8.9.12

El salario del miedo


Parece ser que los votos comprados a favor de Peña Nieto costaron más: de 500 a mil pesos, aunque en algunas regiones particularmente miserables algunos ciudadanos vendieron los suyos en 300 o menos. Pero ya no estamos en junio sino en septiembre y ahora no se necesitaba de sufragios sino de miedo, y éste salió mucho más barato: 400 pesos, han dicho unos que fueron detenidos en Iztacalco cuando sembraban el pánico mediante perifoneo. Tal vez estos individuos sean de los que en tiempos normales, si es que aú puede hablarse de tal cosa, se ganan la vida anunciando tamales oaxaqueños deliciosos y calientitos o pregonando “se compran, estufas, lavadoras”, etc., y no vieron nada de malo en cambiar la grabación por una sobre el anuncio de la llegada inminente de los bárbaros de Antorcha Campesina.

¿Quién necesita miedo en el país, particularmente en sus zonas más indómitas? La respuesta es tan obvia: el priísmo rampante al que ya nadie le tiene miedo.

Tal vez en tiempos tan pretéritos como 2006 Peña creyó que podría construir su atractivo principal en la mano dura, una cualidad que por entonces resulaba bien apreciada por las clases medias medrosas. A fin de cuentas, las maneras rudas de gobernar –por decirlo en forma poco ruda– han sido características del Grupo Atlacomulco. Acuérdense del lema de campaña del tío Montiel: “los derechos humanos son para los humanos, no para las ratas”. Puede ser que en algún momento del camino hasta 2012 el sobrino bonito haya terminado por creer que le bastaba con el aplastante glamour televisivo para ganar la elección, pero ese glamour se le cayó desde diciembre del año pasado, y para mayo del presente Peña era ya el ejemplo más descarnado de un candidato sin atributos. Por eso hubo que recurrir a la adquisición masiva de sufragios que desfiguró la elección hasta el punto de convertirla en ilegítima a ojos de casi todo mundo, salvo los de las autoridades electorales, quie no vieron nada.

Lo que necesita Peña ahora, en estas larguísimas semanas que lo separan de la silla presidencial, es que la gente tenga miedo; echar atrás la grabación para instalar a México en los momentos más horribles de 2010, por ejemplo, cuando medio país clamaba por alguien que pusiera orden y nos salvara de la ineptitud necrofílica de Calderón, ese que dice que más muertos es sinónimo de vivir mejor. Pero de entonces a la fecha han pasado muchas cosas. Por ejemplo, el estallido de ira ciudadana que encabezó –y dilapidó– Javier Sicilia, o la cosecha de los frutos organizativos sembrados por el lopezobradorismo, o el derrumbe autoinfligido de la imagen del propio Peña, o la portentosa primavera de #YoSoy132.

El problema de Peña es que la gente ya no tiene miedo, sino un encabronamiento cada vez mayor que se ahonda a cada nuevo agravio del poder: la abierta parcialidad del IFE, la consumación del fraude, en julio, y su legitimación, hace unos días. O el inocultable pacto de alternancia bipartidista entre el PRI y el PAN, que echa por tierra cualquier ilusión de democracia.

Nadie puede gobernar por mucho tiempo por medio de la violencia pura y dura. El mecanismo perdurable de gobierno no es el recurso a las armas sino el miedo que éstas provocan. Las armas o el antorchismo, brazo semi armado de la mafia tricolor, que de todos modos tiene otros, y más profesionales.

“Ténganme miedo”, parece implorar Peña en el subtexto de los pregones que recorrieron el oriente del valle de México y cuya onda expansiva de alarma se hizo sentir hasta las zonas altas del occidente. Sí: el reparto de sobrecitos con 400 pesos cada uno rindió el efecto deseado, en lo inmediato, pero cabe dudar que el miedo generado contribuya a asfaltar el camino de Peña a la presidencia. Por el contrario, da la impresión de que la sociedad lo tomará como un agravio adicional a los muchos ya perpetrados por el empeño de restauración jurásica.

En lo inmediato, una lectura: la que está pasando mucho miedo en estos días es la cúpula priísta. Tanto que se siente forzada a organizar tonterías y canalladas y a agitar ante el pueblo el espantajo de sus bárbaros, con la esperanza de endosar su propio miedo a una sociedad que ya es, a estas alturas, su principal adversario.

7.9.12

“Bonito tu cascabela
y otras paragogias




La versión en cacle-cacle indica lo siguiente:

Se denomina paragoge al metaplasmo que consiste en agregar un fonema o más, etimológico o no y por lo general una vocal, al final de un vocablo. Se denomina también epítesis.

A ver: (casi) todo mundo conoce aquella flor del Romancero que narra el desamor de Moriana por el Moro Galván, o Morán, quien sólo lograba conseguir de ella premios desabridos:

Moriana en un castillo
juega con moro Galván;
juegan los dos a las tablas
por mayor placer tomar.
Cada vez que el moro pierde
bien perdía una ciudad;
cuando Moriana pierde
la mano le da a besar.


Pero Busquets i Grabulosa lo transcribía con la grafía antigua:

Moriana en un castillo
juega con moro Galvane.
Juegan los dos a las tablas
por mayor plazer tomare;
cada vez que el moro pierde,
él perdía una ciudade,
cuando Moriana pierde
la mano le da a besare...

y anotaba que “el fenómeno de la llamada -e paragógica puede responder, en ocasiones, al deseo de eliminar la rima aguda. Consiste en una -e añadida a la última sílaba del verso (han-e, están-e, feliz-e...), con lo que se logra la igualación silábica, si hace falta, o una rima llana siempre más de acuerdo con las tendencias constantes de la poesía española”.

No hay misterio: el español es un idioma preponderantemente grave y los hispanohablantes tenemos el oído habituado a las palabras que llevan el acento (ortográfico o sólo prosódico) en la penúltima sílaba. Los vocablos agudos generan, por ello, una suerte de resonancia adicional. Por eso los versos que terminan en palabra aguda han de tener una sílaba menos, a fin de dejar espacio a esa sílaba fantasma  que ha de ser algo semejante a la “memoria del miembro ausente” que sufren los amputados, pero en chiquito y menos terrible. Pero algunos oídos no se sienten a gusto con los fantasmas o las evocaciones sonoras, y para ellos lo indicado es agregar una vocal: la vocal paragógica.

Descubrí con sorpresa que la vocal paragógica se encuentra también en algunas interpretaciones de son jarocho, como en esta preciosa versión del Cascabel tocada y cantada por el querido Antonio García de León:

Bonito tu cascabel,
vida mía, quién te lo dio;
vida mía, quién te lo dio,
bonito tu cascabela.

A mí no me lo dio nadie,
mi dinero me costó:
el que quiera cascabel
que lo compre como yoa.



Fragmentos de un berrinche amoroso



Foto de Poky Alejandro Zertuche (Eterno siluacro de una realidad ficticia), tomada de MTY Peformance - Art


“El Preso Número Nueve era un hombre muy cabal: iba en la noche del duelo muy contento a su jacal pero al mirar a su amor en brazos de su rival sintió en el pecho un dolor y no se pudo aguantar” las ganas de matarlos, y los mató. Se supone que fue capturado (o más bien se entregó por su propia voluntad), fue sometido a juicio y condenado a muerte, pero esas partes de la historia no salen en la canción. Ésta retoma la narración cuando el protagonista se confiesa con el cura del penal, momentos antes de que se lo lleven al paredón. De hecho, la abracadabrante rola cuenta lo que ocurre en esos instantes, y los antecedentes los entrega en un flash back. El asesino le dice al cura que no se arrepiente, que si tuviera la oportunidad de volver su vida haría exactamente lo mismo que hizo (o sea que no se rehabilitó en la cárcel), no se muestra atemorizado ante la muerte (él la llama “la eternidad”) y dice estar consciente de que será juzgado por Dios. 

Lo más tremebundo de la historia es que el personaje no sólo está seguro de haber hecho lo correcto sino que se manifiesta de acuerdo con su destino –es decir, con la perspectiva de morir fusilado dentro de un ratito– porque eso le permitirá “seguir los pasos” de los adúlteros e ir “a buscarlos al más allá”. A partir de ese punto ya no queda la menor duda de que el tipo se está meando fuera de la bacinica y que está llevando las cosas demasiado lejos. ¿Pero qué se ha creído éste? ¿Que es dable escenificar una riña de cantina en el incierto reino de la muerte? ¿Que la violencia doméstica está permitida en El Estigia? ¿Que en el Infierno le darán el gusto de patear a su cónyuge y de seguir apuñalando al amante de ésta por los siglos de los siglos?

A primer golpe de vista nuestro Preso Número Nueve es un empecinado con blindaje nivel 7, pero podría tratarse de una mera apariencia. Es posible que en el fondo no sea tan “valiente” como lo hace aparecer la canción (perdón por las comillas, pero el adjetivo es casi insostenible) y que esa ira gastada e inverosímil sea un clavo ardiente al que se aferra para no entrar en pánico, toda vez que está punto de pasarle algo más bien espantoso: unos tipos van a perforarle el cuerpo y le arruinarán, para siempre y rapidito, los tubos por los que pasan la sangre, los alimentos, el aire y los impulsos nerviosos, y con ello lo borrarán del mundo.

Ante ese destino inmediato tan indeseable, él opta por inventarse una misión importantísima para después de que se haya terminado todo por la simple razón de que es capaz de procesar su propio final. Es muy de hombres eso de seguir defendiendo el honor constante más allá de la muerte y también es muy de hombres no orinarse ni babear frente al pelotón de fusilamiento, así que, tras matar a los amantes infieles, el Sr. Nueve mata otros dos pájaros de un tiro: se fabrica un destino para después de que lo maten y con ello se distrae lo suficiente como para salvar las apariencias y mostrar sangre fría. O bien: nuestro héroe no pudo controlar su berrinche al descubrir que no era la única pareja sexual de su mujer y perpetró doble homicidio. Ahora, para dominar su berrinche ante la muerte, opta por asimilarla como parte de un mal trago necesario para trasladarse a donde están los muertos y volverlos a matar, o a rematar, o a hacer con ellos quién sabe qué.

No se quiera encontrar aquí un solo argumento a favor de la censura en cualquiera de sus modalidades pero concédase que, al lado de este portento, los narcocorridos, perseguidos y vetados en varias entidades y municipios de la república, son ositos de peluche. En todo caso, téngase al Preso Número Nueve como ejemplo sublime de la hipocresía oficial: los mismo funcionarios que fraguan leyes y reglamentos contra la épica menor de San Malverde no encuentran empacho en entonar, en cuanto se les empiezan a subir los tequilas, esta preciosa pieza de la cultura popular que hace apología explícita del asesinato pasional. Y nos parece normal en cualquiera de sus versiones: desde la muy cantinera que grabaron Los tres caballeros hasta la potentísima de Chavela Vargas, pasando por la voz delicada de Joan Baez:
 Padrei, no me arepientou, y si vuelve nacer yo la vuelvou matar.
No vean tampoco en el título de esta columna afán alguno de minimizar o ridiculizar esas realidades espantosas en las que el impulso amoroso frustrado se convierte en una patada en el tablero y momentos después, en patadas al cuerpo inerte del otro jugador o jugadora, o bien en la programación de un suicidio que deje en el otro una culpa perenne e indeleble. Berrinche no será el término clínico adecuado para esos casos extremos, pero funciona para entender su lógica interna, que empieza con un agravio.

De entrada, si siento amor, ello no es mi responsabilidad sino la de quien me enamoró. Ese otro ser debe, en consecuencia, responder por sus actos. Posee sobre mí un enorme poder: puede transportarme al paraíso, pero puede también convertirme la vida en un infierno. Me ha conquistado, y al hacerlo, ha matado algo en mí. Tal vez la voluntad, tal vez el honor; acaso me ha expropiado el amor propio y lo ha vuelto suyo. Canta Juan Peña, El Lebrijano:


Y esos asesinos / eran los ojos negros / de mi destino.

La mayor parte de las veces, por fortuna, en el curso de los acontecimientos en un berrinche amoroso la sangre no llega al río y las cosas no culminan en funeral sino en ridículo planetario. En expresiones como “el amor de mi vida” y “en la media naranja” se encuentran las semillas del “no puedo vivir sin ti” y del “no puedes vivir sin mí”, que es la que enarbola el Sr. Nueve desde que descubre a la infiel hasta que presenta su boleto al Más Allá al director de orquesta del paredón de fusilamiento.

Cuando la historia comienza con “mi dueña o dueño” puede darse por seguro que acabará en enemistad y rencor, porque “si no puedo vivir sin ti”, entonces “tú eres responsable de mi sufrimiento”. Antes de esa conclusión, el trayecto pasa por las etapas características del proceso de simbiosis entre El Amo y El Esclavo, con todo lo que, a ojos de quien observa la relación desde fuera, es una progresión de disparates; ya saben: “te perdono todo lo que te hice”, o bien “no me obligues a hacerte daño”.

En el mientras, o poco antes del desenlace, es posible que tengan lugar extremos de humillación como el clásico breliano: “déjame volverme la sombra de tu sombra, la sombra de tu perro”, de chantajes como “no me puedes dejar justo ahora que están a punto de operarme de algo”. En el desenlace, un último desahogo atrabiliario: “Y te prohíbo que me extrañes”. Y después, ya en forma póstuma, alguna reflexión ardida: “Para relaciones complicadas ya tengo una con la diabetes.”

5.9.12

Final de cuento de hadas


“… Y que, para resolver aquella terrible situación, las hadas se reunían y, después de darle vueltas y vueltas al asunto, encontraban la solución de firmar una alternancia pactada, y entonces el del Pacífico le entregaba civilizadamente el poder al de la Última Letra, y se reunían en paz y armonía en el mismo corazón del Reino para acordar los detalles de la transición, y hacían una super fiesta muy bonita con trompetas y clarines y bandas presidenciales, y ya luego vivían todos felices para siempre.”

Ahora, váyanse a dormir.

4.9.12

La alternancia mafiosa


No sorprende demasiado la revelación de que en 2006 Felipe Calderón pactó con el PRI la “devolución” de la Presidencia a ese partido en la persona de Peña Nieto.

El dato es consistente con la relación de mutuo beneficio entablada entre Acción Nacional y el tricolor desde 1988, cuando Salinas pudo consumar la usurpación gracias al reconocimiento de los legisladores panistas. En los seis años siguientes habrían de venir las concertacesiones, es decir, las entregas de gubernaturas estatales, al margen de las urnas, a militantes del blanquiazul; el estreno de un panista en el gabinete presidencial (Antonio Lozano Gracia, 1994); la tersa sucesión Zedillo-Fox en 2000; el respaldo de los priístas a la imposición de Calderón tras el fraude de 2006 (ahora ya sabemos con nitidez a cambio de qué) y, en el año presente, la aquiescencia del calderonato y del panismo a una elección inmunda, a la legalización de la inmundicia por el Tribunal Electoral y, seguramente, si es que el resto del país la aguanta, a una toma de posesión moralmente inviable, el próximo 1° de diciembre.

La convivencia entre los dos partidos es, pues, un hecho sostenido que dura ya 24 años y que ha llevado a la sociedad a bautizar a ese régimen bicéfalo con un apelativo evidente: el PRIAN. El PRIAN no es únicamente, desde luego, una alianza política inconfesable sino, antes que eso, un acuerdo de estrategia económica y de sometimiento a las directrices provenientes de Estados Unidos. El PRIAN es la garantía de continuidad del modelo neoliberal, el cual requiere de gobiernos autoritarios, resueltos a violentar las leyes y los derechos y blindados y excluyentes en el ejercicio del poder.

Lo sorprendente, en todo caso, es que la existencia de ese pacto mafioso para una alternancia bipartidista antidemocrática sea tan conocido entre cuadros panistas y que éstos, conociéndolo, no lo hayan denunciado de manera pública y, en algunos casos, se hayan prestado a participar en una campaña presidencial –la de Josefina Vázquez Mota– que, a la luz de este acuerdo, fue una mera simulación.

Ello es significativo de la bancarrota cívica del panismo y de la perfecta improcedencia de buscar alianzas con el blanquiazul para democratizar al país. Esa perspectiva es tan cándida –en el mejor de los casos– como la de aliarse con Drácula para enfrentar al hombre lobo, o al revés. También exhibe, a posteriori, la injusticia de las críticas emanadas de los chuchos perredistas contra López Obrador, cuando éste se oponía a una alianza PAN-PRD en el Estado de México, y era acusado de jugar, de esa forma, para los intereses de Peña. ¿Lo ven? Pues no: quienes trabajaban para enfilar a Peña a Los Pinos eran aquellos con los cuales se pretendía establecer alianzas.

Otra inferencia necesaria es que hoy en día, como en los años 60 y 70 del siglo pasado, quien controla el Ejecutivo sigue teniendo en sus manos un protagonismo tan ilegal como indecente en la decisión central en torno a su sucesión.

La campaña, la elección, la calificación y la confirmación de que el PAN y el PRI son dos logotipos de un mismo programa de dominación oligárquica llevan, finalmente, a una conclusión inevitable: poco o nada puede esperarse de esa formalidad democrática, tan minuciosamente sellada por los poderes mafiosos, para impulsar los cambios de fondo que le urgen al país. En tal circunstancia, la primera transformación necesaria es el desmantelamiento de ese poder anticonstitucional cerrado en sí mismo y cada vez más contrapuesto y hostil a las aspiraciones de sus supuestos representados.


3.9.12

“El que vota por la paga
y el que paga por votar”


“Esos desgraciados que vendieron su voto, su dignidad y el futuro del país por mil pesos o por una tarjeta de Soriana”, etcétera. No sorprende que algunos canalicen su primer golpe de rabia contra los paupérrimos entre los paupérrimos (pobreza alimentaria, déficit de dignidad, insuficiencia de cultura cívica) que fueron utilizados por el régimen oligárquico como carne electoral para enfilar a Peña Nieto a la presidencia.

No sorprende. Pero lastima.

Ciertamente, quienes reaccionan así al megafraude, consumado por el IFE hace un par de meses, y legalizado hace unos días por los siete magistrados del Tribunal Electoral, disponen de más información que quienes accedieron a entregar su boleta electoral a cambio de 300, 500 o mil pesos.. Tienen, desde luego, una concepción más acabada de la perspectiva nacional y de lo que significa, para ella, un nuevo régimen marcado por la ilegitimidad y concebido para prolongar la aplicación del modelo neoliberal y del sistema de saqueo puesto en práctica por la cúpula oligárquica político-mediática y empresarial: mayor concentración de la riqueza; reducción de la propiedad pública a cero; incremento de los márgenes para la corrupción; generalización de las connivencias entre autoridades y criminalidad organizada; multiplicación de la pobreza, la marginación y las insuficiencias educativas y, con ello, la generación de nuevos votantes sobornables.

Es posible, por lo demás, que algunos de los que han descargado su indignación –entendible, compartida, justa– en los electores comprados no sepan, o no tengan en cuenta, que para una persona cuyos ingresos son equivalentes al salario mínimo (es decir, millones de ciudadanos), mil pesos pueden hacer la diferencia entre el hambre y la comida durante una semana o una quincena.

La miseria no sólo es indeseable porque priva a las personas de los bienes y servicios mínimos para una subsistencia digna sino también porque, en muchos casos, la contingencia del estómago contamina otras dimensiones humanas (el sentido del deber y de la integridad, la mirada al futuro, la conciencia de sí y de los demás), coloca la supervivencia en el nivel máximo de las prioridades y relega la dignidad a la condición de producto de lujo.

Claro que hay muchos miserables que se mantienen y se mantuvieron íntegros, así como hubo cosecha de votos comprados en la clase media baja. Es que a veces basta con el pavor a la carencia (o con su recuerdo) para perder el control moral de las acciones propias.

Desde esa perspectiva, y habida cuenta que los vendedores de su voluntad política son producto de este régimen prianista, el condenarlos equivale a criticar a un secuestrado porque pagó el rescate, a un asaltado porque entregó la cartera, a un inimputable porque cometió delitos.

Lo compra de votos para Peña Nieto fue una acción doblemente perversa porque no sólo se perpetró para distorsionar la voluntad popular sino que se realizó también para asegurar que los vendedores de sufragios permanezcan en esa condición en forma indefinida.

Lo hecho, hecho está, y hoy resulta necesario definir el objetivo de las movilizaciones en curso: ¿se trata de impedir que Peña tome posesión o de amarrarle las manos a él y al resto de la clase política para impedir que ahonden, mediante las ominosas “reformas estructurales”, la catástrofe nacional presente? Pero tal vez no esté de más distraer un cuarto de hora de esa tarea fundamental para redimensionar la responsabilidad de los votantes comprados. La crónica que escribí en El Chamuco decía, con perdón de Sor Juana, así:

Ante la pobreza inmensa
que se abate en el país,
cambia uno que otro infeliz
su voto por la despensa
y pregunto, en la defensa
del tipo en particular
si peca, en primer lugar,
y con intención aciaga,
el que vota por la paga
o el que paga por votar.

Fin de la historia


“Y te prohíbo que me extrañes.”

31.8.12

Tenemos dirigente

"No puedo aceptar el fallo del TEPJF ni reconocer a un poder ilegítimo surgido de la compra del voto y de otras violaciones graves a la Constitución y a las leyes.

"La desobediencia civil es un honroso deber cuando se aplica contra los ladrones de la esperanza y de la felicidad del pueblo. Convoco a todos los partidarios de la democracia y de nuestro movimiento a que nos congreguemos en el Zöcalo de la Ciudad de México el domingo 9 de septiembre a las 11 am. Ahí definiremos lo que sigue.

"Seguiremos actuando con responsabilidad y por la vía pacífica, sin dar motivos para que los vioelntos nos acusen de violentos."


Tercer fraude


En los últimos 24 años la sociedad mexicana ha sido víctima de tres grandes fraudes en comicios presidenciales; fraudes a ritmo promedio de uno cada ocho años. Los dos primeros (1988 y 2006) se saldaron con sendas imposiciones, en la Presidencia, de individuos que causaron daños gravísimos al país. Las consecuencias del tercero... están por verse.

En este cuarto de siglo ha habido sólo dos gobiernos federales emanados de las urnas: el de Ernesto Zedillo y el de Vicente Fox. El primero, represor en lo político y depredador en lo económico, no tuvo sin embargo más remedio que apechugar con la apertura democrática exigida y protagonizada por la sociedad y permitió la realización de comicios libres en 1997 y en 2000. En ambos cambiaron de manos los más importantes cargos del país: el gobierno del Distrito Federal, conquistado por la izquierda con Cuauhtémoc Cárdenas a la cabeza, y la Presidencia, ganada tres años más tarde por el empresariado, esta vez bajo la bandera de Acción Nacional, pero con el respaldo indiscutible de una mayoría ciudadana. Fuera de ese breve paréntesis de tres años, las fórmulas de recambio presidencial han sido urdidas y gestadas en las entrañas institucionales y corporativas del régimen político e impuestas por medio de simulaciones democráticas con propósitos de legitimación.

Desde 1988 la derecha tradicional optó por volverse parte integrante del régimen y desde entonces las alternancias entre el PRI y el PAN son meros cambios de fachada de un modelo político y económico antidemocrático y oligárquico, basado en la permanente devaluación de la población, la concentración creciente de riqueza y poder en unas cuantas manos y el desmantelamiento progresivo del Estado y de la Carta Magna.

En cinco ocasiones sucesivas la izquierda y los sectores progresistas del país, por su parte, han intentado llegar a la Presidencia –posición clave del poder político—por la vía electoral, con un saldo hasta ahora desolador: ganaron dos de las correspondientes elecciones –1988 y 2006–, pero en ambos casos les fue arrebatado el triunfo mediante la descarada alteración de los resultados electorales; perdieron limpiamente la justa democrática en otras dos –1994 y 2000– y habrían vuelto a ganar en 2012 de no ser porque la oligarquía político-empresarial y mediática urdió para esta ocasión un fraude pre electoral: sobornó a cinco millones de ciudadanos (sobran en el presente escenario económico aquellos para quienes mil pesos representan la diferencia entre una quincena de comida y una quincena de hambre) para asegurarle a su abanderado, Enrique Peña Nieto, un margen relativamente holgado de triunfo, a pesar de ser el candidato presidencial más repudiado de que se tenga noticia.

Las autoridades responsables de organizar, vigilar y calificar la elección –el IFE, la Fepade y el Tribunal Electoral– se comportaron de manera parcial y facciosa a lo largo de las campañas. Es claro, visto en retrospectiva, que su desempeño obedeció a una consigna inequívoca: no permitir el triunfo del candidato de las izquierdas e impedir, al precio que fuera, que la elección presidencial pusiera en riesgo la perpetuación del modelo político y económico vigente.

Desde julio de 2011, con motivo de las elecciones locales en el Estado de México, pudo verse la clase de blindaje fraudulento con el que se había dotado el poder oligárquico. La elección de Eruviel Ávila como gobernador incluyó el respaldo descarado de Televisa, la compra masiva de sufragios, el amedrentamiento y/o la cooptación de opositores y el uso de las oficinas públicas como mecanismos de coacción para que el PRI amasara un porcentaje de sufragios perfectamente desmesurado e inverosímil. Algunos advertimos en ese entonces que el movimiento lopezobradorista se preparaba para enfrentar el fraude pasado, el de 2006, mas no para remontar el que se perpetraría en 2012 y que, salvo prueba en contrario, la vía electoral estaba clausurada como instrumento de transformación nacional. Fue, posiblemente, un señalamiento crítico injusto para con el más formidable esfuerzo de organización política y social de signo progresista emprendido en la historia moderna de México –el Movimiento de Regeneración Nacional, Morena– y de cualquier forma el abandono anticipado de la arena electoral habría equivalido a un suicidio. Sin embargo, a la luz de lo ocurrido entre el 1 de julio pasado y la fecha de hoy, queda claro que la única forma de garantizar un triunfo electoral presidencial ante el aparato delictivo del régimen sería obtener el 70 por ciento o más de los sufragios y, por si aún así hiciera falta defender ese resultado por la vía jurídica, obtener de los urdidores del fraude una confesión de chanchullos notariada, videograbada y ratificada personalmente ante todos y cada uno de los siete magistrados del tribunal electoral. Y tal vez, ni así.

En suma, el tercer fraude oligárquico del México moderno no sólo despoja a la mayoría de la sociedad del ejercicio de la Presidencia, sino que ha terminado por disipar las esperanzas depositadas por muchos en la posibilidad de llegar al poder político por medio de las vías institucionales establecidas. Lo más doloroso, exasperante y canallesco de este último atraco electoral, pues, no es necesariamente la postergación del cambio de rumbo y de prioridades que el país requiere en casi todos los órdenes, sino el asesinato de la confianza en las elecciones. O, más directamente, el asesinato de la democracia.


Ahora el desafío acuciante e inmediato consiste en imaginar, formular, poner en práctica y generalizar modalidades de lucha política y social pacífica que permitan transitar la incierta ruta entre el tercer fraude y la regeneración de la república. Entre la justificada cólera social del presente y la confección de una cuarta Constitución el camino no es necesaria ni obligadamente largo –su duración depende, en buena medida, de la iniciativa, creatividad y capacidad de convocatoria de los movimientos sociales que hoy se expresan contra una tercera imposición presidencial y contra la conformación de un nuevo gobierno espurio–, pero sí va a ser, con toda seguridad, difícil. Para acometerlo, más vale ir haciendo acopio de energía, pasión, paciencia y lucidez.

24.8.12

Microcuento


Para Laguna

Era tan generoso y la amaba tanto que le donó un riñón cuando ella se quedó sin whiskas para el gato.

23.8.12

El obispo y la viceministra



El 22 de junio de este año Fernando María Bargalló presentó su renuncia al obispado de Merlo-Moreno –sufragáneo de la Arquidiócesis de Buenos Aires–, que encabezaba desde su creación, en 1997. Junto con ese cargo se despidió de la presidencia de Cáritas Latinoamérica y se recluyó en un retiro espiritual, a la espera de que la organización que encabeza Joseph Ratzinger lo enviara a una parroquia perdida en alguna parte del mundo. El sacerdote había tenido algunos encontronazos con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y con el intendente de Merlo, Raúl Othacehé, quien hostigaba al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Creía en la opción por los pobres.

En rigor, Bargalló no perdió sus puestos debido a sus confrontaciones con las autoridades, sino en razón de una directiva establecida en 1123 en el primer Concilio de Letrán, que ordenó a sacerdotes, diáconos, subdiáconos y monjes abstenerse de practicar su sexualidad. Esa imposición injustificada –pues no se sostiene en ningún pasaje de las Escrituras– tuvo como propósito preservar los intereses patrimoniales de la Iglesia católica, ya que privaba a sus integrantes de esposas, amantes o hijos que pudieran formular algún reclamo sobre los bienes de los religiosos.

El martes 19 de junio un canal de noticias local divulgó unas fotos tomadas 18 meses antes por algún paparazzi que sugieren la infracción, por parte de Bargalló, del mandato de castidad. En ellas, el ex obispo aparecía en una playa de Puerto Vallarta acompañado de una empresaria porteña, ambos en traje de baño y en actitudes algo más que afectuosas, aunque no abiertamente sexuales. Unas fotos que podrían encontrarse en el álbum familiar de una pareja cualquiera.

El religioso ensayó una defensa pueril: dijo que la mujer y él eran amigos desde la infancia y lamentó que mi imprudencia pudiera dar lugar a malas interpretaciones. Nadie le creyó y la jerarquía eclesiástica le exigió la dimisión. Así terminó la destacada carrera de este sacerdote de 58 años. Su amiga, divorciada y tres años menor que él, enfrentó el escarnio de los medios y el morbo de la opinión pública.

Independientemente de las posturas políticas y pastorales de Fernando María, su tragedia deja entrever el horror y la hipocresía de la castidad obligatoria. Las y los religiosos católicos, como ocurre con casi todos los organismos multicelulares que pueblan este mundo, están sujetos a las pulsiones de la sexualidad. La organización a la que pertenecen les permite obedecer a ese llamado natural a condición de que aparenten no hacerlo. No se ha sabido que un cura o una monja descubiertos en la genitalidad por un superior o igual –situación que ha de ocurrir con harta frecuencia– sean expuestos y castigados, al margen de que sus prácticas sexuales resulten inofensivas o lesivas para terceros, como es el caso de la pederastia y el abuso sexual.

Bargalló y su amiga hicieron cuanto pudieron para coger sin molestar ni escandalizar a nadie. Viajaron desde Argentina hasta las remotas playas del Pacífico mexicano –incluso tomaron vuelos separados– para vivir unos días de normalidad biológica y afectiva, y para experimentar el amor o el desamor terrenales que forman parte del escenario cotidiano de la inmensa mayoría de los seres humanos. Pero algún enemigo del obispo supo del romance y mandó a un chacal fotográfico a obtener testimonios gráficos que ni siquiera dejan entrever más de lo que una foto cualquiera en el álbum familiar de un matrimonio de cincuentones. Luego, las imágenes fueron enviadas a algún medio informativo inescrupuloso y mercenario, de esos que no son capaces de trazar una línea ética entre el interés público y la vida privada. Ante el escándalo, Bargalló no fue capaz de mandar al carajo a la opresiva madre y maestra en cuyo seno sórdido había venido desarrollando su vida profesional. Puso fin al romance, pero de todos modos su carrera ya había sido destruida.

Un mes después Costa Rica se vio cimbrada por un video puesto en Youtube en que aparece la entonces viceministra de Cultura y Juventud, Karina Bolaños, en ropa interior, enviando un mensaje cachondo a un individuo cuya identidad no agrega nada al asunto.

La versión de Bolaños es la siguiente: grabó ese video años atrás, cuando se encontraba separada de su marido. Posteriormente contrató a un técnico informático para que revisara los sistemas de su domicilio; éste se apoderó de los archivos contenidos en su computadora y durante meses se dedicó a extorsionarla, con la amenaza de divulgar sus hallazgos. La funcionaria, aterrada, accedió a las exigencias económicas del tipo hasta que se quedó sin dinero. Cuando cesaron los pagos, el video fue difundido en Youtube.

Bolaños no incitó al terrorismo, al lavado de dinero, al homicidio, o al narcotráfico; en el video simplemente le hizo saber a alguien: aquí estoy, sola, deseándote y esperando verte el martes, y te juro que si esta almohada fueras tú, qué no te haría. Sin embargo, el gobierno tico anunció su despido en los siguientes términos: Si bien las informaciones que han circulado están estrictamente relacionadas con la vida privada de Bolaños, y no con su quehacer como funcionaria pública, la separación de su cargo se dará para que ella pueda enfrentar este caso desde el ámbito privado. O sea que la mujer, sumida en una crisis conyugal y emocional por la exhibición de su privacidad, fue echada de inmediato del cargo que ostentaba. Poco importó su eficiencia administrativa y política. A lo que puede verse, Chinchilla y su gente entienden que el envío privado de un mensaje erótico en video –algo que, en rigor, sólo habría debido ser de la incumbencia del destinatario, de la remitente y del marido de ésta– constituye una falta política grave.

Hay aquí dos ejemplos de lógicas institucionales y sociales torcidas y perversas que castiga a las víctimas de violaciones a la intimidad con la destrucción de sus vidas profesionales y afectivas y premia a los responsables de tales violaciones con dinero, con la satisfacción de ver a un adversario demolido o quién sabe con qué recompensas políticas.

El mundo fue, es y seguirá siendo (desea uno) un copuladero, lo cual no es bueno ni malo, sino todo lo contrario (como decía algún preclásico), pero a ciertas personas se les exige que se comporten como si tuvieran la entrepierna tan lisa y el corazón tan vacío como un maniquí de aparador.

21.8.12

Ejemplos para Cameron


El primer ministro David Cameron podría seguir el ejemplo del general guatemalteco Romeo Lucas García, un asesino que ejerció la presidencia de su país entre 1978 y 1982. Uno de los episodios más recordados de su administración es el asalto por fuerzas policiales a la Embajada de España, ocurrido el 31 de enero de 1980, luego que un grupo de indígenas sobrevivientes de las masacres perpetradas por el Ejército en el occidente se refugiara en esa sede diplomática. En ella, el representante de Madrid, Máximo Cajal, atendía a un ex vicepresidente y un ex canciller del país anfitrión.

De inmediato, el gobierno instaló un cerco de fuerzas policiales en torno al inmueble. El embajador pidió tiempo para negociar con los indígenas pero no le fue concedido. Los efectivos oficiales lanzaron granadas de fósforo blanco al interior de la embajada y ésta se incendió. Las fuerzas policiales impidieron el paso a los bomberos y al personal de la Cruz Roja que pretendía rescatar a los atrapados en el incendio. De las 41 personas que había en el reciento, sobrevivieron sólo tres: el propio Cajal, el abogado Mario Aguirre Godoy y el indígena Gregorio Yujá Xona. Los tres sufrieron graves quemaduras. El primero fue sacado de inmediato de Guatemala y el tercero fue internado en un hospital local. Al día siguiente el gobierno lo secuestró, lo torturó y lo asesinó, y dejó su cadáver frente a la Universidad de San Carlos. España rompió relaciones con Guatemala.

El primer ministro Cameron podría también inspirarse en el jefe militar afgano Ahmad Sah Masud, apodado “El León de Panjshir”, quien tuvo a su cargo el asalto al edificio de la ONU en Kabul el 26 de septiembre de 1996. Desde cuatro años antes, el depuesto Mohamed Najibulá, títere abandonado a su suerte por los soviéticos, se encontraba refugiado allí, junto con su hermano Shahpur, y los talibán recién triunfantes querían las cabezas de ambos. La sede, que tenía estatuto de embajada, fue tomada por asalto y la turba de combatientes montó un espectáculo en el que el plato fuerte fue la castración y el asesinato de los dos refugiados. Luego, los cadáveres fueron expuestos con cigarrillos en los labios y billetes en los dedos y el nuevo régimen prohibió que les fueran prodigados funerales islámicos regulares.

No hay en la historia reciente, hasta donde sé, otros casos de asaltos a legaciones diplomáticas por parte de fuerzas locales, a menos que se trate de intervenciones solicitadas por los representantes extranjeros, como ocurrió en Lima en abril de 1997, cuando fuerzas policiales enviadas por Alberto Fujimori irrumpieron en la residencia del embajador japonés, tomada cuatro meses antes por una docena de guerrilleros que capturaron como rehenes a 72 personas.

Ahora Julian Assange está refugiado en la embajada de Ecuador en Londres y el gobierno que preside David Cameron, y el Estado que encabeza la anciana Elizabeth Alexandra Mary Windsor, amenazan con sacarlo de allí por la fuerza. Serían los terceros, después del general guatemalteco y del cabecilla afgano, en cometer semejante brutalidad.

Ni el mismo Pinochet se atrevió a tomar por asalto una sede diplomática –las de México y Cuba, repletas de perseguidos, eran candidatas evidentes– cuando se encaramó al poder de manera sangrienta, en el ya lejano septiembre de 1973. La integridad de las representaciones extranjeras se respeta por un principio básico de civilización: si una de ellas es violentada, se corre el peligro de desencadenar un efecto dominó de escala planetaria. Como lo dijo hace unos días el ex embajador inglés Craig Murray a propósito de las amenazas formuladas por el gobierno de su país, “si la policía entra a la embaja de Ecuador, todos los diplomáticos británicos en el mundo estarán en peligro”.

20.8.12

Vidas imaginarias



Desde que no te apareces
y en la distancia porfías,
las horas se vuelven días,
los días se vuelven meses
y tiendo a pensar a veces
que eres más bien ilusoria,
que en realidad esta historia
no ha tenido lugar nunca
y ha sido sólo una trunca
mentira de la memoria.

18.8.12

Amor filial



Llegada cierta edad, los hijos amorosos y comprensivos tendrían que reconocer a sus madres, si es que siguen en este mundo, por toda una vida de honestidad y rectitud, y sugerirles que, en lo sucesivo, se dedicaran al sexo, a las drogas y al rock & roll. Lo malo es que algunas, en lugar de agradecer el consejo, se dan por ofendidas.  

15.8.12

De ustedes depende


Señoras y señores magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), Magdos. José Alejandro Luna Ramos, María del Carmen Alanís Figueroa, Constancio Carrasco Daza, Flavio Galván Rivera, Manuel González Oropeza, Salvador Olimpo Nava Gomar y Pedro Esteban Penagos López:

Como hace seis años, el organismo que ustedes integran tiene ante sí la tarea de juzgar la validez, la legalidad y la legitimidad de una elección presidencial. En 2006 el TEPJF dio por bueno un proceso electoral viciado, irregular y oscuro, proclamó presidente electo a Felipe Calderón. Ante las inconformidades, las autoridades electorales se negaron a exhibir las pruebas del supuesto triunfo del aspirante panista –esto es, rechazaron el conteo voto por voto– y la instancia que ustedes encabezan decretó la validez de unos comicios en los que, según los propios magistrados el entonces presidente Vicente Fox, el Consejo Coordinador Empresarial y el partido que está a punto de dejar el poder cometieron transgresiones a la legislación electoral. Ese fallo causó, con ello, un gravísimo daño a las instituciones republicanas y al país en general: generó una fractura política en la sociedad, erigió una presidencia ilegítima a ojos de un importante sector de la población, sentó un precedente de impunidad para delincuentes electorales y minó severamente la confianza de la gente en los procedimientos democráticos como generadores de consenso y de solución pacífica de las diferencias. El sexenio que termina deja un saldo catastrófico de estancamiento o regresión en todos los ámbitos de la vida nacional y buena parte de ese saldo es atribuible a la ilegitimidad de origen del propio Calderón.

En el momento presente ustedes enfrentan la disyuntiva de repetir aquella decisión trágica y validar unos resultados electorales oficiales asentados sobre una montaña de irregularidades y de presuntos delitos o de sanear la vida republicana y garantizar la estabilidad política e institucional mediante la nulificación del proceso.

Ustedes no ignoran que los poderes fácticos pretenden, entonces como ahora, revestir con una cáscara de legalidad un resultado electoral obtenido por medios ilegítimos: desde el inicio de una campaña de facto con seis años de antelación, con la ayuda de los medios electrónicos, hasta la inyección masiva de dinero de dudosa procedencia –recursos públicos, en algunos casos– para obtener millones de votos a cambio de dinero. Esta inadmisible corrupción de la voluntad ciudadana se realizó en los sectores más pobres del país, aprovechando las circunstancias de necesidad y miseria de los votantes.

Ustedes están conscientes de que las prácticas referidas son manifiestamente ilegales y que en su momento no fueron evitadas, investigadas ni sancionadas por el Instituto Federal Electoral (IFE) ni por la Fiscalía Especializada en la Atención a delitos electorales (Fepade), organismos que ostentaron un comportamiento manifiestamente omiso. Para ustedes, como para todos, es claro que si no se hubiera recurrido a métodos como los señalados, es decir, si los comicios de julio pasado hubieran sido realmente libres, el aspirante presidencial priísta no habría obtenido la mayoría de los sufragios. Para el país, ustedes incluidos, es claro que un candidato impopular y rechazado no puede ganar unos comicios, a menos que se recurra a acciones ilícitas para adulterar la voluntad popular y simular que los ganó.

Es de suponer que ustedes estarán sometidos –como está sometido el país en su conjunto– a intensas presiones para que decreten, pese a todo, la legalidad y validez de la elección del 1 de julio es legal y válida.

Señoras y señores magistrados: resistan a esas presiones, dejen de lado los intereses particulares que pudieran tener en este caso y obedezcan a su conciencia. Otórguenle una oportunidad al país, a la democracia, a la estabilidad y a la gobernabilidad, a la credibilidad del alto organismo jurisdiccional que integran, a la propia respetabilidad y honorabilidad de ustedes como jueces. Invaliden estos comicios presidenciales viciados e inverosímiles y sienten un precedente contra los poderes fácticos que han venido ensuciando y distorsionando los procesos electorales en el país. Abran las puertas a la renovación de la vida republicana del país que puede iniciarse en el lapso de una presidencia interina. De ustedes depende. Ahórrenle al país otra catástrofe.

14.8.12

Prepararse un café



En la estufa divina se calienta
agua para café –no la bebida
misma, que hervirla es cosa prohibida–
y la vigila una mirada atenta.

No se cansa Agustín, no se impacienta,
no siente que la espera es aburrida
ni se queja tampoco si la vida
ante el hervor del agua pasa lenta.

Prepararse un café da circunstancia
para ser y pensar, mientras levante
sus burbujas la líquida sustancia.

Y en ese transcurrir alucinante,
sin cuidado del tiempo y la distancia,
cabe la eternidad en un instante.

13.8.12

Coplas de la lavandería


Resulta que a Peña Nieto
ya le dicen “El Ariel”.
Es lavandero discreto
y nadie lava como él.

Él quiere ser presidente
pero le sale mejor
blanquear el gasto corriente
que ejerce su sucesor.

Monex es el detergente,
la lavadora es Soriana;
juntos, dejan refulgente
cualquier tejido de lana.

Videgaray, su ayudante
en esto de la lavada,
deja la chamba fragante
y también muy bien planchada.

Pero un mal día, caray,
algún asunto se atora
y deja Videgaray
abierta la lavadora.

Resulta que un delincuente
por mala fortuna enseña
todas las fotografías
que se tomaba con Peña.

En un ingenioso ardid
lo agarró la policía
cuando andaba por Madrid
traficando porquería.

En vez de la pulcritud
y de ropa que relumbre,
igual que un ataúd
aquí sólo hay podredumbre.

Con asco y curiosidad,
sin que un detalle se pierda,
observa la sociedad
el gran lavado de mierda.

Así se ve con razón
que esta labor de lavado
hizo ganar la elección
al crimen organizado.


10.8.12

Padre posesivo




El otro día, cuando paseábamos por las calles de Guatemala, a Eugenia y a mí se nos vinieron a los labios unas coplas de La casa en el aire de don Rafa Escalona, gran músico vallenato, portentoso arquitecto aéreo y chiflado genial. Pobre su hija Ada Luz, y no: debe haber sido un papá insoportable, tal vez divertido y ciertamente muy celoso:

Voy hacerte una casa en el aire
solamente pa´que vivas tú.
Despues le pongo un letrero muy grande
de nubes blancas que diga "Ada Luz".
Porque cuando Ada Luz sea señorita
y alguno
le quiera hablar de amor
el tipo tiene que ser aviador
para que pueda hacerle una visita,
el tipo tiene que ser aviador
para que pueda hacerle una visita
Porque si no vuela no sube
a ver a Ada Luz en la nube;
porque si no vuela no llega allá
a ver a Ada Luz en la inmensidad.
Voy hacer mi casa en el aire
pa´que no la moleste nadie.
Ponte a pensar cómo será 'e bonito
vivir
arriba de todo el mundo:
allá en las nubes con los angelitos
sin que te vaya a molestar ninguno.
Si te preguntan como se sube
deciles
que muchos se han perdido
para ir al cielo creo que no hay camino
nosotros dos iremo´ en una nube.
Porque si no vuela no sube
a ver a Ada Luz en la nube;
porque si no vuela no llega allá
a ver a Ada Luz en la inmensidad.
Voy hacer mi casa en el aire
pa´que no la moleste nadie.
Como esa casa no tiene cimientos
tiene el sistema que he inventado yo:
me la sostienen en el firmamento
los angelitos que le pido a Dios.
Vengo a decirles cuál es el motivo
de hacer
esa casa en el aire
la única forma de vivir tranquilo
porque ese camino ninguno lo sabe.
Porque si no vuela no sube
a ver a Ada Luz en la nube;
porque si no vuela no llega allá
a ver a Ada Luz en la inmensidad.
Voy hacer mi casa en el aire
pa´que no la moleste nadie.

7.8.12

México, entre el
Jurásico y Egipto


Y en pleno verano de 2012 México se vio de regreso a 1988, cuando el régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI) se renovaba a sí mismo con votaciones fabricadas, elecciones a modo y candidatos mágicos que lograban sobreponerse a la más honda de las aversiones populares para convertirse en mandatarios electos.

Tal vez para algunos lectores extranjeros suene disparatado hablar de régimen priísta cuando, según se sabe, el país lleva 12 años bajo gobiernos emanados del Partido Acción Nacional. El dato que falta para comprender a cabalidad la apreciación es que la sonada alternancia presidencial de 2000, que habría debido ser histórica, fue, en cambio, mera historieta: para entonces, Acción Nacional había cogobernado con el PRI en una alianza de facto establecida desde 1988, cuando ayudó al aspirante presidencial priísta derrotado, Carlos Salinas de Gortari, a imponerse en la Presidencia. A partir de entonces, el sistema político dejó de ser monopartidista para transitar a un modelo binominal estructurado alrededor de acuerdos básicos: imposición del recetario económico neoliberal, disolución paulatina del Estado de bienestar, desmantelamiento del Estado laico, integración económica con Estados Unidos y supeditación política a Washington. En ese lapso, el poder político real fue transferido de la vieja nomenklatura priísta, nacionalista, autoritaria y corrupta –desbancada por los tecnócratas neoliberales educados en universidades del país vecino del norte–, a una cúpula político-mediático-empresarial no menos corrupta ni menos antidemocrática, pero desprovista de nacionalismo.

Desde entonces, esa oligarquía ha venido dictando los programas de gobierno y las reformas legales necesarias para transferir riqueza colectiva a manos privadas, para recortar derechos políticos, económicos, humanos, colectivos y de género. La famosa alternancia presidencial de 2000 entre priístas y panistas pudo realizarse en forma tersa y fluida porque el poder real ya no estaba en la Presidencia sino en los grandes empresarios, los concesionarios de la televisión, los consejos de administración de los bancos que dominan la economía y (last but not least) la embajada de Estados Unidos.

Entonces, muchos votantes creyeron de buena fe que con la salida del Revolucionario Institucional de la residencia presidencial de Los Pinos habría de terminar el largo periodo de autoritarismo y corrupción características de las administraciones de ese partido. Pero Vicente Fox gobernó con él, benefició a sus integrantes más corruptos con una plena impunidad y heredó la maquinaria de complicidades, generación de consensos mediante el reparto de prebendas y un completo repertorio de instrumentos para cocinar fraudes electorales. Sin el PRI en la presidencia continuaron los cacicazgos locales, la política económica generadora de millones de pobres y de media docena de nuevos integrantes en la lista de Forbes, los acuerdos bajo la mesa con la delincuencia organizada y el enriquecimiento astronómico de los integrantes del equipo gubernamental. Seis años más tarde la mayoría del electorado dio la espalda al PAN en las urnas, pero para entonces este partido ya dominaba el arte de torcer la voluntad popular.

En un libro de reciente aparición, La cocina del Diablo, el antropólogo y politólogo Héctor Díaz-Polanco recopila una serie de trabajos de científicos e investigadores que demuestran, mediante minuciosos análisis estadísticos de los resultados oficiales, la derrota de Felipe Calderón y el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en la elección de 2006. En el libro no sólo se describe la manera en que el Instituto Federal Electoral (IFE) infló la votación de Calderón –mediante la transferencia ilegal de 5% de los sufragios recibidos por el aspirante priísta, Roberto Madrazo– para que quedara arriba de López Obrador con un margen de 0.56%, sino también la forma en que las televisoras privadas y los intelectuales del régimen contribuyeron a convertir en verdad oficial aquella impostura y a desacreditar y a acallar a quienes, números en mano, señalaban que la victoria del panista era insostenible. A la postre, Calderón fue impuesto en la Presidencia con la ayuda invaluable de los legisladores del PRI –así devolvieron al PAN el favor de 1988– y con la intervención de la embajada de Washington, como lo puso de manifiesto, años más tarde, un cable de WikiLeaks.

Entonces, como ahora, las diferencias entre los tres principales candidatos podían reducirse a dos proyectos de nación: el enarbolado por el PAN y por el PRI, que es en realidad un plan de negocios basado en la concentración de la riqueza, la exportación neta de capitales y de mano de obra, y el desmantelamiento continuado de la propiedad pública para transferirla, a precios de remate, a manos privadas.

Si los comicios de 2000 fueron una suerte de referéndum sobre el balance de 70 años de gobierno priísta, en los de 2006 lo que estaba en tela de juicio era el desempeño del ciclo entero de administraciones neoliberales. La voluntad popular le fue adversa pero el régimen impuso a un presidente espurio. Seis años después, y con el país hundido en las últimas consecuencias del neoliberalismo (miseria multiplicada, desempleo al alza, degradación institucional sin precedentes y una violencia delictiva fuera de control), el referéndum volvió a plantearse: tres candidatos de la continuidad político-económica (Josefina Vázquez Mota, por el PAN y Gabriel Quadri, por el partido Nueva Alianza, además de Peña Nieto, por el PRI) frente a uno, López Obrador, que volvió a la arena electoral con una nueva organización política forjada en seis años y con presencia en todo el país (el Movimiento de Regeneración Nacional, MORENA) y un programa concebido y redactado por una cuarentena de intelectuales progresistas.

El régimen, por su parte, aprovechó ese lapso para construir una candidatura alternativa al desgastado PAN. Enrique Peña Nieto, un priísta tan jurásico como cualquier otro, fue posicionado en los medios y en las encuestas, a golpe de dinero, como el aspirante presidencial joven, guapo y dinámico que México necesitaba para salir de la trágica circunstancia en la que lo sumió la administración calderonista. Pero la criatura se derrumbó sin la protección de las entrevistas pactadas –con respuestas leídas en telemprompter– en diciembre pasado, cuando Peña, ya precandidato, fue expuesto por primera vez a los medios. En la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el aspirante no fue capaz de citar tres títulos de libros que le resultaran importantes.

Los tropiezos continuaron en los días y semanas siguientes cuando el priísta no logró recordar el monto del salario mínimo vigente ni el precio de la tortilla, cuando se evidenció que no tenía claro si era candidato o precandidato y, sobre todo cuando, en un encuentro con alumnos de la Universidad Iberoamericana, se jactó de haber ordenado, como gobernador del Estado de México, la bárbara represión policial contra el pueblo de San Salvador Acento (mayo de 2006), episodio que incluyó un par de muertos a bala, el allanamiento sin orden judicial de cientos de domicilios, el robo generalizado de pertenencias,  el apaleo ante las cámaras de centenares de personas, la tortura y violación de decenas de mujeres arrestadas, la grosera fabricación de cargos penales y la falsificación de declaraciones. (Por cierto: entre las detenidas que sufrieron agresiones graves y vejaciones se encontraba una ciudadana chilena que por entonces estudiaba cine en la ciudad de México y que acudió a Atenco a filmar lo que ocurría. A modo de indemnización recibió una orden fulminante de expulsión del país por el gobierno democrático de Vicente Fox.) Peña tuvo que abandonar el plantel a las carreras, entre gritos y abucheos, y en el resto de su campaña no volvió a pararse en ninguna universidad.

La burla devino repudio social generalizado y casi unánime pero el dinero hizo su tarea y las casas encuestadoras mantuvieron las abultadas preferencias a favor de Peña Nieto en los sondeos de opinión. El mecanismo de este milagro ya había sido explicado años atrás por la analista política Leslie Bassett, de la embajada estadunidense, en un despacho confidencial a Washington: los pagos furtivos a medios periodísticos y casas encuestadoras para que mantuvieran la ficción de la popularidad. A excepción de la masa mediática del régimen –encabezada por la omnipresente Televisa–, del puñado de intelectuales orgánicos del poder y del propio PRI, Peña resultaba ética, política y humanamente inaceptable para el resto del país, y se consideraba que su triunfo en las urnas sólo podría ser posible mediante un fraude masivo. Con todo, había la esperanza de que  el régimen se abstuviera de perpetrar una segunda defraudación electoral al hilo y se resignara a perder el poder. A fin de cuentas, se razonaba, resulta más fácil y menos costoso ganar una elección limpia que organizar un paro general.

Pero la elección no fue limpia. Desde semanas antes de los comicios fue asomando un alud de irregularidades clásicas que iban desde la cooptación de empleados del IFE para hacer propaganda a favor del PRI y de su candidato hasta el hallazgo de boletas electorales en manos de operadores priístas, pasando por los indicios de compra masiva de votos en las regiones urbanas y rurales más depauperadas. Un dato: el heredero de Peña Nieto en el gobierno del Estado de México –la circunscripción política que rodea a la capital– invirtió unos 120 millones de dólares del erario en 170 mil tarjetas tarjetas de consumo prepagadas para canjearlas por sufragios para el PRI. Unos 70 dólares, en promedio, a cambio de la voluntad política de un ciudadano. En un país con 18% de desempleo real, pérdida de 42% de la capacidad adquisitiva del salario y 52 millones de almas ubicadas por debajo de la línea de pobreza, la oferta tiene un atractivo innegable. Unos cinco millones de votos, estimó López Obrador, fueron obtenidos de esa forma en el país por el candidato del régimen.

La noche del 1 de julio se repitió, paso a paso, el guión legitimador de 2006. El presidente del IFE compareció en cadena nacional para informar que los resultados preliminares favorecían a Peña Nieto y, acto seguido, Felipe Calderón hizo lo propio para dar su bendición al supuesto triunfador, todo ello, a contrapelo de la legislación. Desde esa misma noche los primeros grupos de inconformes se fueron a la plaza de armas de la capital –el Zócalo– a protestar contra el intento de imposición. Tras el shock inicial, las oposiciones políticas y sociales –los partidos con registro que conforman el Movimiento Progresista y  MORENA, por un lado y, por el otro, el movimiento estudiantil #YoSoy132 y una diversidad de organizaciones sindicales, agrarias y sociales– se volcaron a la tarea frenética de recopilar las pruebas –videograbadas y fotografiadas– del fraude.

Diez días después de la elección el equipo de campaña de López Obrador presentó ante el tribunal electoral un voluminoso recurso jurídico para demandar la anulación de los comicios. El organismo deberá emitir su fallo antes del 6 de septiembre. El movimiento social, por su parte, ha dado a conocer un plan de resistencia que incluye la toma de las sedes de Televisa en diversos puntos del país, manifestaciones masivas frente al tribunal electoral y, en caso de que éste decrete la validez de la elección, el bloqueo del recinto legislativo en el que Peña Nieto debería, eventualmente, tomar posesión, el próximo 1 de diciembre.

A juzgar por las declaraciones de sus personeros, el régimen piensa que este conflicto poselectoral es una mera reedición del de 2006, cuando los partidarios de López Obrador permanecieron más de 40 días en plantón en el Paseo de la Reforma, una de las principales de la capital. Desde fuera del poder las cosas parecen distintas. En el último sexenio el poder público ha exacerbado la rabia social hasta un punto peligroso. Ya no sólo hay que lamentar los millones de desempleados y de pobres, los millones de niños sin escuela y de enfermos sin hospital, sino, además, los 70 u 80 mil muertos que le ha costado al país la guerra de Calderón, absurda y sin sentido a menos que se juzgue su utilidad desde la perspectiva de las ganancias multiplicadas del narcotráfico y de los contratistas de la industria bélica. Y el PRI ha sido partícipe y corresponsable, en los estados que gobierna, de los saldos demenciales de esta aventura.

La resistencia al fraude no se limita, hoy en día, a los entornos del movimiento lopezobradorista, sino que unifica y articula a organizaciones tradicionalmente opositoras al régimen con expresiones sociales de última generación, como el movimiento estudiantil surgido desde el rechazo a la candidatura de Peña, en mayo pasado –y que ha encontrado en las movilizaciones de los estudiantes chilenos una fuente privilegiada de inspiración– y el activismo febril en las redes sociales. En vastos sectores de la clase media y aun en algunas casas de clase alta, la perspectiva de una recomposición del régimen encabezada por el PRI produce aversión y vergüenza.

La periodista Denise Dresser escribió poco antes de los comicios que la vuelta del priísmo a la Presidencia equivalía a que los alemanes levantaran de nuevo  el Muro de Berlín. El ingenio de la metáfora expresa claramente el malestar nacional ante este nuevo intento de imposición, pero oculta un fallo de juicio: a diferencia de lo ocurrido en Alemania tras el derrumbe del muro y la reunificación subsiguiente, la configuración del poder en México no ha experimentado cambios sustanciales y el PRI nunca abandonó el poder; simplemente, se convirtió en el PRIAN, que es la expresión local para designar al brazo político y partidista del régimen. La insurgencia cívica del momento no es, en estricto sentido, contra un candidato presidencial odioso, sino contra el sistema. El hecho de que ese sistema pretenda recolocar en su fachada un logotipo partidario cargado de recuerdos amargos de represión, corrupción, y soberbia, es un componente adicional del agravio, pero no el sustancial. Lo fundamental es que el consejo de administración que realmente gobierna pretende mantener encerrado al país en el Parque Jurásico. Parece ser que la paciencia social se ha agotado y que si los encargados no abren las puertas la sociedad se encargará de echarlas abajo.

¿Qué hay más allá del Jurásico? La respuesta está a cargo del tribunal electoral y deberá emitirla a más tardar el próximo 5 de septiembre. Si el organismo jurisdiccional acepta anular la pasada elección, volverá a abrirse una oportunidad para iniciar la demolición del régimen por la vía de las urnas, pues sería improbable que el priísmo lograra montar de nueva cuenta un operativo fraudulento. Si el tribunal, en cambio, da por buenos los comicios y su resultado, bien podría estar dando paso, en México, a una secuencia social “egipcia”, es decir, una insubordinación social en gran escala dispuesta a derribar al poder establecido. Está por verse. Es posible que, en su insensibilidad y su empecinamiento, la oligarquía mexicana descubra que este país tiene algo en común con Egipto, además de pirámides.

(Publicado en la revista chilena Punto Final, viernes 3 de agosto de 2012)

6.8.12

Homenaje a un sabor



Qué prueba de ADN ni qué ocho cuartos. Uno puede estar seguro de poseer unos cuantos genes guanacos si siente la necesidad obsesivo-compulsiva de ingerir Fernaldia pandurata.