7.2.17

Unidad: con quién y para qué


Unidad nacional” es el mantra del momento entre quienes han instigado y consumado la mayor fractura nacional en décadas: la generada por las reformas estructurales, con la educativa y la energética, en primer lugar. “Unidad”, claman los políticos y funcionarios que incendiaron al país con el gasolinazo del mes pasado. “Patriotismo”, exige, en su fiesta de Querétaro, el grumo de partidos que ha gestionado los episodios más recientes de claudicación nacional. Unidad y patriotismo son ahora los productos de temporada, las marcas registradas comercializables recién descubiertas por los sectores políticos y empresariales que han exacerbado la división de México entre un puñado de magnates y una mayoría de miserables, los que han traducido al español mexicano los dictados de la OCDE, el FMI y el Banco Mundial, y los que en el pasado reciente elaboraron coartadas para justificar la violencia genocida en la que Felipe Calderón sumió al país.

Quienes han hecho carrera promoviendo en México los antivalores neoliberales de rentabilidad, competencia y productivad; los que por décadas entonaron alabanzas al proceso de integración supeditada del país a la economía estadunidense; quienes han impulsado una modernización sangrienta, antipopular, generadora de pobreza y marginación; los que han exigido e instrumentado acciones de represión en contra de los movimientos sociales; quienes han pedido mano dura contra la delincuencia mientras se dejan consentir en los salones controlados por delincuentes de cuello blanco; los que han buscado criminalizar a los estudiantes de Ayotzinapa, a los profesores de la CNTE, a las comunidades en resistencia; los telectuales que han descalificado como “populismo” las luchas en defensa de los intereses nacionales; quienes querían mantener en la cárcel a Nestora Salgado; esos cuyos servicios a un poder público lacayo les ha sido generosamente recompensado con contratos y prebendas; los mexicanos a los que les resulta ajena la crisis habitacional en el país porque poseen residencias de lujo en Estados Unidos; esos que han medrado con la obsecuencia de gobiernos que entregaron al extranjero las riquezas del subsuelo y las empresas antaño de propiedad pública; Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña, que vendieron o regalaron el mercado nacional, la independencia diplomática, la soberanía, la seguridad nacional y la estructura energética de México a las necesidades e intereses de las transnacionales, hoy medran con los impulsos nacionalistas y con la indignación social provocada por las arremetidas antimexicanas de Donald Trump. Y las diversas caras y logotipos de la antipatria política, empresarial, mediática e ideológica, convocan en defensa de la patria a una sociedad a la que por décadas han traicionado, defraudado, saqueado, manipulado, empobrecido, mentido y masacrado.

Los más recientes episodios de esta indecencia son el enésimo llamado de Peña a la unidad, ahora “en torno a la Constitución” y la marcha “apartidista, pacífica y respetuosa” en rechazo a las iniciativas del gobierno estadunidense y en demanda de “buen gobierno”. El primero es un nuevo intento por legitimar las reformas estructurales que representan la más reciente adulteración al pacto social expresado en el documento constitucional; el segundo viene siendo un nuevo ensayo de un conocido manojo de membretes de la derecha empresarial y antipopular, ahora agrupada en una cosa denominada Vibra México, por capitalizar el justificado enojo que cunde en el país en contra de la administración Trump. Tan descarado resulta ese oeneginismo reaccionario que ni siquiera se tomó la molestia de buscarle un sufijo “.org” a su página web, la cual puede encontrarse con el dominio corporativo “.com”. Es comprensible que universidades privadas se hayan sumado a la convocatoria. Pero, por razones que escapan al entendimiento, la rectoría de la UNAM aceptó agregar los nombres de esa prestigiosa institución pública a un conjunto de grupos facciosos y oligárquicos que buscan convertir la movilización en un nuevo instrumento de mercadotecnia o, cuando menos, de lavado de imagen.

Está difícil que desde el 12 por ciento de popularidad que se labró a pulso y con tesón, Peña logre encabezar algo más que la suma de las cúpulas que dominan de mala manera las instituciones y lo que queda de la economía; en cuanto al llamado a salir a las calles formulado por Vibra México, no se debe escatimar la cobertura mediática ni la estruendosa capacidad de promoción de que gozan las OAVG (organizaciones a veces gubernamentales) convocantes. Pero de seguro el país mayoritario ofendido, despojado, maltratado y reprimido, no estará allí.

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