29.6.99

Cachemira


Hay quienes fuman hashish en páginas arrancadas del Nuevo Testamento y luego formulan la teoría de que Jesús de Nazaret no murió en el Monte Calvario sino que sobrevivió a la crucifixión y que falleció, años después, en Cachemira. Esta exégesis pacheca no le hace falta a ese territorio para estar empapado de sacralidad hinduista y musulmana; de hecho, es una de las regiones del planeta con mayor índice de santuarios y templos por hectárea. Hasta para los laicos, la zona tiene la santidad de la civilización primigenia, pues domina, a su izquierda, el valle del Indo, cuna de culturas y convivencias urbanas de más de dos milenios de antigüedad. Aparte, Cachemira, atravesada por la cordillera del Himalaya, está flanqueada por los picos más altos del mundo: el K2, al oeste, del lado paquistaní, y el Everest, hacia el oriente, en la frontera indo-nepalí. En el mapa político, la provincia colinda con Pakistán, al oeste, con Afganistán, al norte, con China, al nororiente, y con India, al sur.

La región ha sido disputada en varias guerras entre Islamabad y Nueva Delhi y la moneda sigue en el aire. Las comunidades locales, hinduistas e islámicas, no requieren de conflictos bélicos internacionales para diezmarse mutuamente, pero las guerras les ayudan y matan, además, a soldados indios y paquistaníes y empobrecen a las dos naciones en disputa. Recientemente, ambas salieron con la novedad de que portaban armas nucleares entre sus harapos y que, en última instancia, estaban dispuestas a usarlas para reivindicar sus derechos históricos sobre esa tierra montañosa repleta de mezquitas, templos y monasterios.

De acuerdo con The World Factbook 1998 de la CIA, el PIB por habitante de Pakistán es de 2 mil 600 dólares y el de India, de mil 600 (sólo para comparar, las cifras correspondientes de México y Suiza son, respectivamente, 7 mil 700 y 23 mil 800). La tasa de analfabetismo en Pakistán es de 62 por ciento, y en India, de 52 por ciento (México, 10.4 por ciento; Suiza, 1 por ciento). Pakistán tiene una tasa de mortalidad infantil de 93.48 por millar, e India, de 63.14 (México, 25.82; Suiza, 4.92). La deuda externa paquistaní equivale a más de 4 veces las exportaciones totales anuales, la de India, a 2.6 veces (México, 1.46; creo que Suiza no tiene deuda externa propiamente dicha). En Pakistán hay un teléfono por cada 53 personas, en India, uno por cada 82 (México, uno por cada 8 habitantes; Suiza, uno por cada 1.4). Pero los recursos que ambos países necesitan desesperadamente para impulsar la educación, la salud, el bienestar y la infraestructura, fueron destinados a los laboratorios nucleares y a los bancos de pruebas de los misiles que entregan a domicilio flores de fuego de 50 kilotones.

Las nubes en forma de hongo resuelven de golpe los problemas de miseria y de marginación y provocan emigraciones masivas e inmediatas a cualquiera de los Paraísos religiosos y a las páginas de la gloria eterna de las historias patrias.

La provincia, dividida por un armisticio en 1972, volvió a calentarse hace una semanas cuando combatientes musulmanes, apoyados por tropas regulares paquistaníes, incursionaron en las montañas del lado indio, se hicieron fuertes en la Colina del Tigre, que domina al poblado de Kargil, y cortaron las líneas de abastecimiento de varias localidades. Desde entonces, ambos bandos combaten con aviones de ataque y sostienen duelos de artillería. Los muertos, en uno y otro lado, suman cientos. En estos días, los generales de Nueva Delhi mandan el mensaje de que no seguirán limitándose a contener la invasión y que, si ésta persiste, lanzarán, a su vez, incursiones en territorio de Pakistán. La delicada circunstancia tiene con el Jesús en la boca --aunque no haya muerto en Cachemira-- a los gobiernos occidentales, y Washington empieza a ejercer presiones diplomáticas y económicas sobre Islamabad --su aliado-- para que retire sus tropas. Ojalá que las gestiones sean fructíferas. Los hongos atómicos arruinarían los monasterios, el paisaje nevado del Himalaya, las gargantas de los muecines que convocan a la oración, los ojos de los alpinistas que frecuentan la zona y el corazón y el espíritu de todos los humanos.

22.6.99

El más rico del mundo


En lo que va de este año, cada vuelta del minutero me ha dejado 4 millones 566 mil 210 dólares, lo que hace un promedio de 76 mil 103 dólares con cincuenta centavos por minuto. Lo que es lo mismo, cada uno de mis segundos se cotiza en mil 268 dólares con cuarenta centavos, y cada mañana amanezco 109 millones 589 mil 40 dólares más acaudalado que la víspera. El éxito de mi taxímetro se debe a que en todo el planeta cientos de gobiernos, decenas de miles de organizaciones, millones de empresas y cientos de millones de personas, compran cada día los productos que fabrico. En su gran mayoría se trata de bienes intangibles: mis clientes adquieren una caja de cartón cuidadosamente diseñada que contiene un par de cuadernos de instrucciones y un disco compacto, o varios. En éste van grabados conjuntos de instrucciones para computadora. Si hubiera que reducir a su mínima esencia mi mercancía, diría que ésta consiste en interminables y complejas combinaciones de unos y ceros. En algún momento supe armar esas secuencias, pero ahora me dedico a promover y a vender las que producen mis miles de empleados. Es un negocio redondo: salvo la mercadotecnia y la publicidad, que exigen cuantiosas inversiones, los costos de fabricación son muy reducidos. El trabajo humano ųque lo pago bienų es mi principal insumo.

El dinero acumulado desde que empecé en esto de la programación me ha sumado atributos personales que no esperaba. La gente voltea hacia mí y me pregunta cómo está conformado el presente y cuál será la consistencia del futuro. Empecé siendo programador. Luego fui empresario, y ahora soy el emperador de mi propia fortuna que es, con mucho margen, la mayor del mundo. Pero además soy filósofo, sociólogo y profeta. La gente me ha puesto en ese sitial, y yo disfruto mi papel. Procuro aplicar en todas las circunstancias un sentido del humor fácil y digerible, y no alejarme demasiado del sentido común en las frases que pronuncio ante auditorios masivos de escuchas ávidos. Los que acuden a mis conferencias desean contagiarse de un poco de mi capacidad de previsión. A fin de cuentas, yo supe hacer lo correcto en el momento correcto y en el lugar correcto. Algo le debo al azar, pero mi mérito principal fue apostar a una moda comercial y tecnológica que estaba a punto de inundar el planeta y transformar la vida de la gente. Sé que, después de haberlas pronunciado, mis palabras serán entrecomilladas y citadas por empresarios, comunicadores y hasta antropólogos, así que más vale no desvariar.

El desvarío es un peligro constante. Supongo que muchos, en mi situación, se volverían locos, perderían el sentido de la realidad, trastocarían el orden de las cosas. No es fácil preservar la cordura cuando se gana, en un minuto, lo que un estadunidense de clase media alta percibe a lo largo de un año, o cuando en un día se amasa una cantidad equivalente al presupuesto de una universidad de tamaño mediano. Es inevitable la tentación de trasladar el valor de las posesiones al valor de las personas: una hora de mi existencia vale, en esa lógica, lo mismo que las vidas enteras de 3 mil 600 campesinos africanos. Uno de mis días es equivalente a un municipio latinoamericano con todo y sus habitantes, sus construcciones, sus clínicas, sus talleres, sus camas, su red de agua potable. Una de mis semanas vale tanto como una colonia de clase media en Buenos Aires, México o Santiago. Con un año de mis ingresos podría comprar un país en desarrollo. Cuando mis hijos crezcan, sabrán que cada tarde que pasé con ellos tuvo un costo de 40 millones de dólares. Es, la mía, la paternidad más cara de la historia. Visto de esa manera, mis vástagos crecen con una deuda formidable y creciente sobre sus hombros. Cada pleito conyugal me cuesta, desde esa perspectiva, una fortuna.

Pero no. No estoy loco, y el tiempo que no se me va en la preservación de mi riqueza lo ocupo en imaginar formas viables y razonables de hacer que prospere: inventar y vender, aplastar a los competidores ųque me quedan pocos, y están maltrechosų, abrir nichos de mercado virgen en Uganda y Namibia, concebir un sistema operativo para refrigeradores inteligentes, torcer el brazo a la industria de electrodomésticos para que fabrique planchas que corran Windows, diseñar un entorno tridimensional que te permita entrar de cuerpo entero en el monitor de la computadora, sin quitarte los zapatos, y pasear por bambalinas virtuales y acariciar con la mano íconos corpóreos y con textura. Eso me hará, de alguna manera, semejante a Dios. Y ya que hablo de Él, recuérdenme que le ofrezca la Dirección de Ventas. A lo que se ve en los billetes cuyo tacto ha dejado de serme familiar, ese tipo debe ser un gran ejecutivo.

11.6.99

El fin de la guerra


Este hombre ha dejado de blandir el retrato de su hijo muerto, lo ha guardado en la cartera, ha dejado de llorar y se ha puesto a caminar hacia atrás, con cierta desesperación, por el camino que va a Pristina. Es un trayecto largo, pero conforme avanza, siempre de espaldas, el polvo del camino se desprende de su cuerpo, el hambre desaparece de su vientre y la sed, de su gaznate. Siempre de espaldas, se detiene ante una tumba reciente y artesanal, y una pala tirada al lado del camino brinca a su mano. La empuña, con los ojos nublados, y ve cómo la tierra del sepulcro se va juntando en pequeños montones que saltan hacia la pala. Entonces él los arroja por sobre su hombro, y detrás de él se forma un promontorio. Así, hasta que queda al descubierto una pequeña caja. El las saca de la tierra con mucho cuidado, mientras del suelo brotan unas gotas de agua que se elevan y van a clavársele en los ojos. Luego se echa la caja al lomo y se va, caminando de espaldas, a un sitio no lejano, marcado por la desolación, el humo y las llamas. Desempaca a su hijo muerto y lo coloca amorosamente en el piso. Las gotas brincan de la tierra a sus mejillas, ascienden por la barba de varios días hasta los lagrimales y se disuelven en su mirada.

Otras personas se congregan para depositar cadáveres en el sitio, con gestos y sucesos similares. Las costras de sangre en los muertos se ablandan. Afloran manchas rojas en diversas partes y de ellas surgen tentáculos líquidos que buscan a sus respectivos cuerpos, luego ascienden por brazos y troncos hasta alcanzar la entrada de las heridas. A lo lejos se escucha el rugido de una turbina. Los deudos corren, de espaldas, para alejarse del lugar. En el horizonte aparece un escuadrón de aviones de la OTAN que se aproxima en reversa. Vienen a sacar de entre los fallecidos y de entre los escombros las semillas de la muerte.

Las aeronaves, de cola, se acercan peligrosamente a la superficie. Se escucha una explosión. En una fracción de segundo, las esquirlas, los explosivos de alta eficacia, el humo, el polvo y las llamas, se comprimen en unos estuches con forma de supositorio y que llevan pintada la bandera de Estados Unidos, o de Francia, o de España, o de Inglaterra o de Alemania. Los estuches vuelan hacia arriba hasta adherirse a las alas de los aviones, y éstos empiezan a cobrar altura. Abajo se ha producido el milagro. Los que hasta hace unos momentos estaban muertos y destripados vuelven a caminar. No se han enterado de nada. Los edificios en llamas se reconstituyen. Reina el agobio, la pesadumbre y, también, la vida.

Los aviones se han ido, volando de espaldas, en dirección a sus respectivos países. Unas horas más tarde aterrizan, siempre de cola, y sus pilotos llevan en el corazón la alegría del deber cumplido. Han salvado de la muerte a los serbios y a los kosovares, y ahora sólo falta que los artilleros desmonten de los raíles los supositorios metálicos que guardan en sus entrañas las semillas de la destrucción. Esos contenedores serán enviados de regreso a naciones bondadosas poseedoras de grandes plantas fabriles en las que se separan y aíslan los componentes de los estuches y luego se envían a otras fábricas que los descomponen aún más, y después, las sustancias primigenias de la destrucción se entierran en minas profundas para que no hagan daño a nadie.

Unas horas antes, en Bruselas, Javier Solana, con cara de pesar, ha tomado una pluma fuente y ha colocado sobre su escritorio un documento solemne que lleva su firma. El funcionario pasa la punta de la pluma por sobre su rúbrica, de derecha a izquierda, y el aparato de escritura absorbe la tinta. Luego un empleado lleva la hoja a una máquina que extrae el tóner de la declaración de guerra y la deja convertida en un papel en blanco que irá a apilarse en una resma. La paz ha llegado a Yugoslavia. Más de dos mil muertos fueron devueltos a la vida gracias a la acción salutífera de los aviones de la OTAN.


Los policías serbios han extraído los proyectiles de los cráneos de los asesinados y éstos han recuperado el habla, los movimientos, la preocupación o el gesto fanático. Los policías han tomado los proyectiles y los han colocado en la recámara de su arma. Luego entregan las balas a sus superiores. El gobierno de Belgrado realiza atrocidades en Kosovo, pero éstas tienden a reducirse. En las próximas escenas, se realizarán operaciones similares de pacificación y resurrección en Bosnia. Los huesos del genocidio se cubren de carne en un periodo de dos años. La putrefacción se revierte en dos semanas. Los obuses que contienen la sustancia de la muerte son enviados a las fábricas para su desactivación. Luego vendrán Croacia, Eslovenia y Macedonia, cuyos líderes repetirán la acción de extraer la tinta de sus firmas independentistas y sus naciones estarán integradas en la federación Yugoslava, un país pobre y con muchos problemas pero en el cual reina la paz. La última escena presentará un Estado que es ejemplo de tolerancia y convivencia entre diferentes, y en el cual la vida humana se respeta porque es valiosa por sí misma. En ese mundo, que no es precisamente idílico, a ningún socialista español y a ningún político liberal estadunidense les pasa por el seso mandar aviones de guerra a destruir los cuerpos, las fábricas, las casas, los colchones y las sillas de los yugoslavos, y ningún yugoslavo en sus cabales puede concebir que algún día deambulará por los campos fronterizos de Kukes con los ojos llenos de lágrimas y el retrato de su niño muerto entre las manos. La película ya está rebobinada.

25.5.99

Democracia y ética


"Son muchos los pueblos que se miran en el espejo de las naciones europeas como un ejemplo de prosperidad económica, libertades individuales, gobierno de mayorías y respeto a las minorías. Millones de ciudadanos, en Europa y fuera de ella, aspiran a seguir el camino de esos países que, pese a tantas guerras, conflictos y divisiones como han padecido, mantienen la bandera de la tolerancia cívica, el diálogo, el mestizaje y el derecho a la diferencia, en un régimen de igualdad ante la ley. De la solución que se dé a este conflicto, de cuáles sean las condiciones de la paz, depende no sólo el destino inmediato de millones de kosovares y serbios sino, en gran parte, el futuro de la democracia en el mundo." Con estas y otras palabras, Juan Luis Cebrián, a quien por lo demás admiro como intelectual y periodista, justifica la intervención de la OTAN en Serbia ("Democracia y guerra", El País, 23/05/99).

La eficacia de los bombardeos para conseguir los objetivos fijados por los propios gobiernos occidentales está en duda. La limpieza étnica en Kosovo, que hasta antes de la incursión se realizaba a cuentagotas, adquirió proporciones masivas (y acaso irremediables, por muchas más bombas que arroje la OTAN sobre Belgrado y Pristina) desde las primeras horas del bombardeo que lleva ya dos meses. Los demócratas serbios que se oponían a Milosevic y proponían la construcción de un régimen representativo a la imagen de los europeos, fueron privados de todo margen de acción con los primeros misiles.

La escalada del conflicto ha significado para el régimen serbio un grave daño militar, pero también una victoria política interna. Pero las guerras actuales tienen por objetivo último el debilitamiento ųel desmoronamiento, inclusoų del adversario en términos políticos. Mantener una conflagración armada fiel, hasta el fin, a sus propios medios, obliga a poner como meta los escenarios de Numancia y Cartago, las ruinas humeantes de Berlín e Hiroshima. ¿Cuántas muertes es válido causar en nombre de la democracia? ¿Existe un límite?

O sea que la democracia, el respeto a los derechos humanos, la tolerancia y la pluralidad, son susceptibles también de conformar una ideología en el peor sentido del término, es decir, unos lentes pintados de negro mate para transitar por el horror de nuestras propias acciones sin sufrir vértigos ni náusea. Si uno, en el párrafo que cito al principio, quita "la tolerancia cívica, el diálogo, el mestizaje y el derecho a la diferencia, en un régimen de igualdad ante la ley", y la reemplaza por "el socialismo, la paz y el progreso", obtendrá un comunicado de la cancillería soviética. Si se escribe "la grandeza de la patria", conseguirá un discurso de un dictador chovinista cualquiera.

Cebrián propone, en síntesis, que destripar a bombazos un millar de civiles es justificable cuando se hace en nombre de la democracia continental. Durante la guerra fría, los gobiernos de Washington recomendaban a sus aliados latinoamericanos las prácticas de la tortura y la desaparición de personas para defender la democracia hemisférica. Veinte años después, Pinochet afirma, en su acoso británico, que la estela de muerte y destrucción que dejó en su país fue "dolorosa pero necesaria".

Yo tenía entendido que las formaciones democráticas no sólo se distinguen de las otras por cuestiones de procedimiento, sino también por valores éticos irrenunciables. Poner en la balanza la vida de unos a cambio de la de otros es una operación que degrada y pervierte sin remedio a los encargados de la medición: ¿Cuántos serbios vale un albanés kosovar, o a la inversa? ¿Cuántos y cuáles sufrimientos puede infligirse a una población antes de que el salvamento de otra deje de valer la pena? ¿Cuál es la proporción de costo/beneficio entre la refugiada que perdió una pierna por la caída de un misil y su biznieto que disfrutará un entorno democrático?


En estos términos no hay trato posible, respetado Cebrián. Ni 300 millones de votantes pueden dar mandato a un gobierno o a una coalición multinacional para que ponga en riesgo la vida de ciudadanos inocentes ni para que especule con el porcentaje mínimo de "daños colaterales" que es posible causar sin poner en riesgo la viabilidad política del bombardeo.

18.5.99

Israel: fin de la pesadilla


Es difícil saber si el peor enemigo de Israel es la colección de fanáticos de Alá que todavía deliran con la destrucción a bombazos del Estado judío, o el catálogo de fobias, intolerancias, militarismos y fundamentalismos internos --hebreos-- que, durante los últimos tres años, ejercieron el control político del país mediante una representación administrativa llamada Netanyahu. Por suerte y larga vida para todos --incluidos los clérigos terroristas y barbones de uno y otro bando-- el burócrata de la guerra ha sido derrotado, en forma abrumadora, por un soldado de la paz.

Este periodo oscuro y sangriento se acabó. La sociedad secular de Israel ha vuelto a tomar en sus manos el mando secuestrado por los halcones del corte de Ariel Sharon, por los rabinos de metralleta bajo el brazo y por los colonos que interpretan la Biblia como memorándum de exterminio. Si el mundo fuera equitativo, una corte internacional tendría que juzgar a Netanyahu por haber ordenado, desde el poder, asesinatos de Estado. Pero la historia --ya que no los tribunales-- ajustará cuentas con un primer ministro que surgió a la vida política como producto del odio (el hermano mayor caído durante el célebre Rescate en Entebbe); que jugó al hombre duro de Yitzhak Shamir en los inicios del proceso de paz con los palestinos, en Madrid, después de la guerra del Golfo; que, tras la derrota de su partido, cocinó el caldo de intolerancias en que hirvieron los proyectos para el asesinato de Yitzhak Rabin, el pacificador; que llegó al poder en virtud de un equívoco social de margen mínimo; que en la Primera Magistratura se desempeñó como un demagogo provocador que llevó a su país a los peores escenarios de aislamiento y menosprecio en Estados Unidos y Europa; que quiso ejercer el terrorismo de Estado y fue descubierto --para vergüenza del Mossad, organismo de acciones implacables pero impecables-- con las manos en la masa.


El sueño que Yitzhak Rabin sigue soñando en su tumba, junto con la mayoría sensata --más que nunca, sensata, y más que nunca, mayoría-- de los israelíes, ha vuelto por sus fueros después de un extravío de tres años. Nadie piensa que será fácil ni inmediato, pero, al menos, es de nuevo posible. Palestinos, israelíes y jordanos pueden reiniciar la construcción de un Triángulo Fértil que irradie paz, estabilidad, tolerancia, seguridad y prosperidad a todo Medio Oriente. Podrán, entonces, superarse las tentaciones del modelo balcánico para manejar las diferencias nacionales, religiosas y culturales, y optar por algo más cercano a un apacible modelo helvético que dé cabida a todos y en el que hasta Netanyahu pueda sentarse, sin temor al asesinato, a rumiar sus memorias de halcón derrotado para bien de todos.

11.5.99

Ustedes son europeos


Ustedes son europeos y uno de los deportes más extendidos y antiguos de su continente es entender. Los griegos lo inventaron y en los tiempos modernos Alemania, Francia, Inglaterra e Italia cuentan con unas formidables y robustas selecciones nacionales de comprendedores de todo: de la naturaleza, de la condición humana, de la sociedad, del lenguaje, de la economía, del alma, del resto no europeo de la humanidad, de las leyes que rigen éste y otros universos, de las propiedades de la luz, de las costumbres reproductivas de los chícharos, de las motivaciones de los criminales y de los resortes ocultos que mueven a los enamorados.

Ustedes han pregonado y enseñado al resto del mundo sus técnicas básicas del entendimiento: poner sobre la mesa todos los factores del problema, dejar de lado las vísceras y los intereses propios, dudar de lo que parece obvio y admitir y aprovechar los errores de observación y conclusión para afinar el juicio y la acción sucesiva. Los estadunidenses se consideran herederos de ustedes y de sus logros culturales. En los libros de historia de secundaria de Estados Unidos se afirma que ese país es producto --y culminación-- del desplazamiento histórico y geográfico de Occidente hacia sí mismo: de Grecia a Roma, de Roma al imperio carolingio, de allí a Gran Bretaña, para culminar en las nueve universidades del área de Boston, los edificios gubernamentales del Distrito de Columbia y las corporaciones postecnológicas de Silicon Valley y Seattle, sitios todos en los que corren ríos de dinero para financiar la comprensión de todos los asuntos imaginables e inimaginables.

Ellos y ustedes --ustedes, pues-- se empeñan en crear un mundo ordenado, estable, pacífico, democrático, legal, resignado al progreso, tolerante y limpio. Para ello, además de sus enormes recursos de comprensión, han creado y mantenido un aparato bélico impresionante, el mayor del mundo y de la historia, que se llama Organización del Tratado del Atlántico Norte, por más que en él haya lugar para naciones que no corresponden a esa delimitación geográfica (como Grecia e Italia) y países que (como Turquía) contrastan con el entorno más bien democrático y más bien respetuoso de los derechos humanos de Europa occidental. Se supondría que la intervención de ustedes en conflictos internos de Estados ajenos a ese club tendría que empezar por la comprensión y terminar --como último recurso-- con el empleo de la fuerza bruta o, si les ofende el término y quieren destacar los atributos de sus bombas y misiles de alta tecnología, la fuerza inteligente.

En Kosovo, ustedes analizaron la situación, concluyeron que, pese a las negociaciones diplomáticas estaba a punto de producirse una gran masacre y, en nombre de los derechos humanos, enviaron sus fuerzas aéreas a Serbia con la consigna de evitarla.

Esa acción creó las condiciones que el gobierno serbio necesitaba para expulsar en masa a los albaneses de Kosovo. Es probable que quienes lo pierden todo y logran llegar a alguna frontera sean los más afortunados, y que los que se quedan estén siendo víctimas de atrocidades. La segunda consecuencia de los bombardeos es la muerte de centenas o miles de ciudadanos serbios a causa de los fallos que, casi a diario, experimentan los proyectiles de ustedes. En tercer lugar, el ataque dejó sin margen de acción a los opositores democráticos al régimen de Belgrado: ¿Con qué cara pueden dirigirse ahora a sus conciudadanos los partidarios de una democracia a la estadunidense, a la británica o a la alemana, cuando en las cúspides de esas democracias surge la decisión de enviar misiles que están descuartizando a las personas? Para colmo, unas bombas aliadas tuvieron el mal tino de estrellarse en la embajada china en Belgrado y provocaron, con ello, cuatro diplomáticos muertos, abundantes escombros y una crisis internacional que sólo Dios sabe cómo acabará. Mientras tanto, esas bombas de ustedes han dado al traste con el tenue diálogo entre Pekín y Washington en materia de derechos humanos, y con ello han incrementado la indefensión de los disidentes y opositores chinos.

En suma, las acciones bélicas de ustedes han desatado un infierno de sufrimiento, destrucción, muerte e inestabilidad tan grave como el que pretendían impedir, o más. Ante la dimensión de la catástrofe que han creado con su intervención en Serbia, ustedes tendrían que asumir que sus sistemas de comprensión fallaron, en esta ocasión, tanto como los sistemas de guía de sus misiles, que ha llegado el tiempo de aceptar y enmendar sus propios errores y detener la guerra.