15.11.16

¿Trump tiene la culpa?

Los ejercicios de abominación del presidente electo estadunidense, tan de moda entre la oligarquía y sus escribidores, son banales en el mejor de los casos o perversos, en el peor: buscan disimular el hecho de que México no está ante una situación de posible desastre porque ese individuo brutal haya decidido usar a nuestro país como payaso de las bofetadas de su campaña electoral sino porque sucesivos gobiernos nacionales nos colocaron en el riesgo de desempeñar ese papel. Y el riesgo se concretó.

Todo lo que pueda pasar pasará”, dice la implacable ley de Murphy. El advenimiento de posturas ultraderechistas y aun fascistas en la presidencia de Estados Unidos no era un escenario para nada descartable, y menos si el cálculo se hacía en tiempos del gobierno de Ronald Reagan, una administración belicosa y atrabiliaria que no dejó ir ninguna oportunidad para mostrar su hostilidad a México.

En esa época la camarilla neoliberal que se hizo con el control de Los Pinos en 1988, fraude mediante, se había fijado como misión entregar el país al saqueo de los intereses corporativos transnacionales mediante un programa cuidadosamente delineado de enajenación de los bienes públicos, destrucción de las instituciones y de toda forma independiente de organización social e integración subordinada de la economía nacional a la de Estados Unidos.

A cambio de los favores recibidos, los integrantes de esa camarilla recibirían, una vez retirados de la función pública, cargos generosamente remunerados en las corporaciones beneficiadas por la entrega de México o en organismos internacionales, así como manga ancha para saquear el erario con impunidad garantizada.

La demolición de la soberanía económica y política de México inició con la firma del Tratado de Libre Comercio (Salinas), prosiguió con la entrega de los bancos, ferrocarriles y otras empresas nacionales a entidades extranjeras (Zedillo), pasó por la firma de la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (Fox), siguió con la Iniciativa Mérida (Calderón) y tiene su más reciente episodio en la reforma energética redactada por Hillary Clinton y aplicada por Peña Nieto, con la complicidad de Acción Nacional, el Partido de la Revolución Democrática y otros socios menores del grupo gobernante.

La implantación del TLC conllevó una grave devastación del campo y la industria y la desaparición de incontables pequeñas empresas nacionales comerciales y de servicios y dejó a millones de personas sin recursos para subsistir. La catástrofe humanitaria así generada se canalizó en forma de un movimiento migratorio masivo hacia el país vecino que proveyó al campo, la industria y los servicios de Estados Unidos con un inapreciable subsidio en forma de mano de obra barata. La economía del país vecino recibió una inyección de competitividad frente a Europa y Asia en la forma de una fuerza laboral que puede ser explotada sin límite porque se encuentra en una total indefensión legal.

Adicionalmente, los gobiernos neoliberales conformaron en la frontera norte y otras regiones del país campos de explotación humana para que las empresas extranjeras, industriales, agrícolas, comerciales y de servicios, pudieran exprimir en territorio nacional a una mano de obra privada de derechos y mecanismos de defensa. Se crearon, de esa forma, millones de puestos de trabajo de ínfima calidad cuya existencia depende por completo del TLC.

Además, los sucesivos gobiernos neoliberales han permitido, por otra parte, la implantación de mecanismos extranjeros de supervisión del quehacer gubernamental (que vigilan el cumplimiento del catecismo neoliberal y voltean hacia otro lado ante actos de corrupción monumentales) y entregaron a Washington el manejo de la política migratoria nacional y de la seguridad nacional.

Deberían dejar de hacerse los tontos. Los responsables de la vergonzosa supeditación del país, de la expulsión de decenas de millones de connacionales y de su estado de extremada vulerabilidad en el territorio vecino no son Trump y sus hordas, sino Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo Ponce de León, Vicente Fox Quesada, Felipe Calderón Hinojosa, Enrique Peña Nieto, José Córdoba Montoya, Jaime Serra Puche, Pedro Aspe Armella, Guillermo Ortiz Martínez, Agustín Carstens, José Ángel Gurría Treviño, Francisco Gil Díaz, Luis Videgaray Caso, Miguel Mancera Aguayo, Herminio Blanco Mendoza, Luis Ernesto Derbez, Jorge G. Castañeda, Ildefonso Guajardo, Patricia Espinosa Cantellano, José Antonio Meade Kuribreña, Emilio Lozoya Thalmann, Jesús Reyes Heroles González Garza, Luis Téllez Kuenzler, Georgina Kessel Martínez y otros que ya no caben en la enumeración.
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Ilustración: “Masquerade”, por Alison E. Kurek.

10.11.16

Ganar soberanía



Ahora toca hacer frente a tiempos oscuros que tal vez remitan a la llegada de George W. Bush a la Casa Blanca y el giro mundial hacia la destrucción bélica, el aplastamiento de libertades individuales, la paranoia policial generalizada y la cínica utilización del poder militar imperial para la consecución de los negocios del clan presidencial.

Pero, a diferencia de Bush, Donald Trump encarna las corrientes aislacionistas estadunidenses que depositan en la globalización el origen de todos los males y que, por ello, miran con recelo a la OTAN y a los acuerdos de libre comercio y sueñan con desvincular a la todavía superpotencia de sus más sólidos aliados y socios. Ya el empresario neoyorquino tendrá tiempo de responderse cómo emprender grandes aventuras militares (la amenaza sobre Irán es explícita) sin contar con coaliciones multinacionales que se definen, en última instancia, por la comunión de propósitos económicos. La promesa de Trump de reconstruir el esplendor estadunidense –que obliga, junto con sus arengas racistas, a recordar los demagógicos propósitos de restauración imperial de Mussolini y de Hitler– es imposible de cumplir porque si Estados Unidos ha sido capaz de sobrevivir a su propia decadencia ello se debe a su capacidad de descentralizar su propio poder y de construir un sofisticado aparato de colaboración política, económica, tecnológica y militar con potencias antiguas y emergentes y de poner esa red al servicio de los capitales transnacionales en general, no exclusivamente de los estadunidenses. La complejidad de esa construcción –indispensable para Washington– es incompatible con la manifiesta brutalidad del magnate, quien propugna el predominio mundial del empresariado de su país.

En lo que respecta a México y a los mexicanos, Trump representa una amenaza real. El ahora presidente electo ha alimentado el odio racista en contra de los connacionales que viven y trabajan en Estados Unidos, ha amagado con deportarlos en forma masiva; ha sido claro en su amenaza de imponerle a nuestro país, manu militari, el pago por la construcción de un muro divisorio. Además, se ha manifestado a favor de la revisión radical –si no es que de la derogación– del Tratado de Libre Comercio y de “llevar de vuelta” a su país a las empresas estadunidenses hoy en día instaladas en el nuestro. El acento electorero y demagógico de semejantes propósitos no logra ocultar su carácter como expresiones del genuino pensamiento del individuo que en un par de meses estará despachando en la oficina oval de la Casa Blanca.

Pero, sin llegar a minimizar el antimexicanismo de Trump como un mero conjunto de fanfarronadas, lo cierto es que sus acciones agresivas son difícilmente realizables. Puede esperarse un incremento cuantitativo de las deportaciones pero la expulsión generalizada de indocumentados exigiría un aparato administrativo y policial del que Washington carece y que le costaría un dineral a los contribuyentes. Lo más peligroso de la retórica racista del magnate no es lo que éste pueda hacer desde el gobierno sino que alimenta a los grupos supremacistas y antiinmigrantes, los cuales pueden verse alentados a emprender agresiones y hasta cacerías en contra de nuestros connacionales y de otros grupos de migrantes, particularmente los de credo islámico.

En el fondo, la idea de prescindir de la mano de obra indocumentada parte de la ignorancia de que ésta es un componente fundamental de la competitividad que le queda a la economía estadunidense frente a Europa yAsia. En este sentido, la política migratoria de la superpotencia es un mecanismo hipócrita para regular el astronómico subsidio que recibe de los países de origen de la migración en forma de un trabajo que se paga muy por debajo de su precio explotando la indefensión legal de los “sin papeles”.

Del famoso muro: ya fue construido en todos los tramos de frontera en los que la construcción era viable (cerca de un tercio de la línea de demarcación). Cercar miles de kilómetros de desiertos es una estupidez irrealizable en términos económicos y hasta topográficos a la que seguramente se opondrá la mayor parte de la clase política del país vecino, y la pretensión de obtener los fondos necesarios de las remesas de los mexicanos implica una operación administrativa y financiera tan complicada que el propio Obama la sintetizó con una expresión irónica: “suerte con eso”. En cuanto a la idea de imponer un gravamen de 35 por ciento a las importaciones desde México, se trataría, a fin de cuentas, de un impuesto interno, habida cuenta del grado de integración de los procesos productivos de numerosas transnacionales de origen estadunidense que operan en nuestro país.

Proyectado a México, el ideario aislacionista y chovinista electo conllevaría una grave afectación a los intereses de Estados Unidos, en primer lugar, y es razonable suponer, en consecuencia, que será frenado por los poderes fácticos empresariales de su país. Trump puede imprimir un freno al proceso de integración y hasta una reducción cuantitativa de los intercambios, pero no es probable que los consejos de administración y los legisladores le permitan una suerte de “usexit” del TLC o algo parecido.

Del lado mexicano la economía ya empezó a sufrir el efecto Trump y es probable que experimente una nueva y prolongada desaceleración para agravar un desempeño propio de suyo deplorable. Pero la súbita tendencia antiglobalizadora que está por llegar a Washington puede ser, en cambio, una oportunidad inesperada para reducir la dependencia económica y política con respecto al país vecino.

En lo inmediato, la victoria del magnate reduce en forma significativa el margen del infame Acuerdo Transpacífico, firmado por el régimen de Peña Nieto pero aún pendiente de ratificación. Asimismo, el problemón institucional que empieza a gestarse en Washington a raíz de la transición Obama-Trump obligará al poder imperial a centrarse en sus propios problemas y a descuidar su inveterado injerencismo hacia México.

La circunstancia sería ideal si tuviéramos de presidente a un estadista como Lázaro Cárdenas, pero el que está en Los Pinos hoy se llama Enrique Peña. Es trágico que nuestro país carezca en el momento presente de un gobierno nacional propiamente dicho, capaz de aprovechar la coyuntura para recuperar algo o mucho de la soberanía perdida y salir en defensa de esa porción de país a la que podría llamarse México del Norte: decenas de millones de connacionales dispersos en la geografía estadunidense y que más que nunca están en peligro. Pero lo que hay es una suerte de gerencia proconsular sin más proyecto que enriquecerse con dinero público, dar satisfacción a rajatabla a los intereses transnacionales y perpetuarse en el poder por los medios que sea. Lo peligroso para México es que la primera mitad del mandato de Trump coincidirá con el último tercio de un sexenio carente de más política exterior que el alineamiento servil y automático a los designios de Washington.

Aun así, el grado de distanciamiento que Trump logre imponer –y que tendrá efectos económicos perniciosos, sin duda– puede y debe ser aprovechado desde los movimientos sociales y desde la oposición política para ganar soberanía.
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Ilustración: mural “Paseo de Humanidad”, adosado al muro fronterizo en Nogales, Sonora, obra colectiva de Alberto Morackis, Alfred Quiróz y Guadalupe Serrano. Foto de Jonathan McIntosh.

8.11.16

Las muertes de Daniel


Daniel Ortega falleció en combate a una edad precoz. No había cumplido 22 años cuando participó en la tentativa del Frente Sandinista de Liberación Nacional de implantar un foco guerrillero en las montañas de Matagalpa. Un error de los rebeldes hizo posible que la Guardia Nacional de Anastasio Somoza los ubicara y los aniquilara en el cerro de Pancasán. Allí cayeron, entre otros, el legendario Pablo Úbeda, maestro de profesión; Silvio Mayorga, nativo de Nagarote; el obrero Carlos Reyna y un muchacho aun más joven que Daniel, Otto Casco, quien apenas cursaba la secundaria. El médico Óscar Danilo Rosales fue capturado vivo y torturado a muerte en una mazmorra del tirano. La dictadura somocista parecía eterna por entonces y nada permitía presagiar su caída, y mucho menos el triunfo de una revolución armada.

Dos años después de aquellos sucesos, la Guardia Nacional cayó sobre una casa de seguridad del Frente ubicada en el que se llamaba por entonces Barrio Maldito de Managua. Allí murieron combatiendo Julio Buitrago y Daniel Ortega. El segundo volvió a ser asesinado por la dictadura en 1970 al lado de Luisa Amanda Espinoza y junto a María Castil. Cayó en combate o huyendo de la represión en las mismas fechas en las que mataron a la chinita Arlen Siu, a Julia Herrera, a Mildred Abaunza, a Mercedes Avendaño, a Claudia Chamorro, a Ángela Morales, a Genoveva Rodríguez, a Pilú Gutiérrez, a Mercedes Peña, a Martina Alemán, a la enfermera Clotilde Moreno, a la mexicana Araceli Pérez, a Idania Fernández, a Laura Sofía Olivas, a Nydia Espinal, a la bailarina Ruth Palacios, y a tantas otras que lucharon por una patria libre pero también por un país en el que se respetara los derechos de las mujeres y en el que ningún gobierno acabara prohibiendo el aborto.

Pero uno de los pocos sobrevivientes de la gesta de Pancasán, Bernardino Díaz, fue detenido por los esbirros de Somoza y su cadáver fue encontrado con huellas de tortura cerca de Wasaka. Otro cuerpo fue identificado como perteneciente a Daniel Ortega, un todavía joven sandinista que había estado en la cárcel por asaltar un banco con el propósito de recuperar fondos para la lucha y que había escapado de la prisión. Su muerte heroica lo salvó de contemplar el vomitivo espectáculo que tuvo lugar dos décadas más tarde, cuando unos comandantes derrotados en las urnas se repartieron la propiedad de todos en un acto de pillaje conocido como “la piñata”.

El comandante Daniel Ortega Saavedra fue capturado cerca del río Zinica junto con Carlos Fonseca Amador, fundador y dirigente máximo del FSLN, cuando se realizaban esfuerzos por reunificar al Frente, que por entonces estaba partido en tres tendencias; ambos fueron ejecutados por un soldado borracho. Pero además, Daniel murió en vísperas del triunfo revolucionario al lado de Germán Pomares, El Danto, y cayó combatiendo en Rivas al mismo tiempo que el cura asturiano Gaspar García Laviana, quien se había unido a la lucha sandinista años atrás, y junto a tantos otros que dieron su vida por la democracia, la igualdad, la justicia social, la libertad, el estado de derecho, la probidad y, sobre todo, la decencia.

El general Daniel Ortega Saavedra murió de tristeza el 25 de febrero de 1990 cuando perdió las elecciones presidenciales frente a lo que era entonces la derecha, y falleció en la década pasada por la vergüenza que le causó el haber sometido al poeta Ernesto Cardenal a una persecución judicial injustificada y vesánica.

El émulo de finquero presidencial, el dictadorzuelo tropical que fue reelecto en Nicaragua hace unos días no tiene nada que ver con aquel comandante guerrillero que peleó por su país y que luego encabezó un intento de transformación social durante once años. El hombre abotagado y grotesco que exhibe la jefatura de Estado en la Nicaragua de hoy se llama igual y algunos de sus gestos y sus rasgos evocan vagamente al joven Daniel Ortega Saavedra, pero fuera de eso no hay nada en común entre ambos. Daniel Ortega falleció en combate. 

1.11.16

Ofrenda


Sangre detenida, gota quieta, lágrima en suspenso sobre el borde del párpado; pupila inmóvil, cráneo ciego, alma oscurecida, gesto que se quedó en camino de ser, alba que ya no te amanece, sueño que se disuelve en un futuro cancelado, porfía de la quietud, desorden de tus elementos, difunta, difunto, carne todavía tibia, corazón mío, astilla de hueso, recuerdo impregnado de polvo, olvido irremediable:

Vengo hasta ti con dolor y gozo a preguntarte cómo no has estado este año y este siglo, cuánto te pesa la nada, con quiénes has guardado silencio, de cuántos males no te has quejado y a qué parientes no has visto. Vengo a arroparte en un abrazo de aire curtido en los aromas del copal y del incienso. Traigo preguntas que no vas a responderme desde tu postración definitiva pero que acaso me contestes musitando desde mi interior, y abrigo la ilusión de que los tímpanos puedan escuchar en sentido contrario, de adentro para afuera. Vengo con la certeza amarga de que si algo queda de ti es la maraña de evocaciones que me habita: el timbre de tu voz, tus muecas y tus modos, tu sufrimiento y tu alborozo, tu risa y tu bostezo y tu milagro de haber sido.

Estuviste ausente de este mundo durante miles de millones de años, viviste como un relámpago y ahora has regresado al caos. Pasaste como pasan las épocas, las lluvias y el pez irrepetible que remonta el río. Sólo dejaste el recuerdo de tu fulgor plateado. Vengo a la tumba, al osario, a la fosa clandestina, al registro civil, no porque estés en uno de esos sitios sino porque en uno de ellos me he dado cita con la porción de mí que es tu ausencia.

No sientas angustia: no morirás dos veces. Llevaré conmigo tu memoria como una enfermedad incurable, como una virtud indómita, como una deliciosa cicatriz. Te llevaré hasta que me llegue el tiempo de volverme, a mi vez, recuerdo en las entrañas de otra gente. Y seré, aun entonces, un recuerdo habitado por recuerdos. Así avanzaremos por la historia, compactándonos y caminando hacia la esencia de átomos: los muertos de los muertos de los muertos, la parte millonésima de una generación distante, la partícula mínima de una civilización extinta. No llores, criatura mía, que de esa forma llegaremos hasta el fin de la especie, contenidos los unos en los otros, cada vez más pequeños, pero acompañados por un torrente humano que deja a su paso un rastro memorable.

Aquí en el hueco de tu pecho desaparecido están los australopitecos, la mujer Lucy y la niña Selam; aquí llevas a los neandertales y a los cromañones, a los migrantes de Beringia y a los escitas; en tu interior inexistente viajan en el tiempo los xicalancas y los egipcios, los astrogodos, el Doncel, el abuelo Alberto, la tía Lola, el padre, la madre, el hermano. Tú, que ya estás con ellos, ayúdame a serenarlos. Compongamos una canción de cuna para que duerman su sueño sin sueños y un canto matinal para que despierten este día y vuelvan, en ti y en mí, a sentarse a la mesa de los vivos.

Encarne cada cual de ustedes en la flama de una vela, en un pétalo de cempasúchil, en un grano de azúcar, en una gota de agua; aspire una voluta de incienso; disfrute el aroma del azahar en el pan de muerto; tórnese una presencia fulgurante; camine, pueble, respire, maldiga, acaricie; regrese el brillo a sus ojos, retorne el calor a sus manos, vuelva a su boca la saliva.

En tanto no se rompan estas muñecas rusas que somos los vivientes, ustedes nacerán de nuestros cuerpos preñados de muerte una vez al año. Navegarán río arriba por nuestro llanto amoroso hasta llegar al manantial oscuro del que provienen. Volverán a ver sus propios rostros reflejados en la poza primigenia, límpidos y serenos, sin muecas hospitalarias ni huellas del tormento, con la dentadura completa y la piel lozana. Se acordarán. Discernirán. Platicaremos.

Sal de la lágrima, almendra de la vida, molécula vagabunda: vamos a convivir en la falta perfecta de conciencia. Ayúdame, cuerpo ausente que te llamas Tomás o Lucía o cualquier otro nombre, a orientar cada pensamiento para todos y cada uno de tus hermanos. Hallemos esta noche al que fue y ya no es, brindémosle un asiento, tendámosle la mano. Llámalos. Congrégalos. Esencias que carecen de todo y no ambicionan nada: la mesa está servida para ustedes.

Y ya mañana, corazón mío, sueño disuelto, cráneo ciego, sangre detenida, se irán, descansarás. Volverás al no ser de cada día, al aire frío de noviembre, a la foto del muerto en el sitio amoroso y cotidiano, a la pavorosa nada.
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Foto: Peter Sumner Walton Bellamy. “Bones and Flowers”.



30.10.16

Calaveras para
joder al país



Donald Trump
Este mamarracho hediondo,
racista y abusador,
despide tan mal olor
que está enterrado muy hondo
pero él sigue muy orondo
en ese agujero oscuro
y dice que de seguro
cuando gane la elección
alrededor del panteón
habrá de construir un muro.

Enrique Peña Nieto
“La Casa Blanca” es llamada
su asquerosa sepultura
mas no hay ninguna blancura
en esa tumba olvidada.
Aunque ya no sea nada
en esos negros arcanos,
comido por los gusanos
y mientras se rasca el lomo,
él sigue pensando cómo
joder a los mexicanos.

La Calderona
Cuando acabó en el panteón
con horrísono alarido,
los muertos de su marido
le armaron un gran follón
pues siendo de Calderón
cómplice y encubridora,
se presentó la señora
como una mosquita muerta
y hoy en su tumba desierta
ninguna persona llora.

Enrique Ochoa Reza
Llegó este montón de huesos
corruptos hasta el panteón
con una liquidación
de más de un millón de pesos.

Aurelio Nuño
Este pirruro apestoso,
verdugo del magisterio,
terminó en el cementerio
en lo más hondo de un foso.
Pero hoy sigue haciendo el oso
porque en la siniestra aldea
no hay ni un muerto que le crea
y es que ni muerto ni vivo
del asunto educativo
tuvo la menor idea.

Senadores
Fernando Mayans y Luis Sánchez
Dos calaveras pelonas,
envueltas en sus sudarios,
se definen como “usuarios
de la trata de personas”.

Javier Duarte
Aunque piensen que está muerto
Javier Duarte no murió:
sólo desapareció
causando gran desconcierto.
Siendo de fraudes experto
y de robos muy cochinos,
encubridor de asesinos,
pintoresco en el hablar,
si lo quieren encontrar
nomás búsquenlo en Los Pinos.



27.10.16

La bondad malvada


Él es un chavo en su primera veintena, alto y flacucho y de barba incipiente; ella, acaso un poco menor, chaparrita y con cara de ángel. Vestían con prendas negras y él llevaba un enorme tambor colgando del hombro. Me abordaron hace un par de semanas en la plaza de Uruapan cuando yo caminaba en busca de algún changarro donde cenar.

Ayúdenos, por favor –me dijo él–. No somos de aquí y estamos varados porque no hay autobuses. Se suspendieron todas las corridas.

Somos de Morelia –agregó ella.

En efecto, ese día las empresas camioneras habían suspendido las corridas en la mayor parte de Michoacán con el pretexto de una amenaza real o imaginaria a la seguridad de sus unidades y el paro patronal había hecho imposible que varios compañeros nos reuniéramos en Uruapan para salir de allí con rumbo a Apatzingán en tareas de formación política.

A los chavos se les veía asustados, cansados y hambrientos. Su circunstancia me abrumó y no supe qué decirles ni cómo actuar. Casi sin pensarlo saqué de mi bolsillo un billete de baja denominación y se lo entregué.

Tengan –les dije–. Coman algo.

Parece ser que los chavos esperaban una moneda porque se mostraron sorprendidos y muy agradecidos.

Que Dios lo bendiga –me dijo ella, casi gritando de la emoción. Sentí mucha vergüenza y me alejé de ellos. Crucé la plaza, me metí en una fonda de mala muerte que encontré al otro lado y pedí una torta de cualquier cosa.

Antes de que me la sirvieran me cayó de golpe todo el peso de la acción que acababa de realizar: un acto de caridad.

Le dije a la mesera que me esperara un momento, ella me observó con sospecha, como temiendo que yo hubiera ordenado algo y pretendiera irme sin pagarlo ni consumirlo, así que saqué otro billete de esos y lo dejé sobre la mesa.

Para que vea que sí voy a regresar –le dije, y salí casi corriendo a buscar a los muchachos.

Recorrí la plaza de punta a punta, me metí en un par de negocios, pregunté por ellos a grupos de chavos que se veían locales, y nada. Me interné por las calles estrechas que desembocan en los portales y traté de distinguir sus siluetas entre la noche de Uruapan –un joven largirucho que llevaba en bandolera un tambor enorme y una chavita menuda de pelo largo– pero no las hallé. Derrotado, volví a la lonchería, que ya estaba a punto de cerrar. Mi torta yacía envuelta en un papel y ya fría sobre el mostrador de la entrada.

Pensé que no iba a regresar –me dijo la mesera, con voz un tanto desilusionada, y me entregó el pan y el cambio.

Le regalé las monedas sobrantes, tomé la torta, compré un café en una tienda de franquicia y me fui a sentar a una banca de la plaza con la esperanza de ver pasar a la pareja de morelianos.

Mientras apuraba la comida repasé la situación: aquellos chavos se veían asustados, cansados y exhaustos y mi estúpida cabeza no había tenido más ocurrencia que darles unos pesos. Habría debido invitarlos a cenar conmigo, habría debido buscarles un hotel barato y habría debido echarles una mano en su inmenso desamparo. Habría debido preguntarles por sus vidas, platicar con ellos y hacerles sentir que este país no es tan espinoso e indiferente con un par de jóvenes que no tienen manera de regresar a casa. Habría debido, en suma, adoptar una actitud solidaria. Pero en vez de eso, atolondrado y desconcertado, les había dado una limosna. Con ello había faltado a mis principios y había incurrido en un acto que me parece aborrecible. Además había desperdiciado la ocasión de interactuar, aprender y explicar cosas a un par de tórtolos que se aventuraron fuera de sus respectivos nidos y que a esas horas debían estarse arrepintiendo de su arrojo. Por añadidura, había traicionado a mi adolescente interior, el que en varias ocasiones durmió en una estación de metro en ciudades extrañas, el que se aterró ante la otredad del mundo y el que robó comida cuando no hubo más remedio. Pero también había cometido una deslealtad hacia los que le ofrecieron alimento y plática a ese joven errabundo y tímido que alguna vez fui y a los que –cómo olvidar a uno solo de ellos y de ellas– le facilitaron un sanitario y le brindaron un techo para dormir y para coger.

–“Dios se lo pague” –recordé–. Me lo tenía bien merecido.

Cuando me acabé la torta decidí realizar otro rondín por los alrededores de esa y de otras plazas. Un autobús se había estacionado en las inmediaciones y el chofer negociaba con un grupo variopinto una tarifa elevadísima por llevarlos a Morelia. Repasé la fila de posibles pasajeros con la esperanza de hallar allí a esos dos y me asomé a las ventanillas para ver si estaban ya a bordo, pero no. Tomé entonces un taxi y le pedí que peinara despacio el centro de la ciudad, con la esperanza vana de divisarlos acurrucados en un quicio. Al cabo de una hora de vueltas y vueltas me di por vencido y me resigné a volver al hotel. Ratifiqué, por primera vez en muchos años, que la culpa es enemiga del sueño y se me vino a la mente un oxímoron implacable: la bondad malvada. ¿O no es malvada la indiferencia?

Por ejemplo, Teresa de Calcuta ayudaba a salir de este mundo a enfermos graves y moribundos, no por empatía sino porque le encantaba palpar de cerca el dolor. Por eso en sus morideros no había analgésicos más allá de las aspirinas, las jeringas desechables se reutilizaban y nadie se preocupaba por el bienestar de los internos sino por la salvación de sus almas. Cientos de millones de dólares de donaciones que habrían podido emplearse en la construcción de clínicas y hospitales fueron desviados a esos recintos de expiación terminal. Ella estaba convencida de que “hay algo muy bello en ver a los pobres aceptar su suerte, sufrirla como la pasión de Jesucristo” y de que “el mundo gana con su sufrimiento”. De eso hay numerosos testimonios, libros y documentales.

Otro caso paradigmático de esa clase de bondad es la red de Centros de Rehabilitación Infantil Teletón (CRITs), construidos con dinero ajeno que sirve, además, para exentar obligaciones fiscales propias. El más caro de ellos, en Puebla, costó cerca de 325 millones de pesos pero los hay de 170 millones, como el de Cancún. Esos locales, que no son gratuitos y en los que según algunos testimonios se pide testimonio de fe católica para ingresar a los pacientes, le sirven a Televisa para hacer el negocio del mundo y a los gobernantes, para hacerse tontos ante la obligación constitucional del Estado de garantizar el derecho a la salud a todos los habitantes. Entre 2013 y 2015 el Sistema de Administración Tributaria le devolvió a la televisora tres mil millones de pesos, con los cuales habrían podido construirse unos 600 establecimientos como el Centro de Rehabilitación Integral Municipal (CRIM) que opera en Felipe Carrillo Puerto, Q. R., y que brinda servicios equiparables (pero sin símbolos cursis ni colores chillones) a población abierta y a un precio simbólico o nulo. Lo peor del caso es que muchos experimentan un genuino agradecimiento hacia los CRITs –que Dios los bendiga– y, claro, olvidan que la salud es un derecho irrenunciable de los ciudadanos, una obligación desdeñada por el Estado y un negociazo para algunos vividores.

Total, que hay una clase de bondad que se practica por deseos personales inconfesables, por el afán de lograr ganancias en dinero y en imagen pública o, como me ocurrió a mí en un anochecer de Uruapan, por salir del paso ante una situación incómoda y jodida. Chava y chavo perdidos en la noche: en el remoto caso de que lean esto, les ruego que perdonen mi despreocupación abominable. Prometo que no volverá a ocurrir, ni con ustedes ni con nadie.

25.10.16

Coalición o colusión

En una entrevista publicada ayer en La Jornada, Manlio Fabio Beltrones expuso su propuesta de establecer un gobierno de coalición obligatoria en caso de que ninguno de los contendientes presidenciales en 2018 logre obtener cuando menos 42 por ciento de los votos. La idea, se entiende, tendría que pasar por una reforma política que impusiera a un vencedor por mayoría simple por debajo de ese porcentaje la obligación de registrar ante el Congreso un programa de gobierno y una agenda legislativa en común con otros partidos y someter a la aprobación de diputados y senadores la composición de su gabinete, salvo los cargos de Defensa, Marina y Seguridad Pública. Se trataría, según él, de una alternativa a la instauración de la segunda vuelta en elecciones presidenciales que propusieron los panistas. En ambos casos, se afirma, el propósito es dar gobernabilidad, legitimidad y estabilidad a la Presidencia.

En la lógica de Beltrones, tanto Felipe Calderón como Enrique Peña Nieto habrían tenido que pasar por el trámite de la coalición porque, según los resultados oficiales, ninguno de ellos superó el margen del 42 por ciento de los votos: 35.89 por ciento para el panista y 38.21 para el mexiquense.

Tales porcentajes fueron obtenidos mediante sendos fraudes electorales. En realidad Calderón quedó cuatro puntos porcentuales por debajo de de López Obrador, pero coronó una ventaja insignificante (0.56 por ciento) con el trasvase masivo de votos priístas, gestión que tuvo a Elba Esther Gordillo como operadora principal (léase La cocina del diablo. El fraude de 2006 y los intelectuales, de Héctor Díaz-polanco). Peña compró cerca de cinco millones de sufragios mediante tarjetas Monex y Soriana, dinero en efectivo y productos diversos. Incluso con los medios fraudulentos empeñados, ambos obtuvieron votaciones relativamente exiguas, pero lo que manchó de ilegitimidad sus respectivas administraciones no fue una débil representatividad sino las escandalosas adulteraciones de la voluntad popular.

Eso explica que panistas y priístas hayan tenido que echarse la mano para consolidar presidencias que son productos del fraude. Si Calderón logró incrustarse en Los Pinos y mantenerse allí fue porque los priístas se lo permitieron. En su sexenio se volvió inocultable la coalición de facto del PRIAN, que venía gestándose desde tiempos de Salinas y que se consolidó en los sexenios de Zedillo y de Fox. El peñato se estrenó con el Pacto por México, que amplió la alianza para convertirla en PRIANRD y que agrupa, además del partido del sol azteca, al Verde, el Panal y demás. Uno y otro se vieron forzados a subsanar su falta de legitimidad mediante un acuerdo bajo la mesa (el primero) y explícito (el segundo) que si bien no incluyeron el reparto de puestos en el gabinete sí llevaron a la distribución de toda suerte de canonjías e impunidades para formaciones opositoras que sólo lo eran en el papel.

La esencia de la ingobernabilidad e ilegitimidad crecientes que experimenta esa coalición no reside desde luego en las disposiciones electorales pasadas o vigentes sino, como ya se ha dicho, en la determinación de violarlas para mantener el poder, pero también en los propósitos y contenidos de ese poder, que básicamente se resumen en tres puntos: mantener y profundizar el programa económico neoliberal; garantizar la impunidad de los antecesores por los sucesores, al margen de qué colores y siglas se encuentren en los cargos, y preservar la corrupción en la administración pública y la política como fuente de enriquecimiento personal y faccional.

En consecuencia, si el PRIANRD fuera a conservar el poder presidencial otros seis años, la figura de la coalición sería innecesaria e irrelevante porque ya tiene sobrada experiencia en una forma más flexible de compartir el gobierno: la colusión, mencionada con agudeza por el reportero Arturo Cano en la plática con Beltrones.

Tal vez el veterano priísta esté sopesando en la posibilidad de que en 2018 el fraude no baste para impedir que alguien ajeno a esa coalición prianrredista llegue al gobierno y en la pertinencia de idesar mecanismos para atarle las manos a fin de asegurar la supervivencia de las mafias del poder. O será que piensa en la estabilidad política, la consolidación democrática y el bienestar de México.


20.10.16

Miércoles negro:
La Llorona asesinada



Foto: en la jornada de protesta en la capital mexicana. Alfredo Domínguez


En México el feminicidio es masivo, creciente e imparable. No conocemos los rostros ni los nombres de las próximas víctimas pero sabemos, con una certidumbre aplastante, que las habrá. Que serán decenas, centenares, miles. A mediados de los años noventa del siglo pasado supimos del fenómeno atroz que estaba ocurriendo el Ciudad Juárez y ya tenemos más de veinte años de vivir escandalizados. Ignoramos las circunstancias concretas de muchos de los crímenes pero tenemos una completa noción de las motivaciones inmediatas de una buena parte de ellos: se trata de rabiosos y desorbitados ejercicios de poder cometidos por individuos cargados de odio, huérfanos de la más mínima empatía y seguros de que lograrán coronar el asesinato con la perfecta impunidad.

Sabemos también que el feminicidio es la forma superior de una violencia que tiene muchos peldaños en los usos sociales consagrados de la desigualdad de género. y que van desde expresiones hasta mecanismos de opresión y humillación conyugal, familiar, laboral, política, económica, médica, hasta el recurso a agresiones físicas no letales.

Es meridianamente claro que en este país no existe ni una sombra de interés institucional por procurar e impartir justicia en un caso de feminicidio, a menos que la víctima tenga una preeminencia social y/o económica, lo que refuerza la idea de que en caso contrario el o los feminicidas de mujeres anónimas tienen grandes probabilidades de no ser ni siquiera identificados, y mucho menos de ser sometidos a proceso o de pisar la cárcel.

En esas circunstancias, el asesinar a una mujer deja de tener motivaciones significativas: los celos, el abandono, el conflicto por los hijos, la explotación, la agresión sexual o cualquier otra causa se diluyen en algo más genérico y simple: hay feminicidios porque es posible cometerlos sin que el autor tenga que sufrir las consecuencias de sus actos y sin que la autoridad sea sancionada por no haberlos evitado ni investigado y castigado una vez cometidos. Ningún procurador estatal o general, ningún jefe policiaco, ningún gobernador y ningún presidente ha sido llamado a cuentas por la justicia por haber tolerado –es decir, por haber auspiciado– el incremento de los feminicidios en el ámbito de su competencia. Y menos, en el baño de sangre en el que se encuentra sumido el país.

Si las primeras muertas de Juárez prefiguraron la pavorosa violencia criminal que hoy se abate sobre la generalidad de la población, actualmente es fácil caer en la tentación de considerar a los feminicidios como una suerte de horrenda cuota de género en las tasas de mortandad por asesinato que padece la totalidad de la población. Se trata, desde luego, de una tentación equívoca, porque ningún hombre es asesinado por su sexo: las víctimas masculinas de la violencia lo son en razón de su ocupación, de sus acciones o de su circunstancia inmediata, pero hay incontables mujeres ultimadas por ser mujeres. Y porque se puede. Lo mismo ocurre con los gays y las personas transgénero que son objeto de crímenes de odio.

En México, de acuerdo con las cifras oficiales, la procuración y la impartición de justicia funcionan al cuatro o cinco por ciento, lo que constituye un abono espectacular para toda suerte de acciones ilegales. Todos los ciudadanos estamos en peligro de ser heridos o muertos por traer un celular en la mano, por denunciar a un delincuente, porque nos parecemos físicamente a alguien, por se migrantes, por estar en el lugar y a la hora de una balacera, por defender nuestros derechos. Y las mujeres, además de todos esos riesgos, están expuestas al riesgo de ser asesinadas debido a su género.

Pero hay un dato desesperanzador adicional: sin alcanzar las proporciones industriales que tiene en nuestro país, el feminicidio es escandalosamente frecuente en naciones como España y Argentina, en donde la tasa de impunidad es dramáticamente menor porque las instancias de fiscalización e impartición de justicia sí funcionan, o funcionan un poco más, o no son un competo desastre, como acá. O sea que, independientemente de contextos nacionales, tenemos enfrente un fenómeno que deja ver la pudrición irremediable de un modelo civilizatorio y de una cultura en caída libre hacia la barbarie.

Hace un tiempo el sentimiento de impotencia me llevó a escribir una versión del son istmeño La Llorona para hablar del asunto tal y como es. Si quieren escucharla cantado por Den Villuendas, está al final de esta entrada. Estoy consciente de que es una de las cosas más horribles y amargas que he escrito en la vida.

Ser mujer es un delito, Llorona
con sanción bien definida:
te agarran cuatro canallas
y te arrebatan la vida.

Desde la frontera norte, Llorona,
hasta la frontera sur,
hay un reguero de huesos
que alguna vez fueron tú.

Ay de mi Llorona,
Llorona descuartizada.
Hoy muchos miles de nombres
se juntan en tu mirada.

Serán los hombres del narco, Llorona,
será el marido celoso,
será el sistema completo
el que te entierra en un foso.

No hay vigilancia ninguna, Llorona,
que cuide tu integridad,
no hay ministerios ni jueces
que castiguen la maldad.

Ay de mi Llorona,
alumna con su mochila,
artista o ama de casa, Llorona,
empleada de la maquila.

Desde que tienes seis años, Llorona,
hasta que te vuelves vieja,
el riesgo de que te maten
ni te olvida ni te deja.

Dicen que por ser mujer, ay, Llorona,
por ser joven y bonita,
tienen derecho a tirarte
en una loma maldita.

Ay de mi Llorona,
mi niñita mexiquense,
te fuiste para la escuela
y te encontré en el forense.

Quieren matarte de noche, Llorona,
quieren matarte de día.
Te matan los delincuentes, Llorona,
te mata la policía.

Por los caminos del campo, Llorona,
y también en la ciudad,
siempre acaban tus verdugos
cubiertos de impunidad.

Ay de mi Llorona, Llorona,
cuándo tendré la noticia
que ante los feminicidios
se empiece a aplicar justicia.




18.10.16

Narcomúsica y narcoeconomía


Es compositor de narcocorridos, creció en la colonia Margarita, en Culiacán, y se llama Lenin Ramírez. Cobra por heroificar a “cualquiera que quiera su parcelita de poder”, se abstiene de participar en actividades de tráfico de drogas y se ha fijado reglas de trabajo: toca en las fiestas de los narcos y se retira, no se mete con sus mujeres, no habla de venganzas ni en contra de otros cárteles y no se hace compadre de los delincuentes. Sobre todo, tiene las cosas claras: “el gobierno pretende culpar a los músicos que interpretan o componen los narcocorridos, y los prohíbe; los criminaliza porque a alguien tiene que culpar, aunque la responsabilidad de que no haya empleo y buenos salarios, y gente armada en las calles, sea de la autoridad”. Eso cuenta en entrevista que le hace Javier Valdez Cárdenas para La Jornada. Emir Olivares, por su parte, recoge en su reportaje sobre el tema un señalamiento muy significativo de Juan Carlos Ramírez-Pimienta, académico e investigador del fenómeno de la narcomúsica: “En el periodo del milagro económico no hay registro de [los narcocorridos]. El género renace cuando comienzan las crisis, a partir de los años 70...”

Ahora los militares urden una venganza colectiva por la emboscada del 30 de septiembre en Culiacán, en la que cinco elementos del Ejécito Mexicano fueron asesinados por presuntos narcos auxiliados por policías locales y hay temor porque ya se sabe cómo se desarrollan esas cosas: con tenazas al rojo vivo se extraerá información (verdadera o falsa) de algunos inocentes y cualquiera que participe de alguna forma en esa narcocultura de la que hablan los textos referidos (algo así como toda la población sinaloense) será visto como sospechoso y estará en peligro de sufrir atropellos graves. De nada servirá la advertencia de Ramírez-Pimienta en el sentido de que los aficionados al narcocorrido entienden perfectamente la diferencia entre canciones y realidad y “no es que los escuchemos y vayamos a sacar un cuerno de chivo para matar a alguien”.

Pero tanto las palabras del cantante como las del investigador están cimentadas en una terca realidad. No hay trabajos, y los que hay son tan precarios como los que ofrece y quita Grupo Lala, la misma empresa lechera que en su lugar de origen, La Laguna, sacia la sed de sus vacas dejando sin agua a la población, lo que ha generado movilizaciones y protestas sociales durante una década. Hace unos días, en Mazatlán, Grupo Lala echó sin liquidación a varios trabajadores de distribución porque éstos, obligados a laborar turnos de hasta 15 horas, no cumplían con las cuotas de ventas que les exige la empresa. O como las plazas de confianza en el DIF y las eventuales del ayuntamiento de Guasave, a cuyos titulares les retrasan los pagos durante cinco quincenas.

Aunque Peña Nieto y Meade Kuribreña se llenen la boca hablando de avances y negando que haya crisis, casi tres millones de sinaloenses padecen rezago social y alimenticio y, aunque la entidad es una de las que ostentan mayor desarrollo agrario, es también una de las más hambrientas, según datos de la propia Sedesol. Y por más que Aurelio Nuño fanfarronee con sus “escuelas de calidad”, las de Escuinapa y Rosario hacen falta maestros, energía eléctrica y están plagadas de insectos.

En suma, Sinaloa es una muestra clara de la estrecha relación entre la generación de pobreza y marginación en la que han estado empeñadas las presidencias neoliberales y el florecimiento del narco y otras actividades delictivas.

Con sus reformas “modernizadoras” Salinas echó del campo a millones de personas sin ofrecerles más horizonte de subsistencia que la mendicidad, la migración o la delincuencia. Los gobiernos sucesivos, priístas y panistas y otra vez priístas, asociados con grandes corporaciones dedicadas a la sobreexplotación de la población y de los recursos naturales, han hundido a la mayor parte de los mexicanos en una vida miserable.

En tales condiciones, la pretensión de derrotar a la criminalidad organizada por medio del Ejército y de las policías es una hipocresía monumental que pretende encubrir un hecho incontestable: los gobernantes neoliberales han convertido a la delincuencia organizada en todo un sector de la economía. Las actividades ilegales generan cientos de miles de empleos, aportan una porción sustancial de divisas y constituyen un sostén fundamental al sistema financiero por medio del lavado de decenas de miles de millones de dólares; sin ellas no habría habido ni siquiera el ínfimo crecimiento del sexenio presente y del anterior. Ah, pero los narcocorridos tienen la culpa de todo.

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 Foto: Javier Valdez Cárdenas. El cantautor Lenin Ramírez, de Culiacán, Sinaloa

13.10.16

Payasos horripilantes


Ocurre que las colectividades tienen maneras extrañas de procesar las cosas y a veces las realidades son tan aterradoras que es preciso convertirlas en símbolos mínimamente digeribles. Y qué mejor cruza alegórica que la del payaso con el asesino para referir los sucesos y personajes de nuestro tiempo en forma menos dolorosa que la noticia real.

El híbrido no es ninguna novedad, por cierto. Hollywood lleva muchas décadas fabricando productos de terror –algunos de ellos datan de la época del blanco y negro– en los que un carácter originalmente pensado para hacer reír trastoca de manera súbita su papel y se convierte en un perseguidor espantoso. Por lo demás, el payaso es un arquetipo muy anterior al nombre que le damos actualmente y está presente en múltiples culturas. En su configuración de bufón de corte existía ya en Egipto y en China siglos antes de Cristo, así como en la Tenochtitlan mesoamericana; es figura central en las tradiciones carnavalescas del medioevo europeo; en el siglo XVI toma los hábitos del Arlequín en la Commedia dell'Arte o del Pierrot, su advocación francesa; queda incrustado en el Baile de la Conquista con el nombre quiché de Quirijol. Y así.

Y como pasa con todos los viejos arquetipos, hay que tener cuidado con sus significaciones: el payaso hace reír al público pero llora sus penas en solitario en cuanto abandona la escena o la esquina y representa, por ello, la unión indisoluble de la algarabía y la tristeza. Otra de sus dualidades consiste en encarnar el regocijo más inocente y la maldad más abismal porque, como lo insinúan varias escuelas, la risa es un invento del Maligno o al menos una secuela de la tragedia. Arlequín acaba siendo antecesor del Joker o El Guasón en los guiones de Batman y en El hombre que ríe Victor Hugo pone a Ursus a carcajearse porque odia a la humanidad y al cosmos y encarna el disgusto ante la creación.

Tal es la base de la coulrofobia, el miedo irracional a los payasos y a los mimos, desorden que arruinar muchas visitas al circo (o al McDonalds). El terror al payaso no sólo se explica por una reacción inopinada a los rasgos grotescos de su afeite y atuendo sino también porque detrás de ellos se guarece una identidad desconocida.

Ciertamente, las epidemias de coulrofobia y las psicosis colectivas asociadas a ella no se inventaron este año. Como lo reporta slate.com, se tiene registros de mayo de 1981 según los cuales en Brookline, Massachusetts, dos payasos intentaban secuestrar a menores ofreciéndoles dulces; unos días más tarde, en Kansas City, tuvieron lugar avistamientos de payasos armados con cuchillos que asustaban a niños y adultos; cosas parecidas se reportaron al mes siguiente en Pittsburg, Pensilvania, pero la policía nunca encontró a los sujetos denunciados. La oleada de sustos pasó sin pena ni gloria y no volvió a presentarse sino hasta marzo de 1988 en Louisville, Kentucky, en donde unos payasos malévolos a bordo de un pick up rojo pretendían robar niños; en el otoño de 1991, en Erie, Pensilvania, un sujeto vestido de payaso intentó robar un banco, pero las autoridades demostraron que el individuo no tenía nada que ver con los más de 40 reportes sobre un tipo de peluca y nariz roja que se metía a los jardines de las casas y se asomaba a las ventanas.

En septiembre de 1992 cuatro adolescentes idiotas que se vestían de payasos para aterrorizar a niños de la localidad de Rock Hill, Carolina del Sur, fueron detenidos por la policía y liberados sin cargos. Payasos fantasmagóricos causaron estragos en la tranquilidad de los habitantes de Galveston, Texas (1992), Washington, DC (1994), South Brunswick, New Jersey (1997), Chicago, Illinois (2008) y Fishers, Indiana (2014). Nunca fue identificado un responsable de los sustos. Luego el terror se desplazó al Viejo Continente. Ante la histeria que cundía en diversos puntos de Francia, surgió en Facebook un grupo de “cazadores de payasos”. La policía de aquel país emitió un comunicado en el que advertía: “Cualquier persona, sea payaso agresivo o cazador de payasos, descubierto en posesión de un arma, será arrestada”. Al parecer, en vísperas de Halloween algunos jóvenes llegaron a perpetrar agresiones físicas en contra de viandantes.

La epidemia actual empezó en agosto pasado en Greenville, Carolina del Sur, y de allí se ha extendido a otras localidades estadunidenses, a México y a otros países. Hasta ahora, todo ha quedado en una que otra detención momentánea de algún joven que se solaza asustando a niños pero no han faltado medios inescrupulosos que hablen de “decenas de asesinatos” cometidos por sujetos disfrazados de payasos en Canadá o de supuestas mujeres sobremaquilladas que habrían sido muertas a golpes por multitudes que las confundieron con payasos asustadores.

Mucho más preocupantes que los misteriosos y elusivos personajes son, desde luego, las reacciones de los innumerables grupos que se organizan para moler a palos a cualquier organismo con peluca que se encuentren en la calle. Solos o en colectivo, muchos artistas auténticos del mundo han expresado su alarma por las agresiones que han recibido en el marco de la psicosis. Hace unos días circuló con profusión en medios internéticos de ínfima calidad periodística la historia de un supuesto linchamiento de dos payasos en Ecatepec. Resultó que las fotos correspondían a un suceso que tuvo lugar en Chimaltenango, Guatemala, y que los bufones no fueron linchados sino asesinados a balazos en un episodio de razones y fecha desconocidas. Pero la amenaza subsiste.

Desde luego, los payasos horripilantes existen y están entre nosotros o, mejor dicho, encima de nosotros. Decenas de millones de estadunidenses han estado viendo en televisión y en vivo a ese de peluquín rubicundo y zapatos puntiagudos, un racista astuto e ignorante que podría hacerse con las claves que desencadenan el infierno nuclear en el planeta. Y qué de extraño tiene que la epidemia de coulrofobia se haya trasladado a México –avistamientos en Yucatán, Veracruz, Zacatecas y otras entidades–, si el muñeco a cargo de la jefatura del Estado recomienda tomar Coca-Cola light y hace las cuentas de la lechera mientras el pueblo padece una triple guerra –económica, delictiva y represiva– que se cobra miles de vidas; y si en Veracruz otro payaso horripilante habla de robos de Frutsis y Pingüinos cuando la juventud de la entidad es secuestrada y descuartizada por delincuentes y policías; y si un Pierrot de gran peinado ofrece caramelos a niños de Primaria mientras aplica una reforma legal que a la postre va a dejarlos sin maestros y sin escuela.

La coulrofobia en boga no es amenaza para nadie más que para los payasos profesionales que se ganan la vida de manera honesta haciendo reír a su público. Pero los improvisados payasos del poder público que pululan en varias naciones y continentes representan peligros graves para sus sociedades y para el mundo, y entonces no suena tan ilógico que estemos infestados de apariciones alucinantes y aterradoras.

11.10.16

Gobernadores impunes


Ya dejaron sus cargos Rodrigo Borge, en Quintana Roo, y César Duarte, en Chihuahua. Pronto se les unirá Javier Duarte, de Veracruz. Como ocurrió el año pasado en Nuevo León, en esas tres entidades el tricolor fue desalojado del poder por políticos que alimentaron sus respectivas campañas con el descontento provocado por la manifiesta ruptura del estado de derecho auspiciada o permitida desde las instituciones, especialmente en lo que se refiere a la corrupción. A diferencia de Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco, independiente de meses y priísta de décadas, los sucesores de Borge y de los dos Duarte fueron postulados por Acción Nacional, la facción alterna de la oligarquía corrupta, con auxilio menor del perredismo. Los tres hicieron del esclarecimiento y castigo a los delitos cometidos por sus antecesores un eje fundamental de sus respectivos discursos.

Javier Corral Jurado, quien hace unos días tomó posesión en Chihuahua, es un panista de toda la vida que se ha distinguido por sus posturas críticas y transparentes y que se ha enfrentado, a veces en solitario, a las dos presidencias corruptas emanadas de su propio partido. Joaquín González (Quintana Roo) y Yunes Linares (Veracruz) son, en cambio, panistas de ocasión que han medrado con puestos, canonjías y privilegios independientemente del partido y que han colaborado con lo más impresentable del priísmo.

Ahora los tres tienen ante sí la tarea de desarticular la montaña de inmundicia e ilegalidad que heredan Borge y los Duarte, herencia que en Veraruz se ve agravada por la pavorosa e incontrolada violencia que ejercen la criminalidad y las corporaciones policiales en contra de la población. Y la desactivación de semejantes legados implica necesariamente investigar y sancionar a quienes los construyeron, a sus colaboradores y a los beneficiarios de los desastres estatales correspondientes. De no actuar así, los nuevos gobernadores enfrentarán un rápido desgaste.

Un antecedente esclarecedor en este sentido es la brusca caída de la popularidad y credibilidad del Bronco, fenómeno que no se explica única ni principalmente por sus dislates sino, sobre todo, porque en más de un año en el cargo no ha podido o no ha querido avanzar de manera sustancial en el esclarecimiento de la inmundicia del gobierno anterior. Ello es así no sólo porque la coalición de intereses empresariales que cobijó su candidatura “independiente” está inmersa en la misma descomposición que El Bronco prometía combatir, lo que lo ata de manos localmente, sino también porque es dudoso que el poder federal acuda en auxilio de un trabajo de esclarecimiento que podría culminar con el ex gobernador Medina en la cárcel.

Es razonable suponer que ambos factores –las renuencias fácticas e institucionales, locales y nacionales, a hacer frente a la corrupción y el desgobierno– van a obstaculizar el cumplimiento de las promesas electorales de cambio empeñadas por Yunes, Joaquín y Corral y que en Veracruz, Quintana Roo y Chihuahua ocurrirá lo de siempre: sometimiento a proceso de actores irrelevantes y menores de la corrupción e impunidad para los peces gordos. A las fiscalías o procuradurías estatales no les será suficiente con las sanciones administrativas ni con imputaciones del fuero común para poner orden en la casa.

Como lo demostró cuando Humberto Moreira fue detenido en España, el peñato no está dispuesto a abandonar a quienes participaron en la fraudulenta campaña presidencial priísta de 2012 y en la victoria electoral comprada que el tricolor obtuvo en ese año, y mucho menos a investigarlos por delitos del fuero federal. El permitir que uno de los gobernadores que financiaron esas operaciones acabara preso implicaría abrir una grieta acaso irreparable en el sistema de complicidades que mantiene en pie al régimen.

No hay razones para dudar de la honestidad de Corral ni de la sinceridad de su propósito de emprender una moralización a fondo de las instituciones de su estado, en cambio, las trayectorias de Yunes y de Joaquín obligan a preguntarse cuánta sinceridad y honestidad puede haber en sus alegatos justicieros. Pero, más allá de las intenciones y de la ética personales, los tres están atrapados, voluntariamente o no, en redes de complicidad y encubrimiento que les harán sumamente difícil, e incluso imposible, actuar a fondo y caiga quien caiga. Por eso, lo más probable es que la acción ejemplar de meter a la cárcel a un ex gobernador corrupto tendrá que esperar, cuando menos, hasta 2018. O hasta que la sociedad nacional se decida a deshacerse del régimen oligárquico.