11.4.00

El agua y los gorilas


Ahora está de moda decir que las guerras y los conflictos futuros no serán por el mando geoestratégico ni por el dominio de los mercados ni por el control del petróleo sino por el agua. Tal vez la profecía se esté quedando vieja. Si uno voltea a Oriente Medio, a Tepoztlán o a Cochabamba puede observar confrontaciones de muy distintas escalas originadas en problemas de abastecimiento hídrico.

La cáscara de la democracia boliviana es tan frágil como el envoltorio de persona civilizada que ostenta su gobernante actual, Hugo Bánzer Suárez, gorila en los años setenta y político constitucional en tiempos de paz interna: traje y corbata y un discurso de modernizador económico de esos que causan furor entre las huestes presidenciales latinoamericanas cuando se dan cita en los desfiles de modas ideológicas. A tono con ese discurso, el general Bánzer se dio a la tarea de convencer a los bolivianos que nada es gratis en esta vida, que no hay razón válida para que el Estado se haga cargo de obras de elemental beneficio común y que para eso está la inversión privada, tanto nacional como extranjera.

En este caso se trata de la empresa Aguas del Tunari, compuesta por la inglesa International Water y la española Abengoa, que operaba, bajo concesión, el servicio de agua potable de Cochabamba, y era la encargada de realizar el proyecto múltiple Misicuni. La concesionaria, con el visto bueno gubernamental, pretendió incrementar 20 por ciento las tarifas a los consumidores y eso provocó varios días de protestas nacionales, bloqueos que paralizaron la red carretera del país, un amotinamiento de policías en La Paz, varias huelgas de hambre en distintas ciudades, ocho muertos, 42 heridos, así como varias decenas de activistas sociales presos y deportados al departamento amazónico del Beni.

Bánzer resultó fiel a sus genes y para enfrentar la situación decretó el estado de sitio, suspendió las garantías, amordazó los medios electrónicos de Cochabamba, sacó los tanques contra los manifestantes y recurrió a la mentira de Estado y a la desaparición de personas en el más puro estilo retro: Angel Claure, un cochabambino de 17 años, fue sacado de su casa la noche del viernes por encapuchados que lo obligaron a abordar un vehículo sin placas; al parecer, fue llevado a la Base Aérea, y de allí a la unidad militar de El Beni, según denunció su madre. En Patacamaya la tropa desalojó con violencia las carreteras y asesinó de un balazo al dirigente Rogelio Calisaya. El coronel Oscar Gámez, comandante del batallón que realizó el operativo, aseguró que sus efectivos sólo dispararon al aire y que Calisaya había muerto a causa de un ataque cardiaco, a pesar de que el cuerpo del líder fue atravesado por una bala que entró a la altura de la cadera y salió por la pelvis. En Sucre la policía allanó la universidad, detuvo a 16 estudiantes huelguistas e hirió a otros 17 con balas de goma.

En plena regresión a su esencia de gorila, Bánzer no perdió, sin embargo, los hábitos de modernizador. Mientras la población de Cochabamba se insurreccionaba y le metía fuego a un par de locales gubernamentales, el presidente aseguró que la suspensión de garantías busca preservar “el estado de derecho y los esfuerzos del diálogo social” y a asegurar la victoria de la “nueva Bolivia que trabaja, participativa, dialogante, concertadora y positiva”, por sobre la “vieja Bolivia insurreccionalista, la de barricada y montonera”.

Sin embargo, la “vieja Bolivia” ha puesto en jaque al viejo gorila encorbatado, quien tiene ante sí, aparte del vasto repudio social, el rechazo de los partidos opositores, la condena del episcopado al estado de sitio y el inicio de un proceso de habeas corpus por parte de la ombudsman, Ana María Campero, para restituir la libertad de los dirigentes secuestrados en El Beni, una posible fractura en su coalición de gobierno.

Una posible moraleja es lo impreciso de la expresión popular “gorila”, aplicada a los gobernantes militares y sanguinarios --aunque después se vistan de seda-- de este sufrido subcontinente. Porque hasta el más lerdo de esos primates así llamados sabe perfectamente lo que sabíamos todos hasta hace dos décadas y que hoy ignoran Bánzer y sus compañeros de fiebre privatizadora: que el agua para consumo de cualquier ser viviente tiene que ser gratuita.

28.3.00

Cinco dólares


El Congreso de Chile aprobó el sábado una reforma constitucional para esconder a Pinochet bajo la alfombra y echarle comida en su escondite: fuero judicial de ex presidente (un candado que no tiene llave legal para ser abierto), retiro del Senado y un sueldo mensual de seis mil dólares. El presidente Ricardo Lagos está ante el predicamento de dejar pasar esa vergüenza o de vetarla y enfrentar el disgusto de sus aliados democristianos que prefieren al ex tirano guardado en el closet legislativo antes que en la cárcel.

Hay que simplificar las cuentas: desde la perspectiva de la rentabilidad, introducida por el propio Pinochet en este subcontinente y luego copiada por sus émulos económicos del bando civil, el Estado chileno va a pagarle al general cinco dólares mensuales, de aquí a que se muera, por cada uno de los mil 198 chilenos detenidos/desaparecidos durante su régimen, sin considerar a los asesinados simples.

El dinero correspondiente sale del fisco, es decir, de los impuestos que pagan los chilenos, entre los cuales hay no pocos familiares de asesinados por la dictadura y víctimas de la tortura y el exilio. Creo que no va a gustarles la noticia de la aprobación de esa “dignidad de ex presidente de la República” para el tirano.

El acto legislativo es atroz, pero eso no significa que las cosas no hayan cambiado en Chile a raíz de la detención, el arresto y el regreso de Pinochet, quien partió a Londres como intocable y volvió como acusado en 77 procesos penales; se fue como prócer y retornó como apestado político. Ahora, si Lagos no veta la reforma constitucional, habrá que fabricar la llave del candado y hacer posible el desafuero del “ex presidente”.

Los promotores de los procesos judiciales libran una carrera contra el tiempo. Las células del tirano no van a dar para mucho más, y es necesario evitar que Pinochet llegue al banquillo de los acusados en calidad de legumbre. Existen, lo que es más, grandes probabilidades de que muera antes de que se desembrolle el nudo legal de sucesivas capas de impunidad.

Un dato fundamental, que debiera ser reconocido como una victoria mayúscula de la justicia y la humanidad, es que en algún momento de los 16 meses transcurridos desde la captura londinense, se produjo la muerte política del dictador. En caso de que fallezca también físicamente, o llegue a parecerse tanto a una lechuga que se vuelva inimputable, quedarán no pocos corresponsables de la atrocidad para ser juzgados.

Por ahora, el presidente Lagos tendría que evitar la monstruosidad de que el dinero de los chilenos sea empleado --entre otras cosas-- en recompensar a Pinochet por sus crímenes, a razón de cinco dólares por víctima.

21.3.00

Vestidos de blanco, verde y negro


Uno despliega los pulmones para recibir el aliento de la primavera, pero entonces, desde el Atlas que reposa en el librero, llega un olor a carne humana frita. Hay que abrir las ventanas de par en par, no para recibir los aires primaverales, sino para ventilar la casa y revisar qué es esa quemazón en el libro geográfico. En la doble página de África se localiza el incendio: en Kanungu, no lejos del Lago Eduardo y las fronteras con el Congo y Ruanda. Un número de seres humanos imposible de cuantificar, porque el fuego hizo bien su tarea, optó por la incineración en vida en el interior de un templo herético cristiano, cerrado a piedra y lodo. Entre los restos había bebés y niños y mujeres y hombres.

Unas horas antes, los pedazos chamuscados eran más bien gente que comía pollo y pan de mijo, y bebía refrescos y pertenecía al Movimiento para la Restauración de los 10 Mandamientos de Dios, un culto desprendido de la Iglesia católica y excomulgado por Roma. Desde fines del año pasado, sus dirigentes espirituales les dijeron que el fin del mundo estaba cerca. La profecía fue recorrida del primer día del 2000 a estas fechas, cuando en el Hemisferio Norte entra la primavera. Pensaban en su iglesia como el Arca de Noé, y se congregaron en ella cuando se les anunció la llegada del tiempo de la calamidad.

Hay que abrir bien las puertas y ventanas para enterarse del destino de esos pobres creyentes. Ellos, antes de encerrarse en el recinto y clausurar sus puertas y ventanas con tablas clavadas, sacrificaron una vaca y se la comieron. Quiere decir que los integrantes de esa comunidad religiosa no la pasaban tan mal, como el resto de sus compatriotas. Uganda es un país difícil para las cifras.

A falta de un censo oficial confiable desde 1970, la CIA proyectó, en julio de 1999, una población de 22 millones 800 mil almas, con un ingreso per cápita de mil 20 dólares al año. Una fuente local habla de un PIB per cápita de 850 dólares, y el Estudio de países de la Biblioteca del Congreso de 304.

El espionaje estadunidense, que tiene las cifras más optimistas, atribuye a los ugandeses una esperanza media de vida de 43.06 años (42.2 para los hombres, 43.94 para las mujeres), una tasa de mortalidad infantil de 90.68 por cada mil nacimientos y un índice de fertilidad de 7.03 hijos por mujer.

El porcentaje de analfabetismo es de 30.2 por ciento (o de 44 o de 50, según la fuente) y 55 por ciento de la población vive por debajo de la línea de pobreza. El agro ocupa 86 por ciento de la fuerza de trabajo, pero produce sólo 44 por ciento del PIB; los servicios, en cambio, emplean a 10 por ciento de la fuerza laboral y producen 39 por ciento del producto interno bruto. En el país hay una alta incidencia de malaria, tétanos, tuberculosis y anemia, y el sida alcanza allí proporciones de peste bíblica.

No creo que estos datos hayan tenido incidencia alguna en la decisión de los sacerdotes apóstatas de Kanungu de llevar a sus fieles al paraíso dudoso de las llamas. Estaban convencidos, más bien, de la llegada del tiempo de la calamidad, como si ésta no se hubiera instalado en Uganda, y alrededor de ella, desde hace tres décadas, cuando el dictador Idi Amín Dada se comía a sus más selectos opositores y guardaba los restos en el refrigerador presidencial.

Ahora mismo se habla de una recuperación “espectacular”, pero la corrupción devora el magro presupuesto estatal con una voracidad análoga a la del antiguo tirano, los desasosiegos armados continúan presentes y el país está cercado no sólo por lagos, sino también por un conjunto de vecinos que sufren guerras civiles interminables.

El suicidio y el asesinato fueron inspirados, en todo caso, por la inminencia de la primavera. Estas personas del Movimiento para la Restauración de los 10 Mandamientos de Dios se parecen a sus próceres y ancestros de Guyana, de Waco y de San Diego, al menos en un punto excluyente: nadie actuó por pobreza ni por hambre.

El problema es que el Atlas (el tomo, abierto, se ha ventilado y se disipa ya su aroma de prójimo a las brasas) indica con terquedad que Uganda es un país mediterráneo, salpicado de lagos, eso sí, y ecuatorial: es decir, la cintura del planeta pasa por la mitad de Uganda, o sea que allí no hay más estaciones que la seca y la húmeda, que en esas tierras el comienzo de la primavera septentrional le importa un rábano a todo mundo y que el misterio de la parrillada, en consecuencia, persiste.

14.3.00

Perdón


Pero he aquí que por todas partes encontraron aflicciones extensas y sombrías tinieblas, graves tribulaciones, rapacidad, quebranto, hambre y peste. Parte de ellos se metieron en el mar, buscando en las olas un sendero, también allí se mostró contraria a ellos la mano del Señor para confundirlos y exterminarlos pues muchos de los desterrados fueron vendidos por siervos y criados en todas las regiones de los pueblos y no pocos se sumergieron en el mar, hundiéndose al fin, como plomo.

En lo anterior uno puede encontrar reminiscencias bíblicas y hasta ecos de la Visión de los vencidos, pero es la crónica Sebet Yehuda, que narra la expulsión de las juderías de Castilla y Aragón, y que es de la autoría del escritor sevillano Salomón ben Verga. La solución final de Isabel y Fernando, antecedida por matanzas azuzadas por Roma y por varias bulas papales (Benedicto XIII y Sixto IV) fue finalmente compuesta en un papel por Tomás de Torquemada y puesta sobre la mesa del despacho real, donde permaneció varios días, hasta que el 31 de marzo de 1492 los Reyes Católicos emitieron el edicto correspondiente, que obligaba a los judíos a abandonar el Reino --con prohibición expresa de llevar consigo moneda acuñada, metales preciosos y caballos-- o a convertirse al catolicismo. Entre 70 mil y 170 mil judíos --dependiendo de si se consulta a fuentes hebreas o españolas-- partieron al desamparo del destierro, dejaron atrás su Sefarad natal y llevaron consigo (eso no lo prohibía el Real Decreto) las llaves de sus casas y un idioma colorido que aún se escucha en pequeñas comunidades dispersas en Medio Oriente y el norte de África.

Quinientos años más tarde Juan Pablo II pretende pedir perdón por las atrocidades que cometió su iglesia en forma de una disculpa light que renueva la liturgia, pero que deja intacta la barbarie: faltas agrupadas en seis categorías arbitrarias que ni siquiera coinciden en número con los pecados capitales, las virtudes teologales o los mandamientos y perdones sin más destinatarios ni destinatarias que Dios y ningún otro nombre propio. A pesar de su aliento dificultoso, Wojtyla bien habría podido pronunciar Santo Oficio, Isaac ben Yudah Abravanel, Tomás de Torquemada, Pedro de Arbués, Avignon, Albi, Noche de San Bartolomé, Contra Idolorum Cultores, Plaza del Volador, Familia Carvajal, Tomás Treviño de Sobremonte, José María Morelos y Pavón, Pío XII, Banco Ambrosiano, Teoría de la Evolución o Leonardo Boff. Entre muchos otros. No se trata de ser exhaustivos en la enumeración, y además no se puede. Millones de seres humanos han dejado este mundo con el garrote vil trepanándoles la nuca, en medio del fuego de la hoguera, en los sótanos de tortura o en paredones de fusilamiento; muchos millones más vieron sus vidas torcidas, sus familias dispersas, sus posesiones confiscadas, y todo ello por iniciativas de una organización que se ostenta como esposa y carne de Cristo. En la enorme mayoría de los casos no había más delitos que la falta de fe, la fe distinta a la católica o una actitud política contraria a los poderes terrenales de la Iglesia y de sus aliados seculares. Si el papado es lo que dice ser, y si Él es quien Es, sería inevitable la conclusión heterodoxa de que Dios es sádico pero, eso sí, bien hipócrita.

Carguen la primera parte de esta blasfemia a la cuenta de los innumerables pontífices que encabezaron el brazo armado de la Providencia, y la segunda a la de quienes se reconocen, hoy, como meros gerentes de Su agencia de Relaciones Públicas y Marketing. Todo genocidio (y Roma tiene varios de ellos a su espalda) es doblemente intolerable si desemboca en la impunidad y la simulación; por ejemplo, la vistosa disculpita del sábado. En el caso del Santo Oficio, por ejemplo, la burocracia vaticana lleva un tiempo fabricando revisiones históricas no muy distintas a las que pretenden negar la existencia del holocausto realizado por los nazis. En noviembre de 1998, cuando ya se preparaba el Mea Culpa de Wojtyla, Georges Cottier, organizador del simposio vaticano sobre la Inquisición, insistía en que ésta era un producto natural de su contexto histórico en el que la pena de muerte era moneda corriente. Cuando se le preguntó sobre los defectos de Torquemada, consideró que “el afán obstinado por perseguir el rigor de la virtud podría tener algo de inhumano” y agregó que era “igual de duro que Calvino” (Zenit, 9 de noviembre de 1998).

Pienso que Wojtyla se habría sentido muy aliviado si el sábado pasado, frente al Crucificado del Siglo XVI, de sus labios papales endurecidos hubiesen surgido las palabras genocidio, atrocidad, asesinato.

7.3.00

Mumia y Amadou


En Nueva York una corte absolvió recientemente a cuatro policías blancos que mataron de 41 balazos a Amadou Diallo, un joven inmigrante originario de Guinea que vendía sombreros en las calles. Tres de ellos tienen antecedentes por haberse excedido, en otras ocasiones, en el uso de sus armas de fuego. Según las explicaciones oficiales, los agentes del orden buscaban en las calles del Bronx a un violador múltiple en el momento en que divisaron a Amadou, quien se disponía a entrar al edificio donde vivía. Cuando la víctima sacaba su cartera del bolsillo, los policías supusieron que el muchacho se disponía a empuñar un arma y dispararon a discreción. No hay que olvidar estos nombres: Sean Carroll, Edward McMellon, Kenneth Boss y Richard Murphy, los asesinos absueltos, pertenecen a la Unidad de Delitos Callejeros (SCU, por sus siglas en inglés). De cada 45 presuntos delincuentes detenidos por la SCU, sólo 10 son sujetos de arresto legal; los agentes de la corporación apenas reciben entrenamiento, actúan sin supervisión directa y son calificados en función del número de arrestados que logran y, en consecuencia, violan la Constitución todos los días, según un policía retirado que habló para Newsday. Ya en 1997 un gran jurado recomendó a las autoridades de la ciudad un mayor control sobre los policías de la SCU, dos de los cuales habían disparado 24 tiros contra un negro desarmado. Pero hoy en día, ante la ola de indignación que provocó la absolución de los asesinos de Amadou, el alcalde neoyorquino, Rudolph Giuliani, y el comisario de Policía, Howard Safir, se limitan a ofrecen a la opinión pública la disyuntiva entre aceptar una policía ruda o dejar que la ciudad caiga en la anarquía. Como dice Cynthia Cotts, del Village Voice, el mensaje de los gobernantes neoyorquinos es que “incidentes aislados” como el homicidio de Amadou, es el precio que hay que pagar para tener calles seguras.

Pero la muerte de este inmigrante de Guinea ųcorroborar el dato de su nacionalidad implicó una ardua búsqueda, porque los medios informativos dieron por referirse a él simplemente como "africano"ų no es un mero accidente, sino la consecuencia de un patrón sistemático de conducta racista, paranoica y brutal de la policía neoyorquina, y la exoneración judicial y gubernamental de los homicidas confirma que esta traducción práctica de la consigna de mano dura forma parte de una línea de gobierno.

La absolución de cuatro policías blancos que acribillan de 41 balazos a un negro inocente contrasta con la condena a muerte del negro Mumia Abu-Jamal, acusado de asesinar de un tiro a un policía blanco. En el juicio inicial, realizado en Filadelfia entre junio y julio de 1982, se eliminó del jurado, mediante amenazas de la Fiscalía, a los integrantes negros; se pasó por alto que en el cuerpo de la víctima había un agujero de calibre .44, en tanto que el arma del acusado era un revólver .38; se prescindió de peritos balísticos y de médicos legistas porque la Corte no tenía fondos; se escamoteó la comparecencia ante el jurado de testigos de descargo que desmintieron la acusación contra Mumia y que fueron sistemáticamente intimidados; se prohibió la presencia del acusado en la mayor parte de las audiencias, y se permitió que el Fiscal basara parte de su alegato en la militancia política de Mumia, quien, tras pertenecer al Partido Pantera Negra, se destacó como periodista y defensor de los derechos humanos, especialmente los de los negros.

Desde entonces, Mumia, quien hasta su detención en 1981 carecía de antecedentes penales, ha vivido 22 horas al día en una celda aislada, y cuando publicó el libro Live From Death Row (Addison-Wesley, 1995) se le castigó con la cancelación total de visitas y llamadas telefónicas. En el afán de aislar a este prisionero, el sistema penitenciario de Pensilvania estableció incluso la prohibición a los medios de entrevistar o fotografiar a cualquier reo en el estado.

Amadou, con 41 balazos en el cuerpo, está muerto. Mumia está vivo, pero Estados Unidos insiste en enviarlo a la tumba ųeste año, de ser posibleų con una dosis de sustancias venenosas en el organismo. Amadou vendía sombreros en las calles de Nueva York y Mumia distribuía ideas de igualdad y cambio social en Oakland y en Filadelfia. Uno nació en Guinea y el otro en Estados Unidos. Uno fue enterrado como víctima sin victimarios y el otro fue condenado a muerte como victimario sin víctima. Ambos son negros y miembros de la especie humana.

22.2.00

El huevo multinacional


Prueba del desempeño multinacional de la Unión Europea: una formación política racista llega al cogobierno en Viena, sus contenidos profundos se expresan en una revuelta histérica en Almería y la mayor manifestación de repudio tiene lugar en Bruselas.

La Europa comunitaria conjuga muchas historias nacionales y eso no sólo implica una megafusión de tendencias civilizatorias, sino también una enorme amalgama de rencores viejos. Los nazis light del Partido Liberal austriaco, en cuyo discurso Hitler no era un chico tan malo como se piensa, son los críos de la derrota del Tercer Reich. La animalada popular que en El Ejido se lanzó a apalear magrebíes a tontas y a locas evoca la furia destructora de la reconquista peninsular consumada por los Reyes Católicos. Con un agravante: esos andaluces agrarios que ahora encarnan la España profunda están emparentados ųles guste o noų con sus perseguidos del momento. Cuando el núcleo histórico de los españoles contemporáneos era apenas una horda de bárbaros, los moros de El Andalus producían a Averroes y construían una cultura refinada cuyas huellas aún perduran entre los pobladores de la región.

Desde luego, esta triste paradoja de las tendencias a la exclusión que se desarrollan en la Europa de la convivencia tiene también puntos de apoyo en un presente incierto en el que el empleo, la seguridad y el bienestar han dejado de ser conquistas perdurables para transformarse ųsi acasoų en estadios fugaces que cualquier estornudo global puede desvanecer. Primera moraleja: los europeos no han estado construyendo un megapaís porque se sientan cómodos en el planeta, sino porque se sienten amenazados. La unión multinacional no es un territorio abierto, sino un ensayo de confederación con olor a burgo o, mejor dicho, a búnker, a fortaleza cerrada para resistir los embates de la globalidad externa.

La globalización interior, por llamarle de alguna manera, permite a las sociedades de todos los Estados integrantes de la Unión manifestarse contra el gobierno conservador de Viena, que ha aceptado socios neonazis, así sea por mandato popular. (El Partido Nacional-Socialista también tuvo, en su momento, una coartada electoral). El mayor frente de resistencia a los admiradores austriacos de Hitler no está en Austria, sino en el resto de Europa occidental. Pero es una pena que el repudio regional a la formalidad política de Viena no se repita ante las muestras prácticas de xenofobia en el sur de España. Diríase que a los europeos les molesta más un partido que se reconoce racista que una sociedad que demuestra serlo.

Para terminar, es lógica y plausible la reacción del gobierno de Israel ante la conformación, en Austria, de un gobierno que representa, por sus tendencias declaradas, una amenaza potencial contra los judíos. En cambio, la pasividad de los gobernantes árabes y, particularmente, la del pirruro que reina en Marruecos, ante las palizas que sus conacionales reciben en Andalucía, resulta deplorable, cobarde y abyecta.

1.2.00

Triunfo sobre el tirano


Pensándolo bien, el prolongado manoseo legal de este anciano empieza a convertirse en un espectáculo sádico. En su horizonte inmediato puede entreverse una corte maculada por charcos de orina incontenida, gemidos del fondo de la próstata, estertores de un colon trémulo y jeringas de emergencia para inocularle los santos óleos. Quién sabe si escenas semejantes puedan ser castigo suficiente para el criminal, pero tal vez con ellas nos castiguemos en exceso el resto de los humanos.

En Londres no serán. La intervención secreta de un pánel de médicos ingleses y la compasión --injusta o no-- del ministro Straw, ratificada por una decisión judicial de última hora, pondrán a Pinochet camino a casa.

Pero el tirano no ha de volver triunfante a los brazos de sus adeptos. No regresará absuelto, sino desahuciado. Sus hijos de sangre o de complicidad recibirán un paquete fisiológico de fragilidad extrema.

Como lo hizo notar Viviana Díaz, el senador, hasta hoy vitalicio, ha pasado 473 días bajo arresto y en ese tiempo su figura ha perdido toda importancia política en el escenario chileno. Hoy es un pendón apestado que nadie quiere ondear. En ese tiempo, Pinochet ha sido reconocido --aun en su deterioro-- como arquetipo universal de hijo de puta, comedor de sangre, disfrutador del sufrimiento ajeno.

En su país podrán juzgarlo o no, desaforarlo o no, y esta disyuntiva colocará un marcador en el estado de la transición chilena: ¿Existe ya el estado de derecho? ¿Se ha abierto al menos una pequeña alameda para que transite la justicia? ¿Concederá el gobierno de Ricardo Lagos un resquicio para sanear el pasado? ¿Bajará Pinochet a la tumba en olor de impunidad?

Pronto lo sabremos. Como quiera, los muertos, los torturados y encarcelados, los amantes separados, los chilenos con la patria rota, los que nos brindaron su sufrimiento a los humanos en general a fin de que tuviéramos un agravio indeleble compartido y una comunión sin fronteras, así en la piedad como en el odio, tienen en su cuenta una gran victoria.

Ante la presión de quienes no olvidan, de quienes porfían en la memoria como ejercicio de sobreviviencia moral, los mecanismos judiciales europeos abrieron una brecha en la coraza de impunidad que cobijaba a todos nuestros asesinos. La captura y el arresto domiciliario de Pinochet dieron un impulso inapreciable a la procuración de justicia y a la lucha por castigar las violaciones a los derechos humanos. El blindaje constitucional de que se dotaron los verdugos militares en Chile ha sido puesto en evidencia. Desde octubre de 1998, a los genocidas de este hemisferio se les ha desvanecido la paz de su retiro y viven confinados en sus países de origen, temerosos de la orden de arresto que podría materializarse en cualquier aeropuerto de este mundo. Con ese precedente hoy, en febrero del 2000, la gestación de un nuevo Pinochet en las cloacas del sadismo de Estado es mucho más improbable que antes de este largo episodio liberador.

El trato humanitario a este criminal en la hora de su desgracia es otra victoria moral que a todos atañe. Y sobre todo: nadie ha alzado la voz para pedir el empalamiento o las descargas eléctricas. Pese a lo entendible del deseo de venganza, simplemente, civilmente, se ha exigido justicia. Con ello, hemos enterrado la fantasía de cinco lustros, tan íntima como colectiva, de descuartizar al dictador con nuestras propias manos.

En cuanto a la persona Augusto Pinochet, el horror histórico de su figura se ha reducido a un pequeño despojo en cuyo sufrimiento no vale la pena regodearse y cuyo destino inmediato ya no tiene ninguna importancia.

25.1.00

Ecuador: certeza y sospecha


Tras lo ocurrido este fin de semana en Ecuador quedan una certeza y una sospecha, ambas igualmente amargas. La primera es que la institucionalidad política de ese país andino, al igual que muchas otras del subcontinente, no sirve más que para preservarse a sí misma y, a veces, ni para eso. En estas latitudes, la idea de la democracia como ámbito de exposición y resolución de conflictos entre individuos y sectores se transforma con harta frecuencia en una realidad de gobiernos democráticos que entran en confrontación con sus propias sociedades, o con amplios sectores de éstas y en movimientos sociales que se salen de madre ante la determinación, por parte de la clase política, de no atenderlos. La distancia entre la gravedad de los problemas que padecen las poblaciones y la frivolidad de las clases políticas que dicen representarlas se traduce en democracias insostenibles, en estados ingobernables y en países inhabitables para sus propias mayorías demográficas.

La sospecha es, si cabe, más dolorosa que la certeza, y tiene que ver con los indicios de una utilización de los pueblos indígenas ecuatorianos en el derrocamiento de Jamil Mahuad. El dato más contundente en este sentido es el rápido desmoronamiento de la ocupación de Quito tras el nombramiento de un nuevo titular del Ejecutivo. La disolución del movimiento pone en evidencia que la Confederación Nacional de Indígenas (Conaie) carecía de un plan de acción que fuera más allá de la marcha de las comunidades sobre la capital y de previsiones para una acción política independiente de los mandos militares. En esa perspectiva, pareciera que la organización indígena se limitó a movilizar a sus bases para enmarcar una petición de golpe de Estado turnada a algunos oficiales, y que una vez ilegalizada la efímera junta cívico-militar, se quedó sin libreto y hubo de ordenar el regreso de los movilizados a sus lugares de origen.

El desenlace evoca, en el mejor de los escenarios, un ejercicio de cuentas alegres por parte de la directiva indígena; en el peor, una historia de engaños, manipulaciones y pactos no cumplidos entre ésta y la cúpula castrense. El hecho es que Mahuad, con sus pifias y desmanejos económicos, no sólo se había vuelto inaceptable para la mayoría de la población, sino que resultaba también un presidente incómodo para la comunidad financiera internacional y nacional y, por ende, para sus propios partidarios y para el conjunto de la clase política. La recomposición del Poder Ejecutivo, el sábado pasado, rindió ganancias a las esferas civiles y militares y abrió perspectivas auspiciosas a los inversionistas. En cambio, a quienes sudaron los caminos que llevan a Quito, se expusieron a la represión y aportaron su entusiasmo y su rabia, el episodio nacional no les sirvió de nada. ¿Quién o quiénes los usaron?

18.1.00

Chile: victorias grises


Esta elección chilena de anteayer fue un rosario de paradojas. Los ciudadanos no votaron para cambiar nada, sino para conservar lo que tienen, por más que les resulte insatisfactorio. La economía no va propiamente en derrotero de catástrofe como hace tres meses, pero el precio del pan se ha triplicado en cosa de semanas. El óxido acumulado en el poder por la Concertación es mucho más profundo de lo que pensó Ricardo Lagos cuando resultó nominado en primarias, y los votantes del oficialismo sufragaron más con sentido de obligación que de ejercicio de un derecho, porque tampoco está la situación como para dejar el gobierno en manos de unos pinochetistas que, en la férrea disputa por el centro político, ya perdieron hasta su pinochetismo. Si hubo voto de castigo, la sanción consistió en imponerle a la Concertación otro periodo en el poder.

Son grises las victorias y las derrotas que ocurren en y alrededor de Chile. Lo es el triunfo de Lagos, lo es el fracaso de Lavín, lo es la derrota máxima del tirano --quien, según los indicios, volverá a Chile en bata de enfermo y con la extremaunción administrada por vía intravenosa-- y lo es también su victoria póstuma e involuntaria: tener a la mitad de los ciudadanos votando por la derecha.

La disociación nacional tuvo una expresión muy clara en el emocionado discurso de victoria que pronunció Lagos en la Plaza de la Constitución, en cuanto tuvo certeza aritmética del triunfo. El cuasi presidente electo centró la alocución en la armonía con el adversario; sólo le faltó ofrecer un ministerio específico a Lavín y, a los partidos de la Alianza por Chile, la inclusión automática en la coalición gobernante: palabras conciliadoras. Y mientras más lejos llevaba su prédica de amor, más fuertes eran los gritos de las bases que le exigían enjuiciar a Pinochet.

Es difícil saber si, a estas alturas, la promoción, por parte del gobierno, de un proceso legal contra el dictador menguado y menguante --que tendría que comenzar por quitarle la inmunidad parlamentaria y sacarlo del Congreso-- podría calificarse de actitud de confrontación: en los quince meses en los que Pinochet ha permanecido enjaulado en Londres, su exhibición ante los ojos del mundo como genocida criminal lo convierten en un fardo político excesivo hasta para sus propios fanáticos; para las hegemonías de la clase política chilena --oficialismo y derecha-- lo mejor que podría pasar es que el viejo gorila estirara la pata por propia iniciativa y con la mayor discreción posible; así, los parlamentarios y los dirigentes de partido podrían regresar a la disputa apacible por el extremo centro y a porfiar en la magna tarea de administrar anestesia al cuerpo social.

Este empeño analgésico ha aceitado la transición interminable (¿desde cuándo, hasta cuándo, hacia dónde?) pero no es seguro que sea motivo de la gratitud de los chilenos hacia sus gobernantes. Tal vez el desafío más importante para el próximo periodo de la Concertación no provenga de sus adversarios políticos amortiguados ni de sus propias bases, sino de una sociedad que, en una década de moderación oficial casi fundamentalista, parece haber consolidado la estabilidad política, pero ha perdido el entusiasmo.

11.1.00

Moda contra la muerte


Antaño las ejecuciones de condenados a muerte se realizaban a la vista del público. Así se concretaba el carácter de escarmiento de esa práctica y se ofrecía al pueblo un espectáculo de masas de los que no abundaban. Después, la pena capital fue conducida a la hipocresía por el peso de su propio horror y se convirtió en ritual de sótanos y celdas confinadas, sin más público que los verdugos, los testigos establecidos por la ley y el sentenciado. Los Estados que la llevan a cabo persistieron en una sanción que será todo lo legal que se quiera, pero que resulta impresentable: no se ejecuta en privado para ocultar lo cruel, sino lo nauseabundo. Eso ya es algo. No por la vía de la ética, sino de la estética, se abre una fisura considerable en la legitimidad del matadero.

Ahora las cosas han dado la vuelta y el exterminio legal de pobre gente o de criminales horrorosos ųigual son pobre genteų ha encontrado en su discreción factores de persistencia. En la medida en que las sentencias capitales y sus ejecuciones no tienen más expresión aparente que pequeñas informaciones cablegráficas, conforme la práctica se hace poco visible, resulta difícil conmover a la sociedad y hacerle evidente su propia degradación.

Por eso, está bien que la empresa Benetton lance una campaña publicitaria con fotos de rostros destinados a contraerse en la camilla de las ejecuciones. Está bien que los condenados Leroy Orange, Bobby Lee Harris y Jerome Mallet nos miren de frente desde las páginas en papel satinado de las revistas, desde los anuncios espectaculares colocados en sitios estratégicos de las vialidades, desde la pantalla de la tele o desde el monitor de la computadora (http://www.benetton.com/deathrow). Esas miradas casi póstumas retratadas por Oliviero Toscani, director artístico de la compañía italiana, tal vez nos convenzan que no somos, en tanto que individuos, del todo ajenos a la multiplicación de la muerte violenta y que el destino de los condenados habría podido ser distinto si hubiesen resistido la tentación del asesinato, pero también si tú y yo hubiésemos estado más atentos a nuestro entorno humano.

Un ejemplo: Leroy Orange, uno de los tres modelos de Benetton, alega su inocencia y atribuye su condena a una declaración de culpabilidad que ųdiceų firmó después de sesiones de intensa tortura ųdescargas eléctricas en diversas partes del cuerpo, ensayos de asfixia con bolsas de plásticoų en el cuartel de Policía situado en las calles 11 y Michigan, en su natal Chicago. Este negro sentenciado hace 15 años, y que el 20 de julio cumplirá 50 si llega vivo a esa fecha, alega ser una víctima del ex teniente Jon Burge, quien en 1991 fue expulsado de la Policía por maltratos y torturas. Tal vez diga la verdad. Pero, aunque no la dijera, la legislación y las cortes no deberían programar su muerte mediante una triple inyección de venenos.

Los otros dos parecen haber aceptado su suerte. Jerome Mallet, un negro de 41 años nacido en Saint Louis Missouri, admite sin cortapisas su culpabilidad y afirma que se ha resignado a que lo maten. Bobby Lee Harris, blanco de 34 años y originario de Williamsburg, Virginia, vive sobresaltado por los remordimientos y por el pánico a la ejecución.

Además de las fotos, en su página de Internet la firma italiana de ropa presenta entrevistas de estos tres hombres, realizadas por Ken Shulman y Speedie Rice, de la Asociación Nacional de Abogados Defensores Penales de Estados Unidos. La muerte no debiera ser un espectáculo ni un asunto público. Habría que codificar el derecho de todo ser humano a mantener en un ámbito de intimidad la realización de sus actos fisiológicos, incluido el episodio final del organismo.

Pero la violación a la privacidad de estos reclusos no la cometió Benetton ni la perpetran las entidades humanitarias que difunden los pormenores de los procesos y las ejecuciones, sino el sistema judicial estadunidense, el conjunto de asesinos con dispensa legal ųfiscales, jueces, jurados, verdugos y custodiosų y quienes siguen empeñados en mantener o revivir un castigo que, en términos civilizatorios, equivale a comerse a los caníbales, como dice Luis de la Barreda.

Los caminos de la humanidad son casi inescrutables. En estos tiempos, usar una prenda de marca Benetton equivale a un voto por el derecho a la vida.

4.1.00

Los vigesimónicos


Llegamos entonces a la tornavuelta del ciclo solar sin saber a ciencia cierta en qué milenio estamos ni a qué siglo pertenecemos (el cronológico, que empieza el año entrante; el cultural, que comenzó el sábado; el histórico, que dio inicio con la caída del Muro de Berlín), remojados en una cotidianeidad casi idéntica a la de la semana anterior ųsalvo por esas tres bolitas que hay que trazar en la esquina superior derecha de los chequesų y con la certeza nostálgica de que 2000 no cambia la textura de nuestras horas.

Los medios, es cierto, nos regalaron la sensación espectacular de pertenencia a la humanidad, nos hicieron comulgar con maoríes, con parisinos y con lapones ųentre otrosų y nos hicieron participar en la proclamación de una cultura universal y única cuya columna vertebral, por el momento, es el cálculo calendárico de Dionisio el Exiguo: 24 horas de cuentas descendentes y orgasmos de masas en todos los puntos del planeta, con una inmersión exasperante en las rebanadas planetarias de los husos horarios. Al mismo tiempo, las enormes dosis de alegría gratuita distribuidas por miles de locutores tienen un precio alto: nadie está a la altura de las obligaciones que impone la trascendencia imaginaria de un nuevo milenio: la renovación personal y colectiva tendría que empezar por el corte de pelo y los calcetines y culminar en la moral pública y en los hábitos alimenticios, pasando por el cambio de coche y la consecución de la santidad. Henos aquí, en cambio, irremediablemente anacrónicos, indignos iguales a nosotros mismos y un tanto avergonzados por nuestras debilidades y nuestras miserias vigesimónicas.

Los medios nos pusieron en contacto ųespiritual y emocional, se entiendeų con maoríes, con parisinos y con lapones, entre otros, pero tuvieron el buen gusto de ahorrarnos las crónicas sobre la recepción del nuevo año entre los habitantes de Grozny, quienes ni siquiera poseen un gentilicio conocido, y entre los damnificados de Venezuela, cuya tragedia no tarda en ser convertida por la demagogia oficial en gesta pluvial bolivariana. Tampoco aparecieron, en la pantalla chica y en los noticiarios de radio, los habitantes de la vía pública que obedecen a los variados apelativos ųdiversidad dentro de la universalidadų de homeless, niños de la calle o indigentes, y que en la Francia de la posguerra fueron convertidos, con el nombre de clochards, en símbolo de la patria frente a los turistas.

A pesar de los encomiables esfuerzos mediáticos y de los ejercicios urbi et orbi de fraternidad light, 2000 es ancho y ajeno. No es necesariamente un año más hostil que el anterior, y menos aún, apocalíptico, como lo anunciaron los logreros de la superstición tecnológica, pero sí distante. Gracias a la condición de hito y cúspide de algo que le atribuyó la máquina publicitaria universal, nos tomará algún tiempo habituarnos a las tres bolitas después del dos y convertirlas en objeto cotidiano. Cuando lo consigamos, vendrá la nostalgia del uno y el nueve que se han ido para siempre pero tendremos, al menos, la certeza de que el padre sol ųesa bomba atómica lentísima, puesta ahí por nadie y para nadaų no ha perdido sus hábitos madrugadores, nos reconciliaremos con nuestras debilidades y miserias y caeremos en la cuenta que el milenio, el siglo o lo que sea, es una mera arbitrariedad sin mayor importancia y creada por nosotros mismos.

16.11.99

La Habana en la Luna


Los jefes de Estado y de gobierno reunidos a estas horas en La Habana están hechos bolas. Las travesuras civilizatorias del juez Baltasar Garzón tienen a tres de ellos en una confrontación no deseada y el gobierno anfitrión tiene que tragarse la bilis ante los encuentros inopinados entre sus disidentes y dignatarios de la iberoamericanidad, porque a los segundos no se les puede acusar --aunque lo fueran-- de ser engendros de la CIA.

Se suponía que estas reuniones no tendrían que ser el bazar de soluciones para incidentes y roces diplomáticos entre los gobiernos participantes, sino un foro de coordinación y consulta, frente a la globalización, de los restos de los imperios peninsulares.

No deja de ser una idea rara. A nadie se le ocurre reunir a tomar cafecito a los representantes de los Estados herederos del imperio austrohúngaro, por más que el derrumbe de éste haya ocurrido en una fecha más cercana que el del español. Esos pueblos centroeuropeos tienen en común, si acaso, el deporte de aborrecerse mutuamente. Nosotros tenemos en común nada menos --pero nada más, hasta donde se sepa-- que dos lenguas francas susceptibles de reducirse a una, siempre y cuando la pereza mental lo permita. Habría tenido que ser una herramienta suficiente para ingresar, con cierto grado de cohesión, a la globalidad.

El hecho es que esta región idiomática de 530 millones de habitantes y un producto interno bruto conjunto de más de dos y medio billones de dólares no ha sido capaz de constituirse en un bloque productivo o financiero; se limita a ser un gran mercado que se disputan europeos, estadunidenses y coreanos. Por lo que respecta a la identidad, hay que reconocer que la realidad no siempre es políticamente correcta: aunque a mucha gente pueda parecerle horroroso, los medios electrónicos, y especialmente la televisión, han hecho más que Simón Bolívar y el Che Guevara por la integración de una identidad específicamente iberoamericana.

Decir que el continente de la lengua española es virtual no sólo hace referencia a su condición evanescente, sino que implica también una especificidad material o, mejor, inmaterial, basada en ondas hertzianas, microondas, satélites, redes de larga distancia y servidores de Internet. En el mejor de los casos, los académicos de la lengua entregan potestades, en forma acelerada, a los anónimos creadores del corrector ortográfico incorporado al Word de Microsoft. En el peor, nuestro idioma está siendo moldeado a golpes de manuales taiwaneses.

Estos agentes de integración, más poderosos que todas las cumbres de jefes de Estado y de gobierno que en la historia han sido --nueve--, no sólo se encargan de fabricar identidad, sino también de acanallarla: la capital cultural es Miami, el himno internacional tiene ritmo de salsa (sintético si los hay) y el noticiero Eco goza de más credibilidad que el Parlamento Latinoamericano. Las pretensiones castizas y conservadoras de los términos Hispano e Iberoamérica, así como los latinoamericanistas que las combatieron en las décadas pasadas, han sido superados por el todopoderoso adjetivo latino, más falso que un billete de seis pesos, pero apoyado en una flota mediática más eficaz que la Armada Invencible.

Así pues, señores que están en La Habana, sus empeños fueron insuficientes y tardíos. Les queda, ahora, la posibilidad de cambiar de giro a su club e imaginar y emprender acciones en el ámbito de la cultura y el idioma. Sería un acto de modestia y de realismo. Además, tal vez conseguirían de ese modo quitarle solemnidad de Estado a sus encuentros y dejar de lado, por consiguiente, unos escollos políticos que no pueden resolverse en las cumbres pero sí terminar con ellas. O bien, pueden seguirse por donde van, confundir la unidad con las proclamas de unidad y porfiar en atribuirle valores mágicos a la foto conjunta.

9.11.99

Big Brother en la ventana


El viernes pasado el juez Thomas Jackson dio la razón al Departamento de Justicia estadunidense y determinó lo que saben perfectamente decenas de millones de usuarios de computadoras personales en todo el mundo, es decir, que Microsoft tiene el monopolio de los sistemas operativos para tales aparatos. La decisión --un episodio más en un litigio que tendrá muchos otros-- puede tener consecuencias tan ligeras como que se obligue a la empresa, por mandato judicial, a ser menos leonina en sus contratos de uso de Windows, o tan graves como la división obligada de Microsoft en varias compañías que compitan entre sí. La idea del proceso legal es proteger a los consumidores de Estados Unidos --los demás no pintamos para nada en la justicia de ese país-- de una empresa abusiva que vende productos insatisfactorios a precios altísimos aprovechando la ausencia de otros similares y que impide, por supuesto, el surgimiento y desarrollo de competidores.

Pero la disputa entre Bill Gates y el Departamento de Justicia tiene implicaciones que van mucho más allá de las meras consideraciones mercantiles y de las reglas del libre mercado, y que trascienden, con mucho, las fronteras de Estados Unidos.

El hecho que más de 90 por ciento de los operadores informáticos del planeta tengan que lidiar con las fallas de programación de Windows, pero también con la sintaxis, el estilo y los gustos visuales de Microsoft, implica que éste tiene un impacto mundial en lo cultural, en lo ideológico y en lo estético que sobrepasa el ámbito de acción de un simple fabricante de software. El que decenas de millones de esos usuarios se vean obligados, para operar y mantener al día el sistema, a acudir con frecuencia a los sitios de Microsoft en Internet, convierte a la compañía, por sí misma, en uno de los medios de información con mayor poder de penetración; ello, sin contar con sus alianzas estratégicas con medios de mayor tradición, como NBC, o con conglomerados de telecomunicaciones como Telmex. El que el presidente y accionista principal de Microsoft tenga una fortuna personal de rango similar o superior al costo total del Fobaproa --o una tercera parte del presupuesto de defensa de Washington, o la mitad de la deuda externa de México-- los reviste, a él y a su empresa, con un poder político-económico superior al de muchos Estados soberanos: en la economía mundial y en la esfera de las grandes decisiones geopolíticas, Gates y Microsoft importan más que Marruecos o Costa Rica (no puedo evitar el recuerdo de compañías gringas como la United Fruit y la ITT, que ponían y quitaban gobiernos en América Latina), y a las reflexiones del Señor de las Ventanas se les da mucha más cobertura que a las de cualquier Premio Nobel, que a las de un estadista o que a las de un secretario general de la ONU.

El emporio de Seattle no es eterno. Se supone que algún día el mercado, por sí mismo, lo conducirá a una caída más o menos estrepitosa, como le ocurrió a IBM hace no mucho. Pero, mientras llega ese momento, la desmesurada concentración de poder --político, económico, mediático, cultural e ideológico, además de informático-- en Microsoft podría tener consecuencias desastrosas para mucha gente. Sería preferible prevenirlo. Por eso el fallo judicial del viernes es un dato tranquilizador: los logotipos de Windows y de Internet Explorer son ya demasiado omnímodos y poderosos, y las ventanas empiezan a parecerse a los ojos del Gran Hermano.

2.11.99

Ecumenismo


Ahora nos vienen ustedes, teólogos luteranos y teólogos católicos, con que siempre sí podrán sentarse a la misma mesa a brindar por el año 2000, con una reunificación hipotética entre el Paraíso del Norte y el Paraíso del Sur y con una homologación de trámites para el visado a tal comarca: resulta que San Pablo le ha ganado la polémica a Santiago y que basta con la fe y la gracia divina para ser salvos, que la venta masiva de indulgencias y bulas es una mera “tradición secular” y no un asunto de Estado.

Ahora nos salen con que Martín Lutero ųese primer ayatola del cristianismoų se habría podido ahorrar todos los manifiestos que pegoteó en las puertas de las iglesias góticas de su hábitat. Ahora el papa Wojtyla ųese otro ayatola del cristianismoų se relame de gusto en la Plaza de San Pedro y celebra la Declaración Conjunta de la Gracia Divina, firmada el domingo en Augsburg por luteranos y romanos, y la llama “una señal de esperanza para Europa”. A lo que puede verse, el Pontífice está tan gaga que 1) Confunde el planeta con el viejo continente (como si por culpa de la rivalidad entre protestantes y católicos no hubiese corrido sangre, también, en puntos tan distantes a Cracovia como Villahermosa y Pernambuco, entre muchos otros), y 2) Le atribuye a esa sanación de heridas históricas una trascendencia en el contexto contemporáneo. Allá él: frente al Tratado de Maastricht, la Declaración de Augsburg no tiene ninguna importancia. Las casas reales europeas investidas de poder se llaman hoy, socialdemócratas y democristianos, no habsburgos o capetos.

Esta celebración del encuentro ecuménico es un tanto ofensiva, porque la rivalidad entre los seguidores de la gracia divina y los partidarios de los buenos actos no sólo floreció en la literatura y en la pintura. “Por no comer la carne sodomita/ de estos malditos miembros luteranos,/ se morirán de hambre los gusanos/ que aborrecen vianda tan maldita”, versificaba, implacable, Quevedo, mientras Van Dyck y Velázquez pintaban las grandes batallas en las que España dilapidó el oro y la plata de América, Alemania resultó arrasada y Francia quedó, a la postre, y gracias al talento malévolo de Richelieu, como la potencia emergente. Las necedades teológicas de unos y otros fueron pretexto para una de las más grandes masacres sin bando bueno de la historia, en la que centenares de miles de personas se fueron al otro mundo sin saber, a ciencia cierta, si serían aceptados allí: en los campos de batalla y en el destazadero de San Bartolomé no había mucho margen para pensar si se tenía la gracia divina o para repasar las buenas obras, si la fe había sido robusta en suficiencia o si se tenía actualizado el estado de cuenta de las indulgencias.

Hoy es el Día de los Fieles Difuntos. Ahora ustedes, teólogos y clérigos de uno y otro bando, harían mejor en pedir perdón silencioso en nombre de sus antecesores a todas esas víctimas. No nos vengan, después de todos estos siglos y después de todos estos cadáveres, con que el asunto no tenía importancia. Tendrían que abstenerse de recordar aquella idiotez sangrienta. Mejor harían en guardar silencio. *

26.10.99

Duermen


Habría que hablar de esto en voz baja y con frases muy cortas. No vaya a ser que uno de esos niños despierte de su sueño envenenado. Que despierte y se entere del descuido y el desdén que le inspira al mundo. Que se vaya enterando de su propia tragedia. Que sepa que un episodio así no ocurre jamás en los barrios residenciales ni en las escuelas de paga de estas comarcas. Que seguimos usando el Parathión entre los insumos agrícolas. Y que ese somnífero eterno se pasea, de vez en cuando, por los envases donde se prepara la leche de la caridad oficial, sucedáneo barato a las políticas de desarrollo, empleo e integración que han sido borradas, por populistas, hasta del horizonte utópico.

En Taucamarca hay 24 niños dormidos que no van a despertar nunca. En Lima hay un revuelo y un escándalo. Se buscan culpables inmediatos y prácticos para el linchamiento de la opinión pública. La policía encontrará un operario descuidado, un sicópata suelto o un contratista inescrupuloso para echarlo a la cárcel.

Pero estos descuidos, o actos criminales, o prácticas corruptas, no ocurren nunca en Miraflores ni en el Barrio Alto ni en el Pedregal de San Ángel. Nadie ha oído nunca que en los liceos y colegios de doscientos dólares mensuales les proporcionen a los niños leche con Parathión o con mierda. Esas mezclas tóxicas y mortales aparecen siempre en los repartos de ayuda caritativa a los damnificados de una catástrofe permanente y cuidadosamente planificada.

Con el tiempo, estos niños dormidos se volverán moléculas primarias, un recuerdo deslavado y una muesca mínima en la pirámide demográfica de Taucamarca. El gobierno peruano, y sus congéneres de América Latina, seguirán comprando leche para distribuir entre los pobres. Es mucho más barato que crear empleos para los padres. (Es más eficiente y rentable que preservar a la población de un huracán económico que, como lo sabe cualquiera que haya cursado una maestría en Harvard, resulta inevitable y hasta deseable.) De cuando en cuando, nos llegarán noticias de nuevos accidentes, de niños intoxicados, ahogados en lodo, contaminados con plomo y arsénico, lanzados a las redes de explotación de la mendicidad industrial, incorporados al sexoservicio, vendidos a parejas estériles de Holanda y Suecia, integrados de esas maneras a la economía mundial y al libre comercio.

Y sentiremos tristeza, y hallaremos alivio en la resignación cristiana o hayekiana, o nos volveremos pragmáticos y nos diremos que, a fin de cuentas, la leche con Parathión es un gran invento, habida cuenta de lo difícil que resulta dormir a un niño.


19.10.99

Agua y barrotes


En1629 la Ciudad de México vivió la inundación más grave de su historia. Las crónicas de la época consignan que, entre otras muchas edificaciones, se anegó el Palacio de la Inquisición, en cuyos sótanos se encontraba prisionera --desde 40 años antes-- Juana de Carbajal. Ninguna fuente lo dice en forma explícita, pero se infiere que esta mujer, cuyo único delito era provenir de una familia de judaizantes, pasó varios días o varias semanas con el agua a la cintura, si no es que al cuello. Ese mismo año, y ya seca, fue quemada en la Plaza del Volador. Juana llegó a la tierra para vivir entre el acoso del agua y el abrazo del fuego, y de éste sus cenizas pasaron al aire. La concatenación de elementos no basta, por supuesto, para endulzar una atrocidad que seguirá resonando en la historia a pesar de los siglos transcurridos.

Esto me viene a la memoria con las imágenes de los presos del penal de Villahermosa, quienes llevan en remojo ya más de ocho días, porque el fin de semana antepasado las aguas del río Carrizal inundaron la prisión, desde entonces se niegan a abandonarla y mantienen a los reclusos sumergidos de la cintura para abajo. Lo extraño no es que los reos se hayan amotinado en tres ocasiones desde entonces, sino que a nadie se le ocurra sacarlos de ahí o, en su defecto, achicar el agua.

Puede parecer estrafalaria la preocupación por la suerte de unos delincuentes empapados en momentos en que numerosas comunidades formadas por ciudadanos honestos sobreviven a la intemperie, al hambre, a la sed, al acecho de las epidemias, al agua sucia omnipresente y a la amarga perspectiva de un futuro inmediato sin casa, sin animales, sin cosecha, sin muebles o sin los parientes inmediatos que fueron devorados por el lodo.

En circunstancias de emergencia como la actual, es lógico que haya prioridades para el auxilio a la población y que se deje para el final el rescate de unos criminales puestos a macerar por una catástrofe de la que nadie tuvo la culpa. La idea misma de un operativo de traslado masivo de los reclusos a sitios menos húmedos plantea difíciles problemas de logística y seguridad en situaciones normales, y tanto más en la presente. Así, con estos despojos de la sociedad que no le importan más que a sus familiares no queda más remedio que dispararles, así sea con balas de sal, cada vez que se sublevan y a esperar que las aguas se vayan por donde vinieron antes que los reos terminen de morirse de pulmonía, de infecciones, de sueño, de hambre y sed o de pura exasperación.

Curiosa manera, ésta, de inculcar la piedad entre quienes han carecido de ella, de fomentar la responsabilidad social entre quienes la ignoran y la quebrantan, de negar una oportunidad de vivir a quienes fueron orillados a la delincuencia por la falta de oportunidades laborales, sociales y afectivas.

Es del conocimiento popular que la inmersión prolongada reblandece los músculos y la voluntad. Pero si esos presos de Tabasco siguen sumergidos en su propia sopa de delincuentes sin nombre, ello será expresión de un endurecimiento social trágico y temible, y después de su agonía o de su muerte no habrá toalla capaz de secarnos la conciencia. *

12.10.99

Actos humanitarios


Informes procedentes de Londres aseguran que el general Augusto Pinochet ha sufrido en semanas recientes “pequeños infartos cerebrales” que se manifiestan en la pérdida del equilibrio y de la memoria de corto plazo y en un carácter menos tolerante. Eso dijo el médico inglés que atiende al ex dictador, pero un amigo muy querido me dijo, desde Santiago de Chile, que el problema de Pinochet es un dolor en la próstata. Sea cual sea la naturaleza de los males que lo aquejan, diversas voces en el mundo (Frei, Menem, Castro, Thatcher, el Papa) han pedido, en público si son cínicos, o en secreto si son hipócritas, que se cancele el proceso legal y que el tirano sea devuelto a su país, ya sea en consideración a su decrepitud (“motivos humanitarios”) o en atención a una muy hipotética soberanía judicial chilena que, en los nueve años transcurridos desde que Pinochet dejó el poder, no ha sido capaz ni de citarlo a declarar.

Una acción humanitaria internacional sería, por ejemplo, la abolición de la pena capital en todos los países en los que está vigente; una acción en defensa de las soberanías sería ejercer presiones efectivas para que Israel deje en paz a los palestinos, Marruecos, a los saharauis, Turquía, a los chipriotas, y Rusia, a los chechenos. Soltar a Pinochet porque se marea o porque le duele la próstata no sería humanitario, sino ilegal. Si fuera el caso, que le revisen y curen ésa y otras glándulas, y que siga su juicio.

Razones humanitarias abundantes habría, por ejemplo, para la condonación de la deuda de los países pobres por parte de las naciones industrializadas y los organismos financieros internacionales, en el entendido de que los fondos hasta ahora destinados al servicio de las obligaciones externas se canalizaran, en cambio, a la construcción de escuelas, viviendas y hospitales, y no, como les encanta a nuestros gobernantes, a rescatar de la quiebra empresas ineficientes y depredadoras. Insistir en la impunidad para uno de los más grandes criminales de este siglo no es humanitario, sino inmoral.

Humanitario sería, por ejemplo, el establecimiento de mecanismos de control para impedir que las cañadas y pendientes de Puebla, Veracruz, Hidalgo, Chiapas y Oaxaca --y todas las otras trampas mortales del territorio latinoamericano cuya urbanización y población es componente fundamental de una mano de obra barata y competitiva-- sean nuevamente vendidas y habitadas, a modo de impedir que, en la próxima temporada de lluvias, los pobladores de esas áreas se conviertan en cadáveres llenos de lodo o, en el mejor de los casos, en náufragos dolientes y empapados. Así se defendería, adicionalmente, la soberanía económica y humana de estos países de los caprichos del mercado internacional.

Un gesto humanitario sería que Margaret Thatcher buscara a los familiares de Bobby Sands y les pidiera perdón por no haber movido un dedo para evitar su muerte. El que la dama de hierro salga de su frasco de formol para abogar por Pinochet no es señal de espíritu humanitario, sino prueba de su hermandad ideológica y sicológica con el genocida chileno.

Una actitud humanitaria sería que el gobierno de Fidel Castro dejara de inculcar entre los niños cubanos --con el pretexto de homenajear al Che Guevara-- el culto a la inmolación y la obsesión por el sacrificio que caracterizaban al guerrillero argentino, y que les enseñara, en cambio, una ética de defensa y preservación de la vida. En sus tiempos de internacionalista, Castro no reparaba en las soberanías, pero ahora las invoca para criticar el proceso legal contra Pinochet. Esa mudanza puede ser una expresión de extremo pragmatismo político o bien un síntoma de Alzheimer --punto en el que emparentaría con los mareos del general o con su dolor de próstata--, pero no una muestra de congruencia moral.

Finalmente, sería un gesto humanitario que el gobierno chileno se abstuviera de invocar el dolor de próstata de Pinochet --cuántos chilenos, durante la tiranía, habrán sufrido un padecimiento semejante mientras esperaban la siguiente sesión de tortura, o el asesinato, sin que nadie se compadeciera de ellos--, cediera un poquito de su soberanía (mucho menos de la que se ha cedido en el ámbito económico) y se resignara a regalarle al mundo al ex dictador, como una aportación inapreciable para permitir un precedente y un escarmiento legal que la humanidad necesita con urgencia y en calidad de compensación por todo el horror que Augusto Pinochet Ugarte introdujo en nuestras vidas durante casi veinte años.

5.10.99

Un timorazo en el Sáhara


A principios de septiembre las cosas parecían marchar bien para los hijos del desierto. En uno de sus primeros actos de gobierno, el sucesor de Hassán, Mohamed VI, había nombrado una comisión plural para analizar los asuntos del Sáhara Occidental, en lo que se interpretó como un posible abandono de la política de puño de hierro sostenida hasta entonces por Rabat ante lo que Marruecos llama sus “provincias del sur” --y que el resto del mundo reconoce como la República Árabe Saharaui Democrática (RASD)--, ocupadas desde 1975 cuando las tropas coloniales españolas abandonaron la región. El referéndum en el cual los saharauis decidirán si son tales o si son marroquíes, postergado en innumerables ocasiones, había quedado fijado, en definitiva, para julio del año entrante. El Frente Polisario, representante incuestionado de los hijos del desierto, preparaba una propuesta de Constitución para el país liberado. Se veía la luz al final del túnel de la ocupación marroquí, y parecían ir quedando atrás los bombardeos con bombas de fósforo contra la población civil, las desapariciones y los asesinatos de independentistas, el oprobio de la ocupación. Lo de menos, en esas circunstancias, era que el gobierno de Marruecos persistiera en sus intentos por adulterar el padrón de votantes para el referéndum con la inclusión en las listas de miles y miles de colonos marroquíes.

El 10 de septiembre, en la ocupada El Aaiún, numerosos estudiantes, desempleados y jubilados saharauis iniciaron un plantón de protesta pacífica contra los invasores. Nueve días más tarde los trabajadores de las minas de fosfatos se les unieron. En la madrugada del 22, elementos de la Policía Judicial, la Gendarmería Real, las Compañías Móviles de Intervención y del Departamento de Seguridad Territorial iniciaron una violenta represión contra los manifestantes, con un saldo de dos muertos, más de cuarenta heridos --a los cuales les fue negada la atención médica en los hospitales-- y dos decenas de desaparecidos. Todo ello, en las narices de los observadores de la ONU (MINURSO).

En días posteriores (27, 28 y 29 de septiembre) grupos de colonos marroquíes, con el respaldo evidente de su gobierno, saquearon e incendiaron casas y comercios de saharauis y secuestraron al estudiante Ahmedou Ely Salem Sidi. La violencia de los invasores se ha abatido sobre El Aaiún, capital ocupada de la RASD.

Dos hipótesis: el siniestro policía Dris Basri, hombre de confianza de Hassán, y por décadas hombre fuerte en los territorios ocupados, se ha sentido amenazado por las nuevas políticas de Mohamed VI y ha decidido torpedear por su cuenta los preparativos para el referéndum de julio del 2000, o bien la tendencia moderada del nuevo rey marroquí es una simulación orientada a ganar tiempo, a tomarle el pelo a la comunidad internacional, a dorarle la píldora a la ONU (que es habilísima en comulgar con ruedas de molino) y a impedir, a fin de cuentas, la independencia de los saharauis. Sea como fuere, éstos no van a dejarse escamotear su derecho a tener una patria. El único camino para impedírselos es, entonces, masacrarlos en forma semejante a como los militares indonesios masacraron a los timoreses hace un par de semanas.

Entre los dos pueblos --timoreses y saharauis-- hay grandes paralelismos. Ambos fueron víctimas de potencias vecinas (Indonesia y Marruecos) que aprovecharon el hueco de la descolonización súbita e irresponsable (Portugal, en el caso asiático; España, en el africano) para anexarse territorios y pueblos con vocación de países independientes. Tanto Timor como la RASD han padecido una represión implacable desde 1975, y ambos han mantenido, pese a todo, su determinación de soberanía. Cuando las autoridades de Yakarta vieron perdida su colonia, tras el abrumador triunfo de los independentistas timoreses en el referéndum de agosto, perpetraron un genocidio desesperado y mezquino que, de todos modos, no habría podido evitar la liberación timoresa. Ahora estamos ante la posibilidad amarga de que Marruecos, con base en esa experiencia ajena, procure no llegar al plebiscito. Queda la duda de si la comunidad internacional volverá a permitir una matanza de inocentes a plena luz del día.

28.9.99

La deuda externa


Este fin de semana el gobierno de Ecuador nos dio la sorpresa de declarar una moratoria de sus pagos de deuda externa. No fue una decisión fundamentada y serena, sino una salida desesperada, forzada por la imposibilidad, asumida a regañadientes y en medio de disculpas de Estado. No fue el equivalente de un discurso solemne, sino un sonoro gas incontenido en medio de un banquete oficial: una vergüenza. Si el intestino económico ecuatoriano tuviera las dimensiones del de México o del de Brasil, habría sido, además, una catástrofe.

El presidente Mahuad tal vez habría podido ahorrarse el bochorno si se hubiera dado cuenta a tiempo de la lógica según la cual la deuda, en sus términos actuales, es impagable. Qué lástima: hace más de quince años que sabemos, sin margen posible de duda, que la deuda externa de los países de América Latina es impagable e incobrable. Los teólogos neoliberales nos enseñaron, además, que es imprescriptible, progresiva y eterna. Entre los gobiernos de estas naciones y sus acreedores se ha establecido el pacto cínico de no saldar nunca el principal, a condición de que los intereses sean cubiertos puntualmente. De esta manera, nos hemos resignado a pagar una renta por el simple hecho de existir y de ser descendientes de los ministros de Hacienda que formalizaron los primeros empréstitos hace diez o veinte o treinta o cien años, y connacionales --o súbditos-- de los funcionarios que, día con día, semana con semana, año tras año, renuevan puntualmente las obligaciones y los instrumentos de nuestra cadena perpetua.

Ninguno de los regímenes democráticos de este subcontinente le ha preguntado a la gente si desea seguir participando en la lógica del endeudamiento externo y cargar sobre sus espaldas unas obligaciones nacionales que, individualizadas, representan algo así como mil dólares por cabeza: tres, seis o doce meses de trabajo, según las variaciones nacionales del ingreso per cápita.

Nuestros gobernantes asumen que todos los habitantes de esta porción del mundo disfrutamos el estilo de vida del tarjetahabiente compulsivo. Podrían llevarse alguna sorpresa, y descubrir que una que otra viejita de miscelánea preferiría --si le preguntaran-- vivir al día, pero sin deudas.

El hecho es que nadie le ha preguntado nada a nadie y las viejitas de miscelánea, los bebés con cólico, las abogadas, los periodistas y los barrenderos --entre otros-- llevamos a nuestras espaldas la renta de una suma primigenia, siempre y puntualmente renovada, renegociada y ampliada. Quien te diga que ha logrado reducciones sustanciales del monto te está presentando un malabarismo aritmético muy cercano a la mentira.

Pagar la deuda externa --saldarla, cubrirla, devolver lo prestado sin contratar créditos adicionales-- es, al parecer, un disparate irrealizable digno sólo del extinto Ceaucescu, que tendría consecuencias catastróficas para la población. Eso dicen. Negarse a pagar es una propuesta que suena --después de tantas toneladas de propaganda a favor del “realismo económico”-- obsoleta, incendiaria y quimérica. Entonces no hay más remedio que pagar, puntualmente y hasta con entusiasmo, a la espera de que el crecimiento económico algún día le gane la partida al incremento de la deuda, hasta convertirla en una porción realmente despreciable del PIB, y rogándole a Dios que los intereses no suban en forma brusca. El único problema con esa perspectiva es que resulta demasiado frágil y sujeta a la Ley de Murphy --lo que pueda fallar, fallará-- y que tarde o temprano (si les va mal a los bolsistas de Tokio, si les va demasiado bien a los agricultores estadunidenses, si le da herpes a un ignoto mafioso ruso o a un banquero de Bahrein) cada uno de estos países estaremos en la situación de Ecuador.

14.9.99

La Patria


Curiosa palabra esa que parece un padre dicho en femenino, un parto convertido en suelo (piso asfaltado, tierra a flor de tierra o cubierta de humus fértil y llena de microbios). Es un término que evoca un mapa lleno de instituciones, banderas, cervecerías, panteones, casetas de peaje, hospitales y, sobre todo, casas y calles: un territorio para convivir con odontólogos, maestras, curas y delincuentes, funcionarios y arquitectas, niñas que se llaman Lupe o Melissa o Clara, niños bien y niños de la calle, niños genio y niños Down, señoras burguesas clavadas en los años cincuenta (sólo el modelo del automóvil las ancla en el presente), sobrevivientes de las crisis con la ropa hecha garras y santos patronos de sí mismos.

Es una palabra que hace pensar en un pedazo de mundo donde se aglomeran las fábricas, los museos, los restaurantes, los desiertos y los postes de luz vestidos o desnudos de propaganda, esquinas de los primeros noviazgos, tiendas paradisíacas y prohibitivas, callejones de los asaltos, campos que no caben en la memoria de nadie.

La Patria siempre es el mejor de los mundos posibles. Incluso cuando no existe, como les ha pasado a los palestinos, el simple deseo y plan de una Patria es mejor que nada. Aunque no esté asociada a un territorio, como ocurre entre los gitanos, para quienes la Patria es una familia en movimiento, tan indispensable e irrenunciable como la comida y el aire. Por más que se encuentre en crisis económica, azotada por la delincuencia y los fraudes, contaminada y endeudada, incluso en guerra, hasta cuando acaba de ser arrasada por las bombas o se ha reducido a un recuerdo doloroso de exilio, la Patria es una referencia necesaria para encauzar la vida de casi toda la gente.

Cada día es menos suave; impecable y diamantina no lo es casi nunca, salvo en la imagen que guardamos de ella en el corazón y que sale en torrentes antiguos por la garganta de un poeta difunto y entrañable.

En muchas circunstancias amargas se convocó a fallecer en nombre de la Patria. Aquellos sacrificios tal vez eran necesarios para construir el mundo agridulce que hoy padecemos y disfrutamos. Tal vez no. Acaso se habrían logrado países semejantes a las que hoy tenemos sin tanta matazón. En todo caso, en las postrimerías del siglo parece claro que ninguna Patria debiera ser el cementerio prematuro de sus hijos e hijas, sino una máquina para vivir, un pulmón que le ayude a nuestros pulmones, una muleta para sobrellevar la angustia, red para no morir en las caídas del alma, del páncreas o del bolsillo: una aglomeración más o menos coherente de gente y piedras, nubes y bancos, animales y autopistas, follaje y mar, en el que cada quien tenga su sitio, y que le dure, de preferencia, toda su vida.

7.9.99

Haz algo, ONU


Timor es la gran oportunidad para que redimas tu nombre, institución obesa con la boca llena de buenos principios, grumo de impotencias, hermana de la caridad al mando de cazabombarderos, esperanza de los humanos, aparador de cristal y aire frío a orillas del Hudson, el mejor de los mundos posibles, abreviatura hueca, membrete lleno de sentido, sigla del siglo.

Has vivido buena parte de tu vida de media centuria pegada al equilibrio paralizante de las superpotencias; has sido rehén de tus poderes máximos; has convertido en burocracia frívola gestos y gestas diplomáticos que habrían podido humanizar el mundo si no hubieran tenido que pasar por tus intestinos lentos; te has quedado a la zaga del pulso planetario; ante numerosos crímenes de Estado has permanecido como testigo amordazado y amarrado a un sillón ejecutivo.

Cuando la balanza de los hongos atómicos empezó a inclinarse a uno de sus polos, a comienzos de esta década, te usaron para destruir un país cuya única culpa había sido la de ser sojuzgado por un tirano sádico que, varios años antes de invadir Kuwait, y ante tu indiferencia, roció con gases venenosos a los bebés y a las mujeres y a los abuelos kurdos. Con tu nombre como escudo moral, Europa Occidental y Estados Unidos ųademás de algunos otros gobiernos pequeños y cortesanosų volcaron casi todo el poder de guerra del mundo sobre los pobres iraquíes; los han estado matando de hambre desde entonces; para colmo, Saddam Hussein sigue siendo el propietario, tan sangriento y acaudalado como siempre, del país.

Aunque no sirvió para lo que habría tenido que servir (resolver los problemas de la región, generar una legalidad internacional sustentable) la fórmula sentó precedente. Este año los mismos protagonistas del 91 emprendieron un operativo de demolición semejante, esta vez contra Serbia. Mismo resultado: un país destruido y un gobernante criminal que sigue en el cargo. Sólo que en esta última ocasión tu nombre no fue ni siquiera necesario.

Frente a esas incursiones desastrosas, tú has sido incapaz, durante muchas décadas, de defender del ejército israelí a los palestinos, de los militares turcos a los grecochipriotas, a los saharauis del desierto de los soldados de Hassán ųmuerto hace unas semanas, para bien de todos y hasta de sí mismoų y, por supuesto, a los timoreses de los delirios indonesios de archipiélago imperial. En Centroamérica y en Angola prestaste tus buenos oficios para unos procesos que significaron, sí, el fin de la guerra, pero no necesariamente el principio de la paz.

Ahora, en el Pacífico del Sur, te encuentras ante un divorcio evidente entre la fuerza y la razón. Los timoreses, invadidos y masacrados por Suharto, han logrado por fin expresar su certidumbre de independencia. No hay una brizna de duda posible sobre la legitimidad, la legalidad y la contundencia de ese deseo. Tú misma contribuiste a la realización del referéndum. Tú tienes la certeza inequívoca de que su resultado es indiscutible.

Pero en los días recientes los matones a sueldo del ejército indonesio, los que no tienen otro modus vivendi que reprimir independentistas, ni más instrumentos de trabajo que machetes y fusiles de asalto, tratan de revertir la consecuencia inevitable del plebiscito por la vía del homicidio en masa. Aquí, querida y detestada ONU, tienes la gran oportunidad de enmendar tu prestigio y de dar un mentís a tu fama de hipócrita y de torpe. En Timor no hay ambigüedad posible; no tienes pretexto válido para perder el tiempo consultando con tus tripas diplomáticas, no tienes coartada para la lamentación y la deploración de la sangre derramada: debes actuar, y rápido. Cuentas con todos los argumentos morales, políticos y legales para conminar a la superpotencia y a sus potencias asociadas a constituir una fuerza de paz que garantice a los timoreses su derecho a la nación y a la vida antes que se vean obligados a echar mano de la consigna terrible e inútil de patria o muerte; inútil, digo, porque a los muertos ųde Timor o de cualquier otro paísų la patria no les sirve un carajo.