Cuatro meses después, fuera de las
oficinas públicas, nada ha cambiado. Las autoridades municipales,
estatales y federales siguen violando los derechos humanos en el
marco de algo que ya no se llama guerra, pero que sigue siéndolo;
día tras día se suceden los combates (aunque la jerga oficial los
denomine enfrentamientos) entre dos o más de los difusos bandos de
la contienda, y la población del norte, del sur y del Golfo sigue
sin encontrar un solo motivo de alivio para la zozobra que padece
desde hace más de seis años: homicidios, secuestros, levantones y
extorsiones son, como en abril pasado y como en abril antepasado, el
pan de todos los días para los inermes y hasta para los menos
poderosos de los poderosos.
Así como el panismo priízado no tocó
las raíces de la corrupción histórica cuando accedió a la
Presidencia hace 12 años, hoy el priísmo empanizado se mantiene
fiel en lo general, excepto por el discurso, al modelo de
desestabilización violenta impuesto por Felipe Calderón desde el
poder presidencial. Y con el telón de fondo de la descomposición
imparable de las instituciones, proliferan en varios puntos del
territorio nacional nuevas gavillas, desgajamientos menores de
cárteles antiguos y organizaciones de autodefensa no más ilegales
que la abdicación del Estado a su obligación central y fundacional:
dar seguridad a la gente.
La guerra sigue, porque la población
no cabe en la economía, porque la autoridad se ausentó y no ha
regresado, porque se han llevado a sus últimas consecuencias las
lógicas de la competitividad, la productividad y la ganancia: sólo
el narcotráfico, la extorsión, el secuestro y el tráfico de
personas son más rentables que las privatizaciones, los contratos
mafiosos y las concesiones antinacionales que vienen siendo el modelo
ideal de negocio desde tiempos de Salinas.
Y así como el foxismo fue la etapa
superior del salinismo, el gobierno de Peña Nieto es el capítulo
siguiente del calderonato. No hubo, en el recambio operado por el
músculo del dinero en 2012, intención alguna de transición ni de
cambio; se trataba, por el contrario, de asegurar la permanencia de
las lógicas que rigen al Estado desde 1988. La única diferencia
real entre uno y otro es la habilidad discursiva (del régimen, no de
los gobernantes, entre quienes podría establecerse una eliminatoria
por el campeonato de torpeza verbal); mientras que los panistas de
Calderón no estuvieron lejos de confesar su odio hacia la plebe, los
priístas de Peña se dieron vuelo acuñando y promoviendo frases del
tipo Peña, bombón, te quiero en mi colchón, para regocijo de
algunos sectores femeninos de las clases populares.
La guerra seguirá en tanto a los de
arriba no se les acabe el negocio de liquidar al Estado en todas sus
instituciones salvo, tal vez, la presidencial. Que el sector privado
se encargue de las aduanas, de la seguridad, de las cárceles
(¿verdad, señor Mondragón?), de la recaudación y también, por
supuesto, de la educación, la salud, la generación de electricidad
y la extracción y el transporte de petróleo.
Lo que deja, en todo caso, es
garantizar la integridad de bancos, filiales de trasnacionales de
servicios y empresarios adinerados y sus familiares. Quién le va a
hallar cara de negocio a la protección de comunidades miserables y
remotas, de ciudadanos anónimos que transitan en masa por las urbes,
de jubilados y de jóvenes sin empleo ni escuela. Los segundos pueden
seguir nutriendo la cifra de lo que antaño se denominaba bajas
colaterales y que ahora ya no se llama de ninguna manera porque, por
disposición oficial, no se habla de eso.
La guerra seguirá, pues, hasta que la
gente diga ya basta y se dé cuenta de que el rey sexenal va desnudo:
desnudo de respaldo, de simpatías y de consensos, salvo los que
consigue a punta de repartición de prebendas entre las cúpulas
políticas formales.
Hay quienes ven en Jesús al Mesías que anuncia la llegada del reino de Dios en la tierra o el próximo fin del mundo. Otros lo perciben como un repartidor de castigos eternos para los incrédulos. Algunos piensan que el Cristo es una suerte de pseudópodo introducido por Dios en el acontecer humano para corregir algunas desviaciones graves de la especie. Muchos lo adoran como heraldo del amor a los semejantes, la generosidad y el perdón. Se le tiene como intermediario entre el Padre Eterno y los mortales. Hay cristianos ateos que simpatizan con la figura del Nazareno porque lo consideran un luchador social que dio su vida por un mejor futuro para los demás, una suerte de predecesor del Che Guevara. Algunos sostienen que era un mago o un iniciado; no ha faltado quien afirme que, en el camino que va del Calvario a la diestra del Padre, Jesús hizo escalas en Cachemira o en América del Norte, e incluso alguno ha escrito tonterías sobre su origen extraterrestre.
La percepción de Cristo genera consensos de escala civilizatoria (quién va a discutir que eso del amor al prójimo y a los desamparados es una cláusula a toda madre) y disensos de una profundidad tan abismal como las guerras de religión en las que los bandos se permiten a sí mismos asar personas y destripar pueblos enteros en nombre de la fidelidad a Él. Por supuesto, la figura de Jesús sirve también para realizar grandes negocios con la fe de los crédulos, tanto dentro como fuera de los cultos cristianos tradicionales. Por perseverancia predicadora convertida en músculo institucional e iconográfico, por agotamiento de la imaginación en las tierras dominadas por el cristianismo o por alguna otra razón, el judío insumiso que vivió en Palestina hace dos milenios y pico es tomado también, lisa y llanamente, como representación de lo humano, a partir de referencias evangélicas tal vez totalitarias o acaso distorsionadas: “El Hijo del Hombre” (ὄ ὑιὸς τοῦ ἀνθρῶπου) o Ecce Homo (ἰδοὺ
ὁ ἄνθρωπος) Sin embargo, el que las iglesias que reivindican a Cristo como guía se digan representantes de la humanidad, incluida la anterior a él, choca con el dato de que la mayoría de los miembros de la especie no forma parte de la cristiandad: ésta, sumando católicos, ortodoxos y protestantes de diversas denominaciones, cuenta con unos dos mil millones de feligreses (World Christian Data Base), cifra que es fácilmente superada por la suma de practicantes del budismo y el hinduísmo (unos dos mil 300 millones, en conjunto). En 2005 la Encyclopaedia Britannica indicaba que los cultos cristianos constituían un tercio de las feligresías mundiales, seguidos por el Islam (20 por ciento). Pero si a las religiones no cristianas se les suma el conjunto de los ateos y agnósticos (más de mil 300 millones en el año 2000, según la World Christian Encyclopedia, que hizo el favor de contarnos), resulta que la cristiandad representa a menos de una tercera parte de los seres humanos. Por lo demás, algunos pensamos que el cristianismo no equivocó su camino en los concilios de Nicea o Trento ni en el Edicto de Tesalónica sino desde que el propio Jesús de Nazaret, en vez de hablar a título personal o en nombre de sus seguidores, se presentó como hijo del Dios de todas las personas y exigió obediencia a la humanidad en general o a la porción de ella que alcanzaba a vislumbrar. Así lo indican las epístolas de Pablo de Tarso y los Evangelios, sinópticos o no –prácticamente las únicas fuentes para conocer el discurso del Mesías cristiano–, y semejante falta de respeto ha sido perpetuada por sus seguidores de todas las clases y a lo largo de los milenios hasta llegar, por ejemplo, al más reciente pontífice romano. Ciertos informadores aplaudieron a rabiar al Papa Francisco el pretendido gesto de “apertura” o “tolerancia” de estas palabras que dirigió a los periodistas que cubrieron su elección: “Como muchos de ustedes no pertenecen a la Iglesia católica y otros no son creyentes, de corazón doy esta bendición en silencio a cada uno de ustedes, respetando la conciencia de cada uno, pero sabiendo que cada uno de ustedes es hijo de Dios”. Es posible, en efecto, que entre los asistentes a ese encuentro, realizado en el aula Pablo VI del Vaticano, hayan estado dos o tres de esos mil 300 millones de individuos que no creen en ningún Dios; en todo caso, su falta de fe no significa que no sepan perfectamente quiénes son sus padres, y éstos no son el que el Papa dice. Otra: ¿por qué tenía que soltar la mentira manifiesta y de pretensiones totalitarias de que “la Iglesia de Roma [es la] que guía a todas las iglesias”? ¿Realmente piensa el nuevo pontífice que los dayanim mosaicos, los practicantes del sintoísmo japonés o las iyanifas de la santería no tienen otra cosa que hacer que esperar lineamientos del Vaticano? Tras varias relecturas del Nuevo Testamento y de otros textos sigue sin quedarme claro por qué crucificaron a Cristo –si por blasfemo, por levantisco, por incómodo o por otro motivo– y por qué aceptó sin vacilaciones un destino tan doloroso. Comoquiera que haya sido, lo que ocurrió tras la captura en Getsemaní fue una canallada imperdonable (pero de ninguna manera excepcional en su época, y ni siquiera en la nuestra) y, desde luego, resulta conmovedora la imagen de un hombre azotado, escarnecido y clavado o atado a un palo hasta que se le escape la vida. Tal castigo –como cualquier forma de pena de muerte, mutilación o lesión física– es inaceptable, incluso si quien la sufre es un ladrón, un asesino, un violador o un genocida. Más empatía y desgarro causa la escena si, como lo quieren los Evangelios, Jesús de Nazaret fue un amoroso, un defensor de los pobres y los desvalidos, o bien un profeta iluminado o un pseudópodo de Dios, o todas esas cosas juntas. Cuando se trata de usar aquella remota tragedia en un chantaje emocional, la transacción es inadmisible. Leído (y transcrito literal) en el sitio laverdadcatolica.org: “Mi querido Jesús: Tú, siendo Dios no tenías necesidad de sufrir todo eso, pero quisiste hacerlo por todos los hombres, ¡por mí!... porque sabías que con tu sufrimiento se me perdonarían todos mis pecados. Pagaste con tu sangre el precio de mi salvación. ¡Gracias Jesús por amarme tanto!” En un nivel menos primitivo, el discurso católico no sólo pretende involucrar a toda la humanidad en el asesinato de Cristo sino que incluso parece regocijarse con ese hecho de sangre que le es fundacional: “El misterio de Jesús de Nazaret, particularmente el misterio de su Pasión, ha sido, es y continuará siendo el parteaguas de la historia humana. Para los creyentes en Cristo no ha habido ni habrá una vida humana ni un evento humano con más repercusión en el grandioso panorama de los siglos.” (editorial de Ecclesia. Revista de cultura católica, enero-marzo 2004). Y así llegamos a la Pascua: días de ayuno y penitencia para aliviar culpas que no son de este tiempo ni de esta gente; días de dolor y muerte para conjurar la muerte y el dolor; de humillación propia ante la imposibilidad de atenuar la humillación del Salvador; de sangre derramada para lavar una sangre que se evaporó hace dos milenios: ¿la gran venganza del amoroso contra sus amados? ¿La victoria suprema del crucificado sobre los descendientes remotísimos –o ni siquiera– de aquellos por los cuales se dejó crucificar? Amor y paz, cristianos de todas las confesiones. Sufran o gocen entre ustedes estos días suyos de penitencia o vacación pero absténganse de poner un gorro de nazareno, y menos una corona de espinas, sobre la testa, de por sí sobrecargada, de la pobre humanidad.
Hay que pensarlo dos veces antes de
afirmar que algo es de papel desde que Mao Tse-Tung aseguró que el
imperialismo estaba hecho de ese material –una de las
características simplificaciones alegóricas que tanto le gustaban
al líder chino– aunque, a juzgar por lo que siguió, las supuestas
fragilidad y caducidad histórica de las potencias capitalistas fue
una apreciación harto apresurada. Así que más vale llamar
victorias escenográficas –es decir, de cartón, cartón-piedra o
tabla roca– a los recientes avances políticos del régimen
oligárquico mexicano.
Los avances en sí son indudables: aun
antes de hacerse con la Presidencia, el grupo de Peña Nieto empezó
por lograr la aprobación de un paquete legislativo antilaboral,
luego unció a los tres mayores partidos con registro a un Pacto por
México, acto seguido se deshizo de la más incómoda de sus alianzas
políticas –la que sostenía con Elba Esther Gordillo– y ahora
avanza en la aprobación de reformas legales que, entre otras cosas,
consagran el carácter empresarial y mercantilista de las
telecomunicaciones, restaura los poderes arbitrales de la cúpula
oligárquica sobre los poderes fácticos que la sustentan y entregan,
en forma antipatriótica, el mercado de la telefonía a capitales
foráneos. Asimismo, el régimen se apresta a consumar el sueño
neoliberal de poner en manos privadas los tramos más rentables de la
industria petrolera nacional, en una operación que reduciría a
Pemex a mera agencia de concesiones y licitaciones. Para compensar la
pérdida de recursos fiscales que significaría tal privatización
disfrazada, el grupo en el poder pretende, en forma paralela, lograr
la aprobación de una reforma fiscal que grave alimentos, medicinas y
libros y que extraiga de los bolsillos de las clases medias y de los
pobres los recursos que el Estado dejaría de percibir por la merma
de la renta petrolera, cuya mayor parte iría a parar, de aprobarse
las propuestas oficiales, a engrosar las utilidades de corporativos
energéticos transnacionales y locales.
No hay, pues, razones para dudar que el
gobierno de Peña Nieto y de quienes van con él está decidido a
aprovechar la descomposición de las oposiciones con registro –PAN
y PRD– y a adelantar lo más que pueda su agenda antipopular y
antinacional, montado en la atonía social causada por la imposición
presidencial operada en julio del año pasado. En su mayor parte, los
medios entregan la película de una ofensiva oligárquica a tambor
batiente que arrasa sin contrapesos parlamentarios o sociales a la
vista para restaurar una Presidencia imperial al viejo estilo.
Pero las cosas no son tan simples. El
equipo de Peña opera con un aparato de control político al que,
durante las décadas del neoliberalismo, se le ha mutilado muchas de
sus funciones y potestades y se le ha hecho abdicar a sus
responsabilidades constitucionales. La oligarquía gobernante
contemporánea es igual de autoritaria que el priísmo de antaño y
mucho más ladrona pero, a diferencia del viejo régimen, no brinda
movilización social, no entrega bienestar, no garantiza ni un remedo
de paz pública, no arbitra entre los sectores de la sociedad (porque
proviene de, y sirve a, sólo a uno: el empresarial, legal o
delictivo), no está interesada en la educación ni en la cultura y
carece de capacidad par impulsar el crecimiento económico: lo suyo
es medrar con la recesión, la pobreza, los rezagos educativos y la
marginación social.
El año pasado la oligarquía consiguió
mantener el control de las instituciones pero a un costo altísimo,
para éstas, de descrédito y de pérdida de representatividad.
Ejemplos: el IFE actual es la caricatura del que encabezaba Ugalde el
cual, a su vez, era ya un remedo corrompido del que presidió
Woldemberg; un movimiento espontáneo como #YoSoy132 elaboró una
propuesta de reordenamiento de las telecomunicaciones con mayor
lucidez y sentido nacional que el gobierno peñista y sus diputados
del Pacto por México; para hacer frente a la tragedia de la
inseguridad, el actual gabinete no ha mostrado más imaginación ni
más recursos políticos que la mafia calderonista, la cual veía la
violencia como un asunto de “percepción” y se empeñaba, en
consecuencia, en minimizarlo con acuerdos y encuentros burocráticos,
anuncios de victorias espectaculares y toneladas de dinero invertidas
en publicidad mentirosa.
El régimen avanza en su ofensiva
antinacional y antipopular pero el avance tiene lugar sobre la delgada cáscara de instituciones
vaciadas de contenido, representatividad y significación; cuenta con
los dineros públicos, las corporaciones represivas y los corifeos de
los medios. Y a falta un país que camine, por convencimiento y por
consenso, en la misma dirección, se ha inventado un México
escenográfico que, en los primeros 100 días de un nuevo gobierno,
camina con paso firme en la solución de sus problemas.
Un diálogo con palabras reales e
históricas: las que decía el general Efraín Ríos Montt (ERM),
presidente-dictador de Guatemala entre el 23 de marzo de 1982 y el 8
de agosto de 1983 (y quien hace un par de días se convirtió en
procesado por genocidio), las que consignó la Comisión para el
Esclarecimiento Histórico de la ONU (CEH) establecida el 23 de junio
de 1994 en el marco del Acuerdo de Oslo, y que concluyó su tarea con
un informe titulado Guatemala: memoria del silencio,
y algún caso mencionado enel documentoGuatemala: nunca máselaborado porel
Proyecto Interdiocesano de Recuperación de la Memoria Histórica
(REMHI). Los fragmentos de ERM están tomados de Los discursos de domingo de Efraín Ríos Montt: ¿Un Discurso Evangélico?
(Virginia Garrard-Burnett, Instituto de Estudios
Latinoamericanos, Universidad de Texas.
Los que siguen son, por supuesto, sólo unos poquísimos ejemplos de
las palabras y de los actos.
ERM: Amnistía quiere decir perdón, la
nación en aras de la unidad de la familia pretende perdonar, quiere
perdonar, está extendiendo su mano, la patria su abrazo, su regazo
para que vuelvan a ella sus hijos, los hogares esperan la presencia
de sus familiares [...] el que perdona se ennoblece, el que acepta el
perdón es una persona noble, hagamos de nuestra patria algo noble.
(29/05/1982)
CEH: Manuel Toll Canil murió después
de cuatro machetazos. Antonio Castro Osorio fue macheteado seis
veces; en una de las tandas intervino incluso un familiar; pero como
tardaba en morir, un soldado le dijo al teniente: '¿Qué vamos
a hacer? Éste no se muere.' El teniente ordenó que le partieran la
cabeza. Entonces, el soldado le quitó la cabeza. (Caso Ilustrativo
53, San José Sinaché, Zacualpa, Quiché, 05/1982)
ERM: Óiganme bien, guatemaltecos:
vamos a combatir la subversión por los medios que quieran,
totalmente justos, a la vez con energía y rigor. Estamos dispuestos
a cambiar Guatemala, estamos dispuestos a que reine la honestad y la
justicia; paz y respeto para aquellos que son pacíficos y respetan
la ley. (30/06/1982)
CEH: Pedro Ramírez Ajmac, su esposa e
hijos y su hermano Tomás salieron de Chacagex hacia la aldea
Chuahoj, cuando vieron que por el camino se acercaba un grupo de
patrulleros de San Sebastián. Al verlos, Tomás huyó de inmediato
pero Pedro salió corriendo después y le dieron alcance, lo ataron
de un pie al vehículo y se lo llevaron arrastrándolo
aproximadamente dos kilómetros hasta llegar a la sede de la
patrulla de San Sebastián. Llegó en un estado terrible; aparecía
con graves heridas, en especial, en el rostro; su esposa e hijos
corrían detrás de él gritando y llorando por lo que le estaban
haciendo. Pedro pidió agua a los patrulleros y el jefe de las PAC le
ofreció orina. Después los demás patrulleros hicieron una hoguera,
lo quemaron, abrieron una fosa y lo enterraron. (Caso 16016,
Sacapulas, Quiché, 06/1982)
ERM: Somos una nación sin identidad,
nuestras raíces no las conocemos [...] la identidad de una
nacionalidad está precisamente en la comprensión y la interrelación
entre historia, entre abuelo y nieto, y ese enlace que es papá y
mamá. (13/06/1982)
REMHI: Llegó un pelotón de soldados,
guiados por Fernando Jom Cojoc (patrullero civil de ese lugar), que
dijo: 'Ellos son guerrilleros y ahí está la prueba, las hojas de
los tamales que han quedado, ya que ellos alimentan a la guerrilla'.
Y los soldados, sin hacer pregunta alguna, los amarraron a todos
dentro de la vivienda, rociaron con gasolina la casa y le prendieron
fuego. Todos murieron quemados. Entre ellos un niño de
aproximadamente 2 años de edad. (Caso 3164, Aldea Najtilabaj, San
Cristóbal Verapaz, Alta Verapaz, 1982)
ERM: En usted y en su casa hay
entendimiento de lo que es la patria; patria es amor, patria es el
sentimiento de nación, nación es resultado de Estado y de país a
la política tiene que ser raíz de tierra nuestra. (18/07/1982)
CEH: En Santa Marta el Ejército
capturó a tres refugiados y luego los llevó al destacamento en
Ixquisis. Allí los pusieron en un horno de cardamomo donde los
quemaban cada día poco a poco, a fuego lento. Esto duró unos tres
días. Las víctimas estaban en muy mala condición, con muchas
quemaduras. El cuarto día obligaron al hijo a matar a su
propio padre con un machete. Después de esto, los soldados mataron
al hijo con sus armas de fuego”.(Caso 5296. Barillas,
Huehuetenango, San Mateo Ixtatán, 07/1982).
ERM: Guatemala es una gran nación y le
explico por qué: por la excelencia de su alma y porque usted, como
hombre o como mujer, sabe cumplir con su deber de esposo, de esposa,
de hijo, de hija, por eso es grande y es fuerte, porque fuerte es
usted, que da el ejemplo, que teme a Dios y que da a su Patria toda
su alma, todo su amor. (22/08/1982)
CEH: Pusieron a los cuatro hombres, dos
de ellos muchachos, en una pila de agua durante ocho días. Durante
estos días los cuatro no recibieron comida y fueron pateados y
golpeados duramente. Después de los ocho días, los pusieron en la
secadora de café del dueño de la finca. Echaron fuego a la secadora
y durante tres días calentaron a las cuatro personas, quienes poco a
poco se murieron de calor y sed. (Caso 6176. San Mateo Ixtatán,
Huehuetenango, 08/1982).
ERM: Entre nosotros hay miseria,
nuestra pobreza es de valores, de respeto, de honra a los demás, de
falta de servicio, de ausencia de honestidad, de falta de amor, de
ignorancia. [La] pobreza es de hombres, hace falta en Guatemala
hombres íntegros, decentes, honestos, verdaderos, honrados, dignos
de su hombría, una hombría que se fabrica en base a una cosa muy
sencilla: cumplir la ley, hacerla cumplir”. (05/09/1982)
CEH: El 15 de septiembre de 1982
regresábamos con mi padre del mercado de Rabinal. Nos detuvieron los
soldados cerca del destacamento y nos encerraron por separado. Me
quitaron la ropa a tirones, todos se subieron, el capitán primero,
ocho soldados más [...] los demás me tocaban, me trataban muy mal y
entre ellos decían al que estaba encima que se apurara, a mí me
decían que me moviera y me pegaban para que me moviera. De pronto vi
que entraban con mi papá, estaba muy golpeado, lo sostenían entre
dos. Yo estaba desnuda sobre una mesa, y el capitán le dijo a mi
padre que si él no hablaba lo iba a pasar mal. Entonces hizo que los
hombres que tenía ahí comenzaran a violarme otra vez. Mi padre
miraba y lloraba, los hombres le decían cosas, él no hablaba, yo
estaba cansada, ya no gritaba, creo que también me desmayé, pensé
que me iba a morir, no entendía nada. Yo no creo que mi papá fuera
guerrillero, no sé qué querían. De pronto el capitán pidió un
machete y le cortó el miembro a mi papá y me lo metió a mí entre
las piernas. Mi padre se desangraba, sufrió mucho, después se lo
llevaron. A mí me dieron otra ropa y me dijeron que me fuera. Le
conté a mi marido lo que pasó, él me contestó que el Ejército
tenía el poder, que no se podía reclamar, que si yo no hubiese ido
al mercado nada me habría pasado. Un mes después mataron a mi
marido. (Caso 9364, Rabinal, Baja Verapaz, 09/1982)
ERM: Una actitud mística, una actitud
creadora, una legitimidad nacional cuyo fundamento se encuentra en el
cumplimiento de la ley, respeto a la justicia, la veneración a lo
sagrado, la admiración a nuestro paisaje, fe en la verdad, orgullo
de nuestra cultura, y práctica del bien en beneficio de nuestros
conciudadanos. (21/11/1982)
CEH: En El Naranjo Roberto Castillo
Manzanero fue capturado en la noche. Lo torturaron cortándole los
dedos de los pies y las manos, luego los pies y manos, y así
prosiguieron poco a poco hasta que sólo quedó el torso y la cabeza,
y murió desangrado. (Caso 10195, La Libertad, Petén, 11/1982)
ERM: Tenemos que darnos cuenta que la
identidad nacional es otro de los propósitos del Gobierno: la
identidad nacional es conjugar nuestra nacionalidad, que es fruto de
país y de pueblo; [debemos] conjugar esa nacionalidad y dar una
proyección, dar un carácter, dar una imagen de Guatemala al mundo
que somos un país diferente. (12/12/1982)
CEH: Los militares reunieron a 150
hombres en el cementerio del pueblo. Allí, un “guía” (delator encapuchado), después de ser fuertemente presionado y
amenazado por el oficial, señaló como guerrillero a Diego Nato, un
patrullero joven, y éste señaló entonces a Santos López Tipaz,
también patrullero. 'Sólo yo soy guerrillero, yo no voy a entregar
a ninguno, si me matan me matan a mí, pero a balazos, no quiero que
me amarren y me torturen', exclamó Santos López, y, en un intento
desesperado por escapar, salió corriendo. Fue acribillado a tiros
por el teniente. Acto seguido, comenzaron a torturar a Diego Nato.
Estaba en el piso, lo golpearon, lo patearon, le sacaban pelos a
montones. Nato dio los nombres de otros patrulleros, que fueron
detenidos (...). 'Hay que sacar los que están podridos, para que no
pudran a los demás (...)', reprendió el oficial. A continuación
ordenó a los patrulleros que pasaran, uno por uno, y que cortaran el
cuello de sus compañeros (los recién nombrados por Nato bajo
tortura), hasta matarlos. Un testigo presencial afirma que debieron
hacerlo 'hasta quitarles la cabeza; también tuvimos que darles
con piedras y palos.' De esta manera el Ejército obligó a los
hombres de Cucabaj a matar a sus vecinos Santos López López, Tomás
Ventura González, Tomás López Tiño y Diego Ventura López. Diego
Nato también señaló a Tomás Lux, Juan González y Miguel Lux
Tiño. Estos, junto con quien los había delatado, fueron llevados
detenidos por los militares, que reanudaron las torturas para
obtener más nombres de guerrilleros de la comunidad. (Caso Ilustrativo 43, Cucabaj, Santa Cruz, Quiché, 12/1982).
“La mayoría o casi la totalidad de adultos esta vendado de ojos pero los niños y niñas, no. Pareciera que los militares querían que fueran testigos de lo que allí pasaba. En una de las fosas se encontró a 43 niños, 15 mujeres y dos o tres hombres ancianos”.
A cien días de asumir la Presidencia,
Enrique Peña Nieto ofreció resultados a la oligarquía que lo
impuso en el poder y al resto de la sociedad le ofreció un repaso de
sus promesas de campaña. En lo inmediato, Peña logró uncir a la
formalidad política del país –una cáscara rajada y cada vez más
precaria– al proyecto de gobierno: un “gobierno fuerte”
instituido sobre la base, según se quiera ver, de “acuerdos y
consensos” o bien de negociaciones para repartir prebendas y cuotas
entre tres franquicias electorales, las mayores, que se representan
muy bien a sí mismas; consiguió, además, imponer una reforma
educativa privatizadora y contraria al sentido constitucional de la
enseñanza gratuita; por añadidura, empezó a gestionar la agenda de
venganzas políticas de su mentor, Carlos Salinas, mediante el
encarcelamiento de Elba Esther Gordillo y el descobijo de Ernesto
Zedillo, a quien Calderón dejó en herencia una solicitud de
impunidad ante la justicia estadunidense; asimismo, el régimen se
apresta a establecer nuevas reglas de arbitraje y mediación entre
los consorcios que se reparten el grueso de las telecomunicaciones
del país con el propósito de impedir enfrentamientos entre éstos,
mas no para democratizar en modo alguno el acceso a los medios ni
para desmontar la red mafiosa que vincula a los concesionarios con
las facciones principales de la clase política. La apertura, en todo
caso, no será hacia la sociedad sino hacia los capitales mediáticos
extranjeros.
Fuera de esos logros, que constituyen
buenas medidas de afinación y ajuste para que el régimen
oligárquico siga funcionando, el resto es una andanada de promesas
huecas y gestos demagógicos y ofensivos, como esa “cruzada contra
el hambre” –que es en realidad un perfeccionamiento de los
mecanismos electoreros para cambiar comida por votos para candidatos
oficialistas–, o como la transformación del “70 y más” en una
limosna para mayores de 65 años, una imitación reducida, devaluada
y atrasada de la pensión universal para adultos mayores que propuso
López Obrador en 2006. La medida es esclarecedora por cuanto
constituye un ejemplo de lo que Peña y su grupo consideran “un
piso básico de bienestar social en el que todos los mexicanos tengan
cubiertas sus necesidades elementales”: 17.50 pesos diarios, es
decir, 38 centavos de dólar por encima de la línea trazada a tontas
y a locas por el Banco Mundial, hace ya algunas décadas, para
definir el umbral de pobreza extrema.
Particularmente patética es la
alharaca peñista sobre las medidas contra la delincuencia y la
violencia, habida cuenta que esos dos fenómenos se mantienen en los
mismos niveles a los que fueron llevados por el calderonato y, lo más
triste, que no hay perspectiva alguna de que amainen porque son
expresiones de la extremada descomposición del régimen político y
de la doctrina económica imperante.
Otro “logro” de entre los
enumerados es que “se está trabajando en una Ley Nacional de
Responsabilidad Hacendaria y Deuda Pública” para “prevenir el
endeudamiento excesivo de algunas autoridades”. Se sospecha que
algunas entidades gobernadas por priístas se endeudaron en forma
obscena en 2011 y 2012 justamente para sufragar los astronómicos
gastos de campaña del orador; la promesa, entonces, es tapar el pozo
una vez que se ha ahogado en él la democracia.
Entre la repetición de promesas de
campaña que se oyen mal en boca de alguien que se ha mandado a hacer
tarjetas de presentación con el título de presidente de la
República, Peña tuvo un detallazo para con los jefes del PAN y del
PRD: les agradeció que se hayan comprometido “con los cambios que
necesita el país”. El gesto fue como exhibir las cabezas disecadas
de los respectivos dirigentes en el salón de trofeos del Palacio de
las Cooptaciones. Lo gracioso es que ahora las piezas expuestas dicen
con voz lloriqueante que cómo es posible que ahora resurja el poder
absoluto y el autoritarismo, o bien que no ha cambiado nada, y que
no, que qué barbaridad, que esto no tiene nada que ver con lo que
ellos mismos firmaron.
Él adujo motivos de edad y de salud
pero llama la atención que el primer Papa dimitente en siglos sea,
también, un pontífice sumamente inepto que causó daños severos a
la iglesia católica. Si se trataba de la relación con otros cultos
cristianos o con otras religiones, Jospeh Ratzinger solía meter la
pata y muchas de sus declaraciones, lanzadas desde la razón
escolástica, si no es que patrística, causaron irritación
justificada entre musulmanes, judíos y protestantes; en el ámbito
político el ahora renunciante no fue capaz de formular una
definición clara; en el terreno administrativo el Papa alemán
mantuvo intacta, para mal, la proverbial opacidad del Vaticano, en un
entorno planetario que reclama transparencia, y lo hizo en forma tan
torpe que se le escaparon documentos escandalosos nada menos que por
vía de su mayordomo, Paolo Gabriele; en lo social el papado de
Benedicto XVI ha sido tan repelente como el de su antecesor a los
dramas causados en el mundo por el modelo neoliberal y se ha
conservado como activo promotor de la discriminación contra las
mujeres y las minorías sexuales.
Peor aun, a pesar de las fuertes
declaraciones, la iglesia católica no ha querido o no ha podido
actuar con dignidad, verdad y justicia ante el patrón de abusos
sexuales cometidos por miles de sus integrantes en contra de mujeres
y menores de ambos sexos, lo que se ha convertido en una de las
razones máximas del descrédito del clero afiliado a Roma.
Pero las mayores catástrofes del
catolicismo en tiempos de Ratzinger ocurren en los ámbitos de la
catequesis, la pastoral y el trabajo apostólico. El Vaticano ha
abandonado a su suerte a los prelados y a las organizaciones
católicas que buscan mejorar las condiciones de vida de los fieles y
atenuar el sufrimiento social, y ha sido incapaz de enfrentar el
avance de otros cultos y religiones en los mercados espirituales
tradicionalmente católicos. En los casi ocho años del pontificado
de Ratzinger, millones de católicos han transitado a las más
diversas variedades de protestantismo, budismo e islam, y muchos más
han caído en garras de esas empresas transnacionales que,
disfrazadas de religiones, realizan negocios inescrupulosos
aprovechando la credulidad y la ignorancia. Juan XXIII cimentó la
influencia mundial del Vaticano en un sólido trabajo pastoral y en
el aggiornamiento operado en el marco del Concilio Vaticano
II; Paulo VI fue un político sensible y un promotor del ecumenismo;
Juan Pablo II apostó al sex-appeal mediático para imponer sus
posturas reaccionarias en todos los terrenos. Benedicto XVI, en
cambio, ha estado colgado de los clavos ardientes de un pasado
autoritario y de un perfil de teólogo dogmático. En un mundo
atenazado por la desigualdad y el hambre, la discriminación, la
corrupción, los crímenes de guerra, las epidemias, la crisis
ambiental, las recesiones y la globalización delictiva, Ratzinger
optó por combatir al Demonio y al pensamiento liberal.
Es cierto que la edad y los achaques
pesan y puede ser que esas sean las razones reales y únicas de la
abdicación del alemán al trono de Pedro; puede ser incluso que haya
tenido presente la agónica tortura de su antecesor, quien se veía
obligado –por la burocracia vaticana y acaso también por sí
mismo– a emprender viajes a remotos destinos trasatlánticos
cuando lo que necesitaba era más bien el traslado a una sala de
cuidados intensivos. Pero podría ser, también, que la burocracia
vaticana haya sopesado los saldos de desastre del papado de Ratzinger
y que optara por hacer lo que hacen los consejos de administración
con un gerente inepto: pedirle la renuncia. Por desgracia, no hay
motivos para suponer que la opacidad característica del Vaticano se
disipe en el corto plazo y quién sabe si lleguemos a saber los
motivos verdaderos de esta dimisión. Por lo pronto, no hay Papa.
La Capitana es menuda y tiene la voz y
los rasgos suaves pero su risa es de una hondura inesperada. Bajo un
manto de tranquilidad y de inocencia hierven en ella los oficios, los
libros y la música. La Capitana borda, hace origami con vidrio, sabe de
agricultura y de comercio, y camina por los laberintos de la
maternidad con amor y con certeza, como si fueran una avenida recta y ancha; conoce los
secretos de la cetrería, entra y sale indemne de un escenario y
además, por supuesto, es capaz de navegar con rumbo de barlovento y deescamotear la embarcación a las
garras de la tormenta. En la cama,
por el contrario, sabe invocar tormentas y lluvias copiosas y hacer
que confluyan los ríos de dos cuerpos con recursos precisos de piel
y de ternura. En la vida ha sorteado los tiempos de aridez y los tiempos de peligro y sigue de pie o, mejor dicho, sigue caminando. Algunos pensarán que La Capitana es un personaje de
ficción, pero qué va: es una mujer de carne y hueso y en lo anotado aquí no hay nada de metafórico.
Uno se aleja del papel impreso o éste se aleja de uno conforme el texto va trasvasándose hacia los discos duros, las memorias USB, las tablet o la próxima baratija que salga al mercado la próxima primavera. Por alguna razón (posiblemente, vergüenza) el año pasado sentí la necesidad de frenar la máquina y regresar a la tinta sobre celulosa y devoré papel como no lo hacía desde décadas atrás.
Si se desea leer con método y estructura, para eso están las carreras universitarias y los posgrados. Lo mío ha sido siempre, más bien, una ensalada de temas, géneros y épocas, y así seguirá siendo. Tampoco soy lector de novedades, y lo mismo se me planta en las manos un libro de 1930 que uno recién salido de las prensas. No creo en los rankings ni en los “top 10”. La pregunta esa sobre “los tres libros que han macado tu vida” es imposible de responder, sea porque no has leído ninguno, como Peña Nieto, sea porque leíste más de cuatro, y entonces ya te resulta imposible formular una respuesta honesta. Igual de boba es la cuestión de la lista de títulos que llevarías contigo a la isla desierta o al refugio nuclear. De modo que no es fácil presentar un informe de lectura mínimamente racional. Pero haré un intento por escribir sobre lo que, por un motivo o por otro, me resultó más significativo en los pasados 12 meses, y ahí va.
El más divertido:Tratado de las supersticiones de Pedro Ciruelo, edición facsimilar de la de Barcelona de 1628, UAP, 1986. Es un libro originalmente publicado en 1541 en el que el autor, como lo explica María Dolores Bravo en su prólogo, realiza un desesperado intento por clasificar pensamientos y prácticas que considera desviadas de la fe católica tal y como la entendía su segmento más ortodoxo. La tarea no es fácil porque en el momento en que el texto fue escrito el imperio español estaba infestado de gitanos nigromantes, conversos al protestantismo e indios idólatras, por no hablar de los judíos y mahometanos que aceptaron el catolicismo sólo de dientes para afuera y por la justificada razón de que no querían ser expulsados de España ni acabar en las parrilladas que organizaba el Santo Oficio. Para colmo, muchos cristianos viejos se dejaban llevar, entonces como ahora, por “ceremonias vanas” como “hacer la oración estando la persona derecha en pie, y se ha de decir tantos días ni más ni menos, y sin faltar en medio”, o con “los brazos abiertos en cruz, y no ha de mudar los ojos a cabo alguno, sino mirar de hito a una cosa”, o “que se diga con tantas candelas y de tal color”. Ciruelo advierte que “el pecado de esta manera en la oración es propiamente supersticioso, especie de idolatría y de hechicería, porque pone al hombre esperanza en ceremonia vana, que de sí no tiene virtud alguna para hacer aquel efecto y es un artificio que halló el Diablo para enredar a los malos cristianos en vanas ceremonias muy abominables a Dios y a sus santos”.
El más repulsivo:Calderón de cuerpo entero de Julio Scherer García, Grijalbo, 2012. La personalidad del que usurpó la presidencia de México entre 2006 y 2012 se proyecta, de manera inevitable, en los saldos de miseria, corrupción, violencia y sometimiento a los que llevó al país, y que están a la vista. Pero Scherer, en un texto articulado por sus pláticas con Manuel Espino, Luis Felipe Bravo Mena y otros panistas o ex panistas destacados, exhibe el comportamiento en corto de un hombre que se encuentra más allá de cualquier contención y del menor escrúpulo, un sujeto que convierte su insignificancia en odio, rencor y desconfianza hacia los demás y hacia el mundo en general. Y aunque uno, como lector, crea conocer la perversidad del régimen neoliberal y oligárquico, no deja de sorprenderse de que un hombre que sufre de carencias emocionales tan manifiestas y estremecedoras haya sido colocado en el cargo más importante de la administración pública, a pesar de los peligros evidentes que la movida conllevaba, a fin de salvaguardar las oportunidades de rapiña y depredación instauradas desde tiempos de Salinas para un pequeño grupo de logreros. Más allá del retrato personal, el librito del fundador de Proceso confirma y documenta en algunos de de sus pasajes algunas de las denuncias expresadas por Andrés Manuel López Obrador sobre la gestión de corruptelas en el entorno cercano de Calderón. Yo recomendaría tomar un par de tabletas de Dramamine antes de esta lectura.
El más perturbador: Desgracia de J. M. Coetzee (1999), en edición De Bolsillo, 2012 (Traducción de Miguel Martínez). Me hicieron el favor de desburrarme presentándome a este escritor afrikáner (Premio Nobel de Literatura 2003) del que no había leído nada y desde las primeras páginas lo detesté. Parece ser que la especialidad de Coetzee consiste en ponerlo a uno ante circunstancias morales incómodas: sin dejar de ser una buena persona, el viejo profesor se lleva a una alumna a la cama, o los negros de Sudáfrica son intrínsecamente delictivos pero hay que tolerarlos porque es políticamente correcto. Lo peor de todo es que la prosa del tipo no deja que uno suelte el libro y al final no parece quedar otro remedio que concluir que el mundo es una pinche basura. Coetzee es un narrador austero, riguroso, implacable y excelso, y se tiene muy merecido su Premio Nobel, pero hay autores que no hacen buena química con uno y para mí, éste es uno de ellos.
El más esclarecedor: México, la gran esperanza de (sic) Enrique Peña Nieto, Grijalbo, 2011. Al calor de las campañas electorales del año pasado me pareció que sería bueno leer las propuestas en los libros firmados por Peña y por Josefina Vázquez Mota. Guardo piadoso silencio sobre el de la segunda, pero apunto que me devoré el del primero, cuya presentación en la FIL de 2011 le valió al autor uno de los grandes panchos de su vida. En la lectura confirmé tanto su ansia de poder como su ausencia de proyecto. Con un subtítulo eminentemente gerencial (“Un Estado eficaz para una democracia de resultados”), el volumen es una crítica fácil y obvia a las presidencias panistas y un amasijo de promesas sin más denominador común que el de una visión neoliberal de la escuela de Interlomas. Si el libro tuviera algo así como tesis central, sería algo así como que el país está a la deriva y que hay que darle un rumbo. ¿Pero cuál? “Ah, pues primero voten y después averiguan”, parece responder cada página del tomo, en cuya factura estilística se notan los ensambles y las soldaduras entre textos de varios autores. Acaso la principal virtud de este libro no sea la de figurar en la historia de la literatura universal como la primera obra íntegramente redactada por un teleprómpter, sino que permitió prefigurar, desde un año antes, la clase de gobierno que padecemos a estas horas.
El más edificante:Manual de la buena lesbiana de Ana Francis Mor (emeequis ediciones, 2009). Cierro con un libro que debería ser declarado de lectura obligatoria desde la secundaria (si no es que desde la primaria) y cuya lectura disfruté línea a línea, desde el prólogo de Lydia Cacho hasta el colofón. Cuando se lee esta recopilación de colaboraciones periodísticas de Ana Francis, da la impresión de que uno está escuchando a la autora en una plática amena, desinhibida y llena de sentido común. Antes de llegar a la mitad del librito cualquier prejuicio que pudiera quedar en la mente del lector sobre temas de (homo, bi, trans, hetero o a) sexualidad formará parte de la lista de bajas colaterales de la lectura y quedará la convicción de que no hay razón alguna, a menos que la estupidez pueda considerarse razón, para que las diferencias de género, orientación y preferencias sexuales se conviertan en un obstáculo a la convivencia y a la comunión entre seres humanos.
Aun cuando es evidente que los
inefables del IFE pretenden equipararme con el corrupto de Enrique
Peña Nieto y sus secuaces, estimo necesario aclarar a detalle el
monto que recibimos, la forma cómo se ejerció y comprobó el gasto
de mi campaña a la presidencia.
1. De conformidad ante la ley, antes de
la campaña, los partidos PRD, PT y Movimiento Ciudadano suscribieron
un convenio de coalición en el cual se acordó destinar el 50 % del
financiamiento público para gastos de la campaña presidencial,
equivalente a 223 millones 451 mil pesos. (Anexo convenio). Ver:
Convenio
2. Estos recursos fueron entregados
parcialmente por los partidos durante el periodo de campaña y
manejados en la cuenta número 70034671344 de BANAMEX.
3. De esta forma el PRD aportó 112
millones 872 mil, el PT, 59 millones 049 mil y el Movimiento
Ciudadano, 51 millones 531 mil.
4. Conviene aclarar que el PRD aportó
adicionalmente 5 millones más un pasivo de 4 millones 979 mil pesos,
debidamente documentados mediante contratos y facturas.
5. En total, el gasto de campaña que
ejercimos fue de 233 millones 430 mil pesos.
6. Todo este gasto fue informado y
comprobado mensualmente ante el IFE, a través del órgano de
finanzas de la Coalición Movimiento Progresista. (Anexo informes).
7. Sin embargo, el dictamen del IFE,
además de esta cantidad que representa 100 millones menos que el
tope de campaña, nos agrega gastos que corresponden a las campañas
de los candidatos a diputados y senadores, así como erogaciones que
ejercieron centralmente los partidos integrantes de la Coalición.
8. De modo que es totalmente infundado
como sostiene el IFE en su dictamen, que rebasé el tope de campaña
establecido en la ley.
Es obvio que toda esta maniobra tiene
como propósito desprestigiarme y mandar el mensaje manipulador de
que todos los políticos somos iguales, para seguir provocando el
desánimo e inhibir la participación ciudadana que permita cambiar
al régimen putrefacto de corrupción y privilegios que padecemos.
En marzo de 2011 Televisa y TV Azteca uncieron a la mayor parte de los medios informativos a un Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia a fin de garantizar un trabajo periodístico sumiso y acorde al discurso oficial. Para que la cobertura informativa de la violencia que genera la delincuencia organizada con el propósito de propagar el terror entre la población no sirva para esos fines, rezaba el texto de un pacto que, a lo que puede verse, tenía por objetivo aterrorizar a los partidarios de la buena sintaxis. Luego, en la ceremonia de firma del documento, realizada en el Museo Nacional de Antropología en presencia de la plana mayor de la oligarquía mediática y de sus loros, se transmitió la imagen de una víctima de secuestro que relataba con detalles espeluznantes la manera en que sus verdugos le habían cortado los meñiques de ambas manos con unas pinzas de mecánico, como lo cuenta la crónica de Fabiola Martínez publicada en estas páginas (La Jornada 25/3/11, p. 5).
Aquello fue un extravío temporal y pasajero porque la estrategia de guerra del calderonato pasaba por la siembra del terror en la opinión pública como una forma de legitimarse y de colocar una épica de unicel sobre el ego de un hombre menguado y sobre el negocio, jugoso pero mundano, de destruir el país (un ejemplo: en los primeros cuatro años de Calderón Estados Unidos vendió al gobierno mexicano el doble de armas y equipo militar que en todo el sexenio anterior). El usurpador salió del paso con una felicitación desganada a los firmantes del acuerdo y al día siguiente el gobierno federal volvió a su línea de exaltación de la violencia, regresaron a cuadro las escenas de capturas y circularon de nuevo las fotos de criminales abatidos con huellas de muchos balazos.
Ahora el discurso de la guerra está agotado; el régimen de Peña Nieto lo sabe y, aunque no puede ni quiere apartarse de ese peculiar modelo de negocio que es la conversión de un país en campo de batalla, tiene que tratar de ganarse el favor de la opinión pública y de algunos célebres despistados mediante un supuesto viraje en la estrategia de seguridad que será, en realidad, de 360 grados porque las razones de la violencia permanecen intactas: el modelo económico es un productor incurable de marginación y delincuencia, la criminalidad organizada es la fase superior del neoliberalismo privatizador y los circuitos financieros de Estados Unidos y de México no pueden vivir sin las decenas o centenas de miles de millones de dólares que les da a lavar el narcotráfico; ello, sin contar con los vínculos históricos, sólidos y documentados, entre ese impresentable sector de la economía y la nomenklatura (ella misma dixit) priísta.
Pero a la oligarquía gobernante le urge terminar de despojarse de cualquier cosa que la relacione con la administración anterior y el régimen actual necesita que México parezca recuperar la paz y la seguridad en cuestión de semanas. Dicho de otra forma, si Calderón tenía sobrados motivos para caracterizarse como Rambo, Peña tiene los suyos para disfrazarse de Gandhi. Y está en ello.
Puede ser que ese requerimiento acucioso explique los dichos del priísta Mario Anguiano Moreno, gobernador de Colima, quien la semana pasada se lanzó contra Calderón porque éste pretendió combatir la violencia con la violencia y llamó, oh, a revisar las causas sociales que provocan la inseguridad y a no basar exclusivamente la solución en políticas gubernamentales punitivas. El gobernante de una de las entidades más gravemente alteradas por la violencia (en Colima el índice de homicidos vinculados a delincuencia organizada creció 5 mil por ciento entre 2007 y 2010) ha venido lanzando pullas (fundamentadas, pero muy tardías) contra el michoacano: que su guerra multiplicó el consumo de drogas, que las acciones federales detonaron una guerra entre grupos que se disputan el territorio colimense...
Posteriormente, Anguiano Moreno llamó a sus pares a sumarse a la política de seguridad de Peña y contó que éste había acordado con los gobernadores no informar sobre hechos violentos y que sólo se va a estar informando de las personas detenidas cuando sea estrictamente necesario. Literal: Estaba demostrado por estudios que nos han estado mostrando a nivel federal, que en la medida en que nosotros, gobierno federal (y) estatal, estemos poniendo el tema de la inseguridad, estemos informando cada vez que se detiene a un delincuente, entonces en lugar de ir contribuyendo a la armonía que se está aspirando, de lograr la tranquilidad, al contrario; estábamos fomentándola (la inseguridad). Vaya, pues: la opacidad derrotará a la violencia y la paz será construida a punta de simulación. Ahí tienen al nuevo PRI que construye, con ideas viejas y en el territorio de los noticieros, una nación grandiosa.
Vienen intentos de nuevas reformas
legales regresivas, oligárquicas y depredadoras. Consumado el
despojo de conquistas laborales y de derechos sindicales a los
asalariados, el régimen se apresta a una expropiación petrolera de
signo contrario a la emprendida por Lázaro Cárdenas en 1938: ahora
el gobierno oligárquico que encabeza Enrique Peña Nieto articula la
sumisión legislativa para emprender –como quisieron hacerlo en su
momento Salinas, Zedillo, Fox y Calderón– la legalización de un
proceso que, en los hechos, viene ocurriendo desde hace décadas: la
transferencia de la industria energética a manos privadas.
El capital siempre quiere más y sus
sirvientes políticos fueron puestos en los cargos justamente para
ejecutar la privatización de empresas y servicios públicos: éste
es, junto con los contratos mafiosos y después de las guerras, el
narcotráfico, el secuestro y el tráfico de personas, el negocio más
jugoso (es decir, más concentrador de riqueza) en los tiempos
neoliberales. Por eso los conglomerados empresariales de México,
Estados Unidos y Europa han estado presionando, desde hace dos
décadas, por la “desincorporación” de Pemex.
El régimen enfrenta dos problemas para
operar este robo: el primero, de orden político, es la resistencia
social que habrá de enfrentar; el segundo es administrativo: si 40
centavos de cada peso de las finanzas públicas proceden de la
industria petrolera nacional, su privatización crearía un severo
desajuste presupuestal. Ello es así por el hecho simple de que las
grandes empresas y las grandes fortunas no pagan impuestos, o bien
pagan sumas ridículamente bajas en relación con sus utilidades.
En rigor, la pérdida del 40 por ciento
de los ingresos fiscales no marcaría ua gran diferencia para el
país, si se considera que el grueso de los recursos gubernamentales
no se invierten en beneficio de la población ni en obras reales y
efectivas sino que son “privatizados” a la mala por la vía del
saqueo, las comisiones, las adquisiciones infladas o simuladas, o
bien destinados a la perpetuación y legitimación del grupo
gobernante: compra de voluntades electorales, propaganda de
autoexaltación y demás.
Pero a la oligarquía dominante no
quiere para sí el 60 por ciento del presupuesto: lo quiere todo, y
la privatización de Pemex implica una merma considerable en los
recursos a su disposición. La forma ideada para tapar ese agujero es
una reforma fiscal que incremente los recursos que las clases medias
y la mayoría de la población aportan al fisco, sea por medio de
gravámenes al ingreso, al consumo o vía pago de tarifas diversas.
Sería ilusorio suponer que los amos del país van a modificar las
leyes hacendarias en perjuicio propio. Por el contrario, con la
reforma energética su vertiente empresarial buscará la manera de
hacerse con las utilidades de la industria petrolera, su sector
político y administrativo tratará de enriquecerse con los pagos
legales e ilegales que el sector privado desemblose por los pedazos
de Pemex, y ambos idearán la forma de pasar el costo de esas
operaciones a los causantes cautivos mediante una reforma fiscal
subsecuente.
Tratarán de operar estas reformas a
contrapelo de un consenso nacional contrario a la privatización que
se expresó en forma inequívoca en las jornadas de abril a octubre
de 2008, cuando el grueso de la sociedad resistió la intentona
calderonista de privatización de Pemex y logró conservar, en lo
sustancial, el estatuto público de la industria petrolera.
Ha transcurrido un lustro desde
entonces y muchas cosas han cambiado, para bien y para mal, en el
país. La postración social promovida desde el poder –mediante la
violenta mascarada de la “guerra contra la delincuencia” y por
medio de una estrategia económica abiertamente desintegradora del
tejido social– es más pronunciada hoy que en ese entonces, pero
también se asiste al surgimiento de tomas de conciencia social como
las que se expresaron durante el proceso electoral del año pasado,
cuando quedó claro que la oligarquía habría de imponer en la
presidencia al político más repudiado en la historia reciente del
país. Como consecuencia de ello, el gobierno de Peña Nieto debe
moverse con márgenes de respaldo incluso menores que los que tuvo
Calderón, lo que ya es decir mucho.
Se aproxima, pues, a lo que puede
verse, una nueva confrontación entre la oligarquía gobernante y el
resto del país y no será un día de campo para ninguno de los
bandos.
Durante décadas imperó la creencia de que el periodo maya
clásico había estado conformado por un conjunto de teocracias pacíficas,
encabezadas por sacerdotes que se dedicaban a observar el paso de los astros y
a realizar anotaciones cronológicas minuciosas, obsesivas y absurdas. En buena
medida el mundo le debe esa visión errónea a Eric Thompson, un arqueólogo
inglés que entre los años 30 y 70 del siglo pasado fue considerado la máxima
autoridad en el estudio de esa vieja civilización mesoamericana. Soldado en la
Primera Guerra Mundial y formado en Cambridge, trabajó posteriormente para el
Museo de Historia Natural de Chicago, el cual lo envió a Chichén Itzá en 1930.
Luego, bajo los auspicios del Instituto Carnegie, escarbó en Uxmal y en Cobá.
En Yucatán conoció al estadunidense Sylvanus Morley, un curioso personaje que
alternaba su trabajo de arqueólogo y cartografista con el de espía al servicio
de la inteligencia naval estadunidense y de la United Fruit Company. Morley
creía que las inscripciones mayas eran expresión de un sistema de escritura
jeroglífico en influyó en la visión de Thompson, quien las consideró
logográficas.
Entre
ambos crearon una visión palmariamente equivocada de los mayas clásicos que
fortaleció el aura de misterio con la que hasta la fecha algunos enmarcan las
viejas ruinas de Palenque, Bonampak, Tikal y Copán, por no hablar de Tulum, que
es a esos centros lo que EuroDisney a Notre Dame. En ausencia de conflictos
sociales mayores, el declive de las ciudades mayas desemboca obligadamente en
el enigma. La noción absurda de ciudades-estado dedicadas principalmente a
contemplar los astros y a registrar fechas sin ton ni son facilitó la tarea a
charlatanes posteriores que venden vínculos entre los mayas y los egipcios y
los visitantes procedentes de Próxima Centauri.
En
mayo de 1945, entre los restos de la incendiada Biblioteca de Berlín, un
soldado soviético de 22 años de nombre Yuri Valentinovich Knórozov rescató un
par de libros: Los códices mayas y la
Relación de las cosas de Yucatán de
Landa recuperada por el abate Brasseur de Bourbourg. Los volúmenes le
despertaron un interés tan intenso que al volver a casa se matriculó en la
carrera de Historia y diez años más tarde se doctoró con un estudio sobre la
escritura maya en el que demostró la existencia de una base fonética en las
composiciones de glifos de las estelas y los códices. Pese a que las formulaciones
del soviético empezaron a mostrar de inmediato su pertinencia y utilidad para
descifrar los signos hasta entonces impenetrables, Thompson las descalificó con
virulencia, llegando a decir que eran propaganda comunista.
Las
fobias del gurú de los mayistas significaron un retraso de varios lustros en la
decodificación de la escritura maya. Al paso de los lustros algunos estudiosos
gringos como Michael D. Coe y David Kelley reconsideraron el consenso creado en
torno al británico. Éste hubo de rendirse a la evidencia de los descubrimientos
realizados por Tatiana Proskouriakoff, rusa nacionalizada estadunidense, y
admitió que los mayas clásicos no habían sido la sociedad pacifista y utópica
que él había imaginado, pero no aceptó nunca la validez de los postulados de
Knorósov. Ya en la década de los 70, muerto Thompson, el método del ucraniano
fue aplicado en los glifos de Palenque y se logró descifrar la historia de la
dinastía de Pakal. A partir de entonces la “lectura” de las inscripciones mayas
ha avanzado a ritmo vertiginoso y se tiene, en la actualidad, la certeza de que
éstas no son concatenaciones inexpugnables de datos calendáricos sino,
básicamente, narraciones de encumbramientos y caídas de grandes señores,
guerras, sometimientos, victorias y derrotas militares. Knorósov coronó su obra
con un exhaustivo diccionario de glifos mayas, elaborado en colaboración con
Galina Yershova.
Hoy
se sabe, por ejemplo, que entre Calakmul y Tikal existió una rivalidad de
siglos, mucho más encarnizada que la que sostuvieron Thompson y Knórozov, que
empezó desde fines del periodo preclásico (2000 a250 a. de C.) hasta los
alrededores del año 900 de nuestra era y que se tradujo en constantes y
sangrientas guerras que involucraron a señoríos menores como El Naranjo, El Caracol-Oxhuitzá,
Yaxchilán y Piedras Negras, y en el curso de las cuales Tikal y Calakmul se
derrotaron sucesivamente la una a la otra.
Otro
caso es el de la sublevación contra Copán encabezada por K’ak’ Tiliw Chan
Yopaat, señor de Quiriguá. Durante un largo tiempo esa localidad, a orillas del
Motagua, había sido vasalla de Copán. En julio de 695, Uaxaclajuun Ub’aah K’awiil
fue coronado como décimo tercer señor de Copán y bajo su autoridad la ciudad se
pobló de estelas esculpidas con un estilo característico de la región, hizo
remodelar tres templos, edificó un nuevo juego de pelota y en 724 puso a un
subordinado suyo al frente de Quiriguá: K’ak’ Tiliw Chan Yopaat. Éste pronto
dio signos de insubordinación: en 736 desafió a Copán, que era aliada de Tikal,
recibiendo como huésped a Wamaw K’awiil, rey de la lejana Calakmul, y a
la postre, muy posiblemente con ayuda de éste, tomó prisionero al ya para
entonces anciano Uaxaclajuun Ub’aah K’awiil y el 27 de abril de 738 lo hizo
decapitar en la plaza de Quiriguá, la cual logró así su emancipación, en tanto
que Calakmul debililitó a la dinastía de Copán, aliada de los gobernantes de
Tikal. En los años 30 Aldous Huxley visitó Quiriguá –que había sido comprada en
unos cuantos dólares por la United Fruit– y escribió que sus estelas
representaban “el triunfo del hombre sobre el tiempo y la materia y el triunfo
del tiempo y la materia sobre el hombre”. Cierto o no, al gran novelista inglés
se le escapó un dato: aquellos monumentos representan, además, el triunfo
sangriento de unos humanos contra otros humanos.
Glifos
e inscripciones aparte, en el sitio arqueológico de El Mirador, que pudo
albergar a la más grande de las ciudades mayas del periodo clásico, se ha
encontrado recientemente restos de una batalla en gran escala: centenares de
puntas de flechas y lanzas de obsidiana mezcladas con astillas de huesos
humanos.
Ya
en el posclásico, tras el colapso de las grandes ciudades del periodo anterior,
los mayas siguieron siendo tan violentos como cualquier otro pueblo. La pieza
teatral Rabinal Achí, conocida también como Xajooj
Tun o “danza del tambor”, y que posiblemente data de los siglos XIV o XV,
cuenta una historia en la que el príncipe K’iche Achí es capturado y juzgado
por destruir cuatro poblados del señorío de Rabinaleb’. Tras ser condenado a
muerte, a K’iche Achí se le permite despedirse de su pueblo, se le ofrece
bebidas embriagantes y hasta se le concede el privilegio de bailar con la
princesa de Rabinaleb’ al ritmo del tambor.
Pero uno es un gran ignorante
en materias como la historia, la arqueología y ya no digamos la lingüística,
así que están muy en su derecho de considerar todo lo escrito arriba como una
infame calumnia y concluir que los mayas clásicos eran matemáticos y
astrónonomos pacíficos, que vivían en perfecta armonía con el universo y con su
entorno ecológico, que se la pasaban escudriñando un remoto fin del mundo, que
no mataban a una mosca –mucho menos a un semejante– y que estaban estrechamente
emparentados con los babilonios, los egipcios, los vikingos y los
extraterrestres.
En sólo seis semanas ustedes han
podido constatar cuánto hemos cambiado: somos un equipo incluyente,
plural, con visión de país y sensibilidad política. Sobre todo,
tenemos propuestas y ofertas concretas para todos los sectores, como
ya se han ido enterando.
Ustedes pensaban que nada nuevo podría
surgir de la corrupción profunda, el añejo autoritarismo represivo,
los padrinazgos del gran capital, la frivolidad televisiva, la
simulación, el dispendio y el fraude, pero se equivocaron, y aquí
estamos para demostrarles que nosotros, los de entonces, ya no somos
los mismos: ahora nos disponemos a combatir la corrupción y la
opacidad, el influyentismo, los abusos de autoridad y las trácalas
cometidas al amparo del poder; pondremos fin a la espiral de
violencia a la que somos por completo ajenos, restableceremos la paz
y la seguridad, recuperaremos la soberanía nacional, impulsaremos el
bienestar popular, alentaremos el crecimiento e impondremos la
transparencia, como antes. No, perdón: como nunca antes.
A ustedes, los integrantes de una
sociedad cada vez más insumisa, les proponemos un pacto: ustedes se
olvidan de las circunstancias de nuestro triunfo –el favoritisimo
mediático, los millones de votos comprados, el dinero lavado, la
brutalidad policial– y nosotros les perdonamos sus exigencias de
honestidad, su antipriísmo mayoritario y (concedamos) acaso
irremediable, sus extravíos ciudadanos –esperemos que pasajeros–,
su desprecio, su irritación, sus burlas y, sobre todo, sus afanes de
organizarse al margen de estructuras corporativas y su empecinamiento
en llenar las calles para repudiarnos.
Ya lo verán: tenemos cargos, encargos
y escritorios para opositores de todas clases. Podemos forjarle una
nueva vida a académicos desencantados; procurarle un futuro digno
(es decir, con yate) a dirigentes sindicales hasta ahora
independientes; mimar a activistas sociales; hacer la claridad en la
cabeza de intelectuales melancólicos; rehabilitar a princesas
mancilladas por el escándalo; resucitar a cadáveres políticos.
Contamos con recompensas para cualquiera que aspire a superar la
plaga populista del lopezobradorismo, a curarse del virus #YoSoy132,
a sanar del zapatismo, a capitalizar su disidencia, a convertir en
posición cómoda y honorable su lucha de toda la vida. A los
panistas no necesitamos reclutarlos porque son nuestros: lo han sido
desde 1988 y hasta nos hemos dado el lujo de gobernar por medio de
ellos. Ah: y contaremos con una izquierda civilizada, educada, bien
vestida, pasteurizada y con agregado de vitaminas por la vía de las
prerrogativas electorales. Para ella, la promesa de que no la
olvidaremos a la hora de formular los presupuestos.
Conocemos al dedillo las artes de la
cooptación y de la seducción y si con ellas no bastara, sabemos
también la manera de provocarles las peores pesadillas. Aunque,
claro, esto último no vamos a pregonarlo a voz en cuello como lo
hicieron nuestros torpes antecesores panistas. A buen acatador, pocos
garrotazos. Las viejas generaciones conocen nuestras habilidades en
la guerra sucia, en la desaparición, la tortura, el descrédito y el
silencio. En cuanto a las más recientes, algo habrán aprendido en
mayo de 2006 en Atenco, y las últimas han tenido su lección el
pasado 1 de diciembre y en las semanas sucesivas.
Dennos un punto de apoyo y moveremos
al mundo. No importa que no nos crean: simulen creernos y verán qué
bien nos entendemos. Pronto caerán en la cuenta que nosotros hemos
sido, somos y seguiremos siendo su mejor opción, por más que no
hayan optado por nosotros. Reconocemos los problemas, los
encapsulamos y procuramos resolverlos de manera quirúrgica, es
decir, sin tocar más que lo indispensable, sin trastocar este orden
que le hemos dado al país, sin alterar las lógicas a las cuales
servimos. Sabemos que forma es fondo y, por lo tanto, la apariencia
de paz es paz, la apariencia de democracia es democracia y la
apariencia de honestidad es honestidad. Ni le busquen. Resistan, pero
fortalézcannos. Opónganse, pero sírvannos, y ya verán que no
vamos a tener ningún disgusto.
Sabemos ser diferentes sin perder
nuestra esencia; somos capaces de cambiar todo lo que sea necesario
para que no cambie nada y tenemos una vasta experiencia en el
intercambio de dignidad por comodidad y, como pueden ver, hemos
cambiado.