17.10.17

Independientes y ciudadanos


Con la excepción de María de Jesus Patricio, postulada por el Congreso Nacional Indígena, las decenas de candidatos independientes que se inscribieron para contender por la Presidencia conforman un operativo de dispersión del voto opositor o bien un semillero de planes B (Margarita Zavala, El Bronco) ante la muy probable perspectiva de que alguno de los candidatos oficiales no logre subir en las preferencias electorales.

La ex primera dama y el aún gobernador de Nuevo León tienen sendos y prolongados historiales de pertenencia a un régimen que, de 1988 en adelante, ha saqueado y ensangrentado al país, ha entregado a manos privadas los recursos naturales propiedad de la nación, ha depauperado en forma deliberada a la mayoría de la población, ha convertido a la delincuencia organizada en un sector económico por derecho propio, ha acanallado el ejercicio de la política, ha demolido la soberanía nacional y ha desintegrado el tejido social en múltiples regiones y ámbitos. Ni la una ni el otro han llevado a cabo un ejercicio formal de deslinde y, en consecuencia, sus protestas de “independencia” tienen tanta credibilidad como los propósitos de probidad y transparencia que de cuando en cuando formula Peña Nieto.

Por varias razones, Marichuy es un caso aparte. De entrada, pertenece a un sector antirrégimen, responde a una representación política muy bien definida –la de diversas comunidades indígenas– y tanto ella como sus postulantes han dejado claro desde un principio que su participación en la elección presidencial no tiene como propósito llegar al gobierno sino divulgar su propuesta política y propiciar la organización en torno a ella.

Los demás son pescadores de ocasión. Carecen de trabajo político como no sea, en el mejor de los casos, el de cierta presencia mediática, y de programas coherentes de gobierno. Todos ellos se amparan en el hartazgo ciudadano por el resultado catastrófico de tres décadas de políticas neoliberales y comparten la incoherencia de pretender incursionar en la política hablando mal de ella. Se apoyan en el discurso maniqueo y simplón que divide a los seres humanos entre “políticos” y “ciudadanos”, entendiendo a los primeros como los que han dedicado su vida a las tareas gubernamentales, legislativas y partidistas, y a los segundos como palomas inmaculadas. Como si para ser político no hiciera falta, antes que nada, ser ciudadano, como si fuera posible una vida ciudadana marginada de la política y como si la corrupción fuera un asunto exclusivo de quienes, de una manera o de otra, trabajan en el ámbito de la institucionalidad pública.

Pero el extremo más grotesco de este discurso no está en el ámbito de los “independientes” sino en la escenificación de la triple alianza PRD-PAN-MC, que pretende engatuzar a la ciudadanía con el cuento de que es un frente “ciudadano” cuando en realidad es un mero negocio del poder por el poder y uno de los empeños de la continuidad neoliberal, antidemocrática y corrupta marcada por los sexenios prianistas y a la que en fechas más recientes se adhirió el perredismo y, de última hora, el dantismo.

La chamba de candidato “independiente” a la Presidencia dejará, desde luego, buenos réditos: si se consiguen los cientos de miles de firmas exigidas para figurar en las boletas y recibir dineros del INE, el negocio está asegurado; incluso en caso contrario, las campañas correspondientes serán una intensa cosecha de relaciones públicas que dejará al protagonista bien posicionado; por añadidura, en vísperas de la elección del año entrante vendrá la subasta de declinaciones en favor de alguno de los candidatos del régimen. Habrá buenas pagas, sea en metálico o, en caso de que el grupo en el poder logre mantenerse allí, en forma de nombramientos a direcciones generales o, con suerte, a una subsecretaría.

En el fondo, esta colección de ciudadanos “independientes” concentra lo peor de lo peor de la mentalidad pragmática e inescrupulosa que ellos mismos atribuyen a los “políticos”. A ver cómo les va.

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