22.6.17

A la muerta


Tal vez me crucé contigo en una acera y no llamaste mi atención y seguí cabalgando sobre mi indiferencia, o acaso te admiré con una punzada de deseo y un reflejo de civilización represora me hizo desviar la mirada hacia otra parte, o bien me produjo curiosidad el libro que llevabas en las manos o un detalle de tu atuendo, o tal vez me generaste una leve aversión tan pasajera en ese camino como tú y como yo.

O no te divisé nunca (es lo más probable) ni tuve más noticia de tu existencia que tu parte proporcional en la cifra total de habitantes de la urbe, en la densidad del hacinamiento físico en un autobús o en el grado superlativo de un embotellamiento. En cualquiera de esos territorios, el de mi mirada, el de la fantasía, el de la indiferencia o el de los números, formabas parte de una existencia regular compartida con otros miles y millones de seres humanos.

Pero te mataron y bruscamente te hicieron transitar al territorio de lo monstruoso y lo sórdido, te quitaron (de golpe o lentamente) todo interés, toda preocupación, todo amor, todo recuerdo y toda sed de futuro. Ahorcada. Acuchillada. Torturada. Descuartizada. Disuelta en ácido. Semienterrada. Maniatada. Desnuda. Descompuesta. Te apartaron para siempre de tus padres, de tus hijos, de tu diario, de tus juguetes, de tu dinero, de tu ruta de vuelta a casa, de tus placeres y hasta del aire que respirabas. Ya no puedes comer ni dormir ni despertar ni trabajar ni pensar ni bailar ni peinarte ni salir con tus amigas.

Algo que ya no eres tú ha sido abandonado en un campo yermo, bajo un paso a desnivel o arrojado a la plancha forense como un producto al que deben aplicarse ciertos procedimientos antes de guardarlo o destruirlo para siempre, al marco de una foto en la que ya no vas a crecer ni a hacer muecas ni a pintarte las canas ni a preocuparte por las arrugas.

Acaso tu retrato empiece a viajar por parajes sórdidos, colgado de una pariente amorosa o sostenida por las manos de un desconocido; tal vez adorne los postes del alumbrado, el pecho de una manifestante que clama justicia, los tuits sin esperanza, los tableros de avisos de las agencias investigadoras. O puede ser que el azar le ahorre a tus familiares la agonía de años y los enfrente a la brutalidad de la noticia en caliente: Sí, es ella.

Y empezará a disolverse en el ácido de las lágrimas la carne de tu identidad: ya qué podrá importar que hayas sido maestra, bailarina, puberta, mesera, arquitecta, obrera, estudiante, secretaria, abuela; que hayas sido lectora o televidente, religiosa o atea, concupiscente o casta, flaca o gorda, morena o rubia. Te irás reduciendo con el paso de los años del cuerpo presente a los vestigios de ADN, de las fotos tamaño cartel a un nombre en una de tantas páginas de una averiguación judicial veraz o mentirosa, a un número en un tomo de registros estadísticos.

Es escalofriante que todo mundo se esmere en consolar a la madre (destrozada por tu muerte), al padre (al que le rompieron los sueños), a tu pareja (enfrentada al callejón espantoso de la viudez repentina) cuando la más inconsolable eres tú, que querías seguir viva y seguir siendo tú. Ni un abrazo ni una caricia en tu omóplato ni una lluvia de pétalos sobre tus cenizas lograrán distraerte de la nada.

Te hemos perdido. Te perdiste. Fuiste lanzada a una noche irremediable por una conjura evidente que muy pocas personas quieren ver. Pero ahí están, a la vista de todos, los mensajes de desprecio en carteles publicitarios, las descalificaciones a tu género, las burlas por tu aspecto físico, las determinaciones arbitrarias de tu vida y destino por parte de la familia y el Estado. Hay pláticas de sujetos que se jactan de mantener a toda costa su posesión y su dominio sobre otros seres humanos, y hay un discurso que es lo suficientemente hipócrita como para no admitir abiertamente que les brinda toda suerte de justificaciones. Hay toneladas de sentencias judiciales injustas y prevaricadoras en contra de tus prójimas. Hay agravios y golpes que ameritaban cárcel y se quedaron en amonestaciones, en burlas de barandilla o en nada. Hay decenas o cientos o miles de asesinos de sus parejas (o de cualquier otra mujer) que lograron mover su telaraña de relaciones para gozar de plena impunidad, que se pasean como individuos honorables y detentan prestigio y cargos y que en sus ratos de ocio pastan en los centros comerciales del extranjero sin que nadie los moleste. Y hay una sucesión de gobiernos que ha descubierto en la población una materia prima renovable y abundante para hacer negocios: la carne humana.

Tu muerte es también el saldo de una economía caníbal que oferta a los habitantes del país como insumo barato para los procesos productivos de la globalidad y que ha ido rematando los bienes nacionales –las comunicaciones, la energía, el territorio, los bosques, los caminos, las aceras, el agua y el aire– hasta dejarnos y dejarte en un estado de desnudez esclava, listos y listas para ser rematados al mejor postor: quién da más por tu trabajo, quién da más por tu cuerpo, quién da más por el privilegio de asesinarte sin sufrir consecuencias. Es que te han dejado, nos han dejado, sin país: sin esa máquina que debiera servir para garantizarnos la vida o, cuando menos, para hacer justicia cuando nos la arrebatan.

Y cómo esclarecer el crimen si al enterarnos pensamos sólo fue una más”; si el oficial mayor se hizo de la vista gorda cuando compraron cámaras de vigilancia defectuosas; si el jefe de adquisiciones traficó los repuestos de las patrullas policiales; si los agentes andan fabricando culpables para cumplir la cuota; si los agentes del Ministerio Público ponen sobre aviso a los presuntos asesinos antes de que los capturen; si el procurador se agota sólo con imaginar la verdad de este entramado; si el juez está metido en sus propios negocios y además tiene la certeza de que te mataron porque ibas vestida como puta; si al presidente municipal no le queda más tiempo que para soñar con ser gobernador; si el gobernador pactó con el cártel; si los legisladores no piden la comparecencia de nadie; si la Presidencia está muy ocupada en preservar a toda costa la impunidad de todos, en quedar bien con los compradores y vendedores de carne humana y en blindar la maquinaria que te devoró viva y que luego escupió tus huesos.

Entre la muchedumbre que transita por las estaciones de Metro y que se apiña en los paraderos de microbuses, en el orden de las fábricas, en la placidez de las reuniones sociales, en el tumulto de toquines y bailongos, en las aulas y en las manifestaciones, florecen huecos invisibles. Las multitudes y las familias se estrechan para llenar tu ausencia y los vacíos de las que ya no están, y sin embargo, su no estar se vuelve cada vez más asfixiante, indignante y vergonzoso. No basta con el hallazgo de tu cuerpo torturado y ahorcado y violado. El hallazgo de tus huesos no es consuelo suficiente. No bastaría tampoco con una procuración y una impartición de mínima justicia. Es que tu muerte y otras muertes no deberían replicarse nunca.

Nada compensa tu no estar. No hay forma de recuperarte de la noche irremediable, pero se puede imaginar y construir una nación en el que ninguna mujer vuelva a ser arrojada a la muerte y territorios en los que todo mundo pueda caminar, respirar, amar, discutir, trabajar y relacionarse sin temor. Debe ser esa la consigna de cientos de miles y de millones. Debemos sentirte nuestra propia pérdida, llevarte en el recuerdo exasperado, tener presente tu sufrimiento, quererte mucho, llorarte como si fueras nuestra propia madre, nuestra propia hija, nuestra propia hermana, y asumir de una vez por todas el imperativo de acabar con esta mierda.

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Ilustración: Odilon Redon, “Hommage à Goya”, c.1895.

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