
Este cabrón ya terminó de volverse loco.
No se hagan bolas: si se mueren Cayetano y otros que permanecen en huelga de hambre, la culpa será del pérfido Martín Esparza, ese líder sindical a quien de pronto se descubren propiedades en Hidalgo y desayunos opulentos en el Four Seassons. Opinadores independientes y plurales descubren, bajo las carpas desesperadas instaladas en el Zócalo capitalino, el designio siniestro de un líder dispuesto a medrar con el fallecimiento de sus seguidores. El razonamiento implícito es que éstos son lo suficientemente estúpidos como para morirse de hambre sólo para que el dirigente engorde sus influencias y sus posesiones. Pero no importa: se ha hecho la luz, en forma milagrosa, en las mentes de opinadores, entrevistadores, comentaristas y tuiter@s: ¡la culpa es de Esparza!
Pero cuando uno lleva algunos años de leer periódicos y consultar los medios con ojo crítico, aprende a olfatear corrientes de opinión inducidas por el poder público. La súbita unanimidad contra el dirigente del SME y la repetición obsesiva de detalles resultan inocultables síntomas de una de esas campañitas para cuyo armado ni siquiera es indispensable Antonio Solá. En unos días circularán coches de lujo otorgados a plumas y bocas con impacto mediático a cambio de este ensayo de linchamiento. Si fallece Cayetano, Miguel Ángel u otro de los trabajadores electricistas que se mantienen en ayuno, la responsabilidad no será de Martín Esparza. Los asesinos serán Felipe Calderón, Francisco Blake y Javier Lozano. Y quienes se prestan al presente juego distorsionador habrán sido cómplices. Y se sentirán felices de haber dado en el clavo.

"Tórax", monotipia de Claudio Goldini
Por medio de la presente ratificamos nuestra postura de llevar esta forma de protesta hasta las últimas consecuencias, y enfatizamos que por voluntad propia mantenemos la huelga de hambre, que no somos carne de cañón, como han manifestado algunos comentaristas en los medios de comunicación buscando denigrar nuestro movimiento de resistencia; deslindamos nuevamente a nuestro Comité Central y a los médicos que nos atienden por la decisión que hemos tomado y una vez más responsabilizamos al Jefe del Ejecutivo, Felipe Calderón Hinojosa de lo que pase con nuestras vidas.
A las organizaciones sindicales, sociales y políticas,




Gesto recuerda la media docena de textos de ciencia-ficción que hablan de esas alternidades de la evolución que jamás ocurrieron –el canis sapiens, el felis sapiens, el ursus sapiens–, y se entusiasma un poco al imaginar criaturas que corresponden más bien al ámbito de la mitología, embotelladas en el tránsito urbano, ensimismadas en la necedad de una ecuación, ocupadas en planear un genocidio o arrobadas mientras escuchan una sinfonía. Pero al adentrarse un poco más en la exploración de la idea, encuentra implicaciones poco deseables:
“Si la inteligencia hubiese surgido entre los perros, piensa, seríamos más lascivos y más sucios de lo que somos; si tuviéramos gatos por parientes, estaríamos más chiflados de lo que ya estamos; y si la razón hubiera nacido entre los osos, seríamos más torpes y gruñones de lo que somos, y ni uno sólo de nuestros especímenes, macho o hembra, tendría unas nalgas mínimamente decentes”.
Se resigna, entonces, ante el hecho de que nos tocó ser, simplemente, patéticos y simiescos, y que nuestros defectos y virtudes antropoides nos han llevado a hacer la Gioconda y a hacer Auschwitz, la televisión y la trigonometría, la contaminación planetaria y la colocación en la Luna de un puñado de nuestros ejemplares, así fuera por unos pocos fines de semana.
“Eso somos, pues”, piensa, mientras da vueltas en la cama. Como no logra conciliar el sueño, se incorpora, se rasca un sobaco, a continuación se huele los dedos para regodearse en el olor de su axila, se pone una bata y se dirige a su taller. Allí, mientras escucha el Concierto n° 2 de Rajmáninov, se dispone a un duelo a muerte contra un lienzo en blanco. No tiene muy claro qué pintará, pero lleva en la mente la idea esencial de la belleza.

Fuera de ese caso, las alianzas han desembocado, en los mejores casos, en triunfos fársicos o en alegatos poselectorales que son como el juramente hipocrático pronunciado por Mengele: no tiene mucha gracia remplazar el cacicazgo priísta que aún padece Puebla por otro cacicazgo gordillista (es decir, priísta), y cabe preguntarse a cuenta de qué –si no es por cuotas de poder “haiga sido como haiga sido”–, se movilizan los camachuchos en Hidalgo, en defensa de la candidata local del foxismo, es decir, del grupo político que ideó y operó el robo de la Presidencia en 2006. Para colmo, en Veracruz se cocina un conflicto paralelo, con el también priísta y elbista (aunque ande travestido de blanquiazul para la ocasión) Miguel Ángel Yunes.
La paradoja es que, si en lo inmediato estas ensaladas insuflan nuevas energías a un sistema electoral inverosímil, a la larga disipan toda la credibilidad que pueda quedarle. Sí: por un lado se demuestra que es posible derrotar, en las urnas, a formaciones gangsteriles como las establecidas en los gobiernos de Oaxaca (está por verse si se consigue desmontarla) y Puebla. Pero en la segunda entidad la transición de Mario Marín a Rafael Moreno Valle será el tránsito de las botellas de cognac a las Hummers, es decir, el recambio de nombres y etiquetas.
Pero lo más grave es que en estos comicios el PRI, el PAN, el PRD y otros menores, han terminado de revelarse como meros canales de acceso al poder para individuos ambiciosos. Adiós a los programas y a las plataformas. Adiós a diferencias sustanciales. Si algo distingue a unos de otros es el grado de perversidad o ingenuidad y los poderes fácticos (presupuestos públicos para respaldar campañas, control sobre medios informativos y sobre corporaciones armadas legales o ilegales, en fin) que son capaces de desplegar para poner a uno de los suyos en algún hueso. “Así es la democracia”, nos dicen. Pero si la democracia fuera persona, tal vez se cortaría las venas al ver cómo la invocan a coro César Nava (fraude nacional de 2006) y Jesús Ortega (fraude de 2008 en el PRD).
El cogobierno de facto entre el PRI y el PAN empezó en tiempos del salinato, con los comodatos estatales llamados concertacesiones, y se prolonga hasta la fecha en los consensos sobre política económica y en los maridajes que impidieron esclarecer los resultados electorales de 1988 y 2006. En las últimas elecciones, el PRD fue aceptado como miembro menor del club de la inmundicia. No habrá que extrañarse si uno de estos días lo vemos de la mano del PRI para sacar al PAN de la contienda (como ya se vio al PT de Chihuahua el 4 de julio): todo se vale. No hay forma de que los medios perviertan a los fines porque no hay nada que pervertir. El chiste es acomodarse cerquita del presupuesto.
La izquierda partidista ha llegado muy cerca del punto de disolución, lo que no quiere decir que desaparezca: igual puede convertirse en una cadena da farmacias o de pizzerías. Y como el PRI y el PAN son lo mismo (salvo por la irredenta torpeza del segundo), el régimen de partidos confluye en un mazacote de plastilinas variopintas. Apúrense a entregar su voto a alguno de los colores en pugna antes de que hasta los colores sucumban a la fusión en una cosa parduzca y uniforme. Los ciudadanos honestos de derecha, quienes creen en el centro y los que se inclinan por la izquierda, ya no tienen partidos que los representen: los que existen creen que todo se vale para conseguirlo todo, porque en el ámbito de la identidad no hay nada.
Vaya desafío: la sociedad debe reconstruir la vida política del país casi desde cero, hacerlo por vías pacíficas y cívicas, y un tanto al margen de los grumos y pegotes en los que ha terminado la clase política. Porque, con las opciones actuales, restringir la participación ciudadana a la emisión del sufragio es como escoger entre una Big Mac y una Burger King. Y hay opciones peores.



El hijo del fundador de Izquierda Republicana en Guipuzcoa llegó en 1940 a la Habana a reencontrarse con sus padres después de 4 años de no verlos, pues ellos se habían quedado en Madrid después de la toma de San Sebastián por el bando nacional, y ya en la derrota cruzaron la frontera a Francia donde sufrieron los campos de concentración y finalmente pudieron salir a Cuba. Cuando Álvarez desembarcó solito del Magallanes, tenía 13 años y en la mochila traía 4 años de vivir en territorio franquista, rezar cada noche el rosario con su abuela e ir a la escuela de los Marianistas. Con este equipaje la isla le sorprendió por su luminosidad, su sol, su música, su diversidad racial y su exuberancia. “Soy un exiliado particular porque mi llegada a Cuba fue de una felicidad infinita”, asevera y se le ilumina la cara recordando el colorido cubano.
Allí pasó 7 años trascendentales de su vida, hasta los 20, y asegura que “Cuba nos integró, por lo menos a mi generación pues el pueblo cubano era enteramente antifranquista, entonces nosotros los exiliados, éramos los buenos”. Con esta disposición, estudió el bachillerato e ingresó en la carrera de ingeniería. Allí militó en los movimientos estudiantiles de izquierda radical, y bebió del caldo de lo que pocos años después sería la revolución.
Sin embargo, Cuba no integró a los intelectuales exiliados en sus estructuras culturales como hizo México. En las universidades había cuotas para profesores extranjeros y muy pocos españoles tuvieron cabida. Por eso a sus 20 años, toda la família se mudó a México, donde empezó a relacionarse con la flor y nata de la intelectualidad republicana. Esas relaciones le devolvieron su españolidad pues Federico en ese momento ya se sentía un joven latinoamericano. “Cuando llegué a México no sentí ninguna estrañeza cultural, social o política y al igual que el resto de mi generación de exiliados, que no la de nuestros padres, participé totalmente en la vida política de México. Participaba en las mobilizaciones de los ferroviarios, de los mineros, de los estudiantes… Eso sí, en las manifestaciones del 1 de mayo marchábamos en el contingente de la República”
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Detalles del relieve en piedra en la Casa de Montejo, Mérida
Como ocurre en cualquier país con una democracia consolidada, esto fue una auténtica fiesta cívica sin perdedores. Bueno, el único perdedor fue Felipe Calderón, cuya versión personal de priísmo no gustó mucho que digamos entre los electores. No es para menos: cuando Calderón no confunde al Estado con la policía, lo confunde con las agencias de opinión. Pero hasta él tuvo uno que otro triunfo, como lo confirma el tratamiento dado por El País –agencia de relaciones públicas del calderonato, por vía cuñadil– a la elección: “El PRI pierde tres estados de México que gobernaba desde hace 80 años”. El PRI que todavía se llama PRI gana 9 de 12, pero hay el afán de beneficiar, haiga sido como haiga sido, al PRI que cambió de nombre.
Otros diarios españoles todavía le tienen –a veces– algún cariñito a la realidad: “La jornada de las estatales mexicanas comenzó como cualquier día: con muertos; cuatro cadáveres colgaban de mañana en diferentes puentes de Chihuahua capital”, redactó ABC. Pero los treinta y tantos asesinados de ayer no fueron parte del score, porque esta vez lo importante no era quién falleció, sino quién ganó: olvídense del muerto, que su hermano ya es gobernador.
Las izquierdas partidistas participaron en la fiesta cívica, a veces del brazo de un PRI, a veces de la mano de otros PRIs. Dicen que si no es para ir a elecciones, entonces para qué se conforman en partidos, y en ese punto tienen razón. Pero entre ellas imperó el miedo a la soledad, se amancebaron con lo malo y hasta con lo peor, y salvo en Oaxaca, en donde tal vez hayan logrado amarrar algunas facturas (ojalá: vale por una demolición de caciazgo), perdieron el rumbo a cambio de unas entradas a las fiestas de toma de posesión. Se les desea que, al menos, cenen rico.
Al cabo de diez años, la vida política formal está por culminar una vuelta sobre sí misma, y hoy aparece más descompuesta que hace cuarenta, cuando Díaz Ordaz festejaba la democracia, y mucho más alejada que entonces del país de abajo. En éste hay muchas noticias malas pero también una que otra buena, y esas no se agotan en una jornada electoral. Por debajo del PRI reconstituido y triunfante con distintos colores y siglas, al margen de rituales cada vez más vacíos de significación y contenido, lejos de mecanismos de representación reducidos a su propia caricatura, la sociedad se reconfigura a sí misma, en preparación para el momento en que se decida a hacer efectivo el principio básico de la democracia.


Puto es el hombre que de putas fía,
y puto el que sus gustos apetece;
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía.
Puto es el gusto, y puta la alegría
que el rato putaril nos encarece;
y yo diré que es puto a quien parece
que no sois puta vos, señora mía.
Mas llámenme a mí puto enamorado,
si al cabo para puta no os dejare;
y como puto muera yo quemado
si de otras tales putas me pagare,
porque las putas graves son costosas,
y las putillas viles, afrentosas.

