19.1.12

Apuntes fluviales





Homero llamó Escamandro al actual Menderes Çay, que confluye con el Simois, o Dümuruk Su, en la meseta situada arriba de Truva, o Troya, en la Çannakkale turca. Según La Ilíada, Escamandro, que era también un dios, montó en cólera contra Aquiles cuando éste rellenó su lecho fluvial con cadáveres y sangre de troyanos para vengar la muerte de su amante Patroclo. Hoy en día, ese cauce de agua se dedica al negocio apacible de alimentar al Mármara con lodo.

¿Para qué sirve un río? Bueno, por ejemplo, para que subas a bordo de una gabarra y remontes el Sena desde París hasta la Isla de la Cuna, en los alrededores de Fontainebleau. Si aceptas la sugerencia, procura hacerlo a fines de junio, cuando la cofradía del jazz gitano se reúne allí para recordar al gran Django Reinhardt y para rendir un homenaje a la vida. Tal vez te quepa en suerte escuchar a Diego el Cigala, a Yuri Buenaventura, a Avishai Cohen... El trayecto será mucho más lento que si haces el viaje por carretera, pero ambas posibilidades ofrecen horizontes de gozo tan distintos entre sí como un orgasmo y un estornudo.

Los cauces de agua dulce le sirven al planeta para distribuir recursos, para horadar cañones, para desaguar glaciares, para albergar salmones, para brindar o denegar la fertilidad a ciertos territorios. Sería pertinente no arruinar  demasiado los mecanismos de ese sistema circulatorio cuyos ramales son, para nosotros, matrices de diversas maneras de la cultura: el Nilo, el Tigris, el Éufrates, el Volga, el Ganges, el Amazonas, el Támesis, el Yang-tse-Kiang, el Usumacinta-Grijalva, el Plata, el susodicho Sena...

De las muchas cosas tremendas que se han dicho y escrito acerca de los ríos, seguramente la más pesada es la que formuló Heráclito de Éfeso: “En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos”. Crátilo sintetizaría la inquietud por esa suerte de permanencia en el cambio, o cambio en la permanencia, que es la musculatura del tiempo: Panta rei, todo fluye. Un milenio más tarde, Francisco de Quevedo la plasmó en un manojo de sílabas conmovedor y acojonante: “lo fugitivo permanece y dura”. Se refería al Tíber, que amamantó a la Roma recién nacida, y que siglos más tarde convirtió el líquido nutricio en lágrimas para llorar la ruina de la ciudad eterna.

Aquel patizambo genial no tenía, por supuesto, la obligación de ver las cosas desde un punto de vista geológico, y qué bueno que no lo hizo; de otro modo, se habría dado cuenta que la génesis, el transcurrir y la muerte del Tíber son también suspiros de mosca en la danza lenta de los continentes. Tal vez se habría deprimido tanto que no habría podido escribir el soneto “A Roma sepultada en sus ruinas”.

Algunos pensamos que el Paraíso y el Infierno son hermosas mentiras. Así lo creía también, de seguro, el novelista gringo vigesimónico Philip José Farmer, quien inventó el paisaje más inquietante y divertido para un Más Allá. La premisa inicial de su (por supuesto) larga pentalogía El mundo del río va más o menos así:

Me muero; te mueres; ella y él mueren; todos los seres humanos adultos que en el mundo hemos sido morimos y un buen día resucitamos, todos al mismo tiempo, en las riberas de un río enorme y alambicado, rodeadas por altas montañas, cuyas laderas casi verticales las hacen infranqueables. Allí estamos, entre muchísimos otros millones de individuos, Jesucristo y David Ricardo y Moctezuma y Mahoma y Madame Récamier y Cristóbal Colón y la Reina de Saba y Alejandro Magno y Nelson Rockefeller y el Inca Roca y Juana de Asbaje y Stalin y Nefertiti y el templario Jacques de Molay y Marilyn Monroe y Juan Domingo Perón y Agustín de Hipona y Carlos Monsiváis y Piero Della Francesca y Amy Winehouse y Benito Mussolini y tú y yo. Todos resucitamos desnudos, todos a una edad predeterminada, y al lado de cada uno hay una toalla y una lonchera con un refrigerio. Ahora nos toca organizarnos para escudriñar y desentrañar los misterios de esa segunda vida –o de ese Aqueronte inesperado– , y en ello se van dos mil y pico de páginas de lo más amenas.

Qué sería de Mark Twain sin el Misisipí, de Apollinaire sin el Sena, de Claudio Magris sin el Danubio, de los Evangelios sin el Jordán, de García Márquez sin el Magdalena, del cante jondo sin el Guadalquivir. Qué sería de nosotros sin esos cauces que nos quitan la sed, nos dan de comer, nos permiten transportarnos, nos dan tema para escribir, pintar y hacer música y danza, y nos obsesionan con su emulación de la vida y el tiempo: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar / que es el morir...” (Manrique)

Dicen que por las aguas del Grijalva bajaban los mercaderes itzaes, fenicios de Mesoamérica, hacia el golfo de México, en la culminación de largas travesías terrestres y fluviales que rodeaban la Península de Yucatán: entraban por el Río Dulce al altiplano de la Guatemala actual, se trasladaban por tierra hasta las riberas del Usumacinta y luego, río abajo, entroncaban con el que en aquellos tiempos se llamaba Río Tabasco. Por él se internó el navegante español Antón de Alaminos y en su desembocadura sobre el Golfo se fundó Santa María de la Victoria –frente a la actual población de Frontera–, que fue durante un tiempo la principal urbe tabsaqueña. La dificultad para defender la villa de los ataques de los piratas llevó a su abandono y a la fundación de San Juan Bautista, hoy Villahermosa.

Dicen que en en las postrimerías del siglo XIX esa vía fluvial era muy transitada por barcazas cargadas de maderas preciosas, pieles de cocodrilo, plátano, goma y chicle, y que de allí eran enviadas a los puertos remotos de Nueva Orleáns y Marsella, y que los navíos hacían el viaje de vuelta lastrados con teja francesa y vestidos manufacturados en Nueva Inglaterra. Dicen que hasta el río de los mayas se hizo llegar un barco de paletas procedente del Misisipí, y que fue destinado a cubrir el trayecto río arriba Frontera-Villahermosa, y luego de regreso. Dicen que por el Grijalva llegaron a la región el gusto por el beisbol y los ritmos musicales de la Norteamérica negra.

También cuentan que un buen día se descompuso la draga que se encargaba de desazolvar el río para permitir el tránsito por él de embarcaciones de tamaño medio, y que en vez de repararla se decidió hundirla frente a Frontera, y que con ello la vía navegable se echó a perder para siempre. O casi.

Algo similar ocurrió con el Papaloapan, que tras ser una importante vía de comunicación a través de tierras poblanas, oaxaqueñas y veracruzanas –por algo, las principales poblaciones de la cuenca son ribereñas– dejó de ser navegable por la deforestación y la contaminación, que provocaron la elevación de su fondo.

Lo peor que se le puede hacer a un río, aparte de matarlo, es convertirlo en guardián de nuestros territorios, en sucedáneo acuático del alambrado de púas, en ahogadero de migrantes.

Dicen que cuando Quetzalcóatl abandonó Tula navegó el Coatzacoalcos en una barca fabricada con pieles de serpientes y que al llegar a la desembocadura se perdió para siempre (o no tanto) en el mar.

Dicen que la música sinfónica es marina y que el blues es fluvial, y que Escamandro era un príncipe cretense que colonizó Frigia. Actualmente, su homónimo sigue muriendo instante tras instante en el extremo sur del Mármara.



18.1.12

Mafaldesca


No me gusta esta SOPA.

Meones y matones


Obama y sus cuarenta malandrines,
con la sola codicia de acicate,
mantienen esta guerra que el orate
Bush inició con imperiales fines.

Torvos y delincuentes, los Marines
arrasan un país en el combate
y luego dan el tiro de remate
al rival ya difunto con orines.

Al ver el espectáculo indecente,
el invasor hipócrita proclama
que aquello fue excepción, que fue accidente,

pero matar y mear es el programa
y estrategia genérica y corriente
del amo Bush y de su esclavo Obama.


17.1.12

Los verdaderos narcogobiernos

El mafioso Francisco Santos, el ex presidente colombiano Álvaro Uribe y su sucesor,
Juan Manuel Santos, primo del primero


El negocio de la cocaína migra hacia Perú, Venezuela, Ecuador y Bolivia, en donde los líderes populistas son ambivalentes o abiertamente hostiles a la cooperación con Estados Unidos, dijo en su edición de ayer The Wall Street Journal (WSJ). El rotativo, que representa los intereses de las corporaciones financieras que lavan la mayor parte del dinero proveniente de las drogas ilícitas, mencionó cifras según las cuales tanto el cultivo de hoja de coca como la producción de cocaína se incrementó en tales naciones y disminuyó en Colombia, aseveró que tales tendencias son resultado del éxito de iniciativas del Plan Colombia y que la estrategia del gobierno mexicano contra los cárteles los ha llevado a mudarse a Centroamérica. El WSJ se refirió también a la expulsión de la DEA de Bolivia por el gobierno de Evo Morales y a su significativa reducción en Venezuela por parte del gobierno de Hugo Chávez. Como resultado, dice el periódico, ambos países se han ido transformando en puntos de conexión para el negocio de las drogas ilícitas, conforme los narcotraficantes “buscan entornos menos hostiles en medio de los cambios políticos de América Latina”.


Se trata, a lo que puede verse, de una nueva construcción ideológica que justifique una escalada económica, diplomática y, en última instancia, bélica, contra cuatro países soberanos de la región que, cada cual a su manera, se han comprometido en procesos de transformación social y económica soberanos y que, por eso mismo, han atraído la animadversión de Washington. Si en la presidencia de George Bush padre (1989-1992) se inventó el concepto de “narcoguerrilla” para dotar a la superpotencia de nuevos enemigos –el “imperio del Mal” se disolvía por entonces–, ahora parece buscarse un vínculo entre soberanía y drogas para echar a andar una nueva categoría, la de los narcogobiernos, para meter en un mismo saco a los que presiden Evo Morales, Hugo Chávez, Ollanta Humala y Rafael Correa. Poco importa que la caracterización guarde escasa o nula relación con la realidad.

Es cierto que La Paz suprimió la presencia de la DEA en su territorio y que Caracas la redujo en forma significativa. Dicho sea de paso, se trata, en ambos casos, de medidas correctas para combatir el negocio del narcotráfico, toda vez que nunca es claro en qué medida esa y otras dependencias estadunidenses, como ATF y la CIA, luchan por erradicarlo y en qué medida lo promueven. Lo más común es que hagan ambas cosas, como ocurre en México: mientras que ATF suministra armas a los cárteles, la DEA les facilita el lavado de dinero.

Fuera de ese dato real, lo publicado por el WSJ es un amasijo de cifras inciertas, medias verdades y mentiras descaradas: no hay forma para medir con precisión lo que el diario neoyorquino llama “el potencial para producir cocaína” de un país –a Perú le atribuye 325 toneladas, y 270 a Colombia–, ni hay una relación mecánica entre la cantidad de hoja de coca que se cultiva y la de cocaína que se produce, por lo que, en el caso de Bolivia, el incremento de la primera es irrelevante para calcular la segunda.

Ciertamente, la guerra declarada por Felipe Calderón para, supuestamente, combatir a la delincuencia organizada, ha dado por resultado –además de 50 mil muertos y otros saldos catastróficos no mencionados por el WSJ– la presencia de cárteles mexicanos en Centroamérica, pero, a juzgar por los datos disponibles, no se trata de una mudanza forzada, sino de una expansión empresarial derivada del fortalecimiento bélico, financiero y político experimentado por esos grupos en el curso del calderonato. Un dato ilustrativo, a este respecto, es que, a decir de Edgardo Buscaglia, los cárteles han tomado las instituciones locales hasta el punto de que el 71 por ciento de los municipios del país se encuentran ya bajo el control del narco.

Tampoco cuenta el WSJ los vínculos entre el principal ejecutor del Plan Colombia, el ex presidente Álvaro Uribe, con narcotraficantes –Pablo Escobar, en primer lugar– y paramilitares, vínculos que han sido decisivos en una “pacificación” nacional que tiene mucho de entrega del poder político a la delincuencia organizada.

Así pues, los regímenes mejor calificados para aspirar a la clasificación de narcogobiernos son, pues, los de México y Colombia, que constituyen los dos más estrechos aliados continentales de Washington en una “guerra contra las drogas” que, de manera cada vez más clara, se perfila como una guerra a favor del narcotráfico.

12.1.12

“Me la pelas” y otros
síndromes de la élite



Vé tú a saber qué infierno personal pueda haber en la génesis del energúmeno evidenciado esta semana en las redes sociales y que responde al nombre de Miguel Sacal Smeke, rápidamente bautizado como “El Gentleman de las Lomas”. El punto es que los modos de este agresor (“¡me la pelas!”), al igual que los de Azalia Ojeda y María Vanessa Polo Cajica, las “Ladies de Polanco”, videograbadas en agosto del año pasado cuando maltrataron a policías de un puesto de control de alcohol (“¡nacos asalariados!”), así como la indiscreción tuitera de una hija de Enrique Peña Nieto (“bola de pendejos envidiosos, parte de la prole”) y el cándido racismo feisbuquero del panista Carlos Talavera hacia las mujeres indígenas (“huele impresionantemente feo, pero pues pobresillas: no es lo suyo la higiene”), retratan de manera fiel las actitudes de la élite que detenta el poder económico, político y mediático en el país. Desde hace muchos años, en el México posrevolucionario, conforme la élite política y empresarial se iba convirtiendo en una oligarquía privilegiada y saqueadora, fue desarrollando un desprecio profundo por la mayor parte de la sociedad hasta empatarse en actitudes con los catrines porfirianos o incluso con los encomenderos del Virreinato.

El fenómeno no es nuevo; lo que pasa es que hoy en día la masificación de los registros en texto, foto y video han borrado las fronteras entre lo público y lo privado, y cualquier persona está más expuesta que antes a exhibirse tal y como es, a que se conozca lo que realmente piensa y a que sus dichos y actos cotidianos queden registrados para vergüenza, regocijo o indignación.

En la indignada reacción masiva han proliferado expresiones simétricamente fóbicas, espejo de las palabras de menosprecio, propósitos de linchamiento: el empresario agresor es grosero porque es judío, las procaces de Polanco son pirujas y los políticos (y sus hijos) son todos unos patanes. En las personas mencionadas en el primer párrafo se ha concentrado, para su desgracia, extraviadas reacciones insultantes, racistas y discriminatorias al insulto y la discriminación que resultan lamentables en sí mismas, pero también porque dificultan la comprensión de un clasismo y un elitismo mucho más extendido, profundo y preocupante que unas cuantas insolencias difundidas urbi et orbi por la magia de Youtube y de Twitter.

Vamos a ver: tal clasismo tiene como núcleo central la noción –no muy apartada de la realidad, hasta ahora– de que se puede y debe ejercer el poder político y económico en forma absoluta, arbitraria, ilimitada e impune, e incluso en abierta violación a las leyes y reglamentos que debieran entenderse como constitutivos de esos poderes. Por eso, las Ladies de Polanco se sienten posibilitadas para infringir el Reglamento de Tránsito. Si unos efectivos policiales pretenden impedirlo, bastará, para ponerlos en su lugar, con verbalizar la diferencia de clase que respalda cualquier infracción: “¡Nacos asalariados!”.

Para sorpresa, o no tanto, tal conjuro, que es la erección de una barrera social instantánea, surte su efecto y los agentes del orden se ven de inmediato reducidos a la impotencia por el poder de tales palabras. Poco importa que las majaderas pertenezcan a una desesperada clase media y que apenas estén haciendo unos dudosos pininos en la incorporación al mundo del espectáculo: la injuria impresiona porque se asume, sin dudar, que sólo unas personas realmente picudas pueden pronunciarla.

La discriminación verbal es un arma arrojadiza de alta eficacia. “¡Pinche naco jodido!”, se oye en la grabación de un pleito de cantina protagonizado durante el Mundial de Futbol de Sudáfrica entre el es director del Fonatur Miguel Gómez Mont y su parentela, y familiares del futbolista Cuauhtémoc Blanco. Cualquiera de los bandos pudo pronunciar la expresión, porque ambos podían sentirse con derecho a ello.

En ese reducido universo social para cuyos integrantes no existe frontera alguna entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal, los poderosos no se equivocan y el que sostenga lo contrario, miente. Cómo se les ocurre que Papá podría desempeñarse mal en un acto público. Si sostienen tal cosa no es porque tengan razón, sino porque son “resentidos, envidiosos, pendejos y prole”.

Si el empresario de Bosques de Las Lomas estaciona su vehículo en forma incorrecta y una grúa se lo lleva, el resto de la sociedad –representada, bien o mal, por los operadores del vehículo de arrastre y por un testigo que videograba los hechos– “se la pela”, y por él, que vaya a sancionar “a su puta madre”. Él nada más es beneficiario de la ley y el orden y no está obligado a nada. Los miles de pesos que paga por mantenimiento en el edificio donde vive lo convierten en dueño de los empleados del multifamiliar y, para que no quede duda, la emprende a golpes contra uno de ellos que se niega a acatar una orden disparatada y arbitraria.

“Me la pelas” es la verbalización de una actitud generalizada de un ejercicio de poder político, empresarial y mediático desorbitado y enloquecido que no tiene empacho en hacer pedazos al país con tal de hacer negocios jugosos de toda suerte. La expresión representa fielmente a Ernesto Zedillo pretendiendo prolongar su inmunidad presidencial doce años después de que prescribiera, para evitar que lo juzguen por la masacre de Acteal, propiciada por su gobierno; a Carlos Salinas, quien se placea de manera impúdica, al suponer que ya se nos olvidó el enorme daño que su gestión le causó a México; a Felipe Calderón, empecinado en seguir alimentando un conflicto armado sangriento y absurdo y en vendernos a más del doble de su costo una porquería que, si llega a ser conmemorativa, lo será de la corrupción monumental de su administración; a Peña Nieto, quien supone que puede emitir en público todos los rebuznos que desee sin que ello afecte su popularidad, porque cuenta con los recursos para mandarse a hacer encuestas que le resulten favorables.

Nada de esto es (tan) nuevo. Ya en décadas pasadas, Fidel Velázquez se ufanaba de que los legisladores de oposición habían pretendido interpelar a Miguel de la Madrid y “se la pelaron”, (Proceso, 3/09/88) Emilio Azcárraga Milmo se enorgullecía de hacer televisión para “un país de jodidos” (Televisión sin fronteras, Florence Toussaint, p. 114) y el ex góber precioso Mario Marín (reaparecido hace unos días al lado de Peña Nieto) presumía al empresario Kamel Nacif una impunidad que le permitía “darle un coscorrón a esta vieja cabrona”, en el marco de la conjura que ambos organizaron en contra de la periodista Lydia Cacho.

Las aplicaciones tecnologías debilitan severamente las fronteras entre los vicios privados y las virtudes públicas y permiten que los primeros estén mucho más expuestos que antes. Pero la exhibición no basta para erradicarlos, como no basta tampoco la indignación que provocan. En tanto no decidamos en forma colectiva poner fin a este estado de cosas, seguiremos siendo unos “pinches nacos jodidos” que “se la pelan” a los poderosos.


* * *

Vaya un dato: mientras Felipe Calderón anuncia impúdicos subsidios para beneficio de la banca comercial privada y de cualquier cantidad de universidades particulares “patito”, en lo que constituye un nuevo golpe a la educación superior pública, en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México siguen agarrados de la greña en un duelo de tod@s contra tod@s.

3.1.12

La Estela de
Luz de Calderón



Bodrio del Bicentenario,
eres el mudo testigo
del gran saqueo al erario
que perpetraron contigo:

en un país miserable,
una partida de hampones
hallaron un modo fiable
de clavarse mil millones.

Fue Felipe de Jesús
el que organizó la estafa
con esa Estela de Luz
que resultó ser tan chafa.

A Pemex, en la movida
Calderón involucró.
y la dizque obra concluida
Lujambio la recibió.

Le faltaban los cimientos,
le faltaban acabados,
y faltaban ochocientos
millones dilapidados.

Nunca cuadraron los datos
del horrible monumento,
y la feria de contratos
generó gran descontento.

Se clavaron el dinero
despacito y paso a paso
y acumuló el cochinero
quince meses de retraso.

Septiembre de 2010
era la fecha pactada;
fue tal la desfachatez
que no inauguraron nada.

Tiene que oír Calderón
verdades cual catedrales:
que sus funcionarios son
rateros, pero impuntuales.

Si su estela tanto estima
y si la encuentra tan bella,
pues que se le trepe encima
y que se siente sobre ella.

Mas, con espíritu austero,
la gente preferiría
que nos devuelva el dinero
gastado en tal porquería.



2.1.12

Piedra de muchas veces



No es
la rosa material de los molinos
que da dientes al agua
y músculos al viento
y que precede a la platina
de la imprenta, a la banda
sin fin de los traslados,
al percutor terrible
de la ametralladora.

No es
el volante que digiere las horas
en el pequeño vientre del reloj
ni el engrane masivo que tritura
horas y miembros del obrero
y sus vidas en serie.

No es, tampoco,
el granito incansable que va, de siglo en siglo,
de construcción en construcción
–de pie de palafito a zigurat,
de zigurat a templo,
de templo a banco,
de banco a lupanar–,
cobijando a desgano vidas y trampas,
ni la roca manual, domesticada,
de moler, macerar y dar filo.

Ni siquiera es la vuelta replicada
del instante que se muerde la cola
y que desemboca en la locura
(el eterno retorno de lo idéntico),
almendra saltarina metida en el cerebro
de tantos, de unos cuantos o de nadie.

Es el amor.

Es el amor sin nombre ni apellido,
sin atributos narrativos,
sin cáscaras ni afeites ni atenuantes.

Lo bautizamos, le ponemos máscaras,
lo llamamos Abel o María Luisa
(cuántas advocaciones tiene esta deidad),
le damos apariencias
y decimos “no puedo vivir sin él o ella”
cuando, en realidad, queremos decir
o no queremos confesarnos
la aridez de la vida
cuando falta esa piedra.

Y cuando nos quedamos solos,
lo seguimos negando en ausencia.

Piedra que es talismán, que es la palabra
en el paladar de la criatura,
piedra que es fundamento de la vida.

No tiene propiedades inmutables;
es, en muchos sentidos,
elección propia,
compulsión al yerro pedestre
o vocación de trascendencia.

Para qué tropezar en un andamio
o morir por la patria
o dejar las vísceras
regadas en Tierra Santa
o concentrarse en la carrera
que tampoco va a ninguna parte
ni al recio pedestal, si aún se puede
morir de amor.

Bienaventurados, quienes quieran
o puedan transferir su hemoglobina
a la cuenta del futuro,
al fondo de la inmortalidad,
al pagaré del heroísmo.

Pero también se puede,
simplemente,
vivir para el amor:
equivocarse de una vez por todas
o conocer la dicha
de perder las batallas una a una:
guerras perdidas de antemano
contra la eternidad,
contra el desgaste de los días,
contra la propia vida, que no da tregua
a quienes se predican a sí mismos
el Evangelio según Venus.

Aunque sea un capricho de la química,
aunque aparezca en el catálogo
de las manías y las filias,
aunque se considere deleznable,
aunque, como todo lo otro,
carezca de sentido.

No hay nada que aprender,
o bien hay que aprenderlo todo, cada vez
que se renace de una muerte estéril
para acudir al estruendo
de cuerpos vivos y de símbolos
que cobran, a su vez, una existencia
intensa sólo para quien la encuentra.

Nada que escarmentar,
nada por perdonarse; sólo
una virginidad por desechar,
un río bautismal, un acto
fundacional en el encuentro.

Piedra de varias veces,
siempre y nunca la misma,
un solo rostro y muchos rostros,
un solo nombre y muchos nombres,
traspié para caer en el cielo,
mal paso que es virtud o pez brillante
y hallazgo,
obstáculo que asciende
a la categoría de fortuna.

Apostar siempre por la patria de un cuerpo
y un corazón y un intelecto prójimos,
no desistir de la consumación,
jugarse entero en el imaginario
de dos que son felices para siempre,
tropezar, tropezar,
todas las veces que se pueda,
en esa misma piedra.



31.12.11

Año Nuevo



Tenemos al alcance de la mano
en este 2012 que comienza,
el darnos un país por recompensa
pacífico, amoroso y soberano.

Vayamos, de la costa al altiplano,
a organizar el voto y su defensa.
Hagamos entre todos una inmensa
marea de sufragio ciudadano.

Si bien ha de ser dura la faena,
que nadie desfallezca ni desista
porque el fruto, al final, valdrá la pena:

una nueva nación está a la vista
si obtenemos el triunfo con MoReNa
y con el Movimiento Progresista.

20.12.11

Miedo al PRI



Con su horrible sintaxis, el domingo, en Boca del Río, Veracruz, Enrique Peña Nieto atribuyó “los ataques de los adversarios” “a quien tanto temor le tienen, a quien tanto les preocupa, al mejor partido de México: al Partido Revolucionario Institucional”.

Se quedó corto. No es temor, sino terror pánico, lo que inspira a la mayoría de la ciudadanía con memoria la perspectiva de un retorno del PRI al poder federal.

Para enumerar sólo a partir de un punto de quiebre: tal vez Peña Nieto no sepa, o no quiera recordar, que fue el PRI el que desencadenó una represión feroz y criminal contra estudiantes inermes en 1968. O que fue su partido el que gobernaba cuando Luis Echeverría y José López Portillo emprendieron la guerra sucia que dejó miles de muertos y centenares de desaparecidos, y que mientras ambos ex mandatarios condenaban a las dictaduras militares del Cono Sur, decenas de secuestrados por las fuerzas oficiales eran arrojados al mar en vuelos de la muerte que despegaban de la base naval de Icacos, en Acapulco. O que por años funcionó, en el Campo Militar Número Uno, una cárcel clandestina semejante a las establecidas por los gorilas chilenos y argentinos en sus respectivos países.

Cómo no va a inspirar miedo el retorno del PRI a la Presidencia, si en las cloacas del régimen priísta se fraguó el asesinato de Manuel Buendía; si, como consecuencia inesperada del terremoto de 1985, se halló, en los escombros de la Procuraduría de Justicia capitalina, a la sazón encabezada por Victoria Adato, varios cadáveres encajuelados; si las autoridades federales y defeñas –priístas, en ese entonces– abandonaron a su suerte a la población herida y sin vivienda; si entre 1982 y 1989 el país vivió en una exasperante depresión económica; si en esos años el “fraude patriótico” fue práctica rutinaria en las elecciones.

Cómo no temerle al PRI si durante el gobierno usurpador de Carlos Salinas de Gortari fueron asesinados centenares de opositores políticos, si se desmanteló la propiedad pública en el marco de privatizaciones corruptas, si se impuso en el país el modelo económico que aún padecemos, generador de pobreza y de riqueza extremas, si desde entonces se diseñó la inclusión del PAN en el régimen mediante las concertacesiones, y si aquella administración infame culminó con un rosario de asesinatos entre los propios priístas.

Por supuesto que inspira terror el recuerdo del zedillato y sus raterías inconmensurables, su infinita torpeza económica, su entrega del país a intereses extranjeros, las masacres de campesinos (Aguas Blancas, El Bosque, La Libertad, El Charco, Acteal, entre otras) y la política de contrainsurgencia traducida en violaciones de mujeres indígenas por soldados y en el cerco contra los pueblos zapatistas.

Cómo no va a dar miedo el PRI ante monstruosidades sindicales como Joaquín Hernández Galicia, Salustio Salgado, Carlos Romero Deschamps, Carlos Jongitud Barrios, Elba Esther Gordillo y Víctor Flores, entre muchas otras, todas ellas gestadas en la matriz corporativa del tricolor.

Claro que hay razones para sentir terror ante un eventual regreso del PRI si se considera que, durante la administración del propio Peña Nieto en el Estado de México, los índices delictivos y la violencia se multiplicaron en forma incontrolada, la entidad se situó como primera en feminicidios, creció el desempleo, se incrementó el número de pobres, se multiplicó la deuda del estado y el gobernador destinó miles de millones de pesos de dinero público a campañas de imagen para presentarlo como un buen prospecto presidencial.

Cómo no sentir terror de que regresen al poder, de la mano de Peña Nieto, individuos como los Salinas, Mario Marín y Ulises Ruiz.


“El PRI es el cambio”, dijo Peña Nieto, en un escandaloso abuso del oxímoron. Y agregó: “Vamos a ganar el primero de julio de manera clara y contundente. Vamos por un triunfo inobjetable”. Para su infortunio, la frase le salió casi idéntica a la que dijo Jorge de la Vega Domínguez, antiguo gerente del partido, en la madrugada del 7 de julio de 1988, mientras se cocinaba el magno fraude electoral: la imposición de Salinas había sido “un triunfo contundente, legal e inobjetable”.

Cómo no va a dar miedo.

* * *

Un abrazo grande para Julio Collado Vides, investigador del Centro de Ciencias Genómicas de la UNAM, recién distinguido con el Premio Nacional de Ciencias y Artes, y quien ha propuesto un año de silencio ante el desdén gubernamental hacia la ciencia y la investigación.

Tres videítos luctuosos

De Franco:
   


De Mouriño:





 De Kim Jong il:

19.12.11

¡Felicidades, Julio!


“El siglo pasado ya fuimos a la Luna. Ahora, hay que ir al viaje más fascinante: nuestro propio cuerpo.”

Julio Collado Vides
Investigador del Centro de Ciencias Genómicas de la UNAM.
Encargado del Programa de Genómica Computacional del Centro de Ciencias Genómicas.
Premio Nacional de Ciencias y Artes 2011 en el rubro de Ciencias físico-matemáticas y naturales.

15.12.11

Nuevas del automóvil volador



En las largas horas en que los organismos humanos se encuentran encapsulados en sistemas automotores de desplazamiento terrestre atrapados, a su vez, en gigantescas aglomeraciones, y tan inmóviles como la amada de Amado Nervo, una reacción lógica de las neuronas, además de echarle la culpa a la suegra y mentar madres, consiste en imaginar un escape aéreo hacia la libertad. Todas las mañanas, en la entrada de Pachuca al Distrito federal, cientos de miles de cerebros elaboran fantasías sobre automóviles voladores capaces de elevarse y abandonar la cruel superficie terrestre para transportar a sus tripulantes en línea recta, y en cuestión de minutos, hacia sus anhelados destinos.

Tal fantasía plantea algunos problemas prácticos con los cuales han estado lidiando los ingenieros desde hace casi un siglo. En la película Metrópolis (1927) puede verse un tráfico aéreo urbano que prefigura los que caracterizarían, en años posteriores, las urbes de Blade Runner, Brazil o El Quinto Elemento, entre muchas otras cintas de ficción. Pero la idea del automóvil volador data incluso de antes: de los orígenes de la aviación y del automovilismo industrial, que fueron casi simultáneos, en los albores del siglo pasado.

  
 El gran rival de los hermanos Wright, Glen Curtiss, diseñó un  triplano que debía operar como vehúculo terrestre y aéreo, y que no logró volar. En 1926 Herny Ford presentó el prototipo de un “Modelo T del Aire”, el Flivver, un pequeño monoplaza de menos de cinco metros de largo y 6.5 metros de envergadura, capaz de volar a una velocidad límite de 140 kilómetros por hora. Según su fabricante, estaba destinado a una comercialización masiva que pondría un vehículo aéreo en cada hogar estadunidense. Charles Lindbergh probó uno de los prototipos y dijo que era el peor avión que había tripulado nunca. Poco después, el piloto de pruebas Harry J. Brooks, a bordo de otro Flivver, cayó al mar frente a Melbourne, Florida, falleció, y el proyecto fue abandonado.

El engendro de Ford era, propiamente, un avión. Los primeros intentos de automóvil volante fueron concebidos y desarrollados entre 1911 y 1939 por Waldo Waterman: el Whatsit, el Arrowplane y el Arrowbile , dotado de alas abatibles y de un motor Studebaker que impulsaba una hélice situada en la popa del vehículo. En las décadas siguientes fueron diseñados decenas de modelos de automóviles voladores, o cuando menos de aviones con capacidad de rodaje, todos ellos con el mismo grado de éxito: ninguno.


Uno de los intentos más prometedores, y también uno de los más estúpidos, fue el AVE Mizar, desarrollado entre 1971 y 1973 por Henry Smolinski, graduado del Instituto Tecnológico Northrop, y por su socio capitalista Harold Blake. Era un Ford Pinto que en tierra funcionaba como cualquier automóvil convencional, pero que podía ser rápidamente incrustado al fuselaje trasero de un Cessna Skymaster y emprender el vuelo. La empresa AVE anunció, con bombo y platillo, que la producción en serie del cacharro arrancaría en 1974. Pero el 11 de septiembre del año anterior, mientras en el remoto Chile Augusto Pinochet inauguraba la carnicería, en Oxnard, California, el Mizar se descuadernó en el aire cuando realizaba su vuelo inaugural, y mató a Smolinski y Blake.

Hoy en día, las empresas Terrafugia y Moller aseguran, cada cual por su lado, que es inminente la comercialización de sendos modelos de automóviles voladores fabricados por ellas, y recaudan fondos para empezar a producir en serie aparatos que, dicen, costarán unos pocos cientos de miles de dólares la unidad.


En el caso de Terrafugia, se trata de un cacharro de despegue y aterrizaje convencional, por lo que requiere de una pista de aeropuerto  para elevarse y descender. Una vez que el ingenio se encuentra en tierra, sus alas se pliegan hacia arriba. Podría ser, entonces –si es que un día se volviera realidad–, una alternativa a los viajes carreteros, pero no a los desplazamientos terrestres por las urbes.

Moller ofrece un modelo biplaza aún teórico, el Autovolantor, parecido a un coche deportivo –de hecho, está basado en la carrocería de un Ferrari 599–, con capacidad de despegue y aterrizaje vertical. El espacio del motor y de la cajuela estaría ocupado por ocho ventiladores –cuatro adelante y cuatro atrás– y en tierra sería impulsado por un motor eléctrico. El fabricante aún está tratando de consieguir los tres millones de dólares que, según sus cálculos, costaría desarrollar el prototipo.

Esta firma también ofrece un modelo de cuatro plazas –el Skycar–, dotado de otros tantos rotores basculantes, que propone como alternativa a los helicópteros, los cuales requieren, por el diámetro de sus palas, de un área mayor para tomar tierra y para elevarse. Pero el mercado de este vehículo, también hipotético, no sería el de los automovilistas particulares, sino que estaría orientado a corporaciones policiales y servicios de emergencia.


El problema principal del automóvil volador es que es una idea mala disfrazada de buena. En principio, en el marco del “sueño americano”,  podría parecer lógico el desarrollo masivo de medios domésticos de transporte aéreo regular. Y sí, podría serlo, pero entonces los automóviles saldrían sobrando: si se poseyera un vehículo capaz de elevarse y de surcar los aires, quién querría viajar en carretera o internarse por callejuelas estrechas o perder pedazos de vida en embotellamientos y semáforos.

Por lo demás, las características requeridas por un aparato capaz de elevarse, desplazarse por el aire y volver a tierra sin destruirse en el intento son incompatibles con el diseño óptimo para un automóvil: ha de poseer extensas superficies aplanadas para efectos de sustentación y de control aerodinámico y el menor peso posible. En cambio, un automóvil debe ser lo suficientemente compacto para desplazarse en los carriles establecidos para ello y una forma contenida que le otorgue menor resistencia al aire y mayor estabilidad.

Rodar y volar son cosas distintas. Un avión que pueda desplazarse por la superficie terrestre con la misma aptitud que un coche, necesariamente volará mal. Un automóvil capaz de volar será inestable, incómodo y de escasa capacidad interior. Y de los peligros de un embotellamiento aéreo o de la capacidad de destrucción de conductores aéreos malhumorados o alcoholizados, mejor ni hablemos.

Por ahora, los únicos coches voladores  exitosos siguen siendo el de Harry Potter y el del almirante Carrero Blanco. 



“BE NOT INHOSPITABLE TO STRANGERS LEST THEY BE ANGELS IN DISGUISE”


Cuando era chavo cometí uno que otro robo sin violencia en un par de librerías. Pero no en Shakespeare & Co.

Shakespeare & Co. era la casa, el mundo y el corazón de George Whitman, y estaba abierta a tod@s. Siempre había en esa casita encantada y rancia un vaso de té para el errante, un libro para la extraviada, una colchoneta para el piojoso trotamundos, una historia bien contada para el que se asomaba a la vida. Y a París.

George Whitman recibió a mi padre en 1968, cuando los gases lacrimógenos flotaban sobre el Sena. En 1973, sin conocer el antecedente, fui a pasear mi pubertad por la Rue de la Bûcherie, me topé con el local, me llamó la atención y entré. El patrón me ofreció su plática, su té y sus libros. Cuando le conté mi vida (que en ese entonces era más que breve), rápidamente ató cabos y me dijo, mientras me miraba fijamente con sus ojos azules y deslavados: “Hace unos años estuvo aquí un hombre...” Creo que tenía en la memoria a todos y cada uno de sus huéspedes desde 1951 en adelante. Era memorioso y su lema era:

BE NOT INHOSPITABLE TO STRANGERS LEST THEY BE ANGELS IN DISGUISE

Volví un par de veces en los años 80. Luego, en 2008, llevé a Clara a que conociera aquel sitio y desde antes de salir de México urdí una travesura.

Ya no encontramos a George Whitman. Sus nietas * preservaban meticulosamente aquel espacio entrañable. Me perdí por uno de los pasillos de aquel laberinto libresco, volteé a ambos lados para asegurarme de que nadie me observara, saqué de mi bolsa tres libros que me eran queridos y los incrusté con discreción en un entrepaño. Luego, busqué a Clara, que husmeaba en un espacio de volúmenes para niños, la tomé de la mano y la saqué de allí apresuradamente, con la certeza de haber consumado un antirrobo impecable.

Ayer, a los 98 años, George Whitman se murió. Un mucho quedará en este mundo de su hospitalidad, su generosidad y su bonhomía, de tanto que las contagió a diestra y siniestra. A estas horas, los encargados del Cielo no han de saber qué hacer con tantos libros.



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* Esa no me la sabía: en mi última visita vi a unas chavas en el mostrador y asumí que eran sus nietas. Pues no: era su hija Sylvia, probablemente con una amiga. Gracias a @AlbertoRuy Sánchez por la corrección.

14.12.11

Peña Nieto en la FIL



En la Feria del Libro, Peña Nieto
está tan fuera de lugar, como una
manada de mapaches en la Luna
o como en blanco arroz un grano prieto.

Desprovisto de prompter y libreto,
desnuda su ignorancia en la tribuna,
lo exhibe una pregunta inoportuna
como zafio, banal y analfabeto.

Una vez terminado el sainete,
el público se agarra de botana
a su triste y vacía biblioteca.

También nos quedó claro que el copete
se asienta en una bóveda craneana
soberbia y prominente, pero hueca.

13.12.11

El hijo de Kadafi



El calderonato no se dio cuenta de que, en sus narices, la DEA lavaba millones de dólares del narcotráfico. Tampoco supo que una dependencia de Washington introducía al país miles de fusiles de asalto destinados a los cárteles. No se enteró o miró hacia otro lado. Imposible saber si alguna de esas armas fue usada en Xayakalan, Ostula, para asesinar a Pedro Leyva Domínguez, o para lesionar a Norma Andrade, de Nuestras Hijas de Regreso a Casa, en Ciudad Juárez, o para ultimar a Nepomuceno Moreno, en Hermosillo, o para secuestrar y ejecutar a Trinidad de la Cruz, también en Ostula, en cuanto la Policía Federal se hizo ojo de hormiga. No hay forma de establecer si algunos de los dineros blanqueados por la DEA han ido a parar a los bolsillos de algún presidente municipal, comandante de policía o un cargo superior de los muchísmos que han sido comprados por la delincuencia organizada. Cómo investigar si fondos o armamento proporcionados por Washington en el marco de la Inicativa Mérida fueron usados en el asesinato de dos estudiantes normalistas, ocurrido ayer en Chilpancingo.

Pero eso sí: la “inteligencia civil” del régimen resultó muy eficientita para detectar el supuesto intento de ingreso a territorio nacional de uno de los perseguidos hijos de Muamar Kadafi. El aparato estatal se jugó en peso para desbaratar el intento, detener a los participantes en la conjura y obtener un caramelo y una palmadita por colaboración con Washington.

Muerto el sátrapa libio –linchado de manera bárbara ante la mirada complaciente o cómplice del Occidente civilizado–, es claro que sus cachorros no representan amenaza alguna, y menos para México. Pero la idea es quedar bien, incluso si para ello hay que seguir alimentando con muertos mexicanos la insaciable sed de utilidades del narco, de los circuitos financieros, de la industria de armas y de los contratistas de seguridad e inteligencia.

Qué paradoja: podría ser que dentro de un año, meses más, meses menos, Felipe Calderón y uno que otro de sus colaboradores, se encontraran en los zapatos del hijo de Kadafi. Claro que no se trata de compararlo con Hitler ni con Milosevic, ni con el desdichado junior libio.

No es un asunto de maldad o de bondad, intrínsecas o cultivadas. El hecho objetivo es que, por ambición, por frivolidad, por ineptitud y por incapacidad, el actual ocupante del poder presidencial desencadenó una tragedia nacional en todos los órdenes: las decenas de miles de muertos –67 mil, dice Javier Sicilia–, no pocos de los cuales murieron por acción u omisión de policías de alguno de los tres niveles o de efectivos militares. La política económica oficial incrementó de manera directa la pobreza y el desempleo y, en forma indirecta, el auge de la criminalidad. La educación y la salud públicas fueron reducidas a portales de Internet y a botín de mafias. La corrupción en la administración pública ha alcanzado cotas de miles de millones de dólares por contrato. Las instancias federales, estatales y municipales están más desarticuladas que nunca. La paramilitarización en ciudades y regiones es tan inocultable como la oprobiosa supeditación de las instituciones nacionales a los designios, directivas y mandatos de Washington. Y en ese contexto, la cultura cívica ha retrocedido en forma alarmante y en el país cunden actitudes de sálvese quien pueda.

Calderón asegura que él no tiene la culpa de nada de nada y que se ha limitado a cumplir con su deber. Pero la Constitución y el sentido común indican que entre las responsabilidades básicas del Poder Ejecutivo están la preservación de la paz y del orden público, de las buenas cuentas y de los equilibrios y la armonía institucionales. Las fuerzas armadas están para cuidar la integridad territorial y la soberanía nacional y para auxiliar a la población en casos de desastre, y las corporaciones policiales tienen como tarea preservar el orden público y perseguir presuntos delincuentes –como los funcionarios estadunidenses que han metido a territorio nacional armas y dinero del narco–, no asesinar a balazos a estudiantes normalistas, como ayer en Chilpancingo.


La Corte Penal Internacional debe esclarecer las responsabilidades de Calderón y de alguno de sus colaboradores en este desastre. Por el bien del país y del propio gobernante, ojalá que se declare competente y que emita un fallo correcto. Y si llegara a encontrar culpabilidad, el propio Calderón, o alguno de sus cercanos, podría estar, dentro de un año, meses más, meses menos, en una circunstancia parecida a la que afronta ahora el hijo de Kadafi.

No es cosa de bondad ni de maldad sino de justicia.




6.12.11

De la ignorancia




Claro que una equivocación puede tenerla cualquiera, y más con la presión de cámaras, micrófonos y público. Lo imperdonable es la respuesta arrogante como cobertura de la propia ignorancia, el pretender que con un torrente de palabras sin sentido pueda taparse la laguna mental que se acaba de exhibir. Fue justamente lo que hizo Enrique Peña Nieto en fin de semana pasado, en la Feria Internacional del Libro, cuando presentaba un libro supuestamente escrito por él. Más allá del torrente de chistes que la pifia generó, principalmente en las redes sociales, el gesto es de interés público por indicativo de lo que podría esperar el país en caso de que este hombre llegase a ocupar la Presidencia.

Ciertamente, un mínimo fundamento de lecturas no es garantía de buen gobierno por quien lo ostenta: tiranos, corruptos e ineptos ilustrados los ha habido a mares, y ha habido, también, uno que otro que ha destacado como estadista a pesar de su analfabetismo. Lo que de seguro no le va bien a la silla de mando es el empecinamiento frívolo y soberbio que impide pronunciar las dos palabras más sabias del mundo: “no sé”.

Independientemente de las graciosísimas respuestas del aspirante presidencial priísta (“he leído algunas telenovelas”*, y cosas por el estilo), el episodio debiera llamar la atención sobre la pasmosa incultura de buena parte de la clase política o, al menos, de la que detenta las principales posiciones del poder público. En cosa de horas, Vicente Fox y Marta Sahagún fueron ampliamente superados en sus aportes al catálogo de autores imaginarios (José Luis Borgues y Rabina Gran Tagora, los más memorables) por el propio Peña Nieto, quien inventó a Carlos Krauze (¿o habrá sido a Enrique Fuentes?), pero también por Ernesto Cordero, fabricante de una célebre novelista denominada Isabel Restrepo, y hasta por uno opinionero que resultó incapaz de decir, al aire, el nombre de pila de Borges, víctima favorita de quienes quieren hacer como que saben algo.

El terrible escenario de esta casa del jabonero, en la que quien no cae, resbala, no sólo muestra que para políticos y funcionarios no vale la pena leer ni las solapas de los libros, sino también que no saben hablar, y a veces, ni pensar con claridad. Un caso paradigmático es el de Felipe Calderón, quien en enero pasado, después de cuatro años de insistir en que encabezaba una guerra contra la delincuencia (sólo durante 2007 empleó el término, pública e inequívocamente en 27 ocasiones, asociado a “estrategia”, “combate”, frente”, “Fuerzas Armadas”, “logística”, y así), de pronto se imaginó que no había usado nunca la palabra “guerra”. Y así lo sostuvo.

Para la ciudadanía en general, y para ese sector que participa en las redes sociales, la exhibición de Peña Nieto en la FIL, con todo y sus secuelas, será, a su manera, una prueba de fuego. Si el incidente se traduce en una caída perceptible en la posición del mexiquense en las encuestas, ello será indicativo de una sociedad vigilante, informada, y dispuesta a exigir cuentas a sus políticos, y habrá que felicitarse, no por animadversión al aspirante priísta, sino por una sociedad capaz de reaccionar ante actitudes impresentables. Pero si, por el contrario, después de su dislate Peña Nieto mantiene intacto su caudal de votos potenciales, ello implicará una derrota de la sensatez social ante el músculo propagandístico de la televisión y de las corporaciones mafiosas de siempre, una falta de información más escandalosa que la incultura del señor, y una preocupante irrelevancia de las redes sociales.

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* Corrección: El audio del primer video de la conferencia que circuló era muy deficiente. Luego, Carlos Cañedo Chávez me hizo notar que el aludido no dice "telenovelas" sino "desde novelas". Formulo una disculpa.

2.12.11

El robo del Teletón



Por catorceava ocasión,
en cruceros y pasillos,
anda saqueando bolsillos
ajenos el Teletón.

No desperdicia ocasión
para despojar al pobre
de algún peso que le sobre
o, de perdis, de un tostón.

 Cuando ha juntado un millón,
exige, muy por sus destos,
que le devuelvan impuestos
por la dizque donación.

Cada moneda que das
va directo a su chequera,
y por si poco no fuera,
Hacienda le dará más.

Por eso mueren de risa
Bimbo, Carso y Coca-Cola,
y también mueven la cola
Radio Red y Televisa.

Después, con lo que les sobra,
ponen un mísero centro
de ayuda, que es puro cuento
y que, para colmo, cobra.

Benefactores sicarios
con grave incapacidad
para decir la verdad
y voraces empresarios:

su mecanismo ratero
ya ni a los tontos engaña;
vayan buscando otra maña
para sacarnos dinero.

1.12.11

Silvestre en Annual




Como la corona de Madrid ya había dado demasiada guerra en el hemisferio occidental, esta parte del mundo no tuvo mucho ánimo para enterarse de las otras guerras emprendidas por España en décadas posteriores a las independencias latinoamericanas. Se supo, a lo sumo, de los pormenores de la causa independentista en Cuba, que venía muy atrasada del resto del continente, pero que le concernía: el hervor de los mambises, las andanzas de Martí, Maceo y Gómez, los gritos de Yara y de Baire, la intervención gringa con el pretexto del estallido del Maine... Una de las truculencias menores de la contienda fue el combate de Arango, ocurrido el 8 de mayo de 1896, en el que las tropas españolas cargaron a distancia corta contra el bando mambí. La lucha se degradó hasta volverse cuerpo a cuerpo y las filas independentistas tuvieron 28 bajas mortales por heridas de arma blanca. El propio jefe de las fuerzas coloniales en el encuentro sufrió cinco lesiones de bala, pero sobrevivió. Los mambises lo ataron a un palo, le dieron once cuchilladas y lo dieron por muerto. Sin embargo, el hombre no quiso fallecer; lo rescataron, casi desangrado, fue llevado a un hospital y para diciembre del mismo año ya estaba de vuelta en el frente de combate.

Se llamaba Manuel Fernández Silvestre y Pantiga, era oriundo de El Caney, en la propia Cuba, y llevaba las armas en la sangre: fue fruto del segundo matrimonio de un teniente coronel de artillería y desde los 17 años fue inscrito en la Academia Militar de Toledo. De allí pasó a la Academia de Caballería, en donde se graduó, con grado de Segundo Teniente, a la edad de 21 años. Habría dado la impresión de que Fernández Silvestre estaba destinado a ser, si no un estratega genial, cuando menos un militar competente.

Craso error. El joven uniformado (a quien en lo sucesivo denominaremos simplemente Silvestre, a la usanza peninsular) fue enviado a su Cuba natal, en donde de inmediato participó en las escaramuzas de la guerra de independencia. Salió bien o mal librado, pero vivo, de más de 50 combates en los que recibió balazos y machetazos al mayoreo, y fue condecorado por su incuestionable valor y acaso también por su buena suerte. Pero, con o sin organismos tan resistentes como el suyo, ante la resolución de los mambises y frente al poderío oportunista estadunidense, la guerra de Cuba estaba perdida para España. En 1898, tullido, tasajeado, perforado y ascendido, Silvestre emigró a la Península y se afincó en Alcalá de Henares. América Latina terminó de desentenderse de su antigua metrópoli y ésta se fue a buscar colonias a otra parte.

Concretamente, en el macizo montañoso del Rif, alrededor de Melilla, en donde proliferaban tribus o cabilas levantiscas, principalmente  bereberes, pero también amaziges y árabes, que desde principios del siglo XX causaban serios quebrantos a los ocupantes europeos. La administración colonial del territorio fue subrogada en 1912 por París a Madrid, para que instalara en ella un protectorado de juguete. En febrero de 1921, ya con grado de general, nuestro amigo Silvestre fue declarado comandante general de Melilla, y decidió de inmediato extender las posiciones españolas para aplastar a los rifeños rebeldes y avanzar hasta la bahía de Alhucemas, en donde éstos tenían un centro de operaciones. Al principio, todo fue miel sobre hojuelas y entre mayo de ese año y junio del siguiente las tropas coloniales avanzaron 130 kilómetros, establecieron medio centenar de posiciones defensivas y derrotaron a sus enemigos en 24 ocasiones, en combates insignificantes. Cuando Silvestre encontraba la mínima muestra de resistencia, ofrecía dinero a los caciques locales a cambio de su sumisión. Así conquistó, o creyó conquistar, la mayor parte del insumiso Rif. A cambio, colocó a las fuerzas bajo su mando en una pavorosa dispersión: distribuidas en 144  posiciones y asentadas invariablemente en zonas altas desde las cuales ciertamente se podía dominar el entorno, pero carentes de agua, y dependientes de líneas de abastecimiento inciertas y precarias.

A fines de mayo, Silvestre recibió un aviso del desastre que se aproximaba: una posición colonial ubicada en el Monte Abarrán fue asaltada por los supuestos aliados que el mando español había comprado. 141 muertos, incluidos todos los oficiales de la guarnición, y la pérdida de varias piezas de artillería. Pero el militar de origen cubano pensó que se trataba de un hecho aislado y porfió en su empeño. Tras ocupar Igueriben, para resarcirse de la humillación, dejó al grueso de sus fuerzas estacionadas en Annual y se fue a Melilla, muy quitado de la pena, para pedir más dinero con el cual seguir comprando sometimientos.

En realidad, el ataque al Monte Abarrán formaba parte de la táctica del patriota rifeño Abd el-Krim, quien preparaba una emboscada mayúscula contra los ocupantes. El 17 de julio, las tribus presuntamente sobornadas por los españoles lanzaron un ataque simultáneo contra todas las posiciones coloniales. El día 22 cayó la guarnición de Igueriben, que había sido puesta bajo asedio. Alarmado, Silvestre concentró en Annual tres batallones, 18 compañías de infantería, tres escuadrones de caballería y cinco baterías de artillería: cinco mil hombres en total, tres mil españoles y dos mil rifeños. La plaza disponía de municiones para un día y de víveres para cuatro, pero no había agua, y sobre ella se abalanzaban 20 mil insurgentes. Al ver lo desesperado de su situación, Silvestre ordenó la retirada, pero ésta degeneró rápidamente en un sálvese quien pueda. La mayor parte de los efectivos locales empezaron a matar a sus jefes peninsulares, los heridos fueron abandonados a su suerte y los arsenales cayeron rápidamente en poder de los atacantes. En cosa de cuatro horas, unos dos mil 500 soldados ocupantes marcharon al otro mundo y otros 500 fueron hechos prisioneros. Silvestre desapareció en la catástrofe. Algunos contaron que se metió a su tienda de campaña y se voló la cabeza de un disparo y otros refirieron que había sido abatido a tiros por los rifeños. Juan Losada, autor de Batallas decisivas de la historia de España, afirma que sus últimas palabras fueron: “¡Huid, huid, que viene el coco!”

Como su cuerpo no fue hallado nunca, alguien ha dicho por ahí que Silvestre sobrevivió a las consecuencias de su propia arrogancia y que anduvo unos añitos más deambulando por este valle de lágrimas. Lo cierto es que jamás llegó a la Bahía de Alhucemas y que metió a España en un problemón del que sólo alcanzó a ver el principio: en los meses posteriores al desastre de Annual, las dispersas tropas españolas fueron de derrota en derrota a manos de las fuerzas de Abd el-Krim, quien proclamó una República del Rif en el territorio liberado. Entre  julio y septiembre, el ejército español perdió más de 13 mil hombres, 20 mil fusiles, 400 ametralladoras y 129 cañones. En unas cuantas semanas, Madrid perdió cuanto había invertido en El Rif y vio reducido su dominio a la ciudad de Melilla y a algo más. Si el desastre no fue absoluto fue porque las tropas francesas acudieron en auxilio de las españolas y reprimieron a sangre y fuego a los alzados, incluso con armas químicas. Cuatro años después de la catástrofe, un desembarco másivo franco-español (más franco que español) en Alhucemas puso punto final a la insurrección y España pudo seguir ejerciendo su protectorado en el norte del actual Marruecos por tres décadas más. Pero en 1921-1922 la humillante derrota militar en el norte de Africa provocó, por añadidura, una honda crisis política en Madrid.

Silvestre fue un hombre valeroso, sin duda, además de arrojado y fuerte. Pero ninguna de esas cualidades está reñida, en principio, con la estupidez.