22.11.09

Otra vez los campanazos


Una vez más, en el acto de hoy en el Zócalo, se dejaron escuchar los campanazos catedralicios con ganas de interrupción y aires de provocación.

21.11.09

Domingo 22



Al Zócalo todo mundo.

18.11.09

El último suspiro
del Conquistador / XI

Busto de Cortés en el Hospital de Jesús, México, D.F. Foto de io mero

Jacinta llegó al hotel pasadas las cinco de la tarde y desde que entró a la pequeña recepción tuvo una mala corazonada. Pidió la llave de la habitación, subió y confirmó que su hombre no estaba allí, y supo de inmediato la razón por la cual se había ido. Se sintió furiosa consigo misma por haber propiciado el alejamiento de Andrés, se desesperó al preguntarse si lograría recuperarlo y se vio forzada a poner en la balanza, con plena honestidad, las razones por las cuales quería estar con él y los motivos por los que su ausencia le dolía: sentía, por una parte, una atracción animal y una empatía inmediata; se excitaba sólo con verlo y su presencia apacible la ponía de buen humor; pero, además, sabía que, por su profesión, Andrés le resultaba necesario para averiguar qué cosa había en realidad adentro de un frasco que había robado años atrás de la casa de un viejo almero chiapaneco. “Lo primero tal vez sea irreparable, pero lo segundo se soluciona fácil”, pensó, entre sollozos, en un rápido ensayo por enderezar su circunstancia; “lo que tengo que hacer es conseguirme otro científico”.

* * *

En la última década del siglo XX empezó a divulgarse en México información sobre la transexualidad, como la definió Harry Benjamin en 1953, o disforia de género, como se le llamó posteriormente; muchos años antes, Rufino Vázquez Morgado, ciudadano mexicano nacido en el municipio de Libres, Puebla, había resuelto su problema al margen del conocimiento académico. Desde niño vivió desgarrado entre su personalidad femenina y los papeles sociales que le traía aparejados su cuerpo de varoncito. Él quería ser como una más de sus tres hermanas, a las cuales les usurpaba a escondidas la ropa interior; su mamá rezaba porque se resignara a seguir siendo él; su papá pretendía persuadirlo de que fuera ella obligándolo a boxear en el gimnasio de atrás del rastro. No bien se hizo puberto, sus tíos Úrsulo y Fabián lo llevaron un domingo a desvirgar, con el acuerdo del padre y sin informar a la madre, a un burdelito por el rumbo de Teziutlán. Para Rufino, aquella desagradable vivencia fue la gota que derramó el vaso. Esa misma noche, cuando sus padres dormían, abrió la alacena y se robó el guardado de dinero que su madre escondía en un jarro detrás de la bolsa de azúcar. A la mañana siguiente, lunes, se arregló para ir a la secundaria pero en el camino se desvió, tomó el primer autobús del día con rumbo a la capital del estado y nunca volvió a pararse en su pueblo natal.

* * *

A pesar del enojo, pese al país convulsionado y distinto que aparecía ante él, con todo y la sensación de encontrarse suspendido en un paréntesis de la existencia, Andrés pensaba en Jacinta: en sus arrebatos irracionales, en sus muslos magníficos y duros, en su desconsideración inocente pero sistemática, que lindaba con la crueldad, para con el resto del mundo. Y no podía dejar de especular sobre la facilidad con la que él podría sacar de la cabeza de ella la fijación con el frasco en el que Jacinta creía que podía encontrarse algo —la última exhalación, digamos— de Hernán Cortés, a condición, claro, de que él, Andrés, la encontrara a ella, y que ella encontrara su frasco. “Y entonces —pensaba—, cuando se dé cuenta de que ha estado obsesionada por un poco de mezcla de oxígeno y nitrógeno y nada más, se va a calmar, se va a quedar sin nada que perseguir y sin nada que la persiga, y tal vez se convierta en la mujer alegre y deschavetada, pero apacible, con la que me gustaría pasar el resto de mis días”.

* * *

Tomás se resignó: en el mayor de los secretos fue llevado de Sevilla a Valladolid; en esa ciudad permaneció una semana exacta, escondido en un ala discreta del monasterio de Nuestra Señora del Prado y sin hablar con nadie, hasta que se presentaron ante él unos hombres embozados y de hábitos azul claro que, sin mediar palabra, lo sacaron en horas de la madrugada y lo llevaron, en una carreta cubierta, a la salida de Tordesillas. De allí, caballero en una mula zaína, fue guiado por El Carpio y Jarilla hasta llegar a una venta cercana a Cáceres, en donde fue desnudado por sus acompañantes anónimos y cubierto con ropas de mujer. Ajuareado de esa manera fue trepado a una carreta de colleras que siguió los viejos caminos de trazado romano (y que aún en nuestros días reproduce la autopista A-66) por Mérida, Almendralejo, Fuente de Cantos, Almadén de la Plata, Monesterio y Alcalá del Río, hasta las inmediaciones de Sevilla, en donde el carromato se desvió a la derecha para cruzar la meseta del Aljarafe y llegar a una residencia señorial en Castilleja de la Cuesta. Allí, los hombres de celeste condujeron a Tomás hasta el pie del lecho en donde su amo padecía sus últimos días horrendos.

Tomás sabía a lo que iba y se dejó conducir. Pero algo lo intranquilizaba: en las varias décadas que pasó al lado del Conquistador, no había vuelto a guardar un alma, y se sentía inseguro. Tal vez en ese tiempo se le habría perdido la destreza, e ignoraba si los frascos de vidrio soplado de los castilla funcionarían de igual manera que los tiestos de barro que los de su oficio utilizaban hasta la llegada de los hombres barbados.

* * *

Cuando Iván salió de la bodega, dejando tras de sí el cadáver de don Rufina, le cayó encima todo el peso de su acción: se dio cuenta de que no podía regresar al pequeño departamento en el que ambos habían vivido, que no tenía a dónde ir y que, en su arranque de rabia homicida, había tirado por la borda su vida cómoda de los últimos años. Sin saber a dónde dirigirse, salió del mercado de La Lagunilla por Rayón, avanzó hacia el este, dobló a la derecha en Carmen y se perdió, en dirección al sur, entre el gentío que se disolvía en la tarde dominical.

* * *

Al cabo de un rato, Jacinta se serenó. Puso en perspectiva su relación con Andrés y concluyó que éste no tardaría en buscarla, así fuera porque había invertido demasiado en ese romance como para retirarse de él sin patalear: había interrumpido sus estudios de doctorado, había vuelto a México y, con ello, había dado golpes demoledores a sus propios planes de vida. “No lo quiero vacilante —pensó Jacinta acerca de Andrés—. Quiero que esté a mi lado de manera incondicional, que me trague completa, que respire al ritmo de mis loqueras. Pero, por ahora, tengo que hacerme de otro científico. Si Andrés se entera, nunca volverá a alejarse”.

En un café Internet de la zona, Jacinta abrió una cuenta de correo electrónico y, acto seguido, en alguna de las páginas de contactos de la red, insertó un anuncio y lo frimó con el seudónimo Circe:

“Mujer joven, profesionista, guapa, apasionada y loca, busca hombre de entre 30 y 40, de buena presencia, de preferencia científico, y sin compromisos, o bien, un Odiseo dispuesto a olvidar a su Penélope (y a su Telémaco, si existe). Escribir a enfrascada@gmail.com”.

(Continuará)

17.11.09

Qué sigue


Los cárteles políticos dominantes han construido en la Cámara de Diputados el blindaje financiero de sus plazas fuertes. Creen que, al hacer acopio de enormes presupuestos aplicables a la compra de votos, sus posiciones estatales, municipales y legislativas serán inexpugnables. Priístas y panistas han dispuesto de los dineros públicos no para propiciar la reactivación de la economía ni para crear empleos ni para combatir la pobreza ni para cimenetar el desarrollo, sino para garantizar los privilegios de sus respectivos funcionariatos, incluido, por cierto, Felipe Calderón, a quien el PRI, habiendo podido hacerlo, no le recortó a la mitad los dineros que consume, y que podrían ser llamados inútiles si no fueran empleados en forma tan peligrosa.

Antes de servirse ellos mismos, los oligarcas políticos pusieron en la mesa de los oligarcas económicos platillos suculentos: exenciones diversas, regímenes de excepción, pagos diferidos... Lo bueno, dicen en las oficinas contables de Televisa, es que el gasto en que se incurre para hacerse de unos cuantos diputados federales resulta plenamente deducible, aparte de redituable. ¿Quiere usted pagar menos impuestos o, mejor aun, no pagarlos? Puede negociar paquetes con los jefes de las bancadas principales, o bien adquirir legisladores exclusivos o, cuando menos, contratar a algunos (parece que los del Niño Muerde se dejan rentar por hora de votación) para que cuelguen en la legislación una cláusula ahorradora con dedicatoria a persona (in) moral determinada.

Gracias a estos y otros negocios, el país llegará al año entrante con menos dinero para educación, salud y cultura, con más desempleados y con más hambrientos. También, con más policías y más cárceles y más pertrechos militares. Así se construye el México que Calderón delineó desde un principio, pero eso no necesariamente significa que haya alguien al mando: a juzgar por sus notorias pérdidas de control, el hombre ya cayó en la cuenta que el adjetivo “pelele” no era una descalificación malévola y ardida sino una descripción precisa, no le gustó verse en ese espejo y decidió proclamar su propia independencia personal con respecto de quienes lo pusieron en el cargo. Pero, a juzgar por las negociaciones en el Legislativo, los verdaderos mandantes de Calderón ni siquiera se tomaron la molestia de responder con detenimiento sus expresiones de machismo; simplemente, echaron a andar a sus diputados y le recordaron, de esa manera, quién manda.

Pero esos son los líos oligárquicos y tal vez ni siquiera valga la pena adentrarse por sus detalles, porque todo proceso de descomposición genera escenas que quitan el hambre. Para los movimientos opositores, el momento es, aunque incierto, grandemente auspicioso, porque el golpe del felipato contra Luz y Fuerza del Centro y contra el Sindicato Mexicano de Electricistas ha forzado una redefinición a más de las resistencias ciudadanas al régimen oligárquico: ahora se nota la desorganización causada por la suma y el crecimiento brusco, pero lo más importante es que el movimiento (parece ser que se ha hecho merecedor a ese nombre genérico, y además no tiene otro) y sus concentraciones en el Zócalo ostentan presencias nuevas: telefonistas organizados y otros contingentes sindicales, organizaciones campesinas, La Otra Campaña y, sobre todo, chingos y chingos de jóvenes entusiastas y enérgicos, cuya escasez había sido un dato notorio y preocupante en la resistencia lopezobradorista.

Ahora lo que sigue es lograr que esa gran confluencia de voluntades de recuperación nacional se dé a sí misma un rumbo claro y preciso para crecer, ganar el consenso aun con el viento en contra de los medios (una tarea difícil, pero no imposible) y convertirse en opción de poder. El hervidero de los gusanos en las cúpulas de las instituciones secuestradas y descompuestas será escandaloso, pero no novedoso. Lo que sigue es acordar la manera de ponerle fin.

16.11.09

Felipe, el rabioso


Parece que el nuevo deporte de los opinadores consiste en escudriñar el origen de las rabietas de Calderón. Cuatro ejemplos.

15.11.09

Herejía del día



14.11.09

Algo muy triste

Pobre cuate. Pobre caballo. Pobre mundo.

12.11.09

Apunte de arqueología personal


Puta madre, soy antiquísimo: en septiembre de 1973 marché por primera vez en mi vida por Reforma y rumbo al Zócalo, para protestar por algo; en aquella ocasión, por el violento cuartelazo en Chile. Luego se me hizo vicio. Como quien dice, llevo en ello 35 años, y se nota.

El último suspiro
del Conquistador / X


Estando sin estar, flotando en nada, él tuvo la revelación de sus dos nacimientos. El primero: fue parido en la villa de Medellín, Extremadura, un mes de julio, por doña Catalina Pizarro; se crió débil y enfermizo, a orillas del Guadiana, hasta que, a la edad de 14, fue enviado a Salamanca, de donde regresó al hogar paterno con el título de bachiller, pero sin llegar a licenciado. Unos años más tarde viajó a La Española, en donde se ganó la pobreza como escribano. En busca de fama y oro fue a conquistar Cuba al lado de Diego Velázquez, y estando en esa isla, a los 25 años cumplidos, se vio, en el curso de un sueño, cubierto de ricos paños y servido por personas extrañas que lo llamaban teutl, que quiere decir Dios, para su honra y alabanza. Ese mismo día fue dado a luz por segunda ocasión: muchas leguas al occidente de Cuba, en la lejana Tlatelolco, la princesa Papantzin, hermana de Moctezuma Xocoyotzin, regresó del mundo de los muertos para figurarlo, atroz y sanguinario, vencedor de los mexicanos. Oh, madre Catalina que me hiciste débil y astuto; oh, madre Papantzin que, para infortunio de tu pueblo, me pariste fuerte y asesino.

* * *

“Si a usted no le es indispensable dirigirse a la zona centro de la ciudad, le sugerimos que permanezca fuera de esa zona”, decía el reporte vial en la radio del taxi.

—Carajo —exclamó Jacinta, con fastidio, al escuchar la grabación en su celular. La compañía francesa no había podido realizar el cobro de ese mes y la había dejado sin línea. Hacía ya cuatro horas que había hablado con Andrés para decirle que la esperara en el hotel, pero el taxi en el que viajaba se quedó atorado en un enorme atasco vial en Viaducto e Insurgentes.

—Ni modo, señorita, no es mi culpa —dijo el conductor, dándose por aludido.

—No me refería a usted, ni al tráfico. Es que mi celular no funciona —aclaró ella.

—¿Tenía una cita importante? Porque no va a llegar, ¿eh?

Jacinta le pagó la tarifa que marcaba el taxímetro, se apeó y empezó a caminar, entre una masa desusada de peatones, hacia el norte, con la esperanza de llegar hasta la glorieta Insurgentes para tomar el metro. A su lado, unos chavos de no más de 19 pasaron bailando y cantando algo que parecía rap:

“Escucha Felipe / que ya te lo dije / que debes respetar / el sentir popular / te apartas de la ley / quieres hacerme güey / mira lo que provocas / estas gentes no son pocas / y van a estar un rato / defendiendo al sindicato / y van hasta el final / con el paro nacional”.


* * *

Dice la leyenda que Papantzin, resurrecta, fue llevada ante su hermano, el Tlatoani, a quien refirió un delirio de difunta que José Peón y Contreras convirtió en un mentiroso romance heroico:

“Y esos hombres que llegan en la barca,
a tu patria infeliz traen la guerra;
y dueños y señores absolutos,
con las armas, al fin, serán de ella:
publicarán con su victoria el nombre
del Hacedor del cielo y de la tierra,
y arrojarán los ídolos de barro
donde la luz del sol nunca penetra.”

* * *

Una habitación de hotel puede ser el sitio más divertido del mundo, pero también el más tedioso. El número de Jacinta sonaba abandonado y al cuarto intento, Andrés se desesperó. Se movió rápido para evitar recuerdos cachondos que lo hicieran vacilar, empacó los pocos enseres personales que había sacado de su maleta, pensó que en algún momento tendría que recuperar las cajas que había dejado en casa de Eduviges, bajó a la recepción del hotel, liquidó la cuenta, advirtió a la empleada que no se trataba de desocupar la habitación “porque la señorita va a regresar”, caminó cincuenta metros y se registró en el Trafalgar, un hotelito más barato y pinche que el que acababa de dejar.

Se dejó vencer por la curiosidad y se dirigió al Zócalo a ver la concentración que estaba anunciada para ese día en solidaridad con los electricistas. A las tres de la tarde la plaza estaba semivacía, pero le impresionó el número de telefonistas que ingresaban por la calle de Madero. “Vinieron todos los que hay en el país”, pensó. Se quedó parado en la esquina del Hotel Regis, viendo pasar las multitudes que llegaban; por allí entraron miles y miles de electricistas con camisas rojas, varias brigadas del movimiento lópezobradorista, contingentes de La Otra Campaña, grupos campesinos, destacamentos de partidos políticos, montones de universitarios, varios sindicatos independientes... Andrés recordó sus primeras asistencias a manifestaciones, cuando era aún un puberto, en solidaridad con los indios alzados de Chiapas.

Mientras estuvo en Europa cursando el doctorado, Andrés recibió cartas y mensajes de amigos suyos en los que le refirieron los crecientes descontentos sociales y políticos que crecían en el país, y mencionaron que un signo distintivo de las movilizaciones era la ausencia de jóvenes. Esa tarde, sin embargo, Andrés vio miles y miles de caras de chavos de quince, de veinte y de veinticinco. A las seis y media, cuando ya oscurecía, los contingentes seguían desfilando, más bulliciosos los últimos que los primeros, la plaza principal de la República estaba repleta y nuestro personaje tenía las piernas recorridas por calambres. Extrañó a Jacinta y cayó en la cuenta que ese día era el primero, en las varias semanas que tenían de conocerse, que habían pasado separados. Se preguntó cuánto tiempo más podría resistir sin verla.

* * *

A don Rufina la tomó por sorpresa la agresión de su pareja. Más que dolor en los afectos o en el cuerpo, sintió extrañeza cuando Iván le arrojó una bacinica de peltre repleta de llaves. El conjunto debía pesar siete u ocho kilos y el golpe en el pecho dejó a don Rufina sin aire y sin equilibrio. Tras arrojarle ese objeto, Iván ni siquiera la volteó a ver. Siguió buscando algo, algo, mientras avanzaba hacia ella, y no tardó en encontrarlo: un gato hidráulico un tanto destripado, con la pintura roja craquelada y el émbolo de fuera. Se agachó, lo recogió, lo tomó de la parte delgada y se abalanzó sobre don Rufina, quien, tendida en el suelo, no atinaba más que a mover las extremidades como un cangrejo indefenso cuando lo echan a la olla del caldo.
Don Rufina trató de protegerse el rostro interponiendo la mano al primer golpe del gato hidráulico pero sólo logró que su metacarpo, impulsado por el arma improvisada que blandía Iván, se despedazara al chocar contra su malar izquierdo. El impacto fue tan violento que le separó las vértebras cervicales y el sufrimiento fue mínimo. Perdió el conocimiento entre convulsiones, sus músculos intercostales y abdominales se paralizaron (eso la hizo emitir un ruido de lavadora de vajillas en fase de carga) y luego vino una hipotensión por vasoplejía generalizada. Iván observó atentamente cómo el organismo de don Rufina ejecutaba aquellos rituales hasta que —¡sí, sí ocurría eso!— estiró la pata y luego se quedó laxo.

Iván sonrió, emocionado al descubrir que el refrán refería un hecho verdadero, y luego decidió irse de allí. Realizó un rápido repaso por el local, fue escogiendo cosas pequeñas y ligeras que pudieran tener algún valor, hizo un atadijo con ellas, se paró un momento junto al cadáver de don Rufina, que yacía cerca de la puerta de entrada, echó una mirada rápida a los bultos que ella acababa de llevar a la bodega, sopesó una caja de cartón del tamaño de un directorio telefónico, la abrió, vio un frasco viejo en su interior y tiró la caja, con desgano, sobre el cuerpo de su víctima. El frasco salió de su envoltorio de papel periódico, rodó sobre el vientre de la difunta, aterrizó en el suelo sin romperse y se quedó como acurrucado entre los miembros exánimes de don Rufina.
—Ay, pinche Rufino —le dijo, a modo de despedida—. Si por lo menos hubieras sido vieja, chance y te habría llegado a querer.


(Continuará)

10.11.09

Al paro nacional


Ni el más convencido, y ni siquiera el más vendido de los opinadores del régimen, podrá negar la insensibilidad, la arbitrariedad y el desaseo legal empeñados en la extinción de Luz y Fuerza del Centro y en el intento de liquidar al Sindicato Mexicano de Electricistas. “Impresentable” o “indefendible”, llaman a esa organización gremial los voceros oficiosos del calderonato, pero se abstienen de medir el grado de indefendibilidad del poder público para el cual trabajan o el de aliados políticos tan preciosos como Marín, Ruiz, Gordillo o Romero Deschamps; “corruptos”, acusan a los trabajadores porque éstos han logrado salarios decentes y condiciones de trabajo dignas, pero se callan la boca y escurren la pluma ante los hechos de un régimen que reparte contratos más que sospechosos y que los privilegios y los lujos de sus integrantes; “violentos”, claman ante la decisión de los electricistas sindicalizados de resistir el decreto de su extinción, pero omiten toda referencia al uso de la policía y de Lozano Alarcón —una fuerza de choque en sí mismo— por parte del gobierno espurio; “subversivos”, gritarán mañana a quienes respalden el paro nacional convocado por los trabajadores afectados, pero no dirán una palabra sobre una medida gubernamental adoptada a contrapelo del orden constitucional y de efectos evidentemente desestabilizadores. Los soldados mediáticos del régimen —para parafrasear la autodefinición de Azcárraga papá— insultan y calumnian a placer al SME y a sus integrantes, pero no tienen un solo argumento para justificar el decreto emitido el 10 de octubre por Felipe Calderón. Y no lo tienen porque no lo hay.

Salvo, desde luego, la toma de la Presidencia de la república mediante una maniobra no demasiado diferente a la que tuvo lugar en junio pasado en Honduras, ninguna de las muchas cosas abominables perpetradas a partir de 2006 por la mafia gobernante había sido tan claramente lesiva para el interés nacional, y ninguna había sido adoptada en forma tan abusiva, como la extinción de Luz y Fuerza. La resistencia social al decretazo tiene, por ello, motivos y posibilidades tan amplios como la lucha ciudadana contra la privatización de la industria petrolera. O más.

Y es que, más allá de la apreciación sobre la circunstancia de Luz y Fuerza o sobre la naturaleza del SME , el paro nacional convocado para mañana por esa organización puede ser visto y adoptado por sectores que trascienden a las izquierdas partidistas, cívicas y sindicales, como su primera gran oportunidad de confrontar al régimen y de explorar la posibilidad real de marcarle un alto.

El abuso sistemático de los gobernantes, la mentira regular de sus corifeos, la frivolidad y la insolencia de los juniors de Morelia, han logrado hartar a mucha gente que no necesariamente está enlistada en el movimiento lopezobradorista ni en ninguna otra de las expresiones de oposición real al calderonato. La perspectiva de establecer en las leyes nacionales la figura del referéndum revocatorio es, por hoy, demasiado incierta y difusa; el voto de castigo en 2012 contra una clase política que se sabe servir con la cuchara grande del plato de dineros públicos resulta lejano y, a la vista de los fraudes electorales operados desde el poder en meses recientes, infructuoso.

El paro nacional, aquí y ahora, es, en cambio, una vía concreta para iniciar la recuperación del poder usurpado a la ciudadanía por sus supuestos representantes y una manera concreta (y pacífica, y civilizada) de recordarles a gobernantes, funcionarios y legisladores, que la sociedad no está manca. Cabe esperar, por eso, que funcione y que tenga eco. La disuasión social frente a los secuestradores de las instituciones es fundamental para devolver al país al cauce de legalidad, convivencia armónica e imperio de la ley del que fue apartado en 2006. La de mañana es una gran oportunidad para ensayarla y, a no dudarlo, una de las últimas.


9.11.09

Sobre el desarrollo jumano

"al igual que muchos familiares y mexicanos que estamos consternados con este tipo de mensajes que tiene la vida y nos arranca a los seres útiles para el desarrollo jumano.sirve para crecer, ejemplo de vida juan c ...amilo, se que si no nos estas viendo si nos estas sintiendo por alguna parte del universo en donde se a ciencia cierta que ya te asignaron alguna parte para organizar amorosamente sus contenidos y disfrutemos de una mejor comunicación con el. gracias por tu ejemplo y se que cada uno de nosotros desde su trinchera sabrá dignamente asumir y poner nuestro granito de arena, dios te vendiga juan camilo por tu valor, ejemplo y entraga que hasta la última línea supiste mantenerte de pié."

Vayan nomás a echar un lente y absténganse de agredir, que de este lado sí hay civilidad y modales:

8.11.09

Posicionamiento
del Grupo Sur

SOBRE
LUZ Y FUERZA DEL CENTRO

Y EL
SINDICATO MEXICANO DE ELECTRICISTAS


El pasado 10 de octubre, el régimen que encabeza Felipe Calderón decretó la “extinción” de la entidad pública Luz y Fuerza del Centro (LFC) y la liquidación de sus trabajadores, agrupados en el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME). Fue una medida violatoria de la Constitución que tendría que dar lugar al juicio político y la destitución del presidente en funciones, según los términos de los artículos 110 y 111 constitucionales.

Al margen de las implicaciones legales referidas, el golpe de mano del 10 de octubre contra Luz y Fuerza LFC y contra sus 44 mil trabajadores sindicalizados fue la culminación de una estrategia injusta, grotesca y tramposa de destrucción deliberada de una empresa propiedad de la nación, así como un intento descarado por convertir en botín de empresas privadas la infraestructura de fibra óptica de LFC y sus posibilidades de ofrecer servicios de triple play por medio de su red eléctrica. Se ha perpetrado una intromisión inaceptable en la vida interna del sindicato. La maquinaria mediática del régimen ha emprendido el linchamiento propagandístico de los trabajadores y la formación de un consenso basado en las distorsiones oficiales sobre la paraestatal. Por añadidura, se ha buscado criminalizar las conquistas laborales y presentarlas como consecuencia de prácticas corruptas. En esa medida, la desaparición arbitraria de LFC y el despido masivo de sus trabajadores fue un acto hostil contra el conjunto de la población, de las oposiciones sociales y políticas y de las izquierdas del país: el régimen no tolerará obstáculos ni frenos a un nuevo ciclo de desarrollo neoliberal, al empeño de desmantelar las conquistas laborales y al designio de depredar lo que queda de propiedad pública. Ante la imposibilidad de crear nueva riqueza, la oligarquía gobernante busca apropiarse, mediante el despojo, de la riqueza ya creada.

El golpe contra LFC busca privar a la nación en general de conocimiento y tradición obrera acumulados durante décadas por el SME, en lo que constituye un nuevo capítulo de la devaluación deliberada de la población nacional vía contenciones salariales, deterioro de los sistemas educativo y de salud, pérdida de derechos y conquistas, erosión de las condiciones de vivienda, seguridad, transporte, etc. Es una nueva ofensiva que pondrá en peligro derechos y conquistas más generales, la autonomía universitaria y la presencia del Estado en la salud y en la educación, como se perfila en la “reforma fiscal” recientemente aprobada. La forma (discrecionalidad, arbitrariedad) y el fondo (inconstitucionalidad, sentido antinacional) de la medida denotan un golpe al Estado de derecho.

En el entorno de hegemonía corporativa ejercida por el poder público sobre los sindicatos, el SME; sin estar exento de vicios propios de ese contexto, ha sido un factor de articulación para las izquierdas y las causas progresistas, un punto de confluencia ineludible entre las luchas sociales y las instituciones, entre las resistencias civiles radicales —Atenco, Oaxaca, el zapatismo—, las luchas universitarias y el movimiento lopezobradorista. Para el calderonato, se trata de un símbolo a destruir, y de un articulador de sus propios empeños: el de aislamiento político, el de linchamiento propagandístico y mediático, el de acoso jurídico y el represivo.

Por ello, la ofensiva oficial contra el SME y el decreto de extinción de LFC han creado una posibilidad de ruptura política sin precedente desde el inicio del ciclo de gobiernos neoliberales. Las medidas del régimen constituyen un acto de desestabilización y una declaración de guerra contra el proyecto nacional enarbolado por las izquierdas de este país a lo largo de un siglo.

Esta ofensiva genera la necesidad de una convergencia amplia de las oposiciones, las resistencias y las disidencias —políticas, regionales, sectoriales, de clase— en torno a la solidaridad con los electricistas. En el momento actual, todos los segmentos políticos y sociales que se definen como de izquierda y progresistas, tienen el deber de incorporarse a la lucha por la defensa de LFC y del SME, por encima de diferencias ideológicas y programáticas.

La violencia empleada por el régimen para liquidar a LFC y al SME hará inevitable la radicalización de las medidas de resistencia. Se ha hecho evidente la necesidad de medidas contundentes y de alcance nacional capaces de detener la ofensiva del gobierno. La organización sindical de los electricistas ha convocado a un paro nacional para el próximo 11 de noviembre. Será una jornada crítica y decisiva de la lucha por la soberanía popular, la democracia y la defensa del sector energético —petróleo y electricidad— de México. Los integrantes del Grupo Sur llamamos a todos los sectores progresistas, populares y de izquierda a empeñar todos los esfuerzos de unidad en la acción para lograr el éxito del paro nacional y de las otras medidas de resistencia que se realicen para impedir la extinción de Luz y Fuerza del Centro y la desaparición del Sindicato Mexicano de Electricistas.

México, D.F., 7 de noviembre de 2009

Carlos Payán, Guillermo Almeyra, Cristina Barros, Víctor Flores Olea, Armando Bartra, John Saxe Fernández, Marco Buenrostro, Elvira Concheiro, Héctor Díaz Polanco, Gerardo de la Fuente, Rosa Elena Gaspar de Alba, Epigmenio Ibarra, Massimo Modonesi, Lucio Oliver, Pedro Miguel, Consuelo Sánchez, Gabriel Vargas Lozano, Mario Zepeda, Sergio Zermeño

5.11.09

El último suspiro
del Conquistador / IX

La llamada “armadura de Hernán Cortés”, sobre el
campanario del Hospital de Jesús, en México, D.F. Foto de
Tzitzimitl

I
ván se quebró en el primer encuentro con aquel cliente mayor, una vestida que pedía y daba más ternura que placer y que no hizo nada por humillarlo ni por hacerlo sentir como un vendedor de su propia dignidad, que era como el propio Iván se sentía. Y además iba mal del cuerpo: todas las células de su organismo ladraban por una sustancia que no estaba ahí pero que había dejado su recuerdo doloroso e imperioso. En esas condiciones, Iván no encontró otra salida que llorar su desgracia en los brazos de don Rufina, y ésta no halló nada más pertinente que consagrarse a reconstruir a aquel muchacho.


—Vente a vivir conmigo —le dijo—. Yo te protegeré, te daré de comer, te llevaré a una clínica para que te saquen esa porquería del cuerpo.

—Tú lo que quieres es coger gratis —dijo Iván con pronunciación dificultosa, atrapado entre un sollozo y una temblorina.

—Qué tonto eres —le explicó ella, sin inmutarse, mientras le rascaba el cuero cabelludo—. Más bien te estoy ofreciendo amor gratis. Si tú no quieres, no hay sexo.

Horas después, don Rufina llevó a Iván, casi de la mano, a un centro de desintoxicación. Cuando lo dieron de alta, lo hizo partícipe de su negocio y pagó sin regatear las deudas contraídas por el joven. En cuestión de mes y medio, Iván estaba limpio de drogas y de deudas, y aunque don Rufina no lo retuvo a su lado, se fue quedando con ella, y de cuando en cuando hasta se acomedía a darle un poco de placer. Pero no pudo conciliar sus emociones contrarias: sentía gratitud hacia la mujer y en cierta forma la quería, pero al mismo tiempo le daba vergüenza el permitirse tales afectos con uno que, por más vueltas que le diera, era hombre, un pinche puto que se había aprovechado de un momento de debilidad para enamorarlo. Iván se sabía y se sentía machito, y si hasta entonces había acompañado en la cama a algunos (bueno, a muchos) hombres, aquello había sido un mero asunto profesional, cámara, por dinero para unas dosis: su vicio era la jeringa, no el puñal, cómo creen. A don Rufina le tenía agradecimiento pero también la odiaba: le revolvía el estómago el verse a sí mismo adoptar actitudes de niño necesitado de afecto ante una mamá con pito y huevos. Y le cagaba, le cagaba, porque se conocía, y sabía que tarde o temprano iba a cobrarle a su benefactora toda la degradación que le había hecho sentir.

* * *

Bernal Díaz del Castillo afirma que Hernán Cortés abandonó Sevilla, harto de las muchas personas que allí le importunaban, clausuró la casa que poseía en la ciudad y se refugió en Castilleja de la Cuesta, un pueblito de los alrededores, en la residencia de su amigo Juan Rodríguez, en donde, a decir de López de Gómara, se le agravó la cagalera que venía padeciendo desde tiempo antes. Consta que en su último destino en vida estuvo acompañado por el doctor Cristóbal Méndez, su compadre, por fray Pedro de Zaldívar, prior del monasterio de San Isidoro, y por una Juana o María de Quintanilla, “probablemente curandera” que fue llevada de Valladolid, según consta en la biografía del Conquistador escrita por José Luis Martínez. En ese mismo texto se cita que, tras la muerte de Cortés, el administrador Juan Galvarro pagó a esa mujer 50 ducados “por su trabajo”, sin que quede claro cuál fue, y que se le proporcionó un vestido de luto. Después de eso, Juana o María de Quintanilla desaparece de la historia.

* * *

Andrés vagó por las calles del centro, almorzó quesadillas de longaniza en la fonda más insalubre que encontró y decidió tomar distancia con respecto a Jacinta. Se sentía saturado por los enredos truculentos en los que ella lo metía y necesitaba pensar y descansar. Pero no quería desaparecer de su radar, así que se sentó en una banca de la Plaza de la Ciudadela y marcó en su teléfono celular el número de ella. “Qué locura —pensó—, estamos usando enlaces de Francia para llamadas locales en el DF. Tengo que conseguirme un teléfono mexicano.” Ella respondió y no le dio margen de nada:

—Ya salimos del hospital —le dijo a boca de jarro—. Vamos camino a casa de mis papás... bueno, de mi mamá... Es que... pasaron cosas que... luego te explico. La dejo en la casa y me voy para el hotel. Tenemos que ir a La Lagunilla a buscar el frasco, ¿eh?

—Me voy a cambiar de hotel —repuso Andrés, con tono que quería ser resuelto.

—¿No te agrada ese? —terció ella, captando algo que no era—. ¿Por qué no me esperas a que llegue y lo platicamos? A veces me gusta que me tomen tantito en cuenta, ¿sabes?

—Está bien —dobló él la cerviz—. ¿A qué hora nos vemos en el hotel?

* * *

—Me has seguido por la mitad del mundo —le recordó don Hernando—. Has trastocado tus humanas horas de sueño para velar las mías. Abandonaste tu pueblo, a tu familia, para venir en pos de mí. Y ahora te niegas a un trabajo tan holgado y sencillo como vestirte de mujer.

—Yo me llamaba Kan, que es nombre de varón, y tú me bautizaste Tomás, que es en Castilla lo mismo que mi nombre, pero tal vez no: tal vez debiste llamarme serpiente, que es lo que significa Kan, y no gemelo. A ti te confundieron tu cura Jerónimo y tu Marina, porque en idioma mexicano Cóatl, que es Kan, quiere decir también gemelo, al igual que Tomás, que también es nombre de varón. ¿Por qué quieres que me vista de mujer si no lo soy?

—Para que pases inadvertido —se desesperó el Conquistador—. No han de saber que un brujo maya me acompaña en mis horas postreras. Podrían acusarte de haberme matado, podrían cortarte la cabeza. Quiero que llegues a Castilleja vestido de mujer, que vestido de mujer abordes una nao de regreso a las Indias, y que te pierdas para siempre.

* * *

Cuando don Rufina entró a la bodega, le hizo falta la luz. La tarde en las calles estaba muy luminosa, así que le resultó insuficiente la iluminación natural que llegaba al recinto por medio de dos tragaluces de bloc de vidrio. Dejó sus bolsas en el piso para encender el interruptor y vio a Iván, sentado en el sofá que ella misma había rescatado de la basura. Le notó un brillo inusual en los ojos y una tensión en los músculos que se dejaba adivinar a través de la ropa. Le preguntó qué hacía allí y el joven no le respondió.

—Ay comprendió de golpe—. Ya te volviste a meter quién sabe qué cochinada.

Iván se incorporó sin prisa y hurgó con la mirada por entre el caos de objetos de la bodega. Identificó las formas de un tripié de aluminio, de un bambineto manchado, de una cacerola de hierro colado, de una caja sin abrir de videocasets Betamax, de un portaviandas de aluminio: nada útil. Caminó hacia don Rufina con la vista clavada en los anaqueles de la pared y entonces dio con una bacinica de peltre repleta de llaves viejas y, sin reflexionar sobre la incoherencia del conjunto, lo sopesó con las dos manos, lo encontró lo suficientemente masivo y, sin decir palabra, se lo arrojó con violencia a su pareja. El trebejo rebotó en mitad de su tórax, esparciendo su contenido por el piso de media bodega con un tintineo de metales como el que hacen las máquinas tragamonedas cuando sale bellota triple. Ella, desprevenida, trastabilló por el golpe, cayó al piso y le gritó, aterrada:

—¡Iván! ¿Pero qué te pasa?


(Continuará)

3.11.09

Paro nacional


11 de noviembre


en solidaridad

con el SME

Buen viaje,
Claude Lévi-Strauss


Filósofo, antropólogo, etnólogo, grande del pensamiento.

Buenos negocios


En un país en el que el precio del trabajo ha experimentado una depreciación sostenida durante casi tres décadas, resulta meritorio que un grupo de profesionistas sean capaces de mantener los niveles de sus percepciones y emolumentos, e incluso de mejorarlos, especialmente en época de crisis. Es eso precisamente lo que hicieron los gobernantes y legisladores panistas y priístas que han venido concibiendo, negociando, discutiendo, afinando y aprobando la Ley de Ingresos del año entrante. Lo bueno de detentar el poder es que desde él es posible tasar los honorarios correspondientes al oficio y cobrarlos directamente de las arcas nacionales sin necesidad de realizar trámites engorrosos.

Ciertamente, el cucharón con el que se sirven los presupuestos en Los Pinos y San Lázaro no incluye únicamente salarios, prestaciones, automóviles y choferes, teléfonos celulares, computadoras, masajes, seguros médicos, compras de corbatas y de calzones, boletos de avión (o aviones propios y rentados), restaurantes, misas de difuntos y borracheras; el dinero que estos eficientes profesionistas van a sacar de nuestros bolsillos servirá también para asignar, a quienes les lleguen al precio, contratos multimillonarios de servicios públicos. Imagínense qué porcentajes están dispuestos a pagar los tiburones internacionales por el correspondiente al servicio de la infraestructura de Luz y Fuerza, o por el que permita la explotación del triple play sobre los despojos de esa entidad paraestatal, ofrecida a los carroñeros como prueba de control y dominio presidencial. Los recursos para tales operaciones (que son sólo unos ejemplos de la alta competitividad lograda por la corrupción nacional) saldrán, a fin de cuentas, del alza de impuestos que acaban de recetarnos.

Otro buen negocio para tiempos de crisis es tener una gran empresa y no pagar los impuestos correspondientes. Como lo reconoció el propio Felipe Calderón hace unos días, bajo su desgobierno es posible hacer negocios, obtener utilidades, omitir las obligaciones fiscales correspondientes —o cubrirlas a tasa de ganga de 1.7 por ciento, cuando el común de los mortales paga el 28 o más—, eludir la cárcel, mantenerse en las secciones de sociales (y hasta en la nómina de invitados especiales a las recepciones y faramallas de Los Pinos) y ser señalado como ciudadano modelo, héroe de la productividad y prócer de la beneficencia.

Pero el mejor de todos es el negocio de permitir el anterior, es decir, el de ser funcionario público —presidente más bien ilegítimo, secretario de Hacienda, director del Servicio de Administración Tributaria o coyote menor—, hacerse el que la Virgen le habla cuando se trata de cumplir con el deber de cobrar los impuestos pertinentes a quienes se les deben favores políticos (¿Te acuerdas de la campañota en medios que te organicé en 2006? ¿Y quién crees que les pagó a los creativos que acuñaron aquello del “peligro para México”?) y ponerse a idear, en tiempos de trabajo pagados con el dinero de los contribuyentes reales, maneras de transferir a esos mismos contribuyentes reales el costo de las omisiones propias en el cumplimiento de las obligaciones derivadas del cargo.

Transacciones de esta clase, y otros, seguirán siendo posibles mientras la sociedad lo permita. Cabe suponer que en un momento próximo, a pesar de los aparatos mediáticos que han garantizado la cobertura de tales negocios, la mayor parte de la ciudadanía caerá en la cuenta de que éstos, además, son delitos y que no hay país que pueda darse el lujo de permitir, por tiempo indefinido, la comisión flagrante de violaciones a la ley. Y actuará en consecuencia.

1.11.09

Invocación


Cenizas entrañables, queridos huesos, polvo enamorado: vengan con bien al mundo, a esta su casa, a la mesa de los vivos. Siéntense en las sillas limpias que hemos dispuesto para ustedes, entíbiense el alma con la flama de las veladoras, sacien la sed y el hambre, reposen en nuestras camas el cansancio de la muerte, que es tan agotadora. Disfruten de nuestro amor y nuestra memoria, única protección que podemos ofrecerles en su extremo desamparo. Ustedes que nos dieron vida, país, calor, dirección, fortuna, claridad o palabra, acéptennos el vaso de agua, el ramo de sempasúchil y el plato de calabaza. No es mucho o es muy poco, pero esos son los símbolos de amor en la lengua franca que comunica este mundo con la oquedad que ustedes deshabitan.

Salgan de las tumbas o del cielo, reúnan su momento de partículas dispersas en una voluntad para estar y déjense querer en estos pocos días de encuentro y reunión entre quienes existen y los que han sido. Dejen atrás por un rato sus experiencias intensas y terribles en el forense, en el sarcófago o en el crematorio, y recuerden que en el mundo hay algo más que la muerte: este ámbito, demasiado simple (o demasiado complejo) para ustedes, que los llora, los ríe, los quiere, los critica y los recuerda. Depongan el desinterés abrumador que han desarrollado respecto del sol, el pasto, las coronillas de los bebés, las noticias del diario y el destino de sus parientes y sus enemigos. Pongan algo de su parte; vuelvan por un instante a querernos y a detestarnos como solían antes de su partida y disfrutemos todos, ustedes y nosotros, de esta comunión nocturna.

Es posible que ustedes, los que viven en la muerte, puedan murmurarnos al oído algo que nos ayude a lidiar con esos muertos en vida que perdieron el sentido del sufrimiento ajeno, que aprendieron a obtener placer con el dolor del prójimo y que, sin necesidad ni razón, se empeñan en provocar explosiones demográficas en el lado de ustedes a expensas de los inocentes de este lado. Tal vez esta noche tengamos como invitada a nuestra mesa y huésped de nuestra casa a una existencia humana truncada antes de su tiempo natural por las bombas, las balas o el cuchillo, que se anime a compartirnos la sabiduría de su desencanto profundo mientras aspira la fragancia tenue y extraña del sempasúchil, y acaso logremos escuchar, como entre sueños, una clave para impedir que su suerte se repita en otros.

Padres y madres, abuelos, hermanos, cónyuges, hijos, colegas, condiscípulos, amigos y compadres fallecidos: ésta es la noche en que ustedes han de ser paridos por la tierra en que descansan. Vengan a nuestros brazos para que puedan limpiar de rencores su alianza con la muerte, para que renueven su mortaja, para que mañana vuelvan a la tumba o a la dispersión de sus moléculas reconfortados por el calor humano, con esperanzas nuevas y armados de paciencia para enfrentar el transcurso lodoso de la eternidad. Disfrutemos juntos del pan con azahar, porque después ustedes y nosotros estaremos solos durante todo un año. Vengan, no importa, con su salitre y su gusano, con su herida y su gloria, con su dolor y su redención, con su estar perdidos en ninguna parte, con su grave problema de haber muerto, con sus aposentos a perpetuidad o sus fosas comunes, con su nada: quiérannos un poquito y déjense querer ahora, mientras los de acá seguimos vivos, porque un día nos iremos también, y esto va a quedarse más solitario que una Presidencia.

Ustedes vienen subiendo del fondo de la tierra o bajando del cielo o transitando de un entorno muy sutil situado al lado de nosotros, o no vienen de ninguna parte porque no se han ido nunca y han permanecido aquí, con discreción de partículas elementales, mezclados en el aire, los tomates y el polvo de las casas. Se acercan a la ofrenda por los senderos de pétalos amarillos y van dejando atrás el aire de fetos ciegos y ensimismados con el que empezaron el viaje. Ya reencarnarán, en nuestro interior y a nuestro alrededor con todos sus gestos, sus atributos, sus mañas, sus malas palabras y su grandeza de antes. Ya casi están aquí.

Nazcan, nazcan, nazcan, nazcan.

(La Jornada, 2 de noviembre de 2004)