17.8.10

Libertad

Cuando mi hija tenía seis años, contraté como asistente (¡el Cielo la bendiga!) a una amiga que es lesbiana. La que por entonces era su novia pasaba por ella a la casa, se saludaban de beso de piquito --como es habitual en parejas heterosexuales-- y se tomaban de la mano. Mi hija me preguntó por qué dos mujeres hacían eso y le expliqué que a la mayor parte de las personas les atraen personas del sexo opuesto, que una minoría se siente atraída por personas de su mismo sexo, que así ha sido siempre el mundo, que así seguirá siendo y que no hay nada de malo en ello.

Hoy mi hija está por entrar a la secundaria y tiene una mentalidad tolerante, incluyente, responsable y respetuosa de sus semejantes. En un tiempo más, no sé cuánto, su su transformación hormonal la introducirá a la vida amorosa. Desde aquella primera charla, hemos tenido varias pláticas sobre el amor, el sexo, el embarazo, el aborto, la masturbación, las preferencias e identidades sexuales, el alcohol y las drogas, el sida, los antros, la pornografía, la vida y la muerte. Tengo la tranquilidad de que cuenta con los elementos de juicio necesarios como para no poner en riesgo su integridad física y sé también que, por fortuna y por desgracia, va a pasar por momentos muy dolorosos por culpa del amor, como nos ha ocurrido alguna vez a todos los seres humanos, tal vez con la excepción de Simeón el Eremita.

No voy a quererla más, o menos, en función del sexo de las personas a las que ame y por las que sea amada. Sé que sus impulsos afectivos y sexuales, independientemente de que sean bugas o gays, no le causarán conflictos morales, culpas ni sentimientos de exclusión social. También me hace muy feliz pensar que, gracias a las reformas al Código Civil del DF, si en un futuro comete la tontera de casarse –muy su derecho, aunque a mí el matrimonio me parezca una pésima idea– podrá hacerlo, con toda libertad, con quien le dé la gana, sea hombre o mujer, blanca o negro, católica o musulmán o seguidor de Tezcatlipoca, sordo u oyente, zurdo o diestra.

Mi hija tiene tres nombres y el tercero es Libertad. Creo haber honrado el propósito de ponérselo. No me es fácil encontrar un motivo mayor de orgullo.

6 comentarios:

Lola dijo...

Bien dicen por ahí que la verdadera libertad consiste en dejar a un lado conceptos e ideas.



¡Bravo!

LuisD dijo...

Que afortunada tu hija.
Saludos.

Clarice Baricco dijo...

Este es uno de tus textos que me han llegado muchísimo.

Aquí estoy, rompiendo el silencio y la timidez. Te veo en el FB, en el Twitter y aquí. Y tú también.
Pd. Sé que tienes mucha gente, pero para que me ubiques -o no me olvides- soy la de "la guapa trayectoria" de Helguera.

Abrazos fuertes.

Graciela.

Pedro Miguel dijo...

Abrazos, niña Lola y LuisD.

Graciela, te ubico perfectamente, gracias por la visita y abrazos también para ti.

Sensei Gus dijo...

Hola Pedro, te comparto que mi hija también lleva Libertad como segundo nombre, y la tolerancia y el respeto como rasgos de su hermoso ser.

Compartiré este artículo-post con la familia. :)

Gracias!

be dijo...

afortunada tu hija y el mundo, uno menos repartiendo vileza por ahí, y todo gracias a la educación y la información : ) gracias!