27.8.09

El llamado de la vista


  • Galileo y los paparazzi
  • Dicen que el mirar por el ojo de una cerradura es una tentación preponderantemente masculina, un aserto posiblemente falso y hasta ofensivo, pues difama a las mujeres al pretender que carecen, o tienen mal desarrollado, un atributo cognoscitivo fundamental: la curiosidad visual, una pulsión que logra abrirse paso a través de prohibiciones, velos, candados, distancias, lápidas y censuras. Pensándolo bien, la invención del telescopio, que oficialmente corresponde a Galileo Galilei, aunque se discuta, habría podido ser considerada una acción tan herética y blasfema como sus tesis heliocéntricas, porque la observación del cielo más allá de lo que permite la visión humana es una forma de levantarle los hábitos a Dios para poner al descubierto Sus intimidades.

    Pero no: el 25 de agosto de 1609 el Senado de Venecia (donde la Inquisición tenía menos poder que en otras ciudades de Italia) adoptó al genio y a su invento sin reparar en las posibles implicaciones teológicas y ni siquiera en las científicas. El trebejo, que rima con catalejo, fue instalado en el campanario de San Marcos, desde el cual, a una altura de 60 metros, era posible detectar el arribo de naves enemigas antes de que éstas aparecieran, a la vista de los observadores de a pie, en el horizonte marino. O sea que es la historia de (casi) siempre y que por aquel entonces la tecnología ya recibía su impulso fundamental de los intereses militares. Hace como mil columnas escribí que uno de los méritos principales de Arquímedes fue la invención de armas secretas —de utilidad harto dudosa, cabe reconocer— para defender a su Siracusa natal de los imperialistas romanos. Pero esa es otra historia.



    La primera fabricación de un telescopio fue disputada por Hans Lippershey, un alemán que fabricaba lentes, por el catalán Juan Roget y por el holandés Zacharias Janssen, rival de Lippershey y un tipo deshonesto que se dedicó a falsificar monedas españolas, por lo que se le condenó a ser hervido en aceite, como pollo de la Kentucky, aunque no sé bien a bien si esa sentencia espantosa llegó a ejecutarse.

    Haiga sido quien haiga sido, como dice el preexpresidente espurio, Galileo tuvo información del telescopio rudimentario por el que se peleaban Hans y Zacharias y construyó un modelo perfeccionado, que permitía aumentar no tres, sino seis veces, los objetos distantes, y sin deformarlos. Posteriormente fabricó un aparato que daba 20 ampliaciones y en vez de ponerse a ver si venían barcos amenazantes, lo apuntó a la Luna. Empezó entonces la gran revolución astronómica unipersonal en el curso de la cual el sabio se empachó de descubrimientos: los accidentes topográficos en el rostro de Selene, los satélites jovianos, las estrellas hasta entonces desconocidas en la constelación de Orión, los cúmulos estelares, los anillos de Saturno, la naturaleza de la Vía Láctea, las manchas del Sol, las fases de Venus... Qué chapuzón gozosísimo te diste, viejo zorro, en el firmamento hasta entonces vedado a la observación de los humanos. Qué semanas de insomnio delicioso debes haber pasado en agosto de 1609 y en los meses siguientes.

    En mi modesta opinión, la curiosidad insaciable de Galileo no es demasiado distinta a la de cualquier fisgón o fisgona común y silvestre que cultive el “morbo”, como se dice ahora, desactivando la carga etimológica original del término, que era “enfermedad” (“gran interés y curiosidad malsana por situaciones, cosas o personas”, dice el Wiccionario, ampliando una de las persignadas definiciones de Madre Academia). La diferencia entre el primero y los segundos, podrá decirse, reside en que uno supo apuntar su telescopio en una dirección trascendente y los otros enfocan la mirada, con o sin aparatos aumentadores, hacia la primera ventana prometedora o hacia documentos personales intrigantes —por ejemplo— y en consecuencia no descubren nada que fuese estrictamente nuevo para la humanidad.

    Puede ser. Tengo para mí que el impulso que lleva a hurgar con la mirada bajo las faldas del universo es el mismo que impulsa a ponerse tras el ojo de la cerradura o la lente de telefoto, o bien con la oreja pegada en la pared. Y no será demasiado distinto el placer que experimenta quien descubre la manera de observar o escuchar lo prohibido que el deleite del científico que da con una nueva ley natural o que el gozo del que consigue las claves secretas del ejército enemigo, por más que el primer caso desemboque en un placer básicamente inocuo, el segundo provoque una revolución en el saber y el tercero conduzca a la muerte de seres humanos.

    El hecho es que el (mal) genio florentino fue recordado antier en todo el mundo como un grande de la ciencia y el pensamiento, en tanto que los mirones son vistos con una mezcla de desprecio e inquietud clínica: el término voyeurismo y su equivalente culterano, escoptofilia (del griego sképtesthai, ver), están clasificados, como mínimo, en el catálogo de parafilias —“las distintas maneras que tiene el ser humano de lograr su satisfacción sexual más allá de la relación íntima tradicional”, ja, ja, ja—, cuando no en el de las enfermedades y perversiones: “Trastorno de las inclinaciones sexuales, que se caracteriza por la inclinación recurrente o persistente a mirar a personas realizando actividades sexuales o que están en situaciones íntimas, acompañada de excitación sexual y masturbación [y en el que] el individuo no desea descubrir su presencia ni existe deseo de relación sexual con las personas observadas” (o sea que los mirones son de palo), afirma, por ejemplo, un diccionario médico cubano, y no es el único. Según otro sitio sexológico, “se considera un trastorno psicológico cuando se lleva como mínimo 6 meses con estas prácticas o cuando interfieren en el normal desempeño de la persona en el ámbito laboral, social o familiar”.

    Y sí: los voyeuristas pueden llegar a extremos —alguno de ellos será delictivo, como cuando fisgonean a otras personas sin el consentimiento de éstas— y ha de ser un tanto triste, además de patológico, el reducirse al placer de la vista cuando el cuerpo ofrece tantos otros. Pero entre ese límite y las condiciones de metiche, fisgón o chismoso (a), como suele llamarse a los propietarios de una curiosidad prominente, hay una buena distancia. Sea como fuere, y sin desdoro para el sabio florentino, los escoptofílicos y hasta los paparazzi harían bien en adoptar a Galileo como santo patrono. Quién sabe: a lo mejor les haría el milagro de orientar sus descubrimientos hacia los cráteres lunares y los cuerpos cósmicos, y olvidar por un rato su febril búsqueda de barros y celulitis en las nalgas de una clase de estrellas más terrenales.

    * * *


    Los mafiosos que controlan la Secretaría de Educación Pública y que elaboraron unas porquerías de libros de texto gratuitos se dieron el gusto de photoshopear el mural “El paso de Bering” que Iker Larrauri pintó en el Museo Nacional de Antropología, para agregarle un mamut y un paisajito muy acá, acaso con el propósito de meter en una sola dos ilustraciones de la prehistoria, sin que les preocupara distorsionar los sentidos artístico y didáctico de la obra original. Cómo no se les ocurrió poner también una Lucy Gordillo, un velocirraptor Peña Nieto, un trilobite Salinas que hiciera referencia de una vez al concepto de horror lovecraftiano. Si quedara un rastro de decencia en la SEP, esa institución tendría que organizar un desagravio a Iker, a los niños a quienes se pretende dar gato por liebre y también, de preferencia, al sentido común.


    Arriba, el original de El paso de Bering; abajo, la adulteración gordillista

    26.8.09

    Viernes y sábado, en
    Chachapa y en Tehuacán



    El próximo viernes 28 de agosto, José Agustín Ortiz Pinchetti y Pedro Miguel platicarán sobre la circunstancia política actual: auditorio de Chachapa, a las 5 de la tarde.

    El sábado 29 será en Tehuacán (12 del día, en el Salón Esmeralda, ubicado en la Calle 2 Poniente # 117, Col. Centro).

    La idea es apoyar a los Comités Municipales del Gobierno Legítimo.

    Ojalá que puedan y quieran acompañarnos.

    25.8.09

    “Lo que somos capaces”

    Cómo creen: la verdad es que las personas que murieron en Acteal en diciembre de 1997 fueron víctimas de una epidemia local; la prueba es que quienes habían sido acusados (injustamente) de homicidio fueron ya exonerados y liberados por la Suprema (es decir, inapelable) Corte de Justicia de la Nación. Si no se hubiera corregido el error a tiempo, dentro de unos años ese episodio de violencia inventada y represión ficticia habría llegado a las páginas de los libros de texto como un hecho real y habrían sido necesarios muchos esfuerzos para corregirlo, como los que tuvieron que hacer los intelectuales del Lic. Salinas y del Dr. Zedillo para sacar de la historia oficial a personajes míticos como El Pípila y los Niños Héroes.

    La masacre de Acteal no existió nunca y la Conquista de México, tampoco. Pero “hablar mal del país es para muchos no sólo un esfuerzo cotidiano; hasta de eso viven, diría yo.” Lo bueno es que, como parte del compromiso del gobierno federal para que haya una mayor calidad en la educación, y en aplicación de la Reforma Integral de la Educación Básica (RIEB), se eliminó de los libros de historia de sexto año de Primaria los pasajes referentes a ese suceso y a otro periodo igualmente imaginario, los tres siglos de la dominación española. La verdad es que los pueblos indios que habitaban el territorio de lo que hoy es México se integraron a la comunidad internacional a partir de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, pero debemos multiplicar el esfuerzo “por mostrar con claridad y seguridad las enormes ventajas que tenemos respecto de otros países y regiones”.

    Por ejemplo, “en algunos casos la plaza de maestro se resolvía con una palanca, con una influencia, con un contacto, con un compadre, y eso se está acabando”: hoy, para llegar a una subsecretaría de Educación Pública, se requiere únicamente de una suegra. Al inicio de este gobierno sólo uno de cada cinco tenía espacio en la universidad; es decir, que no había suficientes planteles para albergar a los jóvenes mexicanos. Por eso, la SEP anunció en días pasados un recorte presupuestal de 800 millones de pesos a las universidades, para que sean esas mismas instituciones “las que vayan definiendo, con su buen juicio y criterio, los rubros que se verán afectados”. De todos modos, “vamos a seguir trabajando, día con día, para que los jóvenes puedan alcanzar el anhelo de una formación universitaria de calidad”.

    “Parece que el esfuerzo lo hacemos para que México aparezca, precisamente, como un punto de gravedad y de contraste notable con otros países”. En agosto de 2008 se firmó el Acuerdo Nacional por la Seguridad. Ese año ocurrieron tres mil 742 ejecuciones en el país. En los doce meses siguientes el número creció a siete mil 296, pero eso sólo representa “12 homicidios por cada 100 mil, mientras que en ciudades como Nueva Orleáns la tasa es de 67 homicidios por cada 100 mil habitantes.”

    En lo que va de este gobierno unos diez millones de mexicanos han caído en la pobreza; tal vez por eso, “México es una excelente opción de negocios para cualquier inversionista de escala global”.

    La economía se cayó 10.3 por ciento en el segundo trimestre de 2009, un hecho sin precedentes en 75 años, y 9.2 por ciento en el primer semestre. Pero “las ventajas que tiene México quedarán bien claras, no sólo en la medida que gobierno y sociedad nos empeñemos en fortalecerlas día a día, y en eso estamos empeñados, sino también el día en que las mexicanas y los mexicanos nos decidamos a hablar todos con objetividad y con claridad de las cosas buenas”. El futuro de México se construirá en la medida en que logremos, sic, “mostrar verdaderamente lo que somos capaces.”

    21.8.09

    Lourdes y yo, sobre Acteal

    Lourdes Aguirre Beltrán dice:

    La corte de la injusticia
    ha resuelto sobre Acteal
    liberando todo el mal
    con resonante estulticia.
    La delirante malicia
    de los ministros togados
    ha dejado anonadados
    a los que sobrevivieron
    y que con sus ojos vieron
    sus hermanos masacrados.

    Y PM responde:

    Doce años han transcurrido
    desde el diciembre fatal
    en que ocurrió la masacre
    de indígenas en Acteal.

    Nunca fueron castigados
    los responsables morales
    y sólo están encerrados
    los autores materiales.

    Ahí andan libre Chuayffet
    y libre el doctor Zedillo,
    quien a las transnacionales
    vendió el alma y el fundillo.

    Igual que en aquellos tiempos,
    y por los mismos lugares,
    hoy van sembrando el terror
    las patrullas militares.

    Al pelele se le rompe
    en las manos la nación
    y hasta sus mismos patrones
    reniegan de Calderón.

    En tan triste circunstancia
    se tomó la decisión
    de poner los asesinos
    afuera de la prisión.

    Contrataron los servicios
    de un intelectual muy ruin:
    el gato de Televisa
    Héctor Aguilar Camín.

    Y para que no esté solo,
    alguien del poder decide
    mandarle como ayudantes
    a los pirruros del CIDE.

    Los de la Suprema Corte,
    carajo, qué novedad,
    descubrieron en los juicios
    una irregularidad.

    Por votación dividida
    del máximo tribunal,
    quedaron libres de culpa
    los asesinos de Acteal.

    Tienen los sobrevivientes
    rabia y temor a la vez
    pues los paramilitares
    para Chiapas van de nuez.

    A ver si con este fallo
    que en verdad no tuvo madre,
    no logran los magistrados
    que se organice un desmadre.

    Con el trabajo de ustedes
    y el del pelele infeliz,
    a ver si uno de estos días
    nos incendian el país.

    20.8.09

    “¿Con quién quieres
    hablar, amo?”


    Hacía tiempo venía pensando que los objetos maravillosos de los cuentos requerían de una actualización: la lámpara de Aladino era de aceite, no de pilas, y menos de leds, y no llevaba radio FM incorporado. El espejo mágico de la madrastra de Blanca Nieves no habrá tenido una buena resolución en megapixeles, fuera cual fuera su respuesta, y por descontado carecía de captación nocturna para devolver en imágenes verdes la hermosura o la fealdad de la señora. Las habichuelas que dieron origen al árbol que trepaba hasta el cielo y en cuya copa vivía un gigante mala onda no eran hidropónicas y mucho menos transgénicas. La credibilidad de esos objetos entre los niños actuales, por consiguiente, tendría que verse un tanto mermada por el arcaísmo de su tecnología, sobre todo ahora que ya hay cámaras digitales que hacen solas “¡click!” cuando alguien sonríe —siempre y cuando, supongamos, el o los protagonistas de la imagen no tengan los dientes negros o no se hayan quedado chimuelos—.

    Distraído en esas cavilaciones, el otro día, mientras caminaba hacia alguna diligencia en mi barrio, metí el pie en un montoncito de arena que se hallaba en la acera, al lado de una casa en remodelación. La consistencia blanda me hizo mirar hacia abajo y vi un pequeño objeto negro que se había quedado enterrado y al que pateé sin querer. Caminé unos pasos, me agaché a recogerlo y caí en la cuenta que se trataba de un teléfono celular, descascarado, con un par de fracturas y de modelo nada reciente. Mi primer impulso fue dejarlo en la arena de donde había salido pero mi afición por guardar basura me hizo recapacitar, así que lo sacudí, me lo eché a la bolsa trasera del pantalón y seguí mi camino. Al volver a casa lo puse bajo la mesa y lo examiné con la piedad que uno guarda para con las cosas difuntas. Era un celular barato, feo y viejo y de seguro no funcionaba. Sólo por no dejar, oprimí el botón de encendido y de inmediato el trebejo emitió el característico sonidito de su marca, la pequeña pantalla rota se iluminó y en ella apareció la siguiente pregunta: “¿Con quién quieres hablar, amo?”

    Elogié en silencio el ingenio de quien hubiese programado semejante saludo inicial y lo celebré con una risita. La leyenda en la pantalla cambió: “Je, je no es nadie con quien pueda comunicarte”, escribió el celular. Al leer eso, me asusté, puse el aparato sobre la mesa e instintivamente me alejé y me sacudí las manos como para limpiarlas de su contacto.

    Después de un rato de pasmo, se me vino a la mente la idea de que el aparato tenía una conexión abierta con algún bromista y que éste enviaba mensajes de texto para responder a lo que se escuchaba en el entorno. Me aproximé con cautela al celular. La pantalla seguía encendida y había vuelto a la pregunta anterior: “¿Con quién quieres hablar, amo?”

    Recordé entonces la sonrisa de un viejo amor, una mujer de la que no había vuelto a saber en 20 años, y dije en voz alta, sólo para probar: “Con fulanita”. De inmediato, apareció en la pantalla el nombre de fulanita, precedido por “Comunicando con...” Después de cinco timbrazos escuché —qué increíble— su voz de siempre, cristalina y dulce, sin asomo de pátina, que pronunciaba el “¿Buénoooo..?” Volví a quedarme quieto y sentí sudor frío. “¿Buénoooo...?, ¿buénooo..?”, hurgó ante mi silencio paralizado la voz inconfundible y acto seguido, colgó.

    No sé cuántas horas pasaron antes de que lograra salir del azoro. Cayó la noche y yo seguía parado en el mismo sitio, observando al aparato que, pese a su aspecto deplorable, mantenía su vigilia de pantallita encendida y no daba señales de quedarse sin pila. “¿Con quién quieres hablar, amo?”, mantenía, con una actitud que me parecía burlona, en sus caracteres de no muy alta resolución. Hice un segundo intento. “Con mi hermano”, aventuré, en tono apenas audible, impulsado por el viejo automatismo de hacer trampa con las tarifas de larga distancia. La leyenda cambió: “Comunicando con tu hermano”, luego, nueve timbrazos, y por fin, la voz soñolienta de Pablo, procedente del otro lado del Atlántico: ¿Alo?

    Tomé el teléfono. “No me vas a creer”, le dije, sin más preámbulo ni consideración por despertarlo a las tres de la madrugada. Y le conté de un tirón lo que me estaba pasando. Él no pareció entender ni interesarse mucho en mi historia; se quedó, como punto central, con el ahorro de largas distancias, se felicitó por ello y me propuso que siguiéramos ensayando la comunicación en horas en las que tanto él como yo estuviéramos despiertos. La indirecta era terminante, así que me despedí con efusión de disculpas, abrazos telefónicos y saludos a la familia, y pulsé el botón de colgar. A continuación, me vino una idea malévola: acababa de interrumpir el sueño de un ser querido, pero bien podría utilizar el chunche para molestar a uno que otro detestable. Cuando interrumpí la comunicación con Pablo, la pantalla del celular había vuelto a lo de siempre: “¿Con quién quieres hablar, amo?”

    —Con Aznar —le dije, ya más resuelto, mientras calculaba la hora de Madrid—.

    —Comunicando con Aznar —obedeció el aparato.

    Después de tres timbrazos me respondió (“¿Sí, diga?”) una voz arrogante que ya había escuchado en los noticieros de la tele, a todas luces jadeante, y rodeada de un coro de risitas femeninas. A lo que podía verse, el pobre hombre seguía sintiéndose tan importante que dejaba encendido el móvil mientras se encendía de otras formas y con otros aparatos: no se le fuera a pasar una llamada histórica. El sonido era concluyente. Colgué de inmediato y, ya francamente divertido, le pedí a mi teléfono: “Comunícame con Ana Botello”. Once veces sonó el teléfono de la pobre mujer, la cual estaba evidentemente dormida cuando respondió. “Ana, sólo para avisarte que ahora mismo tu marido anda de putas”, le dije, gozando la situación con toda maldad.

    Después de eso, me sentí tan eufórico que yo tampoco logré conciliar el sueño. Examiné con más cuidado el celular mágico, aunque no me atreví a apagarlo por temor a interrumpir para siempre el milagro; caí en la cuenta de que carecía de conexión para cargador de corriente y de cualquier otra para accesorios. Tenía, en cambio, unas ranuras características de un pequeño altavoz. “¿También hablas?”, le pregunté, súbitamente inspirado. “También hablo”, respondió por el altavoz, con tono sintético y asexuado y un cierto acento de Miami. ¿”Y no hay que cargarte nunca?” “Nunca”, dijo. “¿Qué eres o quién eres?”, aventuré. “Soy tu teléfono celular”, respondió con un dejo de humildad fingida.

    Seguí disparando preguntas en total desorden: “¿Mandas mensajes de texto? ¿Cuánto saldo tienes? ¿Me puedes comunicar con Dios?” Y llegaron las respuestas, estrictamente ordenadas por turno: “Mando mensajes de texto”. “Mi saldo es infinito”. “Dios no existe, o bien se encuentra temporalmente suspendido”.

    Capté de inmediato la ironía y concluí que me encontraba ante un ser dotado de inteligencia. “Estoy regresando de vacaciones, tengo la mente en blanco y debo escribir una columna —le expuse, rogando su comprensión—. ¿Podrías ayudarme?”

    “Si deseas que te la dicte, marca 1; si quieres recibirla, párrafo por párrafo en mensajes de texto, marca 2; si quieres que la envíe a tu buzón de correo, digita 3”, respondió obsequioso y abiertamente guasón. Oprimí el 3, fui corriendo a la compu a abrir mi email, encontré este texto y ahora no hago más que reenviarlo al periódico y al blog. Otro día les platicaré las aplicaciones novedosas que se me vayan ocurriendo con mi celular mágico.



    Posdata del 25 de agosto.- Sostiene Lillian, vía Facebook:
    Estoy segura de ello:
    la mujer del Chema Aznar
    no se apellida Botello;
    y aunque desconózcola a ella,
    su apellido es más vulgar
    es, simplemente, Botella.


    Se le responde:
    Tienes toda la razón,
    veo que metí la pata
    y ya que puse la errata,
    gracias por la corrección.
    Una pregunta destella
    con semejante apellido:
    ¿Tataranieta habrá sido
    de ese tal “Pepe Botella”?

    18.8.09

    De la justicia imperfecta
    a la injusticia perfecta

    El 22 de diciembre de 1997 el zedillato perpetró en Acteal, Chiapas, un crimen de Estado. En una región rigurosamente asfixiada por el Ejército y por las corporaciones policiales estatales y federales, un grupo paramilitar —que no habría podido mover un dedo ni avanzar un metro por los caminos estrechamente vigilados sin el consentimiento y el apoyo de los altos mandos civiles y castrenses— asesinó a 45 integrantes de la organización civil Las Abejas, que no comulgaba con los zapatistas pero tampoco con la estrategia contrainsurgente que se abatía, por órdenes y designio de Los Pinos, sobre las poblaciones indígenas de Los Altos.

    Abrumado por las numerosas reacciones de horror y repudio nacionales e internacionales, el régimen zedillista diseñó una política precisa de control de daños: fue entregando a la justicia a los asesinos materiales y días después se inventó, por boca del entonces procurador general de la República, Roberto Madrazo Cuéllar, la tesis de que los homicidios habían sido consecuencia de “conflictos que pueden caracterizarse válidamente como intercomunitarios, e incluso familiares”. No había, pues, más culpables que los infelices de filiación priísta que perpetraron la masacre y que fueron consignados de acuerdo con los usos y costumbres de la PGR —es decir, en forma desaseada e inescrupulosa— y juzgados por consigna, como lo hacía, y lo sigue haciendo, el Poder Judicial en este país.

    La maniobra y las irregularidades de las imputaciones fueron señaladas desde un primer momento. Andrés Manuel López Obrador, entonces dirigente nacional del PRD, dijo el 26 de diciembre que la investigación de la PGR era “una maniobra de Emilio Chuayffet” que demostraba que las autoridades federales y estatales estaban detrás del baño de sangre y que ponía en evidencia el “país de impunidades”. Nueve años más tarde, los académicos e intelectuales orgánicos del paramilitarismo descubrieron, oh, que Madrazo Cuéllar no había hecho bien su trabajo. Y en vez de demandar castigo para los culpables intelectuales, exigieron la exoneración de los materiales.

    A ese clavo ardiente se aferraron cuatro de los cinco magistrados de la primera sala de la tremenda corte, para excarcelar a 20 y amparar a 26 de los asesinos, incluso a contrapelo de jurisprudencias del propio organismo, como lo señaló Bárbara Zamora.

    Con ese criterio, el máximo tribunal tendría que vaciar todas las cárceles de México: prácticamente no hay homicida, secuestrador, narcotraficante o ladrón sentenciado al que no se le hayan violentado uno o más de sus derechos básicos en el proceso de captura, imputación y juicio. Con su fallo del 12 de agosto, los ministros José de Jesús Gudiño Pelayo, José Ramón Cossío y Olga Sánchez Cordero, remplazaron una justicia muy imperfecta por una injusticia perfecta: a partir de ese día, la masacre de Acteal carece de responsables legales.

    Tal vez sea una coincidencia (porque alguna autonomía conservarán los monitos togados) que este gran tributo a las políticas criminales del que “sabía cómo hacerlo” se presente durante el gobierno de éste que, en varios aspectos, parece una copia corregida pero disminuida (por su problema de ilegitimidad) de Ernesto Zedillo: qué poder de evocación guardan la personalidad gris, la torpeza administrativa, la pasión por las transnacionales y, sobre todo, el extravío que pretende resolver mediante el terror militar problemas de matriz social, económica y política.

    Qué bien: en lugar de identificar y sancionar a los funcionarios que cometieron las irregularidades contra los sentenciados, este sistema judicial regala impunidad a unos y a otros. Y por supuesto, ni siquiera se hace preguntas en torno a las responsabilidades de Zedillo —quien aplicó el esquema contrainsurgente y paramilitar que hizo posible el crimen—, de Emilio Chuayffet —aquel secretario de Gobernación que se refugiaba en el anís para eludir sus compromisos—, de Julio César Ruiz Ferro —el gobernador chiapaneco que andaba por San Francisco el día de la masacre— y del propio Madrazo Cuéllar, quien escribió el primer borrador de aquellos “conflictos intercomunitarios” desarrollado años después por Aguilar Camín en una prosa elegante que ahora cae como un chorro de orina políticamente correcta sobre las tumbas de los asesinados.

    28.7.09

    Al garete


    El equipo que encabeza Felipe Calderón se conformó con el designio de administrar el poder para el grupo oligárquico que lo detenta desde hace varias décadas, pero sin un proyecto específico de gobierno más allá de la perpetuación de las viejas recetas económicas del llamado “Consenso de Washington”, una política de alianzas dictada por la debilidad y el oportunismo y un plan de lucha contra la delincuencia delirante e incoherente, diseñado para ganar puntos de popularidad en las encuestas más que para restaurar la seguridad pública y el estado de derecho. Con ese arranque, incluso si las circunstancias hubiesen sido menos desfavorables, habría resultado inevitable que el calderonato llegara a la mitad del sexenio con directrices agotadas y sin capacidad (la voluntad ya es lo de menos) para renovarlas. El Ejecutivo federal no tiene mejor idea para enfrentar la crisis económica (“presidente del empleo”, ja, o mejor dicho, snif) que minimizar su magnitud y sus impactos; quiso utilizar a los priístas y terminó derrotado por ellos; jugó a ser el paladín contra el crimen y acabó hundiendo al país en un baño de sangre al que no se le ve salida ni término, por más que el discurso gubernamental se empeñe en presentarnos cada nuevo montón de cadáveres como prueba de que está ganando la lucha a la delincuencia.

    El encargo gerencial que el calderonato recibió de los grandes capitales, y que constituye su verdadero mandato, no ha tenido un cumplimiento mejor que los rudimentos de programa que se dio a sí mismo. Televisa ha tenido que conformar su propia bancada legislativa para fabricarse a su medida una ley cuya gestión se le atoró en el camino al gobierno; éste no consiguió entregar el petróleo a las transnacionales cuando los precios estaban altos y todo indica que, como se ha pronosticado, esta administración no será capaz de construir una nueva refinería, lo que frustrará a los grupos de poder locales que se la disputan y, sobre todo, a los contratistas urgidos de chamba en tiempos de recesión. Da la impresión de que el calderonato llega tarde a todos lados.

    La “guerra contra las drogas” es un ejemplo patético. Mientras la autoridad mexicana sigue empecinada en un enfoque paranoico y simplista que data de los tiempos de Reagan, Gil Kerlikowske, el zar antidrogas del gobierno de Obama, llega a México con una prédica impregnada de sentido común: la tarea no puede reducirse a perseguir narcos y a decomisarles la mercancía, sino que debe incluir el combate a las adicciones y es necesario, por ello, “invertir en prevención y tratamiento tanto como lo hacemos en aplicación de la ley”. Por supuesto, en los trágicos 32 meses que llevamos de calderonato, el secretario de Salud de México no ha desempeñado un papel, ni chico ni grande, en la definición de las estrategias oficiales “antidrogas” ni se ha sabido que el gobierno destine un solo peso a la investigación científica que permita crear nuevos tratamientos contra las dependencias a cosas prohibidas ni se han inaugurado centros de rehabilitación al ritmo que se estrenan aviones, centros de comando y ametralladoras para aniquilar a reales o supuestos traficantes de drogas.

    El calderonato perdió las elecciones, pero antes perdió su guerra policial absurda, desperdició las oportunidades para enfrentar la crisis económica global, fue incapaz de arbitrar a los poderes fácticos que lo impusieron justamente para eso, para dotarse de un árbitro, y ahora pierde a sus aliados. No es motivo de júbilo, porque a cada nuevo traspié del grupo que ocupa el gobierno federal, el país, abandonado al garete, alcanza nuevas cotas de postración. Lo peor de todo es que los calderonistas fueron alertados a tiempo de los problemas en los que se estaban metiendo. Se les dijo, se les dijo, se les dijo, pero ellos eran acá muy machines y muy picudos, y no pelaron.

    25.7.09

    Las elecciones del 5 de julio

    Tres años han transcurrido
    desde el fraude electoral
    que colocara en Los Pinos
    al usurpador Fecal.
    Una catástrofe ha sido
    este tramo sexenal:
    más de diez mil homicidios
    y devaluación bestial,
    el gobierno está dormido
    y a Calderón le da igual.

    Dicen que ya hay democracia,
    pero sabemos que no:
    la prueba de esta falacia
    es el propio usurpador
    que siguió las mismas mañas
    del partido tricolor
    y cuando ya se acercaba
    el tiempo de esta elección,
    al pueblo de Iztapalapa
    le organizó una traición.

    Mandó llamar a sus chuchos,
    telefoneó al tribunal,
    y con los métodos sucios
    de su condición fecal,
    ya pretendía hacer suyo
    el distrito electoral.

    La gente de Iztapalapa
    tiene clara su elección
    porque por Clara Brugada
    la mayoría votó
    y quiere que Clara sea
    jefa de delegación.
    El tribunal mangonea,
    manda anular la elección
    y una candidata chucha
    queda por imposición.

    Señores, yo no les miento,
    pero los chuchos no son
    más que un vulgar instrumento
    del espurio Calderón:
    están contra el movimiento
    que defiende a la Nación.
    No dejen pasar su intento
    en esta delegación.

    La gente de Iztapalapa
    se informa y se moviliza,
    quienes urdieron la trampa
    se llevan una madriza.
    La voluntad ciudadana
    ha votado por Juanito:
    con ello, el triunfo de Clara
    ha quedado por escrito;
    pronto será delegada,
    válgame Dios, qué bonito.

    Dicen que los dinosaurios
    en el frente nacional
    su sitio recuperaron
    y que nos puede ir muy mal.
    Si se piensa con cuidado,
    la cosa no es tan fatal
    pues no se han diferenciado
    el tricolor y Fecal:
    más bien está demostrado
    que con los dos nos va igual.

    Pelele, ya te jodiste,
    Pelele, estás derrotado,
    Iztapalapa perdiste
    frente al pueblo organizado.
    Para colmo de tus males
    tendrás por Legislativo
    un rebaño de animales
    del Jurásico nativo.
    Preocúpense, albicelestes,
    alármense, tricolores,
    porque perderán sus huestes
    y vendrán tiempos mejores,
    que ya la ciudadanía,
    sin presunciones ni pose,
    le dice a la oligarquía:
    ¡nos vemos en 2012!

    23.7.09

    Sed de autodestrucción

    Elaine Davidson

    Pasan los días y las semanas y no logro escribir nada sobre Michael Jackson: me tiene apabullado la forma meticulosa, y hasta se diría que programada, en la que el hombre se hizo pedazos. Si quieren un ejemplo sobre esa capacidad de los humanos, no de todos, para destruirse a sí mismos, ahí tienen uno contundente. No hablo de la catástrofe ambiental ni de lo perniciosos que resultamos en tanto que especie, sino de las tendencias individuales a brincar al abismo, a comer vidrio molido, a mutilarse de las maneras más variadas. Hace unas décadas los entomólogos afirmaban que los animales se hacen daño a sí mismos sólo cuando se encuentran en cautiverio; creo que, de entonces a la fecha, el aserto ha sido más que relativizado por los suicidios colectivos de ballenas y por otras actitudes autodestructivas detectadas en toda suerte de amasijos celulares con o sin vértebras. Pero si los autoatentados en cautividad siguiera siendo cierto, estaríamos ante la conclusión aterradora de que los homo sapiens son mascotas de sí mismos, o algo peor: ganado, cobayos, capturas de cacería, bestias del circo de su propia especie. Quién sabe.


    Orlan, en una de sus cirugías


    Jackson adoraba o necesitaba causarse destrozos físicos pero a otros les da por reducir a talco su individualidad en términos emotivos o intelectuales o políticos: en cualquiera de esos casos, las actitudes autodestructivas nos son tan familiares como andar a pie y las tragedias de la Grecia clásica aportan un montón de situaciones en las que el héroe o la heroína avanzan derechito hasta meterse en la trituradora de carne: “La tragedia monta una experiencia humana a partir de personajes famosos, pero los instala y los hace conducirse de tal manera que la catástrofe aparecerá en su totalidad como probable o necesaria”. Algunos consideran que con el autor trágico Eurípides es pionero en la exploración de los ¿instintos? ¿impulsos? ¿designios? autodestructivos de los humanos, empujados a hacerse pedazos (junto con su entorno, a veces) ya fuera porque así lo determinó un destino (Hado), sellado a su vez en una transgresión originaria, o por su propio desencanto ante la ausencia de valores positivos entre sus semejantes.


    Dennis Avner

    El factor autodestrucción introduce torceduras en todo intento de análisis del acontecer humano. Por ejemplo, durante mucho tiempo tuve la certeza de que Salinas no había ordenado el asesinato de Colosio, y no necesariamente porque le faltara la maldad para hacerlo, sino porque el balazo fatal en el cráneo del candidato presidencial sonorense conllevaba una alta probabilidad de aniquilación política de su mentor, quien de seguro es (y era) lo suficientemente listo como para saberlo. Pero ese argumento, del todo ajeno a las (in)conclusiones legales de las numerosas investigaciones en torno al crimen de Lomas Taurinas, se me vino abajo cuando una amiga me cuestionó: “¿Y qué tal si Salinas se odiaba a sí mismo?” Su pregunta me hizo poner en una perspectiva distinta algo más que la muerte de Colosio: el proyecto de destrucción sistemática que arrasó al país a lo largo de seis años (1988-1994) en los ámbitos político, económico, social y ético, proyecto que no sólo dio al traste con vidas y bienestares innumerables sino que convirtió a un político joven, talentoso y megalómano que acabó convertido en máscara burlesca, en caricatura de la maldad hecha gobierno y en escala de complicidad irremediable, aunque públicamente execrado, para las trapacerías de sus sucesores (constitucionales o espurios) en el cargo y de numerosos miembros ilustres de todos los colores de la clase política. En términos simbólicos, la conversión moral de aquel “licenciado Salinas” —que danzaba entre reflectores— en el actual chupacabras —que opera en las tinieblas— podría equipararse con la transformación estética sufrida por el cantante recientemente fallecido, que tuvo por punto de partida el rostro de un niño negro agradable y simpático y culminó en un amasijo de cartílagos que servían como soporte para una espesa capa de maquillaje blanco.



    Lo que los griegos consideraban una cruel travesura del sino fue llamado maldad o posesión por la moral cristiana, y posteriormente fue interpretado por el psicoanálisis ya fuera como la codificación, en clave de neurosis, de afectos imperativos marcados por las figuras materna y paterna o sus equivalentes, o como expresión de un “instinto de muerte”. Nadie podía escapar de las determinaciones de las diosas hijas de la noche, o Moiras: Cloto, la que hila destinos; Laquesis, la que los asigna, y Átropos, la que vigila su cumplimiento. La lógica cristiana apuntaba dos vías de salvación: la puerta estrechísima de la voluntad, que conduce del vicio y la perversión hacia el bien —con la desventaja de que antes pasa un camello por el ojo de una aguja— y el exorcismo, de éxito tan improbable antaño como hoy en día. La actual proliferación de psicoterapias, en cambio, pone al alcance de muchos la posibilidad real de superar tendencias autodestructivas, ya sea por la vía profunda (y tediosa, y cara) del diván freudiano, con los condicionamientos de circo del infame Skinner, en el desbordado optimismo de la terapia Gestalt o por medio de las prácticas un tanto místicas que preconizó Milton Erickson, o por otras (Fromm, Adler, Jung, Reich, Lacan...) o mediante una combinación de varias de ellas, o de todas. Muchos destinos personales y tal vez uno que otro país se salvarían de la destrucción si los afectados de comportamiento autodestructivo se dieran una vueltecita por el consultorio de un terapeuta.


    Erik Sprague


    Destrozarse la cara en visitas compulsivas al quirófano; desgobernar un país hasta dejarlo irreconocible; fumar, chupar o drogarse en exceso; permanecer vinculado a gente que le hace daño a uno; dar al traste en un santiamén con la credibilidad propia; romperse los riñones en la consecución de un éxito siempre esquivo; fabricarse una úlcera o un tumor con obsesiones que no vienen al caso; arruinarse la existencia con remordimientos sin sustento en hechos reales o con rencores exagerados; conducir con sueño o prisa por llegar a un sanitario o, simplemente, apurar una copita de veneno para ratas: pensándolo bien, las semillas de la autodestrucción han sido generosamente repartidas entre los individuos de nuestra especie.

    Pensándolo bien, la percepción pública de la tragedia de Michael Jackson acaso sería radicalmente distinta si éste, en vez de adoptar una actitud vergonzante y esquiva ante su transformación, la hubiese asumido y presentado como producto de un impulso creativo. Creo que no son menos monstruosas las cosas que se han hecho la francesa Orlan, quien se implantó un par extra de pómulos en las sienes y ofrece como performances cargadas de significado sus cirugías plásticas en vivo o, en un plano menos glamoroso, el cantante texano Paul Laurence, El Enigma, quien se implantó cuernos, se alteró las orejas y se tatuó un rompecabezas en la mayor parte del cuerpo, o Elaine Davidson, la que hacia 2002 ostentaba 192 implantes metálicos en la cara y otros 270 en el resto del cuerpo, o Erik Sprague, El Hombre Lagarto, quien se sacó punta en los dientes y se construyó una lengua bífida, o Dennis Avner, quien se deformó toda la cara para parecerse a un felino. Frente a esos casos extremos de autodestrucción (y construcción) del rostro, el de Michael Jackson, que sólo aspiraba a parecerse a Peter Pan, podría haber pasado por modesto, si no es que casi inadvertido. Tal vez su error más grande no haya sido, entonces, el autodestruirse, sino el negar que aspirara a ello.

    * * *

    Sobre lo contrario: el pasado 17 de julio la queridísima Aralia López González fue apapachada por sus alumnos de la UAM Iztapalapa por su trayectoria como maestra, formadora, gestora de conciencias y de descontentos. Iba a poner aquí que yo también soy discípulo suyo y que ella es una de mis mamás favoritas, pero como se trata de homenajear, no de desprestigiar, mejor digo otra cosa: que de ella aprendí que el afecto podrá ser sujeto de conocimiento pero que, antes que eso, el conocimiento es un suceso afectivo y que las ideas son sujetos amorosos, tanto como el abrazo que le mando.

    Querida Aralia



    21.7.09

    Déjenlas en paz

    Jacinta Francisco Marcial, en la cárcel

    Si se miran las cosas con una actitud optimista y positiva, habría que concluir que el país se encuentra estancado porque sus funcionarios públicos —policías, ministerios públicos, jueces, procuradores, embajadores en Washington, presidentes de la República— son tan, pero tan tontos, que se tragan la historia de agentes judiciales secuestrados por mujeres indígenas desarmadas: érase una vez, en el pueblo queretano de Santiago Mexquititlán, un tianguis al que asistían tres malvadas vendedoras de aguas frescas; cuando vieron llegar al sitio a seis heroicos pero ingenuos integrantes de la Agencia Federal de Investigaciones, concibieron la idea de privar de la libertad a uno de ellos para exigir rescate, pusieron manos a la obra y en menos de un día habían logrado su avieso propósito; un mes más tarde, las crueles comerciantes fueron capturadas con pleno respeto a sus derechos y a sus garantías individuales, confesaron su delito y un juez honorabilísimo y perspicaz condenó a una de ellas a 21 años de cárcel, como castigo ejemplar que sirviera de escarmiento a todas las vendedoras de aguas frescas del país. De ser así las cosas, algún día, y siempre y cuando se observen los principios de disciplina fiscal, libre mercado y mano firme, lograremos elevar el coeficiente intelectual promedio de nuestros gobernantes, éstos caerán en la cuenta de su error y pedirán perdón con honesto arrepentimiento.

    Por desgracia, hay razones para el pesimismo, es decir, para suponer que la complacencia de las autoridades ante los numerosos atropellos sufridos por Jacinta Francisco Marcial, Alberta Alcántara y Teresa González no es producto de la estupidez crédula, sino parte de un patrón general de violaciones a los derechos humanos, de un designio para amedrentar de antemano a una población potencialmente levantisca y de un pacto de impunidad para beneficio de las verdaderas y auténticas bases sociales del calderonato: los contingentes militares y las corporaciones policiales.

    Vicente Fox terminó su sexenio en medio de síntomas agudos de ingobernabilidad y en esa circunstancia no se le ocurrió nada mejor que estrenar con anticipación la “mano firme” de la promesa calderoniana. En Lázaro Cárdenas, en Texcoco-Atenco y en Oaxaca, el gobierno foxista, aliado con los poderes priístas o perredistas locales, reprimió, torturó, violó, secuestró y criminalizó las luchas sociales; en paralelo, convirtió a la Procuraduría General de la República, sucesivamente administrada por Rafael Macedo de la Concha y por Daniel Cabeza de Vaca, en un instrumento para golpear a adversarios políticos y en una fábrica de culpables, cuyas indagatorias atropellantes y abusivas hubieron de terminar, en muchas ocasiones, disueltas en la torpeza exasperante de un “usted disculpe”, o peor, ni siquiera en eso.

    Calderón llegó al cargo sin el capital político ni la legitimidad que tuvo Fox —éste sí ganó las elecciones— y ha sido mucho más patente, y patética, su dependencia de los aparatos de fuerza coercitiva del Estado, hasta el punto en que pretendió convertir los operativos policiaco-militares en herramientas de propaganda electoral para hacer frente a unos comicios de medio término que mucho tuvieron de referendo sobre su gestión. Crecientemente alejada del empresariado mafioso que lo impuso en el cargo, la presidencia calderonista exhibe una debilidad política que da grima y difícilmente podría subsistir sin tanquetas, regimientos, puestos de mando, centros de arraigo, patrullas y demás emblemas de la fuerza bruta.

    Miente Arturo Sarukhán: la violación a los derechos humanos no es cuestión de casos aislados sino una constante porque, en su circunstancia, el grupo gobernante no puede darse el lujo —aunque quisiera— de castigar los excesos y atropellos de guardaespaldas, protectores, carceleros, informantes, comandantes, sargentos y demás ángeles de la guarda, su dulce compañía: el calderonato hará lo posible por no sancionar de manera alguna las violaciones a los derechos humanos cometidas por policías y militares y por no corregir aberraciones de la justicia como las acusaciones inverosímiles, los abusos manifiestos y las sentencias injustas contra Jacinta Francisco Marcial, Alberta Alcántara y Teresa González. Pero si no hay margen para esperar de este régimen respeto la legalidad, cabe al menos exigirle que no ofenda a la inteligencia de los mexicanos y que no pretenda hacernos creer el cuento del secuestro de un pobre policía judicial por unas malévolas vendedoras de aguas frescas. Tengan un poquito de vergüenza, retiren las acusaciones contra ellas y ya déjenlas en paz.

    Jacinta Francisco Marcial, Alberta Alcántara y
    Teresa González, presentadas como delincuentes

    16.7.09

    De la vieja manía
    de molestar al bicho


    Acabaron los sanfermines con un saldo de un muerto, no sé cuántos hospitalizados y una generosa derrama económica para el ayuntamiento de Pamplona. La insensatez de esa celebración ancestral hace pensar en las innumerables maneras que hemos desarrollado de arriesgar el pellejo por mera diversión o por crear espectáculos en los que la exposición de de vísceras sea una posibilidad real y siempre presente. Provocar la furia de alguien o de algo por el mero gusto de ver qué pasa, e incluso a riesgo del pellejo propio, es un pasatiempo inmemorial. En algún momento incierto del tránsito de cazadores nómadas a agricultores sedentarios, algunos sintieron nostalgia por la adrenalina de perseguir a la bestia —o de ser perseguido por ella— y de los peligros que eso implica, y se dieron a la tarea de recrear la cacería con animales ya cautivos o recién capturados.

    De los registros más viejos destacan los que dejó la civilización Minoica en Creta. Allí, hace cosa de treinta o cuarenta siglos, algunos intrépidos dieron por ponerse frente a un toro salvaje; cuando embestía, se agarraban de los cuernos para tomar impulso, daban una pirueta en el aire, caían sentados en la grupa, se bajaban y corrían a ponerse a salvo antes de que el cuadrúpedo se diera la vuelta. Uno supone que no pretendían más que burlarse del animal y hacerlo rabiar; en todo caso, es seguro que la idea no consistía en agotarlo con el propósito de reducirlo a chuletas, que para eso ya existían en esa época métodos más sencillos y, sobre todo, menos riesgosos. Tampoco se trataba de neutralizar —así fuera mediante la humillación y el ridículo— a un ser que amenazara a la gente. Eso ya le había tocado a Hércules en una de sus doce chambas: la primera fue matar al célebre león de Nemea, que aterrorizaba a los habitantes de la región; el semidiós hubo de eliminar al felino a mano limpia, y en el empeño (a juzgar por las representaciones en vasijas antiguas), el león no anduvo lejos de arrancar de un mordisco los tompiates de su rival.



    De cualquier manera, es razonable pensar que en la vieja Creta unos cuantos practicantes del salto del toro murieron corneados o pisoteados por el animal, aunque de ello no haya quedado constancia en los frescos del mal llamado Palacio del rey Minos, en Cnosos. Es posible que la peligrosa actividad prefigure los rodeos que se llevan a cabo en el norte de México, Estados Unidos y Sudamérica, en los que la idea no es derramar la sangre del bicho sino su bilis. Por los mismos tiempos del brinco de astados en la isla griega, en China e India, otros ponían en riesgo sus posesiones o su honra en peleas de gallos criados especialmente para ese efecto. A los romanos les dio por enfrentar, en las arenas de sus circos, a animales diversos o similares, y puede que haya sido en esos establecimientos de grato solaz, sano esparcimiento y diversión moral, donde se originaron las peleas de perros en su forma actual. Igual pudo ser allí que hayan surgido los antecedentes de las actuales suertes circenses en las que un domador mete la cabeza en la boca de un león y procura sacarla aún pegada al tronco.

    Muchos niños de la antigüedad y de la actualidad han gozado (en acto y/o en espectáculo) el arrancarle las patas, una a una, a una araña, o la cabeza a un grillo, o el experimento de meter un alacrán a un hormiguero, o la travesura de rociar con un líquido inflamable a una rata viva, prenderle fuego y ver cómo corre. Una vez, en mi infancia, unos conocidos me invitaron a una práctica que prometían divertidísima: pretendían capturar a un perro callejero, llevarlo a una gasolinera, meterle en el culo la manguera de la bomba de aire e inflarlo a una presión de 22 libras por pulgada cuadrada para ver si rebotaba y podía ser usado como pelota. Decliné la invitación, ya no supe si lograron su cometido y poco tiempo después les perdí la pista, pero me imagino que hoy en día bien podrían ser unos prósperos empresarios taurinos o promotores de palenques o bien truhanes expertos en la organización de peleas de perros.

    Esto no es un alegato contra la crueldad humana hacia los animales. En lo personal, como sin remordimiento carne de cerdo, res, pollo y pescado, y cuando los fragmentos de esas criaturas llegan a mi plato no me atormento imaginando el degüello, la electrocución, el martillazo en el cráneo o el anzuelo angustioso en la garganta. Es de celebrar que se organicen gestas civiles para defender el bienestar de las focas descuartizadas por placer, las martas despellejadas por avaricia y los patos que entregan su hígado para que uno coma un paté delicioso sobre pancito recién horneado. Sólo apunto que tal vez sea más urgente —o prioritario— luchar por la verdadera abolición de la esclavitud, que sigue existiendo, o de la tortura, o de la pena de muerte aplicada a los homo sapiens.



    Disculpen la frivolidad, pero acaso esta molestia no sea ética, sino meramente estética: las tripas, tanto las del toro como las del torero, suelen ir ocultas en un lugar preciso y necesario dentro del organismo, y sacarlas de ahí, como no sea con propósitos alimentarios o médicos, resulta casi siempre en un esperpento y una sandez. Los partidarios de las diversas clases de tauromaquia aducen que, sin ésta, nuestra cultura estaría llena de huecos y no habría grabados de Goya y de Picasso ni poemas enteros de García Lorca; otros alegan que juguetear con 500 kilos de carne furiosa para luego sacrificarla constituye un arquetipo de la civilización y hasta el triunfo de la línea vertical sobre la horizontal. Tal vez tengan razón, pero a estas alturas la civilización bien podría prescindir de esos espectáculos que empiezan con una paupérrima exhibición de arrogancia macha vestida de lentejuelas y acaban en charcos de sangre y vómito bajo una nube de moscas. A fin de cuentas, hoy en día a nadie se le ocurre pregonar la pertinencia de las decapitaciones con el argumento de que qué bonitas les quedaron sus composiciones a los numerosos pintores —de Donatello a Klimt, de Meister a Caravaggio— que representaron las cabezas de Holofernes y del Bautista: está bien, ya pasó, los cuadros están puestos en los museos, y ya olviden el afán de seguir relacionando los cuchillos con los pescuezos.

    ¿Y qué se hace? Los partidarios y fanáticos del toreo, de las pamplonadas, de los palenques y de los morideros clandestinos donde ponen a dos perros a despedazarse, e incluso algunos detractores de esas actividades que en algunos sitios son clasificadas como “deportes”, esgrimirán que están en su derecho, que la defensa de las tradiciones y que bla, bla, bla. Un dato esperanzador es que, según cifras españolas, las corridas de toros tienen una mayoría de defensores en individuos mayores de 40, y una minoría de partidarios entre los de 39 para abajo. Eso habla bien del desarrollo civilizatorio y la tendencia no sólo indica que los chavos pueden ser mucho más razonables y sensatos que los rucos, sino también que tal vez en un par de generaciones las plazas de toros vayan a la quiebra por ausencia de demanda. Lo único que no debiera hacerse, en mi humilde opinión, es declarar ilegales esas actividades: sería tan impracticable, tan absurdo y, en una de esas, tan contraproducente, como prohibir el mal gusto.


    14.7.09

    El gobierno del miedo

    Si el conjunto de los temores de la población pudiera reunirse en un indicador macroeconómico, el gobierno de Felipe Calderón podría exhibir urbi et orbi su gran logro –el único en tres años– en foros internacionales, spots televisivos y anuncios espectaculares: la multiplicación del miedo.
    En las zonas del país que han tenido la desgracia de ser seleccionadas por el régimen espurio para exhibir músculo y determinación, la gente vive aterrorizada por el poderío de los càrteles, pero también por un “estado de derecho” que se expresa en cateos, arrestos, torturas y hechos peores, perpetrados sin orden judicial alguna, las más de las veces, en retenes y “controles” en los que no es fácil distinguir si el enemigo a vencer es el narco o la población civil, en un aparato policial y militar que actúa libre de escrúpulos legales y humanitarios.

    En el devastado territorio de la economía se vive en la zozobra de perder del empleo, de enfrentar incrementos súbitos e imprevistos de precios, de padecer acosos hacendarios sin sentido ni justificación, de sufrir –bien lo saben los empresarios– peticiones de diezmos que se llaman mordidas en el recodo menos pensado de un trámite o autorización, de amanecer con la noticia de un nuevo endeudamiento colosal, de una devaluación sorpresiva.

    Sobrellevamos el temor a que cualquier día nos roben la cartera, el coche, los recursos naturales de la nación, el derecho al libre tránsito, las conquistas laborales, la playa pública, el sentido de nuestro voto. Padecemos la presencia de un gobierno que se las da de honesto pero que, siempre que encuentra la oportunidad, echa un pedacito de país a los bolsillos de sus integrantes o a los de sus socios nacionales o foráneos.

    El miedo principal, el que compartimos todos, es que llegue un momento en el que la realidad pase la factura a las autoridades que fabulan una nación tan plácida como inexistente, cuando el país se salga del cauce de funcionalidad mínima en el que se ha mantenido no gracias al gobierno sino a pesar de él, y en el que todo el catálogo de recursos coercitivos se vuelva insuficiente incluso para aparenta una normalidad televisiva.

    Las actitudes oficiales indican que los más apanicados de todos son los que ocupan el aparato gubernamental. Sólo el miedo –el de los funcionarios, en este caso– puede explicar esa obsesión por sembrar el terror en el resto del país, entre amigos y enemigos, entre subordinados e insumisos. Quienes conforman el calderonato viven con miedo a su propia torpeza, con temor al ridículo, con pánico al futuro, con terror a la cólera del pueblo.

    El sentido común indica que lo peor que se puede hacer ante un grupo de sujetos tan medrosos es dejarse intimidar por ellos. “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”, formuló Liliana Felipe en una canción que es consigna y que ha resultado ser, además y sobre todo, un certero diagnóstico psicológico y político del gobierno espurio.

    9.7.09

    Espirales en acción


    El universo tiene una marcada vocación de cochinilla: se enrosca a la menor provocación, cuando se le toca con el pétalo de una fuerza gravitacional, cuando debe evacuarse a sí mismo en el abismo teórico de un agujero negro, cuando se encuentran dos elementos o dos temperaturas, cuando un bicho inicia su crecimiento. Y allí, en galaxias que parecen rehiletes o en conchas de crustáceo filosas y absurdas, o en el vórtice execrable que forma el agua de un inodoro, deja plasmada una oración logarítmica precisa para que los humanos nos devanemos los sesos tratando de entender qué mensaje quiso enviarnos Dios con esas formas que parecen una flor torcida hacia adentro. Así lo intentó en 1509 Luca Pacioli (De Divina Proportione), quien creyó descubrir en el número áureo (algo así como la suma de 1 más la raíz cuadrada de 5, dividida entre 2, y que da una serie irracional de 1.6180...) la unicidad, la trinidad, la inconmensurabilidad, la autosimilaridad y la omnipresencia del Altísimo. Muchos han salido en búsqueda de la huella divina en la secuencia, al parecer infinita, que arroja la relación entre la longitud y el diámetro de una circunferencia (3.1415...) Qué intriga.

    Una posibilidad insoslayable es que el Supremo Arquitecto del Universo sea fanático de las cochinillas (que no son insectos ni diplópodos sino crustáceos, miren ustedes de lo que se viene uno a enterar por andar hurgando en misterios insondables) y que haya optado por rendir homenaje a esas Sus criaturas favoritas modelando a su imagen y semejanza sistemas estelares, huracanes, desarrollos germinales y remolinos de escusado; y no sólo eso, sino que también haya dejado caer en los cerebros de Pitágoras, Euclides, Arquímedes, Hemachandra, Fibonacci, Pacioli, Leonardo, Bernoulli, Euler, Coriolis (tan listos que se creían ellos, ja) el gusano, espiral o no, de investigar qué madre pasa con esas formas.

    Pero, para infortunio de los creyentes, las semejanzas entre un tornado y la concha de un calamar parecen ser superficiales e incidentales y las leyes físicas son bastantes para explicar cada fenómeno espiral por separado: los brazos de una galaxia se curvan ante la atracción de la almendra gravitacional que el Big Bang colocó en su centro; los huracanes son modelados por el efecto Coriolis que les imprime la rotación de la Tierra, y los seres vivientes construyen sus formas espirales en función de necesidades específicas. El otro día, mientras le ayudaba a Clara a preparar su conferencia escolar, descubrimos que los huevos de tiburón poseen una cubierta espiral que los zoólogos no explican, oh, como manifestación del número de oro ni como expresión de divinidad entre los escualos, sino como un ardid de la biología para que los frutos del vientre de mamá tiburcia queden sujetos a las rocas del lecho marino y no anden de aquí para allá, como la célebre carreola en la escena de las escaleras del Acorazado Potemkin. Y ahorita me refiero a los remolinos que se forman en cualquier desagüe.

    También la dinámica de fluidos responde por la formación de ciclones y tornados, y no tiene gran cosa que ver con las lentas coreografías galácticas. En cuanto a los seres vivientes que se enroscan y desenroscan, tal proceder está determinado por las columnas helicoidales (¿mera coincidencia?) del material genético, no por fenómenos gravitacionales ni por complicadas fórmulas hidráulicas.

    Desde este punto de vista, el de la soberanía de la hermosa materia, la repetición de formas espirales en diversas escalas y ámbitos es una mera casualidad, y no la única: por ejemplo, la naturaleza también es una proliferación de esferas, forma geométrica que lo mismo encarna en estrellas y planetas que en melones y mandarinas, sin que ello lleve a (casi) nadie a pensar en un Dios obsesionado por las pelotas. Tampoco guardarían relación entre sí los huevos de la gallina (ni los de nadie más) con las órbitas elípticas que trazan los cometas alrededor del Sol.


    La mayor parte de la gente, por cierto, sostiene que, como consecuencia del mentado efecto Coriolis, en el hemisferio norte los remolinos del agua que se va por una cañería se mueven en el sentido de las manecillas del reloj, en tanto que, al sur del Ecuador, el fenómeno ocurre en la dirección inversa, y que si te sitúas en la rechoncha cintura planetaria, el agua bajará sin rotar y sin hacer aspavientos. Otros dicen que eso es una patraña, porque hay diversos factores locales (el movimiento molecular del líquido, las partículas y objetos que hay en él, los movimientos iniciales, la forma del recipiente) mucho más poderosos que el débil llamado de la rotación, y que, en consecuencia, un vórtice se mueve más bien en el sentido que le da la gana o en el que le indican el azar y el caos, independientemente del hemisferio en el que transcurra su existencia, casi siempre fugaz.

    Atormentado por la duda de quiénes tienen razón, marqué el número de una amiga que anduvo recientemente en Buenos Aires y le solté la pregunta a boca de jarro: “¿Es cierto que allá, al tirar el agua por el escusado, el líquido y las cosas peores giran en sentido retrógrado?” "Claro --me respondió, después del desconcierto inicial-- y en las regiones ecuatoriales, el agua baja derecho, sin hacer remolinos”. Como horas más tarde no lograba decantarme en favor de una u otra posición, me resigné al clásico método empírico. Empecé por el inodoro del baño de visitas y en dos ocasiones --aclaro que sin carga alguna más que el agua cristalina--, el giro fue a la izquierda, es decir, en sentido contrario a las manecillas del reloj. Fui al lavadero de la cocina, llené de agua el mueble y puse residuos de café para apreciar mejor el movimiento. Claramente, giró hacia la izquierda. Repetí el experimento y el agua fluyó en el sentido que debería ser, es decir, a la derecha. Ante resultados tan poco concluyentes, hice un tercer intento y en esa ocasión no hubo remolino ni aspavientos espirales: el agua descendió como se supone que debe hacerlo en Quito. En mi baño, el escusado pertenece al hemisferio norte, pero el lavamanos habita en el sur.

    Como no llevé a cabo los experimentos en forma rigurosa ni llamé a un notario para que diera fe de los resultados desconcertantes, éstos carecen de toda validez científica y del más remoto asomo de legalidad. Háganlos ustedes en sus inodoros, en sus lavabos y en sus alcantarillas, y saquen sus propias conclusiones.

    Por mi parte, obtuve tres hipótesis posibles: a) o bien el impacto diferenciado del efecto Coriolis y eso de los vórtices orientados a contentillo del hemisferio es una patraña, o bien la humilde casa de ustedes está situada en un túnel de la cuarta dimensión que a cada rato la hace transitar de Johannesburgo al Ajusco, pasando por Putumayo, o bien Dios es mucho más travieso de lo que admiten los teólogos y no le es posible estarse sosiego.

    En una ocasión hice contacto con una mujer aguda y hermosísima, y tan etérea e inasible que no se le podía regalar flores; me dio por enviarle espirales de diversas clases. Como no me peló ni poquito ni mucho, perdí el interés en esa grácil forma de la naturaleza, del arte y de las matemáticas, y no fue sino hasta ahora, que daba vueltas en espiral hacia el pasmo porque no se me ocurría ningún tema, que la recordé (la forma, quiero decir) con su banalidad y su misterio. Tal vez no se deba a una mera coincidencia el que el signo de interrogación sea un principio de espiral; es posible que el desconocido genio tipográfico (y semiótico) que lo inventó haya tenido en mente la figuración de lo desconocido y el principio y el fin de todas las cosas.

    8.7.09

    Consejos a los
    gorilas hondureños


    Quién iba a suponer que a estas alturas,
    del muladar de las castrenses filas,
    un grupo detestable de gorilas
    iba a salir, y secuestrar a Honduras:
    una tal pesadilla no cabía
    en el pensar de la ciudadanía.

    Pues hete aquí que —vaya precedente—
    diez gatos de fusil y un comandante
    lograron de manera fulminante
    arrestar y exiliar al presidente
    y, en lo que constituye un mal augurio,
    luego impusieron un gobierno espurio.

    Tomándose el asunto muy en serio,
    los organismos internacionales
    y presidentes constitucionales
    alertaron a todo el hemisferio
    (quién sabe si haya alguno que les crea
    más que al libro de cuentos de la OEA).

    Ante el impresentable desenlace
    pasaron a rasgar sus vestiduras:
    “Señores, por favor, que travesuras
    como ésta, no van más; eso no se hace;
    sabed también que la aventura toda
    hace ya tiempo que pasó de moda.

    “No debéis recurrir a los trancazos
    para poder saber lo que se siente
    que lo llamen a uno presidente
    ni promover sangrientos cuartelazos;
    por supuesto, tampoco habrá razones
    para perder el tiempo en elecciones:

    Haced como Salinas, el funesto
    que llevó a su país al precipicio:
    primero se robó todo un comicio
    y ya pudo robarse el presupuesto;
    la oposición le hacía los mandados
    y fueron cientos los asesinados.

    O Fujimori, a quien llamaban “chino”
    aunque fuera nipón; un tipo grueso
    que por sus bolas disolvió el Congreso
    y era ladrón, corrupto y asesino;
    o Menem, un sujeto descarado
    que a su país dejó todo saqueado.

    Y si queréis ejemplos más actuales,
    uno bastante atroz tenéis a mano:
    el diminuto Atila michoacano
    de actitudes más bien dictatoriales
    y quien, como seguro ya sabéis,
    se robó la elección de 2006.”