
- De vuelta a 1507
- Sin el latín, la misa nos da hueva...
Qué jolgorio: Ratzinger ha decidido regresar a la Iglesia a 1570 en el único tema en el que su antecesor se había visto un poquito moderno y ayer, “después de meses de indiscreciones, falsos anuncios, adelantos y resistencia de parte de varios sectores, El Vaticano anunció que el Papa publicará en cuestión de días el esperado y controvertido Motu Proprio --documento por iniciativa propia-- que rehabilitará la antigua misa en latín según el rito tridentino” y que había sido suprimida en 1969 por la reforma litúrgica de Pablo VI, fruto del Concilio Vaticano II. Muy pronto, y albricias para los nostálgicos, volverán las oscuras golondrinas de las misas celebradas en la lengua de Marcial y de Catulo, y con el oficiante de espaldas a los fieles. Las filtraciones sobre el asunto venían desde octubre del año pasado, cuando se supo que Benito XVI –ay, Juárez, qué tocayos te han tocado— estaba dispuesto a superar las diferencias con los ámbitos tradicionalistas, enfrentados con Roma hasta el punto del cisma por el asunto del idioma en la eucaristía.
Recordemos: al fragor del Concilio Vaticano II, algunos jerarcas católicos clavados en el Medioevo –Marcel Lefèbvre, Geraldo Proença, un tal Carli, Antônio de Castro Mayer, Casimiro Morcillo (así se llamaba, y era obispo de Madrid)— fundaron un grupo de presión denominado Coetus Internationalis Patrum para oponerse a la influencia de teólogos “liberales” como Hans Kung, Karl Rahner y... Joseph Ratzinger, quien, por entonces, coqueteaba con el ala progresista de la Iglesia. Qué tiene de malo: otro Benito, de apellido Mussolini, también inició su carrera
política en el bando equivocado, en las filas de los socialistas. La banda de los Patrum mentaba madres por la presencia en el encuentro de observadores protestantes, se oponía a cualquier avance de los mecanismos colegiados, exigía condenas explícitas del comunismo, rechazaba modificar la formulación tradicional del sentido del matrimonio —producción de fetos y garantía de educación religiosa en la fase siguiente— y pedía la elaboración de un documento formal y solemne específico para confirmar el dogma mariano y para proclamar a María “corredentora”.
Los tradicionalistas perdieron la batalla y se reagruparon, bajo el notorio liderazgo de Lefèbvre, quien se aferró a las posturas ya descritas y fundó un seminario en Ecône, Suiza, para formar y ordenar sacerdotes de la vieja escuela. Después de muchos estiras y aflojas con Roma, fue suspendido a divinis en 1976 y excomulgado sin lugar a dudas en 1988 por el todopoderoso Karol Wojtyla. Al parecer, según sugiere un artículo impugnado de Santa Wikipedia, el propio Ratzinger puso su dosis de intriga entre Juan Pablo II y Lefèbvre para atizar la discordia. Luego, en uno de esos retorcimientos de ambigüedad que tanto gustan a la jerarquía eclesiástica, Darío Castrillón Hoyos calculó, unos años más tarde, que el levantisco y su seguidores, estaban, pese a todo, “dentro de la Iglesia”.

Pablo VI se tomaba su cargo con seriedad y es posible que ya en 1969 haya visto con preocupación la pérdida de popularidad del catolicismo frente a otras iglesias. Sin duda, en la determinación de abolir el ritual tridentino hubo una legítima preocupación de muchos de los participantes conciliares por mejorar la comunicación entre la institución católica y sus feligreses, pero no ha de descartarse que haya habido, también, una elemental consideración de orden mercadológico: vende más un producto si su etiqueta viene en el idioma de los consumidores.
El razonamiento era correcto, pero el abandono del antiguo lenguaje ritual tenía –y tiene, me parece— un alto precio en términos de eficacia dramática: cualquier necedad pronunciada en latín suena a conocimiento profundo en los oídos de quienes no dominamos esa lengua. El misal tridentino no sólo aseguraba la ortodoxia tradicional, sino que también tendía un velo de misterio muy eficaz –una suerte de efecto especial que inducía la sensación de escuchar a Dios— entre el oficiante y los feligreses. Hace un par de siglos, la sensación así creada podía tener visos de realidad, si se considera que en épocas no muy remotas los egresados del seminario tenían un nivel de cultura y de capacidad de argumentación y análisis mucho mayor que el promedio. Sospecho que hoy, en poblaciones con niveles elevados de escolaridad, las cosas son exactamente al revés, y que más enseña y forma un buen bachillerato laico que una ordenación sacerdotal. Hagan la prueba: acudan con un cura cualquiera de su barrio –no un doctor en Teología, claro— y pregúntenle a qué pasaje de la Biblia corresponde lo siguiente:
Rem pateris modicam et mediocri bile ferenda si flectas oculos maiora ad crimina. Confer conductum latronem, incendia sulpure coepta atque dolo, primos cum ianua colligit ignes.
Es muy probable que lo pongan en un aprieto y que el buen hombre empiece a hacer consultas telefónicas un tanto frenéticas o, peor aún, que les conteste, con gestos de sabiduría fulminante, “Levítico 6:7-12”. Una sugerencia humanitaria: no dejen pasar mucho tiempo antes de explicarle que no, que se trata de un fragmento extraído al azar de la Sátira XIII del paganísimo Juvenal. Y si tienen un tiempecito, de paso me cuentan qué quiere decir.
Para colmo, en la realidad convulsa, violenta y exasperante de la segunda mitad del Siglo XX, el discurso católico empezó a perder significado y, salvo por lo que respecta a los seguidores de la Teología de la Liberación, quienes se han referido siempre a los problemas terrenales concretos y acuciantes de las mayorías, perdió atractivo frente a predicadores protestantes y proselitistas de religiones no cristianas.

En una vuelta de tuerca casi sádica a la que tituló Tempête dans un bénitier (Tormenta en una pila de agua bendita), Georges Brassens se burló de la supresión del latín dispuesta por el Vaticano II: “No saben lo que pierden / esos pinches religiosos, /sin el latín, sin el latín / la misa nos da hueva. En la fiesta litúrgica / de repente ya no hay más pompa / sin el latín, sin el latín, / ya no hay misterio mágico. / El rito que nos hechiza / se revela anodino / sin el latín, sin el latín, / y a los fieles les vale madres”. Una conclusión, seguida de otras realmente altisonantes, es que “el presbiterio, sin el latín, ha perdido su encanto”. Ya me daré tiempo de ensayar una traducción en forma. Va aquí, por lo pronto, en su idioma original (un poco menos arduo que el latín) la primera estrofa de esta cancioncita encantadora, a manera de coro infantil:
Ils ne savent pas ce qu'ils perdent / Tous ces fichus calotins, / Sans le latin, sans le latin, / La messe nous emmerde. / En renonçant à l'occulte, / Faudra qu'ils fassent tintin, / Sans le latin, sans le latin, / Pour le denier du culte. / À la saison printanière / Suisse, bedeau, sacristain, / Sans le latin, sans le latin / F'ront l'églis' buissonnière, / Ô très Sainte Marie Mèr' de / Dieu, dites à ces putains / De moines qu'ils nous emmerdent /Sans le latin.
Supongo que, en su tibia tumba de Sète, el viejo Georges ha de estar desternillándose de la risa con la más reciente decisión de este Papa que no entiende ni papa ni, por supuesto, el mundo en el que vive. ¡Mira que revivir las misas en latín, Ratz!
Non fellatur. 