4.5.99

Joaquín y los Balcanes


En su Nicaragua natal de la que nunca salió, aislado del mundo pero informado de su acontecer, Joaquín Pasos descubría en los saldos de la Segunda Guerra Mundial la confirmación de que, después de tantos siglos de conflictos bélicos, ríos de sangre, montañas de muertos y cordilleras de escombros, "sigue fiel el amor del cuchillo a la carne" (Canto de guerra de las cosas). Si ahora estuviera vivo, tal vez escribiría otra imprecación de largo aliento para mentarle la madre a Dios por la violencia de los Balcanes. En estos días pienso mucho en ti, Joaquín, hermano desconocido y remoto, tan contemporáneo en tu visión horrorizada de la guerra, tan lúcido en tu percepción de la tecnología de la muerte.

Entonces, ¿en verdad no ha cambiado nada desde la cintura del siglo hasta nuestros días de inminente cambio de milenio? ¿Son, la barbarie y la destrucción de nuestros días, en todo semejantes a las de hace cincuenta años? Me parece que no; que, a pesar de las víctimas civiles de Serbia y Kosovo, a pesar de la necedad y la frialdad de los dueños de la OTAN y de Milosevic, los peores excesos de violencia bélica de hoy nos colocan ante la evidencia de un vasto desarrollo ético, político y jurídico que ha tenido lugar, precisamente, en la segunda mitad del siglo.

Emprender un ejercicio de optimismo en torno a la guerra de los Balcanes puede parecer desalmado y cínico. Pero entre el bombardeo de Nagasaki y el de Belgrado, entre la solución final de los nazis y la limpieza étnica emprendida por el gobierno serbio en Kosovo, hay más que diferencias cuantitativas.

En la Alemania de los años cuarenta el antisemitismo tenía carta de legitimidad; era, incluso, lo que llamaríamos "políticamente correcto". Y cuando Estados Unidos entró al conflicto, matar alemanes y japoneses --todos los que se pudiera-- incrementaba el capital político de Roosevelt, de Truman y, posteriormente, de Eisenhower. En las postrimerías de la guerra, la aviación aliada (pero principalmente la estadunidense) bombardeó durante dos días y dos noches, sin parar, la ciudad de Dresde. La destrucción y la mortandad (cientos de miles de habitantes) fue mucho más abultada que en Hiroshima, pero pasó casi inadvertida. Era una acción innecesaria desde cualquier perspectiva táctica o estratégica; simplemente, había que matar a muchos alemanes. A los gobernantes de Berlín, por su parte, no se les pasó por la cabeza deportar de Alemania a los judíos (y a los gitanos, y a los comunistas, y a muchos otros grupos). Les pareció más rentable matarlos en masa y aprovechar la grasa de los cuerpos para hacer jabón y el oro de las dentaduras para financiar al Estado, con la amable y neutral colaboración de los banqueros suizos. Cuando el alto mando de Washington decidió lanzar bombas atómicas sobre dos ciudades de Japón, no sintió temor de causar "daños colaterales". Más aún, el propósito era justamente provocar bajas civiles.

Hoy, la OTAN no puede proponerse, simplemente, matar al mayor número posible de serbios. Cuando falla el sistema de guía de alguno de los proyectiles occidentales que caen en Yugoslavia y se provoca una matanza de inocentes, los gobiernos aliados experimentan un severo desgaste político entre sus propios ciudadanos. Cada tercer día, Clinton declara que no odia al pueblo serbio. Cada tercer día, Milosevic asegura que su lucha no es contra los albaneses sino contra los terroristas del Ejército de Liberación de Kosovo.

Al contrario de lo que ocurría en los años cuarenta, ningún Estado y ningún gobernante --ni siquiera Milosevic, ni siquiera Sadam, ni siquiera Clinton-- tiene hoy margen político para lanzar una propuesta de genocidio, y mucho menos de aniquilación masiva y total de un grupo humano. Los esbirros de Belgrado han perpetrado matanzas de kosovenses albaneses, pero no pueden plantearse exterminarlos a todos. Queman las casas de ese pueblo, violan a muchas de las mujeres, disparan contra muchos de sus hombres, pero una solución final está más allá de sus posibilidades, y no precisamente por falta de medios de muerte sino porque lo impiden los mecanismos civilizatorios (incipientes, imperfectos, embrionarios, exasperantes) de contención y de mediación logrados desde el fin de la Segunda Guerra Mundial: organismos, leyes y acuerdos internacionales, atribuciones de las sociedades civiles, creciente interdependencia y fortalecimiento generalizado de valores éticos universales orientados a la paz, a la preservación de la vida y a la convivencia entre seres diversos.


Lo anterior no atenua la atrocidad del bombardeo diario ni de la expulsión masiva y el exterminio selectivo. Pero, querido Joaquín Pasos, en medio del sufrimiento civil y el derrumbe de las máscaras políticas, y así sea con el afán de restaurarlas --bendita sea la hipocresía si frena en algo a la muerte-- en estos cincuenta años --el lapso de tu ausencia-- algo se ha enfriado el amor del cuchillo a la carne.

27.4.99

De Denver a Belgrado


Ahora han recogido a los muertos jóvenes y a los muertos niños, han limpiado la sangre y han reparado los destrozos. En Littleton, Denver, Colorado, queda una vida cotidiana salpicada de huecos. Seguramente, en el sitio de la matanza, quitarán de las aulas los 15 pupitres que quedaron libres para atenuar las ausencias. Las familias tendrán que acostumbrarse a un dolor inmune a los analgésicos y la policía del condado tendrá que reconstruir la gestación de los sucesos y encontrarle lógica a una historia que se resiste a tenerla. Pero, más allá de las explicaciones forenses, persiste la pregunta sobre el patrón de conducta de un ritual que ha causado, en los últimos tres años, cientos de bajas fatales en las escuelas estadunidenses.

Lo más sencillo fue atribuir al cine y a la tele la propagación de conductas violentas y criminales entre los escolapios del país vecino. "Consumir en la pantalla 20 asesinatos por hora --nos decíamos-- no puede no tener efectos secundarios y daños colaterales". Pero es una explicación ramplona. Según esa lógica, tendría que producirse, entre los jóvenes que visitan con asiduidad los templos católicos, y que se exponen, allí, a la contemplación de imágenes de extrema violencia, un número significativo de crucificadores, decapitadores, flechadores y apuñaladores de señoras dolientes.

La policía dice que los dos ángeles exterminadores acusados de la matanza --habrá que fincarles responsabilidades a sus cadáveres-- habían concebido un libreto mucho más devastador. Planeaban volar la escuela, causar medio millar de muertes, atacar viviendas vecinas, secuestrar un avión y estrellarlo en Manhattan. Las matrices de ese guión pueden, sin duda, inscribirse en el género de películas y series de desastre y en los abundantes thrillers impresos que conforman la parte sustancial de la cultura narrativa del estadunidense medio. Pero el deseo de causar bajas y escombros guarda parecido, también, con las incursiones de la OTAN en la Yugoslavia cada vez más ex (si siguen los bombardeos y las expulsiones, habrá que hablar de la ex ex Yugoslavia) y con los impulsos orgásmicos de Estado de descargar, de un golpe, los arsenales acumulados durante lustros.

La motivación de lo ocurrido en Denver, los desaires y las burlas de que eran objeto los exterminadores por parte de sus compañeros de escuela, también recuerda el orgullo herido de Washington y de sus socios cuando los representantes serbios los despreciaron en Rambouillet. Luego se dijo que los ataques contra Serbia tenían por objeto evitar una limpieza étnica que, por el contrario, ha resultado intensificada y apresurada.

O tal vez estos paralelismos son una mera alucinación y los ángeles kamikaze de Denver no tienen nada que ver con los ángeles que todos los días, desde hace un mes, depositan sobre Belgrado sus mensajes de muerte.

20.4.99

Hechos y dudas


Dos colibríes estúpidos entraron a la casa por la ventana que da al jardín. Ahora no encuentran el camino de salida y golpetean en los vidrios del tragaluz en busca de la libertad. Aunque ambas clases de seres tienen la potestad del vuelo, estos colibríes no se parecen a los aviones de la OTAN. No causan destrucción de ninguna especie, salvo la caída de unas cacas diminutas que se limpian con facilidad. Afuera tal vez resulten peligrosos para algunos pequeños insectos. Se dice que los colibríes viven exclusivamente de recolectar la miel de las flores con sus picos alargados, pero me parece dudoso. En algún lado deben hallar proteína para reponer el desgaste muscular de ese vuelo accidentado. De cualquier modo, mientras estos pájaros permanezcan atrapados aquí, los insectos y las flores del jardín estarán a salvo. Y además, los insectos no se parecen en nada a los serbios ni a los kosovenses. Mientras están vivos, los serbios y los kosovenses son primates y son humanos. Cuando mueren se vuelven un puñado de carbono, unas pequeñas nubes de gases, un residuo de fósforo y un dolor en la memoria; los insectos son artrópodos y son insectos y nadie, o casi nadie, lamenta que mueran. Los ecologistas deploran la extinción de especies enteras, pero no arman un escándalo por el asesinato de una hormiga, y menos si ese hecho de sangre se enmarca en una cadena alimenticia como la que podría vincular a las hormigas con los colibríes.

Es exasperante el ruido que hacen los picos de los colibríes al chocar contra ese muro transparente que perciben sin comprenderlo. Es angustiosa su situación, y poco lo que puedo hacer para remediarla. El tragaluz está a más de cinco metros de altura. Para atraparlos tendría que usar una escalera, y una vez trepado en ella carecería de la movilidad necesaria para atrapar a esos suicidas inconscientes. Querría cogerlos con delicadeza y devolverlos a su rutina de revoloteos libres e intrascendentes entre los perales del jardín. Allí morirían de todos modos, pero sin angustia, o quién sabe, y durarían vivos lo que tengan que durar. ¿Cuál es la esperanza media de vida de un colibrí? ¿Dos semanas, seis meses, setenta años? Aquí adentro, entrampados por su incapacidad para entender la lógica del vidrio, morirán mucho antes. Caerán rendidos de agotamiento con su estructura minúscula despedazada por los golpes en el tragaluz. Yacerán de espaldas, en una postura inconcebible para cualquier ave viva, con las patas crispadas por la muerte.

A falta de una red, de una carnada que los atraiga al piso o de argumentos para convencerlos de que nunca lograrán nada azotándose contra el vidrio, tengo la alternativa humanitaria de abreviar su agonía con el recurso del rifle de municiones. Obtendría, de esa forma, dos cuerpos tibios, unas gotas de sangre y un destrozo de vidrios esparcidos en la sala. Esto no es una alegoría del incendio en los Balcanes. Simplemente son circunstancias que ocurren al mismo tiempo. Los medios de información bombardean con noticias de nuevas bajas civiles y con imágenes de sufrimiento y muerte. Los colibríes bombardean con sus pequeñas cacas. Es mucho más difícil limpiarse el pensamiento de los reportes yugoslavos que hacer desaparecer las cacas de la superficie de los muebles. Los aviones occidentales bombardean a los serbios con boletos al más allá. Milosevic bombardea a los albaneses kosovenses con balas mucho más económicas. Sabrá Dios cómo lograrán limpiar ese desastre, si es que quieren limpiarlo.

Sé que es una pretensión idiota, pero siento que si logro devolver al jardín a estos dos pájaros revoloteantes, mejorará en algo la situación en Yugoslavia.

13.4.99

Montajes


Bajo la guerra con misiles y bombas en los Balcanes se desarrolla otra, menos letal, por medio de revelaciones históricas y reportes del presente que buscan la descalificación y el desprestigio de los contendientes. Y así se pretende hacernos creer, de manera alternada, que todo este conflicto es producto de una maquinación de la Alianza Atlántica para destruir lo que queda de Yugoslavia o bien que Milosevic provoca los ataques contra su país a fin de colocarse en posición argumentada para exterminar a la población kosovense de origen albanés. En el fondo de estas tomas de posición pareciera existir la idea de que el conflicto en los Balcanes es un gran montaje, una representación con efectos especiales, escombros fingidos y lágrimas de plástico. Pero ni los serbios que lloran frente a sus hogares destruidos, ni los refugiados que llegan a cualquier frontera, exhaustos, famélicos y a veces heridos, parecen tomar parte de una producción escénica con objetivos propagandísticos. No creo que los miles de expulsados de Kosovo se tomen la molestia de cargar niños enfermos en trayectos de decenas o cientos de kilómetros sólo para hacer quedar mal a Milosevic, ni que los propios habitantes de Belgrado estén dinamitando sus casas para desprestigiar a la OTAN.

Por eso, el alegar vestigios de heroica resistencia nacional en el régimen de Belgrado es, en las circunstancias actuales, tan obsceno como argumentar razones humanitarias del lado de la Alianza Atlántica, y lo mismo vale para la descalificación de uno de los bandos en abono del otro. El engaño --porque no hay guerra sin engaño-- está en otro lado.

Nos han vendido una lógica de bandos contrarios entre dos supuestas contrapartes que, a la vista de todo el mundo, han logrado ponerse de acuerdo en lo fundamental, es decir, en tirar la política a la basura y avanzar hacia un conflicto armado de gran escala. No descarto que, a estas alturas, hasta los mismos jerarcas de la OTAN y los propios funcionarios de Milosevic estén convencidos de ser los protagonistas opuestos de la confrontación. Esta es posible, sin embargo, porque ambos se han apegado a actitudes fundamentalistas en torno de sus respectivas causas: la defensa de la patria o la preservación de los derechos humanos. A la postre, una y otra se han vuelto discursos huecos, útiles sólo para tapar el desastre en que han desembocado.

En un lado del conflicto están, entonces, quienes aceptan jugar ajedrez utilizando como piezas la vida y el bienestar de la gente. Del otro está --lo sepa o no-- la gente misma, serbia o albanesa (por ahora; si la partida continúa, se le agregarán los macedonios, los bosnios y a ver cuántos pueblos más), hermanada a fuerza por el sufrimiento, por la muerte, por la destrucción y por la brutal expropiación de su soberanía individual: el gobierno yugoslavo y la OTAN toman decisiones en nombre de los verdaderos afectados, y en esto también se parecen, porque uno y la otra lo hacen siempre con tanta torpeza o con tanta maldad (da lo mismo) que cada nueva acción que emprenden contribuye a empeorar las condiciones, ya de suyo infernales, de los civiles serbios y de los civiles albaneses de Kosovo.

6.4.99

La doble moral de Hillary


Tras pasar la Semana Santa en Marruecos, en visita oficial, Hillary Rodham Clinton escribió en su columna semanal (Talking it over) un comentario elogioso a la dinastía marroquí, habló de los "ejemplos de Marruecos para extender el ámbito de la dignidad humana'' y aseguró haber testificado que el gobierno de ese país genera "un clima fértil para la tolerancia''. En su texto, la señora Rodham Clinton denuncia la maldad de Milosevic y sus designios de limpieza étnica en Kosovo, y emprende una convencida defensa de los ataques de la OTAN contra lo que queda de Yugoslavia.

Sin el menor ánimo de defender a Milosevic ni de ignorar sus atrocidades en Kosovo, las comparaciones de la primera dama estadunidense entre los regímenes de Rabat y Belgrado son una de las cosas más inmorales, convenencieras y falaces que he leído, porque --sin mencionarlo directamente-- la señora Rodham Clinton presenta a su anfitrión marroquí, Hasán, como un exponente de la dignidad humana y de la tolerancia, cuando es el máximo responsable de una operación de limpieza étnica y de anexión ilegal de territorios que ha causado grandes dosis de muerte y sufrimiento a la población del Sahara Occidental.

Qué bien que Hillary se preocupe por la suerte de los cientos de miles de kosovenses albaneses expulsados de su país por los esbirros de Milosevic --atizados en su odio, dicho sea de paso, por los desfiguros militares de la OTAN--. Pero es injustificable que omita los bombardeos con napalm y fósforo blanco --fabricados en Estados Unidos-- que los aviones de Hasán lanzaron contra miles de mujeres y niños saharauis, de los asesinatos políticos y las torturas --tanto de opositores marroquíes como de miembros del Frente Polisario--, de las condiciones actuales de los refugiados saharauis en el desierto de Argelia.

La primera dama de Estados Unidos nos ofrece, acaso sin darse cuenta, un rotundo ejemplo de esa doble moral que, a fines del milenio, resulta éticamente inaceptable: condenar el campo de concentración pero ignorar el gulag, o al revés, denunciar la pena de muerte en Estados Unidos pero adoptar un piadoso silencio sobre su vigencia en Cuba, o al revés, rasgarse las vestiduras por la tiranía de Sadam Hussein y darse abrazos con los reyezuelos totalitarios de la Península Arábiga, execrar al ex golpista (y ahora presidente) Hugo Bánzer y desmayarse de entusiasmo frente al ex golpista (y ahora presidente) Hugo Chávez.

Antes de su periplo por el Magreb, la autora del artículo recibió en su buzón electrónico (first.lady@whitehouse.gov) o en su aparato de fax (00 1 202 456 2461) cientos de cartas en las que se le recordó y explicó las atrocidades cometidas por el régimen de Hasán contra los saharauis, se le puso al tanto de sus reiterados sabotajes para boicotear las propuestas de la ONU orientadas a permitir que el Sahara Occidental ejerza su derecho a la autodeterminación y se le pidió que intercediera ante las autoridades marroquíes para que depongan su actitud. Y ahora, al final de su viaje, la primera dama nos sale con que el gobierno de Marruecos es un campeón de la dignidad humana. ¿Qué le costaba criticar a Milosevic y abogar por los refugiados kosovenses sin apuñalar por la espalda a los refugiados saharuis?

30.3.99

Al culpable de todo


Si un día te agrede Milosevic, no le pidas a nadie que te defienda. Escóndete en el bosque, disfrázate de serbio, refúgiate en otro país pero, sobre todo, procura permanecer vivo, porque de lo contrario no podrás hallarle ningún sentido a nada y tu lengua y tu garganta ya no podrán articular ese idioma distinto por el que ahora te persiguen ųpara darte muerteų miles de combatientes henchidos de patriotismo y afán de venganza.

En nombre tuyo y de tu vida, decenas de aviones de alta tecnología cruzan los cielos balcánicos, depositan huevos de muerte en ciudades aterradas y agitan y propician el avispero paramilitar que te amenaza. Obedecen a decisiones de Estado que no tienen mucho que ver con tu duro pan de refugiado, con tu tractor salvado de las llamas, con tu condición íngrima y polvorienta en este mundo. Qué saben de ella los perfumados políticos de Bruselas ųMercedes Benz con chofer, aire acondicionado, pluma Montblanc para firmar las órdenes de ataque, perro de raza en el hogarų, cuánto puede importarles. Qué fáciles son las decisiones humanitarias cuando se tiene el respaldo de una maquinaria bélica moderna y poderosa, cuando los bombardeos de beneficencia se producen a cientos o miles de kilómetros de distancia y cuando se dispone de todas las comodidades de la vida moderna, salvo de un espejo para descubrir la estupidez propia.

Pero tú sabes que el rostro de Milosevic no es un aeropuerto, ni un radar, ni una batería antiaérea, ni un sofisticado puesto de comando, sino un rambo serbio, casi tan sucio de tierra como tú, y con el cerebro lleno de bilis patriótica y la mochila repleta de parque para el fusil Kalashnikov que desea tu muerte. Para esa advocación de Milosevic, tú tienes la culpa de los incendios y de los cráteres que marcan el sitio de aterrizaje de los misiles, tú eres el responsable de los destrozos en la bella Belgrado, tú eres el rostro accesible de la OTAN, tú eres merecedor a la tortura, al descuartizamiento y a la incineración.

Los aviones de la Alianza Atlántica nada pueden contra tu verdugo. Mientras más daño le inflijan, mayor será el odio que te profesa. Si lo vencen en la guerra formal, recurrirá a las bombas caseras, al cuchillo de la cocina, a sus propios dientes. Sólo las medidas civilizatorias pueden derrotar la fobia.

Tus zapatos rotos y tu andar perdido y hambriento por las montañas de la frontera albanesa no serán obstáculo para que unos u otros, o ambos, terminen acusándote de todo, hasta de ser el causante de la tercera guerra mundial.

Sería lo menos importante. Ante los espejismos de la antigua Yugoslavia y el Kosovo independiente que te prometen para el futuro, este planeta hostil es tu única patria, y la vida, tu única certeza. Por ti, por mí, por todos, no dejes que te la quiten. Algún día, en Dobrinje, en Kukes, en Holanda, en las afueras de Belgrado o Tirana, en Honduras o en Washington, podrás sembrar para siempre tu pan de refugiado.

23.3.99

El nombre de Timor


El mar no es la única vía. También por Internet se puede navegar rumbo a Timor Oriental, desembarcar allí y descubrir que su nombre no es una evocación poética en malayo del aromático sándalo que esas tierras exportaban, desde tiempos ancestrales, al resto de Asia, sino un vocablo para designar, precisamente, el oriente. Así que esta mitad de isla, este pequeño país negado por el resto del mundo y masacrado por los sucesivos tiranos indonesios (con la complicidad de Washington, Canberra, Londres, Moscú y Lisboa) tiene un nombre absurdo, un pleonasmo en dos idiomas: juntas, la toponimia asiática, más su acotación occidental, significan Oriente del Oriente.

La isla completa, situada entre los paralelos 8 y 10 y entre los meridianos 123 y 127, entre los océanos Índico y Pacífico, tiene 470 kilómetros de largo por unos 110 de ancho en su parte más gruesa, y una superficie de 32 mil 350 kilómetros cuadrados de los cuales 19 mil corresponden a su porción oriental. 19 mil 152, para ser precisos, si se agregan los islotes de Ataúro y Jaco. En los 24 años transcurridos desde que Portugal sacó las manos de esa su ex colonia, circunstancia aprovechada por Yakarta para apoderarse de ella, los saldos de la represión son de unos diez muertos por kilómetro cuadrado, once con las bajas sufridas por las tropas de ocupación.

En 1975, cuando Indonesia se anexó el país, Estados Unidos enfrentaba un panorama de desastre en el sureste asiático y optó por dar manga ancha a los invasores. La vecina Australia encontró que podía ser más fácil negociar con los tiranos indonesios que con Portugal, y se calló la boca. Inglaterra descubrió que un Timor Oriental en poder de los gorilas locales era bueno para los intereses de Occidente. Moscú, por su parte, aplicó el principio de que el enemigo de su enemigo bien podía ser su amigo: diez años antes, el dictador Sukarno había mandado al otro mundo a unos 600 mil miembros y simpatizantes de un partido comunista de orientación pekinesa.

Timor Oriental y el Sahara Occidental fueron, a mediados de los setenta, la otra cara de la moneda de unos procesos de descolonización y de "liberación nacional" (Angola, Mozambique, Etiopía, Vietnam del Sur, Laos, Camboya, y un poco después, Nicaragua) que parecían avanzar por todo el Tercer Mundo, dos víctimas aisladas de potencias regionales vecinas y del ajedrez de la guerra fría.

A partir de la invasión indonesia, el Consejo de Seguridad y la Asamblea General de la ONU emitieron varias resoluciones pidiendo el fin de la ocupación, pero ninguno de los gobiernos poderosos hizo nada para aplicarlas. Tal vez las cosas habrían seguido el curso invariable del exterminio (Timor Oriental tenía 600 mil habitantes en 1975, y de entonces a la fecha los ocupantes le han asesinado 200 mil). Pero el 12 de noviembre de 1991 las tropas de Suharto abrieron fuego contra los asistentes al funeral de Sebastião Gomes, un presunto miembro de la resistencia timoresa asesinado la víspera. 271 personas murieron en el lugar. Hubo 382 heridos y otros 250 "desaparecidos", quienes, de acuerdo con testimonios de sobrevivientes, fueron arrestados y rematados a pedradas, o mediante la inyección de sustancias letales, en el interior de un hospital militar.

El mundo estaba ocupado en cosas más importantes (fue el año de la guerra contra Irak y el de la disolución de la URSS) y acaso no habría prestado mucha atención al suceso, pero entre los heridos había dos periodistas estadunidenses (Alain Nairn y Ami Goodman) que vivieron para contarlo. Quien tenga el hígado fuerte, puede encontrar fotos y fragmentos de video de la matanza en el servidor de la Universidad de Coimbra (http://www.uc.pt/Timor/stc2.htm).

La noticia llevó al Congreso de Estados Unidos a suspender la ayuda militar a Indonesia y, en general, introdujo una dosis de vergüenza y sentimientos de culpa en las hasta entonces impasibles cancillerías de Occidente. También contribuyó a la difusión del drama timorense el Premio Nobel de la Paz otorgado en 1996 al obispo Dom Ximenes Belo y al dirigente maubere José Ramos Horta. Pero no fue sino hasta la caída de Suharto, el año pasado, que se abrió una perspectiva real de solución para la autodeterminación del país negado. En una de sus primeras declaraciones en el cargo, el nuevo gobernante de Yakarta, el general Habibi, se refirió, por primera vez en cinco lustros, a la posibilidad de conceder a Timor Oriental un estatuto de autonomía. Pero, de aquí a la independencia de ese país pequeño y ensangrentado, falta todavía un largo camino de negociaciones. 

9.3.99

Deterioro


En enero del año pasado, en La Habana, Fidel Castro y Juan Pablo II emanaban hacia el mundo un impresionante poder residual y, en ese momento, combinado. El signo ideológico contrario de los dos cruzados resultaba superficial y anecdótico ante el tamaño de sus respectivas convicciones, sus certezas absolutas y la vasta inteligencia y experiencia política sedimentadas en cada uno de ellos. También impactaba la capacidad de mando de estos profetas, sobrevivientes de sus gestas, y la seguridad con que predican el sacrificio del prójimo, ya sea para impedir el derrumbe del último reducto del socialismo --antes se hablaba de su construcción--, ya para dar mantenimiento al camino que lleva al Cielo. La infinita preocupación de estos ancianos por el bien de la Humanidad no deja espacio para el disenso. Juan Pablo es infalible por derecho canónico; Fidel es el único y el último predicador vivo de una utopía terrenal que resultó mucho más ancha y pesada que su propia pista de aterrizaje.

Parecía, entonces, que el pontífice y el presidente buscaban en el otro no un factor de renovación, sino la ratificación de su inmovilismo. Así era. A Castro no le cabe en la cabeza la tolerancia si no es hacia entidades tan autoritarias --la jefatura vaticana, en ese caso-- como sus propios engendros políticos, o más. Wojtyla, por su parte, es capaz de tomarse la foto hasta con los correligionarios de Gierek y Jaruzelski, con tal de que le permitan desarrollar, sin trabas, sus actos masivos de mercadotecnia espiritual.

Ambos han mostrado recursos abundantes para seguir fieles a sí mismos en un mundo en donde se impone con rapidez el culto cínico y desparpajado (dicho sea sin juicio de valor) al bienestar y a la soberanía individual y egoísta, en el que la Historia se vuelve historieta y la Moral, moraleja, y en el que las rutas de la trascendencia --socialismo, paraíso-- se diluyen en un océano desordenado de necesidades vitales inmediatas y búsquedas compulsivas de satisfacción placentera. Hoy se piensa más en instalar MacDonalds cerca de los más hambreados que en cumplir la obligación de cubrir sus necesidades proteínicas y calóricas; actividades que antaño resultaban cargadas de contenidos trascendentes --el culto religioso, el sexo-- se desplazan al ámbito del esparcimiento.

Parecía milagroso que estos dos exponentes arcaicos del imperativo moral no perdieran la brújula en el planeta frivolizado, indiferenciado e irreverente de fines de milenio. Ahora, sin embargo, y en forma casi coincidente, los dos profetas muestran signos de agotamiento. La genialidad política de uno y otro, su capacidad de preservar sus dogmas y sus obras respectivas, parece llegar a su fin.

El paso de Juan Pablo II de abogar por la impunidad para Pinochet es una estupidez de Estado que coloca en graves problemas a la institución eclesiástica latinoamericana: en las reglas católicas el Papa es infalible, y he aquí que Wojtyla se pronuncia en contra de la justicia elemental y a favor de los asesinos y torturadores. ¿Qué "razones humanitarias" pueden sustentar semejante pronunciamiento? El Pontífice no puede rectificar, porque es infalible. Ahora sólo le queda convocar a un concilio que establezca un nuevo misterio (es decir, una verdad sólo asequible por la fe) y que coloque el supuesto derecho del sátrapa chileno a permanecer impune en el mismo rango que la virginidad de María.

Mientras tanto, en La Habana, y casi en las mismas fechas, tiene lugar una versión bufa, caribeña y ojalá incruenta, de los procesos de Moscú; un montaje jurídico de persecución ideológica y política contra algunos que quisieron pensar con su propia cabeza y fueron formalmente acusados, por ello, de colaboración con el enemigo. Es una injusticia grave y ofensiva, pero es también un disparate que va a hacerle mucho daño a lo que queda de la Revolución. Los verdaderos enemigos de ésta encontrarán, en los fársicos procesos de La Habana, mucha más gasolina de la que habrían podido proporcionarles  --si fuera el caso-- los acusados.

El deterioro de la inteligencia política es un espectáculo muy triste.

2.3.99

King ante la jeringa


Algunos opinadores de prensa de Texas dicen que describir a John William King como una bestia sería demasiado suave, además de ofensivo para con las bestias. Este joven de 24 años se inició en las lides de este mundo como bebé abandonado a los pocos meses de nacer. Fue adoptado por el tejano Ronald King y su esposa, quienes lo criaron y educaron en un entorno de ideas de derecha. John William las derivó al racismo, se hizo tatuar en diversas partes del cuerpo consignas supremacistas --orgullosamente ario-- y una cruz gamada, y el 7 de junio de 1998, en una carretera de Jasper, Texas, en compañía de dos amigos --Shawn Berry y Lawrence Brewer--, asesinó a James Byrd, un negro de 49 años que padecía de una incapacidad física, estaba borracho y pedía aventón. Los tres jóvenes indicaron a Byrd que podía subir a la camioneta. Luego hicieron un alto, lo golpearon, lo amarraron con cadenas a la parte trasera del vehículo y lo arrastraron por más de una milla hasta que el cráneo y un brazo se desprendieron del resto del cuerpo. De acuerdo con los peritos forenses, durante una buena parte del trayecto Byrd trató por todos los medios de mantener la cabeza despegada del pavimento. Luego, los tres muchachos tiraron los restos en la puerta de un cementerio para negros.

El viernes pasado, King fue condenado a muerte, y se convirtió en el primer blanco sentenciado en Texas a la pena capital por matar a un negro. Es probable que sobre sus compinches caigan sentencias iguales.

El fallo cuenta con la oposición de las hijas del asesinado, las cuales han manifestado su oposición a la pena de muerte. El padre adoptivo de King, por su parte, asegura, con los ojos llenos de lágrimas, que él y su difunta esposa invirtieron demasiado amor en este muchacho.

Este episodio legal constituye una prueba de fuego para quienes sostienen que el homicidio legalizado --mediante una inyección letal, en este caso-- es, en cualquier circunstancia, inadmisible y repudiable. Ocurre que King no tiene atenuantes: es un joven en pleno uso de sus facultades y, durante todos estos meses, las ha utilizado para sostener y argumentar --sin confesarse culpable-- sus idioteces racistas. Cometió su crimen con premeditación, alevosía y ventaja y no muestra señales de arrepentimiento. Por el contrario, durante todas las sesiones del juicio mantuvo una actitud desafiante.

En suma, King es un tipo abominable, carece del menor sentido de piedad y de sensibilidad humana y resulta extremadamente peligroso para la sociedad. ¿Merece, entonces, que le metan una dosis letal de veneno en el sistema circulatorio?

Yo pienso que no. Más aún, me parece que, de manera totalmente involuntaria, este joven nazi nos ha brindado a quienes nos oponemos a la pena de muerte un ejemplo extremo y utilísimo de su improcedencia.

King odia a los negros porque siente que amenazan la supremacía aria. Asesina a Byrd en forma atroz e introduce, en el apacible entorno social de Jasper, Texas, la ley de la jungla. Ahora King es una alimaña amarrada las 24 horas con un cinturón de alto voltaje --para impedir que intente una nueva agresión-- y la sociedad decide deshacerse de él por el método de la jeringa. Es lo más fácil. Así se evita el riesgo de que vuelva a matar. Además, al enterrarlo, se borrarían los excesos de un racismo subyacente, de clóset, que recorre el contexto social estadunidense pero que nunca debe pasar de los pensamientos a las palabras, y mucho menos a los actos. La sentencia de muerte contra King es, básicamente, un acto de defensa de los buenos modales.

Pero matarlo sería darle la razón; sería aceptar que la ley de la jungla es el único referente válido para las relaciones sociales.

Por lo demás, su ejecución impediría que John William King reflexione sobre lo que ha hecho. Si se le mantiene vivo, tarde o temprano este joven abominable podría explicarnos los sentimientos y los pensamientos que lo llevaron a la barbarie, y ese testimonio sería muy valioso para entender los mecanismos del odio.

Finalmente, King es un ser humano. Uno de los peores seres humanos, si se quiere, pero tiene derecho a seguir vivo.