
13.12.09
21.11.08
Miriam Makeba, Michael Crichton y castillos de arena para armar

Contaba esta columna, hace poco más de dos años: exiliada desde 1963 de su natal Sudáfrica por haber testificado ante las Naciones Unidas contra el apartheid, Miriam vivió en Londres, donde se casó con Harry Belafonte y donde lanzó sus primeros éxitos mundiales. Ya montada en una popularidad súbita, partió a Estados Unidos. Allí conoció a Carmichael, se casó con él y fue, por ello, víctima de esa censura moderna que no prohíbe nada, pero que condena la incorrección política, revoca contratos y saca de los anaqueles los libros y los discos, y fue expulsada del salón de la fama. La nueva pareja se mudó entonces a Guinea, país del que fue delegada ante la ONU. Después anduvo un tiempo en Bruselas y en 1987, Paul Simon, con el lanzamiento de Graceland, la regresó a la escena mundial. En 1990 Nelson Mandela la persuadió de regresar a Sudáfrica, y desde entonces vive allí.
Ya no: el lunes pasado, en la madrugada, Miriam murió en Castel Volturno, en los alrededores de Nápoles, Italia. Tenía 76 años cumplidos y había dejado su piel negra en la larga lucha por el nacimiento de África. “Cantaré hasta el último día de mi vida”, solía decir, y lo cumplió. En septiembre pasado, en esa localidad italiana, los pistoleros de la Camorra, la mafia local, habían asesinado a balazos a seis inmigrantes negros que vendían artesanías. La comunidad africana se movilizó para exigir al ministro del Interior de Silvio Berlusconi que hiciera algo contra los homicidas. En esa misma región, la Camorra lleva un par de años amenazando de muerte al joven escritor y periodista Roberto Saviano, a quien, por la solidez y contundencia de sus denuncias públicas, personalidades de la talla de Umberto Eco han llamado “héroe nacional”, y quien ha debido abandonar su país natal para preservar su vida. Mazi, como la llamaban sus seres queridos, no dudó en viajar al sitio para participar en un concierto en solidaridad con las víctimas de la mafia. Los organizadores y técnicos del concierto fueron, a su vez, amenazados, pero el acto se llevó a cabo bajo custodia policial. ‘Mamá África’ había experimentado cierto malestar antes de empezar el concierto, pero decidió seguir adelante con lo planeado. Tras cantar su canción más conocida, Pata, Pata, se derrumbó en el escenario, víctima de un ataque cardiaco. Fue llevada por su nieto, Nelson Lumumba Lee, y por otras personas, al hospital de Pineta Grande. Logró recuperarse un poco, lo suficiente para exigir y tomarse, ante el horror de los médicos, un trago largo de coñac, pero un segundo paro cardiaco acabó con ella.
Perseguida en diversas tierras, declarada indeseable en Estados Unidos y despojada de su nacionalidad por el extinto régimen racista sudafricano, tuvo una vejez serena, pero nunca desvinculada de las luchas contra la injusticia, la marginación y la opresión. Más allá de su militancia en las causas sociales, Makeba deja una vasto legado musical que comenzó con su incorporación, hace 60 años, al grupo Manhattan Brothers y continuó con su propia banda, The Skylarks, en la que empezó a fundir jazz con las melodías tradicionales sudafricanas. No estaría bien recordar con tristeza a esta negrota milagrosa, invencible y entrañable. El mejor homenaje para ella es escuchar su voz terrestre y lograr, así, que siga cantando.
* * *
Unos días antes, el 4 de noviembre, perdimos a Michael Crichton, médico, cineasta y escritor estadunidense nacido en Chicago, en 1942, y a quien como novelista se le podrán hacer muchas críticas, pero no la de falta de rigor científico. El primero de sus libros que me cayó en las manos fue The terminal man (1972), en el que se propone un implante cerebral para controlar las crisis de epilepsia sicomotora, un cuadro de origen somático que no se manifiesta en convulsiones, sino en “enturbiamiento de la conciencia” y “alteración orgánica de la personalidad”, y que puede llevar a impulsos de agresión que concluyan en homicidio. La novela era fascinante porque permitía asomarse a los misterios del funcionamiento cerebral y a las posibles aplicaciones de la electrónica en terapia siquiátrica.
Nos guste o no, Crichton, como novelista y, sobre todo, como guionista, nos familiarizó con innumerables conceptos científicos, como la clonación (en Parque Jurásico) o las condiciones imperantes en los fondos marinos (Esfera), con nociones como la del acoso sexual (en la célebre cinta de 1994 protagonizada por Michael Douglas y Demi Moore) y con panoramas tecnológicos como el de la industria aeronáutica (Airframe, 1996).
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El locazo de Rolando de la Rosa convocó a un montón de gente a participar en un proyecto que sólo pudo surgir de un espíritu bueno: “ante la apremiante situación económica de la República Árabe Saharaui Democrática, los niños y las niñas saharauis han decidido ayudar a los adultos exportando tres cosas que tienen como sus grandes tesoros, los han heredado de sus ancestros y los quieren compartir con todo el mundo, estos tres tesoros son: la imaginación, la poesía y la arena del Sahara. ¿Cómo lo quieren hacer? Ellos llenarán botellas con la sagrada arena del Sahara, colocarán un instructivo para armar un castillo de arena en particular con un poema y un dibujo. La etiqueta dirá: ‘Castillo de arena del Sahara para armar’”. Además, Rolando parte hoy al desierto para armar allá “el Caballo de Troya Saharaui”, que llevará una imagen de Benito Juárez y su lema más conocido. Suerte, Rolando, y va mi colaboración, que se titula
A un niño saharaui:
Sueña con tu país, con tu desierto
en donde alumbra el sol a gente buena;
sueña con tu familia, que ya estrena
capital, avenida y aeropuerto.
No dejes de soñar. Sueña despierto
que, ya pasada la agresión ajena,
un castillo construyes en la arena
y un país soberano en el desierto.
Patria tendrás. Tu patria independiente
se alzará bajo el sol, bajo su brillo,
con un cimiento sólido y profundo.
Mucha arena tendrás: la suficiente;
que si hoy tu mundo cabe en un castillo,
en tu patria mañana cabrá el mundo.
15.11.07
El olfato del guía

- Los saharuis no dicen mentiras
La patrulla salió de algún campamento del sur con dirección al noreste y estaba integrada, además del guía, por un puñado de combatientes jóvenes y fogosos, con educación moderna y conocimiento aún escaso de las tradiciones. Tres de ellos, escépticos, dudaron de facultades nasales tan portentosas, supusieron que eran un truco y complotaron para tomarle el pelo al viejo y descubrir cómo era que éste conseguía, en verdad, orientarse en el desierto. Antes de partir, llenaron un frasco con arena recolectada de los alrededores de la base y lo echaron en la mochila de uno de ellos.
Nada ocurrió tras la primera jornada de marcha: al caer la tarde, los integrantes del pequeño grupo de combate se dispusieron a descansar, levantaron un par de jaimas y se introdujeron en ellas para disfrutar de las tres cargas de té espumoso (ese es otro misterio: ¿cómo carajos le sacan espuma a esa bebida? ¿Le pondrán una pizca de detergente o una gota de clara de huevo sin que uno se dé cuenta?): la primera es amarga como la vida; la segunda, dulce como el sueño; la tercera, suave como la muerte. El viejo se mostró confiado en su sentido de la orientación, juzgó innecesario comprobar la ubicación geográfica y los jóvenes conjurados tuvieron que dormirse sobre su propia frustración.
En la tarde del segundo día, el responsable de llevar la columna a su destino dio muestras de inquietud: escudriñaba el horizonte planísimo, vacilaba por momentos, se detenía y miraba el suelo. Ordenó un alto en hora aún temprana y los hombres armaron las dos tiendas --una para los hombres y las armas, otra para el resto de la carga-- y vertieron sobre la sémola un poco de agua inapreciable para preparar el alimento. Comieron conforme caía la noche y al terminar desempacaron la pequeña hornilla de alcohol y los vasos reglamentarios -más pequeños que un vaso de un cuarto de litro, más grandes que un caballito de tequila-, vertieron un puñado de hojas aromáticas en el agua de la tetera, le agregaron azúcar y se dispusieron a paladear la primera ronda, que después de pasar varias veces de la tetera al vaso y del vaso a la tetera, en cascadas altas, delgadas y precisas, sale espumosa, y amarga como la vida. Tal vez se dieron tiempo para relatar historias de familia, de amor y de muerte, o evocaron episodios de la recién terminada invasión mauritana, o comentaron las huelgas del sindicato Solidaridad en Polonia, o analizaron la visita del entonces jefe del gobierno español, Adolfo Suárez, a Irak y a Jordania, o debatieron sobre las repercusiones que podría tener para su pequeña patria ocupada la elección del siniestro y remoto Ronald Reagan: los saharauis, desde su rincón de de-sierto, y sin tele ni periódicos, están al tanto del mundo.
Quién sabe de qué hablaron, pero de seguro lo hicieron en forma animada y alegre, a pesar de la incertidumbre del combate próximo, de la devastación perpetrada en el Sahara Occidental por el genocida marroquí, de la precariedad de medios desde la que estos hijos del desierto se enfrentaban a una potencia regional armada por Estados Unidos. Con esos temas o con otros apuraron la segunda carga de té, que es dulce como el sueño, y la tercera, que es suave como la muerte, y luego se hizo el silencio. Entonces el viejo guía señaló a uno de los combatientes y le dijo: “Ve afuera y tráeme un poco de arena”.
El designado, reprimiendo los nervios, salió de la jaima en la que se encontraban, entró a la otra, en la que almacenaban las provisiones, hurgó en su mochila, sacó el frasco de arena, la echó en la palma de su mano y caminó de regreso hasta donde estaba el guía. Éste adelantó el cuenco de sus manos para recibir el puñado, inclinó la cabeza, aspiró profundamente y cerró los ojos. Pasado un instante, los abrió como platos. Miró a sus compañeros uno por uno, dejó caer la arena y se derrumbó a punto del llanto, mientras exclamaba: “¡Soy un estúpido! ¡Hemos vuelto al punto de donde salimos!”
Tengo muchos motivos para dudar de la veracidad de esta historia pero todos ellos se desvanecen ante una consideración que, por mi experiencia, tiene la condición de axioma: los saharuis no mienten. Son alegres, juguetones, pobres de solemnidad y tercos; en ocasiones pueden ser sombríos y retraídos, aunque casi siempre se conducen con una calidez que enchufa de inmediato en la fraternidad. Pero la glándula de la mentira no existe en sus organismos.
Eso lo saben bien los gobiernos de España y Estados Unidos --responsables máximos del sufrimiento del pueblo saharaui-- y los babeantes funcionarios de la ONU que se limitan a alzar los hombros y a mirar al cielo con resignación ante la canallada en curso contra un pueblo despojado; y lo saben, por supuesto, el actual reyezuelo marroquí y su corte de aduladores. Hace 30 años, Occidente habría podido dar crédito a los habitantes indómitos del Sahara occidental, evitar la masacre de civiles saharuis que perpetró la aviación marroquí y la anexión de facto de buena parte de las viejas provincias de Saguia el Hamra y Río de Oro. Pero Hassán II implantó a 350 mil marroquíes en el desierto --la pobreza es dura-- y construyó unas murallas que dividen al país en dos, y tan ignominiosas e ilegales como la gran jaula que Israel erige en Cisjordania para robarse tierras palestinas. La solución para los saharuis sigue sin llegar. República Árabe Saharui Democrática, as salaam aleikum; conserva tu dignidad, tu apego a la verdad y tu alegría.
20.3.06
Por las aguas del Níger
- Homenaje a Ali Farka Touré
- Solomon Linda y Buena Vista Social Club, víctimas de la rapacidad
Mali no tiene litorales. Para navegar por ese país del occidente de Africa hay que remontar las aguas del Níger río arriba desde Nigeria y transitar hacia el norte y el occidente, por Benín y Níger, para llegar a las llanuras de Bamako y Kulikoro y bajar al suroeste, más allá, a Guinea Conakry y a las fronteras de esta otra nación con Sierra Leona, que es donde nace esta corriente, la tercera más poderosa del continente negro, sólo superada por el Nilo y el Congo. Mucho antes de llegar a Bamako, capital de Malí, hemos pasado por la ciudad mítica de Tombuctú, localidad de los 333 santos, vedada a los infieles hasta 1928, puerta de entrada al Sahara fundada por los camelleros tuareg en los tiempos de la dinastía Mandinga, allá por el año de 1100. Y no lejos de Tombuctú, río arriba, se encuentra la localidad de Niafunké, cuna del músico. Hube de tener ese mapa en la cabeza para comprender por qué, hace unos quince años, en México, el saharaui Malainin se conmovió hasta el trance cuando escuchó las notas de Timbarma que salían del gaznate de oro de Ali Farka Touré, no recuerdo si en un casete o en un disco LP de 33 revoluciones. Entre los lugares de origen de ambos, Ali Farka y Malainin, hay un país entero de por medio -Mauritania-, pero toda la zona conforma una axila donde convergen el Africa árabe y el Africa negra, una una región hollada por influencias externas y sedimentaciones migratorias (por allí pasaron los antiguos cartagineses, los misioneros musulmanes y los ejércitos coloniales de Francia e Inglaterra) que incluye a Senegal con todo y su Casamance plagada de griots. Perdonen la exageración, pero quienes se hayan adentrado por la producción sonora del occidente africano podrán comprenderla: todos los ritmos del mundo tuvieron su cocción originaria en el caldero de esas tierras. Por eso uno descubre en las melodías de su gente ecos de la infancia propia, aunque sea jarocho, carioca o hasta noruego.
El Niger
Ali Farka Touré murió el martes pasado en Bamako y desde el miércoles el cementerio de Niafunké tiene una nueva tumba venerada. Ahora que ha vuelto a formar parte de los espíritus del Níger, no hay mucho que decir -además, el nudo en la garganta no lo permite- aparte de lo que se consignó en la nota de La Jornada, salvo, tal vez, agradecer la vida de ese músico fluvial y generoso y proponer referencias para un itinerario en torno a su obra.
Ali Farka siempre se preocupó por mejorar las condiciones casi siempre terribles en que viven sus compatriotas y por hacer menos áspera la confrontación entre los humanos y sus entornos naturales. Tal vez una manera de homenajear su memoria sea recordar la siempre frágil situación alimentaria del Sahel y el desastre ambiental que amenaza a la cuenca del Níger, cuyas aguas son imprescindibles para la subsistencia de Guinea Conakry, Malí, Benín, Níger y Nigeria, y hasta países por los que no transita, como Burkina Faso, cuyo territorio nororiental humedece a distancia. En su informe El agua: una responsabilidad compartida, que se conoció esta semana, la UNESCO dice que en Malí "el acceso a unos recursos hídricos, sin embargo abundantes, sigue siendo un problema que impide el desarrollo económico del país y perturba los medios de vida de sus habitantes. Las malas condiciones de las infraestructuras hidráulicas y de saneamiento, junto con la pobreza, hacen que un porcentaje significativo de la población sufra de malnutrición y padezca enfermedades transmitidas por el agua. La escasez de datos y las limitadas capacidades técnicas de las instituciones son algunas de las principales causas que impiden la planificación y el desarrollo de programas y estrategias dirigidas a una mejor utilización de los recursos hídricos y al control de unos niveles de contaminación que van en aumento".
En julio del año antepasado, Navegaciones fue a Sudáfrica en busca de la raíz de El león duerme de noche, canción cuyos derechos se apropió a la mala la trasnacional Disney. La pieza fue compuesta por Solomon Linda (1909-1961), negro, africano y músico, igual que Ali Farka. Dije entonces: el blues, el soul y el jazz tienen raíces africanas, las músicas "tropicales" (cumbia, salsa, rumba, guaguancó, son, merengue) son africanas, el son jarocho y el candombe uruguayo, el samba brasileño, los ritmos negros de Perú, los cantos de Totó, la Momposina, la marimba chiapaneca, el reggae, el calypso y la especie humana, todo procede de ese continente mayoritariamente despedazado por la rapacidad occidental, las epidemias, las hambrunas, las guerras tribales, las dictaduras y la corrupción.
Ahora, otros músicos negros, pero no africanos sino cubanos, corren el riesgo de ver expropiada su música por una firma disquera gringa, Peer International Corporation, la cual pretende poseer, desde hace setenta años, los derechos de muchas de las canciones del disco Buena Vista Social Club; la Peer jura que representa a 14 compositores, todos ellos difuntos, y acusa al gobierno de Cuba de haberse apropiado, por medio de la Editora Musical de Cuba (EMC), de la propiedad intelectual correspondiente. La empresa isleña alega, por su parte, y con una buena dosis de sentido común, que los compositores originales nunca recibieron un centavo por esas canciones que han hecho bailar a varias generaciones.
Gracias a Sergio Téllez-Pon por informarnos de la muerte del poeta Jorge Eduardo Eielson (Lima, 1924), ocurrida esta semana en Milán. "Lo mejor que podemos hacer con él es leerlo", dice Sergio, y lo secundo. Esta es la última estrofa del Parque para un hombre dormido (1944): "Amo así este cráneo en su ceniza, como al mundo / En cuyos fríos parques la eternidad es el mismo / Hombre de mármol que vela en una estatua / O que se tiende, oscuro y sin amor, sobre la yerba."
Sylvia Angélica Villareal, desde Tuxtla Gutiérrez, sobre Armin Meiwes y canibalismo: "No justifico al sicópata éste, no simpatizo con él y mucho menos con el canibalismo... ¡guácatelas! Con tanta porquería que tragamos, la carne humana debe saber horrible, y más si lo que pensamos y nos metemos por cualquier sentido se nos impregna en la piel, en nuestras glándulas y vísceras (...) Lo que me da risa es que seguramente estos tipos 'mochos' y 'persignados' que se asustan, han de ser más morbosos que los que acusan, y de seguro vieron la trilogía de Hannibal Cannibal con muchísimo gusto... La verdad, acaba una simpatizando con el personaje de Anthony Hopkins; ¡es encantador ese Hannibal Lecter!" Finalmente, Sylvia Angélica prodiga a esta columna un elogio enorme e inmerecido: encuentra en ella, dice, "el lado cagado de la realidad". Gracias y un abrazo, Sylvia. Ah, y concuerdo contigo: la alimentación contemporánea parece diseñada para volvernos cadáveres no biodegradables.


