16.3.04

Querido Bin Laden


No sé quién eres ni cómo te llamas. Me ha resultado fácil designarte con ese nombre, que representa la extrema demencia justiciera, pero en verdad no sé si Osama Bin Laden goza aún de mando y atribuciones para seguir despedazando personas de cualquier clase y patria, si sigue vivo, si alguna vez existió o si fue un invento de la CIA. Tengo la certeza de que, te llames como te llames, eres alguien o eres algunos; que estás feliz con tu reciente carnicería madrileña, que por tus neuronas corre la convicción de la labor cumplida y que te encuentras en paz con tu conciencia: has descargado parte de la rabia y la impotencia que no te dejaban respirar ni tragar saliva desde que los occidentales bombardearon tu aldea, tu edificio de departamentos, tu taller mecánico, tu patio, y dejaron el lugar lleno de carne humana quemada y reventada.

Hombre o mujer, afgano o palestina, iraquí o libanesa: a lo mejor el juego de tus hijos se cruzó con el trayecto de un misil, tal vez tu mujer perdió los pechos y la cara por efecto de una bomba de racimo, quién sabe si tu marido se quedó sin piernas y entró en silla de ruedas a la estadística del daño colateral; cómo saber si tu padre se coció en el napalm que excretan los helicópteros Apache y Cobra. Hasta es posible que no te haya pasado de cerca el dolor y la destrucción de las guerras de rapiña y que simplemente la devastación de tu pueblo te orille a buscar en el Corán parábolas forzadas para justificar una venganza igualmente cruel y cruenta.

A efectos de esta carta, da lo mismo. Te confieso con vergüenza que nunca he tenido el tiempo ni la paz de espíritu para aprender a descifrar la hermosa caligrafía arábiga; que los versículos coránicos me resultan mucho más aburridos que los picantes relatos bíblicos; que, de todos modos, no puedo percibir ni unos ni otros como textos sagrados, que no tomo partido en el baile de Moros y Cristianos y que la revivida disputa entre católicos y judíos por la muerte de Jesús me es un tema ajeno e irrelevante: más crucifica el hambre en nuestros días, más cornadas da el sida, más me duele el Gólgota de los discriminados, los saqueados y los mal gobernados. Además, cuando mi hija Clara, que va a cumplir seis años, tiene que efectuar ya esfuerzos casi musculares de credulidad para imaginarse el mundo dividido en alegrijes y rebujos, encuentro inconcebible que tú y tus congéneres, zopencos de 50 o más, insistan en hablarnos de una humanidad organizada en rebaños de fieles e infieles, demócratas y terroristas, buenos y malos, burgueses y proletarios, payos y gitanos, hebreos y gentiles.

No soy tu amigo ni tu adversario, y no tengo nada que ver con tu guerra santa. Pero tú decidiste lo contrario: me quieres, me necesitas en tu conflicto. Cuentas con rivales poderosos y piensas que puedes golpearlos por medio de mi humilde y anónima persona. Algún gobernante de un país cualquiera --Bush, por ejemplo, Tony Blair, por ejemplo, el ahorra derrotado Aznar, por ejemplo-- ha ido a tu región, a tu cultura, a tu Estado, a sembrar la muerte y la destrucción, a mutilar peatones, a robarse los recursos naturales, a prostituir a tus compatriotas, a obligarlos a cooperar con la ocupación extranjera de su patria. Ahora tú piensas que ha llegado el tiempo de cobrar venganza. No puedes tocar a los estadistas porque disfrutan de una protección que te sobrepasa y abruma. Decides, entonces, propinarles un escarmiento hiriendo y matando a sus gobernados, a sus conciudadanos, o incluso a la gente que se hallaba de paso por Nueva York o Madrid, de vacaciones en el Pacífico sur o de compras en Estambul. Aquí es donde mi voz deja de tener un nombre y un rostro definidos; en ella puedes depositar el DNA de cualquier fragmento humano recolectado en el sitio de un atentado terrorista: soy el que muere por subirse al tren, por ir a comprar tomates a la tienda, por salir de madrugada del lecho de un amor furtivo, por haber estado ahí en el día y a la hora de la bomba.

A ti no te importa el orden de los órganos, los conductos y los fluidos que cumplen su tarea dentro de la caja de mis costillas. Tu causa necesita que una sustancia reviente, que la explosión haga volar por todas partes hierros y fragmentos de lo que sea, y que uno o varios de esos objetos causen, en su tránsito hacia la nada, que mis vísceras se desparramen por el suelo, que yo deje bruscamente de pensar, mirar, oler y hasta sentir indiferencia por el Corán, que mi organismo se vuelva inservible y que haya que enterrarlo o cremarlo, que mis hijos se queden huérfanos y que esa insignificante tragedia, multiplicada por cientos o miles, ponga en apuros a un gobernante que es, a primera vista, tu enemigo, pero que, en el fondo moral y ético de esta historia, acaba siendo tu gemelo. La única diferencia perceptible radica en su hipocresía y en tu cinismo: él llora lágrimas de cocodrilo por las “bajas colaterales” y tú, como presumes ante el mundo, no te entristeces por la muerte de civiles. Más aún: esos cadáveres que dejaste regados en las vías de ferrocarril son, en tu cabeza enloquecida y sádica, “un golpe a uno de los pilares de los cruzados y sus aliados”.

No pretendas atribuirte el crédito por la ruina política de tu enemigo español. Se la provocó él mismo al pretender exculparte de la matanza para sus turbios propósitos propagandísticos. Quiso desviar la atención hacia un puñado local de tipos tan enfermos de odio como él y tú, pero mucho menos poderosos, porque pensaba que de esa forma ocultaría su parte de culpa. Pero no te equivoques: fue el pueblo español el que decidió sacarlo del poder, porque no quiere seguirse muriendo en el tablero del juego que los divierte a ustedes, los Aznar, los Bush, los Blair, los Bin Laden, los Saddam, los Sharon, los de Hamas, los de ETA. Ustedes no son ningún pueblo, ni cristiano ni musulmán ni judío, ni palestino ni vasco; ustedes no representan nada positivo. Son, simplemente, unos hijos de puta sedientos de sangre que se ponen felices con el sufrimiento ajeno.

9.3.04

Diosa de la basura


Pienso ahora en esa figura incierta y borrosa del panteón nahua que tiene nombres diversos y advocaciones contrastadas: Ixcuina, Tlazoltéotl, Tlacultéotl, Tlazolcuani o Tlaelcuani, la Comedora de Inmundicias y una de las deidades mesoamericanas más sospechosamente próximas a los usos del catolicismo porque redime de los pecados mediante la confesión. Tlazoltéotl simboliza las sustancias más bajas, pero también, o por eso mismo, la fertilidad, y se le considera una de las diosas madres, propiciadora y protectora, además, de la lujuria y las relaciones carnales ilícitas; es hilandera, adivina y comadrona, y a veces se engalana vistiendo la piel de los sacrificados.

Medio milenio después de la demolición de los ídolos de piedra y su remplazo por ídolos de palo, esa diosa de la basura está viva, recorre el planeta y propone sus formas peculiares de sanación social. Y es que no es un consuelo de tontos, sino una pésima noticia, pero las clases políticas del mundo en general están hundidas en la mierda y acompañadas en ella por una masa de medios informativos que no pierde oportunidad de compartir las abluciones.

Estados Unidos es gobernado por un tipo que llegó a la Casa Blanca mediante un fraude electoral, se sostiene en ella mediante la mentira y ha usado el poder --político, diplomático, militar-- para conseguirles contratos a las empresas de sus amigos. La Unión Europea está presidida por un mafioso italiano cuyos problemas con la justicia se remontan a 1979. Para qué ir a buscar ejemplos a Rusia, Nigeria o Arabia Saudita.

De este lado del mundo las cosas no son mejores. Breve recuento del Suchiate para abajo: el ex testaferro guatemalteco Alfonso Portillo anda huido, al parecer por estos rumbos, porque en su país hay varias averiguaciones judiciales en su contra por corrupción, lavado de dinero y malversación de fondos; en diciembre pasado la justicia nicaragüense condenó a 20 años de prisión y al pago de 17 millones de dólares al ex presidente Arnoldo Alemán por lavado, fraude, malversación, peculado, asociación e instigación para delinquir y delito electoral; en Perú, como si no bastara con los escándalos de la mancuerna Fujimori-Montesinos, el actual presidente, Alejandro Toledo, concedió a algunos parientes de su esposa los contratos para la remodelación del palacio presidencial; en Argentina hay dos ex presidentes --Carlos Menem y Fernando de la Rúa-- sujetos a proceso por dar usos indebidos al dinero de la nación; en Ecuador el mandatario Lucio Gutiérrez enfrenta acusaciones por actos de nepotismo y por haber recibido, para su campaña electoral, fondos del narcoempresario César Fernández de Cevallos; en Brasil se denuncia que algunos financieros vinculados con los juegos de azar --legales e ilegales-- financiaron algunas campañas electorales del PT, el partido del presidente Luis Inazio Lula da Silva.

Es de temer que las personas del poder público hayan desarrollado una afición, o incluso una dependencia, a las abluciones inmundas. Las cadenas de televisión y radio y los pasquines impresos acuden puntualmente a beber los líquidos de sus pocilgas. Según conveniencias y gustos, los tragan para ocultarlos o los vomitan para hacer más incluyente y generalizado el baño. Ante la ausencia de propuestas para moralizar a los políticos, o para rescatarlos de ese suculento infierno de sí mismos, es posible que alguna firma con buen sentido del marketing y de la oportunidad lance como producto de temporada el culto a Tlazoltéotl --o Ixcuina, o Tlacultéotl, o Tlazolcuani o Tlaelcuani--, dirigido al mercado de las personas del poder político y económico. A fin de cuentas, todo en estos días --la espiritualidad, la salud, la educación, la muerte, el nacimiento, el placer, el amor, la amistad, el poder, el servicio público, el oro y el excremento-- es susceptible de volverse objeto de negocio.

2.3.04

La foto


Observo una foto de prensa. Quienes tenemos niños en casa estamos entrenados para reconocer la silueta de BJ, personaje de los espectáculos del dinosaurio Barney. Al parecer, BJ es una recreación pediátrica del tricerátops. Al igual que sus modelos jurásicos, BJ tiene un convincente hocico en forma de pico de ave, un pequeño cuerno y una cresta en la parte posterior del cráneo, pero la piel de su cuerpo es de un amarillo yema de huevo completamente inverosímil, su vientre es verde y ostenta, a cada lado de la cara, tres pecas rojas colocadas en posición simétrica. De seguro BJ es una imagen registrada y protegida por derechos de propiedad intelectual, pero ello no ha sido obstáculo para que el propietario de un jardín de niños de Puerto Príncipe se haya animado a pintarla en la fachada de su establecimiento, al lado de un portón de hierro en cuyos batientes fueron dibujados Rico McPato y Mickey Mouse. Las tres representaciones dejan mucho que desear respecto a sus modelos. De hecho, esta BJ es a la figura original lo que la original a un tricerátops. Pero la mente humana es capaz de suplir en automático los defectos o las evoluciones de la representación, y eso es maravilloso. Por ejemplo, frente a la puerta de ese kínder haitiano, bajo los pies mal trazados de Rico McPato, aparece un hombre acostado boca arriba. El escorzo de la fotografía permite ver las plantas de sus pies, pero no el rostro, porque lo oculta la comba del tórax. La flacidez de los brazos yacentes y la mancha pardusca que se extiende por el asfalto desde su muslo derecho son datos suficientes para entender que el individuo está muerto y que la causa de su muerte fue una herida, de bala o de arma blanca. No hay forma de confundir un cadáver con alguien que medita, o con uno que se acuesta a ver las nubes, o con un borracho que duerme la siesta. En los muertos hay una pérdida característica y radical del pudor y de todo interés por el entorno. A ese humano sin nombre que yace sobre el asfalto cuarteado le importan un pepino BJ, Rico McPato, Mickey, los alumnos de la escuela, el destino de Jean Bertrand Aristide, el golpe de suerte de Boniface Alexandre, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas o las nubes que, pese a todo, continúan su lento desfile sobre las cabezas de los habitantes y de los muertos de Puerto Príncipe.

Desde el margen derecho de la gráfica emerge un hombre maduro y espigado que voltea a ver al fallecido sin dejar de caminar. Con los dedos de las manos sostiene un racimo de botellas de Coca-Cola, y entre el antebrazo izquierdo y las costillas lleva, apretada, una botella más. Casi puede sentirse el frío doloroso que el recipiente le provoca en la piel. Bajo el pantalón bombacho se adivina la tensión de sus piernas. ¿Quiere apartarse de allí antes de que una bala perdida lo ponga a hacerle compañía al cadáver de la banqueta? ¿Desea llegar a su televisor pronto para no perderse la ceremonia de entrega de los Oscar? ¿Tiene prisa por alcanzar su refrigerador antes de que el calor de Puerto Príncipe caliente las botellas? La composición de la gráfica no permite ver su gesto. Sólo el cadáver tendido y los personajes dibujados en la entrada de la escuela podrían apreciar el rostro del viandante y platicarnos las reacciones que observaran en él. Pero ni el muerto ni BJ ni Rico McPato ni Mickey tienen ganas de mirar, y menos de hablar. Los que observamos la fotografía debemos contentarnos con la mandíbula del señor de las Coca-Colas e intuir en ella cierta distensión de piedad y simpatía. No mucha: es seguro que el vivo y el muerto no eran parientes ni amigos ni conocidos. Se adivina que el hombre no va a arrodillarse y llorar ante el caído. Seguirá su camino, llegará a su casa, encenderá la tele (si tiene), depositará las botellas en el refri (si tiene) y les platicará a sus familiares su encuentro mortuorio, y en adelante se esforzará por seguir vivo.

La foto es de Walter Astrada, de AP, está fechada el domingo 29 de febrero y fue tomada cerca del mediodía, a juzgar por la ausencia de sombras. Si la escuela no estaba abandonada, las puertas debieron abrirse ayer, lunes, para recibir a los pequeños. ¿Quién pintó de forma tan chambona esos pretendidos símbolos de la felicidad de los niños en un portón oxidado de un país en guerra eterna contra sí mismo? ¿Alguien, en medio del caos, se tomó la molestia de retirar el cadáver antes de la entrada de los colegiales? ¿Fueron los parientes del muerto a llorarlo en el sitio y a levantar los despojos? ¿Alguna autoridad municipal o nacional asumió la tarea? ¿Conocieron los pequeños el olor de la muerte? ¿Tuvieron que brincar los brazos del caído para llegar a sus salones de clase? ¿Y quién era ese hombre? Pertenecía a los grupos rebeldes, a los simpatizantes de Aristide o era un simple habitante ajeno a la confrontación que tuvo la mala suerte de caminar en medio de un combate? ¿Y qué habría pensado si hubiera sabido que las plantas de sus pies aparecerían en periódicos, sitios de Internet y noticiarios del mundo? ¿Y de qué sirven los esfuerzos de la humanidad para inventar personajes de entretenimiento infantil y bebidas gaseosas y gobiernos insostenibles y rebeliones armadas y cámaras profesionales y agencias de prensa y países en los que un habitante se queda tirado de un balazo a las puertas de un kínder, posando para un fotógrafo que tal vez va a ganarse el Pulitzer con la composición, o para escribir este sartal de preguntas necias?

24.2.04

De compras


El nombre de Muamar Kadafi debe provocar calambres en las entrañas de Abdul Qadir Jan, el científico paquistaní que dirigió el exitoso programa de armas nucleares de su país y que en algún momento incierto de su carrera emprendió una operación de optimización de utilidades mediante la venta de secretos atómicos a Libia, Irán y Corea del Norte. Jan organizó lo que los expertos llaman un “supermercado nuclear” en el que, a decir de los perspicaces, tuvieron que haber estado involucrados los altos mandos militares y los servicios de información de Pervez Musharraf, el dictador de turno en Islamabad. El científico paquistaní fue descobijado cuando, en diciembre pasado, el gobierno de Trípoli decidió confesar y revelar sus propios planes de desarrollo de armas atómicas, ofreció disculpas y prometió, en lo sucesivo, portarse bien. Jan hubo de hacer otro tanto. Tras su petición de clemencia, Musharraf lo perdonó y optó por dar vuelta a una página por demás comprometedora. El gobierno iraní, por su parte, admitió el domingo que había comprado “componentes nucleares de varios proveedores”, pero siguió negando cualquier intención de fabricar bombas con esa tecnología. Corea del Norte adoptó, desde el año pasado, una actitud opuesta: presumió sus armamentos nucleares y le dijo al gobierno de George W. Bush que deje de estar molestando si no quiere que el territorio estadunidense se convierta en campo de pruebas para las rudimentarias (es de suponer) armas nucleares made in Pyongyang.

Pese al arrepentimiento de Kadafi y a las negativas iraníes, la postura de los gobernantes norcoreanos se ha visto reforzada por diversos acontecimientos del año pasado y del presente.

En primer lugar, si se coteja la aparente disociación de Washington en su accionar ante Corea del Norte e Irak, es obligado concluir que el factor que convenció a Bush y a Tony Blair de la pertinencia de invadir el segundo de esos países no fue la posesión de armas de destrucción masiva por el gobierno de Bagdad sino, por el contrario, la certeza secreta de que no las tenía.

Luego está el caso de India y del propio Pakistán, dos estados en perpetuo y peligroso desasosiego bélico que un buen día anunciaron graciosamente su ingreso al club de los atómicos. Nadie, ni en Washington ni en Londres ni en Moscú, movió nunca un dedo para detener los respectivos programas de armamentismo nuclear de esos países, de modo que cuando Islamabad y Nueva Delhi realizaron sus primeras pruebas atómicas la comunidad internacional aceptó sin chistar que los acuerdos de no proliferación habían sido burlados y que la Agencia Internacional de Energía Atómica era una suerte de decorado de yeso en la pared de algún teatro. Ni Estados Unidos ni Inglaterra tuvieron, antes o después de esos acontecimientos, la ocurrencia de invadir India o, al menos, Pakistán, y eso que se requeriría de muy poco volumen encefálico o de una ausencia total de escrúpulos para calificar al régimen paquistaní de democrático. Y ahí están ahora ambos países belicosos, muy bien peinados y compuestos, arreglando pacíficamente sus diferencias.

Otro elemento a considerar es la impunidad de que goza el gobierno israelí. Ariel Sharon construye sin cortapisas una cerca que es, al mismo tiempo, una frontera a la carta para los israelíes, una jaula nacional para los palestinos y una razón de ser para los perpetradores de nuevos atentados terroristas. Semejante atropello a la legalidad internacional puede realizarse sin problemas por una verdad de superficie --Estados Unidos está dispuesto a permitirle cualquier cosa a su aliado regional-- y por una certeza de fondo: Tel Aviv dispone de un arsenal nuclear, y por ello ningún poder del mundo es capaz de obligarlo manu militari a respetar las líneas de demarcación internacionalmente reconocidas, salvo que acepte el riesgo de desatar una conflagración atómica.

Vistos en conjunto, esos hechos, lejos de disuadir a cualquier país de dotarse de armamento nuclear, representan un aliento a la proliferación de armas de destrucción masiva. Tal vez el supermercado atómico que organizó Abdul Qadir Jan para redondear sus ingresos haya sido desmantelado, pero el mercado negro de tecnología y partes proseguirá, por la simple razón de que este mundo está regido por la lógica de la mayor ganancia al menor riesgo, la misma que llevó a Bush y a Blair a destruir Irak: máximas utilidades para Halliburton y nulas posibilidades de un contraataque iraquí con armas de destrucción masiva. Por eso, algunos gobiernos de los que se sospecha y otros que ni siquiera se tienen en mente en el momento actual concluirán que es un buen momento para ir de shopping, y de seguro ya lo están haciendo.

17.2.04

El enemigo


En el Irak de hoy día hay muchos bandos: los ocupantes extranjeros --y los distintos grupos de accionistas que conforman la ocupación--, sus títeres locales, con sus ramificaciones, y los estamentos enemigos de Saddam Hussein que no colaboran con los invasores. Hay, además, un frente nebuloso e incierto que cada semana hace volar comisarías de colaboracionistas y convoyes de ocupantes, que ocupa poblados en acciones relámpago y que, cada vez que puede, derriba helicópteros enemigos.

Nadie sabe a ciencia cierta quiénes están detrás de esas acciones ni el nombre de las organizaciones --si es que tienen nombre-- que los articulan, ni las ideologías de sus combatientes. Las agencias occidentales repiten como loros lo que les dictan los altos mandos militares de la ocupación: “grupos rebeldes aparentemente formados por milicianos leales a Saddam Hussein y por combatientes extranjeros”, dice AP en uno de sus despachos. A veces, el atribulado procónsul Paul Bremer introduce una variación en la partitura y atribuye a Al Qaeda los ataques contra objetivos estadunidenses y colaboracionistas. Refiriéndose al ataque del sábado en Fallujah, donde murieron decenas de policías iraquíes leales al gobierno títere, Bremer insistió en los “extranjeros”, pero un oficial estadunidense hizo notar que “fue algo preparado por gente con conocimientos militares”.

Tales explicaciones pueden tener cierta pertinencia literaria, pero en la realidad son tan insostenibles como los villanos de las películas de Batman. Saddam Hussein, quien hasta marzo pasado fue un dictador sanguinario y despiadado, hoy se encuentra reducido a la condición de despojo de guerra, incapaz de suscitar la lealtad de nadie, ni de sí mismo; la gran mayoría de los operadores de la tiranía ya han sido capturados, y los que quedan prófugos han de estar, al igual que Saddam cuando lo descubrieron, sembrados como zanahorias en discretos agujeros del campo iraquí. Al Qaeda no dispone, en Irak, de un tejido social tan vasto como el que se requiere para planear las acciones de guerra referidas, realizar labores de inteligencia, transportar armamentos, esconder, alimentar y vestir a los combatientes y alertar a los comerciantes para que cierren sus establecimientos antes de las explosiones, sin que la noticia llegue a oídos de la policía colaboracionista. Y en cuanto a los “extranjeros”, es absurdo pensar que los miles de hombres necesarios para realizar los ataques puedan entrar y salir de Irak --en este Irak ocupado, vigilado, arrasado, espiado y reprimido-- como si se tratara de las hordas sabatinas de gringos que visitan los burdeles de Tijuana.

Hay que decir lo evidente: el único actor capaz de mantener semejante resistencia armada contra la máxima potencia militar del planeta es el propio pueblo iraquí en sus distintas expresiones: kurdos, chiítas y sunitas, baazistas o no, liberales y tradicionalistas, laicos y religiosos, hombres y mujeres. Ese pueblo multitudinario y fraccionado sobrevivió a los horrores de Saddam, pero también a las masacres de 1991 y 2003, y hoy está comunicando la noticia de su persistencia. Si el resto del mundo no la quiere oír, peor para el resto del mundo: muchos más extranjeros --soldados, espías, misioneros, empresarios, diplomáticos y “expertos”-- volverán de Irak a sus países de origen en bolsas de plástico y apestando a cloroformo. Sería más saludable para todos, y menos oneroso en vidas, que la coalición angloestadunidense reconociera desde ahora que ese enemigo ya le ganó la guerra y actuara en consecuencia.

10.2.04

Privatícenlo todo


Hace ocho años, en un encuentro de periodistas que tenía lugar en Washington, el entonces todopoderoso dictador peruano Alberto Fujimori pretendió explicar la pertinencia de las privatizaciones de empresas públicas exponiendo el estado ruinoso en que se encontraban las escaleras de una plataforma marítima que él había visitado recientemente en compañía de uno de sus hijos. El peligro que el cachorro presidencial corrió ante un peldaño de madera un poco podrida era suficiente argumento, a su juicio, para rematar Petroperú al mejor postor. Un informador avezado le preguntó si la empresa no generaba utilidades y si no eran suficientes para reparar la instalación de marras. “Uy --replicó el gobernante--, pero es que para la administración pública es muy difícil administrar esos dineros.” El periodista volvió a la carga e inquirió por el origen de la dificultad: ¿se refería el mandatario a la incapacidad de los empleados públicos o a su tendencia a robarse los fondos? Fujimori optó entonces por hablar del terrorismo y de lo fascinante que resulta la cuenca del Pacífico, en la que conviven asiáticos, americanos, ballenas y tortugas.

Con argumentos similares a los del ahora exiliado dictador, las clases políticas y los grupos gobernantes que preconizan la liquidación de los bienes públicos se han realizado un hara-kiri --sin alusión a los orígenes de Fujimori-- al insistir, una y otra vez, en su incompetencia administrativa y su afición a hincar la uña en los recursos públicos. Lo malo es que nadie advirtió, en su momento, la feroz autocrítica que implicaban los afanes privatizadores. Si esos gobernantes no eran capaces de gestionar las empresas del Estado, o sólo podían hacerlo de manera corrupta, la solución obvia no era vender las empresas, sino cambiar de gobernantes.

Pero la historia fue como fue, y los Menem, los Salinas, los Fujimori, los Zedillo, los Collor, los Sánchez de Lozada y los Cardoso nos han ido dejando sin líneas aéreas, sin empresas telefónicas, sin yacimientos petrolíferos fiscales, sin carreteras, sin puertos y aeropuertos, sin generadoras de electricidad, sin medios informativos, sin editoriales, sin productoras de televisión y cine, sin siderúrgicas, sin potabilizadoras de agua, sin gaseras, sin minas, sin bancos, sin fondos de retiro, sin aduanas, sin cárceles y hasta sin policías. Paso a pasito nos quedaremos también sin escuelas, sin universidades, sin museos, sin parques, sin zoológicos, sin registros civiles y vehiculares, sin catastros y sin entidades organizadoras de elecciones. El único terreno en el que ninguno de los privatizadores se ha atrevido a aplicar su lógica es el de los ejércitos, y no porque falten ganas de liquidar las instituciones armadas de América Latina y sustituirlas con corporaciones privadas, sino por miedo elemental a los responsables de mantener y usar el armamento.

Con esas desincorporaciones, los privatizadores se quedaron sin oportunidades para demostrar cuán ineficaces podían ser como administradores y sin posibilidades de seguirle robando al erario. Como compensación por ese angostamiento de sus horizontes profesionales, en cada remate de bienes públicos se guardaron, en un doblez muy escondido de sus sacos, comisiones y regalías secretas. Una pequeña fracción de tales corruptelas ha salido a la luz, pero la mayoría no va a saberse nunca.

En la industria, en los servicios, en el campo y en el gobierno, los conjugadores incondicionales de los verbos desregular, abrir, reformar, adelgazar, privatizar, reestructurar, subcontratar, licitar, concesionar y desincorporar han ido practicando agujeros en el tejido que los sostiene a ellos en el poder.

Terminen de privatizarlo todo, pues; lleven su lógica hasta las últimas consecuencias, renuncien a sus frasecitas de participación ciudadana, cámbienlas por consignas de atención al cliente, firmen contratos con Rand Corporation, Procter & Gamble, Coca-Cola, Vivendi y McDonald’s, y entreguen a esas honestas y eficientes compañías las direcciones generales, los ministerios y las presidencias de estas privatizadas repúblicas. Háganlo pronto, eso sí, cuando todavía tienen entre las manos algunos jirones de poder y soberanía nacional que ofrecer a cambio de posiciones en los respectivos consejos de administración.

3.2.04

La ruina


He pasado la semana borrando del disco duro centenares de mensajes infectados por una instrucción maligna: las huestes de Mydoom (mi ruina), o Novarg, o Shimgapi, tomaron por asalto la red mundial; el domingo lograron postrar el sitio de SCO, la empresa dueña del Unix, y hoy librarán una batalla decisiva contra el servidor de Microsoft. Las bajas de esta guerra son mucho menos preocupantes que los muertos de carne y hueso de las contiendas militares, no sólo porque se trata de computadoras sino porque las máquinas tocadas por el virus no “mueren” ni sufren destrucción física. La peor de las consecuencias en caso de infección sería un formateo de disco duro. Pero las cifras no dejan de resultar impresionantes: cientos de millones de mensajes generados y millones de aparatos infectados con un síndrome que se replica a sí mismo por las venas abiertas de Internet sin más propósito que propinar un castigo ruinoso a Bill Gates y a otros monopolistas de la informática.

En estas sociedades mundiales en que la seguridad con todos su apellidos (nacional, informática, personal, sexual, financiera, social) es un valor de culto, la propagación de Mydoom resulta un prodigio perverso. Si los autores desconocidos del código logran tumbar la página de Microsoft, habrán logrado parecerse a los responsables de los exitosos ataques del 11 de septiembre de 2001. Y es que el travieso que trae en jaque a la mayor corporación de software del mundo mediante la programación y difusión de unas cuantas líneas de instrucciones recuerda a la veintena de fanáticos que, con o sin ayuda de las cloacas políticas de Washington, asestaron el mayor ataque que haya sufrido nunca Estados Unidos en su propio territorio.

Al igual que aquellos atentados terroristas, la propagación de Mydoom es un acto ruin porque se cobra muchas víctimas inocentes --aunque no se trate de bajas fatales-- entre usuarios individuales, pequeñas compañías y organizaciones que dependen en buena medida de sus computadoras. Pero, como ocurrió el 11 de septiembre, la progresión geométrica del gusano informático tiene razones mucho más profundas que la mera maldad humana. Emulando al Bush de 2001, Gates puede preguntarse ahora “¿por qué me odian?”, y si lo hace con honestidad --como no fue el caso del presidente-- encontrará cuando menos una docena de respuestas a la pregunta. Tanto en el hardware como en el software, la industria estadunidense lleva muchos años de arruinar toda posible diversidad y competencia, de dictar órdenes, de avasallar, de depredar al mundo. La uniformidad resultante de esas prácticas tiene pies de barro, y hoy es posible que un adolescente genial ponga en aprietos a un sistema informático planetario basado en computadoras normalizadas y sistemas operativos hegemónicos. Además, el poder de procesamiento, la conectividad y la flexibilidad de las computadoras actuales son un caldo de cultivo de sueño para los creadores de virus.

El mundo virtual se parece al real, y en éste la proliferación de cepas malas es también un signo de los tiempos. La globalización es una banda ancha para la expansión del sida, el ébola, la neumonía atípica y la más reciente criatura de la serie: la gripe de las aves. Pero este segundo paralelismo ha de ser una mera coincidencia, y no veo razones para empezar a organizar la fiesta del fin del mundo.

27.1.04

Pensamientos inútiles


Ninguna reflexión ulterior puede disminuir la gravedad de una herida de bala en la cabeza como la que, desde el jueves pasado, mantiene en estado de coma a Gonzalo Pérez García, comandante de la Guardia Civil Española, quien hasta esa fecha fungía oficialmente como asesor de seguridad de la Brigada Plus Ultra, encargada de la ocupación extranjera en el centro-sur de Irak. Allí, en la localidad de Hamsa, un patriota iraquí desconocido plantó en algún sitio de la masa encefálica de Pérez García un proyectil de arma corta y desde entonces el militar español está en coma “profundo e irreversible”, según ha dicho el Ministerio de Defensa de su país. No es pertinente una intervención quirúrgica para retirar el cuerpo extraño, porque el tejido neuronal no se puede coser. Así las cosas, la vida de este toledano de 42 años, casado y padre de tres hijas, ha llegado a una condición vegetativa y pende de un catéter que controla la presión interna de su cerebro.

Antes de dedicarse a destruir a la resistencia iraquí, Pérez García realizó una carrera plena de condecoraciones y distinciones honoríficas (21 en total) en la Guardia Civil; en algún momento de su trayectoria inventó un Sistema Integral de Vigilancia Electrónica (SIVE) y en otro participó en los tristemente célebres Grupos Antiterroristas Rurales, encargados de la guerra sucia contra etarras reales o presuntos. Dice, a este respecto, El Mundo: “En la madrugada del 26 de noviembre de 1985, los tenientes del Servicio de Información de la Guardia Civil Arturo Espejo Valero y Gonzalo Pérez García y el guardia Segundo Castañeda custodiaban a (el presunto colaborador de ETA Mikel) Zabalza tras su detención y se dirigían hasta un zulo que nunca fue localizado. Según el testimonio de los tres agentes, el detenido logró fugarse, esposado, y alcanzó el río Bidasoa, donde fue hallado muerto 20 días más tarde, justo un día después de que la Cruz Roja abandonara las labores de búsqueda en esa zona. Varios testimonios recogidos por El Mundo señalaron que en realidad Zabalza fue sometido a un intenso interrogatorio y torturas con el método conocido como 'la bañera', consistente en sumergir en una bañera al detenido para arrancarle un testimonio. Así habría muerto el presunto etarra”. La justicia española archivó, “por falta de pruebas”, las acusaciones contra los policías, quienes fueron finalmente absueltos en 1988.

Pero esa sombra en el expediente del herido no disminuye en nada la zozobra de su mujer y de sus hijas, seguramente congregadas alrededor de la cama de hospital en la que Pérez García yace con la cabeza vendada y sin esperanzas de recuperación. Pensándolo bien, es posible que la familia del guardia civil haya sido invitada al primer Congreso Internacional de Víctimas del Terrorismo, inaugurado ayer en Madrid, con gran pompa de Estado, por el príncipe de Asturias; es posible, digo, porque Pérez García fue lesionado, según la versión oficial, en un operativo “contra integrantes de un grupo terrorista” en Hamsa, localidad al sur de Diwaniya, en el Irak ocupado.

De nada sirve ahora razonar que el guardia civil agonizante resultaba, en ese contexto, un cuerpo tan extraño como el proyectil que terminó alojado en su bóveda craneana. Prueba de ello es que, a juzgar por sus propias declaraciones, el extranjero no entendía nada de nada de lo que ocurría allí: el 20 de diciembre externaba su preocupación por el hecho de que “en Irak hay demasiadas armas fuera de control”, pero ocho días más tarde --sí, el 28 de diciembre-- se reconfortaba pensando que los habitantes del país “nos ven (a los españoles) como sangre de su sangre, me dicen que España es el mejor legado del mundo árabe”, y opinaba que las fuerzas de ocupación de Madrid estaban allí para “ayudar y estar al servicio” de los iraquíes. Es inútil: según todos los indicios, esos mismos iraquíes le han arruinado a García Pérez, en forma irreversible, el órgano que le habría permitido comprenderlos.

Finalmente, a García Pérez, a su familia, a la Guardia Civil y al consternado gobierno de Madrid no les dará consuelo el recuerdo de los muchos militares españoles que han corrido un destino trágico en tierras lejanas; tampoco los reconfortarán las necesarias precisiones y distinciones entre los casos entrañables de entrega a las causas de la emancipación y la justicia (pienso en Francisco Xavier Mina, el insurgente navarro que combatió el absolutismo en tierras mexicanas y fue fusilado en Pénjamo por los realistas), y los ejemplos de vocación colonialista (ilustrados a la perfección por el arrogante y estúpido general Manuel Fernández Silvestre, responsable de la aniquilación de decenas de miles de sus hombres en El Rif por el caudillo marroquí Mohamed Abd el-Krim). Creo que la Brigada Plus Ultra, en general, y el comandante Gonzalo García Pérez, en particular, pertenecen más bien a la segunda de esas vertientes. Pero esta consideración tampoco le servirá de nada a nadie, ni siquiera a los españoles que morirán en tierras iraquíes en las semanas próximas, y es una lástima.

20.1.04

Vuelta al espacio


Hay cierta continuidad entre las expediciones de conquista a Afganistán e Irak y los planes pomposos para volver a la Luna y posar en Marte unos pies envueltos en calzado neumático. La sed de los votos de noviembre se hace sentir desde ahora en un gobierno estadunidense que se ha quedado sin enemigos verosímiles en la Tierra y voltea la vista a la soledad y la aridez de los valles marcianos como próximos desafíos para vender a su opinión pública.

En realidad, los pomposos anuncios cósmicos de George Walker Bush no representan una incursión en el futuro, sino una manera de refugio en el pasado, concretamente en los años 50 y 60, cuando los gobernantes de Estados Unidos y la Unión Soviética descubrieron que era mucho más barato enfrentarse en combates simbólicos fuera de la atmósfera que destruir sus respectivos países a punta de detonaciones nucleares. No es casual el hecho de que los primeros satélites de ambos bandos, al igual que los cosmonautas y astronautas, hayan viajado en la punta de misiles balísticos intercontinentales desarmados de sus cabezas atómicas y adaptados con prisa para los torneos espaciales. Desde un punto de vista humanitario, hay que agradecer el que estadunidenses y soviéticos hayan enviado sus misiles al espacio exterior en vez de reventárselos mutuamente en la cabeza. Pero, en la lógica costo-beneficio de la investigación científica, las misiones espaciales de aquellos años fueron básicamente un capricho y las piedras lunares traídas por los astronautas y las sondas automáticas costaron una delirante millonada.

La épica cósmica lograda por Kennedy y Krushev en los primeros años 60 se agotó en una década. Cuando Nixon, emulando al primero, anunció la conquista de Marte en cosa de 10 años, su promesa sonó hueca y farsista, y además la economía ya no estaba para despilfarros. La carrera espacial había terminado siendo insostenible, de modo que las dos superpotencias abandonaron el afán exploratorio y se pusieron a considerar, en los años 80, ya en tiempos de Reagan y de Brejnev, la militarización de la actividad espacial. La Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE), lanzada por el primero, conocida popularmente como “la guerra de las galaxias”, reactivó la economía de algunas regiones de Estados Unidos; concretamente, Nueva Inglaterra se llenó de efímeros centros de tecnología de punta que se quedaron sin contratos en cuanto la extinción del enemigo hizo innecesaria la nueva escalada.

Actualmente el programa espacial ruso procura reunir y limpiar los escombros del soviético; la NASA, por su parte, hace mucho tiempo que dejó de ser la gran promotora de tecnología y se abastece de partes en tiendas Radio Shack. La aburrida construcción de la Estación Espacial Internacional ha representado la homologación de los ritmos astronáuticos a las posibilidades económicas reales del Occidente desarrollado, y los niños del presente tienen más conocimientos sobre la superficie marciana que los astrónomos de hace dos décadas. Los viajes cósmicos no van a recuperar nunca la épica de los años 60 ni la poética de Ray Bradbury y Arthur C. Clark.

En esas condiciones, las arias espaciales entonadas por Bush resultan un fraude de lo más pinche. En el peor de los casos, el actual presidente de Estados Unidos carece de cualquier posibilidad de dirigir el programa cósmico de su país más allá de 2008, es decir, si es que se concreta la tragedia de su reelección. Pero el desplante ha tenido ya consecuencias nefastas para la investigación científica: a raíz de la reasignación de la correspondiente reasignación presupuestal en la agencia espacial de Estados Unidos, por ejemplo, el telescopio espacial Hubble se ha quedado sin posibilidad de recibir mantenimiento y quedará del todo inutilizado, en consecuencia, en 2007 o 2008. Las panorámicas enviadas por el explorador Spirit, difundidas hasta el hartazgo por los medios informativos, son un espejismo. Con Bush en la Presidencia, el horizonte de Marte está más lejano que nunca.

13.1.04

De las fronteras


Todo puesto de control fronterizo, toda garita aduanal, toda caseta migratoria, marcan un fracaso de la sensatez y la decencia. El afán de confinar a los humanos y sus productos en corrales --así sean corrales de pasado glorioso y futuro brillante, dotados de escudo de armas, himno nacional y moneda propia-- refleja una pulsión deleznable y contraria al desasosiego bípedo que honra a la especie desde su formación. El carácter “defensivo” de murallas, muros y fronteras es una mentira digna de los micos con garrote que se casan con el poder (político, económico, espiritual, cultural, o el que quieras) hasta que la muerte los separe, una coartada para controlar los organismos, los espíritus y los actos de prójimos convertidos de súbito en compatriotas. La partición territorial es especialmente ofensiva cuando opera como válvula de saqueo en beneficio de un lado y perjuicio del otro. Las altas murallas de la Unión Europea filtran hacia dentro gran cantidad de insumos y mano de obra y permiten la salida, hacia el resto del mundo, de una mezcla piadosa de basura y propósitos humanitarios. Las branquias de las naciones orientales expelen hacia todos los puntos del planeta baratijas electrónicas y turistas munidos de cámaras digitales de última generación, y aspiran montañas de divisas que harían mucha falta en los rincones hambreados de África y América Latina. Ariel Sharon propone a los palestinos que renuncien a su aspiración de Estado propio y les ofrece, a cambio, un conjunto de jaulas interconectadas para que pasen en ellas los últimos años de su agonía nacional.

La impermeabilidad de las fronteras internacionales a las mercancías enemigas ha provocado muchas más guerras, y más cruentas, que las nalgas míticas de la hermana de Pólux. Hasta los neoliberales, que son gente obtusa, son capaces de percibir la inutilidad y la irracionalidad de fondo de las bardas, y han pugnado por su derribo. Tal vez un día la especie humana sea capaz de retribuirle al mundo su unidad esencial y la continuidad de sus territorios. Mientras tanto, países y gobiernos seguirán empeñando el manejo de sus límites nacionales en los regateos diplomáticos y económicos y en los juegos de guerra. Los bordes de Estados Unidos son un hocico hipócrita que habla pestes de los migrantes, pero que los mastica y deglute con fruición de bulímico cuando nadie lo observa. Con este gobierno el país vecino ha agregado varias hileras de dientes a su dentadura fronteriza con el propósito declarado de impedir que se cuelen por ella los terroristas que pueblan las pesadillas pediátricas del presidente, pero sin más objetivo real que fincar una muestra de poder absoluto y humillar a los extraños en ritos de auscultación y catalogación que parecen, más bien, formas sublimadas de inspeccionar y herrar ganado. Un cancerbero del montón, dotado de credencial y bártulos de fichaje electrónico, puede ahora torcer el destino de cualquier viajero, honesto o no, que acuda al país del norte. Pero además Washington ha logrado acentuar en casi todo el mundo los elementos de purgatorio consustanciales al aeropuerto, el puerto y la frontera terrestre. El tradicional maltrato a los mexicanos a lo largo del río Bravo se ha convertido en una agresión planetaria contra todos los humanos que transitan de un país a otro, salvo si se trata de canadienses o europeos occidentales.

Tienen toda la razón las autoridades brasileñas en crear un registro policiaco con los ciudadanos de Estados Unidos que ingresan al territorio del país sudamericano. No es que se lo merezcan, porque no lo merece nadie, sino que tal vez sea la única forma de hacerle entender a la Casa Blanca lo irritante que resulta su delirio persecutorio para quienes no somos estadunidenses. Ojalá que otros países siguieran el ejemplo. Sería justo que, en estricta reciprocidad, en todos los otros países del mundo se fichara a los gringos hasta que éstos exigieran a su gobierno que deje de fichar al resto del planeta.

16.12.03

El prisionero


Los invasores fueron a hurgar en un hoyo en los alrededores de Tikrit y de ahí sacaron una deteriorada y deprimente mezcla de pepenador y Santaclós para presentarla, con ademán de triunfo, a sus respectivas sociedades, hartas de victorias sin sentido. Si la invasión a Irak es una manera de propiciar el despegue económico, particularmente el de las corporaciones petroleras, atrapar a un miembro de la familia Hussein es un subsidio de gasolina pura para las cadenas mediáticas y un aliciente para uno que otro familiar despistado de los soldados estadunidenses desplegados en aquel país remoto. Los gobernantes gringos e ingleses pueden cerrar el año e irse a vacacionar con la idea de que por fin empieza a verse la luz en el túnel iraquí.

En efecto, la captura de Saddam Hussein generará un pico reconfortante en las gráficas de popularidad de Bush y Blair, pico que tal vez alcance a convertirse en una meseta de unas cuantas semanas. Pero los soldados de la coalición invasora van a seguir regresando a sus países en bolsas negras y arruinarán los árboles de Navidad que tan primorosamente habrán decorado sus parientes esperanzados. La resistencia iraquí no es mayoritariamente cristiana, le importa un comino la inminente celebración religiosa de los ocupantes y además el desastre final de Saddam es un asunto estrictamente personal que en nada afecta la moral y la decisión de los verdaderos combatientes por la libertad de Irak.

El Pentágono ofrecía varios millones de dólares por la cabeza del dictador derrocado, pero en enero o febrero el despojo obtenido en un pozo de Tikrit no valdrá ni un centavo. El mundo terminará por enterarse de que Saddam no tiene la menor idea sobre el desarrollo de la resistencia contra los invasores y que nunca poseyó más armas de destrucción masiva que las que le facilitaron estadunidenses e ingleses para que gaseara a los iraníes y a los kurdos. Los patriotas de Irak, por su parte, seguramente tienen claro que el viejo tirano capturado tiene un pasado negro y ninguna clase de futuro, salvo, tal vez, servir de modelo académico sobre los procedimientos para realizar un juicio correcto por crímenes de guerra.

Saddam demostró que pertenece a la estirpe de los tiranos menores, como Manuel Antonio Noriega, que alardean mientras están en el poder y que se rinden y se entregan sin pensar en la memoria de los que han enviado inútilmente al matadero. No le sirve a nadie como símbolo de derrota o de victoria. Es, a lo sumo, un espécimen ejemplar de los gerifaltes regionales fabricados por el gobierno estadunidense para servir a sus intereses estratégicos.

9.12.03

Dar la cara


Uno de los efectos colaterales más perniciosos de estos tiempos violentos que vivimos es que crean condiciones propicias para la grandilocuencia: no sólo hay que convivir con la muerte, la represión, las explosiones físicas (provocadas por mártires de la dinamita, humildes asesinos peatonales, pero también por sofisticados criminales de Estado que recurren al helicóptero y al misil inteligente) y sociales, con su humo espeso de incertidumbre, sino que además hay que aderezar la vivencia con frases contundentes, procedentes de todos los bandos, sobre el destino, la libertad, el futuro y demás tonterías. Para hacerse ver y escuchar en este mundo hay que bañar en sangre un país, derribar un gobierno, robarse muchos millones de dólares de algún erario o, por lo menos, causarle un estallamiento de vísceras al representante más próximo del enemigo histórico.

En este entorno de odas sin sustancia y de epopeyas sin literatura, los actos pequeños y simples de resistencia ante la idiotez cobran un valor especial. Es el caso de Shirin Ebadi, la abogada iraní galardonada con el Premio Nobel de la Paz este año, quien mañana asistirá a la ceremonia de entrega del galardón, en Oslo, sin el velo que los machos del Islam prescriben a las mujeres.

La lógica comercial que impera en el mundo impulsa a la conversión de cualquier ente físico o moral en un producto. Los luchadores sociales y políticos de Occidente han ido sucumbiendo a la mercadotecnia y en número creciente se presentan al público en envases atractivos y sugerentes. Ebadi no es una mujer fotogénica ni demasiado elocuente ni particularmente simpática, y en sus comparecencias televisivas se respira el tedio de las convicciones profundas y sosegadas. La dedicación a la defensa de los derechos humanos, de la equidad de género y de la solución pacífica de los conflictos no da lugar a momentos estelares, a situaciones climáticas y a veces ni siquiera a finales felices. La abogada iraní pareció recibir la noticia del Nobel con una satisfacción meramente pragmática: la recepción del premio simplemente la colocaría en mejores condiciones para proseguir su desgastante lucha de décadas.

La asistencia de Ebadi a Oslo con la cara desprovista del hiyab, ese trapo inmundo que los ayatolas se empecinan en poner sobre la cara de las mujeres para sentirse, ellos, menos inseguros, no es una decisión exenta de riesgos. Hace 12 días la abogada fue agredida en la Universidad de Teherán por un grupo de cegehacheros musulmanes --los equivalentes de la intolerancia-- que le impidieron pronunciar una conferencia y reclamaron que la nueva Premio Nobel sea condenada a muerte. La mujer es considerada, por los entusiastas de la sharia --entre quienes se cuenta el líder supremo de la Revolución Islámica, Ali Jamenei--, empleada de Occidente y traidora a la patria. La hostilidad de los ayatolas hacia Ebadi se ha traducido, de hecho, en cosas más graves que el griterío de unos estudiantes tripulados. En 1979, Año I de la República Islámica, la abogada se vio obligada a renunciar a su plaza de juez --la primera juez de Irán y presidenta, entre 1975 y 1979, de la Audiencia de Teherán--, y de entonces a la fecha ha sido encarcelada varias veces y ha pasado largos periodos en régimen de libertad condicional.

Comparado con la obra de Shirin Ebadi en materia de justicia y derechos humanos, su gesto de ir a recibir el Premio Nobel con la cara descubierta puede parecer insignificante. Pero mañana, cuando sea galardonada, su rostro sin velo será una ventana por la cual habrán de asomarse miles de mujeres, niñas y ancianas iraníes, afganas, saudiárabes y kuwaitíes, entre otras, que a estas alturas, y muchas cruzadas sangrientas después, todavía no pueden ver el mundo sin velos de por medio.

2.12.03

Patear al muerto


En los tiempos que corren hay que ser un poco descarado para aceptar la titularidad del Ministerio de Defensa de un país occidental sin antes exigir que el despacho cambie de nombre y se denomine Ministerio de Ataque. Es el caso de España, cuyos soldados han sido enviados a participar en la agresión contra un pueblo más bien remoto que nunca había causado daño a español alguno. El gobierno de José María Aznar, fascista dentro de España y fascista en el extranjero, no sólo ha convalidado el asesinato de decenas de miles de iraquíes por las fuerzas angloestadunidenses que invadieron ese país, sino que envió tropas propias a ayudar en el avasallamiento colonial para ver qué migajas contractuales recogen: con suerte, en unos años será posible ver los logos de Repsol o de BBVA asociados a los consorcios gringos e ingleses a los que se adjudique el petróleo, el gas, el agua y el efectivo robados a los iraquíes.

En el marco de ese operativo, las autoridades de Madrid han colocado en el territorio de la nación árabe un número no divulgado de espías del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) para que trabajen bajo las órdenes de los ocupantes estadunidenses. No es difícil imaginar las tareas de esos agentes en un país en plena guerra --como es Irak, por más que George Walker Bush desayune, coma y cene pavo con papas en Bagdad--: recabar información sobre las redes de la resistencia nacional, infiltrarlas e identificar a sus combatientes para que los militares invasores puedan asesinarlos o capturarlos. El sábado pasado siete de esos espías españoles murieron cuando el convoy en el que viajaban fue atacado por fuerzas iraquíes cerca de Swaira, al sur de Bagdad. El reportero de Sky News, David Bowden, quien pasó poco después por el lugar, contó que un niño de ocho o nueve años pateaba el cadáver de uno de los agentes españoles.

Hay que reconocer que la agresión a un despojo fúnebre denota una grave falta de contención y de civilidad, pero también una cólera exacerbada por muchos agravios. Héctor mató en combate a Patroclo, el gran amor de Aquiles. Poco más tarde éste hizo pasar la punta de una lanza por el cogote del culpable de su desgracia, ató las muñecas de su cuerpo inerte a las colas de sus caballos y arrastró el cadáver de Héctor frente a las murallas de Troya, ante los ojos desesperados de sus padres, Príamo y Hécuba.

Unos milenios después, y no demasiado lejos de la ubicación arqueológica de Troya --en el pueblo turco de Truva--, los modales no han cambiado mucho. El pequeño y furibundo transgresor de Swaira no es, por cierto, el único en Irak que se solaza haciendo maldades a los cuerpos inertes de adversarios. A fines de la semana antepasada, cerca de Mosul, tres soldados gringos que quedaron atrapados en un embotellamiento, fueron muertos a tiros, y sus cadáveres apuñalados, degollados y machacados con ladrillos. Sí. Y antes de eso, a mediados de julio, los ocupantes se divirtieron durante varios días con los cuerpos descuartizados de Uday y Qusay Hussein. Tras su asesinato, los hijos del depuesto dictador fueron afeitados, ensamblados como rompecabezas, pintados de color rosa solferino, estirados de la boca para que salieran sonrientes en la foto y expuestos al escarnio mediático universal en una carpa refrigerada, especialmente dispuesta para el espectáculo, en el aeropuerto de Bagdad. El responsable de esa profanación de mal gusto no fue, por cierto, un niño de primaria, sino el presidente del país más poderoso del mundo.

Pero el bombardeo y el allanamiento de un país independiente expresa una falta de modales mucho más grave y condenable que las canalladas que puedan hacerse mutuamente los invasores y los invadidos en el terreno fácil de los cadáveres de sus enemigos. Ahora el ministro de “Defensa” de España, un buenazo llamado Federico Trillo, viene con voz muy enojada a decirle al mundo que los siete cadáveres profanados en Swaira corresponden a otros tantos ciudadanos españoles “que trabajaban por la paz y la seguridad en Irak”. Flaco favor les hace a sus espías este funcionario. Creo que a ningún agente de seguridad le gustaría que disfrazaran su cadáver y que, por razones propagandísticas de Estado, le pusieran, a guisa de sudario, un hábito de monja.

25.11.03

Por qué lo persiguen


En este último puente de holgazaneo doméstico mi pantalla chica fue tomada por asalto por un no muy antiguo bodrio de honor y guerra denominado Tras las líneas enemigas (Behind Enemy Lines, 1991), que puede aportar algunas claves para entender el sangriento pantano iraquí en el que el genio de George W. Bush ha metido a su gobierno, a sus fuerzas armadas, a su país, al propio Irak y al mundo. Tras las líneas enemigas cuenta la historia de un par de jóvenes tontos que prestan sus servicios como piloto y navegante de un avión F/A-18 estadunidense a bordo de un portaviones anclado en las costas adriáticas, en el marco de la operación preventiva de la OTAN que no pudo impedir la matanza de bosnios musulmanes por paramilitares serbios a mediados de la década pasada. La película es fraudulenta, pues se presenta como una historia real, aunque su único referente de verdad es la aventura del capitán de la fuerza aérea (y no de la Navy) Scott O'Grady, derribado en Bosnia, rescatado seis días después por un comando de fuerzas especiales y convertido en celebridad por Newsweek. En la película, el almirante Leslie Regart (Gene Hackman) decide enviar a los muchachos en una misión de reconocimiento de rutina, sobre una zona segura, simplemente para que tomen un poco de aire, pero los chicos se desvían, por traviesos y juguetones, de la ruta trazada, se internan en territorio bosnio y su avión de 30 millones de dólares es derribado por un misil antiaéreo. Los jóvenes aterrizan en paracaídas, uno de ellos es capturado y ejecutado por un grupo serbio y el otro (Owen Wilson, caracterizando al capitán Chris Burnett) se dedica, durante el resto de la película, a huir de los malvados que se empeñan en perjudicarlo seriamente.

En los momentos posteriores al derribo del cazabombardero, el capitán del portaviones, que es un militar macho, bueno, lineal y bruto, es informado de la situación de su sobreviviente y ordena a la tripulación que averigüe “quiénes lo persiguen y por qué”. Las preguntas del capitán son un indicador del tipo de información que recibe la opinión pública estadunidense en torno a soberanía y derecho internacional. Recuerdan, además, el conmovedor "¿por qué nos odian?" que se formuló Bush unos días después de los atentados del 11 de septiembre. Hasta la fecha, las autoridades de Washington pretenden desconocer las motivaciones de los iraquíes cuando descuartizan a cuanto soldado invasor se les pone al alcance, sin dudar un segundo sobre la corrección política del acto.

Segunda clave: los perseguidores del muchacho extraviado se cuentan por cientos o miles, disponen de francotiradores y están perfectamente armados con armas cortas, largas y larguísimas, además de obuses y tanques, pero parecen desconocer su propio territorio y son incapaces de distinguir entre un aviador gringo vivo y el cadáver en descomposición de un bosnio. La suposición de una torpeza inaudita en todo oponente de las fuerzas militares estadunidenses le sirvió al guionista de la película para construir la fuga de su protagonista y el final feliz a bordo del portaviones. Pero, por culpa de esa misma suposición, los ocupantes de Irak están sufriendo de 30 a 35 ataques diarios con medios bélicos cada vez más sofisticados y el gobierno de Bush asiste a la evaporación, ojalá que irreversible, de su futuro político. Malas noticias, almirante Regart; malas noticias, presidente Bush: nadie, ni siquiera los chicos malos de Milosevic, supera a los Estados Unidos de América en eso de usar la fuerza militar en forma arbitraria, irracional, delirante y torpe, y la subestimación de la capacidad y disposición de combate del enemigo les ha costado a ustedes una buena cantidad de muertos.

La tercera referencia significativa contenida en la película es la percepción que los gringos tienen de sus propios aliados. El almirante no estadunidense que está a cargo de la operación de la OTAN, y que tanto podría ser francés como español, ofrece un permanente contrapunto inteligente al capitán obsesionado con rescatar a su muchacho, y se comporta en forma tan sutil que para el grueso de los espectadores del país vecino resulta un traidor irremediable. En este aspecto, la película tiene el don de la profecía, toda vez que se anticipa a los conflictos surgidos entre Washington y sus reticentes y refinados amigos de París y Bonn a raíz de la invasión brutal del país árabe.

La hipocresía de los poderosos llevó a acuñar la expresión “baja colateral” para referirse a los civiles asesinados por las fuerzas amigas. Ahora, con el abuso de prefijos que está tan de moda, su ignorancia, su arrogancia y su ineptitud los obligarán a inventar otra: “baja posbélica” ¿Cuántas de esas ocurrirán en Irak esta semana? 

18.11.03

Optimismo


En el otoño del hemisferio norte la bóveda celeste se hace más alta y límpida, incluso en la ciudad de México. Los equilibrios del mundo son más poderosos de lo que supone nuestra arrogancia al revés, que pretende capaz a la especie humana de arruinar en unas cuantas décadas los roces y los vínculos entre masas de trillones de toneladas de nitrógeno, silicio, carbono, hierro, hidrógeno y oxígeno.

Arriba de estos cielos despejados de noviembre crece una incomprensible y ominosa tonsura en la cabellera planetaria de ozono, y el oriente de Europa se ha vuelto un horizonte de bombazos diarios y helicópteros gringos infartados que vomitan a sus ocupantes antes de derrumbarse sobre suelo enemigo. Y la economía es, hoy más que nunca, un barco tan borracho como sus pilotos (perdón, amigos borrachos, por compararlos con gobernantes tecnócratas) que amenaza con matarnos a todos cuando encalle en los dientes de sierra de las gráficas.

Pero si uno voltea al cielo azul, toma prestado un poco de aire frío y hasta limpio de este otoño, recuerda que las necedades ideológicas y estratégicas de los Reagan y los Chernenko estuvieron cerca de borrarnos del mundo hace unos lustros y que se logró, pese a todo, evitar la pesadilla del holocausto atómico; que el colapso soviético no tuvo las consecuencias apocalípticas que se pensaba y que la Revolución Conservadora terminó mucho antes de lo que se pensaba y de lo que habrían querido sus impulsores.

Cuando se observa las nubes altas y aborregadas de este noviembre es inevitable descubrir, en ese signo, que la presencia humana en este planeta no es ni buena ni mala sino todo lo contrario y que la digestión cósmica --tan lenta que apenas nos incumbe-- no va a turbarse por un poco más o un poco menos de monóxido de carbono emitido por unos micos un tanto extraños que aprendieron, por accidente de la evolución, a comerciar entre ellos, a matarse mutuamente a distancia, a aparearse fuera de sus periodos de celo, a fabricar dioses y motores de combustión interna, a ser virtuosos del violoncelo y a escudriñar el cosmos.

La aventura humana no va a terminarse abruptamente porque una transnacional se empecine en hacernos tragar productos transgénicos y producir fluorocarbonos, o porque haya mandatarios desoladoramente brutos, porque una potencia planetaria aviente de golpe todo su arsenal sobre las cabezas enturbantadas de los iraquíes o porque un espíritu enfermo de odio resuelva despedazar de un bombazo a dos decenas de judíos turcos a todas luces inocentes y ajenos a cualquier conflicto.

Cosas como esas seguirán pasando, por mucho que los vientos estacionales pasen un trapo húmedo sobre el azul del cielo.

Y al revés: la más emponzoñada de las atmósferas puede ser cuna de actos de piedad y creación, y hasta en las inversiones térmicas, que ya están próximas, seguirán naciendo cachorros humanos de mirada limpia.