de varios homicidios pero nunca, hasta ahora, fue investigado. Sobre Aguirre Rivero pesa la responsabilidad –política, cuando menos– por el asesinato de dos estudiantes de Ayotzinapa a manos de la policía estatal el 12 de diciembre de 2011. Enrique Peña Nieto carga con la culpa, asumida, de la barbarie represiva desencadenada en Atenco-Texcoco, cuando él era gobernador del Estado de México, en 2006. Por lo demás, el peñato y su profundización neoliberal es una suerte de enemigo natural de Ayotzinapa. En el terreno político los tres, cada cual a su manera y en su respectiva escala, salen perdiendo con la masacre de Iguala y es, por ello, improbable que la orden de perpetrarla haya salido del despacho de cualquiera de ellos. Esa consideración no los exime, sin embargo, de al menos una doble responsabilidad en la tragedia: la primera, por alentar de manera sistemática, cada cual en su ámbito, políticas represivas y el quebrantamiento sistemático del estado de derecho, con lo cual crearon las condiciones propicias para que ocurrieran los asesinatos de estudiantes normalistas; la segunda, en lo que respecta a los ejecutivos estatal y federal, por no haber actuado ante los abrumadores indicios de la infiltración de la delincuencia organizada en las instituciones de Iguala, de Guerrero y del país.

El grupo gobernante –PRD incluido y hasta protagónico, dada la filiación perredista del alcalde prófugo y del gobernador– pone, en el momento actual, toda suerte de empeños en circunscribir la culpa de lo ocurrido la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre a Abarca Velázquez y a sus subordinados. Pero el artículo 21 constitucional señala que la responsabilidad de la seguridad pública corresponde a la Federación, los estados y los municipios; sin embargo, en Iguala, como en muchos otros puntos de Guerrero y del país, la seguridad pública es inexistente; esa carencia hizo posible la agresión criminal contra medio centenar de personas y de ello son corresponsables Aguirre y Peña, además, por supuesto, de Abarca. Ante ese hecho no bastan las tardías e inverosímiles medidas de control de daños adoptadas por los dos primeros. A la sociedad corresponde exigirles que rindan cuentas.

1.10.14

Oda a unas flores amarillas



Pablo Neruda


Contra el azul moviendo sus azules,
el mar, y contra el cielo,
unas flores amarillas.

Octubre llega.

Y aunque sea
tan importante el mar desarrollando
su mito, su mision, su levadura,
estalla
sobre la arena el oro
de una sola
planta amarilla
y se amarran
tus ojos
a la tierra,
huyen del magno mar y sus latidos.

Polvo somos, seremos.
Ni aire, ni fuego, ni agua
sino tierra,
sólo tierra
seremos
y tal vez

unas flores amarillas.

26.9.14

Mientras pasa la lluvia



Mientras pasa la lluvia
y las bocinas de los autos sollozan en el tránsito
y pensamos en barcos indefensos
que se hunden frente al puerto
al reclinarse en ellos la tormenta,
te contaré, mi vida,
la historia del tornero
que modeló una mujer de madera
y al sacarla del torno
ella siguió girando
y nadie pudo detenerla
porque la rotación quedó grabada
en su carne de celulosa
y sigue, hasta la fecha,
expuesta en un museo
y algunos dicen que sonríe de cuando en cuando
y que por las noches se queda quieta,
pero se trata de leyendas
que nadie ha confirmado.

Mientras pasa la lluvia,
ahora que el mundo ha desaparecido
bajo cántaros de agua
y el calentador ronronea como gato
y el gato ronca como un camionero borracho
y la techumbre es masacrada
por gotas del tamaño de manzanas,
te contaré, amor mío
la historia de un cuaderno
guardado y olvidado por decenios
en un cajón húmedo
y las líneas escritas en él se borraron
y su papel se volvió una papilla nutricia
y le brotaron plantas
y los tallos de las plantas
siguieron el patrón de la vieja escritura
y fueron la memoria
del escrito perdido.

Mientras pasa la lluvia
y la tierra se ahoga sin remedio
y el calor de tu cuerpo no se apaga
y tu laguna no se seca
y las ventanas se empañan
y el mundo nos resulta más lejano que nunca,
te contaré, alma mía,
la historia de una piedra
que se labró a sí misma
en golpes improbables
con otras piedras
llevada por el viento
y fue caballo alado
y después, un guerrero,
y luego un recipiente,
siempre fiel a sí misma
a pesar de las formas que adoptaba,
siempre de piedra.

Mientras pasa la lluvia –que no pasa–
y el planeta se olvida de nosotros,
preguntaré a tus párpados
por el color de la primera luz que vieron,
preguntaré a tu carne
por el clima que hacía,
pediré a la memoria de tus células
que me cuente los temas de la plática
en los parques ese año.

De cuántas cosas hablan nuestros cuerpos
ateridos y ciegos en la noche,
conforme el agua los disuelve
mientras pasa la lluvia.




23.9.14

Insolencias


Todo un manifiesto: hace unos días Los Pinos distribuyó una foto, tomada durante un reciente cónclave de las cúpulas del poder político-económico, en la que aparecen Peña Nieto y Germán Larrea: el gobernante de corte ampliada y simpatías compradas y el enterrador de mineros y envenenador de ríos; el repartidor de impunidades y el empresario eternamente salvo de responsabilidades; el mandante y su mandatario, el jefe y el subordinado, ambos con las respectivas expresiones corporales. Días después la mina de Larrea volvió a inundar los ríos Bacanuchi y Sonora con desechos tóxicos y varios empleados de Peña (de la Profepa y la Secretaría del Trabajo) se apresuraron a asegurar, aun con los análisis no completados, que todo está bajo control, el nuevo vertido carece de importancia, no representa ningún riesgo para la salud de la población y la empresa colabora en la mitigación del daño. Las autoridades estatales y municipales de Sonora han contado una historia muy distinta: los habitantes de la región están gravemente afectados, Buenavista del Cobre ha sido omisa en informar a las instituciones públicas, ha bombeado venenos a los cauces fluviales en forma deliberada y se ha limitado a simular tareas de reparación del daño.

El episodio dejó una manifiesta indignación nacional y hay en curso un empeño de restauración del poder presidencial omnímodo de los viejos tiempos priístas. En ese contexto la difusión de la foto es una declaración de connivencia entre el poder fáctico del dinero que se acumula matando mineros y destruyendo el entorno natural y el poder fáctico del dinero que se invierte en la compra de millones de votos para conquistar la titularidad del Poder Ejecutivo. Y constituye una promesa de impunidad. Y es además una insolencia.

Los signos de fin de régimen se multiplican. La ceremonia del 15 de septiembre mostró a un Zócalo supervigilado y controlado pero semivacío, poblado sólo por unos miles de mexiquenses acarreados con documentadas ofertas de comida, dinero y transporte, y aun así no le fue posible al aparato peñista eliminar del acto unas cuantas mentadas y chiflidos. La flamante Gendarmería Nacional fue estrenada para la ocasión y comisionada a hurgar en los pañales de los bebés y los cuerpos de los niños en busca de... ¿de qué? ¿De ametralladoras? ¿De granadas de mano? ¿De explosivos? –No, obviamente. Para eso hay arcos detectores de metales y otros procedimientos. Muy probablemente los pobres gendarmes recibieron la orden de buscar pancartas o linternitas láser de esas con las que algunos traviesos le pintarrajearon la cara (luminosamente, se entiende) a Felipe Calderón en su último grito e intentaron hacerlo con Peña en su primero. Lo malo es que los diseñadores de semejante operativo no se dieron cuenta (o se dieron, pero no les importó) de que era violatorio de la Convención de los Derechos de los Niños, que en México es vinculante.

Otro: la fugaz Disneylandia construida por el comisionado Alfredo Castillo se desvanece en Michoacán y vuelven a asomar, tras ella, la delincuencia soberana, la corrupción omnímoda y la descomposición de todo aquello que el gobierno toca. Y otro: el huracán deja al descubierto en Baja California Sur una ineptitud asombrosa en el manejo de la cosa pública. Peña acude a pasar revista de escenografías, se retira y deja tras de sí a una población sin alimentos, sin seguridad, sin comunicaciones, sin casa y sin trabajo.

Hace ya tiempo que el régimen oligárquico no consigue ganar elecciones si no es mediante diversas modalidades de fraude; perdió hace mucho tiempo la batalla de los argumentos y ahora parece resignado a derrotarse a sí mismo incluso en la batalla de la imagen pública, salvo en el ámbito de las distinciones otorgadas por los verdaderos mandantes: en Nueva York Peña es proclamado “ciudadano global” (es decir, ejecutor modelo de la globalización depredadora) mientras en México la ciudadanía es víctima de una ofensiva generalizada desde las cúpulas de la institucionalidad.


El peñato ha logrado comprar la docilidad de casi todas las facciones de la clase política, las cuales le aplauden y le legalizan todos los negocios del saqueo, pero no ha avanzado un centímetro en la solución del hambre, el desempleo, la inseguridad, la desigualdad, la corrupción y las carencias generalizadas de sectores cada vez mayores de la población. Aun así, el régimen podría durar muchos años más porque para la gente lo más preciado es la estabilidad y en aras de preservarla está dispuesta a casi todos los sacrificios imaginables. Lo que colma la paciencia de las sociedades es más bien la insolencia del poder; este régimen ha perdido la capacidad de evitarla y más bien parece que no puede dar un paso sin incurrir en ella, y ese es el signo de su inviabilidad.

18.9.14

Del “Yo, Pecador” a
la antropogénesis


“¡Señor Jesús! Sofoca los vientos de esta tempestad y de otros sistemas que nos amenazan, así como calmaste el Mar de Galilea para tus discípulos. ¡Oh, Señor!, atenúa los vientos, calma las aguas, introduce fuerzas de la naturaleza que perturben la configuración de esta tormenta, disipa su malignidad. Envíala inofensivamente hacía las aguas. Que todos nos demos cuenta de nuestros pecados. Y del pecado que causa unos fenómenos así. Danos la fuerza para que nos esforcemos en purificarnos y no padecer una catástrofe. ¡Oh, Señor!, influye en estos vientos, en estas aguas, en estos sismos, en estos tifones, en estas tormentas. Que desaparezcan y se pierdan mar adentro. Expúlsales Señor de todas las costas sin hacer dañar a ningún ser viviente que esté en su camino. Te lo pedimos amado padre celestial con toda nuestra devoción, que se haga de acuerdo a tu voluntad, bajo la gracia, de manera perfecta, gracias, padre que has escuchado esta oración. Amén. Amén. Amén”.

Así dice, palabras más palabras menos, una de las múltiples oraciones contra la tormenta que se pueden encontrar en Google con la misma facilidad con la que uno localiza recetas para hacer chiles en nogada. Y como estamos en temporada de ambas cosas –de chiles en nogada y de tormentas– les paso el dato. La ingesta de esa delicia, cuya creación es atribuida a las monjas agustinas del convento de Santa Mónica (Puebla) para agasajar a Agustín de Iturbide, puede ser considerada pecado capital de gula, castigado con chorrillo y redimido con tres padresnuestros y sincero propósito de contrición, que es el dolor que se experimenta por haber ofendido a Dios. Pero hay faltas que ameritan sanciones infinitamente más severas y magnas, como una tormenta, un ciclón o un terremoto. Así lo afirma fray Miguel de San José, obispo de Guadix y Baza, en su Juicio reflexo sobre la verdadera causa del terremoto:

“No sirve huir de las ciudades a los campos para evitar los estragos del terremoto, si nos llevamos al campo los pecados; que Dios castiga, sacudiendo violentamente los fundamentos y muros de las ciudades: ya alentando a los tímidos con los copiosos frutos de virtud, que el terremoto había producido, pues ocurrían con devoción al templo, los que antes precipitadamente corrían a los teatros y a los circos: que oían con gusto la palabra de Dios, los que antes cebaban por el oído su almas, frecuentando las públicas diversiones, de especies no menos nocivas, que indignas de su fe; que ya a imitación de los ninivitas vestían saco, rociaban de ceniza sus cabezas, ayunaban, se humillaban, gemían penitentes los delicados, los sensuales, los golosos, los soberbios, los pecadores todos [...] El padre San Juan Crisóstomo enseña que la causa del terremoto es la ira de Dios: causa enim terremotus Dei est ira.”

En tiempos más recientes (2011) el entonces alcalde de Tokio, Shintaro Ishihara, opinó que el terremoto que provocó la catástrofe nuclear de Fukuyama había sido un castigo del cielo para lavar el egoísmo de los japoneses. Una página web llamada Embajada del Reino le tomó la palabra y especificó que los pecados del país oriental habían sido la pornografía, el turismo sexual y el abuso de menores (que) han hecho de Japón un lucrativo nicho de mercado sexual.

El razonamiento llevaba a preguntarse por qué el altísimo no escogió Río de Janeiro, Bangkok o Tapachula para llevar a cabo su escarmiento de pecadores, toda vez que cualquiera de esas ciudades, y muchas otras, ocupa sitios más destacados en prácticas como las que enumera Embajada del Reino. Pero los designios del Señor son inescrutables y prueba de ello es que el terremoto de 1755, que afectó gravemente a muchas otras localidades de África del Norte y el sur de Europa, fue particularmente devastador en Lisboa, una ciudad virtuosa y pía según los cánones del catolicismo, en la que no habría delitos graves que castigar. Aquel movimiento telúrico no sólo dio origen a la sismología moderna: el quiebre tectónico en la zona Azores-Gibraltar puso en apuros a teólogos y filósofos y produjo, además del derrumbe de miles de edificios, la caída de nociones hasta entonces inamovibles acerca de la bondad inmanente de Dios; se vinieron abajo, por ejemplo, la teodicea de Leibniz y el método de Descartes para conciliar el orden divino con el desmadre natural y cedieron su lugar a la carcajada amarga de Voltaire y a las elucubraciones geológicas de Kant, descaradamente materialistas pero, a la postre, equivocadas.

Hoy en día hay que tener mucho valor civil para proclamar, como el alcalde Ishihara, que los fenómenos naturales y los desastres consiguientes son un castigo celestial a nuestros pecados. Las piruetas teológicas para explicar las catástrofes resultan cada vez menos convincentes, y seis o siete chiflados sostienen que las tragedias resultantes no están en los planes de Dios sino en los de Satanás (lo cual de todos modos plantea el problema de una responsabilidad divina, así sea por omisión, porque el Omnipotente bien podría tomarse la molestia de meter en cintura al Maligno). En cambio, se fortalece la creencia, si queda alguna, de que el compañero de allá arriba se entromete cada vez menos en los asuntos humanos y naturales, y el pecado ha sido remplazado por las nociones, más funcionales, del delito y la incorrección política.

Sin embargo, la razón teológica puede sentirse tranquila: el cambio climático, los fenómenos naturales antropogénicos y la idea de que la especie humana está provocando una apresurada destrucción planetaria han venido a remplazar con eficacia notable a la vieja venganza divina. Ya que el señor barbón muestra tanto desinterés en nosotros, la madre tierra se encargará de darnos el escarmiento que merecemos. Aunque haya habido terremotos más o menos desde siempre y el temible huracán haya sido bautizado nada menos que por los mayas prehispánicos.

Pero año con año nos enteramos de fenómenos naturales de frecuencia y dimensión sin precedente –esa expresión usan justamente los funcionarios de toda monta para justificar tragedias y desastres que se originan más bien en la corrupción y la falta de previsión– que serían indicadores indudables de que el planeta está encabronado con nosotros por cochinos, depredadores, ambiciosos, frívolos y arrogantes: Sodoma y Gomorra en su versión vegana; flagelantes del siglo XIII trasplantados al XXI que abominan de lo humano en conjunto y que anuncian la inminencia del fin de los tiempos.


Sea: seremos contaminantes, destructores, estúpidos y crueles, pero también somos capaces de emprender programas de descontaminación, refrenar impulsos instintivos, aplicar medidas de protección a los arrecifes coralinos y cambiar de estilo de vida y hasta de modo de producción. Y eso hace pensar que tal vez el Armagedón antropogénico no sea tan inminente ni tan inevitable como algunos auguran.


Acopio de ayuda para los
damnificados por Odile

La Cruz Roja Mexicana abrió centros de acopio en sus instalaciones en Sinaloa, Baja California, Sonora, Nayarit y Jalisco y en las tiendas departamentales Wal-Mart de dichas entidades. Se puede depositar donativos en la cuenta de Bancomer 0404040406 y de la clave interbancaria 1218000404040406-2.
¿Qué llevar? Los centros de acopio ubicados en la zona del Pacífico recibirán los siguientes artículos: Atún, sardina, arroz, frijol, azúcar, sal, café, sopa de pasta, lentejas, verduras enlatadas, mayonesa, aceite, galletas, chocolate en polvo y leche en polvo.
Asimismo, artículos de limpieza como jabón, cubetas, cepillos, franelas, jaladores, escobas, jergas, pino, además para higiene personal, entre ellos papel sanitarios, toallas femeninas, cepillos y pasta dental, shampoo, jabón de tocador y rastrillos.

Distrito Federal:
Las Facultades de Ciencias Políticas y Química y Derecho de la UNAM, Circuito Interior s/n, Ciudad Universitaria, CP 04510 Ciudad de México. Tel: (55) 56222001.
Delegación Cruz Roja DF, Av. Ejército Nacional #1032, Colonia Los Morales Polanco, CP 11510, Delegación Miguel Hidalgo, Horario: De lunes a viernes de 8:00 am a 4:00 pm. Tel (55) 53951111
Universidad Anáhuac México Sur, Av. De las Torres 131, Olivar de Los Padres, CP 01780, Ciudad de México. Tel: (55) 5628 8800
Universidad Anáhuac Norte, Av. Universidad Anáhuac 46, Lomas Anáhuac, CP52786, Huixquilucan, Tel: (55) 56288800
Centro Diseño Cine y Televisión, Sierra Mojada 415, Lomas de Chapultepec, 11000, Ciudad de México, Tel: (55) 27899000
Universidad Panamericana, Calle Augusto Rodin 456, Insurgentes Mixcoac, CP 03920, Ciudad de México. Tel: (55) 54821600
ITAM, Calle Río Hondo 1, Álvaro Obregón, Progeso Tizapan, 01080 Ciudad de México. Tel:(55) 5628 4000
Universidad Iberoamericana, Prolongación Paseo de la Reforma No. 880, Lomas de Santa Fe, CP 01219, Ciudad de México. Tel: (55) 59504000Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México - Se instaló un centro de acopio en la terminal 1 del Aeropuerto Internacional Benito Juárez, en la puerta siete. En su cuenta de Twitter, el AICM detalló que el horario de atención es de 8:00 a 20:00 horas.

Centro de acopio en Guadalajara - A partir de hoy empieza la recepción de víveres en el DIF municipal de Guadalajara. La colecta se realizará en calle Eulogio Parra número 2539, colonia Circunvalación Guevara, las 24 horas del día.
Los 27 centros de desarrollo comunitario (CDC) distribuidos en todo el municipio recolectan insumos para los damnificados por Odile. Los CDC tendrán un horario de 9:00 a 15:00 horas para recibir los donativos, como alimentos no perecederos, productos de higiene personal y de limpieza.

Ayuda en Querétaro - El Sistema Estatal DIF y la Delegación en Querétaro del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) anunciaron la instalación de un centro de acopio de víveres. El centro de acopio estará operando a partir de este jueves, de nueve a 16 horas, en las sedes de ambas instituciones.
¿Qué llevar? Agua embotellada, arroz, lentejas, sal, aceite para cocinar, azúcar, café, latas de atún, sardinas y frijoles, así como artículos de limpieza en general.

Centros de acopio en Nuevo León - El gobierno de Nuevo León instaló centros de acopio para recaudar ayuda en especie en beneficio de los damnificados, a cargo de la Secretaría de Desarrollo Social y el DIF estatal. Se recaudarán artículos de primera necesidad como alimentos, productos de higiene personal, de limpieza y artículos para bebé.
¿Qué llevar? Alimentos no perecederos y enlatados; de preferencia abre fácil, envasados al alto vacío y listos para servirse como frijol, atún, leche en envase tetrapack, arroz precocido, café soluble, azúcar, aceite, galletas, cereales, y sopas.
Jabón, rastrillos, shampoo, pasta y cepillo para dientes, desodorante, enjuague bucal, y toallas sanitarias.
Aceite de pino, cloro, papel sanitario y gel antibacterial; de los productos para bebé necesitan leche en polvo, pañales, y toallitas húmedas,
Los donativos del público en general se recibirán de lunes a sábado de 8 a 20 horas en las oficinas generales del DIF Nuevo León ubicadas en avenida Ignacio Morones Prieto 600 oriente, en la colonia Independencia.
Hay centros de acopio en las instalaciones de los DIF municipales. También fueron habilitados como centros de acopio el Centro de Rehabilitación y Educación Especial (CREE) ubicado en avenida Lázaro Cárdenas, y los denominados "Espacio Sí" en los municipios de San Pedro, San Nicolás y Monterrey.


Sinaloa - La Universidad Autónoma de Sinaloa instaló cuatro centros de acopio donde recibirá comida y ropa de las 9:00 a las 18:00 horas. El primero está ubicado en la Ciudad Universitaria Los Mochis, en las calles Ángel Flores y Justicia Social s/n, colonia Los Mochis, municipio Ahome.
El segundo se encuentra en la Unidad Regional Sur, ubicada en la Avenida Leonismo internacional esq. Avenida Universidad s/n, Fraccionamiento Antiguo Aeropuerto, Mazatlán, Sinaloa.
El tercero está en la Unidad Regional Centro, ubicado en Catedráticos 341, esquina con Mariano Arista en la colonia Chapultepec.


Estado de México - Dos centros de acopio: Plaza de los Mártires, y DIF del Estado de México ubicado en Paseo Colón esquina Paseo Tollocan s/n, colonia Isidro Fabela.

15.9.14

El país que no se ha rendido


Foto Iván Sánchez / La Jornada Michoacán

Viva el país que no se ha rendido.

Vivan sus playas públicas. Viva su mar soberano. Viva su atmósfera libre. Vivan las tierras que no serán convertidas en negocio aeroportuario.

Vivan los bosques que no ceden al golpe de la motosierra. Viva el filón de mineral defendido por sus legítimos dueños. Viva el río que absorbe la descarga tóxica y no envenena a los sedientos. Vivan los lagos cómplices de los pescadores.

Vivan los pescadores, los comuneros, los ejidatarios, que resisten los proyectos depredadores. Vivan quienes difunden las luchas contra el acueducto, la hidroeléctrica, el teleférico, el parque de diversiones, el campo de golf, la mina a cielo abierto, la supercarretera, la perforación destructiva, la construcción devastadora.

Vivan los caminos libres que comunican sin lucrar, las represas que iluminan sin destruir el entorno, las canteras que entregan su materia para construir escuelas y hospitales.

Vivan las cosechas sin transgénico.

Vivan los campesinos que no sienten vergüenza de su condición. Vivan los trabajadores que no aspiran a ser potentados. Vivan las profesionistas que defienden la dignidad de su trabajo.

Vivan los burócratas que se consagran a servir a la sociedad antes que a sus jefes. Vivan los políticos que no traicionan a sus representados.

Vivan los barrios. Vivan las vecindades. Vivan los multifamiliares. Vivan los caseríos. Vivan los mercados. Vivan los centros de salud y los planteles escolares, los parques y las plazas públicas.

Viva la palabra verdadera. Viva el discurso que esclarece. Viva el libro que rescata la memoria. Vivan quienes difunden el antídoto de la verdad contra la intoxicación televisiva y la propaganda mentirosa. Viva la oración de la esperanza y la maldición pronunciada ante toda injusticia.

Vivan las indignadas, los escépticos, las que se organizan, los manifestantes, las que informan, quienes siguen buscando a sus desaparecidos, los que no olvidan a sus muertos, quienes no han matado a nadie, las que dan vida, los que le cierran los ojos al cadáver de un desconocido.

Vivan las que bordan en pañuelos los nombres de las víctimas, quienes se aferran a la vida aunque cada año pongan nuevas fotos en su altar de muertos.

Vivan los jubilados y las viudas a quienes les robaron la pensión; los asalariados a los que no les alcanza el salario; los causantes a los que el Fisco les arrebata el ingreso; los productores sin mercado; los comerciantes que se quedaron sin clientela; los jóvenes que no tienen escuela; los pacientes sin cama; los campesinos despojados de sus tierras; los científicos sin laboratorio; los escritores sin computadora; los plomeros sin herramienta; las costureras sin tela; los cocineros sin comida; los pintores sin pintura; los obreros traicionados por sus dirigentes sindicales; los que son tratados como delincuentes porque combatieron a la delincuencia; los que no pierden la claridad aunque no tengan para pagar la luz.

Vivan las comunidades zapatistas. Vivan los yaquis que defienden el agua. Viva Temacapulín. Vivan los resistentes de Cholula. Viva Wirikuta. Viva San Salvador Atenco. Vivan las policías comunitarias. Vivan Las Patronas. Vivan los defensores de derechos humanos. Viva el SME. Vivan los trabajadores de Mexicana. Vivan los sindicatos universitarios.

Vivan las universidades y los hospitales públicos. Vivan los caminos públicos. Vivan los medios públicos.

Viva La Jornada en sus 30 años.

Viva la América Latina soberana que espera nuestro regreso a sus filas.

Viva Cuauhtémoc. Viva Gonzalo Guerrero. Viva Bartolomé de las Casas. Viva Francisco Tenamaztle. Viva Jacinto Canek. Viva Vasco de Quiroga. Viva Gaspar Yanga. Viva Gabriel Teporaca. Viva fray Servando Teresa de Mier. Viva Francisco Primo de Verdad. Viva Miguel Hidalgo. Viva Josefa Ortiz de Domínguez. Viva José María Morelos. Viva Leona Vicario. Viva Epigmenio González. Viva Francisco Xavier Mina. Viva Vicente Guerrero. Viva el Batallón de San Patricio. Viva Benito Juárez. Viva Guillermo Prieto. Viva Ignacio Zaragoza. Viva José Santos Degollado. Viva Melchor Ocampo. Viva Mariano Escobedo. Viva Vicente Riva Palacio. Viva Ignacio Manuel Altamirano. Vivan Ricardo y Enrique Flores Magón. Viva Juana Belén. Viva Emiliano Zapata. Viva María Arias Bernal. Viva Aquiles Serdán. Viva Belisario Domínguez. Viva Francisco Villa. Viva Elisa Acuña. Viva Antonio Díaz Soto y Gama. Viva María Talavera. Viva Elisa Griensen. Viva Felipe Carrillo Puerto. Viva Lázaro Cárdenas. Viva Francisco J. Múgica. Viva Heriberto Jara. Viva Rubén Jaramillo. Viva Benita Galeana. Viva Valentín Campa. Viva Demetrio Vallejo. Vivan Frida Kahlo y Diego Rivera. Viva José Revueltas. Viva Sergio Méndez Arceo. Viva Heberto Castillo. Viva Carlos Montemayor. Viva Carlos Monsiváis. Viva Bety Cariño. Viva Samuel Ruiz. Viva Carlos Fuentes. Viva Arnoldo Martínez Verdugo. Viva José María Pérez Gay. Viva Daniel Cazés. Viva José Emilio Pacheco. Viva Arnaldo Córdoba.

Vivan la imaginación y el amor. Vivan la dignidad y la honestidad. Vivan la congruencia y la persistencia. Viva la vida.

Viva México.
Viva México.
Viva México.


31.8.14

Días de sangre

Foto: Isa Sanz

No era falta de deseo sino pudor. Habría sido más rápido y fluido el tránsito de las miradas intensas y de los primeros contactos dérmicos al despojarse de las primeras prendas, pero ella se encontraba en mitad de ese momento en que el endometrio se colapsa y se convierte en una lluvia lenta y roja que muchas mujeres y más hombres tienen por repulsiva. Tanto, que ha sido imputada desde tiempos inmemoriales por la gestación de fenómenos funestos, culpada de naufragios, asociada a resultados culinarios indeseables. Ella no se hizo ese recuento histórico; simplemente sentía vergüenza de compartir con su amante nuevo esos flujos opacos y dijo “hasta aquí” cuando la desnudez le llegó a la cintura. Pero su propio deseo, mezclado con la ternura de él, le impidió resistirse ante los nuevos avances sobre su cuerpo. Cuando ya sólo tenía encima una prenda de ropa interior y la compresa que guardaba los desechos de su fertilidad, fue más tajante:

–Para –le dijo con brusquedad–. Tengo la regla.

–¿Y eso, qué? –replicó él, sin inmutarse–. No me voy a desmayar por ver un poco de sangre.

–Pero te voy a ensuciar –suplicó ella.

–No se puede hacer el amor sin mojarse con algunos de los líquidos de la otra persona –repuso él con una sonrisa–. Además, hace ya tiempo se inventó la ducha.

–Hay líquidos que es mejor no combinar.

–Sólo por razones de salubridad. Pero no creo que unas manchas de menstruación me contagien nada.

Y siguió sus avances amorosos y ella decidió permitirlos, y unos minutos más tarde se cabalgaban mutuamente, con el pudor tan abandonado como las prendas de ambos desparramadas en el piso. Culminaron, descansaron, volvieron a encenderse y a entregarse hasta que se quedaron dormidos. Al despertar, él se vio las manos, paseó la mirada por los cuerpos de ambos y soltó la ocurrencia:

–Pareciera que aquí no hubo un palito, sino un asesinato.

Ambos se rieron de la gracejada, y con el impulso sexual ya apaciguado procedieron a explorarse los cuerpos ensangrentados y no fueron felices para siempre, pero sí en los siguientes días y semanas y meses, y aprendieron a aplicar medidas de ingenio para copular cuando ella reglaba sin verse obligados a lavar después el colchón y las sábanas. A veces a ella se le descomponía el buen humor, pero pronto aprendieron que el sexo podía ser un buen remedio para repararlo y que en ocasiones un cólico feroz amainaba con el vaivén de los cuerpos. Eso habría durado tanto como el amor. Pero una noche él se topó con una negativa terminante y ríspida.

–¿Qué te pasa? –preguntó, lastimado y sorprendido.

–Es que esta mañana pasé por un puesto de periódicos y vi una portada horrible: la foto de una mujer asesinada. Si hacemos el amor se me va a venir esa imagen a la cabeza.

Él entendió y se quedaron ambos cabizbajos, sintiendo sobre sus hombros el peso de los seis cadáveres que deja, en promedio diario, la epidemia de feminicidios en el país. Hablaron de los abismos de zozobra, terror y sufrimiento ahogado de las víctimas. Sintieron náusea mientras trataban de imaginar las motivaciones de los homicidas: posesión insatisfecha, rencor al mundo, celos que se erigen en justificación monstruosa, ganancia monetaria del sicario. Repasaron los vericuetos de ministerio público, juzgado y procuraduría en los que se pierden expedientes y pruebas y en los que se extravían para siempre hasta los huesos de las sacrificadas: la matriz en forma de laberinto que gesta, de manera lenta pero inexorable, la impunidad. Recordaron, por último, que los responsables por omisión de la masacre de mujeres no están en la cárcel, sino gozando de jubilaciones inimputables, acariciando con amor las cabezas de sus nietos, yéndose de putas sin reparar en gastos, emborrachándose con dineros públicos. O bien, al frente de oficinas públicas, sentados en despachos relucientes, moviendo a México, como dice la propaganda.

Esa noche durmieron abrazados y el deseo durmió con ellos, y no despertó sino días más tarde, cuando los líquidos de ella habían vuelto a ser diáfanos, y en los siguientes dos o tres ciclos menstruales evitaron comedidamente despertar al demonio de la asociación. Así, hasta que una tarde, cuando se encontraba solitaria en su casa y melancólica por culpa de la regla, ella buscó en la lectura algún alivio. Fue al estante, tomó casi al azar una antología, releyó Piedra de sol y encontró en el texto de Octavio Paz unos versos que la llevaron a replantearse las cosas:

los dos se desnudaron y se amaron
por defender nuestra porción eterna,
nuestra ración de tiempo y paraíso,
tocar nuestra raíz y recobrarnos,
recobrar nuestra herencia arrebatada
por ladrones de vida hace mil siglos...

Lo llamó por teléfono, le expresó su urgencia de verlo, se puso más guapa que nunca, salió hacia el departamento de él, lo derribó en la puerta en cuanto le abrió y empezó a desnudarlo en el pasillo.

–Pero... pensé que estabas menstruando... –balbuceó él.

–Lo estoy –replicó ella–. Pero no vamos a permitir que esos feminicidas hijos de puta nos roben nuestro paraíso.

Y ya no lo dejó responder.

• • •


La relación murió de muerte natural unos meses más tarde, y uno de los dos me narró este asunto como parte de un recuento realizado a la luz adolorida y parda de la ruptura. Aquello era, me dijo, el mejor recuerdo que guardaba de aquella historia de amor. Y a mí se me ocurrió escribir esto:
Tu cuerpo calendario se deshoja
en ciclos de veintiocho madrugadas
y luego de las fértiles jornadas
sucumbes al fastidio y la congoja.

Sangras, pero al sangrar, qué paradoja,
a la vida conmueves y le agradas
y esos días, siguiendo tus oleadas,
la luna se aparece también roja.

En este manantial de tu organismo
el Fénix inmortal va reflejado
como líquida imagen de sí mismo

y al mirarlo comprendo emocionado
que la regla no es mancha ni es abismo
sino expresión fluvial de lo sagrado.


Dibujo: Vanessa Tiegs. "Menstrala" (2003)

29.8.14

Ángel de la basura

Foto: Marlén Curiel-Ferman

Pienso: si la metrópoli perdura,
si en sus propios desechos no se arruina,
la salva la tarea matutina
del ángel que se lleva la basura.

Nada de celestial: su vida es dura.
No es la suya una patria diamantina
sino una tierra lóbrega y cochina
con un intenso toque de hermosura.

Ángel de la basura: tu inmundicia
es la limpieza de otros, y pagarte
dignamente sería de justicia.

Mas tu sigues, acaso sin cansarte,
y el cielo de repente te acaricia
y dos alas te elevan hacia el arte.

27.8.14

Homenaje a Mallarmé


Julio Cortázar

Donde la boca que te busca
sólo te encuentra si está sola
bajo las crueles amapolas
de esa batalla en plena fuga

y el juego en que cada espejo
miente otra vez lo ya mentido
y con los ecos del vacío
tañe la música del tiempo

para que el ojo enajenado
vea en la flor un mero signo
allí donde cualquier camino
devuelve al mismo primer paso

como el caballo que denuncia
como el terror frente a su sombra
el simulacro de esa forma
que el hombre viste de hermosura

21.8.14

Amanecer


Bajan el abuelo con la nieta, el nieto sin la abuela, el chavo de secundaria, la preparatoriana; bajan el mecánico con paso blando y la oficinista de tacones gastados; la comerciante sin su marido; el niño con su merienda escolar apelmazándose en la mochila; el chavo con su plan; la novia con su recuerdo. Y bajan todos, desde los cerros que albergan al pobrerío del poniente y que desde el espacio se miran con la vegetación mordida por el asfalto: un verde cercado por costras grises.

“¡Hacemos costras!”, exclamó sorprendido mi amigo Ramón Álvarez Larrauri cuando, hace unos años, descubrimos Google Earth. Tres décadas antes él me había infectado con el virus de la curiosidad al enseñarme la primera Apple II que vi en mi vida. Y pasó el tiempo y mucho después veíamos las costras que forma la humanidad sobre la superficie del planeta: la imagen es perfecta para ese pensamiento antihumanista que está tan de moda y que se solaza concibiendo a la nuestra como la peor de las especies. Y sí, hacemos costras pero también hacemos sinfonías, curamos el ala fracturada de un pájaro y somos los únicos depredadores que conocen el remordimiento.

De los cerros pobres del poniente bajan el ratero con su remordimiento y el hombre honesto con su tarjeta del Metrobús y la chava que no pudo bailar en la fiesta del sábado anterior y la vieja despachadora de farmacia que está harta de todo pero que sigue acudiendo a su trabajo tras el mostrador. Entre todos conforman un ejército que se moviliza hacia el centro de la urbe y que en alguna arteria que corre de norte a sur o de sur a norte se encontrará con sus prójimos desconocidos que vienen de los llanos del oriente y se mezclarán todos como células rojas en el torrente sanguíneo de la ciudad. Todas las mañanas ejecutan esa batalla de cerco. Todas las mañanas salen victoriosos de ella y acto seguido se rinden al trabajo, al estudio, al comercio, al trámite, al amor, al robo.

La multitud se mueve entre las sombras porque el sol aún no ha salido. Hay que ganarle la carrera al sol, anticiparse al embotellamiento, conquistar unos cuantos litros de espacio en el transporte público, hacerse con un sitio en el tianguis, evitar a toda costa que el reloj checador muerda la mano. Técnicamente es aún la madrugada pero esta muchedumbre hace ya rato que se arrancó las sábanas, los sueños y las lagañas y echó mano de sus electrodomésticos para desgarrar o tostar o calentar algo para empezar el día. Los que no, se comen un tamal exprés en una esquina o compran por diez pesos una bolsita de plástico con un pan gomoso y una bebida envasada, ofrecida eufemísticamente como desayuno. Y siguen a paso rapidito rumbo al paradero de microbús o hacia la estación de metro, o bien –los más rezagados, los menos afligidos de dinero– se pelean fugazmente el servicio de un taxi.

La alborada es inminente y hay que apretar el paso. ¿Habrá otro idioma, además del español, que tenga por homónimos el amanecer y el futuro? Nos basta con transitar del femenino al masculino para convertir la mañana en el mañana. Será porque justo cuando empieza el día las sombras, tratando de impedir una derrota a fin de cuentas inevitable, se aferran con uñas y dientes a superficies y volúmenes y todo lo vuelven tan incierto y fantasmagórico como las cosas que aún no han pasado. Pensándolo bien hay sabiduría y optimismo en el uso léxico que contagia de luz al porvenir y proyecta el alba hacia lo que vendrá.

“Por eso estamos como estamos” es un reproche multipropósito y aplicable a mansalva pero sin  un significado particular. ¿Por qué estamos como estamos? ¿Por huevones? ¿Por agachados? ¿Por levantiscos? ¿Por transgresores? ¿Por educados? ¿Por contenidos? ¿Por incontinentes? Nadie lo sabe a ciencia cierta y nadie menos que nadie en esta mañana en la que todo mundo tiene el empeño resignado, entusiasta o hasta burlesco de empezar el día.

Lejos de esta penumbra rala, en las oficinas y despachos usurpados al pueblo, una cuadrilla de maleantes con corbata y nombramiento oficial ha empezado ya a vender lo que quedaba del país. Con soberbia exultante anuncian a los medios el remate, a beneficio de ellos mismos, de yacimientos petrolíferos, de contratos hidroeléctricos, de radiofrecuencias. El subsuelo, el suelo y la atmósfera, al mejor postor. Y el sol aún no ha salido.

No es fácil encontrar a primera vista la relación víctima-victimario entre esta masa que baja de los cerros pobres del poniente o avanza desde los llanos del oriente y los abigeos institucionales que acaban de consumar el mayor saqueo en la historia del país. Lo que hay por lo pronto entre unos y otros es una olímpica ignorancia. Los de arriba pretenden que los de abajo no existen y los de abajo hacen como si los de arriba no existieran, o bien como si, existiendo, fueran una mera cosa molesta con la que es necesario lidiar. Cuando el poder circunstancial del adversario resulta inexpugnable más vale degradarlo de la categoría de enemigo a la condición de estorbo. Eso termina siendo todo opresor: un pinche estorbo con el que hay que vivir. Por ahora. Y hay circunstancias en las que el único reducto de la dignidad es el silencio.

En la orilla del alba astronómica una multitud de personas se apresura a sus oficios, trabajos y ocupaciones. Sortea las fracturas del asfalto, elude a los conductores desvelados y neuróticos y el amanecer social es tan incierto como ese mañana del idioma español que no se refiere al despunte del sol sino al futuro. Los viandantes han guardado a buen resguardo su encabronamiento, si es que lo tienen, para concentrarse en lo inmediato: anticiparse al embotellamiento, conquistar unos litros de espacio en el transporte público, hacerse con un sitio en el tianguis, evitar a toda costa que el reloj checador muerda la mano. Son pocos los que ríen y no son muchos los que refunfuñan.

Esto sucede en un pixel de la patria. Otros, en otras partes, empiezan su mañana con el anhelo y la obsesión de cazar una de las migajas lanzadas desde los balcones del poder para consuelo de hambrientos. Cueste lo que cueste, a costa de lo que sea y de quien sea. A expensas del vecino, de la hermana, del padre, de la madre, de los hijos y de la memoria de los abuelos. Cómo ignorar que hace ya muchos años, a falta de escuelas dignas, el país fue convertido en una escuela de canallas, que contamos con una de las mejores plantas docentes del mundo y que ya hay una o dos generaciones de egresados.

Algunos más han despertado a otro día de indignación serena y se disponen a impedir un desfalco más, una mujer asesinada más, otro niño muerto por una bala de goma, un nuevo río envenenado, otra comunidad abierta en canal para ofrendarla a la depredación y a la usura.

Por lo pronto, y a reserva de la próxima reforma privatizadora, la mañana sigue siendo de todos y el signo del mañana depende de las interacciones entre los unos y los otros y los otros con todos. Ahí siguen, por ahora, los encorbatados ladrones, aferrados como garrapatas a sus oficinas usurpadas y a sus nombramientos comprados, atrincherados en la mentira mediática, el soborno y el asesinato. Tal vez un día la salida del sol los agarre en el bote de la basura. No porque estén ahí va a detenerse la vida: la necesidad apremia, la enorme mayoría de la gente le tiene cariño a la existencia y sigue caminando por esta urbe hacinada, grotesca, generosa y loca, en dirección al metro, al autobús, al micro. Y su caminar termina por despejar las sombras, y de repente ya es de día.