Él adujo motivos de edad y de salud
pero llama la atención que el primer Papa dimitente en siglos sea,
también, un pontífice sumamente inepto que causó daños severos a
la iglesia católica. Si se trataba de la relación con otros cultos
cristianos o con otras religiones, Jospeh Ratzinger solía meter la
pata y muchas de sus declaraciones, lanzadas desde la razón
escolástica, si no es que patrística, causaron irritación
justificada entre musulmanes, judíos y protestantes; en el ámbito
político el ahora renunciante no fue capaz de formular una
definición clara; en el terreno administrativo el Papa alemán
mantuvo intacta, para mal, la proverbial opacidad del Vaticano, en un
entorno planetario que reclama transparencia, y lo hizo en forma tan
torpe que se le escaparon documentos escandalosos nada menos que por
vía de su mayordomo, Paolo Gabriele; en lo social el papado de
Benedicto XVI ha sido tan repelente como el de su antecesor a los
dramas causados en el mundo por el modelo neoliberal y se ha
conservado como activo promotor de la discriminación contra las
mujeres y las minorías sexuales.
Peor aun, a pesar de las fuertes
declaraciones, la iglesia católica no ha querido o no ha podido
actuar con dignidad, verdad y justicia ante el patrón de abusos
sexuales cometidos por miles de sus integrantes en contra de mujeres
y menores de ambos sexos, lo que se ha convertido en una de las
razones máximas del descrédito del clero afiliado a Roma.
Pero las mayores catástrofes del
catolicismo en tiempos de Ratzinger ocurren en los ámbitos de la
catequesis, la pastoral y el trabajo apostólico. El Vaticano ha
abandonado a su suerte a los prelados y a las organizaciones
católicas que buscan mejorar las condiciones de vida de los fieles y
atenuar el sufrimiento social, y ha sido incapaz de enfrentar el
avance de otros cultos y religiones en los mercados espirituales
tradicionalmente católicos. En los casi ocho años del pontificado
de Ratzinger, millones de católicos han transitado a las más
diversas variedades de protestantismo, budismo e islam, y muchos más
han caído en garras de esas empresas transnacionales que,
disfrazadas de religiones, realizan negocios inescrupulosos
aprovechando la credulidad y la ignorancia. Juan XXIII cimentó la
influencia mundial del Vaticano en un sólido trabajo pastoral y en
el aggiornamiento operado en el marco del Concilio Vaticano
II; Paulo VI fue un político sensible y un promotor del ecumenismo;
Juan Pablo II apostó al sex-appeal mediático para imponer sus
posturas reaccionarias en todos los terrenos. Benedicto XVI, en
cambio, ha estado colgado de los clavos ardientes de un pasado
autoritario y de un perfil de teólogo dogmático. En un mundo
atenazado por la desigualdad y el hambre, la discriminación, la
corrupción, los crímenes de guerra, las epidemias, la crisis
ambiental, las recesiones y la globalización delictiva, Ratzinger
optó por combatir al Demonio y al pensamiento liberal.
Es cierto que la edad y los achaques
pesan y puede ser que esas sean las razones reales y únicas de la
abdicación del alemán al trono de Pedro; puede ser incluso que haya
tenido presente la agónica tortura de su antecesor, quien se veía
obligado –por la burocracia vaticana y acaso también por sí
mismo– a emprender viajes a remotos destinos trasatlánticos
cuando lo que necesitaba era más bien el traslado a una sala de
cuidados intensivos. Pero podría ser, también, que la burocracia
vaticana haya sopesado los saldos de desastre del papado de Ratzinger
y que optara por hacer lo que hacen los consejos de administración
con un gerente inepto: pedirle la renuncia. Por desgracia, no hay
motivos para suponer que la opacidad característica del Vaticano se
disipe en el corto plazo y quién sabe si lleguemos a saber los
motivos verdaderos de esta dimisión. Por lo pronto, no hay Papa.



















