26.8.03

Gobernator


El domingo 17 de agosto el actor Arnold Schwarzenegger entregó a las autoridades electorales de California un cheque por 3 mil 500 dólares y un listado con 65 firmas de adhesión. Con ese sencillo trámite el musculoso actor de 56 años, nacido en Austria y vástago avergonzado de un oficial de las SA hitlerianas, formalizó su candidatura al puesto de gobernador de California, entidad que por sí misma podría ser un país pujante, industrializado y nuclear, colindante con México y tan prepotente, en su mirada hacia el sur, como el conjunto de la Unión Americana.

En un entorno de dispersión de las intenciones del sufragio, debido a la sobreoferta de aspirantes a gobernador --casi 200 registrados--, el republicano Schwarzenegger encabezaba en días pasados las preferencias de voto, con 23 por ciento, seguido por el demócrata Cruz Bustamante, con 19. Si lograra revertir la tendencia desfavorable y resultara electo, el segundo se convertiría en el primer mandatario estatal de origen mexicano desde 1875, cuando Romualdo Pacheco gobernó el estado. Sería ése un escenario alentador para los migrantes de todas las procedencias --incluidos, claro, anglosajones y austriacos-- que pueblan California. En cambio, si Schwarzenegger consigue imponerse, la perspectiva sería esperanzadora para los partidarios absolutos de la inteligencia cinematográfica.

No está de más recordar que Arnold es un actor tan tieso, rígido, artificial y acartonado que resultó perfecto para interpretar papeles de robot, de organismo mecánico, de amasijo de hierro y silicio forrado de pellejo semihumano. Eso es un ejemplo de cómo transformar en virtud los defectos y las limitaciones. Schwarzenegger se ha convertido en un imitador irremplazable y proverbial de esa zona incierta, ficticia y complaciente en la que la materia inerte cobra vida, o en la que la vida desemboca, como resultado de la decadencia tecnológica, en una fusión con la materia inerte: Terminator. Nada mejor para expresar la carencia de pensamientos de un humano tras la cerebrotomía o el súbito ingreso de los circuitos al ámbito de la autoconciencia, o ambas cosas, que esos vivaces y siniestros ojitos de ratón incrustados en un rictus tenso y metálico que se llama Arnold Schwarzenegger, que garantiza 90 minutos de vértigo y violencia lineales, que convierte cualquier producción en un buen negocio y que es capaz de acabar con la creatividad de cualquier guionista. A fuerza de repetir su musculosa debilidad actoral, se ha transformado en una grave amenaza a la diversidad cinematográfica de este planeta, y acaso también a la de otros astros próximos.

Fuera de esos temas, el candidato republicano a la gubernatura de California hace bodrios irremediables, tanto en el cine como en la vida. Hay que acordarse de su personaje de macho embarazado, en el primero de esos ámbitos, o de su entusiasmo, en el segundo, para apoyar una iniciativa de ley que pretendía dejar sin servicios educativos y de salud a más de 3 millones de indocumentados: la Proposición 187, en buena hora declarada inconstitucional por los tribunales. “Una de las experiencias más tristes que me ha tocado presenciar en Estados Unidos es cómo los inmigrantes legales, como Arnold, critican y atacan a los que están indocumentados y les hacen la vida imposible”, escribió recientemente en La Opinión de Los Angeles Jorge Ramos, especialista en asuntos migratorios.

Ahora, aprovechando el referéndum de destitución del gobernador demócrata en funciones, Gray Davis, Terminator quiere hacerse Gobernator de California. Si lograra su propósito, habría que agregarle más violencia, abuso y discriminación a la vida de los trabajadores extranjeros en ese estado. Ante esa perspectiva, muchas personas piadosas, o al menos sensatas, preferirían que Arnold se mantuviera ocupado en la industria cinematográfica, aunque hubiera que soportar una docena de episodios adicionales de la historia del cyborg asesino.

19.8.03

La resistencia


El nacionalismo es una actitud perniciosa y estéril en casi todas las circunstancias. Propicia entre sus adeptos la creencia (falsa) de que su pedazo de planeta es lo más glorioso que hay en la galaxia, o bien fomenta posturas de corte masoquista y autoflagelante, semejante al amor en automático a las parentelas en primer grado: “pues será una porquería y tendrá todos los defectos del mundo, pero es mi país”. En los estados débiles el nacionalismo casi nunca ha servido para preservar la integridad territorial del objeto amado, su mercado interno o sus tradiciones. Las tropas enemigas, los productos foráneos y las influencias extranjeras penetran, por lo regular, por donde nadie se lo espera, en forma sorpresiva y tramposa, y una vez ocurrida la tragedia los nacionalistas se quedan rumiando la paradoja de amar a una patria que ha dejado de serlo y que se ha convertido en colonia. En las grandes potencias el nacionalismo, disfrazado de “seguridad nacional”, desempeña, por norma, la función, mucho más infame, de justificar toda suerte de tropelías, abusos y violencias contra países pequeños e indefensos o, en el mejor de los casos, la de fundamentar visiones mesiánicas ante el mundo presentadas, por lo general, en forma de “obligaciones” autoimpuestas: preservar la paz, contribuir al desarrollo, asegurar la vigencia de la legalidad, proteger los derechos humanos, educar y evangelizar al resto del mundo con los valores propios, desde la cristiandad hasta la democracia.

Pero, cuando la soldadesca extranjera rompe las tuberías de la calle al paso de sus blindados, se roba los objetos de los museos, prostituye a las muchachas y asesina a los jóvenes, despedaza las construcciones residenciales con bombas de demolición y concede o deniega a su criterio las autorizaciones de tránsito, el nacionalismo adquiere sentido o, mejor dicho, les da un sentido específico a las vidas de muchos. La obsesión justísima de echar al invasor contribuye a poner de lado las diferencias domésticas y a orientar la respiración de una sociedad en una dirección concreta: la destrucción del opresor.

En el Irak actual, dislocado y arrasado por la invasión angloestadunidense, la resistencia nacional ha cobrado legitimidad plena. El monto de la destrucción y del saqueo perpetrados por las tropas occidentales es de tal magnitud que muy pocos iraquíes repararán en el favor colateral que les hicieron los agresores al destruir el régimen --detestable, sí-- de Saddam Hussein. Merced a la invasión y el sometimiento, Irak ha dejado de ser la pesadilla cotidiana de la dictadura para convertirse en un sueño de liberación e independencia que pasa --porque no hay de otra-- por la destrucción física de esos organismos pecosos e ignorantes que se pasean por tierras iraquíes con chaleco blindado y que oscilan entre expresiones de cordialidad superficial y estados de pánico atolondrado y pueril en los que asesinan a familias enteras que iban pasando simplemente porque les parecieron sospechosas de intenciones terroristas.

Aunque el presidente Bush y sus colaboradores sean demasiado tontos para darse cuenta, el hecho es que su gobierno ha regalado a los ciudadanos de Irak la justificación universal de los pueblos ocupados para recurrir a la violencia. Esa razón suprema fundamentó los actos de George Washington, José María Morelos y De Gaulle. A esa razón suprema apelan, hoy, los irlandeses, los saharauis y los palestinos. Gracias a los gobiernos de Estados Unidos e Inglaterra, el nacionalismo --no el del discurso oficial, sino esa pasión fóbica y exasperada que recorre las tripas de la gente-- está vivo, actuante y armado en el Irak de estos días. Y así como los nacionalistas casi nunca logran defender con éxito a sus países de las invasiones extranjeras, ningún imperio puede derrotarlos en forma definitiva.

12.8.03

Videla y Astiz


La embajada francesa en Buenos Aires ocupa el Palacio de Ortiz Basualdo, en la céntrica avenida 9 de Julio. En el jardín de la sede diplomática, muy cerca de la entrada, hay una pequeña estela con 15 nombres, grabados en orden alfabético, bajo la siguiente leyenda: “En memoria de los ciudadanos franceses víctimas de la represión ilegal 1976-1983”. En sexto y séptimo lugares figuran Alice Domon y Léonie Duquet. De acuerdo con la información disponible, Alice y Léonie, dos monjas del Institut des Soeurs des Missions Etrangères Notre-Dame de la Motte, fueron detenidas el 8 y 10 de diciembre de 1977 por elementos del primer cuerpo del ejército argentino.

Veinte años antes, en un dispensario del oeste bonaerense, en Morón, ambas religiosas habían participado en el cuidado y la educación de Alejandro, un niño oligofrénico nacido el 7 de octubre de 1951 y muerto 20 años después a causa de un edema pulmonar en la colonia Montes de Oca, en un hospital para enfermos mentales abandonados y sin recursos económicos, pese a que entonces su padre, el general Jorge Rafael Videla, ocupaba ya una posición prominente en la jerarquía militar argentina, y su madre, Alicia Raquel Hartridge, empezaba a colarse entre las damas de la alta sociedad porteña.

Nadie sabe, hasta la fecha, dónde está enterrado el infeliz muchacho. Nadie conoce tampoco el sitio en el que se encuentran los restos de las monjas secuestradas por los subordinados del entonces dictador Videla. El 18 de diciembre de 1977 la oficina presidencial atribuyó la desaparición de las religiosas a un comando de Montoneros. Incluso difundió una foto en la que Alice y Léonie aparecían rodeadas de sus presuntos captores y con el emblema montonero a sus espaldas. Luego habría de saberse que las monjas estuvieron detenidas en la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma), donde se fabricó la fotografía y el supuesto comunicado montonero. Según el terrible testimonio de Andrés Castillo, sobreviviente de la Esma, Léonie caminaba “con la clásica dificultad de quien ha recibido electricidad en los genitales”. Un subordinado de Videla narró, años después, que el entonces dictador se puso “muy nervioso” cuando fue informado de la detención de las monjas y que, refiriéndose a los autores de la captura, exclamó: “Además de animales, seguramente son muy ineptos”. Luego el general se fue a comer y hasta la fecha no ha vuelto a tratar el tema.

La razón por la que las religiosas fueron desaparecidas, torturadas y seguramente asesinadas fue la vinculación de Alice con el grupo de familiares de desaparecidos que luego sería conocido en el mundo como Madres de Plaza de Mayo. Al parecer el secuestro de Léonie fue un error de los militares, quienes la confundieron con otra monja promotora de los derechos humanos. Junto con ellas fueron secuestradas y también desaparecidas tres de las primeras integrantes de la organización: Azucena Villaflor, Esther de Careaga y María Eugenia Ponce de Bianco, así como otros siete familiares de desaparecidos que solían reunirse en la iglesia de la Santa Cruz: Raquel Bulit, Gabriel Horane, Remo Bernardo, José Julio Fondevilla, Horacio Elbert, Angela Aguad y Patricia Oviedo.

Unos meses antes se había unido al grupo un joven muy guapo que se presentó como Gustavo Niño y se ostentó como hermano de un desaparecido. Con esa historia se ganó la confianza de los activistas de derechos humanos y fue invitado a las reuniones de la Santa Cruz. La noche del jueves 8 de diciembre de 1977 hubo un encuentro ahí, con el fin de reunir las contribuciones para pagar un desplegado. Al terminar la reunión, cuando los montones de monedas y billetes de baja denominación quedaron en una bolsa en manos de Esther de Careaga, Gustavo Niño se despidió de cada uno de los participantes con un beso. Fue una forma de señalarlos para los agentes de la dictadura que se encontraban, de incógnito, entre los fieles. En los dos días siguientes, cada uno de los besados fue detenido por efectivos del primer cuerpo del ejército, cuyo comandante máximo era el general Jorge Rafael Videla. Ninguno de los secuestrados ha aparecido hasta la fecha. Los 12 debieron sentir indignación y terror cuando volvieron a toparse con Gustavo Niño, pero ya no en el papel de hermano de un desaparecido, sino de torturador, ya con su nombre verdadero --Alfredo Astiz--, su grado de capitán de fragata y su cargo de oficial de operaciones del Grupo de Tareas 33/2 de la Esma.

Astiz sabía disparar contra civiles amarrados y aterrorizados. Otro conocido episodio en su trayectoria fue la muerte de la adolescente sueca Dagmar Hagelin (17 años), a la que asesinó de un tiro en la nuca para luego abandonar el cadáver en la cajuela de un coche robado. Reconoció su habilidad cuando declaró públicamente (el 23 de enero de 1998) que se consideraba “el mejor preparado para matar políticos y periodistas”. Pero la guerra es otra cosa: 15 años antes, Astiz se mostró como un militar cobarde y pusilánime, cuando en uno de los primeros episodios de la guerra de las Malvinas entregó las islas Georgias a los ingleses sin disparar un solo tiro.

En 1990 la justicia francesa juzgó en ausencia al ex militar argentino por los asesinatos de Alice y Léonie, y lo condenó a cadena perpetua. También ha sido reclamado por tribunales de Italia y Suecia. Pero Astiz estaba protegido e impune en Argentina. Ahora un tribunal de Francia se ha unido al juez Baltasar Barzón y exige que se le entregue a Astiz para someterlo a juicio.

5.8.03

General


Fuera de Guatemala dio la impresión que el asesino había brincado a la escena pública desde algún pudridero remoto y oculto. Que había vuelto por sus fueros después de 20 años de permanecer escondido, a resguardo del asco mundial y de las reivindicaciones de justicia que florecen en las decenas de miles de ausencias definitivas que dejó el general José Efraín Ríos Montt, nacido en junio de 1926 y egresado, cómo no, de la academia militar estadunidense de Fort Gulick, en tiempos en que los gringos todavía consideraban útil retener el control directo en la zona del canal de Panamá. Tras una década en la que los países centroamericanos y sus saldos sangrientos desaparecieron de los noticieros y los titulares internacionales, parecía que la región pasaba por una etapa de normalidad democrática ejemplar, tropical y aburrida.

Pero en Guatemala las cosas no son así. La clase política local, hoy día más corrupta que oligárquica, ha pretendido construir una “institucionalidad democrática” sobre la montaña de cadáveres que dejaron las dictaduras militares del pasado reciente, y de las que Ríos Montt es representante principalísimo. Como resultado lógico, desde 1994 el general asesino controla el Congreso y, desde 1999, la Presidencia de la República, por medio de Alfonso Portillo, una mascota tan bien entrenada que hasta sabe aparentar que se pelea con su amo. La fachada formal es endeble: Portillo llegó al poder con 60 por ciento de los votos, sí, pero en una elección en la que la suma de la abstención (60 por ciento) y los votos nulos y en blanco fue de casi 70 por ciento; el actual gobierno se sostiene, en suma, por el mandato de 18 por ciento del electorado. En ese contexto, y en ausencia de condiciones para chamuscar cuerpos humanos, su deporte favorito, el viejo genocida se ha divertido, mientras esperaba su oportunidad, realizando negocios y cometiendo diversas trapacerías legislativas. Como las instituciones judiciales se negaban a levantar la veda constitucional para los militares golpistas ansiosos de ejercer la Presidencia, Ríos Montt ordenó a sus huestes que salieran armadas a las calles para provocar pánico y doblegar a los magistrados. En el ínterin ordenó a su presidentito que se echara una siesta y dejara tranquilas a las hordas, e instruyó a su cancillercito, Edgar Gutiérrez, para que publicara en estas páginas un sesudo artículo en el que juraba que ni él ni Portillo tenían nada que ver con la asonada lumpengolpista y que cómo era posible y que Ave María Purísima y que qué barbaridad.

El general asesino no está de vuelta. Ocurre que, como el dinosaurio de Monterroso, siempre estuvo allí mientras duró el sueño de las buenas conciencias. Todos estos años, desde que hace 20 (el 8 de agosto de 1983) fue desalojado del poder, ha estado presente, actuante, orinándose en las fosas comunes en las que enterró a sus víctimas, armando comités de su partido en los alrededores de las 448 aldeas indígenas que borró del mapa con todo y sus habitantes, refocilándose en el recuerdo de la carne quemada y perforada de niños y mujeres, repitiendo las estupideces pentecostales que le metieron en la cabeza en una secta de Eureka, California --Gospel Outreach--, convencido de que Guatemala se apellida Ríos Montt y empeñado, como dice Rigoberta Menchú, en “ganar la inmortalidad a través del horror”. Ahora ha conseguido ser inscrito como candidato presidencial y ya se encuentra en campaña.

Corresponde a los guatemaltecos darle la razón y rebautizar a su país “Guatemala de Ríos Montt” o sacudirse de encima, de una vez por todas, al viejo e impúdico genocida aferrado a gobernar el país que arrasó hace dos décadas. En ese entonces, Manuel José Arce, desde el exilio, lo describió en un poema que dio la vuelta al mundo y que sigue difundiéndose, hoy, en Internet: “Usted merece bien ser General,/ llena los requisitos, General:/ Ha bombardeado aldeas miserables,/ ha torturado niños,/ ha cortado los pechos de las madres/ rebosantes de leche,/ ha arrancado testículos y lenguas,/ uñas y labios y ojos y alaridos./ Ha robado, ha mentido, ha saqueado,/ ha vivido / así, de esta manera, General./ General / -no importa cuál-:/ para ser General/ como usted, General,/ hay una condición fundamental:/ ser un hijo de puta, General.”

29.7.03

Funerales Bush


La semana pasada la Casa Blanca debutó como agencia de servicios fúnebres. A sus dos primeros clientes, Uday y Qusay Hussein Al Tikriti, les hizo un trabajo primoroso. La labor pudo ser apreciada por todo el planeta en un folleto con fotos de los beneficiados en las que se aprecia el antes y el después de los afeites necrológicos: dos organismos reventados por explosiones de misiles antitanque fueron convertidos, del cuello para arriba al menos, en muñecos convincentes y plácidos.

Los hermanos Hussein Al Tikriti habían sido sorprendidos en el interior de un domicilio particular de Mosul, en posesión de fusiles automáticos Kalashnikov, y fueron neutralizados mediante misiles antitanque TOW y Hellfire disparados desde vehículos Bradley y helicópteros Apache. Esos tubos tienen un peso aproximado de 20 kilos cada uno y un precio que va de 2 mil a 4 mil dólares por unidad. Según el forense español José Cabrera Forneiro las gráficas de los cadáveres permiten suponer que Uday y Qusay “se murieron de perfil”, como habría dicho García Lorca, y de manera instantánea, al recibir la onda expansiva lateral de uno de esos misiles que les sembró el cuerpo con pedazos de metralla. Además, al primero la explosión le arrancó la pierna izquierda y parte de la cara. En la casa había otros dos individuos que también resultaron muertos: un guardaespaldas y el hijo de 14 años --Mustafá-- de Quday. Este último fue, según el mando militar estadunidense, “el último en morir”. Su cadáver no recibió los beneficios póstumos concedidos por la Funeraria Bush al padre y al tío, y no fue exhibido en la morgue inflable del aeropuerto de Bagdad.

Tal vez, a la hora de decidir el destino de los cuerpos, el Pentágono resultó influenciado por el espectáculo final de Celia Cruz, cuyo cadáver espléndido había sido paseado durante cinco días y expuesto al homenaje de cientos de miles de dolientes. Y si dos días antes la cantante tropical había ingresado a su última morada con una peluca rubia, ¿por qué negarles a los iraquíes fallecidos el beneficio de una buena afeitada, un poco de maquillaje y lápiz labial y medio kilo de pasta para resanar? En su primera sesión fotográfica los muchachos Hussein Al Tikriti ostentaban sendos gestos de apatía; en la segunda, en cambio, la paz eterna parecía haber llegado a sus caras, y los especialistas forenses incluso habían logrado imprimir en ellas sonrisas discretas, propias de quienes fallecen después de haber experimentado una revelación trascendental. Hasta podría pensarse que Uday y Qusay, dos hombres que vivieron toda la vida, y sin elección posible, contextos tortuosos y sórdidos, habían encontrado por fin, en sus camillas de la tienda inflable del aeropuerto de Bagdad, la serenidad eterna.

El agente funerario Bush hizo, pues, un gran trabajo. Administró una muerte instantánea (y eso también quiere decir, se supone, indolora) a los hermanos Uday y Qusay Hussein Al Tikriti. (Falta conocer aún las circunstancias exactas del deceso de Mustafá Hussein, hijo adolescente del segundo, pero no hay motivos para pensar mal y cabría incluso suponer que el muchacho recibió un trato humanitario semejante al que se aplicó al padre y al tío.) Luego, Bush se apiadó de los cuerpos descuartizados y les procuró una reconstrucción facial tan exitosa que alguna marca trasnacional de juguetes ha de estar planeando el lanzamiento de los muñecos Uday y Qusay --transfórmalos y diviértete con sus quijadas desprendibles--, siempre y cuando, claro está, logre que la familia le ceda los derechos del copyright. Los gringos son muy respetuosos en eso de la propiedad intelectual y la piratería les resulta repugnante. Finalmente, los iraquíes estarán tan agradecidos con su benefactor que nadie en el país liberado se opondrá a que las cabezas de Uday y Qusay sean incorporadas a la decoración del dormitorio que Bush ocupa en la Casa Blanca. Realmente se lo ha ganado.

22.7.03

Información terrorista


De acuerdo con un cable de Europa Press reproducido en la versión digital de El Mundo, la policía mexicana encontró “instrucciones para crear armamento químico en correos electrónicos que figuraban en el ordenador requisado en la vivienda que (Juan Carlos Artola, presunto líder de las también presuntas redes etarras en territorio mexicano) ocupaba en la localidad de Puerto Escondido”. Como ocurre con el conjunto de los medios informativos españoles, la redacción on line de El Mundo no considera necesario hacer la distinción entre etarras y supuestos etarras, de modo que se sirvió un titular con la cuchara grande: “Incautan al máximo responsable de ETA en México manuales para la fabricación de armas químicas” (http://www.elmundo.es/elmundo/2003/07/20/espana/1058699050.html). A ver si un día de éstos no le confiscan a ese periódico un manual para divulgar noticias distorsionadas, emitir sentencias rápidas y contribuir a la paranoia mundial del terrorismo. Las atrocidades de los etarras son repugnantes sin duda, pero eso no justifica el amarillismo y la predisposición linchadora de la prensa española ante el conflicto vasco.

A saber si el detenido en el puerto oaxaqueño realmente es un dirigente de ETA, si lo hallado en su computadora era verdaderamente una fórmula de fabricación de armas químicas y si eso pudiera tomarse como indicio de una intención de los separatistas de recurrir, en su accionar asesino, a esa clase de sustancias mortíferas. Yo, en lo personal, estoy seguro de no ser etarra, de no estar involucrado en nada semejante a una acción terrorista y de no haber efectuado nunca una operación de lavado de dinero. Sin embargo, si la Unidad Especializada contra la Delincuencia Organizada (UEDO) hurgara ahora mismo en el disco duro de mi computadora y si actuara con mala fe parecida a la de los colegas españoles, podría concluir que soy, en realidad, una falsa personalidad de Osama Bin Laden. Encontraría diagramas para fabricar paquetes explosivos y coches bombas, instrucciones detalladas para armar un fusil de asalto AK-47 y un catálogo de rifles para fuerzas especiales cuyos precios van desde mil 84 hasta mil 495 dólares. Y eso no es nada: hallaría, también, documentación ilustrada para fabricar una bomba atómica.

Obtuve mi botín de información terrorista en una búsqueda por Internet que duró exactamente 37 minutos. Los diagramas de paquetes explosivos y coches bomba los bajé precisamente de la página de El Mundo; ahí pueden ser consultados por cualquier persona (http://www. elmundo.es/eta/paquetebomba.html y http://www.elmundo.es/eta/cochebomba.html); están incluidos, por cierto, en una serie de gráficos animados sobre ETA. El instructivo del cuerno de chivo lo tomé de una página gringa (http://www.independencearms.com/) dedicada al culto a las armas de fuego, de las que hay miles; los datos de la bomba atómica están en un documento divulgado ad nauseam desde los inicios de Internet y que actualmente puede consultarse, entre otros sitios, en http://www.serendipity.li/more/atomic.html. Los autores del documento advierten que la información “es estrictamente para uso académico”, que los diseñadores y constructores de armas atómicas son físicos capacitados y que cualquier profano que pretenda armar su propia bomba muy probablemente se provocaría la muerte, no en una detonación nuclear, sino debido a la exposición a radiaciones letales.

Un dato curioso: recientemente, el actual gobierno británico, tan afecto a cometer estupideces, desclasificó los 219 tomos de la documentación completa del desarrollo del primer artefacto nuclear inglés, una bomba llamada Danubio Azul. El ingeniero retirado Brian Burnell, quien trabajó en el programa de armas atómicas de los años cincuenta, dijo a The Daily Telegraph que los documentos permitirían a cualquier terrorista fabricar una bomba atómica fácilmente. Quien quiera hurgar en pos de la información puede hacerlo buscando las palabras claves Blue Danube en el sitio oficial inglés http://catalogue.pro.gov.uk/. Es probable que el gobierno de Tony Blair, empeñado en una guerra criminal y luego consternado por provocar el suicidio de un científico inocente, todavía no haya tenido tiempo de enmendar la pifia.

Llevo ya varias horas escribiendo --en buscadores y en el procesador de palabras-- los términos “terrorismo”, “armas químicas”, “bomba”, “manuales”, “diagramas” e “instructivos”, pero hasta el momento los marines no han venido a tocar el timbre ni he recibido un citatorio de la PGR para que esclarezca las sospechas en torno a mis actividades. Puede ser que los sistemas de inteligencia de Washington --el Echelon-- no sean tan perspicaces; por su parte, la ausencia de la procuración de justicia podría deberse a que, en realidad, no he cometido ningún delito. Pero en los tiempos que corren lo prudente es borrar mi investigación y terminar cuanto antes estas líneas.

15.7.03

Brigada Plus Ultra


Cientos de hondureños, salvadoreños, nicaragüenses y dominicanos están siendo enviados al territorio ocupado de Irak para participar en la pacificación y normalización del país invadido. Se desplegarán en el centro y sur y estarán bajo el mando de oficiales españoles y polacos que son, a su vez, las mascotas de los militares estadunidenses que controlan (¿controlan?) el territorio iraquí. Según las versiones oficiales, los pobres centroamericanos tomarán parte en tareas de desminado, reconstrucción y sanidad. No es difícil, en consecuencia, imaginarlos reventados por las minas, agobiados en trabajos de albañilería o aplicados en la remoción y traslado de restos humanos en descomposición.

Los presidentes y los parlamentos de Honduras, Nicaragua y El Salvador argumentan que la presencia de efectivos de sus países en el Irak derrotado es buena para que esas pequeñas naciones centroamericanas empiecen a adquirir presencia en el concierto de la modernidad global. Pero es más probable que los asesores de George W. Bush hayan pensado en la necesidad de dar argumentos y cobertura al término coalition, empleado por su jefe cuando anunció la intención de invadir Irak y que el Departamento de Estado haya salido a comprar voluntades entre los habitantes débiles de su patio trasero. Unos cuantos millones de dólares en ayuda militar y un viaje con gastos pagados a Las Vegas para congresistas tropicales son suficientes para adquirir un hato de reclutas desnutridos --pero maquillados de tropas de elite--, ponerlos bajo el mando del sargento Aznar y anunciar al mundo que la comunidad internacional participa con entusiasmo en el avasallamiento armado de Irak. Enhorabuena.

Por lo que se refiere al grado de convicción de estos novísimos guardianes de la democracia y la paz mundial, es bueno recordar el dato de sus emolumentos: además de sus salarios regulares recibirán un bono extra de 200 dólares diarios mientras permanezcan en tierras iraquíes, es decir, de fines de este mes a marzo del año entrante: casi 50 mil dólares para cada uno de estos soldados de la libertad. Para poner en contexto esa suma --una hora de festejos en casa de Bill Gates o una década de salarios en el bolsillo de un jardinero mexicano-- cabe recordar que en Honduras el producto interno bruto (PIB) per cápita es de 2 mil 600 dólares anuales, según los datos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés); 53 por ciento de la población está por debajo del nivel de pobreza y 28 por ciento de la población económicamente activa (PEA) se encuentra desocupada. Los datos correspondientes a El Salvador son: 4 mil 600 dólares de PIB anual per cápita, 48 por ciento de pobres y 10 por ciento de desempleo; Nicaragua registra un PIB de 2 mil 500, pobreza de 50 por ciento y 23 por ciento de desempleo. República Dominicana es la privilegiada de la coalición: PIB de 5 mil 800, pobreza de 25 por ciento y desempleo de 15 por ciento (www.cia.gov/cia/publications/factbook, datos de 2001). En suma, para los soldaditos centroamericanos que consiguieron visa a Irak la aventura les significa la oportunidad de cambiar radicalmente su horizonte económico. Multiplicada por unos 700 integrantes de la Brigada Plus Ultra, como ha sido bautizado el rebaño, la cantidad arroja 35 millones de dólares que saldrán, al parecer, de las arcas españolas, las cuales, a su vez, endosarán la factura a Estados Unidos. Una baba de perico, si se considera que el precio de la destrucción de Irak fue calculado en 60 mil millones de dólares por círculos legislativos de Washington.

Los problemas vendrán cuando esos 35 millones de dólares de carne centroamericana mal entrenada y equipada, y desconocedora, entre muchas otras cosas, del idioma y las costumbres iraquíes, se revelen como el punto más débil de las tropas de ocupación, y los integrantes de la resistencia nacional descubran que sus agresores les han regalado al menos un puesto de tiro de feria con patitos de hojalata para que afinen su puntería.

8.7.03

Heliogábalo


Tal vez algunos desconozcan la carga irónica detrás del mote de Il Cavaliere con que se conoce a Silvio Berlusconi. Silvio Heliogábalo lo llamó Antonio Tabucchi --autor que ahora sufre en la Italia berlusconiana el problema de la censura--, en evocación de aquel corruptísimo emperador romano (218-222) que sirvió de ejemplo a John Locke para argumentar sobre la indisoluble relación entre la esencia humana y un cuerpo y una forma específicos: “No creo que nadie, por seguro que esté de que el alma de Heliogábalo resida en uno de sus cerdos, diga que ese cerdo es un hombre, o que es el propio Heliogábalo”, asentaba el filósofo en su Ensayo sobre el entendimiento humano.

Pero Il Cavaliere o Heliogábalo no tiene nada de caballeroso. Así pudo constatarlo Indro Montanelli, venerable periodista de derechas de toda la vida que se lió en los negocios con el actual gobernante y que salió tan decepcionado de la aventura que terminó llamando a los italianos a votar por la izquierda. Así lo percibió también la opinión pública europea el pasado miércoles, cuando el truhán impresentable se estrenó como presidente de la Unión Europea (UE) insultando al diputado alemán Martin Schulz, a quien comparó con un guardián nazi de campo de concentración. El canciller Gerhard Schroeder exigió que Il Cavaliere se retractara y ofreciera disculpas. Como la presión era tan fuerte, al día siguiente, Berlusconi llamó por teléfono a Schroeder para pedir perdón. Pero el viernes declaró que no había ofrecido ninguna disculpa; “sólo subrayé que yo había sido el ofendido”, dijo el tramposo político-empresario.

Por sí solas, la patanería y la bajeza de Berlusconi podrían ser un desdoro menor para la UE; a fin de cuentas, ninguno de los textos fundamentales de ese conglomerado de naciones prohíbe explícitamente que el presidente en turno arroje excrementos a sus críticos. Lo más grave es que la Europa comunitaria, que se pretende modelo de legalidad, democracia y justicia, esté presidida por un sujeto de largos y graves antecedentes penales. Montanelli no tenía otra forma de explicarse el origen de la fortuna de Berlusconi que el reciclaje de dinero sucio. Il Cavaliere ha sido investigado por evasión fiscal, soborno, asociación con la mafia, lavado de dinero y hasta por su presunta participación en el asesinato de un juez. Cuesta creer que en el contexto de la democracia italiana los procesos e indagatorias correspondientes --algunos aún en curso-- no se hayan constituido en un impedimento insalvable para que un sujeto como Berlusconi conquistara, por segunda ocasión, en 2001, la jefatura del gobierno. Pero, según los indicios disponibles, Il Cavaliere se lanzó a la política precisamente para alcanzar posiciones que le permitieran tapar sus ilegalidades y asegurar la impunidad. Y hasta la fecha, el premier italiano ha logrado que sus partidarios en el parlamento impidan cualquier investigación de sus negocios turbios.

Pero, más allá de inelegancias e ilegalidades, el ascenso político de Berlusconi es una exhibición de inmoralidad: la que implica ser dueño de la mayor parte de la televisión italiana y, al mismo tiempo, el jefe de los medios electrónicos del Estado. Lo ilustra esta reflexión aparecida en el periódico madrileño El País el 29 de junio: “Cuando el pasado 28 de mayo tomó asiento en la tribuna de personalidades en el estadio Old Trafford para presenciar la final de la Copa de Campeones, lo hacía en su triple condición de primer ministro italiano (los dos equipos finalistas lo eran), presidente del Milán y gran patrón de la televisión, porque fue una de las emisoras de su propiedad, Canale 5, la que transmitió en directo el encuentro”.

Il Cavaliere posee la mayoría de la empresa que controla los tres mayores canales privados italianos; es propietario de Mondadori, la principal editorial del país, cuyas divisiones de libros y revistas abarcan, respectivamente, 30 y 38 por ciento de los correspondientes mercados nacionales; es dueño, además, del semanario Panorama, los diarios Il Giornale e Il Foglio, un portal de Internet y hasta una empresa encuestadora, Datamedia, que en la campaña electoral del año antepasado inflaba 7 por ciento las preferencias electorales en favor de la coalición de nacionalistas, fascistas y xenófobos que encabeza el propio Berlusconi.

En el año 222, los mismos militares que habían encumbrado a Heliogábalo se hartaron de él, lo asesinaron en una letrina y tiraron su cadáver al Tíber. La democracia italiana ha tenido varias oportunidades de deshacerse --en un sentido político, por supuesto-- de Berlusconi pero ha escogido, en cambio, hundirse en el descrédito en compañía de su primer ministro. Antes del segundo triunfo electoral de Il Cavaliere, y ante la andanada de críticas de la prensa extranjera por su impunidad ascendente, el empresario Giovanni Agnelli (Fiat) se quejó de que su país estuviese siendo tratado como república bananera. No pudo reconocer que cualquier nación que permita ser gobernada por un tipo como Berlusconi es una república bananera. Ahora la institucionalidad política de la UE tendrá que elegir entre hacer el vacío a su flamante presidente y sobrellevar con discreción la vergüenza durante los próximos seis meses o asumirse como un territorio de impunidad, corrupción y decadencia.

1.7.03

Los fondos de Cavallo


Todavía falta mucho. Ahora Ricardo Miguel (o Miguel Ángel) Cavallo está frente al juez Baltasar Garzón y uno desearía que el magistrado no vaya a tolerar en sus oficinas que torturen al torturador, como lo ha permitido, según dicen las malas lenguas, con algunos acusados de pertenecer a la banda asesina de los etarras. El otrora Sérpico, tan pulcro como siempre y tan disociado como cuando aplicaba personalmente la picana en los cuerpos de sus cautivos, alegó ante el juez español que no sabe nada de nada y su fingida ignorancia evoca la demencia senil alegada por Pinochet y la súbita amnesia de Echeverría. Pero a Cavallo ese recurso no le va a servir de nada. Encarcelado en la prisión de Soto del Real, será juzgado por genocidio y terrorismo --ojalá que Bush se informara del caso y lijara un poco sus vastas nociones de lo que es terrorismo--, y hay la fundada esperanza de que el proceso culmine con una derrota para la impunidad de Estado.

En lo inmediato las cuentas bancarias de Ricardo Miguel (o Miguel Ángel) Cavallo dan para contratar como abogado defensor al catedrático de derecho penal Antonio Ferrer Sama, quien sabrá Dios cuántos euros se embolsa por cada hora de trato amable con su cliente genocida. Tal vez el docto y mercenario jurista no se ha puesto a pensar que las víctimas del ex marino llegaban a las sesiones de electrocución y muerte sin abogado defensor, ni pagado ni de oficio, y allá él con su jurídica conciencia. Pero el dinero está listo porque Cavallo es un hombre rico. Hasta donde se sabe, sigue siendo accionista de Unión Transitoria de Empresas (UTE), Brides, Seal Lock, Martiel S.A. y Talsud, empresas que formó con Jorge Rádice y otros represores y torturadores después de terminada la dictadura argentina.

Los fondos para la constitución y operación de esas y otras empresas provienen, a su vez, según todos los indicios disponibles, de lo que Cavallo y otros represores robaron a sus víctimas en tiempos de la dictadura militar. Mariana Masera Cerutti dijo en entrevista con este diario (31/8/00) que los esbirros del Grupo de Tareas de la Esma no sólo secuestraron y asesinaron a su padre y a su abuelo, sino que se quedaron con los bienes de su familia --desde radios, cuadros y joyas, hasta una finca de 25 hectáreas--, cuyo monto, en ese entonces, ascendía a más de 10 millones de dólares. “No menos de 70 millones de dólares pasaron como botín de guerra a manos de más de 120 hombres de la armada”, señala la información.

Aquellos fueron los capitales iniciales para la operación de compañías de documentación y registro que, desde La Rioja y Mendoza hasta México, pasando por Bolivia y El Salvador, han operado con prácticas fraudulentas. Tras estipular precios ínfimos a fin de amarrar los contratos en licitaciones dudosas, tales empresas inflan las cuotas con la complacencia o complicidad de las autoridades. Así ocurrió con los negocios de expedición de licencias de manejo en Mendoza, entonces gobernada por el menemista Rodolfo Gabrielli, y así sucedió con el Renave en México, entidad cuya supervisión correspondía al entonces secretario de Comercio Herminio Blanco Mendoza.

Es inevitable preguntarse en qué medida Cavallo y sus secuaces aceitaron los trámites de las --de otro modo inexplicables-- concesiones que obtuvieron mediante la distribución de fondos procedentes de la venta de casas, automóviles, televisores, cuadros, radios y joyas de los secuestrados y asesinados. ¿Dejó Cavallo un rastro de regalos costosos en las residencias de ex funcionarios argentinos, bolivianos, salvadoreños y mexicanos? ¿Y por qué se suicidó el subsecretario Raúl Ramos Tercero, enlace entre Cavallo y Blanco Mendoza?

Albricias: Ricardo Miguel (o Miguel Ángel) Cavallo va a ser enjuiciado por genocidio y terrorismo (ojalá que a alguien en la Casa Blanca se le ocurra redactar un resumen del caso para el ignaro presidente Bush), pero la mafia posdictatorial formada por Sérpico y otros sigue operando en América Latina. Se necesita ahora una investigación trasnacional que establezca las rutas, los puntos fuertes, los cómplices y los alcances de esa organización delictiva que empezó con el robo de autos como actividad secundaria (la primaria consistía en secuestrar, torturar y asesinar) y culminó con la operación de registro de vehículos.

¿Y cuántos otros empresarios con orígenes semejantes al del torturador de la Esma permanecen entre nosotros? ¿Cuántos zopilotes del franquismo y del pinochetismo se pasean por las pulcras oficinas comerciales de la modernidad tecnocrática ofreciendo servicios con tecnología de punta, prometiendo estándares de calidad total y presumiendo certificados ISO 9002?

17.6.03

Destrucción masiva


Una vez los yugoslavos compraban pan, mandaban a sus hijos a la escuela y se aburrían por la tarde. A la mañana siguiente amanecieron metidos en una ducha de balazos de la que no habrían de salir en una década. Y no es que todas las sociedades --ni siquiera es el caso de la que conformaban los eslavos del sur-- sean un hervidero de odios que tarde o temprano hacen saltar la tapa del recipiente. El problema es que la convivencia pacífica y el imperio de la legalidad son cáscaras muy delgadas como para resistir mucho tiempo los bruscos movimientos del conjunto de seres vivos.

Los estadistas suelen ser demasiado vanidosos para aceptarlo en público pero, si se les confronta con la durabilidad de sus obras, están más cerca de los jardineros que de los constructores de pirámides. Un invierno económico crudo puede terminar con el más apacible de los jardines sociales y dejarlo hecho un lodazal sangriento.

Los jefes de los gobiernos europeos saben --aunque no lo reconozcan abiertamente-- que su remanso continental y sus seis décadas de paz pueden ser un paréntesis precario. Con la excepción de Hiroshima y Nagasaki, los peores excesos bélicos que ha visto el mundo han ocurrido en tierras del Viejo Continente, hoy convertido en profesor planetario de paz. Es un tanto extraño que el maestro imparta su asignatura con los bolsillos llenos de portaaviones, bombas atómicas, misiles de largo alcance, submarinos y cazabombarderos de última generación. Actualmente Europa occidental es, después de Estados Unidos, el sitio con mayores instrumentos de destrucción per cápita.

Tal vez sea por eso que la Unión Europea ejerce su ministerio con cierto grado de pavor. El profesor pacifista sabe que, en cualquier momento, puede convertirse en un criminal violento e incontrolable: cuenta con los medios y tiene graves antecedentes por homicidio. A fin de cuentas, la diferencia histórica entre África y Europa no estaba tanto en el grado de refinamiento de sus civilizaciones cuanto en la sofisticación tecnológica de sus arsenales, y así sigue siendo. Cuando huele a petróleo la democracia británica con todo y sus lores, sus comunes, su corona y su Tate Gallery, se transforma en un simio aullante que la emprende a garrotazos contra el propietario del yacimiento.

Ahora, en su advocación de prefecto de escuela, la Unión Europea ordena la confiscación universal de las armas de destrucción masiva y amenaza con usar su propia fuerza contra los rebeldes que se nieguen a entregarlas. El documento aprobado ayer en Luxemburgo por los cancilleres de la unión debe considerarse como una pieza meramente literaria, porque a nadie en su sano juicio se le ocurre que los ejércitos europeos vayan a quitarle por la fuerza sus bombas atómicas a Israel, Pakistán o India. La “universalización” del desarme prevista en el acuerdo no ha de incluir, por supuesto, el desmantelamiento de los artefactos nucleares franceses e ingleses y menos los estadunidenses, rusos o chinos y no será, en consecuencia, tan universal como se pretende.

La cáscara de la convivencia pacífica es frágil y precaria. El traje del profesor de paz es muy delgado como para ocultar la pelambre de pitecántropo que todavía crece en la piel de Europa.

10.6.03

Anacronismos


Colin Powell fue a Santiago de Chile a decir, en la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos, que la Cuba de Fidel Castro es “un anacronismo en nuestro hemisferio”. Tiene razón. El régimen de La Habana está tan envejecido como su líder máximo, se sostiene en prácticas políticas de museo --de museo del horror, en muchos casos-- y en una ideología que parece más decimonónica que vigesimónica: ahora resulta que a Castro y a los suyos el colapso del leninismo los tiene sin cuidado porque en realidad su revolución era martiana. Si logra sobrevivir unas siete décadas más, el castrismo terminará descubriendo una gran fuente de inspiración ideológica en los Reyes Católicos. Powell tiene razón. A estas alturas, la Revolución Cubana suena a himno nacional --cualquiera de los latinoamericanos es bueno para el ejemplo-- convertido en programa político y los dilemas de la cúpula gobernante en la isla --maldición común a los socialismos reales-- se desplaza en forma sostenida del ámbito de la sociología del poder al de la geriatría clínica.

El único problema con la apreciación del secretario de Estado es que Powell la emite en representación de otro gran anacronismo, que es el actual conservadurismo estadunidense. Es cierto que, en términos ideológicos, Castro permanece anclado en la década de los 60, pero el presidente George W. Bush se empeña en devolver a Estados Unidos a la década de los 40, cuando Washington hizo reventar bombas atómicas sobre civiles japoneses que, por el simple hecho de serlo, se encontraban en el bando de los malvados, según la teología civil de Harry Truman. Sesenta años después, Bush ordenó el descuartizamiento de iraquíes --hombres, mujeres, niños y ancianos-- con base en el razonamiento lógico de que formaban parte del eje del mal.

Hay mucho de atroz, sin duda, en el hecho de que la gloriosa revolución cubana forme criminales a los que después fusila, como ocurrió con los secuestradores de un lanchón, todos los cuales nacieron, fueron a la escuela y aprendieron valores bajo el régimen de Castro. El sueño americano prescinde de los pelotones de fusilamiento, pero dispone de procedimientos mucho más sádicos y enfermos para ajusticiar a los delincuentes que genera. Por lo demás, en materia de fabricar cadáveres con apego a derecho, Texas, la Texas que gobernara el actual presidente de Estados Unidos, no compite con Cuba --un practicante modesto de la pena de muerte--, sino más bien con China, el otro adalid de las dictaduras del proletariado en tiempos de globalización y competitividad.

En la isla caribeña hay una vieja y oprobiosa intolerancia ideológica, una impresentable negación de libertades políticas fundamentales y un totalitarismo de partido que huele, ciertamente, a naftalina. Pero en Estados Unidos se sigue jurando el cargo de Presidente sobre una Biblia, en las escuelas públicas Bush ha puesto a competir la teoría evolucionista con el dogma creacionista, el primer mandatario no es electo por la ciudadanía sino por un puñado de electores, no existe alternancia en el poder fuera del duopolio demócrata-republicano y el actual jefe del Ejecutivo ocupa la Casa Blanca en contra del deseo de la mayoría de los votantes, la cual dio su sufragio a Al Gore.

Cuba es gobernada por un mesiánico cuya genialidad ha sido minada en forma lenta pero implacable por la esclerosis. A Estados Unidos lo dirige --formalmente, al menos-- un hombre mediocre y de limitaciones intelectuales evidentes, pero igualmente mesiánico e iluminado. Y ambos, cada cual a su manera, están convencidos de que las discordancias ante sus respectivos idearios pueden resumirse como “maldad” y que pueden y deben ser erradicadas mediante la destrucción física de sus adversarios. No hay más rutas que las suyas y no hay otra forma de encuentro que la colisión. A Bush le encanta amenazar con sus facultades para administrar la muerte a poblaciones remotas y Castro disfruta exhibiendo disposición al martirio: la suya (qué más le da, después de la vida que se ha dado y con su entrada a perpetuidad garantizada en las enciclopedias) y la del conjunto de los cubanos, mucho más incierta. El anacronismo histórico de Castro y el anacronismo coyuntural de Bush se han encontrado para complementarse mutuamente; de hecho, se necesitan el uno al otro. Tal vez Powell lo sepa y se comporte en forma hipócrita, o tal vez lo ignore honestamente y esté, simplemente, diciendo tonterías. Ojalá que en unos pocos años estemos hablando de otros asuntos.

3.6.03

Falta de modales


Las políticas antimigratorias son, en general, abominables, porque coartan la lucha por la sobrevivencia de seres humanos sin recursos, porque impiden el ejercicio de una de las pulsiones más antiguas y arraigadas de la especie --el nomadismo, el viaje, el movimiento--, porque agravian la libertad de tránsito y porque son casi siempre racistas y clasistas: quien disponga de una cuenta millonaria en dólares, ya sea cantante, industrial o narcotraficante, tiene muy pocas probabilidades de enfrentar humillaciones de extranjería en un aeropuerto o una frontera terrestre. En cambio, los cientos de millones de desheredados que sobreviven como pueden la intemperie de la globalización económica se las ven cada vez más negras para mudar de país cuando el suyo, de origen, se les acaba o incendia. Eso es: impedirles el movimiento en tales circunstancias equivale a prohibir la salida a quienes quedan atrapados en un edificio en llamas.

Las estrategias antimigración de los países ricos son variadas y muy imaginativas. La alemana no logra ocultar su inspiración racista y niega la nacionalidad a bebés nacidos en territorio alemán que no sean, además, hijos de alemanes. Hace un año el gobierno austriaco decretó que todos los residentes extranjeros que no sean ricos o influyentes están obligados a aprender alemán. Holanda, tan permisiva en cosas de sexo y mariguana, estableció la expulsión inmediata de los solicitantes de asilo que ingresen al país sin documentos de identidad, como si fuera siempre posible conservar el pasaporte en medio de una persecución política en Sierra Leona. Las autoridades italianas se arrogaron el derecho automático de expulsar de su territorio a todo extranjero que se quede sin trabajo. Y así por el estilo.

En ese museo de horrores, las políticas antimigratorias estadunidense y española son de las más desvergonzadas e irritantes: la gringa, porque Estados Unidos es un país construido por inmigrantes; la española, porque España es una nación de emigrantes.

Se ha vuelto un lugar común, en el caso de Estados Unidos, el recordatorio de que ese país no sería ni la sombra de lo que es si no tuviera a sus irlandeses, sus italianos, sus griegos, sus mexicanos, sus cubanos, sus rusos, sus africanos, sus paquistaníes, sus chinos y sus coreanos, entre muchas otras comunidades surgidas de la inmigración. Si Washington practicara sin hipocresía los controles fronterizos --que no se ejercen para impedir la llegada de personas de todo el mundo, sino para presionar a la baja los salarios de los indocumentados o para chantajear a las naciones expulsoras de mano de obra, o para satisfacer las fobias y las paranoias de los anglosajones menos ilustrados-- no sólo sacrificaría el dinamismo social y cultural del país (del cual posiblemente Bush no tenga la menor idea), sino también la competitividad de su industria y agricultura.

En cuanto a España, la más reciente reforma aznarista a la Ley de Extranjería (23 de mayo), que según El Mundo “potencia los procedimientos de control y expulsión de inmigrantes ilegales”, no sólo es un atropello a los derechos humanos, sino que constituye una ofensa a las buenas maneras. Muchos latinoamericanos resultan afectados por las nuevas disposiciones, adoptadas tanto en función de los acuerdos de la Unión Europea como de intereses electorales del Partido Popular, cuya directiva, a lo que puede verse, no sabe que del otro lado del Atlántico millones de españoles han encontrado destinos de refugio, bienestar y afecto.

Desde tiempos de las independencias, a nadie en su sano juicio se le ocurre en América Latina coartar o perseguir a los españoles de cualquier signo: franquistas o republicanos, artistas o tenderos, científicos o industriales, hombres o mujeres, gallegos o sevillanos, curas o cantineros. Han sido recibidos con los brazos abiertos, han aportado y se han beneficiado. En la actualidad el gobierno de Madrid calcula que casi 2 millones de ciudadanos españoles residen en forma permanente en el extranjero y buena parte de ellos vive en República Dominicana, Ecuador, Colombia y otros países latinoamericanos a cuyos migrantes se persigue y acosa, hoy día, en tierras españolas. Y aunque las víctimas no sean latinoamericanas, sino tunecinas, marroquíes o ghanesas, la renovada fobia del gobierno español contra los migrantes, más que una práctica violatoria de los derechos humanos y más que una injusticia, es, también, una vulgaridad y una carencia de modales.

27.5.03

60 millones


El 14 de agosto de 1941, cuando todavía faltaba mucha sangre de la Segunda Guerra Mundial, Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill se reunieron a bordo de un buque de guerra frente a Terranova. Signaron allí la Carta del Atlántico, documento en el que Washington y Londres se comprometían a establecer “un sistema permanente y más amplio de seguridad general”, que propiciara “la máxima colaboración económica de todas las naciones”. Unos meses más tarde, el primero de enero de 1942, 26 países en guerra contra las potencias del eje firmaron la Declaración de las Naciones Unidas. El contador de muertos --civiles y militares-- seguía creciendo, pero le faltaba mucho camino aún para llegar a su saldo final.

En octubre del año siguiente, cuando el curso de la guerra se había hecho favorable para los aliados, representantes de la Unión Soviética, China, Reino Unido y Estados Unidos firmaron en Moscú una declaración en la que coincidían en la creación de “una organización general internacional”. Un mes más tarde, Roosevelt, Churchill y Stalin, reunidos en Teherán, se arrogaron “la suprema responsabilidad que recae sobre nosotros y sobre todas las Naciones Unidas de crear una paz que destierre el azote y el terror de la guerra”. Pero todavía faltaba lo peor del bombardeo sobre Londres, el tramo más espantoso de la “solución final” contra los judíos, el arrasamiento de Hamburgo y Dresde y los holocaustos atómicos en Hiroshima y Nagasaki.

En febrero de 1945, cuando “los tres grandes” se reunieron por última vez, en Yalta, el destino de Alemania y Japón ya estaba sellado, pero aún no se hallaba la manera de poner fin a la matanza mundial. El nacimiento oficial de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) tuvo lugar dos meses más tarde, en San Francisco, todavía con combates en las ruinas de Berlín y en los archipiélagos del Pacífico. Cuando el conflicto planetario terminó de consumir sus últimos combustibles, en agosto de ese año, y llegó la hora de hacer cuentas, se estimó que la especie humana había perdido unos 60 millones de individuos (25 millones de militares y 35 millones de civiles, incluidos en el segundo rubro los judíos asesinados por los nazis), se había esfumado un billón de dólares --de los de aquel entonces-- en gastos de guerra y se había destruido una parte importante de los bienes de la humanidad. La Unión Soviética sola perdió un tercio de su riqueza nacional. Se calcula que la aventura bélica le costó a Japón más de 560 mil millones de dólares. No pudo, ni podrá hacerse nunca, la suma de las familias destruidas, la multiplicación de los amores rotos, la masa de los destinos truncados, la inercia de las trayectorias profesionales desviadas, el peso de las viudeces ni el vacío de las orfandades.

El surgimiento de la ONU tenía, cómo dudarlo, el propósito de crear un mecanismo de administración de diferendos y conciliación de intereses entre los vencedores de la contienda, pero también estaba presente en la fundación del organismo un genuino interés por erradicar la guerra como instrumento de relaciones internacionales. A pesar de las maquinarias de propaganda patriótica de todos los bandos, con sus discursos, sus películas, sus carteles y sus programas de radio, se había hecho claro que en los conflictos bélicos hay una estupidez inherente y colosal. Por eso se escribió que la ONU debía “mantener la paz y la seguridad internacionales”, contribuir a la “amistad entre las naciones”, propiciar la “cooperación internacional en la solución de problemas económicos, sociales, culturales o humanitarios” y comprometer a los estados miembros “a resolver disputas internacionales por medios pacíficos y a no utilizar la amenaza o el uso de la fuerza”.

Pero la semana pasada la ONU, por medio de su Consejo de Seguridad, avaló y legalizó la guerra colonial emprendida por Estados Unidos y Gran Bretaña --los dos países que idearon, en una primera instancia, el organismo internacional--. Debilitadas o desinteresadas del tema, las naciones que habrían podido impedir este acanallamiento de la organización --Francia, China y Rusia-- dieron luz verde para que la ONU extendiera a Londres y Washington un certificado de “potencias ocupantes” en Irak. Con ello, los nuevos piratas disponen de licencia para saquear. De paso, la ONU dio su aprobación, a posteriori, a las mentiras de Estado sobre armas químicas y biológicas, a las masacres de civiles iraquíes perpetradas por las tropas estadunidenses e inglesas, al asesinato vil de periodistas y a la complacencia de la soldadesca invasora ante los actos de saqueo y vandalismo que siguieron a la disolución del régimen sátrapa de Saddam Hussein.

Si existe algo así como más allá, vida después de la muerte o alma inmortal, es posible que los 60 millones de fallecidos de la Segunda Guerra Mundial se sientan agraviados.

20.5.03

NN


Hay padres que se esfuerzan por dar a sus vástagos una formación completa, multifacética y de excelencia que les sirva para encontrar en la vida un cauce triunfal o, cuando menos, desahogado. Actualmente lo políticamente correcto parece privilegiar las cuotas universitarias y el pago de cursos particulares por sobre las herencias cuantiosas. Eso no quita que muchos progenitores sueñen con entregar a sus descendientes, en el momento de estirar la pata, dos o tres millones de dólares --o más, si se pudiera-- a fin de que los segundos puedan dedicarse al pasatiempo favorito hasta niveles de calidad total sin necesidad de preocuparse por cosas como el sustento diario, las tarifas de la peluquería o los boletos aéreos. También hay los que se desviven por vincular a sus hijos con los grandes poderes y poderosos de la economía, la política y la cultura, con la esperanza de que las criaturas logren trepar con éxito las estructuras sutiles del dinero y la fama. Y no faltan los que recurren al dinero mal habido, a la defraudación o al homicidio, en el afán de cimentar destinos cómodos o luminosos para sus sucesores. Algunos jefes de Estado añoran los tiempos monárquicos en los que era dable heredar el trono y sueñan con la fórmula que les permita entregar a sus vástagos los muebles republicanos del despacho presidencial. Otros se conforman con que sus hijos disfruten durante cuatro, seis o siete años las comodidades irrenunciables inherentes al alto cargo de papá.

Del otro lado del mapa ético se encuentran los padres que tienen hijos como inversión a futuro --una suerte de pensión de vejez cada vez más incierta-- y los que buscan biencasar a sus hijas, o prostituirlas de manera abierta, o satisfacerse con ellas. Hay los que convierten a los pequeños en desagüe de su crueldad y su resentimiento. Están también aquellos para quienes los críos son una mera secuela colateral e irrelevante de una coyuntura pasional, y los que no quieren saber nada de los niños antes de que dejen de serlo y se interesan en sus descendientes sólo cuando éstos empiezan a generarles gratificaciones perceptibles: un trofeo deportivo, un diploma universitario o la parte proporcional de un salario.

Es difícil aislar tales extremos en ejemplos puros. La mayoría de los padres se pasa la vida triangulando equilibrios entre el cumplimiento del deber, la satisfacción de la pulsión amorosa y el remordimiento por no hacer todo lo humanamente posible. Eso se aplica igual a los poderosos que a los desharrapados. Tal vez el papá del actual presidente Bush se sentía culpable cuando las tareas de Estado lo obligaban a descuidar al hijo mayor y éste empezaba a chapotear en la intoxicación alcohólica o religiosa. Acaso Vicente Fox tuvo que sopesar durante varias noches si era correcto o no celebrar la boda de emergencia de su pequeño incauto en “la casa de todos los mexicanos”. El beneficio de la duda podría alcanzar incluso para Carlos Menem, quien posiblemente pagó horas extra de sicoanalista cuando su hijo Carlitos se fue al otro mundo por culpa de sus prácticas de júnior de alto riesgo. A fin de cuentas, y con la excepción de algunos santos religiosos o laicos, uno desarrolla todos los aspectos de su vida en una permanente negociación entre la realidad y el deseo, entre el deber y la desidia, entre el esmero y el descuido, entre el amor y el cansancio. Ese vaivén funciona para habitantes de ciudades perdidas, para inquilinos de departamentos de utilidad social, para magnates y estadistas, para estrellas del rock y para premios Nobel de algo.

También estaba en esa lógica, supongo, un individuo --llamémosle “NN”-- que la semana pasada fue hallado muerto en un remolque de tráiler, abrazando –dicen-- el cadáver de su hijo de seis años. Algunos sobrevivientes de la tragedia han aportado versiones terribles, según las cuales el padre murió primero y luego el pequeño fue asesinado a golpes por los otros viajeros que seguían vivos y que estaban desesperados. Se ha dicho también que el menor resultó apachurrado por el peso de otros cuerpos muertos. Acaso lo que ocurrió dentro del contenedor pueda precisarse algún día. Como sea, ese joven padre sin nombre ni pasado ni futuro suscitará la reprobación de algunos: “cómo pudo ser tan irresponsable”, “mira que llevarse a la criatura”, etcétera. Otra manera de verlo es que NN compartió con su pequeño todo lo que tenía: la aventura desesperada, la completa incertidumbre, las penalidades de un viaje hacia el horizonte de la subsistencia y, al final, una muerte por asfixia, atrapados en un contenedor repleto de carne humana, en los alrededores de un poblado de cuyo nombre --Victoria, Texas-- no llegaron a enterarse nunca. Prefiero pensar que ambos murieron de asfixia, que no hubo golpes ni aplastamientos y que cuando NN vio que todo estaba perdido tuvo el impulso de abrazar a su hijo, que así encontraron los cadáveres, y que ese gesto amoroso es un indicio de que, aun en la pobreza y la ilegalidad, y a pesar de la muerte, fue un buen padre.

6.5.03

Esclavitud


En febrero pasado la prensa madrileña contó la historia de una red clandestina que llevaba a la capital española a mujeres procedentes del África subsahariana con la promesa de un trabajo digno y que, una vez en territorio español, las obligaba a ejercer la prostitución y las hacía firmar contratos que implicaban una situación real de esclavitud, a tal punto que el incumplimiento de las extranjeras podía acarrear su muerte o la de integrantes de su familia. Unas 150 mujeres fueron rescatadas en el operativo que desmanteló la organización.

En 1792 Dinamarca prohibió el tráfico de esclavos y al año siguiente la Convención Francesa aprobó una nueva declaración de los derechos del hombre que, en forma explícita, suprimía la esclavitud. Hidalgo hizo lo propio en México, en fecha tan temprana como el 6 de diciembre de 1810, en su célebre decreto contra la esclavitud, las gabelas y el papel sellado. En Estados Unidos tuvieron que pasar otros 53 años para que los 3 millones de esclavos negros se beneficiaran con la Emancipación, dictada por Abraham Lincoln, y otros cien para que los descendientes de los cautivos pudieran disponer de instrumentos legales contra la discriminación. En Brasil la esclavitud fue legal hasta 1888, año en que fue abolida por la llamada Ley Aurea. En la formalidad de los códigos, la reducción de seres humanos a objetos de propiedad ha persistido en algunos países periféricos y perdidos, como Mauritania, donde la práctica fue abolida apenas en 1980. A mediados del siglo pasado (1951) un comité ad hoc de Naciones Unidas informó con optimismo que la práctica disminuía con rapidez en todos los países. Sin embargo, el mundo contemporáneo --6 de mayo de 2003-- sigue siendo un lugar lleno de esclavos.

Hace dos años, la Organización Internacional del Trabajo dijo en su informe anual que el trabajo forzoso, la esclavitud y el tráfico de seres humanos --especialmente de mujeres y niños-- “están creciendo con la mundialización, adoptando nuevas e insidiosas formas”. Según el documento, las redes de traficantes suelen engañar a sus víctimas “con promesas falsas de empleos legales en restaurantes, bares, clubes nocturnos, factorías, plantaciones y casas privadas, pero una vez que están aislados les quitan los pasaportes o documentos de viaje, se restringen sus movimientos y se retienen sus salarios hasta que hayan rembolsado la deuda del transporte, cuyo valor queda a criterio del traficante. Como pueden revender las deudas de las mujeres a otros traficantes o empleadores, sus víctimas pueden quedar atrapadas en un ciclo infernal de perpetua servidumbre por deudas. Además, para evitar que los trabajadores se vayan, se suele recurrir a matones que los vigilan, así como al empleo de la violencia, con amenazas y retención de documentos”.

A mediados de marzo pasado, en Brasil, el presidente Luiz Inacio Lula da Silva presentó un Plan Nacional para la Erradicación del Trabajo Esclavo. El número de personas que sobreviven en condiciones de esclavitud en ese país sudamericano varía significativamente de acuerdo con las fuentes. El gobierno lo calcula en 25 mil, pero organizaciones no gubernamentales multiplican esa cifra por cuatro o por seis. Hace 10 años, el sociólogo Jose de Sousa Martins estimó que unos 60 mil brasileños eran víctimas del trabajo forzado.

En 1996 La Jornada dio a conocer la situación de los trabajadores oaxaqueños en las empresas agroexportadoras del Valle de San Quintín, Baja California, situación que se acercaba mucho a la de los peones acasillados en las haciendas porfirianas. Habría que preguntarse qué ha ocurrido allí en estos últimos siete años.

En las naciones y regiones más marginadas del planeta la esclavitud sigue funcionando sobre la base de la compraventa de seres humanos. Es el caso de Sudán, donde se puede comprar un esclavo por 100 dólares. En las llamadas economías emergentes, la práctica suele estar vinculada a fábricas de empresas trasnacionales: maquiladoras, plantaciones, construcción y minería. En Francia, España y otros integrantes de la Unión Europea, la esclavitud está preponderantemente relacionada con la industria de los servicios sexuales.

En su libro La nueva esclavitud en la economía global (Siglo XXI, Madrid), Kevin Bales, el más conocido especialista en el asunto, calcula que unos 27 millones de personas en todo el mundo se encuentran en situación de esclavitud. Tal vez sea una cifra exagerada, o tal vez se quede corta. Con un solo esclavo que hubiera, sería suficiente para cuestionar la buena voluntad y la eficacia de los organismos internacionales y los discursos de Estado de todos los países del mundo.

29.4.03

Complicidades


En resumen: vivimos en un planeta parcial y decisivamente gobernado por asesinos. Los matones fuertes atropellan a los matones débiles y unos y otros, a coro, imploran o exigen a la gente que tome partido por sus respectivas causas: si no estás incondicionalmente del lado de mi propia barbarie estás con la barbarie de los terroristas, dice el gobierno de Estados Unidos; si no guardas silencio ante mis pequeños crímenes de Estado es que te has dejado sobornar o seducir por Washington, dice a su vez el pregón del bando pro cubano; si te manifiestas en contra de mis operaciones de tierra palestina arrasada es que te has vuelto antisemita, acusa Sharon; si condenas los atentados dinamiteros contra civiles israelíes, ello indica que te vendiste a los sionistas, rematan Hezbollah y compañía.

En el río revuelto de estas semanas, los beneficiarios son los asesinos de peso mediano --los regímenes ruso y chino, por ejemplo-- que hasta se dan el lujo de presentarse ante el mundo como campeones del respeto a la soberanía y defensores de la paz, a condición de que el público logre cerrar los ojos ante Chechenia y el Tíbet.

Sería difícil cuestionar, ciertamente, la hegemonía estadunidense en este mercado concurrente de criminales. En lo poco que va del siglo los iluminados de la Casa Blanca han reducido a escombros a dos pobres países que no tenían más culpa nacional que haber sido previamente sojuzgados por dos regímenes tiránicos y tan delirantes como el de George W. Bush. El predominio de los talibanes en territorio afgano acaso no merecía siquiera el apelativo de régimen, pero eso no lo salvó de los misiles crucero.

Washington no destruyó lo que quedaba de Afganistán, removiendo de paso a los integristas coránicos que se habían hecho fuertes en Kandahar y Kabul, porque éstos reprimieran salvajemente a las mujeres y a la población en general, porque maltrataran los derechos y las libertades humanas o porque fueran depredadores impresentables del patrimonio cultural universal. Año y medio más tarde los misiles crucero y las bombas de racimo volvieron a cebarse contra una población inerme, y las razones de esa infamia --lo supimos entonces y lo confirmamos ahora-- nada tenían que ver con el afán de hacer justicia ante las atrocidades históricas de Saddam Hussein o con un plan para suprimir las atrocidades cotidianas de su gobierno. Bush ordenó el descuartizamiento de miles de inocentes, la destrucción de las propiedades nacionales, el asesinato de periodistas y el pillaje de bibliotecas y museos simplemente porque necesitaba controlar el petróleo de Irak y otorgar contratos de reconstrucción a las empresas de sus amigos. Y si el presidente estadunidense logra organizar nuevas guerras, sus escenarios morales serán muy semejantes a los que diseñó para lo que lleva perpetrado hasta ahora.

La furia destructora de vidas y objetos es una enfermedad contagiosa entre los poderosos grandes y los poderosos pequeños. La obra del gobierno estadunidense en Medio Oriente da margen a los rusos para perpetrar otra campaña de represión brutal en Chechenia, si llega a ofrecerse, o para que los gobernantes chinos vuelvan a regar con sangre de opositores algunas plazas públicas. Los actuales dueños de Corea del Norte no dudaron en amenazar al mundo con detonar unas pocas bombas atómicas impulsadas, a falta de misiles de largo alcance, por la Idea Zuche. La circunstancia dio a Fidel Castro oportunidad para matar a tres secuestradores e introducir así un poco de adrenalina en su viejo organismo de guerrero reblandecido por cuatro décadas en el asiento de un Mercedes Benz. Y puedo imaginarme, tal vez en forma injustificada, que la más reciente guerra contra Irak ha generado cargas adicionales de trabajo en las celdas de tortura de Irán, Siria, Israel y Turquía. Los poderes enemigos, grandes medianos y pequeños, se necesitan los unos a los otros y tienden entre ellos lazos de complicidad acaso involuntaria, pero sumamente eficaz a la hora de justificar sus horrores.

En resumen: el mundo se ha vuelto un sitio más orwelliano que nunca, en el cual las rivalidades geopolíticas no tienen más motor que la conservación o la expansión del poder propio, a expensas del enemigo, y en el que los regímenes rivales se necesitan mutuamente para justificarse ante sus respectivas sociedades. Estas seguirán forzadas a reconocer a esos poderes establecidos, propios y ajenos, por incómodos que resulten la convivencia y el diálogo con criminales. La imprescindible movilización por causas humanitarias obligará a apurar el cáliz y a seguir redactando cartas respetuosamente dirigidas al Excelentísimo Señor Asesino. Pero en las confrontaciones internacionales sucesivas no será fácil tomar partido, como no sea por los deudos de los asesinados en combate, los asesinados por accidente, los asesinados en juicios sumarios y los asesinados a secas.

25.4.03

Candidez


Hace unos días, en estas sufridas y nobles páginas, Ángel Guerra Cabrera nos explicó (Contrarrevolución, 17 de abril de 2003) que las largas penas de cárcel recientemente distribuidas a siete decenas de “una red subversiva” y el fusilamiento de tres de los secuestradores de un ferry son medidas de defensa del régimen de Fidel Castro ante la contrarrevolución, y fundamentó la pertinencia de esos actos en la persistencia de la lucha de clases en el marco de la construcción del socialismo. Me atrevo a resumir: los sentenciados no eran inocentes, sino culpables, y la actual circunstancia histórica cubana justifica la vigencia de la pena de muerte. Desconocer tales hechos y repudiar la pena capital sin tomar en cuenta su entorno --como habría hecho José Saramago-- son muestras de candidez. Unos días más tarde, un grupo de intelectuales cubanos instó a los “críticos amigos” a no emitir textos que pudieran ser utilizados para preparar “una agresión militar de Estados Unidos”. A lo que puede verse, la petición es algo tardía porque los gobernantes de La Habana están en proceso de reajuste de solidaridades internacionales y han decidido sustituir la amistad de Saramago por la de El Mosh.

Allá ellos. En lo personal, me preocupó el uso del adjetivo “cándido” porque tal palabra es sinónima de sencillo, simple y poco advertido (Diccionario de la Real Academia) y antónima de malicia, que denota, a su vez, “intención solapada con que se dice o se hace algo, maldad, inclinación a lo malo y contrario a la virtud, interpretación siniestra y maliciosa, cualidad por la que algo se hace perjudicial y maligno” o bien, en sexto lugar, “penetración, sutileza, sagacidad”.

Esa inquietante tabla de equivalencias indica que la candidez está estrechamente relacionada con la buena fe, y encuentro que ambas resultan necesarias en cualquier ejercicio de diálogo y de tolerancia. Son indispensables, de entrada, para polemizar con un defensor de la pena de muerte como lo es Guerra Cabrera. Y es que este tema no admite las medias tintas --la mujer que se declara “un poco” embarazada--, las excepciones ni las formulaciones al estilo de los que repudian el racismo pero se reservan el derecho de discriminar a los chinos sólo en las noches de luna llena.

Desde otra perspectiva, y con toda la orgullosa candidez del mundo, celebro la existencia de un espacio periodístico --estas páginas-- en el que la libertad de expresión es tan ancha que le permite a Guerra Cabrera justificar la aplicación de la pena de muerte, independientemente de que esa práctica sea contraria a la ética de derechos humanos que anima, desde su fundación, a La Jornada. No hay contradicción ni paradoja: la defensa de una garantía no autoriza el atropello de otra, y por eso Guerra Cabrera puede detallar las razones de Estado que hacen justificable, desde su perspectiva, que se practiquen, en tres organismos humanos, las lesiones requeridas para interrumpirles las funciones vitales, precipitar en sus tejidos procesos de descomposición y sentar, de esa forma, un precedente para que ningún otro canalla criminal se atreva a intentarlo y defender así el luminoso futuro socialista de la patria, la soberanía, la independencia, etcétera.

Lamento que nadie, en ningún periódico cubano, haya podido o querido expresar algo sobre la suprema inutilidad política, patriótica e histórica de las heridas mortales de arma de fuego realizadas, por orden del gobierno cubano, en los cuerpos de Lorenzo Enrique Copello Castillo, Bárbaro Leodán Sevilla García y Jorge Luis Martínez Isaac. Malvados, traidores, criminales infames o no, lo indiscutible es que hasta el amanecer del viernes 11 los tres compartían la esperanzadora cualidad de estar vivos y que, desde ese triste momento, los une el grave e irreparable defecto de estar muertos. Ante ese hecho deplorable, me declaro partidario de la radical candidez (tal vez contrarrevolucionaria y pequeñoburguesa) que fundamenta el principio universal de la rehabilitación de los delincuentes y el derecho penal humanista. En estos terrenos, la Cuba de Castro ha adoptado --tropicalizándolos un poco-- los argumentos de la Texas de George W. Bush, y eso, como uno es cándido, da mucha tristeza.

Admito y reivindico que los cerca de 100 mil habitantes de esta ciudad que marchamos hace dos semanas para pedir un alto a la agresión contra Irak necesitábamos una buena dosis de candidez --sinceridad, sencillez, simpleza-- para pretender que nuestra movilización sirviera de algo frente a la maquinaria bélica estadunidense: 370 mil millones de dólares, la tecnología más avanzada del planeta, los intereses corporativos más cuantiosos del mundo, mentes tan criminales como las de Bush, Cheney y Rumsfeld y la aprobación política de más de 200 millones de gringos, quienes, ya fuera por cándidos o por maliciosos, respaldaron a su gobierno en esa guerra asesina. Y en esa misma lógica, habría que echarle calculadora a los millones de horas-hombre de candidez que esta ciudad, este país y este continente de cándidos han invertido en marchar, escribir y movilizarse contra el embargo ilegal que padece Cuba y contra los atentados a su autodeterminación y su soberanía; y una vez hecha la suma, habría que enorgullecerse por esa tenaz defensa de principios generales, independientemente de que los gobernantes cubanos, en lo particular, tengan las manos manchadas de sangre.

15.4.03

Por la vida


Y emprendimos la peregrinación al Zócalo. Las llevábamos, niñas, en brazos, y nos aventuramos por el intenso tránsito sabatino y por las calles abiertas en canal. Queríamos ir hasta allá para decir que estamos del lado de la vida y para inculcarles desde pequeñas a Clara y a Sofía, a Mariana, a Alejandra y Adriana, entre muchísimas otras, que el asesinato es una acción repudiable.

Los organismos humanos, niñas, son sistemas complejos y precarios en transformación permanente, en ebullición constante de sentimientos, emociones y pulsiones, en procesos que pueden llevarlos a grados asombrosos de equilibrio y belleza o a degradaciones lamentables. Los organismos humanos son asiento de personalidades distintas e infinitas en variedad: las hay tímidas y exhibicionistas, las hay piadosas e inmisericordes, las hay honestas y corruptas, las hay sutiles y las hay brutales, y existen complicadas combinaciones de todos esos atributos y defectos, y algunos más. Cada uno de los 5 mil y pico de millones de individuos de la especie, en cada momento de su vida, es un milagro irrepetible y único, independientemente de que sea vegetariano o carnívoro, religioso o ateo, comerciante callejero o estadista, infante, adulto o viejo, americano, africano o europeo, gay o buga o bi, monárquico o republicano, neoliberal o globalifóbico, idealista o pragmático, samaritano o criminal de guerra, egoísta o generoso, gentil o judío, blanco, negro, amarillo o criatura mulata de ojos verdes y pelo de resortes.

En cualquier circunstancia, la destrucción consciente y voluntaria de una persona por el procedimiento que sea --quijada de burro, espada, flecha, bala, misil inteligente, hambre, inyección letal, guillotina, silla eléctrica, hoguera, gas mostaza, lapidación, garrote vil, ahogamiento-- es una estupidez inconmensurable, un atentado contra la propia especie, una negación de sus logros y una patada a su futuro. Esta certeza es más simple, esencial y trascendente que un mandamiento cristiano, que una actitud “políticamente correcta”, que una ideología humanista y que los formalismos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Es que si preservamos una vida, niñas, así sea la del peor criminal del mundo, caminamos hacia la civilización, mientras que cada vez que se mata a alguien, así sea el peor criminal del mundo, nos deslizamos a la barbarie, por más que un demagogo cualquiera --hablo, sí, de Bush, de Blair, de Castro, de Saddam, de Sharon, de los neomandarines chinos, de todos esos que por interés o por delirio se hacen viejos ordenando, proponiendo y administrando muertes ajenas-- nos jure que el camino de las bajas colaterales, los martirologios y las ejecuciones desemboca en la democracia, la libertad, el socialismo, la seguridad pública o nacional, la soberanía, el paraíso, el orden, la prosperidad o el reino de Dios. Embustes: si seguimos convirtiendo humanos vivos en cadáveres humanos, desembocaremos en una manada de micos aullantes, armados de garrotes que se exterminan unos a otros mientras los loros --únicos herederos de lo que quede del lenguaje hablado-- repiten palabras como “patria”, “legítima defensa”, “heroísmo”, “dignidad”, “justicia”, “historia” y otros términos que, pronunciados ante el cadáver de una baja colateral, de un muerto en combate o de un ajusticiado, constituyen una obscenidad, una falta de respeto y un insulto a la inteligencia, al sentido común y a la ética.

Con todos los asesinatos de Estado cometidos por George W. Bush en las cárceles de Texas cuando gobernó ese estado, debimos imaginarnos de lo que sería capaz una vez que alcanzara la presidencia de Estados Unidos. Debimos llenar el Zócalo y todas las plazas del mundo muchos años antes, cada vez que el gobernador daba su visto bueno a una ejecución en Huntsville, cada ocasión en que la aguja era introducida en la vena de un sentenciado para liberar tres distintas clases de veneno en su torrente sanguíneo. Pero fue demasiado tarde, y ahora tenemos que tragarnos todos esos cadáveres de niños iraquíes descuartizados por las bombas, las mujeres mutiladas, los hombres pudriéndose en las aceras bajo la mirada vigilante de los marines, los museos saqueados y los hospitales sin agua ni electricidad ni vendas. Pero no pudimos ahorrarles ese espectáculo, niñas, y tal vez fue culpa nuestra: acaso debimos gritar que sentíamos náusea cuando el gobernador asesinaba a criminales a un ritmo de 10 o 12 por año y templaba su condición de asesino para después destripar iraquíes a un ritmo de 10 o 12 por hora.

Les pedimos perdón por eso. Les pedimos perdón, además, por la caminata --agotadora, aunque fueran en brazos o de caballito--, por el polvo de las calles en reparación, por el aburrimiento de los discursos, por la sed, por las gotas de lluvia y por haberlas sacado, esa tarde sabatina, de su mundo de gatos que dialogan, estrellas que se dejan tocar y ojos que tienen boca y bocas que tienen patas. Fue nuestra forma --tal vez mínima, insuficiente, cobarde y cómoda-- de pedirles que no escuchen nunca a todos esos que hablan de la muerte con frecuencia y placer, y que se pongan siempre del lado de la vida.

8.4.03

Sabiduría


Cientos de misiles disparados contra Bagdad se acumularon en el cielo a lo largo de 20 días y permanecieron suspendidos en el aire, con su tonelaje sostenido por la fuerza de la misericordia. Esos aparatos son tan inteligentes que pueden imaginarse el daño que habrían de provocar si aterrizaban, y tomaron la decisión sabia y difícil de aguantar el mayor tiempo posible al lado de las nubes y retardar el sufrimiento de los minúsculos civiles que se veían allá abajo, circulando como hormigas, agradecidos por la continuidad de su existencia y satisfechos por la permanencia de sus espacios cotidianos. Los cielos de la ciudad milenaria fueron oscureciéndose a medida que se saturaban de proyectiles amistosos que revoloteaban sus aletas para mantenerse casi inmóviles y evitar la caída. Los niños de Bagdad se acostumbraron a las presencias flotantes, las individualizaron y les pusieron nombre.

Los generales y almirantes de las tropas angloestadunidenses, reunidos en sus búnkers de Kuwait y Qatar, analizaron con gravedad la situación y estudiaron detenidamente sus opciones. Podían desconectar a control remoto la incómoda conciencia de sus armas y forzarlas de ese modo a caer sobre cuarteles, tiendas, duchas, oficinas, centros de prensa, habitaciones, salas de tortura y floreros de mesas de centro, y destruir la capital de Irak con todo y sus habitantes civiles y militares. Pero los generales y almirantes de Estados Unidos y Gran Bretaña eran personas civilizadas y sensibles y les horrorizaba la idea de ganar la guerra al precio de explosiones que reventarían los pies de los niños, harían saltar los globos oculares a secretarias y ministros, arrancarían las cabezas de los hombros de los milicianos y perforarían las placentas de las mujeres embarazadas. Así pues, los estrategas de la civilización decidieron otorgar su respaldo a la decisión de sus proyectiles de no caer sobre Bagdad, se resignaron a la idea de estirar un poco la tolerancia para dejar que Saddam Hussein fuera derrocado por los propios iraquíes o que falleciera a causa de un tumor maligno.

Los altos mandos militares de la democracia percibieron que tal decisión tenía la ventaja adicional de evitar la muerte del inglés David Jeffrey Clarke, del hispano Rubén Estrella Soto, del afroamericano Brandon Sloan y del colombiano-estadunidense Diego Fernando Rincón, entre muchos otros chavitos de 18 o 19 años que el Pentágono ha desplegado en Irak y que, con casi toda la vida por delante, no deberían morirse.

Los misiles crucero, las bombas de racimo y los proyectiles guiados por láser se han dado abrazos de despedida en el cielo de Bagdad y se han dispersado. Esas armas son tan inteligentes que cada una de ellas ha sido capaz de escoger un terreno baldío, un rincón de desierto o un valle despoblado para ir a estallar sin causar daño. Ahora, las embarazadas de Bagdad se disponen a dar a luz en una ciudad aún gobernada por un dictador, pero tranquila, entera y apacible, dentro de lo que cabe; en hospitales aún afectados por el embargo pero munidos de lo indispensable para atender partos, extirpar amígdalas, extraer apéndices y suturar lesiones laborales. Es cierto que muchos de los hogares de la ciudad requieren de una, dos y hasta tres manos de pintura, pero sus estructuras fundamentales están enteras y podrán resistir durante muchos años. El aire se ha limpiado con el calor del verano. Los soldados y milicianos de las fuerzas del régimen están ocupadísimos en lustrarse las botas y los niños siguen jugando y corriendo con sus miembros completos, con su par de ojos cada uno, con la piel del torso libre de quemaduras y ajena a las esquirlas de metralla, con una vida difícil por delante, pero con vida a fin de cuentas.

Y los soldados que habrían tenido que pelear y morir en los desiertos y ciudades iraquíes marchan rumbo a sus hogares. Clarke vive en Littleworth, Inglaterra; Estrella Soto reside en El Paso, Texas; Sloan es de Bedford, Ohio, y Rincón tiene su casa en Conyers, Georgia. Gracias a las decisiones sabias y piadosas de Bush, de Rumsfeld, de Franks y de Blair, ninguno de ellos figura en una lista de bajas y sus nombres no serán inscritos con letras doradas en una lista de caídos en combate, pero, a cambio de perderse semejante honor, podrán graduarse en una universidad cualquiera, tener hijos, adquirir una casa, enfermar de la próstata y morirse de viejos.

1.4.03

"Va a durar poco..."


El viernes 14 de marzo, seis días antes del inicio de esta guerra que ya parece durar siglos aunque apenas lleve dos semanas, el teniente coronel Florencio José Crespi, jefe del contingente argentino de Unikom --la misión de observación de la ONU en la frontera entre Irak y Kuwait--, se sentía autorizado para formular predicciones sobre el curso del conflicto entonces inminente: acababa de visitar el sur del territorio iraquí y había presenciado los preparativos y posiciones de las fuerzas de Saddam Hussein; además conocía, o creía conocer, las armas, los equipos y la capacidad operativa de las fuerzas angloestadunidenses. Interrogado por Hernando Álvarez, enviado de la BBC a Kuwait, Crespi declaró que Irak “no está en condiciones de poder detener el ataque americano (sic)”. “¿Ni siquiera por unas cuantas horas?”, insistió su entrevistador. “No --porfió Crespi--. Yo creo que la guerra va a ser mucho más rápida de lo que todo el mundo cree. Es más, me arriesgaría a decir que en dos días la guerra está terminada.”

Y aquí estamos, hoy, martes primero de abril, a punto de cumplir dos semanas de contienda. Los civiles iraquíes que tienen suerte están aterrorizados por el espectáculo sensorial y multimedia de fin del mundo que les ha obsequiado la patología del grupo gobernante estadunidense; los que no la tienen se retuercen de dolor en camas de hospital, con las vísceras de fuera, o bien se descomponen en sus tumbas; decenas de soldados invasores vuelan de regreso a su país metidos en bolsas de plástico negro, y los que se quedan en el teatro de operaciones empiezan a conocer el desconcierto y las dificultades súbitas de la guerra verdadera, no la que les enseñaron en simuladores.

En estos momentos, Florencio José Crespi tendría que estar con la cabeza metida en el inodoro, tratando de olvidar su pequeña aportación mediática (tal vez involuntaria, y acaso más fundada en la arrogancia que en la maldad) al arranque de un conflicto que podría prolongarse varias semanas más, o de aquí al verano, o hasta quién sabe cuándo, según las más recientes estimaciones del Pentágono.

En términos estrictamente militares, Estados Unidos e Inglaterra tienen recursos enormes y suficientes para ganar la guerra. Sólo la ineptitud de Donald Rumsfeld --quien, a lo que puede verse, se hizo cálculos semejantes a los del militar argentino citado-- iguala, en inmensidad, los medios bélicos de los invasores, y las cartas de renuncia parecen menos improbables, en las semanas próximas, que las órdenes de retiro de las tropas agresoras. Posiblemente los informes que detallan las victorias militares sobre las unidades de la Guardia Republicana sean tan ciertos como el estancamiento experimentado por la vanguardia que avanzaba hacia la capital de Irak, como la encarnizada resistencia de los combatientes irregulares y como el acto aislado de fraternidad en el que unos civiles iraquíes ofrecieron huevos duros (no envenenados, al parecer) a unos marines hambrientos que se quedaron varados a mitad del camino entre Kuwait y Bagdad. Lo que no tiene margen posible de duda es que centenares de civiles han sido despedazados por las bombas inglesas y estadunidenses que suelen ser llamadas inteligentes, por más que su coeficiente intelectual haya resultado semejante al de Crespi.

Pero en términos políticos, y en lo que va de la pesadilla, Estados Unidos está perdiendo la guerra. Es horrible que esa derrota se geste a fuerza de niños desmembrados exhibidos por todo el mundo. En cualquier momento, George W. Bush saldrá a acusar a los periodistas de ser cómplices de Saddam Hussein y argumentará que antes de la guerra el régimen de Bagdad compró, clandestinamente, toneladas de maquillaje rojo para fabricar víctimas falsas y presentar ante los medios bajas civiles artificiales.