12.7.14

¿Y quiénes son
los terroristas?



De nueva cuenta caen las bombas sobre Gaza. Ciento once muertos, y contando. Entre ellos, presuntos combatientes de Hamas pero también transeúntes, mujeres que miraban correr a sus hijos, niños que corrían bajo la mirada de sus madres, viejos sentados en la puerta de sus hogares. El delito colectivo de la mayor parte de los muertos es haber sido esposas de terrorista, o nietos de terrorista o vecinos de terrorista o compatriotas de terrorista.

¿Y quiénes son los terroristas? Pues muchachos, mujeres, hombres maduros con el alma destruida por el robo de su país, de sus casas, de los olivares de sus abuelos, de su libertad de movimiento, de sus derechos básicos. Mujeres y hombres con la mirada enturbiada por tantas muertes sucesivas y precisas como las que hoy transportan los misiles enviados desde las alturas a reventarles la cabeza. Adolescentes y adultos que nacieron, crecieron y se reprodujeron, o no, en una jaula territorial sobrepoblada, bardeada, humillada, abandonada por el planeta y por todos los dioses. Hombres, mujeres, jóvenes con demasiados motivos de venganza como para pensar con claridad, que ven el cualquier judío israelí a un verdugo genérico y que sólo atinan a intentar la devolución de una parte infinitesimal del daño que han sufrido mediante unos tubos rellenos de explosivo, armados en cualquier cocina o taller, de trayectoria incierta y manipulación peligrosa, que en no pocas ocasiones han matado a sus propios fabricantes.

El agravio más reciente: un joven palestino de Jerusalén fue quemado vivo por unos jóvenes judíos “nacionalistas”, como los clasifica el gobierno de Tel Aviv. Hasta allí se trataba de un delito cometido por particulares y la justicia israelí prometió castigar a los asesinos. Pero el primo del asesinado, un joven estadunidense que pasaba sus vacaciones en Al Qods, participó en una manifestación de protesta y los policías ocupantes lo maniataron, lo tiraron al suelo, le patearon la cara y la cabeza hasta desfigurarlo, lo levantaron, lo siguieron pateando y luego se lo llevaron a la comisaría. Allí el joven fue acusado de resistirse a los agentes del orden, condenado a unos días de cárcel y multado. Eso ya no era un asunto entre particulares sino un episodio que ejemplifica la actitud oficial de Tel Aviv en contra de los palestinos. La paliza quedó videograbada.

Los terroristas dicen que esos cohetes precarios son la única voz que les queda para reclamarle al mundo la tragedia nacional en que han sido sumidos.

De acuerdo con un conteo riguroso, entre 2004 y 2012 murieron 26 personas (el gobierno de Tel Aviv eleva la cifra a 61) a causa de los cohetes lanzados por organizaciones fundamentalistas palestinas. Un solo fallecimiento sería demasiado, sin duda, y ameritaría la búsqueda, la captura y el castigo de los responsables. ¿Pero amerita el bombardeo indiscriminado de un gueto pletórico y depauperado, como lo es la franja de Gaza? Para poner las cosas en perspectiva, en el lapso de 8 años arriba referido los Kassam causaron menos bajas mortales que el número promedio anual de muertos por rayo en Estados Unidos (56).

En 22 días (del 27 de diciembre de 2008 al 18 de enero de 2009) el ejército israelí mató a mil 417 personas en Gaza (926 de ellas, civiles), y en la siguiente incursión masiva (del 14 al 21 de noviembre de 2012) dio muerte a 55 combatientes y a más de un centenar de civiles.

En ambas ocasiones, el gobierno de Israel argumentó que los bombardeos aéreos y terrestres contra las concentraciones urbanas de la franja de Gaza tenían el propósito de destruir la capacidad de las organizaciones radicales palestinas de lanzar misiles hacia territorio israelí. En ambas ocasiones, a lo que puede verse, no logró su objetivo. Los tubos rellenos de explosivo siguieron cayendo sobre poblados y sobre despoblados israelíes y matando ociasonalmente a alguna persona. Si en algo fueron eficaces fue en someter a un severo estrés a los pobladores de las localidades cercanas a la franja. Y siguieron siendo la voz retorcida y delictiva que de cuando en cuando le recuerda al mundo la tragedia palestina, así sea porque cada dos años dan pie para una nueva masacre de civiles en Gaza.

En cambio, el Estado hebreo se exhibió como vengativo, desproporcionadamente cruel y tan desdeñoso de la legalidad internacional como cualquier guerrilla fundamentalista africana. La desesperada barbarie de los atacantes ha sido respondida con una barbarie infinitamente más costosa, poderosa y destructiva, friamente calculada en sus detalles tácticos y siempre fallida en la estrategia: los niños, hombres, mujeres y ancianos asesinados por misiles mucho más potentes, precisos y caros que los Kassam palestinos son nuevos y multiplicados alicientes para que otros desesperados fabriquen nuevos cohetes caseros y los lancen contra Israel.

La pavorosa asimetría entre ambos bandos ha dado lugar a observaciones de un acendrado humorismo involuntario, como la que formula el grupo de derechos humanos israelí B’Tselem: “los cohetes Kassam son en sí mismos ilegales, incluso si son lanzados hacia objetivos militares, porque son tan imprecisos que ponen en peligro a los civiles del área desde la que son lanzados tanto como en la que aterrizan, violando con ello dos principios fundamentales de la leyes de guerra: distinción y proporcionalidad”. Y uno se pregunta si para evitar la condición delictiva de los misiles caseros no habría que dotar a las fuerzas palestinas con aviones a reacción y bombas guiadas por láser como los que emplea Israel. Pero no: tampoco esos artefactos, ni quienes los tripulan ni quienes ordenan sus incursiones, distinguen bien entre combatientes y civiles. Así lo atestiguan los cadáveres de Amina (28 años) y de Mohamed (3), que anoche se apilaban, entre otras decenas de muertos civiles, en la morgue de Gaza. ¿Y quiénes son los terroristas?

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, dice que hará lo que sea necesario con tal de garantizar la seguridad y la tranquilidad de los habitantes de su país. Que deje de enviar aviones de guerra a matar gente en Gaza, porque la solución clara y definitiva para la paz entre ambos pueblos está frente a él desde hace muchos años: restituir la totalidad de Cisjordania a sus legítimos dueños, los palestinos y permitir un estatuto binacional para Jerusalén.

9.7.14

Gaza bajo las bombas

Mohamed tiene un juguete nuevo,
grande y monstruoso:
su casa derribada.
Las escaleras se volvieron un muro zigzagueante.
Los techos están al alcance de la mano.
Las ventanas
–una de ellas conserva de milagro
los cristales intactos–
dan al cielo
como el toldo panorámico de un coche
y Mohamed
tiene entre los escombros
un sitio para descubrir
camisas y cucharas enterradas,
juguetes polvorientos,
papeles que perdieron su sentido,
y tiene también un nuevo
territorio accidentado
para jugar a las escondidas
–hay tan pocos como ese en su patria bombardeada.


Allí no va a encontrarlo nadie
porque su hermano mayor ha muerto,
porque su hermana, Amira, está en el hospital
con el torso adornado por esquirlas,
porque sus padres van de un lado a otro,
oscilando como electrones entre los polos
del hospital y de la morgue.
No lo hallarán tampoco los misiles
porque esos otros juguetes de Israel
son tan inteligentes
que no repetirán una tarea ya cumplida
y no caerán por segunda vez
en ese mismo sitio
en donde ayer hubo una casa
y hoy, un juguete nuevo y grande,
regalo de Israel para Mohamed.






2.7.14

Mireles en La Mira



El pasado 13 de mayo publiqué un artículo titulado “Mireles en la mira” en el que que concluía: en contra de José Manuel Mireles “y en contra de sus seguidores se está configurando una triple alianza que puede esquematizarse como Tuta-Castillo-Pitufo y esa sola perspectiva deja al descubierto (porque la gente no es tonta) el carácter verdadero de la estrategia peñista para Michoacán”. Por coincidencia, 45 días después el líder de autodefensas fue detenido, junto con otras 82 personas, precisamente en la tenencia de La Mira, municipio de Lázaro Cárdenas. El episodio forma parte de un guión. El azar sólo se encargó de que ese encabezado coincidiera con la toponimia.

La valoración formulada hace mes y medio sigue siendo válida. Aunque el comisionado Alfredo Castillo se empeñe en asegurar que las cosas en Michoacán han cambiado, el único cambio visible es el del encargado del Poder Ejecutivo estatal. Por lo demás, la delincuencia organizada está viva y actuante, y ahí está, como ejemplo, el asesinato del autodefensa y guardia rural Santiago Moreno Valencia y de toda su familia (la esposa y tres hijos de entre 11 y 16 años) apenas el pasado 19 de junio. En su última alocución pública antes de ser arrestado, Mireles contó que, cuando el rancho de Moreno Valencia era atacado a balazos, recibió una llamada de auxilio, se puso en contacto con los militares en la zona y les pidió apoyo para asistir a las víctimas. Los uniformados le respondieron que no tenían autorización para moverse de sus posiciones, pero en cambio obstaculizaron el tránsito del médico y sus hombres. Cuando los autodefensas lograron llegar al lugar –situado en los límtes entre Jalisco y Michoacán– sólo encontraron cadáveres. Ya perpetrado el crimen, policías federales y guardias rurales dóciles a Castillo emprendieron la búsqueda de los asesinos. O sea que muchos ciudadanos michoacanos andan armados no por querer violar la ley, sino por el antojo de seguir vivos.

Ocho días más tarde Mireles fue aprehendido por violación a la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos agravada (Lfafe), Castillo dixit, y por delitos contra la salud en su modalidad de posesión simple de sustancias prohibidas. Lo segundo porque en el vehículo en que viajaban el líder y sus escoltas se encontró, además de armas de fuego y cartuchos, cuatro bolsas con mariguana y una bolsa con cocaína.

La segunda parte del señalamiento puede tomarse con un poco de suspicacia, porque ya se sabe que, cuando se trata de Mireles, el comisionado Castillo es muy hábil para hacer novela policiaca a partir de los hechos reales. En mayo, por ejemplo, dijo que había fotos del médico sosteniendo alguna cabeza como trofeo, cuando la verdad es que simplemente ayudaba a un agente del Ministerio Público a identificar un cadáver.

Pero lo más interesante de la declaración formulada ayer por el comisionado peñista es lo de la posesión de armas. En un afán por esgrimir coartadas que recuerda al atleta paralímpico sudafricano Óscar Pistorius, Castillo reprochó al ahora imputado el incumplimiento del acuerdo con los líderes de las comunidades organizadas, incluido el propio Mireles, que a partir del 10 de mayo del presente no se permitiría más la movilización de personas civiles armadas, así como la portación de armas de grueso calibre. Leamos bien: el 14 de abril, fecha de ese acuerdo –que Mireles niega haber firmado, por cierto–, Castillo se arrogó la facultad absolutamente extralegal de suspender la aplicación de la Lfafe en Michoacán durante casi un mes. Luego, el que fuera encargado de resolver el caso de Paulette Gebara Farah en el estado de México (el cual dio lugar a otra memorable creación literaria) otorgó, sabrá Dios con qué bases, rango de ley a un convenio y, de paso, se erigió, y erigió a los dirigentes de autodefensas que lo signaron, en legisladores. Con la misma pulcritud jurídica decidió que el acuerdo tendría vigencia de 26 días. Sin embargo, pasaron otros 47 antes de que decidiera restituir la vigencia de la Lfafe, hiciera valer tal acuerdo y se procediera a la detención de Mireles y sus hombres, cuando éstos avanzaban hacia el puerto de Lázaro Cárdenas para combatir a los Caballeros Templarios allí atrincherados. Significativamente, para éstos la Lfafe no tiene fecha de aplicación.

Ahora Mireles ya no está en la mira ni en La Mira, sino en un penal federal de Sonora acusado de portación ilegal de armas de fuego y narcotráfico, y sus compañeros han sido desperdigados por media docena de cárceles en diversos puntos del país. En los hechos, la aplicación del estado de derecho al estilo Alfredo Castillo debe provocar un enorme suspiro de alivio y tranquilidad a los cabecillas de la delincuencia organizada michoacana. Con guardaespaldas de esa categoría, quién va a andarse preocupando.



10.6.14

Estado sacrificial


Para entender lo que ocurre en el México contemporáneo hay que remontarse a la presidencia de Miguel de la Madrid. En su gobierno, con Carlos Salinas en los controles de la extinta Secretaría de Programacion y Presupuesto, se puso fin al fin del estado de bienestar y se ensayó la aplicación generalizada de la ley de la jungla que habría de imponerse en toda regla en el sexenio siguiente y que todavía es paradigma económico y social del grupo en el poder. El último acto relevante del poder presidencial delamadridista fue el robo de la presidencia, práctica que volvería a repetirse en 2006 y 2012.

Entre junio y noviembre de 1987 arribaron al país tres barcos procedentes de Irlanda que transportaban, en conjunto, cerca de 17 mil toneladas de leche en polvo irlandesa, contaminada por la radiación procedente del accidente de Chernobyl. La mayor parte de esos cargamentos fue distribuida entre la población por la también desaparecida Comisión Nacional de Subsistencias Populares (Conasupo) y consumida por un número indeterminado de niños y adultos. Hasta la fecha no se ha realizado una investigación seria sobre los impactos del cesio 137 y el estroncio 90 entre la población que consumió esa leche envenenada.

En su libro Caso Conasupo: la leche radioactiva (Planeta, 1997), Guillermo Zamora cuenta como distintas dependencias del gobierno federal –la Presidencia, las secretarías de Salud y Comercio, la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias, la propia Conasupo– intentaron ocultar la información. No se sabe a ciencia cierta quiénes fueron los funcionarios más beneficiados con esta transacción porque la comisión de la Cámara de Diputados creada en tiempos de Zedillo para investigar el asunto más bien lo sepultó con el mayoriteo priísta (los remanentes del cargamento tóxico fueron sepultados en un basurero de San Miguel de Allende), pero la lista de sospechosos de corrupción y/o encubrimiento empieza con el propio Miguel de la Madrid y los hermanos Carlos y Raúl Salinas (Zamora, p. 97) y culmina, como lo sostuvo el fallecido Adolfo Aguilar Zínzer, integrante de la Comisión Conasupo, en Ernesto Zedillo (id., p. 150).

Hace unos días se conmemoró el quinto aniversario del incendio de la Guardería ABC, en Heremosillo, en el que 49 niños murieron quemados y otros 70 sufrieron lesiones graves. El accidente fue la consecuencia de una cadena de descuidos y omisiones que sólo pueden explicarse por el afán de lucro de los propietarios del establecimiento, los del local y, presumiblemente, funcionarios que no supervisaron o que lo hicieron y omitieron en sus reportes las miserables condiciones de seguridad. Alguien se fue de juerga con lo que se ahorró al no comprar extinguidores. Entre los dueños había parientes políticos del entonces gobernador Eduardo Bours y de Felipe Calderón. El máximo responsable administrativo de esas guarderías subrogadas era Juan Molinar Horcasitas, titular del Instituto Mexicano del Seguro Social. El procurador federal era Eduardo Medina Mora. El encubrimiento y la impunidad estaban garantizados.

Son muchos los ejemplos de este Estado que en tres décadas pasó de ser benefactor a sacrificial. De entre los que más laceran la memoria, la masacre de Acteal, la represión criminal en Atenco, el asesinato industrial de mineros en Pasta de Conchos, la negativa de Peña Nieto a reconocer la epidemia de feminicidios en el Estado de México. El cálculo electorero, el afán de lucro, las privatizaciones y subcontrataciones de todas las propiedades, potestades y funciones públicas imaginables, la corrupción a escala neoliberal –que hace palidecer la que había en el país hasta los años ochenta– se traducen, para la población, en pérdida de derechos, de garantías, de seguridad. Por tremendas que sean las pérdidas la impunidad está asegurada. Gobernantes y transnacionales no se llevan tan mal con las organizaciones delictivas cuando hay de por medio negocios para compartir. El clima de zozobra y caos sangriento a la manera de Chihuahua, instaurado a ciencia y paciencia de las autoridades, “puede ser funcional a una sucesiva entrada de trasnacionales que se aprovechan de la situación”, señala Federico Mastrogiovanni, autor de Ni vivos ni muertos. La desaparición forzada en México como estrategia de terror.

Tal vez la regresión sea más profunda y larga de lo que tiende a pensarse y la oligarquía apátrida que se hizo descaradamente del poder desde 1988 no nos haya regresado al Porfiriato ni a la colonia sino a las épocas del sacrificio humano. Sólo que el Hutzilopochtli contemporáneo tiene la advocación de la rentabilidad y Tlazoltéotl se alimenta de comisiones.


6.6.14

De pájaros urbanos


Todo empezó por una plaga de gusano barrenador en el ciprés escuálido que brotaba del asfalto frente a mi casa. Los bichos siempre habían vivido allí, pero hace poco un vecino los usó de pretexto para asegurar que el árbol estaba carcomido, podría derrumbarse en cualquier momento y destruir su casa, cuando, en razón de las dimensiones del ejemplar, una eventual caída no habría hecho más que raspar un poco la pintura de su barda exterior. Pero el hombre dio y tomó en lograr el derribo del árbol y tres meses más tarde obtuvo la autorización correspondiente.

La verdad es que el ciprés tenía dos plagas: la ya mencionada y la de unos pajarillos que habitaban en él y que seguramente se nutrían de los gusanos. Nunca los había visto, o bien no los había observado, pero los escuchaba en las mañanas y sus diálogos incongruentes me amenizaban el desayuno. La gestión del vecino me preocupó en serio no por la planta sino por sus habitantes. Es característico de nuestro tiempo: en caso de tala, justificada o no, resulta fácil montar un escándalo en nombre de la deforestación, del calentamiento global y de los derechos de los árboles, pero nadie aboga por los plumíferos en riesgo de desalojo habitacional. De todos modos yo no tenía el menor deseo de entrar en conflicto con el talador, ni por animales ni por verduras, de modo que me puse a idear alguna operación de rescate.

Desde luego, no había tiempo para plantar un árbol nuevo y esperar a que creciera. Tal vez lo más simple habría sido emprender la captura de los individuos para procurarles un asilo nutrido y enrejado pero tal salida es políticamente impresentable y acaso judicialmente riesgosa: no faltarían las buenas conciencias que me acusaran de traficar con especies silvestres, por más que el adjetivo silvestre resulte cuestionable cuando se aplica a pájaros urbanos que llevan muchas generaciones cruzando ejes viales, respirando partículas de azufre, comiendo migajas de pan Bimbo y construyendo sus nidos con colillas de cigarro –como lo demostró una investigación reciente de Monserrat Suárez-Rodríguez, Isabel López-Rull y Constantino Macías Garcia–, un hábito que, por cierto, contribuye a reducir las infestaciones de parásitos entre las aves callejeras que pueblan este valle de lágrimas y mocos. Supongo que en sus lenguajes pajariles se han desarrollado ya trinos equivalentes a “qué pedo, güey” y a otros giros semejantes del habla urbana.

Hay en la casa una pequeña república de pericos australianos que goza de territorio propio y exclusivo pero llevar a ella a una oleada de refugiados tendría consecuencias desastrosas, habida cuenta que, por razones de parentesco o no, las aves suelen ser más territoriales que los lagartos, lo que es decir mucho, y que un flujo migratorio de esas características podría desembocar rápidamente en una sangrienta guerra civil. Tendría que recurrir, pues, a la construcción de un ámbito exterior en el que los bichos en desgracia encontraran agua, comida y refugio, si querían, sin que ello afectara para nada su garantía constitucional de libertad de tránsito.

Me fui al mercado y compré, a ojo de buen cubero, una docena de casas para pájaro, otros tantos comederos y tres o cuatro bebederos. De vuelta a casa me di a la tarea de fijar las viviendas sobre unas placas de aglomerado. Ya dispuestas en casas dúplex divididas por un comedero, pinté los módulos con manchas de distintas tonalidades de verde, con la esperanza de que parecieran parte de la vegetación, aunque quedaron más bien como tanques de guerra en pintura de camuflaje.

Cuando me disponía a atornillar aquella especie de multifamiliar del Infonavit a los muros externos de mi casa apareció el deforestador, apercibido con un oficio de autorización expedido por las autoridades delegacionales y una sierra de motor de gasolina. No quiso esperar a que yo terminara mi obra y comenzó la suya sin más preámbulo. En ese instante tuve que desempolvar el taladro, armar la escalera y ponerme a perforar y a clavar taquetes en el muro. Entre los dos armamos un ruidero tal que los pájaros del árbol condenado, así como los de una cuadra a la redonda, salieron despavoridos y a mí se me cayó el corazón al suelo. Aferrado a la esperanza de que los plumíferos fueran capaces de superar el estrés postraumático, terminé de fijar las viviendas, puse agua en los bebederos, alpiste en los comederos y luego colgué algunas ramas del ciprés ejecutado que resultaran algo así como un símbolo de la palabra “home”. Después se hizo de noche.

La mañana siguiente fue desconsoladora y silenciosa y el desayuno me supo mal. Subí a revisar el multifamiliar y las semillas estaban intactas en los comederos. Pensé que los emplumados se habían largado para siempre y me proyecté películas terribles en las que un gorrión sin hogar, rechazado de todos los árboles del barrio por habitantes ya asentados, volaba y volaba hasta que caía rendido en una azotea justo frente a un gato tan callejero como el pájaro, y no menos hambriento.

Pero un día después, muy temprano, escuché unos trinos y descubrí a un finche silvestre merodeando por el multifamiliar. El señor picoteó un poco de alpiste, me dedicó una mirada arrogante y se largó. Pero dos horas más tarde ya andaba de vuelta por ahí, acompañado por un saltapared o cucarachero y el alma empezó a regresarme al cuerpo.

En las jornadas siguientes la algarabía volvió a instalarse frente a mi ventana. No sé si entre ellos se encontraban los moradores originales del árbol caído pero pude contar muchos comensales. Nunca, hasta entonces, había caído en la cuenta de la gran diversidad que impera entre las aves urbanas. Además del finche silvestre y de los gorriones han estado viniendo aves de variados tamaños y plumajes: una torcaza, un pequeño escuadrón de picogordos, una tímida pareja de toquís, un cuitlacoche de pico curvo cuya mirada amenazante espanta al resto de los invitados, unos mosqueros más bien ocasionales, un cenzontle bullicioso y un pinzón mexicano que traga con la parsimonia y la dignidad de un animal mitológico. Me pregunto si un día nos hará el honor una eufonia o un escribano amarillo.

Ninguno de ellos ha fijado su residencia en el multifamiliar que les instalé (les doy toda la razón porque se trata de construcciones muy feas, acaso incómodas y de seguro menos térmicas que un nido) pero nunca se sabe lo que puede ocurrir y, por si acaso, las viviendas allí seguirán.

En ningún momento he actuado por generosidad ni por espíritu franciscano sino porque se me ha hecho costumbre escuchar los diálogos incongruentes de los pájaros callejeros a la hora del desayuno. Creo que hemos hecho, ellos y yo, un acuerdo justo: les pongo al alcance del pico una extensión de mi mesa y ellos, a cambio, me ofrecen una conversación animada e insignificante. Este planeta está dominado por los discursos grandilocuentes, los rollos de medio pelo y las estupideces verbales más devastadoras y es bueno darse un tiempo para escuchar a los pájaros. Ellos al menos no pretenden comunicar nada.



3.6.14

El señor Borbón


Mintió el 20 de noviembre de 1975, cuando juró fidelidad eterna al fascismo y volvió a mentir el 27 de diciembre de 1978 cuando proclamó la nueva constitución y se asumió como “rey de todos los españoles”. El electorado peninsular, por entonces virgen, había aprobado por mayoría (59 por ciento de los inscritos) una carta magna que derogaba algunas de las disposiciones más atroces de la dictadura y en la que los tránsfugas del régimen fraquista, encabezados por el propio Juan Carlos de Borbón, encontraron la coartada ideal para explotar en su propio provecho una formalidad democrática que cedió a la clase política la jefatura del gobierno pero mantuvo la del Estado en la lógica de las sucesiones genéticas. Los políticos hicieron su tarea y presentaron el engendro como el menos peor de los mundos posibles: se reconocía a la Corona para evitar enfrentamientos y revanchas dictatoriales, para avanzar a la modernidad y para dejar atrás una tiranía sangrienta que aún podía dar coletazos –como lo demostró oportunamente el fallido cuartelazo del 23 de febrero de 1981.

Es cierto que el nuevo texto constitucional reducía los poderes del Rey a un terreno casi simbólico. A cambio de esa castración política se le ofreció impunidad legal absoluta (artículo 56 constitucional), una vida muelle para él y sus parientes y una opacidad completa para los gastos de la familia real; gracias a ella la fortuna familiar ha llegado a ser de mil 790 millones de euros (2 mil 400 millones de dólares), suma inexplicable incluso si durante los 39 años de su reinado el señor Borbón hubiese metido íntegros a una cuenta de banco los 8 millones 434 mil euros que el erario destina a “mantenimiento de la Casa, salarios de la familia real y alta dirección” de La Zarzuela. Tampoco ayuda mucho la herencia del abuelo Alfonso XIII, recibida a través del padre, el Conde de Barcelona, y calculada en términos actuales en 100 millones de euros divididos entre cuatro herederos.

El orden “democrático” de la monarquía constitucional ha solapado los crímenes del franquismo y en 2006 Esteban Beltrán, entonces director de Amnistía Internacional en España, puso sobre la mesa las fotos de los muertos sin sosiego: “El país que pidió la extradición de Pinochet y el país cuya Audiencia Nacional ha condenado recientemente al ex militar argentino Scilingo por crímenes de lesa humanidad, no ha sido capaz de ofrecer verdad, justicia y reparación para aquellas víctimas de su propio país que padecieron abusos graves durante la Guerra Civil y el régimen franquista”; de hecho, hasta hoy en día “los restos de decenas de miles de personas permanecen en fosas clandestinas sin haber sido identificados o en lugares desconocidos por sus allegados”. 

Más aun, el Estado presidido por el señor Borbón y el gobierno encabezado por Felipe González impulsaron en la penúltima década del siglo pasado una guerra sucia contra reales o supuestos integrantes de grupos terroristas en la que menudearon las ejecuciones extrajudiciales, las desapariciones, la tortura en cuarteles policiales y el espionaje ilegal.

Desde la “transición” a la fecha la corrupción ha sido una constante en la administración pública y en el ámbito de las empresas privadas: desde la venta de aceite de colza adulterado, que envenenó a 60 mil españoles y mató a 700 (1981) y los escándalos por fraudes político-empresariales de Flick, Kio, Rumasa y Filesa, hasta los casos Gürtel, Bárcenas y las turbias andanzas financieras de la infanta Cristina y de su marido, Iñaki Urdangarin, las cuales constituyen un primer indicio de la manera en que habría podido amasarse la fortuna borbónica a lo largo de cuatro décadas de reinado.

En el ámbito internacional el señor Borbón recibía, hasta hace poco, el elogio de la mayor parte de los medios comerciales, era apapachado por oligarquías dominantes –cómo lo querían Ménem, Fujimori, Salinas, Calderón– y entabló intimidades dinástico-financieras con las petromonarquías del Golfo Pérsico. Nunca peleó con algún dictador de esos que asolaron el hemisferio occidental, salvo cuando los gorilas guatemaltecos cometieron la salvajada de incendiar la embajada española en la capital de su país, con todo y diplomáticos peninsulares dentro. En cambio, la jefatura de Estado a su cargo aprobó la sangrienta aventura bélica de José María Aznar en Irak y guardó silencio cuando ese mismo individuo se entrometió en asuntos de política interna de Venezuela, Nicaragua y México –entre otros casos–, fuera para respaldar intentonas golpistas o para sabotear a candidatos presidenciales que no le gustaban al empresariado español.


Tal vez sus aventuras extramatrimoniales habrían quedado en el inviolable ámbito de lo privado de no ser porque se presentó siempre como adalid de la familia católica; acaso sus safaris de cacería depredadora habrían sido menos graves si no hubiera impulsado a su hijo a abanderar causas ecologistas; puede ser que su frivolidad, sus yates y sus autos de lujo no habrían brincado de las páginas del Hola a las de las secciones políticas de los diarios si no hubieran sido exhibidas en medio de la devastadora penuria económica que se ha abatido sobre millones de españoles. Pero la mentira y la simulación han sido las constantes de su reinado y el señor Borbón quedará para la historia como el rey de la indecencia.

22.5.14

#SalvemosaOwen


¿Que la violencia empieza en casa, como en el caso del niño Owen, y que luego crece y se transforma en el problema de criminalidad que padecemos? –No. Es exactamente al revés:

La violencia le ha sido impuesta e inculcada a la sociedad como parte de un programa político-económico que no conoce la solidaridad ni la piedad y que ha violentado de diversas formas a decenas de millones de mexicanos durante tres décadas: dejándolos sin empleo, expulsándolos de sus tierras, lanzándolos a la miseria, persuadiéndolos de que los modelos a seguir son los que dan más golpes al prójimo, no quienes se preocupan por su bienestar y por el de todos.

Los responsables intelectuales de la degradación social que se expresa en casos como el del niñito de Tlalnepantla torturado por su padrastro son los que han gobernado, de Salinas en adelante, y que le han enseñado a mucha gente de escaso intelecto y escrúpulos precarios a no tener empatía alguna hacia los más débiles.


Sí: #salvemosaOwen. Salvémonos.

13.5.14

Mireles en la mira


En Michoacán el régimen ha escogido sus fichas entre quienes, por candidez o conveniencia o por una mezcla de ambas, parecen más motivados a creer el cuento de hadas del comisionado Alfredo Castillo: la doble llave de la paz y la restauración del estado de derecho y la seguridad pública en Michoacán es, por un lado, uniformar a las autodefensas y convertirlas en guardias rurales y por el otro, matar o capturar a algunos templarios prominentes y declarados.

En ese guión idílico no aparecen por ningún lado las raíces profundas de la descomposición institucional y el empoderamiento delictivo: la política económica depredadora en vigor desde el salinato; la presencia de grandes grupos corporativos nacionales o foráneos para los cuales es mejor negocio pactar con los criminales que acatar las leyes, por favorables que éstas les resulten; la corrupción, presente en toda la pirámide de mando gubernamental y consustancial al modelo político-económico impuesto en el país, y la mano (no tan invisible) de Washington en el impulso a los procesos de desintegración nacional.

Tampoco aparecen las trágicas fracturas sociales causadas por la subrogación de facto de la seguridad pública, la impartición de justicia y hasta el fisco a diversos cárteles. El conflicto michoacano ha hecho evidente que tanto las organizaciones delictivas como las distintas facciones de las autodefensas tienen diversos grados de arraigo social. Tanto los templarios como los civiles alzados en armas tienen familiares, compadres, amigos, vecinos, clientes, patrones o empleados con los que han desarrollado algún grado de empatía o, cuando menos, de complicidad pasiva. Las fronteras no son nítidas y hay barrios y familias divididos por las confrontaciones.

En la toma de Apatzingán y en otras acciones recientes se ha documentado excesos y atropellos contra entornos sociales de presuntos templarios. En tal circunstancia, la pretensión de “limpiar de delincuentes” a toda la entidad resulta imposible en el mejor de los casos y criminal en el peor; algo así como una reedición de los empeños de Felipe Calderón por conseguir que cientos de miles de ciudadanos –los que de una u otra manera participan en ese sector de la economía que es el narco se “mataran entre ellos”. Por lo demás, muchos michoacanos han estado o están involucrados en algún segmento de las cadenas productivas o administrativas de ese negocio desde mucho antes de que la guerra por la entidad saltara a las narices de la opinión pública.

Tal vez Hipólito Mora y José Manuel Mireles, los dirigentes díscolos de las autodefensas, no escapen a ese contexto complicado y contradictorio y, dado que han estado participando en una lucha armada, es probable que tengan algún grado de responsabilidad en algunas muertes violentas. Si el régimen y sus mediócratas han sacado a relucir presuntos expedientes delictivos en contra de ellos no ha sido en todo caso por un afán justiciero sino porque ambos, y otros en situaciones parecidas, han sido los más críticos y los más realistas ante ese programa de pacificación peñista redactado en Disneylandia. Una infamia adicional es que el comisionado Castillo esgrima en contra de ellos acusaciones (en el caso de Mora) o insinuaciones (para Mireles) de homicidio, porque el mismo gobierno los usó para enfrentar, armas en mano, a las expresiones más visibles del poderío templario. Ni modo que no mataran o que no ordenaran muertes. En última instancia, éstas serían responsabilidad del gobierno federal, el cual, una vez más, puso a civiles a liquidarse entre ellos.

Los corifeos de Peña están por estas días en plena campaña para asentar en la opinión pública la idea –un tanto falsa– de que la figura Mireles fue adoptada por las izquierdas como un “nuevo caudillo” al cual rendirle culto. Lo cierto es que el médico de Tepalcatepec ha despertado simpatías masivas y crecientes en sectores de la población del país por dos razones muy claras: una es que se ha deslindado del comisionado federal para Michoacán y la otra es que fue traicionado por el gobierno y queda cada vez más clara su condición de perseguido.

Mireles está en la mira de funcionarios y de templarios y hay que ser muy ignorante de la forma en que opera el imaginario colectivo para no saber que esa doble condición –rebelde y perseguido– lo heroifica en automático a ojos de buena parte de la sociedad, al menos de esa que está harta de los ciclos de privatizaciones, saqueos, crisis y fraudes electorales, que ya va para tres décadas. En realidad, pues, las que han convertido a Mireles en un héroe popular no son las izquierdas sino la perversidad y la torpeza del régimen. El punto no es que el hombre sea bueno o malo, puro o contaminado, recto o torcido (seguramente tiene un poco de todo eso, como cualquier ser humano) sino que en su contra y en contra de sus segudiores se está configurando una triple alianza que puede esquematizarse como Tuta-Castillo-Pitufo y que esa sola perspectiva deja al descubierto (porque la gente no es tonta) el carácter verdadero de la estrategia peñista para Michoacán.

8.5.14

Retrato del jodido adolescente

Mural de Fikos (Atenas, 2012, fragmento)
Hay dos o tres razones de la adolescencia que la razón alcanza a entender pero son la excepción y no la norma porque en esa etapa de la vida la razón misma se encuentra sometida a juicio sumario. La parte acusadora anda a la caza de cómplices reales o imaginarios y quien se atreva a salir en su defensa será convertido en coacusado. La madre se angustia y llora en silencio cuando descubre que su criaturita se ha convertido en un Robespierre implacable aunque por suerte desprovisto de guillotina. El padre oscila entre romper para siempre o emprender un escarmiento ejemplar. El aludido, por su parte, toma nota de esta nueva muestra de incongruencia de los adultos, quienes le han pedido reiteradamente que realice ejercicios de distinción entre el bien y el mal pero entran en crisis cuando él se decide a hacerlos.

Hasta aquí la obra viene siendo más fársica que trágica y en la inmensa mayoría de los casos se mantiene en el primer género porque aunque ambas partes hagan todas las trampas del mundo en el fondo actúan de buena fe y con el propósito sincero de restablecer el perdido equilibrio del universo.

Los chavos no pueden obrar de otra manera por dos motivos. El primero es que hasta ese momento han sido educados en el culto a la integridad pero de pronto descubren la masiva ambivalencia de los adultos y, a través de ella, la ambivalencia general de la vida. El caer en la cuenta de que la realidad no es íntegra ni congruente ni coherente conlleva una sorpresa dolorosa y produce rabia y retraimiento o bien impulsos que llevan a la búsqueda de paradigmas cerrados y perfectos para refugiarse del sinsentido y de la etapa misma por la que atraviesa el individuo. Las cosas no pasan de ahí cuando el entorno es óptimo y no están presentes las agravantes sociales, económicas y familiares que padece la mayor parte de los jóvenes del país, que son por todos conocidas y que están arruinando la adolescencia de millones y el presente y el futuro de todos.


El segundo es que en esa etapa de la vida la dictadura de las hormonas sobre las neuronas –una constante que suele acompañarnos desde la cuna hasta la tumba– adquiere un cariz verdaderamente crítico porque unas y otras pasan por momentos de transformación acelerada y simplemente no están en condiciones de establecer acuerdos mínimos. Si para una persona en sus cuarentas o para cualquier persona de cualquier edad es difícil discernir entre lo que es fruto del razonamiento y lo que es producto de su hervidero químico interno, esa tarea en la adolescencia resulta sencillamente imposible.

Pero además ocurre que en algún momento impreciso entre la pubertad y la mayoría de edad todo cachorro humano equilibrado y saludable necesita entrar en conflicto con sus padres, con su familia, con la sociedad y con el mundo para forjar su propia identidad. Ese asunto de la identidad es harto conocido en el ámbito de las ciencias sociales: para construirla se requiere de una otredad que la delimite y toda identidad pasa en sus momentos iniciales por una obligada negación del otro, lo que no significa que deba convertirse, a la postre, en una cosa excluyente o nazi. Pero como la identidad o el “yo” son entidades básicamente inexistentes la única manera de delimitarlas es contrastarlas con otro ser o cosa:

–¿Quién soy yo?

–Lo que no eres tú.

Una de las dificultades que enfrentan los adultos para armonizar con los adolescentes es que éstos no sólo los necesitan para delinearse a sí mismos en el contraste sino también, en buena parte de los casos (y así debe de ser), para que les hagan el desayuno, los contengan en sus excesos y les arrojen un salvavidas cuando empiezan a ahogarse en el lago de su propia arrogancia. En esos casos es bueno tener en cuenta que cuando salgan a la orilla incriminarán, todavía empapados y escupiendo agua: “Y a ti, ¿quién te dio derecho a rescatarme?”

Lo anterior puede parecer un punto de vista burlón y condescendiente pero no lo es. Los chavos necesitan explorar los límites de su sensatez y de su resistencia, necesitan operaciones de salvamento cuando las cosas van mal y necesitan cuestionar el desempeño de todos. Esto no es una representación en la que se les ofrezca un espacio para sentirse superiores a los adultos porque en muchos casos la superioridad no es una mera sensación sino una realidad: en la adolescencia se expresan por primera vez aptitudes, fortalezas y capacidades que distinguirán a la persona durante el resto de su vida y es razonable suponer que en algunos terrenos físicos, afectivos, éticos o intelectuales a esas alturas estén ya por encima de los adultos que los rodean. Y ocurre que el desarrollo en esos ámbitos no es necesariamente parejo, por lo que los chavos se convierten –casi siempre sin saberlo, eso sí– en unos costales de contradicciones.

Pueden ser dueños de una fuerza desmesurada y al mismo tiempo ser extremadamente débiles y vulnerables. Son generosos sin medida y exasperantemente tacaños. Son tan irresponsables como Vicente Fox y luego se sienten responsables, personalmente responsables, hasta por los muertos de las Guerras Púnicas. Son más intrincados que Hegel y más elementales que Paulo Coelho. Se apasionan con todo y todo les vale madre. Se emborrachan, se pachequean, se masturban como changos y cogen como conejos pero se preservan tan inocentes como el Inmaculado Corazón de María o como los propios conejos, que cogen mucho pero no pecan nada.

A esas y muchas otras contradicciones sincrónicas hay que agregar las sucesivas, que parecen volubilidades y cambios de humor, aunque no lo sean. El hecho es que cambian todo el tiempo. Cada semana, cada día, cada hora. Si ayer exhibían una frugalidad gandhiana hoy se comen media vaca. Cuando uno está a punto de llevarlos al médico porque duermen demasiado les llega una racha de cinco días sin dormir. Un día amanecen con la sensibilidad auditiva de un espía y para mediodía ya son más sordos que un gobernante. Por momentos son empáticos como una esponja empapada en las aguas balsámicas de la piedad y luego se tornan implacables como una piedra con espinas.

Y la intensidad: aman y odian y gozan y sufren con ferocidad semejante, bailan hasta caer desmayados, discuten apasionadamente por cosas nimias como si fueran obispos en un concilio medieval.

Es fácil enunciar el hecho de que la mayor parte del tiempo los adolescentes viven en la Luna pero no es tan fácil reconocer también que desde allá nos formulan observaciones agudísimas sobre la realidad.

Dicho lo dicho, lo más recomendable es dar por terminado el asunto, no insistir en él y ofrecer una disculpa, porque si algo resulta molesto a los adolescentes es que uno se ponga a hurgar en su interior. Son seres extremadamente pudorosos y tienen razón de serlo y les asiste todo el derecho.

6.5.14

Oportunidades o derechos

Oportunidad: “sazón, coyuntura, conveniencia de tiempo y de lugar” o bien “sección de un comercio en la que se ofrecen artículos a un precio más bajo del que normalmente tienen”, define la Real Academia. María Moliner propone: “cualidad de oportuno”; “Aprovechar, Ofrecer[se], Presentarse, Surgir) momento o circunstancia oportunos para cierta cosa: ‘Aprovecharé la primera oportunidad para hablarle’”, o bien “venta de existencias a precios más bajos”.

Esto, oportunidades, es precisamente lo que han prometido en forma explícita los gobiernos neoliberales desde que Salinas de Gortari fue incrustado en la silla presidencial (1988) y ha de reconocerse que él y sus sucesores hasta Peña Nieto han honrado su palabra y han cumplido el ofrecimiento. El propio Salinas ofreció a los ejidatarios la oportunidad de vender sus tierras; dio a los consumidores la oportunidad de comprar agua importada de Francia, baratijas electrónicas asiáticas y prendas estadunidenses; a unos cuantos potentados les otorgó la oportunidad de adquirir bienes nacionales “a un precio más bajo del que normalmente tienen”. A los habitantes de zonas pobres y marginadas les dio las oportunidades de recibir material de construcción y otras ayudas y de expresar su agradecimiento votando por el PRI; a los industriales les brindó la oportunidad de cerrar sus fábricas, despedir a sus trabajadores y mover sus capitales al comercio, la importación y la especulación. También dio al país la oportunidad de desembarazarse de potestades y de transferirlas a un marco trilateral dominado por Estados Unidos y Canadá.

Zedillo será recordado por haber dado a la población en general la oportunidad de pagar las deudas de los banqueros privados; la de librarse del molesto ruido de los ferrocarriles; la de buscar casas y trabajos tras perder los que tenía en la crisis de 1994-1995 y la de votar por el PAN en las elecciones de 2000. A ese partido le dio la oportunidad de llegar a la Presidencia y a los zapatistas de Chiapas les ofreció, una y otra vez a lo largo de seis años, diversas oportunidades de firmar su rendición incondicional. Zedillo y sus sucesores continuaron con la estrategia salinista de repartir pequeñas prebendas entre algunos de los sectores más pobres de la población.

Fox fue particularmente pródigo en prometer oportunidades para todos: vocho, changarro, tele y lavadora (no de dos patas). A sus allegados les ofreció oportunidades de hacerse ricos en forma rápida mediante el otorgamiento de contratos y la adjudicación de bienes del Fobaproa-Ipab a precios, sobra decirlo, de verdadera oportunidad. También dio a miles de estudiantes la oportunidad de conocer las computadoras y los proyectores digitales, aunque fuera empacados en sus cajas, y de ser testigos (al menos en la virtualidad de los anuncios oficiales) de una conexión a Internet. Al país entero le brindó la de convertirse en un potencial protectorado militar estadunidense al uncirlo a la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN) y a Felipe Calderón, la de ahorrarse el engorroso trámite de ganar una elección para asumir la Presidencia.

Calderón siguió con la práctica de repartir oportunidades de enriquecimiento rápido entre los amigos y compinches; ofreció a Washington la de decidir las políticas internas de seguridad y de hacerse con toda la información de inteligencia nacional; brindó la oportunidad de ejercer el control territorial de diversas zonas del país a varias organizaciones delictivas –muchos dijeron que favorecía sólo a una de ellas–, y dio a decenas de miles de trabajadores electricistas de Luz y Fuerza del Centro la oportunidad de empezar una nueva vida tras perder su fuente de trabajo. 

Con estos antecedentes nada de raro tiene el que la secretaria de Desarrollo Social, Rosario Robles Berlanga (a quien Salinas le dio la oportunidad, en la intimidad de su despacho, de probarse la banda presidencial), haya advertido que el programa “Oportunidades ya no va a beneficiar a las que tengan muchos hijos, sino que va a apoyar a las que tengan pocos hijos” (cita tomada de la página oficial de la Sedesol para que Ramón Sosamontes no ande diciendo que su patrona no dijo lo que dijo). Simplemente, retirará a las familias prolíficas el reparto de “momentos o circunstancias oportunos para cierta cosa”. No hay en sus palabras violación de ningún derecho porque los derechos no tienen nada que ver con las oportunidades. Por eso el programa así llamado y otros de corte similar pueden ser operados en forma discrecional, propagandística, discriminatoria y electorera.


Las barbaridades de Robles Berlanga son representativas de la mentalidad oportunista que ha imperado en las instituciones durante el ciclo neoliberal pero no dejan de ser anecdóticas. Lo relevante es que esta proliferación de oportunidades ha destruido a México. Es necesario mandar al carajo el modelo de país de oportunidades y construir o reconstruir un país de derechos.

27.3.14

García de León,
Cervantes y Alemán



Estamos en octubre de 1992, en plena fiebre del quinto centenario de esa cosa que nadie sabe ya cómo se llama (descubrimiento, encuentro, desencuentro, encontronazo, colisión, preludio de invasión y genocidio) y de la que el pobre Almirante, si hemos de ser justos, fue culpable sobre todo en grado de despiste y extravío. Mientras la estatua de Colón era bombardeada y rebozada a huevazos en el Paseo de la Reforma y el conquistador  Mazariegos era derribado de su pedestal en San Cristóbal de las Casas, yo leía y releía con deleite “La verdadera historia de un tal Miguel de Cervantes, Gobernador del Soconusco”, que escrita fue por la pluma perspicaz de Antonio García de León, con un rigor histórico tan acucioso como florido, y a la que sólo le faltó una historia verdadera.

Versa la tal crónica sobre el destino que habría podido tener el autor del Quijote si las autoridades del Reino hubiesen dado respuesta favorable a su petición –fruto de la exasperación por las persecuciones burocráticas de que era víctima– de obtener “un oficio en las Indias, de los tres o cuatro que al presente están vacíos, que es uno la contaduría del Nuevo Reino de Granada; o la gobernación de la provincia de Soconusco, en Guatimala; o contador de las galeras de Cartagena; o corregidor de la ciudad de La Paz” y le hubiesen concedido el segundo de esos cargos.

El memorial de García de León glosa algunos textos escritos por Cervantes en su destino del mar del Sur (“partes importantes de un diario, acompañado de apuntes de lo que pudieron haber sido novelas, romances, sonetos, autos y comedias, así como algunas cartas interesantes”) y sus menciones a tradiciones, cuentos y entremeses de la región, así como a sus autores; refiere las aventuras amorosas y las correrías de Miguel Cervantes Mazapiltzin en ese apartado confín de las Indias; da cuenta de los infortunados lances justicieros en los que se vio envuelto por las muchas injusticias y corruptelas con las que iba topando; esboza la temprana catástrofe social que desencadenó el orden colonial recién impuesto; cuenta cómo se le fue secando el seso al personaje, de qué manera perdió la Gobernación y la forma en que ocurrió “la saca y conducimiento de su espíritu”, el 23 de abril de 1616, en una estancia de beneficio de cacao en Ocelocalco, localidad abandonada en la que hoy sólo unos pocos arqueólogos  picotean entre la hierba.

Leí, releí, recorté, guardé, traspapelé perdí y añoré por años ese texto, publicado en La Jornada Semanal el 11 de octubre de 1992. Hace unos días, el tuitero Shadi Rohana tuvo la gran idea de  subirlo a Scribd y volví a agasajarme con su lectura.

Entre las sorpresas del legajo cervantino hallado por el embusterísimo autor “en la catedral de Oaxaca, buscando los desperdigados registros de diezmos y cofradías de su obispado”, se menciona una carta de Mateo Alemán, “enviada a Cervantes desde Sevilla el 20 de abril de 1607, poco antes de embarcarse hacia la Nueva España, en donde encontraría poco de la fortuna y el mérito buscado, y sí mucho de la muerte”.

Alto ahí, alto ahí: Mateo Alemán pidió, al igual que Cervantes, un puesto en la administración colonial de las Indias, pero los paralelismos entre uno y otro no terminan en eso. Ambos nacieron el mismo año (1547); de el autor de El Quijote se sospecha sin confirmación que tiene, por ambos lados, ancestros judíos convertidos al cristianismo a la fuerza por la intolerancia bárbara de los Reyes Católicos. En el caso de Alemán tal ascendencia es incluso más probable y se dice que en su rama paterna figura un Alemán mayordomo de Sevilla que a fines del XV acabó en la hoguera inquisitorial por judaizante.

Cervantes era nativo de Alcalá de Henares y posiblemente cursó estudios preuniversitarios en Sevilla; Alemán fue natural de Sevilla y se tiene por cierto que estudió Medicina –sin concluir– en Alcalá. Uno y otro escribieron sendas novelas cuyos personajes principales fueron posteriormente pirateados. En el caso del ingenioso hidalgo se conocen cientos de continuaciones apócrifas y de imitaciones honestas, siendo la más célebre la que pergeñó alguien bajo el seudónimo de “Alonso Fernández de Avellaneda” y que fue publicada en Madrid en 1614, nueve años después que el Quijote original, lo que motivó a Cervantes a escribir su propia segunda parte. Alemán, de su lado, publicó su novela picaresca Guzmán de Alfarache en 1599 y tres años más tarde se llevó la desagradable sorpresa de verla continuada con pluma ajena en una edición firmada por un “Mateo Luxán de Sayavedra”. Al igual que Cervantes, el legítimo autor del Guzmán decidió escribir su propia secuela, la cual fue publicada en Lisboa en 1604.

Antes de eso, en 1593, Mateo Alemán, en calidad de juez visitador, fue enviado a las minas de mercurio de Almadén, propiedad de los banqueros Fúcares, para inspeccionar los trabajos forzados realizados por prisioneros, muchos de ellos gitanos. El informe secreto que Alemán rindió a la Corona es un documento terrible: “hacía entrar a los forzados en el horno, estando abrasando, a sacar las ollas y que del dicho horno salían quemados y se les pegaban los pellejos de las manos a las ollas y las suelas de los zapatos se quedaban en el dicho horno y las orejas se les arrugaban hacia arriba del dicho fuego y que de la dicha ocasión habían muerto veinticuatro o veinticinco forzados”. Siglos más tarde, Juan Peña, El Lebrijano, lo puso en clave de cante jondo:

Señor don Mateo Alemán
cuando despuntaba el día,
a sacar las ollas del horno
y los pellejitos nos crujían.
Con el palo y con los mimbres
insultaban nuestras vidas.
Antes de que nos muramos todos,
señor don Mateo Alemán,
por Dios,
date prisa.
El enorme éxito de ventas del Guzmán de Alfarache –lo que hoy en día llamaríamos un bestseller– no impidió que su autor fuera acosado por las deudas. En 1608 Alemán, siempre perseguido, al igual que Cervantes, por las intrigas burocráticas, logró hacerse de un puesto en América. En la ciudad de México fue destinado al servicio del arzobispo y luego virrey fray García Guerra. En este lado del Atlántico escribió y publicó una Ortografía castellana (1609), con propuestas para la reforma ortográfica del idioma. García Guerra murió accidentalmente en 1612. El novelista redactó una semblanza de su patrón, rematada por una oración fúnebre. “La última noticia que de él se tiene es que se encuentra residiendo en Chalco en 1615”, se asienta en  Las literaturas hispánicas (Picon/Schulman, Vol. 2, p. 119). “No se tienen más datos de él y debió morir poco después”, indica Wikipedia en español. “Se dice que aún vivía en 1617”, dice su similar en inglés, basándose en la entrada de la Britannica de 1911, redactada por James Fiztmaurice-Kelly. En 2011 Juan Cartaya, sevillano doctorante en Historia dijo haber hallado en un archivo de su ciudad un testamento de Catalina de Espinosa, con la que nuestro personaje tuvo que casarse para que le perdonaran algunas de sus deudas, en el que se afirma que Alemán “murio en la ciudad de México en el año de mil y seiscientos y catorce” y que “se había pedido limosna para enterrallo”.

Quién sabe. Puede ser que el autor del Guzmán decidiera pasar sus últimos días en una estancia cacaotera del Soconusco, al lado de su colega Miguel Cervantes Mazapiltzin, y que las horas postreras de ambos hayan transcurrido en forma apacible, en un abril de 1616, entre pláticas literarias, recordación de andanzas e infortunios y libaciones con chocolate.

25.3.14

La república corrupta


Todos tienen lo suyo. Es intolerable que, durante los gobiernos de Fox y de Calderón, se haya concedido concesiones y contratos corruptos a un puñado de empresarios del sector petrolero para enriquecimiento de propietarios y parientes políticos presidenciales. Más escandaloso es que Peña se haya encaramado a la Presidencia con recursos tan ilegales como la superación –en mil 300 por ciento– de los topes de gastos de campaña permitidos y que las instituciones electorales del país hayan decidido mirar hacia otro lado y declarar que el proceso de 2012 fue más o menos impoluto. Y es materia de indignación, también, el que el Gobierno del Distrito Federal haya gastado casi 27 mil millones de pesos en una obra pública que, básicamente, no sirve, como vino a enterarse la ciudadanía capitalina a poco más de un año de que la Línea 12 del metro fuera inaugurada.

En 1982 –hace 32 años– el régimen político ya manifestaba abiertos propósitos de redención ante las prácticas corruptas que lo caracterizaban: López Portillo aseguraba, en uno de sus informes, que las había combatido “hasta el escándalo” y su sucesor designado, Miguel de la Madrid, entró a Los Pinos con la promesa de una “renovación moral” que jamás llegó a traducirse en acciones concretas significativas.

De entonces a la fecha Salinas se embolsó la mitad de la partida secreta asignada a la Presidencia –en eso coincidieron el propio De la Madrid, su colaborador Luis Téllez y su hermano Raúl, en una conversación telefónica filtrada a los medios–. Zedillo organizó el robo a la nación de 56 mil millones de dólares, vía el rescate bancario, y tras terminar su periodo se fue a trabajar para alguna de las corporaciones estadunidenses a las que había beneficiado con privatizaciones a precios de remate. Fox permitió toda suerte de “moches” para sí (acuérdense del Jeep rojo), para su esposa (inventora de una cosa llamada Vamos México a la que el ingenio popular rebautizó “Robamos México”) y para los hijos de ésta. Calderón, siendo secretario de Energía, traficó contratos petroleros a favor de su extinto amigo Juan Camilo Mouriño, quien, no satisfecho con eso, se los otorgó a sí mismo desde una subsecretaría del sector. Por ejemplo.

En el régimen político ampliado –que incluye al PRI, al PAN, al PRD, al Verde y al Panal– la corrupción es un instrumento de ejercicio del poder y de perpetuación en él y, lógicamente, nadie quiere que desaparezca. La corrupción propia permite comprar fidelidades, financiar actividades extralegales, fortalecer proyectos y, por supuesto, obtener un bienestar sin medida para los líderes del partido. El conocimiento de la ajena aporta munición estratégica a fin de disuadir y, en casos extremos, destruir a un adversario, aunque esta última posibilidad sólo se presente por excepción.

De esta manera la casta gobernante y sus aliados y operadores empresariales construyen equilibrios, inventan consensos oficiales (como el del Pacto por México), detentan un poder sin límites ni contrapesos y preservan, en lo sustancial, la república corrupta a la que le deben todo. Desde luego, los mecanismos e instituciones de fiscalización y vigilancia forman parte de ese conglomerado de intereses y no operan por norma sino por excepción, cuando las partes en pugna no han logrado ponerse de acuerdo mediante la negociación y se ven orilladas a dirimir sus conflictos mediante escándalos que casi nunca llegan a tener consecuencias penales.

La república corrupta es un producto de la implantación del modelo neoliberal, en el cual, a contrapelo del discurso ideológico, el Estado adquiere una importancia económica fundamental como instrumento de depredación nacional, de remodelación social y moral y de concentración de la riqueza. El antiguo papel de las instituciones públicas de contención de los apetitos de rentabilidad para mantenerlos en los márgenes de la legalidad da paso al de motor de la utilidad máxima en los límites mismos de la ley e, irremediablemente, más allá de éstos.

El auge de la delincuencia como una nueva y horrorosa forma de relación social coincide, por eso, con la implantación del neoliberalismo en el país. Para el paradigma neoliberal el cártel delictivo es la expresión ideal de empresa y la corrupción estructural lo convierte en parte integrante, aunque inconfesable e inestable, de la institucionalidad.

En esta perspectiva, la aparente ineficiencia de los mecanismos de fiscalización permitió la comisión de negocios turbios en torno a Oceanográfica; la supuesta inoperancia de las instituciones electorales hizo posible que hace dos años la candidatura presidencial priísta gastara 13 veces más de lo permitido, y la incapacidad de las corporaciones policiales posibilitó que, durante más de una década, El Chapo actuara en completa libertad. Pero no: ninguna de estas tres situaciones es resultado de ineficacia sino reflejo de la corrupción.



23.3.14

20 años


“Desde el punto de vista cardiovascular el paciente se encontraba en estado de choque hipovolémico secundario a sangrado, condicionado por la herida en cráneo, se mantuvo en transoperatorio con hipotensión refractaria a las medidas establecidas que consistieron en administración de 11 paquetes globulares, así como soluciones coloides y cristaloides, dopamina en infusión, con marcapaso externo, con accesos venosos vía yugular externa izquierda, con acceso a arterial y femorales, se mantuvo con masaje cardiaco externo, a pesar de todo no se logró estabilidad hemodinámica y los niveles de presión arterial durante el transoperatorio fueron en promedio de 50 mm de mercurio de sistólica y presión media de 30, la gasometría con acidosis. Manteniéndose soporte por espacio de 1 hora 30 minutos y siendo las 19:45 horas y sin obtener respuesta y una vez terminada la craniectomía y estando el paciente sin actividad cardiaca automática y respiratoria sólo sostenida por la ventilación mecánica y neurológicamente sin actividad cerebral se declaró clínicamente muerto.” *


____________________________
“Reporte cardiológico del Hospital General de Tijuana, 23 de marzo de 1994”. Citado en Informe de la investigación del homicidio del licenciado Luis Donaldo Colosio Murrietatomo 1, parte 1, p. 110,  PGR, septiembre de 2000.



21.3.14

Seres alados y no tanto



Hubo un día especialmente intenso en la vida de Leda. Caminaba por la ribera del río Eurotas cuando vio un cisne al que un águila intentaba dar caza. Se apiadó del perseguido, le dio cobijo en sus brazos y cayó en la celada, porque en realidad el pájaro fugitivo era el mismísimo Zeus, y su propósito no era escapar de un depredador sino colocarse justo allí, junto al cuerpo desnudo de la reina de Esparta, para copular con ella. A juzgar por lo que se plasmó después en la escultura y la pintura clásicas, a la incauta el plan no le resultó desagradable. Después de aquel encuentro Leda volvió a su casa y yació con su marido. Resultó fecundada en ambas relaciones y al cabo de 31 días (periodo de gestación del Cygnus cygnus) o de nueve meses (medida del embarazo humano) puso dos huevos. Del primero de ellos nacieron Helena y Pólux, hijos del tonante, y el cascarón del segundo fue roto por Cástor y Clitemnestra, mortales. Aunque sólo eran medios hermanos, Cástor y Pólux fueron considerados gemelos y conocidos, en lo sucesivo, como los Dioscuros.

Tal vez lo anterior sea mentira. Pudo haber ocurrido, en realidad, que la mujer seducida por el dios emplumado haya sido Némesis, la cual intentó librarse del acoso del padre de los dioses tomando forma de diversos animales. Cuando se convirtió en oca, Zeus, vuelto cisne, la violó. Némesis fue preñada, dio a luz a un huevo y éste fue posteriormente entregado a Leda para que lo empollara, y ya luego nació Helena. Es una pena que, independientemente de este episodio, Némesis haya quedado como hija de la oscuridad primordial y como sinónimo de la venganza y de la envidia, aunque bien es cierto que envidia y venganza son los embriones de la justicia retributiva y del principio de equilibrio que sanciona los excesos y las demasías materiales con que la diosa Fortuna emborracha a los mortales. Cuando a la justicia humana le queda demasiado corto el brazo, muchos prenden veladoras en honor de Némesis.

Puede ser que Némesis o Leda se hayan sentido atraídas por el dios transfigurado en un ave que representa el alma inmortal que canta de alegría en el momento postrero de su envoltorio corporal porque siente cercano el momento de su liberación. Pero puede ocurrir, también, que la mitología en su conjunto sea un manojo de mentiras, que no haya habido cisne ni dios ni transfiguración alguna, y que el episodio refleje, simplemente, un episodio cualquiera en el que dos mortales quisieron rendirse a la llamada del deseo.

Cástor y Pólux no tenían más atributos de ave que la cobertura amniótica en la que se gestaron, mero reflejo del disfraz del padre; habían sido procreados por criaturas divinas o mortales pero básicamente antropomorfas. Otro ejemplar de la mitología griega que nació de huevo es Eros, surgido, al igual que sus hermanos Gea y Tártaro, del primigenio Caos (Hesíodo), o bien concebido, al igual que Némesis, por Nix y Érebo, deidades de la noche y las tinieblas (Aristófanes), o bien hijo (híjole) de Poros y Penia, o de Afrodita con Ares, Hermes o Hefesto.

Un contraste real y pedestre con las historias referidas es el de los jóvenes campesinos que a lo largo de los milenios han incurrido en bestialismo con gallinas y otras aves de corral sin haber por ello engendrado a la diosa Victoria, a uno que otro querubín ni a cualquier otra criatura alada. El tema de estos intercambios eróticos es complicado y lleno de aristas, no sólo porque es difícil conocer su magnitud, su frecuencia y sus variaciones en distintas épocas, sino también porque conlleva, entre otras cosas, debates sobre virtud y pecado, conductas normales y anormales, sexo y afecto. 

Agréguenle que a últimas fechas los protectores de los animales han entrado a la polémica, unos para condenar de tajo cualquier práctica sexual interespecies como una más de las modalidades de lo que llaman maltrato animal, y otros para alabar los beneficios de relaciones consensuales y afectuosas capaces de potenciar la vinculación igualitaria entre  especies diversas, como lo argumenta el filósofo animalista Peter Singer.

Y como para que una persona posea alas no basta ni con el divino semen de Zeus, queda el camino de la ingeniería, que es  el que siguieron Dédalo y su hijo, Ícaro, quienes escaparon de Creta y del cautiverio al que los tenía sometidos el rey  Minos mediante el ingenioso recurso de fabricar unas alas con plumas unidas con cera e hilo. El artífice de laberintos advirtió a su vástago que no sobrepasara cierta altitud pues el calor del Sol podría derretir la cera que unía las plumas. Pero al elevar el vuelo Ícaro se engolosinó, ascendió más allá de lo prudente y se precipitó al mar cerca de una pequeña isla del Egeo que hoy, en recuerdo suyo, se llama Icaria. Dédalo, por su parte, logró completar el vuelo Creta-Sicilia, llegó a su destino sano y salvo y allí vivió nuevas aventuras. La divinidad había dejado de ser un ingrediente indispensable para volar.

Dejemos de lado por un momento al “monje volador” Bartolomeu Lourenço de Gusmão; al español Diego Marín Aguilera, quien el 15 de mayo de 1793 voló 390 metros a bordo de un artefacto de hierro y plumas; a los hermanos Montgolfier; a Henri Griffard, inventor del dirigible; al campesino polaco Jan Wnêk, quien entre 1860 y 1870 realizó varios vuelos en un planeador inventado por él mismo; al francés Félix du Temple, quien acuñó el término monoplano; al desafortunado alemán Otto Lilienthal, quien se rompió la crisma en un planeador después de intnetarlo sin éxito más de dos mil veces; a los estadunidenses John Joseph Montgomery y Octave Chanute.

Pogamos también entre paréntesis al puñado de aviadores entre quienes se disputa el récord del primer vuelo en un aparato autopropulsado, controlable y más pesado que el aire: el alemán Gustave Whitehead; el inventor neozelandés Richard Pearse y, desde luego, el brasileño Santos Dumont y los hermanos Wright.

En el año 400 a. C. El filósofo, general y estadista Arquitas de Tarento intentó volar con una paloma de madera que era impulsada por un chorro de aire generado por algún mecanismo desconocido y se elevaba más de 100 metros. Hace dos mil años, en China, el estratega Kong Ming, con el propósito de iluminar el campo de batalla en confrontaciones nocturnas, desarrolló artefactos (“linternas de Kong Ming”) semejantes a nuestros globos de Cantolla. Estos últimos se llaman así por el telegrafista mexicano Joaquín de la Cantolla y Rico, piloto de globos aerostáticos del siglo XIX, aunque se ha popularizado la grafía “Cantoya”. 

Se cuenta que en 852 el químico  y poeta Abbás Ibn Firnás se lanzó al vacío desde un minarete de la Mezquita de Córdoba provisto de un paracaídas. 23 años después, con unas alas de madera recubiertas de seda y plumas, voló por diez segundos tras aventarse desde lo alto de un cerro. Aterrizó mal y se rompió las piernas, pero vivió una década más, lo suficiente para comprender que a su invento le había faltado un mecanismo de dirección.

Resultado semejante obtuvo, un siglo después, el benedictino inglés Elmer de Malmesbury, quien se lanzó desde la torre de la abadía del mismo nombre a bordo de un planeador rústico. Una vez que sanó de las fracturas, sus superiores de la orden le prohibieron de manera terminante que emprendiera nuevos experimentos aéreos.

Hoy nos metemos a Internet y sin pensarlo dos veces compramos un boleto de avión a Sydney o a Berlín, y volamos más preocupado por no perder la próxima conexión o la tarjeta de crédito que por perder la vida en el intento. De cuando en cuando (“la bruja está suelta”, dicen los pilotos experimentados) una racha de accidentes aéreos nos recuerda que volar no es lo nuestro. Y sin embargo, a pesar de la rutina odiosa de aeropuertos repletos de policías, aduanas, agentes migratorios, sospechas y sucursales de comida rápida, en nuestro fuero interno seguimos soñando con el acto individual de alzar el vuelo, de ser híbridos de dioses y de pájaros, de tener alas. 

18.3.14

La traición michoacana


Nazario Moreno González, El Chayo, murió por segunda ocasión (ya los calderonistas se habían jactado de haberlo abatido en diciembre de 2010) el 10 de marzo de este año por elementos de la Armada de México en el municipio de Tumbiscatío. José Manuel Mirales, vocero de las autodefensas de la Tierra Caliente michoacana, narró en detalle la forma en que esos grupos de civiles armados peinaron los municipios de Apatzingán, Buenavista, Tepalcatepec, Coacolman, Arteaga y Ahuililla, en la sierra de la región, para ubicar al líder máximo de Los caballeros templarios, cómo le tendieron varios cercos y cómo guiaron a las fuerzas federales que mataron al capo.


Un día después, Hipólito Mora, otro de los líderes de las autodefensas, fue cercado, junto con decenas de sus hombres, en el rancho Los Palmares, en La Ruana - Felipe Carrillo Puerto, por grupos disidentes encabezados por El Americano y el Comandante Cinco, los cuales acusaban al caído en desgracia de homicida de El Pollo y de Nino, además de extorsionador, ladrón de ganado, asesino y bandido. A su vez, Mora había informado al comisionado federal Alfredo Castillo sobre los presuntos vínculos de El Americano con el crimen organizado. Pero para el 11 de marzo Mora tenía claro que Castillo y El Americano habían negociado algo, aunque no sabía qué. Oficialmente, el comisionado “mediaba” entre los grupos enfrentados, pero los de El Americano, dotados de armas de alto poder, amenazaban con tomar por asalto Los Palmares.


Durante horas, Mora pidió ayuda por diversos medios a las autoridades federales, que tenían efectivos apostados a unos centenares de metros, sin resultado. Finalmente, el gobierno federal envió un helicóptero. Los funcionarios le aseguraron que la idea era sacarlo de allí por su propia seguridad. Confiado, el líder de La Ruana subió a bordo de la aeronave. En realidad, viajaba en calidad de detenido. Lo entregaron a la procuraduría estatal en Morelia y allí le levantaron imputaciones por homicidio y por otros 34 delitos, entre ellos despojo, privación de la libertad, amenazas, robo a casa habitación y violación de domicilio. Dios días después lo enviaron al penal de Mil Cumbres, una cárcel en la que abundan los templarios presos. Los autodefensas leales a Mora fueron desarmados por las fuerzas federales, las cuales reinstalaron en Buenavista Tomatlán a Luis Torres, el alcalde que había sido expulsado del municipio por sus presuntos vínculos con la criminalidad.


El comisionado Alfredo Castillo, quien apenas dos meses antes se tomaba fotos del brazo de Hipólito Mora, declaró que “las personas que iniciaron este movimiento deben ceñirse a la legalidad” y que el régimen no permitiría “que este tipo de hechos, como el homicidio, queden impunes”.


Significativamente, la comisión de algunos de los delitos imputados a Mora, como la privación de libertad, el robo a casas habitación y la violación de domicilio fueron observados en Apatzingán cuando esa ciudad fue tomada de manera conjunta por la Policía Federal y las autodefensas.


Tras el formal encarcelamiento de Mora, el Consejo General de Autodefensas, por conducto de José Manuel Mireles, advirtió que en la nueva circunstancia estaban siendo perseguidos por las corporaciones policiales, el Ejército, la Marina y los templarios y denunció que en realidad Mora fue encarcelado por reclamar al gobierno el incumplimiento de los acuerdos de Tepalcatepec, entre ellos la liberación de cerca de 90 integrantes de las autodefensas que han sido aprehendidos sin cargos por las fuerzas federales y la consignación de funcionarios públicos acusados de vínculos con la criminalidad. Por añadidura, Mireles recordó que el régimen le retiró toda protección desde que se encontraba convaleciente en la Ciudad de México del accidente aéreo que sufrió en enero pasado.


No es de extrañar. Independientemente de que Mora haya tenido que ver o no en el asesinato de de El Pollo y de Nino, es claro desde el principio que el gobierno federal decidió utilizar a las autodefensas para que éstas realizaran tareas de vigilancia, inteligencia y limpieza de delincuentes y que él mismo promovió la descomposición y el enfrentamiento entre esos grupos de civiles armados. Tal vez siga tolerándolos un tiempo, en tanto logra concretar la detención o la eliminación de Servando Gómez, La Tuta, y Enrique Plancarte –a quienes se tiene por líderes máximos de Los caballeros templarios–, se cuelga la correspondiente medalla mediática y, a renglón seguido, procede a entregar Michoacán al siguiente liderazgo delictivo. Entonces culminará la traición a las autodefensas, aprovechando sus carencias: un estatuto legal definido, un financiamiento claro y, sobre todo, una concepción política del país y del mundo.



El error de los grupos de civiles armados ha sido pensar que el gobierno podía ser su aliado en una lucha común contra los templarios cuando, en realidad, la criminalidad organizada, en todas sus marcas y corporaciones, es parte funcional y operativa del régimen.