24.7.01

La muerte accidental de un activista


No hay forma de saberlo: Carlo Giuliani pasará al olvido en cuestión de meses o su muerte será recordada como la de los mártires de Chicago, o ambas cosas, o ninguna. El gobierno de Silvio Berlusconi la presenta como un accidente de la represión, los globalifóbicos la enarbolan como la prueba del nuevo totalitarismo global y la sangre ya fue limpiada. El sentido común del poder indicaría que no se puede combatir a balazos el descontento callejero, que es menos costoso --en términos políticos-- un policía descalabrado que un manifestante muerto y que en los tiempos que corren la virtud central de cualquier gobierno es la contención. Los detractores del nuevo desorden mundial, por su parte, tendrán que deslindarse de los hooligans.

En el episodio ha podido averiguarse que el movimiento de resistencia global es una ensalada, también global, de malestares y disconformidades que no logra determinar si su principal enemigo es el ministro de Economía de Alemania, el cuerpo antidisturbios de la policía italiana o una lechuga genéticamente modificada; tampoco tiene claro si sus métodos para resistir la mundialización oprobiosa han de ser el incendio de las calles, la movilización no violenta, la programación de código para Internet o la meditación pacifista y vegetariana.

Pero el Grupo de los Ocho (G-8) le gana en confusión a sus detractores. En su conformación no hay criterios lógicos ni coherencia: los siete primeros miembros del club son los jefes de Estado o de gobierno de las siete principales economías nacionales; el octavo, el presidente ruso Vladimir Putin, no representa la octava economía, sino el segundo arsenal nuclear del mundo, con todo y que se encuentre en declive por la oxidación y el achatarramiento acelerado del equipo.

Al término de su reunión en Génova, y después de un muerto, cientos de heridos y varias toneladas de gas lacrimógeno, el G-8 emitió una carta rosa en la que ofrece ponerse a pensar una manera de incluir a la sociedad civil en los debates sobre globalización, promete una limosna de 53 millones de dólares para los países más pobres y anticipa la creación de un fondo --más sustancioso, ese sí-- para combatir el sida. Además, los gobernantes más poderosos recomendaron el envío a Medio Oriente de observadores internacionales, una propuesta saludable para la salud mental de los israelíes y para la subsistencia física de los palestinos, pero que ya fue vetada por los primeros y que tendría que aplicarse también --a la vista del desastre genovés-- a la misma Italia y a los sucesivos encuentros del G-8 en cualquier punto del planeta.

El resto del temario dio lugar a unas confrontaciones de clóset entre los participantes de la reunión. Los globalifóbicos tienen todo el espacio político del mundo para generalizar, especialmente ahora que la policía de Berlusconi les regaló su primer mártir, pero no es lo mismo el capitalismo renano de Schroeder que el capitalismo texano de George W. Bush; el presunto acuerdo sobre juguetes militares entre Washington y Moscú borra los desacuerdos de fondo entre los gobiernos respectivos, y la negativa del primero a aceptar el Protocolo de Kioto es un agravio mayor para sus aliados políticos y económicos europeos.

En la ciudad que se reclama cuna del más destacado (aunque inconsciente) pionero de la globalidad planetaria, la muerte accidental de un activista globalifóbico revela los límites y las contradicciones del variopinto movimiento de resistencia global, y al mismo tiempo ha colocado al G-8 en un papel tristísimo que revela la impotencia del poder: tras reivindicar su derecho de libre reunión, como si fueran unos pobres militantes apaleados y reprimidos, los jefes de Estado y de gobierno de las ocho potencias anuncian su decisión de retirarse a deliberar en la semiclandestinidad de Kananaskis, un pueblo de la provincia canadiense de Alberta. Pero nada garantiza que los globalifóbicos no los alcancen en ese pueblo cuya localización geográfica precisa es materia de especialistas y que bien puede describirse, en consecuencia, como el culo del mundo.

17.7.01

El ajuste y la plaga


El fin del mundo tendría que ser un suceso único y singular, pero en las sociedades latinoamericanas se presenta en forma recurrente, más o menos cada cinco años. Si Juan, el discípulo amado de Jesús, viviera en estos comienzos del siglo XXI, sería doctor en Economía y escribiría sobre la crisis argentina; en vez de referirse al número de la Bestia, el alucinado de Patmos emplearía la expresión --igual de críptica-- de “déficit fiscal” y hablaría de los jinetes de la Recesión, el Desempleo, el Ajuste y la Inflación.

Las escatologías del evangelista (dicen algunos, para desagrado de cristianos y de judíos, que son refrito y recopilación de más antiguos midrashim talmúdicos) han sido vistas como premonición de muchas cosas, pero hoy por hoy nada se parece más al retrato nacional del Apocalipsis que la fuga de capitales con sus secuelas de hambre, muerte, peste y guerra, un fenómeno que se vive y se percibe tan inevitable e inmutable como el delirante fin del mundo según Juan.

Hay la sensación de que el guión está escrito de antemano en alguna parte o que el hoyo negro que se abre en los bolsillos de los argentinos es la expiación de un pecado. Falta por saber cuál: si haber soportado casi una década el neojusticialismo corrupto de Menem o haber votado contra él, el año antepasado, en una movida social que culmina en un gobierno aun más inepto, no menos corrompido, a juzgar por los sobornos a senadores, e igualmente adorador de Domingo Cavallo, quien, para efectos de esta comparación, y si no sonara tan maniqueo y violatorio de los derechos humanos, podría ser homologado con el falso profeta partidario del “dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás”, y a la que hay que “atar por mil años” “para que no engañe más a las naciones” (20:3). Pero el superministro de Economía está tan vapuleado por los acontecimientos fuera de control como cualquier peatón; su desgaste político es inocultable y no le queda gasolina para otro plan de ajuste, el del mes entrante, por ejemplo, cuando el gabinete de De la Rúa se dé cuenta que no basta con que el gobierno ahorre mil 500 millones de dólares en lo que resta del año para sacar al país del abismo financiero.

En lo discursivo el Presidente también mete la pata. Antier desaprovechó la ocasión de colocarse en tono bíblico --la correspondencia entre la austeridad textual y la presupuestal-- y optó, en cambio, por frases desgarradas de telenovela: “Doy la vida por este plan porque estoy salvando al pueblo de consecuencias catastróficas”. Es un alegato de mal gusto y además inverosímil: De la Rúa tuvo año y medio para eludir la catástrofe, pero en ese tiempo hizo cuanto estaba de su parte para propiciarla, y lo logró. El mérito no es enteramente suyo, por supuesto, pero el hombre debiera al menos darse cuenta que las “consecuencias catastróficas” ya son parte de la vida diaria y que el Apocalipsis integra el escenario cotidiano de los argentinos.

Para las sociedades latinoamericanas --y la argentina no es la excepción-- el fin del mundo ocurre cada cinco o seis años, más o menos, y los países se turnan en el bateo del Juicio Final: efecto tequila, efecto samba, efecto tango. El mecanismo que regula esta rueda del infortunio es asunto de Dios, de los extraterrestres o de los capitales internacionales, es decir, está fuera del control de las sociedades afectadas. Los desequilibrios y los consecuentes recortes presupuestales o ajustes ortodoxos se presentan --o son presentados-- con una condición tan inefable como la peste y la plaga de la antigüedad. Son cosas que llegan, arruinan los planes de todo el mundo, abonan la miseria, la inseguridad y el desasosiego ingobernable, y dejan a los países tan patas arriba y tan sin esperanza como los escenarios escritos por Juan en su exilio de Patmos.

3.7.01

El paraguas de Bush


El actual presidente de Estados Unidos revivió este proyecto de su abuelo político, Ronald Reagan, y causó un revuelo considerable del otro lado del Atlántico. El aprendiz de brujo que ocupa la Casa Blanca logró lo que no se había visto en los tiempos del comunismo viejo y de la soberbia independentista francesa: un frente común de los presidentes de Rusia y Francia contra una propuesta de Washington, en este caso, el escudo antimisiles, reedición de la malograda Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE) de los años ochenta y que consiste, básicamente, en fabricar un paraguas de alta tecnología contra misiles balísticos.

En tiempos de Reagan la idea podía tener sentido desde un punto de vista estratégico, aunque fuera políticamente contraria a la distensión, porque Estados Unidos tenía enfrente a un rival directo, armado con varios miles de cohetes atómicos intercontinentales apuntados a territorio estadunidense. Era, sin embargo, un proyecto poco realista en los ámbitos tecnológico y económico. El fin de la URSS, ocurrido hace diez años, le dio la puntilla.

Hoy, el escudo antimisiles tal vez no sea una quimera tecnológica o un disparate económico, pero en términos estratégicos es una desproporción paranoica: Francia e Inglaterra no tienen previsto, que se sepa, bombardear la Unión Americana; Rusia ha dejado de ser el Imperio del Mal para convertirse en un imperio de la mafia --uno de tantos-- que ni de lejos constituye una amenaza para Estados Unidos, no sólo porque la rivalidad ideológica y política ha fallecido sino porque los arsenales atómicos heredados de la Unión Soviética son, en su mayor parte, un montón de chatarra oxidada; China no desea lanzar sobre territorio estadunidense misiles nucleares, sino baratijas de a dólar de las que producen masivamente sus campos de esclavos; en cuanto a los actuales enemigos mortales de Washington --Corea del Norte, Irak, Irán, Libia, más el que se acumule esta semana--, ninguno de ellos ha logrado crear bombas atómicas y su desarrollo de tecnología de misiles consiste en jugar con algunos diseños soviéticos de hace medio siglo (como los tristemente célebres Scud de Sadam Husein) que no ponen en peligro más que a las poblaciones de esos países y, a lo sumo, a algunos de sus vecinos más cercanos; el escudo antimisiles no serviría tampoco ante los Estados que entraron por la puerta de atrás al club atómico --Israel, India y Paquistán-- por el simple hecho de que jamás se han propuesto disputarle a Washington su predominio mundial; las obsesiones bélicas de estos tres son meramente regionales.

Pero si el actual gobierno estadunidense persiste en desarrollar el escudo antimisiles este panorama apacible en lo que a amenazas nucleares se refiere podría alterarse de manera brusca, toda vez que induciría a Rusia y a China a retomar la carrera armamentista del siglo pasado y a producir, con poco dinero, artilugios capaces de perforar el paraguas balístico de Estados Unidos: cohetes con ojivas múltiples (MRV) y misiles crucero difícilmente detectables.

Jacques Chirac, Vladimir Putin y el sentido común señalan, con razón, que la manera más eficaz de garantizar la seguridad de las potencias atómicas es persistir en los esfuerzos de desarme y de no proliferación. La Casa Blanca ha decidido romper con esa lógica, y cabe preguntarse en qué medida la determinación refleja los compromisos inconfesos de Bush y de Richard Cheney con la industria militar de su país, y en qué medida es una expresión de la paranoia estratégica del segundo y del machismo texano del primero.

26.6.01

Turistas y migrantes


Ahora los desplazamientos mundiales ocurren en modalidades muy diferentes. Hay que dejar de lado a quienes se trasladan en aviones particulares provistos de jacuzzi porque son los menos y resultan irrelevantes para la estadística. La segunda categoría, la business class, empieza a ser significativa en términos numéricos, pero no tanto como las clases medias iniciadas en el turismo. Los que sean capaces de demostrar ingresos fijos, aunque sean nimios, pueden luego acceder a la indulgencia del visado y al taxi para el aeropuerto; a partir de ese punto, la red de agencias de viajes, tarjetas de crédito, cadenas hoteleras y empresas de telecomunicaciones, entre otras, se encargan de convertir en una realidad insulsa y masificada la promesa de los carteles turísticos en los que las escenas de Londres, Rio de Janeiro, París y Disneylandia, emiten luz propia.

Esas clases medias, incluso si pertenecen a una nación de las llamadas tercermundistas, en desarrollo, pobres, subdesarrolladas y ahora “emergentes” (el término está tan cargado de expectativas y aspiraciones que no parece obra de un sociólogo o de un economista sino de un experto en marketing), ya pueden cenar en La Coupole una vez en su vida, transitar por el Golden Gate en un coche rentado y hasta sobarle la barriga al gurú de la India que se ostenta como la más novedosa reencarnación de Buda. Toda ilusión de cosmopolitismo es dable, a condición de demostrar que uno no va a pasar más de dos semanas fuera y que al término del viaje (el turismo es el opio del pueblo) regresará al trabajo para garantizar las facturas del hotel, los boletos para Epcot Center y el Vaticano y la cuenta de la agencia de renta de elefantes.

Hay, en cambio, quienes se largan del terruño para no volver, ya sea porque hay guerra (como en los Balcanes) o porque no hay trabajo (como en México), o porque ambas cosas (como en Colombia); a esos no se les llama turistas, sino migrantes y no van a conseguir visa en ninguna embajada ni llevan el dinero suficiente para entrar al MOMA ni han visto jamás su nombre escrito en relieve en las tarjetas de crédito, sucedáneo de la inmortalidad de las inscripciones lapidarias.

Esta segunda categoría de viajeros no acude a los aeropuertos, porque no tendría en ellos la menor esperanza de abordar un avión; sus integrantes acuden, en el mejor de los escenarios, a las terminales de autobuses, pero lo más probable es que suban en calidad de polizontes a un medio de transporte que con frecuencia los conduce a la muerte --vagones de tren asfixiantes, furgones de transporte, contenedores de la marina mercante, embarcaciones hechizas y precarias-- o que caminen, caminen y caminen por lugares inhóspitos hasta congelarse o deshidratarse.

Para ellos, el equivalente letal de las agencias de viajes y las cadenas hoteleras son las redes de tráfico de humanos, los mercaderes de trabajo esclavo y los variados zopilotes apostados a todo lo largo del viacrucis.

La diferencia sustancial entre unos y otros es que los primeros son, durante la fugacidad de su trayecto, consumidores de bienes y servicios, así sean baratijas de a dólar y habitaciones de hotel de un cuarto de estrella: forman parte de un mercado a domicilio en permanente exportación que dejará en los puntos de destino cien o diez mil dólares por cabeza y por semana. Los segundos, en cambio, son, antes que nada trabajadores en busca de ingresos, es decir, representan un peligro de erogación para los países a los que acuden; eso es suficiente para que los agentes migratorios echen a andar la imaginación y busquen la manera de que estos viajeros se ahoguen en el mar, se asen en el desierto o se asfixien en furgones cerrados, cuidando siempre que el prestigio del país anfitrión quede libre de toda sospecha de asesinato.

Además de los turistas y los migrantes hay los que llevan la correa de la computadora portátil terciada sobre la corbata o el traje sastre; son menos numerosos que las dos categorías anteriores. Y finalmente, hay quienes se desplazan en avión privado con chef de a bordo, pero ésos son unos cuantos y no alteran la estadística.

12.6.01

Bajas colaterales


Baylee Almon y Timothy McVeigh están unidos para siempre por la relación entre la víctima y el victimario, por el nitrato de amonio, por el pentotal sódico, por el circo mediático y por el misterio de la muerte. La primera falleció el 19 de abril de 1995 en un hospital de Oklahoma City, un día después de cumplir su primer año de vida; el segundo fue ejecutado ayer en la prisión federal de Terre Haute, Indiana, cuando tenía 33 años, y ante un público de 300 asistentes, incluida la madre de Baylee. Ambos fueron, a su manera, depositarios de símbolos y obsesiones clave de la sociedad estadunidense; al parecer, ninguno de ellos llegó a ser consciente de ese papel y creo que ambos murieron en olor de inocencia.

McVeigh es una hechura ideológica típica de la era Reagan: vivió una adolescencia angustiada ante la perspectiva de una invasión soviética o una guerra atómica y almacenó papel de baño, cartuchos de escopeta, garrafones de agua, latas de atún y monedas de oro en escondites a prueba de radiación y pillaje. Su paisaje espiritual era el escenario de Mad Max, con rebaños humanos buenos y rebaños humanos malos, ambos trenzados en una lucha irremediable por la sobrevivencia del más apto. El muchacho, oriundo de Buffalo, NY --el asentamiento industrial más provinciano del mundo--, trató de encauzar en el Ejército sus paranoias existenciales; se enroló en 1988 y tres años más tarde, a los 23, logró ser uno entre el medio millón de héroes estadunidenses que liberaron Kuwait y destruyeron Irak. Al final de la empresa fue condecorado con la Estrella de Bronce y una medalla por Mérito en Combate. Pero la experiencia bélica no devolvió a McVeigh a la realidad sino que lo proyectó más alto en el delirio de la conspiración. Descubrió que el enemigo real era el gobierno de su propio país, vivió la represión de los davidianos en Waco (1993, 80 muertos) como un ataque a la libertad y una conjura comunista, y acabó por enamorarse de las virtudes políticas del nitrato de amonio, un ingrediente para fertilizantes que posee, además, buenas propiedades explosivas. El muchacho de Buffalo decidió iniciar su guerra contra el Estado destruyendo una de las 50 sedes principales del FBI, corporación responsable del asalto al templo de los davidianos y se convirtió, de esa manera, en el primer terrorista que se asomó al espejo de los estadunidenses.

Baylee Almon tuvo 32 años menos de biografía que McVeigh. Su virtud principal era una hermosa sonrisa de oreja a oreja y su tragedia fue haber asistido a la guardería que se hallaba en el edificio federal Alfred Murrah, de Oklahoma City, en donde se encontraban, también, las oficinas locales del FBI. La foto de su cuerpo descoyuntado y en coma, cargado por un bombero, dio la vuelta al mundo el 19 de abril de 1995. Baylee murió horas después del atentado que costó la vida a otros 18 niños y a 149 adultos. La imagen le valió el Premio Pulitzer a un fotógrafo aficionado (Charles Porter IV, quien por entonces se desempeñaba como empleado de banco) y catapultó a la fama al apagafuegos. La madre de Baylee, Aren Almon Kok, es objeto, desde entonces, de una estrecha cobertura mediática. Pocos años después de la tragedia inauguró un restaurante deli a unas cuadras del sitio del atentado, dio al establecimiento el nombre de la niña muerta, consiguió embarazarse y parir a una segunda bebita y actualmente es, además de restaurantera, portavoz de la Protecting People First Foundation, una entidad dedicada a convencer a los estadunidenses de las bondades de materiales de construcción “de alta tecnología” a prueba de bombas y desastres naturales, patrocinada por los fabricantes de tales productos. El pequeño ataúd blanco de Baylee fue depositado en la sección 1, tumba 134, del Kolb Cemetery, en Spencer, Oklahoma, y el recuerdo de la niña se ha convertido en depositario de una cursilería mortuoria de dimensiones nacionales que genera poemas llenos de ángeles y esculpe globos y osos de peluche en el mármol de la pequeña lápida.

Tal vez si los políticos conservadores de los años ochenta no hubieran macerado los sesos de Timothy McVeigh con toda esa basura anticomunista y paranoica, Baylee Almon sería hoy una preciosa niña de siete años y su verdugo sería en la actualidad un ciudadano anónimo, uno más entre ese montón clasemediero que en vez de poner bombas asa carne en la tranquilidad dominical del jardín. Pero hoy la bebé está muerta --junto con otras 167 personas-- y McVeigh es un cadáver repleto de pentotal sódico. A su manera, ambos son bajas colaterales de la guerra fría.

5.6.01

El vivo y el muerto


Hay razones del Vaticano que la razón no entiende: en las postrimerías de su pontificado, Juan Pablo II puso a asolear, en la Plaza de San Pedro, los despojos de su antecesor Juan XXIII. El 38 aniversario de la muerte de quien fuera llamado “el pontífice bueno” parece un motivo débil para someter el cadáver a la veneración o el morbo de los fieles. Tampoco es dable sospechar afinidades secretas entre Karol Wojtyla y Angelo Roncalli que pudieran empujar al primero a los linderos de la necrofilia, porque ambos son espíritus antagónicos y contrarios.

En su papado más bien breve, Juan XXIII exhibió una disposición indiscutible a considerar los anhelos de justicia, libertad y tolerancia que recorrían las sociedades de mediados del siglo pasado. Con esa actitud, emprendió un aggiornamiento formidable de la Iglesia católica, a la que reconcilió con la época, con los seglares y hasta con cultos no católicos y no cristianos. Convocó al Concilio Vaticano II para modernizar hacia adentro y hacia fuera, para ir al encuentro de realidades políticas y de entornos idiomáticos. Juan XXIII fue un modernizador, un reformador y hasta un revolucionario, según algunos.

Al margen de (des)calificaciones ideológicas, Juan Pablo II puede ser descrito, en cambio, como conservador y reaccionario. Es proverbial su afán por combatir y exorcizar la diversidad, el relativismo, la pluralidad, la soberanía individual y la libertad ciudadana que caracterizan --desde el lado positivo, al menos-- algunos de los más importantes desarrollos éticos contemporáneos. Wojtyla no incorpora: sataniza; antes de comprender, confronta; su estilo pastoral de gobernar parece más una cruzada (aunque con las armas modernas del marketing mediático) que una obra pía; diríase que en su balanza pesa más la ira de Dios que el amor divino.

Juan Pablo II es más cercano a la matriz espiritual de Pío IX, el último papa-rey, el pontífice que se aferró, en el siglo antepasado, al poder temporal, satanizó el liberalismo, la democracia y el socialismo, y ahondó las diferencias con los no católicos. Por eso, cuando Juan Pablo II beatificó al mismo tiempo a Juan XXII y a Pío IX, ese ritual fue visto por muchos como un agravio a la memoria del primero. El “pontífice bueno” no tenía ninguna necesidad de que lo pusieran, así fuera post mortem, en pie de igualdad con intolerantes.

Por alguna razón un tanto misteriosa, el domingo pasado se cruzaron en la Plaza de San Pedro un papa vivo y un papa muerto. El sentido de esa ceremonia no necesariamente es inteligible, pero las apariencias tal vez digan mucho. Un dato ciertamente significativo es que, según las descripciones de los despachos de prensa, Juan XXIII lucía mucho más saludable que su sucesor en el trono pontificio. Aquello no sólo expresaba la superioridad estética de quien ha logrado convertirse en todo un cadáver embalsamado frente a alguien que apenas aspira a esa categoría, sino también la percepción general de que Karol Wojtyla está en las últimas y que Angelo Roncalli, en cambio, se encuentra en trance de resurrección. Es un decir, claro está, porque los muertos no reviven; se refiere simplemente a que, cuando llegue el momento de elegir al sucesor de Juan Pablo II, la Iglesia católica tendrá, por primera vez en dos décadas, una oportunidad para modernizarse y acudir al encuentro del siglo XXI; tendrá la posibilidad, en suma, de vivir un tonificante y esclarecedor “momento Roncalli”.

29.5.01

Memoria de los nómadas


La ancestralidad territorial es casi siempre una ficción chovinista y pueblerina, y salvo en una que otra Islandia de excepción, las sociedades contemporáneas están sostenidas en una sedimentación interminable de migraciones y contagios. De no ser por los ires y venires mundiales e incesantes de tribus y de pueblos, Europa seguiría siendo una región de neanderthales y América estaría deshabitada de humanos. Pero ambos continentes son, en cambio, puntos de confluencia para todas las religiones, todas las culturas y todos los idiomas del mundo. Estados Unidos es un ejemplo claro. En el territorio al que hoy damos ese nombre se asentaron los inciertos peatones de Behring, los navegantes escandinavos, los pioneros españoles y los franceses, las víctimas de las persecuciones religiosas europeas, los sajones y los germanos, los negros llevados como esclavos, los italianos y los polacos, los griegos, los chinos, los judíos, los rusos, los armenios y muchos otros. Independientemente de su arribo en calidad de príncipes exiliados o de mercancía humana, los inmigrantes forjaron una nación que hoy guarda tanto parecido con las 13 colonias como el México actual con la Nueva España o la Alemania de nuestros días al Imperio prusiano.

Algunas generaciones después de los éxodos, las causas y las razones de los nómadas pierden toda importancia. El actual secretario de Estado es descendiente de esclavos y su antecesora es hija de judíos centroeuropeos convertidos al cristianismo. La dinastía Kennedy proviene de irlandeses pobres que en la Unión Americana alcanzaron el poder gracias a las actividades mafiosas y a la política. Proyectados a futuro, los genes de algún taxista neoyorquino de origen afgano --nadie más estadunidense-- adquieren la configuración de Presidente.

Hoy por hoy, el grupo gobernante en Washington --compuesto por individuos de orígenes genéticos y culturales anglosajones, mexicanos, cubanos, griegos, africanos, apaches, turcos, y Dios sabe cuáles más-- actúa como si Estados Unidos fuese una isla de pureza a la que es preciso preservar, y no una olla enriquecida con todos los ingredientes de lo humano, y rodea el país con alambradas, detectores de organismos, lanchas patrulleras, radares y guardias fronterizos. Dicho sea de paso, los gobernantes de la Unión Europea se comportan de manera parecida en su recién nacida confederación de diversidades, como si fuera dable definir lo “europeo” sin turcos, magrebíes, latinoamericanos, vietnamitas, chinos y nigerianos. Por culpa de esas políticas, la semana pasada 14 mexicanos dejaron los huesos y el resto del organismo en el desierto de Arizona. Tragedias como ésa ocurren casi todas las semanas en las regiones fronterizas entre México y Estados Unidos, pero también en las aguas del Mediterráneo y en furgones de carga en las autopistas y las vías ferroviarias europeas y americanas. Cada vez que muere un migrante en esas circunstancias se registra una pérdida inconmensurable para la familia remota, pero también para su entorno social de origen y para el país que habría sido su destino. Tarde o temprano se entenderá que esas muertes son mucho más onerosas que la suma de los gastos por los procedimientos forenses y los sepelios.

22.5.01

División de poderes


Tras la era de desregulación mundial que actualmente vivimos, las generaciones que vengan tendrán que emprender la tarea de procurar la separación entre la empresa y el Estado, así como los liberales del siglo antepasado hicieron otro tanto entre el poder terrenal y el espiritual. La semana pasada, en Italia, un señor con fama pública de mafioso y de criminal compró con facilidad, y por segunda ocasión, la primera magistratura, y hasta se dio el lujo de legitimar la transacción por medio del voto ciudadano. Tal vez la clave de la operación sea mediática: Silvio Berlusconi no acudió directamente a la ventanilla de ventas del Estado con un cheque en mano, sino que adquirió, primero, la mayoría de los medios televisivos italianos y una buena parte de los radiales y los impresos, incluido el respetable (y enorme) grupo editorial Mondadori. Con ese emporio en las manos, Berlusconi machacó con propaganda las cabezas de sus compatriotas y logró el voto mayoritario. Ahora los gobernantes de Europa occidental tienen que tragarse la vergüenza, así como masticaron la pena de tener entre sus filas a un austriaco con aliados nazis.

El cuarto poder le sirvió al presunto capo para insertarse en la esfera de los otros tres, por más que en la jugada intervengan, además, un quinto, el del dinero y, según todos los indicios, un sexto: el del crimen organizado. La separación entre el poder público y el poder delictivo es un presupuesto de las democracias representativas, e incluso de las dictaduras. No lo es, en cambio, el deslinde legal entre los cúmulos de control accionario y los cargos públicos, por más que en las democracias representativas se va haciendo evidente la necesidad de obligar a los políticos a un riguroso voto de castidad bursátil y empresarial, de la misma forma en que muchas legislaciones modernas prohíben el ejercicio de la política a ministros de culto y a los militares en activo. Si se lleva esta lógica a sus últimas consecuencias, ¿sería lícito pedir a los informadores una abstinencia partidista?

La segunda llegada de Berlusconi al gobierno implica un casi seguro periodo de impunidad para él y sus socios de la mafia. Pero, más allá de los quebrantos al estado de derecho, el suceso pone sobre la mesa la confusión entre relaciones sociales que debieran ser específicas y singulares: el poder, la información, el comercio. No es lo mismo ser un votante que opta por un candidato que un consumidor que escoge un producto; no es lo mismo un creyente que selecciona un credo que un lector que decide leer un diario en particular, o un radioescucha que selecciona una frecuencia específica.

La lógica de la desregulación neoliberal y el darwinismo económico en boga inducen y alientan una confusión generalizada entre esas relaciones sociales distintas. Preservar la singularidad de cada una de ellas y restituir la diversidad de los vínculos y las actividades humanas implicará, a la larga, el establecimiento de deslindes legales entre unas y otras.

Será todo un desafío hacerlo sin violar garantías individuales como la propiedad, los derechos políticos o la libertad de expresión. El problema mayor de estos deslindes será, con todo, evitar la vuelta a la concepción social de estancos gremiales y sistemas de castas (los guerreros, en el norte; los sacerdotes, en el oriente; los comerciantes, en el sur, y los artesanos, en el oeste) que a estas alturas resultarían intolerables. Pero habrá que implantarlos, antes que Bill Gates se lance a la Presidencia en Estados Unidos, antes que se fusionen el Papado y la Secretaría General de la ONU, antes que cundan los ejemplos ruso e italiano --entre otros-- y la mafia gobierne más países, antes que los canales de televisión remplacen a los partidos, y así por el estilo.

15.5.01

Políticamente correcto


A principios de este mes el Pentágono anunció que está por introducir, en los fusiles de asalto reglamentarios (AR-15) del ejército estadunidense, balas ecológicas con núcleo de tungsteno, en vez de los tradicionales proyectiles de plomo revestido de cobre. Estos últimos, según explican los expertos, provocan graves daños ecológicos debido a que riegan en el suelo grandes cantidades de esos metales. El estropicio es particularmente notable en los polígonos de entrenamiento que posee Estados Unidos en diversos países y continentes para entrenar a sus efectivos militares, los cuales disparan anualmente 200 millones de los proyectiles calibre 5.56 mm empleados en el AR-15.

Esta medida recuerda las disposiciones carcelarias vigentes en la Unión Americana por medio de las cuales se prohíbe a los condenados a muerte que fumen, con base en el hecho demostrado de que, a largo plazo, el tabaco provoca graves daños a la salud y conlleva graves riesgos de contraer cáncer pulmonar y desarrollar enfisema.

Es posible que la decisión del Pentágono obedezca en alguna medida a presiones generadas por los alegatos acerca del presunto “síndrome del Golfo”, un conjunto de síntomas, enfermedades y muertes raras entre las tropas que participaron en la guerra contra Irak y, posteriormente, en la incursión de la OTAN en los Balcanes; a decir de muchos, el fenómeno estaría vinculado con el empleo masivo, en los aviones de ataque de Estados Unidos y de sus aliados, de balas de uranio empobrecido, capaces de penetrar blindajes de tanque, pero altamente contaminantes. Por una operación mental extraña, el discurso antibélico se convirtió en un alegato ambientalista en el que la indignación por la pérdida de vidas humanas perdió su relevancia a favor de la defensa de un entorno limpio.

De cualquier forma, la inminente introducción de las “balas verdes” puede considerarse un legítimo triunfo --uno más-- para el ecologismo de sacristía que recorre el mundo con un éxito feroz y en el cual se sintetiza toda la banalidad de lo políticamente correcto: el mal no reside en la existencia de un aparato de muerte y destrucción masiva como el ejército, sino que éste altere equilibrios naturales inveterados. El problema con los submarinos atómicos no es que lleven en el lomo cuatro docenas de misiles capaces de volar, cada uno, una ciudad de tamaño mediano, sino que se queden varados en alguna profundidad abisal, dejen escapar su ponzoña nuclear y arruinen de esa forma el sistema reproductivo de las anguilas que medran en la región oceánica y que son insustituibles para el correcto desarrollo del universo.

A fuerza de predicar un apocalipsis incierto, ese ambientalismo ha logrado colocarse, en el escenario político y social, como parte integrada y orgánica (no es ironía) del modelo de economía que --nadie lo niega--representa el ogro de la depredación ecológica: capillas certificadoras de limpieza productiva, partidos que no renuncian a utilizar motores de combustión interna para movilizar a sus fieles; organizaciones un poco gubernamentales (oupg's) de matriz europea y estadunidense que pregonan, en el Tercer Mundo, la abstinencia industrial y la contención en materia de emisión de gases; crisoles para integrar la máxima humildad de la especie --no hay mayor avance civilizatorio que la preservación del pato zambullidor-- con la suprema arrogancia de desconocer que las peores catástrofes ambientales del mundo ocurrieron decenas de millones años antes de que aparecieran Monsanto --que, de haber estado en condiciones, habría contribuido a la extinción de los dinosaurios-- y Greenpeace --que, seguramente, la habría impedido a toda costa.

El desafío de esta corrección política, en suma, no reside en evitar o posponer la muerte, sino en asegurarse de dejar tras de sí un cadáver biodegradable y --ahora la insinuación apócrifa procede de esta especie de neocátaros tardíos-- ya la Madre Naturaleza reconocerá a los suyos.

8.5.01

¿De quién es Jesús?


La Suprema Corte de Justicia de la Nación tendrá que decidir, tras el recurso que presentó la semana pasada la Arquidiócesis Primada de México, si existen derechos de reproducción y uso de la imagen de Cristo y, en caso de haberlos, a quién pertenecen. El documento del arzobispado alega que “Jesús Cristo, la tercera persona de Dios, Hijo de María, la Virgen”, es la esencia del “depósito de fe” de la Iglesia Católica Apostólica Romana y, por lo tanto, su “patrimonio espiritual”.

Con ese fundamento, la organización religiosa afirma que el gobierno debe tomar en cuenta la opinión del arzobispado antes de autorizar actos de culto externos en los que se utilice la imagen referida. El interés por “tutelar” la imagen tiene el propósito, agrega el texto, de evitar “cualquier medio donde se induzca a la confusión de las personas físicas o morales”.

Este tema --quién puede y quién no hablar en nombre de Jesús, o utilizar sus imágenes y sus enseñanzas-- debiera ser tratado con extrema prudencia, habida cuenta del batidero de sangre, tripas y carne humana achicharrada que la cristiandad ha provocado con sus cismas innumerables: las peleas por el copyright de Cristo degeneraron, con lamentable frecuencia, en exhibiciones extremas de las actitudes menos cristianas que puedan imaginarse.

Podría pensarse que a estas alturas nadie, o casi nadie, se toma tan en serio su celo religioso como para degollar al prójimo por divergencias de espiritualidad, pero los talibanes afganos y los ortodoxos serbios son prueba fehaciente de lo contrario. Y para no ir tan lejos, a mediados de la década pasada, en la sierra de Puebla, una familia de protestantes fue asesinada a machetazos por sus vecinos católicos.

El diferendo actual puede dejar indiferentes a algunas congregaciones protestantes que toman por idolatría y fetichismo, o casi, el amor de los católicos a las representaciones plásticas de Dios --en sus tres advocaciones-- y de los santos que le acompañan. Pero si se impusiera la lógica del arzobispado, el siguiente paso sería reclamar el monopolio sobre el uso del los evangelios; claro que los rabinos podrían exigir la exclusividad en el uso del Antiguo Testamento y los budistas --suponiendo que tuvieran algo así como un clero-- estarían en condición de perseguir, por violación de patente y marcas registradas, a los vendedores de muñequitos barrigones del mercado de San Juan.

Sería, el anterior, un escenario propicio para la defensa de la fe, con el propósito de evitar cualquier clase de confusión entre distintas religiones y para hacer realidad la metáfora de pastores, ovejas y rebaños.

Pero primero la Suprema Corte tendrá que resolver una pregunta rarísima en la cual convergen la teología y el derecho de marcas y patentes: ¿a quién pertenecen Jesús y su imagen? ¿A la humanidad? ¿A la cristiandad? ¿A la Iglesia Católica? ¿Al arzobispado?

27.3.01

Medina del Campo


La especie humana sigue siendo nómada. Cualquier “residente ancestral” de cualquier región del mundo (la excepción es Islandia), con la curiosidad suficiente para trepar un poco por su árbol genealógico, lo hallará, a una altura de diez generaciones, como máximo, infestado de migrantes, extranjeros y fuereños advenedizos. En el extremo, si José María Aznar y los miembros de su gabinete se tomaran la molestia de hurgar en su propio genoma, se descubrirían descendientes de unos emigrantes africanos que, siendo aún prógnatas y un poco arbóreos, y cuando a nadie se le había ocurrido la Ley de Extranjería, se dispersaron libremente por todo el mundo y que, con el tiempo, formaron hordas asiáticas, pueblos mediterráneos, godos, visigodos, lapones y olmecas, entre otras muchas ramificaciones.

Pero si en vez de buscar la herencia de los genes buscaran la herencia de las ideas, tendrían que reconocerse como descendientes mentales de los reyes católicos: la Ley de Extranjería huele a la pragmática de Medina del Campo de 1499: “Mandamos a los egipcianos que andan vagando por nuestros reinos y señoríos con sus mujeres e hijos, que del día que esta ley fuera notificada y pregonada en nuestra corte hasta sesenta días siguientes (...), cada uno de ellos viva por oficios conocidos, que mejor supieran aprovecharse (...) y no anden más juntos vagando por nuestros reinos como lo facen, o salgan de nuestros reinos y no vuelvan a ellos en manera alguna, so pena de que (...), pasados los dichos días, que den a cada uno cien azotes por la primera vez, y los destierren perpetuamente destos reinos; y por la segunda vez, que les corten las orejas, y estén sesenta días en las cadenas, y los tornen a desterrar, como dicho es, y por la tercera vez, que sean cautivos de los que los tomasen por toda la vida” (Novísima Recopilación, Libro XII, título XVI).

Se trataba de unificar y cohesionar, a sangre y fuego, al naciente Estado español, y en ese afán, con pocos años de diferencia, los reyes colocaron ante una disyuntiva terrible a las juderías, las morerías y las gitanerías de la Península: o se convertían --es decir, renunciaban a ser lo que eran-- o se largaban. Un sector de aquella España de convivencia pluricultural, tierra donde habían fructificado innumerables corrientes migratorias, se imponía sobre los otros y asentaba su hegemonía política y cultural sobre el territorio. En lo sucesivo, Castilla no sólo tiranizó a los “infieles” sino que oprimió a los otros pueblos cristianos de la Península y les confiscó sus idiomas y lo que ahora llamaríamos sus “usos y costumbres”. A más de 500 años de aquella fundación trágica y bárbara, la España “una, grande y libre” aún resiente la ausencia de moros y judíos y sigue un tanto embrollada en resolver, por vías autonómicas o policiales, el enredo de tener muchas naciones dentro de un solo Estado.

Hoy, la circunstancia es muy distinta. Lo que está en juego no es la conformación del Estado, sino su participación en el diseño burocrático del gigantesco castillo feudal en que se está convirtiendo la Unión Europea, por decisión propia y por fidelidad a la norma globalizadora de cerrar fronteras a los inmigrantes de los países pobres. Uncidos a esa lógica, Aznar y su gobierno hicieron promulgar una ley infame que niega a los extranjeros derechos humanos fundamentales --reunión, asociación, manifestación, sindicación y huelga-- y cometieron la canallada de condicionar el ingreso a territorio español a colombianos, ecuatorianos, dominicanos y otros inmigrantes del mundo hispano que requieren de trabajo y que hasta ahora han participado en la construcción de la nueva pluralidad cultural española.

Es una pena descubrir que, medio milenio después, el espíritu de la pragmática de Medina del Campo ha resucitado en La Moncloa.

20.3.01

Antiglobalifobia


El titular de la Comisión de la Organización de Naciones Unidas de Financiamiento para el Desarrollo posee una personalidad rica en contrastes: cuando aborda o escucha un drama social cualquiera, exhibe tal frialdad que uno puede imaginar su bóveda craneana llena de microprocesadores; en cambio, cuando argumenta a favor de la liberalización comercial, parece inflamarse de pasión y visceralidad casi eróticas. Con esa fogosidad, que en un tecnócrata podría considerarse incluso admirable, la semana pasada se dedicó a insultar, en la revista Forbes, al amplio conjunto de seres humanos que no están de acuerdo con los términos y las condiciones en que se desarrolla actualmente la globalización económica; para ellos, el funcionario acuñó, en enero del año pasado, un epíteto despectivo que constituye su principal aporte a la lexicografía: globalifóbicos.

Ahora, el también ejecutivo de Procter & Gamble y de Union Pacific Corp., llamó a combatir a esos variopintos disidentes de la liberalización comercial, a quienes acusó de ser una “mezcla peculiar de izquierdistas y derechistas extremosos, ecologistas radicales y autodesignados representantes de la sociedad civil”; además, los culpó por no ofrecer “otra alternativa que la extrema pobreza” a los trabajadores de “muchos” países en desarrollo, e incluyó entre los destinatarios de sus críticas a “algunos políticos” que en forma errada y cínica, dijo, “astuta y rápidamente han acomodado sus opiniones a la nueva moda de la antiglobalización, o para satisfacer electores o porque están confiados en que la globalización es un proceso irreversible”; el funcionario internacional arremetió también contra los gobiernos que invocan (en forma “hipócrita”) los derechos laborales “para destruir las oportunidades de comercio”.

El dos veces secretario en el gabinete de Salinas, ex presidente de México y actual jefe de la Comisión de la ONU de Financiamento para el Desarrollo, tiene sin duda el derecho irrenunciable de pensar lo que quiera, de no reflexionar sobre lo que no le guste y de odiar muchísimo a quien le venga en gana. Pero su alegato antiglobalifóbico en 
Forbes tiene dos aspectos objetables.

El primero es la impertinencia. En su condición de funcionario de Naciones Unidas, Ernesto Zedillo tendría que evitar la parcialidad manifiesta y la virulencia discursiva ante los grandes debates económicos internacionales, así fuera en el afán de desempeñar con una mínima eficacia la tarea que le encomendó Kofi Annan. Es inevitable sospechar que a los políticos calificados por Zedillo como “cínicos” o “hipócritas” (y aun “proteccionistas”, que es uno de los máximos insultos del vocabulario neoliberal), así como a organizaciones civiles y a funcionarios internacionales --pienso, por ejemplo, en Nora Lusting, del BID, quien ayer advertía sobre la brecha entre ricos y pobres generada por la globalización-- no les hará ninguna gracia tratar con este funcionario lenguaraz y que, por ello, la Comisión de Financiamiento para el Desarrollo, manejada con semejante radicalismo ideológico y verbal, está condenada a perder interlocutores y eficiencia.

El otro defecto del artículo es el descaro. Sería comprensible que el empleado de Pacific Union Corp. y de Procter & Gamble defendiera la liberalización comercial en nombre de los intereses de sus patrones, toda vez que éstos han realizado excelentes negocios gracias a la apertura salvaje de mercados que se lleva a cabo en las naciones en desarrollo. Pero hacer la apología de estos procesos apelando al “bien de los pobres del mundo”, atropellados y multiplicados por el neoliberalismo, exige una notable dosis de impudicia y de dureza facial.

Para finalizar, el episodio debiera alentar la preocupación internacional --muy activa en los tiempos en que Pérez de Cuéllar encabezó la ONU, y cuando ésta llegó a niveles perceptibles de corrupción-- en torno a la necesaria fiscalización de los funcionarios internacionales, no sólo para impedir que desarrollen conflictos de intereses como el que podría estar experimentado el propio Zedillo, sino para evitar la lamentable y contradictoria tendencia de los directivos de Naciones Unidas a guardar silencio ante asuntos sobre los cuales deberían manifestarse, y a hablar de más en circunstancias en las que lo prudente sería cerrar el pico.

13.3.01

China: el comunismo neoliberal


Hace una semana 41 alumnos y un maestro de la escuela primaria de Fanglin, comuna de Tangu, distrito de Wangzai, China, fueron despedazados por una explosión que causó también heridas de consideración a otras 27 personas. Tres años antes, el director del plantel, con la anuencia del responsable local del Partido Comunista, instaló en una de las aulas una fábrica de petardos, en la que los educandos --de ocho y nueve años-- eran obligados a trabajar durante la hora de la comida.

De acuerdo con fuentes no oficiales, ante la escasez de presupuesto para la educación, una buena parte de los centros escolares chinos realizan actividades productivas: fabrican cajas y materiales de embalaje, calendarios, piezas de lámparas y bicicletas o, como en el caso de Fanglin, fuegos artificiales. Es la única manera de obtener recursos para cubrir los salarios de los profesores. La situación es especialmente crítica en las áreas rurales, en donde los maestros suelen ganar 550 dólares anuales.

Con las referencias a la circunstancia económica puede justificarse todo, incluso la antropofagia.

Otro fenómeno de fondo que viene al caso es el esfuerzo productivo y exportador en el que se halla inmersa China, afán que no sólo le ha permitido inundar de baratijas todo el planeta, sino que le ha redituado ríos de dinero. Parte de ese empuje comercial se traduce en una enorme captación de contratos de maquila para la industria occidental. Los comunistas chinos han comprendido mejor que nadie las exigencias de “eficiencia”, “rentabilidad”, “competitividad” y otros puntos de la deontología neoliberal que domina el resto del mundo y, en muchos sentidos, las han llevado hasta sus últimas consecuencias: desde la lógica de la alta productividad y la utilidad máxima, no hay sitio mejor que una escuela para instalar fábricas de petardos: los trabajadores no cobran, no se paga renta del local y la capacitación de la mano de obra puede formar parte de los planes regulares de estudio. Después de una lección de historia oficial sobre la Larga Marcha ha de ser divertidísima una sesión de instrucciones para la colocación de mechas en los pequeños cilindros de papel y pólvora. Y de ahí, vuelta natural a la historia patria para recordarles a los pequeños esclavos que fue precisamente en China donde se inventaron los fuegos artificiales y exhortarlos, sobre esa base, a la excelencia y a la calidad total.

El episodio referido no sólo encaja con la orientación económica en boga, sino también con los nuevos criterios de cooperación internacional orientados a impedir los flujos migratorios indeseables mediante la creación de oportunidades en las regiones de origen de los migrantes, criterios que, como lo admite el experto Mabbub Ul Haq, presidente del Centro de Desarrollo Humano de Paquistán, no deben basarse en la moral internacional “por más que sería placentero suponer que dicha moral aún existiera hoy en día”:


El paquistaní tiene algo de razón al festinar la muerte de la ética como factor de regulación de las relaciones internacionales: ante las crecientes evidencias del trabajo infantil y esclavo, o casi, con el que Pekín abarata los costos de cuanta mercancía circula por el mundo, Sadam Hussein resulta un osito de peluche. Pero el occidente industrializado se solaza en satanizar al dictador árabe por las atrocidades reales y supuestas de su régimen y cierra los ojos para comerciar con China.

Más o menos en los mismos días en que se dio a conocer la tragedia de la escuela de Fanglin ocurrieron, en planteles estadunidenses, nuevas balaceras con saldo negro. En los alrededores de San Diego, concretamente, un joven de 15 años mató a dos de sus condiscípulos e hirió a otras 13 personas --alumnos y maestros-- con un pequeño revólver .22; no digo que así haya sido, pero el parque correspondiente (un calibre barato y “popular”, y buen candidato a esa peculiar sustitución de importaciones que los mercados mundiales realizan con el gigante asiático) bien pudo haber sido fabricado por niños de alguna escuela primaria china, los cuales tienen familiaridad y hasta experiencia con el manejo de la pólvora. Sería un ejemplo espléndido de esa cooperación internacional sin moral que vincula a la economía comunista neoliberal china con los mercados mundiales.

6.3.01

Venganzas de Satán


El rito islámico prescribe que, en el camino a La Meca, al pasar por el puente de Jamarat, cada peregrino del haj debe lanzar siete piedras al día, durante tres días, a cada uno de los tres monolitos erigidos en ese lugar y que simbolizan al Diablo. Ayer, 23 mujeres y 12 hombres --que, sumados, dan 35, es decir, cinco por cada piedra que cada musulmán debe tirar a cada estela-- murieron apachurrados durante la lapidación. Por una razón cualquiera, la multitud se descontroló y, en vez de concentrarse en la abominación de Satán, pisoteó y asfixió a decenas de sus propios integrantes. Hace tres años ocurrió en Jamarat un accidente similar, aunque más grave, pues dejó 118 muertos y casi 200 heridos. Es probable que la causa de estas desgracias no sea un afán de revancha del Maligno por los castigos que se infligen a su representación en piedra, sino el menosprecio y la falta de organización con que las autoridades de Arabia Saudita reciben a los millones de fieles procedentes de todo el mundo islámico y que viajan cada año a La Meca para cumplir con el precepto coránico. Hacinados y tratados como si fueran reses, los peregrinos han sido víctimas de otras catástrofes, como el incendio ocurrido en Mena en 1997, en donde 343 integrantes de la Uma perdieron la vida.

Tal vez la determinación de los actuales dueños de Afganistán de destruir todas las expresiones del arte budista preislámico en ese país mediante disparos de tanque y de artillería antiaérea también pueda atribuirse a un designio satánico, de no ser porque el vandalismo tiene una explicación alternativa más prosaica. Las intervenciones extranjeras en ese territorio puente entre oriente y occidente impidieron la formación de instituciones nacionales y pulverizaron las pocas que había. Afganistán fue convertido en teatro de la guerra fría a raíz de la atroz injerencia militar soviética de fines de los setenta, y posteriormente fue usado como campo para dirimir complejas disputas e intereses geopolíticos de Pakistán, Irán, India, China y Rusia.

Las intervenciones han aprovechado y exacerbado la división del país en tribus diversas y a veces antagónicas, y la dispersión social consecuente creó las condiciones propicias para que los talibanes, un grupo de fanáticos alucinados, surgido en los seminarios coránicos del sur del país, llegara al poder e impusiera con facilidad una dictadura fundamentalista sobre una población cuya tasa de analfabetismo rebasa 70 por ciento.

Entre sus primeras medidas, ese “gobierno” prohibió a las mujeres efectuar cualquier trabajo que no fuera el doméstico e ilegalizó la música occidental y las señales de televisión procedentes del extranjero.

En vez de buscar el diálogo con las autoridades de Kabul, Estados Unidos, en nombre de la comunidad internacional, bombardeó territorio afgano y promovió e implantó un férreo bloqueo contra el país. Con ello se logró radicalizar las posturas integristas de esos gerifaltes que ahora se cobran una venganza más estúpida que satánica contra las hermosas, gigantescas e indefensas representaciones de Buda, no tanto porque sean una ofensa al Islam sino porque el resto de la humanidad (o sea, todo mundo menos los talibanes) las considera un patrimonio histórico invaluable.

Otro suceso reciente que podría ser interpretado como muestra de la actividad del Maligno es la creciente violencia entre israelíes y palestinos: un atentado dinamitero de autoría palestina en Netanya, con saldo de cuatro muertos y 60 heridos, un palestino atacado a mordidas por israelíes enfurecidos, más los ataques de represalia que cabe esperar por parte de Tel Aviv.

Esos bombazos contra Israel, sin duda criminales e injustificables, podrían ser inspirados por el Diablo, pero hay a la mano una razón más simple: la desesperación ciega de grupos político-religiosos palestinos que, tras siete años de proceso de paz, no han visto más resultado que la continuada opresión, la intolerancia, el cerco y la humillación por parte de Israel hacia los habitantes de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Oriental y hacia sus nacientes instituciones nacionales.

En esa medida, el círculo vicioso del terrorismo palestino y las represalias israelíes --que merecen el nombre de terrorismo de Estado-- puede ser interpretado como una conspiración de Satanás en este mundo, pero acaso sea, simplemente, un espejo de la banal y exasperante crueldad humana.

27.2.01

República Arabe Saharaui Democrática: 25 años


Dakar, la capital senegalesa, es una ciudad poblada por casi 2 millones de personas, y su posición subsahariana la convierte en un importante centro de comunicaciones marítimas y aeroportuarias entre Europa y África del Sur, así como entre el viejo continente y Sudamérica. Sin embargo, hoy en día Dakar no es una referencia frecuente en los medios europeos, si no es para referirse al legendario Rally París-Dakar, competencia automovilística que se realiza en enero y febrero, y que este año fue ganada, por primera vez en su historia, por una mujer.

Esa fue la peculiaridad más destacada en las agencias de prensa, los noticiarios, las revistas de automóviles y las páginas web de empresas turístico-deportivas que hicieron buena plata promoviendo y comercializando esa carrera que transitó por Francia, España, Marruecos, la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), Mauritania y Senegal. Poco se dijo, en cambio, acerca de la frivolidad y la arrogancia de los organizadores europeos del evento, los cuales, al incluir al cuarto de esos países en la ruta del rally sin antes pedir permiso a las legítimas autoridades saharauis, estuvieron a punto de reactivar una guerra congelada desde hace una década.

Al amparo del alto al fuego acordado entre Marruecos y el Frente Polisario en 1991, con mediación de la ONU, y que habría de dar paso a un referéndum por la autodeterminación de los saharauis, la monarquía ensangrentada de Rabat ha perpetuado su ocupación ilegal de un territorio que no le pertenece; en esos diez años la Secretaría General de las Naciones Unidas ha adoptado, en el mejor de los casos, una actitud de avestruz --cuando no una clara complicidad con el gobierno marroquí, como la que desarrolló Javier Pérez de Cuéllar--; el Estado español, por su parte, ha optado por desentenderse ante un conflicto del que es --junto con Marruecos-- el principal corresponsable.

Y mientras los intrépidos automovilistas europeos sueñan con probar los límites de sus vehículos todo-terreno en las arenas calcinantes del Sahara Occidental y con ganar trofeos en forma de dromedario, cientos de miles de saharauis sobreviven en los campos de refugiados de Tinduf, en Argelia, sin energía eléctrica ni agua corriente, y construyen, entre las tormentas de arena, la sociedad nueva, escolarizada y democrática, que habrá de asentarse en el Sahara Occidental cuando el invasor marroquí sea obligado a retirarse.

Ha pasado mucho tiempo. En 1975 Madrid sacó sus tropas de la que era su colonia, permitió que Rabat la reclamara como propia y se lavó las manos.

Dejó a los saharauis abandonados a su suerte frente a un invasor que era, ya por entonces, gendarme regional de Occidente y contrapeso, en el Magreb, a países no alineados y movimientos triunfantes de liberación nacional.

Juan Carlos I --quien, según investigaciones recientemente publicadas en España acerca del papel del monarca en el fallido golpe de 1981, podría no ser el paladín de la transición a la democracia, sino un encubierto traidor a ella-- y el gobierno español sacrificaron a los saharauis para concentrar su relación con Marruecos en temas como la hispanidad de Ceuta y Melilla, el comercio bilateral y el flujo de migrantes marroquíes a la Península.

El 27 de febrero de 1976 el Frente Polisario, organización representativa de los saharauis, proclamó, en el Sahara Occidental abandonado por España y parcialmente invadido por Marruecos, la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), un país que nació en medio de la guerra y que así ha subsistido desde entonces, a pesar de la frivolidad europea, la ambigüedad de la ONU y la represión y la manipulación demográfica por parte de Rabat.

Es una nación pobre, pero sus habitantes son extremadamente generosos. Es un Estado árabe, pero su gente habla español desde el nacimiento. Es una sociedad predominantemente islámica, pero tolerante, moderna y ajena a los integrismos. Merecería ejercer su derecho a la existencia, aunque careciera de estos atributos contrastados que la hacen ser parte irrenunciable de la riqueza política, social y cultural del mundo.

Hasta ahora, los saharauis se han distinguido, también, por una titánica paciencia. Sospecho que la están perdiendo, y no es su culpa: el mundo les ha dado la espalda durante demasiado tiempo.

20.2.01

Relaciones públicas


La otrora reflexión, y hoy lugar común, afirma que la guerra es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de los militares; pero ceder a los civiles los controles de un submarino nuclear, así sea por un ratito, es una buena forma de hundir cualquier razonamiento lógico en profundidades abismales como las que hoy albergan los restos del barco japonés (y los de nueve personas) embestido por el sumergible USS Greeneville la semana pasada en los alrededores de Honolulú. El accidente se volvió escándalo cuando se hizo público que, en el momento de la colisión, dos o tres idiotas sin la menor idea del manejo de submarinos, aunque “debidamente supervisados” por personal militar, jugueteaban en el puente de mando del sumergible. La Marina de Estados Unidos inició una investigación, suspendió al capitán de la nave, Scott Waddle, y lo amenazó con llevarlo ante una corte marcial; al mismo tiempo admitió, con un descaro propio de sicópata, que es “usual” la presencia de empresarios y otros civiles en submarinos que realizan maniobras bélicas.

Hace unos años un avión de Aeroflot se estrelló y mató a todos sus pasajeros. La causa de la tragedia fue, según la investigación posterior, que el piloto subió a sus hijos pequeños a la cabina y les dio la oportunidad de probar los mandos. En una primera instancia, el reciente episodio del Pacífico evoca aquel desastre, pero es un paralelismo engañoso. La escandalosa falta de control en los procedimientos de la línea aérea rusa ocurre en el contexto de una superpotencia en vías de subdesarrollo. En cambio, la US Navy mete “pasajeros” en sus sumergibles atómicos porque tal medida “es una de las más efectivas herramientas de relaciones públicas”; lo hace, pues, de manera calculada y planificada, con el propósito de generar un impacto determinado en sectores de la opinión pública.

El uso de técnicas de marketing en el aparato bélico más poderoso del mundo recuerda la serie de Boogie el Aceitoso que publicó Fontanarrosa hace una década, en tiempos de la guerra contra Irak: los tanques llevaban adosados anuncios de lubricantes y las alas de los aviones de combate tenían pintada la leyenda “Bienvenido al mundo de Marlboro”. Aquello era un retrato caso realista de la guerra transformada en espectáculo de juego digital y llevada a las pantallas de televisión gracias al patrocinio de las mejores marcas. En esas semanas de locura, Rayteon y sus productos --los misiles antibalísticos Patriot, utilizados para destruir en vuelo los viejos Scud lanzados por Saddam contra Israel y Arabia Saudita-- llegaron a ser tan conocidos como los cereales de Kellogg's.

Han pasado diez años de aquella convincente y mortífera exhibición de juguetes bélicos, cuyo organizador principal se apellidaba Bush. Una década más tarde, el hijo homónimo, sentado en la misma silla, procura quedar bien con papá lanzando un bombardeo absurdo sobre la chatarra bélica de Saddam Hussein.

Sería excesivo e injusto extrapolar el accidente provocado por el submarino nuclear en el Pacífico y sospechar que “invitados civiles” decidieron, en el situation room de la Fuerza Aérea, destruir una decena de radares iraquíes desde unas consolas de Nintendo. En cambio, no parece exagerado asumir que los ataques periódicos contra el país árabe, a falta de razones explícitas y serias, obedecen al propósito de probar y consumir los misiles y las bombas de alta tecnología que la industria estadunidense sigue produciendo a un ritmo de guerra fría y para los cuales no hay, en el planeta de hoy, suficiente mercado.

En este entorno recesivo para la producción bélica resulta difícil justificar la operación y el mantenimiento de bombarderos estratégicos y sumergibles cargados con fuego atómico suficiente para destruir a un enemigo geopolítico que falleció de muerte natural hace cosa de diez años. Ante esa dificultad, la marina estadunidense regala cruceros en sus submarinos a civiles notables --y hasta les deja poner las pezuñas sobre los timones de profundidad--, a los que considera capaces de promover, entre la opinión pública y los contribuyentes, una flota de submarinos moderna, poderosa e inservible.

13.2.01

30 mil genes


Las entidades científicas del mundo que tienen a sus investigadores buceando en el genoma confirmaron ayer el más desconcertante de sus hallazgos: los humanos tenemos sólo 30 mil genes, apenas 10 mil más que un gusano y unos pocos cientos por encima de los ratones. Al comienzo de su búsqueda, los científicos esperaban hallar un capital cercano a los 140 mil pero, conforme la investigación avanzaba, fue creciendo la sospecha de que poseíamos un cromosoma más bien ralo; hace unos meses se filtró a los medios el indicio sólido de que teníamos sólo el doble de genes que la mosca de la fruta. “Lo malo es que a algunos se les nota”, escribió entonces Rosa Montero con su maledicencia entrañable. Ahora, el anuncio coloca a la investigación ante la disyuntiva de explicar, con base en ese pequeño documento de 30 mil caracteres, las singularidades de alma y cuerpo que caracterizan a cada uno de los 5 mil millones de individuos que pululan sobre el planeta, o bien de buscar en otro lado (y ello pondrá al alza las acciones del culturalismo) el origen de manifiestas diferencias de actitud y organismo como las que existen --es sólo un ejemplo-- entre Sharon Stone y monseñor Rivera, quien, según sus declaraciones recientes, parece empeñado en restar 29 mil 998 genes a los 30 mil establecidos, a fin de dejar el cromosoma sólo con dos códigos: macho y hembra.

Al margen de la situación desconcertante, el reporte de los genonautas trae noticias buenas y otras no tanto. La primera es que no se detectó ninguna base genética “para lo que se describe como razas”. El dato es importante, tanto para despejar del todo las patrañas racistas con supuesta base científica como, por extensión, para ayudar a deponer algunas de las más vergonzosas hostilidades del presente: si hemos de ser razonables, no hay conflicto bélico o político que se justifique por las diversas disposiciones en un conjunto de 30 mil moléculas, que son muchas menos de las que caben en el cerebro de un piojo.

Sabrá Dios --en cualquier lengua que se Le pronuncie-- si en el pequeño genoma que nos corresponde vienen programadas las diferencias entre una iglesia, una mezquita y una sinagoga; en todo caso, es improbable que puedan encontrarse ahí las razones por las cuales Ariel Sharon y Hezbolá se empeñan en destruir a palestinos e israelíes, o las semillas de la crueldad con que las autoridades españolas persiguen a los inmigrantes norafricanos, o las estadunidenses, a los indocumentados mexicanos.

A decir verdad, la noción de que “todos somos, en lo esencial, gemelos biológicos” --como dijo Craig Venter, privatizador del genoma--, tiene también aspectos incómodos para todo el mundo. En lo personal, me alarma un poco el compartir tanto código con Vladimiro Montesinos o con Ricardo Miguel Cavallo; desde otras perspectivas, puedo imaginarme la maldita gracia que le causará a Saddam Hussein el saberse “hermano biológico” de Margaret Thatcher, o el disgusto de Karol Wojtyla por sus 30 mil puntos en común con Larry Flynt.

Otro aspecto inquietante de lo divulgado ayer es la constatación de que muchos de nuestros genes provienen de microbios que han dejado su impronta en el organismo humano. “A algunos se les nota”, diría Rosa Montero; San Francisco de Asís, por su parte, habría brincado de alegría ante la perspectiva de llamar “hermanas”, con justificación científica, a las amibas y a las salmonelas; en todo caso, el dato, al igual que los anteriores, es un fundamento de tolerancia y modestia.

En una de sus novelas, Philip José Farmer hace decir a un personaje que cada vez que se le sube el orgullo a la cabeza resuelve la situación obligándose a recordar que un ser humano es sólo un poco de agua. A la luz de los descubrimientos de última hora, puede decirse apenas algo más: un poco de agua organizada y estructurada por 30 mil instrucciones elementales. Esa certidumbre debería generar en nosotros actitudes de humildad, respeto a la vida y, también, un merecido orgullo por nuestros milagros. Porque, con todo y lo austero de nuestro genoma, hemos sido capaces de inventar el barroco, y de esa hazaña no serán capaces nunca las ratas ni las moscas de la fruta.

6.2.01

¿Qué horas son?


“--¿Qué horas son?
--No lo sé.
Las campanas, don, din, dan,
repicando lo dirán.”

Canción de Cri-Cri

“...no durmamos como los demás; antes velemos y seamos sobrios,
porque los que duermen, de noche duermen; y los que están borrachos, de noche están borrachos”.
Primera Epístola de Pablo a los Tesalonicences, 5:7

Si el conflicto por el horario de verano no encuentra una solución, los habitantes de esta ciudad viviremos, en breve, una Babel de tiempos cruzados: los límites entre las distintas delegaciones se convertirán en husos horarios y tendremos que ajustar las manecillas cada vez que crucemos el Viaducto; acaso debamos llevar, en una muñeca (¿la izquierda?), un reloj que nos dé la hora Andrés Manuel y, en la otra (¿la derecha?), uno para estar al tanto de la hora Fox. Tal vez nos habituemos a expresiones tales como “18:00, tiempo federal”, “9:15, tiempo local” o “16:30, tiempo Azcapotzalco”. Eso, sin contar con que los ciudadanos de veras importantes deben, además, por razones bursátiles o políticas, tener en mente los respectivos horarios de Nueva York, Londres y Tokio.

A lo que ha podido saberse en el marco de las encendidas polémicas, el problema no es únicamente urbano ni nacional, ni sería justo circunscribirlo a un diferendo de atribuciones entre la Federación, los estados y los municipios o, en el caso de la ciudad de México, las delegaciones. Su génesis se ubica en los años setenta, en el contexto de la crisis energética que padecían por entonces las naciones industrializadas debida, principalmente, al embargo petrolero impuesto por la OPEP. Una de las respuestas a esa crisis, junto con la diversificación de las fuentes energéticas, fue el establecimiento de horarios diferenciados en el invierno y el verano para ahorrar electricidad, aprovechando los marcados cambios estacionales que ocurren, en las condiciones de luz, en los territorios ubicados arriba del Trópico de Cáncer.

En esas naciones la medida fue aceptada como una fórmula de sentido común. En años posteriores, en virtud de las necesidades de la globalización, las previsiones de ahorro energético, el mero afán de imitación, o una combinación de las tres razones, ha sido extendida a países en los que los cambios estacionales son menos perceptibles, y en los que el cambio de horario genera descontentos de diversa magnitud.

Más allá de los complicadísimos cálculos sobre el beneficio macro o microeconómico del cambio de horario, al margen de los argumentos de uno y otro bando en torno a los miles de millones que se ahorra el erario o los centavos que no se ahorran los consumidores, e independientemente de si la Constitución, las leyes y los reglamentos facultan o no a unas u otras instituciones para implantar o rechazar la medida, es claro que el problema debe desembocar, tarde o temprano (una hora después, si es invierno, y una antes, si es verano), en una reflexión sobre los atributos del poder público, en cualquiera de sus instancias, para decir qué horas son. Porque establecer la hora implica meter mano en el tiempo para amar, el tiempo para dormir y el tiempo para desayunar, es decir, en algunos de los más sagrados aspectos de la privacidad individual. Tal vez esa intromisión explique, en parte, el encono de las polémicas.

Antes era más fácil. Por alguna razón que sólo los antropólogos conocen, la medición y la fijación del tiempo era tradicionalmente una función estrechamente vinculada al ámbito de lo sacro --reservada, en consecuencia, a los sacerdotes-- y posibilitada en contextos de hegemonías políticas absolutas, o casi.

Desde esa perspectiva, el tema se vincula con conflictos medioevales como el que sostuvieron durante siglos Roma --que se apegaba a las reformas julianas-- y las Iglesias ortodoxas --que permanecieron fieles al calendario gregoriano--; gracias a esa disputa, la Revolución de Octubre ocurrió, en realidad, en noviembre.

Se podría divagar mucho más sobre el asunto, contar la historia de la conferencia internacional de 1884 que asignó a Greenwich la referencia del tiempo universal y especular sobre el momento histórico en que los científicos (y luego los tecnócratas) despojaron a los sacerdotes del calendario y del reloj. Pero más vale encarar y exponer, de una vez por todas, la pregunta crucial que dentro de poco --y si las cosas siguen como van-- nos haremos todos, que no tendrá una respuesta evidente y que suscitará agrias e interminables discusiones políticas, económicas y legales:

--¿Qué horas son?

30.1.01

Colombia en las noticias


En estos días Colombia ha estado presente en los medios de información porque a) ayer lunes su selección de futbol fue derrotada por la uruguaya en el torneo sudamericano sub 20, con una anotación de Javier Chevantón en el minuto 9, y porque, b) ese mismo día 11 personas, entre ellas cuatro niños, fueron asesinadas a balazos por hombres no identificados en el municipio de Hato Nuevo, departamento de La Guajira, en el noreste del país. Retomando la versión de la policía, Reuters atribuye el hecho a “los enfrentamientos y las venganzas entre las tribus indígenas que habitan esa región”, pero tanto esa agencia como AP destacan, a guisa de contexto, que las muertes ocurrieron en una zona en la que operan grupos paramilitares de ultraderecha. Las noticias colombianas de los días recientes pueden sintetizarse, pues (aunque toda síntesis distorsiona la realidad), en un balón dentro de la portería colombiana --que, según el reglamento de la FIFA, ha de medir 7.32 por 2.44 mts., y que puede estar dotada de redes de cáñamo, yute o nailon-- y 11 cuerpos metidos en sus respectivos ataúdes de longitudes diversas --porque entre ellos hay los de cuatro niños-- y cuyo material más frecuente, en zonas rurales como la referida, es la madera, por más que en las áreas urbanas de esta región del mundo proliferen las cajas mortuorias metálicas de distintos precios y categorías.

A decir verdad, el domingo se generó, en el país sudamericano, un tercer despacho de prensa: cinco miembros del ejército muertos por guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en el departamento del Casanare. Pero este hecho, a diferencia de los dos mencionados arriba, y que fueron consignados en notas largas (25 o más renglones), mereció sólo seis líneas de Europa Press: una por cada muerto, más el encabezado. Es entendible: por esos días, los combates entre los militares y las guerrillas, si no se saldan con un marcador de al menos varias decenas de cadáveres, son cosa que no conmueve ni interesa a casi nadie y cuyo valor informativo se considera tan poco relevante para el mundo como los resultados del futbol de tercera división.

Sin embargo, mañana miércoles el presidente Andrés Pastrana habrá de tomar una decisión de veras importante en el terreno de la guerra: prorrogar, o no, la desmilitarización de una zona de 42 mil kilómetros cuadrados que tiene su centro en el pueblo de San Vicente del Caguán, en donde han tenido lugar los hasta ahora infructuosos diálogos de paz entre su gobierno y la comandancia de las FARC. Ante la falta de resultados, muchas voces --civiles, militares y gringas-- presionan al mandatario para que interrumpa las gestiones pacificadoras, argumentan que la zona desmilitarizada sólo ha servido para que en ella la insurgencia se rearme y se fortalezca, y exigen que los militares tomen el control de la región. Tal vez Pastrana las escuche, porque su desgaste político es notorio. Tal vez decida, a pesar de todo, ampliar el plazo y proseguir la búsqueda de la paz. En cualquiera de los casos, en Colombia seguirá habiendo muertes violentas por un tiempo. Habrá menos, y por un plazo más breve, si las negociaciones siguen. En cambio, si el ejército es lanzado a partir de mañana a desalojar a los guerrilleros, la producción de ataúdes --de madera y de metal-- tendrá que adquirir un ritmo frenético para cubrir la demanda, porque entonces el marcador, para ambos bandos, será realmente abultado. De todos modos, a la larga, Pastrana mismo o un sucesor suyo tendrán que sentarse a negociar la paz sobre una montaña de muertos de todas las edades, de ambos sexos, de diversos oficios y de variada condición social.

Pero el rumbo que tome esa partida lo sabremos en las noticias de mañana.