8.5.10
El nacimiento
de “La gota fría”
Hace cinco años escribí con reverencia acerca de ese encuentro legendario y nunca pensé que estuviera documentado en video. Más información, en Viaje al corazón del vallenato.
7.5.10
El alumno japonés
Un niño japonés llega a Estados Unidos y el papá lo inscribe en una escuela...
El primer día de clase, la maestra presenta a Suzuki, hijo de un empresario japonés, a los chicos de sexto grado. Luego la maestra les dice a los alumnos:
–Empecemos repasando un poco de historia de América del norte y del sur. ¿Quién dijo “Denme la libertad o denme la muerte”?
La clase se quedó callada, excepto Suzuki:
–Lo dijo Patrick Henry, en 1775.
–¡Muy Bien!
–¿Quién dijo “El gobierno del pueblo, para el pueblo no debe desaparecer de la faz de la tierra”?
De nuevo, ninguna respuesta de la clase, salvo la de Suzuki:
–Abraham Lincoln, en 1863.
La maestra asombrada, les dice:
–Chicos, debería darles vergüenza. Suzuki que es nuevo en nuestro país, sabe más de nuestra historia que ustedes...
Y la maestra alcanza a escuchar un susurro:
–¡A la mierda con los malditos japoneses!
–¿Quién dijo eso?, preguntó la maestra.
Nuevamente Suzuki levanta la mano y dice:
–General Mc Arthur, en 1942.
La clase queda muda y uno de los chicos alcanza a decir:
–¡Voy a vomitar!
La maestra trata de ver quién fue el alumno irrespetuoso:
–Ya está bien, ¿quién dijo eso?
Y Suzuki dice:
–George Bush padre, al primer ministro japonés, en 1991.
Uno de los alumnos, furioso, le grita al japonés desde el fondo:
–¡Chúpame ésta!
Suzuki, casi saltando en su silla, le dice a la maestra:
–Bill Clinton a Mónica Lewinsky, en 1997.
El alumno que era el número uno de la clase gritó:
–¡Yo era el primero hasta que llegó este japonés de mierda!
Y Suzuki contesta:
–Mario Vargas Llosa – Elecciones peruanas, en 1990.
La clase entra en un estado de histeria. La maestra se desmaya, cunde el caos... Mientras los chicos se arremolinan alrededor de la desvanecida maestra, uno de ellos exclama:
–¡Puta madre, la cagamos! ¿Y ahora cómo arreglamos este desmadre?
Y Suzuki responde:
Felipe Calderón, Ciudad Juárez, febrero de 2010.
6.5.10
El último suspiro
del Conquistador / XXXV

El almero Tomás le había explicado a El Negre, con todo el detalle de que era capaz, los secretos de la preservación de las almas de los difuntos dentro de recipientes herméticamente cerrados. Antes que alegrarse de recibir tal conocimiento, el africano se entristeció al pensar que, si lo hubiese tenido unos meses antes, habría podido guardar el ánima de su jefe, Sebastián Lemba, dirigente de negros cimarrones.
—Vaquero, perdido; Lemba, perdido. Pero en dos veces cien años habrá negro Francisco Domingo, habrá negro Juan Bautista en poniente de isla.
Tomás no comprendió tales palabras ; optó por permanecer en silencio, observando las lágrimas de su anfitrión. Tras un momento, ambos brujos se despidieron. El sobrino se encargó de conducir a Tomás y a Garcí hasta el punto distante en el que se encontraba su carreta de mulas, los subió a ella y los condujo de vuelta a Santo Domingo. En el puerto, el maya y el español hallaron una taberna, comieron y Tomás expuso a su sirviente lo que esperaba de él:
—En adelante te comportarás como mi señor, y yo, como tu criado. Te compraré vestimentas finas, te presentarás como un colono que ha adquirido posesiones en el Soconusco y allí estableceremos nuestra residencia.
—Como lo ordene su merced —replicó Garcí.
—No me trates con respeto, tonto —dijo en voz baja el americano—. Dime “Tomás”, dame órdenes altaneras, y yo te trataré como a mi señor.
—Está bien, Tomás —contestó el español, riendo de buena gana.
—Pueden ser secuelas de la intoxicación —explicó el médico de guardia a Jacinta en el área de espera de la sección de cuidados intensivos—. Pero no se preocupe, su mami tiene un buen pronóstico.
—No es mi mami —dijo Jacinta, mirando al piso para contener la ira por lo que le pareció una expresión humillante—. Es mi madre y se llama Eduviges Manzano.
El internista no supo qué decir, pronunció una disculpa confusa y se retiró, mientras Jacinta resoplaba a sus espaldas. En esas, escuchó su nombre pronunciado por una voz burlona, y se dio la vuelta. Vio a un hombre de edad avanzada, piocha de chivo y lentes de culo de botella, que ostentaba sin pudor su bata de hospital y caminaba a pasitos, remolcando con una mano el poste móvil del suero. La muchacha lo observó con una mirada dura e interrogante.
—Cro-ma-tó-gra-fo-de-ga-ses... es-pec-tró-me-tro... —cantó, con sorna, el viejo, y ella comprendió al instante.
—¡Ay! Es usted... —dijo Jacinta, perdiendo todo su blindaje— ¿Cómo... cómo me reconoció?
—Por tu foto en Facebook —explicó el hombre, con una expresión de aburrimiento—. Pero, la verdad, eres más guapa en persona.
—¿Cómo se llama usted? —paró ella, molesta por el piropo.
—Déjalo en Manuel —dijo el paciente.
—¿Y por qué está aquí? ¿Qué le pasó?
—Ay, hija, un subidón de presión que ni te cuento. Ya me lo controlaron, pero ayer estaba yo como si me hubiera tomado diez dosis de Viagra.
Jacinta no pudo evitar una carcajada que suscitó gestos de desaprobación y reproche entre las enfermeras. De súbito, el desconocido se puso serio y dio un giro sorpresivo al intercambio:
—Y tú, ¿qué estas buscando? ¿Un aparato de laboratorio o un hombre?
Ella lo miró con la boca abierta y por unos momentos se sintió escudriñada, revelada y expuesta. Pero una idea salvadora y veraz le llegó a la cabeza y la soltó de inmediato:
—Bueno —adelantó, tomando aire—. En realidad, necesito esos aparatos porque tal vez me ayuden a encontrar a dos hombres.
El viejo levantó las cejas y esperó el resto de la respuesta, de modo que la antropóloga tuvo que seguir hablando:
—Suena extraño, lo sé —concedió Jacinta—. Estoy buscando a uno que está vivo y estoy buscando, desde antes, a otro, que está muerto.
—Me han tenido en observación tres días, como si fuera un bicho, pero creo que me van a dejar salir de aquí en un par de horas —replicó el hombre, mientras miraba con desconfianza a las enfermeras—. En cuanto me den de alta, me gustaría escuchar tu historia.
Unas horas más tarde, Manuel estaba vestido, con un retraso de tres décadas en la moda pero aún con elegancia, y escuchaba de boca de Jacinta, en la cafetería del hospital, la historia del almero, del frasco, de Andrés, de don Rufina y del Conquistador.
“Uno de los momentos más dramáticos del régimen oligárquico fue el secuestro, asesinato y decapitación de los 19 integrantes del gabinete presidencial. El equipo de gobierno se había involucrado en una lucha frontal contra bandas de delincuentes poderosamente armados. Tal confrontación provocó un aumento exponencial de la violencia, la delincuencia y la descomposición de los órganos de gobierno, factores que, a su vez, alimentaron el poder de los grupos criminales. El país se fue acostumbrando a asesinatos cada vez más crueles, a combates urbanos cada vez más violentos y al autismo oficial ante esos hechos, hasta el punto en que, cuando ocurrió el referido homicidio múltiple, la sociedad recibió la noticia con cierta apatía.
“Por supuesto, el macabro hallazgo de las cabezas de los integrantes del gabinete, abandonadas en horas de la madrugada justo enfrente de la residencia presidencial fue, ese día y los siguientes, la noticia central y el tema único de pláticas, discusiones, análisis, comentarios y rumores. El gobierno de Washington manifestó su alarma por la evidente desestabilización en el país vecino, pero el titular del Ejecutivo pronunció un rutinario discurso en cadena nacional en el que prometía esclarecimiento y castigo para los responsables. Se dispensó en todos los casos el trámite de la autopsia, se despidió a los fallecidos en un funeral de Estado severamente vigilado por tierra y aire por miles de efectivos militares y dos días después, en un acto protocolario, el Presidente nombró a los sucesores de los asesinados. El panorama nacional siguió su marcha invariable hacia la descomposición.
“En la versión oficial, el crimen había puesto a prueba la fortaleza de las instituciones y éstas habían respondido con serenidad y firmeza ante una circunstancia tan adversa. La mayor parte de la sociedad formuló, sin embargo, una interpretación distinta: el gobierno había llegado a tal punto de insignificancia que daba igual que hubiera gabinete o que no lo hubiera y que sus integrantes, con cabeza o sin ella, no servían para nada.” (Tomado de: Crónicas de la Regeneración: orígenes de la IV República, pantalla C-517, versión dígito-molecular, Editorial Buzón Ciudadano, México, D.F., 2047)
5.5.10
El país de Herodes
La prima de la esposa del pelele,
junto con otros socios codiciosos,
participa en negocios horrorosos
con un saldo fatal que cómo duele:
arden cincuenta niños todavía
en el recuerdo de la guardería.
Aparte de los muertos de Hermosillo
(Felipe los querría ya olvidados)
muchos otros se encuentran atrapados
en las garras inmundas de Gordillo.
“Pues den gracias —Lujambio los consuela—
que alcanzaron lugar en una escuela”.
—¿ “Pizarrón digital”? ¿“Enciclomedia”?
Ya vayan superando esa añoranza:
aquello fue un engaño y una transa
en la escena anterior de esta comedia.
Aquí verán más bien, si abren los ojos,
escuelas con goteras y con piojos.
Qué maravilla de país tenemos,
que descuida y que mata a sus infantes:
si exceso de chavitos hubo antes
hoy, en números claros, habrá menos.
Los que quedan están en la picota
por los efectos de una guerra idiota.
Dieciséis estudiantes, quinceañeros
algunos, cuando fueron masacrados,
fueron póstumamente calumniados:
Calderón los tachó de pandilleros.
Permite que los maten, y resulta
que luego los difama y los insulta.
Igual pasó con esos excelentes
estudiantes del Tec de Monterrey:
los matan los soldados, pero un güey
los acusa, sin más, de delincuentes.
Por cierto: Gómez Mont, el leguleyo,
sigue sin explicar cómo fue aquello.
En la nación antaño diamantina,
mal tiempo están pasando los menores:
son víctimas de curas violadores
o bien un militar los asesina
y por si algo faltara en esta trama,
alguien puso a Paulette bajo la cama.
Recae en el copetes Peña Nieto
de ese episodio sórdido la carga.
Imaginen qué vida tan amarga
si llega a presidente tal sujeto:
tendríamos muertitos picarones
escondidos en mantas y colchones.
¿Y qué espera al menor que, pese a todo,
burla al sardo matón, al cura obseso,
de alguna guardería sale ileso,
sobrevive al plantel lleno de lodo?
Pues le falta pasar por una prueba
lóbrega, peligrosa y que da hueva:
Si desean borrarle la sonrisa,
la inteligencia, el brillo en la mirada,
sométanlo a tortura desalmada
con la programación de Televisa
y en un rato estará babeante, lelo
y más descerebrado que Chabelo.
Ínflenlo de Mundet y Coca Cola,
“nútranlo” con Pan Bimbo y Sabritones,
denle a tragar Gansitos a montones,
que pronto lo tendrán hecho una bola
y todo un clon (ya lo verán ustedes)
de Agustín Carstens y Beatriz Paredes.
—¿Y qué destino cabe al pobre extremo,
al que no tiene acceso ni a la tele?
—Caray, que se entretenga y se consuele
con piedra, con cannabis o con chemo:
la autoridad se encargará que sobre
cemento para darle al niño pobre.
Espurio: si has llevado a tu gobierno,
junto con oligarcas y maleantes,
a vasta destrucción de los infantes
y a pediátrica dosis del Infierno,
ya que maltratas niños y los jodes,
bautízate Felipe Calderodes.
4.5.10
La voz que sigue viva
Intervención de Bety Cariño, asesinada por los paramilitares de Ulises Ruiz, en un encuentro de defensores de Derechos Humanos en Dublin, en febrero pasado.
Perspectiva

“Nos habría gustado negociar con Teresa de Calcuta, pero el que teníamos enfrente era Yasser Arafat”. Eso decían Yitzhak Rabin y Shimon Peres tras el proceso de paz de Oslo, y es razonable suponer que el aludido experimentara un sentimiento análogo al intercambiar saludos con el halcón y la paloma del laborismo sionista. Cuando dos bandos se sitúan en un impasse en el que las victorias y las derrotas absolutas no son posibles, se negocia con quien tiene poder, no con quien se desearía. Este dato ineludible de la realidad acabará por imponerse, tarde o temprano, en la guerra que enfrenta a la oligarquía empresarial mexicana (o, al menos, a sus representantes políticos formales) con los cárteles de la droga.
Aquí también los triunfos absolutos son imposibles, no sólo por la lógica perversa de una prohibición que le pone a lo prohibido la gran oportunidad de hacer negocio y de generar valor agregado, sino también porque, a estas alturas, el narco en su conjunto (desde los campesinos amapoleros hasta los banqueros encargados de la lavandería, pasando por matones, gestores, contadores, músicos, edecanes, asesores de imagen y decoradores de interiores), es el sector más dinámico de la economía, uno de los principales generadores de empleos y la segunda o tercera fuente de divisas para el país.
Antes de emprender esta guerra, el grupo en el poder habría debido atenuar la pavorosa situación económica que afecta a la mayoría de la población y que a estas horas se estará diciendo: “¿Ingresar a la Unión Europea? Sí, Chucha”. Habría debido, además, incidir de alguna manera en la inveterada y crecedera práctica de gobernar en la ilegalidad: dar la vuelta a artículos constitucionales, torcer códigos, interpretar reglamentos a capricho faccioso (miren nada más la escandalosa impunidad de un poder delictivo que hoy festeja el cuarto aniversario de sus atrocidades en Atenco). Pero no lo hizo, y ya estamos en donde estamos. Ahora no hay forma de que las estrategias oficiales en curso logren erradicar a la delincuencia organizada y ni siquiera meterla en cintura o, cuando menos, hacerla menos visible. No, a menos que se recurra a acciones de guerra próximas al genocidio y se opte por el bombardeo de municipios enteros. En público o en secreto, este gobierno o cualquiera que lo suceda tendrá que negociar con los capos de la droga, los de hoy o los de pasado mañana.
Más allá de juicios morales y de las chulerías verbales que caracterizan a Calderón y a Gómez Mont, sólo queda una de dos: o gobernantes y mafiosos (los primeros juran que hay diferencia) se ponen de acuerdo para una nueva convivencia en la ilegalidad o se ponen de acuerdo para abolir la prohibición, como lo hizo el poder público estadunidense con los capos de la mafia al derogar la Ley Seca: Las Vegas a cambio de los barrios de Chicago.
La propuesta de despenalizar la producción, el comercio y el consumo de sustancias psicotrópicas fue audaz en su momento. Hoy es simplemente realista. Pero quitarle al narco la condición central de su negocio sin procurar en paralelo una reconversión de esa rama económica, enfrentada de golpe a su defunción, generaría una respuesta que haría parecer de peluche a la actual guerra calderónica. La súbita ausencia de decenas de miles de millones de dólares en los circuitos financieros de Estados Unidos, Europa, Asia y América Latina, daría lugar a una crisis económica que colocaría a la que todavía padecemos en el sitial de “catarrito” que quiso darle el glorioso doctor Carstens. El tener a miles (¿o decenas, o centenas de miles?) de sicarios sueltos, descontrolados y desempleados, conllevaría un auge horrendo de otras especialidades delictivas.
Tarde o temprano, en público o en secreto, se sentarán a negociar, ya sea para coincidir en un pacto de ilegalidad renovado o para coexistir en una nueva legalidad. Muchos preferiríamos el pragmatismo de lo segundo a la hipocresía de lo primero. Pero, sobre todo, querríamos que se pusieran de acuerdo de una vez por todas en sus asuntos de poder y de dinero (en el fondo no hay otros) y que dejaran de llevarse entre las patas a la población inocente.
3.5.10
En lucha
10 mujeres se sumaron a la huelga.. Estan frente a la instalaciones de la ONU.
(Alejandro Dumas 165, casi esquina con Homero, Col. Polanco)
Si deseas apoyar a estos trabajadores puedes ir a mostrarles solidaridad, y tambien puedes llevarlos algún material de los que aparecen en ésta lista. Los materiales se reciben en el Zócalo, recuerda.
LISTADO APROXIMADO DE MATERIAL REQUERIDO:
Cajas de 1000 vasos desechables por semana * Litros de miel por semana * Litros de suero por semana * Rollos de papel higiénico por semana * Metros de Cable No. 12 para alumbrado * Botes de basura grandes externos * Cubetas, escobas, recogedores * Litros de cloro ó pino p/aseo de baños por semana * Tablones con sillas (para la carpa de los huelguistas) * Lámparas sordas * Botiquines equipados de Primero Auxilios * Planta de luz de 150kw * Litros de gel antibacterial por semana * Litros de jabón líquido para manos por semana * Libretas tipo contabilidad para relatorio
1.5.10
Décima real para
la Papisa Juana

Se abrazan la católica azucena
y la rosa idolátrica y pagana
y es la vagina lúbrica de Juana
símbolo de Afrodita y Magdalena.
A tal hibridación no le es ajena
la matriz esplendente de María
que completa una noble trilogía
ante la cual la Trinidad resulta
un club de Tobi sórdido que insulta
al amor, la razón y la armonía.
29.4.10
Antanas Mockus,
por Eliseo Alberto

Si las elecciones en Colombia hubieran sido ayer miércoles, habría ganado un político de ascendencia lituana, dos veces alcalde de Bogotá, ex rector de la Universidad Nacional, profesor de lenguas romances, cantante de rap, matemático y pedagogo de 58 años de edad que ha confesado padecer mal de Parkinson con la misma naturalidad con que el día de su boda se subió a un elefante, vestido de domador, y se casó con Adriana Córdova ante un rabino, un sacerdote, siete tigres y trescientos invitados que lo vitoreaban desde las gradas del Circo de Los Hermanos Gasca.
Aurelijus Rutenis Antanas Mockus Šivickas no es hombre de guardar secretos: hace casi dos décadas, para mostrarse tal cual es, el entonces rector universitario se bajó los pantalones y enseñó el trasero a los estudiantes que lo abucheaban, acción sin duda temeraria que, en menos de lo que demora contarlo, le permitió silenciar la rechifla y ganarse un histórico aplauso. En esa ocasión, poco faltó para que rompiera con sus nalgas el barómetro de popularidad. Vaya curioso comienzo para una muy curiosa carrera política. Al desnudo.
Para la campaña de 2010, el hoy candidato por el Partido Verde ha ideado una estrategia que explora nuevas tácticas electorales: jamás hace promesas, desconfía de la publicidad y busca apoyo a través de la red social de Facebook y el contacto directo con los votantes. Prefiere dar la cara. Tiene un don muy apreciado por los colombianos: el de la palabra. Y es un político que sonríe: casi el único. Todos los días monta bicicleta —no sólo los domingos, ante las cámaras de los fotógrafos. No se siente cómodo en los mítines. Se viste raro, digamos que con personalísima audacia. Lleva barba rubia, sin bigote, al estilo amish —como el leñador Abraham Lincoln. Ayer encabezaba las encuestas de intención de voto con alrededor de 40 por ciento y casi 10 puntos por encima del cafetero Juan Manuel Santos, aspirante oficialista del Partido de la U, quien hasta la semana pasada daba por segura su victoria. El ex ministro de Defensa de Álvaro Uribe ahora está preocupado. “Me diferencio de él (Mockus) en muchas cosas. Primero, yo me quité la barba. Yo creo en Dios. Y creo en tener un Ejército”, dijo Santos al calificar el repunte de su contrincante como “un fenómeno mediático”. Por cierto, la familia Santos es copropietaria del influyente periódico El Tiempo. A esa explicación le sobra ligereza.
La fuerza de Antanas Mockus radica en su discurso. De verbo fácil, notable sentido del humor y gran poder de convicción se ha hecho escuchar en un medio desgastado por la habitual falta de imaginación de los políticos. El eficiente Álvaro Uribe, por ejemplo, ha impuesto un estilo de mando demasiado serio para un país que bien merece un descanso, un aliviane, una sonrisa después de tantos balazos. Mockus dice a quien lo quiera oír: “Me encantaría que cada mañana, cuando un estudiante se levanta para ir a clase, comprendiera que allí, en su colegio o universidad, se juega la soberanía del país, la diferencia de poder futuro. No soy blando, soy un duro limpio. Lo que construyó el gobierno de Uribe no lo vamos a destruir”.
Sobre las FARC ha sido categórico: cero negociaciones. “Un canje (de rehenes) lo que generaría es el mismo ciclo. Es malcriar. Es enseñar a las FARC que sus métodos son efectivos. Y uno lo primero que tiene que hacer ante fenómenos como el terrorismo es demostrar que la sociedad no cede ante el terrorismo. Creo ser capaz de poner lo mejor de mí, pero sobretodo de convocar a la gente para que ponga lo mejor de sí. No bastará con que haya policías y soldados, se necesita justicia y rechazo social”.
No es frecuente encontrar en América Latina un político que hable así. “Colombianos: Debemos abrirnos a la posibilidad de ver cómo es el otro, lo complejo que es, lo bello que es, lo generoso que es. Es ir descubriendo que gran parte de nuestras desconfianzas son injustificadas, e ir descubriendo seres hermosos. Hay que comprender la ley. En vez de Publíquese y cúmplase, las leyes terminarán diciendo Publíquese, explíquese, compréndase y cúmplase”.
“Si usted va a votar por mí, pero no lo está haciendo en conciencia, mejor no vote por mí. Vote por aquel o aquella que le diga su conciencia. El juego limpio tiene un enorme efecto moral sobre el enemigo. Hoy la lucha en Colombia no es entre bandos, sino contra el todo vale, contra justificar violar la ley en aras de conseguir un fin supuestamente superior. Los recursos públicos son sagrados. Como pedagogo, rechazo la idea de que alguien es irremediable”.
El excéntrico pero sabio Antanas Mockus tendrá que cuidar sus espaldas si quiere mantenerse a flote: cuando se sube tan rápido y tan alto, la caída suele ser irremediablemente estrepitosa.
Eliseo Alberto
El último suspiro
del Conquistador / XXXIV

Cuando El Negre le dio a escoger a uno de los resurrectos para que lo acompañara en su viaje de regreso, el almero Tomás seleccionó a un hombre de edad mediana, estatura baja y rasgos europeos. El anfitrión celebró la decisión con una carcajada a la que se unieron todos los presentes.
—Ahora pies en cabeza y cabeza en pies —comentó El Negre—: Garcí, español esclavo de Tomás, indio.
El español no pareció ofenderse con la observación. Por el contrario, se unió a las risas y saludó a su nuevo dueño con una caravana.
El primer cálculo de Tomás fue que su nueva compañía lo liberaría del molesto disfraz de mujer castellana que había debido usar, hasta entonces, para mantener en secreto su presencia en el sitio en el que su amo, Don Hernando Cortés, había muerto. A partir de ese momento, podía aparentar que era un indio sirviente de un peninsular igualmente anónimo, colono de la Nueva España, y efectuar el resto del retorno por la ruta habitual: la Villa Rica, la Puebla de los Ángeles...
En los pocos días que pasó en La Española, Tomás había recibido mucho de El Negre y no quiso partir sin antes compartirle sus propias habilidades como captador de ánimas. Pidió que los resucitados abandonaran el bohío, se quedó sólo con el propietario y, como no había un agonizante a la mano para la lección práctica del oficio, y como no era el caso matar a nadie, se contentó con explicar la teoría. El africano escuchó atentamente la exposición del maya y, cuando comprendió las aplicaciones de aquel saber milenario, tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Después, después —sollozó El Negre—. Año antes hablas y yo salva Sebastián Lemba.
Era una situación típica de casa chica, salvo por el hecho de que Juan Riestra y Rufino no tendrían descendencia. El empresario pasaba cuatro o cinco días de la semana con su familia principal —la esposa, los hijos—, y los restantes, viajaba con su novio, quien aparecía a los ojos de la sociedad como un ayudante del transportista. Una noche, Riestra pidió al muchacho que se vistiera de mujer. El resultado lo sorprendió, porque, al verlo con prendas femeninas, la masculinidad de su amante se disipó por completo.
—Ahora resulta —dijo, sorprendido de su propia situación— que tengo otra mujer.
—Pues de hoy en adelante, en estos viajes, seré tu mujer —respondió Rufino, disfrutando con la idea de experimentar una doble personalidad. Y durante un tiempo, vivió a caballo entre su condición biológica equívoca y su identidad adoptada. Las cosas habrían podido seguir así por tiempo indefinido, pero un día variaron de rumbo.

Tras interrumpir la comunicación con Andrés, Jacinta gimoteó hasta que le dolieron los músculos abdominales, se sobó la panza y volvió a su mensaje. En él, pidió al desconocido que le había escrito días antes que la ayudara a conseguir el uso de un cromatógrafo de gases y de un espectrómetro. “Te quedaría eternamente agradecida”, terminó y mandó el mensaje. Eran más de las tres de la tarde. Sintió hambre. Bajó a la cocina y se encontró a su mamá, Eduviges, sentada en una de las dos sillas de la mesita de servicio, respirando con dificultad y con la mirada clavada en el piso.
—¿Mamá?
Eduviges no respondió y la hija se alarmó ante el silencio.
—¡Mamá! —gritó Jacinta y se abalanzó sobre la señora. Le tomó la cara con las manos, la miró y observó una asimetría en la cara de su madre: el lado izquierdo estaba átono, en tanto que el derecho presentaba una ligera contracción muscular que daba por resultado una cosa a medio camino entre la sonrisa y la mueca de molestia. La cabeza de Eduviges se movió al arbitrio de las manos de Jacinta, y ésta cayó en la cuenta de que la mujer no estaba del todo consciente.
—¡Ay, no! —dijo para sí—. Otra vez al hospital.
Sánchez Lora, Manrique y Pérez, integrantes del servicio forense, recibieron la orden de seguir a los vehículos policiales. En los primeros momentos del trayecto a Los Pinos todo fue confusión. El pequeño convoy —dos patrullas y una ambulancia del forense—pasó aullando por unas cuadras de la calle de Rayón y dio vuelta a la izquierda en paseo de la Reforma, rumbo a Chapultepec. En el camino, Sánchez Lora, sentado en el asiento de copiloto de la ambulancia, vio una proliferación de vehículos oficiales de todas clases: autobuses repletos de policías federales y locales, tanquetas del ejército que desmentían la lentitud sugerida por sus blindajes, pick-ups musculosas de color azul oscuro, grises camiones de carga de la Armada, camiones de bomberos. Por el aire zumbaban varios pequeños helicópteros amarillos y otros, verdes, mucho más grandes y alargados. El aparato de intercomunicación de la unidad vomitaba gritos entremezclados e ininteligibles. Lo único que los forenses sabían era que frente a la puerta principal de la residencia presidencial habían sido abandonadas varias cabezas humanas y que debían acudir a ese sitio para el levantamiento de restos. Sánchez Lora apagó el transceptor y se resignó a escuchar las noticias en la radio. No le fue difícil encontrarlas.
—Está confirmado —dijo un locutor, con la voz perceptiblemente alterada y temblorosa—. Las cabezas encontradas esta mañana en la puerta principal de Los Pinos pertenecen a los integrantes del gabinete presidencial. El gabinete completo ha sido descabezado —agregó, acaso sin darse cuenta de la literalidad de su dicho.
—Puta madre —exclamó Sánchez Lora.
Volteó a ver a Pérez, que conducía, y apreció en su semblante pálido y sudoroso el impacto de la noticia. Luego giró la cabeza hacia el pequeño asiento trasero y lateral donde viajaba Manrique; le temblaban los labios. Alrededor de la ambulancia, decenas de vehículos marcados con logotipos oficiales seguían confluyendo hacia Paseo de la Reforma. La ancha avenida, en sus carriles centrales y laterales, se volvió un gigantesco estacionamiento en el que ululaban sirenas de todas clases y destellaban luces de emergencia azules, rojas y blancas.
—Se ha anunciado que, en unos momentos más, el Presidente dará un mensaje a la nación —se escuchó en la radio.
Minutos después, en efecto, inició una transmisión en cadena nacional. El Presidente habló con voz firme y serena al referirse a “los trágicos sucesos de esta mañana”; prometió que se identificaría y se castigaría con todo el peso de la ley a los culpables de las decapitaciones; dijo que su gobierno estaba sólido y cohesionado y que no se dejaría amedrentar; explicó que el abominable crimen era un indicio claro de la desesperación y la debilidad de los grupos criminales ante la firmeza con que estaban siendo perseguidos y ante los golpes contundentes que habían venido recibiendo por parte de las autoridades. Luego, exhortó a la población a la unidad y a la tranquilidad, y le pidió que no se dejara engañar por falsas percepciones.
Sánchez Lora se echó a llorar.

27.4.10
Defensas

Suena bien eso de defender a los mexicanos expuestos a la legislación racista, hipócrita y paranoica, recientemente aprobada en Arizona: envolverse en una bandera nacional y arrojarse con heroísmo por la empinada ladera de las declaraciones, sin olvidar el adjetivo indeclinable
.
El heroísmo de Calderón en defensa de los connacionales va acompañado por otros actos sublimes. El señor Gómez Mont se siente a salvo porque se pone enfrente, porque protege a los suyos y porque desprecia a los cobardes que tienen miedo. Es una persona excepcional: su valentía a toda prueba tiene, además, la coadyuvancia de un blindaje nivel 4 y de una nube de guaruras que lo salvan de todo mal. Los mexicanos comunes y corrientes (quién les manda) viven en pánico no sólo frente a las granadas y los AK-47, sino también (qué cobardes) ante una pistola .22 o un cuchillo, blandidos por una delincuencia modesta pero casi siempre impune. Y cuando la carcacha de una familia cualquiera pasa al lado de un retén militar, es muy posible que el conductor o la conductora se mueran mil veces de susto y aparezcan en su mente las imágenes de padres, madres e hijos cosidos a balazos por los gatillos nerviosos de los efectivos castrenses. Las fuerzas armadas están para abatir la capacidad de fuego de los delincuentes, pero de cuando en cuando se escabechan también a estudiantes, a campesinos, a señoras que iban de compras o a señores que nomás estaban en su casa viendo la tele pero que tenían cara de narcos.
Y es que, por las razones que hayan sido –confesables o no–, el calderonato decidió que decenas de miles de vidas humanas podían ser sacrificadas en la guerra impuesta al país, optó por la destrucción de la seguridad pública y determinó que, en lo sucesivo, y durante un tiempo indefinido, los mexicanos no sólo tendrían que temer por su comida, sino también por su vida.
Por las razones que sea: por un honesto compromiso con la vigencia del estado de derecho; o por el afán de hacer demostraciones prácticas de garrotes, tanquetas y artillería a una población exasperada; o porque había que obedecer el dictado neocolonial implícito en la Iniciativa Mérida; o por personales pulsiones patológicas de destrucción (“I want all the toys”, dice Calderón, festinando su propio chiste, en referencia a las armas de alto poder de una serie policial, mientras sus gobernados, delincuentes y no, mueren como moscas); o porque se buscaba negociar, a balazos, un nuevo pacto entre los poderes políticos y empresariales que dictan las acciones del régimen, por un lado y, por el otro, los poderes del narcotráfico y las otras corporaciones que tienen en la infracción penal su ramo principal de actividades.
La otra parte del problema es que el calderonato decidió seguir y profundizar un modelo económico que hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, que genera desempleo y miseria y obliga a muchos a dejar sus lugares de origen o residencia y a buscar mejor suerte en otro lado, en Arizona, por ejemplo, donde de seguro no los tratarán peor que en su propio país.
Pero es de mal gusto hablar de eso, sobre todo ahora, cuando la economía se encuentra en franca recuperación, así sea en el terreno de las percepciones.
Tal vez las escenificaciones oficiales logren distraer la atención, así sea por un momento, de un dato incómodo: el gobierno de Felipe Calderón da a la mayoría de los mexicanos un trato peor que el que cabe esperar –y temer– de las autoridades de Arizona, si es que éstas llegan a estrenar los dientes que les conferiría esa ley ciertamente infame, pero de futuro dudoso.
En lo inmediato, los connacionales que se ganan el sustento en la tierra de la implacable Jan Brewer se están defendiendo muy bien, ellos solos, mediante movilizaciones y acciones de resistencia.
Quienes, a pesar de todo, se quedan de este lado, no han cejado en su defensa contra la ofensiva económica, legislativa, propagandística y represiva que el régimen mantiene contra la mayoría de la población. Si la gente tiene éxito en defenderse, aquí, de Calderón, Gómez Mont, Carstens, Lozano Alarcón, García Luna y compañía, no tendrá que irse del país a trabajar, a padecer y a defender su vida y su dignidad frente a canalladas racistas y electoreras como la engendrada por los legisladores y la gobernadora de Arizona.
26.4.10
25.4.10
22.4.10
El último suspiro
del Conquistador / XXXIII

No podía creerlo: él la había llamado en una actitud amorosa y arrepentida, pero Jacinta se había portado fría y grosera y le había colgado el teléfono. Andrés se sintió urgido por salir de aquel impasse en su existencia. Evaristo Terré, su anfitrión parisino, se dio cuenta de la angustiosa situación de su amigo y lo instó a acomodarse como mejor pudiera en el sofá de aquella sala sucia, y a desplegar sus objetos personales en la mesita que servía de comedor.
—Distráigase, hombre, ponete a trabajar, haz como si no hubiera pasado nada, que la vida es más complicada que esto —le dijo, mientras le servía la tercera o cuarta taza de café de la tarde, que ya llegaba a su fin en aquel febrero.
Andrés encontró que el consejo era razonable, aunque no estaba seguro de poder acatarlo. Agradeció el gesto, pidió permiso para usar la computadora de Evaristo y extrajo de su maleta el disco duro externo en el que había almacenado toda su investigación de doctorado. Encendió el aparato, enchufó el dispositivo de almacenamiento a uno de los puertos y se dispuso a revisar —así fuera para apartarse de pensamientos negros— el estado de su trabajo, bruscamente interrumpido unas semanas atrás. Pero cuando abrió el directorio del disco duro portátil, vio cosas que le eran desconocidas: en vez de las carpetas de sus documentos, halló carpetas extrañas que no le decían nada: “Chamula”, “Novios”, “Lenguaje”, “Perros”, “Epistemo3”, “Verano”, “Comunidades”, “Campo”, “Respaldo documentos Jacinta”.
—Carajo —dijo, con desesperación—. Éste es el disco de Jacinta, no el mío.
El descubrimiento suponía un formidable golpe adicional en su vida, de por sí maltrecha: toda la información de sus estudios estaba a miles de kilómetros de ahí, en poder de una chava que acababa de colgarle el teléfono y que, por lo visto, estaba muy enojada con él. Sin casa, sin su amor, sin el fruto de varios semestres de su esfuerzo, Andrés pensó en el suicidio.
El perito forense Sánchez Lora volvió al local de don Rufina llevando consigo la credencial que había comprado en la administración de La Lagunilla. Estaba incómodo consigo mismo por participar en actos de corrupción, por dejar de cumplir con su tarea, que era el reconocimiento y levantamiento de cadáveres, y por invadir funciones que le eran ajenas. Pero la serie de acontecimientos que se había iniciado con el aplastado de República de El Salvador le causaban una enorme intriga y ésta podía más que sus escrúpulos. Al llegar al sitio del crimen, vio que los empleados públicos se tomaban su trabajo con parsimonia, pese a que el olor a muerto recomendaba hacerlo rápido. Se acercó a uno de los agentes y le preguntó:
—Oye, ¿me llevas a donde está la señora a la que interrogaron?
—Es la que está saliendo, a dos puestos a la izquierda —respondió el policía con desgano—.
Seguro no se va a mover de allí, porque está muerta de susto.
—Cabrones, ¿pues qué le hicieron? —dijo Sánchez Lora sin esperar respuesta, y se dirigió al sitio indicado. Al llegar descubrió que la locataria estaba, en efecto, muy asustada.
—Ya les dije todo lo que sabía, señor —dijo la mujer en cuanto vio el gafete que Sánchez Lora llevaba colgando del cinturón—. Ya les dije todo a los otros agentes.
—Tranquila, señora —terció el perito—. Sólo quiero que me aclare una cosa.
Sánchez Lora sacó del bolsillo la credencial que había comprado momentos antes y la puso a la altura de los ojos de la mujer.
—Mire bien —le dijo—. ¿Reconoce a esta persona?
—Sí, señor, esa es la muchacha que anduvo por aquí el día que pasaron las cosas.
“Tal vez salgo mejor policía que forense”, pensó para sí mismo el perito, con cierta amargura, y se dirigió de vuelta a la bodega.
No alcanzó a llegar a ella: en el pasillo del mercado se topó a una caravana de ministerios públicos y de agentes policiales, quienes habían abandonado a toda prisa el local. Detrás de ellos iban Pérez y Manrique, sus compañeros, sudando mientras cargaban la camilla donde iba el cuerpo de Don Rufina cubierto por una sábana blanca. la procesión dejaba tras de sí una estela de hedor insoportable. Los colegas de Sánchez Lora bufaron con disgusto al verlo, porque los había dejado solos con el trabajo, pero el especialista no les hizo caso. Se dirigió al comandante.
—¿Qué pasó?
—Pues que había que acabar con esto a la de ya, mi buen —respondió el policía, también agriado—. Ahora sí que se puso fea la cosa —y luego, señalando a la camilla, y en tono inequívoco de orden, agregó:
—Dejen a ese cuerpo en donde quieran, que hay que tener disponibles todas las ambulancias del forense.
Sánchez Lora vio que el comandante estaba de mala mosca y optó por dejarlo en paz. Camino al estacionamiento del mercado, en donde habían dejado las patrullas y la ambulancia, preguntó a otro de los policías del grupo:
—¿Me puedes decir qué ocurrió?
—¡Está muy cabrón! —replicó el agente—. Aparecieron como veinte cabezas frente a la puerta principal de Los Pinos.
No había forma de sentir la nada: una luz grisácea, tal vez, o una oscuridad que no era digna de ese nombre; un letargo incorporal muy tenue como para sentirlo; una presencia simultánea de recuerdos demasiado vagos como para recordarlos, ajenos e incomprensibles, y de súbito, precisos y vívidos: el cu principal de Cholula, coronado por aros que eran las aureolas de dilatado diámetro en los pechos de doña Marina o los doblones de su propia fortuna, disputada por cientos de manos; las líneas rectas de los cantos de su espada eran los bordes del cuello odioso de doña Catalina Xuárez, su primera esposa, con las cuentas de azabache de su gargantilla derramadas en el lecho, en la única vez en que su virilidad se irguió ante esa mujer. Y la frase lacerante de fray Bartolomé de Olmedo, proferida la mañana del 2 de noviembre de 1522: “... Toda esta ciudad dice públicamente que vos la habéis muerto”. ¿Remordimientos? No. ¿Evocaciones? Nada. ¡Ah, pero algo! Él había vuelto de la muerte. En una ocasión...
20.4.10
Pedopriest: el juego Vaticano

Encontré en el blog Luces y Sombras, de Marichuy y Aurore Dupin, el juego Pedopriest, un programita descargable en Flash que reproduce fielmente la estrategia seguida hasta ahora por los curas pederastas y el alto clero católico que los ha protegido: abusar de niños, intimidar a los testigos antes de que llamen a la policía, distraer a las autoridades o, en última instancia, escapar de ellas y refugiarse en El Vaticano. Buenísimo.





