7.5.09

Ulises, Galileo
y Perpetua


  • Veraces y mañosos
  • Una historia de horror en el Instituto de Nutrición

El monstruo se dirigió a Odiseo para preguntarle su nombre. Odiseo mintió y le respondió que se llamaba “Nadie”. En rigor, el recurso fue una simulación y una inmoralidad pero resultó utilísimo en los momentos de la fuga, luego que el intruso y sus compañeros hubieron clavado una estaca ardiente en el ojo único de Polifemo. A los gritos adoloridos y furibundos de éste, sus congéneres cíclopes inquirían: “¿Alguien te ha hecho daño?” y Polifemo respondía: “¡Nadie me clavó un palo en el ojo! ¡Nadie me ha dejado ciego!”, ante lo cual, convencidos de que el gigante estaba loco, volvieron a sus casas muy confiados y no obstaculizaron de manera alguna el escape de los aventureros. Desde entonces, o más probablemente desde antes, la humanidad se ha pasado las tardes rindiendo culto a los mañosos, mientras que por las mañanas adora a los veraces.

Uno que recorrió los dos caminos --fue claridoso e implacable en la defensa de sus ideas, pero recurrió a la mentira en momentos críticos-- fue Galileo Galilei, quien era, además de genial, un gran provocador: usó sus descubrimientos astronómicos para sacar conclusiones que contradecían a la Biblia, les mentó la madre a amigos y a enemigos --entre ellos, al propio Papa Urbano VII, quien era su protector y admirador-- y terminó frente a los brutos del Santo Oficio. Con tal de salvarse de la chamusquina que le tenían preparada el sabio pisano se resignó a pronunciar la fórmula de abjuración de cuanto había dicho y escrito hasta entonces. Al parecer, en el curso del proceso el hombre jamás murmuró “e pur si muove”, en referencia a que nuestro planeta no estaba fijo sino que se movía alrededor del Sol, y la frasecita fue un invento de alguien en siglos posteriores. El hecho es que se salvó de correr la misma suerte que Giordano Bruno, o mínimo una cadena perpetua, y que fue sentenciado a rezar una vez por semana, durante tres años, los siete salmos penitenciales, y a no alejarse mucho de su casa de Arcetri.

Pero no hay que caricaturizar demasiado: las cosas fueron más complejas y el episodio referido ocurrió en el contexto de una tórrida discusión científico-teológica-filosófica entre los sistemas copernicano (heliocentrista) y tolemaico (geocentrista) que estaba haciendo pedazos lo que hasta entonces se consideraba verdades inamovibles, y no sólo postulados sacados de la Biblia sino también afirmaciones de Aristóteles que resultaron falsísimas.



Un ejemplo terrible de la verdad a toda costa es el de la mártir Perpetua, una mujer acomodada de la Cartago romana que murió en el circo en 203 de esta era. Tenía 22 años y un bebé recién nacido cuando los policías del emperador Severo se la llevaron presa por cristiana. En la cárcel, el procurador Hilariano le rogaba que dejara la religión de Cristo, pero Perpetua proclamó que estaba resuelta a permanecer en ella hasta la muerte. Entonces llegó su padre (el único de la familia que no era cristiano) y de rodillas le rogaba y le suplicaba que, por amor a su hijo, depusiera su actitud. Señalando una vasija, Perpetua le replicó: “Padre, ¿cómo se llama esa vasija?” “Pues una vasija”, respondió él. “Entonces --reviró ella--: a esa vasija hay que llamarla vasija y no pocillo ni cuchara; y yo, que soy cristiana, no me puedo llamar pagana, ni de ninguna otra religión”. A la mañana siguiente los soldados del emperador llevaron a Perpetua y a sus sirvientes, así como a otros cristianos, al circo. A los hombres los enfrentaron a un oso y un leopardo, y a las mujeres les aventaron una vaca furiosa.

En épocas más recientes podemos encontrar un montón de ejemplos de ambas actitudes en todos los bandos políticos e ideológicos y en casi todas las personas. Una infinidad de individuos abominan de la verdad en toda circunstancia, pero ha de haber poquísimos humanos que, siendo fundamentalmente veraces, se hayan abstenido de tomarle el pelo a alguien. No hay, a fin de cuentas, una carga moral intrínseca en ninguno de esos extremos: el mañoso puede ser execrable o héroe y el claridoso, santo o estúpido. Tan mal visto es engañar al amigo como sincerarse con el enemigo, y tan encomiable defender la verdad, como recurrir a la mentira en defensa de la patria o de los próximos.


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Otro tema: una anécdota que ilustra el grado de degradación al que ha sido llevado el sistema de salud pública del país por la combinación de insensibilidad burocrática proverbial, de astringencia de recursos neoliberal y de típico desgobierno felipista, es la historia de horror que vivió mi amiga Martha Helena Montoya el pasado lunes 27 de abril en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, del que es paciente desde hace más de 17 años, y en el que tantos ciudadanos hemos tenido experiencias de espléndida atención, ya sea en carne propia o en la de personas cercanas. Tras recibir el buen trato que es tradicional en consulta externa, Martha Helena acudió a la institución para someterse a una intervención quirúrgica relacionada con un quiste en un ovario. Desde la mañana de ese día percibió una total descoordinación entre consulta externa y quirófano, al grado de que nadie estaba al tanto de los estudios previos de la paciente. Le practicaron un electrocardiograma en ocho ocasiones porque el equipo estaba defectuoso, le insertaron una sonda para la anestesia pero el aparato dosificador estaba descompuesto y el dispositivo que debiera marcar la temperatura interna tampoco funcionaba. Finalmente, fue operada y trasladada al área de estancia corta, en donde se enfrentó con un injustificable despotismo por parte de las enfermeras: “¿Ya orinó? Pues apúrese a orinar, que si no, la sondeamos, y eso sí que es doloroso, además de que se va a infectar”.

Lo peor llegó a las 9:30 de la noche, cuando al área de estancia corta, en la que las camas de los pacientes se encuentran en cubículos individualizados con cortinas, entró un tropel de soldadores y electricistas (cinco o seis) con taladros, tanques de gas, sopletes de acetileno y otras herramientas. Procedieron a quitar, trabajando sobre los propios enfermos, las lámparas del plafón, que estaban cubiertas de polvo, y a taladrar, perforar y soldar. La explicación fue que debían instalar unas tuberías nuevas para el oxígeno, como parte de los preparativos para recibir allí a los contagiados de AH1N1. Los trabajadores caminaron sobre el plafón, del que cayeron polvo y cucarachas. Recién salida del quirófano, Martha Helena se dirigió a una de las enfermeras para pedirle que la sacaran de ahí y le explicó que el polvo la afecta gravemente, porque es asmática. “Pues póngase un cubrebocas”, le espetó la empleada con mal gesto, y luego recurrió al pretexto de la emergencia sanitaria como justificación para el maltrato, el desdén y el atropello.

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Ya que el mundo no acaba de terminarse, aprovecho el tiempo suplementario para agradecer los mensajes de Marcela Capdevila, Raúl G. Enríquez, Manuel Servín Massieu, Jorge Moch, Alberto Lazcano, Alejandro Gastélum, Mariana Sáiz, Antonio Morfín, Silvana Rabinovich, Luis Rojo, José Luis Anguiano y Chamu Coral. Abrazos a todos.

1 comentario:

Bogador y caminante dijo...

Pedro Miguel: diario te leo. Desde "Cosecha de desinformación" he querido poner comentarios. El soneto que nos recuerda que "o no, pero da igual, no sabe nada". Los gestos, las calaveras bailando, la foto y el artículo de los apestados, las labores propias ¿del sexo o del tiempo?, y el gran Galileo por sobre Odiseo y Perpetua ¡Fue más rápido lo que leía que lo que podía escribir!

Saludos.