11.7.10

Caca, zapato, llanta


Las cacas saben que son objeto de repudio y por eso han desarrollado una extraordinaria adherencia: para vencer el rechazo, así sea en forma pasajera, para establecer vínculos fuertes con los objetos con los que entran en contacto y permanecer pegadas a ellos durante mucho más tiempo del que quisieran los dueños de los objetos en cuestión.

Los zapatos, que no pueden estarse quietos y que son traviesos hasta la pared de enfrente, tienden, en forma natural, al deslizamiento, y esa aptitud es un peligro para los fémures, los húmeros, las vértebras y hasta los parietales de sus propietarios. Para refrenar el gusto de los zapatos a moverse por sí mismos, y a gran velocidad, sobre las superficies lisas y satinadas, se ha diseñado suelas adherentes dotadas de surcos, protuberancias y estrías. Esas discontinuidades superficiales contribuyen a evitar derrapones y resbalones de consecuencias fatales, tragicómicas o simplemente cómicas (y de todos modos dolorosas para el alma de quien las padece, aunque hilarantes para los espectadores) y a mejorar la tracción que ejerce sobre el piso la fuerza de los músculos abductor, vasto lateral, cuadríceps, gemelos, tibial y otros que impulsan el paso, el trote y la carrera.

Pero quienes más provecho sacan de los trucos tecnológicos de la industria del calzado no son las agencias de seguros médicos sino las cacas: se colocan en sitios estratégicos en los que más probabilidades hay de que caiga un pie guarnecido por una suela con hendiduras de diseños barrocos y, cuando logran su objetivo, se infiltran en las muescas del zapato, ejercen su capacidad de adherencia y con ello ganan un compañero para las próximas horas o, si el caminante sufre de indolencia y dejadez, días y semanas. Y no sólo consiguen establecer una relación –ellas, las rechazadas, las solitarias, las despreciadas– sino también, de manera colateral, un medio de transporte y esparcimiento que las llevará a conocer el mundo y a pregonar la nueva de su fetidez urbi et orbi. Ciertamente, algunos usuarios del calzado sujeto a esa relación de codependencia se molestan tanto con la presencia de caca en sus pies que son capaces de limpiar sus zapatos a fondo y a conciencia hasta con su cepillo de dientes, si es necesario, con tal de desalojar todo vestigio de caca de los surcos de sus suelas.

Uno a veces se pregunta por qué las cacas no dirigen sus aspiraciones afectivas hacia las llantas de los coches, las cuales están dotadas de surcos mucho más profundos y complicados que los de las suelas de los zapatos. La razón es que las llantas son unas señoras muy arrogantes a las que las tienen sin cuidado las sustancias o los objetos –¡a excepción de los clavos! – que se adhieran a ellas: sea chicle, sea caca o sea polvo de oro lo que se les pegue, ellas no van a detener su giro frenético por una minucia. Además, las personas suelen pasear sus zapatos por salones elegantes de alfombras rojas y, en consecuencia, es habitual que presten atención a la limpieza y presentabilidad de tales prendas; las llantas, en cambio, se quedan fuera casi siempre, y a casi nadie le da por escarbar con un palillo los surcos de las llantas de su coche para limpiarlas de impurezas. Desde luego, han ocurrido, y seguirán ocurriendo a lo largo de la historia, muchos encuentros entre neumáticos y cacas, pero los primeros no les otorgan la menor importancia a tales escarceos y dejan que la fuerza centrífuga ponga fin al encuentro. Las cacas, por su parte, aunque se sepan trágicamente destinadas al repudio, a provocar asco y repulsión, prefieren eso que la indiferencia: ellas también tienen su corazoncito.

2 comentarios:

María Sánchez dijo...

Jajajajajajajajajajajaja
las cacas, uta Pedro Miguel me he reído muchooooo.

Saludos

Pedro Miguel dijo...

Abrazo, María.