6.6.14

De pájaros urbanos


Todo empezó por una plaga de gusano barrenador en el ciprés escuálido que brotaba del asfalto frente a mi casa. Los bichos siempre habían vivido allí, pero hace poco un vecino los usó de pretexto para asegurar que el árbol estaba carcomido, podría derrumbarse en cualquier momento y destruir su casa, cuando, en razón de las dimensiones del ejemplar, una eventual caída no habría hecho más que raspar un poco la pintura de su barda exterior. Pero el hombre dio y tomó en lograr el derribo del árbol y tres meses más tarde obtuvo la autorización correspondiente.

La verdad es que el ciprés tenía dos plagas: la ya mencionada y la de unos pajarillos que habitaban en él y que seguramente se nutrían de los gusanos. Nunca los había visto, o bien no los había observado, pero los escuchaba en las mañanas y sus diálogos incongruentes me amenizaban el desayuno. La gestión del vecino me preocupó en serio no por la planta sino por sus habitantes. Es característico de nuestro tiempo: en caso de tala, justificada o no, resulta fácil montar un escándalo en nombre de la deforestación, del calentamiento global y de los derechos de los árboles, pero nadie aboga por los plumíferos en riesgo de desalojo habitacional. De todos modos yo no tenía el menor deseo de entrar en conflicto con el talador, ni por animales ni por verduras, de modo que me puse a idear alguna operación de rescate.

Desde luego, no había tiempo para plantar un árbol nuevo y esperar a que creciera. Tal vez lo más simple habría sido emprender la captura de los individuos para procurarles un asilo nutrido y enrejado pero tal salida es políticamente impresentable y acaso judicialmente riesgosa: no faltarían las buenas conciencias que me acusaran de traficar con especies silvestres, por más que el adjetivo silvestre resulte cuestionable cuando se aplica a pájaros urbanos que llevan muchas generaciones cruzando ejes viales, respirando partículas de azufre, comiendo migajas de pan Bimbo y construyendo sus nidos con colillas de cigarro –como lo demostró una investigación reciente de Monserrat Suárez-Rodríguez, Isabel López-Rull y Constantino Macías Garcia–, un hábito que, por cierto, contribuye a reducir las infestaciones de parásitos entre las aves callejeras que pueblan este valle de lágrimas y mocos. Supongo que en sus lenguajes pajariles se han desarrollado ya trinos equivalentes a “qué pedo, güey” y a otros giros semejantes del habla urbana.

Hay en la casa una pequeña república de pericos australianos que goza de territorio propio y exclusivo pero llevar a ella a una oleada de refugiados tendría consecuencias desastrosas, habida cuenta que, por razones de parentesco o no, las aves suelen ser más territoriales que los lagartos, lo que es decir mucho, y que un flujo migratorio de esas características podría desembocar rápidamente en una sangrienta guerra civil. Tendría que recurrir, pues, a la construcción de un ámbito exterior en el que los bichos en desgracia encontraran agua, comida y refugio, si querían, sin que ello afectara para nada su garantía constitucional de libertad de tránsito.

Me fui al mercado y compré, a ojo de buen cubero, una docena de casas para pájaro, otros tantos comederos y tres o cuatro bebederos. De vuelta a casa me di a la tarea de fijar las viviendas sobre unas placas de aglomerado. Ya dispuestas en casas dúplex divididas por un comedero, pinté los módulos con manchas de distintas tonalidades de verde, con la esperanza de que parecieran parte de la vegetación, aunque quedaron más bien como tanques de guerra en pintura de camuflaje.

Cuando me disponía a atornillar aquella especie de multifamiliar del Infonavit a los muros externos de mi casa apareció el deforestador, apercibido con un oficio de autorización expedido por las autoridades delegacionales y una sierra de motor de gasolina. No quiso esperar a que yo terminara mi obra y comenzó la suya sin más preámbulo. En ese instante tuve que desempolvar el taladro, armar la escalera y ponerme a perforar y a clavar taquetes en el muro. Entre los dos armamos un ruidero tal que los pájaros del árbol condenado, así como los de una cuadra a la redonda, salieron despavoridos y a mí se me cayó el corazón al suelo. Aferrado a la esperanza de que los plumíferos fueran capaces de superar el estrés postraumático, terminé de fijar las viviendas, puse agua en los bebederos, alpiste en los comederos y luego colgué algunas ramas del ciprés ejecutado que resultaran algo así como un símbolo de la palabra “home”. Después se hizo de noche.

La mañana siguiente fue desconsoladora y silenciosa y el desayuno me supo mal. Subí a revisar el multifamiliar y las semillas estaban intactas en los comederos. Pensé que los emplumados se habían largado para siempre y me proyecté películas terribles en las que un gorrión sin hogar, rechazado de todos los árboles del barrio por habitantes ya asentados, volaba y volaba hasta que caía rendido en una azotea justo frente a un gato tan callejero como el pájaro, y no menos hambriento.

Pero un día después, muy temprano, escuché unos trinos y descubrí a un finche silvestre merodeando por el multifamiliar. El señor picoteó un poco de alpiste, me dedicó una mirada arrogante y se largó. Pero dos horas más tarde ya andaba de vuelta por ahí, acompañado por un saltapared o cucarachero y el alma empezó a regresarme al cuerpo.

En las jornadas siguientes la algarabía volvió a instalarse frente a mi ventana. No sé si entre ellos se encontraban los moradores originales del árbol caído pero pude contar muchos comensales. Nunca, hasta entonces, había caído en la cuenta de la gran diversidad que impera entre las aves urbanas. Además del finche silvestre y de los gorriones han estado viniendo aves de variados tamaños y plumajes: una torcaza, un pequeño escuadrón de picogordos, una tímida pareja de toquís, un cuitlacoche de pico curvo cuya mirada amenazante espanta al resto de los invitados, unos mosqueros más bien ocasionales, un cenzontle bullicioso y un pinzón mexicano que traga con la parsimonia y la dignidad de un animal mitológico. Me pregunto si un día nos hará el honor una eufonia o un escribano amarillo.

Ninguno de ellos ha fijado su residencia en el multifamiliar que les instalé (les doy toda la razón porque se trata de construcciones muy feas, acaso incómodas y de seguro menos térmicas que un nido) pero nunca se sabe lo que puede ocurrir y, por si acaso, las viviendas allí seguirán.

En ningún momento he actuado por generosidad ni por espíritu franciscano sino porque se me ha hecho costumbre escuchar los diálogos incongruentes de los pájaros callejeros a la hora del desayuno. Creo que hemos hecho, ellos y yo, un acuerdo justo: les pongo al alcance del pico una extensión de mi mesa y ellos, a cambio, me ofrecen una conversación animada e insignificante. Este planeta está dominado por los discursos grandilocuentes, los rollos de medio pelo y las estupideces verbales más devastadoras y es bueno darse un tiempo para escuchar a los pájaros. Ellos al menos no pretenden comunicar nada.



2 comentarios:

Sensei Gus dijo...

Mucho mejor remedio al mal medio ambiente que muchos rollos y discursos que he leído y escuchado.
Y el relato, excelente!

Kazbam Mabzak dijo...

Me gustó leer cómo les brindaste alimento y refugio a las aves urbanas.

Y me agrado tu sinceridad, ayudar a los animales por egoísmo también está chido.

Saludos.