29.4.97
Tim sobre nosotros
La primera vez que oí hablar de Timothy Leary fue en un hospital. Un compañero mío de escuela consiguió una pastilla de ácido lisérgico, la disolvió en agua destilada y se inyectó el licuado resultante en una vena del brazo. Fue un error: los grumos milimétricos de aquella mezcla le taponearon el sistema circulatorio en toda la extremidad y hubo que amputársela a partir de la axila. En la sala de espera del nosocomio, la madre de mi condiscípulo, que era una mujer joven y progresista, se mesaba los cabellos y musitaba con odio: "¡Pinche Timothy Leary!''
Me pareció --y me sigue pareciendo-- que la acusación implícita en aquel desahogo era tan improcedente como lo sería echarle la culpa de los suicidios con arma de fuego a los remotos inventores de la pólvora. No he vuelto a saber nada de aquella señora, pero, si es constante en los rencores, seguramente no le agradará enterarse que los restos de quien consideraba como el responsable de la mutilación de su vástago, ahora pasan por encima de ella cada noventa minutos.
Leary, el antiguo profesor de Harvard y profeta de la contracultura, el curtidor de masas encefálicas en los años sesenta, el tardío promotor de la cibercultura, murió apaciblemente el 31 de mayo del año pasado en su casa de Benedict Canyon, reconfortado por celebridades del rock tatuadas hasta los párpados y en medio de una habitación repleta de tanques de oxígeno, computadoras multimedia, productos de quimioterapia, flores, cigarrillos, drogas, carteles sicodélicos y botellas de whisky. A decir de su hijo, que las escuchó, las últimas palabras del gurú septuagenario fueron: "Why not?''
La madre de mi compañero de escuela no fue la única en odiarlo. El presidente Nixon lo calificó como el peor enemigo de la sociedad estadunidense, y expresó de esa forma el masivo rechazo que causaron las prácticas, los inventos y las posturas del Doctor Tim. Pero un sector incuantificable le guardará agradecimiento eterno por sus proverbiales actitudes antiautoritarias y libertarias y sus exhortaciones a la libertad interior, además de la invención de una vinagreta para el cerebro que, en nuestros días de drogas inteligentes y diseñadas a la medida, parece penosamente rústica.
Tal vez como expresión de ese agradecimiento, algunos de sus admiradores lograron que el Doctor Tim, o un pedazo de él, permanezca entre nosotros, o más bien sobre nosotros. La semana pasada, siete gramos de cenizas de Timothy Leary, envueltas en un contenedor del tamaño de un lápiz labial, fueron lanzados al espacio.
Leary no viajó solo. En ese primer funeral metaterrestre iban también Gene Roddenberry, creador de la serie Star Trek, así como los de 22 fanáticos de la astronáutica. Todos ellos vieron cumplido, aunque en forma póstuma y fragmentaria, su deseo de viajar al espacio.
El método es ciertamente más primitivo y tosco, pero mucho más seguro, que el empleado por los seguidores de La Puerta del Cielo, quienes en marzo pasado, en San Diego, decidieron brincar al cometa Hale Bopp con el impulso del fenobarbital. Quede, dicho sea de paso, constancia de la diversificación y proliferación actuales de tecnologías para subir al Firmamento, cuando hace años los únicos medios de transporte conocidos eran una vida libre de pecado o bien una escalera grande y otra chiquita, dependiendo de si se leía la Biblia o se cantaba la Bamba.
La que hizo posible esta maravilla fue la empresa estadunidense Celestis, que consiguió rentar un pequeño espacio de carga útil en la operación de lanzamiento de un satélite espía del ejército español. El viaje dio comienzo en una base militar de Gran Canaria, en donde los cyberpunks y hippies, gringos se unieron a los militares españoles en la celebración del éxito de la misión y en las bendiciones para sus respectivos pasajeros.
Del satélite no ha vuelto a saberse, y con razón, porque su tarea es secreta. En cuanto a los 24 muertos pioneros, están orbitando en torno a la Tierra y cada 90 minutos pasan sobre nuestras cabezas, a decir del gerente de Celestis. Seguirán en esa rutina durante un lapso de entre 18 meses y diez años, al cabo del cual regresarán, atraídos por la gravedad terrestre. Entonces los pequeños relicarios entrarán a la atmósfera, arderán, y si es de noche, tal vez puedan observarse unas pequeñas estrellas fugaces. Después, serán cenizas de cenizas. ¿Tendrán sentido?
22.4.97
En las fronteras de China
Las primeras tropas de la República Popular China ingresaron ayer, sin armas, al territorio de Hong Kong. Cuarenta efectivos bien educados del Ejército Popular de Liberación, bajo el mando de un general que viajaba en un Audi negro, llegaron a hospedarse al cuartel Príncipe de Wales, en el próspero enclave que el 30 de junio volverá a la soberanía china.
No hubo grandes ceremonias, pero tampoco expresiones significativas de oposición o repudio. La mayor parte de los habitantes de Hong Kong parecen haberse convencido de que, con tal de incorporar la vasta economía del enclave a la del resto del país, el régimen de Pekín está dispuesto a todo, incluso a respetar los derechos humanos y las libertades políticas.
Mientras en ese rincón asiático los preparativos anticlimáticos de la reabsorción nacional y la superación casi indolora de las lesiones del colonialismo y la Guerra Fría se desarrollan sin novedad, en la Península de Corea no parece haber salida para una división nacional y una guerra que, dentro de tres años, serán cosa de siglo pasado.
"En los cinco años transcurridos desde que fue electo mariscal de la República Democrática y Popular de Corea, el secretario Kim Jong Il ha modelado al Ejército del Pueblo de Corea de acuerdo con la Idea Zuche. El Ejército sigue el ejemplo de las nobles virtudes del presidente Kim Il Sung. El secretario Kim Jong Il es un increíble estratega militar y un comandante brillante y resuelto, como lo era el Presidente''.
Esta es la clase de despachos que difunde, vía Internet, la agencia noticiosa oficial de Corea del Norte, KCNA. También recuerda que hace una semana se celebró en todo el mundo el 85 aniversario del Querido Presidente Kim Il Sung, que la propuesta norcoreana de reunificación fue muy bien recibida por el Partido de la Unión y el Progreso de Guinea y que, gracias a la Declaración "Defendámonos y avancemos en la causa del socialismo'', emitida hace cinco años en Pyongyang, y a la cual se han adherido 235 partidos en todo el planeta, los pueblos del mundo avanzan resueltamente hacia el comunismo, en una lucha dinámica, internacionalista y solidaria.
Pero algunos de los soldados de Kim Jong Il estacionados en la margen del río Yalu, en la frontera con China, hacen gestos hacia el país vecino en demanda de comida, y los camioneros que llegan a la localidad fronteriza de Dandong, en el lado chino, cuentan historias de horror sobre niños que caen muertos a causa del hambre. En cosa de cinco años (1992-1997), en Corea del Norte la dotación diaria de calorías pasó de las 2 mil 834 a las 700 y en ese mismo lapso el PIB ha venido cayendo en forma sostenida a una taza del 4 o 5 por ciento.
Los despachos de la KCNA no mencionan que en los contactos entre Pyongyang, Seúl y Washington, los representantes norcoreanos se niegan a hablar de la normalización de relaciones en la Península mientras no llegue a su país ayuda alimentaria. Algo así como una fórmula de "paz por comida''. La agencia oficial tampoco habla del masivo cargamento de anfetaminas recientemente descubierto en Japón a bordo de un barco norcoreano, y que según todos los indicios era un intento desesperado por conseguir divisas por parte del gobierno de Kim Jong Il.
Es difícil encontrar en el mundo un régimen más disociado que el de este príncipe comunista, y no es de extrañar que el gobierno de Washington se muera de la curiosidad por conocer lo que pasa por "el corazón y la cabeza de la dirigencia norcoreana'', como lo expresó el secretario de Defensa, William Cohen, a propósito de su impaciencia por interrogar al desertor de altos vuelos Hwang Jang-yop, quien se refugió en febrero en la embajada de Seúl en Pekín.
Curiosamente, el propio gobierno estadunidense se ha comportado con singular incoherencia ante los casos de Pyongyang y La Habana. Mientras que los círculos de poder de Washington se mantienen decididos a asfixiar a la población cubana con el reforzado embargo, se apresuraron en cambio a donar 50 mil toneladas de maíz --15 millones de dólares-- a un país que, según ellos, los amenaza con armas atómicas.
Corea del Norte, el último huérfano de Stalin y, después de Kampuchea, la más horrenda aleación de despotismo oriental y materialismo histórico, parece condenada a reventar de hambre y de soledad, y ningún país, organización o individuo, está en capacidad de ayudar al régimen lunático del secretario Kim Jong Il a procurarse una muerte suave y rápida.
15.4.97
¿Hay vida en Europa?
Esta pregunta no es una forma irónica de aludir a lo aburrida y previsible que resulta, a decir de algunos, la existencia en el Viejo Continente. Me refiero en cambio a las fotos de la superficie de uno de los satélites jovianos que el vehículo espacial Galileo tomó el 20 de febrero y que fueron dadas a conocer la semana pasada por la NASA. Para los profanos tales imágenes serían una sólida prueba de que en ese lejano mundo no sólo hay vida, sino también autopistas. Pero los expertos dicen que esa maraña de líneas que se intersectan y se dividen es la superficie rota de un mar congelado. Las que a ojo de buen cubero parecen vías rápidas son, en realidad, fracturas superficiales en esos hielos eternos.
Bajo la helada cáscara de Europa, dicen los especialistas, puede existir un ambiente acaso calentado por una actividad ¿geotérmica o eurotérmica?, en el cual la vida podría ser posible. En el fondo de ese océano (el primero que descubren los humanos desde los tiempos de Vasco Núñez de Balboa), en las bocas de algunos géiseres inciertos, pudo haberse generado un entorno líquido --"tibio y nutritivo como la orina de un diabético'', decía Philip José Farmer-- semejante al caldo madre que cobijó las primeras células terrestres. Dos datos robustecen la hipótesis: el descubrimiento por el telescopio Hubble de una tenue y volátil atmósfera con trazas de oxígeno, y la existencia en Io, el satélite vecino, de una virulenta actividad volcánica que, en las fotos del Galileo, hace aparecer a este cuerpo celeste como una toronja podrida que cuelga del firmamento.
Es difícil imaginar a los hipotéticos europanos (para distinguirlos de algún modo de los europeos) como algo más que protozoarios o, en el mejor de los mundos posibles, como atunes que se fríen y se congelan sucesivamente, conforme se acercan o se alejan del fondo y de la superficie de su mundo. Pero, para quienes deploramos la soledad de la vida terrestre, los auspiciosos indicios en contrario que nos envía el pájaro de la NASA resultan esperanzadores, como lo son las elucubraciones en torno al meteorito polar que, a decir de los sabios, podría contener trazas de microbios nacidos en Marte.
Tal vez he dicho cosas falsas o inexactas. Es una lástima que últimamente Julieta Fierro esté tan silenciosa en estas páginas, porque ella podría hablarnos de estos temas con atingencia profesional. En todo caso, al parecer no falta mucho para que sepamos de una vez por todas si la vida es una excentricidad de nuestro planeta o una constante del universo. Si lo primero es verdad, tendremos la certeza de estar acompañados, así sea por criaturas remotas y primitivas. Si es lo segundo, habremos de apechugar con nuestra condición solitaria. Con cualquiera de esas respuestas en la mano tendríamos al menos un argumento para invocar la sensatez de quienes, en esta tercera pelota del Sistema Solar, se empeñan en destruir la vida por diversos medios: por ejemplo, los exterminadores de especies y de pueblos, los partidarios de la pena de muerte, los promotores de la guerra, los hambreadores, los escuadroneros, los torturadores, los que prefieren vestir un sudario casto antes que ponerse un condón gozoso y los que, exasperados por su propia incapacidad para erradicar la pobreza, optan por erradicar a los pobres. Entre otros.
Tal vez sea una esperanza tan tenue como la atmósfera de Europa. Pero acaso sea posible, si la vida resulta ser una epidemia cósmica inevitable, que sus enemigos terrestres se convenzan de la inutilidad de sus empeños. Si, por el contrario, es una rareza o una singularidad irrepetible, tal vez se decidan a tratarla con más respeto.
8.4.97
Idioma vivo y de todos
A mi hermano Juan Pablo
En 1975 se celebró el 300 aniversario de la Academia Mexicana de la Lengua. Entonces, un académico al que quise mucho presentó una ponencia en la que alertaba sobre el riesgo de que, vista la vocación de fracaso de los proyectos de integración y cooperación cultural entre países hispanohablantes, nuestro idioma acabara corriendo la misma suerte que el latín, el maya y otras lenguas madres que terminaron fragmentadas en pueblos de hablares mutuamente inentendibles. Proponía entonces que las academias de la lengua dejaran de ser los centros de taxidermia que siempre han sido y asumieran un papel más activo en la preservación de la unidad idiomática de latinoamericanos y peninsulares. Aunque por entonces la globalización no había transitado todavía de las páginas de McLuhan al habla cotidiana, a pesar de que el autor de esa ponencia fue el académico por quien más cariño he sentido en mi vida, y a contrapelo del respeto que le debía porque se trataba de mi señor padre, discrepé de su advertencia.
En esos años, y desde antes, ocurrían en Latinoamérica los ires y venires de un país a otro de los exiliados, además de fenómenos culturales continentales como, maldita sea, las telenovelas y las canciones de protesta. Siete lustros antes, el contagio de la Península había sido reavivado por el "río español de sangre roja'' que atravesó el Atlántico huyendo de Franco.
Ahora que celebra su Primer Congreso en Zacatecas, la lengua española ha superado definitivamente los riesgos del aislamiento, la fragmentación y la muerte por partenogénesis.
Esta buena noticia no se la debemos a nuestra consolidación como un universo cultural definido sino, en buena medida, al descubrimiento de un vastísimo mercado en el entorno idiomático español. Los hispanohablantes conformamos una teleaudiencia formidable, un horizonte apetecible para las industrias editorial, cinematográfica y turística, y hasta para los fabricantes de hornos de microondas, quienes pueden distribuir el mismo instructivo de operación en casi 30 países distintos.
La chamba que jamás realizaron la Real Academia y sus correspondientes latinoamericanas la hacen ahora Microsoft (¿o no se ha vuelto el diccionario de su programa Word, polémico y todo, un punto de referencia mucho más exitoso y recurrido que el tumbaburros académico?), Televisa, Selecciones del Reader's Digest, Univisión, el Festival OTI y otras muchas entidades de corte empresarial, sin excluir a los cárteles del narco (ilegales, pero empresas al fin) que, como un subproducto menos pernicioso que su mercancía, ponen en mutuo contacto a los acentos andinos con los modismos del Bajío y a éstos con los distintos colores --caribeños, mexicanos, centroamericanos-- del spanglish. Y sin excluir los todavía balbuceos en español de Internet y sus enlaces oceánicos.
No dudo que estas encarnaciones modernas y españolas de la Vulgata dejan mucho que desear si se les juzga desde un punto de vista académico. Ya sea que se apeguen a sus particularidades vernáculas o que, peor aún, intenten expresarse en una inexistente versión "internacional'' y neutra del español (otra vez los empeños de Microsoft), conductores, conductoras y actrices de televisión y locutores de radio, programadores y redactores de servicios orientados al cliente, hoteleros, impartidores de "seminarios de excelencia'' y tratantes internacionales de blancas, machacan y destazan sin piedad nuestro idioma.
Pero no habría que perder de vista que los antiguos habitantes de la Península destazaron y machacaron el dialecto castellano, le incrustaron sus propios vocablos iberos y celtas, le clavaron las jotas árabes y le limaron la dureza consonante hasta convertirlo en su idioma. Un maceramiento similar experimentó el idioma cuando los sobrevivientes americanos de la Conquista lo adoptaron a condición de transformarlo, deformarlo, enriquecerlo y contaminarlo con ahuautles, jaguares, huracanes y tomates, con bucaramangas, cochabambas, citlaltépetls y potonchanes.
No habría que olvidar que el español vive de su propia destrucción, que el desgaste de su uso cotidiano es condición de su permanencia y que su resurrección milagrosa, su recomposición, ocurre cada vez que un taxista defeño le grita "¡chinga tu madre!'' a un prójimo poco considerado, lo mismo que cuando una monja puertorriqueña empieza su día con un "padre nue'tro qu'e'tas en lo' cielo''' o cuando un yuppie chileno se pone a hablar de "método organizacional y valores aspiracionales''. La lengua lo aguanta y lo asimila todo, hasta sus propias pérdidas. El idioma español no va a dejar de serlo porque alguien le agregue los verbos "bootear'', "faxear'' o "escanear'', porque le coloquen una troca en donde antes iba un camión, y ni siquiera porque de aquí a unas décadas pierda la eñe, aunque esta posibilidad sea particularmente dolorosa para los peninsulares, quienes sufrirían la mutilación ortográfica en el nombre de su país y en su gentilicio.
En forma mucho más palpable que el mercado, nuestro idioma se autorregula, de manera admirable, de acuerdo con la voluntad soberana y el gusto de sus hablantes. No importa que la Real Academia lo siga momificando, que la publicidad lo siga emputeciendo, que los ejecutivos y tecnócratas lo llenen de barbarismos y neologismos o que el vulgo, la raza, la broza, lo destruya todos los días y a toda hora. El español es tan generoso, tan flexible y tan incluyente, que sigue comunicando hasta cuando lo hablan o lo escriben quienes no saben hablar ni escribir, como es el caso de legiones de políticos, periodistas y académicos de éste y del otro lado del océano.
1.4.97
Migración al cielo
En un barrio ricachón de San Diego, en vísperas de Pascua, cuatro decenas de ángeles abandonaron este mundo. Al parecer ahora van rumbo al Sol en la nave furtiva que viaja en la cola del cometa Hale-Bopp y que, junto con éste, se dirigirá después a los confines helados del Sistema Solar. Cocinaron sus pases de abordar con una mezcla de vodka y fenobarbital, endulzada con budín de manzana, y se calaron en la cabeza unos a otros bolsas de plástico. El abordaje debió ser incómodo, pero ahora los treinta y nueve han de estar felices y bien atendidos por azafatas extraterrestres. Tal vez les sirvan cookies inmateriales y les pongan Internet en cada asiento para que el viaje sea menos tedioso. Acaso nos hagan un gesto de adiós mientras miran con agradecimiento, desde las claraboyas del navío estelar, el planeta azul que les dio cobijo por un tiempo.
No nos es dable saber a dónde se dirigen, ni si llegarán a su destino. Sólo cabe respetar su decisión, esperar que hayan tenido razón y desearles buen viaje. No volveremos a verlos, tanto si se quedan en las profundidades cósmicas como si regresan, dentro de cuatro mil años, en el mismo objeto celeste en cuya cauda viajan ahora. Menos aún si no llegan más allá de las planchas forenses, como piensan muchos, aunque yo prefiero imaginarlos eufóricos y felices, pensando en la tornavuelta solar hacia Plutón. En cambio, quienes no quisimos o no pudimos abordar ese navío --por desidia, por pusilanimidad, por convicción o porque no nos enteramos de la oportunidad--, tendríamos que sopesar los rastros que dejaron estos seres celestiales: 39 cadáveres muy compuestos y apacibles, una página en Internet y algunas dudas.
Lo primero es asunto de la policía del condado. Lo segundo, incomprensible: quienes quieran ver la prueba de descargo, en http://www.heavensgate.com encontrarán una página de gusto dudoso, con plastas de colores apastelados, a guisa de logotipo, sobre un fondo de titilantes estrellas azules, rojas, verdes y amarillas. Luego, un larguísimo texto inspirado en juegos de rol y en novelas de ciencia ficción y espada y hechicería, justo el tipo de literatura apetecible para los prepubertos que un día, cuando lleguen a la juventud plena, serán nerds. Se explica ahí que la especie humana es un estatuto provisional entre la animalidad y los ángeles y que, si le echas ganas, si te abstienes y domeñas tus impulsos sexuales, tal vez logres graduarte de espíritu celeste una vez que partas de este mundo. También se afirma que el suicidio no es el atajo más recomendable pero que quién sabe, que acaso en algunas circunstancias no quede de otra.
Ojalá que tales aseveraciones sean un objeto verbal hermético que guarde, en su fondo secreto, algún mensaje inteligente, un razonamiento sólido que fundamente la ingesta del vodka con fenobarbital. Pero por más que busco significados ocultos, sólo veo las estrellitas que titilan en el fondo de unos párrafos tontos compuestos en helvética.
Aunque no hay en la página electrónica huellas del fenobarbital y las bolsas de plástico, temo que un saldo de la ascensión colectiva de San Diego sea una nueva campaña de satanización de la pobre Red de Redes. Ya dijeron que es la culpable de que la pornografía llegue a los jardines de niños. Ya le achacaron que los terroristas surgen del ciberespacio y que los narcos lavan dinero por correo electrónico. Ahora sólo falta que algún senador republicano culpe a Internet de los suicidios en masa.
Los ángeles que partieron dejaron tras de sí alguna paradoja, como el contraste entre los cadáveres tranquilos del Rancho Santa Fe y los de los refugiados albaneses ahogados cuando el barco en que pretendían huir de su destazado país chocó con un buque de guerra. Para esos fugitivos no había más lujo en este mundo que seguir vivos. El nivel de vida, la preparación y las oportunidades laborales que tenían los ángeles de San Diego habrían sido, a sus ojos, algo parecido al Cielo. Unos, en su afán de seguir viviendo, y acaso de ponerse unos jeans de marca o tener acceso a una pizza a domicilio y una videocasetera, abordan barcos o balsas que se hunden en el Caribe o en el Adriático, cruzan a nado el Río Bravo o se internan por desiertos calcinantes, se enfrentan a la migra.
En el corazón de Europa, hasta hace unos años, saltaban el Muro de Berlín en medio de una lluvia de balas de Kalashnikov. Pero entre quienes tienen ya asegurada la pizza, la videocasetera y los jeans, disfrutan de trabajo seguro y bien remunerado y de una residencia con alberca y cancha de tenis, algunos se asquean de la animalidad de la existencia humana sobre la Tierra y deciden ir a probar suerte en las profundidades celestiales. No es fácil de entender. Que tengan suerte unos y otros.
25.3.97
El viacrucis de la paz
El otro día un soldado jordano enloquecido mató a balazos a siete niñas israelíes que visitaban un punto fronterizo. Luego un mesero palestino forrado de dinamita se hizo estallar en un concurrido café de Jerusalén y se llevó consigo a varios parroquianos. Una jornada de violencia dejó 111 heridos, entre palestinos y soldados israelíes. Como en los tiempos de la Intifada --que parecían idos para siempre-- las fuerzas armadas de Tel Aviv han vuelto a disparar contra los niños que les arrojan piedras.
Tal vez los aficionados a la numerología encuentren significados ocultos tras la ocurrencia del 7 y del 111 en Tierra Santa: en estos tiempos se puede ser baladí sin temor a la excomunión e incluso sin mucho riesgo de hacer el ridículo. El gusto por pensar a partir de cantidades y la vanalización de la muerte hacen posible que otra clase de esotéricos, los gobernantes de Occidente, elaboren cartabones para definir cuántos septetos de adolescentes, niñas y niños mártires --israelíes o palestinos-- se requieren para que el Consejo de Seguridad de la ONU le ponga un alto al empecinamiento de los terroristas palestinos y de los gobernantes de Israel, extrañamente aliados en el objetivo de incendiar la zona.
No hay que conocer el número total de los Nombres de Dios ni la cifra de universos que existen para ponderar la soledad de Netanyahu y Clinton en Naciones Unidas: contra Tel Aviv y Washington, ciento treinta países condenaron el designio israelí de seguir implantando enclaves habitacionales judíos en las tierras ajenas de Al Qods y de seguir sembrando, de esa forma, nuevos motivos de discordia en las generaciones futuras de ambos pueblos.
Para quienes no somos iniciados en los misterios de Hermes Trimegisto el mensaje más importante que entregan estos números --muertos, heridos, votos, residencias usurpadoras-- es el ambiente de confrontación que ha puesto en severo peligro a un proceso de pacificación entrañable y emblemático: en Medio Oriente se utilizaron desde los mitos bíblicos hasta las armas químicas para alimentar una guerra que parecía interminable y que se ramificaba a una decena de países. Si los pueblos de Arafat y de Rabin, tan enconados en su confrontación, fueron capaces de cambiar los tanques y las piedras por la mesa de negociaciones, aquello era un augurio positivo para todo conflicto regional, binacional, religioso o étnico. Si Shimon Peres era capaz de imaginar un "triángulo fértil'' formado por Israel y dos de sus hasta entonces enemigos --Palestina y Jordania-, sería posible concebir, como capital de ese triángulo, a una Jerusalén plural y abierta a la convivencia, una reencarnación, para el tercer milenio, del Toledo y el Andalus que los reyes católicos destruyeron en el siglo XV.
Pero, cuando uno de los pueblos del Libro está a punto de conmemorar su sacrificio fundacional --y no es cosa de revivir la necia polémica de quiénes fueron los responsables de que el Hijo del Carpintero acabara clavado en la cruz: si sus propios compatriotas judíos o los ocupantes romanos-- la paz en esa tierra parece dirigirse, también, al Monte Calvario.
18.3.97
Capricho de Estado
No me causa ningún orgullo el reconocerme como parte de un gravísimo problema de salud pública, ni pretendo mortificar a Anna ni sacar de sus casillas a Arnoldo Kraus y a César Meza, quienes se preocupan por mi salud y sistemáticamente me recuerdan los peligros de mi adicción. Constato, únicamente, que si hasta ahora no represento una amenaza para la seguridad nacional de ningún país ni estoy involucrado en la corrupción, si no tengo nada que ver con el mundo de las cárceles, los juzgados y las planchas del forense, ello se debe, en buena medida, a que a ningún legislador delirante se le ha ocurrido hasta ahora prohibir la producción, el comercio y el consumo de tabaco.
Desde el mirador de la nicotina, modesta pero no menos letal, me asomo a los infiernos terrestres de quienes se debaten en las relaciones peligrosas con otras sustancias y veo los efectos dañinos de una adicción multiplicados, además, por el mundo sórdido y criminal en el que han sido colocadas la mariguana, la cocaína, la heroína y otras. Constato que la prohibición no ha resuelto ni aligerado para ningún adicto la carga de su mal, y que el número de enamorados de alguna de las sustancias incluidas en la nómina del veto legal va en aumento en casi todas partes.
Mientras tanto, a los originales problemas de salud pública ha habido que agregar un fenómeno de delincuencia internacional que destruye muchas más vidas que las que se pierden por efecto de las adicciones, que emponzoña las relaciones internacionales, que corrompe gobiernos y dependencias, destruye famas públicas que parecían de acero inoxidable, distorsiona la economía y las finanzas y obliga a construir cárceles con un empeño que los gobiernos bien harían en consagrar a la edificación de viviendas, escuelas y hospitales.
La prohibición ha transformado lo que podría ser una actividad comercial legal y baladí (como lo es la del alcohol y la del tabaco) en un monstruo indomable capaz de reemplazar en cuestión de semanas todas las cabezas que le sean amputadas y contra el cual toda entidad gubernamental, desde un juzgado municipal de Paraguay hasta el ejército de Estados Unidos, tienen la guerra perdida de antemano. Hemos llegado, en materia de drogas, a un punto en que la razón de Estado ha perdido toda relación con el sentido común y la sensatez y se ha convertido en un capricho de Estado.
Tal vez esta postura irracional sea sólo aparente. Lo sepan o no, los prohibicionistas están actuando a favor de los intereses del narco. Recientemente Bill Clinton dijo que esta rama económica genera ganancias por 50 mil millones de dólares en Estados Unidos. Fuentes más serias y confiables que el presidente señalan magnitudes de entre 300 mil y 500 mil millones de dólares. Independientemente de quien tenga la razón, es claro que esos volúmenes de dinero no ingresarían a las finanzas y a las economías del mundo si no existiera la prohibición.
La lógica obliga a sospechar que existe una relación inversa, es decir, que las actividades del narco benefician a los prohibicionistas. Si los copiosos dólares sucios son capaces de comprar a policías, jueces, comisionados antidrogas y ministros de Defensa, no tiene porqué haber impedimento para que logren corromper también a los celosos guardianes de la salud ajena que, en los órganos legislativos, los medios y los puestos públicos, rechazan tajantemente cualquier posibilidad de legalización o, cuando menos, de un cambio radical en las políticas oficiales de combate a la drogadicción y al narcotráfico. Y en el caso de los representantes y senadores que hacen vibrar al Capitolio con sus airadas argumentaciones sobre la necesidad de defender a los niños de la amenaza de los enervantes, es válido sospechar que algunos de ellos en realidad están defendiendo sus propios bolsillos.
Me alarma la posibilidad de que estos personajes decidan un día de éstos, por convicciones morales totalitarias o por intereses económicos inconfesables, rescatarme de mí mismo y de mis debilidades. Si se prohibiera su uso, el tabaco sería muchísimo más caro de lo que cuesta actualmente, y para obtenerlo yo me vería obligado a relacionarme con gente sórdida que se quedaría con una buena parte de mis ingresos. Sé que mi adicción, aunque modesta, tiene consecuencias mortales, pero prefiero seguir empeñándome en vencerla por mis propios medios, sin que la policía, los juzgados o la Fuerza Aérea pretendan salvarme de la ruina.
11.3.97
La corrupción global
Pronto será tiempo de recordar con nostalgia los modestos sobornos al policía del crucero y otros rasgos pintorescos de nuestras entrañables corrupciones nacionales, ésas que parecían nacer de las idiosincrasias y de la identidad. El establecimiento de redes financieras y comerciales que cubren el planeta y la obsesiva desregulación emprendida por la mayoría de los gobiernos desde el principio de la década pasada han hecho posible el desarrollo de una corrupción multinacional, globalizada y yuppie, orientada por consideraciones estratégicas y experta en los manejos del paraíso fiscal y del módem.
En las investigaciones de malos manejos financieros, de episodios criminales, de irregularidades en el financiamiento de partidos políticos, de organizaciones de la droga --es decir, en esa punta del iceberg de la corrupción mundial-- aparecen, cada vez con mayor frecuencia, maniobras y complicidades de rango internacional. Es cada vez más raro que las arborescencias de los desfalcos y los desvíos respeten las fronteras nacionales de los países donde se originan. Y cuando ocurre así, los miembros del jet set delictivo sonríen con desprecio ante la chapucería de sus colegas provincianos. Ya ni los estadunidenses, con todo y sus genes aislacionistas, son capaces de enjuagar trapos sucios en el lavadero de su casa, como lo demostraron el escándalo del Teherangate, y los más recientes de Clinton con hombres de negocios asiáticos.
Los grandes negocios sucios conforman, crecientemente, una red de vasos comunicantes que, por supuesto, no empieza ni termina en las naciones atrasadas de Asia, África y Latinoamérica y que lo mismo puede enlazar a Viena con Asunción o El Vaticano con Lagos, Nigeria. Al reproducir y comentar el esclarecedor índice de corrupción elaborado por Transparency International, Jean Meyer señalaba el viernes pasado, en estas páginas, que las empresas transnacionales pueden comportarse de maneras distintas en sus países de origen y en otras naciones.
Por lo demás, las estructuras gubernamentales de Italia, España y Francia, a juzgar por los escándalos revelados en años recientes, están corroídas por dineros sucios, favores prostituidos y fortunas inexplicables (véase la reveladora llamada de atención hecha en octubre del año pasado en Ginebra por siete jueces europeos (--Proceso, 9 de marzo-- sobre la resistencia de las clases políticas del Viejo Continente a tomar medidas eficaces contra la corrupción, así como el tamaño que los magistrados le asignan al fenómeno). En Japón son casi cíclicas las revelaciones sobre vínculos entre el gobierno y las mafias. La apacible Suiza ha perdido su imagen de relojería de lujo y añosa bóveda de seguridad; hoy, en cambio, se sabe que es una de las cloacas donde se atesoran los fondos delictivos procedentes por igual de países ricos que de naciones pobres.
La alta delincuencia globalizada se desenvuelve necesariamente entre consejos de administración y ministerios, entre Mercedes Benz y mancuernillas de oro. Para acceder a sus misterios es preciso ser de buena cuna o llegar, después de una guerra implacable --"superación personal'', que le llaman-- a la posición en que resulta indoloro el precio de los boletos de avión de primera clase o el ticket de estacionamiento del jet privado.
Advenedizos y enriquecidos de último minuto, favor de abstenerse: para tener amigos entre los banqueros de las Bahamas, las islas Caimán o Luxemburgo, gestionar contratos millonarios con el gobierno, obtener fondos ilegítimos para el partido o tramitar la amnesia del fisco y las aduanas, no basta con traer una pluma Mont Blanc en el bolsillo o mantener en el refrigerador tres kilos de langosta y unas botellas de Veuve de Clicqot, y ni siquiera llenarle de putas caras el cuarto de hotel a algún destacado funcionario extranjero. La clase de posición que se requiere para cerrar tales operaciones nace, necesariamente, en el seno del poder político y económico.
4.3.97
Mariguana sin humo
Alguna vez, en su ya lejana campaña presidencial de 1992, William Clinton aseguró que en su juventud había fumado mariguana sin inhalar el humo. Muchos pensaron entonces que una conducta tan inconsecuente resultaba poco verosímil y que aquel alegato de inocencia, o de culpabilidad circunscrita a las afueras de la tráquea, era falso de necesidad, incluso si provenía de un político protestante educado en la abominación de la mentira. Hoy, después de las muchas inconsecuencias que se le han visto al antiguo pacheco de baja intensidad, hoy presidente de Estados Unidos, habría que darle mayor crédito a su versión y suponer que, después de todo, sí pudo ser capaz de una acción tan rara.
Pocos días antes del reparto de estrellitas en la frente a los gobiernos latinoamericanos --el de Colombia fue, una vez más, el niño reprobado--, Clinton nos ofreció una muestra adicional de conducta incoherente, y ésta también relacionada con las drogas: su programa federal antinarcóticos para la próxima década. Según éste, durante el próximo año fiscal --que empieza en octubre-- Washington destinará 16 mil millones de dólares en erradicar la producción y el comercio de enervantes, así como su consumo por parte de 12 millones de estadunidenses, una tercera parte de los cuales --en cifras del propio Clinton-- está compuesta por adictos.
Si los mandos políticos de Washington atendieran a las razones de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de la ONU --la cual señaló ayer que la avidez del mercado estadunidense es la base del problema--, tendría que destinar la totalidad de su presupuesto antidrogas a convencer, curar, sicoanalizar, consolar, sobornar, disuadir o entretener con hobbies menos perniciosos a sus consumidores. Habría, así, buenas posibilidades de reducir de manera drástica el consumo y, por ende, la producción y el trasiego (lo cual, a su vez, minimizaría el poder de los cárteles). A un costo hipotético de 2 mil dólares por alma, con menos de la mitad de los 16 mil millones se podría someter a tratamiento de desintoxicación a los 3.6 millones de adictos estadunidenses. Pero Clinton y los suyos están empeñados en hacer las cosas a balazos y en meter la nariz en otros países, y en esa línea de acción no hay presupuesto que alcance.
El mandatario dice que el volumen de negocios del narco es de 50 mil millones de dólares anuales; demos por buena la cifra. En un contexto económico y cultural regido por el libre mercado, donde en última instancia el que paga manda, tenga o no la ley de su parte, 50 mil millones compran más conciencias, dependencias y armas de grueso calibre que 16 mil millones.
Ciertamente, no todo el presupuesto antidrogas se va a ir en balas y radares contra los narcos: hay que descontar lo que se destine, entre otros rubros, a campañas publicitarias del tipo "di no a las drogas'', a reforzar la vigilancia de la frontera con México, los litorales y el espacio aéreo, y a financiar la sustitución de los cultivos de coca en Sudamérica.
En esta lógica, el presupuesto es insuficiente por donde se le vea. Grosso modo, y siguiendo los números de Clinton, los fundamentos del Mal --ese negocio de 50 mil millones de dólares-- son las 207 mil hectáreas sembradas de coca que hay en Sudamérica. Cosechado, refinado y puesto en Estados Unidos, el producto de cada hectárea valdría entonces casi un cuarto de millón. Aun concediendo que la pasta básica de coca aportara sólo el uno por ciento del valor de la cocaína y que el 99 por ciento restante de ese precio fuera el valor agregado por el procesamiento y el trasiego, el rendimiento por hectárea sería de 2 mil 500 dólares. Pero si alguien cree que las inversiones previstas en el plan --cerca de 400 dólares por hectárea, en el caso de Perú--, probablemente esté, a diferencia del joven Clinton, tragándose el humo de la mota.
El plan antinarcóticos de Estados Unidos logrará, a lo más, introducir una tendencia alcista en el precio de calle de la droga --en la medida en que los narcos cargarán a los consumidores finales el costo de enfrentar mayores riesgos--, pero es muy improbable que consiga erradicar --y ni siquiera disminuir en forma significativa-- la producción, el tráfico y el consumo de enervantes en el continente, y eso tiene que saberlo el gobierno de Washington. Visto de esa forma, el programa en su conjunto es un autoengaño, o una propuesta hipócrita o incoherente y, en todo caso, un acto tan bobo como darse un toque sin aspirar el humo.
25.2.97
Efecto cocaína
Hace un par de años el Efecto tequila puso en situación delicada a los fanáticos a ultranza de la globalización financiera. Ahora, el descubrimiento de las actividades en las que el general Jesús Gutiérrez Rebollo empleaba su tiempo libre motivará sin duda algunas preguntas sobre la pertinencia de una coordinación multinacional demasiado estrecha en materia de combate a la delincuencia y sobre los axiomas sobre los que ha venido desarrollándose la lucha contra las drogas.
A pesar del trago amargo, no deja de tener gracia el que Estados Unidos haya puesto algunos (¿pocos? ¿muchos?) de sus secretos de inteligencia policial en manos de un señor que acaso los entregó, a su vez, a una gorda corporación delictiva. Y no es que se desee el triunfo de los capos de Tijuana sobre los sheriffes de Washington. Simplemente, después de muchos años de una guerra que en América Latina sólo ha dejado violencia, muerte, corrupción y deterioro institucional, reconforta que le haya tocado al fin a la Casa Blanca preocuparse un poquito por los efectos que esa batalla está teniendo en su propia seguridad nacional.
Ahora la estridencia del gobierno estadunidense puede hacer que la afectación de sus aparatos policiales y de inteligencia por la narcocorrupción que tiene lugar en otro país parezca únicamente un asunto bilateral.
Pero si además de intercambiar información con la DEA, el INCD de Gutiérrez Rebollo tuvo tratos similares con organismos policiales de otras naciones latinoamericanas (¿Colombia? ¿Panamá?), acaso el episodio tenga consecuencias negativas también en el ámbito multinacional de la lucha contra las drogas. Estaríamos en presencia de algo así como el Efecto cocaína.
El caso es que Estados Unidos ha sido el principal promotor en el continente de la globalización en materia de inteligencia, cooperación militar y combate a las drogas. Para bien o para mal --casi siempre para mal-- las principales iniciativas en esta línea han sido formuladas por Washington. De esta forma, América Latina se ha visto involucrada a regañadientes en esquemas de cooperación antidrogas que colocan el grueso de la guerra --y de la responsabilidad-- en sus propios países: pese a todo, y a un precio altísimo, la descertificada policía colombiana mató a balazos a Pablo Escobar y metió a la cárcel a los Rodríguez Orejuela, en tanto que las instituciones mexicanas capturaron al Chapo Guzmán, le echaron el guante a Juan García Ábrego y al Güero Palma; en cambio, en Estados Unidos, los muchachos de la DEA y los cientos de corporaciones policiales estatales y municipales no son capaces de aprehender más que a jóvenes pandilleros y a pobres diablos de gabardina que venden gramos al menudeo.
No hace mucho, un funcionario de Washington contó el cuento de hadas de que en territorio estadunidense no hay capos y que la distribución de la droga es, allá, asunto exclusivo de microempresarios. Pero es poco probable que los vendedores callejeros, casi siempre jóvenes negros, que comparecen año con año en las cortes de Estados Unidos por vender cantidades homeopáticas de cocaína y crack sean, en conjunto, los responsables de esa salutífera inyección de cientos de miles de millones de dólares que, provenientes del comercio ilícito, reciben Wall Street y el sistema financiero internacional.
La palabra clave es prohibición, la única manera de lograr que unas sustancias abundantes y de producción fácil alcancen precios astronómicos y cuyo comercio pueda, de esa forma, convertirse en una actividad económica de importancia equiparable a la industria petrolera internacional o a la venta de armas.
Quedan por descubrir las cadenas de transmisión entre los intereses del lavado de narcodólares y la moralina galopante de representantes y senadores que se rasgan la corbata al pie del Capitolio cada vez que se menciona la legalización de la droga como única vía para devolverla a su ámbito natural, el de un problema de salud pública, y acabar con la pesadilla política, policiaca y social en que han derivado las estrategias prohibicionistas.
Algún día tendrá que admitirse que son precisamente tales estrategias las que crean los escenarios propicios para que las bandas acumulen enormes poderes y para el surgimiento de los muchos Gutiérrez Rebollo que seguramente existen en otras naciones de América Latina y, por descontado, también en Estados Unidos.
18.2.97
Pobre la Francia, si supiera
Si tú, bárbaro --uruguayo, chino, neozelandés o mexicano--, eres víctima de un asalto en plena calle y acudes a quejarte a la Prefectura de Policía, lo más probable es que te manden, con cajas destempladas, a tu embajada respectiva. Y si tal ocurre en el París cosmopolita, ¿qué cabe esperar en Toulon, cuya alcaldía está ya en manos de los fóbicos de Le Pen? ¿Que te acusen, tal vez de intrigar contra la Patria, en el supuesto de que los ladrones sean franceses?
Hace poco la Asamblea Nacional aprobó una ley que obliga a todo ciudadano que albergue en su casa a un extranjero a informar de ello a la Policía. Hace mucho que la misma Policía es la encargada de llevar los trámites migratorios: si quieres una extensión de tu visa o si deseas cambiar de domicilio, vas a la Prefectura, el sitio más crudo de un Estado que incluye también Matignon, el Louvre, las Tullerías, El Eliseo y La Sorbona; el sitio en donde la apuesta civilizatoria de Francia se reduce a macanas y uniformes, armas de reglamento, sospechas y huellas dactilares.
A'i la llevas, Francia. Cuando empieza a cobrar cuerpo la más ambiciosa apuesta de convivencia multinacional, en cuya construcción los franceses, queriéndolo o no, depositaron una buena porción de su energía, y cuando la Europa sin fronteras y sin pasaportes comienza a volverse algo más que un sueño disparatado, la mayoría oficialista le da la razón al chovinismo y a la xenofobia.
Pobre la Francia. Si supiera qué clase de porvenir insípido y monocorde le espera sin sus árabes, sin sus negros, sin sus judíos, sin sus rusos, sin sus polacos, sin sus armenios y sin sus vietnamitas.
Toda tierra de refugio establece con sus refugiados --económicos, políticos, culturales-- un trato mutuamente provechoso. Para darse cuenta de ello, basta con realizar el mínimo ejercicio de imaginar a Estados Unidos sin Robert de Niro, sin Madonna, sin Madeleine Albright, sin Mario Molina (y sin otra veintena de premios Nobel, incluido Henry Kissinger), sin Herbert Marcuse, sin Noam Chomsky, sin Francis Fukuyama y hasta sin Lorena Bobbit, y a una economía estadunidense desprovista del vital impulso competitivo que le otorgan las bajas percepciones de los trabajadores mexicanos.
De la misma manera, una Francia sin inmigrantes sería una Francia sin Chopin, sin Picasso, sin Ionesco, sin Gurdjieff, sin Greimas, sin Heredia, sin Arrabal, sin Kieslowsky, sin Brel ni Moustaki, sin Maalouf y sin Touré Kunda, entre muchísimos otros, es decir, una Francia social y culturalmente irreconocible.
"¡Ah, pero los empleos...!''
Tal vez con la legislación antinmigrante se logre abatir ligeramente la tasa de desempleo que afecta a los ciudadanos franceses. De todos modos, los trabajadores provenientes de países de la Unión Europea con mayor paro que Francia --España y Portugal, en primer lugar--, esos que no tendrán que ser registrados ante la Policía como si fueran armas de fuego o animales peligrosos, seguirán ocupando puestos de trabajo que los franceses no desean, y el desempleo va a quedarse más o menos igual. En cambio, se ha lesionado, acaso de manera irremediable, la condición de Francia como tierra de asilo, el crisol cultural y social, la tierra de los intercambios, las contaminaciones y los contagios, el ritmo sonoro de las ciudades, la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Pobre la Francia. Si supiera.
11.2.97
Tiempos de carnaval
En este febrero pagano de carrozas alegóricas y tetas al aire, no pocas mascaradas encontrarán inspiración en los episodios fatuos de la vida política latinoamericana. Así retribuyen las altas esferas lo mucho que tomaron prestado de las carnestolendas y que ha traído nuevos aires a las instituciones.
En parlamentos, presidencias y procuradurías se vive un periodo intensamente literario --Fuentes dixit-- en el cual el subcontinente asiste al reencuentro de la política y la novela de folletón o el melodrama. Quienes las escuchamos no habríamos imaginado toda la profundidad de las palabras del malogrado Ignacio Cabrujas cuando, una semana antes de morirse, dijo en México que la telenovela es un género propio y exclusivo de América Latina, el único que somos capaces de producir y consumir masivamente en estas naciones y en el cual nos asomamos al espejo.
Nuestras clases políticas parecen haber hallado, por fin, el discreto encanto de la narrativa; con 97 años de retraso el estilo de su hablar está saliendo de los mármoles decimonónicos e ingresando al coloquialismo con más rapidez que la del tránsito de nuestras economías al mercado global; la truculencia se vuelve recurso de gobierno; se ejerce el mando a punta de revelaciones abracadabrantes, sabiamente administradas para conjugar la respiración en vilo del respetable con los latidos de la economía; las videntes y los consejeros espirituales pululan en las nuevas cortes; gracias a ellos, los funcionarios ya no buscan inscribir sus nombres y sus periodos en la Historia, sino en la Era de Acuario.
A diferencia de los antiguos tiranos de la primera mitad del siglo, que resultaban humorísticos y pintorescos sin proponérselo, nuestros nuevos gobernantes tienen la conciencia posmoderna de su necesaria función histriónica porque gobernar es, entre otras cosas, entretener. Nunca como ahora había sido tan fácil para los medios el convertir las secuelas de los juicios políticos o judiciales en episodios que concentran una enorme tensión dramática (sobre todo al final) y obligan a no perderse el próximo capítulo.
Las tecnocracias gobernantes han abandonado su grisura tradicional para incursionar en el happening (véase la creatividad de Bucaram, que organizó el espectáculo de su propia caída para contrarrestar el aburrimiento de los ecuatorianos), el performance y (como en El Encanto) la instalación. Las hazañas administrativas no tienen porqué presentarse únicamente en filas y columnas de números insípidos.
Qué paradoja: mientras más se consolida y uniforma la ortodoxia neoliberal, mientras más se oficializa la nueva religión de Estado (la penitencia salarial, el libre albedrío de los precios, los pecados capitales del déficit fiscal, la inflación, el populismo y los subsidios, exceptuando aquéllos destinados a la especulación), mientras más cala la solemnidad inamovible del realismo financiero, mayor el desenfado y la originalidad con la que se exhibe la administración pública: es claro que el sentido del ridículo, la sensación de oso, el temor al pancho, son obstáculos que deben ser removidos en la perspectiva de dar rienda suelta a las potencias creadoras.
No está nada mal eso de soltarse el pelo con la misma determinación con la que se aprieta el gasto público. Gracias a ello, en esta temporada carnavalera las dependencias públicas de América Latina podrán participar en los desfiles con sus propias carrozas alegóricas (y es que el escarnio popular pierde su sentido cuando los gobernantes practican, en forma preventiva, el autoescarnio). Siempre y cuando, claro está, se concesione a la empresa privada la organización del evento, porque ya se sabe que el Estado no tiene capacidad para administrar y, para colmo, carece de sentido del humor.
4.2.97
La hermandad de los aviones
Curiosa en verdad es la propuesta de Estados Unidos para conformar una fuerza aérea continental. Curiosa porque la aviación militar del país vecino y las de las naciones latinoamericanas no tienen en común más que la crisis vocacional por la que atraviesan en estos tiempos.
La United States Air Force es la flota aérea más poderosa del mundo. Organizada para enfrentar y derrotar a los aviones soviéticos, armada con bombarderos nucleares y aviones de ataque a tierra invisibles al radar, equipada con aparatos interceptores capaces de detectar y destruir, mientras vuelan dos veces más rápidos que el sonido, una bicicleta cualquiera que se pasee treinta kilómetros por debajo, lista para convertir silos nucleares en bolas de fuego, la fuerza aérea estadunidense enfrenta, ciertamente, un severo problema existencial. Ya el hecho de que la única misión de importancia que conoció en los últimos años fuera el bombardeo de las posiciones terrestres de los aterrorizados soldados de Irak resultó una suerte de anticlímax para los miles de guerreros del aire originalmente entrenados para medir sus alas con los MiGs de última generación.
Los pilotos de la USAF han avanzado en las situaciones embarazosas. Su buena puntería quedó de manifiesto cuando aplastaron a varios kurdos iraquíes a los que pretendían auxiliar con el lanzamiento de paquetes de ayuda humanitaria. Y para qué hablar de Somalia, en donde algunos lugareños derribaron un par de helicópteros estadunidenses y se desayunaron a sus tripulantes.
Últimamente, para colmo, se propone destinar a estos ángeles de tecnología de punta a perseguir las avionetas y los jets comerciales que utilizan los narcotraficantes para llevar toneladas de felicidad artificial a las tierras del pay de manzana, y para ello se les pide que confraternicen con sus primos pobres del continente, los cuales tenían en mente misiones muy distintas.
La generalidad de las fuerzas aéreas de Latinoamérica se consolidó en torno a dos objetivos: por una parte, como instrumentos de disuasión en los no siempre potenciales escenarios bélicos surgidos de las añejas rivalidades vecinales que se interponen entre Chile y Argentina, entre Argentina y Brasil, entre Ecuador y Perú, entre Colombia y Venezuela, entre Guatemala y El Salvador, entre otras; por la otra, rociar el napalm que sobró de la guerra de Vietnam sobre bosques y selvas con fines de contrainsurgencia. Ambas circunstancias, la del combate a las guerrillas y la de los conflictos bilaterales, se han ido desdibujando en forma persistente.
Por desgracia o por fortuna, con excepción de la aviación cubana --que es harina de otro costal--, y a pesar de los pocos escuadrones de aviones modernos de que disponen Brasil, Perú, Venezuela, Ecuador y Argentina, las fuerzas aéreas latinoamericanas son de pacotilla. En la década pasada la aviación militar más poderosa de la región fue lanzada a la aventura de las Malvinas, en donde los Mirage, los Skyhawk y los más modestos Pucará fueron derrotados y diezmados por un puñado de aviones Harrier de despegue vertical armados con misiles de última generación. Hoy se ha ensanchado notablemente esa brecha tecnológica entre los mejores medios aéreos de una potencia media del Cono Sur y los de un imperio de segunda como Gran Bretaña.
Pero hasta los aviones militares más humildes y anticuados resultan excesivos para interceptar los vuelos de los narcos, no sólo por los costos de mantenimiento y operación sino, muy especialmente, porque ello significaría un grave riesgo para la aeronavegación civil. Mandar al cielo a las fuerzas aéreas --conjuntas o por separado-- lleva, casi obligadamente, a vetar el espacio aéreo correspondiente a los vuelos comerciales y privados. Cuando hay ambiente de persecución y guerra en el aire, las confusiones son tan fáciles y frecuentes que todo aparato militar que se respete debe llevar a bordo un dispositivo de identificación (IFF) que emite señales electrónicas codificadas para evitar que los pilotos amigos lo derriben por accidente. Y en esas circunstancias los propios gringos pueden ser muy brutos, como lo demostraron en el Golfo Pérsico (antes de la guerra), cuando un barco de guerra de la US Navy destruyó, por error, a un jet de la línea aérea iraní repleto de pasajeros.
Si se trata de combatir la drogadicción y el narcotráfico, el gobierno de Washington tendría un campo de operaciones más importante en las escuelas y los hogares de su propio país que en las bases aéreas y los cielos de América Latina.
En lo que nos concierne, ninguna amenaza sobre los cielos del continente podría justificar la asimétrica alianza que propone Estados Unidos. ¿De qué o de quién tendríamos que defendernos como para uncir nuestras viejas avionetas artilladas a los formidables cazas estadunidenses? ¿No será acaso que la McDonell-Douglas, la General Dynamics, la Northrop y la Grumann necesitan colocar en algún mercado sus mercancías excedentes? Si es así, debiera resultar claro que en América Latina lo último que nos hace falta son los productos de la moda aeronáutica o la asesoría de los ángeles guerreros para colocar un misil antirradiación en un punto preciso. Requerimos, más bien, de aviones y avionetas y helicópteros civiles y desarmados que comuniquen poblaciones, que aligeren el peso de la construcción de infraestructura y que apliquen sus alas, sus reactores y sus hélices, en el combate a la marginación, el aislamiento y la pobreza.
5.11.96
EU: aburrición y comicios
Una regla básica de las telenovelas que me enseñó Alberto Barrera es que cuando aparece la felicidad se acaba la historia. Ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que Francis Fukuyama partió del mismo principio, aunque al parecer no tomó en cuenta las diferencias que deben existir entre la población del mundo y la audiencia de un melodrama televisado: en la segunda hay claros consensos sobre la ubicación del bien y del mal, pero la primera difícilmente puede compartir una misma definición de lo que es la dicha. Así, lo que en Alberto es sabiduría de un oficio, en Francis es pura intoxicación ideológica e ignorante arrogancia de la pluralidad humana.
Lo anterior viene a cuento porque la campaña electoral de este año en Estados Unidos, una vez despojada de programas, plataformas y confrontaciones de fondo, se convirtió en un espectáculo televisivo en el cual los dos candidatos principales han venido interpretándose a sí mismos en una aburrida saga cuyo final conoce todo el mundo. Cuando la política real desaparece queda la actuación; los debates entre Clinton y Dole fueron duelos verbales reposados y cordiales que bien pudieron haber transcurrido frente a una chimenea y entre copas de cognac, como corresponde a las pláticas entre rivales civilizados.
A pesar de que es un poquito mentiroso y algo coqueto, Clinton tiene más madera de ídolo que Dole, quien, por cierto, ni siquiera llega a encarnar al malo: es simplemente un pobre anciano que se ve obligado a madrugar y a desvelarse más de la cuenta, a teñirse el pelo y a hacerse el payaso para implorar el sufragio del prójimo.
Con semejante construcción de personajes, la telenovela Casa Blanca 96 tenía que resultar fallida. Si en las elecciones de hoy estuviera en juego la vida de alguien, si se estuviera votando en un referéndum la realización de un trasplante de hígado o si por lo menos el candidato republicano pretendiera el amor de Hillary, la tercera protagonista en el guión, tal vez se abultaría el rating de electores de este martes.
En esta ocasión, la tragedia, la intriga y el suspenso han quedado fuera del libreto. En los capítulos de este drama electoral que está a punto de terminar no se aborda, por ejemplo, el destino inmediato del negro que se llena los pulmones con humo de crack, no se menciona a los íngrimos jubilados que sobreviven en departamentos ruinosos alimentándose con comida de gato, ni se hace referencia a la cacería cotidiana de los indocumentados y sus cachorros que tiene lugar en los territorios estadunidenses en los que esta especie ha sido declarada plaga nacional, a pesar de sus sustanciales aportes a la economía.
Tampoco se toca el tema de los miles y miles de ciudadanos solitarios que ahogan su depresión en viajes sedentarios de diez mil calorías por hora frente a un televisor cualquiera, desde el cual dos rivales caballerosos se reprochan sus respectivos niveles de colesterol y con base en ellos se descalifican mutuamente para ocupar la Presidencia del país más poderoso y, por ahora, el más aburrido del planeta.
1.10.96
El enésimo incendio
Un mediodía de octubre de 1993, no lejos del hotel Al Shahar y de la Casa de Oriente, en Al Qods, vi pasar por la calle a un grupo bullicioso de niñas palestinas que salían de la escuela. Inadvertidamente, una de ellas dejó caer una plana de cuaderno con una escritura a lápiz, aún vacilante, pero ya marcada por los eternos amoríos entre la gente árabe y la expresión caligráfica. Recogí esa página de cuaderno, que hasta la fecha guardo, como un talismán auspicioso de la paz. En ese entonces estaba todavía fresca la tinta de los acuerdos de septiembre entre Rabin y Arafat, y sus respectivos pueblos estaban viviendo experiencias nuevas a razón de diez por día. En Ramala y Jericó, los militantes de la OLP, que a los 25 años eran ya curtidos veteranos, no lograban superar el asombro cuando los efectivos regulares israelíes llegaban a buscarlos, no para llevarlos a una prisión remota, sino para establecer con ellos los primeros contactos de trabajo. Y en medio de ese aire nuevo, las colegialas palestinas, que habían vivido la mitad de su vida en la Intifada y que conocían de memoria el picor de los gases lacrimógenos tanto como las tablas de multiplicar, caminaban con seguridad y aplomo por las calles de su pequeño mundo. Por ellas, por el contraste de olores, de sonidos y de ambientes, me di cuenta cabal de que el este de Jerusalén es una ciudad distinta por derecho propio y con nombre propio. Jerusalén y Al Qods comparten sólo la blancura de las piedras, y aunque se encuentran en el mismo perímetro urbano, son tan diferentes la una de la otra como San Diego y Tijuana.
Hoy, el señor Netanyahu nos ha hecho el favor de provocar el enésimo incendio en esas tierras, y tal vez el nombre de la niña que, en octubre de 1993 dejó tirada una hoja de su cuaderno escolar en los alrededores de la Casa de Oriente, se encuentre en la lista de bajas civiles.
Los actos implacables de los dirigentes israelíes contra la paz pueden parecer el fruto de la estupidez y la soberbia, pero no lo son: son, por el contrario, el resultado de un designio largamente estudiado en los años en que el Likud andaba en la oposición. Todo judío sabe que una profanación extraña de los sitios sagrados y del lugar de los muertos propios es una provocación intolerable, como lo sería que un gobierno cualquiera excavara un túnel "arqueológico'' bajo Auschwitz o bajo el Muro de las Lamentaciones. No: el empecinamiento en hurgar el subsuelo palestino tenía como propósito echar a perder un proceso de paz que el gobierno israelí, y los sectores que lo sostienen, consideran incompatible con su propio integrismo.
Netanyahu hizo carrera maltratando a los delegados palestinos y mostrándose inflexible en las negociaciones que iniciaron en Madrid después de la Guerra del Golfo. Una vez en el gobierno, las actitudes de Netanyahu obligan a recordar a esos jóvenes nacidos en Nueva York y cuya falta de identidad los convierte, una vez llegados a Israel, en un mecanismo fanático calibre nueve milímetros, en combinaciones desérticas de rambo y de rabino, en yuppies talmúdicos antes dispuestos a matar que a comprender. Cómo no recordar, ante los actos de gobierno de Netanyahu, a los niños tontos que, en sus ratos libres, abren fuego contra los feligreses de las mezquitas o asesinan a Yitzhak Rabin.
Por desgracia, este espíritu bárbaro tiene hoy la mayoría en el Knesset. Mientras que del lado palestino los promotores del martirio islámico y de la guerra santa se encuentran --hasta ahora, y tal vez no por mucho tiempo-- marginados, el gobierno de Israel está en manos de quienes no quieren ver, por las calles de Jerusalén y sus confines, a niños palestinos yendo o viniendo de la escuela, sino a jóvenes tirando piedras y a mártires de la dinamita preparando atentados.
Vendrán tiempos mejores. Hoy, el peor insulto que puede proferirse a los sepultureros de la paz es conservar, intactas y compartidas, dos admiraciones: al tesón laborioso de los judíos, que en dos décadas construyeron un Estado nacional --una tarea que a los pueblos europeos les llevó siglos-- y a la resistencia sin límites de los palestinos, que durante sesenta años han resistido a lo indecible, se han negado a desaparecer como pueblo y han empezado a edificar, en medio de la adversidad, su propio país. Yo conservo, además, como signo de que la paz es posible, la hoja de un cuaderno escolar con caracteres árabes escritos a lápiz, y espero que a todos los Netanyahus y todos los Abu Nidales del mundo se les malogre su propósito de truncar el camino difícil de esa caligrafía, y espero que aquella colegiala, que un mediodía del otoño de 1993 perdió una página de su cuaderno en los alrededores del hotel Al Shahar, haya salido sana y salva de este incendio, y que pueda crecer para llegar a adulta y escribir con tinta, y con trazos más seguros, la historia de la convivencia pacífica entre su Al Qods palestina y la Jerusalén de los judíos.
20.8.96
Dole y la nada
Si todavía queda alguna sensatez en este mundo, la campaña republicana está muerta: Robert Dole y su compañero de fórmula no tienen nada que ofrecer ante un Clinton que, a fin de cuentas, ha demostrado que es razonablemente capaz de administrar la pausada y discreta declinación de la presencia estadunidense en el mundo.
Para que los republicanos pudieran hacer algo con su programa de destino manifiesto, Estados Unidos tendría que estar afrontando serios peligros domésticos o graves riesgos planetarios. Pero ni unos ni otros están a la vista. Adentro la economía marcha en forma decorosa y afuera no hay nadie que cuestione seriamente el liderazgo estadunidense. A falta de algo mejor, Saddam Hussein, el último gran enemigo de Washington, tuvo que ser sintetizado en los laboratorios de los medios de información y la oportunidad de ejercer la fuerza bélica se agotó en unas semanas infames allá por 1991.
De entonces a la fecha, el planeta, salvo películas, no ha producido nada que pueda seriamente ser considerado como una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos: los serbios no pueden amagar más que a los bosnios, Corea del Norte es una ruina humana y económica, Irán está encerrado y feliz en su medioevo islámico, los gobiernos de Siria y Libia viven de proferir bravatas evidentes y las tribus que se exterminan unas a otras en Africa sólo son un peligro para sí mismas.
El discurso paranoico de los republicanos se enfrenta con una realidad aburrida y amarga: los rivales de consideración de Estados Unidos lo son en el terreno económico (Europa y Asia), en el que Washington está obligado a observar las reglas de la competencia, en tanto que los enemigos contra los cuales se pretende ejercer métodos "bélicos'' (narcotraficantes y trabajadores indocumentados que invaden el territorio estadunidense sin más armas que las piernas) son de tan poca monta que el poder coercitivo aplicable no es militar, sino policiaco: hoy, el FBI y la DEA ocupan el lugar que tenía antaño el Pentágono en la política exterior de Estados Unidos.
Con sus exhortaciones a recuperar el liderazgo global estadunidense, Dole y sus partidarios van a contrapelo de la tendencia al aislamiento que hoy recorre a la sociedad norteamericana y que, salvo un imprevisto mayúsculo, no va a cambiar en los próximos años. Ciertamente no es probable que el país regrese al aislacionismo casi autista que predominó entre las dos guerras mundiales (cuando Estados Unidos ni siquiera fue capaz de afiliarse a la Sociedad de Naciones), pero tampoco hay, hoy en día, elementos para sustentar el retorno a un activismo imperial tan intenso como el que caracterizó a su presencia en el mundo desde la reacción a Pearl Harbor hasta la culminación de la guerra del Golfo Pérsico.
Cuando Robert Dole y Jack Kemp se aferran a la imagen de Estados Unidos como defensor de la civilización occidental y sucesor de Roma, el país se empeña en voltear hacia sí mismo y en reivindicar raíces más prosaicas: el Mayflower, Buffalo Bill, Henry Ford y la Marc I.
Entonces, el único sustento a la paranoia republicana son las variadas sospechas que suscitan los recientes actos de terrorismo en territorio estadunidense. Pero una propuesta de investigación policial difícilmente podría presentarse al electorado como sustituto de una plataforma política.
Si las cosas siguen como van hasta ahora en las campañas presidenciales de Estados Unidos, Dole tendría que inventar un nuevo planeta --o revivir una circunstancia mundial que forma parte del pasado-- para ganar los comicios de noviembre. Para permanecer otro periodo en la Casa Blanca, Clinton, en cambio, sólo tiene que abstenerse de cometer demasiados errores.
Uno y otro expresan, a su modo, el grado de vacuidad al que ha llegado la vida política en la nación más poderosa del mundo.
14.8.96
Prohibición
Digamos que sí, que las drogas prohibidas, las suaves y las
duras, son más venenosas para los organismos y más perniciosas para las
sociedades que el alcohol, el Nintendo, el póquer y el café, por mencionar sólo
algunas sustancias o actividades adictivas que los abuelos pueden confesar sin
vergüenza ante sus nietos, y viceversa.
Aun dándolo por cierto, el argumento de la peligrosidad
social es lamentable, porque proyecta, en el ámbito mundial, o casi, la imagen
de unos Estados con muy poca autoestima y un sentimiento de seguridad por los
suelos: si el consumo de cocaína realmente pusiera en peligro la seguridad
nacional de Estados Unidos, habría que concluir que Estados Unidos es la
sociedad más débil del planeta; si la heroína lograra arrasar a los países del
viejo continente, ello querría decir que la energía vital de éstos habría
llegado a su término, y que no valdría ni siquiera la pena gastar esfuerzos en
la construcción de la Unión Europea.
Ninguna cultura resultó jamás destruida por sus drogas, y si
éstas llegaron a constituir algún riesgo en ese sentido, la prohibición no fue
la manera de evitarlo. Cada segmento de la humanidad ha vivido con su carga a
cuestas de alucinados, atontados o iluminados, minoritaria, tolerada a veces,
sacralizada en casos excepcionales, proscrita casi siempre, enfrentada por
norma a un abanico de sanciones que va desde la conmiseración o el desprecio
hasta la pena de muerte. Los casos más extremos de peligrosidad social de las
drogas tienen que ver, en todo caso, con una utilización en el marco de
políticas coloniales, como lo hicieron las autoridades españolas cuando
alentaron el consumo de alcohol entre los indios de América, y los ingleses,
que propiciaron los fumaderos de opio en China.
Por otra parte, el argumento de que las drogas prohibidas lo
son porque hacen daño a los individuos, se enfrenta a una creciente conciencia
sobre la necesaria soberanía del organismo como parte fundamental y básica de
los derechos humanos, una conciencia para la cual la autodestrucción debe formar
parte, también, de las opciones ciudadanas. Dicho de la forma más cruda, las
conquistas de la individualidad y la subjetividad que han marcado a la
propuesta civilizatoria occidental desembocan en ųo pasan necesariamente porų
el derecho a morirse ųrápido o poco a pocoų, porque sin éste el derecho a la
vida no es derecho, sino obligación. En esta perspectiva, si drogarse es un
suicidio ų¿lo
es en todos los casos?ų, la lucha contra la drogadicción debiera estar limitada
a los terrenos siempre polémicos y conflictivos de la educación y la moral, y
no ser llevada a los ámbitos legales.
Un Estado que proscribe actividades privadas genera grandes
núcleos de poder clandestino en torno a ellas y acaba minándose a sí mismo. En
el caso de la droga, su prohibición es la construcción de un poder que se
ramifica en muchos y perversos poderes: el del Estado sobre los asuntos
privados de sus ciudadanos, el de la policía sobre
productores-traficantes-distribuidores, el de éstos sobre los consumidores.
Inevitablemente, el círculo vicioso se cierra cuando los mafiosos ejercen su
poder económico sobre los funcionarios gubernamentales, y se vuelve
inexpugnable cuando los cientos de miles de millones de dólares de la droga
ilícita que pasan por el sistema financiero generan una adicción de distinto
signo: las relaciones de dependencia que economías enteras ųla de Estados
Unidos, en primer lugarų establecen con esos fondos. Cuando las cosas llegan a
distorsionarse a tales grados, no es raro suponer que la razón principal para
eternizar la prohibición esté relacionada con el temor a perder de golpe flujos
monetarios cuya presencia secreta es, sin embargo, decisiva en la economía
mundial.
No son las drogas, sino su prohibición, lo que da origen a
las grandes corporaciones mafiosas, a las cruentas guerras y campañas
gubernamentales de erradicación, a los espectaculares o secretos episodios de
corrupción pública y privada, a las distorsiones económicas y financieras
provocadas por las operaciones de lavado de
dinero en gran escala y a las tensiones y confrontaciones internacionales que
se libran en torno a estos asuntos. Si se anula la prohibición, el problema de
las drogas dejará de ser nacional e internacional para volver al ámbito del que
jamás habría debido salir: el de las decisiones individuales esenciales en
torno a la vida, la felicidad, la infelicidad y la muerte, y las formas
posibles y personalísimas de administrarlas.
6.8.96
Del 4 de julio al 6 de agosto
Hay que reconocer que Juan era un escritor sumamente talentoso, pero ciertamente no fue el único que, en su tiempo y en su medio, abordó el tema del Apocalipsis. La escatología daba pie para que muchos alucinados ensayaran, con buena o mala suerte literaria, composiciones en torno al fin del mundo. La mayor parte de esa literatura, los midrash, se ha perdido. Las obsesiones escatológicas --de eschatos, la exploración de los destinos últimos de los hombres y las cosas-- se sumergieron en el Renacimiento, cuando en Europa se vislumbró que acaso la historia humana no iba a tener fin, y recorrieron, en forma subterránea, los cinco siglos que separan a Erasmo de Hiroshima.
Un mes antes del aniversario de la gran parrillada que en esa ciudad japonesa organizó el complejo militar-industral estadunidense, y que Harry Truman sancionó, Hollywood presenta al mundo un manifiesto según el cual el Infierno Final podría ser mucho peor, y mucho más mezquino, que la destrucción provocada por Little Boy y Fat Man, los rudimentarios ingenios atómicos lanzados sobre las ciudades mártires japonesas.
Es revelador que, 51 años después de haber provocado un arrasamiento sin precedentes en un par de urbes enemigas, Estados Unidos presente al mundo un producto cinematográfico que se refocila en la destrucción ficticia de tres ciudades de la Unión Americana. Durante dos horas, a cambio de tres dólares y gracias al sonido Dolby Digital, cualquier espectador del mundo puede sentirse como un ciudadano de Pompeya en el momento de la erupción del Vesuvio. Los habitantes de Nueva York, Washington y Los Angeles pueden identificarse -virtudes psicoterapéuticas del entertainment- con Sodoma y Gomorra.
Las amenazas reales o supuestas a la seguridad nacional trabajan en paralelo con las visiones apocalípticas ancestrales. Unión Soviética, terroristas de Medio Oriente, catástrofes ecológicas, experimentos genéticos que salen de control, tráfico de drogas, conspiraciones varias y ébola: si la industria cinematográfica de un país puede decir algo sobre las obsesiones y los fantasmas de su sociedad, en esa enumeración somera puede condensarse el acento ominoso con que Estados Unidos percibe a su entorno planetario --y extraplanetario, si a la lista se agregan los extraterrestres, procedentes de sabe Dios qué lejano sistema solar o galaxia, y que llegan a nuestra casa con el designio de fumigarnos--. Del Imperio del Mal a la incursión de los virus malignos, para culminar con unos bichos alienígenas tan feos, necios y malvados, que la única forma de combatirlos es procurar que un cuarteto de machos estadunidenses -el Presidente de la República incluido- les rompan la madre.
Revelador: en el matraz de la cultura de masas estadunidense, las pesadillas escatológicas se conjuntan con el tema de las amenazas a la seguridad nacional para crear un género nuevo, más socorrido que la tragedia, la comedia y el melodrama.
23.7.96
Víctimas y preguntas
El tirón de la gravedad ya ha pasado. Miras cómo se apaga la señal que ordena mantener abrochado el cinturón. Pones la revista de aviación en su sitio, en la bolsa del asiento de adelante, y te dispones a reclinar el respaldo de tu asiento y a relajarte. Pero no llegas a hacerlo, porque de pronto el reducido espacio en torno a ti se convierte en fuego y en un estruendo sólido que destruye tus canales auditivos. Tal vez te quepa la infinita suerte, entonces, de no pensar, de perder el conocimiento y ahorrarte, así, la caída libre, el golpe ensordecedor en la superficie del agua -que a esas velocidades y con esas inercias se comporta casi como un cuerpo sólido- y la llegada de la negrura definitiva, mientras flotan a tu alrededor raciones de vuelo no probadas, pasaportes y pedazos de equipaje.
Tú ya no vas a pensar en nada. Pero tus familiares y tus amigos, al evocar tu absoluto desamparo a diez mil pies de altura, tal vez piensen en lo inútil que resultaron las medidas de seguridad en el aeropuerto John F. Kennedy y en el desconsolador dispendio que significan los gastos estadunidenses en seguridad nacional, si se les ven a la luz del estallido de un avión en el cielo nocturno de Long Island. Su dolor por haberte perdido seguramente se mezclará con la ira contra los asesinos imbéciles que destruyeron más de 200 vidas humanas y un avión carísimo con un simple paquete de dos kilos, o jalando el gatillo de un disparador de misiles que cabe en la cajuela de un automóvil mediano. Pero acaso algunos de ellos se pregunten también de qué les han servido, a ti y a ellos, las campañas de Washington contra "los países que apoyan el terrorismo'', y el sistema de radares que escruta los cielos estadunidenses, y el arsenal nuclear que aguarda en sus silos subterráneos la llegada de un nuevo enemigo mundial, y el nuevo avión de guerra ATF, invisible a los radares, y los portaaviones con sus grupos de combate y acompañamiento, y las patrullas de la Migra, y el FBI, la CIA y el Strategic Air Command, y los miles de efectivos militares desplegados en la región del Golfo Pérsico, y el boom de tecnología de punta que se generó en torno al Proyecto de Defensa Estratégica, en la década pasada, y que llenó a Nueva Inglaterra de empresas tan prósperas como efímeras. Y se preguntarán por qué todos esos dólares, todos esos hombres, todos esos circuitos electrónicos y todas esas balas, no pudieron salvar tu vida.
Otros se harán una pregunta más inquietante: por qué se sigue recurriendo, a 50 años del fin de la segunda Guerra Mundial, a dos siglos de la Declaración de los Derechos del Hombre, a cinco de la caída de Bizancio y milenios después del arrasamiento de Cartago, al descuartizamiento de cuerpos inocentes para defender una causa cualquiera que naufraga, necesariamente, en los actos de sus criminales defensores. Por qué (se lo preguntaba Joaquín Pasos en la Managua de hace 50 años), después de todo este río de sangre, "sigue fiel el amor del cuchillo a la carne''. Tal vez --dirán algunos-- habría que gastar más dólares en armas, poner a punto nuevos aparatos sofisticados de detección de explosivos, incrementar la resolución de los satélites de observación, desplegar más guardias armados en los aeropuertos, contratar más espías y bombardear más "guaridas de terroristas'' en rincones lejanos del planeta. Tal vez, se dirán otros, no han sido suficientes las embajadas, los parlamentos, los juzgados, las elecciones, los organismos internacionales, las misiones de paz, los fondos de asistencia social interna y externa y los demás mecanismos para resolver diferencias en forma civilizada.
Pero lo más grave es que que a ti, niña de secundaria, anciano jubilado, ejecutivo, deportista, azafata o publicista, estadunidense o francés o chino, en el fondo del mar, en los gabinetes forenses o donde te encuentres, te han quitado para siempre el interés por encontrar respuestas a esas preguntas, que tal vez no llegaste a plantearte. Y que no te harás ya nunca.
16.7.96
El niño empeñado de Ciudad Juárez
Más allá de cifras, indicadores y movimientos de protesta, la historia de Gabriel Méndez y Cecilia Galván ilustra de manera puntual el callejón sin salida en que la situación económica ha colocado a esas terminaciones de la sociedad que son las personas.
La historia --documentada en cinco párrafos en la página 21 de La Jornada del 11 de julio-- es la siguiente: Gabriel y Cecilia, albañil desempleado y vendedora de chicles, residentes de Ciudad Juárez, tuvieron un niño. La madre acudió a una clínica particular, la cual, después del parto, les presentó una cuenta de 600 pesos. Había que pagarla para poder sacar al recién nacido, pero la pareja no tenía dinero en efectivo. Tampoco disponía de tarjeta de crédito, ni de un Cete o un Tesobono, ni siquiera de una de esas cuentas en Suiza que ahora alimentan el "qué dirán''. Su único bien en este mundo era un recién nacido llorón al que había que sacar del sanatorio privado.
La pareja no tuvo más remedio que empeñar al bebé con una prestamista de nombre Matilde Hernández. Como antes, cuando se podían contratar créditos hipotecarios, uno le daba de garantía al banco la misma casa que estaba comprando. Supongo que acudieron los tres a la clínica, la agiotista pasó a la caja, pagó la cuenta, y recibió a cambio una especie de orden de salida, parecida a las que expiden las cajas de las agencias automotrices cuando uno va a pagar para retirar su coche después del servicio de los 20 mil kilómetros.
Matilde Hernández recibió a cambio de sus 600 pesos un bulto leve y gritón, y se lo llevó consigo. Cecilia y Gabriel volvieron a casa con las manos vacías, una deuda de 600 pesos más intereses, y una patria potestad hipotecada. Debe haber sido grande la curiosidad de los vecinos y las vecinas, que tras haber visto salir a Cecilia con una panza de nueve meses, luego observaron que regresaba sin panza y sin hijo. Ella habría podido decir que lo perdió o que el niño permanecía internado por complicaciones posparto. Pero seguramente le resultó difícil mentir y terminó confesando que lo había usado de garantía crediticia. Como cuando México dio en prenda sus exportaciones petroleras para el rescate financiero del 95.
Así fue que, según las propias autoridades, llegó a sus oídos la historia. Cecilia y Gabriel fueron aprehendidos, al igual que Matilde Hernández. "La Procuraduría de la Defensa del Menor los acusa de tráfico de menores, delito considerado grave en Chihuahua, y que no permite la libertad bajo fianza''. Este último dato tal vez no sea irrelevante para la agiotista, pero para la pareja lo es: aunque pudieran optar por la libertad provisional, no tendrían dinero para pagar la fianza. La única entidad que les prestaba respaldo fianciero --sabrá Dios a qué precio-- está encarcelada junto con ellos, y el único bien que podían ofrecer en garantía está bajo custodia del DIF, "donde permanecerá mientras se define la situación jurídica del matrimonio. Si se ratifica la demanda, les quitarán la patria potestad''.
Gabriel y Cecilia son ciudadanos acosados. Para ellos, el sistema de salud, las leyes, las instituciones de justicia y la economía, no son instancias que regulen y hagan posible la vida en sociedad. Son, simplemente, sitios inhabitables.
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