24.3.98
Cuba y Puerto Rico
Será que estamos en el centenario de la confrontación hispano-estadunidense de 1898, año en el que Camila vino al mundo. Ahora ocurren cosas en la relación de Estados Unidos con lo que fue, entonces, su botín de guerra: Cuba y Puerto Rico. Se suaviza el embargo contra la primera y se debate en el Capitolio la puesta a votación del estatuto del segundo.
Cuba nunca aceptó del todo el control de Washington y escapó de él hace cuatro décadas. La población puertorriqueña acató, en forma mayoritaria, la tutela del Capitolio. Hoy, las circunstancias de las dos naciones son contrastadas: una es integrante sui generis y marginal de la mayor potencia política, económica y militar del mundo; la otra lleva toda una vida de acoso por parte de esa misma potencia. Sobre esas diferencias, el instrumental analítico basado en la canción de protesta ha tejido una doble iconografía que aún sigue vigente en algunas mentes y algunos discursos de América Latina: Cuba como ''faro de libertad'' y ejemplo moral para el subcontinente, Puerto Rico como vergüenza regional y cultural o como tragedia de la identidad y la conciencia latinoamericanas. Si uno atraviesa esa Nablus Road de la guerra fría ideológica y se para en la otra acera, la simbología del vecino es la misma, pero invertida: una nación con graves carencias y alternativamente convulsionada o sometida a largas dictaduras de distinto signo, y otra que, grosso modo, ha vivido en paz, prosperidad y hasta democracia.
Pero si uno quisiera prescindir de los enfoques del Granma o de La Voz de América y entender algo, tendría que buscar, además, las similitudes que, después de este siglo de historias contrastadas, persisten entre Cuba y Puerto Rico.
No se trata sólo de la condición insular y caribeña de ambas naciones, de la producción de ron y de un hablar semejante. Hay que reparar, también, en el hecho de que tanto el conglomerado puertorriqueño como el cubano han pasado la mayor parte de su historia en situación de subordinación. Puerto Rico dependió de España, pasó a depender de Estados Unidos y en ésas sigue. Cuba pasó por lo mismo, pero en la segunda mitad de este siglo optó por depender de la URSS, aunque, por suerte, sin llegar a convertirse en ''república soviética asociada''. Sin embargo, en términos de recepción de subsidio económico, las relaciones entre San Juan y Washington y La Habana y Moscú fueron especialmente simétricas entre 1960 y 1990.
Desde la muerte de la Unión Soviética, la independencia absoluta ha sido, para los cubanos, una dolorosa orfandad y una indefensión que Fidel Castro no ha dudado en comparar, en forma harto ominosa, con la de Numancia. Al final de este periodo negro pueden sobrevenir una decorosa y digna inserción en el mercado mundial (es decir, el paso de la dependencia deficitaria a la interdependencia sustentable) y un aterrizaje suave en las pistas de la democracia parlamentaria, o bien un derramamiento de sangre. Ello depende tanto de la lucidez y el margen de maniobra de que aún disponga la dirigencia cubana como de que Washington sea capaz de olvidar las humillaciones históricas a que su arrogancia imperial fue sometida por la Revolución Cubana.
No puede negarse que en su mayoría los cubanos optaron por una vida nacional épica, y que al hacerlo ejercieron un legítimo derecho. En la misma lógica, habría que reconocer el derecho de los puertorriqueños que, en su gran mayoría, prefirieron la calma de los supermercados. Dicho sea con todo respeto a la memoria de Pedro Albizu Campos, la independencia nacional es una idea más impopular que nunca en el Puerto Rico de final de milenio.
Finalmente, más allá de lamentaciones o repudios, la situación actual puertorriqueña constituye una referencia inquietante, pero indispensable, para hurgar en la crisis del Estado nación. Por ejemplo: ¿El ejercicio de la autodeterminación incluye la determinación de perderla? ¿Por qué algo que es sin lugar a dudas una nación se niega sistemáticamente a conformar un Estado? Y, así como Canadá o Estados Unidos someten a consulta la independencia de Quebec y Puerto Rico, ¿permitiría un Estado independiente la realización de un referéndum anexionista? ¿O es justamente lo que ocurrió en los países cuyos gobiernos firmaron el Tratado de Maastricht?
17.3.98
Pinochet
De unos años a la fecha han ido apersonándose en el brumoso escenario de la democracia continental algunos personajes de caminar no muy bípedo, mandíbula prominente y quepis reglamentario: gorilas.
La normalidad institucional les devuelve los espacios que no pudieron mantener a garrotazos y picanazos y cementerios clandestinos. Hugo Bánzer, antigua cabeza de una tiranía delictiva, preside ahora de nuevo, gracias a los sufragios, el Estado boliviano. Efraín Ríos Montt, exterminador de indios y representante ejemplar del protestantismo contrainsurgente, se encuentra en los primeros lugares de preferencia electoral en Guatemala.
Las clases políticas de la región, que en algunos casos fueron fabricadas por los regímenes militares, no parecen estar demasiado molestas con la presencia de sus nuevos socios. Antes de apresurar una crítica habría que conceder que, en Centroamérica, esta misma tolerancia permitió la asimilación rápida a las fiestas de sociedad de una buena cantidad de ex comandantes guerrilleros, cosa que parece causar la felicidad de todo el mundo, empezando por la de los nuevos oligarcas de pasados foquistas o insurreccionales.
Tal vez haya que felicitarse porque vamos a llegar al siglo XXI, por fin, con una esfera política cosmopolita y cool. Además, la democracia no se va a morir sólo porque pululen en sus instituciones --parlamentos, partidos, presidencias-- algunos asesinos arrepentidos y dispuestos, a cambio de su impunidad, a aportar su mejor esfuerzo en la construcción de un mañana mejor. Ah, y antes de que alguien adelante exoneraciones no pedidas, aclaro que cuando digo asesinos me refiero, en casi todos los casos, a los ex militares y no a los ex guerrilleros.
Se ha podido vivir con estas presencias. Acaso la solución para hacerlas compatibles con la normalidad democrática sea construir vomitorios anexos a los edificios parlamentarios para que los políticos aquejados de conflicto moral puedan resolverlo de manera discreta y rápida. Todo sea en aras de la convivencia y la reconciliación nacional.
Casi todo se vale en esa perspectiva.
Pero Pinochet es otra cosa. Está en otra categoría. No es uno más entre los viejos caníbales de los años setenta. Tal vez no sea, entre todos los gorilas, el que ostente más cadáveres o desapariciones en su foja de servicios. Tal vez no sea, en lo personal, el más perverso de los generales que ensangrentaron la región. Pero, para su orgullo o para su vergüenza, su mueca de perro uniformado con lentes oscuros se ha convertido en un símbolo chileno, latinoamericano y mundial de la maldad armada, del destazamiento de cuerpos inermes, de la demolición de las instituciones cívicas por medio de bombardeos aéreos. Admitirlo en un Senado, en cualquier Senado, es como inaugurar un monumento a Hitler, es como permitir que Idi Amín Dada y Pol Pot ocupen de manera alterna la Secretaría General de la ONU, es como negar dos millones de años de evolución, es como permitir que un sifilítico defeque y eyacule sobre el rostro de un recién nacido.
No vale, en este caso, argumentar que se trata de un asunto interno de Chile o de una concesión necesaria de la política, porque eso sería tanto como la pretensión de reducir la destrucción de Hiroshima a un problema municipal o justificar la Noche de los Cuchillos Largos en función de razones de Estado.
Tener a Pinochet en un poder Legislativo, en cualquier país, es una mancha impresentable para la institución, para el resto de las instituciones nacionales, para el continente de que se trate, para el mundo. El senador Pinochet es una contaminante y pegajosa vergüenza para toda la especie.
10.3.98
El agua de la Luna
Un pájaro de aluminio de la NASA captó el olor del agua en los alrededores del Polo Sur de la Luna. Si hay suerte podría haber suficientes galones de líquido como para llenar el tramo más gordo del Cañón de Colorado, pero en el peor de los casos alcanzaría para sumergir a toda la concurrencia de un clásico en el Estadio Azteca.
El dato parece de una banalidad intolerable ahora que las muchachas de Sudán son introducidas a patadas en el mercado de esclavos, cuando los niños indígenas siguen siendo devorados por sus propias lombrices y en un momento histórico en el que nadie tiene propuestas civilizatorias que vayan más allá de la melcocha verbal de los valores supremos.
Pese a ello, la confirmación de ese charco adosado a nuestro farol planetario es un acontecimiento enorme desde el punto de vista científico, no sólo porque reafirma la relativa hermandad química de la Tierra y la Luna sino también porque parece indicar que hasta para la más grave aridez hay esperanzas de redención: no hay que olvidar que, comparado con la Luna, el Sahara resulta más húmedo que Tabasco.
La preocupación humectante, a su vez, tiene detrás un cálculo utilitario que va mucho más allá de la agricultura y la ecología: los charcos polares de nuestro satélite pueden ser usados como gasolinera y centro de abastecimiento para la exploración tripulada del Sistema Solar, como cuenca para llenar los tinacos de una posible colonia o base permanente y como materia prima para la producción lunar de oxígeno a costos razonables.
En un ámbito menos objetivo, el hallazgo del agua lunar, sumado a las recientes fotos de la Europa joviana que revelan un mundo acuático localizado justo a la mitad de la autopista a Plutón, no deja de ser reconfortante, si se piensa que, en dos terceras partes, los organismos humanos somos nada más que esa sustancia incolora, inodora e insabora, como nos decían en la escuela, y que un líquido tan familiar y entrañable ande esparcido en diversos puntos de allá arriba. Vaya, o sea que nuestra vecindad inmediata no es, a fin de cuentas, nada más un páramo infernal de rocas, bióxido de carbono, hidrógeno y ácido sulfúrico, como nos dijeron, años después, los informes de la NASA.
¿Se trata, a fin de cuentas, de reinos que no son de este mundo? No necesariamente. El dato referido, aparte de darle cierto rostro amable a las inmediaciones estelares de nuestro planeta, puede dar un nuevo aliento a la investigación y la exploración espacial, actividades que para muchos han dejado de tener sentido y que, sin embargo, podrían marcar para el continente terrícola unificado por la economía, las telecomunicaciones y las líneas aéreas un momento de expansión y emigración tan vigorizantes como lo fue para Europa la colonización de América en los siglos XVI y XVII.
El dato realmente importante en esta perspectiva sería, en todo caso, si hay personas dispuestas a ir a beber un sorbo de aquellas aguas oscuras y gélidas, especialmente en un periodo en el que, a pesar de las miserias, las guerras soterradas, la uniformidad creciente y el desencanto finisecular, los niveles de vida son, con mucho, los más elevados de la historia humana.
Supongo que sí, porque este periodo es también el de las fobias y las filias poco razonadas: no pocos delirantes, por ejemplo, enfrentarían gustosos las incomodidades inherentes a la vida de pionero (espacial, en este caso) con tal de no pisar el mismo suelo planetario que Bill Gates, a quien tienen como el Anticristo, y muchos creyentes de la astrología se sentirían dichosos de vivir en la Luna porque, de esa manera, estarían unos cientos de miles de kilómetros más cerca de la constelación de Acuario, además de que tendrían uno al lado.
3.3.98
Antrax en Las Vegas
Para Carlos Payán
Habría que cotejar lo ocurrido en Las Vegas el pasado 19 de febrero con la delicada tarea de construcción de pretextos que ha venido efectuando el gobierno de Estados Unidos para propinarle un nuevo coscorrón bélico a Sadam Hussein, incluso a contrapelo de las gestiones del secretario general de la ONU ante el gobernante iraquí. En la fecha y el sitio mencionados, el FBI les echó el guante a Larry Waynes Harris y William Leavitt, dos cincuentones ultraderechistas que tenían en su poder un frasco lleno de virus de ántrax, suficiente, según lo confió el propio Harris a un testigo, como para matar a todos los habitantes de la ciudad casino. Ambos se encontraban allí tratando de adquirir un complejo equipo de laboratorio --por el cual ofrecieron la bonita suma de 20 millones de dólares--, no se sabe si para verificar la efectividad de sus juguetes o para producir más de esa plastilina altamente mortífera.
El abogado de Levitt describió a su cliente como ''un líder cívico que va a misa y está interesado en combatir enfermedades mortales como el ántrax y el sida''. Parece extraño, sin embargo, que para lograr sus objetivos este ángel se haya asociado con Harris, el cual pertenece al grupo racista Aryan Nations y tiene como antecedente inmediato el haber planeado esparcir una plaga de peste bubónica en el metro de Nueva York con el propósito de hacer aparecer al gobierno de Bagdad como responsable del ataque y de los cientos de miles de muertos que éste habría causado.
Ahora que estos ciudadanos del Paraíso fueron capturados con la manzana en la mano, la serpiente ya no tiene mucha importancia. Los guardarán, a ambos, y esperarán un tiempo prudente. Cuando hayan acumulado canas y dioptrías, serán puestos en libertad y muy probablemente se habrán vuelto inofensivos. Nadie ha muerto intoxicado, y nadie se ha hecho daño con esos juguetes biológicos que debieran requerir la estricta supervisión de un adulto.
Washington está necio, desde hace meses, con la idea de bombardear Irak para obligarlo a renunciar de una vez por todas a su producción de armas químicas y biológicas y, sobre todo, a su arrogancia. Mientras se apresuran los preparativos para esa guerra rápida, un par de gringos comunes se pasea por Las Vegas, entre máquinas tragamonedas y ofertas de langosta, llevando en la cajuela una cantidad de ántrax suficiente para hacer que todos los habitantes y visitantes de esa ciudad tórrida pierdan la apuesta gorda de una vez por todas.
Es razonable alarmarse por las bravuconadas de Hussein, sobre todo si se toma en cuenta que ya en una ocasión ordenó que se rociara con un aerosol de muerte masiva a la población kurda de su país.
Pero ahora hay que tomar en cuenta, además, que en el propio territorio de Estados Unidos los judíos de Nueva York (y junto a ellos, los negros, los latinos, los italianos, los anglosajones, los griegos y otros) corren un riesgo al menos equivalente al que enfrentaron los habitantes de Israel cuando Hussein les aventó en la cabeza los tristemente famosos cohetes Scud, y que ese peligro no proviene de Irak, sino de un fascista que hasta el jueves pasado se paseaba alegremente por la Unión Americana (Nueva York, Maryland, Las Vegas) con un frasco lleno de ponzoña concentrada. ¿Es el único?
Vistas así las cosas, la frustrada travesura de Harris y Leavitt, y su feliz captura, viene a restarle seriedad a la guerra que está en proceso de organización o, por lo menos, a los alambicados argumentos con que se ha pretendido justificarla: ¿Evitar que Irak se haga de armas químicas o biológicas? Por favor, si la clave para la producción de ántrax es ir a Las Vegas a gastarse 20 millones de dólares en equipo de laboratorio, hay que admitir que son muchos los chicos inquietos de este mundo que están en posibilidad de lograrlo (piensa, FBI, piensa: racistas al estilo Harris, narcos, protomártires propietarios de sectas religiosas, por ejemplo) y que no va a ganarse gran cosa con bombardear Irak hasta dejarlo plano como estacionamiento de supermercado.
Si la catástrofe de Oklahoma no hubiera sido prueba suficiente, ahora Washington tiene nuevas evidencias de que en la ultraderecha de la sociedad estadunidense hay estamentos y personas con mucha más capacidad ofensiva contra su propio país que cualquier gerifalte de Medio Oriente. ¿O qué sigue? ¿Sostener que dos gringos con la cajuela del coche llena de ántrax fueron sembrados en Las Vegas por los servicios secretos iraquíes?
10.2.98
Oráculo sobre el Anáhuac
''Crecía la población y los bonos ganados en Cívica no alcanzaban para comprar los víveres que se vendían en los expendios oficiales. Se enfermaban los niños y no había medicinas porque sus precios estaban fuera de toda proporción. Los concejales operarios (...) rogaban por todos los medios que les bajaran los precios o que les subieran los bonos.
`Eso sería inflacionario --contestaban invariablemente los ingenieros de Presupuestos, bajo órdenes de los ejecutivos--. Debemos aprender a vivir dentro de nuestras posibilidades'''.
Esta situación se presentará dentro de un milenio, o así, en la corporación de Cívica, que se erigirá en parte de lo que hoy es territorio mexicano.
Para hacerse del poder, las corporaciones harán todo lo posible porque fracasen los gobiernos democráticos, y cuando el caos social llegue a su apogeo, empezarán los reclamos por gobiernos fuertes, autoritarios, y que sepan mantener finanzas superavitarias. Crecerá desmedidamente el porcentaje de la población por debajo del nivel de la pobreza y empezará a cundir la violencia. Cuando ésta llegue a grados considerados insoportables por las clases acomodadas, el gobierno del antiguo México comisionará a un grupo paramilitar armado por una serie de corporaciones transnacionales a fin de eliminar los focos violentos.
Muchos años más tarde, en medio de una conspiración subversiva orientada a restablecer la nación mexicana, se polemizará acaloradamente sobre las fallas jurídicas y sociales del México antiguo, aquellas que habrán permitido el florecimiento de la corrupción en todos sus niveles, la cual minará a la nación de tal modo que un grupo de cínicos bien colocados en áreas estratégicas de las finanzas internacionales podrán hacer que el gobierno caiga con poco más de un soplo.
Entonces, en ese lejano futuro en el que los poderosos y privilegiados estarán ''en línea'', y los desheredados fuera de ella, un hombre descubrirá los libros en una casa de Nálogos, la ciudad exterior, oscura y marginada, que rodea a la luminosa Cívica; los libros, proscritos durante siglos, al igual que el papel y la tinta, y leerá a Gilberto Owen, a Garcilaso y a Neruda, descubrirá la historia y el ensayo, descubrirá las letras minúsculas, descubrirá el amor y se verá envuelto en una revolución --larvada durante décadas, refugiada en los subsuelos del Anáhuac-- para derrocar a los ejecutivos y a su corporación dependiente de otras más poderosas y más norteñas.
Escribir sobre el porvenir es tan riesgoso como interpretar el pasado, pero más divertido. En ambas ocupaciones la materia prima es la nostalgia de sabernos lejos, la pérdida de nuestro propio tiempo. Por lo demás, el sujeto de las disquisiciones históricas, lo mismo que el de las ficciones futuras, es la época de quien escribe: hoy en día, la Historia de Roma de Michelet nos dice tanto sobre la Ciudad Eterna como sobre la sociedad decimonónica desde la cual se juzgaba el pasado romano.
1984, de George Orwell, nos entrega un inmejorable tratado de las obsesiones políticas y sociales que rondaban al pensamiento en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.
De la misma manera, en Lejos del paraíso, de Sandro Cohen (México, Sansores y Aljure, 1997) se conjugan los temas y los demonios del debate político del México finisecular. No es un mero cambio de nombres y de fechas: la evocación del presente se entrega a la manera en que un sueño o una pesadilla retratan la vida real, o viceversa, es decir, a través de un proceso de creación, construcción y destrucción.
Pero así como el transcurrir de un siglo, o de dos, o de cinco, no ha podido impedir que sigamos acudiendo obsesivamente a la Historia para reflejarnos, deformados, en los episodios de la Revolución, la Independencia o la Conquista, la construcción del futuro también es un espejo: ''a ver si así nos damos cuenta de por qué cometemos, una y otra vez, los mismos errores, las mismas atrocidades y --también-- los mismos actos de heroísmo, bondad y nobleza que nos han caracterizado desde que el hombre se descubrió y se asumió como criatura del deseo, muy lejos del paraíso que trae impreso en la memoria, el cual probablemente nunca existió, pero que lo seguirá impulsando, para bien y para mal, hasta el fin de sus días.
27.1.98
El semen de Clinton
Guardar silencio es lo mejor que puede hacerse ante toda la información --cierta o falsa, o parcialmente cierta-- que maneja la prensa sobre la agenda sexual del presidente estadunidense. Un elemental sentido de pudor y de respeto a las camas ajenas hace necesariamente incómodo el comentario sobre las historias reales o supuestas de Clinton con Jennifer Flowers, Paula Jones, o esta última chica de apellido Lewinsky. Tales asuntos debieran ser de la exclusiva incumbencia de los participantes, acaso también de la señora Hillary Rodham (dependiendo de cómo estén pactadas las reglas del juego de su matrimonio) y, si hubiese habido presiones, agresiones o violencia, de los tribunales.
Por muy públicos que sean los personajes públicos, algún derecho a la intimidad debería de quedarles. Ya bastante complicadas son, de suyo, las relaciones afectivas y genitales, entre parejas o entre triángulos o pentágonos, como para encima echarles la complicación suplementaria de la polémica social y la injerencia de la ciudadanía más o menos completa: lo que dos no pueden resolver en una discusión conyugal, menos puede solucionarse en un foro de trescientos millones. Y eso sin contar con que el sentirse bajo observación de cadenas televisivas, diarios, revistas, fiscales y abogados, obstaculiza la dedicación que demandan tanto los coitos como los pleitos.
Pero en estos días el escándalo no sólo puede dificultarle al mandatario de Estados Unidos la erección o el orgasmo, sino también arruinarle la Presidencia. Y aunque eso podría ser muy trágico para el propio Clinton, lo sería mucho más para su país.
Y es que no está bien que la vida política de una nación o, en este caso, de muchas, si no es que de todas, se vea trastocada por el comportamiento sexual de un señor o de una señora. Por principio, eso es tanto como volver, a fines del siglo XX, a los tiempos míticos en los que las huestes aqueas arrasaban Troya para vengar los cuernos que Helena le puso a Menelao. Es como rendirse por cansancio y reconocer la trascendencia histórica de la nariz de Cleopatra. Es como admitir que los conflictos bélicos pueden ser generados en lechos reales, como si fueran bebés. Es como si nuestra época otorgara un doctorado póstumo en Sociología y Ciencia Política a los hermanos Grimm.
Ahora resulta que el próximo coscorrón bélico a Irak se decidirá en función de la curva de disminución en la popularidad del presidente; que Washington estaba tan ocupada en seguir el escándalo que le pasaron de noche las señales emitidas durante el encuentro de Wojtyla y Castro; que la importancia de lo ocurrido entre la señorita Lewinsky y el presidente restó eficacia a los encuentros de Clinton con Netanyahu y Arafat, y que para el mundillo político-judicial estadunidense es más importante determinar si en la Casa Blanca corrió o no el semen presidencial que en impedir que la sangre siga corriendo en Medio Oriente.
Y ocurre que la banalización distorsiona el orden de las prioridades, porque, en el caso del conflicto palestino-israelí, siguen muriendo seres humanos, mientras que en la presunta relación Clinton-Lewinsky lo más que podría ocurrir es que naciera uno.
20.1.98
Wojtyla y Castro
Ojalá que a alguien le queden claros los significados profundos del encuentro caribeño entre estos dos ancianos intolerantes y autoritarios. Yo alcanzo a ver sólo cargas tanáticas y fanáticas en los intereses comunes del régimen cubano y el papado de las postrimerías del siglo XX.
¿Se trata de un encuentro inducido por la pasión social? Ni por asomo: es cierto que el socialismo real no alcanzó a perder toda la suya antes de fenecer, y que el último sobreviviente de ese Jurásico aún conserva algunos rasgos conmovedores de preocupación por el bienestar de la gente. Pero no puede ser esa preocupación uno de los vasos comunicantes entre Roma y La Habana: el contenido social que pudo haber tenido el mensaje primigenio del Hijo del Carpintero ha sido irremediablemente sepultado, durante dos milenios, por tejido adiposo vaticano. Los sucesores de las heterodoxias pobristas del cristianismo se enfrentan, hoy, al tribunal de los sucesores del Santo Oficio, como bien lo saben Leonardo Boff, Ernesto Cardenal y varios otros. A estas alturas, en materia de combate a la pobreza, la Iglesia católica oficial no tiene una propuesta más elaborada que la limosna, en tanto que el gobierno de Castro no ha podido ir más allá de la tarjeta de racionamiento. Ambas pueden ser vistas, si se desea, como males necesarios que no satisfacen a nadie aunque permiten la sobrevivencia de muchos. Pero de ahí a pensar que se trata de fórmulas compatibles, hay un abismo.
¿Un súbito compromiso postotoñal del Papa con la defensa de la soberanía? El gobierno de Cuba tiene el mérito y el agobio de haberse mantenido firme, durante casi cuatro décadas, solo o acompañado, frente al designio de su arrasamiento. Pero el oficialismo católico en Latinoamérica --no necesariamente los curas de base-- siempre ha hecho buenas rondas con el intervencionismo de Estados Unidos; mientras subsistió el orden bipolar que él contribuyó a destruir, Wojtyla se mantuvo siempre en la cancha opuesta a la de Cuba, y a fin de cuentas la independencia y la autodeterminación --con excepción de las de Polonia ante Moscú-- no han sido nunca una preocupación relevante en el discurso vaticano.
Muy probablemente, el régimen de Castro estará en condiciones de capitalizar, en términos políticos, la ilustrísima visita. Pero hay el riesgo de que el balón de oxígeno que generosamente le ofrece Wojtyla esté lleno más bien de gases venenosos: si hasta ahora el régimen cubano ha podido llevar su relación con la feligresía católica en forma poco conflictiva, la inevitable apertura religiosa que está teniendo lugar en la isla a raíz de la llegada de Juan Pablo II abre un espacio cuyo control político será imposible o casi imposible.
Me parece realista pensar que Wojtyla llega a Cuba a promover sus productos en un mercado espiritual próximo a la apertura --y que, a juzgar por lo que aconteció en Europa del este después de la caída del muro, puede estar en vísperas de una muy reñida competencia--, así como a buscar posiciones de influencia que le permitan a la Iglesia católica erigirse en árbitro central de una transición política no muy lejana.
Todos esos cálculos, y muchos más, puede haber en los entretelones de la visita de Estado del Papa a Cuba. Pero difícilmente explican la empatía profunda que parece haberse establecido entre ambos dirigentes a últimas fechas. Para calibrar su intensidad, basta con cotejar la declaración (14 de diciembre) en la que Castro describió a Wojtyla como ''un verdadero santo'', elogio que suena un tanto impúdico y desmesurado. Lamento suponer que en este inopinado acercamiento tienen un papel definitorio los puntos en común de ambas personalidades. Uno y otro son cruzados de su propia fe, pregoneros de mensajes más bien antiguos y un tanto fundamentalistas; los dos son empecinados sobrevivientes --uno del socialismo, otro del socialismo y del capitalismo-- con historias de resistencia heroica tras ellos; ambos poseen un marcado factor de anacronismo y han de sufrir, me imagino, una sensación de incomodidad en un entorno mundial obscena y generalizadamente volcado al pragmatismo, la frivolidad, el consumismo y los goces materiales; ambos están seguros de que no hay más rutas que las suyas, y los dos perciben el pluralismo, la tolerancia y la diversidad como graves amenazas. Finalmente, tanto Castro como Wojtyla son dos de esos seres cada vez más escasos --por fortuna-- capaces de encontrarle su lado sexy al martirologio. Que Dios los bendiga y que la Historia los absuelva. Según esto, Cristo y El Che, uno en el Cielo y el otro en la inmortalidad histórica, deben estar de plácemes por el encuentro.
6.1.98
Matanzas
Los entornos geográficos son diversos y abundantes: es en los Balcanes, es en el Magreb, es en los Altos de Chiapas, y las razones profundas van desde los pleitos milenarios entre cristianos y musulmanes y el grado de pureza de la fe hasta las independencias regionales. A veces, como en Acteal, no se requiere de coartada alguna: basta con la fobia a los pobres que de pronto se vuelven insumisos. Los saldos políticos son también diversos. Una carnicería como las que ha vivido el mundo este diciembre puede horrorizar hasta tal punto que allane los obstáculos a la paz, o bien puede ahondar la sentina de los rencores y desatar surtidores nuevos de agresiones y tripas al aire.
Pero las víctimas de los extremistas islámicos y de los paramilitares chiapanecos y de los artilleros serbios permanecen unidas para siempre, en las fotos cada vez más amarillas de las hemerotecas, por un aire de familia y por procesos que les son comunes y que se inician una vez que los exterminadores han hecho su tarea con balas expansivas o con alfanjes, bombas o machetes: la palidez, la rigidez, la descomposición; el llanto de los deudos --si quedaron algunos vivos-- y la inhumación o la cremación. Pero, sobre todo, comparten el desinterés rotundo y definitivo por las razones propias y las de sus victimarios, la indiferencia ante la democracia, la tierra, la justicia, la tolerancia y la libertad.
No ha de ser tan difícil armar a una banda de pobres diablos y convencerlos de que su tarea más importante en la vida consiste en privar de ella a unos prójimos que duermen o que rezan o que siembran. Pero después de consumada la hazaña, no hay quien logre disuadir a los muertos de su indiferencia irremediable ante todo lo que, a fin de cuentas, ya no los rodea. Por eso una matanza no determina victorias ni derrotas de uno u otro bando: es, en cambio, la derrota del juego mismo de estar vivos y convivir en la pelea, el sufragio, el trabajo, la lucha por el poder, la compraventa, el amor y el odio, la erección de naciones y la organización de partidos, iglesias, parlamentos, la redacción de ilíadas, popol vúhes, coranes, biblias y constituciones.
Estas matanzas también han dejado en las páginas de los diarios una profusión de fotos de bebés con sondas y vendajes. En ciertos estamentos de la desprotección extrema y del desamparo máximo, la vida es más resistente de lo que podría pensarse. De seguro, el bebé chiapaneco y el bebé argelino que se debaten entre tubos de suero en sus camas de hospital simultáneas y remotas, no llegarán a conocerse nunca cuando sean adultos. Pero acaso desarrollen percepciones parecidas sobre el mundo, los mundos, los países, que les dieron la bienvenida a punta de balazos y lesiones de arma blanca. Si logran sobrevivir a sus heridas, si logran abrirse paso en la intemperie social que de todos modos les espera, algo que por hoy nadie sabe nos dirán cuando aprendan a hablar, cuando sean ciudadanos de ese siglo XXI que --es un decir-- estamos construyendo.
2.12.97
Calor en Kyodo
Según los estudiosos de la atmósfera, la globalización va a culminar en una sopa planetaria destinada a quemarnos algo más que la boca. Los casquetes polares se derretirán como helados de guanábana y el mar va a rebasar los bordes del plato en que está servido: se echarán a perder, entonces, los palacios venecianos; los pocos mosaicos que los otomanos dejaron en Estambul; la martirizada Famagusta; la fortaleza de Pedro y Pablo en la San Petersburgo restaurada; San Juan de Ulúa, en Veracruz y, al menos, los pisos inferiores de la torre en forma de estrella en cuya cúspide los dirigentes cubanos observan los tiburones a su alrededor. Entre otras cosas. Los arenales del Magreb se volverán pantanos, las pampas se arrugarán, lo que queda del Amazonas se convertirá en una costra reseca y en la Antártida proliferarán platanares y cocoteros.
Inopinadamente, los gobiernos --o bloques de gobiernos-- más poderosos del planeta aceptan la probabilidad de este apocalipsis planteado en términos de cocción lenta, universal e igualitaria. Ante tal perspectiva, han traducido sus expectativas de desarrollo económico a grados centígrados, y ahora se aprestan a regatear, entre ellos, las temperaturas de nuestro sauna futuro. En la contaminada Kyoto, en la conferencia de la ONU sobre calentamiento planetario, discuten los porcentajes en los cuales es aceptable reducir las emisiones de dióxido de carbono para hacer más lento nuestro hervor, sin que ello afecte las previsiones de crecimiento de sus respectivas economías. Así, Estados Unidos, principal responsable de activar la hornilla, dice que no firma nada si China e India no se hacen corresponsables de bajar, a su vez, sus respectivas aportaciones a la próxima era canicular. El gobierno anfitrión estaría de acuerdo en disminuir 5 por ciento las emisiones, en tanto que la Unión Europea --cuyos funcionarios, diríase, son los menos friolentos-- demandan un corte de 15 por ciento en la generación de los gases industriales que alimentan el horno. Australia es más radical y pide que la disminución sea del 20 por ciento.
Radicales y moderados coinciden en reducir el ritmo al que se está calentando el planeta, pero detener el fenómeno no pasa por la cabeza de nadie: eso significaría parar en seco la industria --incluida la de helados, dirían los más lúcidos y objetivos--, la generación de energía, los servicios, las comunicaciones y hasta las funciones de cine. Parece ser que el modelo civilizatorio mismo en el que vamos montados, nos guste o no, es intrínsecamente caluroso y no hay forma de que aparezca en los aparadores un modelito más fresco.
En tanto, los países en vías de desarrollo, o del Tercer Mundo, o como quiera que se les llame en esta cálida temporada de otoño, no tienen, en Kyodo, gran cosa que decir, por más que algunas primeras damas del trópico estén a punto de perder sus escasas oportunidades de lucir sus pieles. Además, en las universidades y centros de investigación de por acá no se estudian las tribulaciones de la atmósfera. Es cierto que Mario Molina fue de los primeros en asomar el ojo por el agujero de ozono, pero hizo su trabajo del otro lado del Río Bravo.
Nos quedaría el consuelo de ahorrarnos toda la energía que invertimos en la calefacción, energía que podríamos invertir, de ahora en adelante, en enfriar nuestro entorno. Pero se trata de un espejismo. Por desgracia, un calentador genera calor y ya, pero los refrigeradores y aparatos de aire acondicionado generan frío de un lado y calor del otro, como bien lo saben los técnicos en refrigeración y las plagas domésticas, las cuales suelen vivir al amparo de esa función contradictoria.
Acaso la única cosa práctica que se pueda hacer sea organizar el próximo encuentro de la ONU sobre el tema no en Kyodo, sino en el Hospicio Cabañas de Guadalajara, justo bajo la cúpula en la que un Prometeo portentoso flota envuelto en unas llamas de rosticería. Tal vez, cuando voltearan hacia arriba en busca de la inspiración imposible, los expertos y los funcionarios reunidos, reaccionarían al apremio de ese emblema terrible y estarían en condiciones de hacer algo más que debatir la temperatura más adecuada para la cocción del planeta.
25.11.97
Fuentes envenenadas
Ahora está de moda que los conglomerados humanos más significativos se llamen naciones, y que las naciones se llamen países. Está de moda desde hace cuatro o cinco siglos, y tal vez transcurrirán varios más antes de que se imponga una nueva tendencia en el mercado de los rebaños. Mientras llega el momento, hay que referirse a países para preguntar si existe alguno, en esta tierra, con vocación homicida. La respuesta obvia es que sí y que no, que todos y ninguno.
El instrumento civilizatorio de la época, la más sofisticada máquina para convivir, es también, puede serlo, una máquina para matar. Apenas la semana pasada, 8 de cada diez estadunidenses pedían una lluvia de misiles para Saddam y un nuevo espectáculo de fuegos artificiales que podría ser observado, por cortesía de CNN, frente a un plato de palomitas y pizzas a domicilio. Del otro lado del mundo, miles de iraquíes misérrimos se agolpaban alrededor de las oficinas gubernamentales de Bagdad para demandar un nuevo capítulo de la Madre de todas las Batallas que, en las circunstancias actuales, para ellos sólo podría significar el martirio y, de ser cierta la promesa coránica, un reparto de visas para el Paraíso de las huríes.
Las escenas han sido inquietantes porque no se trataba de porras en el estadio y tenían precedentes negros: con bombas químicas, Saddam les coció los pulmones y el sistema nervioso a miles de kurdos, invadió y destruyó Kuwait, asesinó de paso a la Liga Árabe y tiró sus famosos Scud sobre los civiles de Tel Aviv, todo ello con un entusiasta apoyo de las masas de su país.
El anterior gobierno de Washington --cuyo ejemplo, en lo que toca a Bagdad, reclama Clinton-- destruyó buena parte del poder militar de Irak, pero también acabó con la economía, con la infraestructura y con una parte de la población de ese país, y desde entonces --seis años ya-- ha mantenido un bloqueo que afecta mucho más a la población iraquí que al propio Saddam. Y si los estadunidenses polemizan sobre las aventuras financieras o sexuales de su presidente, le otorgan un respaldo casi unánime cuando se trata, en cambio, de mandar portaviones al Golfo Pérsico.
Ahora se ha superado la crisis de los equipos de inspección. Estados Unidos considera que la legalidad ha sido restablecida y Bagdad llama a festejar el ''triunfo'' diplomático.
Pero el episodio ha puesto al descubierto, una vez más, las infinitas reservas de bestialidad y violencia que yacen tras las fachadas de un par de Estados que se pretenden depositarios y portadores de civilización. Poco importa, para el caso, que la dictadura iraquí se engalane con las herencias de Mesopotamia y el Islam, o que la democracia estadunidense se proclame nieta de Occidente. El hecho es que la abominación y la fobia se convierten, con mucha presteza, en fibras integradoras de ambos países.
Y no son los únicos. En esta postrimería secular ocurrió también, entre otros ejemplos, el derrumbe fácil del modelo de convivencia yugoslavo, que hasta entonces se tenía como paradigmático, y se dio lugar, en los Balcanes, a una carnicería como no había habido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
Más allá de la moraleja simplona de que las ganas de matar permean y trascienden ideologías y modelos políticos y económicos, es claro que en todas las sociedades existen núcleos de violencia latente, que todas las estructuras sociales son susceptibles de ser alineadas en torno a consignas fóbicas --para ello, basta con que en Roma alguien proclame que los cartagineses envenenaron el agua de las fuentes--, que eso implica una grave fragilidad de la convivencia y que esa fragilidad se vuelve aterradora en un mundo empequeñecido por la globalización, en donde, a pesar de los procesos de desarme, siguen en pie muchos misiles, convencionales o nucleares, que no obedecen contraórdenes.
18.11.97
Tráfico de armas
¿Cuántas computadoras personales fabricadas en Estados Unidos se comercializan en Cuba cada año? ¿Cuántas videocaseteras estadunidenses llegan a Irak? En ambos casos la respuesta es que sólo cantidades muy pequeñas, ínfimas, de unas y otras mercancías, pueden romper los respectivos embargos comerciales establecidos por Washington. Computadoras y videocaseteras pueden adquirirse sin restricción alguna, al mayoreo o al menudeo, en todas las ciudades y en todos los pueblos de la Unión Americana; pero es por demás difícil romper los respectivos bloqueos establecidos por el gobierno estadunidense contra la nación caribeña y contra el país árabe.
Los disparatados ejemplos anteriores permiten medir, por contraste, el grado de voluntad política de la Casa Blanca, los Departamentos de Estado y de Comercio, el Congreso, el FBI y la Oficina de Aduanas, entre otras dependencias, en lo tocante a las ventas de armas de fuego estadunidenses a América Latina. A diferencia de las transacciones de computadoras y las videocaseteras, las referidas a armamento deben estar sujetas, según las propias leyes del país vecino, a un estricto control gubernamental. Si se trata de ventas al menudeo, una regulación federal establece para los armeros diversos requisitos de identificación del arma y del cliente. En tratándose de exportaciones masivas, se supone que los fabricantes --empresas constituidas, registradas, con papel membretado, domicilio conocido y declaraciones fiscales-- deben recabar el visto bueno de varias oficinas gubernamentales antes de que sus productos salgan del país.
Sin embargo, en el mercado negro de cualquier país latinoamericano pueden encontrarse muchísimos más fusiles AR-15 o escuadras Smith & Wesson --de inocultable fabricación estadunidense-- que computadoras IBM en Cuba o videocaseteras Radio Shack en Bagdad.
O sea, mientras que los embargos comerciales son escrupulosamente cumplidos por funcionarios y empleados gubernamentales de Estados Unidos, las leyes y regulaciones sobre venta y exportación de armas de fuego son quebrantadas por el propio país fabricante. Tales infracciones refieren, necesariamente, a actos de corrupción, pero también a la ausencia de una voluntad política para combatirlos.
El viernes pasado, el gobierno estadunidense firmó, junto con 27 países latinoamericanos, la Convención Interamericana contra la Fabricación y el Tráfico Ilícito de Armas de Fuego, Municiones y Explosivos, una iniciativa mexicana orientada a reducir la pavorosa acumulación de armas ilegales en los ambientes delictivos de México y del subcontinente. Tal instrumento tiene también por objetivo cortar la relación perversa que se establece, en forma casi natural, entre el narcotráfico y el tráfico de armas.
Este año, la diplomacia mexicana logró que Washington aceptara la responsabilidad de Estados Unidos como uno de los principales abastecedores de armamento para los cárteles de la droga; responsabilidad, por cierto, mucho más grave que la que atañe a los gobiernos latinoamericanos en su infructuosa lucha contra el narco: es muchísimo más fácil fiscalizar la legalidad de las transacciones de un puñado de fábricas de armamento, todas ellas con nombre y apellido, que enfrentar un conjunto difuso, clandestino y multinacional de productores, transportistas y vendedores de cocaína.
Con la firma de Clinton estampada bajo ese documento, los gobernantes de América Latina dispondrán de una carta política de negociación con la Casa Blanca y el Departamento de Estado, podrán echarles en cara su laxitud en el control de la exportación de armas, y eso ya es una buena ganancia. Pero sería demasiado suponer que Estados Unidos va a cumplir los términos de la convención. No lo ha hecho, en este terreno, con sus propias leyes nacionales, y es sabido que para la clase política de Washington la legalidad internacional es una entelequia.
11.11.97
El TLC más grande del mundo
Con o sin plenos poderes para negociar tratados de libre comercio, William Clinton y su equipo están decididos a seguir generando, al menos, ideas espectaculares al respecto. El mes pasado, en su gira por Sudamérica, el presidente estadunidense promovió con muchas ganas la idea de establecer un ámbito hemisférico para el libre comercio, un instrumento que incluya al TLC y al Mercosur, que revitalice el Pacto Andino y que reviva al mercomún centroamericano. Esta iniciativa, que tiene tantos aspectos sublimes como posibilidades monstruosas, tal vez se quede chica frente a otra propuesta, también impulsada por la Casa Blanca, para proclamar una zona de libre comercio en Internet. La ocurrencia monumental fue expuesta por Ira Magaziner --uno de los más brillantes asesores del presidente estadunidense-- en una reunión de la Cámara Internacional de Comercio (ICC, por sus siglas en inglés) que tuvo lugar en París, el jueves 6 de noviembre.
Sólo para entender el tamaño y las posibles implicaciones de este plan, se requiere de un importante esfuerzo de imaginación: en términos geográficos, la Red de Redes puede estar presente en todo aquel punto del planeta y sus alrededores en el que exista un enlace telefónico o radial y una computadora conectada a él; se extiende, así, por los cinco continentes tradicionales, más alguna base científica en La Antártida y, según algunos criterios, hasta por el remoto valle marciano donde rueda un cochecito a control remoto de la NASA. La red reúne a usuarios tan diversos como estudiantes de secundaria y grandes empresas transnacionales, organizaciones no gubernamentales y ministerios, neonazis y anarquistas, satánicos(as) y vaticanos(as), la policía y los narcos, sexoservidores(as) y predicadores(as), sicoanalistas y mecánicos, universidades y casas de bolsa, latinistas y nerds, ligas de vegetarianos y clubes de coprofagia; es decir, un enorme y hasta ahora libérrimo conjunto de lo que ha dado en llamarse ''comunidades virtuales'', y como se está evidenciando, un mercado colosal con muchas decenas o centenas de millones de consumidores potenciales, más los que se acumulen esta semana.
En los momentos posteriores a la masificación de Internet se desarrollaron intensas polémicas públicas sobre los impactos que este fenómeno habría de acarrear en las sociedades, las culturas y las vidas cotidianas. Paradójicamente, las posibilidades del comercio electrónico planetario han estado siendo analizadas, hasta ahora, en círculos más reducidos y circunscritos a los sectores informático, por un lado, y financiero y comercial, por el otro. Pero la reunión de la ICC en París y la provocadora intervención en ella de Magaziner probablemente pondrán de moda las cuestiones más problemáticas del comercio electrónico internacional.
El incremento exponencial de las transacciones digitales vuelve a plantear el tema de las regulaciones gubernamentales de la red mundial, un asunto que el año pasado en Estados Unidos se resolvió, provisionalmente, con una derrota estrepitosa para la Casa Blanca y el Congreso, promotores de la censora ''Acta de la decencia en las telecomunicaciones'', cuya implantación falló tanto por el rechazo político y jurídico que generó, como por la imposibilidad técnica de que una autoridad nacional --así sea la estadunidense-- controle los contenidos de una base de datos con ramificaciones en todo el mundo.
En la perspectiva del comercio digital globalizado, las regulaciones serán multinacionales, o no serán, y para formularlas habrá que considerar muchos más aspectos que la moralina antipornográfica y la paranoia del narcotráfico y el terrorismo, que fueron las únicas motivaciones explícitas del ''Acta de la decencia''. Así, por ejemplo, será necesario contrastar la iniciativa del libre comercio electrónico con las diversas políticas nacionales en materia de impuestos, protección a los consumidores, prácticas notariales y validación de documentos y mecanismos legales de combate a los monopolios, entre otras.
Asimismo, para avanzar en la conformación de un TLC virtual y planetario se requiere de un organismo que se encargue de ordenar, por lo menos, los numerosos y encendidos debates que, sin duda, provocará la iniciativa. Magaziner propuso en París que fuera la Organización Mundial de Comercio el foro para ello, y que la necesaria normalización impositiva se examinara en el seno la OCDE, lo cual, dicho sea de paso, dejaría fuera de la jugada a la gran mayoría de las naciones.
En suma, falta mucho para que la propuesta estadunidense encuentre las muchas pistas de aterrizaje que requiere, si es que las encuentra. En lo inmediato, los habitantes y frecuentadores del ciberespacio habremos de admitir, con resignada nostalgia, que el Ágora más libertaria, plural y fascinante que ha existido va camino de convertirse en un gigantesco supermercado.
4.11.97
¿Volver al pasado?
Los movimientos insurgentes que aún existen en América Latina, a pesar de su erosión política e ideológica, siguen expresando la problemática común a casi todas las naciones de la región: marginación y pobreza, saqueo económico, precariedad financiera, corrupción, narcotráfico, iniquidad social, carencia de vías de participación política. Eso no quiere decir que sean, a estas alturas, propuestas viables para resolver esas y otras lacras. La persistencia de las organizaciones armadas es parte de los problemas reales, no de las soluciones posibles.
El caso de Colombia es particularmente desolador. Sobreviven allí grupos político-militares consolidados, en términos de control regional y poder de fuego, pero cada vez más desdibujados y erráticos en lo ideológico y lo político. La violencia estructurada que existe en regiones del campo colombiano hace posible que para muchos la guerrilla sea ya no una militancia, sino un modus vivendi. Da la impresión --y el reciente secuestro de dos funcionarios internacionales se encargó de reforzarla-- de que el programa de las organizaciones rebeldes colombianas se reduce, hoy, a dos puntos: subsistir y preservar sus cotos de poder.
Con la única excepción de los zapatistas --los cuales se cuecen aparte, según admiten simpatizantes, adversarios y observadores neutrales, suponiendo que los haya--, las organizaciones que reivindican la lucha armada en América Latina no tienen gran cosa que decirle al mundo ni a sus respectivas sociedades. Esta diferencia puede explicarse, en parte, debido al carisma y el talento mediático de los insurgentes chiapanecos. Pero sólo en parte: si los Cerpa Cartolini, los Gorriarán Merlo o los dirigentes del ELN colombiano no son escuchados por sectores importantes de las sociedades de sus respectivos países --ya no digamos por los círculos progresistas que quedan en Europa y Estados Unidos-- ello no es únicamente porque sean menos simpáticos que Marcos, David, Tacho o Ramona, sino, principalmente, porque, a diferencia de éstos, los sudamericanos ofrecen un discurso y un programa marcados por el arcaísmo, la vaciedad y la confusión entre los medios y los fines, es decir, la reivindicación de la guerra porque sí y ya.
Sería simplista pensar que la degradación política y la erosión de su contacto social conducirán necesariamente a tales grupos a la extinción natural. Peor aún: en el entorno latinoamericano actual nada garantiza que no surjan organizaciones guerrilleras nuevas, tan arraigadas en la problemática social como carentes de propuestas reales, justamente a la manera de las colombianas.
Sin ir muy lejos, América Central es una zona que reúne condiciones para un resurgimiento de movimientos armados: marginación y miseria persistentes --a pesar de los planes de desarrollo--, existencias abundantes de armamento --pese a las ceremonias de desarme--, violaciones reiteradas a los derechos humanos --que la depuración de ejércitos y policías no ha logrado abatir--, subsistencia de oligarquías --ahora diversificadas por la admisión de ex comandantes guerrilleros en las fiestas de la alta sociedad--, un alto número de personas sin más capacitación profesional que para matar --a pesar de los planes de reubicación y reinserción--, una paz que no llega y una violencia que persiste, por más que las guerras hayan sido oficialmente clausuradas en hermosas y emotivas ceremonias internacionales.
Si el resurgimiento de la lucha armada no haría más que empeorar sus propias circunstancias justificatorias, la vuelta a las políticas gubernamentales de contrainsurgencia sería incluso más lesiva para los precarios --ínfimos, si se quiere-- espacios de legitimidad e institucionalidad arduamente construidos en el continente a partir de la década pasada. Ojalá que no.
28.10.97
Transferencias de poder
Salvo contadas excepciones, en nuestra época los gobiernos nacionales se reducen y transfieren muchas de sus atribuciones a otros centros de poder. Tal vez sea excesiva, para ilustrar este proceso, la metáfora de un cubo de hielo que se desparrama en todas direcciones, así sea porque ignoramos si el Estado nación acabará convertido en un charco, y porque la tendencia mencionada se puede revertir un día de éstos. Pero lo cierto es que, antes incluso del deshielo Este-Oeste, los poderes públicos nacionales están comportándose como agua congelada puesta al sol.
Las burocracias de los organismos internacionales (ONU, UNESCO, FAO) o supranacionales (Unión Europea, Mercosur, TLC) adquieren facultades de diversa magnitud --desde el arbitraje hasta la regulación y emisión monetaria y la procuración de justicia-- en detrimento de las esferas de control tradicionalmente reservadas a los aparatos gubernamentales.
Las regiones, las entidades federales, las provincias y los municipios toman el control de presupuestos y actividades otrora ejercidos por los poderes centrales. Las organizaciones no gubernamentales (cuyo nombre genérico denota en sí mismo la contraposición) adquieren influencia política, económica y social, cuando no facultades formales.
Los procesos de individualización y ciudadanización en curso, que parecen irreversibles, otorgan a las personas libertades sobre ámbitos de su propia existencia --opciones religiosas, ideológicas y culturales, preferencias sexuales, alternativas de información-- que hasta hace no mucho eran regulados o fiscalizados por las autoridades públicas --y que en algunos países o regiones lo siguen siendo.
Al mismo tiempo, las tendencias privatizadoras, desreguladoras y globalizadoras crean las condiciones para el surgimiento de enormes núcleos de poder económico que no rinden cuentas a parlamentos, cortes de justicia o jefaturas de Estado sino a asambleas de accionistas y a consejos de administración.
Esas concentraciones de capital, algunas más grandes que el PIB de un país de tamaño mediano, pueden ejercer, de facto, un poder político devastador. Para dar ejemplos disímiles, Maseca estaría en posibilidad de dejar sin tortillas a toda una entidad de la República y Microsoft podría sacar de la autopista de la información a un país entero. En algunas naciones centroamericanas las intentonas golpistas ya no tendrían que larvarse exclusivamente en el seno de las fuerzas armadas: una empresa de protección del tipo de Panamericana podría participar en ellas, o hasta emprenderlas por su propia cuenta. Por su parte, una firma productora de alimento para animales puede decretar que los uruguayos dejen de comer carne de pollo. Y eso, por no hablar de los consorcios de telecomunicaciones vía satélite, los cuales tienen todos los hilos necesarios para aislar a una nación del resto del planeta.
No digo ni insinúo que existan, al menos en el momento actual, intenciones tan aviesas; el hecho es que, al margen de paranoias y de obsesiones conspiratorias, ya existe la capacidad instalada para ejercerlas. Por ahora estos poderes se expresan en acciones que oscilan entre la grandeza caritativa y la pequeña mezquindad. Hace cosa de un mes, Ted Turner --que, en lo personal, posiblemente tenga un corazón de oro-- salvó a la ONU de la bancarrota, algo que no habría podido hacer ningún gobierno, en tanto que Bill Gates --que será muy nerd pero no llega a fascista-- fue puesto en el banquillo de los acusados por su empecinamiento en obligarnos a usar su engendro Microsoft Explorer a todos los internautas del mundo.
Son cosas menores. Pero me aterra ponerme en la situación del secretario general de la ONU cuando tenga que decidir entre darle una entrevista exclusiva a CNN o a cualquier otra cadena y se vea atrapado entre la probidad a ultranza y las elementales reglas de gratitud, y me aterra más aún que Microsoft gane el juicio y a uno no le quede de otra que asomarse al universo virtual por la ventana --estrecha o no, ése es otro asunto-- del programa referido, el cual, para colmo, tiene un logotipo o icono bien ominoso: el globo terráqueo, todo él, bajo una lupa que lo examina.
14.10.97
Nobel, izquierda, payaso
Ya era hora de que dieran un Nobel así, no sólo para que la derecha rabie, sino también para que el bando contrario se relaje. Porque, por paradójico que resulte, hace muchísimas décadas que las izquierdas están experimentando graves problemas para conciliar la risa.
Uno suele vivir obligado a tomarse en serio, y peor si alguna vez ha tenido algo qué ver con la segunda de esas querencias: los héroes no son cómicos, la sangre derramada no le hace gracia a nadie, el anhelo de justicia para los jodidos no puede darse el lujo de malversar energías en una carcajada, la tortura no es jocosa a menos que consista en cosquillas y si te ríes de ti mismo, así sea por un segundo, engordas el caldo del enemigo. Para colmo, la vieja y sabia costumbre de animar velorios con chistes verdes ha caído en desuso en todo el espectro político.
La militancia, la pasión social y el compromiso, que casi inevitablemente tienen los efectos colaterales de la grandilocuencia y la cursilería trasvestida de ternura, sólo dan permiso para reír a costillas de los burgueses, los fascistas, los gorilas, los pinches imperialistas, los oligarcas, los reaccionarios, los neoliberales, o cualquiera que sea el apelativo de moda para los malos --bien malos, sin duda-- en el episodio histórico que corresponda.
Pero la risa, como el amor, es ciega, intrínsecamente indisciplinada y profundamente pequeñoburguesa, y no se anda fijando en bandos ni ortodoxias: burlarse únicamente del enemigo termina por causar fatiga espiritual hasta en los espíritus más combativos. Tal vez por eso los dueños de la URSS optaron desde muy temprano por la solución práctica de suprimir toda comicidad de las manifestaciones culturales de aquel país que era una síntesis imposible de cuento de hadas y película de horror, géneros de por sí escasos de gags.
Aquello se derritió como una nieve de grosella o, mejor dicho, de hígado. Pero la tendencia de las izquierdas a tomarse demasiado en serio es muy anterior al bloque socialista --¿es que alguien ha escuchado alguna vez un chiste sobre Espartaco?-- y, por desgracia, le sobrevive. Los reflejos fundacionales impiden valorar el papel de la risa en la transformación del mono en hombre y la importancia estratégica de prohibirla cuando se trata de transformar al hombre en máquina.
Dicho sea con cariñito, para muchos del bando de acá no parece haber más remedio que vivir tristes en virtud de la coyuntura, felices por razón de Estado, indignados por sentido común, autocríticos por línea, conmovidos de acuerdo con la consigna, profundos y analíticos por convicción, contenidos por solidaridad, exultantes o circunspectos según ande la política de alianzas y siempre en posición de firmes ante las banderas de la causa.
Semejantes actitudes impiden ver cómo, en el curso de reivindicaciones y reclamos rituales, grandes palabras como Historia, Moral y Ética acaban convirtiéndose en historieta, moraleja y etiqueta. Por esta vía se corre también el peligro de desarrollar actitudes disociadas: en la clandestinidad de la clandestinidad, en los rincones de la movilización, en los sótanos del trabajo partidario y tras las bambalinas de la lucha, los chistes más cotizados no solían ser los de Pepito, sino los referidos a Fidel Castro. Del grado de solemnidad del auditorio dependía que provocaran risa culposa, desaprobación a secas o una discusión colectiva con miras a la expulsión. Y si el asunto ocurría en el seno de una organización armada, si el proceso pasaba por momentos críticos y, sobre todo, si el chiste era realmente bueno, el episodio podía culminar en ajusticiamiento revolucionario.
La semana pasada le dieron el Premio Nobel de Literatura a Darío Fo: el más querible de los bufones, el más descarnado, el más humano de los izquierdistas; el que, sin volverse un renegado ni dejarse cooptar por la CIA, descubrió que la risa no tiene otro compromiso que consigo misma, que tomarse en serio deteriora la calidad de vida, que una carcajada es más sediciosa que cualquier discurso incendiario y que para este planeta los payasos pueden ser tan provechosos como los secretarios generales y los comandantes, pero mucho más divertidos.
Ante este reconocimiento, las derechas están que rabian, nunca mejor que ahora representadas por el Vaticano, para el cual toda hilaridad suena a carcajada satánica, y por el ínclito Corriere della Sera.
Me asustaría que el premio causara un desagrado equivalente en algún lugar de la izquierda de cuyo nombre no quiero acordarme. Como decía Nicanor Parra: ''La izquierda y la derecha, unidas, jamás serán vencidas'', y menos si se ponen a secretar bilis de manera conjunta, porque entonces no quedará ni siquiera la esperanza de que les gane la risa.
7.10.97
¿Sin ejércitos?
Los guerreros profesionales tienen un papel destacado, si no central, en el surgimiento de casi todas las civilizaciones. Pero también suelen resultar indispensables cuando llega la hora de destruirlas. No es necesario ir muy lejos para hurgar en el suelo de Cartago y Numancia o en los escombros de Tenochtitlan, y ni siquiera en las cenizas de Dresde y de Hiroshima. Todavía están frescos los cuerpos en Benthala y en Blida. No se han reparado aún los edificios de Sarajevo. Colombia vive al ritmo de matanzas y contramatanzas. Los milicianos de Hamas y los terroristas de Estado de Israel parecen empeñados en disputarse el Nobel de la barbarie.
En este mundo que se quedó sin frentes ni trincheras definidos, la violencia se muerde la cola en episodios sin propósito, y las instituciones castrenses formales --las que utilizan papel membretado y logotipo-- difícilmente podrían ser responsables directas de todas esas historias de muerte. Pero los asesinos en Argelia, con su alto grado de organización y entrenamiento, son veteranos de Afganistán; los carniceros de Bosnia son, en su mayor parte, engendros del ejército yugoslavo; los agentes del Mossad que, munidos de pasaportes canadienses falsos, se pasean por el mundo envenenando gente, tienen grado militar; los terroristas árabes que se forran de dinamita para explotar entre civiles son entrenados por las fuerzas armadas de Irán o Siria; los escuadrones de la muerte latinoamericanos, antaño dedicados al exterminio de opositores y hoy consagrados al negocio de matar carteristas y niños de la calle, reclutan a sus miembros en corporaciones militares o policiales; los iluminados que quieren instaurar el paraíso terrenal a punta de ajusticiamientos --burgueses, mencheviques o reformistas, y hasta algún compañero de ruta renuente a la autocrítica-- no vacilan en repartirse grados militares ni en inventar fuerzas armadas rebeldes, populares o de liberación; el joven criminal que dinamitó un edificio repleto de gente en Oklahoma aprendió las mañas de la destrucción como soldado estadunidense en Irak. Y así.
Parece que, a la larga, la paz indefinida de los cuarteles acaba siendo frustrante para muchos. Allí dentro habrá seguramente quienes piensen que, tras haber sido sometidos a un implacable entrenamiento para matar, en el curso del cual se les inculca la obediencia estricta, el amor al oficio y la fobia al enemigo, es un poco cruel que los tengan años y años sin más entretenimiento que engrasar las armas y lustrar sus botas. Y acaso no les falte algo de razón cuando, una vez licenciados, descubren las ventajas de trabajar por su cuenta.
Lo que no resulta correcto, incluso en este planeta de eufemismos, es que el mantenimiento en tiempos de paz de aparatos diseñados para la destrucción y el aniquilamiento --con todo y el riesgo que conllevan de generar tránsfugas-- se denomine seguridad.
¿Es concebible una vida sin fuerzas armadas? ¿Qué pasaría si fueran abolidas? Tal vez se trate de un par de preguntas disparatadas, pero en el mundo ha habido pocos momentos tan propicios como el actual para planteárselas. Hoy, por lo menos, la existencia de gigantescos aparatos bélicos carentes de enemigo --pero propensos a fabricarlo-- obliga a pensar que la barbarie no es lo que queda más allá de la cáscara de la civilización, sino uno de sus órganos internos y constitutivos.
30.9.97
El factor ruso
El Imperio del Mal no ha muerto. Sólo cambió de giro. De Moscú y sus alrededores han vuelto a fluir hacia este hemisferio toda suerte de apoyos bélicos para grupos armados que, a diferencia de los de antaño, no pretenden destruir a Estados Unidos sino drogarlo, y ya no con el utópico propósito de hacer la revolución, sino con el objetivo mundano de hacer dinero. Es curiosa la forma en que regresan, transfiguradas, las viejas obsesiones estadunidenses de seguridad nacional.
Probablemente el reportaje publicado ayer por The Washington Post tenga un importante sustrato de verdad. En síntesis, el rotativo afirma que las mafias rusas han venido estableciendo alianzas con los narcotraficantes colombianos, de los cuales obtienen la cocaína que comercializan en Europa y a los cuales pagan en especie con armamento sofisticado. Según el Post, los servicios de inteligencia de Washington descubrieron recientemente que entre unos y otros había negociaciones para dotar a los latinoamericanos de misiles tierra-aire, helicópteros e incluso un submarino. Indica, asimismo, que las mafias eslavas están abriendo bancos y empresas fachada por todo el Caribe con el propósito de lavar dinero. Barry McCaffrey, el coordinador de las acciones antidroga del gobierno estadunidense, consideró que las organizaciones delictivas rusas establecidas en territorio norteamericano son de las más peligrosas, en tanto que otros funcionarios no especificados opinan que las alianzas entre las bandas rusas y las colombianas son el mayor desafío, en materia de narcotráfico, en el hemisferio.
Puede ser, incluso, que las escenas de aviones Mig que eluden, con su vuelo rasante, los radares estadunidenses, e incursionan repletos de cocaína en la patria de Lincoln, escenas que hace un par de años un amigo y yo pretendíamos colocar en una novela jamás escrita, se vuelvan realidad uno de estos días. Al fin y al cabo, cualquier coleccionista millonario puede adquirir uno o varios de esos aparatos en las ventas de temporada que tienen lugar en Europa oriental, en la propia Rusia y en varias naciones de Asia central.
Con todo y lo que pueda tener de verdad, sin embargo, el reportaje del Post elude un problema fundamental: las actividades criminales son, hoy en día, una parte indispensable de la construcción de la nueva economía rusa en la que está empeñado el régimen de Boris Yeltsin y que, para los gobiernos occidentales, constituye una operación esencial de cara a la estabilidad y la seguridad internacionales. No es que los gobernantes del Kremlin sean abiertamente narcos o proxenetas, pero es claro que carecen de la capacidad y de las motivaciones necesarias para erradicar las mafias que hoy dominan una buena parte de la economía y de los estamentos de poder. En su momento Washington hizo lo propio. Creó, mediante la Ley Seca, el caldo de cultivo propicio para unas organizaciones criminales que contribuyeron en forma significativa en el proceso de acumulación de capitales y que prestaron importantes servicios a la Patria en la Segunda Guerra Mundial, ayudando a preparar la invasión a Italia.
Si la mancuerna criminal rusos-latinoamericanos existe, y todo parece indicar que sí, Estados Unidos se las va a ver negras, porque no es lo mismo, en materia de combate a la delincuencia, imponerles condiciones a los presidentes de Bolivia o Perú que al gobierno de Rusia.
Por último, habría que hacer votos por que los cárteles latinoamericanos tengan, mientras existan, la determinación necesaria para negociar en pie de igualdad con sus homólogos de otras latitudes y que no vayan a presentarse, en el mundo del hampa, los procesos de subordinación que con lamentable frecuencia ocurren en los ámbitos gubernamentales. Si no tienen otro remedio, pues, que sean narcos, pero por lo menos narcos soberanos.
23.9.97
Armas para nada
Los sofisticados radares construidos y emplazados por la Unión Soviética en media Europa y dos tercios de Asia, por ejemplo, se quedaron esperando un desafío que nunca llegó: el de los aviones estadunidenses indetectables, que ahora vuelan sin ton ni son, y sin otro propósito visible que el de estrellarse por fallas humanas, como lo reportan noticias recientes. Por supuesto, uno no deja de alegrarse de que la función de fin del mundo que nos ofrecían Moscú y Washington haya sido cancelada en virtud del fallecimiento de uno de los actores principales. Pero ahora queda sobre el escenario una utilería tecnológica que nadie encuentra cómo desmontar.
Que algunos militares rusos andan vendiendo como fierro viejo submarinos nucleares, carros de combate, misiles antiaéreos y quizá también cabezas atómicas, es noticia antigua. Tal vez las antenas que los bombarderos Stealth dejaron plantadas en su horrorosa cita histórica sean rematadas, antes de que acaben de oxidarse, a algún empresario de telecomunicaciones o a una de esas corporaciones que ofrecen espectáculos de strip tease vía satélite. En el antiguo corazón del bloque socialista la miseria presupuestal, la corrupción, el derrumbe institucional y operativo de las Fuerzas Armadas y las ventas de garage en el mercado negro se encargaron de resolver el problema, por más que las soluciones puestas en práctica generen riesgos que escandalizan a los ecologistas y a los expertos en seguridad.
En Occidente, en cambio, parecían estar dadas las condiciones de estabilidad y abundancia que habrían debido permitir un desmantelamiento suave y programado de los aparatos técnico-militares de destrucción a gran escala y tecnología de punta. Pero, paradójicamente, se ha avanzado mucho menos, en este sentido, que en el antiguo bloque oriental. Es cierto que los presupuestos estadunidenses de defensa de los años noventa son mucho menores que las obscenas cifras que se destinaban a ese fin en los tiempos de la delirante Guerra de las Galaxias que preconizaba Reagan; todos los países de Europa occidental han reducido, en diversas proporciones, sus respectivas fuerzas armadas, y se ha producido, en términos generales, un reajuste a la baja de los recursos destinados a la investigación, la producción y el mantenimiento de juguetes altamente mortíferos.
El problema, sin embargo, sigue en pie: existen vastísimas estructuras militares (la US Air Force, la Force de Frape francesa, la Royal Navy) que no le sirven a nadie de maldita la cosa y que, sin embargo, deben ser mantenidas; existe una industra que no puede desaparecer así porque sí, ni ser reconvertida en el corto plazo, que produce mercancías tan inútiles, en el actual contexto del mundo, como lo sería un teléfono celular en el siglo XIV. Al desarrollo de nuestros actuales anacronismos debemos, en buena medida, espectaculares avances tecnológicos que han podido ser trasplantados a la industria civil: entre otros muchos, la miniaturización, las redes de cómputo, los rayos láser e infrarrojos, el ultrasonido y las microondas. Eso ya es ganancia. Pero las fragatas lanzamisiles, los tanques de visión nocturna y proyectiles de uranio, las bombas atómicas de precisión y los pájaros supersónicos diseñados para matar a los igualmente temibles MiG, tuvieron su última oportunidad dorada en la Guerra del Golfo. Hoy, si se considera que resultan inadecuados para enfrentar los retos finiseculares a la seguridad nacional de los países que los poseen --parar el tráfico de cocaína, disuadir a los migrantes, combatir la contaminación o despanzurrar a algún terrorista despistado-- queda apenas la esperanza de que alguien obtenga la autorización para convertirlos en llaveros y venderlos como recuerdo de la guerra fría.
Mientras tanto, persiste el peligro de que todo este aparato se vuelque en busca de nuevos mercados --como ocurre ahora con las tentativas estadunidenses y europeas de ''reactivar'' las compras latinoamericanas de armamento de vanguardia-- o que, como está ocurriendo, que siga consumiendo presupuestos astronómicos y, en el caso de los aviones gringos de guerra, que lastimen por accidente a alguna persona.
9.9.97
Teresa como ideóloga
Ahora se vive la fiebre de adoración por dos corazones, postulados por los medios como los más grandes y nobles de la especie humana. Uno dio cobijo a niños africanos mutilados por las minas, a un príncipe de Inglaterra y a un pirruro egipcio; otro albergó marcapasos, agonizantes y leprosos. Los dos, lamentablemente, suspendieron sus funciones con unos pocos días de diferencia.
Tal vez haya sido una mera casualidad, pero el encumbramiento ante la opinión pública de Teresa de Calcuta a alturas comparables con las de Gorbachov, Madonna y Lady Di, coincidió con una arrasadora moda económica que requería de teóricos y prácticos del asistencialismo. Con el adelgazamiento del Estado, el recorte de los programas sociales, las privatizaciones, los tratos privilegiados al capital financiero, el énfasis en la competitividad y la productividad y la apertura indiscriminada de los mercados, la Revolución Conservadora y sus recetas adjuntas generaron pobreza y agudizaron la de los pobres ya existentes. Y como el modelo satanizaba todos los mecanismos públicos de subsidio y redistribución del ingreso, la caridad privada y las ONG, ya fueran reductos de izquierdistas puestos al día o brazos administrativos de órdenes religiosas, quedaron como las únicas maneras políticamente correctas de atender a los millones de damnificados por el venturoso ciclón de las modernizaciones económicas, maneras que muy pronto se vieron recompensadas por exenciones fiscales para las obras pías y por limosnas deducibles de impuestos.
Es significativo que el papa Wojtyla, gran promotor de la monja yugoslava, haya hecho en su momento rondas de aliado estratégico con Ronald Reagan y haya perseguido, al interior de su Iglesia, toda propuesta que se orientara a resolver la pobreza: administrarla está muy bien, pero erradicarla suena a teología de la liberación.
La caridad cristiana es, por supuesto, un precepto mucho más viejo que la banda de Milton Friedman, y no afirmo ni sugiero complicidades activas de Teresa de Calcuta con el neoliberalismo: me limito a señalar coincidencias y mutuos beneficios.
Alguna colaboradora arrepentida de la monja Nobel afirmó que ésta se encontraba en su elemento en la miseria ajena, y que había desarrollado tal familiaridad con el sufrimiento de los demás que vivía el alivio con frustración y enojo, y que no era capaz de desplegar su piedad sino con moribundos confirmados. Ve tú a saber. A la distancia es claro que la señora, en vez de preguntarse por el imperativo ético de erradicar la pobreza, decidió asumirla como parte inherente a la condición humana.
Uno no puede desconocer, en este punto, que las utopías seculares que pretendieron eliminar por decreto las desigualdades acabaron por convertirse en sociedades profundamente desiguales, la URSS, China, Cuba, tiránicas y, para colmo, inviables, cuando no en genocidios al estilo Kampuchea. Pero, independientemente de que Teresa se la hubiese formulado en su fuero interno, ¿es suficiente esta constatación para concluir que la pobreza y la miseria son irremediables, consustanciales a los órdenes natural y divino, y que más vale resignarse y consagrar una vida --o muchas-- a la piadosa tarea de quitarles los piojos a los agonizantes?
Con o sin derrumbes socialistas, el mundo ha vivido, en las décadas recién pasada y presente, un reacomodo en lo que se refiere al combate a la pobreza. Uno de los triunfos duraderos de la Revolución Conservadora ha sido eliminar o debilitar significativamente la idea de que acabar con la pobreza es una obligación de las sociedades y los Estados.
A cambio, se ha colocado la reducción de las desigualdades en el ámbito de los deberes privados, de preceptos morales, de votos y consagraciones personales. En forma paralela ha proliferado la industria del lavado de conciencias, contexto en el cual proliferan las empresas, las organizaciones las instituciones, las órdenes y las cofradías que comparten la misión global de consolar a los jodidos con oraciones, patas de pollo y máquinas de coser, a cambio de que acepten que su condición no es una contigencia, sino una fatalidad. Y me temo que Teresa de Calcuta, acaso sin saberlo, contribuyó en gran medida a la legitimación y divulgación de esta monstruosidad.
2.9.97
El fin de las princesas
Era el juego de la seducción, pero llevado al terreno de masas. Mientras más se escondía más cotizadas eran las fotos de besos furtivos o de pechos al aire en una playa supuestamente privada. Dosificar la intimidad equivalía a incrementar su precio; denegarla del todo a las cámaras implicaba desaparecer de la escena; dejar de preocuparse por el asunto y dejarse fotografiar por quien quisiera hacerlo habría llevado al hartazgo rápido y a la pérdida de interés por parte del público, ese público de la Europa futura tan difícil de satisfacer y ante el cual hay que estar haciendo delicados equilibrios: menos fotos con niños tullidos, por favor, y un poco más de escenas que permitan imaginar cama y jadeos, ¡ah!, y bien por esos diamantes de medio millón cuyo brillo estuvo a punto de sobresaturar la toma.
En esas peticiones implícitas del mercado se fundamenta en nuestros días la función social de las princesas y de los príncipes, familias reales, cortesanas y cortesanos y antorchas vivientes de la industria del espectáculo que se consumen un poquitín más rápido de lo que habrían querido. El tiempo ha ido trastocando lentamente el sitio de la realeza hasta depositarla en el banquillo de los bufones y comediantes. Los palacios y castillos con toda su nómina, que tan cara les sale a los contribuyentes ingleses --o suecos, o daneses, o españoles--, no tienen hoy más propósito que el de divertir al pueblo: en la evolución de los géneros, los cuentos de hadas se han convertido en telenovelas y reality shows para los cuales es necesario fabricar personajes. El Respetable necesita depositarios reales para sus sueños y sus pesadillas, para su lascivia y su nostalgia, para sus valores morales y hasta para demostrar la validez de sus moralejas.
Diana Spencer no entendía tales reglas --o jugaba a no entenderlas-- y ese papel le valió dividendos formidables, hasta el punto de convertirse en la niña mimada de la opinión pública de su país. Parecía estar realmente empeñada en defender su privacía y ese empeño multiplicaba el valor de cada gráfica lograda a su pesar. Construía las revelaciones de alcoba real con precisión y lograba ponerlas en el centro del interés social, para luego exigir que la dejaran disfrutar en paz sus noches de diez mil dólares con el yuppie en turno.
Ahora, sobre los hierros humeantes de un Mercedes Benz que se depreció en forma brusca, los cazadores de privacidades fueron más allá de lo permitido y abrieron sus obturadores para capturar la agonía de la diva. Después de especular cuidadosamente con su vida íntima, Lady Di le regaló al pueblo el más privado de sus momentos: el de su muerte. Profundamente conmovidos, y agradecidos, los ingleses decidieron que ya era tiempo de que Diana Spencer descansara en paz, y con una indignación moral harto comprensible, optaron por cerrar los ojos ante las fotos de su princesa despedazada.
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