9.10.12

Violencia oligárquica



L
a semana pasada la violencia enlutó a una familia encumbrada, la de los Moreira, gobernante en Coahuila y cercana a Peña Nieto. Dista de ser el primer caso. En junio del año antepasado el entonces candidato priísta a la gubernatura de Tamaulipas, Rodolfo Torre Cantú, fue asesinado junto con cuatro de sus colaboradores. Incluso si se da por buena la versión de que los avionazos en los que murieron dos secretarios de Gobernación fueron accidentales, el grupo gobernante no ha podido permanecer inmune a la enmarañada confrontación armada que él mismo desató en el país.

Algunos procuran aferrarse a la versión más devastada del optimismo y suponen que una nueva presidencia priísta podría lograr la desactivación de la violencia, así fuera mediante la gestión de un acuerdo subrepticio entre los diversos frentes de la delincuencia organizada que estableciera reglas claras de convivencia entre ellos, un nuevo reparto de territorios y la entrega de núcleos de población a las garras de la extorsión regularizada.

Independientemente de los juramentos y alegatos de Peña en el sentido de que por nada del mundo negociará con la delincuencia organizada, el supuesto se basa en antecedentes harto conocidos del modus gobernandi de los priístas en tiempos no tan pasados y en entidades tan significativas, para el caso, como el Estado de México y no es, por ello, una perspectiva tan descabellada como pudiera pensarse. A fin de cuentas, las corporaciones policiales federales, estatales y municipales han operado históricamente como bisagras entre la criminalidad y el poder público y durante la docena trágica del panismo han salido a la luz diversos indicios de que lo siguen haciendo.

Pero tal vez la violencia actual ya no sea controlable desde las máximas instancias del poder público federal desde las cuales fue desatada y promovida. La actual lógica del incremento del poder criminal no es sólo un producto de la descomposición institucional, sino la desembocadura inevitable de un modelo político-económico caracterizado por el debilitamiento sistemático del Estado, por el abandono de todos los rubros a la lógica salvaje del mercado y por la exaltación de la rentabilidad máxima. La delincuencia conforma ya un sector de la economía que no puede ser considerado marginal, si se tiene en mente su volumen de negocios y el monto de recursos que inyecta, en forma inexorable, en lo que queda de la formalidad económica. Lo que empezó como una fiebre de privatizaciones corruptas, socialización de pérdidas y saqueo de la propiedad pública disfrazado de contratos y concesiones ha encontrado continuación en el narcotráfico, el secuestro y el tráfico de personas. El fenómeno, por cierto, no se queda en las fronteras nacionales.

En esta perspectiva, el régimen oligárquico podrá gestionar pactos bajo la mesa y acuerdos mafiosos pero no conseguirá volver a colocar en la caja de Pandora los múltiples factores e intereses que se benefician con la “guerra” que proclamó Calderón, incluidos los de la intervención externa.

Por mucho que la violencia empiece a afectar a los integrantes del régimen oligárquico, éstos no podrán desactivarla por la simple razón de que, par hacerlo, tendrían que desechar el modelo del país al cual deben su encumbramiento.

8.10.12

Doctor Guevara


En Rosario cae la tarde. Hace ya mucho tiempo que el doctor Guevara alcanzó la edad en la que la razón corroe las convicciones morales absolutas: a sus 84 años mira hacia atrás, contempla la obra de su vida y se siente feliz, pese a todo. El mundo no cambió en la manera radical que él, siendo joven, habría esperado; la historia se movió en direcciones contradictorias y ahora todo está, a un tiempo, peor y mejor que antes. Él, en este albor de milenio nuevo, también está peor y mejor que en los idílicos años 50 del siglo pasado, cuando estuvo a punto de embarcarse con los jóvenes soñadores que partieron a Cuba a hacer una revolución. Casi todos ellos (70 de 82), recuerda, murieron ametrallados por las tropas de Fulgencio Batista en la Playa de las Coloradas, justo después de desembarcar de un yate de recreo antes de que pudieran internarse en la zona de manglares, rumbo a la Sierra.

En ocasiones, el doctor Guevara recuerda esa época y sueña con el mundo que sería si él hubiese subido a la embarcación para morir unos días después en una playa extranjera o para formar parte de un régimen rebelde y acaso también para proseguir la lucha por el socialismo en varios continentes. Tarde o temprano, piensa, lo habrían matado. Quién sabe: tal vez se habría convertido en una leyenda mundial, en el paradigma de la generosidad y el sacrificio, en el ejemplo de la entrega desinteresada a causas ajenas y extrañas. Acaso su cara habría sido estampada por miles en los billetes de banco y en los edificios de la nueva Cuba y, décadas más tarde, en camisetas y otros productos de consumo masivo. Pero las cosas ocurrieron de diferente manera, y a él le parece que la vida es un compendio de satisfacciones y de frustraciones que en total suman algo muy cercano a cero, pero que vale la pena tal como es y por sí misma.

El doctor Guevara desperdició esa oportunidad remota de convertirse en un héroe mítico –o, quién sabe, en un mero organismo muerto y desamparado, tostado por el sol de una playa extranjera– pero después de esas noches frías de México al lado de Fidel Castro y sus cubanos revolucionarios volvió a interesarse en la medicina. Regresó a la universidad, cursó estudios superiores en epidemiología e inmunología y durante una década se concentró en la investigación. Se dejó llevar por una intuición genial, siguió una pista que parecía conducir a una relación entre ciertos cuadros de asma e irregularidades hormonales, y vivió la sensación impagable de estar a centímetros de un hallazgo fundamental.

El doctor Guevara no sonríe cuando recuerda lo difícil de su decisión en México. Prefiere evocar la etapa siguiente, cuando volvió a su ciudad natal y se enfrascó en una campaña titánica con la burocracia gubernamental para fundar, allí, el Centro de Investigación de Alergias, el Cenia, una institución modesta pero que es, a fin de cuentas, la obra de su vida.

Anochece ya en Rosario y una nieta del doctor Guevara, una mujer joven y guapa, llega a la casa del abuelo amadísimo. El anfitrión se pone feliz. Si le da la vida, pronto será bisabuelo. Respira con la serenidad de un hombre que ha podido escoger entre dos cursos de vida radicalmente distintos. Optó por uno que le permitió convivir con su primera y con su segunda esposas, con sus hijos y, durante unos años, construir juguetes rústicos y fascinantes para sus nietos amados. Sabe, con la sabiduría de la madurez, que no escogió entre el bien y el mal, sino entre el deber y el deseo. Eso sí, no cambia por nada la satisfacción animal de estar aún en este mundo, a pesar de los achaques, ni la tranquilidad moral de haber salvado muchas vidas y no haber provocado, inducido ni pregonado la muerte de nadie.



5.10.12

Por una consulta nacional
sobre legislación laboral


Las modificaciones a la Ley Federal del Trabajo aprobadas en la Cámara de Diputados son el inicio de una ofensiva para desmantelar los derechos laborales y favorecer la concentración de la riqueza en perjuicio de los asalariados, del mercado interno y del desarrollo nacional.

La reducción de las garantías de contratación, la legalización del outsourcing y del pago por hora, la protección de cacicazgos sindicales, entre otros puntos de la reforma, tienen como propósito abaratar la fuerza de trabajo y desarticularla en un libre mercado que generará más desigualdad social, empleos mal pagados, y permitirá la supresión de jubilaciones, seguridad social, descansos remunerados y otras prestaciones. Se trata de una regresión histórica de los derechos y conquistas laborales y sociales.

Estas reformas carecen de un mínimo respaldo social. Los legisladores que las aprobaron no representan el sentir mayoritario de la población. Por ello, y ante la trascendencia del tema, exhortamos al Poder Legislativo a que se abstenga de consumar estas modificaciones sin antes escuchar a los distintos sectores de la sociedad en una consulta nacional incluyente, plural y diversa.

Con ese propósito y para frenar cambios legales lesivos para los asalariados, sus familias y sus organizaciones, manifestamos nuestra determinación de apoyar las expresiones de resistencia pacífica y de desobediencia civil contra la reforma laboral y de sumarnos a ellas con un espíritu unitario y fraterno.

Elena Poniatowska, Víctor Flores Olea, Armando Bartra, Laura Esquivel, Víctor Manuel Toledo, Héctor Díaz-Polanco, Claudia Sheinbaum, Epigmenio Ibarra, Pedro Miguel, Víctor Suárez, Luciano Concheiro, Antonio Gershenson, Jorge Eduardo Navarrete, Ignacio Marván, Rafael Barajas (El Fisgón), Antonio Helguera (Helguera), Eduardo Ruis (Rius), José Hernández (Hernández) y Jesús Ramírez Cuevas

4.10.12

El pene de Jesús



Uno de los motivos más memorables de mis erecciones infantiles era la fantasía de ir a la iglesia, levantar los trapos de raso y terciopelo que vestían las imágenes de vírgenes y santas y mirarles la cola. La cosa se acabó bruscamente un día en que aproveché un descuido de mi abuela, me arrimé a una imagen de Santa Cecilia que me quedaba a la altura, me asomé por debajo de sus prendas y descubrí que en vez de cuerpo aquella cosa tenía una simple armazón de madera, pero eso es otra historia. A menos que haya sido un niño excepcionalmente perverso, me parece  razonable suponer que algunas o muchas niñas y niños, o incluso adultas y adultos, se hayan calentado más de una vez imaginando que husmeaban bajo el taparrabo de Cristo.

Me sigue intrigando el celo y el rigor empeñados por el cristianismo en escamotear de la vista de los fieles los genitales de Jesús y en aplicar a toda la iconografía un trapo apócrifo y omnipresente, habida cuenta que, según la mayor parte de las versiones históricas, los condenados a morir en la cruz eran desnudados por completo antes de enfrentar su último destino.

Es posible que alguien, hace muchos siglos, haya tenido la idea de que la contemplación del pene y los testículos del mártir pudiera distraer a devotas y devotos de pensamientos píos y ordenara taparlos, y que la práctica se haya generalizado hasta nuestros días. De ser así, acaso fue una idea contraproducente, porque el santo taparrabo es un ejemplo perfecto de esos ocultamientos capaces de exacerbar el morbo en vez de disiparlo.

El trapo se ha vuelto tan poderoso que algunos lo trasladan a su mente, y una vez me encontré en la red a alguien que sostenía, al parecer sin sarcasmo, que “según la iglesia Jesús no tenía pene ya que el pene es algo pecaminoso”. 

Bueno, no. Un dato incontestable es que Jesús nació con pito, como lo dejan en claro las representaciones del Niño Dios y las múltiples imágenes de su circuncisión. Y como no existe ninguna referencia a que fuera emasculado en algún momento de su vida, cabe suponer que lo conservó hasta la muerte.

Según David Freedberg “nada de especial tiene el que se representen los genitales de Jesús en tantos cuadros de Madonas... Los genitales son, en cierto modo, los atributos de la más tierna infancia y para muchas personas son, además, encantadores [En el cuadro La sagrada familia con Santa Ana de Baldung] el ademán [de acariciar los genitales] es cuando menos ambiguo, ya que los dedos podrían descansar detrás del pene, sin tocarlo... Si hubieran intuido desde el principio que Santa Ana acariciaba el pene de Jesús, habrían observado seguramente la posición de los demás dedos y que la mano derecha se encuentra debajo de la espalda del Niño... y que se inclina hacia delante para tomarlo de los brazos de su hija” (Esto es precisamente lo que todos podríamos afirmar que no está haciendo.) (El poder de las imágenes, pp. 31 et passim).



Otra admisión implícita de la genitalidad del nazareno por parte del catolicismo es la veneración del Santo prepucio, de la que Voltaire hizo mofa en su Tratado sobre la tolerancia (1763) y en otros textos memorables, y que tenía lugar en varios sitios de Europa (Coulombs, Puy-en-Velay, Calcata, Charroux, Roma, Santiago de Compostela, Amberes, Besançon, Hildesheim, Burgos...) Tras el fin de las Cruzadas Occidente se vio invadido de pellejos venerados (se dice que hasta 14) y esa sola proliferación habría debido bastar para ponerle fin al mito, pues para obtenerlos habría sido necesario desollar completo al infante de Belén.

Dejando de lado el hecho de que era práctica común entre los judíos de la centuria cero enterrar el prepucio de los circuncidados, lo que invalidaba la autenticidad de todas esas reliquias, la existencia del prepucio divino en la tierra planteó una cuestión teológica no menor, según refire Wikipedia, por cuanto implicaría que Jesús no ascendió a los Cielos 100 por ciento completo. El asunto se zanjó con el recurso de las partes prescindibles, como ese fragmento de piel, el cabello y las uñas que se cortó a lo largo de su vida y la sangre que salió de su cuerpo. A fines  del XVII el erudito y teólogo Leo Allatius ,en su obra De Praeputio Domini Nostri Jesu Christi Diatriba (“Discusión acerca del Prepucio de Nuestro Señor Jesucristo”) dio por zanjada la cuestión con la idea de que el Santo Prepucio ascendió al Cielo y a partir de entonces el culto declinó, hasta que en 1900 la Congregación para la Doctrina de la Fe determinó que “toda persona que hable, escriba o lea sobre el Santo prepucio será considerada despreciable, aunque tolerada”, y El Vaticano se reservó el derecho de excomulgar a quien adorara la reliquia “de modo escandaloso o aberrante”.

Otra cosa son las representaciones del Jesús adulto. Alberto Manguel afirma que “en numerosas pinturas religiosas, el pene de Jesús aparece en una condición a todas luces tumescente, y mucho se ha discutido sobre el posible simbolismo de este detalle. Tal vez la erección de la carne busca augurar la resurrección de la carne. En el libro XIV de La ciudad de Dios, San Agustín argumenta que la erección involuntaria del pene no es signo de nuestra naturaleza humana sino de nuestra naturaleza pecadora. Para Agustín, la vergüenza que Adán sintió no se debió a su desnudez ni a que se viera de pronto sus propios genitales (hace notar que Adán no fue creado ciego), sino a la nueva indocilidad del miembro.”

Manguel considera que “los genitales confirman la humanidad de Cristo. En cuanto ser eterno, Él no experimenta la muerte ni el deseo sexual. En cuanto hombre, padece ambas cosas. Por lo tanto, los genitales de Cisto aparecen en los dos extremos de su vida mortal, como niño y como muerto; en este último caso, acompañados con frecuencia de sus manos marcadas por los estigmas. Como observa Leo Stinger en su importante libro La sexualidad de Cristo, 'el arte renacentista, tanto en el norte como en el sur de los Alpes, produjo una nutrida imaginería piadosa en la que los genitales del Niño Jesús o de Jesús muerto son objeto de un énfasis tan expositivo, que uno se ve forzado a admitir la existencia de una ostentatio genitalium comparable a la canónica ostentatio vulerum, o exhibición de las llagas. Ya en el siglo XIX, esa desnudez era claramente ofensiva'.” (Leyendo imágenes: una historia privada del arte, pp. 78 et passim).

El hecho es que, mucho antes del siglo antepasado, los genitales de Jesús ya eran considerados tabú en la imaginería y, desde antes, en la cristología. No deja de ser curioso que el género del nazareno haya sido usado por la iglesia católica como uno de los factores centrales en la instauración de un poder falocrático de opresión casi absoluta sobre las mujeres y que, sin embargo, el más obvio atributo orgánico de la masculinidad de Jesús haya sido convertido en una manifiesta ausencia.

Si se prohibió la mera representación del órgano, mucho más lo fueron las especulaciones acerca de la vida sexual de  Jesús de Nazaret. Hay datos que hacen pensar  en la posibilidad de que tuviera una sexualidad activa y hay datos para negarlo. En todo caso, la ortodoxia cristiana excluye terminantemente la posibilidad de que el pene de Jesús pudiese haber estado en el organismo de Magdalena, y quiere que  si llegó a darle algún uso tuvo que ser, única y exclusivamente, el de orinar.

2.10.12

No se olvida



El PRI se apresta a sentar a Enrique Peña Nieto en la silla que ocupaba su correligionario Gustavo Díaz Ordaz hace 44 años, cuando el régimen ordenó el asesinato de cientos de personas en la Plaza de las Tres Culturas y desencadenó, en los días posteriores, una represión implacable contra miles de disidentes políticos. De no ser por ese dato de trasfondo, tal vez la conmemoración de este 2 de octubre no se distinguiría mucho de las anteriores. La situación se ha comparado, de manera equívoca, con un inverosímil retorno al Kremlin del Partido Comunista de la Unión Soviética. De manera equívoca, porque si bien la facción burocrático-mafiosa que se hizo con el poder en Rusia tras la desaparición de la Unión Soviética recicló a muchos de los cuadros gobernantes, la estructura del Estado fue lisa y llanamente desmantelada.

En México, en cambio, entre 1988 y 1994 la institucionalidad política fue sometida a un reajuste mayor que le ha garantizado la pervivencia hasta nuestros días. No está de más recordar dos de los rasgos más característicos de ese reajuste: por un lado, la reducción del poder de las cúpulas sectoriales priístas (CTM, CNC, CNOP) a mecanismos clientelares más ágiles y, sobre todo, bajo el mando presidencial directo, de los que el ejemplo más claro es Solidaridad - Pronasol - Oportunidades; por el otro, la conversión del régimen monopartidista en un sistema bipartidista articulado por el acuerdo en torno al modelo neoliberal. El verdadero equivalente mexicano del Pacto de la Moncloa –ese que permitió, paradójicamente, que todo en España quedara “atado, y bien atado”– fue acordado en el sexenio de Salinas entre el viejo aparato priísta, el panismo emergente y las cúpulas empresariales, y desde entonces ha marcado los rumbos y los límites del ejercicio del poder público. Uno de los puntos centrales de ese pacto es la preservación transexenal de la impunidad. Por eso los gobiernos panistas no se tomaron la molestia de procurar justicia para los crímenes de lesa humanidad cometidos desde el poder hoy hace 44 años y por eso el calderonato se apresuró a gestionar la impunidad para Ernesto Zedillo, acusado por su responsabilidad política en la masacre de Acteal, y desde luego es impensable que Peña Nieto permita, en caso de que logre tomar posesión, llevar a Calderón a los tribunales para que responda por su decisión de llevar al país a una sangrienta y delirante guerra interna.

Resulta, entonces, sumamente impreciso hablar de una restauración priísta en 2012, porque en estos 12 años el PRI no ha abandonado el poder político formal y los poderes fácticos no han abandonado al PRI. Ahora bien: por más que el sistema se haya preservado casi intacto, y por mucho que Peña Nieto se parezca a su abuelo político Díaz Ordaz, el 2 de octubre de 2012 no tiene nada que ver con esa misma fecha de 1968. Si por ellos fuera, cada primero de septiembre los priístas seguirían bañando en confeti a un asesino con investidura y aquí no habría pasado nada. Pero en estas cuatro décadas la sociedad sí que ha experimentado y ha impulsado transformaciones profundas y radicales. Numerosas gestas políticas, sindicales, campesinas, indígenas, estudiantiles y de género han fraguado en organizaciones, en conciencia cívica y en actitudes ciudadanas y sociales rebeldes y respondonas. Por más que no haya podido evitar la distorsión de su propia voluntad en la elección del 1 de julio, esa sociedad es, en cambio, un obstáculo insalvable para que una nueva presidencia priísta pudiera echar mano de las viejas prácticas represivas de su pasado, sea la masacre diazordacista en una plaza pública, la guerra sucia de Echeverría y López Portillo, los asesinatos selectivos del salinato o las masacres campesinas perpetradas en el gobierno de Zedillo.

Aun con esas grandes diferencias el descendiente mexiquense tiene que agradecerle al ancestro poblano algunos huecos en las movilizaciones de hoy porque, de no haber sido por Díaz Ordaz, muchos de los jóvenes muertos en Tlatelolco estarían marchando, así fuera viejos y cansados, hombro con hombro con los chavos insumisos del presente y esas ausencias duelen y el crimen no se olvida.

1.10.12

¿Con qué cara le
explicamos a nuestros hijos?


Ayer domingo publiqué en FB la siguiente cita: 
“'Adolfo Orive es un traidor, porque tiene muy claro a quién sirve. Fue empleado de Carlos Salinas, en Pronasol; trabajó para Francisco Labastida en la Secretaría de Gobernación, y se relacionó directamente con Arturo Montiel, a quien sirvió como secretario de Agricultura. No podemos permitir que permanezca en las filas de nuestro partido cuando hemos venido trabajando durante tantos años por alcanzar credibilidad y nombre ante la opinión pública'.
Unas horas después el Partido del Trabajo Iztacalco comentó la entrada en un tono cordial y fraterno que mucho aprecio. La parte de su réplica que va dirigida a mí señala:
“Estimado Pedro Miguel. no nos parece que sea consecuente con tu trayectoria tu alineamiento con este linchamiento que desde una parte de la izquierda se hace contra Adolfo Orive. Te pedimos sensatez en tus juicios, no te pierdas en esa corriente de la diatriba fácil. Un abrazo.”

Ésta es mi respuesta:
Apreciad@s compañer@s del PT Iztacalco:
En primer término, aclaro que la opinión sobre Orive expresada arriba no es mía, sino de Herón Escobar, que es dirigente de ustedes.
Se puede discutir todo lo que se quiera sobre la democracia interna en el sindicalismo. En lo personal, me parece un pecado de ingenuidad –o de perversidad– el establecer un falso dilema entre control patronal y control charro para terminar asumiendo que éste último es el menor de los males posibles. Pero eso se puede discutir en un espíritu de libertad y compañerismo.
En cambio, no veo cómo justificar la traición de Orive al acuerdo de la bancada del propio PT y, más grave aun, a un mandato ciudadano ineludible: los votos para su partido fueron para resistir el embate priísta con espíritu unitario. Más allá de asuntos sindicales, el voto de Orive fue decisivo para la consolidación del avance priísta con toda su carga de significados: represión, charrismo y cooptación de la ciudadanía mediante programas clientelares.
Tal vez el votar con la bancada del PRI y contra la izquierda podría explicarse (explicarse, no justificarse) en muchos casos como un error de juicio, grave, sin duda, pero ajeno a la mala fe. Pero tal explicación resulta particularmente ardua en el caso de Orive, si se considera el dilatado historial de los servicios que ha prestado a algunos de los peores exponentes del priísmo gobernante.
El alud de críticas y reproches a Orive no me parece un linchamiento sino una exigencia de rendición de cuentas y no veo afán ni vocación divisionista en las críticas desde la izquierda (obviamente, nadie lo ha criticado desde las filas del PRI), habida cuenta que en esta circunstancia fue él quien fracturó al frente progresista. Encuentro que es un legítimo clamor ciudadano ante alguien que ha ignorado un mandato popular. 
Por lo que a mí respecta, no me corresponde pedir su expulsión de las filas del PT porque no estoy afiliado a ese partido. En otras circunstancias habría tachado su logotipo en las boletas sin vacilar y con mucho gusto por el gran apoyo que el PT ha prestado al proyecto político en el que creo; en julio pasado, sin embargo, la decisión me resultó dolorosa y voté por el PT con náusea, porque sabía que en el listado plurinominal de sus aspirantes a diputados se encontraba el propio ex mentor de Salinas y desde luego que yo no ignoraba sus antecedentes.
 Si a pesar de todo me tragué el desagrado y di mi voto al PT no sólo fue por agradecimiento a ese instituto político sino también porque creo en la capacidad de cambio (no hablo de redención, que eso suena a crujir de rosarios) de las personas. En el caso de Orive me equivoqué por completo: como lo demostró el viernes pasado, el hombre sigue siendo un peón del régimen incrustado en la izquierda para debilitarla, desorientarla, dividirla y uncirla a los designios del poder oligárquico. Por supuesto, y por desgracia, dista mucho de ser el único.
 Me cuento entre los miles de ciudadanos que hemos luchado durante décadas por tener representantes populares dignos de ese nombre. Hemos pugnado por evitar que los políticos se encumbren con nuestros sufragios para, una vez que llegan a la posición de poder ansiada, hacer lo que les dé la gana y olvidarse de su mandato. Hoy sentimos vergüenza por haber contribuido a que Orive llegara a la Cámara de Diputados y no sabemos con qué cara explicarle a nuestros hijos ese trágico desacierto.
Ni afán linchador, pues, ni petición de expulsión del partido. Pero a lo que sí tenemos derecho muchos votantes es a reclamarle a ese legislador que pida licencia y que deje de ostentarse como depositario de un mandato que traicionó. Y en la medida en que no ha sido posible establecer un mecanismo legal para dar cauce a tal demanda –la revocación de mandato, precisamente–, no nos queda, para propugnarla, más camino que el del señalamiento público.
No les pido, desde luego, que adopten mi postura; les ruego, en cambio, que la comprendan y expreso mi disposición a proseguir con ustedes un intercambio enriquecedor.

Les mando un fraternal abrazo.

28.9.12

"Reforma laboral" prianista


–¿Qué serán estos olores
del más putrefacto PRIAN?
–Pues son los legisladores
que conspirando estarán.

–¿Y de qué irá la conjura
que a leguas huele tan mal?
–Pues que ya dan por segura
su “reforma laboral”.

–¿Aprobarla, y a qué cuenta
y con esa prontitud?
–Para que no te des cuenta
que traerá esclavitud.

–No entiendo cómo está eso.
–Pues la gente que labora
ya se va a quedar sin hueso
y le pagarán por hora.

Ya no tendrás vacaciones,
te quedarás sin contrato
y el resto de prestaciones
te las quitan en un rato.

La masa de desempleados
se peleará cada plaza
y acabarán devaluados,
sin sueldo, escuela ni casa.

Sin contar que en estos años
de contención salarial,
se ha causado grandes daños
a la gente en general.

Muchos creen que no hay forma
en que se pueda evitar
esa mentada reforma
y que la van a aprobar.

Por eso es muy necesairo
ponerles un buen parón
y defender el salario
con la movilización.

Que si no, con esa ley
favorable a los patrones,
ya podrán hacerte güey
y dejarte sin calzones.

27.9.12

Memorial verdadero de
los enredos del Anáhuac*



Fragmento I: En los tiempos por venir tendranse estas palabras por apócrifas y con ello se harán gran engaño quienes porfiasen en tal parecer, por cuanto lejos de ser apócrifas son proféticas.

* * *

Fragmento V: Y viendo tan menguado el dominio del reino sobre sus pueblos vasallos, reuniéronse los señores de la Triple Alianza en el Palacio de Quetzalcóatl y allí, entre invocaciones a sus ídolos y a la memoria de sus antepasados, sacrificios menores y sahumerios de copal, urdieron un engaño en el que habrían de encontrar gran utilidad y provecho en los años sucesivos. Pregonaríase en el Anahuac, sus confines y sus territorios sumisos el fin del poderío de Tenochtitlan y el advenimiento de una era de igualdad entre las diversas naciones que habitaban esta tierra.

Para lograr tan loable propósito habrían de juntarse en una suerte de cabildo los principales tarascos, los señores tlaxcaltecas, los príncipes totonacas, los señores zoques, sometidos por Ahuizótl pocos años antes, y aun los caciques de los variados pueblos chichimecas del norte. Cotejaríase, en tal encuentro de pipiltin o señores nobles, el número de súbditos de cada uno de los presentes, y el que tuviese el número mayor sería designado nuevo Tlatoani por un lapso de seis xihuitl, que es como la gente de aquestas tierras llama al año, y en tal tiempo el nuevo señor de Anáhuac tendría potestad para emprender cuantos cambios quisiera y fueran apoyados por los pueblos, todo ello en pie de igualdad entre los pobladores.

Tal fue la promesa, pero por lo bajo los fementidos señores de la Triple Alianza enviaron emisarios a cada uno de sus reyes vasallos y a cada cual le fue explicado que el contrato habría de ser tan fantasioso como la vida del Preste Juan; que ninguno de los tlatoanis que de tal suerte fuesen designados tendría potestad alguna para cambiar nada, y que hacíase todo aquello con el solo propósito de mantener el dominio tenochca, así fuese con máscara, por muchos xiuhmopilli, o atadura de años, que era como nombraban a sus truncas centurias de 52 años.

Advertíase por añadidura que si a fe de los poderosos alguno de los elegidos hacía semblante de un designio de cambio real y transformación verdadera, el cabildo ignoraría la cantidad de sus seguidores, así fueran los más numerosos del mundo, y pondría al frente del reino a uno menos insumiso y más afecto al engaño. Y para dar más sustancia al trato, los emisarios regalaron a los destinatarios de aquel pacto ricas plumas de quetzal, narigueras de oro, fanegas de maíz y cacao y hermosas esclavas de la región del Papaloapan. Y así se hizo para gran contento de todos los pipiltin y para desgracia de los macehuales y de los esclavos, y aquel arreglo fue llamado “alternancia democrática”, y para guardar memoria de él ordenose que en cada templo del reino fuese colocada una estela conmemorativa.




Fragmento XII: Enterados que fueron los sacerdotes de Huichilobos de la mucha severidad y dureza que algunos de los religiosos de España ponían en su empeño, dieron por sentirse hermanados con ellos y urdieron un ingenioso recurso para salir de la acuciante circunstancia en la que se encontraba la asediada Tenochtitlan: mandaron a dos tlacuilos que pintaran en un pliego de amate las maneras con las que arrancaban el corazón de los sacrificados y estampas de otras crueldades que asimismo realizaban, y con gran sigilio hicieron llegar aquellas figuras a los más desalmados de los frailes españoles, que eran soldados del Santo Oficio. Entre ellos había un Torquemada y un Arbués y un Bernardo Gui, y otros cuyos nombres escapan a la memoria.

Recibieron estos curas los pliegos nefandos con grandes muestras de espanto y de alegría y tuvieron por prodigio que en estas tierras hubiese quien con ellos en saña contra el prójimo compitiera, y vieron que la guerra ya podía ser terminada. Enviaron a su vez los frailes inquisidores a un natural a que compareciera ante los sacerdotes de Huichilobos para ofrecerles una alianza que en el momento mismo fue aceptada.

En seguida fuéronse los religiosos a donde se encontraba don Hernando Cortés para pedirle que acabara el asedio de Tenochtitlan, por cuanto ellos habían  tenido noticia que en la ciudad  había gente de razón con la cual entenderse. Con mucho contento don Hernando Cortés habría mandado ahorcar a aquellos curas entrometidos, pero se lo impidió su juramento de pelear por la fe católica y hubo de allanarse a la autoridad de la Santa Madre Iglesia, y con gran pesar en su corazón ordenó el fin de la contienda.

En cuanto los sacerdotes de Huichilobos hubieron recibido de los inquisidores promesa verdadera de paz y de respeto a sus vidas y haciendas, signaron con los religiosos españoles un largo pergamino en el que se decían hermanos y compinches, y procedieron a proclamar un bando para todo el Anáhuac y sus confines en el que se aseguraban, en igualdad con los inquisidores, como señores supremos. Quiera Dios nuestro Señor perdonar el atrevimiento de aquel pacto con devotos de ídolos merced al cual fue traída la paz a esta porción del mundo y que llamose PRIAN por quienes lo malquerían y se lamentaban de semejante contubernio, tanto peninsulares como naturales.



Fragmento XVII: Y una vez que establecida fue esa alianza contraria al buen juicio, discurrieron sus conjurados una manera para que la faena de los macehuales rindiera más al provecho y engordase la de suyo abultada hacienda de caciques y encomenderos, que unos y otros medraban ya bajo el amparo de aquel pacto innombrable que hacía volver a los tiempos anteriores de las Leyes de Burgos de 1512. 
Hicieron entonces escribir un bando que daba ley a cualquier encomendero para echar de la encomienda a toda persona  que allí laborase cuando al patrón pluguiera y sin más merced que la de un azote en las posaderas, y a cualquier cacique para que mantuviera su majestad sobre los naturales que a su cargo estuviesen, sin tomarles parecer ni inquirir sus deseos.

Y no habiendo querido escuchar estos señores las voces  que les pedían clemencia para una plebe ya cargada de cuitas y prudencia para un reino ya preñado de discordias, mandaron a un cabildo de leguleyos sumisos y complacientes a que hicieran aprobar tan infame pragmática que en vez de salvar del hambre a los habitantes del reino por medio de la paga, menguaba la paga, dejaba el hambre a salvo y habría de causar daño hasta a las propias encomiendas y señoríos, por cuanto los naturales, que no eran zafios, miraban que entre morir de hambre trabajando y morir de hambre holgando, más cuenta les tenía lo segundo.




__________
* Luis Julepe de Corvera de Toranzo y Liébana, o simplemente fray Julepe de Toranzo, es uno de los cronistas menos conocidos del siglo XVI. De fama escasa y de vida ignota, se especula, por el nombre, que nació cantábrico, y por el contexto de sus escritos, que pudo haber llegado a la Nueva España a mediados de esa centuria y muerto a finales de ella. De su obra principal, Memorial verdadero de los enredos del Anáhuac, sólo queda una treintena de fragmentos, rescatados por algún copista anónimo y muy posterior, de los que aquí transcritos sólo son botón de muestra.

26.9.12

España y México:
la Tercera y la Cuarta


No son los únicos casos, pero sí los más paralelos en estos días, con sus congresos cercados por manifestaciones de rechazo a la aprobación de nuevas ofensivas jurídicas contra los intereses de la gente común y para beneficio de los capitales. En uno y otro país los respectivos modelos político-económicos no dan para más. En ambos ha habido por décadas la esperanza de que era posible mantener en pistas separadas las dos cosas, es decir, la política y la economía. Ahora es evidente que no se puede: tanto el bipartidismo español como el mexicano, si bien presentados como sendas democracias representativas, son en realidad expresión de tiranías económicas que utilizan a las instituciones y a sus integrantes para legalizar el saqueo, el atropello y la represión. No es posible desechar el neoliberalismo sin una renovación institucional profunda y radical que pasa necesariamente por la refundación del Estado.

La constitución española de 1978 no da para más. Hace unos días el propio Rajoy admitió que las aspiraciones autonomistas catalanas “no caben” en la Carta Magna; no se diga las vascas. Por cuanto hace a la configuración institucional del reino, es claro que su capacidad de representación ha hecho crisis con la ofensiva económica antipopular ordenada por los organismos financieros europeos e internacionales y aplicada por la clase política con la rotunda oposición de la mayoría de la sociedad. Agréguenle a eso la impresentable figura de una jefatura de Estado hereditaria –y encarnada, para colmo, por un soberano cada vez más antipático a ojos de la población– y tal vez empiecen a notar alguna similitud entre la muchedumbre reprimida ayer frente al Congreso de los Diputados, en Madrid, y las masas de la Plaza Tahrir, en Egipto. Tal vez no sea muy prematuro empezar a pensar en la necesidad de un nuevo orden constitucional que albergue en pie de libertad a las naciones de la Península, que establezca una institucionalidad realmente representantiva –y participativa, por supuesto– y que prescinda de ese costoso puñado de zánganos que forman lo que se llama “la familia real”. Por ejemplo, la Tercera República. En este panorama acaso haya espacio incluso para imaginar la independencia de España con respecto a la Europa comunitaria, que tanto caro le está cobrando a los españoles, ahora, los espejismos de bienestar y desarrollo que les suministró durante varias décadas.

En México el paisaje es incluso más claro porque su institucionalidad republicana lleva ya muchos años de descomposición evidente y se ha deslizado a una ilegalidad manifiesta. Aquí las formas democráticas no están tan bien planchadas como en España y la ofensiva económica antipopular –la “reforma laboral”, para empezar – corre a cargo de dos ilegitimidades sucesivas: la de Calderón y la de Peña, aún en proceso de imposición. La integración del país a su respectivo bloque regional –el TLCAN– fue mucho más parco en la producción de ilusiones de prosperidad y para la mayoría de la gente la economía está estancada, en el mejor de los casos, desde hace un cuarto de siglo. Por eso aquí el actual tramo crítico de las finanzas mundiales golpea a una economía popular que está en los huesos y a un Estado no más carnoso: los presupuestos siguen dando para la generación de fortunas sexenales pero las formas de mediación, salvo el soborno de sectores depauperados por parte del poder, están agotadas.

La Constitución de 1917 fue una obra maestra de relojería social pero de 1989 a la fecha ha venido siendo desvirtuada hasta resultar irreconocible, además de que la mayoría de sus disposiciones son letra muerta. Puede ser que ya no sea útil pararevertir la destrucción causada por casi tres décadas de neoliberalismo, pérdida de soberanía y arbitrariedad creciente. Tal vez haya que ponerse a pensar en una cuarta Carta Magna. Y acaso sea necesario también, habida cuenta que vivimos en un país sometido (las tropas extranjeras no son necesarias cuando la jefatura de Estado actúa como una gerencia regional al servicio de transnacionales y potencias foráneas), ir pensando en la realización de una segunda independencia.

24.9.12

Reforma laboral:
¿“competitividad”?


Tendría que darles vergüenza el estar invocando la competitividad y la productividad como razones para imponer una contrarreforma laboral. Después de un cuarto de siglo de ofensivas antisalariales, antisindicales y antipoblación en general, no hay más razón válida para tocar las leyes correspondientes que la dignificación del trabajo y el rescate de los trabajadores.

En el punto en el que estamos tendrían que reconocer, para empezar, que la Constitución es letra muerta en casi todos sus pasajes, pero con crudeza particular en estos dos:

“Toda persona tiene derecho al trabajo digno y socialmente útil; al efecto se promoverá la creación de empleos y la organización social para el trabajo conforme a la ley”.

“Los salarios mínimos generales deberán ser suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos”.

En un pleno estado de derecho bastaría en rigor con el incumplimiento sistemático, generalizado y doloso de tales mandatos constitucionales para iniciar juicios políticos a quienes han ocupado la Presidencia de 1988 a la fecha (hay que excluir a De la Madrid no porque los haya cumplido sino porque ya se murió) y a sus respectivos secretarios de Trabajo y Previsión Social. Pero en un pleno estado de derecho el gobierno haría válida la Carta Magna y habría trabajo digno y bien remunerado para todos.

No hay ni una cosa ni la otra, sino un desempleo tres veces superior al que el gobierno se atreve a reconocer, salarios miserables y condiciones laborales de explotación y desprotección en casi todos los sectores. De hecho, la proliferación del desempleo no es un desastre natural sino un designio de los lineamientos macroeconómicos impuestos por el régimen y por sus mandantes reales: los grandes consorcios transnacionales y nacionales y los organismos financieros. La contracción de la planta laboral es un mecanismo para forzar la disminución de los salarios mediante la manipulación de la supuestamente libre “mano invisible” del mercado en su versión de mano dura: se induce el desempleo, se practica una política de contención salarial y luego se deja que el excedente de oferta de mano de obra, muy superior a la demanda, obligue a los aspirantes a un trabajo a competir entre ellos: ¿Quién cobra menos?

Ahora se busca, además, suprimir las mínimas certezas y protecciones que quedan a los asalariados, quienes, de hecho, dejarían de serlo, para convertirse en trabajadores a destajo, contratados por hora, al margen de cualquier contrato, imposibilitados para organizarse en sindicatos libres y privados de prestaciones, quienes podrán ganarse una torta de queso de puerco cada 120 minutos, o así.

Por supuesto, el esclavismo también elevó, en ciertas circunstancias, la competitividad y la productividad., como lo ha hecho el régimen laboral de facto en el México contemporáneo. Uno de sus logros fue que los productos manufacturados aquí han empezado a desplazar a sus similares chinos en el mercado de Estados Unidos. Por la simpler azón de que, mientras que en el país asiático los salarios del sector manufacturero tuvieron incrementos del 400%, o así, en México se mantuvieron estancados. El problema es que la competitividad y la productividad basadas en la superpexplotación de la fuerza laboral no se sostiene por mucho tiempo. A la larga los trabajadores se mueren, queman las fábricas o se van a probar suerte a la delincuencia organizada. Y ni cómo culparlos.

21.9.12

Ebrard: luces y sombras



Para empezar: mantuvo y amplió la política social formulada y aplicada por López Obrador entre 2001 y 2005. Eso quiere decir que una parte sustancial del menguante presupuesto del Distrito Federal fue destinado a mitigar los efectos de la crisis económica sobre la población, a atenuar las pavorosas desigualdades y a promover el acceso de millones de personas a la alimentación, la educación y la salud.

Si esta ciudad no ha sufrido la espiral de violencia y muerte que se abatió sobre el resto del país –con las excepciones adicionales de Yucatán, Tlaxcala y Puebla– durante estos seis años, atizada desde Los Pinos y desde Washington, ello no sólo se explica por una estrategia policial adecuada, sino también porque esa política social restó caldo de cultivo a la delincuencia.

En contraste con los gobernadores que desvían y se roban descaradamente el dinero de todos, y que enfocan los programas sociales a la obtención de sufragios para su causa partidista, lo hecho y lo continuado en la ciudad capital es más que meritorio. También lo han sido las medidas orientadas a promover el esparcimiento popular, tan ridiculizadas en un inicio por ciertos sectores de la clase media, como los conciertos y exposiciones gratuitos en el Zócalo, la pista de hielo invernal y las “playas artificiales” veraniegas.

En otro sentido, la administración de Ebrard mostró una audacia política notable en lo que se refiere a la ampliación de los derechos y las libertades individuales. En su administración el Distrito Federal protagonizó un salto de siglos con la despenalización del aborto y la aprobación de matrimonios entre personas del mismo sexo. Las reformas correspondientes representan sendas y formidables contribuciones a la causa de las mujeres, de los derechos reproductivos y de género y a la lucha contra la discriminación.

Otro mérito indiscutible: en la mayor parte de su gobierno, Ebrard resistió con dignidad los rencores y la criminal ofensiva –presupuestal, hídrica, legislativa, judicial– del calderonato contra el Distrito Federal y cumplió, de esa forma, el mandato de una ciudadanía que ha rechazado en forma consistente y mayoritaria al PRIAN y a lo que éste representa.

De lo negativo: en primer lugar, Ebrard fue omiso en su deber de garantizar la seguridad y el bienestar de los capitalinos cuando el calderonato, con la destrucción de Luz y Fuerza del Centro, asestó un triple golpe a la propiedad pública nacional, al Sindicato Mexicano de Electricistas y a la población del centro del país. Durante casi un año ésta padeció una crisis de abasto eléctrico de proporciones catastróficas que implicó graves situaciones de riesgo, pérdidas económicas incalculables y un deterioro injustificable en su calidad de vida. El jefe de gobierno se lavó las manos y, en la lógica de que él no tenía porqué resolverle la bronca a la administración federal, dejó que los capitalinos enfrentaran solos y desamparados la bronca enorme de los prolongados y casi diarios apagones y lo que conllevaron: inundaciones, embotellamientos, inseguridad y severos perjuicios para profesionistas y empresas pequeñas y minúsculas.

Por otra parte, el aún jefe de gobierno indujo, así haya sido de manera indirecta, un conflicto de grandes proporciones en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México al apoyar a una nueva rectora que, independientemente de sus virtudes académicas personales o de que tenga o no cédula profesional, ha llevado a esa institución a una polarización casi irresoluble. Lejos de emprender la solución de los muchos e innegables problemas que venía arrastrando la UACM, Esther Orozco los agravó en forma exponencial, generó desde el inicio de su rectorado un ambiente de persecución, hostilidades y vendetas autoritarias, y acabó por convertirse, ella misma, en el principal problema de la universidad.

Pero lo peor del gobierno de Ebrard es que introdujo en el Distrito Federal una línea privatizadora del todo incompatible con el sentido social del proyecto político que en 1997 conquistó el poder en la ciudada capital y que lo ha mantenido, pese a todo, hasta la fecha. Entre 2007 y el año en curso no ha sido liberada ni una de las calles arbitrariamente privatizadas por sus habitantes –ubicadas, la mayor parte de ellas, en colonias de clase media o alta, pero también en barrios populares–; en cambio, Ebrard cedió a la explotación privada grandes tramos de vialidad. Otro punto a tener en cuenta: si esas obras fueran de circulación libre, se justificarían los severos perjuicios causados durante su construcción a los usuarios del transporte público y automovilistas; pero como se trata de proyectos explotables, los cientos de años/hombre perdidos por la realización de esas obras representan un despojo a la población, una suerte de subsidio obligatorio en beneficio de los concesionarios.

Paradójico: la administración que amplió los derechos y las libertades para las mujeres y las minorías sexuales atentó de manera flagrante contra el derecho al libre tránsito.

Sin afán exculpatorio, Ebrard comparte la responsabilidad por semejante incoherencia con la sociedad que se lo permitió. La ciudadanía que ha venido apoyando a los gobiernos de izquierda en el Distrito Federal durante los últimos tres lustros no quiso o no pudo obligar al gobernante saliente a apegarse en forma plena al mandato que recibió. Ojalá que con Mancera los capitalinos no seamos tan complacientes.

18.9.12

El ritual disputado




L
os rituales, religiosos o laicos, tienen una importancia política capital. Sirven para representar, para aglutinar, para inducir sentimientos de pertenencia, participación y acatamiento de la autoridad. Permiten tomar el pulso a los protagonistas de la cosa pública. Son un termómetro de la jerarquía que se deja leer en función de las presencias, las ausencias, las cercanías y las distancias. Dan un rostro a las instancias del poder. Suelen ser marcas de diario y de calendario en la vida de la gente: para muchos los días de muertos, las jornadas electorales, las navidades y las fiestas patrias operan como organizadores de recuerdos.

Si lo anterior es cierto, no resultarán banales las manifestaciones de repudio al régimen realizadas el sábado 15 por la noche en el Zócalo capitalino y en otras plazas de la república y al día siguiente, el domingo 16, en el contexto de los desfiles patrios. Es cierto que en los seis años en que ha gobernado haiga sido como haiga sido, Felipe Calderón ha tenido que disputar palmo a palmo el protagonismo del Grito con los sectores sociales que en todo ese tiempo se negaron a reconocer su investidura presidencial en razón de la forma desaseada e irregular en la que se hizo con ella. Pero en las cinco ocasiones anteriores las modalidades de la protesta no habían logrado arruinarle la fiesta con la contundencia y la evidencia logradas este sábado: los apuntadores láser jugueteando en su cara; los gritos de “¡Asesino! ¡Asesino!” (no hubo forma de que los medios oficialistas los eliminaran por completo en sus grabaciones de video) y “¡Fraude! ¡Fraude!” desde la plancha del Zócalo; el calificativo que más podría molestar a Calderón, exhibido ante la tropa y el público de los desfiles del día posterior: “narcopresidente”. Ya casi ningún medio informativo, por fusionado que se encuentre con el régimen, puede ignorar tales expresiones ni lo que representan: el agravio social acumulado en un sexenio más de insensibilidad, corrupción, prepotencia, irresponsabilidad y sometimiento a poderes fácticos del país y del extranjero.

Tal vez en algún momento los planificadores del régimen pensaron que podrían reducir al Estado sólo en las partes de éste que les interesaba transferir a manos privadas (ferrocarriles, líneas aéreas, empresas de telecomunicaciones y demás) y en las atribuciones que iban a ser entregadas, en forma palmariamente ilegal a instancias extranjeras (inteligencia, procuración de justicia, vigilancia del espacio aéreo, política exterior) pero que podrían conservar intactas las formas en las que el poder público se identifica con el resto de la sociedad, empezando por los rituales. Fue un craso error. El desfile del Primero de Mayo fue la primera de esas ceremonias que sucumbió, ya hace años, a la irrupción de la cólera social. Luego tocó el turno al informe presidencial anual en las postrimerías del sexenio pasado. La entropía desatada por el neoliberalismo ha reducido los espacios rituales de los gobernantes y la sociedad agraviada por el poder oligárquico ha cobrado rápida conciencia de la importancia estratégica de tales espacios. Por lo pronto, las únicas ceremonias que Calderón pudo presidir a gusto y sin temor alguno a expresiones de repudio fueron las correspondientes a las fechas conmemorativas de las Fuerzas Armadas, cuya naturaleza aumenta al máximo posible el grosor del blindaje. De esa manera, los gobernantes del régimen oligárquico rinden tributo involuntario a la noción marxista de un Estado que se reduce a una banda de hombres armados.

La disputa por los espacios simbólicos es parte de la lucha por el poder, y tan relevante, en el momento actual de crisis del régimen, como otras formas de movilización y protesta social. En lo sucesivo, ningún detentador cuestionable del Poder Ejecutivo podrá echar mano de la majestad presidencial que confería el ritual del 15 de septiembre en el Zócalo sin convertir previamente esa plaza en una casamata erizada de toletes y armas de fuego, lo cual, lejos de ser una demostración de fuerza, sería una exhibición de suma debilidad. Y mayor será la debilidad de un gobernante incapacitado para festejar, en compañía del pueblo, los aniversarios del Grito de Dolores.

Pese a lo anterior, algunos siguen pensando que la sociedad no ha avanzado ni un milímetro en su lucha por democratizar al país y por desmontar el poderío del régimen oligárquico, y están en su derecho.

17.9.12

Asesino y narcopresidente


Antes de que iniciara su espuriato, en plática con el entonces embajador gringo Tony Garza, Felipe Calderón juraba que el suyo no habría de ser un "narcosexenio" (cable 06MEXICO5607 de WikiLeaks). Seis años después los amplios sectores de la sociedad que durante seis años se negaron a llamarlo presidente lo califican, en clamor, como narcopresidente. El apelativo se masificó en la redes sociales el día de su más reciente cumpleaños, el 18 de agosto, y salió a las calles ayer, domingo 16, en el el desfile capitalino y en otros puntos del país, cuando se convirtió en un mensaje cuyos destinatarios eran los soldados que desfilaban: “Militares, defiendan al pueblo, no a un narcopresidente”. En la ceremonia de la víspera, los de por sí desabridos “vivas” del aún encargado del Poder Ejecutivo fueron opacados por un griterío procedente de la plaza que no pudo ser extirpado del todo de la pista de audio de las transmisiones oficiales: “¡Asesino! ¡Asesino! ¡Asesino!”

Y aquí está este hombre, Felipe Calderón, a punto de soltar el poder al que llegó de manera ilegítima, remiso a someterse al escrutinio de la justicia por los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el poder público durante su administración, pero enfrentado al juicio adelantado de la historia: narcopresidente y asesino. Lo hecho, hecho está. Nadie puede revivir a los miles de mexicanos (no hay ni cómo contarlos) que murieron por causa de una estrategia oficial equivocada, fallida y perversa ni hay manera de regresar la realidad a las últimas semanas de 2006, cuando Calderón decidió matar, con su guerra, no sólo a millares de personas, sino también a muchos pájaros de un tiro: obtener la legitimidad que le faltaba, complacer a los gringos, reafirmar su masculinidad y también, tal vez, beneficiar a algunos sectores económicos vinculados al narco de manera estructural, como el financiero.

Calderón no podrá alegar que nadie se lo advirtió. La usurpación era, por sí misma, una falta muy grave, y López Obrador le dijo en su momento que reflexionara sobre lo que estaba a punto de perpetrar, que pensara en su descendencia, que un fraude no se borra ni con toda el agua de los océanos. Pero la instauración del espuriato habría de ser sólo el primer peldaño de una carrera delictiva mucho más prolífica.

Cuando Calderón declaró su guerra “contra la criminalidad” y “contra el narco”, una infinidad de voces, tanto amigas como adversarias, tanto nacionales como extranjeras, le dijeron que estaba a punto de cometer un crimen y algo peor: una estupidez. Se lo siguieron diciendo en muchos tonos, de muchas maneras, todos los días, mientras él iba sumiendo al país en un baño de sangre como no se había conocido desde hace cien años. Pero Calderón nunca tuvo el menor interés de entender, y ni siquiera de escuchar, y dirigía a los críticos de su política demencial un reproche absurdo y difamatorio: “si me critican es porque están a favor de los criminales”. En ese misimo estilo ilógico se justificaba a sí mismo: “¿Qué pretenden? ¿Que deje de cumplir la ley?”

A juzgar por las imágenes recientes, el narcopresidente se encuentra tan disociado que no ha cobrado cabal conciencia de la gravedad de su situación: está a está a diez semanas de dejar el puesto que lo ha protegido en manos de un aliado muy poco confiable. Es profunda y permanentemente detestado por el país al que él mismo sumió en el odio y la destrucción. Se va con un montón de facturas pendientes y favores no devueltos a la oligarquía que lo puso en el trono presidencial y acaso también con cuentas por pagar a alguno de los cárteles a los que combatió no para cumplir la ley sino –esa es la percepción generalizada– para favorecer a los competidores. Deja tras de sí muchas causales de juicio por violaciones a los derechos humanos, corrupción y traición a la patria.

En los hechos, por más que la formalidad de sus documentos se encuentre en orden, ha perdido para siempre su condición de ciudadano: no podrá salir en el resto de su vida a pasear por las calles sin echarse encima un pesado blindaje; no podrá acudir a sitios públicos sin una asfixiante escolta; se ha privado en forma irremediable de la convivencia respetuosa con sus connacionales. Y si un mexicano llega a reconocerlo en Houston, en Viena o en Estambul, es muy probable que reciba una imprecación o un escupitajo. Y eso, por no hablar de los rencores de los delincuentes de cuello blanco (que suelen ser los más peligrosos) o los de cuerno de chivo.

Se va, Felipe Calderón, a algún lujoso basurero de la historia, pero ni allí encontrará sosiego. Ya irán a buscarlo los deudos, los ofendidos, los depauperados, para sacarlo de su escondite y presentarlo ante un tribunal.

Qué se le va a hacer. Se lo buscó. Se lo forjó paso a paso. Se lo ganó a pulso.

15.9.12

Palabras para el sábado



Vivan los mexicanos que persisten. Vivan las mexicanas que no se desalientan.

Vivan los que siguen robándole ratitos  a la vida para pensar en los demás.

Vivan las que se toman una hora para hacer algo por los demás.

Vivan los que han sumado otros seis años de vivir a la intemperie y aún conservan la calidez.

Vivan las que recuerdan. Vivan los que se desvelan para cuidar a la memoria.

Vivan los que se agotaron cuidando las casillas.

Vivan las que tomaron videos de la suciedad y la canallada.

Vivan quienes se aguantaron un día más de hambre para no padecer seis años más de vergüenza y hambre.

Vivan los que se organizaron y movilizaron sin aspirar a ningún hueso.

Vivan los que reunieron las toneladas de verdades que un tribunal remitió a la instancia siguiente: el basurero.

Vivan los que no se dejaron confundir por los alegatos de siete leguleyos.

Vivan las que guardan su rabia por un momento para apelar a la prudencia.

Vivan los despertadores que siguen hablando en las plazas para despertar a la nación.

Vivan los impacientes que se arman de paciencia.

Vivan los niños que ya llevan la rabia en la mochila.

Vivan las adolescentes que no se dejarán robar el futuro.

Vivan los chavos que despiertan con frescura y sin daño previo al amor, al deseo, a la cultura y a la política.

Vivan los viejos que están dispuestos a vivir el tiempo necesario para ver un país nuevo.

Vivan los que ejercen su libertad sexual bajo gobiernos oscurantistas.

Vivan las dentistas que siguen trabajando en la boca de sus pacientes mientras estamos todos en la boca del lobo.

Vivan los maestros que siguen aportando luz a sus alumnos en salones sin energía eléctrica.

Vivan los plomeros que ponen de su parte para librarnos de la inmundicia.

Vivan los albañiles que siguen construyendo muros y techos aunque el país esté en ruinas.

Vivan quienes defienden la inteligencia a pesar de los triunfos de la estupidez.

Vivan las madres que se sobreponen al dolor por el asesinato de una hija.

Vivan los que convierten su dolor en lucha y advertencia para evitar la repetición de  su dolor en otros.

Vivan quienes no quieren que haya un muerto más.

Vivan los médicos que no descuidan a sus pacientes aunque el régimen se encuentre en su etapa terminal.

Vivan los ciudadanos que en el curso de este año conocieron la lucidez y se enamoraron de ella para siempre.

Vivan los transportistas para quienes la patria es algo más que un mapa carretero.

Vivan las viejas que cuidan de su dignidad con más amor que de su gastada argolla de matrimonio.

Vivan los viudos que encuentran en sus nietos un motivo firme para seguir en pie de lucha.

Vivan los discriminados que no se avergüenzan y convierten la discriminación en motivo de orgullo.

Vivan las investigadoras y las artistas a las que les duele la realidad.

Vivan los políticos que no se enriquecen en sus cargos.

Vivan los notarios que no se prestan a encubrir una infamia.

Vivan las amas de casa que compran con rabia pero siguen cocinando con amor.

Vivan los padres que no se avergüenzan de sentir ternura.

Vivan los hijos que entienden las limitaciones generacionales de sus padres.

Vivan las comunidades en resistencia. Vivan los barrios que se defienden de la furia modernizadora.

Vivan quienes no se aburren aunque no enciendan nunca la televisión.

Vivan los que distinguen entre posibles aliados y adversarios con los que la alianza es imposible.

Vivan los ciudadanos laicos de Nueva Jerusalén. Viva Atenco. Viva Cherán.

Vivan los mineros. Viva el SME. Viva Mexicana.

Viva #YoSoy132. Viva MORENA.

Viva la prole.

Viva Cuauhtémoc. Viva Gonzalo Guerrero. Viva fray Bartolomé de las Casas. Viva Francisco Tenamaztle. Viva Jacinto Canek. Viva Gaspar Yanga. Viva Gabriel Teporaca. Viva fray Servando Teresa de Mier. Viva Francisco Primo de Verdad. Viva Miguel Hidalgo. Viva Josefa Ortiz de Domínguez. Viva José María Morelos. Viva Leona Vicario. Viva Epigmenio González. Viva Francisco Xavier Mina. Viva Vicente Guerrero. Viva el Batallón de San Patricio. Viva Benito Juárez. Viva Ignacio Zaragoza. Viva José Santos Degollado. Viva Melchor Ocampo. Viva Mariano Escobedo. Vivan Ricardo y Enrique Flores Magón. Viva Juana Belén. Viva Emiliano Zapata. Viva Aquiles Serdán. Viva Francisco Villa. Viva Elisa Acuña. Viva Antonio Díaz Soto y Gama. Viva María Talavera. Viva Felipe Carrillo Puerto. Viva Lázaro Cárdenas. Viva Francisco J. Múgica. Viva Rubén Jaramillo. Viva Benita Galeana. Viva Valentín Campa. Viva Demetrio Vallejo. Viva José Revueltas. Viva Heberto Castillo. Viva Carlos Monsivais. Viva Bety Cariño. Viva Samuel Ruiz. Viva Carlos Fuentes.

Vivan la imaginación y la dignidad, la solidaridad y la vida.

Viva México. Viva México. Viva México.

Por una nueva independencia


El último presidente de México fue Miguel de la Madrid y lo hizo tan mal que sentó las bases para que sus sucesores en el cargo, electos o impuestos, se desempeñaran no como presidentes de los mexicanos, sino más bien como procónsules de Estados Unidos. Hasta 1982 el ejercicio de la soberanía nacioanl había sido para los presidentes en turno una tarea muy complicada, obligadamente ambigua y de márgenes estrechos, porque gobernaban al país derrotado en varias guerras y debían plegarse en algunos asuntos para preservar la independencia en otros. El sexenio 1982-1988, prolífico en conflictos bilaterales y en encontronazos con Washington, se saldó con la renuncia a esa compleja gestión de la soberanía y con la elaboración de un programa político para administrar, a largo plazo, la liquidación de la independencia nacional.

La primera abdicación, protagonizada por Salinas, fue en el terreno de la política económica. En su periodo se acató el Consenso de Washington y se inició la magna tarea del ciclo neoliberal: libre comercio, reducción de la propiedad pública, achicamiento del Estado, devaluación de la población, concentración de la riqueza, desmantelamiento de las organizaciones sindicales y campesinas y sustitución de la política social por programas de clientelismo electoral. Posteriormente, en el sexenio de Zedillo, se entregó a los intereses extranjeros los ferrocarriles y la banca y se inició la infiltración de la industria energética –petrolera y eléctrica– por contratistas foráneos, una labor que habría de consumarse ya en tiempos de Fox, quien además entregó los recursos mineros del país y muchas obras de infraestructura. Calderón siguió adelante con el desmantelamiento de la industria energética, cedida principalmente a consorcios españoles, y cedió a Washington aspectos capitales de la política internacional, la seguridad pública y nacional y la procuración de justicia.

Como consecuencia de esa saga de administraciones vendepatrias hoy el país ha perdido la soberanía en sus dimensiones económica, alimentaria, financiera, tecnológica, comercial, militar y policial, y su política exterior, antaño ejemplar y emblemática en el mundo, hoy se reduce a instrumento subsidiario del Departamento de Estado.

La pérdida de la independencia ha tenido efectos devastadores y dolorosísimos para la población mexicana. Los gobernantes de hoy no toman decisiones para evitar el hambre de los habitantes del país sino para beneficiar a productores extranjeros; el sacrificio de los consumidores mexicanos engorda las ganancias de las empresas estadunidenses y europeas; las transnacionales aplican, aquí, condiciones laborales que en sus países de origen serían objeto de demandas penales y de una inmediata extendida repulsa social; el agro nacional ha sido sacrificado en beneficio de importadores extranjeros; los proveedores de bienes y servicios, locales o foráneos, cometen en el territorio nacional abusos contra los consumidores que resultarían imposibles en otras naciones. Y, para rematar el panorama, México ha sido arrastrado por el calderonato a una guerra cruenta y exasperante cuya única lógica visible consiste en favorecer los intereses de las mafias del narcotráfico y las proyecciones geoestratégicas del gobierno de Estados Unidos.

Hoy, cuando la clase política se apresta a entronizar a un nuevo procónsul con el propósito explícito de culminar la destrucción de los derechos laborales, consumar la aniquilación de la industria energética nacional y consagrar nuevos mecanismos fiscales que aceleren la concentración de la riqueza, es claro que el país requiere de una nueva gesta de independencia, necesariamente asociada a una nueva revolución social y política.

A diferencia de lo ocurrido a principios de los siglos antepasado y pasado, sin embargo, los procesos correspondientes no pueden, hoy en día, conducirse por medio de insurrecciones armadas. Mucho camino han recorrido desde entonces la ética social y las asimetrías tecnológicas como para que las luchas violentas pudieran tener un grado mínimo de viabilidad, y nada garantiza que no culminaran, después de un ciclo de recrudecida destrucción humana y material, en una restauración del régimen. Hay un argumento adicional, aunque no menos contundente, contra la vía armada: en un país controlado por las mafias –las del narcotráfico, las empresariales, las políticas, y la gran suma de todas ellas– y sus brazos militares o paramilitares, las expresiones populares de organización armada serían ahogadas desde su inicio.

Queda, pues, el desafío enorme, pero esperanzador, de multiplicar la organización de la sociedad para que ésta sea capaz de disputar el poder por diversas vías: la electoral, en donde aún quedan espacios de lucha, pero también las de la resistencia pacífica y la desobediencia civil. En lo que va de este siglo la fuerza social ha demostrado su capacidad de resistir al poder oligárquico y entreguista e incluso de derrotarlo. En la opinión personal de quien escribe, lo procedente es persistir por esa determinación y orientarla de manera explícita hacia el objetivo de una nueva independencia nacional y de una nueva revolución social, moral y política.

Todo tiene un límite


El otro día reflexionábamos Laguna y yo y nos decíamos que cualquier ateo puede encontrar pasables y hasta excitantes las menciones a Dios en ciertos momentos climáticos, pero que una invocación al beato Juan Pablo II derriba al instante la erección más pétrea y seca de inmediato las humedades más apasionadas. 


Libertad de prensa o
libertad de empresa


En Brasil, en la década antepasada, el fenómeno se llamó Fernando Collor de Mello; Italia padeció la pesadilla de Silvio Berlusconi; México está, al parecer, a punto de padecer a uno de esos gobernantes impuestos desde, por y para el poder desmesurado de los medios. En el tercero de estos países se ha llegado al punto en que Televisa tiene su propia representación parlamentaria en ambas cámaras, lograda a punta de dinero y mediante partidos que no son partidos sino franquicias, como el Verde Ecologista Mexicano, única organización en el mundo que se dice ecologista y que defiende con pasión el restablecimiento de la pena de muerte.

Si no poseen al gobierno buscan tomarlo por asalto, ya sea por medio del aprovechamiento abusivo de cualquier resquicio en la legalidad democrática o mediante la incitación abierta al golpe de estado, como lo hicieron las cadenas televisivas privadas en Venezuela, en 2002, y como lo han hecho varios medios oligárquicos en Ecuador.

Los dueños de esta clase de medios cuentan, para eludir o atropellar la voluntad popular, con una vasta red internacional de legitimación que va desde la proestadunidense Sociedad Interamericana de Prensa hasta la europea Reporteros Sin Fronteras. Si una autoridad nacional trata de emplear recursos legales contra ellos, pegarán de gritos doliéndose por un “ataque a la libertad de prensa”, entendida ésta como libertad de empresa y como sometimiento del Estado a intereses mediático-empresariales de lo más sórdido. Y el adjetivo no es un exceso: recuerden, por ejemplo, los orígenes criminales del actual régimen de propiedad de Clarin, en Argentina.

La libertad de expresión, esgrimida por los consejos editoriales y de administración de estos corporativos, equivale a que Drácula pronunciara un discurso para promover el vegetarianismo. Porque en el mundo contemporáneo el principal factor de censura en el mundo no es ya el Estado ni la iglesia –cualquiera que ésta sea– sino las conveniencias empresariales de los grandes medios. Son éstas las que uniforman la información, las que llevan a la construcción de un discurso único y las que cierran toda posibilidad de información y opinión plurales y libres. Su gran coartada es eso que denominan “objetividad” e “imparcialidad”, como si se pudiera hacer periodismo con tales cualidades. Se sabe desde hace tiempo: la abominación de las ideologías es la ideología del neoliberalismo dominante.

Empezaron por hacer favores de silencio y estruendo a las viejas clases políticas y terminaron por volverse parte de ellas y por disputar el poder –o por ejercerlo– al margen de lineamientos constitucionales, de los preceptos de Montesquieu y de la dignidad del oficio de informar y opinar. Sin embargo, las enormes facultades extra legales que han acumulado no van a durarles mucho tiempo más, ya sea porque las sociedades toman el gobierno en sus manos y blindan a las instituciones del acoso de los medios, porque la transformación tecnológica transfiere a individuos y comunidades posibilidades de comunicación que hasta hace pocos años sólo estaban al alcance de quien pudiera ser dueño de una rotativa, de transmisores de radio y televisión o de redes de cable, o por una combinación de ambos factores.

Han sido, por décadas, los grandes monstruos del poder, los factores de estabilidad o de desestabilización. Pero acabarán por disolverse como un helado bajo el sol de verano.