27.4.04

General Hertling


El general de brigada Mark Hertling, subcomandante de la primera división blindada de Estados Unidos, saltó a la fama literaria en octubre del año pasado, cuando anunció la captura de un supuesto ciudadano sirio que pretendía detonar una bomba en Bagdad, como parte de una cruenta serie de explosiones, y atribuyó la violencia en el Irak ocupado a “combatientes extranjeros”. El supuesto sirio detenido no volvió a ser mencionado jamás, pero las declaraciones del oficial estadunidense fueron comentadas por Rami Khouri, editor ejecutivo del Daily Star de Beirut, en un artículo que dio la vuelta al mundo: “Sí, general Hertling, los combatientes extranjeros son el verdadero problema en Irak”, apuntó el analista, quien señaló además que el militar ocupante hablaba “como si fuera un hijo emérito de Tikrit, criado bajo palmeras de dátiles y en el estudio de las memorias de Harún Al Rashid”.

Dudo que el oficial de la primera división blindada haya leído a su detractor árabe. En momentos en que Washington se esforzaba por atribuir los actos de la resistencia a remanentes del régimen de Saddam y de su ejército, Hertling descalificaba en estos términos los ataques en Bagdad: “Esto no es profesional; de hecho, es un tanto aficionado”. Un día antes de los bombazos a los que el general hacía referencia, la resistencia atacó con cohetes un hotel fortificado en el que se hospedaba el subsecretario de Estado, Paul Wolfowitz, y dejó un saldo de un soldado ocupante muerto y 17 heridos cuya filiación no fue especificada.

A mediados del mes siguiente, Hertling compuso otro poema. Estaba reciente el derribo de dos helicópteros Black Hawk en Mosul, incidente en el que perdieron la vida 17 invasores, y el general anunció que, en lo sucesivo, los helicópteros de estados Unidos adoptarían nuevas tácticas de vuelo: “Cambiarán rutas en cada ocasión y volarán muy bajo y muy rápido”. Admitió que esas medidas resultarían agresivas para la población civil, “pero tendremos que seguirlas en tanto no estemos convencidos de una mejora en la seguridad”. El oficial sigue sin poder establecer el vínculo entre la molestia de los iraquíes y la seguridad de los estadunidenses.

En diciembre Hertling volvió a abrir la boca. Lo que quedaba de Saddam Hussein había sido detenido y el oficial estadunidense apostó que el ex dictador revelaría a sus captores información sobre las “armas químicas, biológicas y nucleares” que poseía, según la Casa Blanca, el régimen de Bagdad. Además, el general aseguró que Saddam había delatado a los líderes de la resistencia y que ello permitiría, en breve, restablecer la paz en el país invadido. De hecho, aseguró que en Bagdad los ataques contra sus hombres se habían reducido en forma significativa desde la detención del ex gobernante. Unos días más tarde, la muerte de dos ocupantes en la capital iraquí elevó a 200 las bajas mortales invasoras desde que Bush declarara, el primero de mayo, el fin de las operaciones principales. Para entonces, la cifra de los heridos ascendía a 2 mil 200, un promedio de 10 al día entre mayo y diciembre.

En marzo Mark Hertling reveló una teoría audaz: en Irak los días más peligrosos para los ocupantes eran los domingos y los lunes, y ese dato indicaba que los ataques de la insurgencia se planeaban en las mezquitas durante la oración del viernes. “No está claro si el general brigadier dispone de inteligencia específica y análisis para respaldar sus asertos o si simplemente estaba divulgando una corazonada”, comentó entonces Colin Freeman, de The Scotsman.

La más reciente: Hertling anunció ayer la disposición de la primera división blindada de meterse a Najaf para sacar de allí, vivo o muerto, al clérigo chiíta rebelde Muqtada Sadr. Para lograrlo, “iremos probablemente al centro de la ciudad; ¿interferiremos con las instituciones religiosas? Absolutamente, no”. A renglón seguido, el militar estadunidense advirtió que Sadr verá a muchos de sus milicianos muertos, “a menos que les ordene deponer las armas, formar un partido político y luchar con ideas”.

Pues sí. Como tiene tantas, Hertling podría darse el lujo de “luchar con ideas”. De esa forma, la totalidad de los efectivos de la sufrida primera división blindada podrían volver a casa.

25.4.04

Primera travesía

Señor de los internautas
Concheros y preventivos
Polvo en el ciberespacio

LA RED MUNDIAL pasó con velocidad de vértigo de los tiempos del amor a la era del sida. Hoy las navegaciones intrépidas y la fascinación por el descubrimiento de almas gemelas en el correo electrónico han dado paso al tedio por la publicidad sofocante, al asalto obsesivo de los virus y a la paranoia por la privacidad de los datos. Golpeada por los naufragios del Nasdaq y erosionada por las rutinas conyugales entre los usuarios y sus computadoras -o las usuarias y sus ordenadores, pues-, la utopía oceánica se ha vuelto, además, vertedero de albañales de toda especie y confluencia de piratas más que informáticos. Pese a la proliferación de especies peligrosas y exasperantes, la pesca en estas aguas sigue dando nuevos, desconcertantes y hasta suculentos frutos.

¿A quién invocar en esta hora del primer lance? ¿A San Pedro, patrón de los pescadores o a San Telmo, señor de los marineros? ¿Al Orisha Inle, conocido como el Médico de la Ocha, dueño de la medicina y patrón de los pescadores, en la tradición santera? ¿Al Poseidón griego o al Neptuno latino?

LOS INTERNAUTAS CATOLICOS ya decidieron. Los animadores de la página catalana El Angel de la Web, que se define como una “revista cristiana amena y popular”, sometieron a votación la nominación del Patrón de los Internautas y ganó, de calle, San Gabriel Arcángel, con 38 por ciento de los sufragios. Llegó en segundo Santa Tecla (27 por cieno), postulada por llamarse igual que los cuadritos de plástico que uno aporrea para interactuar con la computadora, y en tercero San Isidoro de Sevilla, doctor de la Iglesia fallecido en 636. Su obra más conocida es las Etimologías (Sobre los orígenes de ciertas cosas), donde explica el significado de las palabras de diferentes temáticas: astronomía, geografía, historia. Por ello se le considera uno de los primeros creadores de bases de datos.


A PROPOSITO DE creencias, la Policía Federal Preventiva (PFP) copatrocina, junto con la empresa de tecnología Globaltech SA de CV, una página que se autodefine como “la voz del pensamiento azteca en Internet” y que se propone crear maquetas virtuales de los grandes centros ceremoniales. Por mera asociación entre centros arqueológicos y periodos de asueto, el anuncio animado de la PFP, con ruido de rotores de helicóptero y sobresalto gratis al internauta, culmina con una familia en la alberca y un letrero sobreimpreso que conmina a manejar bien y a cooperar con la corporación policiaca de marras.


AL MENOS LA PFP hace alusiones a asuntos no muy remotos, como las vacaciones. Porque hay páginas oficiosas tan empolvadas que dan grima. El “sitio de Vicente Fox” presume de actualización diaria, ostenta vínculos a información contemporánea de la Presidencia y hasta presenta la fecha del día en su sección “Campaña”. Pero flaco favor al actual Presidente, en la liga “Un equipo para la transición” aparece rodeado de algunos de los más incómodos amigos de Fox: Lino Korrodi, Carlos Flores Alcocer y Carlos Rojas Magnon.

EL QUE SEGUN su sitio en Internet podría describirse como candidato en funciones no está solo en la desactualización ni es, con mucho, el caso más desesperado. Desde su representación en la red, la asociación política nacional Causa Ciudadana, por ejemplo, sigue invitando a un ciclo de mesas redondas sobre sistema educativo y democracia que se llevarán a cabo en la Casa Universitaria del Libro, entre Orizaba y Puebla, Colonia Roma, en noviembre y diciembre de 2002. Qué bueno que no nos citaron en el hotel Regis, en la Pérgola de La Alameda o en el arbolito donde durmió el pavorreal. Ah, la entrada es libre y la sección “Directorio” de la página de Causa Ciudadana está en construcción. Les deseamos que pronto terminen la tarea.

TAMBIEN MEXICO POSIBLE logra mantener la fecha actualizada en un sitio web cuyos contenidos más recientes datan de -esto ya es un avance- octubre de 2003, aunque no deja de sonar a sirena del Titanic o del Enanic este mensaje colocado al pie de su página principal: “Urgente... Les pedimos que establezcan comunicación con alguno de los tres responsables de seguimiento para poder restablecer la interacción y actualizar las bases de datos. Háganse escuchar”. Y, a continuación, tres lápidas, perdón, tres direcciones electrónicas para lograr la comunicación con esos tres responsables.

UNA RELIQUIA MAS: la del Movimiento Ciudadano por la Democracia, alojada a perpetuidad, según parece, en el generoso servidor de Laneta. Esa página confiesa escuetamente, al final de su entrada, la fecha de su más reciente actualización: “mayo 2002”. Se trata, sin embargo, de una tumba concurrida, si se considera que, según sus estadísticas, recibió 548 visitas entre el 26 de marzo y el 22 de abril del presente año.


UNO DE LOS entretenimientos más inútiles, y al mismo tiempo de los más fascinantes, en línea, consiste en encontrar las almas en pena digitales del 11 de septiembre de 2001: los sitios web que se quedaron en esa fecha, que representan a empresas hoy inexistentes porque se achicharraron con todo y su personal, su mobiliario, sus archivos y sus deudas, en las Torres Gemelas de Nueva York, pero cuya representación en Internet ha permanecido congelada en algún servidor espejo. Que Pedro, Telmo, Inle, Poseidón o Gabriel, o bien todos juntos, nos libren de un destino semejante, y hasta el jueves próximo.

20.4.04

Bajas vitales


Todavía faltan 10 días para que acabe el mes y éste es ya el más desastroso para George W. Bush desde el inicio de la invasión a Irak: más de 80 soldados ocupantes han muerto en lo que va de abril, y la suma total de bajas fatales de las fuerzas estadunidenses en el país árabe superó el domingo las 700. Ahora los medios de Estados Unidos despliegan sin restricción fotos de los ataúdes procedentes del país agredido y listas ilustradas de los efectivos gringos muertos en combate. El jueves una organización de familiares de soldados enviados a Irak se le plantó a Bush frente a la Casa Blanca para exigirle el regreso de los que siguen vivos. Por si los halcones de Washington no tuvieran suficientes problemas, el nuevo presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, inauguró su mandato con la orden de retirar en el menor tiempo posible el contingente español de mil 400 hombres que tiene bajo su control una de las regiones más desasosegadas del Irak chiíta.

La Casa Blanca reaccionó en forma un tanto infantil, asegurando que el asunto no le va ni le viene. La verdadera dimensión de la decisión española puede percibirse, en cambio, en las afirmaciones del ministro polaco de Defensa, Jerzy Szmajdzinski, quien dijo que la retirada de los soldados españoles complicará la “misión de estabilización” en el sector centro sur del país ocupado, y advirtió que “Polonia no podría rellenar el agujero con soldados propios, porque el contingente de 2 mil 400 hombres que ahora mantiene en Irak es el máximo que puede tener”. Por lo demás, es dudoso que tras la salida de los españoles los efectivos hondureños, dominicanos, nicaragüenses y salvadoreños puedan mantenerse en el país invadido, así sea por la simple razón de que no dominan el inglés, y menos el polaco o el árabe.

Los más de 10 mil civiles asesinados por los invasores no reaccionaron al anuncio porque están muertos. Por el mismo motivo guardaron silencio los 200 caídos en los bombazos de Madrid del 11 de marzo, los 700 efectivos estadunidenses ultimados y los 11 españoles que perdieron la vida gracias a la decisión de José María Aznar de enviarlos a Irak. Pero la determinación de cancelar la participación de España en la carnicería es, de alguna forma, un tributo a la memoria de todos esos muertos, además de un homenaje a los políticos honestos de Washington y Londres que fueron vilipendiados y sujetos al escarnio por su negativa a participar en la masacre en curso.

La guerra seguirá, por supuesto, porque a las mafias gobernantes de Washington les faltan algunos miles de cadáveres para comprender que ya perdieron. La liberación de Irak no provendrá, por cierto, de una convicción humanitaria de la Casa Blanca --sea quien fuere el ocupante--, sino de la resignación final estadunidense ante la evidencia de que el ataque fue un mal negocio cuyos costos superan, por mucho, las posibles utilidades.

Parte sustancial de esos costos para el gobierno de Bush son las bajas de guerra. No es que nadie en el gobierno se conduela por los soldados que regresan en bolsas de plástico o por sus familias, sino que cada funeral militar implica una merma de votos, además de un dineral.

Rodríguez Zapatero ha causado de golpe a la coalición la pérdida de mil 400 efectivos, el doble de los soldados estadunidenses caídos en Irak hasta el momento. Lo bueno de las bajas españolas es que no volverán a su país en ataúdes ni en sillas de ruedas o camillas, sino respirando y caminando, y a su retorno arrancarán a sus parientes lágrimas de gozo, no de amargura. Se trata de bajas vitales que a la larga ahorrarán más vidas, y eso es una excelente noticia.

13.4.04

El sitio de Fallujah


El 31 de marzo cuatro mercenarios estadunidenses --ahora llaman “contratistas” a los mercenarios-- fueron emboscados y asesinados en Fallujah. Una turba de iraquíes sedientos de venganza mutiló, quemó y arrastró los cadáveres y luego colgó los restos humeantes en un viejo puente ferrocarrilero. Esos homicidios atroces, cuyas imágenes no pudieron ser contenidas por el operativo de censura que el Pentágono ha instrumentado sobre los despachos procedentes de Irak, marcaron un punto de viraje en la guerra y en la información periodística correspondiente. Desde la semana pasada, por ejemplo, han empezado a aparecer en noticieros y periódicos fotos de marines con las tripas de fuera. Las opiniones públicas de Estados Unidos e Inglaterra no tienen más remedio que voltear hacia esos indicios de que, a un año de la invasión, Irak está fuera de control.

Es una mala noticia para los inversionistas y para los chicos del consejo de administración de Halliburton: conforme la resistencia iraquí multiplica sus acciones, los proyectos de reconstrucción requieren más y más medidas de protección, valga decir, más y más mercenarios que ya conocen el riesgo de terminar convertidos en carne achicharrada y que, por ello, exigen salarios cada vez mayores. George W. Bush se comporta “como un adolescente con una tarjeta de crédito”, según describe William Nordhaus, de la Universidad de Yale, quien calcula que para fines de este año el costo de la destrucción y la ocupación de Irak (pagadero por los causantes estadunidenses) llegará a 150 mil millones de dólares.

Al margen de esos cálculos, el gobierno de Estados Unidos reaccionó a los cuatro asesinatos de Fallujah poniendo buena parte de su poderío militar al servicio de la venganza, que empezó el lunes, con el cerco a la ciudad por 20 mil marines, y siguió el martes con el bombardeo de una mezquita repleta de fieles. Durante seis días los habitantes de Garma, pequeño pueblo situado a mitad de camino entre Bagdad y Fallujah, vieron en el cielo un desfile interminable de aviones de ataque y bombardeo que pasaban hacia el oeste cargados de material bélico y volvían vacíos a la base aérea de Balad, que, por cierto, el sábado sufrió un ataque de artillería que dejó dos invasores muertos.

A lo largo de la semana pasada, los ocupantes impidieron el paso a los convoyes de ayuda humanitaria que fluyeron, desde los cuatro puntos cardinales de un país destruido, hacia la pequeña ciudad de 300 mil habitantes que se convirtió de pronto en símbolo de la resistencia nacional. Los marines dispararon contra las ambulancias y la fuerza aérea hizo blanco en el único centro hospitalario en funciones. Los comunicadores de Al Jazeera en la localidad denunciaron que los invasores los han colocado bajo fuego y que no pierden oportunidad de dirigirles sus apuntadores láser.

Sin embargo, los combatientes de Fallujah resistieron el asedio, causaron un importante número de bajas al enemigo y concitaron innumerables reacciones de solidaridad dentro y fuera de Irak. La más significativa fue la de los integrantes de un batallón del ejército nativo --formado por los invasores-- que se negaron a ir a Fallujah a matar iraquíes. El fin de semana el consejo de gobierno creado por Estados Unidos estuvo a punto de desmoronarse luego que sus miembros más pro estadunidenses declararon que la masacre en curso era inaceptable.

Entonces ocurrió algo que hace unas semanas habría resultado inconcebible: el mando de los ocupantes pidió negociar con la resistencia --los “terroristas”, los “delincuentes”, los “malvados”-- para acordar una tregua que permitiera el retiro ordenado de los agresores. Los iraquíes pusieron como condición que los marines se replegaran al desierto, a cinco kilómetros del perímetro de la ciudad, y los ocupantes pidieron la entrega de los homicidas de los cuatro “contratistas” --hasta ahora Fallujah ha pagado 150 vidas por cada uno de los mercenarios asesinados-- y la salida de la ciudad del equipo de Al Jazeera. No era para menos: ante las acusaciones de que las tropas estadunidenses han disparado indiscriminadamente contra blancos civiles en Fallujah, los voceros militares de Washington dicen que sus tropas están entrenadas para realizar acciones extremadamente precisas y para matar sólo a los combatientes; sin embargo, la televisora qatarí exhibió, en su sitio web, las fotos de más de 12 niños muertos en Fallujah por los marines.

Tengo la impresión de que el cerco de esa pequeña ciudad sunita, aunado a la rebelión chiíta de los días recientes, marcará un punto de viraje en la guerra de Estados Unidos e Inglaterra contra Irak. Se ha puesto en evidencia que los soldados anglosajones no son héroes, sino asesinos, y que distan mucho de ser invulnerables.

6.4.04

Insomnio real


El 31 de marzo de este año Europa sufrió una regresión brusca al siglo antepasado, cuando los anarquistas buscaban, bomba en mano y a riesgo de la vida, la cabeza del rey. Ese día, como si los europeos no tuvieran suficiente con la amenaza de las bombas mahometanas, dos artefactos explosivos reventaron frente a una comisaría policial de Génova. Horas más tarde, un grupo clandestino de extrema izquierda reivindicó el ataque, se solidarizó con los etarras presos en España y lanzó la siguiente advertencia: “¡Juan Carlos, no vengas a Génova!”. El destinatario del mensaje era Juan Carlos I de Borbón, rey de España, y la acción terrorista buscaba disuadirlo de asistir, como lo tenía previsto, a un partido de futbol programado para el 28 de abril en el estadio Marassi de ese puerto italiano. El comunicado iba firmado por la Brigada 20 de Julio (fecha del asesinato del altermundista Carlo Giuliani por carabineros, durante la reunión del G-8 celebrada en 2001 en Génova) de la Federación Anarquista Informal (FAI). En febrero del año pasado ese mismo grupo logró, mediante amenazas, que el señor Borbón se quedara en el Palacio de la Zarzuela en vez de ir a esquiar a Italia.

“Es un poco injusto --pensé-- que los anarquistas, con razón o sin ella, se dediquen a asustar al rey de España, quien a fin de cuentas parece ser un buen hombre, en vez de molestar al jefe del gobierno, así sea saliente, José María Aznar.” Pero luego recordé que el señor Borbón tiene estatuto constitucional de jefe de Estado, del que es representante máximo en las relaciones internacionales, que entre sus atribuciones está la de “moderar el funcionamiento regular de las instituciones” (artículo 56), que tiene el mando supremo de las fuerzas armadas (artículo 62) y que le corresponde, previa autorización de las Cortes generales, declarar la guerra y hacer la paz (artículo 63).

Mal que bien, pues, el próximo suegro de Letizia Ortiz tiene alguna responsabilidad en la ofensiva desatada por el gobierno del Partido Popular contra las libertades y los derechos políticos de los españoles, en general, y de los vascos, en particular, así como en la participación de España en la agresión contra Irak. Es cierto que la Constitución de 1978, además de otorgarle al señor Borbón una retahíla de poderes, cargos, títulos y atributos, establece que “la persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad” (artículo 56), pero me temo que ni los anarquistas italianos ni los fundamentalistas islámicos están interesados en respetar la norma fundamental de España.

La Unión Europea está a punto de promulgar su Constitución, y lo hará, previsiblemente, en la capital española, como homenaje a las víctimas madrileñas del ataque terrorista del 11 de marzo. Ese acto de modernidad civilizada contrasta con el hecho de que el peñón de Gibraltar sea, hoy por hoy, sitio de confluencia de tres monarquías asesinas, unidas en la coyuntura por la guerra al terrorismo. No hay mucho que agregar sobre la responsabilidad de Londres en las masacres de civiles en Irak; tampoco es necesario abundar en la política criminal de Madrid contra vascos e iraquíes; en cuanto a Marruecos --la tercera pata de ese trípode de reinos torturadores--, basta con recordar el empeño de Rabat por robarles su territorio a los saharauis y el retorno de Mohamed VI a los métodos de gobierno de su padre, Hasán II: la represión, el asesinato y la corrupción generalizada en un país sumido en la pobreza y la desigualdad. En noviembre pasado, Amnistía Internacional (AI) expresó su alarma por “el acusado aumento de la tortura en Marruecos” y, por si algo faltara, el junior alauita unció a su país a la cruzada de Bush contra el terrorismo y ordenó modificaciones al Código Penal que se han traducido, desde hace un año, en 16 condenas a muerte para presuntos terroristas.

Podría alegarse, en descargo de sus majestades, que Elizabeth Alexandra Mary Windsor, una viejita inofensiva vulgarmente conocida como Isabel II, jamás ha metido su ornamental nariz en los asuntos de Estado; que Juan Carlos de Borbón es un buen hombre que propició el deslizamiento de España, casi sin sustos, del franquismo a la democracia, y que Mohamed Ben Al Hassan es un chavo más interesado en las motos acuáticas, las cenas en Roma y las discotecas parisinas que en las pesadas cuestiones del gobierno. Podría decirse, también, que hay repúblicas más asesinas que las tres monarquías mencionadas, como Estados Unidos o China. Son argumentos ciertos y justos, y además las sociedades son muy libres de gastarse unas decenas o centenas de millones de dólares en la manutención de un hatajo de zánganos de gesto amable, cuya función principal en este mundo consiste en dar combustible informativo a las revistas especializadas en el voyeurismo sentimental. Pero eso no borra la resurrección inquietante, en medio de una oleada de explosiones fundamentalistas, del deporte decimonónico de asesinar al rey. Es, sin duda, una afición grotesca y anacrónica.

30.3.04

Por no actuar a tiempo


El 31 de marzo del año pasado, cuando caían las bombas día y noche sobre ciudades y campos iraquíes, un grupo de españoles dignos y humanitarios prefiguró el castigo electoral que habría de alcanzar, casi un año más tarde, al Partido Popular y a su jefe saliente. En representación de esos ciudadanos, la procuradora Ana Lobera Argüelles presentó ante la segunda sala del Tribunal Supremo, en Madrid, una demanda contra José María Aznar y otros posibles responsables “por la presunta comisión de delitos contra personas y bienes protegidos en caso de conflicto armado”, en los términos del Código Penal de España.

La parte querellante acusa a Aznar de responsabilidad en los bombardeos masivos contra la población de Irak, en el uso de municiones que provocan un impacto ambiental duradero, en la destrucción de infraestructura civil, en la realización de ataques para aterrorizar a los civiles, en los varios quebrantamientos del derecho internacional que implicó la guerra contra el país árabe y, destacadamente, en la violación de los artículos 588, 590 y 595 del Código Penal (CP) de España. El primero dicta pena de prisión de 15 a 20 años “a los miembros del gobierno que, sin cumplir con lo dispuesto en la Constitución, declararan la guerra o firmaran la paz”; el precepto constitucional correspondiente (artículo 63.3) dice: “Al rey corresponde, previa autorización de las cortes generales, declarar la guerra y hacer la paz”. El artículo 590 del CP afirma: “El que con actos ilegales o que no estén debidamente autorizados provocare o diere motivo a una declaración de guerra contra España por parte de otra potencia, o expusiere a los españoles a experimentar vejaciones o represalias en sus personas o bienes, será castigado con la pena de prisión de ocho a 15 años si es autoridad o funcionario, y de cuatro a ocho si no lo es”. El artículo 595 dice, a la letra, que “el que sin autorización legalmente concedida levantare tropas en España para el servicio de una potencia extranjera, cualquiera que sea el objeto que se proponga o la nación a la que intente hostilizar, será castigado con la pena de prisión de cuatro a ocho años”. La demanda argumenta a este respecto que “el presidente Aznar, sin contar con la autorización preceptiva de las Cortes generales, ha dispuesto el envío de un contingente militar a la zona del conflicto y lo ha puesto bajo el servicio de una potencia extranjera. La flotilla naval despachada a la zona del conflicto se ha puesto bajo el mando del comandante en jefe de las fuerzas de la coalición, el general Tommy Franks”.

Los demandantes son, de acuerdo con el documento legal, “españoles de diversa condición --intelectuales, escritores, profesionales, empleados, obreros, estudiantes-- que representan un amplio espectro de hombres y mujeres que trabajan en España. Actúan aquí como simples ciudadanos, conmovidos por la tragedia de la guerra y preocupados fundamentalmente por las tremendas consecuencias humanas que se derivan de la agresión militar que una coalición de países democráticos --entre los que se encuentra España-- ha lanzado sobre la república de Irak. En tanto que las derivaciones de esa guerra también pueden afectar su seguridad y patrimonio, se consideran ofendidos por los hechos que se denuncian” (subrayado mío). Entre sus conclusiones, la demanda señala, con mayor precisión, que el gobernante “ha expuesto a todos los habitantes de España al riesgo de las eventuales represalias del país atacado y de sus eventuales aliados”.

Hace un año Aznar, Mariano Rajoy, Ángel Acebes, Eduardo Zaplana, Ana Palacio, Federico Trillo y demás exponentes del neofranquismo derrotado en las urnas habrían podido deponer un momento su arrogancia y molestarse en leer la demanda interpuesta contra ellos y reflexionar un poco. Pero no lo hicieron. Mantuvieron al país empantanado en una guerra criminal e injusta, y en menos de 12 meses los españoles sufrieron en carne propia las consecuencias.

Entre otras cosas, Lobera Argüelles pedía al supremo que “se requiera al querellado para que se abstenga de toda nueva intervención activa en el conflicto armado, disponiendo la prohibición del sobrevuelo de aviones de guerra sobre el territorio español, del uso de las bases estadunidenses en territorio español y ordenando el inmediato regreso de la flotilla de guerra enviada a participar en el conflicto”. La falta de voluntad del conjunto de la clase política madrileña y del sistema judicial español para dar curso expedito a aquella demanda incidió, a la postre, en la muerte de 200 españoles inocentes, además de la de soldados y espías enviados al país ocupado y de miles de iraquíes.

23.3.04

Viejos y niños


No hay nada más triste que alcanzar posiciones de liderazgo y poder político y avizorar, desde esas cimas, la propia intrascendencia. Creo que es ese el caso de Ariel Sharon y Ahmed Yassin, dos asesinos decrépitos que podrían intercambiar sus papeles sin que pasara nada: si ahora mismo el primero estuviera convertido en un rescoldo de carnes humeantes en una plancha de forense y el segundo diera brincos de felicidad por el crimen, las consecuencias para israelíes y palestinos serían, básicamente, las mismas que provocará el homicidio del jefe de Hamas en un operativo personalmente supervisado por el primer ministro de Israel: la profundización de la violencia entre ambos bandos y una nueva y degradante espiral de venganzas, que sólo marginalmente tocarán a los responsables del conflicto y se cobrarán, en cambio, la vida de millares de inocentes.

Así será. Cómo se echa de menos, en estas circunstancias, la serenidad que caracteriza a muchos adultos mayores. Pero que los viejos homicidas se destruyan entre ellos y anticipen un poco su desenlace natural no me parece tan obsceno como la masacre de niños que realizan ambos bandos. Justo antes de enterarme de la muerte atroz del jeque Yassin, reflexionaba sobre un boletín que la embajada de Israel me envió el 18 de marzo, en el que se ofrece un ejemplo de cómo “las organizaciones terroristas utilizan a los niños palestinos para realizar atentados”. Según la nota, los efectivos militares israelíes asignados al puesto de control de Huwwârah, al sur de Nablus, interceptaron, transcribo literalmente, “a un menor de edad palestino de aproximadamente 12 años que pasó por el lugar como un cargador. (...) Fue interceptado cuando estaba pasando unas mochilas que según los soldados se veían sospechosas. Dos activistas de la infraestructura del terror se aprovecharon de la imagen inocente del menor y lo enviaron sin su conocimiento con el objetivo de pasar el cargamento por el puesto de control. Un experto en bombas que llegó al lugar hizo detonar de forma controlada una de las mochilas dentro de la cual había cables sospechosos”.

Los niños palestinos, pensé, corren demasiados riesgos: cuando no son enviados al martirio por los terroristas, llegan los soldados israelíes y los asesinan. Ejemplos: el 20 de marzo, las tropas de ocupación abrieron fuego contra un campo de refugiados en Khan Younis, Gaza, y dieron muerte a una niña de siete años; ese mismo día, en Nablus, mataron a un muchacho de 17. Ayer dieron muerte a otro menor de 11 años en Gaza.

Tel Aviv suele responder a esos informes diciendo que: a) se trata de “bajas colaterales”, es decir, de errores de apreciación o puntería; b) que los terroristas se rodean de niños para evitar que los ocupantes los cacen; c) que los niños arrojan piedras y éstas “también matan”, y d) que los terroristas también asesinan niños israelíes. Las fuerzas armadas de Israel son las mejor entrenadas del mundo, pero en tres años (del 29 de septiembre de 2000 al 29 de septiembre de 2003) sus “equivocaciones” en los territorios palestinos provocaron la muerte de 433 menores. En cuanto al uso de escudos humanos, parece más razonable suponer que los líderes de Hamas y demás grupos terroristas viven, al igual que los gobernantes israelíes y cualquier otro criminal de guerra de cualquier bando, rodeados de personas inocentes. El tercero de los alegatos es risible: si las pedradas infantiles tuvieran un poder mortífero equivalente al de un AR-15 --fusil de asalto reglamentario de las fuerzas de ocupación-- la humanidad habría podido ahorrarse unos 4 mil años de arduo desarrollo tecnológico. Pero el cuarto argumento es contundente: los ataques terroristas contra civiles han dejado en el Estado judío un saldo exasperante de niños muertos. No tengo el dato exacto de cuántos menores hay entre los 956 israelíes asesinados por el terrorismo desde septiembre de 2002, pero basta, para darse una idea, con consultar la lista de las víctimas en http://www.israel-mfa.gov.il/mfa/go. asp?MFAH0ia50. Allí se enumeran los muertos con sus respectivas edades.

En abril de 2002 comenté aquí los asesinatos de Salwa Hassán, peligrosa terrorista de seis años que habitaba en Rafah, en la Gaza ocupada, y de Danielle Shefi, siniestra ocupante judía, también de seis años, en el asentamiento de Adora, Cisjordania, cerca de Hebrón. De entonces a la fecha sus pequeños cuerpos se han ido fusionando en una tierra cuya disputa sirve de argumento para los Sharon israelíes y los Yassin palestinos. Cada vez que un menor del bando palestino cae muerto, los gobernantes de Tel Aviv ponen cara de circunstancia para la prensa internacional pero sospecho que, en sus adentros, gozan intensamente. Cada vez que un pequeño israelí es destrozado por la bomba, los terroristas se regocijan sin reservas. Me pregunto qué tiene que pasar para que el placer de los asesinos se convierta en vergüenza.

16.3.04

Querido Bin Laden


No sé quién eres ni cómo te llamas. Me ha resultado fácil designarte con ese nombre, que representa la extrema demencia justiciera, pero en verdad no sé si Osama Bin Laden goza aún de mando y atribuciones para seguir despedazando personas de cualquier clase y patria, si sigue vivo, si alguna vez existió o si fue un invento de la CIA. Tengo la certeza de que, te llames como te llames, eres alguien o eres algunos; que estás feliz con tu reciente carnicería madrileña, que por tus neuronas corre la convicción de la labor cumplida y que te encuentras en paz con tu conciencia: has descargado parte de la rabia y la impotencia que no te dejaban respirar ni tragar saliva desde que los occidentales bombardearon tu aldea, tu edificio de departamentos, tu taller mecánico, tu patio, y dejaron el lugar lleno de carne humana quemada y reventada.

Hombre o mujer, afgano o palestina, iraquí o libanesa: a lo mejor el juego de tus hijos se cruzó con el trayecto de un misil, tal vez tu mujer perdió los pechos y la cara por efecto de una bomba de racimo, quién sabe si tu marido se quedó sin piernas y entró en silla de ruedas a la estadística del daño colateral; cómo saber si tu padre se coció en el napalm que excretan los helicópteros Apache y Cobra. Hasta es posible que no te haya pasado de cerca el dolor y la destrucción de las guerras de rapiña y que simplemente la devastación de tu pueblo te orille a buscar en el Corán parábolas forzadas para justificar una venganza igualmente cruel y cruenta.

A efectos de esta carta, da lo mismo. Te confieso con vergüenza que nunca he tenido el tiempo ni la paz de espíritu para aprender a descifrar la hermosa caligrafía arábiga; que los versículos coránicos me resultan mucho más aburridos que los picantes relatos bíblicos; que, de todos modos, no puedo percibir ni unos ni otros como textos sagrados, que no tomo partido en el baile de Moros y Cristianos y que la revivida disputa entre católicos y judíos por la muerte de Jesús me es un tema ajeno e irrelevante: más crucifica el hambre en nuestros días, más cornadas da el sida, más me duele el Gólgota de los discriminados, los saqueados y los mal gobernados. Además, cuando mi hija Clara, que va a cumplir seis años, tiene que efectuar ya esfuerzos casi musculares de credulidad para imaginarse el mundo dividido en alegrijes y rebujos, encuentro inconcebible que tú y tus congéneres, zopencos de 50 o más, insistan en hablarnos de una humanidad organizada en rebaños de fieles e infieles, demócratas y terroristas, buenos y malos, burgueses y proletarios, payos y gitanos, hebreos y gentiles.

No soy tu amigo ni tu adversario, y no tengo nada que ver con tu guerra santa. Pero tú decidiste lo contrario: me quieres, me necesitas en tu conflicto. Cuentas con rivales poderosos y piensas que puedes golpearlos por medio de mi humilde y anónima persona. Algún gobernante de un país cualquiera --Bush, por ejemplo, Tony Blair, por ejemplo, el ahorra derrotado Aznar, por ejemplo-- ha ido a tu región, a tu cultura, a tu Estado, a sembrar la muerte y la destrucción, a mutilar peatones, a robarse los recursos naturales, a prostituir a tus compatriotas, a obligarlos a cooperar con la ocupación extranjera de su patria. Ahora tú piensas que ha llegado el tiempo de cobrar venganza. No puedes tocar a los estadistas porque disfrutan de una protección que te sobrepasa y abruma. Decides, entonces, propinarles un escarmiento hiriendo y matando a sus gobernados, a sus conciudadanos, o incluso a la gente que se hallaba de paso por Nueva York o Madrid, de vacaciones en el Pacífico sur o de compras en Estambul. Aquí es donde mi voz deja de tener un nombre y un rostro definidos; en ella puedes depositar el DNA de cualquier fragmento humano recolectado en el sitio de un atentado terrorista: soy el que muere por subirse al tren, por ir a comprar tomates a la tienda, por salir de madrugada del lecho de un amor furtivo, por haber estado ahí en el día y a la hora de la bomba.

A ti no te importa el orden de los órganos, los conductos y los fluidos que cumplen su tarea dentro de la caja de mis costillas. Tu causa necesita que una sustancia reviente, que la explosión haga volar por todas partes hierros y fragmentos de lo que sea, y que uno o varios de esos objetos causen, en su tránsito hacia la nada, que mis vísceras se desparramen por el suelo, que yo deje bruscamente de pensar, mirar, oler y hasta sentir indiferencia por el Corán, que mi organismo se vuelva inservible y que haya que enterrarlo o cremarlo, que mis hijos se queden huérfanos y que esa insignificante tragedia, multiplicada por cientos o miles, ponga en apuros a un gobernante que es, a primera vista, tu enemigo, pero que, en el fondo moral y ético de esta historia, acaba siendo tu gemelo. La única diferencia perceptible radica en su hipocresía y en tu cinismo: él llora lágrimas de cocodrilo por las “bajas colaterales” y tú, como presumes ante el mundo, no te entristeces por la muerte de civiles. Más aún: esos cadáveres que dejaste regados en las vías de ferrocarril son, en tu cabeza enloquecida y sádica, “un golpe a uno de los pilares de los cruzados y sus aliados”.

No pretendas atribuirte el crédito por la ruina política de tu enemigo español. Se la provocó él mismo al pretender exculparte de la matanza para sus turbios propósitos propagandísticos. Quiso desviar la atención hacia un puñado local de tipos tan enfermos de odio como él y tú, pero mucho menos poderosos, porque pensaba que de esa forma ocultaría su parte de culpa. Pero no te equivoques: fue el pueblo español el que decidió sacarlo del poder, porque no quiere seguirse muriendo en el tablero del juego que los divierte a ustedes, los Aznar, los Bush, los Blair, los Bin Laden, los Saddam, los Sharon, los de Hamas, los de ETA. Ustedes no son ningún pueblo, ni cristiano ni musulmán ni judío, ni palestino ni vasco; ustedes no representan nada positivo. Son, simplemente, unos hijos de puta sedientos de sangre que se ponen felices con el sufrimiento ajeno.

9.3.04

Diosa de la basura


Pienso ahora en esa figura incierta y borrosa del panteón nahua que tiene nombres diversos y advocaciones contrastadas: Ixcuina, Tlazoltéotl, Tlacultéotl, Tlazolcuani o Tlaelcuani, la Comedora de Inmundicias y una de las deidades mesoamericanas más sospechosamente próximas a los usos del catolicismo porque redime de los pecados mediante la confesión. Tlazoltéotl simboliza las sustancias más bajas, pero también, o por eso mismo, la fertilidad, y se le considera una de las diosas madres, propiciadora y protectora, además, de la lujuria y las relaciones carnales ilícitas; es hilandera, adivina y comadrona, y a veces se engalana vistiendo la piel de los sacrificados.

Medio milenio después de la demolición de los ídolos de piedra y su remplazo por ídolos de palo, esa diosa de la basura está viva, recorre el planeta y propone sus formas peculiares de sanación social. Y es que no es un consuelo de tontos, sino una pésima noticia, pero las clases políticas del mundo en general están hundidas en la mierda y acompañadas en ella por una masa de medios informativos que no pierde oportunidad de compartir las abluciones.

Estados Unidos es gobernado por un tipo que llegó a la Casa Blanca mediante un fraude electoral, se sostiene en ella mediante la mentira y ha usado el poder --político, diplomático, militar-- para conseguirles contratos a las empresas de sus amigos. La Unión Europea está presidida por un mafioso italiano cuyos problemas con la justicia se remontan a 1979. Para qué ir a buscar ejemplos a Rusia, Nigeria o Arabia Saudita.

De este lado del mundo las cosas no son mejores. Breve recuento del Suchiate para abajo: el ex testaferro guatemalteco Alfonso Portillo anda huido, al parecer por estos rumbos, porque en su país hay varias averiguaciones judiciales en su contra por corrupción, lavado de dinero y malversación de fondos; en diciembre pasado la justicia nicaragüense condenó a 20 años de prisión y al pago de 17 millones de dólares al ex presidente Arnoldo Alemán por lavado, fraude, malversación, peculado, asociación e instigación para delinquir y delito electoral; en Perú, como si no bastara con los escándalos de la mancuerna Fujimori-Montesinos, el actual presidente, Alejandro Toledo, concedió a algunos parientes de su esposa los contratos para la remodelación del palacio presidencial; en Argentina hay dos ex presidentes --Carlos Menem y Fernando de la Rúa-- sujetos a proceso por dar usos indebidos al dinero de la nación; en Ecuador el mandatario Lucio Gutiérrez enfrenta acusaciones por actos de nepotismo y por haber recibido, para su campaña electoral, fondos del narcoempresario César Fernández de Cevallos; en Brasil se denuncia que algunos financieros vinculados con los juegos de azar --legales e ilegales-- financiaron algunas campañas electorales del PT, el partido del presidente Luis Inazio Lula da Silva.

Es de temer que las personas del poder público hayan desarrollado una afición, o incluso una dependencia, a las abluciones inmundas. Las cadenas de televisión y radio y los pasquines impresos acuden puntualmente a beber los líquidos de sus pocilgas. Según conveniencias y gustos, los tragan para ocultarlos o los vomitan para hacer más incluyente y generalizado el baño. Ante la ausencia de propuestas para moralizar a los políticos, o para rescatarlos de ese suculento infierno de sí mismos, es posible que alguna firma con buen sentido del marketing y de la oportunidad lance como producto de temporada el culto a Tlazoltéotl --o Ixcuina, o Tlacultéotl, o Tlazolcuani o Tlaelcuani--, dirigido al mercado de las personas del poder político y económico. A fin de cuentas, todo en estos días --la espiritualidad, la salud, la educación, la muerte, el nacimiento, el placer, el amor, la amistad, el poder, el servicio público, el oro y el excremento-- es susceptible de volverse objeto de negocio.

2.3.04

La foto


Observo una foto de prensa. Quienes tenemos niños en casa estamos entrenados para reconocer la silueta de BJ, personaje de los espectáculos del dinosaurio Barney. Al parecer, BJ es una recreación pediátrica del tricerátops. Al igual que sus modelos jurásicos, BJ tiene un convincente hocico en forma de pico de ave, un pequeño cuerno y una cresta en la parte posterior del cráneo, pero la piel de su cuerpo es de un amarillo yema de huevo completamente inverosímil, su vientre es verde y ostenta, a cada lado de la cara, tres pecas rojas colocadas en posición simétrica. De seguro BJ es una imagen registrada y protegida por derechos de propiedad intelectual, pero ello no ha sido obstáculo para que el propietario de un jardín de niños de Puerto Príncipe se haya animado a pintarla en la fachada de su establecimiento, al lado de un portón de hierro en cuyos batientes fueron dibujados Rico McPato y Mickey Mouse. Las tres representaciones dejan mucho que desear respecto a sus modelos. De hecho, esta BJ es a la figura original lo que la original a un tricerátops. Pero la mente humana es capaz de suplir en automático los defectos o las evoluciones de la representación, y eso es maravilloso. Por ejemplo, frente a la puerta de ese kínder haitiano, bajo los pies mal trazados de Rico McPato, aparece un hombre acostado boca arriba. El escorzo de la fotografía permite ver las plantas de sus pies, pero no el rostro, porque lo oculta la comba del tórax. La flacidez de los brazos yacentes y la mancha pardusca que se extiende por el asfalto desde su muslo derecho son datos suficientes para entender que el individuo está muerto y que la causa de su muerte fue una herida, de bala o de arma blanca. No hay forma de confundir un cadáver con alguien que medita, o con uno que se acuesta a ver las nubes, o con un borracho que duerme la siesta. En los muertos hay una pérdida característica y radical del pudor y de todo interés por el entorno. A ese humano sin nombre que yace sobre el asfalto cuarteado le importan un pepino BJ, Rico McPato, Mickey, los alumnos de la escuela, el destino de Jean Bertrand Aristide, el golpe de suerte de Boniface Alexandre, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas o las nubes que, pese a todo, continúan su lento desfile sobre las cabezas de los habitantes y de los muertos de Puerto Príncipe.

Desde el margen derecho de la gráfica emerge un hombre maduro y espigado que voltea a ver al fallecido sin dejar de caminar. Con los dedos de las manos sostiene un racimo de botellas de Coca-Cola, y entre el antebrazo izquierdo y las costillas lleva, apretada, una botella más. Casi puede sentirse el frío doloroso que el recipiente le provoca en la piel. Bajo el pantalón bombacho se adivina la tensión de sus piernas. ¿Quiere apartarse de allí antes de que una bala perdida lo ponga a hacerle compañía al cadáver de la banqueta? ¿Desea llegar a su televisor pronto para no perderse la ceremonia de entrega de los Oscar? ¿Tiene prisa por alcanzar su refrigerador antes de que el calor de Puerto Príncipe caliente las botellas? La composición de la gráfica no permite ver su gesto. Sólo el cadáver tendido y los personajes dibujados en la entrada de la escuela podrían apreciar el rostro del viandante y platicarnos las reacciones que observaran en él. Pero ni el muerto ni BJ ni Rico McPato ni Mickey tienen ganas de mirar, y menos de hablar. Los que observamos la fotografía debemos contentarnos con la mandíbula del señor de las Coca-Colas e intuir en ella cierta distensión de piedad y simpatía. No mucha: es seguro que el vivo y el muerto no eran parientes ni amigos ni conocidos. Se adivina que el hombre no va a arrodillarse y llorar ante el caído. Seguirá su camino, llegará a su casa, encenderá la tele (si tiene), depositará las botellas en el refri (si tiene) y les platicará a sus familiares su encuentro mortuorio, y en adelante se esforzará por seguir vivo.

La foto es de Walter Astrada, de AP, está fechada el domingo 29 de febrero y fue tomada cerca del mediodía, a juzgar por la ausencia de sombras. Si la escuela no estaba abandonada, las puertas debieron abrirse ayer, lunes, para recibir a los pequeños. ¿Quién pintó de forma tan chambona esos pretendidos símbolos de la felicidad de los niños en un portón oxidado de un país en guerra eterna contra sí mismo? ¿Alguien, en medio del caos, se tomó la molestia de retirar el cadáver antes de la entrada de los colegiales? ¿Fueron los parientes del muerto a llorarlo en el sitio y a levantar los despojos? ¿Alguna autoridad municipal o nacional asumió la tarea? ¿Conocieron los pequeños el olor de la muerte? ¿Tuvieron que brincar los brazos del caído para llegar a sus salones de clase? ¿Y quién era ese hombre? Pertenecía a los grupos rebeldes, a los simpatizantes de Aristide o era un simple habitante ajeno a la confrontación que tuvo la mala suerte de caminar en medio de un combate? ¿Y qué habría pensado si hubiera sabido que las plantas de sus pies aparecerían en periódicos, sitios de Internet y noticiarios del mundo? ¿Y de qué sirven los esfuerzos de la humanidad para inventar personajes de entretenimiento infantil y bebidas gaseosas y gobiernos insostenibles y rebeliones armadas y cámaras profesionales y agencias de prensa y países en los que un habitante se queda tirado de un balazo a las puertas de un kínder, posando para un fotógrafo que tal vez va a ganarse el Pulitzer con la composición, o para escribir este sartal de preguntas necias?

24.2.04

De compras


El nombre de Muamar Kadafi debe provocar calambres en las entrañas de Abdul Qadir Jan, el científico paquistaní que dirigió el exitoso programa de armas nucleares de su país y que en algún momento incierto de su carrera emprendió una operación de optimización de utilidades mediante la venta de secretos atómicos a Libia, Irán y Corea del Norte. Jan organizó lo que los expertos llaman un “supermercado nuclear” en el que, a decir de los perspicaces, tuvieron que haber estado involucrados los altos mandos militares y los servicios de información de Pervez Musharraf, el dictador de turno en Islamabad. El científico paquistaní fue descobijado cuando, en diciembre pasado, el gobierno de Trípoli decidió confesar y revelar sus propios planes de desarrollo de armas atómicas, ofreció disculpas y prometió, en lo sucesivo, portarse bien. Jan hubo de hacer otro tanto. Tras su petición de clemencia, Musharraf lo perdonó y optó por dar vuelta a una página por demás comprometedora. El gobierno iraní, por su parte, admitió el domingo que había comprado “componentes nucleares de varios proveedores”, pero siguió negando cualquier intención de fabricar bombas con esa tecnología. Corea del Norte adoptó, desde el año pasado, una actitud opuesta: presumió sus armamentos nucleares y le dijo al gobierno de George W. Bush que deje de estar molestando si no quiere que el territorio estadunidense se convierta en campo de pruebas para las rudimentarias (es de suponer) armas nucleares made in Pyongyang.

Pese al arrepentimiento de Kadafi y a las negativas iraníes, la postura de los gobernantes norcoreanos se ha visto reforzada por diversos acontecimientos del año pasado y del presente.

En primer lugar, si se coteja la aparente disociación de Washington en su accionar ante Corea del Norte e Irak, es obligado concluir que el factor que convenció a Bush y a Tony Blair de la pertinencia de invadir el segundo de esos países no fue la posesión de armas de destrucción masiva por el gobierno de Bagdad sino, por el contrario, la certeza secreta de que no las tenía.

Luego está el caso de India y del propio Pakistán, dos estados en perpetuo y peligroso desasosiego bélico que un buen día anunciaron graciosamente su ingreso al club de los atómicos. Nadie, ni en Washington ni en Londres ni en Moscú, movió nunca un dedo para detener los respectivos programas de armamentismo nuclear de esos países, de modo que cuando Islamabad y Nueva Delhi realizaron sus primeras pruebas atómicas la comunidad internacional aceptó sin chistar que los acuerdos de no proliferación habían sido burlados y que la Agencia Internacional de Energía Atómica era una suerte de decorado de yeso en la pared de algún teatro. Ni Estados Unidos ni Inglaterra tuvieron, antes o después de esos acontecimientos, la ocurrencia de invadir India o, al menos, Pakistán, y eso que se requeriría de muy poco volumen encefálico o de una ausencia total de escrúpulos para calificar al régimen paquistaní de democrático. Y ahí están ahora ambos países belicosos, muy bien peinados y compuestos, arreglando pacíficamente sus diferencias.

Otro elemento a considerar es la impunidad de que goza el gobierno israelí. Ariel Sharon construye sin cortapisas una cerca que es, al mismo tiempo, una frontera a la carta para los israelíes, una jaula nacional para los palestinos y una razón de ser para los perpetradores de nuevos atentados terroristas. Semejante atropello a la legalidad internacional puede realizarse sin problemas por una verdad de superficie --Estados Unidos está dispuesto a permitirle cualquier cosa a su aliado regional-- y por una certeza de fondo: Tel Aviv dispone de un arsenal nuclear, y por ello ningún poder del mundo es capaz de obligarlo manu militari a respetar las líneas de demarcación internacionalmente reconocidas, salvo que acepte el riesgo de desatar una conflagración atómica.

Vistos en conjunto, esos hechos, lejos de disuadir a cualquier país de dotarse de armamento nuclear, representan un aliento a la proliferación de armas de destrucción masiva. Tal vez el supermercado atómico que organizó Abdul Qadir Jan para redondear sus ingresos haya sido desmantelado, pero el mercado negro de tecnología y partes proseguirá, por la simple razón de que este mundo está regido por la lógica de la mayor ganancia al menor riesgo, la misma que llevó a Bush y a Blair a destruir Irak: máximas utilidades para Halliburton y nulas posibilidades de un contraataque iraquí con armas de destrucción masiva. Por eso, algunos gobiernos de los que se sospecha y otros que ni siquiera se tienen en mente en el momento actual concluirán que es un buen momento para ir de shopping, y de seguro ya lo están haciendo.

17.2.04

El enemigo


En el Irak de hoy día hay muchos bandos: los ocupantes extranjeros --y los distintos grupos de accionistas que conforman la ocupación--, sus títeres locales, con sus ramificaciones, y los estamentos enemigos de Saddam Hussein que no colaboran con los invasores. Hay, además, un frente nebuloso e incierto que cada semana hace volar comisarías de colaboracionistas y convoyes de ocupantes, que ocupa poblados en acciones relámpago y que, cada vez que puede, derriba helicópteros enemigos.

Nadie sabe a ciencia cierta quiénes están detrás de esas acciones ni el nombre de las organizaciones --si es que tienen nombre-- que los articulan, ni las ideologías de sus combatientes. Las agencias occidentales repiten como loros lo que les dictan los altos mandos militares de la ocupación: “grupos rebeldes aparentemente formados por milicianos leales a Saddam Hussein y por combatientes extranjeros”, dice AP en uno de sus despachos. A veces, el atribulado procónsul Paul Bremer introduce una variación en la partitura y atribuye a Al Qaeda los ataques contra objetivos estadunidenses y colaboracionistas. Refiriéndose al ataque del sábado en Fallujah, donde murieron decenas de policías iraquíes leales al gobierno títere, Bremer insistió en los “extranjeros”, pero un oficial estadunidense hizo notar que “fue algo preparado por gente con conocimientos militares”.

Tales explicaciones pueden tener cierta pertinencia literaria, pero en la realidad son tan insostenibles como los villanos de las películas de Batman. Saddam Hussein, quien hasta marzo pasado fue un dictador sanguinario y despiadado, hoy se encuentra reducido a la condición de despojo de guerra, incapaz de suscitar la lealtad de nadie, ni de sí mismo; la gran mayoría de los operadores de la tiranía ya han sido capturados, y los que quedan prófugos han de estar, al igual que Saddam cuando lo descubrieron, sembrados como zanahorias en discretos agujeros del campo iraquí. Al Qaeda no dispone, en Irak, de un tejido social tan vasto como el que se requiere para planear las acciones de guerra referidas, realizar labores de inteligencia, transportar armamentos, esconder, alimentar y vestir a los combatientes y alertar a los comerciantes para que cierren sus establecimientos antes de las explosiones, sin que la noticia llegue a oídos de la policía colaboracionista. Y en cuanto a los “extranjeros”, es absurdo pensar que los miles de hombres necesarios para realizar los ataques puedan entrar y salir de Irak --en este Irak ocupado, vigilado, arrasado, espiado y reprimido-- como si se tratara de las hordas sabatinas de gringos que visitan los burdeles de Tijuana.

Hay que decir lo evidente: el único actor capaz de mantener semejante resistencia armada contra la máxima potencia militar del planeta es el propio pueblo iraquí en sus distintas expresiones: kurdos, chiítas y sunitas, baazistas o no, liberales y tradicionalistas, laicos y religiosos, hombres y mujeres. Ese pueblo multitudinario y fraccionado sobrevivió a los horrores de Saddam, pero también a las masacres de 1991 y 2003, y hoy está comunicando la noticia de su persistencia. Si el resto del mundo no la quiere oír, peor para el resto del mundo: muchos más extranjeros --soldados, espías, misioneros, empresarios, diplomáticos y “expertos”-- volverán de Irak a sus países de origen en bolsas de plástico y apestando a cloroformo. Sería más saludable para todos, y menos oneroso en vidas, que la coalición angloestadunidense reconociera desde ahora que ese enemigo ya le ganó la guerra y actuara en consecuencia.

10.2.04

Privatícenlo todo


Hace ocho años, en un encuentro de periodistas que tenía lugar en Washington, el entonces todopoderoso dictador peruano Alberto Fujimori pretendió explicar la pertinencia de las privatizaciones de empresas públicas exponiendo el estado ruinoso en que se encontraban las escaleras de una plataforma marítima que él había visitado recientemente en compañía de uno de sus hijos. El peligro que el cachorro presidencial corrió ante un peldaño de madera un poco podrida era suficiente argumento, a su juicio, para rematar Petroperú al mejor postor. Un informador avezado le preguntó si la empresa no generaba utilidades y si no eran suficientes para reparar la instalación de marras. “Uy --replicó el gobernante--, pero es que para la administración pública es muy difícil administrar esos dineros.” El periodista volvió a la carga e inquirió por el origen de la dificultad: ¿se refería el mandatario a la incapacidad de los empleados públicos o a su tendencia a robarse los fondos? Fujimori optó entonces por hablar del terrorismo y de lo fascinante que resulta la cuenca del Pacífico, en la que conviven asiáticos, americanos, ballenas y tortugas.

Con argumentos similares a los del ahora exiliado dictador, las clases políticas y los grupos gobernantes que preconizan la liquidación de los bienes públicos se han realizado un hara-kiri --sin alusión a los orígenes de Fujimori-- al insistir, una y otra vez, en su incompetencia administrativa y su afición a hincar la uña en los recursos públicos. Lo malo es que nadie advirtió, en su momento, la feroz autocrítica que implicaban los afanes privatizadores. Si esos gobernantes no eran capaces de gestionar las empresas del Estado, o sólo podían hacerlo de manera corrupta, la solución obvia no era vender las empresas, sino cambiar de gobernantes.

Pero la historia fue como fue, y los Menem, los Salinas, los Fujimori, los Zedillo, los Collor, los Sánchez de Lozada y los Cardoso nos han ido dejando sin líneas aéreas, sin empresas telefónicas, sin yacimientos petrolíferos fiscales, sin carreteras, sin puertos y aeropuertos, sin generadoras de electricidad, sin medios informativos, sin editoriales, sin productoras de televisión y cine, sin siderúrgicas, sin potabilizadoras de agua, sin gaseras, sin minas, sin bancos, sin fondos de retiro, sin aduanas, sin cárceles y hasta sin policías. Paso a pasito nos quedaremos también sin escuelas, sin universidades, sin museos, sin parques, sin zoológicos, sin registros civiles y vehiculares, sin catastros y sin entidades organizadoras de elecciones. El único terreno en el que ninguno de los privatizadores se ha atrevido a aplicar su lógica es el de los ejércitos, y no porque falten ganas de liquidar las instituciones armadas de América Latina y sustituirlas con corporaciones privadas, sino por miedo elemental a los responsables de mantener y usar el armamento.

Con esas desincorporaciones, los privatizadores se quedaron sin oportunidades para demostrar cuán ineficaces podían ser como administradores y sin posibilidades de seguirle robando al erario. Como compensación por ese angostamiento de sus horizontes profesionales, en cada remate de bienes públicos se guardaron, en un doblez muy escondido de sus sacos, comisiones y regalías secretas. Una pequeña fracción de tales corruptelas ha salido a la luz, pero la mayoría no va a saberse nunca.

En la industria, en los servicios, en el campo y en el gobierno, los conjugadores incondicionales de los verbos desregular, abrir, reformar, adelgazar, privatizar, reestructurar, subcontratar, licitar, concesionar y desincorporar han ido practicando agujeros en el tejido que los sostiene a ellos en el poder.

Terminen de privatizarlo todo, pues; lleven su lógica hasta las últimas consecuencias, renuncien a sus frasecitas de participación ciudadana, cámbienlas por consignas de atención al cliente, firmen contratos con Rand Corporation, Procter & Gamble, Coca-Cola, Vivendi y McDonald’s, y entreguen a esas honestas y eficientes compañías las direcciones generales, los ministerios y las presidencias de estas privatizadas repúblicas. Háganlo pronto, eso sí, cuando todavía tienen entre las manos algunos jirones de poder y soberanía nacional que ofrecer a cambio de posiciones en los respectivos consejos de administración.

3.2.04

La ruina


He pasado la semana borrando del disco duro centenares de mensajes infectados por una instrucción maligna: las huestes de Mydoom (mi ruina), o Novarg, o Shimgapi, tomaron por asalto la red mundial; el domingo lograron postrar el sitio de SCO, la empresa dueña del Unix, y hoy librarán una batalla decisiva contra el servidor de Microsoft. Las bajas de esta guerra son mucho menos preocupantes que los muertos de carne y hueso de las contiendas militares, no sólo porque se trata de computadoras sino porque las máquinas tocadas por el virus no “mueren” ni sufren destrucción física. La peor de las consecuencias en caso de infección sería un formateo de disco duro. Pero las cifras no dejan de resultar impresionantes: cientos de millones de mensajes generados y millones de aparatos infectados con un síndrome que se replica a sí mismo por las venas abiertas de Internet sin más propósito que propinar un castigo ruinoso a Bill Gates y a otros monopolistas de la informática.

En estas sociedades mundiales en que la seguridad con todos su apellidos (nacional, informática, personal, sexual, financiera, social) es un valor de culto, la propagación de Mydoom resulta un prodigio perverso. Si los autores desconocidos del código logran tumbar la página de Microsoft, habrán logrado parecerse a los responsables de los exitosos ataques del 11 de septiembre de 2001. Y es que el travieso que trae en jaque a la mayor corporación de software del mundo mediante la programación y difusión de unas cuantas líneas de instrucciones recuerda a la veintena de fanáticos que, con o sin ayuda de las cloacas políticas de Washington, asestaron el mayor ataque que haya sufrido nunca Estados Unidos en su propio territorio.

Al igual que aquellos atentados terroristas, la propagación de Mydoom es un acto ruin porque se cobra muchas víctimas inocentes --aunque no se trate de bajas fatales-- entre usuarios individuales, pequeñas compañías y organizaciones que dependen en buena medida de sus computadoras. Pero, como ocurrió el 11 de septiembre, la progresión geométrica del gusano informático tiene razones mucho más profundas que la mera maldad humana. Emulando al Bush de 2001, Gates puede preguntarse ahora “¿por qué me odian?”, y si lo hace con honestidad --como no fue el caso del presidente-- encontrará cuando menos una docena de respuestas a la pregunta. Tanto en el hardware como en el software, la industria estadunidense lleva muchos años de arruinar toda posible diversidad y competencia, de dictar órdenes, de avasallar, de depredar al mundo. La uniformidad resultante de esas prácticas tiene pies de barro, y hoy es posible que un adolescente genial ponga en aprietos a un sistema informático planetario basado en computadoras normalizadas y sistemas operativos hegemónicos. Además, el poder de procesamiento, la conectividad y la flexibilidad de las computadoras actuales son un caldo de cultivo de sueño para los creadores de virus.

El mundo virtual se parece al real, y en éste la proliferación de cepas malas es también un signo de los tiempos. La globalización es una banda ancha para la expansión del sida, el ébola, la neumonía atípica y la más reciente criatura de la serie: la gripe de las aves. Pero este segundo paralelismo ha de ser una mera coincidencia, y no veo razones para empezar a organizar la fiesta del fin del mundo.

27.1.04

Pensamientos inútiles


Ninguna reflexión ulterior puede disminuir la gravedad de una herida de bala en la cabeza como la que, desde el jueves pasado, mantiene en estado de coma a Gonzalo Pérez García, comandante de la Guardia Civil Española, quien hasta esa fecha fungía oficialmente como asesor de seguridad de la Brigada Plus Ultra, encargada de la ocupación extranjera en el centro-sur de Irak. Allí, en la localidad de Hamsa, un patriota iraquí desconocido plantó en algún sitio de la masa encefálica de Pérez García un proyectil de arma corta y desde entonces el militar español está en coma “profundo e irreversible”, según ha dicho el Ministerio de Defensa de su país. No es pertinente una intervención quirúrgica para retirar el cuerpo extraño, porque el tejido neuronal no se puede coser. Así las cosas, la vida de este toledano de 42 años, casado y padre de tres hijas, ha llegado a una condición vegetativa y pende de un catéter que controla la presión interna de su cerebro.

Antes de dedicarse a destruir a la resistencia iraquí, Pérez García realizó una carrera plena de condecoraciones y distinciones honoríficas (21 en total) en la Guardia Civil; en algún momento de su trayectoria inventó un Sistema Integral de Vigilancia Electrónica (SIVE) y en otro participó en los tristemente célebres Grupos Antiterroristas Rurales, encargados de la guerra sucia contra etarras reales o presuntos. Dice, a este respecto, El Mundo: “En la madrugada del 26 de noviembre de 1985, los tenientes del Servicio de Información de la Guardia Civil Arturo Espejo Valero y Gonzalo Pérez García y el guardia Segundo Castañeda custodiaban a (el presunto colaborador de ETA Mikel) Zabalza tras su detención y se dirigían hasta un zulo que nunca fue localizado. Según el testimonio de los tres agentes, el detenido logró fugarse, esposado, y alcanzó el río Bidasoa, donde fue hallado muerto 20 días más tarde, justo un día después de que la Cruz Roja abandonara las labores de búsqueda en esa zona. Varios testimonios recogidos por El Mundo señalaron que en realidad Zabalza fue sometido a un intenso interrogatorio y torturas con el método conocido como 'la bañera', consistente en sumergir en una bañera al detenido para arrancarle un testimonio. Así habría muerto el presunto etarra”. La justicia española archivó, “por falta de pruebas”, las acusaciones contra los policías, quienes fueron finalmente absueltos en 1988.

Pero esa sombra en el expediente del herido no disminuye en nada la zozobra de su mujer y de sus hijas, seguramente congregadas alrededor de la cama de hospital en la que Pérez García yace con la cabeza vendada y sin esperanzas de recuperación. Pensándolo bien, es posible que la familia del guardia civil haya sido invitada al primer Congreso Internacional de Víctimas del Terrorismo, inaugurado ayer en Madrid, con gran pompa de Estado, por el príncipe de Asturias; es posible, digo, porque Pérez García fue lesionado, según la versión oficial, en un operativo “contra integrantes de un grupo terrorista” en Hamsa, localidad al sur de Diwaniya, en el Irak ocupado.

De nada sirve ahora razonar que el guardia civil agonizante resultaba, en ese contexto, un cuerpo tan extraño como el proyectil que terminó alojado en su bóveda craneana. Prueba de ello es que, a juzgar por sus propias declaraciones, el extranjero no entendía nada de nada de lo que ocurría allí: el 20 de diciembre externaba su preocupación por el hecho de que “en Irak hay demasiadas armas fuera de control”, pero ocho días más tarde --sí, el 28 de diciembre-- se reconfortaba pensando que los habitantes del país “nos ven (a los españoles) como sangre de su sangre, me dicen que España es el mejor legado del mundo árabe”, y opinaba que las fuerzas de ocupación de Madrid estaban allí para “ayudar y estar al servicio” de los iraquíes. Es inútil: según todos los indicios, esos mismos iraquíes le han arruinado a García Pérez, en forma irreversible, el órgano que le habría permitido comprenderlos.

Finalmente, a García Pérez, a su familia, a la Guardia Civil y al consternado gobierno de Madrid no les dará consuelo el recuerdo de los muchos militares españoles que han corrido un destino trágico en tierras lejanas; tampoco los reconfortarán las necesarias precisiones y distinciones entre los casos entrañables de entrega a las causas de la emancipación y la justicia (pienso en Francisco Xavier Mina, el insurgente navarro que combatió el absolutismo en tierras mexicanas y fue fusilado en Pénjamo por los realistas), y los ejemplos de vocación colonialista (ilustrados a la perfección por el arrogante y estúpido general Manuel Fernández Silvestre, responsable de la aniquilación de decenas de miles de sus hombres en El Rif por el caudillo marroquí Mohamed Abd el-Krim). Creo que la Brigada Plus Ultra, en general, y el comandante Gonzalo García Pérez, en particular, pertenecen más bien a la segunda de esas vertientes. Pero esta consideración tampoco le servirá de nada a nadie, ni siquiera a los españoles que morirán en tierras iraquíes en las semanas próximas, y es una lástima.

20.1.04

Vuelta al espacio


Hay cierta continuidad entre las expediciones de conquista a Afganistán e Irak y los planes pomposos para volver a la Luna y posar en Marte unos pies envueltos en calzado neumático. La sed de los votos de noviembre se hace sentir desde ahora en un gobierno estadunidense que se ha quedado sin enemigos verosímiles en la Tierra y voltea la vista a la soledad y la aridez de los valles marcianos como próximos desafíos para vender a su opinión pública.

En realidad, los pomposos anuncios cósmicos de George Walker Bush no representan una incursión en el futuro, sino una manera de refugio en el pasado, concretamente en los años 50 y 60, cuando los gobernantes de Estados Unidos y la Unión Soviética descubrieron que era mucho más barato enfrentarse en combates simbólicos fuera de la atmósfera que destruir sus respectivos países a punta de detonaciones nucleares. No es casual el hecho de que los primeros satélites de ambos bandos, al igual que los cosmonautas y astronautas, hayan viajado en la punta de misiles balísticos intercontinentales desarmados de sus cabezas atómicas y adaptados con prisa para los torneos espaciales. Desde un punto de vista humanitario, hay que agradecer el que estadunidenses y soviéticos hayan enviado sus misiles al espacio exterior en vez de reventárselos mutuamente en la cabeza. Pero, en la lógica costo-beneficio de la investigación científica, las misiones espaciales de aquellos años fueron básicamente un capricho y las piedras lunares traídas por los astronautas y las sondas automáticas costaron una delirante millonada.

La épica cósmica lograda por Kennedy y Krushev en los primeros años 60 se agotó en una década. Cuando Nixon, emulando al primero, anunció la conquista de Marte en cosa de 10 años, su promesa sonó hueca y farsista, y además la economía ya no estaba para despilfarros. La carrera espacial había terminado siendo insostenible, de modo que las dos superpotencias abandonaron el afán exploratorio y se pusieron a considerar, en los años 80, ya en tiempos de Reagan y de Brejnev, la militarización de la actividad espacial. La Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE), lanzada por el primero, conocida popularmente como “la guerra de las galaxias”, reactivó la economía de algunas regiones de Estados Unidos; concretamente, Nueva Inglaterra se llenó de efímeros centros de tecnología de punta que se quedaron sin contratos en cuanto la extinción del enemigo hizo innecesaria la nueva escalada.

Actualmente el programa espacial ruso procura reunir y limpiar los escombros del soviético; la NASA, por su parte, hace mucho tiempo que dejó de ser la gran promotora de tecnología y se abastece de partes en tiendas Radio Shack. La aburrida construcción de la Estación Espacial Internacional ha representado la homologación de los ritmos astronáuticos a las posibilidades económicas reales del Occidente desarrollado, y los niños del presente tienen más conocimientos sobre la superficie marciana que los astrónomos de hace dos décadas. Los viajes cósmicos no van a recuperar nunca la épica de los años 60 ni la poética de Ray Bradbury y Arthur C. Clark.

En esas condiciones, las arias espaciales entonadas por Bush resultan un fraude de lo más pinche. En el peor de los casos, el actual presidente de Estados Unidos carece de cualquier posibilidad de dirigir el programa cósmico de su país más allá de 2008, es decir, si es que se concreta la tragedia de su reelección. Pero el desplante ha tenido ya consecuencias nefastas para la investigación científica: a raíz de la reasignación de la correspondiente reasignación presupuestal en la agencia espacial de Estados Unidos, por ejemplo, el telescopio espacial Hubble se ha quedado sin posibilidad de recibir mantenimiento y quedará del todo inutilizado, en consecuencia, en 2007 o 2008. Las panorámicas enviadas por el explorador Spirit, difundidas hasta el hartazgo por los medios informativos, son un espejismo. Con Bush en la Presidencia, el horizonte de Marte está más lejano que nunca.

13.1.04

De las fronteras


Todo puesto de control fronterizo, toda garita aduanal, toda caseta migratoria, marcan un fracaso de la sensatez y la decencia. El afán de confinar a los humanos y sus productos en corrales --así sean corrales de pasado glorioso y futuro brillante, dotados de escudo de armas, himno nacional y moneda propia-- refleja una pulsión deleznable y contraria al desasosiego bípedo que honra a la especie desde su formación. El carácter “defensivo” de murallas, muros y fronteras es una mentira digna de los micos con garrote que se casan con el poder (político, económico, espiritual, cultural, o el que quieras) hasta que la muerte los separe, una coartada para controlar los organismos, los espíritus y los actos de prójimos convertidos de súbito en compatriotas. La partición territorial es especialmente ofensiva cuando opera como válvula de saqueo en beneficio de un lado y perjuicio del otro. Las altas murallas de la Unión Europea filtran hacia dentro gran cantidad de insumos y mano de obra y permiten la salida, hacia el resto del mundo, de una mezcla piadosa de basura y propósitos humanitarios. Las branquias de las naciones orientales expelen hacia todos los puntos del planeta baratijas electrónicas y turistas munidos de cámaras digitales de última generación, y aspiran montañas de divisas que harían mucha falta en los rincones hambreados de África y América Latina. Ariel Sharon propone a los palestinos que renuncien a su aspiración de Estado propio y les ofrece, a cambio, un conjunto de jaulas interconectadas para que pasen en ellas los últimos años de su agonía nacional.

La impermeabilidad de las fronteras internacionales a las mercancías enemigas ha provocado muchas más guerras, y más cruentas, que las nalgas míticas de la hermana de Pólux. Hasta los neoliberales, que son gente obtusa, son capaces de percibir la inutilidad y la irracionalidad de fondo de las bardas, y han pugnado por su derribo. Tal vez un día la especie humana sea capaz de retribuirle al mundo su unidad esencial y la continuidad de sus territorios. Mientras tanto, países y gobiernos seguirán empeñando el manejo de sus límites nacionales en los regateos diplomáticos y económicos y en los juegos de guerra. Los bordes de Estados Unidos son un hocico hipócrita que habla pestes de los migrantes, pero que los mastica y deglute con fruición de bulímico cuando nadie lo observa. Con este gobierno el país vecino ha agregado varias hileras de dientes a su dentadura fronteriza con el propósito declarado de impedir que se cuelen por ella los terroristas que pueblan las pesadillas pediátricas del presidente, pero sin más objetivo real que fincar una muestra de poder absoluto y humillar a los extraños en ritos de auscultación y catalogación que parecen, más bien, formas sublimadas de inspeccionar y herrar ganado. Un cancerbero del montón, dotado de credencial y bártulos de fichaje electrónico, puede ahora torcer el destino de cualquier viajero, honesto o no, que acuda al país del norte. Pero además Washington ha logrado acentuar en casi todo el mundo los elementos de purgatorio consustanciales al aeropuerto, el puerto y la frontera terrestre. El tradicional maltrato a los mexicanos a lo largo del río Bravo se ha convertido en una agresión planetaria contra todos los humanos que transitan de un país a otro, salvo si se trata de canadienses o europeos occidentales.

Tienen toda la razón las autoridades brasileñas en crear un registro policiaco con los ciudadanos de Estados Unidos que ingresan al territorio del país sudamericano. No es que se lo merezcan, porque no lo merece nadie, sino que tal vez sea la única forma de hacerle entender a la Casa Blanca lo irritante que resulta su delirio persecutorio para quienes no somos estadunidenses. Ojalá que otros países siguieran el ejemplo. Sería justo que, en estricta reciprocidad, en todos los otros países del mundo se fichara a los gringos hasta que éstos exigieran a su gobierno que deje de fichar al resto del planeta.