2.12.97

Calor en Kyodo


Según los estudiosos de la atmósfera, la globalización va a culminar en una sopa planetaria destinada a quemarnos algo más que la boca. Los casquetes polares se derretirán como helados de guanábana y el mar va a rebasar los bordes del plato en que está servido: se echarán a perder, entonces, los palacios venecianos; los pocos mosaicos que los otomanos dejaron en Estambul; la martirizada Famagusta; la fortaleza de Pedro y Pablo en la San Petersburgo restaurada; San Juan de Ulúa, en Veracruz y, al menos, los pisos inferiores de la torre en forma de estrella en cuya cúspide los dirigentes cubanos observan los tiburones a su alrededor. Entre otras cosas. Los arenales del Magreb se volverán pantanos, las pampas se arrugarán, lo que queda del Amazonas se convertirá en una costra reseca y en la Antártida proliferarán platanares y cocoteros.

Inopinadamente, los gobiernos --o bloques de gobiernos-- más poderosos del planeta aceptan la probabilidad de este apocalipsis planteado en términos de cocción lenta, universal e igualitaria. Ante tal perspectiva, han traducido sus expectativas de desarrollo económico a grados centígrados, y ahora se aprestan a regatear, entre ellos, las temperaturas de nuestro sauna futuro. En la contaminada Kyoto, en la conferencia de la ONU sobre calentamiento planetario, discuten los porcentajes en los cuales es aceptable reducir las emisiones de dióxido de carbono para hacer más lento nuestro hervor, sin que ello afecte las previsiones de crecimiento de sus respectivas economías. Así, Estados Unidos, principal responsable de activar la hornilla, dice que no firma nada si China e India no se hacen corresponsables de bajar, a su vez, sus respectivas aportaciones a la próxima era canicular. El gobierno anfitrión estaría de acuerdo en disminuir 5 por ciento las emisiones, en tanto que la Unión Europea --cuyos funcionarios, diríase, son los menos friolentos-- demandan un corte de 15 por ciento en la generación de los gases industriales que alimentan el horno. Australia es más radical y pide que la disminución sea del 20 por ciento.

Radicales y moderados coinciden en reducir el ritmo al que se está calentando el planeta, pero detener el fenómeno no pasa por la cabeza de nadie: eso significaría parar en seco la industria --incluida la de helados, dirían los más lúcidos y objetivos--, la generación de energía, los servicios, las comunicaciones y hasta las funciones de cine. Parece ser que el modelo civilizatorio mismo en el que vamos montados, nos guste o no, es intrínsecamente caluroso y no hay forma de que aparezca en los aparadores un modelito más fresco.

En tanto, los países en vías de desarrollo, o del Tercer Mundo, o como quiera que se les llame en esta cálida temporada de otoño, no tienen, en Kyodo, gran cosa que decir, por más que algunas primeras damas del trópico estén a punto de perder sus escasas oportunidades de lucir sus pieles. Además, en las universidades y centros de investigación de por acá no se estudian las tribulaciones de la atmósfera. Es cierto que Mario Molina fue de los primeros en asomar el ojo por el agujero de ozono, pero hizo su trabajo del otro lado del Río Bravo.

Nos quedaría el consuelo de ahorrarnos toda la energía que invertimos en la calefacción, energía que podríamos invertir, de ahora en adelante, en enfriar nuestro entorno. Pero se trata de un espejismo. Por desgracia, un calentador genera calor y ya, pero los refrigeradores y aparatos de aire acondicionado generan frío de un lado y calor del otro, como bien lo saben los técnicos en refrigeración y las plagas domésticas, las cuales suelen vivir al amparo de esa función contradictoria.

Acaso la única cosa práctica que se pueda hacer sea organizar el próximo encuentro de la ONU sobre el tema no en Kyodo, sino en el Hospicio Cabañas de Guadalajara, justo bajo la cúpula en la que un Prometeo portentoso flota envuelto en unas llamas de rosticería. Tal vez, cuando voltearan hacia arriba en busca de la inspiración imposible, los expertos y los funcionarios reunidos, reaccionarían al apremio de ese emblema terrible y estarían en condiciones de hacer algo más que debatir la temperatura más adecuada para la cocción del planeta.

25.11.97

Fuentes envenenadas


Ahora está de moda que los conglomerados humanos más significativos se llamen naciones, y que las naciones se llamen países. Está de moda desde hace cuatro o cinco siglos, y tal vez transcurrirán varios más antes de que se imponga una nueva tendencia en el mercado de los rebaños. Mientras llega el momento, hay que referirse a países para preguntar si existe alguno, en esta tierra, con vocación homicida. La respuesta obvia es que sí y que no, que todos y ninguno.

El instrumento civilizatorio de la época, la más sofisticada máquina para convivir, es también, puede serlo, una máquina para matar. Apenas la semana pasada, 8 de cada diez estadunidenses pedían una lluvia de misiles para Saddam y un nuevo espectáculo de fuegos artificiales que podría ser observado, por cortesía de CNN, frente a un plato de palomitas y pizzas a domicilio. Del otro lado del mundo, miles de iraquíes misérrimos se agolpaban alrededor de las oficinas gubernamentales de Bagdad para demandar un nuevo capítulo de la Madre de todas las Batallas que, en las circunstancias actuales, para ellos sólo podría significar el martirio y, de ser cierta la promesa coránica, un reparto de visas para el Paraíso de las huríes.

Las escenas han sido inquietantes porque no se trataba de porras en el estadio y tenían precedentes negros: con bombas químicas, Saddam les coció los pulmones y el sistema nervioso a miles de kurdos, invadió y destruyó Kuwait, asesinó de paso a la Liga Árabe y tiró sus famosos Scud sobre los civiles de Tel Aviv, todo ello con un entusiasta apoyo de las masas de su país.

El anterior gobierno de Washington --cuyo ejemplo, en lo que toca a Bagdad, reclama Clinton-- destruyó buena parte del poder militar de Irak, pero también acabó con la economía, con la infraestructura y con una parte de la población de ese país, y desde entonces --seis años ya-- ha mantenido un bloqueo que afecta mucho más a la población iraquí que al propio Saddam. Y si los estadunidenses polemizan sobre las aventuras financieras o sexuales de su presidente, le otorgan un respaldo casi unánime cuando se trata, en cambio, de mandar portaviones al Golfo Pérsico.

Ahora se ha superado la crisis de los equipos de inspección. Estados Unidos considera que la legalidad ha sido restablecida y Bagdad llama a festejar el ''triunfo'' diplomático.

Pero el episodio ha puesto al descubierto, una vez más, las infinitas reservas de bestialidad y violencia que yacen tras las fachadas de un par de Estados que se pretenden depositarios y portadores de civilización. Poco importa, para el caso, que la dictadura iraquí se engalane con las herencias de Mesopotamia y el Islam, o que la democracia estadunidense se proclame nieta de Occidente. El hecho es que la abominación y la fobia se convierten, con mucha presteza, en fibras integradoras de ambos países.

Y no son los únicos. En esta postrimería secular ocurrió también, entre otros ejemplos, el derrumbe fácil del modelo de convivencia yugoslavo, que hasta entonces se tenía como paradigmático, y se dio lugar, en los Balcanes, a una carnicería como no había habido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

Más allá de la moraleja simplona de que las ganas de matar permean y trascienden ideologías y modelos políticos y económicos, es claro que en todas las sociedades existen núcleos de violencia latente, que todas las estructuras sociales son susceptibles de ser alineadas en torno a consignas fóbicas --para ello, basta con que en Roma alguien proclame que los cartagineses envenenaron el agua de las fuentes--, que eso implica una grave fragilidad de la convivencia y que esa fragilidad se vuelve aterradora en un mundo empequeñecido por la globalización, en donde, a pesar de los procesos de desarme, siguen en pie muchos misiles, convencionales o nucleares, que no obedecen contraórdenes.

18.11.97

Tráfico de armas


¿Cuántas computadoras personales fabricadas en Estados Unidos se comercializan en Cuba cada año? ¿Cuántas videocaseteras estadunidenses llegan a Irak? En ambos casos la respuesta es que sólo cantidades muy pequeñas, ínfimas, de unas y otras mercancías, pueden romper los respectivos embargos comerciales establecidos por Washington. Computadoras y videocaseteras pueden adquirirse sin restricción alguna, al mayoreo o al menudeo, en todas las ciudades y en todos los pueblos de la Unión Americana; pero es por demás difícil romper los respectivos bloqueos establecidos por el gobierno estadunidense contra la nación caribeña y contra el país árabe.

Los disparatados ejemplos anteriores permiten medir, por contraste, el grado de voluntad política de la Casa Blanca, los Departamentos de Estado y de Comercio, el Congreso, el FBI y la Oficina de Aduanas, entre otras dependencias, en lo tocante a las ventas de armas de fuego estadunidenses a América Latina. A diferencia de las transacciones de computadoras y las videocaseteras, las referidas a armamento deben estar sujetas, según las propias leyes del país vecino, a un estricto control gubernamental. Si se trata de ventas al menudeo, una regulación federal establece para los armeros diversos requisitos de identificación del arma y del cliente. En tratándose de exportaciones masivas, se supone que los fabricantes --empresas constituidas, registradas, con papel membretado, domicilio conocido y declaraciones fiscales-- deben recabar el visto bueno de varias oficinas gubernamentales antes de que sus productos salgan del país.

Sin embargo, en el mercado negro de cualquier país latinoamericano pueden encontrarse muchísimos más fusiles AR-15 o escuadras Smith & Wesson --de inocultable fabricación estadunidense-- que computadoras IBM en Cuba o videocaseteras Radio Shack en Bagdad.

O sea, mientras que los embargos comerciales son escrupulosamente cumplidos por funcionarios y empleados gubernamentales de Estados Unidos, las leyes y regulaciones sobre venta y exportación de armas de fuego son quebrantadas por el propio país fabricante. Tales infracciones refieren, necesariamente, a actos de corrupción, pero también a la ausencia de una voluntad política para combatirlos.

El viernes pasado, el gobierno estadunidense firmó, junto con 27 países latinoamericanos, la Convención Interamericana contra la Fabricación y el Tráfico Ilícito de Armas de Fuego, Municiones y Explosivos, una iniciativa mexicana orientada a reducir la pavorosa acumulación de armas ilegales en los ambientes delictivos de México y del subcontinente. Tal instrumento tiene también por objetivo cortar la relación perversa que se establece, en forma casi natural, entre el narcotráfico y el tráfico de armas.

Este año, la diplomacia mexicana logró que Washington aceptara la responsabilidad de Estados Unidos como uno de los principales abastecedores de armamento para los cárteles de la droga; responsabilidad, por cierto, mucho más grave que la que atañe a los gobiernos latinoamericanos en su infructuosa lucha contra el narco: es muchísimo más fácil fiscalizar la legalidad de las transacciones de un puñado de fábricas de armamento, todas ellas con nombre y apellido, que enfrentar un conjunto difuso, clandestino y multinacional de productores, transportistas y vendedores de cocaína.

Con la firma de Clinton estampada bajo ese documento, los gobernantes de América Latina dispondrán de una carta política de negociación con la Casa Blanca y el Departamento de Estado, podrán echarles en cara su laxitud en el control de la exportación de armas, y eso ya es una buena ganancia. Pero sería demasiado suponer que Estados Unidos va a cumplir los términos de la convención. No lo ha hecho, en este terreno, con sus propias leyes nacionales, y es sabido que para la clase política de Washington la legalidad internacional es una entelequia.

11.11.97

El TLC más grande del mundo


Con o sin plenos poderes para negociar tratados de libre comercio, William Clinton y su equipo están decididos a seguir generando, al menos, ideas espectaculares al respecto. El mes pasado, en su gira por Sudamérica, el presidente estadunidense promovió con muchas ganas la idea de establecer un ámbito hemisférico para el libre comercio, un instrumento que incluya al TLC y al Mercosur, que revitalice el Pacto Andino y que reviva al mercomún centroamericano. Esta iniciativa, que tiene tantos aspectos sublimes como posibilidades monstruosas, tal vez se quede chica frente a otra propuesta, también impulsada por la Casa Blanca, para proclamar una zona de libre comercio en Internet. La ocurrencia monumental fue expuesta por Ira Magaziner --uno de los más brillantes asesores del presidente estadunidense-- en una reunión de la Cámara Internacional de Comercio (ICC, por sus siglas en inglés) que tuvo lugar en París, el jueves 6 de noviembre.

Sólo para entender el tamaño y las posibles implicaciones de este plan, se requiere de un importante esfuerzo de imaginación: en términos geográficos, la Red de Redes puede estar presente en todo aquel punto del planeta y sus alrededores en el que exista un enlace telefónico o radial y una computadora conectada a él; se extiende, así, por los cinco continentes tradicionales, más alguna base científica en La Antártida y, según algunos criterios, hasta por el remoto valle marciano donde rueda un cochecito a control remoto de la NASA. La red reúne a usuarios tan diversos como estudiantes de secundaria y grandes empresas transnacionales, organizaciones no gubernamentales y ministerios, neonazis y anarquistas, satánicos(as) y vaticanos(as), la policía y los narcos, sexoservidores(as) y predicadores(as), sicoanalistas y mecánicos, universidades y casas de bolsa, latinistas y nerds, ligas de vegetarianos y clubes de coprofagia; es decir, un enorme y hasta ahora libérrimo conjunto de lo que ha dado en llamarse ''comunidades virtuales'', y como se está evidenciando, un mercado colosal con muchas decenas o centenas de millones de consumidores potenciales, más los que se acumulen esta semana.

En los momentos posteriores a la masificación de Internet se desarrollaron intensas polémicas públicas sobre los impactos que este fenómeno habría de acarrear en las sociedades, las culturas y las vidas cotidianas. Paradójicamente, las posibilidades del comercio electrónico planetario han estado siendo analizadas, hasta ahora, en círculos más reducidos y circunscritos a los sectores informático, por un lado, y financiero y comercial, por el otro. Pero la reunión de la ICC en París y la provocadora intervención en ella de Magaziner probablemente pondrán de moda las cuestiones más problemáticas del comercio electrónico internacional.

El incremento exponencial de las transacciones digitales vuelve a plantear el tema de las regulaciones gubernamentales de la red mundial, un asunto que el año pasado en Estados Unidos se resolvió, provisionalmente, con una derrota estrepitosa para la Casa Blanca y el Congreso, promotores de la censora ''Acta de la decencia en las telecomunicaciones'', cuya implantación falló tanto por el rechazo político y jurídico que generó, como por la imposibilidad técnica de que una autoridad nacional --así sea la estadunidense-- controle los contenidos de una base de datos con ramificaciones en todo el mundo.

En la perspectiva del comercio digital globalizado, las regulaciones serán multinacionales, o no serán, y para formularlas habrá que considerar muchos más aspectos que la moralina antipornográfica y la paranoia del narcotráfico y el terrorismo, que fueron las únicas motivaciones explícitas del ''Acta de la decencia''. Así, por ejemplo, será necesario contrastar la iniciativa del libre comercio electrónico con las diversas políticas nacionales en materia de impuestos, protección a los consumidores, prácticas notariales y validación de documentos y mecanismos legales de combate a los monopolios, entre otras.

Asimismo, para avanzar en la conformación de un TLC virtual y planetario se requiere de un organismo que se encargue de ordenar, por lo menos, los numerosos y encendidos debates que, sin duda, provocará la iniciativa. Magaziner propuso en París que fuera la Organización Mundial de Comercio el foro para ello, y que la necesaria normalización impositiva se examinara en el seno la OCDE, lo cual, dicho sea de paso, dejaría fuera de la jugada a la gran mayoría de las naciones.

En suma, falta mucho para que la propuesta estadunidense encuentre las muchas pistas de aterrizaje que requiere, si es que las encuentra. En lo inmediato, los habitantes y frecuentadores del ciberespacio habremos de admitir, con resignada nostalgia, que el Ágora más libertaria, plural y fascinante que ha existido va camino de convertirse en un gigantesco supermercado.

4.11.97

¿Volver al pasado?


Los movimientos insurgentes que aún existen en América Latina, a pesar de su erosión política e ideológica, siguen expresando la problemática común a casi todas las naciones de la región: marginación y pobreza, saqueo económico, precariedad financiera, corrupción, narcotráfico, iniquidad social, carencia de vías de participación política. Eso no quiere decir que sean, a estas alturas, propuestas viables para resolver esas y otras lacras. La persistencia de las organizaciones armadas es parte de los problemas reales, no de las soluciones posibles.

El caso de Colombia es particularmente desolador. Sobreviven allí grupos político-militares consolidados, en términos de control regional y poder de fuego, pero cada vez más desdibujados y erráticos en lo ideológico y lo político. La violencia estructurada que existe en regiones del campo colombiano hace posible que para muchos la guerrilla sea ya no una militancia, sino un modus vivendi. Da la impresión --y el reciente secuestro de dos funcionarios internacionales se encargó de reforzarla-- de que el programa de las organizaciones rebeldes colombianas se reduce, hoy, a dos puntos: subsistir y preservar sus cotos de poder.

Con la única excepción de los zapatistas --los cuales se cuecen aparte, según admiten simpatizantes, adversarios y observadores neutrales, suponiendo que los haya--, las organizaciones que reivindican la lucha armada en América Latina no tienen gran cosa que decirle al mundo ni a sus respectivas sociedades. Esta diferencia puede explicarse, en parte, debido al carisma y el talento mediático de los insurgentes chiapanecos. Pero sólo en parte: si los Cerpa Cartolini, los Gorriarán Merlo o los dirigentes del ELN colombiano no son escuchados por sectores importantes de las sociedades de sus respectivos países --ya no digamos por los círculos progresistas que quedan en Europa y Estados Unidos-- ello no es únicamente porque sean menos simpáticos que Marcos, David, Tacho o Ramona, sino, principalmente, porque, a diferencia de éstos, los sudamericanos ofrecen un discurso y un programa marcados por el arcaísmo, la vaciedad y la confusión entre los medios y los fines, es decir, la reivindicación de la guerra porque sí y ya.

Sería simplista pensar que la degradación política y la erosión de su contacto social conducirán necesariamente a tales grupos a la extinción natural. Peor aún: en el entorno latinoamericano actual nada garantiza que no surjan organizaciones guerrilleras nuevas, tan arraigadas en la problemática social como carentes de propuestas reales, justamente a la manera de las colombianas.

Sin ir muy lejos, América Central es una zona que reúne condiciones para un resurgimiento de movimientos armados: marginación y miseria persistentes --a pesar de los planes de desarrollo--, existencias abundantes de armamento --pese a las ceremonias de desarme--, violaciones reiteradas a los derechos humanos --que la depuración de ejércitos y policías no ha logrado abatir--, subsistencia de oligarquías --ahora diversificadas por la admisión de ex comandantes guerrilleros en las fiestas de la alta sociedad--, un alto número de personas sin más capacitación profesional que para matar --a pesar de los planes de reubicación y reinserción--, una paz que no llega y una violencia que persiste, por más que las guerras hayan sido oficialmente clausuradas en hermosas y emotivas ceremonias internacionales.

Si el resurgimiento de la lucha armada no haría más que empeorar sus propias circunstancias justificatorias, la vuelta a las políticas gubernamentales de contrainsurgencia sería incluso más lesiva para los precarios --ínfimos, si se quiere-- espacios de legitimidad e institucionalidad arduamente construidos en el continente a partir de la década pasada. Ojalá que no.

28.10.97

Transferencias de poder


Salvo contadas excepciones, en nuestra época los gobiernos nacionales se reducen y transfieren muchas de sus atribuciones a otros centros de poder. Tal vez sea excesiva, para ilustrar este proceso, la metáfora de un cubo de hielo que se desparrama en todas direcciones, así sea porque ignoramos si el Estado nación acabará convertido en un charco, y porque la tendencia mencionada se puede revertir un día de éstos. Pero lo cierto es que, antes incluso del deshielo Este-Oeste, los poderes públicos nacionales están comportándose como agua congelada puesta al sol.

Las burocracias de los organismos internacionales (ONU, UNESCO, FAO) o supranacionales (Unión Europea, Mercosur, TLC) adquieren facultades de diversa magnitud --desde el arbitraje hasta la regulación y emisión monetaria y la procuración de justicia-- en detrimento de las esferas de control tradicionalmente reservadas a los aparatos gubernamentales.

Las regiones, las entidades federales, las provincias y los municipios toman el control de presupuestos y actividades otrora ejercidos por los poderes centrales. Las organizaciones no gubernamentales (cuyo nombre genérico denota en sí mismo la contraposición) adquieren influencia política, económica y social, cuando no facultades formales.

Los procesos de individualización y ciudadanización en curso, que parecen irreversibles, otorgan a las personas libertades sobre ámbitos de su propia existencia --opciones religiosas, ideológicas y culturales, preferencias sexuales, alternativas de información-- que hasta hace no mucho eran regulados o fiscalizados por las autoridades públicas --y que en algunos países o regiones lo siguen siendo.

Al mismo tiempo, las tendencias privatizadoras, desreguladoras y globalizadoras crean las condiciones para el surgimiento de enormes núcleos de poder económico que no rinden cuentas a parlamentos, cortes de justicia o jefaturas de Estado sino a asambleas de accionistas y a consejos de administración.

Esas concentraciones de capital, algunas más grandes que el PIB de un país de tamaño mediano, pueden ejercer, de facto, un poder político devastador. Para dar ejemplos disímiles, Maseca estaría en posibilidad de dejar sin tortillas a toda una entidad de la República y Microsoft podría sacar de la autopista de la información a un país entero. En algunas naciones centroamericanas las intentonas golpistas ya no tendrían que larvarse exclusivamente en el seno de las fuerzas armadas: una empresa de protección del tipo de Panamericana podría participar en ellas, o hasta emprenderlas por su propia cuenta. Por su parte, una firma productora de alimento para animales puede decretar que los uruguayos dejen de comer carne de pollo. Y eso, por no hablar de los consorcios de telecomunicaciones vía satélite, los cuales tienen todos los hilos necesarios para aislar a una nación del resto del planeta.

No digo ni insinúo que existan, al menos en el momento actual, intenciones tan aviesas; el hecho es que, al margen de paranoias y de obsesiones conspiratorias, ya existe la capacidad instalada para ejercerlas. Por ahora estos poderes se expresan en acciones que oscilan entre la grandeza caritativa y la pequeña mezquindad. Hace cosa de un mes, Ted Turner --que, en lo personal, posiblemente tenga un corazón de oro-- salvó a la ONU de la bancarrota, algo que no habría podido hacer ningún gobierno, en tanto que Bill Gates  --que será muy nerd pero no llega a fascista-- fue puesto en el banquillo de los acusados por su empecinamiento en obligarnos a usar su engendro Microsoft Explorer a todos los internautas del mundo.

Son cosas menores. Pero me aterra ponerme en la situación del secretario general de la ONU cuando tenga que decidir entre darle una entrevista exclusiva a CNN o a cualquier otra cadena y se vea atrapado entre la probidad a ultranza y las elementales reglas de gratitud, y me aterra más aún que Microsoft gane el juicio y a uno no le quede de otra que asomarse al universo virtual por la ventana --estrecha o no, ése es otro asunto-- del programa referido, el cual, para colmo, tiene un logotipo o icono bien ominoso: el globo terráqueo, todo él, bajo una lupa que lo examina.

14.10.97

Nobel, izquierda, payaso


Ya era hora de que dieran un Nobel así, no sólo para que la derecha rabie, sino también para que el bando contrario se relaje. Porque, por paradójico que resulte, hace muchísimas décadas que las izquierdas están experimentando graves problemas para conciliar la risa.

Uno suele vivir obligado a tomarse en serio, y peor si alguna vez ha tenido algo qué ver con la segunda de esas querencias: los héroes no son cómicos, la sangre derramada no le hace gracia a nadie, el anhelo de justicia para los jodidos no puede darse el lujo de malversar energías en una carcajada, la tortura no es jocosa a menos que consista en cosquillas y si te ríes de ti mismo, así sea por un segundo, engordas el caldo del enemigo. Para colmo, la vieja y sabia costumbre de animar velorios con chistes verdes ha caído en desuso en todo el espectro político.

La militancia, la pasión social y el compromiso, que casi inevitablemente tienen los efectos colaterales de la grandilocuencia y la cursilería trasvestida de ternura, sólo dan permiso para reír a costillas de los burgueses, los fascistas, los gorilas, los pinches imperialistas, los oligarcas, los reaccionarios, los neoliberales, o cualquiera que sea el apelativo de moda para los malos --bien malos, sin duda-- en el episodio histórico que corresponda.

Pero la risa, como el amor, es ciega, intrínsecamente indisciplinada y profundamente pequeñoburguesa, y no se anda fijando en bandos ni ortodoxias: burlarse únicamente del enemigo termina por causar fatiga espiritual hasta en los espíritus más combativos. Tal vez por eso los dueños de la URSS optaron desde muy temprano por la solución práctica de suprimir toda comicidad de las manifestaciones culturales de aquel país que era una síntesis imposible de cuento de hadas y película de horror, géneros de por sí escasos de gags.

Aquello se derritió como una nieve de grosella o, mejor dicho, de hígado. Pero la tendencia de las izquierdas a tomarse demasiado en serio es muy anterior al bloque socialista --¿es que alguien ha escuchado alguna vez un chiste sobre Espartaco?-- y, por desgracia, le sobrevive. Los reflejos fundacionales impiden valorar el papel de la risa en la transformación del mono en hombre y la importancia estratégica de prohibirla cuando se trata de transformar al hombre en máquina.

Dicho sea con cariñito, para muchos del bando de acá no parece haber más remedio que vivir tristes en virtud de la coyuntura, felices por razón de Estado, indignados por sentido común, autocríticos por línea, conmovidos de acuerdo con la consigna, profundos y analíticos por convicción, contenidos por solidaridad, exultantes o circunspectos según ande la política de alianzas y siempre en posición de firmes ante las banderas de la causa.

Semejantes actitudes impiden ver cómo, en el curso de reivindicaciones y reclamos rituales, grandes palabras como Historia, Moral y Ética acaban convirtiéndose en historieta, moraleja y etiqueta. Por esta vía se corre también el peligro de desarrollar actitudes disociadas: en la clandestinidad de la clandestinidad, en los rincones de la movilización, en los sótanos del trabajo partidario y tras las bambalinas de la lucha, los chistes más cotizados no solían ser los de Pepito, sino los referidos a Fidel Castro. Del grado de solemnidad del auditorio dependía que provocaran risa culposa, desaprobación a secas o una discusión colectiva con miras a la expulsión. Y si el asunto ocurría en el seno de una organización armada, si el proceso pasaba por momentos críticos y, sobre todo, si el chiste era realmente bueno, el episodio podía culminar en ajusticiamiento revolucionario.

La semana pasada le dieron el Premio Nobel de Literatura a Darío Fo: el más querible de los bufones, el más descarnado, el más humano de los izquierdistas; el que, sin volverse un renegado ni dejarse cooptar por la CIA, descubrió que la risa no tiene otro compromiso que consigo misma, que tomarse en serio deteriora la calidad de vida, que una carcajada es más sediciosa que cualquier discurso incendiario y que para este planeta los payasos pueden ser tan provechosos como los secretarios generales y los comandantes, pero mucho más divertidos.

Ante este reconocimiento, las derechas están que rabian, nunca mejor que ahora representadas por el Vaticano, para el cual toda hilaridad suena a carcajada satánica, y por el ínclito Corriere della Sera.

Me asustaría que el premio causara un desagrado equivalente en algún lugar de la izquierda de cuyo nombre no quiero acordarme. Como decía Nicanor Parra: ''La izquierda y la derecha, unidas, jamás serán vencidas'', y menos si se ponen a secretar bilis de manera conjunta, porque entonces no quedará ni siquiera la esperanza de que les gane la risa.

7.10.97

¿Sin ejércitos?


Los guerreros profesionales tienen un papel destacado, si no central, en el surgimiento de casi todas las civilizaciones. Pero también suelen resultar indispensables cuando llega la hora de destruirlas. No es necesario ir muy lejos para hurgar en el suelo de Cartago y Numancia o en los escombros de Tenochtitlan, y ni siquiera en las cenizas de Dresde y de Hiroshima. Todavía están frescos los cuerpos en Benthala y en Blida. No se han reparado aún los edificios de Sarajevo. Colombia vive al ritmo de matanzas y contramatanzas. Los milicianos de Hamas y los terroristas de Estado de Israel parecen empeñados en disputarse el Nobel de la barbarie.

En este mundo que se quedó sin frentes ni trincheras definidos, la violencia se muerde la cola en episodios sin propósito, y las instituciones castrenses formales --las que utilizan papel membretado y logotipo-- difícilmente podrían ser responsables directas de todas esas historias de muerte. Pero los asesinos en Argelia, con su alto grado de organización y entrenamiento, son veteranos de Afganistán; los carniceros de Bosnia son, en su mayor parte, engendros del ejército yugoslavo; los agentes del Mossad que, munidos de pasaportes canadienses falsos, se pasean por el mundo envenenando gente, tienen grado militar; los terroristas árabes que se forran de dinamita para explotar entre civiles son entrenados por las fuerzas armadas de Irán o Siria; los escuadrones de la muerte latinoamericanos, antaño dedicados al exterminio de opositores y hoy consagrados al negocio de matar carteristas y niños de la calle, reclutan a sus miembros en corporaciones militares o policiales; los iluminados que quieren instaurar el paraíso terrenal a punta de ajusticiamientos --burgueses, mencheviques o reformistas, y hasta algún compañero de ruta renuente a la autocrítica-- no vacilan en repartirse grados militares ni en inventar fuerzas armadas rebeldes, populares o de liberación; el joven criminal que dinamitó un edificio repleto de gente en Oklahoma aprendió las mañas de la destrucción como soldado estadunidense en Irak. Y así.

Parece que, a la larga, la paz indefinida de los cuarteles acaba siendo frustrante para muchos. Allí dentro habrá seguramente quienes piensen que, tras haber sido sometidos a un implacable entrenamiento para matar, en el curso del cual se les inculca la obediencia estricta, el amor al oficio y la fobia al enemigo, es un poco cruel que los tengan años y años sin más entretenimiento que engrasar las armas y lustrar sus botas. Y acaso no les falte algo de razón cuando, una vez licenciados, descubren las ventajas de trabajar por su cuenta.

Lo que no resulta correcto, incluso en este planeta de eufemismos, es que el mantenimiento en tiempos de paz de aparatos diseñados para la destrucción y el aniquilamiento --con todo y el riesgo que conllevan de generar tránsfugas-- se denomine seguridad.

¿Es concebible una vida sin fuerzas armadas? ¿Qué pasaría si fueran abolidas? Tal vez se trate de un par de preguntas disparatadas, pero en el mundo ha habido pocos momentos tan propicios como el actual para planteárselas. Hoy, por lo menos, la existencia de gigantescos aparatos bélicos carentes de enemigo --pero propensos a fabricarlo-- obliga a pensar que la barbarie no es lo que queda más allá de la cáscara de la civilización, sino uno de sus órganos internos y constitutivos.

30.9.97

El factor ruso


El Imperio del Mal no ha muerto. Sólo cambió de giro. De Moscú y sus alrededores han vuelto a fluir hacia este hemisferio toda suerte de apoyos bélicos para grupos armados que, a diferencia de los de antaño, no pretenden destruir a Estados Unidos sino drogarlo, y ya no con el utópico propósito de hacer la revolución, sino con el objetivo mundano de hacer dinero. Es curiosa la forma en que regresan, transfiguradas, las viejas obsesiones estadunidenses de seguridad nacional.

Probablemente el reportaje publicado ayer por The Washington Post tenga un importante sustrato de verdad. En síntesis, el rotativo afirma que las mafias rusas han venido estableciendo alianzas con los narcotraficantes colombianos, de los cuales obtienen la cocaína que comercializan en Europa y a los cuales pagan en especie con armamento sofisticado. Según el Post, los servicios de inteligencia de Washington descubrieron recientemente que entre unos y otros había negociaciones para dotar a los latinoamericanos de misiles tierra-aire, helicópteros e incluso un submarino. Indica, asimismo, que las mafias eslavas están abriendo bancos y empresas fachada por todo el Caribe con el propósito de lavar dinero. Barry McCaffrey, el coordinador de las acciones antidroga del gobierno estadunidense, consideró que las organizaciones delictivas rusas establecidas en territorio norteamericano son de las más peligrosas, en tanto que otros funcionarios no especificados opinan que las alianzas entre las bandas rusas y las colombianas son el mayor desafío, en materia de narcotráfico, en el hemisferio.

Puede ser, incluso, que las escenas de aviones Mig que eluden, con su vuelo rasante, los radares estadunidenses, e incursionan repletos de cocaína en la patria de Lincoln, escenas que hace un par de años un amigo y yo pretendíamos colocar en una novela jamás escrita, se vuelvan realidad uno de estos días. Al fin y al cabo, cualquier coleccionista millonario puede adquirir uno o varios de esos aparatos en las ventas de temporada que tienen lugar en Europa oriental, en la propia Rusia y en varias naciones de Asia central.

Con todo y lo que pueda tener de verdad, sin embargo, el reportaje del Post elude un problema fundamental: las actividades criminales son, hoy en día, una parte indispensable de la construcción de la nueva economía rusa en la que está empeñado el régimen de Boris Yeltsin y que, para los gobiernos occidentales, constituye una operación esencial de cara a la estabilidad y la seguridad internacionales. No es que los gobernantes del Kremlin sean abiertamente narcos o proxenetas, pero es claro que carecen de la capacidad y de las motivaciones necesarias para erradicar las mafias que hoy dominan una buena parte de la economía y de los estamentos de poder. En su momento Washington hizo lo propio. Creó, mediante la Ley Seca, el caldo de cultivo propicio para unas organizaciones criminales que contribuyeron en forma significativa en el proceso de acumulación de capitales y que prestaron importantes servicios a la Patria en la Segunda Guerra Mundial, ayudando a preparar la invasión a Italia.

Si la mancuerna criminal rusos-latinoamericanos existe, y todo parece indicar que sí, Estados Unidos se las va a ver negras, porque no es lo mismo, en materia de combate a la delincuencia, imponerles condiciones a los presidentes de Bolivia o Perú que al gobierno de Rusia.

Por último, habría que hacer votos por que los cárteles latinoamericanos tengan, mientras existan, la determinación necesaria para negociar en pie de igualdad con sus homólogos de otras latitudes y que no vayan a presentarse, en el mundo del hampa, los procesos de subordinación que con lamentable frecuencia ocurren en los ámbitos gubernamentales. Si no tienen otro remedio, pues, que sean narcos, pero por lo menos narcos soberanos.

23.9.97

Armas para nada


Los sofisticados radares construidos y emplazados por la Unión Soviética en media Europa y dos tercios de Asia, por ejemplo, se quedaron esperando un desafío que nunca llegó: el de los aviones estadunidenses indetectables, que ahora vuelan sin ton ni son, y sin otro propósito visible que el de estrellarse por fallas humanas, como lo reportan noticias recientes. Por supuesto, uno no deja de alegrarse de que la función de fin del mundo que nos ofrecían Moscú y Washington haya sido cancelada en virtud del fallecimiento de uno de los actores principales. Pero ahora queda sobre el escenario una utilería tecnológica que nadie encuentra cómo desmontar.

Que algunos militares rusos andan vendiendo como fierro viejo submarinos nucleares, carros de combate, misiles antiaéreos y quizá también cabezas atómicas, es noticia antigua. Tal vez las antenas que los bombarderos Stealth dejaron plantadas en su horrorosa cita histórica sean rematadas, antes de que acaben de oxidarse, a algún empresario de telecomunicaciones o a una de esas corporaciones que ofrecen espectáculos de strip tease vía satélite. En el antiguo corazón del bloque socialista la miseria presupuestal, la corrupción, el derrumbe institucional y operativo de las Fuerzas Armadas y las ventas de garage en el mercado negro se encargaron de resolver el problema, por más que las soluciones puestas en práctica generen riesgos que escandalizan a los ecologistas y a los expertos en seguridad.

En Occidente, en cambio, parecían estar dadas las condiciones de estabilidad y abundancia que habrían debido permitir un desmantelamiento suave y programado de los aparatos técnico-militares de destrucción a gran escala y tecnología de punta. Pero, paradójicamente, se ha avanzado mucho menos, en este sentido, que en el antiguo bloque oriental. Es cierto que los presupuestos estadunidenses de defensa de los años noventa son mucho menores que las obscenas cifras que se destinaban a ese fin en los tiempos de la delirante Guerra de las Galaxias que preconizaba Reagan; todos los países de Europa occidental han reducido, en diversas proporciones, sus respectivas fuerzas armadas, y se ha producido, en términos generales, un reajuste a la baja de los recursos destinados a la investigación, la producción y el mantenimiento de juguetes altamente mortíferos.

El problema, sin embargo, sigue en pie: existen vastísimas estructuras militares (la US Air Force, la Force de Frape francesa, la Royal Navy) que no le sirven a nadie de maldita la cosa y que, sin embargo, deben ser mantenidas; existe una industra que no puede desaparecer así porque sí, ni ser reconvertida en el corto plazo, que produce mercancías tan inútiles, en el actual contexto del mundo, como lo sería un teléfono celular en el siglo XIV. Al desarrollo de nuestros actuales anacronismos debemos, en buena medida, espectaculares avances tecnológicos que han podido ser trasplantados a la industria civil: entre otros muchos, la miniaturización, las redes de cómputo, los rayos láser e infrarrojos, el ultrasonido y las microondas. Eso ya es ganancia. Pero las fragatas lanzamisiles, los tanques de visión nocturna y proyectiles de uranio, las bombas atómicas de precisión y los pájaros supersónicos diseñados para matar a los igualmente temibles MiG, tuvieron su última oportunidad dorada en la Guerra del Golfo. Hoy, si se considera que resultan inadecuados para enfrentar los retos finiseculares a la seguridad nacional de los países que los poseen --parar el tráfico de cocaína, disuadir a los migrantes, combatir la contaminación o despanzurrar a algún terrorista despistado-- queda apenas la esperanza de que alguien obtenga la autorización para convertirlos en llaveros y venderlos como recuerdo de la guerra fría.

Mientras tanto, persiste el peligro de que todo este aparato se vuelque en busca de nuevos mercados --como ocurre ahora con las tentativas estadunidenses y europeas de ''reactivar'' las compras latinoamericanas de armamento de vanguardia-- o que, como está ocurriendo, que siga consumiendo presupuestos astronómicos y, en el caso de los aviones gringos de guerra, que lastimen por accidente a alguna persona.

9.9.97

Teresa como ideóloga


Ahora se vive la fiebre de adoración por dos corazones, postulados por los medios como los más grandes y nobles de la especie humana. Uno dio cobijo a niños africanos mutilados por las minas, a un príncipe de Inglaterra y a un pirruro egipcio; otro albergó marcapasos, agonizantes y leprosos. Los dos, lamentablemente, suspendieron sus funciones con unos pocos días de diferencia.

Tal vez haya sido una mera casualidad, pero el encumbramiento ante la opinión pública de Teresa de Calcuta a alturas comparables con las de Gorbachov, Madonna y Lady Di, coincidió con una arrasadora moda económica que requería de teóricos y prácticos del asistencialismo. Con el adelgazamiento del Estado, el recorte de los programas sociales, las privatizaciones, los tratos privilegiados al capital financiero, el énfasis en la competitividad y la productividad y la apertura indiscriminada de los mercados, la Revolución Conservadora y sus recetas adjuntas generaron pobreza y agudizaron la de los pobres ya existentes. Y como el modelo satanizaba todos los mecanismos públicos de subsidio y redistribución del ingreso, la caridad privada y las ONG, ya fueran reductos de izquierdistas puestos al día o brazos administrativos de órdenes religiosas, quedaron como las únicas maneras políticamente correctas de atender a los millones de damnificados por el venturoso ciclón de las modernizaciones económicas, maneras que muy pronto se vieron recompensadas por exenciones fiscales para las obras pías y por limosnas deducibles de impuestos.

Es significativo que el papa Wojtyla, gran promotor de la monja yugoslava, haya hecho en su momento rondas de aliado estratégico con Ronald Reagan y haya perseguido, al interior de su Iglesia, toda propuesta que se orientara a resolver la pobreza: administrarla está muy bien, pero erradicarla suena a teología de la liberación.

La caridad cristiana es, por supuesto, un precepto mucho más viejo que la banda de Milton Friedman, y no afirmo ni sugiero complicidades activas de Teresa de Calcuta con el neoliberalismo: me limito a señalar coincidencias y mutuos beneficios.

Alguna colaboradora arrepentida de la monja Nobel afirmó que ésta se encontraba en su elemento en la miseria ajena, y que había desarrollado tal familiaridad con el sufrimiento de los demás que vivía el alivio con frustración y enojo, y que no era capaz de desplegar su piedad sino con moribundos confirmados. Ve tú a saber. A la distancia es claro que la señora, en vez de preguntarse por el imperativo ético de erradicar la pobreza, decidió asumirla como parte inherente a la condición humana.

Uno no puede desconocer, en este punto, que las utopías seculares que pretendieron eliminar por decreto las desigualdades acabaron por convertirse en sociedades profundamente desiguales, la URSS, China, Cuba, tiránicas y, para colmo, inviables, cuando no en genocidios al estilo Kampuchea. Pero, independientemente de que Teresa se la hubiese formulado en su fuero interno, ¿es suficiente esta constatación para concluir que la pobreza y la miseria son irremediables, consustanciales a los órdenes natural y divino, y que más vale resignarse y consagrar una vida --o muchas-- a la piadosa tarea de quitarles los piojos a los agonizantes?

Con o sin derrumbes socialistas, el mundo ha vivido, en las décadas recién pasada y presente, un reacomodo en lo que se refiere al combate a la pobreza. Uno de los triunfos duraderos de la Revolución Conservadora ha sido eliminar o debilitar significativamente la idea de que acabar con la pobreza es una obligación de las sociedades y los Estados.

A cambio, se ha colocado la reducción de las desigualdades en el ámbito de los deberes privados, de preceptos morales, de votos y consagraciones personales. En forma paralela ha proliferado la industria del lavado de conciencias, contexto en el cual proliferan las empresas, las organizaciones las instituciones, las órdenes y las cofradías que comparten la misión global de consolar a los jodidos con oraciones, patas de pollo y máquinas de coser, a cambio de que acepten que su condición no es una contigencia, sino una fatalidad. Y me temo que Teresa de Calcuta, acaso sin saberlo, contribuyó en gran medida a la legitimación y divulgación de esta monstruosidad.

2.9.97

El fin de las princesas


Era el juego de la seducción, pero llevado al terreno de masas. Mientras más se escondía más cotizadas eran las fotos de besos furtivos o de pechos al aire en una playa supuestamente privada. Dosificar la intimidad equivalía a incrementar su precio; denegarla del todo a las cámaras implicaba desaparecer de la escena; dejar de preocuparse por el asunto y dejarse fotografiar por quien quisiera hacerlo habría llevado al hartazgo rápido y a la pérdida de interés por parte del público, ese público de la Europa futura tan difícil de satisfacer y ante el cual hay que estar haciendo delicados equilibrios: menos fotos con niños tullidos, por favor, y un poco más de escenas que permitan imaginar cama y jadeos, ¡ah!, y bien por esos diamantes de medio millón cuyo brillo estuvo a punto de sobresaturar la toma.

En esas peticiones implícitas del mercado se fundamenta en nuestros días la función social de las princesas y de los príncipes, familias reales, cortesanas y cortesanos y antorchas vivientes de la industria del espectáculo que se consumen un poquitín más rápido de lo que habrían querido. El tiempo ha ido trastocando lentamente el sitio de la realeza hasta depositarla en el banquillo de los bufones y comediantes. Los palacios y castillos con toda su nómina, que tan cara les sale a los contribuyentes ingleses --o suecos, o daneses, o españoles--, no tienen hoy más propósito que el de divertir al pueblo: en la evolución de los géneros, los cuentos de hadas se han convertido en telenovelas y reality shows para los cuales es necesario fabricar personajes. El Respetable necesita depositarios reales para sus sueños y sus pesadillas, para su lascivia y su nostalgia, para sus valores morales y hasta para demostrar la validez de sus moralejas.

Diana Spencer no entendía tales reglas --o jugaba a no entenderlas-- y ese papel le valió dividendos formidables, hasta el punto de convertirse en la niña mimada de la opinión pública de su país. Parecía estar realmente empeñada en defender su privacía y ese empeño multiplicaba el valor de cada gráfica lograda a su pesar. Construía las revelaciones de alcoba real con precisión y lograba ponerlas en el centro del interés social, para luego exigir que la dejaran disfrutar en paz sus noches de diez mil dólares con el yuppie en turno.

Ahora, sobre los hierros humeantes de un Mercedes Benz que se depreció en forma brusca, los cazadores de privacidades fueron más allá de lo permitido y abrieron sus obturadores para capturar la agonía de la diva. Después de especular cuidadosamente con su vida íntima, Lady Di le regaló al pueblo el más privado de sus momentos: el de su muerte. Profundamente conmovidos, y agradecidos, los ingleses decidieron que ya era tiempo de que Diana Spencer descansara en paz, y con una indignación moral harto comprensible, optaron por cerrar los ojos ante las fotos de su princesa despedazada.

26.8.97

Pecios del siglo


Los últimos rescoldos de la dictadura del proletariado son una hambruna feroz en un remoto país asiático y una vieja cafetera rusa que se desmorona lentamente sobre nuestras cabezas. Mientras los nerds de la NASA pasean su cochecito a control remoto sobre el pedregal marciano, la burocracia espacial de Moscú se truena los dedos para conseguir unos dólares o un mecánico que trabaje de fiado: hay que limpiar un poco el carburador de la estación espacial para que, al menos, dure unos meses más en su nueva condición de casa de huéspedes.

Así termina la carrera espacial con todo y sus resonancias épicas: un robot construido con circuitos de los que venden en las tiendas de computadoras, movido por un grupo de jóvenes ansiosos por reducir costos, y un samovar del tamaño de un departamento de la Narvarte que se cae a pedazos, con riesgo de que alguien salga lastimado.

En los ritmos del desarrollo tecnológico contemporáneo, los once años transcurridos desde la puesta en órbita de la Mir equivalen a algo así como el lapso que separa a Spinoza de Elvis Presley. Recordemos: ¿qué clase de computadora --si alguna-- utilizábamos allá por 1986? ¿Cuántos mortales disponían por esas fechas de teléfono celular? Para colmo, la oncena mencionada corresponde precisamente con los quebrantos y la muerte del socialismo real, y ello explica la falta de mantenimiento a ese alijo de tubos gordos que da vueltas en el vacío y que viene a ser la representación más patética de la utopía difunta.

Los estadunidenses han tenido la oportunidad de sobrellevar con mayor discreción el fin de la edad de oro de su proyecto espacial. Desmantelaron en silencio los enormes cohetes Saturno V --a cuyos lomos llegaron a la Luna media docena de estadunidenses--, desarrollaron su flotilla comercial de transbordadores y se lanzaron a fondo en la carrera de la reducción de costos. Se gastaron decenas de miles de millones en los paseos lunares, y luego poner en Marte las sondas Viking les costó dos mil millones de dólares de los de 1975. Ahora los muchachos del Jet Propulsion Laboratory han logrado una hazaña similar con un presupuesto de apenas 170 millones, una cifra que supera, por cierto, el presupuesto total de la agencia espacial rusa.

Ahora, muerto el chovinismo cósmico de las superpotencias, viene el tiempo de los intereses comerciales que se disputarán el cielo, con los japoneses y europeos en sitio destacado. La construcción de la estación espacial internacional --en la que el papel de Rusia es cada vez más incierto y subordinado-- tiene por objeto primordial desarrollar patentes tecnológicas. De no ser porque las caminatas espaciales ya no suscitan el interés de la teleaudiencia, los astronautas ya tendrían cosidos a sus trajes inflables los logos de Marlboro y Fuji y Quaker State.

Si uno piensa que los carros de fuego utilizados por Washington y Moscú para ir a la Luna y para construir estaciones espaciales eran desarrollos de los misiles intercontinentales que un día habrían de llenar el horizonte de grandes champiñones cegadores, entonces resulta hasta reconfortante asistir al final de ese duelo cósmico que nos tenía a todos con el Jesús en la boca. Pero también es deprimente que no haya podido prosperar, bajo un nuevo aire de entendimiento y cooperación, el esfuerzo sostenido para ocupar y acondicionar las enormes piedras que hay allá arriba. De algún modo, seguimos peleándonos por la posesión de un solo y atestado departamento cuando el resto del edificio está, según los indicios, desocupado. Y no deja de ser triste, también, que tanto juguete tan caro haya sido vendido como chatarra --caso de los cohetes Saturno-- o esté a punto de desbielarse sobre nuestras cabezas, como la Mir. Esos son, a su manera, resúmenes de un siglo abundante en caminos equivocados.

19.8.97

Entre la hiena y el boy-scout


Este ángel exterminador pelado al rape mató a 168 personas --hombres, mujeres y niños, negros, asiáticos y caucásicas, liberales y conservadores, fanáticos de los Dodgers y de los Cardenales, consumidores de la Ford y de la Chrysler-- mediante una carga de nitrato de amonio colocada en una pick-up roja. Fue una carnicería cuidadosamente concebida, planificada y ejecutada. Fue un acto político en protesta por la matanza de davidianos en Waco, ocurrida meses antes debido al fanatismo de los sitiados y a la impericia de los agentes del FBI. Fue tal vez una expresión de enojo ante los designios secretos de la ONU (minuciosamente documentados en el libro The Turner Diaries y en las tertulias de ''Las Milicias'') convertir a Estados Unidos en un país socialista.

La semana pasada, a cambio de su hazaña, Timothy James McVeigh, un joven patriota del tipo caucásico, veterano condecorado de la Tormenta del Desierto, fue condenado a morir por inyección letal por una corte de Denver, Colorado.

A lo largo del juicio correspondiente llovieron testimonios sobre los sufrimientos de los niños que fueron afectados por la explosión en el edificio federal de Oklahoma; se habló sobre ropa con componentes sintéticos que hubo que arrancar, con todo y piel, a los pequeños; de abuelos mutilados e hijas fallecidas.

Al mismo tiempo, la defensa presentó las facetas humanas y hasta entrañables de ese campeón del terrorismo nacional (proudly assembled in USA) hasta convertirlo a ojos de todo el mundo en un chico responsable, aunque un tanto tímido y retraído, un iniciado en los misterios paranoicos del survivalism y en las rutinas de fisicoculturismo, un vecino modelo, comedido con las viejitas, producto típico de la generación de los divorcios y que, sin embargo, tuvo la entereza de espíritu suficiente para hacerse camino en la vida e inscribirse a la Asociación Nacional del Rifle.

Entre la imagen de la hiena y la del boy scout de derechas no hubo mediaciones. Este representante de la saludable juventud estadunidense va a ir al matadero porque, en un momento de ofuscación, se equivocó en sus juicios y sus actos. Punto.

Por supuesto, en el proceso legal no se dijo una sola palabra sobre el sistema de valores que hace de puente entre uno y otro extremos, entre el chacal y el buen muchacho. Nada sobre las docenas de películas en las que jóvenes bienintencionados rescatan a la patria, amenazada por conspiraciones truculentas, a punta de violencia extrema. Nada acerca de las engañifas de que se valió Washington para mandar al Golfo a sus propios soldados y a los de otras veinte naciones. Nada sobre toda la mierda ideológica que se respiró en Estados Unidos durante la docena trágica de la Revolución Conservadora, empezando por la guerra de las galaxias contra el imperio del mal y terminando por los atropellos contra Libia, Grenada, Nicaragua, Panamá y otras naciones pequeñas, remotas y miserables que fueron convertidas en ''amenazas a la seguridad nacional'' del Estado más poderoso del planeta. Nada sobre el racismo palpitante que se da rienda suelta en las comisarías de Nueva York y en las fiestas de Virginia.

Ahora la sociedad estadunidense se dispone a inyectar en el torrente sanguíneo de su criatura McVeigh alguna sustancia venenosa para que el muchacho de cabeza rapada deje de respirar y se muera. Se trata de una práctica que el propio McVeigh aplaudiría, de no ser porque va a realizarse en su propio pellejo. Así, la justicia piensa escarmentar y disuadir a futuros terroristas: enseñándoles que la venganza es un asunto aceptable y necesario, que hay que matar seres humanos para resolver algunos problemillas sociales y que la autoridad tiene siempre la razón.

A ver cuándo terminan.

12.8.97

Netanyahu y Hamas, los aliados


El viernes 22 de octubre de 1993, en un salón del Hotel Rey David, en Jerusalén, Shimon Peres, por entonces ministro de Exteriores de Israel, dijo ante un grupo de periodistas de varios continentes que la paz entre su país y los árabes no sólo era necesaria sino incluso inevitable. El político laborista formuló allí una expresión hermosa: dijo que Israel, Jordania y Palestina estaban llamados a formar un ''triángulo fértil'' del cual habría de irradiar la paz y el desarrollo económico a todo Medio Oriente.

Ahora, a cuatro años y muchos muertos de distancia, entiendo que ''la paz inevitable'' era sólo un recurso verbal para apuntalar el fragilísimo proceso de entendimiento que se había iniciado, unos meses antes, entre el gobierno israelí y su enemigo público número uno. Yitzhak Rabin y el propio Peres tuvieron la genialidad de descubrir que ese enemigo era en realidad el mejor aliado en potencia con el que podía contar Israel en un entorno generalizadamente hostil o, en el mejor de los casos, indiferente.

Cuatro años y muchos muertos después de aquellas palabras, un nuevo gobierno en Israel ha restituido a la entidad palestina en su papel de enemigo y ha causado, con ello, el mayor daño que pudiera causarse a la seguridad del Estado judío. Ante la posibilidad de aliarse con Yasser Arafat para combatir al terrorismo palestino --y al israelí, que no sólo mata árabes sino también judíos, empezando por el propio Rabin-- Benjamin Netanyahu ha optado, en cambio, por igualarse con Hamas y Hezbollah en el empeño de destruir el germen de patria palestina, el tercer vértice del triángulo fértil y de la paz regional.

Ciertamente, y por fortuna, tras el reordenamiento o desordenamiento inducido por la guerra del Golfo Pérsico, no habrá en mucho tiempo un nuevo frente bélico de los árabes contra Israel. Y aunque la ausencia de guerra no necesariamente quiere decir paz, Netanyahu actúa como si esta certeza fuera la única a tener en cuenta y la aprovecha para tensar al máximo la hostilidad contra la población y las autoridades palestinas: provocación tras provocación, humillación tras humillación, desafío tras desafío. Y mientras Arafat apura cálices en medio de una impotencia cada día más peligrosa, los todavía partidarios de destruir al Estado judío se nutren de los agravios para lanzarse a sí mismos, enfundados en dinamita, sobre aglomeraciones de israelíes inermes.

Antes que el actual primer ministro llevara al terreno de los actos de gobierno su crítica al proceso de paz impulsado por sus antecesores y adversarios, otros círculos de la ideología del Eretz Israel se hicieron un juicio igualmente desfavorable de la conciliación con los palestinos, mataron al ''traidor'' Rabin y con ello privaron al bando de la paz del más pragmático y necesario de sus políticos.

Nada sería ahora más propicio para los bandos de la guerra --el Likud, Hamas y la Jihad-- que una repetición de esa historia abominable del lado palestino y que, por agotamiento político o por muerte violenta, el ''traidor'' Arafat y lo que él representa --la conformación pacífica de un Estado palestino-- salieran del escenario. A ojos de todo el mundo Netanyahu trabaja para propiciar la primera de esas eventualidades. Y muy probablemente los profesionales del descuartizamiento en nombre de Dios se preparan, en las sombras, para perpetrar la segunda.

5.8.97

Drogas: la coartada que viene


''Si la lucha de México contra las drogas fuera lo suficientemente exitosa como para detener el flujo de dinero lavado por medio del sistema financiero mexicano, podría desestabilizar seriamente la economía'', dice un reporte de la revista Latin Trade, de Miami, en su más reciente edición mensual. Esta publicación considera que la inyección de narcodólares a la economía nacional es del orden de entre 10 y 15 mil millones de dólares anuales, equivalente a entre el 3 y el 5 por ciento del PIB.

La publicación va más allá. Afirma que ''para una nación en desarrollo que ha promediado un crecimiento anual del PIB de apenas 4 por ciento en los cinco años anteriores a la crisis de 1995, este flujo de dinero representa la diferencia entre el crecimiento y el estancamiento, o peor aún, la recesión en el nivel macroeconómico''.

Tanto el volumen estimado de las narcoganancias como la inferencia comentada pueden ser correctos. En las marañas económicas mundiales y nacionales los flujos monetarios procedentes del crimen se mezclan con las cuentas de la beneficencia. Los mercados especulativos y financieros no pueden ni quieren diferenciar entre los dólares buenos y los dólares malos y los beneficios ilícitos de los narcos, los proxenetas y los piratas conviven e interactúan en son de paz con los dineros legales, públicos o privados. Recabar indicios de una operación de lavado implica una ardua tarea de seguimiento a la inversa: primero pillan al delincuente y luego le siguen la pista a sus fondos. Proceder a la inversa --dar con un infractor de la ley por medio del análisis de la masa nacional de transacciones bursátiles, bancarias, inmobiliarias, cambiarias y comerciales, por ejemplo-- sería tan improcedente como investigar a todos los usuarios del metro para descubrir a un carterista.

Así son las cosas en México, pero también en Francia, en Australia y en Estados Unidos. El papel moneda, a menos que se trate de una falsificación, es intrínsecamente legal, así sea producto de un atraco bancario o de un rescate por un secuestro, y los delincuentes están tan conscientes de ello que siguen robando bancos y secuestrando a personas acaudaladas.

La única diferencia estriba en los volúmenes de ganancias ilegítimas, producto del tráfico de drogas, que se blanquean en los respectivos sistemas financieros: mientras que los que se dirigen a México son del orden de decenas de miles de millones, en Estados Unidos tales volúmenes son de centenares de miles de millones de dólares que, éstos también, concurren de manera significativa a la bonanza económica del país vecino.

No deja de resultar extraño, entonces, el empeño de Latin Trade de singularizar el caso mexicano cuando en sus propias narices, en los propios centros financieros de Miami, esta publicación económica tiene sobrados ejemplos de la contribución de los narcodólares a la salud financiera de ese estado y de la Unión Americana en su conjunto. Curiosamente, la revista no sugiere que la lucha contra las drogas en Estados Unidos pudiera llevar a un descarrilamiento de la economía más grande del mundo.

Una explicación posible a este afán de singularizar y delimitar el problema a México puede ser la gestación de una nueva coartada que sería inapreciable a los sectores de la clase política estadunidense que, por convicción o cálculo convenenciero, insisten en situar el asunto de las drogas exclusivamente en el ámbito latinoamericano y emprenden, en consecuencia, campañas de culpabilización contra las naciones de la región --productoras de droga o rutas de tránsito--, a las cuales atribuyen la responsabilidad por el deterioro físico y mental de los consumidores estadunidenses.

Pero si se aplica la misma lógica de Latin Trade al gobierno estadunidense, habría que concluir que éste tiene centenares de miles de millones de motivos para no ser eficaz en el combate a las drogas.

29.7.97

Cabezas arruinadas


Los proyectiles de calibre .22 no siempre son, a pesar de su pequeñez, menos letales que otras municiones que te atraviesan limpiamente. Debido a su poco impulso y a su masa reducida, el .22 tiende a quedarse dentro del cuerpo de la víctima e incluso a rebotar entre los huesos, por lo que puede causar graves destrozos internos. Tal debe haber sido el cálculo de los verdugos de Miguel Angel Blanco, a quien dispararon dos balas .22 en la nuca. Una de ellas se quedó incrustada tras el arco ciliar del joven concejal de Ermua, después de destruirle nervios y áreas importantísimas de la masa encefálica. Tras unas horas de agonía, Blanco murió a causa de las lesiones y se cumplió, con ello, el objetivo de sus asesinos.

Las cabezas de éstos han venido funcionando mal: no hay sentido común que alcance para relacionar el acto de hacerle puré el cerebro a un hombre cualquiera -conservador o progresista, provinciano o cosmopolita, español o vasco, rockero o notario, concejal o astronauta- con reivindicaciones nacionales o con peticiones en torno al estatuto de unos presos. La destrucción de una vida y la consiguiente producción de un cadáver sólo puede generar más presos, más cadáveres y más encéfalos arruinados por las balas o por el odio y la intolerancia. Ahí están las pruebas: los imbéciles que dispararon a la cabeza de Miguel Angel Blanco dañaron, al mismo tiempo, el órgano de pensar de muchos españoles normalmente lúcidos, razonables y democráticos, los cuales, después del crimen etarra, no son capaces de concebir más que venganzas unánimes, medidas de excepción y de autoritarismo y actitudes de intransigencia masiva.

La criminal ejecución de Lasarte no sólo interrumpió para siempre las funciones vitales de Miguel Angel Blanco, sino que puso entre paréntesis, en el País Vasco y en casi toda España, la capacidad de entendimiento que tanta falta hace en estos momentos. Habría que comprender, por ejemplo, qué oscuro mecanismo social empujó a 20 mil personas a las calles de San Sebastián (una ciudad de 200 mil habitantes) a corear consignas a favor de los etarras presos, pero también a favor de ETA (es decir, de los asesinos de Blanco) y de su representación política.

Esa manifestación, ínfima ciertamente si se la contrasta con los millones que expresaron su público repudio al crimen del 13 de julio, sólo puede expresar dos cosas: que en Donostia el asesinato se ha convertido en un deporte popular y admirable para miles de personas o bien, que en el País Vasco hay, a pesar de todo, asignaturas no resueltas y agravios profundos que se multiplican y afloran por los caminos más siniestros, echan a perder entendimientos y generan impulsos de destrucción y autodestrucción, designios homicidas y cabezas arruinadas que no alcanzan a manifestar su ruina más que agujerando a balazos otras cabezas. Sea cual sea la verdad, la persecución y el castigo legal a los homicidas son obligados, pero no suficientes: más allá de la necesidad de hacer justicia, alguien tendría que tener la masa encefálica sana y suficiente para encontrar y arrancar las raíces del odio.

22.7.97

Los esclavistas de Queens


Al contrario de lo que se piensa, hay diversos caminos para hacerse rico, o por lo menos para vivir en forma holgada: nacer con certificado de autenticidad en casa de los Gates, idear una nueva moda tecnológica (¿a qué hora salen los teléfonos celulares con televisión integrada?), comprar cocaína barata en Latinoamérica y venderla cara en Oklahoma o, incluso, trabajar duro. Pero la fórmula más socorrida desde tiempos casi inmemoriales ha sido --y sigue siendo-- servir de intermediario entre el mercado y el trabajo de los demás. Esa vía a la prosperidad tiene la ventaja de ser legal y muy apreciada, de acuerdo con los valores sociales de nuestros días.

Es precisamente lo que hicieron unos vivales cuyos nombres no merecen mención: reunieron a un grupo de 62 mexicanos --hombres, mujeres y niños-- y los insertaron en el mercado laboral neoyorquino, que es uno de los más grandes del mundo. Pero, a diferencia de la suerte que corren otros capataces, éstos acabaron presos.

Muy probablemente recurrieron --como lo hacen numerosos enganchadores, polleros, tratantes de blancas, traficantes de humanos-- a engaños y malas artes para reclutar a sus víctimas; es seguro que abusaron de ellas en términos laborales y también, al parecer, sexuales. Hasta que fueron descubiertos, las mantuvieron en una pocilga de Queens en condiciones parecidas a la esclavitud.

Nada, hasta aquí, diferencia a los sujetos de marras de los respetables empresarios que, en el país del norte, contratan a cientos de miles de trabajadores inmigrantes para ponerlos a trabajar, en condiciones inhumanas, en los campos de tomate o manzana o en las ensambladoras. Esos hombres de empresa saben sacar provecho de la desventajosa situación que enfrentan, en todos los terrenos, los demandantes de trabajo: su desconocimiento del idioma, su situación migratoria irregular, su ignorancia de las leyes y los reglamentos, su condición de refugiados del holocausto económico. El entorno en que viven los mojados es un universo de malos tratos, de abusos, de acoso y persecución, de arbitrariedades y de muerte. Las condiciones de desigualdad y desprotección de los contratados permiten otorgar sueldos ínfimos y obtener, en contrapartida, espléndidas ganancias.

Y es que, en cierta forma, casi todos los trabajadores indocumentados llegan a Estados Unidos en calidad de sordomudos culturales, incapaces de hablar el idioma, entenderlo o comunicarse con su entorno, aunque con el tiempo desarrollen esas habilidades.

Los esclavistas de Queens fueron mucho más allá que los polleros y explotadores corrientes: reclutaron a sordomudos absolutos, que lo son tanto en México como en cualquier país, y los pusieron a producir dinero en los mercados neoyorquinos de la mendicidad, que al parecer están tan organizados como cualquier otro rubro económico.

El hecho ha sido tomado como una manifestación excepcional de crueldad, como una expresión aberrante de aprovechamiento de la desgracia ajena. En ello incide esa forma hipócrita, cristiana y aceptable de discriminación que son los sentimientos compasivos hacia los discapacitados. Pero sin ignorar la extrema maldad que anima a los esclavistas de Queens, sus acciones aisladas pueden también leerse como una empresa emblemática de la explotación colectiva, estructurada y regulada de millones de trabajadores extranjeros que llegan o son llevados a Estados Unidos en condiciones de total incomunicación e indefensión laboral, cultural, legal y física.

15.7.97

Propiciadora de la vida


A veces el mundo parece ser un sitio silencioso y opaco. Para contrarrestar esa impresión, nada mejor que la facilidad con que Cristina descubre los sonidos y los colores de cada objeto inanimado, de cada piedra, de cada colectivo, de cada mascota o de cada funcionario.

Su presencia abre la expresividad de las cosas. Los muebles viejos y los soñadores que no atinan a poner en palabras su idea, empiezan a manifestarse cuando Cristina les echa una manita.

Cuando ella aparece, las conversaciones agónicas dan paso a intercambios luminosos. Cuando ella aparece, las diligencias tediosas se convierten en gestas plenas de sentido. Cuando ella aparece, los proyectos empantanados se vuelven acciones realizables.

Las superficies empiezan a hacer gala de sus texturas y la inercia burocrática cede su sitio al trabajo gozoso, cordial y conversado.

En los alrededores de Cristina los gangosos pueden cantar; los tullidos, bailar; los ciegos, extasiarse con las formas.

Alrededor de Cristina los incoherentes ponen en orden sus ideas y los hígados logran reír.

En ocasiones, el mundo da la impresión de ser un lugar árido, despoblado e implacable.

Pero basta con acudir a donde está Cristina para entrar en una red de amistades, afinidades y cercanías, en donde muchas personas contrastadas conversan, colaboran, discuten, hacen música, pintan paredes y mueven sillas, rumian en colectivo sus travesuras y sus asaltos al cielo.

En torno de Cristina hay un lugar para ti, sin importar si eres rico o pobre, analfabeto funcional o doctorado en París, hombre o mujer, gay o buga, indio o ladino, guadalupano o masón o ambas cosas a la vez; infante o viejita, ministro o barrendero, extrovertido o tímido, humano, animal, planta, huipil o piedra.

Si llegas a tener la inmensa suerte de pasar por sus alrededores, te quedará la convicción de que la soledad no existe sino cuando la deseas, que te encuentras en un planeta de piedad y tolerancia, y que tu aportación al mundo, sea un chiste, una quesadilla bien hecha o una obra maestra del arte universal, es siempre bienvenida.

8.7.97

Los huesos de Vallegrande


Durante treinta años, una fosa común situada en Valle Grande, Bolivia, dio cobijo a los huesos de un puñado de héroes. En ese lapso, América Latina, región de suelo fértil para los sincretismos, forjó, sobre el patrón cristiano y en torno al enorme muerto de la selva boliviana, un culto dotado de apóstoles y santoral, evangelios, una Roma insular, un calvario y un Santo Sepulcro, el mismo que hace unos días ha sido reconquistado por una cruzada apacible de antropólogos y especialistas forenses.

Muchísimos habitantes del mundo, en especial en este hemisferio, nos formamos con la figura de Ernesto Guevara, el propietario de los huesos ahora descubiertos, como un punto de referencia importantísimo, si no es que central, en lo ético, en lo político o incluso, para algunos, en lo político-militar. Pero, conforme la gesta del guerrillero iba pasando de los periódicos a la historia, su receta revolucionaria fue deslavándose en forma y fondo, a la manera de los libros de cocina de la abuela, que acaban siendo inútiles porque los ingredientes allí consignados ya no se encuentran en el mercado y sus unidades de peso y medida no coinciden con las contemporáneas.

Antes de que el legado del Che se vuelva un sistema de referencias tan incomprensible para la mayoría como lo es hoy el Antiguo Testamento --un texto bello e incoherente en el que hay que creer, y punto--; antes de que el tiempo y la liturgia acaben de trastocar las equivalencias entre sus códigos y los nuestros, habría que poner, en claves éticas de este fin de siglo, lo que queda de su gesta y de su martirio, y que es mucho más que la osamenta desenterrada hace unos días en Valle Grande.

Predicó con el ejemplo los valores de la constancia, la congruencia, el sacrificio por el prójimo, la generosidad y el desapego a los bienes materiales y a la comodidad. Cambió su bien ganado sillón de ministro por los infiernos de la selva y el combate en Africa y en Bolivia, decidió ser un mártir joven antes que un burócrata envejecido y vivió al ritmo de una infinita compasión por los jodidos.

Más conmovedor aún, a diferencia de tantos predicadores de patria o muerte para los demás, el Che siempre marchó a la cabeza de la fila cuando, a su juicio, el camino a la emancipación pasaba por el matadero.

A treinta años de distancia parece claro que tal actitud está más emparentada con la ética cristiana y la estética romántica (ambas pilares de la cultura continental) que con los materialismos histórico y dialéctico y la crítica de la economía política.

En nuestro continente --y fuera de él-- muchos contemporáneos del Che se afiliaron también al marxismo porque, conscientemente o no, vieron en éste la posibilidad de ser consecuentes a tope con los valores cristianos que les fueron inculcados.

La parte deplorable de su epopeya tiene mucho que ver con la arrogancia, el mismo defecto que llevó al martirio, o a la comisión de genocidios físicos y culturales a miles de misioneros y evangelizadores. Ellos, al igual que el guerrillero argentino-cubano-boliviano, se sentían depositarios absolutos de la verdad y actuaban, acaso sin saberlo, con una refinada intolerancia hacia las creencias, las necesidades inmediatas, los temores o las convicciones de aquéllos a quienes pretendían salvar del hambre, de la opresión o del infierno.

Su opción profesional primera fue la medicina, lo cual habla de su compromiso con la preservación y el cuidado de la vida humana. También en hermosas frases, pronunciadas o escritas, El Che dejó constancia de ese compromiso. Pero la urgencia de transformar al mundo, acicateada por la piedad, lo fue convirtiendo en un guerrero convencido de la pertinencia de su oficio, y a partir de esa convicción, que necesariamente pasa por el poco aprecio a las vidas de los demás y a la propia, llevó a la muerte a mucha gente.

No logró percibir una diferencia sustancial entre los soldados de Mahoma, para quienes el sacrificio en combate es pasaporte al Edén de las huríes, y la convocatoria guerrillera a abonar la tierra del devenir histórico --reservado a los biznietos, y por ello intangible-- con los cadáveres propios.

Acaso los valores de su época, manchada de guerras frías y calientes e imperativos históricos, le impidieron darse cuenta de que la vida es el único lujo que pueden darse en este mundo millones de desposeídos; que, al perderla, pierden al mismo tiempo sus posibilidades de liberación, su perspectiva de justicia y su esperanza de bienestar y que, a partir de ese momento, toda lucha política, ideológica, social o militar, deja de tener sentido para ellos.