17.6.03

Destrucción masiva


Una vez los yugoslavos compraban pan, mandaban a sus hijos a la escuela y se aburrían por la tarde. A la mañana siguiente amanecieron metidos en una ducha de balazos de la que no habrían de salir en una década. Y no es que todas las sociedades --ni siquiera es el caso de la que conformaban los eslavos del sur-- sean un hervidero de odios que tarde o temprano hacen saltar la tapa del recipiente. El problema es que la convivencia pacífica y el imperio de la legalidad son cáscaras muy delgadas como para resistir mucho tiempo los bruscos movimientos del conjunto de seres vivos.

Los estadistas suelen ser demasiado vanidosos para aceptarlo en público pero, si se les confronta con la durabilidad de sus obras, están más cerca de los jardineros que de los constructores de pirámides. Un invierno económico crudo puede terminar con el más apacible de los jardines sociales y dejarlo hecho un lodazal sangriento.

Los jefes de los gobiernos europeos saben --aunque no lo reconozcan abiertamente-- que su remanso continental y sus seis décadas de paz pueden ser un paréntesis precario. Con la excepción de Hiroshima y Nagasaki, los peores excesos bélicos que ha visto el mundo han ocurrido en tierras del Viejo Continente, hoy convertido en profesor planetario de paz. Es un tanto extraño que el maestro imparta su asignatura con los bolsillos llenos de portaaviones, bombas atómicas, misiles de largo alcance, submarinos y cazabombarderos de última generación. Actualmente Europa occidental es, después de Estados Unidos, el sitio con mayores instrumentos de destrucción per cápita.

Tal vez sea por eso que la Unión Europea ejerce su ministerio con cierto grado de pavor. El profesor pacifista sabe que, en cualquier momento, puede convertirse en un criminal violento e incontrolable: cuenta con los medios y tiene graves antecedentes por homicidio. A fin de cuentas, la diferencia histórica entre África y Europa no estaba tanto en el grado de refinamiento de sus civilizaciones cuanto en la sofisticación tecnológica de sus arsenales, y así sigue siendo. Cuando huele a petróleo la democracia británica con todo y sus lores, sus comunes, su corona y su Tate Gallery, se transforma en un simio aullante que la emprende a garrotazos contra el propietario del yacimiento.

Ahora, en su advocación de prefecto de escuela, la Unión Europea ordena la confiscación universal de las armas de destrucción masiva y amenaza con usar su propia fuerza contra los rebeldes que se nieguen a entregarlas. El documento aprobado ayer en Luxemburgo por los cancilleres de la unión debe considerarse como una pieza meramente literaria, porque a nadie en su sano juicio se le ocurre que los ejércitos europeos vayan a quitarle por la fuerza sus bombas atómicas a Israel, Pakistán o India. La “universalización” del desarme prevista en el acuerdo no ha de incluir, por supuesto, el desmantelamiento de los artefactos nucleares franceses e ingleses y menos los estadunidenses, rusos o chinos y no será, en consecuencia, tan universal como se pretende.

La cáscara de la convivencia pacífica es frágil y precaria. El traje del profesor de paz es muy delgado como para ocultar la pelambre de pitecántropo que todavía crece en la piel de Europa.

10.6.03

Anacronismos


Colin Powell fue a Santiago de Chile a decir, en la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos, que la Cuba de Fidel Castro es “un anacronismo en nuestro hemisferio”. Tiene razón. El régimen de La Habana está tan envejecido como su líder máximo, se sostiene en prácticas políticas de museo --de museo del horror, en muchos casos-- y en una ideología que parece más decimonónica que vigesimónica: ahora resulta que a Castro y a los suyos el colapso del leninismo los tiene sin cuidado porque en realidad su revolución era martiana. Si logra sobrevivir unas siete décadas más, el castrismo terminará descubriendo una gran fuente de inspiración ideológica en los Reyes Católicos. Powell tiene razón. A estas alturas, la Revolución Cubana suena a himno nacional --cualquiera de los latinoamericanos es bueno para el ejemplo-- convertido en programa político y los dilemas de la cúpula gobernante en la isla --maldición común a los socialismos reales-- se desplaza en forma sostenida del ámbito de la sociología del poder al de la geriatría clínica.

El único problema con la apreciación del secretario de Estado es que Powell la emite en representación de otro gran anacronismo, que es el actual conservadurismo estadunidense. Es cierto que, en términos ideológicos, Castro permanece anclado en la década de los 60, pero el presidente George W. Bush se empeña en devolver a Estados Unidos a la década de los 40, cuando Washington hizo reventar bombas atómicas sobre civiles japoneses que, por el simple hecho de serlo, se encontraban en el bando de los malvados, según la teología civil de Harry Truman. Sesenta años después, Bush ordenó el descuartizamiento de iraquíes --hombres, mujeres, niños y ancianos-- con base en el razonamiento lógico de que formaban parte del eje del mal.

Hay mucho de atroz, sin duda, en el hecho de que la gloriosa revolución cubana forme criminales a los que después fusila, como ocurrió con los secuestradores de un lanchón, todos los cuales nacieron, fueron a la escuela y aprendieron valores bajo el régimen de Castro. El sueño americano prescinde de los pelotones de fusilamiento, pero dispone de procedimientos mucho más sádicos y enfermos para ajusticiar a los delincuentes que genera. Por lo demás, en materia de fabricar cadáveres con apego a derecho, Texas, la Texas que gobernara el actual presidente de Estados Unidos, no compite con Cuba --un practicante modesto de la pena de muerte--, sino más bien con China, el otro adalid de las dictaduras del proletariado en tiempos de globalización y competitividad.

En la isla caribeña hay una vieja y oprobiosa intolerancia ideológica, una impresentable negación de libertades políticas fundamentales y un totalitarismo de partido que huele, ciertamente, a naftalina. Pero en Estados Unidos se sigue jurando el cargo de Presidente sobre una Biblia, en las escuelas públicas Bush ha puesto a competir la teoría evolucionista con el dogma creacionista, el primer mandatario no es electo por la ciudadanía sino por un puñado de electores, no existe alternancia en el poder fuera del duopolio demócrata-republicano y el actual jefe del Ejecutivo ocupa la Casa Blanca en contra del deseo de la mayoría de los votantes, la cual dio su sufragio a Al Gore.

Cuba es gobernada por un mesiánico cuya genialidad ha sido minada en forma lenta pero implacable por la esclerosis. A Estados Unidos lo dirige --formalmente, al menos-- un hombre mediocre y de limitaciones intelectuales evidentes, pero igualmente mesiánico e iluminado. Y ambos, cada cual a su manera, están convencidos de que las discordancias ante sus respectivos idearios pueden resumirse como “maldad” y que pueden y deben ser erradicadas mediante la destrucción física de sus adversarios. No hay más rutas que las suyas y no hay otra forma de encuentro que la colisión. A Bush le encanta amenazar con sus facultades para administrar la muerte a poblaciones remotas y Castro disfruta exhibiendo disposición al martirio: la suya (qué más le da, después de la vida que se ha dado y con su entrada a perpetuidad garantizada en las enciclopedias) y la del conjunto de los cubanos, mucho más incierta. El anacronismo histórico de Castro y el anacronismo coyuntural de Bush se han encontrado para complementarse mutuamente; de hecho, se necesitan el uno al otro. Tal vez Powell lo sepa y se comporte en forma hipócrita, o tal vez lo ignore honestamente y esté, simplemente, diciendo tonterías. Ojalá que en unos pocos años estemos hablando de otros asuntos.

3.6.03

Falta de modales


Las políticas antimigratorias son, en general, abominables, porque coartan la lucha por la sobrevivencia de seres humanos sin recursos, porque impiden el ejercicio de una de las pulsiones más antiguas y arraigadas de la especie --el nomadismo, el viaje, el movimiento--, porque agravian la libertad de tránsito y porque son casi siempre racistas y clasistas: quien disponga de una cuenta millonaria en dólares, ya sea cantante, industrial o narcotraficante, tiene muy pocas probabilidades de enfrentar humillaciones de extranjería en un aeropuerto o una frontera terrestre. En cambio, los cientos de millones de desheredados que sobreviven como pueden la intemperie de la globalización económica se las ven cada vez más negras para mudar de país cuando el suyo, de origen, se les acaba o incendia. Eso es: impedirles el movimiento en tales circunstancias equivale a prohibir la salida a quienes quedan atrapados en un edificio en llamas.

Las estrategias antimigración de los países ricos son variadas y muy imaginativas. La alemana no logra ocultar su inspiración racista y niega la nacionalidad a bebés nacidos en territorio alemán que no sean, además, hijos de alemanes. Hace un año el gobierno austriaco decretó que todos los residentes extranjeros que no sean ricos o influyentes están obligados a aprender alemán. Holanda, tan permisiva en cosas de sexo y mariguana, estableció la expulsión inmediata de los solicitantes de asilo que ingresen al país sin documentos de identidad, como si fuera siempre posible conservar el pasaporte en medio de una persecución política en Sierra Leona. Las autoridades italianas se arrogaron el derecho automático de expulsar de su territorio a todo extranjero que se quede sin trabajo. Y así por el estilo.

En ese museo de horrores, las políticas antimigratorias estadunidense y española son de las más desvergonzadas e irritantes: la gringa, porque Estados Unidos es un país construido por inmigrantes; la española, porque España es una nación de emigrantes.

Se ha vuelto un lugar común, en el caso de Estados Unidos, el recordatorio de que ese país no sería ni la sombra de lo que es si no tuviera a sus irlandeses, sus italianos, sus griegos, sus mexicanos, sus cubanos, sus rusos, sus africanos, sus paquistaníes, sus chinos y sus coreanos, entre muchas otras comunidades surgidas de la inmigración. Si Washington practicara sin hipocresía los controles fronterizos --que no se ejercen para impedir la llegada de personas de todo el mundo, sino para presionar a la baja los salarios de los indocumentados o para chantajear a las naciones expulsoras de mano de obra, o para satisfacer las fobias y las paranoias de los anglosajones menos ilustrados-- no sólo sacrificaría el dinamismo social y cultural del país (del cual posiblemente Bush no tenga la menor idea), sino también la competitividad de su industria y agricultura.

En cuanto a España, la más reciente reforma aznarista a la Ley de Extranjería (23 de mayo), que según El Mundo “potencia los procedimientos de control y expulsión de inmigrantes ilegales”, no sólo es un atropello a los derechos humanos, sino que constituye una ofensa a las buenas maneras. Muchos latinoamericanos resultan afectados por las nuevas disposiciones, adoptadas tanto en función de los acuerdos de la Unión Europea como de intereses electorales del Partido Popular, cuya directiva, a lo que puede verse, no sabe que del otro lado del Atlántico millones de españoles han encontrado destinos de refugio, bienestar y afecto.

Desde tiempos de las independencias, a nadie en su sano juicio se le ocurre en América Latina coartar o perseguir a los españoles de cualquier signo: franquistas o republicanos, artistas o tenderos, científicos o industriales, hombres o mujeres, gallegos o sevillanos, curas o cantineros. Han sido recibidos con los brazos abiertos, han aportado y se han beneficiado. En la actualidad el gobierno de Madrid calcula que casi 2 millones de ciudadanos españoles residen en forma permanente en el extranjero y buena parte de ellos vive en República Dominicana, Ecuador, Colombia y otros países latinoamericanos a cuyos migrantes se persigue y acosa, hoy día, en tierras españolas. Y aunque las víctimas no sean latinoamericanas, sino tunecinas, marroquíes o ghanesas, la renovada fobia del gobierno español contra los migrantes, más que una práctica violatoria de los derechos humanos y más que una injusticia, es, también, una vulgaridad y una carencia de modales.

27.5.03

60 millones


El 14 de agosto de 1941, cuando todavía faltaba mucha sangre de la Segunda Guerra Mundial, Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill se reunieron a bordo de un buque de guerra frente a Terranova. Signaron allí la Carta del Atlántico, documento en el que Washington y Londres se comprometían a establecer “un sistema permanente y más amplio de seguridad general”, que propiciara “la máxima colaboración económica de todas las naciones”. Unos meses más tarde, el primero de enero de 1942, 26 países en guerra contra las potencias del eje firmaron la Declaración de las Naciones Unidas. El contador de muertos --civiles y militares-- seguía creciendo, pero le faltaba mucho camino aún para llegar a su saldo final.

En octubre del año siguiente, cuando el curso de la guerra se había hecho favorable para los aliados, representantes de la Unión Soviética, China, Reino Unido y Estados Unidos firmaron en Moscú una declaración en la que coincidían en la creación de “una organización general internacional”. Un mes más tarde, Roosevelt, Churchill y Stalin, reunidos en Teherán, se arrogaron “la suprema responsabilidad que recae sobre nosotros y sobre todas las Naciones Unidas de crear una paz que destierre el azote y el terror de la guerra”. Pero todavía faltaba lo peor del bombardeo sobre Londres, el tramo más espantoso de la “solución final” contra los judíos, el arrasamiento de Hamburgo y Dresde y los holocaustos atómicos en Hiroshima y Nagasaki.

En febrero de 1945, cuando “los tres grandes” se reunieron por última vez, en Yalta, el destino de Alemania y Japón ya estaba sellado, pero aún no se hallaba la manera de poner fin a la matanza mundial. El nacimiento oficial de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) tuvo lugar dos meses más tarde, en San Francisco, todavía con combates en las ruinas de Berlín y en los archipiélagos del Pacífico. Cuando el conflicto planetario terminó de consumir sus últimos combustibles, en agosto de ese año, y llegó la hora de hacer cuentas, se estimó que la especie humana había perdido unos 60 millones de individuos (25 millones de militares y 35 millones de civiles, incluidos en el segundo rubro los judíos asesinados por los nazis), se había esfumado un billón de dólares --de los de aquel entonces-- en gastos de guerra y se había destruido una parte importante de los bienes de la humanidad. La Unión Soviética sola perdió un tercio de su riqueza nacional. Se calcula que la aventura bélica le costó a Japón más de 560 mil millones de dólares. No pudo, ni podrá hacerse nunca, la suma de las familias destruidas, la multiplicación de los amores rotos, la masa de los destinos truncados, la inercia de las trayectorias profesionales desviadas, el peso de las viudeces ni el vacío de las orfandades.

El surgimiento de la ONU tenía, cómo dudarlo, el propósito de crear un mecanismo de administración de diferendos y conciliación de intereses entre los vencedores de la contienda, pero también estaba presente en la fundación del organismo un genuino interés por erradicar la guerra como instrumento de relaciones internacionales. A pesar de las maquinarias de propaganda patriótica de todos los bandos, con sus discursos, sus películas, sus carteles y sus programas de radio, se había hecho claro que en los conflictos bélicos hay una estupidez inherente y colosal. Por eso se escribió que la ONU debía “mantener la paz y la seguridad internacionales”, contribuir a la “amistad entre las naciones”, propiciar la “cooperación internacional en la solución de problemas económicos, sociales, culturales o humanitarios” y comprometer a los estados miembros “a resolver disputas internacionales por medios pacíficos y a no utilizar la amenaza o el uso de la fuerza”.

Pero la semana pasada la ONU, por medio de su Consejo de Seguridad, avaló y legalizó la guerra colonial emprendida por Estados Unidos y Gran Bretaña --los dos países que idearon, en una primera instancia, el organismo internacional--. Debilitadas o desinteresadas del tema, las naciones que habrían podido impedir este acanallamiento de la organización --Francia, China y Rusia-- dieron luz verde para que la ONU extendiera a Londres y Washington un certificado de “potencias ocupantes” en Irak. Con ello, los nuevos piratas disponen de licencia para saquear. De paso, la ONU dio su aprobación, a posteriori, a las mentiras de Estado sobre armas químicas y biológicas, a las masacres de civiles iraquíes perpetradas por las tropas estadunidenses e inglesas, al asesinato vil de periodistas y a la complacencia de la soldadesca invasora ante los actos de saqueo y vandalismo que siguieron a la disolución del régimen sátrapa de Saddam Hussein.

Si existe algo así como más allá, vida después de la muerte o alma inmortal, es posible que los 60 millones de fallecidos de la Segunda Guerra Mundial se sientan agraviados.

20.5.03

NN


Hay padres que se esfuerzan por dar a sus vástagos una formación completa, multifacética y de excelencia que les sirva para encontrar en la vida un cauce triunfal o, cuando menos, desahogado. Actualmente lo políticamente correcto parece privilegiar las cuotas universitarias y el pago de cursos particulares por sobre las herencias cuantiosas. Eso no quita que muchos progenitores sueñen con entregar a sus descendientes, en el momento de estirar la pata, dos o tres millones de dólares --o más, si se pudiera-- a fin de que los segundos puedan dedicarse al pasatiempo favorito hasta niveles de calidad total sin necesidad de preocuparse por cosas como el sustento diario, las tarifas de la peluquería o los boletos aéreos. También hay los que se desviven por vincular a sus hijos con los grandes poderes y poderosos de la economía, la política y la cultura, con la esperanza de que las criaturas logren trepar con éxito las estructuras sutiles del dinero y la fama. Y no faltan los que recurren al dinero mal habido, a la defraudación o al homicidio, en el afán de cimentar destinos cómodos o luminosos para sus sucesores. Algunos jefes de Estado añoran los tiempos monárquicos en los que era dable heredar el trono y sueñan con la fórmula que les permita entregar a sus vástagos los muebles republicanos del despacho presidencial. Otros se conforman con que sus hijos disfruten durante cuatro, seis o siete años las comodidades irrenunciables inherentes al alto cargo de papá.

Del otro lado del mapa ético se encuentran los padres que tienen hijos como inversión a futuro --una suerte de pensión de vejez cada vez más incierta-- y los que buscan biencasar a sus hijas, o prostituirlas de manera abierta, o satisfacerse con ellas. Hay los que convierten a los pequeños en desagüe de su crueldad y su resentimiento. Están también aquellos para quienes los críos son una mera secuela colateral e irrelevante de una coyuntura pasional, y los que no quieren saber nada de los niños antes de que dejen de serlo y se interesan en sus descendientes sólo cuando éstos empiezan a generarles gratificaciones perceptibles: un trofeo deportivo, un diploma universitario o la parte proporcional de un salario.

Es difícil aislar tales extremos en ejemplos puros. La mayoría de los padres se pasa la vida triangulando equilibrios entre el cumplimiento del deber, la satisfacción de la pulsión amorosa y el remordimiento por no hacer todo lo humanamente posible. Eso se aplica igual a los poderosos que a los desharrapados. Tal vez el papá del actual presidente Bush se sentía culpable cuando las tareas de Estado lo obligaban a descuidar al hijo mayor y éste empezaba a chapotear en la intoxicación alcohólica o religiosa. Acaso Vicente Fox tuvo que sopesar durante varias noches si era correcto o no celebrar la boda de emergencia de su pequeño incauto en “la casa de todos los mexicanos”. El beneficio de la duda podría alcanzar incluso para Carlos Menem, quien posiblemente pagó horas extra de sicoanalista cuando su hijo Carlitos se fue al otro mundo por culpa de sus prácticas de júnior de alto riesgo. A fin de cuentas, y con la excepción de algunos santos religiosos o laicos, uno desarrolla todos los aspectos de su vida en una permanente negociación entre la realidad y el deseo, entre el deber y la desidia, entre el esmero y el descuido, entre el amor y el cansancio. Ese vaivén funciona para habitantes de ciudades perdidas, para inquilinos de departamentos de utilidad social, para magnates y estadistas, para estrellas del rock y para premios Nobel de algo.

También estaba en esa lógica, supongo, un individuo --llamémosle “NN”-- que la semana pasada fue hallado muerto en un remolque de tráiler, abrazando –dicen-- el cadáver de su hijo de seis años. Algunos sobrevivientes de la tragedia han aportado versiones terribles, según las cuales el padre murió primero y luego el pequeño fue asesinado a golpes por los otros viajeros que seguían vivos y que estaban desesperados. Se ha dicho también que el menor resultó apachurrado por el peso de otros cuerpos muertos. Acaso lo que ocurrió dentro del contenedor pueda precisarse algún día. Como sea, ese joven padre sin nombre ni pasado ni futuro suscitará la reprobación de algunos: “cómo pudo ser tan irresponsable”, “mira que llevarse a la criatura”, etcétera. Otra manera de verlo es que NN compartió con su pequeño todo lo que tenía: la aventura desesperada, la completa incertidumbre, las penalidades de un viaje hacia el horizonte de la subsistencia y, al final, una muerte por asfixia, atrapados en un contenedor repleto de carne humana, en los alrededores de un poblado de cuyo nombre --Victoria, Texas-- no llegaron a enterarse nunca. Prefiero pensar que ambos murieron de asfixia, que no hubo golpes ni aplastamientos y que cuando NN vio que todo estaba perdido tuvo el impulso de abrazar a su hijo, que así encontraron los cadáveres, y que ese gesto amoroso es un indicio de que, aun en la pobreza y la ilegalidad, y a pesar de la muerte, fue un buen padre.

6.5.03

Esclavitud


En febrero pasado la prensa madrileña contó la historia de una red clandestina que llevaba a la capital española a mujeres procedentes del África subsahariana con la promesa de un trabajo digno y que, una vez en territorio español, las obligaba a ejercer la prostitución y las hacía firmar contratos que implicaban una situación real de esclavitud, a tal punto que el incumplimiento de las extranjeras podía acarrear su muerte o la de integrantes de su familia. Unas 150 mujeres fueron rescatadas en el operativo que desmanteló la organización.

En 1792 Dinamarca prohibió el tráfico de esclavos y al año siguiente la Convención Francesa aprobó una nueva declaración de los derechos del hombre que, en forma explícita, suprimía la esclavitud. Hidalgo hizo lo propio en México, en fecha tan temprana como el 6 de diciembre de 1810, en su célebre decreto contra la esclavitud, las gabelas y el papel sellado. En Estados Unidos tuvieron que pasar otros 53 años para que los 3 millones de esclavos negros se beneficiaran con la Emancipación, dictada por Abraham Lincoln, y otros cien para que los descendientes de los cautivos pudieran disponer de instrumentos legales contra la discriminación. En Brasil la esclavitud fue legal hasta 1888, año en que fue abolida por la llamada Ley Aurea. En la formalidad de los códigos, la reducción de seres humanos a objetos de propiedad ha persistido en algunos países periféricos y perdidos, como Mauritania, donde la práctica fue abolida apenas en 1980. A mediados del siglo pasado (1951) un comité ad hoc de Naciones Unidas informó con optimismo que la práctica disminuía con rapidez en todos los países. Sin embargo, el mundo contemporáneo --6 de mayo de 2003-- sigue siendo un lugar lleno de esclavos.

Hace dos años, la Organización Internacional del Trabajo dijo en su informe anual que el trabajo forzoso, la esclavitud y el tráfico de seres humanos --especialmente de mujeres y niños-- “están creciendo con la mundialización, adoptando nuevas e insidiosas formas”. Según el documento, las redes de traficantes suelen engañar a sus víctimas “con promesas falsas de empleos legales en restaurantes, bares, clubes nocturnos, factorías, plantaciones y casas privadas, pero una vez que están aislados les quitan los pasaportes o documentos de viaje, se restringen sus movimientos y se retienen sus salarios hasta que hayan rembolsado la deuda del transporte, cuyo valor queda a criterio del traficante. Como pueden revender las deudas de las mujeres a otros traficantes o empleadores, sus víctimas pueden quedar atrapadas en un ciclo infernal de perpetua servidumbre por deudas. Además, para evitar que los trabajadores se vayan, se suele recurrir a matones que los vigilan, así como al empleo de la violencia, con amenazas y retención de documentos”.

A mediados de marzo pasado, en Brasil, el presidente Luiz Inacio Lula da Silva presentó un Plan Nacional para la Erradicación del Trabajo Esclavo. El número de personas que sobreviven en condiciones de esclavitud en ese país sudamericano varía significativamente de acuerdo con las fuentes. El gobierno lo calcula en 25 mil, pero organizaciones no gubernamentales multiplican esa cifra por cuatro o por seis. Hace 10 años, el sociólogo Jose de Sousa Martins estimó que unos 60 mil brasileños eran víctimas del trabajo forzado.

En 1996 La Jornada dio a conocer la situación de los trabajadores oaxaqueños en las empresas agroexportadoras del Valle de San Quintín, Baja California, situación que se acercaba mucho a la de los peones acasillados en las haciendas porfirianas. Habría que preguntarse qué ha ocurrido allí en estos últimos siete años.

En las naciones y regiones más marginadas del planeta la esclavitud sigue funcionando sobre la base de la compraventa de seres humanos. Es el caso de Sudán, donde se puede comprar un esclavo por 100 dólares. En las llamadas economías emergentes, la práctica suele estar vinculada a fábricas de empresas trasnacionales: maquiladoras, plantaciones, construcción y minería. En Francia, España y otros integrantes de la Unión Europea, la esclavitud está preponderantemente relacionada con la industria de los servicios sexuales.

En su libro La nueva esclavitud en la economía global (Siglo XXI, Madrid), Kevin Bales, el más conocido especialista en el asunto, calcula que unos 27 millones de personas en todo el mundo se encuentran en situación de esclavitud. Tal vez sea una cifra exagerada, o tal vez se quede corta. Con un solo esclavo que hubiera, sería suficiente para cuestionar la buena voluntad y la eficacia de los organismos internacionales y los discursos de Estado de todos los países del mundo.

29.4.03

Complicidades


En resumen: vivimos en un planeta parcial y decisivamente gobernado por asesinos. Los matones fuertes atropellan a los matones débiles y unos y otros, a coro, imploran o exigen a la gente que tome partido por sus respectivas causas: si no estás incondicionalmente del lado de mi propia barbarie estás con la barbarie de los terroristas, dice el gobierno de Estados Unidos; si no guardas silencio ante mis pequeños crímenes de Estado es que te has dejado sobornar o seducir por Washington, dice a su vez el pregón del bando pro cubano; si te manifiestas en contra de mis operaciones de tierra palestina arrasada es que te has vuelto antisemita, acusa Sharon; si condenas los atentados dinamiteros contra civiles israelíes, ello indica que te vendiste a los sionistas, rematan Hezbollah y compañía.

En el río revuelto de estas semanas, los beneficiarios son los asesinos de peso mediano --los regímenes ruso y chino, por ejemplo-- que hasta se dan el lujo de presentarse ante el mundo como campeones del respeto a la soberanía y defensores de la paz, a condición de que el público logre cerrar los ojos ante Chechenia y el Tíbet.

Sería difícil cuestionar, ciertamente, la hegemonía estadunidense en este mercado concurrente de criminales. En lo poco que va del siglo los iluminados de la Casa Blanca han reducido a escombros a dos pobres países que no tenían más culpa nacional que haber sido previamente sojuzgados por dos regímenes tiránicos y tan delirantes como el de George W. Bush. El predominio de los talibanes en territorio afgano acaso no merecía siquiera el apelativo de régimen, pero eso no lo salvó de los misiles crucero.

Washington no destruyó lo que quedaba de Afganistán, removiendo de paso a los integristas coránicos que se habían hecho fuertes en Kandahar y Kabul, porque éstos reprimieran salvajemente a las mujeres y a la población en general, porque maltrataran los derechos y las libertades humanas o porque fueran depredadores impresentables del patrimonio cultural universal. Año y medio más tarde los misiles crucero y las bombas de racimo volvieron a cebarse contra una población inerme, y las razones de esa infamia --lo supimos entonces y lo confirmamos ahora-- nada tenían que ver con el afán de hacer justicia ante las atrocidades históricas de Saddam Hussein o con un plan para suprimir las atrocidades cotidianas de su gobierno. Bush ordenó el descuartizamiento de miles de inocentes, la destrucción de las propiedades nacionales, el asesinato de periodistas y el pillaje de bibliotecas y museos simplemente porque necesitaba controlar el petróleo de Irak y otorgar contratos de reconstrucción a las empresas de sus amigos. Y si el presidente estadunidense logra organizar nuevas guerras, sus escenarios morales serán muy semejantes a los que diseñó para lo que lleva perpetrado hasta ahora.

La furia destructora de vidas y objetos es una enfermedad contagiosa entre los poderosos grandes y los poderosos pequeños. La obra del gobierno estadunidense en Medio Oriente da margen a los rusos para perpetrar otra campaña de represión brutal en Chechenia, si llega a ofrecerse, o para que los gobernantes chinos vuelvan a regar con sangre de opositores algunas plazas públicas. Los actuales dueños de Corea del Norte no dudaron en amenazar al mundo con detonar unas pocas bombas atómicas impulsadas, a falta de misiles de largo alcance, por la Idea Zuche. La circunstancia dio a Fidel Castro oportunidad para matar a tres secuestradores e introducir así un poco de adrenalina en su viejo organismo de guerrero reblandecido por cuatro décadas en el asiento de un Mercedes Benz. Y puedo imaginarme, tal vez en forma injustificada, que la más reciente guerra contra Irak ha generado cargas adicionales de trabajo en las celdas de tortura de Irán, Siria, Israel y Turquía. Los poderes enemigos, grandes medianos y pequeños, se necesitan los unos a los otros y tienden entre ellos lazos de complicidad acaso involuntaria, pero sumamente eficaz a la hora de justificar sus horrores.

En resumen: el mundo se ha vuelto un sitio más orwelliano que nunca, en el cual las rivalidades geopolíticas no tienen más motor que la conservación o la expansión del poder propio, a expensas del enemigo, y en el que los regímenes rivales se necesitan mutuamente para justificarse ante sus respectivas sociedades. Estas seguirán forzadas a reconocer a esos poderes establecidos, propios y ajenos, por incómodos que resulten la convivencia y el diálogo con criminales. La imprescindible movilización por causas humanitarias obligará a apurar el cáliz y a seguir redactando cartas respetuosamente dirigidas al Excelentísimo Señor Asesino. Pero en las confrontaciones internacionales sucesivas no será fácil tomar partido, como no sea por los deudos de los asesinados en combate, los asesinados por accidente, los asesinados en juicios sumarios y los asesinados a secas.

25.4.03

Candidez


Hace unos días, en estas sufridas y nobles páginas, Ángel Guerra Cabrera nos explicó (Contrarrevolución, 17 de abril de 2003) que las largas penas de cárcel recientemente distribuidas a siete decenas de “una red subversiva” y el fusilamiento de tres de los secuestradores de un ferry son medidas de defensa del régimen de Fidel Castro ante la contrarrevolución, y fundamentó la pertinencia de esos actos en la persistencia de la lucha de clases en el marco de la construcción del socialismo. Me atrevo a resumir: los sentenciados no eran inocentes, sino culpables, y la actual circunstancia histórica cubana justifica la vigencia de la pena de muerte. Desconocer tales hechos y repudiar la pena capital sin tomar en cuenta su entorno --como habría hecho José Saramago-- son muestras de candidez. Unos días más tarde, un grupo de intelectuales cubanos instó a los “críticos amigos” a no emitir textos que pudieran ser utilizados para preparar “una agresión militar de Estados Unidos”. A lo que puede verse, la petición es algo tardía porque los gobernantes de La Habana están en proceso de reajuste de solidaridades internacionales y han decidido sustituir la amistad de Saramago por la de El Mosh.

Allá ellos. En lo personal, me preocupó el uso del adjetivo “cándido” porque tal palabra es sinónima de sencillo, simple y poco advertido (Diccionario de la Real Academia) y antónima de malicia, que denota, a su vez, “intención solapada con que se dice o se hace algo, maldad, inclinación a lo malo y contrario a la virtud, interpretación siniestra y maliciosa, cualidad por la que algo se hace perjudicial y maligno” o bien, en sexto lugar, “penetración, sutileza, sagacidad”.

Esa inquietante tabla de equivalencias indica que la candidez está estrechamente relacionada con la buena fe, y encuentro que ambas resultan necesarias en cualquier ejercicio de diálogo y de tolerancia. Son indispensables, de entrada, para polemizar con un defensor de la pena de muerte como lo es Guerra Cabrera. Y es que este tema no admite las medias tintas --la mujer que se declara “un poco” embarazada--, las excepciones ni las formulaciones al estilo de los que repudian el racismo pero se reservan el derecho de discriminar a los chinos sólo en las noches de luna llena.

Desde otra perspectiva, y con toda la orgullosa candidez del mundo, celebro la existencia de un espacio periodístico --estas páginas-- en el que la libertad de expresión es tan ancha que le permite a Guerra Cabrera justificar la aplicación de la pena de muerte, independientemente de que esa práctica sea contraria a la ética de derechos humanos que anima, desde su fundación, a La Jornada. No hay contradicción ni paradoja: la defensa de una garantía no autoriza el atropello de otra, y por eso Guerra Cabrera puede detallar las razones de Estado que hacen justificable, desde su perspectiva, que se practiquen, en tres organismos humanos, las lesiones requeridas para interrumpirles las funciones vitales, precipitar en sus tejidos procesos de descomposición y sentar, de esa forma, un precedente para que ningún otro canalla criminal se atreva a intentarlo y defender así el luminoso futuro socialista de la patria, la soberanía, la independencia, etcétera.

Lamento que nadie, en ningún periódico cubano, haya podido o querido expresar algo sobre la suprema inutilidad política, patriótica e histórica de las heridas mortales de arma de fuego realizadas, por orden del gobierno cubano, en los cuerpos de Lorenzo Enrique Copello Castillo, Bárbaro Leodán Sevilla García y Jorge Luis Martínez Isaac. Malvados, traidores, criminales infames o no, lo indiscutible es que hasta el amanecer del viernes 11 los tres compartían la esperanzadora cualidad de estar vivos y que, desde ese triste momento, los une el grave e irreparable defecto de estar muertos. Ante ese hecho deplorable, me declaro partidario de la radical candidez (tal vez contrarrevolucionaria y pequeñoburguesa) que fundamenta el principio universal de la rehabilitación de los delincuentes y el derecho penal humanista. En estos terrenos, la Cuba de Castro ha adoptado --tropicalizándolos un poco-- los argumentos de la Texas de George W. Bush, y eso, como uno es cándido, da mucha tristeza.

Admito y reivindico que los cerca de 100 mil habitantes de esta ciudad que marchamos hace dos semanas para pedir un alto a la agresión contra Irak necesitábamos una buena dosis de candidez --sinceridad, sencillez, simpleza-- para pretender que nuestra movilización sirviera de algo frente a la maquinaria bélica estadunidense: 370 mil millones de dólares, la tecnología más avanzada del planeta, los intereses corporativos más cuantiosos del mundo, mentes tan criminales como las de Bush, Cheney y Rumsfeld y la aprobación política de más de 200 millones de gringos, quienes, ya fuera por cándidos o por maliciosos, respaldaron a su gobierno en esa guerra asesina. Y en esa misma lógica, habría que echarle calculadora a los millones de horas-hombre de candidez que esta ciudad, este país y este continente de cándidos han invertido en marchar, escribir y movilizarse contra el embargo ilegal que padece Cuba y contra los atentados a su autodeterminación y su soberanía; y una vez hecha la suma, habría que enorgullecerse por esa tenaz defensa de principios generales, independientemente de que los gobernantes cubanos, en lo particular, tengan las manos manchadas de sangre.

15.4.03

Por la vida


Y emprendimos la peregrinación al Zócalo. Las llevábamos, niñas, en brazos, y nos aventuramos por el intenso tránsito sabatino y por las calles abiertas en canal. Queríamos ir hasta allá para decir que estamos del lado de la vida y para inculcarles desde pequeñas a Clara y a Sofía, a Mariana, a Alejandra y Adriana, entre muchísimas otras, que el asesinato es una acción repudiable.

Los organismos humanos, niñas, son sistemas complejos y precarios en transformación permanente, en ebullición constante de sentimientos, emociones y pulsiones, en procesos que pueden llevarlos a grados asombrosos de equilibrio y belleza o a degradaciones lamentables. Los organismos humanos son asiento de personalidades distintas e infinitas en variedad: las hay tímidas y exhibicionistas, las hay piadosas e inmisericordes, las hay honestas y corruptas, las hay sutiles y las hay brutales, y existen complicadas combinaciones de todos esos atributos y defectos, y algunos más. Cada uno de los 5 mil y pico de millones de individuos de la especie, en cada momento de su vida, es un milagro irrepetible y único, independientemente de que sea vegetariano o carnívoro, religioso o ateo, comerciante callejero o estadista, infante, adulto o viejo, americano, africano o europeo, gay o buga o bi, monárquico o republicano, neoliberal o globalifóbico, idealista o pragmático, samaritano o criminal de guerra, egoísta o generoso, gentil o judío, blanco, negro, amarillo o criatura mulata de ojos verdes y pelo de resortes.

En cualquier circunstancia, la destrucción consciente y voluntaria de una persona por el procedimiento que sea --quijada de burro, espada, flecha, bala, misil inteligente, hambre, inyección letal, guillotina, silla eléctrica, hoguera, gas mostaza, lapidación, garrote vil, ahogamiento-- es una estupidez inconmensurable, un atentado contra la propia especie, una negación de sus logros y una patada a su futuro. Esta certeza es más simple, esencial y trascendente que un mandamiento cristiano, que una actitud “políticamente correcta”, que una ideología humanista y que los formalismos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Es que si preservamos una vida, niñas, así sea la del peor criminal del mundo, caminamos hacia la civilización, mientras que cada vez que se mata a alguien, así sea el peor criminal del mundo, nos deslizamos a la barbarie, por más que un demagogo cualquiera --hablo, sí, de Bush, de Blair, de Castro, de Saddam, de Sharon, de los neomandarines chinos, de todos esos que por interés o por delirio se hacen viejos ordenando, proponiendo y administrando muertes ajenas-- nos jure que el camino de las bajas colaterales, los martirologios y las ejecuciones desemboca en la democracia, la libertad, el socialismo, la seguridad pública o nacional, la soberanía, el paraíso, el orden, la prosperidad o el reino de Dios. Embustes: si seguimos convirtiendo humanos vivos en cadáveres humanos, desembocaremos en una manada de micos aullantes, armados de garrotes que se exterminan unos a otros mientras los loros --únicos herederos de lo que quede del lenguaje hablado-- repiten palabras como “patria”, “legítima defensa”, “heroísmo”, “dignidad”, “justicia”, “historia” y otros términos que, pronunciados ante el cadáver de una baja colateral, de un muerto en combate o de un ajusticiado, constituyen una obscenidad, una falta de respeto y un insulto a la inteligencia, al sentido común y a la ética.

Con todos los asesinatos de Estado cometidos por George W. Bush en las cárceles de Texas cuando gobernó ese estado, debimos imaginarnos de lo que sería capaz una vez que alcanzara la presidencia de Estados Unidos. Debimos llenar el Zócalo y todas las plazas del mundo muchos años antes, cada vez que el gobernador daba su visto bueno a una ejecución en Huntsville, cada ocasión en que la aguja era introducida en la vena de un sentenciado para liberar tres distintas clases de veneno en su torrente sanguíneo. Pero fue demasiado tarde, y ahora tenemos que tragarnos todos esos cadáveres de niños iraquíes descuartizados por las bombas, las mujeres mutiladas, los hombres pudriéndose en las aceras bajo la mirada vigilante de los marines, los museos saqueados y los hospitales sin agua ni electricidad ni vendas. Pero no pudimos ahorrarles ese espectáculo, niñas, y tal vez fue culpa nuestra: acaso debimos gritar que sentíamos náusea cuando el gobernador asesinaba a criminales a un ritmo de 10 o 12 por año y templaba su condición de asesino para después destripar iraquíes a un ritmo de 10 o 12 por hora.

Les pedimos perdón por eso. Les pedimos perdón, además, por la caminata --agotadora, aunque fueran en brazos o de caballito--, por el polvo de las calles en reparación, por el aburrimiento de los discursos, por la sed, por las gotas de lluvia y por haberlas sacado, esa tarde sabatina, de su mundo de gatos que dialogan, estrellas que se dejan tocar y ojos que tienen boca y bocas que tienen patas. Fue nuestra forma --tal vez mínima, insuficiente, cobarde y cómoda-- de pedirles que no escuchen nunca a todos esos que hablan de la muerte con frecuencia y placer, y que se pongan siempre del lado de la vida.

8.4.03

Sabiduría


Cientos de misiles disparados contra Bagdad se acumularon en el cielo a lo largo de 20 días y permanecieron suspendidos en el aire, con su tonelaje sostenido por la fuerza de la misericordia. Esos aparatos son tan inteligentes que pueden imaginarse el daño que habrían de provocar si aterrizaban, y tomaron la decisión sabia y difícil de aguantar el mayor tiempo posible al lado de las nubes y retardar el sufrimiento de los minúsculos civiles que se veían allá abajo, circulando como hormigas, agradecidos por la continuidad de su existencia y satisfechos por la permanencia de sus espacios cotidianos. Los cielos de la ciudad milenaria fueron oscureciéndose a medida que se saturaban de proyectiles amistosos que revoloteaban sus aletas para mantenerse casi inmóviles y evitar la caída. Los niños de Bagdad se acostumbraron a las presencias flotantes, las individualizaron y les pusieron nombre.

Los generales y almirantes de las tropas angloestadunidenses, reunidos en sus búnkers de Kuwait y Qatar, analizaron con gravedad la situación y estudiaron detenidamente sus opciones. Podían desconectar a control remoto la incómoda conciencia de sus armas y forzarlas de ese modo a caer sobre cuarteles, tiendas, duchas, oficinas, centros de prensa, habitaciones, salas de tortura y floreros de mesas de centro, y destruir la capital de Irak con todo y sus habitantes civiles y militares. Pero los generales y almirantes de Estados Unidos y Gran Bretaña eran personas civilizadas y sensibles y les horrorizaba la idea de ganar la guerra al precio de explosiones que reventarían los pies de los niños, harían saltar los globos oculares a secretarias y ministros, arrancarían las cabezas de los hombros de los milicianos y perforarían las placentas de las mujeres embarazadas. Así pues, los estrategas de la civilización decidieron otorgar su respaldo a la decisión de sus proyectiles de no caer sobre Bagdad, se resignaron a la idea de estirar un poco la tolerancia para dejar que Saddam Hussein fuera derrocado por los propios iraquíes o que falleciera a causa de un tumor maligno.

Los altos mandos militares de la democracia percibieron que tal decisión tenía la ventaja adicional de evitar la muerte del inglés David Jeffrey Clarke, del hispano Rubén Estrella Soto, del afroamericano Brandon Sloan y del colombiano-estadunidense Diego Fernando Rincón, entre muchos otros chavitos de 18 o 19 años que el Pentágono ha desplegado en Irak y que, con casi toda la vida por delante, no deberían morirse.

Los misiles crucero, las bombas de racimo y los proyectiles guiados por láser se han dado abrazos de despedida en el cielo de Bagdad y se han dispersado. Esas armas son tan inteligentes que cada una de ellas ha sido capaz de escoger un terreno baldío, un rincón de desierto o un valle despoblado para ir a estallar sin causar daño. Ahora, las embarazadas de Bagdad se disponen a dar a luz en una ciudad aún gobernada por un dictador, pero tranquila, entera y apacible, dentro de lo que cabe; en hospitales aún afectados por el embargo pero munidos de lo indispensable para atender partos, extirpar amígdalas, extraer apéndices y suturar lesiones laborales. Es cierto que muchos de los hogares de la ciudad requieren de una, dos y hasta tres manos de pintura, pero sus estructuras fundamentales están enteras y podrán resistir durante muchos años. El aire se ha limpiado con el calor del verano. Los soldados y milicianos de las fuerzas del régimen están ocupadísimos en lustrarse las botas y los niños siguen jugando y corriendo con sus miembros completos, con su par de ojos cada uno, con la piel del torso libre de quemaduras y ajena a las esquirlas de metralla, con una vida difícil por delante, pero con vida a fin de cuentas.

Y los soldados que habrían tenido que pelear y morir en los desiertos y ciudades iraquíes marchan rumbo a sus hogares. Clarke vive en Littleworth, Inglaterra; Estrella Soto reside en El Paso, Texas; Sloan es de Bedford, Ohio, y Rincón tiene su casa en Conyers, Georgia. Gracias a las decisiones sabias y piadosas de Bush, de Rumsfeld, de Franks y de Blair, ninguno de ellos figura en una lista de bajas y sus nombres no serán inscritos con letras doradas en una lista de caídos en combate, pero, a cambio de perderse semejante honor, podrán graduarse en una universidad cualquiera, tener hijos, adquirir una casa, enfermar de la próstata y morirse de viejos.

1.4.03

"Va a durar poco..."


El viernes 14 de marzo, seis días antes del inicio de esta guerra que ya parece durar siglos aunque apenas lleve dos semanas, el teniente coronel Florencio José Crespi, jefe del contingente argentino de Unikom --la misión de observación de la ONU en la frontera entre Irak y Kuwait--, se sentía autorizado para formular predicciones sobre el curso del conflicto entonces inminente: acababa de visitar el sur del territorio iraquí y había presenciado los preparativos y posiciones de las fuerzas de Saddam Hussein; además conocía, o creía conocer, las armas, los equipos y la capacidad operativa de las fuerzas angloestadunidenses. Interrogado por Hernando Álvarez, enviado de la BBC a Kuwait, Crespi declaró que Irak “no está en condiciones de poder detener el ataque americano (sic)”. “¿Ni siquiera por unas cuantas horas?”, insistió su entrevistador. “No --porfió Crespi--. Yo creo que la guerra va a ser mucho más rápida de lo que todo el mundo cree. Es más, me arriesgaría a decir que en dos días la guerra está terminada.”

Y aquí estamos, hoy, martes primero de abril, a punto de cumplir dos semanas de contienda. Los civiles iraquíes que tienen suerte están aterrorizados por el espectáculo sensorial y multimedia de fin del mundo que les ha obsequiado la patología del grupo gobernante estadunidense; los que no la tienen se retuercen de dolor en camas de hospital, con las vísceras de fuera, o bien se descomponen en sus tumbas; decenas de soldados invasores vuelan de regreso a su país metidos en bolsas de plástico negro, y los que se quedan en el teatro de operaciones empiezan a conocer el desconcierto y las dificultades súbitas de la guerra verdadera, no la que les enseñaron en simuladores.

En estos momentos, Florencio José Crespi tendría que estar con la cabeza metida en el inodoro, tratando de olvidar su pequeña aportación mediática (tal vez involuntaria, y acaso más fundada en la arrogancia que en la maldad) al arranque de un conflicto que podría prolongarse varias semanas más, o de aquí al verano, o hasta quién sabe cuándo, según las más recientes estimaciones del Pentágono.

En términos estrictamente militares, Estados Unidos e Inglaterra tienen recursos enormes y suficientes para ganar la guerra. Sólo la ineptitud de Donald Rumsfeld --quien, a lo que puede verse, se hizo cálculos semejantes a los del militar argentino citado-- iguala, en inmensidad, los medios bélicos de los invasores, y las cartas de renuncia parecen menos improbables, en las semanas próximas, que las órdenes de retiro de las tropas agresoras. Posiblemente los informes que detallan las victorias militares sobre las unidades de la Guardia Republicana sean tan ciertos como el estancamiento experimentado por la vanguardia que avanzaba hacia la capital de Irak, como la encarnizada resistencia de los combatientes irregulares y como el acto aislado de fraternidad en el que unos civiles iraquíes ofrecieron huevos duros (no envenenados, al parecer) a unos marines hambrientos que se quedaron varados a mitad del camino entre Kuwait y Bagdad. Lo que no tiene margen posible de duda es que centenares de civiles han sido despedazados por las bombas inglesas y estadunidenses que suelen ser llamadas inteligentes, por más que su coeficiente intelectual haya resultado semejante al de Crespi.

Pero en términos políticos, y en lo que va de la pesadilla, Estados Unidos está perdiendo la guerra. Es horrible que esa derrota se geste a fuerza de niños desmembrados exhibidos por todo el mundo. En cualquier momento, George W. Bush saldrá a acusar a los periodistas de ser cómplices de Saddam Hussein y argumentará que antes de la guerra el régimen de Bagdad compró, clandestinamente, toneladas de maquillaje rojo para fabricar víctimas falsas y presentar ante los medios bajas civiles artificiales.

25.3.03

El sueño americano


Consistía en parques arbolados poblados de niños y perros de costumbres acotadas, en ciudadanos dueños de sus propios destinos, en tiendas frescas e impecables, en hogares cómodos con un toque aromático de cátsup; el sueño pasaba por automóviles silenciosos y mullidos, por controles remotos cada vez más capaces y con mayores funciones, por pilas recargables que ahorraran el enredo de extensiones eléctricas; tenía, como condiciones indispensables, el imperio de la ley y de la justicia, el respeto absoluto de las vidas inocentes y el castigo ineludible para los incendiarios y los destripadores de niños; el sueño garantizaba, entre otras cosas, tranquilidad económica, plenitud alimentaria, confortamiento espiritual, turismo sin riesgos en cualquier destino del mundo, desembolsos previsibles y genitalidad satisfecha.

El sueño se producía en versiones domésticas --sabor langosta para los esbeltos anglosajones y sabor hamburguesa de McDonald's para los negros obesos y pobres-- y modelos de exportación; estos últimos, como es lógico, dotados de ciclos más prolongados de materialización.

Pero ahora Estados Unidos descubre que se produjo un error en su departamento de marketing, que el producto no ha pasado todos los controles de calidad requeridos y que, por el momento, lo que puede ofrecer al mundo es una sucesión inagotable de incendios, sabotajes, allanamientos, descuartizamientos, asesinatos --colaterales o “de oportunidad”-- y destrucción de poblaciones grandes, medianas y pequeñas.

Ahora resulta que los complejos mecanismos de control de la democracia representativa han sido burlados y que se han instalado en el mando hombres y mujeres que, como George W. Bush, Tony Blair, Condoleezza Rice, Richard Cheney y Donald Rumsfeld, entre otros, hacen pública su imposibilidad de relajarse si antes no se excitan y masturban en la contemplación de cuerpos humanos reventados y carbonizados, en ejercicios de oralidad con las heridas de guerra, en la actuación de fantasías secretas referidas a poblaciones civiles desposeídas por los bombardeos, en el fetichismo de la pedacería humillada de prisioneros de guerra y en los contactos sádicos con niños enloquecidos por el zumbido de los misiles crucero.

El sueño americano se insertaba en un entorno de armonía planetaria regida por instituciones y leyes. En ese entorno habrían de coincidir, más temprano que tarde, las dos Europas (occidental y oriental) y el resto de las regiones del mundo. Hoy, Bush, su gobierno y su país cuentan con nuevas o renovadas enemistades del otro lado del Atlántico, en Rusia, China y América Latina. Y ahora se sabe que la última estación en la ruta de las discrepancias con Washington se llama Bagdad, y que cualquiera de nuestras ciudades puede, si se insubordina demasiado, ser convertida en una llaga gemela de la capital iraquí.

Se ha notificado, además, una demora en el lanzamiento del sueño de igualdad y libertades individuales y colectivas, y se informa que en su lugar la gente tendrá que conformarse con la discriminación de los árabes, el acto de mutuo consentimiento de la censura entre la Casa Blanca y la CNN, la represión callejera de los pacifistas y una sistemática campaña mundial de desinformación que parte de la suposición (equivocada, creo) de que todos los lectores, oyentes, radioescuchas e internautas del mundo han sido reclutados por la Guardia Republicana de Saddam Hussein. En estos tiempos, los medios informativos de Estados Unidos ofrecen “la verdad” sobre los hechos en Irak y el presidente Bush se anima a definir “momentos de la verdad”, y esa palabra y sus derivaciones se han convertido, por hoy, en un terreno pantanoso, en un campo de pruebas para armas bacteriológicas, en un muladar apestoso, y tendrán que ser descontaminadas antes de que puedan volver a utilizarse con sentido diáfano.

La prosperidad --que era la imagen renovada de los ríos de leche y miel, asociados por la tecnología moderna a los refrigeradores gigantescos de Wal-Mart y Costco-- también se ha visto postergada por los imperativos de seguridad, democracia y libertad que los efectivos del Bien están gestionando en cielos, campos y ciudades iraquíes. Pero los excedentes económicos acumulados durante la década pasada están siendo invertidos, en estos días amargos y esclarecedores, en la fabricación masiva de humaredas espesas, destellos impresionantes, gemidos de pavor y carne muerta.

Esa producción horrenda viene siendo, hoy por hoy, y sabe Dios por cuánto tiempo, la cara real y planetaria del sueño americano.

18.3.03

Bush y la verdad


El domingo pasado tuvo lugar, en una base militar de las islas Azores, una reunión entre el presidente de Estados Unidos, George Walker Bush; el primer ministro británico, Tony Blair, y el presidente del gobierno español, José María Aznar. El encuentro habría podido llamarse el de los tres jinetes del Apocalipsis, de no ser porque el tercero tiene más de montura que de jinete. Allí, el ignaro y violento ocupante de la Casa Blanca incrustó la palabra “verdad” en una frase sacada de una publicación moonie o de algún juego electrónico de fabricación taiwanesa: “Mañana --dijo, refiriéndose a ayer lunes-- es un momento de la verdad para el mundo” (tomorrow is a moment of truth for the world). Todo ello, en alusión a su berrinche de uncir al planeta a una aventura de destrucción de seres humanos que, para colmo, está terminando de empantanar a las economías occidentales en los tremedales de la recesión. Pero ayer, lunes 17 de marzo, George Walker restregó en la cara del mundo no una verdad, sino un conjunto de verdades, mentiras, amenazas y distorsiones, que tomadas en conjunto constituyen la puerta de entrada a una nueva guerra y a una nueva estupidez.

Bush ha dicho desde siempre que Saddam es un tirano brutal, sanguinario y autoritario, y dice verdad. Dice que el gobernante iraquí ha empleado armas químicas contra iraníes y kurdos, y dice verdad. Afirma que el hombre fuerte de Bagdad es fementido y zaino (del árabe hain, traidor), y dice verdad. Adicionalmente, el ocupante de la Casa Blanca arguye que las fuerzas armadas de Estados Unidos (porque, a como van las cosas, es posible que las inglesas se queden en casa, y que las españolas se limiten a esparcir un poco de azafrán sobre las ruinas de Irak) están en condiciones de asestar una derrota aplastante y rápida al ejército iraquí, y muy probablemente esa previsión sea también verdad, aunque una verdad que se queda corta: las fuerzas armadas de Estados Unidos propinarán un golpe devastador no sólo a los aparatos militares iraquíes, sino también a los civiles y a la infraestructura, los servicios básicos, las escuelas, los templos, los mercados, los hospitales, los burdeles, las peluquerías y los cementerios de Irak.

De ahí en adelante, todo lo que Bush llama “la verdad” es más bien un conjunto de falsedades: que el régimen de Bagdad tiene armas de destrucción masiva en grandes cantidades; que es una amenaza para sus vecinos, para Estados Unidos y para el mundo entero; que mantiene una alianza estratégica con la red Al Qaeda y que es promotor del terrorismo. El presidente de Estados Unidos afirma que actúa en nombre de la paz, cuando todo el planeta, incluida su mamá, sabe que Bush Jr. es el más empecinado partidario de la guerra; se presenta como defensor de la democracia, pero su gobierno es fruto de un fraude electoral; no tiene más recurso --político, espiritual, humano-- que la barbarie y pretende venderse como civilizador. Promete que se empeñará en la reconstrucción humanitaria de Irak mientras lo desmiente el Afganistán todavía --y por un buen tiempo-- destruido. Asegura que no va en pos del petróleo de los iraquíes, pero sólo le ha faltado, para convencernos de lo contrario, babear unas gotas de crudo en sus presentaciones en público.

Pero Bush, que es analfabeto funcional, no fue capaz de decir el momento de la guerra y dijo, en cambio, “el momento de la verdad”; 24 horas más tarde divulgó un ultimátum que marca el momento de la muerte y que, en sus consecuencias inmediatas, nos llenará la vida, la visión y el desayuno con nuevos cadáveres pudriéndose bajo el sol del desierto, que nos pondrá en nuevas penurias económicas, que nos condimentará el transcurrir cotidiano con renovados actos de barbarie perpetrados --poco importa-- por los terroristas o por los contraterroristas.

Tengo fundados motivos para suponer que, antes de emitir su rebuzno en mitad del Atlántico, acompañado por Blair y Aznar, y antes de anunciar el inicio de las formalidades bélicas en algo así como 72 horas, el jumento presidencial estadunidense no tuvo la precaución de consultar un diccionario para enterarse de lo que significa la palabra verdad o, para ponerlo en su idioma, el vocablo truth, que se remonta al inglés arcaico treowth (fidelidad) y que, como lo propone el Merriam-Webster, denota “la propiedad de estar en concordancia con los hechos o la realidad” (the property of being in accord with fact or reality). Ese descuido habría sido imperdonable en un estadista de los imperios ilustrados de la “vieja Europa”, pero es comprensible en el entorno de vulgaridad petrolera y rumiadora de goma de mascar de la dinastía Bush.

José Ferrater Mora, el filósofo republicano y desterrado, escribió en nuestro idioma una definición que dice: “Para la escolástica la verdad es adecuación, concordancia o conveniencia del intelecto y de la cosa”, teoría a la que vuelven, en parte, los filósofos de la época actual, para definir el concepto “como la conformidad entre el conocimiento y la situación objetiva a que el conocimiento apunta”, quedando así fundada “en un solo concepto la distinción habitual entre la verdad objetiva y la verdad lógica formal”: coincidencia o correspondencia entre el conocimiento y lo conocido (Diccionario de Filosofía, Ed. Atlante, 1941, p. 574).

Pero vamos a la guerra no sólo por la completa falta de nociones de la verdad en la cabeza de George Walker, sino también porque, para colmo, Saddam carece del sentido del humor, la valentía, la compasión, el amor a la vida y demás atributos que se requerirían para, en la presente circunstancia, hacer las maletas, tomar un avión a Suiza y propinar de esa forma una derrota política y moral aplastante y definitiva a Bush Jr. Y la verdad estará entre las víctimas de la guerra, junto a los niños, las abuelas, los soldados, las iglesias, los automóviles, los puentes y los alminares de Bagdad.

11.3.03

Mexicanos y Patriots


En el fuerte Bliss, ubicado en las afueras de El Paso, Texas, y, por ende, a pocos kilómetros de Ciudad Juárez, tienen su sede las baterías de misiles Patriot, famosas desde hace 12 años porque interceptaron algunos de los trastos balísticos que Saddam Hussein ordenó disparar contra la población israelí y contra la base militar estadunidense de Dahrán, en Arabia Saudita.

Ahora que Colin Powell y compañía dicen tantas y tan gordas mentiras sobre el armamento iraquí habría que recordar que en ese entonces varios Scud que cayeron en territorio de Israel no iban rellenos de alto explosivo, como habría cabido esperar (y mucho menos de ántrax o de gas mostaza), sino de cemento. Por atraso tecnológico o por una inenarrable estupidez burocrática, los militares iraquíes utilizaron buena parte de sus vectores para pelear a pedradas una guerra en la que sus enemigos ensayaban los apuntadores láser, las bombas guiadas por televisión, la visión infrarroja y los radares de seguimiento del terreno. Hoy día los Patriots, producidos por la firma Raytheon, han sido perfeccionados y el Pentágono dispone de ellos en abundancia. Las baterías de estos artefactos antibalísticos, con sede en el fuerte Bliss, están siendo profusamente desplegadas por todo Medio Oriente, por si se da el caso de que Saddam aún cuente con uno que otro de sus oxidados misiles de origen soviético.

A decir de Mary Jordan, de The Washington Post, un dato digno de atención es que buena parte de los operadores de los Patriots son mexicanos o de origen mexicano. Tal es el caso del sargento Juan Delgado, de 27 años de edad, quien llegó de tres a Estados Unidos, obtuvo la ciudadanía el año pasado y hoy viaja orgulloso y sin conflictos rumbo al golfo Pérsico. Menos convencido se fue el también sargento Alfonso Villalobos, quien declaró que su familia en México cuestionaba sus actos. “Pero ahora estoy aquí y soy estadunidense”, se defendía el joven recién naturalizado.

Citada por Jordan, Jean Offut, la vocera del fuerte Bliss, dijo que “algunas unidades de Reserva y de la Guardia Nacional están conformadas 80 por ciento por mexicanos”, los cuales se alistan porque no pueden encontrar otros trabajos, porque desean hacer algo más que tareas de limpieza, porque el estatuto de soldado es una forma de eludir la discriminación o porque “los trámites para obtener la ciudadanía se agilizan” si el que la pide es veterano del ejército. En tiempos de Bush padre y de la primera guerra del golfo Pérsico, 4.7 por ciento del personal de las fuerzas armadas estaba formado por individuos de origen latinoamericano. Para 2000 ese porcentaje se había incrementado a casi 9 por ciento.

Esta historia de misiles antibalísticos y porcentajes puede terminar bien, como en el reciente reportaje de Mary Jordan, en el que la tía Mary McLaughlin, mexicana de 77 años y casada con un estadunidense de origen irlandés, acude a despedir a su sobrino Luis Francisco Soliz, quien parte a Medio Oriente en un avión militar. La anciana evoca las “generaciones de mexicanos” que han trabajado con orgullo en las fuerzas armadas, las condecoraciones que han obtenido y su satisfacción porque “los trabajos en el ejército siempre han mejorado nuestras vidas y por eso me alegra ver a Luis Francisco” partir hacia el golfo Pérsico.

Pero esta clase de historias también pueden acabar en una capilla de la empresa Funerales Eternos, ubicada en la calle Niños Héroes de Sabinas Hidalgo, Coahuila, donde el domingo fueron velados los restos de Rodrigo González Garza. El fallecido nació en esa localidad en 1977. Año y medio más tarde emigró, junto con sus padres, al “otro lado”, donde creció y, al igual que sus tres hermanos, se hizo soldado. A principios del mes pasado, en el marco de los desplazamientos de preparación para la guerra contra Irak, González Garza fue enviado a Kuwait. La noche del martes 25 de febrero, cuando realizaba un entrenamiento nocturno a bordo de un helicóptero UH-60 Black Hawk, el aparato en el que viajaba se estrelló a unos 50 kilómetros de la ciudad de Kuwait. “El amaba a su país aunque no nació aquí”, dijo a la prensa su hermano gemelo Ricardo, entrevistado en su casa de San Antonio.

A juzgar por las correlaciones de fuerzas con que nos inundan los medios, los soldados estadunidenses, incluso los de origen mexicano o latinoamericano, tienen pocas posibilidades de hallar la muerte en manos de los iraquíes. Los riesgos principales, como ocurrió en la pasada guerra, son los accidentes de trabajo, como el que mató a Rodrigo González Garza. El principal peligro que enfrentan es, más bien, ser convertidos por decisión inapelable de George W. Bush, un niño rico idiota que jamás pisó el terreno de combate, en asesinos irremediables.

4.3.03

Barney y Spot


Cuando Lee Harvey Oswald perpetró la peor acción de su vida, el 22 de noviembre de 1963, no sólo causó la viudez de Jacqueline Bouvier y la orfandad de los pequeños Caroline y John, sino que también dejó en completo desamparo a un canario, dos pericos, cuatro caballos, dos hamsters, un conejo, un gato y ocho perros. De entonces a la fecha, las familias presidenciales de Estados Unidos han ido reduciendo en forma significativa el número de sus mascotas. La tribu de los Clinton estaba compuesta por tres humanos (Bill, Hillary y Chelsea), un perro (Buddy) y un gato (Socks); sus sucesores en la Casa Blanca gustan de exhibir, en sus desplazamientos, a los caninos Barney, de la raza terrier, y Spot, un springer spaniel.

Durante un periodo de su infancia, el actual presidente no sentía mucho aprecio por los animales, acaso porque él mismo no tenía gran cosa que hacer, en términos afectivos, en su entorno familiar: papá George vivía ocupado en las truculencias empresariales y políticas, en tanto que mamá Barbara se encontraba anímicamente postrada por la enfermedad de la hermanita Robin, quien, a la postre, murió de leucemia. Tal vez por eso, el niño George Walker se divertía, según biografías no autorizadas, introduciendo cohetes en ranas vivas y haciéndolas reventar, con un resultado más o menos gelatinoso, semejante al que produce un misil crucero en un organismo humano.

Es posible que George Walker haya corregido esas tendencias como consecuencia de un fuerte regaño paterno. Más tarde, de todos modos, en sus tiempos de estudiante universitario, y con sus actitudes delictivas y antisociales (robar, emborracharse, manejar en estado de ebriedad, provocar amenazas de expulsión en Harvard) se dedicó a hacer en la buena imagen de la familia lo que antes había practicado en las ranas. En algún momento de su vida, el muchacho se volvió formal y cambió su dichosa embriaguez y su peligroso estilo de manejo por una fobia antialcohólica y un culto tan férreo a la severidad de los castigos legales que se tornó partidario casi fanático de la pena de muerte.

Papá Bush llegó a la Casa Blanca acompañado de mamá Barbara y de una springer spaniel de nombre Millie, cuya semblanza (Millie's Book, William Morrow & Co., 1990), escrita por la entonces primera dama, vendió muchos más ejemplares que la autobiografía del marido. Para el joven Bush, Millie debe haber sido una influencia política importante pues, una década más tarde, cuando le llegó el turno de despachar en el local de la avenida Pennsylvania, escogió a uno de la misma raza (Spot) como uno de sus dos perros presidenciales. El otro, Barney, que demostró ser muy fotogénico, mitigó un poco la alicaída imagen presidencial en el aburrido limbo político que imperó entre enero y septiembre de 2001, cuando ser presidente de Estados Unidos había dejado de tener importancia.

Con todo, y pese a su conversión y a su actual afecto por los perros, George W. Bush no ha sido abandonado por las ansias de hacer explotar organismos vivos. Hoy en día dispone, para ello, de juguetes mucho más sofisticados que los petardos de su infancia desgraciada: tiene bajo su mando el arsenal más vasto de la historia humana y para ponerlo a prueba anda en busca de una buena dotación de cuerpos humanos: decenas o centenas de miles, si es posible, y entre los cuales, para colmo, es probable que no se encuentre el de Saddam Hussein, quien funge por ahora como el objeto de sus obsesiones destripadoras.

Y ayer en la mañana, cuando desayunábamos y comentábamos las últimas noticias, Virginia tuvo una idea que podría ser providencial, aun a riesgo de resultar irritante para los más resueltos defensores de los animales: ahora que a Bush las cosas se le ponen difíciles --porque una buena parte de la humanidad se empecina en decirle al presidente de Estados Unidos que la destrucción de personas vivas no es cosa de juego--, tal vez pudiera encerrarse en su rancho de Texas, gritar su rabia a todo pulmón y matar a balazos a sus perros. Así podría canalizar su furia destructora, experimentar una fuerte catarsis afectiva y permitir que el resto del mundo respire hondo y con enorme alivio. A cambio de ese desahogo, muchos partidarios de la paz mundial estaríamos dispuestos a honrar afectuosamente, y durante muchos años, la memoria de Barney y Spot, las mascotas mártires. Sería bueno que el Papa, empeñado como está en evitar la catástrofe, le comunicara la propuesta.

18.2.03

Los dientes de Condoleezza


El domingo a mediodía, en la página principal de CNN (en inglés), el sitio de honor estaba ocupado por una foto de Condoleezza Rice mostrando sus incisivos, sus caninos y hasta sus premolares en una mueca agresiva contra los millones de seres humanos que se manifestaron la víspera, en miles de ciudades del mundo, para repudiar la guerra que viene. La belicosa niñera del presidente George W. Bush en materia de seguridad nacional también exhibía su dentadura para emitir, en lenguaje oral articulado, la advertencia de que a la Casa Blanca le importan un pepino las disidencias antibélicas de gobiernos, sociedades y ciudadanos, y que seguirá adelante en sus preparativos de arrasamiento de Irak. Hasta allí, las muecas y las palabras vendrían siendo responsabilidad fundamental de la declarante. Pero si se acudía al sitio web de CNN en español, la información más destacada era una nota que desde el encabezado --“Irak se regocija con las protestas mundiales contra la guerra”-- dejaba caer una sugerencia soez: que los pacifistas del mundo son instrumentos útiles a la tiranía de Bagdad.

El texto de CNN empezaba diciendo: “La prensa iraquí, fuertemente controlada por el gobierno, dio este domingo una amplia cobertura a las manifestaciones por la paz realizadas la víspera en cerca de 600 ciudades de todo el mundo y afirmó que las protestas suponían una victoria de Irak y 'la derrota y aislamiento de Estados Unidos'”, para, a renglón seguido, enumerar ejemplos de distorsión periodística perpetrados por diarios y canales televisivos del país árabe, y para narrar las manifestaciones contra la guerra que tuvieron lugar allí. La nota remataba con dos párrafos publicitarios (no sé si pagados o gratuitos) en los que se ensalza el respeto del gobierno de Estados Unidos al derecho de manifestación y la determinación pacifista del mismo. Quien no haya leído con sus propios ojos esta porquería puede hacerlo en http:// cnnenespanol.com/2003/mundo/02/16/ iraq/index.html.

Desconozco si los medios iraquíes, “fuertemente controlados por el gobierno”, consignaron o no que las protestas mundiales no fueron precisamente expresiones de respaldo y simpatía a Saddam Hussein, sino, en su enorme mayoría --y con las previsibles excepciones de las manifestaciones palestinas, iraquíes y acaso jordanas-- tomas de distancia respecto al conflicto entre Washington y Bagdad, condenas al militarismo y al terrorismo y muestras de repudio a los medios de destrucción masiva en general. En todo caso, CNNenEspañol.com no lo hizo así en la nota de referencia; produjo, de esa forma, una muestra ejemplar de distorsión periodística y dio pie para que se reafirme la sospecha de que ese conglomerado informativo es, al gobierno de Washington, lo que el periódico Al-Jumhuriya al de Bagdad: vehículo de propaganda.

En contraste reconfortante con CNN y el resto de la basura periodística de Estados Unidos en la actual circunstancia, la BBC de Londres mantiene un servicio informativo en español equilibrado, ético y profesional (http://news.bbc.co. uk/hi/spanish/news/). En ese sitio, el domingo pasado también aparecían en exhibición fotográfica los dientes agresivos de la señora Rice pero, a diferencia de lo que ocurre con la cadena estadunidense, el contexto informativo de la BBC no forma parte de la dentadura, ni muerde a los lectores.

11.2.03

El Hach


La peregrinación a lugares santos es un hábito que muchas religiones prescriben a sus fieles y tal vez sea una forma discreta y sutil de obedecer a los genes que los humanos tenemos en común con las focas de Groenlandia, los salmones y las mariposas monarcas, entre otras especies de animales dotados de hábitos migratorios regulares. También es una vía para inducir sentido de comunidad entre los fieles --no hay que olvidar que los curas católicos emplean sin rubor el término rebaño--, quienes, una vez reunidos en el punto de encuentro, pueden librarse a toda suerte de prácticas gregarias.

Desde ayer, y por lo menos hasta que Occidente celebre el día de San Valentín, se encuentran en La Meca algo así como 2 millones de musulmanes --medio millón de saudiárabes y millón y medio de extranjeros-- en cumplimiento de una peregrinación, El Hach, quinto pilar de la fe mahometana, el viaje a los terruños del Profeta que todo perteneciente a su religión debe emprender al menos una vez en su vida.

Para algunos musulmanes ese periplo de motivaciones espirituales es también una oportunidad de hacer algún dinero. El año pasado, la BBC relató, en el reportaje titulado El negocio de la peregrinación, las peripecias de una familia procedente de Daguestán que ha viajado a La Meca, en automóvil, en varias ocasiones (http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/misc/newsid_1879000/1879157.stm). En su recorrido de dos meses pasan necesariamente por Azerbaiján, Irán, Irak, Siria y Jordania, donde van vendiendo las alfombras, las muñecas, las espadas y los objetos de cristalería traídos de casa. Antes de volver a casa cargan sus vehículos con otros productos que irán mercando por la ruta inversa.

En años anteriores, esta reunión de la Ummah ha tenido desenlaces sangrientos, ya fuera por la corrupción que aflora cuando miles de personas se trasladan de un lugar a otro, por el analfabetismo de las autoridades sauditas en materia de manejo de multitudes, por las fracturas milenarias del Islam o, simplemente, porque en La Meca hace calor y los ánimos se incendian con facilidad. En febrero del año pasado no ocurrió nada especial en esa ciudad sagrada, pero en Kabul el ministro del gobierno interino que Washington acababa de imponer allí --Abdul Rahman-- fue linchado en el aeropuerto por miles de peregrinos a quienes enfureció el retraso de vuelos hacia Arabia Saudita. En 2001 decenas de personas murieron apachurradas durante el ritual de La Lapidación de Satán, que se realiza en los tres pilares conocidos como Jamrahs, cerca de La Meca. Tres años antes, 118 fieles perecieron en una estampida; el año anterior un incendio mató a 343 peregrinos, y en 1987 una confrontación entre chiítas iraníes y sunitas locales dejó cuatro centenares de cadáveres en las explanadas de La Meca.

Este año las conmemoraciones del Hach son más ominosas que nunca para la Ummah, porque está en vísperas de perder a una parte de sus fieles iraquíes, y para la humanidad en general, la cual verá reducida su membresía a causa de la guerra. Por estos días, los mahometanos que se dan cita en La Meca podrán ver, como señales nefastas de anunciación, las estelas de vapor que dejan los aviones F-15 Eagle y Tornado (producidos por los cristianos Estados Unidos e Inglaterra, respectivamente). Esos pájaros supersónicos patrullan ahora los cielos de Arabia Saudita, en prevención innecesaria de la conflagración inminente en el país vecino, y como enésima prueba de que los jeques saudiárabes tienen, dirían en la Bondojo, un poco más de uleros que de ulemas.

4.2.03

Señal ominosa


Ciertos iraquíes patrioteros y más de algún islámico despistado y fundamentalista dieron saltitos de alegría cuando se enteraron que el transbordador Columbia se había desintegrado en el cielo de Texas mientras traía de regreso al planeta a dos anglosajones, un negro, dos mujeres y un judío: el viejo cacharro espacial se puso a hervir, en su reingreso a la atmósfera, para convertirse en una versión macabra del melting pot en el que se fundieron las razas, sexos, religiones y culturas que venían de su representación orbital. Hay que tener compasión y simpatía para con esos trabajadores migrantes que, momentos antes de la destrucción del vehículo, pudieron imaginar sus cartílagos, sus huesos, sus nervios y sus uñas, esparcidos por cientos de kilómetros de llanura texana, fertilizando cruceros, centros comerciales, escuelas primarias y jardines traseros de domicilios privados. No tengo ningún indicio específico de la existencia de Alá, pero si la respuesta a este dilema eterno es afirmativa, cabría suponerlo consternado ante sus siete criaturas achicharradas en los fuegos fatuos de la alta atmósfera, y no radiante de felicidad por esa tragedia.

Pero el Columbia no era únicamente el refugio que protegía a siete organismos humanos, frágiles y variopintos, de las radiaciones nocivas, las temperaturas extremas y la baja presión del espacio. Su significación iba más allá de una maquinaria de epopeya y miles de millones de dólares. En el terreno de lo simbólico, ese transbordador era uno de los falos predilectos del machismo oficial estadunidense y un orgullo central del multitudinario reptil político que ahora se empeña en provocar, en miles de organismos iraquíes, daños similares a los sufridos por los siete cuerpos que se dispersaron, en la mañana del sábado, en el cielo de Texas.

Aunque haya que distinguir entre la investigación espacial y la disputa por el petróleo y por los agravios dinásticos entre los Bush y los Hussein, y aunque la tragedia del transbordador no parezca ser una obra piadosa de Alá, sino el producto de un error humano o de un fallo mecánico, el arañazo de estelas de humo en que se convirtió el Columbia es una señal ominosa en los días que corren. Ominosa, sí, pero ¿para quién?

¿Para los accionistas del petróleo, los armamentos y los medios informativos que necesitan la guerra o para los escolapios, las agricultoras, los farmacéuticos y los contadores iraquíes a los que el presidente de Estados Unidos se empeña en asesinar? ¿Para los políticos crédulos de Washington que realmente se tragan el cuento de la “amenaza terrorista” procedente de Bagdad o para los que vivimos con el Jesús --o el Mahoma-- en la boca y la náusea de la preguerra incubada en el esófago? ¿Para papá Bush, su primogénito trepanado y sus contrapartes iraquíes --el otro asesino y el otro hijo predilecto-- o para quienes entienden que la confrontación bélica no puede acabar bien, en ninguna circunstancia?

Si la guerra viene la perderemos todos, y los siete fallecidos del Columbia habrán tenido, al menos, la fortuna de no presenciarla. Y si logramos eludirla, las estelas de humo en el cielo matutino de Texas serán recordadas por algunos como una evocación del paso de los ángeles.