12.4.12

Y todo, por los perros
de Nueva Macedonia


La idea la tuvo el que me contó esta historia: el alcalde de Nueva Macedonia, una localidad sin más gracia que la de tener el mayor índice de perros por habitante (1.7) en todo el continente americano. Los cánidos no habían pasado de ser una simple molestia hasta que se declaró la primera epidemia de fiebre tifoidea, causada por la fecalización al aire libre de estos animales, la sequía y los fuertes vientos que soplaron por esa época sobre el valle. Se calcula que mil 300 de los 28 mil neomacedonios consignados en el registro civil enfermaron en el lapso de una semana y que 79 de ellos se fueron a la tumba, no porque se tratara de un padecimiento grave ni mortal sino porque los centros de salud del lugar no estaban preparados para enfrentar el brote masivo.

El gobierno central no respondió ni bien ni mal a los pedidos de auxilio de las autoridades locales y de la población. El alcalde, un veterinario de apellido Cabanillas, hubo de desviar la casi totalidad del presupuesto municipal de ese año a la compra de antibióticos y otros medicamentos y, dada la emergencia, convocó al pueblo a una gran asamblea, que tuvo lugar en el mercado, para exponer su plan de emergencia.

–Tendremos que sacrificar a los perros –anunció de manera escueta a los presentes, muchos de ellos vestidos de riguroso negro por la reciente pérdida de un familiar–. Son ellos o nosotros.

Pero los neomacedonios se caracterizan por su amor a las mascotas, así las dejen abandonadas a su suerte en las calles, y Cabanillas tuvo una clamorosa rechifla por respuesta. Los asistentes que estaban sentados se pusieron de pie, los que estaban de pie dieron media vuelta y en un tris la nave del mercado se vació. La población de Nueva Macedonia repudió de esa forma inequívoca la propuesta de canicidio expuesta por su máxima autoridad.

Deprimido y confundido, Cabanillas se marchó a su casa, saludó con un gruñido a su mujer y a sus hijos, echó a andar la computadora, se metió a Internet y se puso a buscar las expresiones “proliferación canina” y “fecalismo al aire libre”. Halló, entre otras cosas, el Método Mac Clean, “que consiste en la combinación de técnicas de reiki, masajes, hidroterapia, paseos al aire libre y juegos” para lograr que los perros abandonados socialicen. Se perdió entre diagramas, tablas y cifras espantosas, como la producción diaria de heces caninas de la capital mexicana: 625 toneladas, parte de las cuales se sublima (el verbo viene de la física, no de la poesía) a la de por sí ponzoñosa atmósfera del Anáhuac. Descubrió que las deposiciones de los perros en los parques de Quito es motivo de sesudos estudios universitarios y de programas concebidos por dependencias públicas y organismos internacionales.




Abrumado por la complejidad del problema que enfrentaba su pequeña ciudad, el munícipe apagó la máquina, se sirvió un vaso de ron derecho, tomó del estante un manojo de revistas viejas a las que se les caían las páginas de tanto ser leídas y releídas, y se puso a ojearlas con desgano, tumbado bajo las aspas del ventilador, de tal manera que la ráfaga de aire hizo voltear las hojas de una de las publicaciones y la dejó abierta al azar entre las manos del alcalde, ahorrándole incluso el trabajo de escoger la lectura. Ante los ojos de Cabanillas apareció un encabezado que rezaba: “Compañía de Estados Unidos lanza al mercado gatos que no causan alergia”. El interés del funcionario se encendió de inmediato porque pensó: ya inventaron las naranjas sin semilla; ya fabrican gatos que no dan alergia; ya están vendiendo rosas azules y en un rato más les van a poner genes de araña a los cerdos para que nazcan con ocho patas y se pueda duplicar de golpe la producción de jamones. ¿Por qué no han fabricado perros transgénicos que no hagan caca?

Frenético por el foco que se acababa de encender en su cabeza, el alcalde salió, abordó su vehículo, lo echó a andar y se puso en camino hacia Norebamba, la cabecera departamental.

No volvió a su casa sino cinco días después. En ese lapso logró entrevistarse con el jefe del Departamento de Genética de la Universidad de Norebamba. Lo engatusó a tal punto con su idea alocada que el hombre hizo llamadas a colegas suyos de la capital de la república, y éstos, a investigadores destacados del extranjero. La idea prendió como pólvora en las divisiones de planificación de un par de empresas de transgénicos, en donde vieron no la posbilidad de poner fin a la fecalidad canina en un pueblo latinoamericano perdido, sino de amasar fortunas con la venta de especies domésticas hiperdigestivas, capaces de aprovechar el 90 o el 95 por ciento de la masa alimenticia ingerida, así como mascotas que podrían ahorrar a sus propietarios el gasto y el asco derivados del manejo de las heces.

Un año más tarde, Nueva Macedonia seguía hundida en mierda de perro. Cabanillas terminó su periodo y no logró reelegirse. La epidemia de fiebre tifoidea había puesto fin a su carrera política y el hombre vendió sus propiedades y se mudó, junto con su familia, a Norebamba, en donde puso un consultorio veterinario. Hasta su local llegó una publicación que reseñaba los avances logrados por las dos empresas que originalmente se interesaron en su proyecto, ambas con posición de dominancia en el mercado de transgénicos: habían logrado crear unos cuantos especímenes de cánidos hiperdigestivos e hipofecales que comían una vez por semana y producían caquitas del tamaño de una píldora, pero que resultaban muy propensos a padecer ictericia y a sufrir choques sépticos.

Ambos consorcios tuvieron que invertir decenas de millones para superar esos problemas y a la postre consiguieron crear, con semanas de diferencia, algunas decenas de ejemplares de dos nuevas razas –los productos fueron denominados, respectivamente, Rottweiler LFP y Shitless– que fueron otorgados, en préstamo, a amos temporales que firmaron cartas-compromiso y asistieron a algunas sesiones de evaluación. Pero algo marchó mal porque, hasta la fecha, ni el Rottweiler LFP (abreviatura, al parecer, de “Low Fecal Production”) ni el Shitless han sido comercializados en forma masiva.

Conocí a Cabanillas en la sala de espera de un aeropuerto semivacío. Parece ser que nos caímos simpáticos, hicimos plática casual y ya fue que me contó esta historia. Cuando estaba por terminarla, en los altavoces de la sala sonó un anuncio (“Pasajeros con destino a...”), el hombre lo escuchó, se puso de pie y me tendió la mano para despedirse.

–Espérese un ratito –le dije, irguiéndome a mi vez, con  angustia de perderme el fin del relato–. ¿Y qué fue lo que falló con esos perros afecales?

Cabanillas alzó las cejas con tristeza, bajó la voz y, mientras se encaminaba a la fila para abordar, me confió:

–Lo de la ictericia y los choques sépticos lo resolvieron , pero nunca pudieron con otra consecuencia inesperada de la manipulación genética.

–¿Cuál? –supliqué.

–Los perros modificados... lloraban.

–¿Cómo así?

–Pues eso: les daba por llorar. Como lloramos usted y yo: con sollozos, lágrimas, respiración entrecortada, contracciones faciales. Usted sabe... Y ningún comprador iba a a querer una mascota que le rompiera el corazón de esa manera. En fin. Ha sido un gusto conocerlo.

Y Cabanillas se metió al túnel que llevaba a su avión, y eso fue todo.


2 comentarios:

Colibrí dijo...

gracias por el post...un respiro (raro) pero que refresca tanta campaña

Berkmeded dijo...

Hilarantemente entretenida, sin dejar por eso de ser reflexiva.