
Agregado del 26/07/07.- En su artículo "Límites de la libre expresión", Humberto Musacchio sostiene un punto de vista un tanto diferente --y, desde luego, respetable-- al expuesto en un post anterior. Vale la pena leerlo.


Uno de los actos de sadismo que cometí en la infancia fue poner a uno que era más mi amigo que mi primo ante una disyuntiva desgarradora: “Si te comes un pedacito de caca te regalo mi radio portátil”, le dije, llevado por un afán precoz de observar a un ser humano en una circunstancia límite, cómica y angustiosa, en una encrucijada entre la ambición y el asco, y ante la frontera de un terreno prohibido, todo eso a un tiempo. Para mi desdicha y la suya, y tras varios minutos de regateo por los términos del pacto (deglución o mera masticación, dimensiones y procedencia de la ingesta, tiempo de la degustación), mi compinche aceptó el desafío.
Pagué mi morbo con un aparato que para los niños de entonces era valiosísimo, algo así, supongo, como una consola de videojuegos en la actualidad. Él permaneció varios días en un peculiar estado de zozobra, asaltado por náuseas súbitas y terribles ramalazos de memoria olfativa.
Ambos andábamos por los 9 años y en un tiempo no muy largo nos perdimos el uno al otro. De algún modo supimos que habíamos estirado demasiado la liga de complicidad que nos unía y que habíamos traspasado los límites de lo embarazoso. De seguro él empezó a verme como un testigo indeseable de su humillación y tal vez yo lo percibí, desde entonces, como un recordatorio viviente de mi despotismo. El distanciamiento resultó inevitable y ya no supe si alguna vez escuchó música o transmisiones futboleras en aquel aparato de transistores.
Ahora me pregunto qué de bueno sacan los que organizan y los que observan y los que protagonizan ceremoniales de degradación y daño como esos que la idiotez televisiva ha puesto muy de moda, precisamente en la línea de la carrera de San Petersburgo en la que un centenar de muchachas se afanaron en pasar por un rompedero de huesos y por un reventadero de cartílagos para que una de ellas recibiera dos mil dólares de vales de una tienda cualquiera.
Cuando me entero de esta clase de actividades evoco el día en que un amigo de la infancia y yo comimos mierda (no llegué a probar la física, pero no podía saber mucho peor que la espiritual, de la cual consumí una ración muy generosa) y siento una gran piedad por ambos, y una enorme vergüenza.

El escándalo de la hora en España no es la caricatura en la portada de la revista El Jueves, en la que aparecen Felipe de Borbón y su mujer, Letizia Ortiz, copulando en posición “de perrito”, ni los globitos de diálogo en los que el príncipe heredero le dice a su consorte: “¿Te das cuenta? ¡Si te quedas preñada, esto va a ser lo más parecido a trabajar que he hecho en mi vida!” Imagen y palabras hacen referencia a dos hechos puntuales: el primero es la disposición aprobada el 12 de julio por el gobierno español para que el Estado otorgue un pago único de dos mil 500 euros a cada pareja –con residencia legal, claro-- que traiga un nuevo hijo al mundo o que lo adopte; el segundo es el estatuto constitucional de Borbón y Ortiz como engendradores de candidatos al trono. Por tal función –que no se les conoce otra oficial— el Príncipe de Asturias y su mujer tienen derecho a ser mantenidos, y con qué tren de vida, por el conjunto de los contribuyentes españoles.
El escándalo es que la Fiscalía General del Estado pidió al juez Juan del Olmo que secuestrara todos los ejemplares de la revista, que el magistrado dio curso a la solicitud, y entonces la fiscalía fue más allá: exigió a Del Olmo que adopte las medidas necesarias para cerrar la página web de la publicación, en la cual aún aparece la viñeta. Del Olmo consideró que la caricaturización de “Su Alteza Real el Príncipe de Asturias y Su Alteza Real la Princesa de Asturias en actitud claramente denigrante y objetivamente infamante” y “provocan un grave menoscabo del prestigio de la Corona”, lo que en España es delito: en un apartado del Código Penal vigente se estipula que “el que calumniare o injuriare al Rey o a cualquiera de sus ascendientes o descendientes, a la Reina consorte o al consorte de la Reina, al Regente o a algún miembro de la Regencia, o al Príncipe heredero de la Corona, en el ejercicio de sus funciones o con motivo u ocasión de éstas, será castigado con la pena de prisión de seis meses a dos años si la calumnia o injuria fueran graves, y con la de multa de seis a doce meses si no lo son”, y que “las calumnias e injurias contra cualquiera de las personas mencionadas [...] serán castigadas con la pena de multa de cuatro a veinte meses; se impondrá la pena de multa de seis a veinticuatro meses al que utilizare la imagen del Rey o de cualquiera de sus ascendientes o descendientes, o de la Reina consorte o del consorte de la Reina, o del Regente o de algún miembro de la Regencia, o del Príncipe heredero, de cualquier forma que pueda dañar el prestigio de la Corona”.
Del Olmo es un genio: logró catapultar a la fama mundial una caricatura que, de no ser por su acto de censura, habría pasado más bien inadvertida. Los directivos de la revista El Jueves deben estarle eternamente agradecidos por la publicidad invaluable que les ha regalado.
Caricaturistas, asociaciones periodísticas, centrales sindicales, partidos políticos y juristas han criticado la medida judicial y señalan que se trata de un atentado inadmisible a la libertad de expresión. “Líderes de opinión” diversos han salido en defensa de la “dignidad” y el “honor” de la pareja Borbón-Ortiz, como si fuera indigno y deshonroso tener relaciones sexuales en la posición que sea, o como si resultara difamatorio mencionar que los príncipes cogen, follan, joden, o como quieran decirlo, y que de ello hay como pruebas concretas dos personitas que reciben el título de infantas. Esto sí que se ha vuelto un follón.
Es significativo que los presuntos afectados no interpusieron querella alguna; ésta fue turnada de oficio en cumplimiento de disposiciones legales concebidas para cuidarles las espaldas (y las colas) a personas específicas, en lo que constituye una regulación discriminatoria y excepcional. La supuesta ofensa no es contra Borbón y Ortiz, sino contra el Estado. Hubo algunas puñaladas por la espalda: “A cualquiera de nosotros y de nuestros familiares no nos gustaría que nos dibujaran en una situación como en la que aparecen los Príncipes de Asturias”, opinó el inocuo José María Varona, vicepresidente de la federación de Humoristas Gráficos de España, sin ponerse a pensar que de llegar a ocurrir algo semejante –digamos, que Juan Carlos de Borbón tuviera el talento para dibujar al propio Varona y a su pareja practicando un 69— él se encontraría en doble desventaja; primero, porque ninguna institución del Estado perseguiría de oficio al infractor y el propio Varona tendría que interponer su demanda; pero, al hacerlo, toparía con el Artículo 56 de la Constitución monárquica, que establece: “La persona del Rey de España es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”. Esa cláusula, por cierto, convierte en un mal chiste el Artículo 14 del mismo documento, según el cual “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”.
Lo privado, convertido en público
Fuera de esa situación de monstruosa desigualdad ante la ley, se podrá argumentar que todo mundo tiene derecho a la privacidad. Pero, en virtud del mismo estatuto legal de excepción del que gozan los integrantes del enjambre de zánganos llamado Casa Real de España, el conjunto de funciones reproductivas de los reyes, de los príncipes y de sus parientes, no pertenece al ámbito de lo privado, sino que constituye un asunto de interés público. Artículo 57 constitucional: “1. La Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica. La sucesión en el trono seguirá el orden regular de primogenitura y representación, siendo preferida siempre la línea anterior a las posteriores; en la misma línea, el grado más próximo al más remoto; en el mismo grado, el varón a la mujer, y en el mismo sexo, la persona de más edad a la de menos. 2. El Príncipe heredero, desde su nacimiento o desde que se produzca el hecho que origine el llamamiento, tendrá la dignidad de Príncipe de Asturias y los demás títulos vinculados tradicionalmente al sucesor de la Corona de España. [...] 4. Aquellas personas que teniendo derecho a la sucesión en el trono contrajeren matrimonio contra la expresa prohibición del Rey y de las Cortes Generales, quedarán excluidas en la sucesión a la Corona por sí y sus descendientes”.
Por lo demás, a Felipe y a Letizia no se les ve nada incómodos exhibiendo pruebas de embarazo, ultrasonidos y panzas de siete meses, alimentando las especulaciones sobre el sexo de sus engendros en camino y dando detallados partes de partos. Con qué cara van a indignarse cuando alguien los dibuja en momentos previos del proceso de hacer herederos al trono.
Ninguno de los elementos de la portada de marras incurre en falsedad: la disposición de los dos mil 500 euros por bebé tiene un claro tinte electoral; Borbón y Ortiz tienen relaciones sexuales (aunque deba concederse que no hay datos precisos sobre las posiciones de su preferencia) y el primero no ha tenido en su vida un solo puesto laboral digno de tal nombre. En suma, Del Olmo ha estipulado que la verdad es injuria. Y a otra cosa:
Julio César Mosches, poeta, narrador y periodista, cumple hoy sus primeros 90 años. A lo largo de ellos ha dejado regados un montón de libros por su natal Argentina, por Israel, por Estados Unidos y por México, y otro montón de páginas impresas en diarios y revistas de muchos países. Felicidades, Julio César, hombre de naciones y de letras; que cumplas muchos años y muchos libros y muchos textos más, y que vivas el Siglo XXI con la misma entereza con la que pasaste por el XX.

Será que me he vuelto un amargado, que el sexenio foxista
--como al resto del país-- me dejó dañadísimo. Pero, carajo, qué divertido era escribir artículos hace seis años:
Pensándolo bien, la civilización dio inicio cuando un mono antropoide descubrió la manera de tomarle el pelo a un congénere y le anunció guerra cuando no era, comida donde no había o le ocultó un sitio perfecto para construir un refugio que no deseaba compartir. Ese mico anónimo (tan digno de recuerdo y agradecimiento como los también desconocidos inventores del fuego y de la rueda) sentó las bases para el desarrollo de la épica y la lírica, la tragedia y la comedia, la política, la publicidad y la mercadotecnia, la abogacía, el periodismo, las religiones, la diplomacia, la contabilidad y todos los recursos de la seducción, desde los que enumera Ovidio en El arte de amar hasta los que prescribe el Singles Weekly Report que llega por correo electrónico, previa suscripción con tarjeta de crédito.
No hay ámbito en las sociedades contemporáneas que no esté regido por complejos y sistemáticos ejercicios de distorsión de lo que cada quien entiende como la verdad. Desde los grandes organismos y conglomerados inter o trasnacionales como la ONU, la Firestone, el Vaticano o los cárteles de la droga, hasta los más humildes individuos que buscan trabajo o compañía afectiva, pasando por los partidos, los gobiernos de todos los niveles y las cadenas de televisión, prácticamente no hay un sujeto social que no emita con cierta frecuencia mentiras gordas y jugosas como cucarachas del trópico.
Poco a poco se ha ido aceptando, entre sonrisitas azoradas, que el discurso político está moldeado por pasiones e intereses; que los pasajes bíblicos más insostenibles son en realidad alegóricos; que el sostén Wonderbra (para ellas) y la billetera Nino Gucci (para ellos) constituyen adendas necesarias al texto de Ovidio; que la arqueología es un reflejo más fiel de su propia época que de los tiempos que pretende explicar, y que la caca enlatada puede ser un producto excelente si se le anexa una adecuada y talentosa campaña de posicionamiento en el mercado.
Las ciencias duras fueron el último bastión para los incondicionales de la verdad, pero la física cuántica y el principio de incertidumbre lo echaron a perder. Hoy, las partículas elementales reciben nombres tan poéticos como “Encanto”, el cosmos resulta estar lleno de “túneles de gusano” y alrededor de los hoyos negros se forma un hocico gravitacional denominado “horizonte de sucesos”; con toda esa imprecisión verbal, pocos reaccionarán con escepticismo cuando, tras toda una vida de atención al acelerador de partículas, un físico célebre concluya que la realidad no existe.
Se miente para obtener ventajas, por diversión, para hacer daño, para hacer el bien, para crear obras de arte, para protegerse; para ser querido u odiado, para vender, para no comprar; se miente en el afán de comprender el universo, en el de preservar la paz y en el de ganar una guerra. Se miente, por sistema, como parte del proceso civilizatorio, por más que éste desemboque en normas éticas y legales que prescriben y ordenan la veracidad. Si esas reglas fueran seguidas a rajatabla habría muchos más divorcios, más quiebras, más guerras, más desesperanza, y las sociedades serían entornos mucho más infernales y despiadados de lo que son.
Pero el desgaste de las narraciones y los paradigmas ha dado lugar a una acuciosa búsqueda, en todos los niveles, de la sinceridad como utopía. Utopía, porque el lenguaje humano no está hecho para transmitir la verdad, sino, en todo caso, para dar vueltas en torno a ella, en movimientos espirales que se acercan o se alejan de un centro inalcanzable: por fortuna o por desgracia no existen idiomas literales; todos ellos son superposiciones interminables de metáforas.
Una tarea humanitaria y pertinente para este arranque de milenio sería imaginar una ética un tanto menos burda, en materia de verdad y falsedad, que la que actualmente prevalece y que reconociera el papel de la mentira en la transformación del mono en hombre y pusiera fin a la forzosa ambigüedad con la que asimilamos las mentiras piadosas o las engañifas (que no pretendían hacerle daño a nadie) perpetradas por políticos como Clinton y Mitterrand, dos de los más grandes estadistas del siglo pasado y, por supuesto, mentirosos consumados.
Si lo anterior parece cínico y políticamente incorrecto, bastará con afirmar que todo lo dicho hasta aquí es pura ficción y que cualquier parecido con la verdad es mera coincidencia.
Claudia López, Columnista de EL TIEMPO.Martha Helena Montoya me hizo favor de enviarme este artículo y se lo agradezco. Lo reproduzco íntegro. Los links y las ilustraciones son responsabilidad mía.
Otro secuestrado muerto. Otra vez el Ejército, siguiendo órdenes del Presidente, fue a rescatar a un secuestrado vivo y trajo de vuelta a un industrial muerto. ¿Cuántos más, Presidente? ¿Cuántos secuestrados muertos se necesitan para que usted se digne considerar otras opciones? ¿Acaso los 3.200 que todavía están vivos?
¿Me pregunto, Presidente, por qué, según usted, su gobierno no puede renunciar al deber constitucional de hacer rescates militares, pero sí puede renunciar al deber ético y constitucional de defender la vida de unos colombianos en peligro? ¿Con qué criterio escoge los deberes constitucionales que decide cumplir y los que desecha?
Para cumplir con su decisión de rescatar a los secuestrados por la fuerza y sin la certeza de que sobrevivan, el Gobierno anunció que primero informa a la familia y que ha encontrado en algunas de ellas respaldo a su decisión. Sin embargo, ha sido usted enfático en afirmar que informar no es pedir permiso y que, en cualquier caso, el Gobierno se mantiene firme en la decisión del rescate militar. Si igual va a hacer el rescate militar, Presidente, ¿no cree que exponer a la familia a una información sobre la que no puede tomar una decisión final es una manera de moderar su costo político por una decisión riesgosa, pero también de agregar a las familias un sentimiento de culpa inevitable por la muerte de sus seres queridos cuando tratan de ser rescatados?
Tuve un enorme sentimiento de pesar escuchando a María Londoño, la viuda del industrial secuestrado y muerto en rescate, Diego Mejía. "La vida de mi esposo se fue, pero las de otros que le hicieron mucho daño al país también se fueron (en la operación murieron cuatro guerrilleros, entre ellos alias 'Fabio', uno de los jefes del frente 47 de las Farc). Espero que esto sirva para algo", decía doña María. Parece una sentencia del talión: ojo por ojo, diente por diente. Y la verdad, doña María, es que no sirve de nada. Lo que nos servía a todos era tener a su esposo a su lado y al industrial produciendo. Cada año, el Gobierno da de baja en combates legítimos a cientos de guerrilleros. Seguramente en uno de esos combates habría dado de baja a esos cuatro guerrilleros.
También dijo doña María que "Diego no se pudo salvar porque Dios así lo dispuso. Los resultados no fueron los que hubiéramos querido, pero, ante la disposición de Dios, no podemos hacer nada". No, doña María, la decisión de rescatar a su marido ni fue suya ni fue de Dios, fue de un mortal. Usted, su esposo y los demás secuestrados tienen otras alternativas, que incrementan las posibilidades de recuperarlos con vida, pero nuestro mortal Presidente considera que esas otras opciones no son legítimas ni posibles.
Leyendo el jueves pasado la noticia de la muerte del señor Mejía y ayer la de que estamos inundados otra vez de mafias y paramilitares, me surgen tantas preguntas, señor Presidente.
Según las propias estadísticas oficiales, los paramilitares fueron responsables de unos 1.000 secuestros. Ni para empezar la negociación, ni para concederles los generosos beneficios de la mal llamada Ley de Justicia y Paz se les exigió que los devolvieran.
Hasta el día de hoy no los han devuelto ni dado razón de ellos.
¿Por qué, Presidente? ¿Por qué a las Farc sí debemos exigirles la devolución sin condiciones de los secuestrados y a los paramilitares no? ¿Por qué su Gobierno no exigió a los paramilitares que devolvieran sin condiciones los cuerpos de los miles de colombianos que masacraron y enterraron en fosas comunes? ¿Por qué para defender la vida o recuperar los cuerpos de esos colombianos no ha liderado usted una condena y manifestación nacional e internacional? ¿Por qué, señor Presidente, el secuestro paramilitar es, según sus decisiones, tolerable y el de las Farc es innegociable?



Marianne, la alegoría laica de la República, es una mujer joven o de mediana edad, tocada con un gorro frigio (como el que usaban en la antigua Roma los esclavos libertos, convertidos en ciudadanos) y dueña de unas tetas espléndidas que representan en su masa las bondades nutricias de la Madre Patria y en su desnudez, los eternos anhelos de emancipación y de libertad. En ocasiones se hace acompañar por un león, que simboliza la fuerza del pueblo, y en tiempos de guerra viste a la usanza de Palas Atenea, con yelmo y coraza. No tiene más origen, al parecer, que el de dos nombres sumamente comunes en la Francia del siglo XVIII, Marie y Anne, reivindicados por la Revolución como divisa de su origen popular, y aceptados en tono de sátira por los reaccionarios del viejo régimen. Tras el colapso revolucionario de Thermidor (julio de 1794), Marianne cayó en desuso y fue recuperada por los partidarios rojos de la República Social en 1848. En 1858 Luis Bonaparte, agresor de México, cometió la vulgaridad de quitar a Marianne de las monedas y de ponerse él mismo, con su efigie, efímera y pequeña, en la papelería oficial. La figura de la mujer del pueblo fue restablecida por los comuneros heroicos de 1871, por más que en París no se le llamaba Marianne. Tras la aniquilación sangrienta de la insurrección comunista, los restauradores de la III República quisieron imponer una imagen descafeinada, con los pechos cubiertos por una túnica romana y despojada del gorro frigio libertario, el cual fue remplazado por una corona de espigas de trigo. Tal representación aburguesada inspiró a Bartholdi para realizar la Estatua de la Libertad. El día de Marianne es el 14 de julio.


—Es Eros Ramazzotti. ¿Le gusta? —replicó el del volante, mientras le incrementaba una docena de decibelios a su aparato.
La música comercial tiene abundantes abismos, pero no es fácil hallar uno tan profundo como éste. Se me quedó grabado ese nombre que hasta entonces —perdonen mi ignorancia colosal— me era desconocido. De regreso a casa wikipedié al gangoso y descubrí, para mi sorpresa, que lo de Eros no es seudónimo ni apodo sino que así le pusieron sus papás: Eros Luciano Walter Ramazzotti Molina.
Canta horrible. Pero hay que felicitarlo porque, a pesar del apelativo, logró terminar de cantante y no de gerente de una sex shop o de animador de despedidas de soltera, bailando sobre una mesa y sin más atuendo que un condón fosforescente.

Otra posibilidad de la expresión es la que desarrolló Philip K. Howard (The death of common sense, 1994) quien descubrió que en Estados Unidos la multiplicación de abogados y juicios absurdos es un cáncer social que, de no ser controlado, terminará de hundir en el absurdo a la nación más poderosa del planeta: en 2005, Roy L. Pearson Jr., juez en Washington D.C., demandó a una tintorería que le perdió unos pantalones, exigió una indemnización de 65 millones de dólares y pidió la presencia de 63 testigos en el juicio. “¿Cómo llega a juicio un caso así?”, se preguntaba el columnista de The Washington Post Marc Fisher. “¿Cómo logra un hombre convertir al sistema en un motivo de risa?” Su triste respuesta es que el terrorismo legal de Pearson es sólo “una versión exagerada de lo que está sucediendo en prácticamente todas las instituciones de la vida estadunidense, donde se rechaza adoptar un comportamiento razonable y humano al recordar que posiblemente alguien podría terminar siendo demandado”.
Una expresión particularmente graciosa de este fenómeno social e institucional devastador es el crecimiento exponencial de advertencias catastróficas en los productos comerciales corrientes, inducida por el temor de los fabricantes a eventuales demandas de los consumidores. Existe una organización dedicada a recopilar, reseñar y premiar las advertencias más ridículas contenidas en manuales, embalajes y etiquetas, y aquí van algunos ejemplos de su trabajo: En un frasco de pastillas para dormir se advierte que el producto “puede causar somnolencia”; “quite al niño antes de plegar”, se recomienda en una etiqueta adherida a un bambineto; “no utilizar mientras duerme”, se aconseja en la leyenda de un secador de pelo; “no comer el tóner”, reza un letrero en un cartucho de impresora láser; “no use oralmente este termómetro después de emplearlo en el recto”, previene el instructivo de un termómetro digital; “puede irritar los ojos”, se advierte en el empaque de un aerosol para defensa personal; “este producto no debe usarse como instrumento de odontología”, indica una etiqueta pegada a un taladro eléctrico casero; “si usted no entiende o no puede leer las indicaciones, no utilice este producto”, dice el empaque de un limpiador líquido.
Ya alguna vez me referí a Carlo Cipolla, Charles Richet, Walter Pitkin y otros estudiosos de la estupidez, a quienes posiblemente habría que agregar a Robert Musil, quien la toma como uno de los ejes de su portentosa novela El hombre sin atributos. Habrá que retomar el tema, pero esta entrega es sobre algo así como lo contrario, aunque no tanto, porque en más de una ocasión a la estupidez y al sentido común se les ha visto actuar aliados: acuérdense que hubo un tiempo en el que la mayoría de la gente tenía como axioma que la Tierra era plana.
Y ahora acabemos con este tema antes de que él acabe con nosotros. Encuentro que los gobernantes y los poderosos tendrían que desempeñar una función muy importante en el desarrollo del sentido común de sus respectivas sociedades, aunque en los tiempos que corren es más frecuente que promuevan el fortalecimiento y la consolidación de la irracionalidad. Así salió:
Olmert y Bush y Blair lo han bombardeado,
Putin piensa que fue su merecido,
Felipe Calderón lo ha corrompido,
Hugo Chávez lo tuvo censurado.
Lo matan la maldad y la codicia,
la mala voluntad, el desparpajo,
el afán de poder y la sevicia.
el pontífice Ratzinger le oficia
en latín una misa, y al carajo.
Niños del mundo,
si cae España -digo, es un decir-
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos láminas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!
¡Niños del mundo, está
la madre España con su vientre a cuestas;
está nuestra maestra con sus férulas,
está madre y maestra,
cruz y madera, porque os dio la altura,
vértigo y división y suma, niños;
está con ella, padres procesales!
Si cae -digo, es un decir- si cae
España, de la tierra para abajo,
niños, ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes,
en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar
atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto
hasta la letra en que nació la pena!
Niños,
hijos de los guerreros, entre tanto,
bajad la voz, que España está ahora mismo repartiendo
la energía entre el reino animal,
las florecillas, los cometas y los hombres.
¡Bajad la voz, que está
con su rigor, que es grande, sin saber
qué hacer, y está en su mano
la calavera hablando y habla y habla,
la calavera, aquélla de la trenza,
la calavera , aquélla de la vida!

En Palestina, la gran mayoría de la gente, (las mayorías silenciosas), está harta… "Aparte de la bestialidad de la ocupación militar, tenemos que sufrir la brutalidad de dirigentes y partidos políticos que pelean los cargos y el poder…". El sentir popular lo expresa la canción palestina del momento, de lejos la mas escuchada en Palestina, a través de las emisoras, por los celulares, vía Internet.
Que resuelvan los problemas o que se manden a cambiar.
Presidencia y gobierno aumentan el fuego de la sedición.
Mahmud Abbas e Ismael Haniye:
el pueblo sufre por vuestra guerra civil.
Pelean por los cargos y por los ministerios.
Basta de circo,
Al Fatal y Hamas reviven la incultura.
Dónde esta la dignidad, dónde esta el humanismo
Dónde están los sueldos…
Responda, señor Haniye.
La gente se mata a raíz de la brutalidad.
Al Fatah no sirve y tampoco el fundamentalismo de Hamas.
Ya es suficiente con esta vida miserable:
asedio, destrucción y guerra de exterminio.
Todos negocian con nosotros como si fuéramos mercancías.
Todos mienten, inhumanos e inconscientes.
Basta de liderazgos inútiles.
Terminen con este circo...
(¡Gracias, George!)
“Pienso que lo que diversos Gobiernos de distinto signo han invertido en obras viales se hubiera invertido al menos una parte en estos sistemas suburbanos de trenes, la ciudad sería menos caótica, contaminaría menos y habría mucho más calidad de vida.”
Felipe Calderón Hinojosa, 11 de julio, en Chalco, Estado de México
Pienso, Felipe, que si invirtieras menos palabras en tu inquina contra el DF y más en gobernar al País, tendrías un lenguaje menos caótico, menos contaminante, de más calidad y, con una buena dosis de empeño, hasta un poquito presidencial.

No se requiere de un título en ingeniería civil para saber que en buena medida los derrumbes y deslaves pueden prevenirse y hasta evitarse: cualquiera que haya viajado por alguna carretera que atraviese orografías abruptas habrá visto, por ejemplo, los tendidos de mallas en las laderas de los cerros. Los gobiernos del estado y del país habrían podido destinar a ese propósito los más de 35 millones de pesos que le fueron pagados a Miguel Cortés Moreno, ex dirigente local del Partido Nueva Alianza (Panal), por la realización de un dizque estudio llamado Deslizamiento de taludes y laderas de la Sierra Norte y Nororiental del estado de Puebla. El documento fue elaborado en apenas seis meses y tiene más de tres mil páginas, aunque 900 de ellas están repetidas para hacer bulto; hace referencia a 60 sitios "estudiados” y escogidos sin ningún criterio explícito, entre los cuales se clasifica como comunidades de alto riesgo a algunas que no lo son y se excluye a otras en las que sí hay alto riesgo de deslizamiento de taludes. “El aspecto más inquietante del trabajo es que los estudios geotécnicos realizados han resultado absolutamente insuficientes, aun para un trabajo preliminar”, afirmó un diagnóstico realizado por el Centro Universitario para la Prevención de Desastres Regionales (Cupreder) de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP).


