24.2.11

La vida de Bruno


Una tarde, Bruno se encontró con su vida. Buscaba a sus amigos en el parque para jugar con ellos, cuando vio, muy cerca de él, un remolino de hojas luminosas que giraba en el aire. Bruno se asustó y echó a correr.

—Ven, no me tengas miedo –dijo a sus espaldas una voz profunda y dulce. Era grave, como la voz de su abuelo, y al mismo tiempo alegre y colorida, como la de la chavita del anuncio de la tele, y de la que Bruno estaba enamorado en secreto.

Bruno se detuvo, se dio la vuelta y miró con más calma a la aparición. Era un cono de niebla alrededor del cual giraban pequeños espejos de todas las formas imaginables: rombos, triángulos de puntas redondeadas, círculos, óvalos, rectángulos. Decidió que aquello era muy raro, pero que no podría hacerle daño.

—¿Qué eres? –preguntó.

—Soy tu vida –respondió la cosa con aquella voz que se oía como caricia, como el agua tibia de la regadera, como si calentara y refrescara al mismo tiempo.

Bruno pensó en sus papás, que se vidaban: “Mi vida” esto, “mi vida” aquello. Hasta cuando peleaban, que no era muy seguido, su papá y su mamá se gritaban el uno a la otra o la otra al uno: “¡Pero qué idiota eres, mi vida!”. Y recordó que su hermana, cuatro años mayor que él y que ya tenía novio, pasaba horas en el teléfono: “Áaandale, vidita”, suplicaba. “¡Aaay, vidita, qué lindo!”, celebraba. “¡Cómo se te ocurre, vidita!”, se ofendía. “No pueeedo, vidita”, se hacía del rogar.

Bruno no tenía novia, aunque algunas veces –cada vez más seguido— soñaba con enamorarse de una chava. Examinó al ser que danzaba en el aire y decidió que, como para novia, no era muy guapa que digamos.

—Tú no eres mi vida –dijo Bruno, tomando valor—. Yo no tengo novia, y menos esposa.

La aparición lanzó una carcajada que rebotó en las hojas de los árboles del parque.

—No dije que fuera tu novia, ni tu esposa, ni tu cuchi-cuchi. Soy tu vida; mírame –dijo, y redujo la velocidad de su giro para que Bruno la observara bien.

Los objetos que daban vuelta alrededor de un eje invisible no eran propiamente espejos. Parecían por momentos pantallitas de teléfono celular, y a ratos, simples figuras tridimensionales que flotaban en el aire.

En uno de ellos, Bruno se vio a sí mismo a la hora de la cena, mientras su mamá le servía unos huevos revueltos y un pan tostado. A Bruno le encantaba ponerle salsa catsup a los huevos y sentir cómo los sabores se mezclaban en su boca con las texturas del pan crujiente. Vio a un bebé que chillaba en una cuna que le resultó conocida. Se vio muerto de susto en el sillón del dentista. Vio a un muchacho que se parecía a él, pero más largo, diciéndole a una chava hermosísima unas palabras que son muy difíciles de decir la primera vez que se dicen, y que luego no pueden dejar de decirse y escribirse todo el tiempo. Vio a un hombre joven que cargaba con mucha ternura a una niña muy parecida a él, a Bruno. Vio a un señor como el que él soñaba con ser (algunos días quería ser bombero, otras veces pensaba en volverse astronauta, ingeniero, mago o actor de cine) que sufría y gozaba haciendo su trabajo; en otro fragmento ese mismo señor lloraba, vestido de negro, la muerte de uno de sus padres; y vio a un viejo sentado en una sala amplia y llena de luz, que recordaba con alegría un lejano momento de la niñez en que se había topado con su vida mientras paseaba por un parque.

El chavo se dio cuenta que era cierto lo que le decía la aparición y se quedó observándola en silencio. Trató de concentrarse en cada una de las imágenes que danzaban frente a sus ojos y supo que, por mucho que se esforzara, no iba a poder acordarse de todo aquello. Algo parecido le había ocurrido una vez en un sueño.

—Así que eres mi vida –dijo Bruno, porque no sabía qué otra cosa decir—. La vida que yo vivo.

La aparición no respondió, porque no era necesario.

Bruno siguió viendo las imágenes que danzaban en el aire frente a sus ojos, y algunas le parecieron francamente horribles. Se vio comiendo un caldo de pollo que no le gustaba. Se vio a sí mismo bostezar mientras hacía una tarea aburridísima, a la que no le entendía ni papa. Se vio sediento, después de un partido de futbol, una tarde en que no llevaba dinero para comprar un refresco y uno de sus compañeros de equipo no quiso darle ni un traguito del suyo; esa vez Bruno supo que el gusto que alguien se da con una bebida helada puede ser el disgusto de otra persona que tiene sed, y que la diferencia entre el uno y la otra hace que nazcan cosas malas, como el egoísmo y la envidia. Se vio apretujado y acalorado en el microbús, de regreso de la escuela a su casa, sin poder moverse, mientras una axila que le quedaba muy cerca de la cara desprendía un olor como de cebolla podrida. Observó un pleito muy feo que había tenido con su hermana hacía unas semanas.

Entonces tuvo una idea:

—Oye –dijo—, ¿me dejarías quitarte unos pedazos que no me gustan?

—No se puede –dijo la aparición—. Están conectados unos con otros, y si quitas uno, se caen los demás.

—¿Cómo?

—Esa tarea que hiciste te permitió entender algo que algún día te hará ganar dinero. Después de la discusión, tú hermana y tú se contentaron, ella te ayudó con tu tarea y tus papás los llevaron a tomar un helado, y los cuatro estuvieron muy felices. Tendrás que trabajar mucho en tareas que no te gustan para comprarte la casa en la que te miras de viejo. Lo siento, pero si quitas las cosas que no te son agradables, se caerán las que sí te gustan.

Bruno se quedó pensativo un rato frente a la aparición, observándola, y vio que eso que parecía niebla, en el centro del torbellino, estaba compuesto por muchos tubitos como popotes largos y transparentes. En una primera mirada parecían desordenados, pero si uno se fijaba bien, podía darse cuenta de que eso que parecía desorden era en realidad un orden muy complicado. Sintió un gran gusto y un nudo en la garganta, y le dieron ganas de reírse y de llorar, pero se aguantó.

—¿En qué piensas? –preguntó su vida.

—Nada... Pensaba en que eres...

—Dilo –pidió la aparición.

A Bruno le costó trabajo hablar. Los sonidos se le atoraban entre los labios, la boca se le resecó y le dolió la garganta porque las palabras empujaban para salir y él apretaba los dientes para no dejar que salieran. Al final no pudo más:

—Pienso que eres muy bonita –dijo Bruno, y en ese momento las palabras que le faltaban salieron sin esfuerzo—. Que eres hermosa y que me gustas, y que te amo.

—Gracias –dijo su vida—. No sé si soy hermosa, o si soy más o menos bella que otras vidas, pero estoy feliz de ser tuya. Ahora, vete a buscar a tus amigos.

—¿Y tú? ¿Te vas a quedar aquí? ¿Te veré otra vez? –preguntó Bruno con ansiedad.

—Estaré contigo siempre –le respondió la voz profunda y dulce—. Aunque no te acuerdes.

Bruno se tranquilizó, dio la vuelta, caminó unos pasos, y cayó en la cuenta de que no se había despedido. Entonces volteó para buscar a la figura, pero ésta ya no estaba allí. No sintió tristeza porque sabía que seguía con él y que seguiría con él, aunque no la viera, y que lo acompañaría siempre.

Encontró a sus amigos, jugó con ellos toda la tarde, se olvidó de la aparición y cuando regresó a su casa, aquel encuentro se había borrado de su memoria. Pero sentía una felicidad que le hacía cosquillas por todo el cuerpo y no podía dejar de pensar que su vida era muy hermosa y que la amaba, y esas palabras siguieron dando vueltas por su cabeza hasta que se durmió y soñó con su vida.

En la mañana había desaparecido todo recuerdo del sueño. Pero, desde entonces, la sonrisa no se le borra casi nunca.

2 comentarios:

maría de lourdes aguirre beltrán dijo...

¡Que me ha gustado un montón!

Un abrazo

Anónimo dijo...

Me parecio tierno. Saludos.