31.8.14

A la regla

Foto: Isa Sanz

Tu cuerpo calendario se deshoja
en ciclos de veintiocho madrugadas
y luego de las fértiles jornadas
sucumbes al fastidio y la congoja.

Sangras, pero al sangrar, qué paradoja,
a la vida conmueves y le agradas
y esos días, siguiendo tus oleadas,
la luna se aparece también roja.

En este manantial de tu organismo
el Fénix inmortal va reflejado
como líquida imagen de sí mismo

y al mirarlo comprendo emocionado
que la regla no es mancha ni es abismo
sino expresión fluvial de lo sagrado.


Dibujo: Vanessa Tiegs. "Menstrala" (2003)

29.8.14

Ángel de la basura

Foto: Marlén Curiel-Ferman

Pienso: si la metrópoli perdura,
si en sus propios desechos no se arruina,
la salva la tarea matutina
del ángel que se lleva la basura.

Nada de celestial: su vida es dura.
No es la suya una patria diamantina
sino una tierra lóbrega y cochina
con un intenso toque de hermosura.

Ángel de la basura: tu inmundicia
es la limpieza de otros, y pagarte
dignamente sería de justicia.

Mas tu sigues, acaso sin cansarte,
y el cielo de repente te acaricia
y dos alas te elevan hacia el arte.

27.8.14

Homenaje a Mallarmé


Julio Cortázar

Donde la boca que te busca
sólo te encuentra si está sola
bajo las crueles amapolas
de esa batalla en plena fuga

y el juego en que cada espejo
miente otra vez lo ya mentido
y con los ecos del vacío
tañe la música del tiempo

para que el ojo enajenado
vea en la flor un mero signo
allí donde cualquier camino
devuelve al mismo primer paso

como el caballo que denuncia
como el terror frente a su sombra
el simulacro de esa forma
que el hombre viste de hermosura

21.8.14

Amanecer


Bajan el abuelo con la nieta, el nieto sin la abuela, el chavo de secundaria, la preparatoriana; bajan el mecánico con paso blando y la oficinista de tacones gastados; la comerciante sin su marido; el niño con su merienda escolar apelmazándose en la mochila; el chavo con su plan; la novia con su recuerdo. Y bajan todos, desde los cerros que albergan al pobrerío del poniente y que desde el espacio se miran con la vegetación mordida por el asfalto: un verde cercado por costras grises.

“¡Hacemos costras!”, exclamó sorprendido mi amigo Ramón Álvarez Larrauri cuando, hace unos años, descubrimos Google Earth. Tres décadas antes él me había infectado con el virus de la curiosidad al enseñarme la primera Apple II que vi en mi vida. Y pasó el tiempo y mucho después veíamos las costras que forma la humanidad sobre la superficie del planeta: la imagen es perfecta para ese pensamiento antihumanista que está tan de moda y que se solaza concibiendo a la nuestra como la peor de las especies. Y sí, hacemos costras pero también hacemos sinfonías, curamos el ala fracturada de un pájaro y somos los únicos depredadores que conocen el remordimiento.

De los cerros pobres del poniente bajan el ratero con su remordimiento y el hombre honesto con su tarjeta del Metrobús y la chava que no pudo bailar en la fiesta del sábado anterior y la vieja despachadora de farmacia que está harta de todo pero que sigue acudiendo a su trabajo tras el mostrador. Entre todos conforman un ejército que se moviliza hacia el centro de la urbe y que en alguna arteria que corre de norte a sur o de sur a norte se encontrará con sus prójimos desconocidos que vienen de los llanos del oriente y se mezclarán todos como células rojas en el torrente sanguíneo de la ciudad. Todas las mañanas ejecutan esa batalla de cerco. Todas las mañanas salen victoriosos de ella y acto seguido se rinden al trabajo, al estudio, al comercio, al trámite, al amor, al robo.

La multitud se mueve entre las sombras porque el sol aún no ha salido. Hay que ganarle la carrera al sol, anticiparse al embotellamiento, conquistar unos cuantos litros de espacio en el transporte público, hacerse con un sitio en el tianguis, evitar a toda costa que el reloj checador muerda la mano. Técnicamente es aún la madrugada pero esta muchedumbre hace ya rato que se arrancó las sábanas, los sueños y las lagañas y echó mano de sus electrodomésticos para desgarrar o tostar o calentar algo para empezar el día. Los que no, se comen un tamal exprés en una esquina o compran por diez pesos una bolsita de plástico con un pan gomoso y una bebida envasada, ofrecida eufemísticamente como desayuno. Y siguen a paso rapidito rumbo al paradero de microbús o hacia la estación de metro, o bien –los más rezagados, los menos afligidos de dinero– se pelean fugazmente el servicio de un taxi.

La alborada es inminente y hay que apretar el paso. ¿Habrá otro idioma, además del español, que tenga por homónimos el amanecer y el futuro? Nos basta con transitar del femenino al masculino para convertir la mañana en el mañana. Será porque justo cuando empieza el día las sombras, tratando de impedir una derrota a fin de cuentas inevitable, se aferran con uñas y dientes a superficies y volúmenes y todo lo vuelven tan incierto y fantasmagórico como las cosas que aún no han pasado. Pensándolo bien hay sabiduría y optimismo en el uso léxico que contagia de luz al porvenir y proyecta el alba hacia lo que vendrá.

“Por eso estamos como estamos” es un reproche multipropósito y aplicable a mansalva pero sin  un significado particular. ¿Por qué estamos como estamos? ¿Por huevones? ¿Por agachados? ¿Por levantiscos? ¿Por transgresores? ¿Por educados? ¿Por contenidos? ¿Por incontinentes? Nadie lo sabe a ciencia cierta y nadie menos que nadie en esta mañana en la que todo mundo tiene el empeño resignado, entusiasta o hasta burlesco de empezar el día.

Lejos de esta penumbra rala, en las oficinas y despachos usurpados al pueblo, una cuadrilla de maleantes con corbata y nombramiento oficial ha empezado ya a vender lo que quedaba del país. Con soberbia exultante anuncian a los medios el remate, a beneficio de ellos mismos, de yacimientos petrolíferos, de contratos hidroeléctricos, de radiofrecuencias. El subsuelo, el suelo y la atmósfera, al mejor postor. Y el sol aún no ha salido.

No es fácil encontrar a primera vista la relación víctima-victimario entre esta masa que baja de los cerros pobres del poniente o avanza desde los llanos del oriente y los abigeos institucionales que acaban de consumar el mayor saqueo en la historia del país. Lo que hay por lo pronto entre unos y otros es una olímpica ignorancia. Los de arriba pretenden que los de abajo no existen y los de abajo hacen como si los de arriba no existieran, o bien como si, existiendo, fueran una mera cosa molesta con la que es necesario lidiar. Cuando el poder circunstancial del adversario resulta inexpugnable más vale degradarlo de la categoría de enemigo a la condición de estorbo. Eso termina siendo todo opresor: un pinche estorbo con el que hay que vivir. Por ahora. Y hay circunstancias en las que el único reducto de la dignidad es el silencio.

En la orilla del alba astronómica una multitud de personas se apresura a sus oficios, trabajos y ocupaciones. Sortea las fracturas del asfalto, elude a los conductores desvelados y neuróticos y el amanecer social es tan incierto como ese mañana del idioma español que no se refiere al despunte del sol sino al futuro. Los viandantes han guardado a buen resguardo su encabronamiento, si es que lo tienen, para concentrarse en lo inmediato: anticiparse al embotellamiento, conquistar unos litros de espacio en el transporte público, hacerse con un sitio en el tianguis, evitar a toda costa que el reloj checador muerda la mano. Son pocos los que ríen y no son muchos los que refunfuñan.

Esto sucede en un pixel de la patria. Otros, en otras partes, empiezan su mañana con el anhelo y la obsesión de cazar una de las migajas lanzadas desde los balcones del poder para consuelo de hambrientos. Cueste lo que cueste, a costa de lo que sea y de quien sea. A expensas del vecino, de la hermana, del padre, de la madre, de los hijos y de la memoria de los abuelos. Cómo ignorar que hace ya muchos años, a falta de escuelas dignas, el país fue convertido en una escuela de canallas, que contamos con una de las mejores plantas docentes del mundo y que ya hay una o dos generaciones de egresados.

Algunos más han despertado a otro día de indignación serena y se disponen a impedir un desfalco más, una mujer asesinada más, otro niño muerto por una bala de goma, un nuevo río envenenado, otra comunidad abierta en canal para ofrendarla a la depredación y a la usura.

Por lo pronto, y a reserva de la próxima reforma privatizadora, la mañana sigue siendo de todos y el signo del mañana depende de las interacciones entre los unos y los otros y los otros con todos. Ahí siguen, por ahora, los encorbatados ladrones, aferrados como garrapatas a sus oficinas usurpadas y a sus nombramientos comprados, atrincherados en la mentira mediática, el soborno y el asesinato. Tal vez un día la salida del sol los agarre en el bote de la basura. No porque estén ahí va a detenerse la vida: la necesidad apremia, la enorme mayoría de la gente le tiene cariño a la existencia y sigue caminando por esta urbe hacinada, grotesca, generosa y loca, en dirección al metro, al autobús, al micro. Y su caminar termina por despejar las sombras, y de repente ya es de día.

19.8.14

El problema de Ferguson


El problema no es que el cadáver de Michael Brown tenga vestigios de mariguana, como lo afirman las autoridades de Ferguson, Misuri, sino que tiene dos balazos en la cabeza. El problema no es que el joven negro tenga antecedentes penales o o los tenga, sino que tales antecedentes, reales o supuestos, han sido esgrimidos por la policía local como un argumento exculpatorio del policía que lo mató. El problema no es que el Brown haya sido ejecutado a distancia, cuando intentaba rendirse, como lo indican los resultados de la segunda autopsia realizada por Michael Baden a petición de la familia del difunto, sino la versión oficial de que el victimario disparó sobre la víctima a corta distancia durante un forjeceo en el que el muchacho intentaba despojar de su arma al agente del orden.


El abuso policial, la extralimitación de un uniformado en sus labores, son cosas inevitables que ocurren y que seguirán ocurriendo en todas las corporaciones policiales del mundo. No hay exámenes de admisión ni protocolos de actuación ni leyes lo suficientemente estrictas para eliminar del todo la posibilidad que, de cuando en cuando, un policía actúe en forma indebida y viole los derechos humanos de la ciudadanía, incluso en el grado de asesinato. Y como no hay manera de garantizar que hechos de esa naturaleza no ocurrirán nunca, con todo y sus secuelas dolorosas e indignantes, es necesario disponer, al interior de las corporaciones policiales y fuera de ellas, de mecanismos institucionales de investigación, procuración e impartición de justicia para asegurar que el abuso policial sea excepción y no regla y que los empleados públicos encargados de hacer cumplir las leyes no se dediquen a violarlas en forma sistemática.

Si ante los primeros indicios de que un muchacho había sido asesinado sin motivo por un policía las autoridades de Ferguson hubiesen iniciado de inmediato el esclarecimiento de los hechos, si hubieran actuado con transparencia y no hubiesen intentado escamotear a la sociedad hasta el nombre del presunto culpable, esa localidad de Misuri de 20 mil habitantes no se habría visto sacudida por una rebelión sorda que ha dejado ya una estela de destrucción y heridas y que ha escalado hasta el punto de que el gobernador de Misuri ha debido establecer el toque de queda y movilizar a la Guardia Nacional para contener los desmanes. Simplemente, los familiares del difunto Michael Brown estarían viviendo días de duelo y desesperanza, el presunto culpable de su muerte, el policía Darren Wilson, estaría sujeto a un proceso penal por homicidio –y no, como ahora, en libertad y suspensión laboral con salario– y las calles de Ferguson estarían en paz.

Pero el cuerpo de Michael Brown tiene cuatro heridas de bala en el brazo, una más en el cuello y otras dos, las últimas, en la cara y en la cabeza, y la secuencia de las lesiones parece indicar que el muchacho, ya herido, sufrió dos tiros de gracia; es decir, que fue ejecutado por su agresor, y los superiores de éste han realizado todos los esfuerzos posibles por encubrirlo.

El problema de Ferguson no es un muchacho muerto a manos de la policía sino la sucesión de muertos, lesionados, pateados y agredidos sin necesidad ni justificación reglamentaria por agentes del orden a lo largo y a lo ancho de Estados Unidos, así como la alta prevalencia de total impunidad en tales sucesos.

Y el problema de Ferguson no es nada más la impunidad sino el hecho de que ésta se encuentre tan estrechamente asociada a una discriminación estructural. El que Michael Brown fuera negro y su agresor sea blanco no es, por sí mismo, indicativo de nada. Pero esas condiciones se inscriben en un patrón sistemático confirmado por la estadística. El problema no es ua sociedad formada por blancos y negros –además de todas las otras categorías empleadas por el sistema racista estadunidense para clasificar a su población– sino una sociedad que pone a sus integrantes blancos a trabajar en la policía y a sus negros, a operar en la delincuencia: de los 56 elementos policiales de la revuelta localidad de Misuri, sólo tres son negros. Pero a escala nacional dos de cada tres negros estadunidenses van a la cárcel en algún momento de su vida.

Y el problema no es únicamente la persistencia del racismo en Estados Unidos sino que el régimen político realice tantos esfuerzos por ocultar esa realidad –como los desplegados por las autoridades de Ferguson para engañar a la sociedad y para darle impunidad al presunto policía de la localidad–, incluso el de poner a un negro en la presidencia del país. Y ese pobre hombre, el señor presidente, tiene ahora el cadáver de Michael Brown sobre su escritorio de la oficinal oval y, evidentemente, no tiene la menor idea de qué hacer con él.

18.8.14

Piden mexicanos judíos el
reconocimiento de Palestina

Llamado de ciudadanos mexicanos judíos al C. Presidente Enrique Peña Nieto para que México reconozca a Palestina como Estado.


Los abajo firmantes, ciudadanos mexicanos, que nos identificamos también como judíos, hacemos un llamado a que el gobierno de México exprese su reconocimiento formal al Estado de Palestina mediante un documento que ambos países suscriban. En tanto judíos consideramos que la paz entre los pueblos israelí y palestino será alcanzada solamente si Palestina –al igual que Israel es reconocida como un Estado con plenos derechos. En tanto mexicanos, esperamos que nuestro país nos represente siguiendo la tradicional política exterior mexicana, a favor de la libertad y la justicia. Todos los países de Latinoamérica ya han reconocido formalmente a Palestina. Solamente México, Colombia y Panamá faltan. Es el momento de hacerlo.

Instamos al C. Presidente Enrique Peña Nieto a que dé la orden a la Secretaría de Relaciones Exteriores para ejecutar de manera expedita dicho reconocimiento oficial.

Atentamente,


Margit Frenk, Silvana Rabinovich, Néstor Braunstein, Eduardo Mosches Nitkin, Marcos Límenes, Jessica Bekerman, Boris Gerson, Fany Gerson, Julio Boltvinik, Sara Sutton Hamui, Rossana Cassigoli Salamon, Ilán Semo, Eugenio Huarte Cuéllar, Esther Cimet S., Bruno Límenes, Inés Westphalen, Verónica Volkow, Felipe Ehrenberg, Saúl Kaminer, Natalia Donner, Nasnia Oceransky, Bernardo Feldman, Tania Lomnitz, Adriana Menassé Temple, Benjamín Cann Ziman, Ricardo Lomnitz, Amanda Schmelz, Esteban Schmelz, Daniel Gershenson, Boris Viskin, Elena Climent, Silvia Pasternac, Carolina Kerlow, Ana Abreu Levy, Manuela Límenes, Enrique Lomnitz, Pedro Gerson, Dana Rotberg, Aída Lerman Alperstein, Olivia Gall, Alejandro Frank, Pedro Gellert, Renato Huarte Cuéllar, Denisse Gotlib, Sebastián García Anderman, Ingrid Suckaer, Fanny Blanck-Cereijido, Suely Bechet, Ilya Semo, Zlate Biezuner, Claudio García Ehrenfeld, Sabina Garbus, Hebe Rosell Masel, Lea Braunstein Saal, Max Kerlow, Isabel Moncada Kerlow, Boris Fridman Mintz 
http://www.jornada.unam.mx/2014/08/18/correo

12.8.14

Gaza y antisemitismo

Una familia judía, quemada en la hoguera en el medioevo.

No faltan, entre las expresiones de horror e indignación por lo que sucede en Gaza, las acusaciones y los insultos en contra de los judíos en general. Lo más triste es que con frecuencia tales expresiones provienen de personas que se dicen de izquierda y que al obrar de esa manera se situán, por ignorancia o por mala fe, no en el bando de la solidaridad con los palestinos sino en los rescoldos del Santo Oficio. Y es que en las sociedades de matriz cultural predominantemente cristiana –es decir, en Occidente– la que enseñó a odiar a los judíos no fue Hamas ni los árabes ni los islámicos sino la iglesia –católica y ortodoxa, para empezar– que forjó parte de su identidad con base en una judeofobia arcaica y calumniosa.

Pero los símbolos son muy poderosos y sirven por igual a los antisemitas que a los criminales que gobiernan en Israel: cuando los segundos mandan aviones decorados con la Estrella de David a descuartizar a niños inermes, en algún lugar de la cabeza de los primeros se activa el viejo libelo de sangre según el cual los judíos secuestraban a infantes goyim para sacrificarlos en sus rituales del sabath. Y cuando Netanyahu y su caterva escuchan a sus detractores recitar la impresentable consigna “judíos asesinos”, se frotan las manos de gusto porque han logrado desvirtuar la empatía humana hacia los palestinos masacrados y convertirla en una fobia racista y ancestral que los justifica y refuerza el sitial que se han arrogado de representantes por excelencia de las colectividades hebreas de Israel y del mundo, como si tales colectividades fueran una cosa homogénea, monolítica y, lo peor, asesina.

El asesino es el Estado de Israel, no los judíos. Raphael Lemkin, el hombre que acuñó el término y el concepto de genocidio, lo definía así a mediados del siglo pasado: “la puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento”. De 1948 a la fecha, en la vieja Palestina se suceden casi siete décadas de ocupación militar, cientos de miles de árabes asesinados y de casas palestinas demolidas, cerca de cinco millones de refugiados, miles de prisioneros –muchos de ellos, encarcelados largos años sin ninguna clase de proceso legal– y el ejercicio de una limpieza étnica que incluye la negación sistemática a los árabes de adquirir tierras y construir viviendas, en tanto que a los judíos el Estado les concede terrenos gratuitos y servicios subsidiados; por lo demás, la ocupación de Cisjordania y el cerco a Gaza incluye con frecuencia la negación a los pobladores palestinos de agua y electricidad, así como la imposibilidad de desplazarse y, con ello la negación fáctica de educación, trabajo, servicios médicos, comercio o visitas familiares.

El episodio más reciente está escrito con miles de toneladas de bombas arrojadas desde aviones, helicópteros, embarcaciones y tanques sobre un territorio diminuto y sobrepoblado al que, en cosa de semanas, se le ha asesinado a uno de cada 900 habitantes, o así: es como si todas las muertes provocadas en México por el gobierno de Felipe Calderón hubieran ocurrido no en seis años sino en un mes.

Con estos datos a la mano se requiere de mucha mala entraña para negar que lo experimentado por el pueblo palestino cuadra a la perfección con la definición de genocidio enunciada por Lemkin, y de una dosis adicional de perversidad o de ignorancia para descartar cualquier crítica al régimen israelí con el argumento de que es, en automático, una expresión de antisemitismo. Tachar de judeofobia la justa indignación internacional contra el régimen israelí es hacerse cómplice de una distorsión fascista de la verdad. ¿Palabras fuertes? Sí, sin duda. Pero quienes alertaron en fecha temprana de que el germen del fascismo se incubaba en el Estado de Israel no fueron precisamente antisemitas sino judíos como Albert Einstein, Hanna Arendt, Isidore Abramowitz, Herman Eisen, Ruth Sager, Irma Wolfe y otros (http://is.gd/StZwSx).

El régimen israelí arguye que si los civiles palestinos se están muriendo por centenares la culpa es de Hamas por usarlos como escudos humanos. Cierto o no (habría que ver cómo puede desarrollarse una resistencia nacional “lejos de los civiles” en un territorio de 150 kilómetros cuadrados, una décima parte del Distrito Federal, sometido a un férreo bloqueo por aire, mar y tierra, y saturado de gente). Es precisamente eso, en todo caso, lo que han hecho por décadas Netanyahu y sus compinches (y antes que él, Ariel Sharon, y antes, Yitzhak Shamir, y antes, Menajem Begin) con las juderías de Israel y del mundo: pretender que perpetran en representación de ellas un genocidio tan repugnante como cualquier otro y usarlas, en consecuencia, como parapeto para defender su impunidad. El deslinde entre el judaísmo y los gobernantes genocidas de Israel es, hoy, más pertinente que nunca.

12.7.14

¿Y quiénes son
los terroristas?



De nueva cuenta caen las bombas sobre Gaza. Ciento once muertos, y contando. Entre ellos, presuntos combatientes de Hamas pero también transeúntes, mujeres que miraban correr a sus hijos, niños que corrían bajo la mirada de sus madres, viejos sentados en la puerta de sus hogares. El delito colectivo de la mayor parte de los muertos es haber sido esposas de terrorista, o nietos de terrorista o vecinos de terrorista o compatriotas de terrorista.

¿Y quiénes son los terroristas? Pues muchachos, mujeres, hombres maduros con el alma destruida por el robo de su país, de sus casas, de los olivares de sus abuelos, de su libertad de movimiento, de sus derechos básicos. Mujeres y hombres con la mirada enturbiada por tantas muertes sucesivas y precisas como las que hoy transportan los misiles enviados desde las alturas a reventarles la cabeza. Adolescentes y adultos que nacieron, crecieron y se reprodujeron, o no, en una jaula territorial sobrepoblada, bardeada, humillada, abandonada por el planeta y por todos los dioses. Hombres, mujeres, jóvenes con demasiados motivos de venganza como para pensar con claridad, que ven en cualquier judío israelí a un verdugo genérico y que sólo atinan a intentar la devolución de una parte infinitesimal del daño que han sufrido mediante unos tubos rellenos de explosivo, armados en cualquier cocina o taller, de trayectoria incierta y manipulación peligrosa, que en no pocas ocasiones han matado a sus propios fabricantes.

El agravio más reciente: un joven palestino de Jerusalén fue quemado vivo por unos jóvenes judíos “nacionalistas”, como los clasifica el gobierno de Tel Aviv. Hasta allí se trataba de un delito cometido por particulares y la justicia israelí prometió castigar a los asesinos. Pero el primo del asesinado, un joven estadunidense que pasaba sus vacaciones en Al Qods, participó en una manifestación de protesta y los policías ocupantes lo maniataron, lo tiraron al suelo, le patearon la cara y la cabeza hasta desfigurarlo, lo levantaron, lo siguieron pateando y luego se lo llevaron a la comisaría. Allí el joven fue acusado de resistirse a los agentes del orden, condenado a unos días de cárcel y multado. Eso ya no era un asunto entre particulares sino un episodio que ejemplifica la actitud oficial de Tel Aviv en contra de los palestinos. La paliza quedó videograbada.

Los terroristas dicen que esos cohetes precarios son la única voz que les queda para reclamarle al mundo la tragedia nacional en que han sido sumidos.

De acuerdo con un conteo riguroso, entre 2004 y 2012 murieron 26 personas (el gobierno de Tel Aviv eleva la cifra a 61) a causa de los cohetes lanzados por organizaciones fundamentalistas palestinas. Un solo fallecimiento sería demasiado, sin duda, y ameritaría la búsqueda, la captura y el castigo de los responsables. ¿Pero amerita el bombardeo indiscriminado de un gueto pletórico y depauperado, como lo es la franja de Gaza? Para poner las cosas en perspectiva, en el lapso de 8 años arriba referido los Kassam causaron menos bajas mortales que el número promedio anual de muertos por rayo en Estados Unidos (56).

En 22 días (del 27 de diciembre de 2008 al 18 de enero de 2009) el ejército israelí mató a mil 417 personas en Gaza (926 de ellas, civiles), y en la siguiente incursión masiva (del 14 al 21 de noviembre de 2012) dio muerte a 55 combatientes y a más de un centenar de civiles.

En ambas ocasiones, el gobierno de Israel argumentó que los bombardeos aéreos y terrestres contra las concentraciones urbanas de la franja de Gaza tenían el propósito de destruir la capacidad de las organizaciones radicales palestinas de lanzar misiles hacia territorio israelí. En ambas ocasiones, a lo que puede verse, no logró su objetivo. Los tubos rellenos de explosivo siguieron cayendo sobre poblados y sobre despoblados israelíes y matando ocasionalmente a alguna persona. Si en algo fueron eficaces fue en someter a un severo estrés a los pobladores de las localidades cercanas a la franja. Y siguieron siendo la voz retorcida y delictiva que de cuando en cuando le recuerda al mundo la tragedia palestina, así sea porque cada dos años dan pie para una nueva masacre de civiles en Gaza.

En cambio, el Estado hebreo se exhibió como vengativo, desproporcionadamente cruel y tan desdeñoso de la legalidad internacional como cualquier guerrilla fundamentalista africana. La desesperada barbarie de los atacantes ha sido respondida con una barbarie infinitamente más costosa, poderosa y destructiva, friamente calculada en sus detalles tácticos y siempre fallida en la estrategia: los niños, hombres, mujeres y ancianos asesinados por misiles mucho más potentes, precisos y caros que los Kassam palestinos son nuevos y multiplicados alicientes para que otros desesperados fabriquen nuevos cohetes caseros y los lancen contra Israel.

La pavorosa asimetría entre ambos bandos ha dado lugar a observaciones de un acendrado humorismo involuntario, como la que formula el grupo de derechos humanos israelí B’Tselem: “los cohetes Kassam son en sí mismos ilegales, incluso si son lanzados hacia objetivos militares, porque son tan imprecisos que ponen en peligro a los civiles del área desde la que son lanzados tanto como en la que aterrizan, violando con ello dos principios fundamentales de la leyes de guerra: distinción y proporcionalidad”. Y uno se pregunta si para evitar la condición delictiva de los misiles caseros no habría que dotar a las fuerzas palestinas con aviones a reacción y bombas guiadas por láser como los que emplea Israel. Pero no: tampoco esos artefactos, ni quienes los tripulan ni quienes ordenan sus incursiones, distinguen bien entre combatientes y civiles. Así lo atestiguan los cadáveres de Amina (28 años) y de Mohamed (3), que anoche se apilaban, entre otras decenas de muertos civiles, en la morgue de Gaza. ¿Y quiénes son los terroristas?

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, dice que hará lo que sea necesario con tal de garantizar la seguridad y la tranquilidad de los habitantes de su país. Que deje de enviar aviones de guerra a matar gente en Gaza, porque la solución clara y definitiva para la paz entre ambos pueblos está frente a él desde hace muchos años: restituir la totalidad de Cisjordania a sus legítimos dueños, los palestinos y permitir un estatuto binacional para Jerusalén.

9.7.14

Gaza bajo las bombas

Mohamed tiene un juguete nuevo,
grande y monstruoso:
su casa derribada.
Las escaleras se volvieron un muro zigzagueante.
Los techos están al alcance de la mano.
Las ventanas
–una de ellas conserva de milagro
los cristales intactos–
dan al cielo
como el toldo panorámico de un coche
y Mohamed
tiene entre los escombros
un sitio para descubrir
camisas y cucharas enterradas,
juguetes polvorientos,
papeles que perdieron su sentido,
y tiene también un nuevo
territorio accidentado
para jugar a las escondidas
–hay tan pocos como ese en su patria bombardeada.


Allí no va a encontrarlo nadie
porque su hermano mayor ha muerto,
porque su hermana, Amira, está en el hospital
con el torso adornado por esquirlas,
porque sus padres van de un lado a otro,
oscilando como electrones entre los polos
del hospital y de la morgue.
No lo hallarán tampoco los misiles
porque esos otros juguetes de Israel
son tan inteligentes
que no repetirán una tarea ya cumplida
y no caerán por segunda vez
en ese mismo sitio
en donde ayer hubo una casa
y hoy, un juguete nuevo y grande,
regalo de Israel para Mohamed.






2.7.14

Mireles en La Mira



El pasado 13 de mayo publiqué un artículo titulado “Mireles en la mira” en el que que concluía: en contra de José Manuel Mireles “y en contra de sus seguidores se está configurando una triple alianza que puede esquematizarse como Tuta-Castillo-Pitufo y esa sola perspectiva deja al descubierto (porque la gente no es tonta) el carácter verdadero de la estrategia peñista para Michoacán”. Por coincidencia, 45 días después el líder de autodefensas fue detenido, junto con otras 82 personas, precisamente en la tenencia de La Mira, municipio de Lázaro Cárdenas. El episodio forma parte de un guión. El azar sólo se encargó de que ese encabezado coincidiera con la toponimia.

La valoración formulada hace mes y medio sigue siendo válida. Aunque el comisionado Alfredo Castillo se empeñe en asegurar que las cosas en Michoacán han cambiado, el único cambio visible es el del encargado del Poder Ejecutivo estatal. Por lo demás, la delincuencia organizada está viva y actuante, y ahí está, como ejemplo, el asesinato del autodefensa y guardia rural Santiago Moreno Valencia y de toda su familia (la esposa y tres hijos de entre 11 y 16 años) apenas el pasado 19 de junio. En su última alocución pública antes de ser arrestado, Mireles contó que, cuando el rancho de Moreno Valencia era atacado a balazos, recibió una llamada de auxilio, se puso en contacto con los militares en la zona y les pidió apoyo para asistir a las víctimas. Los uniformados le respondieron que no tenían autorización para moverse de sus posiciones, pero en cambio obstaculizaron el tránsito del médico y sus hombres. Cuando los autodefensas lograron llegar al lugar –situado en los límtes entre Jalisco y Michoacán– sólo encontraron cadáveres. Ya perpetrado el crimen, policías federales y guardias rurales dóciles a Castillo emprendieron la búsqueda de los asesinos. O sea que muchos ciudadanos michoacanos andan armados no por querer violar la ley, sino por el antojo de seguir vivos.

Ocho días más tarde Mireles fue aprehendido por violación a la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos agravada (Lfafe), Castillo dixit, y por delitos contra la salud en su modalidad de posesión simple de sustancias prohibidas. Lo segundo porque en el vehículo en que viajaban el líder y sus escoltas se encontró, además de armas de fuego y cartuchos, cuatro bolsas con mariguana y una bolsa con cocaína.

La segunda parte del señalamiento puede tomarse con un poco de suspicacia, porque ya se sabe que, cuando se trata de Mireles, el comisionado Castillo es muy hábil para hacer novela policiaca a partir de los hechos reales. En mayo, por ejemplo, dijo que había fotos del médico sosteniendo alguna cabeza como trofeo, cuando la verdad es que simplemente ayudaba a un agente del Ministerio Público a identificar un cadáver.

Pero lo más interesante de la declaración formulada ayer por el comisionado peñista es lo de la posesión de armas. En un afán por esgrimir coartadas que recuerda al atleta paralímpico sudafricano Óscar Pistorius, Castillo reprochó al ahora imputado el incumplimiento del acuerdo con los líderes de las comunidades organizadas, incluido el propio Mireles, que a partir del 10 de mayo del presente no se permitiría más la movilización de personas civiles armadas, así como la portación de armas de grueso calibre. Leamos bien: el 14 de abril, fecha de ese acuerdo –que Mireles niega haber firmado, por cierto–, Castillo se arrogó la facultad absolutamente extralegal de suspender la aplicación de la Lfafe en Michoacán durante casi un mes. Luego, el que fuera encargado de resolver el caso de Paulette Gebara Farah en el estado de México (el cual dio lugar a otra memorable creación literaria) otorgó, sabrá Dios con qué bases, rango de ley a un convenio y, de paso, se erigió, y erigió a los dirigentes de autodefensas que lo signaron, en legisladores. Con la misma pulcritud jurídica decidió que el acuerdo tendría vigencia de 26 días. Sin embargo, pasaron otros 47 antes de que decidiera restituir la vigencia de la Lfafe, hiciera valer tal acuerdo y se procediera a la detención de Mireles y sus hombres, cuando éstos avanzaban hacia el puerto de Lázaro Cárdenas para combatir a los Caballeros Templarios allí atrincherados. Significativamente, para éstos la Lfafe no tiene fecha de aplicación.

Ahora Mireles ya no está en la mira ni en La Mira, sino en un penal federal de Sonora acusado de portación ilegal de armas de fuego y narcotráfico, y sus compañeros han sido desperdigados por media docena de cárceles en diversos puntos del país. En los hechos, la aplicación del estado de derecho al estilo Alfredo Castillo debe provocar un enorme suspiro de alivio y tranquilidad a los cabecillas de la delincuencia organizada michoacana. Con guardaespaldas de esa categoría, quién va a andarse preocupando.



10.6.14

Estado sacrificial


Para entender lo que ocurre en el México contemporáneo hay que remontarse a la presidencia de Miguel de la Madrid. En su gobierno, con Carlos Salinas en los controles de la extinta Secretaría de Programacion y Presupuesto, se puso fin al fin del estado de bienestar y se ensayó la aplicación generalizada de la ley de la jungla que habría de imponerse en toda regla en el sexenio siguiente y que todavía es paradigma económico y social del grupo en el poder. El último acto relevante del poder presidencial delamadridista fue el robo de la presidencia, práctica que volvería a repetirse en 2006 y 2012.

Entre junio y noviembre de 1987 arribaron al país tres barcos procedentes de Irlanda que transportaban, en conjunto, cerca de 17 mil toneladas de leche en polvo irlandesa, contaminada por la radiación procedente del accidente de Chernobyl. La mayor parte de esos cargamentos fue distribuida entre la población por la también desaparecida Comisión Nacional de Subsistencias Populares (Conasupo) y consumida por un número indeterminado de niños y adultos. Hasta la fecha no se ha realizado una investigación seria sobre los impactos del cesio 137 y el estroncio 90 entre la población que consumió esa leche envenenada.

En su libro Caso Conasupo: la leche radioactiva (Planeta, 1997), Guillermo Zamora cuenta como distintas dependencias del gobierno federal –la Presidencia, las secretarías de Salud y Comercio, la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias, la propia Conasupo– intentaron ocultar la información. No se sabe a ciencia cierta quiénes fueron los funcionarios más beneficiados con esta transacción porque la comisión de la Cámara de Diputados creada en tiempos de Zedillo para investigar el asunto más bien lo sepultó con el mayoriteo priísta (los remanentes del cargamento tóxico fueron sepultados en un basurero de San Miguel de Allende), pero la lista de sospechosos de corrupción y/o encubrimiento empieza con el propio Miguel de la Madrid y los hermanos Carlos y Raúl Salinas (Zamora, p. 97) y culmina, como lo sostuvo el fallecido Adolfo Aguilar Zínzer, integrante de la Comisión Conasupo, en Ernesto Zedillo (id., p. 150).

Hace unos días se conmemoró el quinto aniversario del incendio de la Guardería ABC, en Heremosillo, en el que 49 niños murieron quemados y otros 70 sufrieron lesiones graves. El accidente fue la consecuencia de una cadena de descuidos y omisiones que sólo pueden explicarse por el afán de lucro de los propietarios del establecimiento, los del local y, presumiblemente, funcionarios que no supervisaron o que lo hicieron y omitieron en sus reportes las miserables condiciones de seguridad. Alguien se fue de juerga con lo que se ahorró al no comprar extinguidores. Entre los dueños había parientes políticos del entonces gobernador Eduardo Bours y de Felipe Calderón. El máximo responsable administrativo de esas guarderías subrogadas era Juan Molinar Horcasitas, titular del Instituto Mexicano del Seguro Social. El procurador federal era Eduardo Medina Mora. El encubrimiento y la impunidad estaban garantizados.

Son muchos los ejemplos de este Estado que en tres décadas pasó de ser benefactor a sacrificial. De entre los que más laceran la memoria, la masacre de Acteal, la represión criminal en Atenco, el asesinato industrial de mineros en Pasta de Conchos, la negativa de Peña Nieto a reconocer la epidemia de feminicidios en el Estado de México. El cálculo electorero, el afán de lucro, las privatizaciones y subcontrataciones de todas las propiedades, potestades y funciones públicas imaginables, la corrupción a escala neoliberal –que hace palidecer la que había en el país hasta los años ochenta– se traducen, para la población, en pérdida de derechos, de garantías, de seguridad. Por tremendas que sean las pérdidas la impunidad está asegurada. Gobernantes y transnacionales no se llevan tan mal con las organizaciones delictivas cuando hay de por medio negocios para compartir. El clima de zozobra y caos sangriento a la manera de Chihuahua, instaurado a ciencia y paciencia de las autoridades, “puede ser funcional a una sucesiva entrada de trasnacionales que se aprovechan de la situación”, señala Federico Mastrogiovanni, autor de Ni vivos ni muertos. La desaparición forzada en México como estrategia de terror.

Tal vez la regresión sea más profunda y larga de lo que tiende a pensarse y la oligarquía apátrida que se hizo descaradamente del poder desde 1988 no nos haya regresado al Porfiriato ni a la colonia sino a las épocas del sacrificio humano. Sólo que el Hutzilopochtli contemporáneo tiene la advocación de la rentabilidad y Tlazoltéotl se alimenta de comisiones.


6.6.14

De pájaros urbanos


Todo empezó por una plaga de gusano barrenador en el ciprés escuálido que brotaba del asfalto frente a mi casa. Los bichos siempre habían vivido allí, pero hace poco un vecino los usó de pretexto para asegurar que el árbol estaba carcomido, podría derrumbarse en cualquier momento y destruir su casa, cuando, en razón de las dimensiones del ejemplar, una eventual caída no habría hecho más que raspar un poco la pintura de su barda exterior. Pero el hombre dio y tomó en lograr el derribo del árbol y tres meses más tarde obtuvo la autorización correspondiente.

La verdad es que el ciprés tenía dos plagas: la ya mencionada y la de unos pajarillos que habitaban en él y que seguramente se nutrían de los gusanos. Nunca los había visto, o bien no los había observado, pero los escuchaba en las mañanas y sus diálogos incongruentes me amenizaban el desayuno. La gestión del vecino me preocupó en serio no por la planta sino por sus habitantes. Es característico de nuestro tiempo: en caso de tala, justificada o no, resulta fácil montar un escándalo en nombre de la deforestación, del calentamiento global y de los derechos de los árboles, pero nadie aboga por los plumíferos en riesgo de desalojo habitacional. De todos modos yo no tenía el menor deseo de entrar en conflicto con el talador, ni por animales ni por verduras, de modo que me puse a idear alguna operación de rescate.

Desde luego, no había tiempo para plantar un árbol nuevo y esperar a que creciera. Tal vez lo más simple habría sido emprender la captura de los individuos para procurarles un asilo nutrido y enrejado pero tal salida es políticamente impresentable y acaso judicialmente riesgosa: no faltarían las buenas conciencias que me acusaran de traficar con especies silvestres, por más que el adjetivo silvestre resulte cuestionable cuando se aplica a pájaros urbanos que llevan muchas generaciones cruzando ejes viales, respirando partículas de azufre, comiendo migajas de pan Bimbo y construyendo sus nidos con colillas de cigarro –como lo demostró una investigación reciente de Monserrat Suárez-Rodríguez, Isabel López-Rull y Constantino Macías Garcia–, un hábito que, por cierto, contribuye a reducir las infestaciones de parásitos entre las aves callejeras que pueblan este valle de lágrimas y mocos. Supongo que en sus lenguajes pajariles se han desarrollado ya trinos equivalentes a “qué pedo, güey” y a otros giros semejantes del habla urbana.

Hay en la casa una pequeña república de pericos australianos que goza de territorio propio y exclusivo pero llevar a ella a una oleada de refugiados tendría consecuencias desastrosas, habida cuenta que, por razones de parentesco o no, las aves suelen ser más territoriales que los lagartos, lo que es decir mucho, y que un flujo migratorio de esas características podría desembocar rápidamente en una sangrienta guerra civil. Tendría que recurrir, pues, a la construcción de un ámbito exterior en el que los bichos en desgracia encontraran agua, comida y refugio, si querían, sin que ello afectara para nada su garantía constitucional de libertad de tránsito.

Me fui al mercado y compré, a ojo de buen cubero, una docena de casas para pájaro, otros tantos comederos y tres o cuatro bebederos. De vuelta a casa me di a la tarea de fijar las viviendas sobre unas placas de aglomerado. Ya dispuestas en casas dúplex divididas por un comedero, pinté los módulos con manchas de distintas tonalidades de verde, con la esperanza de que parecieran parte de la vegetación, aunque quedaron más bien como tanques de guerra en pintura de camuflaje.

Cuando me disponía a atornillar aquella especie de multifamiliar del Infonavit a los muros externos de mi casa apareció el deforestador, apercibido con un oficio de autorización expedido por las autoridades delegacionales y una sierra de motor de gasolina. No quiso esperar a que yo terminara mi obra y comenzó la suya sin más preámbulo. En ese instante tuve que desempolvar el taladro, armar la escalera y ponerme a perforar y a clavar taquetes en el muro. Entre los dos armamos un ruidero tal que los pájaros del árbol condenado, así como los de una cuadra a la redonda, salieron despavoridos y a mí se me cayó el corazón al suelo. Aferrado a la esperanza de que los plumíferos fueran capaces de superar el estrés postraumático, terminé de fijar las viviendas, puse agua en los bebederos, alpiste en los comederos y luego colgué algunas ramas del ciprés ejecutado que resultaran algo así como un símbolo de la palabra “home”. Después se hizo de noche.

La mañana siguiente fue desconsoladora y silenciosa y el desayuno me supo mal. Subí a revisar el multifamiliar y las semillas estaban intactas en los comederos. Pensé que los emplumados se habían largado para siempre y me proyecté películas terribles en las que un gorrión sin hogar, rechazado de todos los árboles del barrio por habitantes ya asentados, volaba y volaba hasta que caía rendido en una azotea justo frente a un gato tan callejero como el pájaro, y no menos hambriento.

Pero un día después, muy temprano, escuché unos trinos y descubrí a un finche silvestre merodeando por el multifamiliar. El señor picoteó un poco de alpiste, me dedicó una mirada arrogante y se largó. Pero dos horas más tarde ya andaba de vuelta por ahí, acompañado por un saltapared o cucarachero y el alma empezó a regresarme al cuerpo.

En las jornadas siguientes la algarabía volvió a instalarse frente a mi ventana. No sé si entre ellos se encontraban los moradores originales del árbol caído pero pude contar muchos comensales. Nunca, hasta entonces, había caído en la cuenta de la gran diversidad que impera entre las aves urbanas. Además del finche silvestre y de los gorriones han estado viniendo aves de variados tamaños y plumajes: una torcaza, un pequeño escuadrón de picogordos, una tímida pareja de toquís, un cuitlacoche de pico curvo cuya mirada amenazante espanta al resto de los invitados, unos mosqueros más bien ocasionales, un cenzontle bullicioso y un pinzón mexicano que traga con la parsimonia y la dignidad de un animal mitológico. Me pregunto si un día nos hará el honor una eufonia o un escribano amarillo.

Ninguno de ellos ha fijado su residencia en el multifamiliar que les instalé (les doy toda la razón porque se trata de construcciones muy feas, acaso incómodas y de seguro menos térmicas que un nido) pero nunca se sabe lo que puede ocurrir y, por si acaso, las viviendas allí seguirán.

En ningún momento he actuado por generosidad ni por espíritu franciscano sino porque se me ha hecho costumbre escuchar los diálogos incongruentes de los pájaros callejeros a la hora del desayuno. Creo que hemos hecho, ellos y yo, un acuerdo justo: les pongo al alcance del pico una extensión de mi mesa y ellos, a cambio, me ofrecen una conversación animada e insignificante. Este planeta está dominado por los discursos grandilocuentes, los rollos de medio pelo y las estupideces verbales más devastadoras y es bueno darse un tiempo para escuchar a los pájaros. Ellos al menos no pretenden comunicar nada.



3.6.14

El señor Borbón


Mintió el 20 de noviembre de 1975, cuando juró fidelidad eterna al fascismo y volvió a mentir el 27 de diciembre de 1978 cuando proclamó la nueva constitución y se asumió como “rey de todos los españoles”. El electorado peninsular, por entonces virgen, había aprobado por mayoría (59 por ciento de los inscritos) una carta magna que derogaba algunas de las disposiciones más atroces de la dictadura y en la que los tránsfugas del régimen fraquista, encabezados por el propio Juan Carlos de Borbón, encontraron la coartada ideal para explotar en su propio provecho una formalidad democrática que cedió a la clase política la jefatura del gobierno pero mantuvo la del Estado en la lógica de las sucesiones genéticas. Los políticos hicieron su tarea y presentaron el engendro como el menos peor de los mundos posibles: se reconocía a la Corona para evitar enfrentamientos y revanchas dictatoriales, para avanzar a la modernidad y para dejar atrás una tiranía sangrienta que aún podía dar coletazos –como lo demostró oportunamente el fallido cuartelazo del 23 de febrero de 1981.

Es cierto que el nuevo texto constitucional reducía los poderes del Rey a un terreno casi simbólico. A cambio de esa castración política se le ofreció impunidad legal absoluta (artículo 56 constitucional), una vida muelle para él y sus parientes y una opacidad completa para los gastos de la familia real; gracias a ella la fortuna familiar ha llegado a ser de mil 790 millones de euros (2 mil 400 millones de dólares), suma inexplicable incluso si durante los 39 años de su reinado el señor Borbón hubiese metido íntegros a una cuenta de banco los 8 millones 434 mil euros que el erario destina a “mantenimiento de la Casa, salarios de la familia real y alta dirección” de La Zarzuela. Tampoco ayuda mucho la herencia del abuelo Alfonso XIII, recibida a través del padre, el Conde de Barcelona, y calculada en términos actuales en 100 millones de euros divididos entre cuatro herederos.

El orden “democrático” de la monarquía constitucional ha solapado los crímenes del franquismo y en 2006 Esteban Beltrán, entonces director de Amnistía Internacional en España, puso sobre la mesa las fotos de los muertos sin sosiego: “El país que pidió la extradición de Pinochet y el país cuya Audiencia Nacional ha condenado recientemente al ex militar argentino Scilingo por crímenes de lesa humanidad, no ha sido capaz de ofrecer verdad, justicia y reparación para aquellas víctimas de su propio país que padecieron abusos graves durante la Guerra Civil y el régimen franquista”; de hecho, hasta hoy en día “los restos de decenas de miles de personas permanecen en fosas clandestinas sin haber sido identificados o en lugares desconocidos por sus allegados”. 

Más aun, el Estado presidido por el señor Borbón y el gobierno encabezado por Felipe González impulsaron en la penúltima década del siglo pasado una guerra sucia contra reales o supuestos integrantes de grupos terroristas en la que menudearon las ejecuciones extrajudiciales, las desapariciones, la tortura en cuarteles policiales y el espionaje ilegal.

Desde la “transición” a la fecha la corrupción ha sido una constante en la administración pública y en el ámbito de las empresas privadas: desde la venta de aceite de colza adulterado, que envenenó a 60 mil españoles y mató a 700 (1981) y los escándalos por fraudes político-empresariales de Flick, Kio, Rumasa y Filesa, hasta los casos Gürtel, Bárcenas y las turbias andanzas financieras de la infanta Cristina y de su marido, Iñaki Urdangarin, las cuales constituyen un primer indicio de la manera en que habría podido amasarse la fortuna borbónica a lo largo de cuatro décadas de reinado.

En el ámbito internacional el señor Borbón recibía, hasta hace poco, el elogio de la mayor parte de los medios comerciales, era apapachado por oligarquías dominantes –cómo lo querían Ménem, Fujimori, Salinas, Calderón– y entabló intimidades dinástico-financieras con las petromonarquías del Golfo Pérsico. Nunca peleó con algún dictador de esos que asolaron el hemisferio occidental, salvo cuando los gorilas guatemaltecos cometieron la salvajada de incendiar la embajada española en la capital de su país, con todo y diplomáticos peninsulares dentro. En cambio, la jefatura de Estado a su cargo aprobó la sangrienta aventura bélica de José María Aznar en Irak y guardó silencio cuando ese mismo individuo se entrometió en asuntos de política interna de Venezuela, Nicaragua y México –entre otros casos–, fuera para respaldar intentonas golpistas o para sabotear a candidatos presidenciales que no le gustaban al empresariado español.


Tal vez sus aventuras extramatrimoniales habrían quedado en el inviolable ámbito de lo privado de no ser porque se presentó siempre como adalid de la familia católica; acaso sus safaris de cacería depredadora habrían sido menos graves si no hubiera impulsado a su hijo a abanderar causas ecologistas; puede ser que su frivolidad, sus yates y sus autos de lujo no habrían brincado de las páginas del Hola a las de las secciones políticas de los diarios si no hubieran sido exhibidas en medio de la devastadora penuria económica que se ha abatido sobre millones de españoles. Pero la mentira y la simulación han sido las constantes de su reinado y el señor Borbón quedará para la historia como el rey de la indecencia.

22.5.14

#SalvemosaOwen


¿Que la violencia empieza en casa, como en el caso del niño Owen, y que luego crece y se transforma en el problema de criminalidad que padecemos? –No. Es exactamente al revés:

La violencia le ha sido impuesta e inculcada a la sociedad como parte de un programa político-económico que no conoce la solidaridad ni la piedad y que ha violentado de diversas formas a decenas de millones de mexicanos durante tres décadas: dejándolos sin empleo, expulsándolos de sus tierras, lanzándolos a la miseria, persuadiéndolos de que los modelos a seguir son los que dan más golpes al prójimo, no quienes se preocupan por su bienestar y por el de todos.

Los responsables intelectuales de la degradación social que se expresa en casos como el del niñito de Tlalnepantla torturado por su padrastro son los que han gobernado, de Salinas en adelante, y que le han enseñado a mucha gente de escaso intelecto y escrúpulos precarios a no tener empatía alguna hacia los más débiles.


Sí: #salvemosaOwen. Salvémonos.

13.5.14

Mireles en la mira


En Michoacán el régimen ha escogido sus fichas entre quienes, por candidez o conveniencia o por una mezcla de ambas, parecen más motivados a creer el cuento de hadas del comisionado Alfredo Castillo: la doble llave de la paz y la restauración del estado de derecho y la seguridad pública en Michoacán es, por un lado, uniformar a las autodefensas y convertirlas en guardias rurales y por el otro, matar o capturar a algunos templarios prominentes y declarados.

En ese guión idílico no aparecen por ningún lado las raíces profundas de la descomposición institucional y el empoderamiento delictivo: la política económica depredadora en vigor desde el salinato; la presencia de grandes grupos corporativos nacionales o foráneos para los cuales es mejor negocio pactar con los criminales que acatar las leyes, por favorables que éstas les resulten; la corrupción, presente en toda la pirámide de mando gubernamental y consustancial al modelo político-económico impuesto en el país, y la mano (no tan invisible) de Washington en el impulso a los procesos de desintegración nacional.

Tampoco aparecen las trágicas fracturas sociales causadas por la subrogación de facto de la seguridad pública, la impartición de justicia y hasta el fisco a diversos cárteles. El conflicto michoacano ha hecho evidente que tanto las organizaciones delictivas como las distintas facciones de las autodefensas tienen diversos grados de arraigo social. Tanto los templarios como los civiles alzados en armas tienen familiares, compadres, amigos, vecinos, clientes, patrones o empleados con los que han desarrollado algún grado de empatía o, cuando menos, de complicidad pasiva. Las fronteras no son nítidas y hay barrios y familias divididos por las confrontaciones.

En la toma de Apatzingán y en otras acciones recientes se ha documentado excesos y atropellos contra entornos sociales de presuntos templarios. En tal circunstancia, la pretensión de “limpiar de delincuentes” a toda la entidad resulta imposible en el mejor de los casos y criminal en el peor; algo así como una reedición de los empeños de Felipe Calderón por conseguir que cientos de miles de ciudadanos –los que de una u otra manera participan en ese sector de la economía que es el narco se “mataran entre ellos”. Por lo demás, muchos michoacanos han estado o están involucrados en algún segmento de las cadenas productivas o administrativas de ese negocio desde mucho antes de que la guerra por la entidad saltara a las narices de la opinión pública.

Tal vez Hipólito Mora y José Manuel Mireles, los dirigentes díscolos de las autodefensas, no escapen a ese contexto complicado y contradictorio y, dado que han estado participando en una lucha armada, es probable que tengan algún grado de responsabilidad en algunas muertes violentas. Si el régimen y sus mediócratas han sacado a relucir presuntos expedientes delictivos en contra de ellos no ha sido en todo caso por un afán justiciero sino porque ambos, y otros en situaciones parecidas, han sido los más críticos y los más realistas ante ese programa de pacificación peñista redactado en Disneylandia. Una infamia adicional es que el comisionado Castillo esgrima en contra de ellos acusaciones (en el caso de Mora) o insinuaciones (para Mireles) de homicidio, porque el mismo gobierno los usó para enfrentar, armas en mano, a las expresiones más visibles del poderío templario. Ni modo que no mataran o que no ordenaran muertes. En última instancia, éstas serían responsabilidad del gobierno federal, el cual, una vez más, puso a civiles a liquidarse entre ellos.

Los corifeos de Peña están por estas días en plena campaña para asentar en la opinión pública la idea –un tanto falsa– de que la figura Mireles fue adoptada por las izquierdas como un “nuevo caudillo” al cual rendirle culto. Lo cierto es que el médico de Tepalcatepec ha despertado simpatías masivas y crecientes en sectores de la población del país por dos razones muy claras: una es que se ha deslindado del comisionado federal para Michoacán y la otra es que fue traicionado por el gobierno y queda cada vez más clara su condición de perseguido.

Mireles está en la mira de funcionarios y de templarios y hay que ser muy ignorante de la forma en que opera el imaginario colectivo para no saber que esa doble condición –rebelde y perseguido– lo heroifica en automático a ojos de buena parte de la sociedad, al menos de esa que está harta de los ciclos de privatizaciones, saqueos, crisis y fraudes electorales, que ya va para tres décadas. En realidad, pues, las que han convertido a Mireles en un héroe popular no son las izquierdas sino la perversidad y la torpeza del régimen. El punto no es que el hombre sea bueno o malo, puro o contaminado, recto o torcido (seguramente tiene un poco de todo eso, como cualquier ser humano) sino que en su contra y en contra de sus segudiores se está configurando una triple alianza que puede esquematizarse como Tuta-Castillo-Pitufo y que esa sola perspectiva deja al descubierto (porque la gente no es tonta) el carácter verdadero de la estrategia peñista para Michoacán.

8.5.14

Retrato del jodido adolescente

Mural de Fikos (Atenas, 2012, fragmento)
Hay dos o tres razones de la adolescencia que la razón alcanza a entender pero son la excepción y no la norma porque en esa etapa de la vida la razón misma se encuentra sometida a juicio sumario. La parte acusadora anda a la caza de cómplices reales o imaginarios y quien se atreva a salir en su defensa será convertido en coacusado. La madre se angustia y llora en silencio cuando descubre que su criaturita se ha convertido en un Robespierre implacable aunque por suerte desprovisto de guillotina. El padre oscila entre romper para siempre o emprender un escarmiento ejemplar. El aludido, por su parte, toma nota de esta nueva muestra de incongruencia de los adultos, quienes le han pedido reiteradamente que realice ejercicios de distinción entre el bien y el mal pero entran en crisis cuando él se decide a hacerlos.

Hasta aquí la obra viene siendo más fársica que trágica y en la inmensa mayoría de los casos se mantiene en el primer género porque aunque ambas partes hagan todas las trampas del mundo en el fondo actúan de buena fe y con el propósito sincero de restablecer el perdido equilibrio del universo.

Los chavos no pueden obrar de otra manera por dos motivos. El primero es que hasta ese momento han sido educados en el culto a la integridad pero de pronto descubren la masiva ambivalencia de los adultos y, a través de ella, la ambivalencia general de la vida. El caer en la cuenta de que la realidad no es íntegra ni congruente ni coherente conlleva una sorpresa dolorosa y produce rabia y retraimiento o bien impulsos que llevan a la búsqueda de paradigmas cerrados y perfectos para refugiarse del sinsentido y de la etapa misma por la que atraviesa el individuo. Las cosas no pasan de ahí cuando el entorno es óptimo y no están presentes las agravantes sociales, económicas y familiares que padece la mayor parte de los jóvenes del país, que son por todos conocidas y que están arruinando la adolescencia de millones y el presente y el futuro de todos.


El segundo es que en esa etapa de la vida la dictadura de las hormonas sobre las neuronas –una constante que suele acompañarnos desde la cuna hasta la tumba– adquiere un cariz verdaderamente crítico porque unas y otras pasan por momentos de transformación acelerada y simplemente no están en condiciones de establecer acuerdos mínimos. Si para una persona en sus cuarentas o para cualquier persona de cualquier edad es difícil discernir entre lo que es fruto del razonamiento y lo que es producto de su hervidero químico interno, esa tarea en la adolescencia resulta sencillamente imposible.

Pero además ocurre que en algún momento impreciso entre la pubertad y la mayoría de edad todo cachorro humano equilibrado y saludable necesita entrar en conflicto con sus padres, con su familia, con la sociedad y con el mundo para forjar su propia identidad. Ese asunto de la identidad es harto conocido en el ámbito de las ciencias sociales: para construirla se requiere de una otredad que la delimite y toda identidad pasa en sus momentos iniciales por una obligada negación del otro, lo que no significa que deba convertirse, a la postre, en una cosa excluyente o nazi. Pero como la identidad o el “yo” son entidades básicamente inexistentes la única manera de delimitarlas es contrastarlas con otro ser o cosa:

–¿Quién soy yo?

–Lo que no eres tú.

Una de las dificultades que enfrentan los adultos para armonizar con los adolescentes es que éstos no sólo los necesitan para delinearse a sí mismos en el contraste sino también, en buena parte de los casos (y así debe de ser), para que les hagan el desayuno, los contengan en sus excesos y les arrojen un salvavidas cuando empiezan a ahogarse en el lago de su propia arrogancia. En esos casos es bueno tener en cuenta que cuando salgan a la orilla incriminarán, todavía empapados y escupiendo agua: “Y a ti, ¿quién te dio derecho a rescatarme?”

Lo anterior puede parecer un punto de vista burlón y condescendiente pero no lo es. Los chavos necesitan explorar los límites de su sensatez y de su resistencia, necesitan operaciones de salvamento cuando las cosas van mal y necesitan cuestionar el desempeño de todos. Esto no es una representación en la que se les ofrezca un espacio para sentirse superiores a los adultos porque en muchos casos la superioridad no es una mera sensación sino una realidad: en la adolescencia se expresan por primera vez aptitudes, fortalezas y capacidades que distinguirán a la persona durante el resto de su vida y es razonable suponer que en algunos terrenos físicos, afectivos, éticos o intelectuales a esas alturas estén ya por encima de los adultos que los rodean. Y ocurre que el desarrollo en esos ámbitos no es necesariamente parejo, por lo que los chavos se convierten –casi siempre sin saberlo, eso sí– en unos costales de contradicciones.

Pueden ser dueños de una fuerza desmesurada y al mismo tiempo ser extremadamente débiles y vulnerables. Son generosos sin medida y exasperantemente tacaños. Son tan irresponsables como Vicente Fox y luego se sienten responsables, personalmente responsables, hasta por los muertos de las Guerras Púnicas. Son más intrincados que Hegel y más elementales que Paulo Coelho. Se apasionan con todo y todo les vale madre. Se emborrachan, se pachequean, se masturban como changos y cogen como conejos pero se preservan tan inocentes como el Inmaculado Corazón de María o como los propios conejos, que cogen mucho pero no pecan nada.

A esas y muchas otras contradicciones sincrónicas hay que agregar las sucesivas, que parecen volubilidades y cambios de humor, aunque no lo sean. El hecho es que cambian todo el tiempo. Cada semana, cada día, cada hora. Si ayer exhibían una frugalidad gandhiana hoy se comen media vaca. Cuando uno está a punto de llevarlos al médico porque duermen demasiado les llega una racha de cinco días sin dormir. Un día amanecen con la sensibilidad auditiva de un espía y para mediodía ya son más sordos que un gobernante. Por momentos son empáticos como una esponja empapada en las aguas balsámicas de la piedad y luego se tornan implacables como una piedra con espinas.

Y la intensidad: aman y odian y gozan y sufren con ferocidad semejante, bailan hasta caer desmayados, discuten apasionadamente por cosas nimias como si fueran obispos en un concilio medieval.

Es fácil enunciar el hecho de que la mayor parte del tiempo los adolescentes viven en la Luna pero no es tan fácil reconocer también que desde allá nos formulan observaciones agudísimas sobre la realidad.

Dicho lo dicho, lo más recomendable es dar por terminado el asunto, no insistir en él y ofrecer una disculpa, porque si algo resulta molesto a los adolescentes es que uno se ponga a hurgar en su interior. Son seres extremadamente pudorosos y tienen razón de serlo y les asiste todo el derecho.

6.5.14

Oportunidades o derechos

Oportunidad: “sazón, coyuntura, conveniencia de tiempo y de lugar” o bien “sección de un comercio en la que se ofrecen artículos a un precio más bajo del que normalmente tienen”, define la Real Academia. María Moliner propone: “cualidad de oportuno”; “Aprovechar, Ofrecer[se], Presentarse, Surgir) momento o circunstancia oportunos para cierta cosa: ‘Aprovecharé la primera oportunidad para hablarle’”, o bien “venta de existencias a precios más bajos”.

Esto, oportunidades, es precisamente lo que han prometido en forma explícita los gobiernos neoliberales desde que Salinas de Gortari fue incrustado en la silla presidencial (1988) y ha de reconocerse que él y sus sucesores hasta Peña Nieto han honrado su palabra y han cumplido el ofrecimiento. El propio Salinas ofreció a los ejidatarios la oportunidad de vender sus tierras; dio a los consumidores la oportunidad de comprar agua importada de Francia, baratijas electrónicas asiáticas y prendas estadunidenses; a unos cuantos potentados les otorgó la oportunidad de adquirir bienes nacionales “a un precio más bajo del que normalmente tienen”. A los habitantes de zonas pobres y marginadas les dio las oportunidades de recibir material de construcción y otras ayudas y de expresar su agradecimiento votando por el PRI; a los industriales les brindó la oportunidad de cerrar sus fábricas, despedir a sus trabajadores y mover sus capitales al comercio, la importación y la especulación. También dio al país la oportunidad de desembarazarse de potestades y de transferirlas a un marco trilateral dominado por Estados Unidos y Canadá.

Zedillo será recordado por haber dado a la población en general la oportunidad de pagar las deudas de los banqueros privados; la de librarse del molesto ruido de los ferrocarriles; la de buscar casas y trabajos tras perder los que tenía en la crisis de 1994-1995 y la de votar por el PAN en las elecciones de 2000. A ese partido le dio la oportunidad de llegar a la Presidencia y a los zapatistas de Chiapas les ofreció, una y otra vez a lo largo de seis años, diversas oportunidades de firmar su rendición incondicional. Zedillo y sus sucesores continuaron con la estrategia salinista de repartir pequeñas prebendas entre algunos de los sectores más pobres de la población.

Fox fue particularmente pródigo en prometer oportunidades para todos: vocho, changarro, tele y lavadora (no de dos patas). A sus allegados les ofreció oportunidades de hacerse ricos en forma rápida mediante el otorgamiento de contratos y la adjudicación de bienes del Fobaproa-Ipab a precios, sobra decirlo, de verdadera oportunidad. También dio a miles de estudiantes la oportunidad de conocer las computadoras y los proyectores digitales, aunque fuera empacados en sus cajas, y de ser testigos (al menos en la virtualidad de los anuncios oficiales) de una conexión a Internet. Al país entero le brindó la de convertirse en un potencial protectorado militar estadunidense al uncirlo a la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN) y a Felipe Calderón, la de ahorrarse el engorroso trámite de ganar una elección para asumir la Presidencia.

Calderón siguió con la práctica de repartir oportunidades de enriquecimiento rápido entre los amigos y compinches; ofreció a Washington la de decidir las políticas internas de seguridad y de hacerse con toda la información de inteligencia nacional; brindó la oportunidad de ejercer el control territorial de diversas zonas del país a varias organizaciones delictivas –muchos dijeron que favorecía sólo a una de ellas–, y dio a decenas de miles de trabajadores electricistas de Luz y Fuerza del Centro la oportunidad de empezar una nueva vida tras perder su fuente de trabajo. 

Con estos antecedentes nada de raro tiene el que la secretaria de Desarrollo Social, Rosario Robles Berlanga (a quien Salinas le dio la oportunidad, en la intimidad de su despacho, de probarse la banda presidencial), haya advertido que el programa “Oportunidades ya no va a beneficiar a las que tengan muchos hijos, sino que va a apoyar a las que tengan pocos hijos” (cita tomada de la página oficial de la Sedesol para que Ramón Sosamontes no ande diciendo que su patrona no dijo lo que dijo). Simplemente, retirará a las familias prolíficas el reparto de “momentos o circunstancias oportunos para cierta cosa”. No hay en sus palabras violación de ningún derecho porque los derechos no tienen nada que ver con las oportunidades. Por eso el programa así llamado y otros de corte similar pueden ser operados en forma discrecional, propagandística, discriminatoria y electorera.


Las barbaridades de Robles Berlanga son representativas de la mentalidad oportunista que ha imperado en las instituciones durante el ciclo neoliberal pero no dejan de ser anecdóticas. Lo relevante es que esta proliferación de oportunidades ha destruido a México. Es necesario mandar al carajo el modelo de país de oportunidades y construir o reconstruir un país de derechos.