A mediados del siglo pasado,
cuando
vine a este mundo,
los bebés se morían de paludismo
o de
disentería.
Pero no me morí. Llegué a ser joven.
Varios de mis amigos de
juventud
fueron asesinados por algún gobierno.
Por lo visto,
no me fue deparada esa suerte.
Más bien seguí creciendo.
Tampoco me fue dado morir de una
sobredosis
como le ocurrió a uno que otro
ni dejé los pedazos
en un accidente de tránsito.
Alguna vez robé para comer
o
para comprarle flores a alguien
pero no he matado ni violado a
nadie.
Es cierto que a uno le rompí la
nariz
y que otro me la rompió a mí.
Me disculpo, si ha lugar, con el
primero
y no le guardo rencor al segundo
porque eso fue hace mucho tiempo.
Nací sin la glándula de la fe
y
no tuve buena suerte con las creencias
mas no por eso he orinado
en el altar de Cristo
o gritado blasfemias en la mezquita
o
untado un moco en el Muro de los Lamentos
aunque, por
supuesto,
hice muchas cosas que no habría debido hacer.
Tal vez a los 30 me habría
gustado
morir de amor. Pero eso no estaba en mi destino.
A fin de cuentas, tuve una hija.
Da la impresión que nos caemos
bien;
a veces consigo hacerla reír,
aunque por lo general me
sigue la corriente
y me dice mentiras piadosas.
Me hice de un oficio;
logré
conocer París y hasta Moscú y Estambul
y no me he partido la
madre en un avionazo.
Tengo jirones de familia sanguínea
por aquí y por allá,
me quieren y los quiero y todos lo
sabemos,
aunque no nos veamos casi nunca,
y también
tengo
mucha familia de adopción voluntaria
–mamás, papás,
hermanas y hermanos–
y entre todos nos mantenemos atornillados a
la cáscara del mundo.
Conozco a una mujer misteriosa.
Es
un poco niña desamparada y un poco maestra inflexible;
es grácil y torpe; seca y amorosa;
pertinaz y frágil,
cachonda y tímida.
Cuando no está en silencio suele
decir cosas muy agudas.
A veces, sus pensamientos se enredan
en su pelo ensortijado
y en ellos se enredan, a su vez,
una lechuga, un búho, un reloj
o una mariposa roja.
O sea que me sorprende casi siempre
y por esas sinrazones, o a pesar de
esas razones
y por otras que no quiero contar,
parece ser que me he enamorado.
Ella me exprime la ternura hasta la
última gota
y me tiene la mente ocupada con pensamientos
lascivos
16 horas de cada día.
Leí dos o tres cosas y sobre
esas
he ido construyendo un pequeño edificio
de lecturas
subsecuentes.
Desde la azotea miro el valle que me rodea.
A propósito de
construcciones,
tengo una casita en la que caben
cuatro o cinco
personas (ochocientas, máximo),
dos perros, siete pericos
australianos,
una colonia de búlgaros que me regaló Diana,
un
coche viejo y una computadora que algún día
rellenaré de tierra
para sembrarle geranios.
Por lo pronto, me he vuelto una
especie de médium
–aunque no crea en esas cosas–
por cuya
boca alguna gente dialoga consigo misma
(aunque eso no me exime de
ir a comprar verduras,
de pagar impuestos a regañadientes,
de
detenerme en los semáforos cuando están en rojo,
de ser común y
corriente).
Tal vocación me sigue siendo
extraña
pero me ha multiplicado las amistades.
Creo que la sangre recorre el
organismo
sin más propósito que producir cosas buenas
como un
orgasmo,
o cuando menos, interesantes,
como un poema,
o, ya de perdida, graciosas,
como
un chiste.
Y aunque parezca que me contradigo,
creo que hay que creer
y no ser
demasiado cínico.
Creo que la esperanza lo mueve a uno
pero que no es indispensable:
si se acaba se puede seguir haciendo
lo correcto
porque queda el sentido del deber.
También creo que uno no es nada sin
los otros,
sin los demás que ya se fueron,
sin los demás que
están ahora,
sin los demás que vendrán mañana,
sin los
otros de aquí al ladito y sin los otros de las antípodas
y que
se debe decir “gracias”
a la mayor parte de los humanos que
habitaron, habitan
y habitarán en el mundo.
No he terminado con esa tarea.
Será
tal vez por eso que he llegado a los 54
y sigo sin morirme.
Felicidades y gracias a ti por ser un medium necesario en un mundo falto de palabras limpias y mentes claras.
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