16.10.08

Pinche tráfico


¿Has pasado 365 horas adentro de un auto/microbús/taxi/vagón de Metro, mientras sientes que tu vida se desperdicia sin sentido alguno y que el universo es el más estúpido de los inventos? Por supuesto: ese es el tiempo (364 horas con 48 minutos, para ser exactos) que le dedicas cada año al transporte cotidiano si eres una de esas personas inmensamente afortunadas cuyos trayectos consumen sólo media hora de ida y otra de vuelta. Pero si el camino de casa a la escuela o al trabajo te toma una hora, tu promedio anual de existencia embotellada asciende a 30 días y medio (729 horas con 50 minutos). Ahora bien: si entre tus ocupaciones cotidianas debes atravesar la ciudad de México, digamos, desde Xochimilco hasta Azcapotzalco o desde Iztapalapa hasta Santa Fe, y si inviertes hora y media en cada viaje, ello significa que cada año vivirás casi mil 100 horas a bordo de un medio de transporte público o privado (o una combinación de ambos), es decir, mes y medio. Así, por cada década de tu vida debes calcular un desperdicio de un año, tres meses y un día, desperdicio que por lo general es absoluto, a menos que seas uno de esos individuos con concentración de titanio que logran leer en el microbús el Tractatus logico-philosophicus, de Wittgenstein o, ya de perdida, un ejemplar de Sensacionales de traileras. Así, en una esperanza media de vida de 70 años, el transporte se lleva nueve, lo que te deja con 61 para dedicárselos al nacimiento, al sueño, al crecimiento, al juego, al estudio, al trabajo, al amor, al odio, a la lectura, a la diversión, a rascarte el ombligo, a consultar médicos y brujos, a gestiones burocráticas obligatorias, a vestirte y a desvestirte, al baño, a lavarte los dientes, al consumo de alimentos y a su contrario, al disfrute de la jubilación, a la atención de los achaques, al fallecimiento y a un último viaje, muy probablemente conflictivo a causa de los embotellamientos, hacia el cementerio o el crematorio.

O sea que para vivir en una urbe como ésta hay que pagar, además de los impuestos en metálico y las rentas o precios habitacionales propios de una gran ciudad, un tributo vital desmesurado y abusivo que degrada la existencia de más o menos todo mundo, reduce en forma infame la productividad, hace el aire irrespirable y representa un atentado a la alegría. En horas productivas: una persona que labore jornadas de ocho horas en semanas de cinco días, gane 10 mil pesos mensuales (es decir, poco menos de 57 pesos la hora) y gaste dos horas diarias en ir de casa a la chamba y viceversa, podría percibir mensualmente, si viviera a dos cuadras de su empleo y dedicara al trabajo el tiempo que gasta en transporte, 2 mil 508 pesos mensuales adicionales, un incremento salarial de más de 25 por ciento.

La carga de vehículos automotores arruina la vida urbana, expulsa a los peatones del espacio de la ciudad, le da al traste a la economía personal y a la economía a secas, así como también a las relaciones sociales y familiares, a la salud y a la seguridad. Es terreno propicio para retrasos, frustraciones, accidentes, descomposturas, asaltos, secuestros y homicidios, pero nadie organiza manifestaciones en protesta porque los trayectos cada vez más lentos, en el medio de transporte que sea, nos están comiendo la vida. Será porque todos somos responsables de que las calles se parezcan cada vez más a los intestinos de un estreñido crónico: el modelo económico, el gobierno, la industria, la voracidad inmobiliaria, la policía, la hueva, tú y yo.

Mario Molina: “Los automovilistas se resisten a que se eleven los costos de la compra y uso de vehículos automotores (esto es, los impuestos o los costos de gasolina, estacionamiento, verificación vehicular, etcétera), sobre todo si piensan que sus recursos los utilizará el gobierno con muy poca eficiencia y para fines que no los benefician directamente a ellos. No perciben con claridad la ventaja de ponerse de acuerdo, por medio de políticas y acciones de gobierno, para que todos salgan ganando. Tampoco perciben el costo real de usar el automóvil (que incluye construcción y mantenimiento de vialidades, pagos a la policía de tránsito, etcétera), ni el costo que representa la enorme pérdida de tiempo ligada al congestionamiento o el daño a la salud pública ocasionado por la contaminación, que incluye, por ejemplo, mortalidad inducida en gente vulnerable y limitación en el desarrollo de la función pulmonar en los niños. Todo esto influye fuertemente en los funcionarios de gobierno, que tienden a posponer la aplicación de medidas para enfrentar esos problemas, por ser poco populares.”

Salvador Kalifa propone imitar las medidas adoptadas en Londres en 2001, en donde el alcalde Ken Livingstone “fue contra la corriente, y en una de las acciones más osadas de su administración, propuso en 2001 el cobro de un peaje por el acceso al centro de la capital inglesa en las horas pico. Ese programa entró en operación el 17 de febrero de 2003. La velocidad promedio de los vehículos en el centro de Londres antes de la medida apenas superaba los nueve km/h y, en algunas arterias clave, tan sólo alcanzaba 2.9 km/h. Seis meses después de su aplicación, las notas de prensa señalaban que el cobro de peaje había funcionado mejor de lo que esperaba el alcalde o cualquier otra persona. Los retrasos por tráfico se habían reducido en una tercera parte y las velocidades promedio se habían elevado en 40 por ciento. Casi tres cuartas partes de los londinenses lo calificaron de efectivo. La zona de aplicación del peaje se extendió en febrero del año pasado a un área del oeste de la ciudad de Londres, mientras que como una prueba adicional del éxito de la medida, otras ciudades del mundo con problemas de tráfico planean aplicar esquemas similares al que existe actualmente en la capital inglesa”.

Cómo no. Sólo que, incluso después del retiro de los célebres Routemasters, los autobuses londinenses son eficientes, cómodos y seguros, pero en la ciudad de México el transporte público va de muy insuficiente (Metro, metrobús, RTP, trolebuses) a pésimo (microbuses), y va a estar en chino convencer a los conductores clasemedieros que dejen en casa el Chevy (por no hablar de los más favorecidos, de Mercedes Benz con chofer y guaruras) y emprendan un viaje a la dimensión desconocida a bordo de una caja rodante, desvencijada y repleta, marca Havre, que data de los tiempos de infortunio urbano en los que mandaba Espinosa Villarreal.

Más allá de lamentos y mentadas de madre al cosmos, a autoridades, a empresas y a prójimos, el tránsito vehicular es objeto de estudios muy sesudos. Científicos de la Universidad de Nagoya realizaron un ejercicio con vehículos que se movían en un círculo a velocidad constante y con una separación uniforme entre ellos. Ese baile no tendría, en apariencia, por qué degenerar en atasque, pero ocurre que es casi imposible que todos los coches mantengan la misma velocidad, por lo que pronto un conductor se acerca más de la cuenta al vehículo que le precede, frena por reflejo y genera una suerte de “efecto dominó” atrás de él. Martin Treiber, de la Universidad Técnica de Dresde, programó un simulador muy gracioso que permite visualizar claramente las ondas de choque de una incorporación a carriles principales, de un carril cerrado, de un semáforo en funcionamiento, de cambios de carril y de una subida. Allí puede verse la inherente falta de fluidez que termina por afectar a un torrente de coches. Es oficial: el universo actúa de mala fe y está en contra de nosotros. Pinche tráfico.

foto: http://nedbatchelder.com/blog/200801/deadlock_in_real_life.html

15.10.08

“Apariencia superior europea”


En la página de Hummer (hummer.com.mx), el vehículo H3 2008 se presenta en versiones de lujo y superlujo, y los precios van de 37 mil 290 dólares (Luxury) a 43 mil 390 (Adventure Alpha): entre 487 mil 660 pesos a 567 mil 433, según el convertidor de divisas Oanda, a las 11 de la noche del domingo 12 de octubre. Los modelos 2009 son un poquito más caros, pero tanto éstos como los del año en curso se ofrecen con “un año de seguro gratis o mil 500 dólares de descuento”, y en planes de adquisición con 35 por ciento de enganche y el resto a pagar en 18 mensualidades sin intereses. Estos términos de oferta han de ser importantes para convencer a alguien que invierta el equivalente a dos departamentos de interés social, o bien 29 años de salario mínimo, en un coche más tosco que la novia de Frankenstein y más ostentoso que un cepillo de dientes decorado con esmeraldas.

Ultimadamente, cada quien sabe lo que hace con su dinero, y se supone que Felipe Calderón y Agustín Carstens tendrían que saber lo que hacen con el dinero de todos, que es de donde salieron 59 regalitos de ésos, entregados por Elba Esther Gordillo a otros tantos dirigentes seccionales del sindicato del que es algo así como propietaria para que le obedezcan y cierren el pico: poco más de 30 millones de pesos de obediencia y silencio. Qué detalle.

¿Cuántos Hummer H3 Luxury o Adventure Alpha podrán comprarse con los 8 mil millones de pesos que la cúpula sindical está exigiendo? La respuesta es: 16 mil 400, si se trata del modelo menos lujoso, y 14 mil 100, si se opta por el más caro. ¿Será ése el destino de los fondos demandados? No lo descarten: tal vez sea plan con maña, y los obsequios de Gordillo con cargo al erario sean una medida secreta –y genial– ideada por su aliado Calderón para reactivar la economía: porque si así fuera, ¿no ameritaría tal adquisición el establecimiento de una nueva planta de ensamblado en alguna ciudad del país? ¿A cuántos obreros les daría trabajo? ¿Cuántas señoras podrían vender tortas y quesadillas en la puerta de la fábrica? ¿Cuántos nuevos talleres especializados abrirían sus puertas, cuántos tapiceros hallarían chamba (los asientos del H3 son de piel, y “terminados con doble puntada ‘francesa’, detalle que acentúa la apariencia superior europea”), qué número de vulcanizadoras se requeriría para atender las ponchaduras de esas llantotas? ¿Cuántas plazas de acomodadores y franeleros podrían crearse con tal cantidad de estos armatostes, que necesitan un espacio de media cuadra para estacionarse? ¿Cuántos chavitos famélicos podrían salir de la pobreza extrema lavando los parabrisas de las flamantes camionetas? ¿Qué monto de impuestos (IVA e ISAN) recaudaría el gobierno al venderse a sí mismo, o casi, una cantidad semejante de esas tanquetas en versión civil? ¿Cuánto podría cobrar a las aseguradoras por concepto de ISR?

Los resentidos (es que ellos no pueden comprarse un Hummer H3), los que sólo ven lo malo, los que son un peligro para México, dirán que en realidad esos 59 vehículos son parte del pago por los votos que en 2006 la lideresa magisterial le consiguió, haiga sido como haiga sido, a Calderón; sin embargo, sería incorrecto concluir que cada uno de los 59 H3 equivale a 4 mil 134 sufragios, lo que totalizaría los 243 mil 834 (0.56 por ciento) que, según Ifelandia, le dieron el triunfo al panista. En realidad, al erario esas boletas le están saliendo mucho más caras, porque al costo de los Hummers ha de agregarse las percepciones de los operadores y parientes de Gordillo Morales (Yunes Linares, González Sánchez, Yánez Herrera, etcétera) incrustados en el gobierno, los cientos de millones de pesos regalados por Calderón y Carstens a la cúpula sindical para que haga lo que quiera y, “no tiene precio”, la Alianza para la Calidad de la Educación, ACE, que ha servido hasta para acusar de corruptos a quienes llevan décadas luchando contra la corrupción en el gremio magisterial.

Y así estamos: el país avanza por una espiral de violencia a secas en la que se multiplican los ajusticiados y por otra espiral de violencia económica que hace proliferar desempleados y nuevos pobres extremos; mientras tanto, el grupo gobernante obsequia camionetas de lujo a los sumisos para que transporten sus nalgas magisteriales en asientos de piel con “apariencia superior europea” y obliga a los rebeldes (La Jornada, 12/10/08) a caminar sobre brasas y vidrios.

9.10.08

Orán, bella y rebelde

Maurice El Médioni

  • Cantos de desterrados
  • La música de Maurice El Medioni

Tal vez el problema comienza cuando un Estado se define a sí mismo como judío, o árabe, o musulmán, o católico, o anglicano, o budista. O tal vez antes, cuando un Estado se define. O incluso antes de ese antes, cuando el judío es descrito como amigo de Satanás, el árabe es llamado “marrano” y el moro y el cristiano se gritan “infiel” el uno al otro. No nos metamos en eso. El punto es que, cinco siglos después de las expulsiones masivas, los vocablos ladinos acaban resonando en suburbios insospechados de Estambul y que apellidos andalusíes como Siniora vuelvan a cruzarse, en las negociaciones eternas de Medio Oriente, con sefardíes como Toledano, y que en el seno de las comunidades remotas de exiliados (refugiados, desplazados, emigrados, expulsados), los cantos de la ausencia construyen países un tanto imaginarios pero inenarrablemente hermosos. Los únicos errantes que escapan a esta norma son los gitanos, quienes no están atados a patria alguna porque, como dice Juan Peña, El Lebrijano, no conocen otra que la libertad.

He estado en contacto con prófugos políticos, económicos, culturales, raciales, étnicos, religiosos, arreligiosos y hasta sexuales (la discriminación y la persecución también exilian a quienes no se reconocen en una de las dos categorías heterosexuales estipuladas por el horrendo Dios de Ratzinger) de un montón de nacionalidades: mexicanos, judíos, chipriotas, haitianos, armenios, palestinos, saharauis, argentinos, españoles, griegos, chilenos, rusos, colombianos, gringos, uruguayos, húngaros, chinos, croatas, salvadoreños, iraníes, búlgaros, bolivianos. Casi todos padecen un poco o un mucho de morriña, “soidade da terra natal”, de saudade, “lembrança carinhosa de um bem ausente”, de dor —“mai am un singur dor”, dice el poeta rumano Miahi Eminescu— o de homesickness, o de mal du pays, o de wehmut, sentimiento para el que hay muchas palabras en muchos idiomas pero no un vocablo preciso, porque es algo así como una añoranza particularmente lúcida y no del todo triste. Nostalgia se forma de los vocablos griegos νόστος (retorno) y αλγος (dolor, misma raíz de analgésico) y en la imprecisión etimológica (porque la causa del dolor no es el retorno, sino su imposibilidad, evocación o lejanía) reside la poética del término.

La contradicción ideológica, política o nacional tendría que avergonzarse de sí misma y declararse en tregua y en silencio cada vez que un desterrado recrea en la palabra, por sobre las dificultades del tiempo y la distancia, su patria prohibida. Si se mira bien, el canto del exiliado es un punto de encuentro de lo humano por encima de las diferencias de bando, partido, pendón, cofradía, color y lengua.

Estas ideas y otras me vinieron a la cabeza al escuchar los ritmos hermosos a un tiempo extraños y familiares que salen del piano de Maurice El Medioni (Orán, 1928), un judío argelino que terminó cantando en Marsella sus añoranzas por la ciudad natal. Su paisano y colega árabe (Cheb) Khaled (Hadj Brahim), conocido como “el rey del rai”, y también desarraigado por las amenazas de los fundamentalistas idiotas (algunos creen que para suprimir la sexualidad basta con prohibir las palabras que la nombran), dice que El Medioni “representa el tiempo en que la música era pura y no había guerra entre judíos y árabes, y nos reuníamos a tocar y a compartir cosas”. Uno y otro, el hebreo y el moro, son ejemplos notables del crisol melódico que fue Argelia a mediados del siglo pasado: ritmos procedentes de la liturgia jasídica, arrebatos andaluces, cachonderías árabes, aires franceses e italianos, orquestaciones egipcias y compases afroamericanos de Luisiana, Brasil y Cuba. “La base de mi música es andaluza, pero le pongo boogie-boogie, jazz y latina. Y con todo, conserva la resonancia del Magreb”.

Su padre y su tío Saoud, regentean un cabaret en la Calle de la Revolución, en el corazón del Derb, el barrio judío de Orán. Cuando Maurice tiene siete años, su padre fallece de manera violenta y Saoud emigra a Francia. El pequeño huérfano permanece en Orán, improvisa laúdes con sartenes y violines con tenedores y a los nueve años se sienta por primera vez ante el teclado de un piano, comprado por su hermano mayor en un bazar de vejestorios. En cosa de pocos días, su casa se puebla con las canciones de Francia que el niño escucha en la radio y que empieza a ejecutar en el nuevo-viejo instrumento.

Cuenta Bertrand Dicale: Maurice toma el jazz y el boogie-woogie de las tropas estadunidenses que llegan a su país en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, en la Operación Antorcha; de los soldados puertorriqueños escucha los ritmos caribeños y enloquece con ellos. Por entonces, los jóvenes argelinos escuchan cualquier cosa menos las melodías de su país. Una tarde, cuando Maurice toca en un bar, tres muchachos magrebíes le piden que les haga el acompañamiento de una canción árabe, el joven judío acepta y se produce una revelación: su técnica de jazz y sus frases latinas se acoplan con fluidez a la melodía oriental y, tras unos momentos de improvisación, establece de manera instintiva los fundamentos del “pianoriental”. Los ritmos de rumba de Maurice se acopla perfectamente bien con el rai que está naciendo en Argelia y los cuatro músicos empiezan, desde esa noche, a tocar juntos. Se inscriben en algo que no tiene nombre, o que tiene varios: judeoárabe, judeoandaluza, judeoargelina o francárabe, y que tiene entre sus grandes exponentes a Lili Labassi, Lili Boniche, Blond Blond, Salim Halili, Reinette l’Oranaise.



Afirma Dicale que, tras la independencia de Argelia, el gobierno del nuevo país dio como alternativa a los hebreos “la valija o la tumba”. Exagerado o no, de los 130 mil argelinos judíos que había en 1962, sólo quedaba un centenar dos décadas más tarde. No hay revolución que no cometa atrocidades, y éstas no se justifican por las más prolijas y profundas que perpetran las contrarrevoluciones. Lo cierto es que Maurice se integró, al igual que decenas de miles de sus correligionarios, al enorme flujo humano de gentiles “pies negros” (pieds-noirs) que optaron por emigrar a Francia. Trabajó de sastre en París y abrió posteriormente una boutique en Marsella (1967). Pretendió retirarse de la música, pero la música se negó a retirarse de él, y ya viejo, grabó algunos discos de éxito limitado (Café Orán, 1997, Pianoriental, 2000). Hace unos años el músico cubano-estadunidense Roberto Rodríguez —otro ausente, trasplantado a los nueve años de su Habana natal a Miami— lo encontró en París y se lo llevó a Nueva York, en donde ambos grabaron lo que es una consagración planetaria: Descarga oriental. Acompañado por las percusiones caribeñas de Rodríguez, El Medioni se deja llevar por la morriña, la saudade, el dor y la nostalgia, deslumbra al reivindicar su origen en la lejana tierra de ambiente y abundancia, describe su cuerpo y sus humores como los de una mujer añorada y, tras un recorrido por sabores y olores y tendajones y amigos y marchantes y compinches, concluye:

Je me souviandrai toujours, toujours,
que là j’ai passé mes plus beaux jours.
Cette ritournelle,
je la chante pour elle,
pour Oran, la belle
et la rebelle :

Oran, non, non, je t’oublirai pas.

Moi aussi je pense à toi.

Ô non, non, y on se reverra,

et toujours on s’aimera.

(Recordaré siempre, siempre, / que allí pasé mis días más hermosos. / Este estribillo / lo canto para ella, / para Orán, / la bella / y la rebelde: / Orán, no, no te olvidaré. / Yo también pienso en ti. / Oh no, no, allí nos hallaremos / y nos amaremos siempre.)

Claro que sigues presente en Orán, viejo árabe y judío, sonoro y maravilloso.



Voici, mon cher Maurice.

8.10.08

El Flaco y el Gordo


En forma clara y concisa:
Agustín Carstens y Ortiz
hicieron mierda al país
y por eso la sonrisa.

7.10.08

Teo, Leonardo y Mario


El viaje de Teo aborda de una manera exasperante, divertida y triste, las peripecias de un chavito migrante en un punto fronterizo de Sonora. Al final, vayan a verla, la cinta advierte: “129 niños y niñas mexicanos son repatriados diariamente desde Estados Unidos a México”. Qué promedio. Chulo de bonito el país que hemos destruido, por acción o por omisión, para dejarle la pedacería a nuestros hijos. Y hay que decirlo en primera personal del plural porque los responsables del arrasamiento no son únicamente los neoliberales que asumieron el poder durante el sexenio de De la Madrid, ni los banqueros saqueadores, ni los legisladores coyotes, levantadedos y vendeconciencias, ni los funcionarios que se retiran con bonos millonarios en una nación de hambrientos, ni los altos mandos de policía que violan la ley con el pretexto de cumplirla, ni los directivos de una televisión y una radio lobotomizadoras y amordazadas por razones de utilidad privada; también somos corresponsables quienes no pudimos impedir el fraude de 1988, los que no fuimos capaces de evitar la seducción masiva y perversa de Solidaridad, quienes no hicimos lo suficiente para detener el magno atraco del Fobaproa-Ipab, los que no nos dimos cuenta a tiempo que el conjunto de los partidos políticos estaba siendo comprado por el régimen, quienes pensamos que el triunfo de Fox en las urnas era una consecuencia del juego democrático, los que no encontramos la forma de impedir que la oligarquía gobernante se perpetuara en el poder mediante la inmundicia electoral de 2006.

Allí está el resultado de nuestros actos y de nuestras incapacidades: un país que, en vez de enviar a sus niños a la escuela, los manda a cruzar la frontera gringa, y que empieza a habituarse a la espantosa violencia desencadenada por las torpezas del calderonato, mientras los opinadores sumisos dan vueltas alrededor del vaso seco y vacío de la gestión gubernamental con la esperanza de encontrar un ángulo desde el cual se vea medio lleno.

Una de las condiciones necesarias para multiplicar la pobreza, ahondar la desigualdad y consolidar la dependencia –no se hagan bolas, que ese es el programa del gobierno Salinas-Zedillo-Fox-Calderón– es imponer la mentira, para que parezca que los gobernantes hacen lo contrario de lo que hacen: la mendacidad impera en la televisión, la radio y la mayor parte de la prensa escrita, en los discursos, en los spots y en las encuestas. Se llama prosperidad a la miseria, transparencia a la corrupción, fortalecimiento a la privatización, estabilidad a la incertidumbre, seguridad pública a 40 asesinatos diarios. Ante esa impostura sistemática y programada, los reflejos de decencia, cuando se tienen, impulsan a denunciar la mentira, aunque sea a gritos, porque el grupo en el poder y la masa mediática, que son una y la misma cosa, no dejan otro camino.

Eso fue lo que hicieron el viernes pasado en Palacio Nacional los jóvenes Andrés Leonardo Gómez Emilsson y Mario Virgilio Santiago Jiménez, durante la ceremonia de entrega de los Premios Nacionales de la Juventud. “¡Espurio!”, le gritó Andrés Leonardo [de la RAE para el EMP: espurio significa “bastardo (que degenera de su origen o naturaleza)”, o bien “falso (engañoso)”] cuando el autor del “haiga sido como haiga sido” y el descubridor de las gastritis mal atendidas evocaba forma demagógica (www.alterinfos.org/spip.php?article2112) la lucha de Eufrosina Cruz Mendoza. Y cuando Calderón aseguraba que “hoy tenemos libertad”, Mario clamó: “¡No hay libertad!” Para demostrar al joven que estaba en lo correcto y que el entregador de premios mentía, los guardaespaldas presidenciales arrestaron a los autores de los reclamos verbales, los interrogaron y los remitieron al Ministerio Público “por la probable realización de conductas que son sancionadas penal o administrativamente por la legislación vigente”.

La autoridad impone, aunque sea espuria, y para hacer lo que hicieron los dos jóvenes universitarios el viernes pasado se requiere de un gran valor y de un acendrado civismo. En lo único que a la postre tuvo razón el encargado del Ejecutivo federal es en que “nuestro país necesita mexicanos como ustedes, que puedan hablar con toda libertad, expresarse con cualquier tipo de mecanismos pacíficos”, aunque, por hacerlo, la guaruriza los capture, los meta en una patrulla y los mande al juez calificador. Es vergonzoso y triste que chavos talentosos, honestos y lúcidos como Leonardo y Mario tengan que deslindarse a gritos ante un poder público que no escucha nada y que actúa en automático hasta para desmentirse a sí mismo. Habríamos tenido que entregarles un país en el que pudieran recibir sus premios merecidísimos sin preocuparse por dejar a salvo su congruencia y sin ser detenidos. Y qué vergüenza que decenas de miles de menores de edad tengan que enfrentarse en la frontera norte a la migra estadunidense y a la muerte porque su país no les da para comer.

3.10.08

Andrés Leonardo
y Mario Virgilio

Mario y Leonardo

Hoy, en Palacio Nacional, Andrés Leonardo Gómez Emilsson y Mario Virgilio Jiménez Santiago fueron sometidos a una especie de secuestro express por parte de agentes del Estado Mayor Presidencial luego que desafiaron a Felipe Calderón. No cometieron delito alguno. Lo único que hicieron fue decir la verdad ante el usurpador.

Nomás eso, Leonardo y Mario: que son ustedes unos chavos a toda madre, y que va un fuerte abrazo a cada uno.

2.10.08

Floraciones de otoño


En septiembre, en el hemisferio norte florecen las dos clases de quitameriendas, endémicas de la Península Ibérica: la venenosa Colchicum autumnale y la humilde Merendera montana, que extiende a ras de suelo sus seis pétalos fugaces. Por esta época también se llenan de capullos el azafrán, el lirio de la paz, la campánula, la salvia, la verbena, el geranio de los prados, la verónica, la genciana, el myosotis, el ciclamino, la escobilla, abundante en efedrina, y el zacatechichi o hierba de los sueños, rico en alcaloides y empleado en infusiones con propósitos sedantes. El algodonero, al igual que los arces, al comienzo del otoño pinta sus hojas de rojo intenso y hasta la hiedra tenaz echa unas flores diminutas de color verde-amarillo. Brotan en esta época las aves del paraíso, las dalias, girasoles, fresias, gardenias y algunas variedades de rosas y claveles.

Los crisantemos euroasiáticos (género Chrysanthemum, una treintena de especies) y los cempasúchiles americanos (Tagetes erecta y patula) han comenzado su floración y se preparan para adornar tumbas y altares en los días de los difuntos (limbos nonatos, inocentes y muertos adultos). Ambas variedades son comestibles, y sus pétalos, aptos para ser preparados en infusión. A diferencia de la oriental, la americana no es una flor, aunque lo parezca a simple vista, sino un ramo agrupado en una sola cabeza floral, y por eso la familia Asteraceae, a la que pertenece, se denominaba antiguamente Composi-tae. Ambas son insecticidas naturales. El cempasúchil se emplea además como pigmento para intensificar el amarillo de las yemas y de la piel de los pollos. El crisantemo contiene piretrinas, que atacan el sistema nervioso de los insectos y que sirven también como base para la fabricación de repelentes. Dice el Testamento de Brassens:

Avant d’aller conter fleurette / Aux belles âmes des damnées, / Je rêve d'encore une amourette, / Je rêve d'encor m'enjuponner ; / Encore une fois dire: ‘Je t'aime’, / Encore une fois perdre le nord / En effeuillant le chrysanthème, / Qui est la marguerite des morts.

(Él mismo lo cantó y grabó en español: Antes de ir a hacer el oso / con las ánimas de Plutón, / quiero otra vez estar celoso, / otra vez dar mi corazón. / Una vez más decir ‘te quiero’, / una vez más desatinar / al deshojar el crisantemo, / que es margarita funeral.)

La anémona, de esplendor triste y efímero, florece también en los otoños y evoca el culto mistérico a Adonis, la belleza masculina que nace y muere en los colmillos del jabalí y que pone en brama a las mujeres maduras. Recordemos: Afrodita, celosa de la hermosura de Mirra, la induce a cometer incesto con el padre y éste, al descubrir que se ha estado acostando con su propia hija, monta en cólera e intenta matarla; ante el desmadre que ha provocado, Afrodita no atina más que a convertir a la pobre muchacha en un árbol, en el que luego un jabalí restriega sus colmillos y hace brotar unas gotas de resina; cuando éstas caen a la tierra, nace un bebé tan bello que la diosa vuelve a atolondrarse, lo encierra en un cofre y lo entrega a Perséfone para que lo cuide; Perséfone, a su vez, queda prendada de la criatura y se rehúsa a devolverla. Perséfone y Afrodita se la disputan hasta que Zeus dispone que ésta pase un tercio del año con una, otro tercio con la otra, y los cuatro meses restantes con quien le dé la gana. Conforme Adonis se hace muchacho, las hormonas de Afrodita hierven a borbotones en su presencia y no hay forma de saciarlas. Shakespeare (reclámenle a él las incorrecciones políticas) lo contó bien bonito:

Now quick desire hath caught the yielding prey, / And glutton-like she feeds, yet never filled; / Her lips are conquerors, his lips obey, / Paying what ransom the insulter willeth; / Whose vulture thought doth pitch the price so high, / That she will draw is lips rich treasure dry. // And having felt the sweetness of the spoil, / With blindfold fury she begins to forage; / Her face doth reek and smoke, her blood doth boil, / And careless lust stirs up a desperate courage, / Planting oblivion, beating reason back, / Forgetting shame's pure blush and honour's wrack.

Propone la versión de Ramón García González (cervantesvirtual): Se apodera el deseo de la vencida presa / y glotona la Venus nunca está satisfecha, / ella domina el labio, los de él obedecen / y pagan el rescate que pide la agresora; / buitre rapaz que pide, alto precio retando / en desecar el rico tesoro de sus labios. // Pues habiendo sentido del botín la dulzura, / ella con rara furia empieza a saquear; / su cara exhala humo, y su sangre está hirviendo, / su lujuria sin freno le da nuevo coraje; / proclamando el olvido, ataca la razón / sin pensar en pudores o el honor naufragando.

Para no hacerles el cuento largo, Afrodita sigue jariosa con Adonis y Ares, podrido en celos por las calenturas de la que vendría a ser algo así como su mujer, envía un jabalí para que mate al joven de una tarascada. Las gotas de sangre de la herida se transforman en anémonas rojas, mientras que las lágrimas de Venus desolada se vuelven rosas o, según quiere otra versión de la leyenda, en una clase distinta de flores que se llaman, precisamente, y hasta la fecha, adonis, que hasta donde sé, no florecen en otoño.

Les sanglots longs / Des violons / De l'automne / Blessent mon cœur / D'une langueur / Monotone.

(Los largos sollozos / de los violines / del otoño / me hieren el corazón / con su prolongación / monótona).

Paul Verlaine cantó el cambio estacional de estos días con esos tonos lúgubres, y de seguro no se imaginó que, medio siglo después de su muerte, tales versos célebres habrían de ser usados como clave por el mando militar aliado (¿hay algo más anti Verlaine que un mando militar del bando que sea?) para avisar a las redes de la resistencia francesa que iniciara, en vísperas del desembarco en Normandía, un plan de sabotajes a puentes, vías férreas e instalaciones de comunicación de los ocupantes. De todos modos,Verlaine estuvo mejor que el típico “Delta Tango Charlie” de los milicos gringos.

En la porción sur del planeta, mientras tanto, han empezado a florecer lotos, magnolias, membrilleros, narcisos, jacarandas, jacintos y tulipanes, así como los arbustos llamados forsitias, que dan flores pequeñas y amarillas. No dejemos fuera de esta floración otoñal al gran Neruda:

Contra el azul moviendo sus azules,
el mar, y contra el cielo,
unas flores amarillas.
Octubre llega.
Y aunque sea
tan importante el mar desarrollando
su mito, su misión, su levadura
estalla
sobre la arena de oro
de una sola
planta amarilla
y se amarran
tus ojos
a la tierra,
huyen del magno mar y sus latidos.
Polvo somos, seremos.
Ni aire, ni fuego, ni agua
sino tierra,
sólo tierr
seremos
y tal vez
unas flores amarillas.

* * *

No se olvida. Es una vergüenza (y debería ser un escándalo) que las instituciones republicanas reciban con bombo y platillo a Felipe de Borbón, zángano que un día será jefe de Estado por designio de un chisguete de semen nobiliario. Se entiende que su tocayo, que despacha como presidente de México, le haga las típicas fiestas que le prodiga un gerente de sucursal al presidente corporativo de la empresa, pero que le organicen arrumacos en El Colegio de México no tiene nombre: ocurre que ese instituto fue fundado por republicanos derrotados y el régimen que representa el visitante fue impuesto sobre los cadáveres de cientos de miles de españoles libres y plebeyos, muchos de los cuales siguen enterrados sin nombre ni justicia en la España contemporánea, igualito que los mexicanos asesinados por el régimen diazordacista hoy hace 40 años.

30.9.08

40 años


El poder es así. Hace cuatro décadas, el movimiento estudiantil pidió el cese de una represión que se ejercía en automático, como aplicación evidente del principio de autoridad, y la derogación de decisiones, instituciones y disposiciones legales más características de una dictadura policial que de una democracia. Pero la presidencia de Díaz Ordaz concluyó que se encontraba frente a una conspiración subversiva orquestada desde Moscú para sabotear la realización de los juegos olímpicos –y, en última instancia, para derrocar al gobierno– y optó por perpetrar una carnicería y por imponer la paz de los cementerios y de las cárceles.

Las demandas eran seis, y bien concretas: libertad a los presos políticos, desaparición del delito de “disolución social”, desaparición del Cuerpo de Granaderos, destitución de los jefes policiales responsables de la represión, indemnización a los heridos y a los familiares de los muertos por las atrocidades de la fuerza pública y procuración de justicia para sancionar a los funcionarios que las ordenaron.

Actualmente reclamos muy similares siguen enarbolándose desde la sociedad al poder público. Con el botón de muestra de Ignacio del Valle Medina condenado a 112 años de prisión por delitos imaginarios como “secuestro equiparado”, hay que tener la cabeza en Disneylandia para creer que aquí no hay presos políticos.

La reciente reforma penal elaborada por el calderonato (es una mera “reforma policial”, advierte Bernardo Bátiz) da pie al quebranto de los derechos humanos de delincuentes comunes y otorga a la autoridad facultades que pueden ser empleadas en la persecución de opositores.
Vicente Fox Quesada, Enrique Peña Nieto, Ulises Ruiz, Rafael Macedo de la Concha, Carlos Abascal, Eduardo Medina Mora, Daniel Cabeza de Vaca, Wilfrido Robledo, y otros responsables políticos de las violaciones y torturas perpetradas en San Salvador Atenco y en Oaxaca, gozan de completa impunidad.

La institucionalidad política sigue siendo desmesurada y equívoca, y tan inexpugnable como en aquel entonces, y no hay que hacerse demasiadas ilusiones acerca de la confiabilidad del proceso comicial del año entrante.

Por lo pronto, la entidad electoral que encabeza Leonardo Valdés Zurita ha emitido un mensaje inequívoco: pretende sancionar con más de 60 millones de pesos al PRD por el plantón de Reforma de 2006 y por la toma de tribunas de abril de este año, e imponer una pena pecuniaria mucho menor al PAN por haberse robado la Presidencia de la República.

Las diferencias principales con lo ocurrido hace 40 años es que la ofensiva gubernamental contra la sociedad movilizada era meramente política, no económica, y que el Estado disponía de mecanismos de control para garantizar cierto grado de estabilidad financiera y de seguridad pública. Actualmente, Felipe Calderón encabeza un gobierno incapaz de incidir en el rumbo de la economía, imbricado con la delincuencia a la que dice combatir y frustrante hasta para quienes lo pusieron en el poder.

Hace 40 años el poder público habría podido percibir en las demandas del movimiento estudiantil una oportunidad para el aggiornamiento y la depuración, pero prefirió consolidarse por medio de la masacre.

Por estos días se le ha propuesto al calderonato una alternativa para sortear su ilegitimidad, deshacerse de alianzas impresentables (Gordillo y compañía) y de funcionarios ineptos (Mouriño, García Luna, Medina Mora), emprender una reactivación que fortalezca al país ante los peligros de desastre de la crisis estadunidense y retirar su iniciativa de privatización de la industria petrolera, que constituye un inocultable factor de división nacional. A ver qué hace.

24.9.08

¿No pueden?


A mí no me culpen: yo no voté por el PRI”, rezaba una consigna de inspiración panista que algunos pegaban en sus automóviles hace casi tres lustros, cuando la ineptitud monumental de Ernesto Zedillo (el que sabía “como hacerlo” para dar “bienestar a tu familia”) y la herencia podrida del salinato se conjugaron para desatar la peor crisis económica de cuantas padeció el país en el siglo pasado.

Un deslinde mucho más enérgico podría aplicarse ante la catástrofe de seguridad pública que Felipe Calderón ha desatado en menos de dos años de gobierno, sólo que ahora resulta irrelevante que en 2006 hayas votado o no por el PAN: los votos no se contaron bien y el designio del poder público era impedir a como diera lugar la llegada de López Obrador a la Presidencia e imponer la continuidad, en la persona del michoacano. Éste, “haiga sido como haiga sido”, fue convertido en jefe máximo de las corporaciones policiales y de inteligencia del país, comandante supremo de las Fuerzas Armadas y encargado superior de la seguridad pública y de ejecutar las leyes que hay. Da pena tener que recordarlo, pero la responsabilidad política y administrativa por la descontrolada violencia delictiva corresponde a quien está a cargo de tales funciones.

Por incapacidad o por designio –él y sus allegados lo sabrán, tal vez–, el quehacer gubernamental en materia de combate a la delincuencia ha tenido el efecto contraproducente de multiplicar y exacerbar, en estos casi dos años de pesadilla, las manifestaciones criminales hasta llegar alpunto en el que un grupo de matones, con o sin vínculos en algún nivel de la administración pública, decide masacrar a civiles inermes en la ciudad natal del propio Calderón, a la vista de todo mundo, ante las cámaras y en vísperas de la que sigue siendo, por encima de los aparatosos operativos televisables, la principal demostración pública de la fuerza del Estado.

El atentado fue precedido por otras atrocidades crecientes y marcó el principio de una nueva etapa en el intercambio de mensajes horrendos que tiene lugar en una clave que escapa, no hay que hacerse ilusiones, a la comprensión del grueso de la ciudadanía. Si las ejecuciones, las decapitaciones, las narcomantas y las granadas contra la muchedumbre son una manera de pedir que cesen los dispositivos policiaco-militares, si expresan exigencias de que se deje de brindar protección oficial al cártel de los contrarios o si son una simple forma sádica de solazarse exhibiendo la debilidad del Estado, Calderón Hinojosa, Medina Mora, García Luna y Mouriño Terrazo habrían tenido que averiguarlo (si es que no lo saben desde el principio) y detenerlo, que para eso cobran, y mucho, y para eso disponen de recursos casi ilimitados.

Ya no está claro si asistimos al fracaso de una estrategia de seguridad o al éxito rotundo de una estrategia de inseguridad, pero el calderonato carece de autoridad moral para corresponsabilizar a la sociedad y para exigirle que se convierta en un cuerpo parapolicial de soplones. Por si no bastara, ahora resulta –eso deslizan o afirman sin rubor Calderón y sus opinadores– que quien no esté a favor de la sangrienta chambonería gubernamental es algo así como cómplice pasivo de los Zetas o traidor a la patria. Ah, y que El Peje tiene la culpa del desbarajuste. ¿Así o más?

La pavorosa inseguridad se suma al entreguismo gubernamental y al empecinamiento en una política económica que además de antipopular ha resultado ser muy torpe. El desastre consiguiente justifica sobradamente la búsqueda de mecanismos institucionales para remover a unas autoridades que han mostrado con creces su incapacidad, y no hay en esto afán golpista ni desestabilizador: la desestabilización corre a cargo del actual gabinete y las conjuras para sacar a Calderón de Los Pinos, si las hubiera, serían tarea de quienes lo pusieron allí y quienes, llegado el caso, no tienen inconveniente en atropellar la institucionalidad.

Ellos tampoco están contentos y se han sumado a la consigna legítima y doliente de Alejandro Martí –“si no pueden, renuncien”–, a quien nadie hasta ahora ha acusado de buscar el derrocamiento. Y sin embargo, no hay diferencia de sustancia entre lo dicho el 20 de agosto por el padre de un joven asesinado y lo que expresó el líder de la resistencia civil el 15 de septiembre. Salvo por el condicional “si no pueden”, a todas luces retórico, porque no pueden o no quieren (ellos sabrán) hacer su tarea.

18.9.08

Aniversario


Pensaron que era un hombre influyente y acaudalado y lo apresaron un 26 de septiembre, junto con su hermano Rodrigo, con la idea de obtener un rescate jugoso. Permaneció secuestrado casi cinco años, y en ese lapso hizo trabajos de esclavo y emprendió cuatro intentos de fuga, todos fallidos, al final de los cuales sus carceleros le redoblaban los castigos corporales. A los dos años de su captura, su madre, que no era rica, logró reunir una cantidad que resultó insuficiente para comprar la libertad de ambos, y él se sacrificó para que soltaran a su hermano. Aunque no cejó en la inventiva de nuevos planes de escapatoria, acabó siendo liberado tras el pago de una suma, el 19 de septiembre de 1580. Se llamaba Miguel de Cervantes y no logró acumular riquezas, pero influencia sí que ha tenido alguna.

Los hermanos Joseph-Michel y Jacques-Étienne eran hijos de un molinero de papel. En su infancia jugaban con los productos de su padre y quiere la leyenda que en una de esas descubrieron que las bolsas de ese material, colocadas sobre el fogón de la cocina, tendían a elevarse. Otra versión dice que, ya adulto y convertido en abogado, Joseph lanza un papel a la chimenea y observa cómo es aspirado hacia arriba por el tiro. Busca a su hermano, que continúa con el negocio de la papelería, se reúnen en Annonay y realizan un experimento: colocan una bolsa de un metro cúbico boca abajo, queman lana y paja mojada en su abertura y logran que el traste se eleve una treintena de metros. Animados por el éxito, emprenden una rigurosa serie de pruebas y un año más tarde, el 19 de septiembre de 1783, realizan en Versalles, en presencia del último monarca Capeto, la demostración definitiva: una esfera de tela de algodón encolada, con una capacidad de mil metros cúbicos y 450 kilos de peso, se lleva al cielo a un borrego, un pato y un gallo (fueron los primeros aeronautas del mundo), los eleva a 500 metros de altura y los lleva, en un vuelo que dura ocho minutos, a 3 kilómetros y medio del sitio de despegue. Los bichos descienden sanos y salvos, aunque un tanto asustados, de la canastilla que hace las veces de cabina.

Durante las guerras de independencia en América, El Callao tuvo una importancia crucial como baluarte estratégico y cambió de manos en varias ocasiones. La primera vez que cayó en poder de los insurgentes fue el 19 de septiembre de 1821, cuando las tropas al mando del general José de San Martín tomó el castillo del Real Felipe. Dos años después, Bolívar llegó a la ciudad para consumar la independencia peruana, pero en 1824 el brigadier español José Ramón Rodil se negó a reconocer la capitulación de Ayacucho y se encerró en la fortaleza con varios cientos de hombres. Resistió hasta principios de 1826 y su destacamento sufrió más por el escorbuto que por los ataques de los patriotas. Cuarenta años más tarde, el castillo volvió a ser atacado por una expedición colonialista enviada desde Madrid. La flota de guerra, de siete embarcaciones y un total de 252 cañones, bombardeó El Callao en forma cruel, con el pretexto de cobrar la multa estúpida que la corona española había pretendido imponer a Perú por declararse independiente. Hasta la fecha los gobernantes y los empresarios españoles mantienen la pretensión de restablecer su dominio colonial en los países de América Latina.

A mediados de 1915 la ciudad de México estaba en el corazón del huracán bélico y compartía la zozobra política generalizada que se cernía sobre el país: el usurpador Huerta había sido expulsado del poder el año anterior y existían dos gobiernos –el de Carranza, en Veracruz, y el de la Convención–, la División del Norte y el Ejército Libertador del Sur habían entrado a la capital en diciembre de 1914, Zapata ordenaba atacar al enemigo en Chapultepec y Tacubaya, sus tropas dominaban Morelos, Puebla, Cuajimalpa y El Ajusco y las de Villa se habían hecho fuertes en El Bajío. Pero en el curso del verano, mientras Porfirio Díaz estiraba la pata en su lejano exilio parisino, la correlación de fuerzas cambió y a mediados de agosto las fuerzas de Obregón entraron a la ciudad y pusieron al arzobispo a barrer las calles. El 19 de septiembre con el desmadre revolucionario como telón de fondo, les nació el segundo de nueve hijos al matrimonio formado por Rafael Gómez Valdés Angelín, agente de aduanas, y Guadalupe Castillo, ama de casa. El pequeño fue bautizado Germán Genaro Cipriano, desde edad muy temprana fue travieso, inquieto y bromista, y gracias al trabajo de su padre conoció regiones de la República contrastadas y distantes: hizo la primaria en el DF, pasó dos años en Veracruz y luego residió en Ciudad Juárez, en donde aprendió los hábitos de los pachucos. En la ciudad fronteriza aprendió inglés, trabajó de guía de turistas y luego, de recadero y ayudante en la emisora XEJ. Un buen día el patrón le pidió que reparara un micrófono y el muchacho, para probarlo, y sin darse cuenta de que estaba al aire, imitó a Agustín Lara. La impostura era tan buena que el jefe de la estación lo promovió a locutor y así empezó la carrera del que sería conocido y admirado años más tarde como Tin Tan.

Seis años exactos después del nacimiento del cómico mexicano, en un hogar de clase media de Recife vino al mundo Paulo Freire, pedagogo, teórico cercano a la Teología de la Liberación, socialista cristiano, encarcelado por los gorilas brasileños en 1964, exiliado en Bolivia, Chile y Estados Unidos, testigo de primera mano del sangriento arranque de las dictaduras militares que asolaron al Cono Sur y gran subversivo de la enseñanza. De entre sus muchas formulaciones esclarecedoras, me quedo con ésta: “Todos sabemos algo; todos ignoramos algo; por eso, aprendemos siempre.”

El 19 de septiembre de 1985 murieron miles de habitantes del Distrito Federal pero esas muertes hicieron posible el nacimiento de la ciudad. Ese mismo día se murieron Ítalo Calvino, en Italia, y Rockdrigo González en México. Éramos, hasta entonces, un conglomerado humano predominantemente inercial, pasivo y sumiso. Entre las losas derrumbadas, los muros lanzados fuera de su sitio, los incendios, los hierros retorcidos y el olor inolvidable de la muerte, los defeños nos abrimos paso hacia la vida, aprendimos la esencia coral de lo colectivo, descubrimos que teníamos manos y palabra. Mientras que las autoridades no atinaban ni a limpiarse las babas y las cuarteaduras dejaban ver el rostro corrupto, ineficiente y arrogante del régimen presidencialista, los defeños rescatamos a los sobrevivientes, lloramos y sepultamos a los muertos, nos improvisamos como bomberos, como plomeros, como albañiles, como herreros, como enfermeros, como médicos forenses, como informáticos, como periodistas, como operarios de maquinaria pesada, como ingenieros. Querida urbe desmadrosa y diversa, injusta y viva, solidaria y loca: no te permitas nunca el olvido de aquellos días de tu nacimiento.

Minutos después de la medianoche, y pocas horas antes de las oscilaciones y las trepidaciones que empezaron a las 7 de la mañana con 19 minutos, los jornaleros habíamos brindado en el edificio de Balderas 68 por el primer aniversario del comienzo de la circulación de nuestro diario. Al día siguiente, con el centro de la ciudad hecho pedazos y con las enormes dificultades que significaba llegar hasta la redacción de La Jornada, nadie recordó el festejo: teníamos por delante un montón de dificultades para hacer la edición del día y nos supimos necesarios. Tampoco pensamos, en la tarde de ese nuestro primer cumpleaños, el 19 de septiembre de 1985, en las Jornadas que nos esperaban en los días y meses y lustros siguientes y que ahora, 24 años después, ya son toda una vida. No: muchas vidas.

12.9.08

Notas de viaje / III y último


Encuentro con Ixcuina, la de las cuatro caras, a la orilla del Sena. Entre los enigmas sin fondo del panteón mesoamericano destaca el de Tlazoltéotl, también llamada Atlazoltéotl, Tlaelquiani o Ixcuina, por su nombre huasteco. Es sicoterapeuta y confesora, es la que quita los pecados del mundo, es sembradora de locura, es diosa del azar y de lo incierto, es la destructora de los jóvenes, es amante de Quetzalcóatl, es señora de la tierra, de la fertilidad, de la lujuria, de la maternidad y del parto, es la que se come la caca de quienes han errado el camino y puede castigarlos con enfermedades venéreas o curarlos y despojarlos de toda culpa. Abundan sus representaciones en papel amate (Borbónico, Vaticano, Borgia...) y en piedra. Se le representa acuclillada, en trabajo de parto o defecación y cobijada por una piel ajena, como Xipe-Tótec, entre dardos ensangrentados, los pechos al aire, tocada por un largo penacho cónico. Es sorprendente encontrarla, convertida en un esbelto monolito de una tonelada y dos metros de alto, en un pasillo de iluminación acolchada del Museo del Muelle de Branly, o simplemente Quai de Branly.

Con su jardín vertical, su colección de cerca de 10 mil instrumentos musicales ordenados en un gigantesco tubo de cristal, su rampa ovalada de crustáceo, sus exposiciones temporales atornilladas a la moda inmediata, su arquitectura post fin del mundo y la milenaria estatuilla femenina de Chupícuaro asociada a su logotipo (aunque se encuentre en el Louvre), Branly (“Allí donde dialogan las culturas”, es su lema) constituye, por sí mismo, un viaje. Las viejas colecciones del Museo del Hombre, situado no lejos de allí, en la orilla opuesta del Sena, han sido dignificadas en un despliegue museográfico moderno y didáctico y liberadas de las taxonomías polvorientas, decimonónicas y arrogantes que hacían pensar en museo como sinónimo de hastío. En Branly los objetos culturales de América, África, Asia y Oceanía salieron del amontonadero de “antigüedades” o “curiosidades” para reorganizarse bajo la categoría púdica de “artes no occidentales”.

En su residencia parisina, la señora viste una falda larga, se pasa las manos por el vientre y su rostro autista emerge de un extraño tocado en el que se entrelazan dos serpientes de cascabel. Las colas de los bífidos circundan la cara y se enroscan en el cuello como si fueran un par de trenzas.



El agravio tonto: en la cédula de la pieza se asienta que proviene “de la costa del Golfo, Mesoamérica”, y que es una donación “de la Marina, exposición permanente de colonias”. Todo iba muy bien, pero semejante majadería obliga a evocar el pillaje castrense perpetrado por el régimen de Luis Bonaparte en el México del siglo antepasado y que, de seguro, no se limitó a piezas arqueológicas invaluables; eso, sin contar que nuestro país sufrió una invasión y una ocupación criminal y cruenta y hubo de soportar la imposición de un imperio pelele, pero no fue jamás colonia de Francia. Al parecer, el embajador Carlos de Icaza González no se ha dado una vuelta por el museo Quai de Branly, o fue y vio y se retiró sin darle importancia al asunto, o bien pidió que quitaran esa referencia de tan mal gusto pero no le han hecho caso. Y aquí está un close up de la cédula, para que no vayan a salir con que estoy loco.

2. Encuentro con otro altísimo en Toulouse, y los que se ofenden con cualquier cosa, procuren leer lo que sigue con los ojos cerrados. Tal vez mi falta de fe se deba a las representaciones divinas de matriz renacentista con las que tuve contacto en la infancia: es que ese señor barbón, canoso, medio calvo y mofletudo, suerte de Zeus en sus tiempos de jubilado, podrá ser simpático y tierno, pero muy poco verosímil como el Dios omnipotente, omnisciente y omnipresente que le quieren vender a uno. Aliviados estamos: si el ser supremo realmente padeciera los estragos de la edad, como lo pinta la difundida iconografía católica, tendría que estar más preocupado por cuidar su próstata que por administrar el universo, y además la omnisciencia no se lleva con el Alzheimer. Mejor hubieran imitado los católicos, para el caso, a los judíos, a los musulmanes y a algunos cultos cristianos, quienes de plano se niegan a representar a Dios, o a Jehová, o a Alá, o como quiera que se llame, y evitan, de tal forma, generar suspicacias entre el respetable.


A Saturnino lo mató un toro furioso en lo que es ahora una calle céntrica de Toulouse allá por el 250 de nuestra era. Sobre su tumba romana se erigió un oratorio que pronto empezó a recibir peregrinos que marchaban hacia Santiago de Compostela. Hacia el siglo V el oratorio fue convertido en iglesia y en el XI, cuando su aforo resultó insuficiente, se decidió erigir una magna basílica que conservase en su entraña la vieja capilla, convertida en cripta y que sigue siendo, hasta nuestros días, la mayor iglesia romana que se conserva en Europa. La basílica de San Sernín no es linda pero sí muy impresionante. Su campanario octogonal evoca, por sus cuerpos escalonados, un zigurat; en sus muros exteriores se combinan la piedra blanca, el ladrillo y la teja, lo que le da cierto aire bonachón; en el interior, un ingenioso deambulatorio principal rodea el altar mayor y la tumba de San Saturnino, lo que permitía mantener el trajín de peregrinos sin interrumpir los oficios, y en uno más pequeño, llamado Ronda de los Santos Cuerpos, ofrece a la veneración reliquias diversas y piadosamente conservadas: la infaltable espina de la Santa Cruz, el misal de fulanito, los testículos de no sé quién.

En la primera de esas rutas me topé, en el centro de unos bajorrelieves de ángeles y santos, al mero mero Dios, y me dio ñáñara: no usa bigote ni barba, su edad es indefinible, ostenta una barriga prominente, está rodeado por un ángel y tres bichos y tiene cara de pocas pulgas. Si así me lo hubieran presentado en mi infancia, es probable que a estas alturas, en vez de estar escribiendo tonteras, yo estaría atormentándome con cilicios y disciplinas y rezando credos. Ahora que vuelvo a ver esa imagen inquietante (que es un “Cristo en Majestad” románico del siglo XIII) me pregunto si no se estará asomando a la travesura que han echado a andar los científicos en un acelerador de partículas en Suiza y que, según algunos espíritus medrosos, provocará el fin del mundo. Pero no.

9.9.08

Revocación


Hace unas semanas la opinión pública internacional recibió información sobre el concepto de punto de no retorno. El avión de Spanair que se estrelló en Barajas, se nos dijo, estaba en V1, una combinación de situación en tierra y velocidad en la que ya no queda suficiente pista para frenar y que hace obligatorio ir al aire porque, sean cuales sean las condiciones del aparato, resulta menos arriesgado intentar un aterrizaje de emergencia que permanecer en la superficie. O sea que la ventana de oportunidad para abortar un despegue es más bien estrecha. Va del momento en que el avión comienza a acelerar hasta aquel en que llega a V1. La expresión “estás a tiempo de arrepentirte” se aplica a muchas otras circunstancias de la vida, por más que, en varias de ellas, lo irrevocable de la decisión sea relativo. No es lo mismo jalar el gatillo y transitar de la condición de asesino en potencia a la de asesino consumado, o treparse a un cohete en dirección a la Luna, que firmar un contrato de arrendamiento o dar el “sí” matrimonial ante un juez o un cura. Si los procesos físicos y biológicos son implacables, los contratos sociales son reversibles, así se trate de una constitución, y aunque a los faraones les guste pensar que sus reinados son eternos, y por mucha que sea la zozobra ante la posibilidad de que tu cónyuge te mande al diablo.

Los regímenes posfranquistas “atados, y bien atados”, o bien los fallos judiciales inapelables, son formulaciones ególatras que persisten sólo en la medida en que las sociedades las acaten. Ya llegará, en España, el momento en que la gente se decida a tirar a la basura a una casa real corrupta y zángana. Tal vez los mexicanos logremos ejercer sobre nuestros legisladores la presión requerida para que emprendan un juicio político contra los magistrados de la Suprema Corte que exoneraron al góber precioso, y cuya permanencia en los cargos es un insulto a la legalidad y un agravio a la decencia.

Antaño, cuando los monarcas veían amenazada su permanencia en el poder, decían que ésta respondía a un designio divino. Si no les quedaba más recurso, apelaban a su condición de soberanos (detentadores de una autoridad suprema e independiente y no superada en cualquier orden inmaterial) para hacer lo que les viniera en gana. Heredada por el pueblo una vez que rodaron las cabezas reales, la soberanía le otorga la facultad, entre otras, de designar, por medio de elecciones, a quienes habrán de gobernar en su nombre. Los jefes de las actuales democracias formales invocan ese principio cada vez que hacen –como los reyes– lo que les da la gana o lo que les dictan sus intereses particulares.

“La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno”, reza el artículo 39 de nuestra Carta Magna. Pero nadie dijo que la soberanía, la real o la popular, fuera una fuente de decisiones irremediables. “No olvide el fraile que si una ordenanza real fundó la Inquisición, otra ordenanza puede ahogarla”, advirtió Isabel de Castilla a Torquemada un día que la arrogancia sádica del inquisidor la tenía hasta la madre (Crónica de los reyes católicos). Si supusiéramos por un momento que la elección presidencial de 2006 en México fue un proceso impoluto y legal; que se llevó a cabo no “haiga sido como haiga sido”, sino como debió ser; que en él la mayoría de los ciudadanos votó por Felipe Calderón y si éste encarnase, en consecuencia, la soberanía popular, en cualquier momento el pueblo tendría derecho, en virtud de su misma soberanía, a concluir que se equivocó. Mayor razón existe para crear un mecanismo institucional de enmienda cuando la representación es ejercida a consecuencia de un proceso comicial al menos dudoso y cuando un tercio de la ciudadanía la llama espuria e ilegítima.

El mismo miedo que impidió al grupo en el poder recontar los votos en 2006 se expresa ahora en la histeria linchadora desatada contra la idea de establecer un mecanismo legal para revocar mandatos por medio del referendo. El grumo político-económico-mediático que controla al país se llena la boca con encuestas de popularidad, pero se aterra ante la posibilidad de que el pueblo ejerza, para ratificar o rectificar, su soberanía. ¿Es subversiva y desestabilizadora la evocación del divorcio? ¿Hemos alcanzado el punto V1 de la política? ¿No tenemos más remedio que iniciar un despegue riesgoso o estrellarnos en tierra?

Y conste que nadie ha hablado de tomar el Palacio de Invierno.

4.9.08

Notas de viaje/ II

Esqueletos apilados. Catacumbas de Paris.

Las primeras de las célebres catacumbas de París fueron construidas en tiempos de la invasión romana a las Galias. Las estrechas y largas galerías eran resultado de la extracción de la piedra calcárea y el aljez utilizados en la construcción primigenia de Lutecia. En el XVI, además de mineros, merodeaban por los túneles bandidos de toda suerte, contrabandistas y cazadores plebeyos de conejos, perseguidos por violar la veda de la cacería, privilegio que el rey otorgaba a los aristócratas. A lo largo de 18 siglos el subsuelo de la ciudad fue regularmente agujerado hasta que, en el XVIII, el suelo empezó a ceder en algunos puntos. Se prohibió entonces sacar más piedra y se empezó a consolidar los túneles ya perforados, cuya humedad y oscuridad fueron aprovechadas, a mediados del XIX, para cultivar champiñones. Algunos pasajes fueron temporalmente acondicionados como bodegas o salas de descanso para los obreros que edificaron el Metro, y posteriormente, en el XX, como refugios antiaéreos, hoy sellados por gruesas puertas blindadas. El dédalo subterráneo, situado a una profundidad promedio de 20 metros, es tan intrincado que en tiempos de la revolución francesa el portero del hospital militar de Val-de-Grâce, un tal Philibert Aspairt, penetró en él con la intención de llegar hasta la cava del convento vecino para apoderarse de unas botellas de chartreuse. El infortunado se perdió en las galerías y no fue hallado sino hasta 11 años más tarde, ya bastante difunto. Lo enterraron en el mismo recodo en el que se encontró su cadáver.

Actualmente, la mayor parte de los 600 kilómetros de galerías permanecen cerrados al público y quien se adentre en ellos (a través de pozos, horadando las cavas de los edificios habitacionales, por conexiones ignoradas entre las catacumbas y los túneles del Metro o del drenaje, o bien violando rejas de clausura) se arriesga a pagar una multa y a recibir un citatorio de la policía. Pero hay innumerables datos (algunos serán meras leyendas urbanas) que apuntan a la existencia de visitantes o habitantes furtivos de las catacumbas: catafílicos puros y respetuosos del entorno, que disfrutan la mera estancia en los corredores subterráneos; fugitivos de la justicia; “góticos” urbanos o simples vándalos grafiteros. En los años ochenta del siglo pasado escuché algo sobre un grupo de necrófagos y/o necrófilos quienes, a través de las catacumbas, llegaban hasta el subsuelo de cementerios como Père Lachaise y horadaban el techo de los túneles para alcanzar, por abajo, las criptas, y en ellas, el objeto del deseo (o del apetito), un poco a la manera en que los topos se roban las zanahorias de una huerta. Lo cierto es que en esa época se desató una verdadera epidemia de saqueos y pillajes en los camposantos parisinos (era frecuente ver en ellos lápidas destripadas a martillazos) y que, poco antes del cierre de los recintos, guardias con metralleta y acompañados por perros asesinos recorrían meticulosamente los cementerios para cerciorarse de que nadie permaneciera allí durante la noche.

La visita a la parte prohibida de las catacumbas es una experiencia al mismo tiempo estresante, relajante e intrigante, en la que igual se encuentra un fósil de bicho cámbrico incrustado en una piedra calcárea que la talla basta de una gárgola realizada sabrá Dios cuándo, que un acueducto construido en tiempos de los Médicis, que un grafiti del periodo de Mitterrand, que la caricatura de un soldado alemán, dibujada a lápiz sobre la piedra por un combatiente anónimo de la resistencia contra los nazis, que un condón de la semana pasada. Algunos pasajes han sido bautizados con nombres como Bizancio, Sala del Castillo, Sala del Dragón, Escalera de Cristal, Sala de las Esculturas, Pasaje de los Druidas, Piano Bar...

Poco antes de la muerte de Aspairt, el Consejo de Estado aún monárquico ordenó la evacuación del Cementerio de los Inocentes, que llevaba 10 siglos de uso ininterrumpido y padecía una sobrepoblación mucho más insalubre que los hacinamientos de los vivos, con el agravante de que, en general, los difuntos permanecen en este mundo más tiempo: una persona viva difícilmente habitará un sitio más de siete décadas, pero no es extraño que, muerta, permanezca tres siglos, o 10, sin moverse de la tumba. Se decidió entonces evacuar a los finados y reubicarlos en un pequeño tramo de las catacumbas previamente bendecido y consagrado que pasó a llamarse, con toda propiedad, Osario Municipal. La mudanza se prolongó dos años (1786-1788) en los que fueron habituales unas curiosas procesiones nocturnas: al ritmo del Oficio de Difuntos cantado por sacerdotes solemnes, los despojos eran transportados, ahora sí a su última morada (y eso, ya veremos), en carretillas cubiertas con velos negros. El gran desmadre de los años siguientes no impidió que el desalojo se extendiera al resto de los camposantos y templos parisinos y que unos seis millones de esqueletos terminaran apilados en el osario.
Para la magnitud de la tarea, el orden es razonable: las grandes pilas de huesos están formadas por capas de tibias, fémures y húmeros, con hileras de cráneos intercaladas, y se deja la parte superior del amontonadero para omóplatos, quijadas inferiores y costillas. Los despojos están acomodados en nichos gigantescos, marcados por inscripciones en piedra que indican su procedencia. En alguna parte de esta Estigia abierta al turismo se encuentra lo que queda de Molière, de La Fontaine, de Rabelais, de Perrault, de Danton, de Robespierre, de Colbert y de muchos otros personajes luminosos o terribles.

Es deprimente y, al mismo tiempo, tranquilizador. Los despojos han sido fijados a su sitio con cemento, debido a la inclinación de los visitantes a llevarse pequeños recuerdos en la mochila. Los misterios del más allá se desfondan ante la aplastante monotonía de kilómetros de calaveras apiladas, todas iguales, por más que los anatomistas, los forenses y los antropólogos físicos sean capaces de descubrir muchas diferencias sutiles y mayores entre dos cráneos humanos. Si algo más que carroña persistiera después del último suspiro, ese algo tendría que contaminar de algún modo estos célebres corredores que albergan los restos de 6 millones de nombres, rostros y personalidades; en el Osario Municipal de París se manifiestan, en cambio, con toda su crudeza, las absolutas banalidad e irrelevancia de la muerte. Una moraleja posible para salir de aquí, mientras se pueda, y volver al bullicio de allá arriba, es: no dejen nada pendiente; lo que tengan que hacer, háganlo ahora.

* * *

De la entrega pasada, Ilvaita López Rodríguez dice: “Me da mucha pena (propia y ajena) encontrarme esta frase: ‘ ... Nos toca (un policía) cuyos rasgos, para nada galos, me hacen pensar: Esto faltaba en mi currículum: ser discriminado por un beréber’. Espero sinceramente que haya sido un lapsus brutus, de ésos que a todos nos pasan, porque realmente me sentiría muy decepcionada de usted si eso reflejara sus sentimientos hacia la comunidad béreber (o cualquier otra no europea, o aria, o lo que usted considere)”. Bienvenida, Ilvaita, a mi propia polémica interna por esa frase –lo pensé varias veces antes de escribirla– que no pretendí despectiva hacia los beréberes, sino indicativa de la paradoja de aquellos que, procedentes de pueblos tradicionalmente discriminados, devienen discriminadores. Vamos a ver: la discriminación es intrínsecamente abominable, y si además la practica alguien que es o ha podido ser víctima de ella, resulta, además, sorprendente, por decir algo. Si esta explicación no es suficiente, me retracto de lo escrito y ofrezco sin más reparos una amplia disculpa a Ilvaita y a todos los lectores, beréberes o no.

28.8.08

Notas de viaje / I

Cárcel de La Santé, París

1.Para entrar en el espacio Schengen uno debe demostrar que no tiene la menor necesidad de ir a Europa ni un asomo de pretensión de permanecer allí: las autoridades migratorias de cualquiera de los países de la Unión pueden exigir al viajero los siguientes documentos: a) boleto de regreso; b) seguro médico y de gastos de repatriación (40 euros por tres semanas); c) un mínimo de 50 euros por cada día de estancia y d) reservación pagada de un hotel o acta de ofrecimiento de hospedaje por parte de un ciudadano europeo que cuente con vivienda propia, tenga en ella el espacio suficiente y esté al corriente en el pago de sus impuestos; todo ello, debidamente certificado por el ayuntamiento local a un costo --en el caso de París-- de 35 euros por persona. Las embajadas de Estados Unidos en los países pobres exigen, como requisito indispensable para conceder una visa, el tránsito por versiones benignas de Guantánamo (colas interminables, humillaciones de toda suerte, interrogatorios parapoliciales) y los Estados de la Europa unitaria van por ese camino.

O sea que los jodidos de la Tierra nos vamos quedando sin más remedio que permanecer anclados en nuestros lugares de origen, mientras a nuestro alrededor se desarrolla un tráfico vertiginoso de mercancías, turistas, funcionarios y hombres de negocios. Por ahora, si uno desembarca en la porción occidental del viejo continente por vía aérea y no en una lancha precaria, es improbable que el policía de migración demande el desembolso de uno o de todos los documentos arriba mencionados; el albur viene siendo semejante a conducir sin licencia, pero con consecuencias mucho más desagradables: siete días han permanecido enjaulados en el nefasto Aeropuerto de Barajas algunos viajeros latinoamericanos inocentes de todo delito (más de 300 de ellos, mexicanos), en un limbo jurídico de plena indefensión, a la espera de que a los burócratas españoles les dé la gana ponerlos en un vuelo a sus países de origen. Por su parte, Clara y el firmante llegan a Orly, con los requisitos en regla y listos a aplacar posibles malos humores de uno de esos defensores de Francia que acechan, en uniformes azules, en los mostradores de la policía. Nos toca uno cuyos rasgos, para nada galos, me hacen pensar: “Esto faltaba en mi currículum: ser discriminado por un beréber”. Pero no: el hombre está cansado, o bien quiere ser amable, o ambas cosas, o ninguna. Ojea con desgano nuestros pasaportes, los hace pasar por la lectora de datos y nos los devuelve con una mirada inexpresiva y una expresión terminante: “C’est tout”. Entramos a Francia.

Aquí la policía suele cazar inmigrantes irregulares a la salida de las escuelas primarias a la hora en que terminan las clases. Si un padre o una madre no pueden mostrar la documentación que les es requerida, paf, hay deportación inmediata y su crío se queda en el plantel hasta que las autoridades escolares den con un familiar que pueda recogerlo. Han ocurrido centenares de casos, me contará después Natalie, cuando estamos ya lejos del alcance del agente que nos atendió en Orly. Ante esta práctica, los papás sin papeles han optado por pedir a los que sí los tienen que recojan a los niños. Por eso, a la salida de las escuelas, en los barrios de inmigrantes, hay señoras que se llevan seis o diez alumnos, como si estuvieran en oferta. Ahora es verano y hay muchas ofertas en los almacenes que aún permanecen abiertos, pero como hay vacaciones, no puedo ir a ver con mis propios ojos la recogida de niños en los planteles escolares.

2. Los dogmas del que escribe le habían prohibido acercarse a menos de un kilómetro a la Torre Eiffel, emblema universal del turismo: el sitio más visitado en el país más visitado del mundo, según datos de 2004, y la tendencia sigue; el año pasado, casi siete millones de almas fueron a la torre en busca de la inmortalidad instantánea; cuando termine el presente, serán más de 240 millones de personas las que lo hayan saludado de bulto. En esta ocasión, sin embargo, el cronista hubo de ceder a las presiones filiales y acudió, en olor de humildad, a los pies de la torre. Los prejuicios se debilitan conforme se aproxima a la mole grácil y se derrumban cuando, con un reflejo de fisgón impenitente, se mete entre sus piernas y mira hacia arriba. Las diez mil toneladas de hierro están proyectadas y ensambladas de tal forma que le dan la textura del encaje, y ello refuerza la erótica del monumento. Roland Barthes: “Mirada, objeto, símbolo, la torre es todo lo que el hombre pone en ella, y ese todo es infinito. Espectáculo observado y observante, edificio inútil e irremplazable, mundo familiar y símbolo heroico, testigo de un siglo y monumento siempre nuevo, objeto inimitable y reproducido sin cesar, es el signo puro, abierto a todos los tiempos, a todas las imágenes y a todos los sentidos, la metáfora sin freno; por medio de la torre, los hombres ejercen esa gran función del imaginario, que es su libertad.”

3. La antonimia arquitectónica (y de todo orden) de la Torre Eiffel es la prisión de La Santé, construida en 1867; tras el cierre del depósito de condenados de La Grande Roquette, devino la cárcel más célebre de París, como en el XVIII lo había sido La Bastilla. Al internarse por sus corredores de infierno de baja intensidad, uno rinde homenaje en silencio al poeta Apollinaire, al novelista Victor Serge y al pintor Alén Diviš, quienes figuran entre los huéspedes ilustres de este recinto. También pasaron por las celdas de La Santé, entre otros, el primogénito de Mitterrand, Jean-Christophe, por una venta clandestina de armas a Angola; el nazi Maurice Papon, condenado por crímenes de guerra; el actor Samy Naceri, carne de escándalos y pleitos; el criminal Jacques Mesrine, quien ostentó el título de enemigo público número uno y uno de los pocos que ha logrado (con su compinche François Besse) escapar de aquí; el gran músico argelino Cheb Mami, maltratador de mujeres; el yuppie Jérôme Kerviel, a quien se atribuye el fraude más cuantioso en la historia de las bolsas de valores (4 mil 820 millones de euros); el independentista corso Yvan Colonna, a quien Sarkozy detesta de manera personal y encarnizada, y el terrorista Ilich Ramírez Sánchez. Pero el prisionero más célebre de La Santé es Arsène Lupin, quien no existió nunca.

Se ingresa a La Santé por diversos motivos. En mi caso, no hubo delito ni sentencia de por medio, sino una invitación generosa de Chantal Magdeleinat, siquiatra del hospital de Sainte-Anne asignada al servicio médico de la prisión. El pabellón siquiátrico, situado en la planta alta de una de las cuatro alas del edificio, es, figúrense, el espacio más amable del recinto, con talleres de marionetas, tai-chi, música y pintura. Un buen dato es que el personal médico de las cárceles francesas depende no del Ministerio de Justicia, responsable de los penales del país, sino del de Salud, y que las determinaciones clínicas son de cumplimiento obligatorio para las autoridades penitenciarias. La corrupción se limita a la introducción de drogas y los privilegios son casi inexistentes, por más que exista una zona VIP en donde se separa a los famosos de los anónimos. En cambio, no existe el derecho a la visita conyugal y los procesados deben pasar 22 horas al día en celdas individuales. Le pregunto a mi anfitriona cómo son en Francia las cárceles de alta seguridad. “Fueron abolidas”, me responde, y pregunta a su vez: “¿Y cómo son en México?” --Como La Santé.

En las primeras décadas del siglo pasado se organizaban decapitaciones públicas en el Boulevard Arago, contiguo a la cárcel, pero tales espectáculos fueron prohibidos en 1939, con lo que la guillotina fue instalada en el patio de honor del edificio, en donde tuvo una carrera muy productiva. Durante la ocupación alemana, en La Santé no sólo se descabezó a delincuentes, sino también a 18 comunistas e integrantes de la Resistencia. Más tarde, entre 1958 y 1960, la República Francesa les cortó el pescuezo allí mismo a varios combatientes del Frente de Liberación Nacional argelino.

19.8.08

Teléfono descompuesto


Wikipedia: “Tras la muerte del Papa, el prefecto de Roma ordenó a Lorenzo que entregara las riquezas de la Iglesia. Lorenzo entonces pidió tres días para poder recolectarlas, pero trabajó para distribuir la mayor cantidad posible de propiedades a los pobres, para prevenir que fueran arrebatadas por el prefecto. Al tercer día, compareció ante el prefecto, y le presentó a éste los pobres, los discapacitados, los ciegos, a los leprosos, y a los menesterosos, y le dijo que ésos eran los verdaderos tesoros de la Iglesia. El prefecto entonces le dijo : ‘Osas burlarte de Roma y del Emperador,y padecerás. Pero no creas que morirás en un instante, lo harás lentamente y soportando el mayor dolor de tu vida’. Según la leyenda, Lorenzo fue quemado vivo en una hoguera, concretamente en una parrilla, cerca del campo de Verano en Roma. Se dice que mandó, en su sufrimiento, que lo voltearan, para asarse bien; y antes de exhalar, exclamó: ‘la carne ya está asada, pueden comer ya’.”

Hace unos días, al pie del monasterio de San Lorenzo del Escorial, Hugo Gutiérrez Vega me declamó una copla popular mexicana, previa advertencia sobre la inexactitud de corte antisemita (en realidad, el pobre hombre fue achicharrado por los romanos) consignada en ella:

San Lorenzo, en la parrilla,
les gritaba a los judíos:
“¡Echen más leña, cabrones,
que tengo los huevos fríos!”

3.7.08

Chinos en Fusang

El llamado "Mapa Zheng", fechado en 1763, es una supuesta copia de otro muy anterior, que dataría de 1418, y que probaría la llegada del explorador chino Zheng He a tierras americanas muchas décadas antes que Colón

El salto de Zhenli Ye Gon al escenario de las noticias, con sus 205 millones de dólares, sus 18 millones de pesos y sus quién sabe cuántos euros (la policía nunca tuvo muy clara la cantidad de billetes que se pegó en las manos de sus muchachos) hizo presente el racismo y la xenofobia que anida entre nosotros y que fue, en buena hora, reconocida por casi todo el mundo. Y es que la primera reacción de la opinión pública no fue de condena al presunto narcotraficante, sino de repudio al chino, por más que fuese tan ciudadano mexicano como José Córdoba Montoya, Carlos Ahumada y Juan Camilo Mouriño, por poner tres ejemplos. El cerro de billetes hallado el 15 de marzo de 2007 en la casa de Sierra Madre 515 y lo que siguió —la revelación de la propuesta “coopelas o cuello”, dada a conocer por el protagonista del escándalo— fue una suerte de actualización de El complot mongol (1969) del recordado Rafael Bernal.

Zhenli no fue, por supuesto, el primer oriental que sufrió discriminación en México, discriminación que en las primeras décadas del siglo pasado dejó montones de cadáveres en diversas ciudades del norte del país. Vamos a ello.





Según don Gustavo Vargas Martínez, que en paz descanse, en el año 412 de esta era un monje budista de nombre Fa Hsien o Hui Shen (dinastía Jin del Este) encabezó una expedición que partió del norte de China, cruzó el Estrecho de Bering, pisó Alaska y atravesó buena parte de Norteamérica hasta llegar a los sitios donde hoy se ubican Monterrey y Acapulco. El explorador asiático dejó marcado el segundo de esos lugares con un monolito en el que se esculpieron tres caracteres chinos: Yeh, Pai Ti, cuyo significado se desconoce. Pocos siglos después, el historiador Yao Shi-chien, de la dinastía Tang, hizo referencia a un país llamado Fu Shan o Fusang, y describió una civilización semejante a las mesoamericanas. Extraigo esos datos curiosos del trabajo Los chinos en Hispanoamérica, de Diego L. Chou (Cuadernos de Ciencias Sociales N° 124, Flacso, San José Costa Rica, 2002) y los consigno aquí porque de algún modo hay que empezar. Pero la llegada de población asiática a México en tiempos históricos está realmente documentada a partir del siglo XVI, cuando, tras la Conquista, se estableció una ruta de la seda de Acapulco a Manila y de allí a diversos puertos del sudeste asiático. La llamada Nao de la China fue, al parecer, un vínculo que trascendió los meros intercambios mercantiles y que permitió contagios culturales y flujos migratorios entre las dos orillas del Pacífico, de manera que antes de 1600 ha se había establecido en la vieja Tenochtitlan un barrio chino. Presumiblemente, en esa primera marea humana, compuesta también por personas de nacionalidad coreana y vietnamita, llegaron esclavas, comerciantes, aventureros, sastres, carpinteros, albañiles, herreros, orfebres, marinos, peluqueros y mano de obra para las minas de plata, a decir de la misma fuente, y en 1635 el cabildo de la Ciudad de México registró un reclamo de los peluqueros españoles porque los locales mejor ubicados estaban en manos de sus colegas chinos.

El gentilicio “chino” se convirtió en la denominación de una casta, y no precisamente de las favorecidas: cruzas de mulato con india, dicen algunos, o de india y salta atrás —que era a su vez negro nacido en familia blanca—, sostienen otros; “china” podía referirse a la integrante femenina de cualquier pareja de las clases bajas. Sin embargo, los asiáticos no aparecen entre los componentes básicos de las mezclas conocidas como castas, toda vez que éstas se formaban con diversas combinaciones de descendientes de peninsulares, indígenas y negros.

La segunda oleada migratoria de asiáticos al país (o la tercera, si consideramos la travesía originaria por un Bering congelado) tiene lugar en la segunda mitad del XIX. Empezó concretamente en 1864, con el traslado a México de un pequeño grupo de chinos procedentes de Estados Unidos que trabajaron, aquí, en los ferrocarriles México-El Paso y posteriormente se asentaron en la capital, en Tijuana, en Mexicali, en Monterrey y en Chihuahua y se dedicaron al comercio, la pequeña industria o la agricultura. El gobierno golpista instaurado por Porfirio Díaz en 1876 promovió la llegada de trabajadores orientales al país, y en 1882 nuestros vecinos del norte vivieron uno de sus periodos de histeria antiinmigrante, lo que favoreció el arribo de más chinos a México. Eran, en su gran mayoría, obreros casi esclavos traficados en condiciones bestiales hacia destinos de hambre en las minas, los ferrocarriles y la agricultura.

En los últimos meses del siglo una misión de observación enviada por el gobierno de Pekín constató que sólo el 10 o 20 por ciento de los chinos en México se dedicaban al comercio, en tanto que los restantes eran obreros o empleados domésticos. A raíz de las observaciones giradas, China decidió establecer relaciones diplomáticas con nuestro país con el propósito de dar protección a sus súbditos (Tratado de Amistad y Comercio del 14 de diciembre de 1899). Entre 1902 y 1921 tuvo lugar el auge de la migración: entre 40 mil y 50 mil trabajadores asiáticos llegaron al país entre esos años, e incluso se fundaron dos empresas de transporte marítimo para traerlos. Unos tres mil fueron a Oaxaca para construir carreteras, 14 mil se emplearon en las minas de cobre de Sonora y en el tramo del Pacífico Sur del ferrocarril, y otros siete mil hallaron trabajo en las plantaciones algodoneras de Mexicali.

Hacia las postrimerías del porfiriato algunos inmigrantes asiáticos habían prosperado lo suficiente como para monopolizar el comercio en Sonora y en Sinaloa. En sus establecimientos empleaban únicamente a sus paisanos y en el norte del país establecieron entre ellos mismos una próspera red de producción, compra, suministro y distribución de mercancías. Es posible que el desplazamiento de comerciantes y trabajadores mexicanos explique en parte el violento racismo antichino que afloró a partir de 1910. “El relativo éxito de la colonia china se convirtió, para ciertos sectores nacionalistas de las sociedades norteñas, en el objeto sobre el cual podía descargar la inconformidad, el odio, la frustración y la envidia contenidas”, escribe Jorge Gómez Izquierdo. El año de inicio del movimiento revolucionario 16 chinos fueron asesinados por odio racial y al año siguiente, en Torreón, la entrada de las tropas maderistas fue acompañada por una masacre de cientos de asiáticos. Fue uno de los episodios más vergonzosos de nuestra historia, y el jueves entrante platicamos de eso.

2.7.08

Corrido de Las Adelitas

Estreno en el Buzón Ciudadano, sábado 28 de junio de 2008
Música de Anthar
Interpretación de Anthar, Margarita, Mireya, Misael, Berenice




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