17.2.11

La bocona y el deslenguado


Barruntos de intervención; mejor dicho, augurios de intervención militar para complementar y afianzar la injerencia económica y política, ya cotidiana, que practica el gobierno de Estados Unidos en México, con la activa cooperación de las autoridades locales: “hay aspectos de esta guerra contra las drogas y cómo la combatimos muy similares al tipo de cosas que hemos visto en las guerras en que hemos estado”. Esas fueron las palabras del almirante Michael Mullen, jefe del Estado Mayor del Ejército de Estados Unidos, el pasado 12 de enero, en una conferencia de prensa con periodistas extranjeros en Washington, y en ellas quedó clara la intención del aparato militar del país vecino de aplicar en Ciudad Juárez, por ejemplo, o bien en Reynosa, las lecciones que obtuvo en Fallujah.

En octubre del año pasado, el director de Inteligencia Nacional, Dennis Blair, se reunió con el secretario mexicano de Defensa, general Guillermo Galván Galván, y le sugirió que tuviera en cuenta las enseñanzas que Estados Unidos extrajo de su ocupación de Irak en materia de inteligencia, despliegue de unidades y operaciones rápidas. El 8 de febrero, el subsecretario de Defensa Joseph Westphal evocó la posibilidad de que soldados estadunidenses cruzaran la frontera ante un eventual intento de los cárteles de la droga por hacerse con el poder en México. El funcionario fue forzado por sus superiores a desdecirse; sin embargo, un día después, la secretaria de Seguridad Interior, Janet Napolitano, en una audiencia legislativa, habló de una posible alianza entre la organización delictiva de Los Zetas y Al Qaeda, la agrupación fundamentalista que Washington tiene como su archienemigo. “Ahí lo dejo”, cortó la funcionaria, al denotar la improcedencia de abordar el tema en una sesión abierta.

La furibunda reacción de la clase política mexicana a esos dichos quedó bien resumido en los adjetivos que la senadora Rosario Green endilgó a Westphal y a Napolitano: “deslenguado” y “bocona”, respectivamente. La legisladora priísta (que fue la primera en ocupar la titularidad de la Secretaría de Relaciones Exteriores en la presidencia de Ernesto Zedillo, la más entreguista de cuantas forjó el PRI) se vistió de niña heroína: Si Washington intenta enviar tropas a México, dijo, se topará con 110 millones de mexicanos en la frontera que “a patadas los van a sacar de territorio nacional”.

Tal vez todo se deba a las excesivas medidas de la cavidad bucal de Napolitano o de un escaso control por parte de Westphal sobre su músculo lingual. Si así fuera, podría resultar excesivo e innecesario ir planificando la mudanza de toda la población nacional a la franja fronteriza para esperar allí a los marines. Tal vez se logre detenerlos, pero en lo inmediato no ha sido posible ni siquiera detener a los deslenguados y bocones funcionarios gringos, quienes siguen en lo suyo: James Clapper, máximo jefe de Inteligencia del gobierno de Obama, dijo que la descontrolada situación en México ya es considerada por Washington como su “prioridad uno” en materia de seguridad.

No hay forma de saber a ciencia cierta lo que pasará, pero sí de tener una idea de lo que ya ocurrió. Y es lo siguiente:

1.En 1835 un puñado de logreros, especuladores, esclavistas y convictos, infiltrados por Estados Unidos en Texas, se rebelaron contra el gobierno mexicano, protagonizaron una guerra de secesión y, al año siguiente, proclamaron la independencia del estado, el cual fue anexado al país vecino en 1845.

2. En ese año, Texas reclamó la posesión de la franja comprendida entre los ríos Bravo y Nueces. La correspondiente negativa mexicana desembocó en la guerra que derivó en la ocupación del territorio nacional y en la rendición pactada el año siguiente, en el tratado de Guadalupe-Hidalgo, que obligó a los vencidos a ceder los actuales territorios de California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México y Colorado, más parte de Wyoming, Kansas y Oklahoma.

3. En diciembre de 1911, el embajador estadunidense en México, Henry Lane Wilson, se presentó en la residencia de Rafael Hernández, secretario de Gobernación, y le dijo: “Señor, mucho le agradecería su valiosa intervención ante la Presidencia de la República para que se me asigne la cantidad de 50 mil pesos al año, porque mi sueldo de embajador no me produce lo suficiente para sostenerme con el boato que es necesario gastar en mi posición. El señor presidente don Porfirio Díaz me asignaba un subsidio mensual decoroso, e igual cosa espero del señor presidente Madero”. Éste se negó a otorgar aquel subsidio a un representante de un gobierno extranjero y hubo de explicarle a Hernández que un acto semejante sería “una traición a la patria”.

Esa negativa se sumó a otros descontentos estadunidenses por las restricciones impuestas a las inversiones extranjeras y por las reivindicaciones obreras ante empresarios procedentes del país vecino. La legación diplomática detonó una campaña de desinformación que hablaba de la “falta de seguridad” y la “discriminación” que sufrían los estadunidenses radicados en México. Wilson incluso sugirió al presidente William Howard la pertinencia de emprender una nueva intervención armada para derrocar a Madero. No fue necesario: bastó con la conspiración antimaderista orquestada en la legación diplomática estadunidense y en la que participaron los generales Manuel Mondragón, Gregorio Ruiz, Bernardo Reyes, Félix Díaz y Victoriano Huerta.

Más tarde, con Madero detenido y a punto de ser asesinado, representantes de Cuba, Chile y Japón acudieron ante el embajador Wilson para que ejerciera su influencia con los sublevados e impidiera el crimen. El funcionario les respondió que él, como diplomático, no podía intervenir en los asuntos internos de México.

4. El 9 de abril de 1914, en Tampico, nueve marinos estadounidenses, armados, desembarcaron en un bote con la bandera estadounidense. La guarnición federal los detuvo, pues contravenían la prohibición de la Comandancia Militar de navegar por esa zona. Los extranjeros declararon que sólo querían conseguir gasolina. Las autoridades locales pusieron en libertad a los detenidos pero la Marina estadunidense exigió que, además, como gesto de desagravio, y en un plazo perentorio de 24 horas, los funcionarios mexicanos rindieran honores a la bandera de Estados Unidos y la izaran en el puerto con 21 cañonazos. El comandante de las fuerzas federales de Tampico ofreció disculpas por escrito pero se negó a saludar la bandera estadounidense. En venganza, Washington envió a Veracruz una flota compuesta por los acorazados Florida, Utah, Texas, Dakota, Montana, Indianapolis, New York y Rochester, el cañonero Prairie, así como dos divisiones de torpederos y otros 17 navíos.

Como la autoridad nacional se negara a entregar la aduana a las fuerzas extranjeras, éstas lanzaron, el mediodía del 21 de abril, un intenso bombardeo sobre el puerto. En los días siguientes, los cadetes de la escuela naval, los soldados del 19 Batallón del Ejército (los famosos “Rayados”), la población civil y hasta los convictos de la prisión de Veracruz, resistieron con heroísmo el embate de la marina gringa, la cual no pudo controlar el puerto sino hasta el día 24.

5. El 9 de marzo de 1916 el general Francisco Villa, exasperado por la injerencia de Washington a favor de Carranza y de Obregón, y en busca de un traficante estadunidense de armas que lo había estafado, atacó la guarnición militar de Columbus, Nuevo México. La incursión dejó un saldo de 16 muertos estadunidenses (ocho militares y otros tantos civiles) y 75 mexicanos. Siete de los atacantes fueron hechos prisioneros. En respuesta, el gobierno de Woodrow Wilson envió a cuatro mil 800 soldados, bajo las órdenes del general John Pershing, en una expedición punitiva contra territorio mexicano. En los meses siguientes, otros siete mil efectivos fueron agregados a la fuerza ocupante, la cual empleó, por primera vez en la historia, vehículos mecanizados (aviones, camiones y motocicletas) y fuerza aérea (aviones y dirigibles) en su esfuerzo estéril por atrapar al guerrillero duranguense. En aquella alocada aventura, los invasores terminaron combatiendo contra las fuerzas constitucionalistas y fueron derrotadas por éstas en El Carrizal, al sur de Ciudad Juárez.

En cuanto a los 33 villistas que fueron capturados en Columbus, fueron internados en la cárcel de Deming, Nuevo México, en donde se les privó de alimentos por más de tres semanas. Cuatro de ellos murieron de inanición.

* * *

Hay más, por supuesto, a todo lo largo del siglo XX, y los precedentes históricos muestran sin equívoco posible que Estados Unidos ha sido, durante la vida de México como república independiente, la principal amenaza a su seguridad nacional, a su integridad territorial y a su soberanía. Tal vez, después de todo, los dichos actuales de los burócratas estadunidenses sean algo más que expresiones de boconas y deslenguados.

Algo hay que conceder a los gobernantes gringos: de Salinas a Calderón, han resultado brillantes en eso de seleccionar a sus aliados locales.


15.2.11

De nosotros depende

Altos funcionarios del gobierno de Obama hablan sin tapujos de tropas de su país en territorio del nuestro como una posibilidad real y hasta cercana; los bancos extranjeros siguen extrayendo, día a día, las millonadas, y el Ejército es movilizado para defender a una transnacional contaminante y, de paso, para allanar la autonomía municipal de Ensenada.

Pero la batalla principal por la defensa de la patria está en otra parte: debe vengarse a toda costa y a cualquier precio la ofensa contra el honor patrio proferida por unos comentaristas idiotas de la BBC que nos describen como sucios y huevones. Ahí va el embajador Medina Mora –él, que tanto hizo por poner la procuración de justicia nacional al servicio de Washington– en su advocación de general Zaragoza, a revestir las armas nacionales con la gloria de una disculpa pública por los comentarios racistas en el programa Top Gear. Y qué decir de los partidazos que se reparten las migajas de la momia del nacionalismo revolucionario, compitiendo entre ellos por ver cuál resulta más inescrupuloso a la hora de preservar la soberanía, la cual no es, en primera instancia, una definición del Estado ante el exterior sino el ejercicio del poder por el pueblo (por más que esa palabra resulte altisonante a los oídos educados en Harvard o el ITAM). Hágannos el favor: meter bajo la alfombra las cifras de la pobreza para que los electores no cobren plena conciencia del estrepitoso fracaso de sus representantes en general.

Y para seguir con expresiones incómodas, salta a la vista esa de “traición a la patria”. Su desventaja principal no es la grandilocuencia, sino que a) requiere, para ser empleada, que alguien se autoproclame “la patria” y se diga traicionado(a), lo cual suele dar pie a toda clase de excesos fascistas y, b) necesita de un sujeto ejecutante, revestido de autoridad formal y de poder real, que en este caso brilla por su ausencia: el funcionariato, la clase política, las judicaturas y las corporaciones legislativas recuerdan, en su configuración actual, a lo que era la vida política nacional en los tiempos en los que el país fue despojado de medio territorio. Con la desventaja, ahora, de que no hay a la vista ningún Santa Anna que sera capaz, cuando menos, de gestionar la derrota. Lo que hay es un manojo de funcionarios deseosos de organizar el acto de entrega-recepción de lo que perciben como un mueble viejo y estorboso: el Estado mexicano. Cada día hay menos Estado, más consejos de la Embajada y más monopolio privado, ya sea en la forma de cártel o de persona “moral” S.A de C.V. Tal es la fórmula de la descomposición institucional.

El proyecto de los Salinas, Fox, Calderones, y Peñas (la enumeración es meramente ilustrativa) desemboca, como ya se ha visto, en una mezcla de mall y de Fallujah. Si la sociedad profunda no consigue irrumpir de manera rotunda, masiva y pacífica en el cascarón de la institucionalidad formal, nos quedaremos sin país, o el país tendrá que prescindir de sí mismo para la reconversión en curso. El evitarla o no está en nuestras manos.

10.2.11

Intervención y entrega


Nadie resiste el llamado: gobernantes y opositores, funcionarios y empresarios, jefes de policía y cabezas de ONG, periodistas y encuestadores, todos por igual, acuden ante diplomáticos de Estados Unidos para contarles lo que deseen saber sobre los asuntos de México. La embajada y los consulados de Washington son confesionario, diván, ventanilla de gestiones y paño de lágrimas, para la clase política y para los notables. En no pocas ocasiones, políticos y altos funcionarios comunican a los diplomáticos estadunidenses cosas que no se atreverían a sostener en público; les adelantan, además, intenciones legislativas, les consultan esbozos de programas oficiales o les exponen situaciones de las que la sociedad mexicana no tiene conocimiento. Los representantes de Estados Unidos acreditados en México son, en conjunto, el más importante interlocutor en la vida institucional de este país. Posiblemente no sea una revelación, pero resulta, en todo caso, una confirmación de lo que siempre se ha sospechado y dicho, y que ahora se documenta en un paquete de dos mil 995 cables informativos, redactados por diplomáticos estadunidenses de diverso rango. y que fueron enviados al Departamento de Estado desde México o desde terceros países.

Este material informativo fue proporcionado a La Jornada por Sunshine Press Productions, que preside Julian Assange, portavoz y fundador de WikiLeaks, y abarca cables fechados desde 1989 hasta 2010. 24 de ellos están clasificados como “secretos”; 461 se consideran “confidenciales”; 870 son “clasificados” y mil 588 han sido “desclasificados”. Es razonable suponer que se trata de un segmento de algo más amplio; así lo deja ver la disparidad numérica por años de emisión (un solo cable de 1989, 38 de 2005 y mil 206 de 2009, por ejemplo) y las referencias a documentos que no están en el conjunto. El material recibido consiste, en su gran mayoría, de reportes sobre pláticas con personalidades políticas, administrativas, mediáticas, policiales y militares, informes de reuniones, análisis regionales o temáticos de distinto calado y extensión, apuntes sobre pequeñas gestiones o bien simples reseñas insípidas de los medios nacionales. Lo que los documentos sí revelan, en forma aislada o leídos en conjunto, es lo siguiente:

Clase política de informantes

Existe una casi absoluta disposición de políticos, legisladores y funcionarios mexicanos a informar extensamente a los diplomáticos del gobierno estadunidense, así como una generalizada obsecuencia para con sus interlocutores de esa nacionalidad; resulta un tanto sorprendente que ninguno de los cables consigne, por parte de los informantes mexicanos, una sola crítica hacia Estados Unidos, prácticamente ningún reclamo y ni una sola expresión de hostilidad. En varios casos, los connacionales citados comparten con sus interlocutores extranjeros la preocupación por eventuales reacciones adversas de la opinión pública local hacia el gobierno del país vecino, y se esfuerzan por presentarse como socios confiables. En ocasiones, y con tono de disculpa, advierten de antemano a sus entrevistadores que tendrán que formular, en público, alguna divergencia con respecto a Washington, a fin de no parecer demasiado proestadunidenses ante la sociedad.

En no pocos de los cables se consigna la sorpresa de los autores por la inesperada expresividad y el espíritu de colaboración de sus entrevistados, quienes, por lo general responden a cuanta pregunta se les haga, pero no formulan ninguna. La masa de documentos proporcionados a este diario por Sunshine Press Productions no incluye comunicaciones relativas al espionaje propiamente dicho, pero queda claro que la locuacidad de políticos, funcionarios y comunicadores mexicanos casi podría ahorrarle el trabajo a los espías procedentes de la otra orilla del Río Bravo.

De la lectura del material se desprende que en México, por lo que toca a la clase política, el tan citado sentimiento antiestadunidense es un mito urbano. Hace medio siglo, las izquierdas, el centro y hasta las derechas convergían en una animadversión variopinta hacia Estados Unidos que se originaba, respectivamente, en el antimperialismo, en el nacionalismo revolucionario y en el rechazo católico y castizo al protestantismo anglosajón. Bajo esas expresiones ideológicas subyacía una constante incuestionable de la realidad: a lo largo de la historia de México como nación independiente, las más graves y abundantes amenazas a su seguridad, integridad y soberanía, han provenido del vecino del norte.

A lo que puede verse, la era del Tratado de Libre Comercio ha producido en México una casta dominante que, o bien se quedó sin memoria histórica, o bien perdió el sentido de pertenencia a su propio país. Los entrevistados hablan mal unos de otros; los funcionarios estatales y municipales acuden directamente a los representantes de Washington para pedir ayuda ante la inseguridad y el acoso de la delincuencia, y se brincan olímpicamente a la Federación; los empleados federales se quejan de los estatales y municipales; en el curso de los contactos, cada cual vela por sus propios intereses –nadie invoca la defensa o la promoción del interés nacional– y la vista de conjunto podría describirse con la expresión “cada quien para su santo”.

El proconsulado, al desnudo

En contraste, los representantes diplomáticos estadunidenses operan, casi invariablemente, con un sentido de Estado y con una cohesión que sólo se rompe en lo estilístico. Una expresión recurrente: “en beneficio de nuestros intereses”. Más allá de eso, el material informativo pone de manifiesto la insaciable curiosidad de los personeros de Washington, su avidez –casi podría decirse: su morbo– por conocer a detalle los asuntos mexicanos, y su obsesión por armar visiones de conjunto de los temas de nuestro país. Paradójicamente, el rigor empeñado en la recopilación de información no necesariamente se traduce en agudeza de entendimiento: con frecuencia, los diplomáticos dejan de ver el bosque por observar los árboles. Dan por sentado que los fenómenos delictivos se corregirán mediante acciones meramente policiales y militares; se empeñan en hurgar en el desempeño en materia de derechos humanos de miles de policías, militares y funcionarios, aunque olvidan averiguar sus antecedentes penales; en primera intención, suelen observar a sus interlocutores con distancia y escepticismo, pero acaban por creer lo que éstos les platican y, con una inocencia casi conmovedora, informan a Washington que los problemas están en vías de solución gracias al programa fulano, que hay voluntad política para enfrentar los obstáculos y terminan, de esa forma, por convertirse en creyentes casi únicos de un credo dudoso: el discurso oficial.

Otra inconsecuencia notable es el prurito de los diplomáticos del norte por mostrarse “neutrales” en materia de política partidista mientras que, al mismo tiempo, exhiben una insistencia monolítica en promover, en lo económico, las “reformas” que preconiza la doctrina neoliberal. De los documentos se infiere que sus redactores realmente creen que el “Consenso de Washington” es consenso, y no alcanzan a ver que las tomas de posición a favor o en contra del neoliberalismo se traducen en programas partidistas; en consecuencia, ellos, los diplomáticos, se convierten en instrumentos de una flagrante intervención de su gobierno en asuntos políticos de México.

A la embajada de Estados Unidos en México, es decir, a la representación del Departamento de Estado, no parece importarle que el poder público se tiña de azul, de tricolor o de amarillo, siempre y cuando la autoridad resultante se conduzca con apego a las tendencias privatizadoras, desreguladoras y depredadoras vigentes en forma declarada desde 1988. En ese punto, la injerencia es descarnada y abierta, y los funcionarios estadunidenses actúan como procónsules y, en no pocas situaciones, como gestores de los intereses empresariales de su país en un territorio intervenido desde hace lustros, no mediante el despliegue de fuerzas militares, sino por medio de la firma del Tratado de Libre Comercio.

En los días que corren, la intervención extranjera resulta particularmente inocultable en materia de seguridad y de combate a la delincuencia y al tráfico de drogas. En este terreno, los estadunidenses no se cuidan de guardar las formas y se revelan, una y otra vez, como los verdaderos conductores de la “guerra” contra la criminalidad organizada. Esa “guerra” es el más reciente conducto para la injerencia y el creciente control de Estados Unidos sobre México. Muy anterior a ella es el sometimiento voluntario a Washington por parte de políticos representantes populares, funcionarios, mandos policiales y castrenses así como de algunos comentaristas y directivos de medios.

Eso se ha dicho muchas veces y en muchos tonos. La supeditación es brutalmente confirmada por los escenarios delirantes que esbozan gente como el subsecretario de Defensa de Estados Unidos, Jospeh W. Westphal, y la secretaria de Seguridad Interior, Janet Napolitano: tropas estadunidenses combatiendo contra sublevaciones narcas en territorio mexicano. Pero no ha sido necesario llegar a eso para consumar la intervención. Los casi tres mil cables diplomáticos que Sunshine Press Productions facilitó a La Jornada permiten corroborarlo.

3.2.11

Volar es un infierno

Izquierda: diagrama de asientos en un Boeing 747 de
Nortwest Airlines (2008); derecha: distribución
de la mercancía en un buque inglés de transporte
de esclavos (principios del Siglo XIX). En su momento,
ambas formas de transporte han sido legales.
(Clic en la imagen para agrandar)

En el curso de una década, viajar en avión se ha convertido en un infierno. Si hace ya treinta años que las industrias aeronáuticas se olvidaron de la comodidad y la velocidad como guías de su desarrollo y prefirieron, en cambio, la rentabilidad, hace casi diez, a raíz de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington, cualquier ser humano que abordara un avión empezó a ser considerado un presunto culpable de pertenencia a Al Qaeda. Y si hace tiempo que las aerolíneas ven a los pasajeros como reses a las que es necesario transportar (¡qué fastidio!) de una ciudad a otra, de un país a otro, de un continente a otro, de las Torres Gemelas para acá los gobiernos los consideran, además, animales peligrosos.

Por su parte, los aeropuertos, crecientemente privatizados en todas y cada una de sus partes –la terminal aérea es administrada por una empresa que, a su vez, subcontrata servicios de seguridad y de limpieza, y no es remoto que estos últimos recurran al reclutamiento de personal por medio de firmas de outsourcing– tienen a los viajeros como aves susceptibles de ser desplumadas y remodelan sus instalaciones para que las víctimas caminen mucho y vayan dejando, en el trayecto, un reguero de divisas.

De los viejos DC-3 (Caravelle (89 pasajeros), Tu-104 (50 pasajeros) y DC-9 (80 pasajeros) de los años 60 del siglo pasado se pasó al Jumbo, que dominó los aires en las décadas siguientes, y en el que caben 400 almas, al fatídico DC-10 (380) y a la monstruosidad del Airbus A380, capaz de amontonar en sus dos pisos corridos un máximo de 853 humanos.

Diga lo que diga la publicidad, semejante incremento de capacidad de carga no se ha traducido, salvo por lo que se refiere a los segmentos de primera clase, en un aumento de la comodidad, sino al revés. Por lo demás, el pleito por el mercado y las corruptelas gerenciales en muchas aerolíneas han hecho su parte para reducir las raciones de comida al nivel de un paquete de galletas rancias y un trago de emulación química de jugo, escanciado con jeta por una sobrecargo a la que sus patrones explotan más de la cuenta. Quitar una pulgada de espacio entre asiento y asiento se traduce en una fila adicional de ellos, que son cinco o más boletos vendibles por vuelo. Y cuando se trata de pasar 12 o 16 horas atrapado en un espacio de 80 centímetros cúbicos, a la mitad del vuelo ya estás dispuesto a confesar que mataste a Kennedy.

Para eso hay que contar, claro, con que el avión despegue. Hace un par de semanas supe de un vuelo de Aeroméxico con origen en Denver, Colorado, y con destino a la Ciudad de México, que no salió. El personal de la aerolínea desapareció de los mostradores y una buena parte de los pasajeros se vio obligada a comprar, de su bolsillo, boletos en una corrida de American Airlines que hacía escala en Fort Worth. Lograron llegar a ese punto, y allí se quedaron a pasar la noche: la segunda parte del vuelo fue cancelada porque la tripulación que debía llevar la carcacha de Dallas a México estaba atrapada –eso dijeron las amables empleadas de la compañía– por una nevada en el aeropuerto de Kansas City. De esa forma, American esgrimía razones climáticas para desentenderse del alojamiento de los viajeros varados, quienes se vieron en la disyuntiva de sufragar sus gastos de hotel o dormir en una sala de espera. Hasta hace una década, un infortunio como ese sólo podía explicarse por una huelga o por un mal clima excepcional, pero no por una cadena de arbitrariedades.

La manifiesta mala fe con que los chicos de Osama abordaron aquellos vuelos infaustos de American y de United, y la paranoia autoritaria del segundo Bush, crearon la sopa ideal para liquidar los derechos y la dignidad de los pasajeros aéreos. En lo sucesivo, éstos habrían de sumarse, en condición de integrantes light, a la larga lista de quienes han pagado las consecuencias de los ataques contra el World Trade Center y el Pentágono, una nómina que empieza por los miles y miles de inocentes a los que el gobierno de Estados Unidos ha asesinado en Irak, Afganistán y otros países, los torturados y desaparecidos en el hervor de la estúpida “guerra contra el terrorismo” y los secuestrados que aún se pudren en las jaulas de Guantánamo.

Ante semejantes circunstancias, podrían parecer poca cosa los crecientes atropellos contra turistas, migrantes y trabajadores que hacen uso del transporte aéreo, de no ser porque en ellos se encarna y expresa, en forma visible y cotidiana, el avance del autoritarismo y el retroceso de la libertad. Se empezó por pasar bajo los rayos x el equipaje de mano; se siguió por los interrogatorios –anticonstitucionales, en buena parte de las naciones en que se aplican– sobre propósito del viaje, destino final y datos personales que no tienen por qué importarle un carajo al agente de seguridad con guantes quirúrgicos ni al prepotente empleado de Migración ni a la señora de Aduanas; no deja de resultar asombroso que ahora la inmensa mayoría de los viajeros acepte, sin rechistar, el tránsito por máquinas equivalentes a un tomógrafo, el despojo regular de prendas y objetos de uso personal, el examen inquisitorial de los calzones en la maleta y, en casos extremos, revisiones corporales que evocan un Papanicolau reglamentario.

Digan lo que digan los sepulcros blanqueados que despachan en las oficinas gubernamentales, la creciente liberalización y desregulación de las mercancías impulsa por igual el tránsito de automóviles que de armas de fuego, de televisores que de drogas ilícitas; en contraste, las paranoias antiterroristas, las obsesiones antimigratorias y la hipocresía antinarca han convertido al conjunto de usuarios de aeropuertos y de líneas aéreas en un hato atemorizado, sumiso y dispuesto a pasar por atracos, humillaciones y horcas caudinas, con tal de llegar a su destino.

Lo más triste del caso es que, para llegar al altar sacrificial de un aeropuerto, la gente común y corriente, como tú y yo, debe desembolsar una cantidad de esas que se piensan dos veces: pagamos los honorarios de nuestros verdugos, hacemos horas de fila para que un tipo insolente se sienta con derecho de vetarnos para el abordaje y renunciamos, de antemano, a cualquier reclamación. Tal vez nos hemos creído el cuento de que “es por su propia seguridad”, o pensamos en el ser objeto de maltrato como fundamento de prestigio, o será, simplemente, que somos más tontos de lo que suponemos. Y no se nos ha ocurrido organizarnos para emprender una protesta multitudinaria y mundial contra la prepotencia gubernamental, los abusos de las aerolíneas y el mercantilismo de los servicios aeroportuarios, y acordar una fecha para dejar vacías las terminales aéreas.

1.2.11

Guerra por las drogas


“Estamos progresando” y “ya se están viendo resultados reales”, dijo Hillary Clinton acerca de la estrategia de su gobierno en materia de presunta seguridad y supuesto combate a las drogas, estrategia aplicada en México por Felipe Calderón. ¿O de qué otra manera puede entenderse la conjugación en primera persona del plural del verbo que precede al gerundio de progresar? El arrebato conjunto fue subrayado ayer por la secretaria de Seguridad Nacional, Janet Napolitano, quien advirtió, también en la primera persona del plural, que Washington y sus cada vez menos desembozados representantes en México “seguiremos trabajando para desmantelar y derrotar” a los cárteles de la droga.

Qué bien. Tal vez en unas décadas México deje de ser ese territorio de barbarie, combates, decapitaciones, descuartizamientos y levantones, y se convierta en algo semejante a Estados Unidos, es decir, en en un país en el que el narcotráfico funciona de manera civilizada: la droga entra sin aspavientos por las fronteras, llega a los consumidores sin atrasos ni desabastos, deriva cientos de miles de millones de dólares a los circuitos financieros honorables de Wall Street y casi no causa más muertes que las de los usuarios entusiastas que se atascan más de la cuenta.

La ciudadanía mexicana, en proporción creciente, percibe el problema de manera distinta. Intuye que un hilo de sangre vincula las palabras de esas funcionarias extranjeras con muertes como la de Karina Ivette Ibarra Soria, baleada sin justificación por policías federales el sábado pasado en Ciudad Juárez, o con los 18 mil levantones registrados en los cuatro años horribles de Calderón en Los Pinos, o con las treinta mil muertes violentas del periodo, y que la injerencia gringa, cada vez menos disimulada, apunta precisamente a eso: a propiciar nuestra destrucción como sociedad articulada para construir en este sufrido territorio un mercado –de drogas, de comida chatarra o de pantallas planas: al neoliberalismo le da igual– tan armonioso y apacible como ese mercado estadunidense de las drogas ilícitas.

Así vistas las cosas, esta porquería sangrienta en la que nos han metido Calderón y sus mentores del norte no sería una guerra contra las drogas sino una guerra por las drogas: una negociación a balazos y granadazos para regular un mercado que, como puede apreciarse en Estados Unidos, no desaparece, sino que se regula por una mano que sólo resulta invisible para quienes se empeñan en no ver.

Esos arguyen que no es momento de criticar a las autoridades mexicanas; qué barbaridad, tan heroicas ellas, que, desde sus búnkers y arropadas por cuerpos blindados, exigen a la inerme mayoría de la población que se solidarice con esta causa noble y denuncie a los malosos. Uno que otro propagandista oficial con aprestos de ideólogo gasta incluso valiosísimos recursos neuronales en explicarnos el método adecuado para esclarecer quiénes son los auténticos “hijos de puta” en este conflicto, y quiénes, los patriotas que se sacrifican para devolvernos la seguridad perdida.

Por desgracia, los insultos no son categorías muy eficaces que digamos para deslindar responsabilidades. Qué pena tener que ir a lo axiomático: la delincuencia delinque, no se hace cargo de la aplicación de las leyes. El Ejecutivo federal, en cambio, tiene a su cargo la preservación de la paz pública, el ejercicio de la soberanía en el territorio nacional, así como la vigencia del derecho a la vida y a la integridad de los habitantes. Y la mafia política, empresarial y mediática, no puso en el cargo a uno de los capos contra los que supuestamente se lleva a cabo esta guerra, sino a un grupo de funcionarios que ha fallado sistemáticamente en cumplir con los deberes mencionados. Es por esas razones que la consigna “basta de sangre” se dirige, ante todo, al calderonato.

Pero ese régimen se ha hecho merecedor a múltiples estrellitas en la frente de las que otorgan hadas madrinas como Hillary y Janet, quienes no moderan su entusiasmo ni siquiera por pudor ante la multiplicación de muertes como la de Karina Ivette. Incluso da la impresión de que la guerra por las drogas no es un invento de Calderón, sino un programa de Washington. Hay que ir pensando en incluir al gobierno del país vecino entre los destinatarios de la exigencia: no más sangre.

30.1.11

Las enseñanzas
de Túnez y Egipto


Guillermo Almeyra

Para quienes habían ya desterrado de la historia contemporánea las revoluciones, lo que está sucediendo en Túnez y Egipto, con grandes repercusiones en Yemen, Jordania, Argelia (y mañana quizás en Siria y Palestina), asume más que la forma de una Intifada y forma parte de una revolución democrática y social. Las nuevas generaciones de jóvenes educados pero sin trabajo ni posibilidad de tenerlo son mayoritariamente laicas y modernas porque las viejas generaciones campesinas, influenciadas por los clanes y por la religión, son minoritarias, están quebradas o fatigadas, como en Argelia o Túnez por la represión o, como la Hermandad Musulmana, dependiente de

El motor de la revolución es el odio a los privilegios, a la violencia y la arbitrariedad policiales de los gobiernos corrompidos, ladrones y agentes del imperialismo y es la protesta contra las consecuencias de la crisis capitalista. Por eso este proceso es el de una revolución democrática nacional antiimperialista con dinámica anticapitalista moderna, muy parecida a la que llevó al partido comunista chino al poder en el curso de la lucha contra la dictadura de los capitalistas nacionales y contra el colonialismo salvaje del imperialismo japonés y de los viejos imperialismos inglés y francés. El mundo de los trabajadores árabes, que se había asomado a la lucha de liberación nacional con el nacionalismo árabe de fines de los 1950-60, liberado Argelia, Túnez, Siria y Líbano, Egipto y Yemen y conducido a la efímera constitución de la República Árabe Unida (Egipto-Siria-Yemen) reaparece como protagonista y se presenta ahora nuevamente en primera fila de la lucha mundial al mismo tiempo que busca seleccionar su dirección.

Como una erupción volcánica, caótica, con muchas bocas, encontrará su cauce. Pero por el momento no tiene cuadros ni direcciones que correspondan al heroísmo y la creatividad de los trabajadores, los cuales han formado comités, milicias mal armadas y buscan dividir al ejército y a la policía. Los intelectuales exiliados no son, en su inmensa mayoría, revolucionarios. Pocos de los presos políticos liberados en Túnez lo son. El imperialismo busca aprovechar esta ventaja momentánea e intenta poner en primer plano, como antifuegos, tendencias liberal burguesas o, peor aún, a los menos odiados del antiguo régimen, para lograr elecciones fraguadas que le permitan seguir dominando mediante gobiernos nativos. Teme al mismo tiempo la represión abierta porque sabe que la misma agravará las movilizaciones y romperá los ejércitos, en cuya base muchos soldados, suboficiales y hasta oficiales son nacionalistas o islamistas antiimperialistas y tienen contacto estrecho, en los barrios populares, con los jóvenes rebeldes y comienzan a fraternizar con ellos, lo cual podría llevar próximamente a formar comités de civiles y soldados.

Además, los europeos no quieren una nueva guerra de Argelia en sus puertas, que saben perdida de antemano, ni poner en peligro el abastecimiento petrolero argelino o libio ni el tránsito por el canal de Suez, los estadounidenses por su parte no pueden permitirse un nuevo Irak y un nuevo Afganistán ni, con sus socios, si cae Mubarak y toma el poder un ala militar nasserista, una nueva e inevitable guerra árabo-israelí justo cuando están planeando un ataque contra Irán. Mubarak, en efecto, es aliado fiel de Israel y de Estados Unidos, como la dirección de la Administración Nacional Palestina. Porque la revolución democrática en el mundo árabe impulsaría la unificación de los diversos procesos locales, hoy fragmentados pero fuertemente interrelacionados e interinfluenciados y podría provocar un profundo cambio moral en el mundo árabe en sorda rebelión desde hace años y en la relación de fuerzas entre los trabajadores y sus gobiernos y entre ambos y esa punta de lanza del imperialismo que es Israel.

Para el imperialismo es imposible un hipotético aunque necesario Plan Marshall para el Maghreb y el Machrek justo en el momento en que está en una profunda crisis de sistema en Estados Unidos y Europa y también le es imposible una intervención militar. Una “operación quirúrgica” israelí (una invasión a Egipto, por ejemplo, militarmente factible) sería por su parte aventurera porque podría provocar la creación de gobiernos militares nacionalistas en los países árabes y profundizar la revolución en curso.

La clave de la situación está en la coordinación de los comités espontáneos y las milicias y grupos de autodefensa y en la organización de poderes populares locales que trabajen en la perspectiva de una Asamblea Constituyente para dar forma y contenido a una República Árabe Unida, laica y democrática, que funcione sobre bases federales y planifique en común los recursos del norte de Africa, Palestina, Siria y Jordania, exigiendo el fin de la ocupación de4 Irak y su democratización y la retirada de las tropas de Israel a las fronteras de 1967.

Los trabajadores de todos los países del mundo y sus sindicatos deben apoyar a los rebeldes árabes y advertir solemnemente a Estados Un idos y a Israel contra todo intento de aventura. La revolución árabe en curso despertará movilizaciones en Europa, en el mundo musulmán, en América Latina e tendrá influencia en China misma. El silencio vergonzoso de la prensa cubana cínica y burocratizada ante la revolución egipcia que está por derribar a una pieza clave del imperialismo –la dictadura desde hace 30 años de Hosni Mubarak- debe ser repudiado porque quienes luchan contra el dictador son los mismos que luchan contra el imperialismo y que defenderán a Cuba.

27.1.11

En exhibición


El deseo de llamar la atención parece ser un asunto natural. “Hazme caso”, expresan las mascotas, de diversas maneras, cuando se sienten un tanto relegadas por el amo: gimen, maúllan, ladran, trinan, brincotean por ahí, se frotan en las piernas de una persona, se cagan en la sala. Los humanos solemos llevar ese impulso a límites sorprendentes: no sólo queremos acaparar la atención de familiares, parejas, amigos, vecinos y compañeros de trabajo, sino que aspiramos a que los habitantes del siglo XXIII tengan noticia de nosotros. Tengo para mí que esa necesidad es fundamento de trayectoria para grandes artistas, estadistas afamados, gloriosos contorsionistas y redomados asesinos. La actitud del faraón Keops, quien para dotarse de un estuche mortuorio le ordena al arquitecto Hemiunu que construya la Pirámide de Guiza, no es muy distinta a la del chaval que maltrata la corteza de un árbol con una navaja y consigna: “aquí estuvo Paco”; la diferencia entre uno y otro sólo es de escala.

Algunos encontrarán que las miradas ajenas son demasiado intimidantes y realizarán sus proezas fuera de la vista del respetable; se encerrarán en un sótano y desde allí bombardearán al mundo con una serie de trabajos brillantísimos que les aseguren un futuro Premio Nobel; otros dejarán la huella de su paso por este mundo convenientemente escondida para que un biznieto remoto se tope con ella y descubra la grandeza hasta entonces ignota de su ancestro. Ya se sabe: la humildad es una modalidad extremadamente refinada de la arrogancia.

Pero hay otros que disfrutan de poner ante la vista pública partes pudendas o funciones que, por modales (es decir: por moda), debieran permanecer al margen de ella, como la muerte, el sexo y otras aun más bochornosas. O no es propiamente que disfruten, sino que consideran necesario impactar a la gente y obligarla a voltear a situaciones que, de manera legítima o no, están fuera del interés público. Es el caso de los que se empapan en gasolina y se prenden fuego en una esquina concurrida, los que se desnudan, se untan un líquido rojo y se tiran en la calle simulando ser reses muertas, y cosas así.

El exhibicionismo puede ser un convenio entre quien mira y quien es mirado: aderezo legítimo para las rutinas eróticas en la intimidad de dos, tres o unos cuantos más; acto de agresión, cuando el clásico tipo de gabardina muestra su erección a unas niñas que van pasando; a veces es un sacrificio impuesto, como cuando una víctima de explotación sexual es obligada a desnudarse ante los belfos babeantes de unos parroquianos borrachos o, peor aun, a morir a cámara, como ocurriría en las películas snuff, si es que esa clase de producciones no fueran una mera leyenda urbana generada por el cine comercial común y corriente, en el cual los asesinados, una vez filmada la escena de su muerte, se lavan la tinta roja, se cambian de ropa y se van a cenar a su casa.

Una de las exhibiciones que no dañan a nadie es el dogging, que se ha popularizado en Inglaterra de unos años a la fecha. Vamos a las fuentes en busca de una definición:

“El dogging, o como se conoce en España, “cancaneo”, consiste en sexo al aire libre, tanto en coches, como en bosques pero siempre en lugares apartados, donde los asistentes, pueden mirar o bien participar según los gustos de los participantes. El número de asistentes a estas “reuniones” suele ser elevado, rozando la orgía. El éxito de ésta práctica radica en que los asistentes no se conocen, sino que han quedado por Internet en un lugar concreto de su ciudad o pueblo, para llevarla a cabo. Este contacto previo se hace a través de foros, exclusivamente dedicados al efecto y con total seriedad.” Eso dice la página Dogging Spain, que agrupa a unos 55 mil doggadictos repartidos por toda la piel del toro.

Nada que ver, esas exposiciones consentidas, con la práctica medieval de introducir testigos a la cámara nupcial, en la noche de bodas, para certificar la pérdida de virginidad de la esposa. Aquello debe haber sido una mortificación para todos los participantes; quienes practican el dogging, en cambio, lo hacen por divertirse.

En 2007, la bloguera española Lubna Horizontal publicó, además de un “Manifiesto pornoterrorista”, una propuesta de masturbación colectiva en público:

“Una masturbación colectiva en las calles, una masturbación de verdad, para l@s que se sepan correr de pie y para l@s que necesiten una esterilla y esparramarse en el suelo, para l@s que tarden en correrse, para l@s que necesiten ayuditas mecánicas, para l@s multiorgásmic@s... para tod@s aquell@s que quieran escandalizar o quieran ser escandalizad@s. No es una propuesta para quienes fingen un orgasmo cuando alguien les pide que se masturben. Quiero trasladar vuestros espacios íntimos masturbatorios a la vía pública y que os corráis como cerd@s en un bonito entorno cívico.”
En meses recientes ha proliferado en algunas ciudades, la de México incluida, una actividad que, comparada con la anterior, huele a convento: recorrer algunas estaciones de metro sin más prendas que las interiores. Dependerá de lo que los policías entiendan por “moral” que apliquen, o no, sanciones administrativas.
El exhorto de Lubna Horizontal podrá ser estridente pero, para escándalo de las buenas (o de las malas) conciencias, resulta inofensivo. En México, los gobernantes panistas, y hasta algunos priístas, prohíben minifaldas, escotes y besos en público, y entre sus filas habría desmayos colectivos si llegaran a ver el dogging masificado o si atestiguaran la puesta en práctica de la masturbación colectiva que propugna la bloguera como acción de protesta escandalosa. Esos funcionarios no ven motivo de escándalo en el espectáculo visible y horroroso de cuerpos perforados a balazos, decapitados o descuartizados, en cadáveres de bebés calcinados en una guardería por el descuido y la avaricia de unos cuantos favoritos de la corte, en un pueblo famélico y aterrorizado que sobrevive como puede a la violencia institucional, a la miseria programada y a la destrucción sistemática del país por parte de un grupito de mafiosos que se solaza pensando: “va para largo”.


26.1.11

Otro comunicado de
“Misteriosos Desaparecedores”

(Recibido en el buzón de Navegaciones el 25 de enero de 2011, a las 9:55. Archivo adjunto: una foto.)


"La verdad es una y para todos; los Sabios hablan de ella y la comparten con muchos hombres, y los necios creen ser los dueños de ella"
Sentencia Veda

POSTDATA Y PROEMIO

Después del Boletín titulado EPÍLOGO DE UNA DESAPARICIÓN las presentes líneas constituyen nuestra primera comunicación. Sirva como postdata a la acción realizada y al esfuerzo por explicarla, así como proemio a la actividad crítica y práctica que habremos de seguir desarrollando.

Estamos ciertos, empero, que esta postdata no podrá despejar la densa niebla que, como fenómeno político-cultural, nos rodea y eclipsa lo evidente. El fenómeno no es fortuito. El extravío de las certidumbres y de los proyectos de transformación es signo de una época en la que se pretende arrojarnos al abismo de la apatía, aceptando como única posible la actual forma de vida.

La sospecha, el escepticismo, la incredulidad y la desconfianza son algunos de los componentes de esa espesa bruma que la opinocracia se ha encargado de esparcir a los cuatro vientos. Otros componentes son el miedo y la resignación, afanosamente labrados desde la cúspide del poder, con el fin de inmovilizar o de encauzar los actos de protesta e inconformidad, que a diario se producen, en un marco ya controlado y en un sentido político previamente calculado y por lo tanto inofensivo.

Con particular interés y energía la plutocracia pretende fomentar el individualismo a ultranza, minar la confianza en nuestras propias fuerzas, liquidar toda ética de convicciones, vaciar de sentido y contenido real a la democracia y a todo proyecto que pueda mover a la acción y transformación revolucionaria; se trata a fin de cuentas de que nadie crea en nada. Para ello los oligarcas tratan siempre de engañar y hacen trabajar a otros en dirección de sus propios fines, apoyados en sus intelectuales orgánicos y líderes de opinión; ese es su trabajo, que lo cumplan mientras puedan. Nosotros aprendamos a cumplir el nuestro.

Toda hipótesis parte de cierta lectura de los acontecimientos y siempre busca su cotejo con la realidad. Es difícil descartar todas las especulaciones como posibilidades, pues el que cada una guarde un valor relativo, habla simplemente de una realidad social que las hace verosímiles. Sin embargo, los hechos se sostienen más allá de los dichos. Más allá del hecho de que la realidad sea consignada de manera escrita, ésta persistirá; la situación que vivimos existe aunque no lo digamos y no porque lo digamos Nosotros (y no Ellos) es menos cierta.

Obstinarse en escatimar realidad a lo real nunca permitirá entender cabalmente lo que pasa; negar autenticidad a lo escrito, e incluso a la acción realizada por nosotros, sólo ocasionará ser refutado y rebasado por la realidad que a todos trasciende. Podríamos enumerar una larga serie de devaneos y delirios que intentan deslegitimar formas de lucha; mejor hagamos por explicar y comprender causalmente la realidad social para transformarla, como quienes por debajo de la niebla buscaron el carácter político de la acción realizada, sin poner en duda que una fuerza de izquierda pudiese llevar a cabo un acto de esa naturaleza.

Históricamente el imperativo del emporio comunicativo ha sido el velar y encubrir. Cuando los hechos los rebasan y son inocultables su tarea es sembrar dudas, dirigir opiniones, engañar con la verdad, banalizar lo esencial, esencializar lo banal, encauzar las posibles críticas y desacreditar toda acción u omisión que afecte la imagen, el discurso o los intereses de los que detentan el poder económico y político.

Condenado a la pena capital Diego Fernández de Cevallos Ramos solicitó por escrito que ésta le fuese conmutada; encausada dicha solicitud, fue liberado a las 6:13 a.m. del día 20 de diciembre de 2010. Fernández de Cevallos hizo un registro pormenorizado de su encierro y tuvo tiempo para elegir sus primeras palabras frente a los medios sirviéndose de la retórica que lo caracteriza. Concedimos no (re)cortarle la barba, de lo demás (montaje mediático y cinismo sin límites) no nos hacemos cargo. Hicimos la asunción explícita de la actividad realizada, reiteramos que la responsabilidad es nuestra, no así del uso que de nuestras acciones y palabras se haga con otros fines. Por otra parte, aclaramos que el secuestro y el maltrato que denuncia el empresario Eduardo García Valseca, bajo la asesoría del Sr. Antonio Ortega, no fueron realizados por la RTG y consideramos que dicho acto no pudo haber sido llevado a cabo por organización revolucionaria alguna.

Somos nodos de una red que se vale de la violencia, más no como único ni fundamental recurso, en la construcción de un proyecto económico, político y social; esta acción no sintetiza todo lo que somos, lo que hacemos y hacia donde nos dirigimos. En una sola tarea no se hayará el programa, el plan o el fin; y no se encontrará jamás demanda política alguna a quienes detentan el poder, pues sería tanto como pedirle peras al olmo o ayuda al enemigo.

Reiteramos que el contexto de violencia generalizada se debe, por un lado, a la inoperancia político institucional y por otro a la persistente fragmentación social e incapacidad para articularnos como comunidad política capaz de construir un proyecto de transformación. El ejercicio de la violencia constructiva es para Nosotros un recurso legítimo, pero necesita de un proyecto en el que su uso sea solamente un medio necesario. Nuestro proyecto es reconstituir nuestra condición humana que la vileza de los poderosos nos arrebata; para Nosotros la brújula es la rehumanización que hasta ahora nos es negada. Consientes estamos de que un mayor nivel de organización implica un menor grado de violencia y eso vale tanto para los movimientos sociales como para la vida en comunidad y el Estado nacional.

Fraternalmente:

RED POR LA TRANSFORMACIÓN GLOBAL
¡CONTRA LA INJUSTICIA Y LA IMPUNIDAD, NI PERDÓN NI OLVIDO!

Enero 24 de 2011

25.1.11

Los de la verdad

Son un grupo pequeñito y aguerrido. Infligieron un grave daño al desorden mundial imperante, y lo saben. Se han hecho detestables para un puñado de poderosos –para los más poderosos del mundo, de seguro– y se han ganado la admiración, la solidaridad y la gratitud de millones de personas. Nada parecido a una organización ni a un tejido. Es, simplemente, un estado de ánimo fundado en la recuperación de la verdad. Nos habíamos acostumbrado a que un montón de hipócritas y de maleantes –hipócrita, Obama, aunque hable con ritmo de rap; maleante, Bush, con su acento de predicador analfabeto– nos devaluaran esa palabra hasta el grado de suponer que su contenido era inexistente. Y gracias a este puñado de chavales locos y delirantes, nos reencontramos con ella, redescubrimos su sabor ácido y amargo y dulce al mismo tiempo, y caempos en la cuenta de cuánto y por cuántos años nos ha sido escamoteada.

Había sido tan eficiente ese secuestro de la verdad que nos habíamos habituado a remplazarla por la sospecha. Atábamos cabos y concluíamos, de manera indirecta, que son minoría los gobernantes honestos; que Washington gira órdenes a los presidentes sumisos y trastoca las soberanías; que en Occidente se gobierna en función de los intereses del capital –por muy demócratas y hasta socialdemócratas que se digan los gobernantes– y no para satisfacer las necesidades de la gente. Analizábamos. Especulábamos. Ahora estamos confirmando nuestras hipótesis, una a una, sopeándolas en el caldo agridulce, balsámico y doloroso de la verdad.

Ellos, chavas y chavos audaces, responsables hasta la exageración, y perseguidos por los máximos poderes planetarios, se dan cuenta de lo que han hecho y actúan en consecuencia. Ninguno supera la cuarentena; parece ser que pocos de ellos llegan a la treintena. Viven a salto de mata, escondidos hasta de su aliento, huyendo de un peligro más que real. No duermen. Actúan con la prisa que les falta a los condenados a muerte porque ellos están, en cambio, condenados a vivir. Van a fondo. Se esmeran en hacer lo que está más allá de sus energías y más allá de las mezquinas 24 horas. Saben que en cualquier momento puede caerles encima un enjambre formado por las agrupaciones policiales de una docena de países. Están al tanto de la furia que han causado. Saben que las maquinarias del poder trabajan para forzar las ideas, la lógica y el sentido de las palabras hasta lograr que el esclarecimiento y la transparencia se vuelvan sinónimos de terrorismo.

¿Y por qué? Pues porque le han infligido al poderío estadunidense el mayor daño desde septiembre de 2001. La arrogancia del imperio no se había cimbrado así desde hace muchos años, o más bien desde nunca. Y peor: los ataques terroristas contra Nueva York y Wwashinton dieron a Bush el pretexto que requería para restaurar la dominación militar planetaria. Las revelaciones sobre la ruindad institucional de la diplomacia gringa, en cambio, sólo les aporta vergüenza, y ningún motivo de orgullo, recuerdo u homenaje. Estos chavos no han hecho correr la sangre ni han provocado la destrucción material para lograr sus objetivos. Ellos, para realizar su labor genial, teclean en unas macs baratas, codifican y decodifican su información con la destreza del marinero que acomoda las velas para aprovechar el viento del norte y avanzar al oeste. Por ejemplo.

Se han organizado en guardias, discuten entre ellos a profundidad y en superficialidad, permanecen horas y horas atentos al pulso de Internet, se movilizan en sigilo y en total silenco radio para no llamar la aención de la jauría. Y mientras desnudan ante el mundo el orden criminal, inescrupuloso y desastroso de los gobiernos, toman turnos para cocinar, barrer, ir de compras y lavar platos.

Ninguno de ellos ha llegado a los cuarenta, pero todos tienen miles de horas de vuelo acumuladas. Ya podrán narrar a sus hijos, a sus nietos y a sus bznietos, la forma en la que pusieron a temblar al mundo establecido.

Bien administrada en Hollywood, cada una de esas vidas valdría millones. Pero, mientras avanzan en el armado del rompecabezas de horror del que sólo conocemos las primeras piezas, ellos prefieren distribuirse las tareas domésticas en alguna casa de esa Europa desgastada que, con ellos y desde ellos, se mira joven; siguen escapando de la oscuridad y de la turbiedad, y esa huída permanente nos ilumina a todos, aunque no queramos. Merecen nuestra solidaridad y también, y sobre todo, nuestro afecto.

22.1.11

Parodia del tocayo


Despertaos, mortales, abandonad la cama,
lavaos las orejas y oíd esta proclama
compuesta en homenaje de ese güey que se llama,
en castellana lengua, Miguel de Nuestra Dama.

Dicen que ese franchute tuvo enorme talento
para ver el futuro; o será puro cuento
y será que de mota fumose un cargamento
forjada con las hojas del Nuevo Testamento.

“Espíritu del fuego” llamó a sus predicciones
escritas con mareos y entre alucinaciones;
de Delfos invocaba secretas tradiciones
pero lo que escribía salió de sus cojones.

Hagamos, pues, un texto, que altere y jerigonce
vocablos, y se erija de los siglos en gonce,
y luego unos incautos lo trasladen a bronce,
y escribamos augurios para este 2011.

Será un año terrible para el autoritario
porque Julian Assange, ese gran adversario
de la siniestra intriga y el secreto sumario,
a Naciones Unidas irá de secretario.

De Ratzinger, sus huesos de pastor alemán
en estos doce meses al infierno se irán
y en Roma, más ayuna de encanto que de pan,
prestos a Lady Gaga papisa elegirán.

Este año de desastres y de malos agüeros,
narcos y policías, igualmente culeros,
van a seguir trenzándose en combates arteros
y a la capa de ozono le harán más agujeros.

Según augurios cuya mención no la resisto,
ocurrirá un suceso como nunca se ha visto:
adoptarán parejas formadas de imprevisto
a los múltiples huérfanos de la Legión de Cristo.

Depondrán los obispos su fobia contra el gay,
se casarán entre ellos, contrariando a su grey,
y entre los legionarios escogerán a un güey,
a efecto de adoptarlo de acuerdo con la ley.

Según dice la cábala, también está prevista
la caída en desgracia de un insigne fascista:
el tal Javier Lozano, por más que se resista,
en un burdel de cuarta chambeará de pianista.

Una atómica bomba, mortales, escuchad,
tendrán los iraníes con Ahmadinejad
y señalan los astros con siniestra verdad
que el chorrillo a los gringos les saldrá en cantidad.

Augurios semejantes causan pena y desmayo
y son tan abundantes que al consignarlos fallo,
así que en este punto llego al final, me callo
y dejo de burlarme de mi necio tocayo.

21.1.11

Del otro lado


Perdonen lo naco, pero eso de los volantes en el lado cucho es toda una impresión: el conductor se mira como aplastado contra la ventanilla y la parte izquierda del tablero parece mutilada. Tal vez éste sea el paraíso de los zurdos pero a mí, como diestro, me angustia esa mano derecha atrapada entre el resto del cuerpo y la portezuela, y que no puede ir a la palanca de cambios, hurgar en la guantera ni acariciar las rodillas de la persona que van en el asiento del copiloto.

Por alguna razón desconocida, esta conducción trastocada no se traduce en una catástrofe infinita de atropellamientos y colisiones mortales. Será tal vez la prueba de que Dios sí existe, después de todo, y que es descaradamente anglicano.

20.1.11

Los problemas legales de Dios

Ernie Chambers

El 14 de septiembre de 2007 la corte de circuito de Douglas, Nebraska, admitió la demanda interpuesta contra Dios por el entonces senador Ernie Chambers, activista de derechos humanos y el dirigente afroestadunidense más famoso de ese estado. El propósito de Chambers era poner en evidencia la frivolidad del sistema judicial estadunidense, propenso a ceder ante las peticiones más disparatadas, pero la acusación apuntaba a delitos graves –causar daños severísimos a la humanidad por medio de inundaciones, terremotos, huracanes, tornados y plagas– y exigía a los jueces que ordenaran al Señor el cese inmediato de su participación en actividades dañinas y en amenazas terroristas.

En un principio, el juez desechó la demanda mediante un recurso ingenioso: Dios no había podido ser debidamente notificado pues carecía de dirección. Chambers respondió con astucia mayor: “la Corte admite la existencia de Dios; una consecuencia de esa admisión es el reconocimiento de que Dios es omnisciente; en la medida en que Lo sabe todo, es lógico asumir que Tiene noticia de esta demanda”. Para complicar más las cosas, tras los edictos correspondientes, un abogado de Corpus Christi se ofreció a fungir como representante legal del acusado, y la corte recibió una comunicación de alguien que decía ser Él en persona. Al tribunal no le quedó más remedio que empezar las audiencias respectivas; en una de ellas, Chambers terminó de abrumar a los reticentes magistrados con una observación brutal: “Dios es omnipresente; por lo tanto, se encuentra en esta sala”. Las audiencias se prolongaron hasta el 25 de febrero del año siguiente, cuando la Corte de Apelaciones de Nebraska cerró definitivamente el caso alegando que “un tribunal decide controversias reales y determina derechos realmente controvertidos, y no se aplica a asuntos abstractos o temas que pudieran desembocar en situaciones hipotéticas o ficticias”.

Unos años antes, en la ciudad rumana de Timisoara, un preso conocido sólo como Pavel M., sentenciado a 20 años de cárcel por homicidio, emprendió un proceso legal contra la Iglesia Ortodoxa, en su carácter de representante de Dios, por haber fallado en su obligación de apartarlo del Demonio. El demandante alegó que tal responsabilidad incumplida derivaba de su bautismo, al cual consideró un contrato vinculante. La demanda fue desechada por el tribunal, el cual consideró que el acusado no era ni un individuo ni una empresa y que, por ello, quedaba fuera de su jurisdicción.

La escena del Altísimo en el banquillo de los acusados ha dado pie a ficciones como El hombre que demandó a Dios (Australia, 2003) yEl juicio de Dios (1979). La primera es una comedia sobre un pescador cuyo barco es destruido por un rayo, y a quien la empresa aseguradora se niega a pagarle el daño, pues considera que el incidente fue un “acto de la Providencia”; la segunda es una farsa trágica escrita por Elie Wiesel; la historia ocurre en 1649, en la ficticia localidad europea oriental de Shamgorod, en donde acaba de ocurrir un pogromo. Allí, tres rabinos se erigen en Bet din, o tribunal clerical, para procesar al Señor por permitir la masacre de Sus hijos.

Wiesel contó que, siendo adolescente, había presenciado un episodio semejante cuando se encontraba recluido en Auschwitz. En 2008 la BBC y la WGBH presentaron la coproducción Dios, bajo proceso, en la que se retoma la anécdota de ese campo de concentración para construir una nueva historia, en la que los protagonistas someten al Creador a un juicio in absentia por haber abandonado al pueblo judío y permitido que los nazis cometieran genocidio. La obra puede verse, dividida en varios fragmentos de video, y con subtítulos en español, en Youtube.


La inmortalidad es absolutamente relativa. La esperanza media de vida de una deidad se mide en siglos o en milenios. Los dioses son inmortales en tanto están de moda. Cuando los humanos se hartan de ellos, el fallecimiento sobreviene de manera inevitable, pero no sirve de nada que algunos mortales pretendan adelantarse a la mayoría de sus prójimos y decreten muertes anticipadas, como lo hicieron los jueces que, en enero de 1918, en Moscú, sentenciaron a muerte a Dios, en castigo por sus horrendos crímenes contra la humanidad.

El proceso correspondiente se realizó a instancias de Anatoli Lunacharsky, uno de los protagonistas de la navegación anterior y quien, en su calidad de comisario de Instrucción Pública, estaba empeñado en contrarrestar la ignorancia y el temor de las masas rusas, sometidas por siglos a los designios de los clérigos ortodoxos y del Zar. Aquel deicidio tenía, pues, una intención liberadora pero, en la lógica atea, incurrió en una contradicción escandalosa: al someter al Señor a proceso judicial, se le reconoció la existencia; cuando menos, la existencia jurídica.

La cosa fue más o menos así: el juicio duró cinco horas, con un ejemplar de la Biblia colocado en el banquillo de los acusados. Los fiscales presentaron pruebas numerosas de la culpabilidad del Altísimo, en tanto que Sus defensores de oficio presentaron una demanda de exoneración, argumentando en que El Acusado padecía demencia aguda.

Ante la extrema gravedad de los delitos, el tribunal desechó aquella petición, declaró culpable a Dios y lo condenó a morir fusilado. La sentencia se cumplió el 17 de enero de 1918, a las seis y media de la mañana, cuando un pelotón disparó cinco ráfagas de ametralladora contra el frío cielo moscovita.

No hay forma de saber si los verdugos lograron, o no, su cometido. Alguos piensan que Dios no murió en el episodio, pero que Se asustó muchísimo. Tal vez sea por eso que desde entonces no Se aparece muy seguido que digamos.

18.1.11

Pederastia política

Un activista de Nueva Alianza, a la entrada de una escuela en BCS
Foto de La Jornada

La pederastia no es propiamente una relación sexual sino, antes que eso, un abuso de poder: el uso del poder que otorga la condición de padre, padrastro, hermano mayor, mentor espiritual o maestro, para someter a un menor que se encuentra débil e indefenso en razón de su edad y de su inferioridad jerárquica, y hasta dialéctica, frente a la autoridad del abusador, y utilizarlo para satisfacer los deseos de éste. Algo muy parecido está haciendo la cúpula charra del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), a juzgar por la información publicada ayer en estas páginas, con los niños de Baja California. No hay manera de llamarle relación política legítima a la promoción de Nueva Alianza por medio de agremiados a ese organismo sindical, quienes, bajo cuerda o no, mandan a los hogares papelería y objetos promocionales de esa franquicia electoral en las mochilas de los alumnos de preescoloar y de primaria.

En no pocos casos, se tratará de un abuso doble, porque algunos profesores (si no es que la mayoría de ellos) están en desacuerdo con semejantes prácticas, pero tienen que llevarlas a cabo porque su empleo va de por medio: la dictadura gordillista en el SNTE y en la SEP es tan generosa cono los sumisos como implacable con los disidentes.

La inmoralidad y la ilegalidad son inocultables –como lo fue la explotación comercial de un valioso edificio del Centro Histórico, entregado en comodato al SNTE, y rentado para eventos particulares por una de las hijas de Elba Esther-- y no habrá, sin embargo, ninguna suerte de sanción para la cúpula mafiosa que controla al sindicato ni para funcionarios como ese que fue designado subsecretario gracias al resonante mérito academico y administrativo de ser yerno de la suegra. Pero un gobierno de orígenes ilegítimos no sufrirá mucho que digamos por razones de imagen. Las estampas de sus integrantes y socios pueden pasar por el “coopelas o cuello” de Lozano Alarcón, por la ambición pecuniaria que desembocó en la quema de niños en la guardería ABC de Herrmosillo, por los contratos petroleros de Mouriño, por las revelaciones del ex secretario Tello, por las oscurísimas transacciones de su sucesor Molinar.

Más allá del calderonato, declinante y en su tramo final (a menos que su jefe logre su propósito delirante de destruir lo que queda de institucionalidad y permanecer en el cargo), la mayor parte de la clase política tiene deudas, querencias, complicidades o debilidades con el gordillismo, y eso explica el enorme poder que mantiene ese grupo, pese a expresiones abiertamente delictivas como la comentada: Elba Esther y su gente tienen el control del SNTE, pero también el de un partido político dispuesto a cuadrar resultados electorales a cambio de favores del poder público (acuérdense de 2006); son una suerte de IFE de facto. El país necesita desesperadamente una ruptura moral con respecto a esa clase de cúmulos de poder y no hay otra manera de emprenderla que mediante la organización, al margen de los partidos políticos con registro, del voto ciudadano: el voto de quienes ejercen sus derechos de manera legítima y no intercambian, en consecuencia, el sufragio por los favores de ninguna clase.

Sólo un gobierno con legitimidad, limpio de complicidades y surgido de las urnas y no de las componendas oligárquicas –es decir: surgido a contrapelo del gordillismo-- puede poner fin al engendro: sin la complicidad y la obsecuencia del Ejecutivo federal, ese cacicazgo no se sostiene.

13.1.11

De Fallujah a Ciudad Juárez

“Estamos trabajando muy de cerca con las autoridades mexicanas” y “con sus militares, mucho más que en años recientes”.

“Hay aspectos de esta guerra contra las drogas y cómo la combatimos muy similares al tipo de cosas que hemos visto en las guerras en que hemos estado”.

Almirante Michael Mullen, jefe del Estado Mayor del Ejército de Estados Unidos
Acción: manifestación en el zócalo.
Cómo:
ensangrentados y tirados en el piso.
Cuándo:
domingo 23 a las 9:00 a.m.
Llevar letreros: "basta"

Vía @mariana_war)

“Talibanes laicistas”

Tomás Garrido Canabal

Para empezar el año con un despropósito del tamaño de Catedral, la hoja parroquial del arzobispado de México, Desde la fe, caracterizó a representantes y funcionarios del Distrito Federal como “talibanes laicistas” y los acusó de protagonizar una “dictadura del laicismo” y de desatar “una verdadera persecución ideológica contra quienes, con base en sus principios religiosos y valores, se oponen” a las leyes “inmorales e injustas” que permiten el aborto y los matrimonios entre personas del mismo sexo. En una referencia poco velada a Marcelo Ebrard y a su aspiración presidencial, el pasquín afirmó que “el autoritarismo y la intolerancia” “no es un buen augurio para futuras responsabilidades públicas de quienes hoy ejercen la autoridad en la Ciudad de México”. La virulencia del escrito obligó al arzobispado metropolitano a deslindar de la publicación a Norberto Rivera y a su vocero, Hugo Valdemar.

A v er qué sale de todo esto: la RAE dice que un talibán es alguien “perteneciente o relativo a cierta milicia integrista musulmana”, en lo cual coincide María Moliner: “se aplica a los miembros de un movimiento integrista islámico, constituido en su mayor parte por antiguos estudiantes de las escuelas coránicas de Pakistán, y a sus cosas”. Esta segunda fuente, así como Wikipedia, recuerdan que talibán es plural de tālib que significa “estudiante de la ley religiosa”, y por ello muchos medios, como la BBC en español, evitan repluralizarlo y escriben, en consecuencia, “los talibán”, no “los talibanes”, que sería como decir “los pieses” para referirse a las patas traseras de los humanos.

Otra observación sobre la expresión “talibanes laicistas” es que se trata de un portentoso oxímoron o contradictio in terminis: un talib, o talibán, no puede ser laico y un laico no puede ser talib, o talibán porque, en el pensamiento de ese grupo fundamentalista, el laicismo es una monstruosidad casi inconcebible (como ocurre en la visión del mundo del arzobispado capitalino), mientras que para todo espíritu laico la organización social que preconiza el Talibán es inadmisible. Pero si Quevedo (“es hielo abrasador, es fuego helado”) y Baudelaire (“placeres espantosos y dulzuras horrendas”), entre muchos otros ilustres, han recurrido a esa figura literaria, no va a negársele a los clérigos defeños su derecho al oxímoron, como no se les negará, tampoco, el derecho a formar parejas y a casarse entre ellos, si tal fuera su deseo.

Me puse a pensar en un personaje al que el gracioso insulto arzobispal pudiera aplicarse con más tino que al pobre de Ebrard y se me vinieron dos a la cabeza.

Uno es Tomás Garrido Canabal, gobernador de Tabasco en tres periodos y de Yucatán en uno, fugaz secretario de Agricultura en el gabinete de Lázaro Cárdenas y anticatólico furibundo. En lo personal, bautizó a diversos animales de su rancho con nombres como Dios, Papa, María y Jesús. Como gobernante, emprendió una campaña atroz contra el catolicismo en el marco de la cual fueron demolidos o cerrados numerosos templos, se expulsó de Tabasco a sacerdotes y monjas y se organizó quemaderos de imágenes religiosas en las plazas públicas; se obligó a sacerdotes a contraer matrimonio (con el mismo espíritu totalitario con el que el alto clero actual querría impedir a las parejas gay que hagan otro tanto), se prohibió la colocación de cruces en las lápidas, se cambió la designación a todas las localidades que tenían un nombre religioso y fueron censurados los escritos que hicieran referencia a Dios. Garrido, además de comecuras, era puritano, y emprendió una campaña contra el consumo de alcohol que culminó con una ley seca que prohibía toda bebida fermentada, salvo la cerveza. Su carrera política terminó en 1934 cuando, cuando una de las milicias ateas organizados por él asesinó a una mujer católica en el Zócalo de Coyoacán. Mi general Cárdenas lo removió de la Secretaría de Agricultura y lo envió a misiones diplomáticas o, como interpretan añgunos, lo mandó al carajo.

El otro es el ucraniano Anatoli Vasílievich Lunacharsky, filósofo, dramaturgo y político, y comisario de Instrucción Pública en la primera fase del régimen soviético. Lunacharsky poseía una reconocida profundidad intelectual; fue teórico de la cultura proletaria, o Proletkult, e impulsor de artistas como Meyerhold y Maiakovsky, y antes de la Revolución de Octubre había escrito (Religiya i socialism, 1908-1911) sobre la posibilidad de desarrollar una religión laica, socialista y colectivista a partir del marxismo, a la que llamó bogostroyelstvo o construcción de Dios. Cuando el horroroso poder de Stalin se consolidaba, a fines de los años 20 del siglo pasado, Lunacharsky fue despojado del cargo y enviado como representante de la URSS ante la Liga de las Naciones y, posteriormente, a España, en lo que constituía un exilio decoroso. Murió en Francia, cuando se dirigía a la Península Ibérica, en 1933.

Anatoli Lunacharsky

Algo debió fumarse el buen Anatoli Vasílevich en enero de 1918, cuando el asalto al palacio de Invierno estaba aún fresco, que lo llevó a promover un proceso penal contra Dios por Sus crímenes contra la humanidad. La semana entrante les platico la forma en que se desarrollaron ese y otros juicios similares.

* * *

Una vez más, los funcionarios de este podrido y sangriento régimen prianista escupen sobre las tumbas de sus víctimas: el fiscal de Chihuahua, Carlos Maunel Salas, atribuyó el homicidio de la poeta y activista juarense Susana Chávez a que “estaba tomando y drogándose” con sus asesinos; Calderón dice, por su parte, que él nunca ha usado la palabra “guerra” para referirse a su insensatez presuntamente contra el crimen organizado y Peña Nieto logra evitar que se investigue el número atroz de feminicidios perpetrados durante su administración en el Estado de México. No hay, pues, clima de violencia en Juárez, no hay responsabilidad del Ejecutivo en este baño de sangre y no hay asesinatos de mujeres –ni nada que investigar– en el Edomex. Todo es un “problema de perecepción” y los mexicanos estamos locos; será por eso que ha tenido tanto impacto la campaña “¡Basta de sangre!” - “No más sangre” para exigir a los delincuentes de todos los bandos –el gubernamental incluido– que pongan un alto a la masacre que están perpetrando.

Ese impacto es una pésima noticia para los funcionarios del régimen oligárquico. Al mismo tiempo, es un dato esperanzador y reconfortante a quienes apostamos por una renovación radical, pero pacífica y cívica, de unas estructuras de poder corrompidas, acanalladas y devastadas por los intereses fácticos y sus mandatarios.

Garrido, a lomos de “Dios"

11.1.11

Imágenes


Un cuerpo humano muerto, entero o en partes; yacente en el asfalto, colgado de un puente o despatarrado en el asiento de un vehículo; vestido o desnudo, o bien envuelto en una cobija barata; con o sin cartulina explicatoria del sentido del mensaje.

Alrededor del muerto, una nube de humildes policías municipales, de arrogantes policías federales y de efectivos militares impenetrables, vistiendo todos o algunos de ellos, chalecos antibalas de los que cuelgan equipos de comunicación y contenedores de parque; armados hasta los dientes, por lo general, y transportados en automóviles pintados de uniforme, en pick-ups adaptadas para las labores de patrulla, o incluso en vehículos blindados y artillados de color verde olivo. Entre ellos, algunos peritos forenses que deambulan entre cartuchos percutidos, fragmentos de vidrio, hierros retorcidos por el fuego, zapatos huérfanos de pie, charcos de sangre y pedazos de tejido humano y que rodean el sitio con cinta de plástico anaranjado para delimitar el acceso a la escena del crimen o del hallazgo sólo a personal autorizado. Y la prensa, en el segundo círculo. Y los simples curiosos, cada vez más escasos (efecto de la costumbre o del terror), en el tercero.

El despliegue de medios –humanos y materiales– resulta tardío e inservible. En realidad, los cuerpos de seguridad debieron desplegarse en torno a la víctima antes de que ésta fuera asesinada: segundos antes, minutos antes, días y semanas y años antes, e impedir el crimen. Ahora, toda esa faramalla de uniformados, armas de alto poder, chalecos antibalas, walkie-talkies y transportes con o sin blindaje, es un grosero dispendio de recursos públicos que exhibe, sin pudor ante las cámaras de foto y de video, su propio ridículo: por más efectivos que envíen a puluar en torno al muerto, por más patrullas y torres con luces y sirenas abiertas, por más ametralladoras pesadas que exhiban, no lograrán taparle las perforaciones fatales, pegarle de nuevo la cabeza al tronco, reintroducir a su torrente sanguíneo los charcos hemáticos desparramados en el asfalto o en los asientos del coche acribillado, revivir a la víctima. La foto y la imagen en movimiento del operativo se convierte en la imagen pura de la impotencia del Estado.

Si los despojos humanos eran muchos, unas horas después de su hallazgo, y para rubricar el absurdo, un comunicado informará de la realización de reuniones de urgencia a nivel estatal o federal, como si con ello se pudiera revivir a los difuntos, evitar que ocurran nuevas muertes o, por lo menos, exorcisar el dolor de los deudos. Todo este conjunto de reacciones – desde las horas de trabajo del funcionario de prensa que redacta el comunicado hasta la ingrata tarea de los peritos, obligados a certificar que el sujeto balaceado fue muerto a balazos, pasando por la gasolina y el aceite que consumen los vehículos oficiales– es un desperdicio.

O no: o bien, resulta que el perímetro de seguridad en torno a un cuerpo que ya no la necesita conlleva, en sí misma, un mensaje acerca de la importancia estratégica de los trofeos. “Miren, hemos empeñado muchos esfuerzos y mucha planeación en esta muerte violenta, y nos resulta fundamental que ustedes la observen, que convivan con ella, que se empapen en el contraste entre la extrema vulnerabilidad de ese pinche muerto –que de seguro formaba parte de la delincuencia organizada– y nuestro propio poderío bélico; sírvanse apreciar, en esta imagen, una metáfora de la impotencia de ustedes, ciudadanos en vías de conversión a súbditos, y de la fuerza de nosotros, los que mandamos, los que aparecemos y desaparecemos a conveniencia el dinero del país, los que decidimos sobre vidas y haciendas, los capos del cártel constitucional, los depositarios de todos los juguetes (“all the toys”, en las entrevistas).

De ser así, el mensaje es eficaz, que ni qué. Pero sólo hasta cierto punto. En forma más lenta de lo deseable se extiende en la sociedad la percepción de que estos gobernantes ya no se conforman con robarse o con desperdiciar nuestro dinero, con aferrarse a los puestos como garrapatas (miren cuánto duró en el cargo Molinar Horcasitas, a pesar de los abundantes señalamientos en su contra) ni con usurpar la voluntad popular: de unos años a la fecha hacen negocio, además, con nuestra seguridad y con nuestras vidas, ya sea para beneficiar los designios intervencionistas de los gringos, ya para hacerles el negocio a los narcos y a los empresarios “decentes” (qué tal los banqueros) que les lavan la ganancia, ya para perpetuarse en el poder por medio de la disolución, en el terror puro y duro, de la voluntad social.

Cuando esta conciencia se generalice, las semanas y las horas de este régimen estarán contadas.

10.1.11

No más sangre

Difúndelo. Reprodúcelo. Volantéalo. Pégalo en tu coche. Exhíbelo en tu ventana y en tu puerta. Envíalo por correo electrónico y convencional. Tuitéalo y feisbuquéalo. Grítalo. Exígelo. ¡Basta de sangre!

7.1.11

Intercambio de mensajes con


Eliminación de tarjeta de crédito
viernes, enero 7, 2011, 5:33 am
De: "service@paypal.com.mx"
A: "Pedro Miguel"
Hola Pedro Miguel,
Su tarjeta de crédito terminada en 7007 ha caducado y por lo tanto, se eliminó de su cuenta de PayPal.
Si ésta era la única tarjeta de crédito incluida en su cuenta de PayPal, deberá añadir una nueva tarjeta para seguir enviando pagos de PayPal instantáneos.
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Atentamente,
PayPal

Re: Eliminación de tarjeta de crédito
viernes, enero 7, 2011, 6:27 pm
De: "Pedro Miguel"
A: "service@paypal.com.mx"
Paypal
A quien corresponda:
Si no puedo realizar una donación para WikiLeaks por medio de la empresa de ustedes, entonces sus servicios no me interesan. Si algún día recuperan la decencia y abandonan la sumisión a los intereses políticos oscuros, avísenme, y con gusto daré de alta una nueva tarjeta de crédito.
Pedro Miguel
México, D.F.