12.2.09

Carta a los artrópodos


Me dirijo a ustedes, artrópodos, como los representantes más complejos de un mundo de invertebrados que incluye, además, a bacterias, arqueas y eucariotas, y a amasijos multicelulares como las esponjas, las lombrices, los gusanos planos, las medusas, las estrellas de mar y los corales. Me dirijo a ustedes en razón de nuestra enemistad ancestral. Hablo en nombre de los vertebrados en general, de los mamíferos y de los humanos.

Los antepasados de ustedes y los nuestros han rivalizado desde el primer poblamiento de las tierras emergentes, allá por los tiempos ordovícicos (hace 500 millones de años), e incluso desde antes, cuando surgió la vida animal en las aguas marinas “nutritivas y tibias como la orina de un diabético”. Podremos tener antepasados comunes, pero nunca los reconoceremos a ustedes como hermanos nuestros.

Por entonces, ustedes depredaban a nuestros tatarabuelos peces, y ya en tierra firme, mientras los primeros tetrápodos se esforzaban por desarrollar sus extremidades gelatinosas y por sobrevivir en el aire seco, ustedes, provistos de la movilidad que dan las patas plenamente funcionales, hundían sus colmillos formidables en la carne desamparada de aquellos lejanos ancestros nuestros. Entrado el Carbonífero, gracias a una atmósfera hiperoxigenada, ustedes desarrollaron dimensiones atroces (ciempiés de dos metros de largo, arañas capaces de devorar a un gato, libélulas de envergadura comparable a la de las águilas actuales) que les permitieron engullir anfibios y reptiles. De no haber sido por el cambio climático que sobrevino al fin de aquel periodo, tal vez los vertebrados habitaríamos hoy en día las rendijas de las casas de ustedes, nos disputaríamos los restos de su cena y correríamos aterrorizados para evitar ser aplastados por sus patas peludas y por sus pedipalpos letales. Pero, en buena hora, el oxígeno escaseó, y sus sistemas traqueales resultaron incapaces, en la nueva circunstancia, de sostener aquellas monstruosas dimensiones.

Los hemos estudiado, clasificado, rebanado en el microscopio y disuelto en ácidos para obtener las claves de su composición última y residual, y hemos concluido por sostener, en nuestro discurso racional, que ustedes son banales e insignificantes, migajas de vida rudimentaria dispersas por el mundo. Sin embargo, algo en nuestra psique les teme, los odia y los asocia con la bestia invisible que devoró a plena luz del día al autor del Necronomicón, el árabe loco Abdul Alhazred.

Es posible que el pánico irracional que ustedes aún causan en muchos individuos de nuestra especie se encuentre grabado en los genes desde aquellos tiempos anómalos, al igual que la pesadilla recurrente de insectos gigantes y que el arquetipo de la araña devoradora. Tal vez hoy en día, en las contadas ocasiones en que un miriápodo se zampa a un ratón, o cuando un arácnido consigue cazar a un pequeño pájaro, los vertebrados sintamos un escalofrío de agravio revivido. Hay un dato importante: nuestro elemento primario de superioridad sobre ustedes no fue el tamaño ni la movilidad, sino la memoria. Y es que ustedes son seres sin recuerdos ni afectos, y sin más órganos perceptivos y cognitivos que un tumor triganglio dedicado a procesar las señales provenientes de sus ojos, sus antenas y sus hocicos, y un cordón de nudos ventrales que regulan su digestión y su circulación rudimentaria.


Nosotros hemos heredado de nuestros ancestros peces, anfibios y reptiles, junto con el sistema límbico, las emociones primarias que ustedes desconocen; en el cerebro de nuestros abuelos mamíferos se desarrollaron circunvoluciones que, sin incrementar el volumen del órgano, aumentaban su superficie; en nuestros predecesores más inmediatos apareció el neocórtex, y en él, la idea de Dios, el pensamiento económico, las narraciones de Kafka, la teoría de la evolución, los planos del Taj Mahal, los desfiles de modas y la comprensión paulatina de los agujeros negros. Ustedes, en cambio, llevan 500 millones de años sin pensar en nada y sin otras pulsiones que las de comer y evitar que se los coman.

Hoy en día hemos establecido reglas para compartir con ustedes este planeta, nos resignamos a que nos devoren cuando hemos muerto; nos dignamos a entablar relaciones de estricta conveniencia con las abejas, los camarones, los gusanos de seda y la grana cochinilla, y hasta somos capaces de admirar las alas de una mariposa, a condición de que el resto de su anatomía nos pase inadvertida; podemos hallar simpáticos a algunos de ustedes, como los grillos (los volvemos símbolo de nuestros tapujos morales antes de echarlos a una sartén hirviente) y las catarinas; convertimos a las hormigas en ejemplo de laboriosidad (y después las masacramos en masa con un polvito blanco); los incorporamos a nuestro zodíaco, como les cupo en suerte al escorpión y al cangrejo, nos chupamos los dedos con el delicado sabor de la pulpa interior de langostas y camarones y, de cuando en cuando, los contratamos como mercenarios y ponemos un alacrán entre las sábanas del prójimo enemigo.

Pero no se equivoquen: nosotros los odiamos, artrópodos. Generalizamos y exageramos sus secreciones irritantes o venenosas, los identificamos con la suciedad y lo aborrecible, compartimos las fobias literarias hacia los trilobites, nos asquea su sexualidad (esos espermatóforos desprendibles a conveniencia...), nos repugnan sus articulaciones, nos enferman sus hábitos alimenticios (esa manía de vomitar jugos gástricos sobre lo que se van a tragar...), despreciamos su vida social inconsciente y mecánica, nos irritan las cucarachas, nos causan rechazo moral las mantis religiosas, no cejaremos nunca en el afán de lograr la extinción total de las moscas y los zancudos.


Olvídense de la fobia que nos causan las serpientes, el miedo que experimentamos ante un lagarto, el asco que nos infunden los buitres y las hienas, nuestras precauciones ante los tigres y los lobos. No se fijen en nuestras diferencias internas, como las que desembocaron en la Primera y en la Segunda guerras mundiales, en Vietnam, en Kampuchea, en Yugoslavia, en Gaza. Téngannos miedo: qué seremos capaces de hacer contra ustedes si los romanos hicieron lo que hicieron a los cartagineses, los otomanos, a los armenios, Stalin, a los pueblos soviéticos, Hitler, a los judíos y a los gitanos y a los comunistas y a los eslavos y a los homosexuales, Bush, al mundo.

Hoy por hoy, peleamos una guerra confusa y desganada. Tal vez se intensifique, cuando los humanos hayamos devorado todo lo devorable en el planeta, volteemos hacia ustedes, nos aguantemos las náuseas y los volvamos hamburguesas. Pero tal vez sea más probable que nos partamos la madre entre nosotros y que ustedes hereden una Tierra que han poseído siempre y en la que nosotros somos un paréntesis más bien pequeño. Tal vez les dejemos un mundo enrojecido, caliente y agrietado, en el que ustedes saltarán sobre los charcos de ponzoña química que testimoniarán nuestro paso por el mundo y volverán a ser gigantes, como en el Carbonífero.

Mientras llega la hora de la verdad, recuerdo uno de los excepcionales gestos de piedad que uno de los nuestros --César, su nombre de pila, Vallejo, su apellido-- ha tenido hacia ustedes. Se los dejo. Qué importa que no vayan a entenderlo ni en otros cien millones de años de evolución:

Es una araña enorme que ya no anda;
una araña incolora, cuyo cuerpo,
una cabeza y un abdomen, sangra.
Hoy la he visto de cerca. Y con qué esfuerzo
hacia todos los flancos
sus pies innumerables alargaba.
y he pensado en sus ojos invisibles,
los pilotos fatales de la araña.

Es una araña que temblaba fija
en un filo de piedra;
el abdomen a un lado,
y al otro la cabeza.

Con tantos pies la pobre, y aún no puede
resolverse. Y, al verla
atónita en tal trance,
hoy me ha dado qué pena esa viajera.
Es una araña enorme, a quien impide
el abdomen seguir a la cabeza.
Y he pensado en sus ojos
y en sus pies numerosos...
¡Y me ha dado qué pena esa viajera!


10.2.09

Ratzinger vs Roma

Si los de la conspiración judeo-masónica existieran, estarían felices de ver a un pontífice que se la pasa dándole de patadas a la Iglesia. En cosa de una semana, Joseph Ratzinger involucró al Vaticano con los neonazis que niegan la realidad histórica del exterminio de judíos durante el Tercer Reich e hizo ronda con el impresentable Silvio Berlusconi en el afán por mantener de manera indefinida la tortura contra Eluana Englaro, la mujer italiana que permaneció 17 años en estado de muerte cerebral y que desde ayer, por fortuna, ha logrado descansar en paz.

En el primer caso, Ratzinger levantó la excomunión que pesaba contra el obispo fundamentalista Richard Williamson y contra otros integrantes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, establecida por el fallecido Marcel Lefèbre para dar cauce a la rebeldía tradicionalista ante el Concilio Vaticano II. Días antes del perdón papal, Williamson había porfiado en sostener que las cámaras de gas no existieron y que el número de hebreos asesinados en los campos de concentración de Hitler fue de entre 200 y 300 mil, y no de entre cinco y medio y seis millones, como lo indican los hechos. “El Holocausto sí existió”, se asustó El Vaticano, pero ya era tarde. Muchos católicos se sintieron violentados por la reincorporación a su iglesia de un hombre que participa en los intentos de minimizar uno de los peores crímenes de la historia. Para diversas organizaciones judías, el perdón concedido a Williamson fue una bofetada: el Consejo Central de los Judíos en Alemania anunció la suspensión de sus relaciones con El Vaticano. Y otros, ni judíos ni católicos, se preguntan de qué puede servirle a Roma la reinserción de individuos como los obispos lefebvrianos, enfermos de odio hacia la modernidad, la verdad, la ciencia y la diversidad. Por lo demás, y aunque no tuviese nada que ver, en el momento presente no pasa inadvertido para nadie que la excomunión de Williamson fue decidida por Karol Wojtyla, un hombre que fue víctima de los nazis, y que ahora es revertida por Joseph Ratzinger, quien nunca ha pedido perdón por haber sido nazi.

En paralelo con este traspié que huele a retorno histórico, el cardenal Javier Lozano Barragán, del consejo pontificio de asuntos de salud, involucró al Vaticano en la causa horrenda del encarnizamiento contra pacientes sin esperanza. Berlusconi había visto, en la perpetuación del martirio de Eluana, la posibilidad de ganarle atribuciones a la jefatura de Estado y se lanzó a fondo en el atropello: “Esa mujer podría tener un hijo”, exclamó el mafioso, cuando el padre de la mujer parecía haber ganado la interminable batalla judicial para procurarle a su hija una muerte digna. Berlusconi recibió el respaldo inopinado del Vaticano, que por boca de Lozano Barragán calificó de “abominable asesinato” la interrupción de la vida artificial de lo que quedaba de Eluana. Ratzinger, con su aprobación tácita a los dichos del religioso mexicano, confirmó que su papado está a favor de lo que Giuseppe Englaro describió como “tortura inaudita” y “violencia inhumana”.

Si en cosa de una semana el Vaticano de Ratzinger ofendió a los judíos y a los enfermos terminales, en episodios anteriores, este Papa ha agraviado a las mujeres, a los protestantes, a los musulmanes, a los homosexuales, a los indígenas americanos y a los habitantes de Gaza, es de suponer, toda vez que, en las horas en que éstos eran masacrados sin asomo de piedad por un ejército asesino, les deseó “que Dios los bendiga con su consuelo, la paciencia y la paz que proceden de Él”. Carente del sex appeal de su antecesor e incapaz de concitar el entusiasmo de las masas, de espaldas al mundo moderno y concentrado en la preservación del misterio de María, Ratzinger ha llevado a la iglesia católica a un estado de languidez sin precedentes. Sus subordinados del Vaticano harían bien en considerar la sugerencia del teólogo Hans Küng y convencerlo para que renuncie al cargo.

9.2.09

Descanso merecido


«Se trata de un ser humano indefenso que ha sido traicionado por todos, excepto por su padre y otros pocos, y quizá lo sea todavía; asumo mi responsabilidad, no doy un paso atrás», decía el médico de Eluana Englaro en el Senado cuando llegó la noticia de que la mujer había escapado a la tortura, al encarnizamiento, al fundamentalismo de los pro vida, al oportunismo inconmensurable de Silvio Berlusconi y a la inmisericorde teología de Joseph Ratzinger.

Miguel Mora, en El País: «Eluana dejó de respirar cuando en el Senado se debatía la ley que el Gobierno había preparado para intentar salvarle la vida, o esa pantomima de vida que ella, y su familia, siempre se negaron a admitir. Sin dignidad, sin sentimientos, sin libertad. Atada a una máquina. Con la intimidad violada y la voluntad secuestrada.

«Tras 17 años en estado vegetativo, y 11 de batalla legal, su espíritu indomable de libertad y el ejemplo cívico de una familia heroica estaban a punto de perecer a manos del Gobierno Berlusconi. Éste, aliándose con la jerarquía integrista de la Iglesia, y sirviéndose de invocaciones huecas a la vida y la libertad, decidió inventarse una ley Eluana. A ese golpe de escena, Eluana, que es una verdadera purasangre de la libertad, respondió con un mutis por el foro definitivo e impidió que esa norma prefabricada pasara a la historia con su nombre. Como diciendo "ahí os quedáis".»

Qué descanso merecido, Eluana.

Su Santidad y Su Excelencia: chinguen a su madre.

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Y agrega Lourdes:

La mentada la merecen
excelencia y santidad,
no saben de caridad
de progenie ellos carecen.
Aunque el debate encabecen
Eluana ya les ganó
su cuerpo ya descansó
ha ganado la batalla
a esa gente tan canalla,
y el infierno ya dejó.


Ma. de Lourdes Aguirre Beltrán

5.2.09

Reseña de un fandango
en medio de la crisis

La muchacha de la jarana mágica zapateando / Foto de Ira Franco

El penúltimo sábado de enero se organizó en el foro Ollin Kan, en Tlalpan, un fandango espléndido en el que el zapateado tuvo el sitio de honor. Fue un acontecimiento mágico en medio del desastre: mientras la violencia informe proseguía su curso invariable en México, mientras las ruinas de Gaza (40 mil edificaciones destruidas) seguían humeando, mientras la divisa nacional avanzaba con paso firme en dirección al carajo y mientras cientos de miles de trabajadores en el mundo y en México se volvían desempleados de la noche a la mañana, aquella pequeña ceremonia laica les salvó el ánimo a algunas centenas de participantes y de espectadores.

A medio concierto, el navegante sintió remordimientos por estar tan contento en una situación general tan desastrosa y recordó las furibundas admoniciones compuestas en el siglo XIX por Lamartine contra la frivolidad de cualquier cobarde infeliz que se atreviese a cantar (o, por extensión, a deleitarse con música) en circunstancias históricas trágicas y trascendentes. “A Némesis”, tituló el romántico su regañiza. Déjenme intentar una aproximación:

¡Deshonor al que canta mientras Roma se incendia
si ojos, ánima y lira no tiene de Nerón,
en tanto que el incendio en río ardiente fluye
de palacios a templos y del Circo al Panteón!

(Honte à qui peut chanter pendant que Rome brûle,
S’il n’a l’âme et la lyre et les yeux de Néron,
Pendant que l’incendie en fleuve ardent circule
Des temples aux palais, du Cirque au Panthéon !)

Cosas veredes: 150 años más tarde, Pablo Milanés recalentó esos versos marmóreos en la salsa de un gusto setentoso para alinear a artistas frívolos y pequeñoburgueses en torno a las flagelantes directivas del Comité Central:

“Pobre del cantor de nuestros días
que no arriesgue su cuerda
por no arriesgar su vida.
[...]
Pobre del cantor que un día la historia
lo borre sin la gloria de haber tocado espinas.”

Por esas mismas épocas, del otro lado del Atlántico, Tonton Georges respondía a Lamartine y le explicaba:

Vergüenza al descarado que canta mientras Roma
se quema en el incendio –pero Roma arde siempre.
Vergüenza si compone, pese a todo, canciones
de amoríos pequeños.
[...]
Son eternas las llamas de la Ciudad Eterna.
Si Dios quiere el incendio quiere también las coplas.
¿A quién piensan hacer creer que el simple pueblo
si canta, pese a todo, es un perfecto ojete?

(Honte à cet effronté qui peut chanter pendant
Que Rome brûle, elle brûle tout le temps...
Honte à qui malgré tout fredonne des chansons
À Gavroche, à Mimi Pinson.
[…]
Le feu de la Ville Éternelle est éternel.
Si Dieu veut l'incendie, il veut les ritournelles.
À qui fera-t-on croire que le bon populo,
Quand il chante quand même, est un parfait salaud ?)

El suscrito resolvió el dilema mediante una reseña que quedó así:

Es el centro, la tarima,
del fandango popular.
allí se ha de zapatear
y en torno a ella se rima
con una elegante esgrima
que no puede
hacer cualquiera;
se invitó, de esta manera,
a voces a cual más fina:
las de Domínguez Medina
y de Samuel Aguilera.

Se llama “Al sol y al sereno”
este evento memorable
que es, además de danzable,
poesía y canto bueno.
Si alguien no se queda lleno
con la expresión de esta gente,
pues mejor que ni se siente
y se vaya a toda prisa
a enchufarse a Televisa
con una mirada ausente.


De entre tantos nombres
que el lápiz apunta,
cuál es más acorde
y uno se pregunta:
–Si Agustina Ramos,
si Son de Madera,
si los dos hermanos
Oseguera Rueda,
si el de doña Adela,
si el de don Marciano,
si Tereso Vega,
si el de Relicario.

Vimos, en días pasados,
en una remota tierra,
cómo una sangrienta guerra
dejó campos asolados
y miles de asesinados
por un criminal orate.
Por eso a algunos les late
venir por este camino
con keffiyeh palestino
en lugar de paliacate.

Suenan las jaranas,
el tacón se apunta,
acompaña el arpa
y uno se pregunta:
–Que si es un fandango,
que si es un sarao
que si es el canto
de Adriana Cao;
que si es una garza,
si es una pantera,
o que si es la danza
de Rubí Oseguera.

En este periodo amargo
nos golpea la inflación
y un chaparrito pelón
quedó chico en el encargo.
Aquí estamos, sin embargo,
soportando el aguacero,
con el acorde certero
de Natalia, en el violín,
y Miguel, al clavecín,
un 24 de enero.

Qué hermoso fandango
el que aquí yo veo,
hundido en el fango
del desempleo,
no por las jaranas,
no por la canción,
sí por las burradas
de Calderón.

Si el país se encuentra herido
por una mafia inclemente
que puso de presidente
a un tipo muy disminuido,
para silenciar el ruido
de este grupo gobernante,
no hay nada mejor que el cante
del fondo de la nación,
que hermana a la tradición
y la esperanza triunfante.

La copla veracruzana
en su cantar entrecruza
la poesía andaluza
con la raíz africana,
una nota americana
anterior a la Conquista
y un acento modernista
que al planeta nos hermana:
se llevan bien la jarana
y un piano minimalista

Se cierra la tarde,
la noche despunta,
esto está que arde
y uno se pregunta:
–si de la Parroquia,
si del Papaloapan,
las coplas jarochas
que gustan y atrapan.
Que si es un avión,
que si es Supermán;
o que si es un son
en el Ollin Kan.

Nos han traído la luz
y nos regalan el viento:
las coplas de Sotavento
y el ritmo de Veracruz.
Si ya llegó su autobús
y si ya se quieren ir,
déjenme nomás decir,
como habitante de Tlalpan,
que en esta tierra no espantan
y que vuelvan a venir.


4.2.09

De hijos


Qué hipócritas: lo censurable no es que haya tenido un hijo, sino que con algunos hijos ajenos él fue un hijo de puta.

3.2.09

Tiempo de confesiones


Desde tiempos de Salinas, y acaso desde antes, los traficantes de vehículos robados solían recurrir a facturas falsas para amparar su mercancía. Es difícil determinar a ciencia cierta quién inspiró a quién: si los ladrones de autos a los ladrones de presidencias, o al revés, pero el hecho es que ahora usurpadores y ex usurpadores de la jefatura de Estado exhiben, en prueba de honradez, papelería y procesos electorales adulterados. La falsificación refuerza la impunidad y hace prácticamente imposible el esclarecimiento porque para llevarlo a cabo se necesitaría un aparato de investigación al menos tan grande como las dependencias públicas que sirvieron de Plaza de Santo Domingo para fabricar documentos apócrifos.


Pero la verdad acaba por saberse, y a veces por vías realmente insospechadas. Hace unos años Miguel de la Madrid Hurtado reconoció, frente a las cámaras (hay testimonio grabado) que el PRI había perdido la elección presidencial de 1988. No se sabe si fue un cobro de facturas a su sucesor en el cargo, impuesto por medio de un fraude electoral descarado, o una pérdida de control sobre el esfínter del verbo. En tiempos más recientes, Vicente Fox ha venido propinando a Felipe Calderón, a plazos, un golpe semejante a ese que De la Madrid descerrajó de súbito sobre la cabeza monda de su pupilo amado: desde el paraíso de la oposición —espurio dixit—, el guanajuatense insta a las huestes que puedan quedarle a usar los cargos públicos para hacer proselitismo partidista y admite sin rubor ni escrúpulo que eso es lo que él hizo para dejar al propio Calderón pegado con Kola-loka en la silla que él se resignaba a desocupar: “No me permitieron que fuera Marta, pues tengan”.


En el confesionario de Davos, el heredero de Fox taponeó sus propias fugas (“Ave María Purísima, quién ha dicho que gobernar sea un infierno”) pero mantuvo intacto el mensaje central: su empatía manifiesta con la obra desgubernamental de Ernesto Zedillo es etiqueta implícita de identidad, y ésta, de continuismo. La alabanza de las tropelías cometidas por su abuelastro político indica que eran simuladas las muecas de asco que el joven Calderón ensayaba en 1997, cuando el partido que dirigía se alistaba para aprobar en las cámaras, junto con el PRI, la montaña de oro y mierda (ésta para la gran mayoría, y aquél para unos cuantos) del Fobaproa-Ipab. Qué muestra de liderazgo internacional: lo que hay que hacer, ante la actual catástrofe, es una montaña semejante, pero de dimensión planetaria.


En el encantador pueblo suizo en el que los responsables del desastre mundial se reunieron para charlar, Zedillo no tuvo empacho en reconocer que ese atraco promovido por él transfirió a manos privadas recursos públicos equivalentes al 20 por ciento del producto interno bruto. Implícitamente, el férreo defensor de la disciplina fiscal admitió la creación de un déficit capaz de destruir una economía nacional, bajo cuya sombra algunos vivales —como algunos del círculo de Fox Quesada— compraron a veinte mil pesos propiedades en las que muchos miles de mexicanos habían dejado décadas de esfuerzo. Agustín Carstens, por su parte, dio brinquitos de alegría –es un decir— al recordar los frutos podridos del Fobaproa: “Se hizo lo mejor que se pudo” y “no hay una crisis bancaria que se resuelva de manera sencilla”, dijo, como si ignorara que el defectos principales del rescate bancario zedillista y panista no fue su complejidad sino su inocultable corrupción y sus efectos devastadores sobre y contra la inmensa mayoría de los mexicanos.


O sea que a pesar de los pleitos de familia, de los cambios de color y de etiqueta, de los episodios de cárcel para hermanos incómodos, de las insubordinaciones de hijos desobedientes y de puñaladas amistosas procedentes del rancho San Cristóbal, éstos quieren lo mismo y son lo mismo. Las más recientes confesiones dejan ver la continuidad de un proyecto político-económico que utiliza como medio el robo de presidencias para realizar su fin principal, que es el saqueo de la riqueza pública. El strip-tease ideológico efectuado en Davos tendría que bastar para esclarecer a algunos despistados que alertan sobre el supuesto peligro del regreso del viejo régimen y se niegan a darse cuenta de que éste nunca se ha ido.


¿’Tons qué, Felipe? ¿Nos echamos otro Fobaproa?

28.1.09

Canonicen a Onán


La masturbación, además de “un pecado en sí” y “una falta moral grave”, “es un vicio que encadena fuertemente a la persona haciéndola presa de su adición, por lo tanto, cada vez es mas difícil desligarse de ésta, ya que como todo vicio enferma la voluntad de la persona, debilita su carácter, perturba el desarrollo de su personalidad, debilita la fe, produce desequilibrio emocional y genera un gran vacío en la persona; el hábito de la masturbación puede generar incapacidad para el goce sexual con la pareja: frigidez en las mujeres e impotencia en los hombres, o bien, la eyaculación precoz,” predica Catholic.net en uno de sus textos firmado por Nancy Escalante. En otro, de la pluma del sacerdote Jorge Loring, profundiza que “la masturbación [...] hace del placer sexual algo egoísta, cuando Dios lo ha hecho para ser compartido dentro del matrimonio; conozco casos de matrimonios fracasados porque uno de los dos, esclavizado por la masturbación, se negaba a las naturales expresiones de amor dentro del matrimonio. Una mujer joven se quejaba en la consulta de un médico de que su marido tenía con ella muy pocas relaciones sexuales; él reconoció, delante de ella, que prefería masturbarse.”



No hay duda: una actividad masturbatoria tan intensa que provoque sangrado puede, ciertamente, “generar incapacidad para el goce sexual”, como apunta Nancy, aunque la condición será pasajera, para prevenirla existen lubricantes y para remediarla, pomadas para aliviar las rozaduras como las que se aplica a los bebés lijados por el pañal. En cuanto a las situaciones referidas por Jorge, hay que preguntarse qué tan hediondo sería el cónyuge masculino, o cuán fea la pareja femenina, como para que su contraparte prefiriera el juego del solitario. Un punto que no han aclarado (creo) los predicadores católicos es la licitud o ilicitud de las prácticas masturbatorias no dirigidas hacia uno mismo, sino hacia el prójimo o la prójima, prácticas a capela que, bien mirado, y si Su Santidad está de acuerdo, podrían considerarse obsequios amorosos, o incluso arrebatos de indiscutible caridad cristiana, como los de la religiosa (referida por Brassens) “que en tiempos de invierno / descongelaba en su mano / el pene del manco”.

Algo hemos progresado, porque si el sitio católico citado confiesa de mala gana que la autogratificación “generalmente no tiene consecuencias físicas”, en el siglo XVIII el partido antimasturbatorio pregonaba que el placer autoproporcionado producía melancolía (eso puede ser), crisis histéricas, ceguera, impotencia, esterilidad, oligofrenias, cardiopatías, tuberculosis y calvicie. La cruzada científico-religiosa contra los juegos de manos llegó a prescribir, con propósitos terapéuticos, atar a los pacientes por las noches, obligarlos a usar cinturones de castidad, castrarlos, extirparles el clítoris o cauterizarles la médula dorsal para desensibilizar sus genitales.



Fue precisamente en esa época que se acuñó, con propósitos condenatorios, el término de onanismo, con lo que se desempolvaron los viejos denuestos medievales de San Jerónimo (quien de puñetero era sinónimo) y San Clemente de Alejandría (quien se la jalaba tres veces al día) contra Onán, hijo segundo de Judá.

Va la anécdota literal, por cortesía de Reina-Valera: “2 Y vio allí Judá la hija de un hombre Cananeo, el cual se llamaba Súa; y tomola, y entró á ella: 3 La cual concibió, y parió un hijo; y llamó su nombre Er. 4 Y concibió otra vez, y parió un hijo, y llamó su nombre Onán. 5 Y volvió á concebir, y parió un hijo, y llamó su nombre Sela. Y estaba en Chezib cuando lo parió. 6 Y Judá tomó mujer para su primogénito Er, la cual se llamaba Tamar. 7 Y Er, el primogénito de Judá, fue malo á los ojos de Jehová, y quitole Jehová la vida. 8 Entonces Judá dijo á Onán: Entra á la mujer de tu hermano, y despósate con ella, y suscita simiente á tu hermano. 9 Y sabiendo Onán que la simiente no había de ser suya, sucedía que cuando entraba á la mujer de su hermano vertía en tierra, por no dar simiente á su hermano. 10 Y desagradó en ojos de Jehová lo que hacía, y también quitó á él la vida.”

El jesuita argentino Hugo Marcelo Pisana cuenta la historia en unas coplas chambonas pero que eyaculan humor involuntario en grandes cantidades:

Es la historia de Onán / y de Tamar, su cuñada, / la que fuera destinada / a ser privada del pan; / por no quererla ayudar / el hermano del difunto, / en un esfuerzo conjunto / por su nombre perpetuar. // Muriose Er, su esposo, / sin dejarle ningún hijo. / Por malvado lo maldijo / el Dios misericordioso. / El Señor, el Poderoso / lo canceló de su amor; / se secó como una flor / y entró en oscuro reposo. // Tocaba el turno a Onán / de socorrer a su hermano; / tenía en su propia mano / la gran oportunidad / de conseguirle heredad, / de darle una descendencia, / de prolongar su presencia / entre la comunidad. // Y prefirió el miserable / derramar su semilla, / hacer barro con la arcilla, / en lugar de ser buen padre. / Eligió como un cobarde / perderse en la triste nada, / no ayudar a su cuñada / ni renunciar a sus planes.


Al parecer, Onán se descargaba fuera de su cuñada porque calculaba que el producto que pudiese engendrar con Tamar no sería considerado suyo, sino un niño tardío de su hermano, el cual heredaría los derechos de la primogenitura y desplazaría al propio Onán. Se ha señalado, con fundada razón, que el relato refiere la práctica del coito interrumpido, mas no del onanismo. Injusta que es la posteridad: algo parecido le ocurrió al hijo de Layo que chingó a su madre sin saberlo y no lo hizo, por ello, como consecuencia del complejo al que Freud bautizó como “de Edipo”.

Hoy en día, aunque la Iglesia Católica condene la masturbación de hábitos para afuera (y la practique con furor bajo las sotanas), el culto a Onán es visto como una práctica que no tiene nada de malo, e incluso hay organizaciones dedicadas a glorificarla, como el Centro de Sexualidad y Cultura de San Francisco, el cual organiza masturbatones periódicos, tanto en su ciudad sede como en Londres y Copenhague.



Estos y otros pensamientos impuros me vinieron a la cabeza a raíz de los provocadores comentarios de Alberto Sladogna (“Lacan usaba la bicicleta, una forma de auto transporte, semejante al auto servicio erótico de la ‘manuela’”) en torno a un texto de Beatriz Preciado (“Durante mucho tiempo todo acto solitario que despertara la imaginación se pagó con salud; literatura y masturbación estuvieron unidas”) y a una rola puñeterísima de la cantante española BeBe (Con mis manos).





A propósito: en el arte sacro tradicional mexicano, entre los santeros del Caribe, en ciertos cultos moros de Fátima y en la veneración católica de Santa Ana, existe una entidad sagrada llamada La Mano Poderosa, que simboliza protección mágica y bendición. Bien podría El Vaticano, en su próximo concilio, alivianarse un poco, permitir que religiosos y religiosas se entregaran sin remordimiento a las manualidades y canonizar a Onán, así fuera para compensarlo por la calumnia milenaria que lo ha puesto en el sitial de (non) sancto protector de los chaqueteros. Y cerremos con la puntada memorable de Dorothy Parker, la conflictiva y maravillosa escritora estadunidense que bautizó con el nombre de ese personaje bíblico a su perico porque éste se la pasaba tirando sus semillas al piso.

27.1.09

El Encuentro Mundial
de la Familia

Para disimular su pedofilia,
y por otras razones muy oscuras,
convocaron solícitos los curas
al Encuentro Mundial de la Familia
y optaron, porque así les dio la gana,
por realizarlo en tierra mexicana.

No sé si fue la hueva o fue la gripe
pero el Papa no pudo estar presente
y con gesto aburrido y displicente
delegó sus funciones en Felipe:
“Como el vuelo hasta México es muy largo,
hijo mío pelele, te lo encargo.

“Debemos defender nuestra doctrina:
que no cunda el divorcio, y las mujeres
que cumplan dócilmente sus deberes
y no quieran salir de la cocina;
sobre todo (eso sí no lo soporto),
no vayan ni a pensar en el aborto

pues un menor que no llega a la vida
en la divina lógica del clero
vendría a ser, poniéndome sincero,
una oportunidad sexual fallida
o, por decirlo en términos blasfemos,
si no hay niños, a ver, ¿con quién cogemos?”

Dispuesto a darle gusto al Vaticano
porque halló razonable su demanda,
ciñó el pelele la usurpada banda
y, tarareando un canto gregoriano,
partió con sus guaruras aquel día,
listo para decir una homilía.

Invocando a María Innmaculada,
pensó: “Pues esto del Estado laico
es un rollo obsoleto y bien arcaico
que ya puedo mandar a la chingada.
Total que, si es pecado, me echo un Credo
y con eso seguro ya no hay pedo”.

Poco faltó para que el primer día,
en el acto puntual de la mañana,
Felipe se pusiera una sotana
y diera de una vez la eucaristía
(si hubiese sido el caso, me imagino
que se habría tomado todo el vino).

Qué escándalo. Qué pancho. Qué irigote.
Mas pensándolo bien, si éste se siente,
sin haberlo ganado, presidente,
qué más da que se sienta sacerdote:
ya que usurpa poderes más terrenos,
dar misa sin ser cura es lo de menos.

19.1.09

Riesgos de la comodidad y del ocio


  • Marxismo y hueva
  • Volverse orquídea
El otro día me enteré de la existencia de motores eléctricos para abrir y cerrar cortinas domésticas y aquello me pareció el colmo de la holgazanería. No es nada contra la modernidad: está bien que inventen cajas de cambios automáticas para los automóviles, que los televisores de hoy en día tengan control remoto y que funcionen sin necesidad de darles nalgadas, como exigían los de antaño, y que uno pueda multiplicar su rendimiento al pasar de la máquina de escribir mecánica al Open Office (búsquenlo, bájenlo, instálenlo y libérense para siempre del horrible Word). Pero oprimir un botón para ahorrarse el esfuerzo de jalar una cuerda empieza a ser demasiado.

Con este horror que el ejército de Israel perpetra en Gaza he pasado muchas horas pegado a la computadora y siento el alma y el cuerpo amorcillados. Escribir de otra cosa me permitirá darle una tregua a la primera (aunque los poderosos no quieran acordar una tregua mucho más necesaria en la martirizada franja) y al terminar de escribir esto me pondré a mover algo más que los dedos y los ojos para que el segundo descanse de tanto no hacer nada.

Se suele asociar el origen de las discapacidades con episodios traumáticos o con inventos peligrosos: accidentes automovilísticos, rotura de cristales, contratiempos con maquinarias, golpes de hacha, estallidos de minas terrestres o caídas de misil. Pero el desmedido anhelo de comodidad empieza a ser una fuente significativa de descomposturas en el organismo, y ya se sabe de algunos casos de jovencitos que han caído muertos por infarto cerebral después de días enteros de una inmovilidad corporal equiparable a la de la amada de Nervo.

Sin llegar a tanto como la muerte, la atrofia es una perspectiva real y mucho más inmediata. Dicen que el uso intensivo del teclado de teléfonos celulares para componer mensajes de texto ha provocado que mucha gente incremente la movilidad del dedo pulgar (qué bueno) en detrimento de las capacidades del índice (qué malo), el cual venía siendo, hasta ahora, y salvo malos pensamientos, el apéndice más eficiente del organismo humano en eso de cambiar de posición para interactuar con el mundo.

La tendencia me hace recordar una novela de ciencia ficción del austriaco Herbert W. Franke (nada que ver con el estadunidense Herbert Frank, excepto por el amor al género) titulada La caja de las orquídeas (Der Orchideenkäfig, 1961) que cuenta el descubrimiento, por parte de unos exploradores estelares, de un planeta en el que florecía una civilización mecánica. Intrigados por el destino de los creadores de ese pueblo de máquinas, los viajeros acaban por descubrir, en algún sótano planetario, un montón de cajitas que contienen tejidos neuronales que asemejan orquídeas, suspendidos en líquido amniótico y se dan cuenta, con horror, que son los remanentes atrofiados de los cerebros que idearon aquella civilización: arropados entre tanto automatismo, los ingenieros de aquel sitio se fueron reduciendo hasta convertirse en amasijos de células exclusivamente dedicados a sentir placer. Es posible que Franke haya tenido en mente, al concebir la novela, una macabra broma etimológica, habida cuenta que el origen griego de orquídea, orchis (oρχις), significa testículo (a veces, los seudobulbos de la planta recuerda las partes del animal) y que la reducción de aquellos seres imaginarios a su condición final haya sido una moraleja justiciera por su infinita huevonería.

Franke, entre Engels (i) y Trotsky (d)

Hegel opinaba que el espíritu mueve a la historia. Marx y Engels lo pusieron de cabeza, como si fuera un San Antonio al que se le exige la pronta aparición de un marido, y proclamaron que el motorcito funciona en realidad a partir de la lucha de clases. No ha faltado quien diga que el paso de la especie es impulsado por el peso monumental de la estupidez y desde luego es factible postular que, del Renacimiento a la fecha, la búsqueda de la comodidad es, en buena medida, la columna vertebral de la historia humana. Abona a esta afirmación el hecho de que, por lo visto, somos tan impenitentemente comodinos y fodongos que no queremos ni nuestra propia historia y tenemos que inventarle motores para que nos ahorren el trabajito de empujarla (casi siempre cuesta arriba, eso sí, y a veces por unos abismos en los que la fuerza de gravedad se encarga de hacer el resto).

Dicho sea sin afán de burla al abuelito: “Ahora el gramófono, nieto del fonógrafo, es uno de los rasgos más extendidos de la vida doméstica”, anotó León Trotsky en marzo de 1926. La comodidad se vuelve primera necesidad en cuanto se generaliza y no tarda en pasar a la categoría de indispensable: el alumbrado eléctrico, el automóvil, la lavadora, la tele, el celular y la computadora, empezaron siendo curiosidades y hoy su uso y posesión constituyen reivindicaciones sociales perfectamente justas y justificadas que implican importantes ahorros de energía física y niveles de confort mucho más elevados que los de hace 100 o 200 años. Cuando, en 1876, el segundo de aquellos barbones alemanes escribió El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre (tómense el ídem de leerlo y háganse, con ello, más humanitos) difícilmente habría imaginado que un lustro después el yerno del primer barbón, Paul Lafargue, iba a reivindicar, en El derecho a la pereza, el papel de la hueva en los procesos de hominización y superhominización. Con ese ensayo cáustico y memorable que se inicia con un provocador epígrafe de Lessing (“Seamos perezosos en todo, excepto en amar y en beber, excepto en ser perezosos”), el franchute se anticipó a lo que un siglo más tarde sería llamado la sociedad del ocio y también, a fin de cuentas, a la sociedad del confort en la que predomina “una conducta no marcada por la necesidad, por la carga de la subsistencia y su ética de la sobrevivencia, sino por la abundancia y el derroche, una sociedad mimada por el confort, marcada por la levitación”, como informa algún seguidor de Peter Sloterdijk, crítico de la razón cínica y teórico de la vida muelle. Entre Engels y Lafargue, otro pensador socialista, August Bebel, reconoció En La mujer y el socialismo (1879) que “la sociedad no puede subsistir sin el trabajo” pero pronosticó que éste se reduciría en forma dramática en todos los ámbitos, incluso el doméstico, gracias al establecimiento de centros de procesamiento de alimentos y de servicios centralizados de lavado, secado y planchado que atenderían a todos los hogares. A juzgar por las fotos, tanto Lafargue como Bebel necesitaban mucho tiempo libre para hacerse sus complejos peinados, en tanto que a Trotsky el tiempo no le rendía ni para arreglarse el cabello.


Paul, August y León

El propio Trotsky se imaginó que, una vez desaparecidas las clases, florecería un mundo en el que los individuos, liberados de jornadas laborales extensas gracias al desarrollo de la productividad y los automatismos tecnológicos, se harían “incomparablemente más fuertes, más sabios y más sutiles. Su cuerpo será más armonioso, sus movimientos, más rítmicos, su voz, más melodiosa”.

Qué va. En este capitalismo vampiresco que no acaba de morirse ni con veinte estacas clavadas en el corazón, nos estamos volviendo orquídeas. Así que, antes de que se me acaben de atrofiar las patas, me apresuro a terminar esta entrega y me voy a caminar por ahí.


Bebel (i) y Lafargue (d), echando la hueva

15.1.09

No ayudes a la masacre

Si vas de compras, no compres sangre de civiles palestinos. Cerciórate de que el código de barras de los productos que adquieres NO empiece con 729:

... y, de preferencia, que no ostenten alguno de estos logos, pertenecientes a empresas que apoyan al régimen genocida de Tel Aviv:


Si los gobernantes no hacen lo que hay que hacer en estos casos -romper relaciones diplomáticas con el régimen asesino de Ehud Olmert y suspender los vínculos comerciales con Israel-, los ciudadanos pueden emprender el boicot por su propia cuenta.

Alegrón


Chin, ya me estaba haciendo ilusiones, pero no: es otro güey con el mismo apellido y, al parecer, igual de ineficiente y de corrupto.

9.1.09

Adopta un muerto

No cierres esta página. No sientas asco ni miedo (no hay nada más inofensivo que un niño muerto). Mira las fotos detenidamente y escoge a tu pequeño cadáver. Conviértelo en parte de tu familia. Llóralo. Entérate de los detalles de su vida. Agrega su foto en tu altar de noviembre. Busca a sus padres y hermanos (si es que están vivos, si es que no los asesinaron a ellos también) y envíales una nota de simpatía. Cuéntales a tus amigos y conocidos (cristianos, judíos, musulmanes, ateos, santeros o concheros) que Ehud Olmert y Tzipi Livni te mataron a un niño al que querías mucho. Tal vez a la vuelta de los meses te sorprenda descubrir que los infantes difuntos no dejan de crecer y que te obligan a crecer con ellos. Puedes optar por uno de los aquí mencionados (haz clic en la imagen para ampliarla, si es que no aprecias bien los rasgos o si el texto explicativo aparece demasiado pequeño) o búscate otro u otra en las noticias (el catálogo está en constante ampliación y se enriquece todos los días). Y, por favor, dale mucho afecto.



































8.1.09

Algunos de sus nombres

Annelies Marie Frank y Safa Ra’d Abu Saif


En estos días he enterrado, en un directorio del disco duro al que puse por nombre “Gaza”, 104 fotos de niños palestinos reventados. Las hallé en páginas electrónicas de diarios, revistas y canales de televisión. Son variadas: con o sin nombre, con o sin historia, en blanco y negro y a color, en primer plano o como panorámica enmarcada por tíos y abuelos desolados; descarnadamente forenses, la mayoría, e incrustadas de manera absurda entre noticias del rompimiento del protocolo de la Casa Real por la flamante ministra de Defensa de España (en una recepción oficial pantalones en vez de vestido largo), sobre la cosa del gas entre Rusia y la Unión Europea y sobre el suicidio del multimillonario alemán Adolf Merckle, quien debido a la crisis económica enfrentaba el grave riesgo de cambiar su automóvil automático por uno de transmisión manual.

El 29 de diciembre recién pasado los hermanos Al-Absi (Sodqui, de cinco años; Ahmed, de 14, y Mohamed, de 12) murieron en el interior de su casa, en Rafah, por los efectos de un misil aire-tierra disparado desde una aeronave israelí. La misma suerte corrió ese día, en Jabaliya, Dena Ba’losha (cuatro años). Al día siguiente un proyectil semejante acabó con la vida de Lama y de Haya Talal Ramadán, dos hermanas de cuatro y 11 años que vivían en Beith Lahiya.

El mundo sigue su marcha, pese a todo: las corbatas Giorgio Armani se siguen vendiendo en las tiendas selectas y algunos dignatarios ilustres le exigen a Hamas que asuma su responsabilidad por la masacre y reivindican el derecho de Israel a la legítima defensa. El destacado filósofo André Glucksmann nos ilustra al respecto: “todos los conflictos son por naturaleza desproporcionados” y “si los adversarios llegaran a un acuerdo sobre el uso de sus medios y los fines que reivindican, dejarían de ser adversarios”. Así pues, no debe echarse mano, ante este episodio, del pensamiento incondicional y, antes de justificar o de aplaudir el asesinato de niños, es preciso examinar las condiciones específicas de cada caso. El problema de esa lógica es que, si bien en lo inmediato concede la razón a Ehud Olmert, a Tzipora Livni y a Ehud Barak, se la da también, en retrospectiva, a Adolf Hitler y a su gobierno en su desempeño ante el alzamiento del gueto de Varsovia. ¿No importa?

Cuando la invasión terrestre en gran escala se sumó a los bombardeos aéreos y navales de Gaza, Al Jazeera (la revista) consignó: “El segundo acto de la carnicería ha comenzado: un poder de fuego abrumador desde tanques, artillería y aviación está matando mujeres y niños en forma indiscriminada”. Hay razones para pensar que la masacre de inocentes empezó mucho antes. Por ejemplo, Safa Ra’d Abu Saif, de 12 años, murió el primero de marzo del año pasado (el mismo día en que Álvaro Uribe perpetraba una masacre en territorio ecuatoriano) en Jabaliya. La niña soñaba con estudiar leyes y dibujaba paisajes a lápiz porque no tenía dinero para comprar pinturas. Hacia las cuatro de la tarde escuchó explosiones, se asomó a la ventana de su casa y fue cazada por francotiradores israelíes. Un proyectil le perforó el pecho y le causó una hemorragia interna. “No puedo respirar”, se quejó la niña. La ambulancia de los paramédicos que pretendieron llegar hasta donde vivía Safa fue tiroteada por los soldados de Israel; con un camillero herido y las llantas reventadas, el vehículo se quedó a unos cientos de metros de la pequeña lesionada que agonizó durante tres horas. Quiero saber cómo eran sus dibujos. Algún día hallaré reproducciones, las imprimiré y las intercalaré entre las páginas del diario de Ana Frank.

Niños muertos de Gaza: en este mundo atenazado por los quebrantos millonarios y por la anorexia de Angelina Jolie, las partidas de ustedes no conmueven a los poderosos. Además la consternación y la rabia son de mal gusto y políticamente incorrectas: de nada sirve explicar que cuando uno repudia a un asesino no está descalificando, con ese acto, su afiliación religiosa, y que ante la comisión de un crimen resulta irrelevante que el criminal sea judío, musulmán, budista o cristiano. Dicen los que sí saben que ustedes, niños muertos, no son ni siquiera los árboles que no dejan ver el bosque de este conflicto sino, acaso, las hojas que no permiten apreciar las ramas: es decir, irrelevantes, anecdóticos y absolutamente colaterales. Y afirman que los carapintadas israelíes arrojan sobre ustedes misiles aire-tierra, bombas de racimo, munición naval, proyectiles de mortero, granadas y balas simples no por el gusto elemental de matar niños, sino porque quieren erradicar los ataques a Israel con cohetes Kassam lanzados desde la franja de Gaza.

Cuando tenía cinco meses de nacido, el bebé Mohammed Naser Al-Bura’i fue muerto en su cuna, una hora después de haber tomado el pecho materno, por los tripulantes de un cazabombardero F-16. Ocurrió la tarde del 27 de febrero de 2008, cuando los aviadores israelíes demolieron a bombazos una casa sospechosa de albergar terroristas y arrasaron, de paso, con la vivienda de la familia Al-Bura’i, situada enfrente. Un día después, el 28, en Jabaliya, Omar Hussein Dardouna, de 14 años, y dos amigos suyos cuyos nombres no encuentro, perdieron la vida cuando jugaban futbol, al ser alcanzados por misiles disparados desde un avión israelí de reconocimiento. Los cuerpos de los tres quedaron irreconocibles y otros menores resultaron heridos en el ataque.

Los defensores de Israel poseen helicópteros Apache con visores de visión nocturna, tanques Merkava dotados de cañones de 120 milímetros y cazabombarderos F-16 capaces de llevar, cada uno, una carga de explosivos de alta potencia equivalente al peso conjunto de 200 niños palestinos. 87 menores muertos, era el dato que presentaba la televisión francesa a comienzos de esta semana como resultado de los ataques israelíes sobre la franja de Gaza. 237 fallecimientos de niños, dijo Al Jazeera el miércoles. Ciento treinta y tantos, se ha afirmado por ahí. A ojo de buen cubero, un solo F-16 tiene la potencia suficiente para transportar todos esos cadáveres fuera de nuestra vista y lejos de nuestro desayuno. Y es que ustedes, infantes palestinos muertos, son incómodos, inquietantes, azarosos y tan indeseables como lo fueron mientras vivían. Rudeina, de cuatro años; Mu’sad, de 12 meses; Saleh, de cinco años; Salsabeel Maged Mohamed, de año y medio; Khaled Maher, de siete, asesinado en Nablus en 2004; Jakleen, de 17, muerta en Gaza de un tiro en la cabeza; pequeña Iman, descuartizada en Khan Yunes en 2001, cuando no había llegado a los cinco meses de vida; Hana (3), muerta en abril pasado en Gaza; Eyad (16), Belal (13), Amira (20 días de nacida), Ali Munir (7), bebé Malak, Salwa (14), Dena (4), Jawaher (8), Samer (12), Ekram (14) y Tahreer (16) Anwar Ba’losha, Huda Shalof (11 meses)... Faltan muchos nombres pero, sobre todo, faltan muchos niños.

El ejército israelí tiene aviones supersónicos y tanques con equipos electrónicos y submarinos y bombas atómicas y armas ultraprecisas y el mejor servicio de inteligencia del mundo, el cual tendría que explicar a los operarios de las armas las diferencias morfológicas entre un misil Kassam y un organismo humano en proceso de crecimiento. Ante ese poderío no hay nada que hacer cuando no se dispone de más armas de destrucción masiva ni de otros objetos punzocontundentes que un teclado de computadora. O sí: juntar y escribir, niños palestinos muertos, sus nombres, algunos de sus nombres.

6.1.09

Voces sobre Gaza


Hace unos días, el escritor Abraham Yehoshúa, residente en Tel Aviv, pedía “evitar a toda costa una incursión terrestre” de las tropas de Israel sobre la Franja de Gaza, “no sólo por la vida de los soldados, sino porque morirían muchos civiles palestinos; son nuestros vecinos; nos jugamos nuestro futuro” (El País, 4/01). Poco después, los hechos le dieron la razón, en lo que toca a bajas israelíes: una treintena de efectivos del régimen agresor habían sido heridos en las primeras horas de la ofensiva por tierra (El Mundo, 4/01). Pero, por lo que respecta a los muertos y heridos palestinos, ya la artillería terrestre y marítima y los bombardeos aéreos (que incluyen el lanzamiento de bombas de racimo y de fósforo blanco y de proyectiles de uranio empobrecido) habían producido más de un millar antes de que la infantería y los blindados iniciaran su avance; ya van tres mil heridos.

Giora Rom escribió: “Los pilotos lanzan bombas. Los pilotos matan gente. Los pilotos destruyen cosas cuya construcción implicó un gran esfuerzo. Los pilotos hacen todo eso sin ver de cerca el resultado de sus actos”. Algunos son incapaces, al igual que los pilotos, de ver de cerca lo que ocurre en Gaza. Señaló Gideon Levy: “¿Que liquidaron a Nizar Ghayan (dirigente de Hamas)? Nadie cuenta a las 20 mujeres y a los niños que perdieron la vida en el mismo ataque. ¿Que hubo una masacre de docenas de efectivos durante la ceremonia de graduación de la academia de policía? Aceptable. ¿Y las cinco pequeñas hermanas? Permitido. ¿Que los palestinos se están muriendo en hospitales que carecen de equipo médico? Cacahuates.” Los hechos: de las primeras 19 bajas palestinas producidas por la invasión terrestre, tres eran miembros de Hamas y el resto, civiles (textos en Haaretz, 4/01).

Dice Jaber Wishah, residente en el teatro de operaciones: “La gente apoya más que nunca a Hamas porque han llegado a un punto en que la vida y la muerte son casi lo mismo. Sabemos que podemos morir en cualquier momento aunque no tengas relación con un objetivo militar israelí, sólo por vivir en el mismo barrio. El resultado sólo será más fanatismo”. El siquiatra Taysir Piab, quien vive en el campo de refugiados de Yabalia, complementa: “Cuando mis cinco hijos oyen volar los (cazabombarderos israelíes) F-16, empiezan a gritar. Las consecuencias sicológicas para los más pequeños van a ser terribles. Los niños están aprendiendo que los problemas sólo se solucionan con violencia” (El País, 5/01).

La responsabilidad de los gobernantes israelíes en el fortalecimiento de Hamas no empezó en diciembre pasado. Como lo explica el admirable Uri Avnery, “durante años, las autoridades ocupantes favorecieron el movimiento islámico. Las otras actividades políticas eran rigurosamente suprimidas, pero (a Hamas) se le permitía operar en las mezquitas. El cálculo era simple e ingenuo: en ese tiempo, la OLP era considerada el enemigo principal, Yasser Arafat era el Satán corriente. El movimiento islámico predicaba contra la OLP y Arafat y era visto, por ello, como aliado” (Gush-Shalom.org, 3/01, recibido gracias a Eduardo Mosches).

Algún día los ciudadanos israelíes le reclamarán a su propio gobierno la responsabilidad por la inseguridad que padecen. Podrían reclamársela al gobierno palestino si éste existiera, pero no hay tal: las autoridades de Tel Aviv han torpedeado en forma sistemática los empeños por establecerlo y con ello, y con sus políticas genocidas, han puesto en entredicho la viabilidad y el futuro de Israel mismo.

Otras voces: me enviaron réplicas discordantes a la entrega pasada Alejandro Zuchovicki (“tu nota no posee ningún tipo de análisis”); José Martínez Guerrero (“entre los judíos auténticos, sus preceptos indican que no debieron haber incurrido jamás en la creación de un Estado”); Jacqueline Feiguelblat (“sus comentarios, tanto como su persona, merecen mi completo repudio y desprecio”); Mariano González Tena (los judíos “son el tumor canceroso del mundo”); Álvaro Albarrán González (“ante la barbarie mostrada por Israel es difícil no ser antisemita”); Leticia Singer (“¿Usted llama a Israel Estado terrorista? ¿No es Hamas un grupo terrorista? Sólo acuérdese cómo se hizo del poder”) y Salomón Peralta (“nos dice que Occidente debe intervenir para contener, rescatar y salvar a Israel de sí mismo: ¡Qué ingenuidad!”). Noemi Ehrenfeld envió una apreciable corrección ortográfica (“si desea felicitar a sus amigos judíos o no, hágalo bien: es shaná tová, con v, y no como Ud. lo escribió, con b”). En El Correo Ilustrado (4/01) Alejandro Frank pretendió, sin ningún fundamento, involucrarme en la polémica iniciada por los detractores de Alfredo Jalife en el desplegado del 19 de diciembre. Agradezco, desde luego, las concordancias y el afecto de Gilberto López y Rivas, de Silvana Rabinovich, de Vicente Reyes de León y de Arturo Verduzco. Alto a la masacre de palestinos; tropas asesinas, fuera de Gaza.

Paren esta mierda.