31.1.13

A la opinión pública


Ciudad de México, 29 de enero de 2013

Aun cuando es evidente que los inefables del IFE pretenden equipararme con el corrupto de Enrique Peña Nieto y sus secuaces, estimo necesario aclarar a detalle el monto que recibimos, la forma cómo se ejerció y comprobó el gasto de mi campaña a la presidencia.

1. De conformidad ante la ley, antes de la campaña, los partidos PRD, PT y Movimiento Ciudadano suscribieron un convenio de coalición en el cual se acordó destinar el 50 % del financiamiento público para gastos de la campaña presidencial, equivalente a 223 millones 451 mil pesos. (Anexo convenio). Ver: Convenio

2. Estos recursos fueron entregados parcialmente por los partidos durante el periodo de campaña y manejados en la cuenta número 70034671344 de BANAMEX.

3. De esta forma el PRD aportó 112 millones 872 mil, el PT, 59 millones 049 mil y el Movimiento Ciudadano, 51 millones 531 mil.

4. Conviene aclarar que el PRD aportó adicionalmente 5 millones más un pasivo de 4 millones 979 mil pesos, debidamente documentados mediante contratos y facturas.

5. En total, el gasto de campaña que ejercimos fue de 233 millones 430 mil pesos.

6. Todo este gasto fue informado y comprobado mensualmente ante el IFE, a través del órgano de finanzas de la Coalición Movimiento Progresista. (Anexo informes).

7. Sin embargo, el dictamen del IFE, además de esta cantidad que representa 100 millones menos que el tope de campaña, nos agrega gastos que corresponden a las campañas de los candidatos a diputados y senadores, así como erogaciones que ejercieron centralmente los partidos integrantes de la Coalición.

8. De modo que es totalmente infundado como sostiene el IFE en su dictamen, que rebasé el tope de campaña establecido en la ley.

Es obvio que toda esta maniobra tiene como propósito desprestigiarme y mandar el mensaje manipulador de que todos los políticos somos iguales, para seguir provocando el desánimo e inhibir la participación ciudadana que permita cambiar al régimen putrefacto de corrupción y privilegios que padecemos.

Andrés Manuel López Obrador

29.1.13

Paz simulada


En marzo de 2011 Televisa y TV Azteca uncieron a la mayor parte de los medios informativos a un Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia a fin de garantizar un trabajo periodístico sumiso y acorde al discurso oficial. Para que la cobertura informativa de la violencia que genera la delincuencia organizada con el propósito de propagar el terror entre la población no sirva para esos fines, rezaba el texto de un pacto que, a lo que puede verse, tenía por objetivo aterrorizar a los partidarios de la buena sintaxis. Luego, en la ceremonia de firma del documento, realizada en el Museo Nacional de Antropología en presencia de la plana mayor de la oligarquía mediática y de sus loros, se transmitió la imagen de una víctima de secuestro que relataba con detalles espeluznantes la manera en que sus verdugos le habían cortado los meñiques de ambas manos con unas pinzas de mecánico, como lo cuenta la crónica de Fabiola Martínez publicada en estas páginas (La Jornada 25/3/11, p. 5).

Aquello fue un extravío temporal y pasajero porque la estrategia de guerra del calderonato pasaba por la siembra del terror en la opinión pública como una forma de legitimarse y de colocar una épica de unicel sobre el ego de un hombre menguado y sobre el negocio, jugoso pero mundano, de destruir el país (un ejemplo: en los primeros cuatro años de Calderón Estados Unidos vendió al gobierno mexicano el doble de armas y equipo militar que en todo el sexenio anterior). El usurpador salió del paso con una felicitación desganada a los firmantes del acuerdo y al día siguiente el gobierno federal volvió a su línea de exaltación de la violencia, regresaron a cuadro las escenas de capturas y circularon de nuevo las fotos de criminales abatidos con huellas de muchos balazos.

Ahora el discurso de la guerra está agotado; el régimen de Peña Nieto lo sabe y, aunque no puede ni quiere apartarse de ese peculiar modelo de negocio que es la conversión de un país en campo de batalla, tiene que tratar de ganarse el favor de la opinión pública y de algunos célebres despistados mediante un supuesto viraje en la estrategia de seguridad que será, en realidad, de 360 grados porque las razones de la violencia permanecen intactas: el modelo económico es un productor incurable de marginación y delincuencia, la criminalidad organizada es la fase superior del neoliberalismo privatizador y los circuitos financieros de Estados Unidos y de México no pueden vivir sin las decenas o centenas de miles de millones de dólares que les da a lavar el narcotráfico; ello, sin contar con los vínculos históricos, sólidos y documentados, entre ese impresentable sector de la economía y la nomenklatura (ella misma dixit) priísta.

Pero a la oligarquía gobernante le urge terminar de despojarse de cualquier cosa que la relacione con la administración anterior y el régimen actual necesita que México parezca recuperar la paz y la seguridad en cuestión de semanas. Dicho de otra forma, si Calderón tenía sobrados motivos para caracterizarse como Rambo, Peña tiene los suyos para disfrazarse de Gandhi. Y está en ello.

Puede ser que ese requerimiento acucioso explique los dichos del priísta Mario Anguiano Moreno, gobernador de Colima, quien la semana pasada se lanzó contra Calderón porque éste pretendió combatir la violencia con la violencia y llamó, oh, a revisar las causas sociales que provocan la inseguridad y a no basar exclusivamente la solución en políticas gubernamentales punitivas. El gobernante de una de las entidades más gravemente alteradas por la violencia (en Colima el índice de homicidos vinculados a delincuencia organizada creció 5 mil por ciento entre 2007 y 2010) ha venido lanzando pullas (fundamentadas, pero muy tardías) contra el michoacano: que su guerra multiplicó el consumo de drogas, que las acciones federales detonaron una guerra entre grupos que se disputan el territorio colimense...

Posteriormente, Anguiano Moreno llamó a sus pares a sumarse a la política de seguridad de Peña y contó que éste había acordado con los gobernadores no informar sobre hechos violentos y que sólo se va a estar informando de las personas detenidas cuando sea estrictamente necesario. Literal: Estaba demostrado por estudios que nos han estado mostrando a nivel federal, que en la medida en que nosotros, gobierno federal (y) estatal, estemos poniendo el tema de la inseguridad, estemos informando cada vez que se detiene a un delincuente, entonces en lugar de ir contribuyendo a la armonía que se está aspirando, de lograr la tranquilidad, al contrario; estábamos fomentándola (la inseguridad). Vaya, pues: la opacidad derrotará a la violencia y la paz será construida a punta de simulación. Ahí tienen al nuevo PRI que construye, con ideas viejas y en el territorio de los noticieros, una nación grandiosa.

22.1.13

Lo que sigue


Vienen intentos de nuevas reformas legales regresivas, oligárquicas y depredadoras. Consumado el despojo de conquistas laborales y de derechos sindicales a los asalariados, el régimen se apresta a una expropiación petrolera de signo contrario a la emprendida por Lázaro Cárdenas en 1938: ahora el gobierno oligárquico que encabeza Enrique Peña Nieto articula la sumisión legislativa para emprender –como quisieron hacerlo en su momento Salinas, Zedillo, Fox y Calderón– la legalización de un proceso que, en los hechos, viene ocurriendo desde hace décadas: la transferencia de la industria energética a manos privadas.

El capital siempre quiere más y sus sirvientes políticos fueron puestos en los cargos justamente para ejecutar la privatización de empresas y servicios públicos: éste es, junto con los contratos mafiosos y después de las guerras, el narcotráfico, el secuestro y el tráfico de personas, el negocio más jugoso (es decir, más concentrador de riqueza) en los tiempos neoliberales. Por eso los conglomerados empresariales de México, Estados Unidos y Europa han estado presionando, desde hace dos décadas, por la “desincorporación” de Pemex.

El régimen enfrenta dos problemas para operar este robo: el primero, de orden político, es la resistencia social que habrá de enfrentar; el segundo es administrativo: si 40 centavos de cada peso de las finanzas públicas proceden de la industria petrolera nacional, su privatización crearía un severo desajuste presupuestal. Ello es así por el hecho simple de que las grandes empresas y las grandes fortunas no pagan impuestos, o bien pagan sumas ridículamente bajas en relación con sus utilidades.

En rigor, la pérdida del 40 por ciento de los ingresos fiscales no marcaría ua gran diferencia para el país, si se considera que el grueso de los recursos gubernamentales no se invierten en beneficio de la población ni en obras reales y efectivas sino que son “privatizados” a la mala por la vía del saqueo, las comisiones, las adquisiciones infladas o simuladas, o bien destinados a la perpetuación y legitimación del grupo gobernante: compra de voluntades electorales, propaganda de autoexaltación y demás.

Pero a la oligarquía dominante no quiere para sí el 60 por ciento del presupuesto: lo quiere todo, y la privatización de Pemex implica una merma considerable en los recursos a su disposición. La forma ideada para tapar ese agujero es una reforma fiscal que incremente los recursos que las clases medias y la mayoría de la población aportan al fisco, sea por medio de gravámenes al ingreso, al consumo o vía pago de tarifas diversas. Sería ilusorio suponer que los amos del país van a modificar las leyes hacendarias en perjuicio propio. Por el contrario, con la reforma energética su vertiente empresarial buscará la manera de hacerse con las utilidades de la industria petrolera, su sector político y administrativo tratará de enriquecerse con los pagos legales e ilegales que el sector privado desemblose por los pedazos de Pemex, y ambos idearán la forma de pasar el costo de esas operaciones a los causantes cautivos mediante una reforma fiscal subsecuente.

Tratarán de operar estas reformas a contrapelo de un consenso nacional contrario a la privatización que se expresó en forma inequívoca en las jornadas de abril a octubre de 2008, cuando el grueso de la sociedad resistió la intentona calderonista de privatización de Pemex y logró conservar, en lo sustancial, el estatuto público de la industria petrolera.

Ha transcurrido un lustro desde entonces y muchas cosas han cambiado, para bien y para mal, en el país. La postración social promovida desde el poder –mediante la violenta mascarada de la “guerra contra la delincuencia” y por medio de una estrategia económica abiertamente desintegradora del tejido social– es más pronunciada hoy que en ese entonces, pero también se asiste al surgimiento de tomas de conciencia social como las que se expresaron durante el proceso electoral del año pasado, cuando quedó claro que la oligarquía habría de imponer en la presidencia al político más repudiado en la historia reciente del país. Como consecuencia de ello, el gobierno de Peña Nieto debe moverse con márgenes de respaldo incluso menores que los que tuvo Calderón, lo que ya es decir mucho.

Se aproxima, pues, a lo que puede verse, una nueva confrontación entre la oligarquía gobernante y el resto del país y no será un día de campo para ninguno de los bandos.

20.1.13

Inocencia necesaria


Ganar experiencia sin que se escape la pureza.

Vivir cada mañana como si fuera el principio del mundo.

Perder una virginidad en cada cópula.

Básicamente, confíar en las personas.

Hay vida más allá de la inocencia pero es desértica y atroz, y no vale la pena.

17.1.13

Thompson contra Knórozov



Durante décadas imperó la creencia de que el periodo maya clásico había estado conformado por un conjunto de teocracias pacíficas, encabezadas por sacerdotes que se dedicaban a observar el paso de los astros y a realizar anotaciones cronológicas minuciosas, obsesivas y absurdas. En buena medida el mundo le debe esa visión errónea a Eric Thompson, un arqueólogo inglés que entre los años 30 y 70 del siglo pasado fue considerado la máxima autoridad en el estudio de esa vieja civilización mesoamericana. Soldado en la Primera Guerra Mundial y formado en Cambridge, trabajó posteriormente para el Museo de Historia Natural de Chicago, el cual lo envió a Chichén Itzá en 1930. Luego, bajo los auspicios del Instituto Carnegie, escarbó en Uxmal y en Cobá. En Yucatán conoció al estadunidense Sylvanus Morley, un curioso personaje que alternaba su trabajo de arqueólogo y cartografista con el de espía al servicio de la inteligencia naval estadunidense y de la United Fruit Company. Morley creía que las inscripciones mayas eran expresión de un sistema de escritura jeroglífico en influyó en la visión de Thompson, quien las consideró logográficas.

Entre ambos crearon una visión palmariamente equivocada de los mayas clásicos que fortaleció el aura de misterio con la que hasta la fecha algunos enmarcan las viejas ruinas de Palenque, Bonampak, Tikal y Copán, por no hablar de Tulum, que es a esos centros lo que EuroDisney a Notre Dame. En ausencia de conflictos sociales mayores, el declive de las ciudades mayas desemboca obligadamente en el enigma. La noción absurda de ciudades-estado dedicadas principalmente a contemplar los astros y a registrar fechas sin ton ni son facilitó la tarea a charlatanes posteriores que venden vínculos entre los mayas y los egipcios y los visitantes procedentes de Próxima Centauri.

En mayo de 1945, entre los restos de la incendiada Biblioteca de Berlín, un soldado soviético de 22 años de nombre Yuri Valentinovich Knórozov rescató un par de libros: Los códices mayas y la Relación de las cosas de Yucatán de Landa recuperada por el abate Brasseur de Bourbourg. Los volúmenes le despertaron un interés tan intenso que al volver a casa se matriculó en la carrera de Historia y diez años más tarde se doctoró con un estudio sobre la escritura maya en el que demostró la existencia de una base fonética en las composiciones de glifos de las estelas y los códices. Pese a que las formulaciones del soviético empezaron a mostrar de inmediato su pertinencia y utilidad para descifrar los signos hasta entonces impenetrables, Thompson las descalificó con virulencia, llegando a decir que eran propaganda comunista.

Las fobias del gurú de los mayistas significaron un retraso de varios lustros en la decodificación de la escritura maya. Al paso de los lustros algunos estudiosos gringos como Michael D. Coe y David Kelley reconsideraron el consenso creado en torno al británico. Éste hubo de rendirse a la evidencia de los descubrimientos realizados por Tatiana Proskouriakoff, rusa nacionalizada estadunidense, y admitió que los mayas clásicos no habían sido la sociedad pacifista y utópica que él había imaginado, pero no aceptó nunca la validez de los postulados de Knorósov. Ya en la década de los 70, muerto Thompson, el método del ucraniano fue aplicado en los glifos de Palenque y se logró descifrar la historia de la dinastía de Pakal. A partir de entonces la “lectura” de las inscripciones mayas ha avanzado a ritmo vertiginoso y se tiene, en la actualidad, la certeza de que éstas no son concatenaciones inexpugnables de datos calendáricos sino, básicamente, narraciones de encumbramientos y caídas de grandes señores, guerras, sometimientos, victorias y derrotas militares. Knorósov coronó su obra con un exhaustivo diccionario de glifos mayas, elaborado en colaboración con Galina Yershova.

Hoy se sabe, por ejemplo, que entre Calakmul y Tikal existió una rivalidad de siglos, mucho más encarnizada que la que sostuvieron Thompson y Knórozov, que empezó desde fines del periodo preclásico (2000 a 250 a. de C.) hasta los alrededores del año 900 de nuestra era y que se tradujo en constantes y sangrientas guerras que involucraron a señoríos menores como El Naranjo, El Caracol-Oxhuitzá, Yaxchilán y Piedras Negras, y en el curso de las cuales Tikal y Calakmul se derrotaron sucesivamente la una a la otra.

Otro caso es el de la sublevación contra Copán encabezada por K’ak’ Tiliw Chan Yopaat, señor de Quiriguá. Durante un largo tiempo esa localidad, a orillas del Motagua, había sido vasalla de Copán. En julio de 695, Uaxaclajuun Ub’aah K’awiil fue coronado como décimo tercer señor de Copán y bajo su autoridad la ciudad se pobló de estelas esculpidas con un estilo característico de la región, hizo remodelar tres templos, edificó un nuevo juego de pelota y en 724 puso a un subordinado suyo al frente de Quiriguá: K’ak’ Tiliw Chan Yopaat. Éste pronto dio signos de insubordinación: en 736 desafió a Copán, que era aliada de Tikal, recibiendo como huésped a Wamaw K’awiil, rey de la lejana Calakmul,  y a la postre, muy posiblemente con ayuda de éste, tomó prisionero al ya para entonces anciano Uaxaclajuun Ub’aah K’awiil y el 27 de abril de 738 lo hizo decapitar en la plaza de Quiriguá, la cual logró así su emancipación, en tanto que Calakmul debililitó a la dinastía de Copán, aliada de los gobernantes de Tikal.

En los años 30 Aldous Huxley visitó Quiriguá –que había sido comprada en unos cuantos dólares por la United Fruit– y escribió que sus estelas representaban “el triunfo del hombre sobre el tiempo y la materia y el triunfo del tiempo y la materia sobre el hombre”. Cierto o no, al gran novelista inglés se le escapó un dato: aquellos monumentos representan, además, el triunfo sangriento de unos humanos contra otros humanos.

Glifos e inscripciones aparte, en el sitio arqueológico de El Mirador, que pudo albergar a la más grande de las ciudades mayas del periodo clásico, se ha encontrado recientemente restos de una batalla en gran escala: centenares de puntas de flechas y lanzas de obsidiana mezcladas con astillas de huesos humanos.

Ya en el posclásico, tras el colapso de las grandes ciudades del periodo anterior, los mayas siguieron siendo tan violentos como cualquier otro pueblo. La pieza teatral Rabinal Achí, conocida también como Xajooj Tun o “danza del tambor”, y que posiblemente data de los siglos XIV o XV, cuenta una historia en la que el príncipe K’iche Achí es capturado y juzgado por destruir cuatro poblados del señorío de Rabinaleb’. Tras ser condenado a muerte, a K’iche Achí se le permite despedirse de su pueblo, se le ofrece bebidas embriagantes y hasta se le concede el privilegio de bailar con la princesa de Rabinaleb’ al ritmo del tambor.

Pero uno es un gran ignorante en materias como la historia, la arqueología y ya no digamos la lingüística, así que están muy en su derecho de considerar todo lo escrito arriba como una infame calumnia y concluir que los mayas clásicos eran matemáticos y astrónonomos pacíficos, que vivían en perfecta armonía con el universo y con su entorno ecológico, que se la pasaban escudriñando un remoto fin del mundo, que no mataban a una mosca –mucho menos a un semejante– y que estaban estrechamente emparentados con los babilonios, los egipcios, los vikingos y los extraterrestres.






15.1.13

Hemos cambiado



En sólo seis semanas ustedes han podido constatar cuánto hemos cambiado: somos un equipo incluyente, plural, con visión de país y sensibilidad política. Sobre todo, tenemos propuestas y ofertas concretas para todos los sectores, como ya se han ido enterando.

Ustedes pensaban que nada nuevo podría surgir de la corrupción profunda, el añejo autoritarismo represivo, los padrinazgos del gran capital, la frivolidad televisiva, la simulación, el dispendio y el fraude, pero se equivocaron, y aquí estamos para demostrarles que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos: ahora nos disponemos a combatir la corrupción y la opacidad, el influyentismo, los abusos de autoridad y las trácalas cometidas al amparo del poder; pondremos fin a la espiral de violencia a la que somos por completo ajenos, restableceremos la paz y la seguridad, recuperaremos la soberanía nacional, impulsaremos el bienestar popular, alentaremos el crecimiento e impondremos la transparencia, como antes. No, perdón: como nunca antes.

A ustedes, los integrantes de una sociedad cada vez más insumisa, les proponemos un pacto: ustedes se olvidan de las circunstancias de nuestro triunfo –el favoritisimo mediático, los millones de votos comprados, el dinero lavado, la brutalidad policial– y nosotros les perdonamos sus exigencias de honestidad, su antipriísmo mayoritario y (concedamos) acaso irremediable, sus extravíos ciudadanos –esperemos que pasajeros–, su desprecio, su irritación, sus burlas y, sobre todo, sus afanes de organizarse al margen de estructuras corporativas y su empecinamiento en llenar las calles para repudiarnos.

Ya lo verán: tenemos cargos, encargos y escritorios para opositores de todas clases. Podemos forjarle una nueva vida a académicos desencantados; procurarle un futuro digno (es decir, con yate) a dirigentes sindicales hasta ahora independientes; mimar a activistas sociales; hacer la claridad en la cabeza de intelectuales melancólicos; rehabilitar a princesas mancilladas por el escándalo; resucitar a cadáveres políticos. Contamos con recompensas para cualquiera que aspire a superar la plaga populista del lopezobradorismo, a curarse del virus #YoSoy132, a sanar del zapatismo, a capitalizar su disidencia, a convertir en posición cómoda y honorable su lucha de toda la vida. A los panistas no necesitamos reclutarlos porque son nuestros: lo han sido desde 1988 y hasta nos hemos dado el lujo de gobernar por medio de ellos. Ah: y contaremos con una izquierda civilizada, educada, bien vestida, pasteurizada y con agregado de vitaminas por la vía de las prerrogativas electorales. Para ella, la promesa de que no la olvidaremos a la hora de formular los presupuestos.

Conocemos al dedillo las artes de la cooptación y de la seducción y si con ellas no bastara, sabemos también la manera de provocarles las peores pesadillas. Aunque, claro, esto último no vamos a pregonarlo a voz en cuello como lo hicieron nuestros torpes antecesores panistas. A buen acatador, pocos garrotazos. Las viejas generaciones conocen nuestras habilidades en la guerra sucia, en la desaparición, la tortura, el descrédito y el silencio. En cuanto a las más recientes, algo habrán aprendido en mayo de 2006 en Atenco, y las últimas han tenido su lección el pasado 1 de diciembre y en las semanas sucesivas.

Dennos un punto de apoyo y moveremos al mundo. No importa que no nos crean: simulen creernos y verán qué bien nos entendemos. Pronto caerán en la cuenta que nosotros hemos sido, somos y seguiremos siendo su mejor opción, por más que no hayan optado por nosotros. Reconocemos los problemas, los encapsulamos y procuramos resolverlos de manera quirúrgica, es decir, sin tocar más que lo indispensable, sin trastocar este orden que le hemos dado al país, sin alterar las lógicas a las cuales servimos. Sabemos que forma es fondo y, por lo tanto, la apariencia de paz es paz, la apariencia de democracia es democracia y la apariencia de honestidad es honestidad. Ni le busquen. Resistan, pero fortalézcannos. Opónganse, pero sírvannos, y ya verán que no vamos a tener ningún disgusto.

Sabemos ser diferentes sin perder nuestra esencia; somos capaces de cambiar todo lo que sea necesario para que no cambie nada y tenemos una vasta experiencia en el intercambio de dignidad por comodidad y, como pueden ver, hemos cambiado.

12.1.13

Coplas para un retrato


“Por celos, la Petenera
a su marido dejó;
por celos perdió la tierra,
ay, solita, ay, soledad,
por celos perdió la tierra
y por celos se murió.

Ay, solita, ay soledad,
soledad, que yo quisiera
que viviera la difunta
y que yo la conociera
porque es una cosa injusta
que por celos se muriera.”

(De la lírica sotaventino-andalusí)



31.12.12

Saludo


La vuelta al Sol no es cima, no es abismo
ni es especial la forma en que amanece
esta primera luz de 2013
y su primer café sabe a lo mismo.

Se habrá de decidir si este guarismo
en una inercia estéril permanece
o si es fértil pulsión en la que crece,
amoroso y vital, el optimismo.

Decide tú, decide por tu vida
si continuar la senda de la norma
por otros y de antaño definida

o si mirar las cosas de otra forma
y sigues, y le das la bienvenida
al impulso que cambia y que transforma.


26.12.12

Piedad inanimada


Pensándolo bien, los seres más desamparados de este mundo son los objetos. Pobrecitos, carajo. De verdad, pobrecitos.

24.12.12

Felicitación navideña
desde el Reclusorio

Doctor Miguel Ángel Mancera Espinosa,
jefe de Gobierno del Distrito Federal:

Muy buen día tenga usted, doctor; el motivo de esta carta es para desearle una feliz Navidad y, claro, un próspero año nuevo, que disfrute de la deliciosa cena en compañía de toda su familia en un marco de felicidad, bondad, alegría y respeto.

Sé que usted tendría los mismos deseos hacia mi persona, pero desafortunadamente yo no podré disfrutar de todo lo que le deseo, ya que me encuentro preso en el Reclusorio Varonil Norte. Supongo que usted debe conocer mi caso y el de mis 12 compañeros y, claro, mi compañera Rita, pero para qué recordarle e incomodarlo con historias que no van de acuerdo con esta temporada navideña (como el plantón de la CNTE que hace ver fea su majestuosa pista de hielo en el Zócalo), para qué atormentarle de cómo sufrí la bestialidad de los cuerpos policiacos; la altanería, abusos e incompetencia de la PGJDF, y de la forma arbitraria con la que fui conducido a este reclusorio.

Dejemos esos malos recuerdos, dignos de pasar al libro de la historia penosa de México, ya que en esta Navidad mi familia tratará de pasar una Nochebuena, aunque para serle sincero, todas nuestras familias continuarán en el infierno de tener a un ser querido en el reclusorio de forma injusta, ya que la verdadera justicia sólo es para la gente rica y poderosa, como usted debe saber. Pese a todo esto, de corazón, Dios lo bendiga. 

Sandino Jaramillo R.


23.12.12

Cuando miro
las palmas
de tus manos


me vienen ganas de quedarme quieto,
sin hacer otra cosa que verlas,
por unos años.

Siento el impulso de olfatearlas
para conocer la raíz
de tu perfume y de tu agrura.

Quiero sobrevolarlas
en un vuelo rasante y despacioso
con las yemas de los dedos
a milímetros de distancia
y dejar que se posen
con la suavidad de los globos.

Cuando veo las palmas de tus manos
querría poseer las aptitudes
del geógrafo y del geómetra,
para volverlas mapa,
para estudiar sus formas.

Llega también, es cierto,
el afán de besarlas
con un roce de labios
y luego, aterrizar la boca entera,
lamerlas, succionarlas,
como se aferra el náufrago
del mar o del desierto
a la primera fruta de su supervivencia.

Al contemplar las palmas de tus manos
las querría posadas en mis sienes;
tapándome los ojos,
como un antifaz de carne;
imagino que se deslizan
entre los botones de tu blusa
y activan los botones de tu pecho,
ya despojado de la blusa;
que viajan a tu sexo y al mío,
que son dos invitadas amorosas
en el espacio genital,
un par de extrañas que se suman
y que son bievenidas
y que fusionan humedades
y que corren por ellas
tus líquidos, mi semen, nuestras lágrimas.

Pero la más intensa
de las cosas que pienso,
la más cachonda fantasía
que me viene a la mente
cuando miro las palmas de tus manos,
es convertirme en surco,
en un pliegue pequeño en tu epidermis
junto a tu línea de la vida, ser un signo
en la piel de las palmas de tus manos.


18.12.12

Mancera y los 14


En México hay inocentes encarcelados y muchos más delincuentes libres. De entre los primeros destacan 14 que fueron detenidos durante la cacería de ciudadanos emprendida en el centro de la ciudad por la policía capitalina el 1 de diciembre luego de los enfrentamientos provocados alrededor de San Lázaro. La cosecha de las fuerzas del orden fue de más de un centenar de personas, de las cuales 27 fueron liberadas horas después, 69 fueron consignadas y de éstas 56 fueron puestas en libertad por la jueza María del Carmen Patricia Mora Brito, la cual dejó en prisión, en forma aleatoria, según los elementos disponibles, a otras 14. Para entonces ya estaba documentado que los efectivos policiales del Distrito Federal habían recibido la orden de capturar a la mayor cantidad de gente posible, sin importar que no hubieran tenido participación en el vandalismo y los destrozos.

Algunos de los 14 aún presos habían acudido en actitud pacífica a las movilizaciones de protesta por la consumación del proceso electoral fraudulento de este año. Otros fueron a indagar por la situación de amigos o compañeros que ya habían sido detenidos en forma no menos arbitraria. En un par de casos, los ahora imputados se limitaban a tomar fotos y video de los disturbios escenificados por la policía y los provocadores. Uno más estaba en su sitio habitual de trabajo cuando fue capturado. Ellos son Rita Emilia Nery Moctezuma, Enrique Rosales Rojas, Jorge Dionisio Barrera Jiménez, Daniel García Vázquez, Stylianos García Vackimes, Roberto Fabián Duarte Grcía, Carlo Miguel Ángel García Rojas, Obed Palagot Echavarría, Alejandro Lugo Morán, Sandino Jaramillo Rojas, César Llaguno Romero, Eduardo Daniel Columna Muñiz, Osvaldo Rigel Barrueta Herrera y Bryan Reyes Rodríguez. Un quinceavo, el periodista rumano Mircea Ioan Topoleanu, fue arrestado cuando tomaba fotos del enfrentamiento. Los policías le robaron la cámara fotográfica y luego fue entregado, en forma injustificada y arbitraria, al Instituto Nacional de Migración.

Cuando Miguel Ángel Mancera asumió la jefatura del gobierno del Distrito Federal el 6 de diciembre, tenía ante sí tres deberes coyunturales y perentorios: identificar, capturar y consignar a los verdaderos autores materiales e intelectuales de la violencia y los destrozos cometidos seis días antes; presentar ante la justicia a los responsables materiales e intelectuales de las graves violaciones a los derechos humanos perpetradas por la policía, y girar instrucciones a la procuraduría capitalina para que se desistiera de las acusaciones contra los presos, no sólo porque hay pruebas de su inocencia sino porque fueron detenidos en forma irregular y en el marco de un operativo policial ilegal.

Hasta ahora Mancera no ha hecho ninguna de las tres cosas y, en el caso de los encarcelados, ha preferido lavarse las manos y pasar la papa caliente al Poder Judicial. Ya sea que obedezca a la pusilanimidad, a una mentalidad autoritaria o a un afán de congraciarse con Enrique Peña Nieto –el principal interesado en llevar a sus límites un escarmiento contra el movimiento #YoSoy132 y contra las resistencias en general a su presidencia comprada–, la actitud del jefe de gobierno es insostenible. Mancera parece no darse cuenta que el mantener en la cárcel a personas cuya inocencia está documentada resulta un agravio para el electorado que lo puso en el cargo.

Muy pocas personas en esta ciudad capital desean el caos, la violencia y la impunidad. Por ello, el repudio al vandalismo perpetrado el 1 de diciembre ha sido casi unánime. Sin embargo, de allí a enviar a prisión a personas inocentes hay mucha distancia. La mayoría de los votantes capitalinos desea para su demarcación justicia efectiva, no justicia simulada; sometimiento de los agentes del orden a la legalidad, respeto a los derechos humanos y, sobre todo, atención y no criminalización para los jóvenes. Si la ciudadanía defeña hubiese querido una autoridad represiva, arbitraria y policial, de esas que fabrican culpables para lucirse ante la opinión pública, hoy la jefatura de gobierno no estaría en manos de Mancera, sino en las de Isabel Miranda de Wallace; y si hubiera querido seguir sufriendo las artes priístas de la provocación, le habría entregado el Ayuntamiento a Beatriz Paredes. O sea que, de inicio, el actual jefe de gobierno está faltando a su mandato.

En el ámbito federal Peña no le debe la Presidencia a la voluntad popular sino a Televisa y a las tarjetas Monex y Soriana. El DF es distinto: aquí la autoridad representa a los votantes y si el jefe de gobierno persiste en desconocer el sentido de su encargo la ciudadanía se lo va a demandar.

13.12.12

¿Y cómo viene
el fin del mundo?



Bueno, los astrónomos y los astrofísicos contemporáneos dicen que será gradual: conforme al Sol se le agote el hidrógeno del tanque y se hinche y se ponga colorado, la Tierra se secará, perderá su atmósfera y, ya convertida en un pedrusco chamuscado, terminará siendo engullida por la bola de fuego monstruosa y agonizante en que se habrá convertido el disco solar antes de colapsar sobre sí mismo y transformarse en una enana blanca de esas que parece que no matan a una mosca. Eso, suponiendo que no ocurra antes una colisión con algún asteroide grandulón. Pero no hay razón para preocuparse ante tal perspectiva porque no se concretará antes de cinco mil millones de años y para entonces no quedarán ni fósiles de los seres humanos. Es decir, entre este diciembre de 2012 y el fin del planeta nos separa un lapso siete millones de veces mayor que el que hay entre nosotros y los dinosaurios, que es nomás de 65 millones de añitos.

Esta cultura o esta incultura nuestra ha resultado escatológica en sus dos acepciones: por una parte, al cristianismo le encantan las fantasías masoquistas sobre éskhatos, es decir, sobre “lo último” (juicios finales, infiernos, colapsos de la civilización, fines del mundo) y de allí las profecías de temporada, que igual pueden ser atribuidas a Nostradamus que a unos sacerdotes mayas; por la otra, adora hurgar en la caca (skatós), como puede colegirse de la proliferación de publicaciones sensacionalistas, reality shows y chismarajos espumeantes acerca de los usos y costumbres privados de las personas célebres. En una puntualización divertida y escandalizada, el difunto Leonardo Castellani, sj, señalaba:

“Hay dos palabras morfológicamente parecidas en español: ‘escatológico”, que significa pornográfico –de skatós, término griego que significa ‘excremento’–  y ‘esjatológico’, que significa ‘noticia de lo último’ –de éskhaton, ‘lo último’–  las cuales son confundidas hoy día, por descuido o posdescuido o ignorancia o periodismo, incluso en los diccionarios (Espasa, Julio Casares); de modo que, risueñamente, el apóstol San Juan resulta un escritor ¡pornográfico o excremental!”

Tal vez la homonimia no sea tal, si se considera la metáfora “esjatológica” (para darle gusto al buen Castellani) de un mundo que se va a la mierda o que se hace ídem por efecto del cambio climático o de la hinchazón final del Sol, por previsión del alucinadote de Juan de Patmos, presunto autor del Apocalipsis bíblico, o por programación de unos sabios mesoamericanos un tanto hipotéticos que, cuando ordenaron esculpir no sé qué fecha en una estela, seguramente estaban pensando en algo muy distinto al fin del mundo. No tiene mucha importancia. El caso es que ahí vamos otra vez con la misma cantilena, y como ahora no había cometas ni asteroides al alcance de la mano, ni error del año 2000 (el ahora olvidado Y2K), ni un verso fumado en las Centurias de Michel de Nôtre Dame, alguien se fijó en la estela 6 de Tortuguero, sitio arqueológico situado en Macuspana, Tabasco, para inventarse el apocalipsis en ciernes. En ella se fijó el final del 13 Bak’tun para el 4 ahau 3 kankin (que cae el 21 o el 22 de diciembre próximo) y, con él, el fin de la quinta cuenta larga (poco más de cinco mil años). Me parece que no tenemos la menor idea de para qué querían unidades de tiempo tan dilatadas los mayas del periodo clásico.

En años recientes hemos presenciado tantas profecías sobre el inminente fin del mundo (fallidas, claro, porque si hubiera parque no estaría Ud. aquí) que el embuste del  13 Bak’tun ha sido explotado más bien a partir de explicaciones tranquilizadoras y “racionales”: no, qué barbaridad, cómo creen: en realidad los mayas no quisieron decir eso que se les atribuye sino, más bien, que el 21 (o el 22) comenzará una etapa de cambios trascendentales, o una renovación, o una transición hacia algo, o el surgimiento de una energía cósmica positiva propicia para la transformación; es recomendable, en consecuencia, que abras tu espíritu a los cambios, expulses de ti las vibras negativas y afines tu percepción para captar las ondas que anuncian la nueva era. No faltan, de paso, quienes aprovechan para vender viajes a sitios con alto contenido energético (puede ser el Tíbet o Teotihuacán), terapias zodiacales, inmersiones en el flujo celeste y proyecciones de psicomagia en la frecuencia de la esoteria de fusión, en la que los aromas del budismo zen armonizan (¡claro!) con los baños de temazcal y con las ensaladas de flores de Bach, ricas en fibra. Uf, mejor sería quedarse con los delirios de Juan de Patmos, que por lo menos chorrean truculencia y no se andan con pretensiones de buena vibra.

Por supuesto, al mundo le importa un comino su pretendido fin, la supuesta transición hacia algo o el inicio de una era de sutiles mutaciones metagalácticas y todos los días, o más bien a cada hora, inaugura ciclos cortos y largos de cambios, transformaciones, transiciones y también, por qué no decirlo, regresiones y caídas a las peores oscuridades. Ni los adivinos mayas de esta fábula ni Ugo Buoncompagni, mejor conocido como Gregorio XIII, y a cuyo apodo de Papa debe su nombre el calendario que hoy se usa en la mayor parte del planeta, tenían razones para interesarse por algo tan remoto y sin sentido como nuestra época, y hay motivos para dudar que el Cosmos tenga alguna noción de las menudencias calendáricas que nos desvelan o que, al menos, nos hacen caer en garras de mercaderes inescrupulosos.

Habría que agregar, de paso, y sin ningún afán peyorativo, que los conocimientos cronológicos desarrollados por la cultura maya, admirables sin duda, eran un instrumento indispensable de cualquier civilización de la antigüedad basada primordialmente en la agricultura, y que la asiria, la caldea, la egipcia y la china, entre muchas otras, realizaron codificaciones y mediciones cronológias de precisión comparable a los sistemas calendáricos mesoamericanos.

En suma, aquí no pasa nada adicional a lo que ya está pasando. Pero entre que son peras o que son manzanas, ustedes pónganse cómodos, preparen palomitas para observar el espectáculo (no puede haber un juicio final decoroso sin fuegos artificiales) y no se rían, que la risa es diabólica y ofensiva al Señor, como lo estipularon en su momento  Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla, y Agustín de Hipona, Padre de la Iglesia. Ya viene el fin del mundo y andaremos con un gran ajetreo, así que nos vemos después. Y si se topan con algún vendedor de apocalipsis en cualquiera de sus versiones, sorrájenle esto:

Este juicio final sobrevendido,
este último momento cacareado,
es causa de jolgorio y no de enfado
para el mundo prosaico y descreído.
Así será por siempre y así ha sido:
mercachifle no falta que, avispado,
nos presente como hecho comprobado
algún apocalipsis, y haga ruido.
Hoy ocurre lo mismo: la quiniela
del partido final está sin falla
esculpida en la piedra de una estela.
Embaucador infame, mal te vaya;
vé a contarle más cuentos a tu abuela
y caiga en ti la maldición del maya.





Va por l@s pres@s


11.12.12

1-D: Vandalismo
de Estado


Una chava de 16 años, herida por una bala de goma el 1 de diciembre (http://www.radiozapote.org)

En los diez días transcurridos desde el 1 de diciembre han aparecido muchos documentos sobre la violencia de ese día en las calles de la capital y de otras ciudades del país en el marco de la toma de posesión de Peña Nieto. Por ejemplo, el video que muestra a individuos embozados y armados con cadenas y palos que se mueven tranquilamente, entre los uniformados, atrás de la primera línea del cerco de la Policía Federal al palacio de San Lázaro; o el que vincula de manera inequívoca un disparo de arma de fuego, efectuado tras las vallas instaladas por esa corporación, con la grave lesión sufrida por el profesor Juan Francisco Kuy Kendall; o las fotos de los federales provistos de fusiles de asalto, divulgadas desde días antes de que el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, jurara ante los medios que en el operativo de ese día no se les permitió portar “cualquier tipo de arma que pudiera dañar a cualquier ciudadano” (sic).

O los videos que exhiben la impunidad con la que pequeños grupos de vándalos causaron destrozos por medio centro histórico y agredieron tranquilamente a la policía capitalina, documentos con los cuales los medios electrónicos fabricaron una suerte de flagrancia virtual para justificar la detención de cualquier persona; o las grabaciones de los arrestos de personas que no habían cometido delito alguno y que muestran en forma fehaciente lo que días más tarde confesó un policía anónimo al columnista de este diario Julio Hernández López: que lo perpetrado por las fuerzas del orden del Distrito Federal fue una cacería de inocentes.

De 69 personas que fueron consignadas por “alterar la paz pública”, 56 salieron libres por falta de pruebas y a otros 14 ciudadanos se les inició causas penales por delitos menores, aunque tampoco haya pruebas contra ellos y sí, en algunos casos, documentos que prueban su palmaria inocencia.

Los elementos disponibles hasta ahora indican, pues, que lo ocurrido el 1 de diciembre fue vandalismo de Estado y que fueron las autoridades las que detonaron la violencia y las que propiciaron la destrucción material, cifrada en casi mil millones de pesos por el cálculo hiperbólico de un membrete de comerciantes de esos siempre dispuestos a dar munición al discurso oficial. En esa misma lógica, en su canto de cisne como gobernante capitalino y como político progresista Marcelo Ebrard dijo no sé qué contra la violencia. Mientras tanto, Peña y los miembros de su camarilla pleistocena se frotaban las manos de gusto por haber matado varios pájaros de un tiro, aunque el saldo incluyera también a varios humanos lesionados de gravedad: habían logrado erigirse en gobierno federal, habían desacreditado a #YoSoy132 y a otros movimientos sociales como bárbaros y violentos y habían conseguido, además, uncir al gobierno capitalino a las lógicas represivas que han acompañado al PRI desde siempre.

En pocos días, sin embargo, la verdad ha ido saliendo a la luz. Lo que hubo el 1 de diciembre fue un acto de provocación montado desde las cúpulas del poder público federal, el cual lanzó a grupos de choque a causar destrozos con el fin de tener un pretexto para emprender una represión de gran calado que terminara de una vez con la repulsión social que causa el ver a Peña Nieto con una banda presidencial comprada. No lo lograron: sin duda, mucha gente se asustó –y con razón– ante la brutalidad policial exhibida; mucha más se creyó la prédica de los loros del régimen –“la culpa es de AMLO y de #YoSoy132”–; hay heridos de gravedad, cerca de un centenar de personas conocieron el horror de una privación ilegal de la libertad a manos de las fuerzas policiales y 14 de ellas siguen en la cárcel. Aunque en un primer momento esos saldos parecieron acelerar el reflujo en que se encuentran los movimientos antirrégimen en general, pero no los desbandaron: por el contrario, les dieron la razón y confirmaron la justeza de su causa.

En cambio, Peña, Manuel Mondragón y Kalb y Miguel Ángel Osorio Chong están en un predicamento: son ellos los jefes de quienes le abrieron la cabeza a Kuy Kendall y le sacaron un ojo a Uriel Sandoval y aunque el procurador Jesús Murillo Karam mire hacia otro lado, ha de exigirse el esclarecimiento pleno de esos delitos es ineludible. Otro tanto ocurre con los atropellos perpetrados por la policía capitalina: Ebrard le debe muchas explicaciones a la sociedad que lo hizo jefe de gobierno y su sucesor, Miguel Ángel Mancera, no podrá seguir escurriendo el bulto ante la responsabilidad de su antecesor en el cargo.

Se equivocaron. 2012 no es 2006, el Centro Histórico no es Atenco y el vandalismo de Estado es ya inocultable, repugnante e inadmisible para la mayor parte de la sociedad.

10.12.12

Retorno a
viejas lecturas

Dibujo de Melecio Galván

México, D. F., 1 de diciembre de 2012.- Qué iba yo a imaginar, a mediados de los setenta del siglo pasado, que a la vuelta de las décadas volvería sobre las páginas de este librito de Víctor Lvovich Kibalchich, más conocido como Victor Serge, Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión. Va un fragmento y el enlace al texto completo:

“En 1917, la autocracia se derrumbó sin que las legiones de soplones, de provocadores, de gendarmes, de verdugos, de guardias municipales, de cosacos, de jueces, de generales, de popes, pudieran desviar el curso inflexible de la historia. Los informes de la “Ojrana” redactados por el general Globachev constatan la proximidad de la revolución y prodigan al zar advertencias inútiles. Lo mismo que los más sabios médicos llamados para asistir a un moribundo no pueden sino constatar, minuto a minuto, los progresos de la enfermedad, los omniscientes policías del imperio veían impotentes cómo el mundo zarista se precipitaba al abismo.”

Lo que todo revolucionario
debe saber sobre la represión

Versión en PDF descargable

9.12.12

El secretario mentiroso



“De parte de la autoridad federal se cuidó hasta el último que pudieran traer algún tipo de arma, no sólo las balas de goma (sino) cualquier tipo de arma que pudiera dañar a cualquier ciudadano”.

Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de Gobernación, sobre las lesiones graves sufridas por varios manifestantes el 1 de diciembre de 2012, en las inmediaciones del Palacio Legislativo de San Lázaro)
(La Jornada, 7 de diciembre de 2012, p. 5)


(Fotos: Reforma, 7 de diciembre de 2012)


29.11.12

Llamada para
Antonio Meucci


El 9 de abril de 1860 una garganta desconocida cantó la popular canción francesa “Au clair de la Lune” y su voz quedó registrada en forma de gráfica en un papel por medio de un aparato llamado “fonoautógrafo”, inventado poco antes por Édouard-Léon Scott de Martinville. Ciento cuarenta y ocho años después unos científicos estadunidenses escanearon los relieves microscópicos de aquel papel amarillento, conservado de milagro en la Academia de Ciencias de Francia, y con ayuda de un software especializado transformaron el registro en sonidos audibles.

El resultado es estremecedor porque permite escuchar, literalmente, una voz de ultratumba, casi dos décadas anterior a la frase “Mary had a little lamb”, registrada en un cilindro por el inventor oficial del fonógrafo, Thomas Alva Edison, y considerada hasta hace poco el primer sonido grabado en la historia.

O sea que cuando Aristide Bruant cantó ante un micrófono sus célebres canciones de combate y sufrimiento popular, en 1905, los cacharros de grabación y reproducción de sonido ya tenían casi medio siglo de existencia. Aun así, la voz de aquel trovador legendario se escucha polvorienta y póstuma, como salida de un baúl abandonado. La primera vez que hice una llamada telefónica al pasado supuse que oiría algo parecido a eso, pero me equivoqué: las voces de allá suenan nítidas y cristalinas en los aparatos de nuestra época.



Sí, sé que te brincó lo de marcar al pasado, pero es cierto. Ahora te lo explico.

Todo empezó hace un par de décadas, cuando me encontraba en el pueblito de Kalispell, situado entre dos macizos boscosos en Montana, cerca del Parque de Los Glaciares. Era un viaje de trabajo, debía ir de Seattle a Salt Lake City, no tenía prisa y decidí rentar un automóvil para hacer el camino más largo posible por entre las reservas naturales del noroeste de Estados Unidos. Tomé la carretera 90, me desvié después por la 395, pernocté en Spokane, desayuné en Coeur d'Alene, me interné por el área de Lookout Pass, crucé el condado de Mineral y  antes de llegar a Missoula una desviación a la izquierda me llamó la atención.

En vez de seguir mi camino, de por sí desviado, hacia Mormonlandia, es decir, hacia el sureste, tomé sin pensarlo dos veces esa pequeña carretera que me llevaba al norte; a las pocas horas bordeaba el lago Flathead y así fue que llegué, ya de noche cerrada, a Kalispell, tierra de las monedas de madera. Busqué hospedaje en un viejo hotel del centro, me tendí sobre una cama rechinante y blanda y, aunque estaba agotado por las muchas horas de carretera, no me llegó el sueño.


No llevaba conmigo material de lectura, así que hurgué en la vieja mesa de noche en busca de una Biblia. No la había. Hube de contentarme con un directorio telefónico del año del avestruz y empecé a ojearlo desde el principio. En el listado de claves de área me llamó la atención una anomalía tipográfica: uno de los números, el que se encontraba entre Park City y Peerless, era mucho más largo que el resto y desbordaba su columna en algo así como cinco caracteres. Antes de él aparecía la palabra “Past”.

Me pareció gracioso que existiera una localidad llamada Pasado y me intrigó sobremanera un código de ocho guarismos, cuando la norma es que se compongan de tres. Sentí el impulso de marcar un teléfono al azar para comunicarme con algún habitante de Past y hacerle una broma sobre su lugar de residencia pero por aquel entonces y en aquel establecimiento se requería de la intervención de la operadora para hacer una llamada de larga distancia y me inhibí. Anoté el código en mi agenda, soñé que me encontraba a mi abuelo en su época de niño y me dormí. Al día siguiente había olvidado el asunto y el resto del viaje carece de importancia.

La semana pasada, cuando trataba de poner orden en una caja de papeles viejos, me topé con aquella agenda y con el código de larga distancia escrito en la tercera de forros: Past. Busqué esa toponimia en Wikipedia y en Google Maps y no la encontré. Algo me hizo tomar el teléfono, marcar 001 y, a continuación, la serie de números de la misteriosa clave. Luego, claro, tendría que improvisar una secuencia de siete dígitos para llamar a algún lado en particular, pero antes de hacerlo escuché en el aparato una voz cascada y cansina pero nítida:

–Ester? Ancora non dorme?

Me quedé estupefacto y el señor que hablaba se impacientó:

–Ester? Cosa ne pensi?

–Disculpe –dije con suavidad–. No soy Ester. Marqué un número equivocado.

Luego, un largo silencio al otro lado de la línea y después, un golpe sordo y un ruido de pasos apresurados sobre un piso de madera, luego unas pisadas sobre una escalera chirriante y unos gritos que se alejaban del auricular:

–Ester? Ester? Ti senti bene?

Profundamente perturbado apagué el teléfono –hace unas décadas habría dicho “colgué el teléfono”– y me quedé perplejo ante las implicaciones de mi travesura: había alarmado sin motivo a un hombre muy viejo, a juzgar por su voz, residente de algún pueblo lejano sabía Dios en qué parte del planeta. Me serené un poco y sólo por no dejar decidí hacer otra llamada a Past: esta vez, después del código, digité el número de la casa de mi infancia.

La voz amada de mi abuela era inconfundible. Casi muero del susto al escucharla y colgué de inmediato.

Me tomó un par de días sobreponerme a la conmoción. Poco a poco empecé a atar cabos. Busqué “teléfono” en Wikipedia y me encontré con que el inventor y primer usuario de ese aparato no fue el escocés Alexander Graham Bell, quien usurpó la patente, sino el ingeniero florentino Antonio Meucci, un seguidor de Garibaldi y combatiente de la unificación italiana que debió huír de su país por la persecución gubernamental de que era víctima y que acabó sus días, pobre y olvidado, en Staten island, cerca de Nueva York. Meucci se adelantó a Bell en 22 años. Hacia 1854 inventó un teléfono y lo instaló en su casa para comunicarse desde su despacho con su esposa, Ester, confinada por el reumatismo a la planta alta de la vivienda. Pero Meucci, como todo militante honesto, era pobre de solemnidad y no logró juntar los 250 dólares que costaba el trámite de la patente. Inventó varias cosas más, pero tras sufrir un accidente que lo incapacitó durante un tiempo, se vio obligado a entregar los planos y descripciones a un prestamista a cambio de seis dólares. Cuando logró reunir la cantidad para recuperar sus papeles el usurero ya se los había vendido a “un hombre joven” cuya identidad permanece en el misterio.


Bell estaba al tanto del desarrollo tecnológico del italiano, le ganó un juicio porque tenía más dinero y era, pues, un grandísimo pirata. Pero le honra un paralelismo con la víctima de su ratería: al igual que Meucci, Bell actuó por amor: fue su trabajo con estudiantes sordos lo que lo llevó a interesarse en experimentos sobre la transmisión del sonido, y Hellen Keller, que fue su alumna, dijo de él que había dedicado su vida a romper el “inhumano silencio que separa y estrangula”. Lo cierto es que si uno marca a un pasado telefónico previo a la asignación de números de línea, es Meucci, y no Bell, quien toma la llamada.

Desde que escuché la voz de mi abuela difunta no he vuelto a intentar una comunicación telefónica con Past. Tampoco quiero divulgar el código correspondiente porque sé que se generaría una multitud de telefonemas y se alteraría la realidad actual de manera tan determinante como impredecible. Estoy pensando con mucho detenimiento si debo volver a digitar esos números en el teléfono. En todo caso, si llego a hacerlo, me comunicaré con dos o tres personas a las que hice daño y que ya no están. Esa clave sería la única manera de pedirles perdón.

Antonio Meucci

27.11.12

Quería ser querido


Tal vez el drama central de este hombre sea que quería ser querido y que con ese objetivo hizo todo lo que hizo. Entre todos los caminos posibles para lograrlo escogió desde muy joven el de la transgresión: fue el hijo desobediente de su papá, el discípulo fementido de Castillo Peraza, la oveja negra del equipo foxista, el político institucional que mandó al diablo –ese sí– a las instituciones al encaramarse a la cúspide de éstas “haiga sido como haiga sido”, según confesión propia.

Aunque nunca fue un político popular, su candidatura presidencial no generó expresiones multitudinarias de repulsión, como le ocurrió seis años más tarde a su inminente sucesor. Sin embargo, al llegar al cargo en forma tan desaseada como llegó, se encontró con el repudio masivo de un tercio del electorado –el 34 por ciento, los votantes de López Obrador–, el menosprecio condescendiente de otro tercio –el 27 por ciento, los votantes de Roberto Madrazo, reducidos al 22 por ciento por efecto del fraude foxista-elbista-ugaldista– y la indiferencia de la ciudadanía remanente. Tal vez habría logrado ser aceptado si hubiese intentado un ejercicio de reconciliación, apertura y diálogo, pero para eso se requiere de modestia, contención y visión de Estado y tales atributos no son lo suyo. Optó, en cambio, por exacerbar los conflictos, profundizó y generalizó la corrupción en las dependencias públicas –desde los célebres contratos de compra de gas natural a Repsol hasta la “Estela de Luz”– y se embarcó en un populismo violento y autoritario con implicaciones genocidas: Calderón se empeñó en publicitar la idea de que es lícito poner fin a la criminalidad por medio del asesinato de los delincuentes. Pero nunca se refirió a la otra cara del fenómeno: si en el país hay algunos cientos de miles o millones de asesinables, la proliferación se debe a que han sido orillados a la delincuencia por el modelo económico impuesto, sostenido y profundizado desde el gobierno mismo.

Al principio el repudio y el desprecio amainaron y en algunos casos se convirtieron incluso en aprobación entusiasta, no sólo entre las clases medias urbanas sino también en las zonas rurales afectadas por la criminalidad. Pero pronto la estrategia de guerra resultó insostenible porque la cruzada contra la violencia delictiva desembocó en un incremento de todas las violencias –la criminal, la individual y la de las corporaciones policiales y militares–; la tasa de homicidios creció en forma imparable y la desintegración social e institucional adquirió rango de catástrofe. Los deudos de miles de muertos –inocentes todos, pues nunca se les dio la oportunidad de ser juzgados y declarados culpables– fueron a los foros oficiales, a las calles y a los medios a exigir el fin de la impunidad y un alto a la guerra en la que Calderón, ansioso por realzar su popularidad, embarcó al país.

Siempre deseoso de transferir propiedades y obligaciones públicas al lucro privado, de reducir garantías, de acabar con los derechos laborales, de aplastar a las organizaciones sociales, Calderón ensanchó de manera sistemática el círculo de sus odiantes y mientras más lo ensanchaba con más firmeza apostaba a hacerse querer presentándose como “gallito” muy bragado. En cambio, ante sus mandantes reales, la oligarquía empresarial y el gobierno de Estados Unidos, su sentido de la transgresión y de la rebeldía, nunca traspasó los límites de lo discursivo: en una ocasión lanzó una amenaza destemplada e inconsecuente contra los empresarios evasores y más de una vez alzó la voz contra el gobierno de Washington. Pero, en los actos, fue obsecuente y sumiso hasta la abyección con unos y con el otro.

Su drama es que quería ser querido. Su error fue buscar ese objetivo por medio de la transgresión y se enfrentó a la gran encrucijada: o transgredía las lógicas de complicidad, encubrimiento y corrupción del régimen oligárquico que lo ponía en la presidencia para servirse de él o transgredía la ética, las leyes y algunos de los principios que le habían inculcado desde pequeño como no robar, no matar y no mentir. Optó por lo segundo y por eso está a punto de convertirse en uno de los ex gobernantes más odiados en la historia reciente del país. Como Salinas.

La gran diferencia entre uno y otro es que Calderón, más ingenuo y simple, quería ser querido y ahora es un perdedor. Su antecesor y benefactor priísta, en cambio, posee una personalidad más compleja: deseaba ser odiado y es, en esa perspectiva, un hombre de éxito.


22.11.12

Reflexiones sobre
un libro de AMLO



Tendría 16 o 17 años y después de unos meses como simpatizante de una organización marxista, me disponía a solicitar mi incorporación en calidad de militante pleno. Los integrantes de la célula se reunieron para examinar el caso y para poner a prueba mi formación teórica y el grado de desarrollo de mi conciencia.

–¿Por qué quieres ser militante? –me disparó a bocajarro un responsable de la directiva enviado a la reunión.

–Porque no me gustan la miseria ni la desigualdad ni las injusticias –le repliqué con toda inocencia.

–No, no –respondió con un gesto de decepción profunda–. La respuesta correcta es: “Porque creo en el advenimiento histórico del proletariado”.

La reunión terminó de inmediato. Se decidió posponer mi incorporación para cuando estuviera en condiciones de repetir de memoria aquella fórmula litúrgica.

Más o menos en la misma época tuve un reencuentro con mi abuelo, un hombre que, por formación o deformación, había sido honestamente antimasón, antisemita, homófobo y, por supuesto, anticomunista. Por razones de la vida había dejado de verlo durante varios años y me había propuesto consagrar la reunión al cariño entrañable y no echarla a perder con pláticas estériles sobre política. Pero la realidad pesa y a veces es ineludible, y pronto estábamos comentando los sucesos internacionales del momento: movimientos guerrilleros cuya victoria podía parecer inminente y hasta inevitable, y cosas así.

–El triunfo de esos muchachos es la única esperanza de este continente –comentó con toda naturalidad.

Por unos momentos me quedé confundido y me pregunté si se refería al triunfo de los escuadrones de paramilitares que infestaban América Latina. Pero no: de manera inequívoca, aquel viejo amado se refería a los guerrilleros. Me tomó muchos años entender la razón simple de aquella metamorfosis ideológica y política: era un hombre decente.

Hoy los yerbajos crecen sobre la tumba de mi abuelo, y aquel inquisidor marxista que me reprobó como militante es delegado de la Sagarpa en no sé dónde y me han contado que organiza el voto a favor de los partidos del régimen por medio de las dádivas a organizaciones caciquiles. Yo, por mi parte, he comprendido que la decencia no se desprende de la ideología sino al revés: bajo su costra de ideas cavernarias mi pariente era un hombre decente; en cambio, aquel responsable político que me examinó escondía bajo su fachada de marxista ortodoxo a un corrupto en ciernes y a un pobre pendejo.

La reflexión sobre la decencia es inevitable y necesaria ante lo que está ocurriendo en México desde julio pasado y hasta el momento, que es un triunfo casi inverosímil de la indecencia. A la mayor parte de la población no le cabe en la cabeza que un candidato corrupto, repudiado e impresentable esté a horas de convertirse en presidente de la república. Muchísima gente se ha desalentado y deprimido a raíz de la imposición perpetrada por la indecencia gobernante mediante el bombardeo propagandístico televisivo, a golpe de tarjetas Soriana y Monex y a punta de resoluciones leguleyas. Por eso es necesario hurgar en las razones que hicieron posible esta aparente involución y preguntarse seriamente si la bondad, la generosidad y la decencia pueden tener algún futuro ante la avaricia, la deshonestidad y la corrupción. Y eso es justamente lo que hace Andrés Manuel López Obrador en este libro No decir adiós a la esperanza.

Antes de eso, el autor reitera, amplía y perfecciona en estas páginas su radiografía del poder en México: la conformación de una pequeñísima oligarquía saqueadora que ha terminado por concentrar el grueso del poder económico, político y mediático. Luego, el autor ofrece un informe pormenorizado de su campaña presidencial, desde la gestación programática y política de su candidatura hasta el fraude consumado el primero de julio de este año.

Una reflexión al margen: significativo de las diferencias entre los candidatos que se disputaron la presidencia, este informe de López Obrador, tan pormenorizado y riguroso como un parte de guerra, que contrasta con lo hecho por los otros aspirantes tras las elecciones: Josefina Vázquez Mota se fue de vacaciones; Peña Nieto pasó a la clandestinidad con todo y su investidura comprada de presidente electo y Gabriel Quadri se reimplantó en el endometrio de Elba Esther.

La elección presidencial de este año le costó al país un dineral y el único de los participantes que rindió cuentas, que rinde cuentas puntuales ahora, a sus partidarios y a la ciudadanía en general, es Andrés Manuel López Obrador.

La tercera parte del libro está dedicada a mirar hacia adelante y a buscar un reacomodo a las esperanzas frustradas de mucha gente que no sólo creyó imposible la consumación de la suprema indecencia –es decir, la imposición de Peña Nieto en Los Pinos– sino que también avizoró como posible el inicio, este mismo año, de la transformación nacional impulsada desde el poder. Hoy puede verse que la tarea no tiene atajo posible. Desalojar del poder público a la oligarquía –y hacerlo en forma pacífica, tanto por razones éticas como por consideraciones pragmáticas– requiere de un trabajo permanente de organización política y de regeneración moral de la sociedad.

En el último cuarto de siglo el régimen oligárquico se ha robado la presidencia en tres ocasiones para imponer en ella a sujetos corruptos, mediocres, inescrupulosos y, salvo en el caso de Salinas, muy escasamente dotados de luces.

Una y otra vez se constata que no hay en México una democracia real y que el autoritarismo gobernante impera sobre un acanallamiento generalizado y opera, en parte, gracias a una pronunciada destrucción de principios éticos que él mismo ha propiciado.

El persistente discurso oficial ha destruido la moral gregaria que es característica histórica de la nación y ha buscado dislocar los mecanismos colectivos que estructuraban a la sociedad mexicana: el barrio, la banda, el gremio, la cofradía, la cooperativa, el sindicato, el ejido, la comunidad. En cambio, ha predicado el individualismo, la competencia, la sobreviviencia del más fuerte, el triunfo personal a costa de quien sea y de lo que sea. Hoy proliferan las actitudes egoístas y a guisa de valores morales han sido impuestas la competitividad, la rentabilidad, la utilidad máxima y el retorno de la inversión al plazo más breve posible. Esta distorsión explica en buena medida la violencia que padece el país. Cuando los capitales se inconforman con tasas normales del 10 por ciento anual incursionan en el negocio de la privatización de bienes públicos, mucho más rentables. Cuando se acaban los bienes públicos, se van a los contratos con el gobierno, que permiten márgenes astronómicos de ganancia. Y cuando no se sacian con eso optan por impulsar el narcotráfico, el secuestro y la trata de personas para que el sistema financiero tenga mucho dinero para lavar y la economía pueda parecer floreciente y dinámica.

Para hacer frente a la tarea de remontar la postración del país se requiere de un plan de acción definido y de una organización social capaz de emprender la transformación de fondo que se requiere. En años recientes López Obrador se ha dedicado a coordinar las aportaciones de diversas personalidades al primero y a promover la segunda: el Nuevo Proyecto de Nación y el Movimiento Regeneración Nacional (Morena). Pero no basta con eso. Se requiere, además, de una convicción moral para remontar el desánimo y la desesperanza. Lo que el autor propone en este libro es olvidarse de buscar una felicidad abstracta e inalcanzable y encontrarla en lo inmediato y en forma permanente en el servicio a los demás. De tal forma, si nos dedicamos a procurar el bienestar de nuestros semejantes, plantea López Obrador, podremos dedicar toda la vida a la transformación del país, viviremos felices y no habrá por qué decir adiós a la esperanza. Desde su perspectiva, la esperanza es inagotable.

Agrego que en esta lógica es posible, incluso en medio de la pudrición imperante, encontrar una manera de vida en la decencia, que más allá de sus acepciones cosméticas quiere decir recato, honestidad, modestia y dignidad en los actos y en las palabras.