1.11.12

Huesos, alma, recuerdo


Quedan tus huesos. Déjame guardarlos con amor porque en ellos se sedimenta tu historia desde que estabas en el vientre de tu madre hasta que terminaste de ser: se hicieron flexibles cuando naciste; crecieron y aprendieron a caminar contigo; fueron tu mobiliario y tu defensa; se empaparon de amor cuando tú amabas; se desplegaron con tu orgullo; te dolieron en las noches de frío y desamparo. Con qué velocidad corrían tus fémures, tus peronés y tus tibias. Con cuánta calidez abrazaban tus húmeros, tus cúbitos y tus radios. Qué locuaces eran tus maxilares. Cuánto cuidado ponía tu cráneo en proteger tu pensamiento. Qué sensualidad la de tu pelvis y la de tus ilíacos. Cuánta evolución y cuánta ternura en tus  falanges y tus metacarpos. Qué velocidad la de tus astrágalos, tus cuneiformes y tus falanges proximales. Qué gráciles tus vértebras desde las cervicales hasta el coxis. Cuánta solidez suspendida en el esternón y las costillas.

Permíteme poner en esos huesos que anduvieron contigo un poco del querer que te guardo. Me fueron próximos mientras vivías. No los vi ni los toqué pero sentí muy de cerca su fuerza, su abatimiento y su alegría, su suavidad y su dureza. Han ido saliendo a la luz de un tiempo acá mientras la muerte te despoja del resto. Los has ido pariendo en el trabajo lento de tu propia demolición en el fondo de la tumba, del osario o del imaginario: a fin de cuentas pueden haber pertenecido a cualquier persona y no tiene importancia que sean propios o ajenos o mezclados, que estén completos o incompletos, que sean sólo un pequeño fragmento renegrido por el tiempo, una figuración de Posada o de Vesalius o del anónimo escultor azteca que colocó tu cráneo en el ombligo de Coatlicue. 

No es tampoco relevante la distancia que la cultura ha ido poniendo entre los huesos de los que ya partieron y los que aún seguimos de este lado: qué importa que hayamos perdido la costumbre de ungirlos con aceites aromáticos, la de sacarlos al sol en los días de agosto o la de construir el espejismo de la integridad corporal sustituyendo las coyunturas blandas con cintas de terciopelo; de todos modos tus huesos  son el cimiento bajo mis pies, las marcas de la ruta náutica que vigilan y reposan en el fondo del mar, la evocación de las fotos y las ilustraciones o la inspiración que respiro en el aire como una presencia molecular, tenue y sin nombre, pero de todos modos amorosa.

No veo tus huesos como reliquias o fetiches porque no conservan tu gracia ni tu risa ni tu enojo ni tu llanto. No son tu esencia pero sí tu almendra.

No son tampoco el alma. Ésta se forma con
 la totalidad de los recuerdos y las imágenes que fuiste dejando en la conciencia de quienes no han emprendido aún el viaje hacia la nada: palabras tuyas que siguen resonando en la memoria de los tuyos; tu apretón de manos todavía presente en las manos de tus vivos; tu caricia recordada por su piel; tus manos en el torno; tus pies sobre la duela; tu regalo, tu consejo, tu reclamo, tu elogio, tu mirada silente, tu escucha ciega, tu tacto mudo, tu gusto sordo, tu olfato huérfano.

Los huesos van muriendo despacio hasta volverse polvo derrumbado en sí mismo; el alma habrá de disolverse conforme la vida de tu gente avanza hacia el futuro. Unos y otra, por lo pronto, están aquí, presentes en la felicidad del afecto y en la pena del recuerdo ingrato. Unos y otra se irán poco a poco y el nombre y el rostro que los une en nosotros se borrará hasta fusionarse en la noción incierta de los millones que nos precedieron y que hicieron posible nuestra existencia: descubridores del fuego, inventores de la rueda, pioneras de la alfarería, sacerdotisas y alquimistas, creadores de la épica y la lírica, comadronas de los rayos equis, domesticadores de la electricidad, abuelos transmisores de genes, madres del consuelo, padres de la aspirina, muertos todos, dadores de vida.

Por hoy, tu alma y tus huesos están presentes y para ellos es la ofrenda de estos días en los que el frío del invierno empieza a aterrizar sobre los pueblos.

Te ofrezco dulce de calabaza para la amargura de tu no estar. La luz suave de las veladoras no lastimará el vacío de tus órbitas oculares. Quemo incienso y copal pom que evoquen con sus volutas de humo una epidermis para la piel de tu alma. Sobre la mesa que he dispuesto para ti pongo cartas antiguas y jamás abiertas para que recuerdes el abecedario. Te sirvo pan y tamales para saciar las hambres que tuviste. Te doy agua para aliviar la aridez exasperante de la tumba. Aproximo una silla vacía para imaginarte en ella. Expongo tu retrato vivo para instalar en mí la ilusión de tu mirada. Te brindo un poco de licor para que sobrelleves tus penas difuntas. Decoro la casa con cempasúchiles frescos para que encarne en sus pétalos tu corazón perdido.

Esto no tiene nada que ver con el Diablo o con Dios, con paraísos o con infiernos, con espantos y aparecidos; es sólo un impulso para descifrarme y descifrarte en lo que queda de tus huesos, en lo que te queda de alma, en lo que permanece de ambas cosas. Es lo más parecido a un encuentro, con su parte de fiesta y su parte de tristeza, en este mundo, porque no hay otro, entre alguien que es y alguien que fue y de quien no resta sino huesos o cenizas y un alma menguante.

Tú deshabitas en el aire, en mi cabeza o en la tierra inaccesible debajo de una lápida, pero en estos días te has hecho presente con algo indefinible. Estás tan cerca como para hablarte, para tocarte casi, y poner ante ti una pizca de existencia. No están tu gracia ni tu risa ni tu enojo ni tu llanto. No está tu esencia pero sí tu almendra. Permite que comulgue con tu alma y con tus huesos. Déjame distraerte de la muerte por un instante y contagiarte con la vida que brota desde el abismo elemental y ciego del amor entrañable.



6 comentarios:

Lena dijo...

Conomvedor texto: tañes cuerdas emocionales de una manera diferente esta vez: ¡y cómo no! Te has lucido. Un abrazo

Lena dijo...

Y lo he vuelto a leer. Muy bueno, lo comparto pot toda esquina y reservo, auqnue a mis muertos amados siempre sé qué decirles y cómo, y cómo abrazarlos en ese re-cordar del que habló Eduardo Galeano alguna vez. Abrazo grande mi querido amigo

Antonieta dijo...

Qué hermoso texto. Muchísimas gracias Pedro. A los que tenemos la imaginación suspendida, u ocupada por el mundanal ruido, nos llega muy profundo. Saludos.

gerardo rojas dijo...

Pedro Pedro Pedro. Que le acabas de hacer a mi alma,que tremula se quedo con tu lectura. Yo creia que nada me movia en la lugubre tiniebla de estos dias. Pero al ver que hay belleza,en la imagen que a tantos crea pavor y no han pensado, en lo que con palabras sabias has mostrado que sera nuestro fin aun sin desearlo. Gracias Pedrom

Juan Escutia Vázquez dijo...

Maese Pedro, tus palabras están escritas bellamente con el alma, y son al mismo tiempo una fenomenología del ser. No cabe duda que eres capaz de crear atmósferas conmovedoras y remitir a los recuerdos personales más íntimos. Te confieso que Oli y yo llegamos a derramar lágrimas que compartimos besándonos al terminar la lectura, pues aprendimos o recordamos, ambos viejos ya, lo hermoso y efímero de la existencia. Gracias por la vivencia que nos abriste. Que la vida te bendiga siempre.

Juan Escutia Vázquez dijo...

Maese Pedro, tus palabras están escritas bellamente con el alma, y son al mismo tiempo una fenomenología del ser. No cabe duda que eres capaz de crear atmósferas conmovedoras y remitir a los recuerdos personales más íntimos. Te confieso que Oli y yo llegamos a derramar lágrimas que compartimos besándonos al terminar la lectura, pues aprendimos o recordamos, ambos viejos ya, lo hermoso y efímero de la existencia. Gracias por la vivencia que nos abriste. Que la vida te bendiga siempre.