9.10.08

Orán, bella y rebelde

Maurice El Médioni

  • Cantos de desterrados
  • La música de Maurice El Medioni

Tal vez el problema comienza cuando un Estado se define a sí mismo como judío, o árabe, o musulmán, o católico, o anglicano, o budista. O tal vez antes, cuando un Estado se define. O incluso antes de ese antes, cuando el judío es descrito como amigo de Satanás, el árabe es llamado “marrano” y el moro y el cristiano se gritan “infiel” el uno al otro. No nos metamos en eso. El punto es que, cinco siglos después de las expulsiones masivas, los vocablos ladinos acaban resonando en suburbios insospechados de Estambul y que apellidos andalusíes como Siniora vuelvan a cruzarse, en las negociaciones eternas de Medio Oriente, con sefardíes como Toledano, y que en el seno de las comunidades remotas de exiliados (refugiados, desplazados, emigrados, expulsados), los cantos de la ausencia construyen países un tanto imaginarios pero inenarrablemente hermosos. Los únicos errantes que escapan a esta norma son los gitanos, quienes no están atados a patria alguna porque, como dice Juan Peña, El Lebrijano, no conocen otra que la libertad.

He estado en contacto con prófugos políticos, económicos, culturales, raciales, étnicos, religiosos, arreligiosos y hasta sexuales (la discriminación y la persecución también exilian a quienes no se reconocen en una de las dos categorías heterosexuales estipuladas por el horrendo Dios de Ratzinger) de un montón de nacionalidades: mexicanos, judíos, chipriotas, haitianos, armenios, palestinos, saharauis, argentinos, españoles, griegos, chilenos, rusos, colombianos, gringos, uruguayos, húngaros, chinos, croatas, salvadoreños, iraníes, búlgaros, bolivianos. Casi todos padecen un poco o un mucho de morriña, “soidade da terra natal”, de saudade, “lembrança carinhosa de um bem ausente”, de dor —“mai am un singur dor”, dice el poeta rumano Miahi Eminescu— o de homesickness, o de mal du pays, o de wehmut, sentimiento para el que hay muchas palabras en muchos idiomas pero no un vocablo preciso, porque es algo así como una añoranza particularmente lúcida y no del todo triste. Nostalgia se forma de los vocablos griegos νόστος (retorno) y αλγος (dolor, misma raíz de analgésico) y en la imprecisión etimológica (porque la causa del dolor no es el retorno, sino su imposibilidad, evocación o lejanía) reside la poética del término.

La contradicción ideológica, política o nacional tendría que avergonzarse de sí misma y declararse en tregua y en silencio cada vez que un desterrado recrea en la palabra, por sobre las dificultades del tiempo y la distancia, su patria prohibida. Si se mira bien, el canto del exiliado es un punto de encuentro de lo humano por encima de las diferencias de bando, partido, pendón, cofradía, color y lengua.

Estas ideas y otras me vinieron a la cabeza al escuchar los ritmos hermosos a un tiempo extraños y familiares que salen del piano de Maurice El Medioni (Orán, 1928), un judío argelino que terminó cantando en Marsella sus añoranzas por la ciudad natal. Su paisano y colega árabe (Cheb) Khaled (Hadj Brahim), conocido como “el rey del rai”, y también desarraigado por las amenazas de los fundamentalistas idiotas (algunos creen que para suprimir la sexualidad basta con prohibir las palabras que la nombran), dice que El Medioni “representa el tiempo en que la música era pura y no había guerra entre judíos y árabes, y nos reuníamos a tocar y a compartir cosas”. Uno y otro, el hebreo y el moro, son ejemplos notables del crisol melódico que fue Argelia a mediados del siglo pasado: ritmos procedentes de la liturgia jasídica, arrebatos andaluces, cachonderías árabes, aires franceses e italianos, orquestaciones egipcias y compases afroamericanos de Luisiana, Brasil y Cuba. “La base de mi música es andaluza, pero le pongo boogie-boogie, jazz y latina. Y con todo, conserva la resonancia del Magreb”.

Su padre y su tío Saoud, regentean un cabaret en la Calle de la Revolución, en el corazón del Derb, el barrio judío de Orán. Cuando Maurice tiene siete años, su padre fallece de manera violenta y Saoud emigra a Francia. El pequeño huérfano permanece en Orán, improvisa laúdes con sartenes y violines con tenedores y a los nueve años se sienta por primera vez ante el teclado de un piano, comprado por su hermano mayor en un bazar de vejestorios. En cosa de pocos días, su casa se puebla con las canciones de Francia que el niño escucha en la radio y que empieza a ejecutar en el nuevo-viejo instrumento.

Cuenta Bertrand Dicale: Maurice toma el jazz y el boogie-woogie de las tropas estadunidenses que llegan a su país en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, en la Operación Antorcha; de los soldados puertorriqueños escucha los ritmos caribeños y enloquece con ellos. Por entonces, los jóvenes argelinos escuchan cualquier cosa menos las melodías de su país. Una tarde, cuando Maurice toca en un bar, tres muchachos magrebíes le piden que les haga el acompañamiento de una canción árabe, el joven judío acepta y se produce una revelación: su técnica de jazz y sus frases latinas se acoplan con fluidez a la melodía oriental y, tras unos momentos de improvisación, establece de manera instintiva los fundamentos del “pianoriental”. Los ritmos de rumba de Maurice se acopla perfectamente bien con el rai que está naciendo en Argelia y los cuatro músicos empiezan, desde esa noche, a tocar juntos. Se inscriben en algo que no tiene nombre, o que tiene varios: judeoárabe, judeoandaluza, judeoargelina o francárabe, y que tiene entre sus grandes exponentes a Lili Labassi, Lili Boniche, Blond Blond, Salim Halili, Reinette l’Oranaise.



Afirma Dicale que, tras la independencia de Argelia, el gobierno del nuevo país dio como alternativa a los hebreos “la valija o la tumba”. Exagerado o no, de los 130 mil argelinos judíos que había en 1962, sólo quedaba un centenar dos décadas más tarde. No hay revolución que no cometa atrocidades, y éstas no se justifican por las más prolijas y profundas que perpetran las contrarrevoluciones. Lo cierto es que Maurice se integró, al igual que decenas de miles de sus correligionarios, al enorme flujo humano de gentiles “pies negros” (pieds-noirs) que optaron por emigrar a Francia. Trabajó de sastre en París y abrió posteriormente una boutique en Marsella (1967). Pretendió retirarse de la música, pero la música se negó a retirarse de él, y ya viejo, grabó algunos discos de éxito limitado (Café Orán, 1997, Pianoriental, 2000). Hace unos años el músico cubano-estadunidense Roberto Rodríguez —otro ausente, trasplantado a los nueve años de su Habana natal a Miami— lo encontró en París y se lo llevó a Nueva York, en donde ambos grabaron lo que es una consagración planetaria: Descarga oriental. Acompañado por las percusiones caribeñas de Rodríguez, El Medioni se deja llevar por la morriña, la saudade, el dor y la nostalgia, deslumbra al reivindicar su origen en la lejana tierra de ambiente y abundancia, describe su cuerpo y sus humores como los de una mujer añorada y, tras un recorrido por sabores y olores y tendajones y amigos y marchantes y compinches, concluye:

Je me souviandrai toujours, toujours,
que là j’ai passé mes plus beaux jours.
Cette ritournelle,
je la chante pour elle,
pour Oran, la belle
et la rebelle :

Oran, non, non, je t’oublirai pas.

Moi aussi je pense à toi.

Ô non, non, y on se reverra,

et toujours on s’aimera.

(Recordaré siempre, siempre, / que allí pasé mis días más hermosos. / Este estribillo / lo canto para ella, / para Orán, / la bella / y la rebelde: / Orán, no, no te olvidaré. / Yo también pienso en ti. / Oh no, no, allí nos hallaremos / y nos amaremos siempre.)

Claro que sigues presente en Orán, viejo árabe y judío, sonoro y maravilloso.



Voici, mon cher Maurice.

5 comentarios:

El que boga de pie sobre una piedra dijo...

¡Orán! No la conozco, pero como es rebelde ... ¡es bella!

Sirena de mentiras dijo...

Soy admiradora del Rai desde hace muchos años... ya sabés, eso de ir contra corriente es lo mío. Ahora mismo escucho lo que recomendaste y se me hace tan mágico cómo este hombre tan "lejano" a nuestro Puerto Rico toca con tanto sabor y cómo mezcla escalas de sus tierras con las nuestras...
Y te tengo otra palabra para tu serie: morriña, saudade, dor, nostalgia y cabanga. Si no sabés que es buscá aquí y de paso conocés el sitio

Sirena de mentiras dijo...

Por cierto, no hay nada como el hipertexto... leer la columna en el impreso es bien extraño...

Botica Pop dijo...

Otra vez me pongo retro: ¿te acuerdas de un artículo tuyo en La Jornada, en 2006, que se llama "El turno de los pendejos"? Me he tomado la libertad de utilizarlo en mi último post http://boticapop.blogspot.com/2008/10/larga-vida-la-reina.html
Coincido con sirena de mentiras, no hay nada como el hipertexto.

Pedro Miguel dijo...

Gracias por sus comentarios y les chismeo: a raíz de esta columna, recibí correo de Marsella.