27.6.00

Elián y Elizema


Mucho se ha especulado sobre el trato que habría recibido Elián González en Estados Unidos si hubiese tenido una nacionalidad distinta a la cubana.

A fines de mayo, un hecho trágico ocurrido en Arizona despejó cualquier duda al respecto: la inmigrante Yolanda González Galindo, de 19 años de edad y originaria de San Pedro Chayuco, Juxtlahuaca, en la Mixteca, murió deshidratada después de cuatro días de caminar por el desierto. Había salido de Nogales, Sonora, con un grupo de indocumentados a los que un pollero anónimo les aseguró que la caminata duraría cuatro horas. Yolanda llevaba con ella a su hija Elizema (o Elizama) Hernández González, de 18 meses, y la pequeña sobrevivió.

Los agentes de la patrulla fronteriza localizaron a la madre muerta y a la hija viva nueve kilómetros al sur de la comunidad de Sells. La prensa no registra el destino del cadáver, pero sí el de la bebé, quien fue entregada al Consulado Mexicano que, a su vez, la envió al DIF de Nogales; de ahí, la niña pasó al DIF estatal, en Hermosillo, que la entregó, previa escala en la ciudad de México, al DIF de Oaxaca. La semana pasada, un juez familiar anunció que entregaría a la menor a la custodia provisional de la abuela materna, en tanto el padre (quien, al parecer, reside en Estados Unidos) decide si ejerce o no la patria potestad.

Todo en la historia de Elizema (o Elizama) resulta un tanto brumoso e incierto. El 4 de junio, un vocero de la patrulla fronteriza en Yuma anunció el hallazgo de una mujer de 19 años y de su hija de dos, procedentes de Oaxaca, que se encontraban vivas pero deshidratadas, y que habían atravesado el desierto. El nombre que se manejó fue Carmen Saavedra, y no Yolanda González.

Tal vez fuese un error de identificación o tal vez haya sido un caso similar, ocurrido bajo el mismo sol implacable de Arizona y bajo el acoso de los rancheros que en esta temporada practican el deporte de la cacería humana. Pero el hecho es que ningún estadunidense se cuestiona qué hacer con un niño (o niña) hallado junto al cadáver de su madre en alguna zona inhóspita de la región fronteriza: lo entregan a las autoridades migratorias, y éstas tampoco vacilan a la hora de dar el próximo paso: lo turnan al consulado que les quede más cerca para efectos de repatriación.

En el caso de Elizema (o Elizama), nadie, lo que se dice nadie, desde Alaska hasta Florida, pensó que pudiera ser cruel o inhumano --y no digo que lo sea-- la devolución de la niña a las condiciones de miseria y marginación que imperan en San Pedro Chayuco, Juxtlahuaca, en la región Mixteca, y de las que su madre trató, con mala fortuna, de sacarla. No hubo al respecto un debate nacional ni encuestas en línea ni talk shows y pornografía sentimental en horario televisivo estelar, ni conflicto o diferendo jurisdiccional alguno entre México y Washington.

Las tragedias de Elián y de Elizema (o Elizama) se parecen: ambos perdieron a sus madres cuando éstas intentaban llegar a territorio de Estados Unidos, huyendo de entornos económicos adversos y buscando reunirse con sus respectivas parejas. Ahí terminan las diferencias. Elián podía ser capitalizado como un símbolo político para la mafia cubana de Florida y Elizema (o Elizama) era sólo una pieza menor, incidental e indeseable en los juegos de esparcimiento de los rancheros de Arizona.

Sin proponérselo, echó abajo la montaña de demagogia que se ha acumulado en torno a Elián. La manifiesta discriminación en su contra la salvó de convertirse en rehén político-sentimental de los gringos. Su odisea fue, por eso, mucho más breve, y ya se encuentra en San Pedro Chayuco al lado de su abuela.

20.6.00

Parecían asiáticos


En la madrugada del lunes 19 de junio, en Dover, Inglaterra, la policía de aduanas abrió un contenedor para tomates procedente de Zeebrugge, Bélgica, y se encontró con 58 cadáveres humanos y dos personas vivas. Los muertos, 54 hombres y cuatro mujeres, “parecían asiáticos”, dijo el oficial Mark Pugash. El contenedor, que cuenta con sistema de refrigeración propio, era transportado por un camión de matrícula holandesa, pero el domingo 18 fue el día más caluroso, en lo que va del año, en el norte de Europa, de tal forma que los viajeros murieron de calor o murieron de frío. No se ha podido interrogar a los dos sobrevivientes porque están hospitalizados y la policía no ha divulgado las declaraciones del conductor, un holandés que se encuentra bajo arresto.

La semana anterior, en México, se ofreció a la teleaudiencia el espectáculo, en vivo, de la muerte de unos individuos que se ahogaron en el Río Bravo cuando intentaban ingresar al país de al lado sin pasar por la garita migratoria. Como show fue excepcional, pero el suceso resulta más bien rutinario.

Ambos episodios trágicos forman parte de un fenómeno habitual en el paisaje mundial contemporáneo: en este planeta poseído por la fiebre del libre comercio y la globalización, el contrabando en general, y el de seres humanos ha adquirido un auge sin precedentes. La mano de obra de precio ínfimo y de importación ilegal fluye en grandes cantidades, y por todos los medios de transporte, de Asia a América, de Latinoamérica a Estados Unidos, de África y Sudamérica a Europa. Además de las drogas, las armas y las especies en extinción, el paraíso liberal prohíbe el tráfico de homo sapiens, que es más bien una especie en expansión. Las restricciones migratorias en este mundo se incrementan a un ritmo tan similar al que caen las barreras arancelarias que se vuelve inevitable imaginar una relación entre ambas cosas y percibirlas como dos caras del mismo poliedro.

Es una coincidencia de veras lamentable --y nada más que eso-- que la nacionalidad del chofer capturado el lunes en Dover sea la misma que la de los principales mayoristas de esclavos africanos enviados a América en los siglos XVII y XVIII. Tal vez la similitud empiece y termine en un pasaporte holandés: a fin de cuentas, las sentinas de los barcos de esclavos se llenaban con personas capturadas y transportadas a la fuerza, en tanto que los migrantes laborales actuales, en su gran mayoría, son trasladados por decisión propia y hasta pagan por el viaje. Eso hace que los traficantes modernos se esmeren menos en el cuidado de la mercancía: la mortandad nunca fue tan alta en aquellos buques infames como lo es hoy en los vagones ferroviarios y las expediciones a través del desierto en la frontera méxico-estadunidense o en los camiones que hacen el trayecto del continente a las islas británicas con la coartada del comercio de tomate.

Acaso sea otra coincidencia lamentable que la fuerza de trabajo, es decir, el único producto que poseen los que no poseen nada, se encuentre en la magra lista de sustancias prohibidas por los acuerdos del intercambio universal, junto con las drogas, las armas y las especies en extinción. Pero uno no puede dejar de pensar que este mundo, el menos peor de los posibles, según afirman sus gerentes generales, ha sido regulado para beneficio de los dueños de todo lo demás. En lo inmediato, en una morgue improvisada de Dover, hay 58 cadáveres que parecen asiáticos, que en vida no tenían más propiedades que sus propios cuerpos, que ahora se quedaron hasta sin eso y que no podrán recibir los beneficios de la globalización.

13.6.00

Bush, el exterminador


Durante el tiempo en que el candidato presidencial republicano George W. Bush ha fungido como gobernador de Texas, 131 condenados a muerte en ese estado dejaron este mundo mediante inyecciones intravenosas administradas por verdugos impecables y eficientes. Al parecer, el sistema de impartición de justicia estatal no es tan eficaz, porque en 40 de esos casos los abogados defensores no presentaron testigos; en 29 se recurrió a testimonios incriminatorios de James Grigson, un siquiatra local apodado “doctor Muerte”, quien en 1995 fue expulsado de la Asociación Siquiátrica de Estados Unidos (ASA) por elaborar diagnósticos poco confiables y carentes de ética; en 43, la defensa de los condenados corrió a cargo de abogados sancionados por prácticas ilegales; en tres juicios que culminaron con sentencias de muerte trabajó como abogado defensor el ya fallecido Joe F. Cannon, célebre por su costumbre de dormir en el curso de las audiencias; en otros, se incluyó el dictamen del médico forense Ralph Erdmann, a quien se le retiró la licencia profesional por inventar o falsificar resultados de autopsias, y en alguno la fiscalía recurrió al perito Charles Linch, a quien sacó temporalmente de la institución siquiátrica en la que se encontraba recluido para que realizara un examen visual de pruebas.

Los datos anteriores forman parte de una exhaustiva investigación elaborada por el Chicago Tribune y publicada el domingo en ese diario. Ciertamente, el gobernador y candidato presidencial Bush no condenó a los reos ni les administró personalmente la inyección letal, pero del reporte mencionado se deduce que ha sido una pieza fundamental para el funcionamiento de la fábrica de cadáveres que es la justicia penal texana, la cual, desde 1976, ha ordenado la muerte de 218 personas, un tercio de todos los ejecutados en EU desde entonces.

En 1995, recién llegado a la gubernatura, Bush firmó una orden para acelerar las ejecuciones. Posteriormente, se opuso a una propuesta legislativa para prohibir la ejecución de retrasados mentales, y adujo que tal iniciativa debía corresponder a los jurados. El gobernador vetó también una iniciativa orientada a mejorar la defensa legal de los indigentes. Asimismo, se opuso a un esfuerzo legislativo que buscaba obligar a la Junta de Perdón (Board of Pardons and Paroles, cuyos integrantes son nombrados por el Ejecutivo estatal) a deliberar y tomar sus decisiones en encuentros físicos, toda vez que los integrantes de esa entidad (que sólo ha concedido el perdón a siete sentenciados a la pena capital desde que Bush es gobernador) votan por fax y sin argumentar su posición. El aspirante presidencial republicano, por su parte, sólo en una ocasión ha ejercido su potestad de conmutar la pena capital de un condenado por prisión perpetua.

Un aspecto particularmente inquietante de las ejecuciones de prisioneros en Texas es que, hasta 1991, las pruebas de daño cerebral o retraso mental en los acusados no eran atenuantes, sino agravantes de facto, toda vez que los fiscales empleaban tales datos para argumentar la peligrosidad futura de los reos. La Suprema Corte de Justicia ordenó a Texas que modificara, en este punto, sus normas para emitir sentencias, respecto, pero 115 de los 131 ejecutados en tiempos de Bush recibieron su condena antes de que la nueva ley entrara en vigor.

Terry Washington fue enviado a la cámara de la muerte en 1997. Sus defensores --de oficio-- nunca presentaron ante la corte que lo sentenció a muerte las pruebas de que el acusado había nacido con lesiones cerebrales, era incapaz de contar y de saber qué hora era, y tenía una capacidad mental equivalente a la de un niño de siete años.

George W. Bush se negó a ser entrevistado por el Chicago Tribune en torno a estas cuestiones. Pero su director de justicia penal, Johnny Sutton, dijo a ese diario que la procuración de justicia penal en Texas “no es perfecta, pero sí es una de las mejores del entorno”.

Para ese sistema judicial y para el propio Bush, resultó aceptable, en su momento, que José Luis Pena, abogado defensor de oficio de Davis Losada --ejecutado en 1997-- se dirigiera a la corte y, en el crítico momento previo al fallo, pronunciara el siguiente alegato final:

“Señoras y señores, ayer, cuando les hablaba a ustedes, se apagaron las luces. No sé. Tal vez fue un mensaje. Hoy llovió. Tal vez eso era un mensaje. Tal vez las gotas de lluvia son la cuestión clave, pero eso es lo que ustedes tienen que decidir hoy... El sistema. La justicia. No sé. Pero eso es lo que van a hacer ustedes.”

30.5.00

Consejo no pedido


El ritual onanista de su fujimocracia, señor Alberto, da un poco de tristeza, pero resulta aleccionador. A fin de cuentas, desde la última reelección de Anastasio Somoza (Debayle), en América Latina las cosas no han cambiado tanto como uno quisiera.

A ver si logro que usted me entienda. No es nada más que las reglas de la etiqueta democrática prohíban los candidatos únicos; es que, cuando éstos compiten contra sí mismos, como lo hizo usted el domingo, da igual que ganen o pierdan la competencia, y eso fatiga a los jueces, es decir, los electores, quienes no tardan en caer en la cuenta de la suprema inutilidad de su ejercicio. A la larga llegan a desencantarse hasta tal punto que se vuelve imperativo subirlos en camiones y ofrecerles comida y dinero, o amenazarlos con multas para que acudan a votar.

Si la selección de gobernantes por medio del voto fuera exclusivamente un mecanismo para procurarles la felicidad a unos políticos y arruinarles la vida a otros, el desánimo de los electores no sería tan grave. “El voto no sirve”, se dirían para su coleto, y se dedicarían a vivir su vida cotidiana (ganarse el pan, jugar boliche, ir a misa, tener sexo, transportarse por avenidas y por veredas) sin preocuparse más del predominio de los estandartes morados sobre los naranjas. Pero cuando a los ciudadanos, o a un grupo de ellos, les da por transformar ųpara bien o para peorų las reglas del juego, o cuando se empecinan en ser gobernados por el candidato negro y no por el blanco, las elecciones se vuelven el único medio para llevar adelante su capricho sin que nadie salga lastimado. Y si ese mecanismo no sirve, como no sirvió en la elección de usted contra usted el domingo pasado, no es improbable que empiecen a golpearse el cráneo contra los garrotes de la policía (ya ve, así es la gente de testaruda), a tirar piedras y balazos y, poco después, a poner la cara y los genitales a disposición de los torturadores; éstos, por su parte, volverán a verse abrumados ųcomo antaño, cuando los voluntarios abundabanų por las obligaciones laborales. Vea usted la gravedad de esta perspectiva, señor Fujimori, así sea porque la contratación masiva de verdugos lo llevará sin remedio a incrementar el déficit fiscal.

Si usted hubiese gobernado en los años 50, o aun en los 70, habría podido colgarse de la justificación de la lucha contra el comunismo. En nuestra época sólo le queda la opción de poner sobre sus opositores el sambenito de narcotraficantes, pero eso sería visto como un indicio de pobreza argumental y difícilmente bastaría para que otros gobernantes vuelvan, sin pudor, a estrecharle la mano y a darle un abrazo para la foto pública.

Regrese usted a su casa y a lo que le queda de familia, señor Fujimori, y abandone la conspiración contra su país y contra usted mismo. Deje que otros se encarguen de continuar su magna obra o de corregir los saldos de su pésimo desempeño, y deje de preocuparse por tomar partido entre estos dos juicios: así sea en la tranquilidad del retiro o en la cúspide de un poder que para perdurar tendría que volverse cada vez más despótico y sangriento, ya no le corresponde a usted el fallo.

23.5.00

Temporada de caza


En distintas áreas fronterizas del Río Bravo algunos ciudadanos entusiastas han organizado grupos cinegéticos. La actividad había decaído en fechas recientes debido a las cada vez más estrictas regulaciones de inspiración ecológica y a un predominio creciente de las actividades sedentarias (como ver videos) en el tiempo libre de los lugareños. Tal vez la moda de los deportes de riesgo y las tendencias de la industria automotriz a inundar el mercado con vehículos todoterreno, que son una inversión desperdiciada cuando se les utiliza sólo para ir de shopping, dieron la pauta a los primeros entusiastas que sacaron sus escopetas y sus fusiles de los armarios, los engrasaron y se fueron al pueblo más cercano a comprar munición. Pero también debe haber pesado la proliferación de extranjeros cimarrones por los sitios más desolados y salvajes de la frontera común. El Bordo y el Cañón Zapata, sitios comunes de tránsito hacia el norte, son cotos exclusivos de la Border Patrol y están tan vigilados que transitarlos de manera furtiva es tan complicado como introducirse subrepticiamente al Pentágono. En consecuencia, las especies migratorias procedentes del sur se extendieron por los cañones y desiertos de Arizona, Nuevo México y Texas.

Los aguerridos granjeros y los sherifes de esas tierras no requieren de justificación para desempolvar el Winchester de sus abuelos o para estrenar los nuevos AR-15 con guardamanos de fibra de carbono y dedicar su ocio a la cacería humana. Descienden de la estirpe que exterminó a los búfalos y a los apaches, construyeron una nación sobre el mandamiento máximo de la propiedad privada y echaron una bonita capa de asfalto sobre las incomodidades de origen animal o vegetal que los acechaban. Ahora, en los morideros de su propiedad, pululan mexicanos que picotean los setos o asustan el sueño de los borregos. Disparar sobre los intrusos es un acto natural y hasta de sentido común. Así lo entiende también el gobierno de Washington, que en un acto de humanismo tal vez excesivo, y que muestra la perniciosa suavidad demócrata y obliga a suspirar por la hombría de los republicanos, ha instado a los cazadores a no dar muerte a sus presas. Capturarlas vivas evita problemas internacionales y hasta locales, habida cuenta que aún existen algunas leyes obsoletas que confunden la cacería con el homicidio.

Pero, en el fondo, las autoridades simpatizan con el renovado afán de los granjeros por hacer patria. Ayer mismo, en la madrugada, un policía de Brownsville exhibió la cabeza de un ejemplar joven que pretendía introducirse al país de la libertad.

En el fondo de todo esto hay la convicción --que poco a poco se abre paso en todos lados, hasta en México-- de que la condición humana se conserva o se pierde, o no se adquiere nunca, de acuerdo con el estatuto legal, penal o migratorio de cada espécimen. Es evidente: los derechos humanos son de los humanos, no de los delincuentes ni de los indocumentados. Por esta vía llegaremos a necesarios deslindes civilizatorios. Comerse a un ratero o a un mojado, por ejemplo, puede considerarse un acto de derecho o de esparcimiento que de ninguna manera implica canibalismo.

16.5.00

Profecías


Venas que humor a tanto fuego han dado, /médulas que han gloriosamente ardido (...) /serán ceniza, mas tendrá sentido... Pensándolo bien, es casi milagroso que ningún idiota haya notado, hasta ahora, las enormes posibilidades de Quevedo como profeta de Hiroshima. A diferencia del genio patizambo, Nostradamus era un versificador lamentable (basta comparar sus Centurias con las Baladas entrañables del delincuente Villon, escritas un siglo antes) y un médico dudoso, así que optó por dedicarse a charlatán. Tal vez habría podido aspirar a un sitio en la historia de la literatura como antecesor delirante de poetas herméticos de siglos posteriores (pienso en Góngora, pienso en Mallarmé), pero el escribidor provenzal decidió difundir la especie de que, bajo sus metáforas alucinadas, se escondían revelaciones acerca del futuro. Desde entonces no ha faltado quien incruste, en diversas cuartetas de las Centurias, sucesos tan variopintos como el surgimiento del imperio napoleónico, la caída del zarismo y la revolución bolchevique, el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la aparición de la minifalda, el asesinato de Lennon, la guerra del Golfo Pérsico, el fin del mundo y la clonación de la oveja Dolly.

La interpretación libre puede ejercerse en cualquier texto escrito, independientemente de los propósitos con que éste haya sido redactado. Uno puede hallar, si se lo propone, mensajes ocultos, cifrados y misteriosos hasta en el directorio telefónico y construir, a partir de allí, explicaciones o premoniciones de sucesos ocurridos décadas después. Con mayor razón es dable depositar cualquier cosa en los 25 renglones del “tercer secreto de Fátima”, trabajosamente escritos en los años cuarenta, y bajo presión del obispo de Leiria, por Irma Lucía dos Santos, monja carmelita que de niña fue pastora y a quien, en 1917, en la cueva de Iria, la Virgen se le apareció varias veces.

En esos sucesos milagrosos Irma Lucía y otros dos niños pastores experimentaron visiones que, en su edad adulta, la religiosa, bajo la guía de diversos curas y ningún corrector de estilo, transformó en tres mensajes a la humanidad. Los dos primeros tenían que ver con el fin de la Primera Guerra Mundial, el inicio de la Segunda y el ocaso del comunismo. El tercer mensaje se lo guardó el Vaticano como un secreto de Estado que dio pie a las conjeturas más divertidas y catastróficas y, en adelante, María, que cuenta con advocaciones progres y hasta populistas, tuvo en Fátima la expresión de su ala ultraderecha.

El “tercer secreto” fue objeto de emocionantes suposiciones: se dijo que anunciaba el fin del mundo y aparecieron apócrifos que proclamaban la resurrección de Hitler, el inminente cisma de la Iglesia católica o el advenimiento del Anticristo. El padre Michael da Santa Trindade, en la página oficial de Fátima (www.fatima.org), escribe que la sustancia del tercer secreto es una advertencia sobre la pérdida de la fe, la crisis en la Iglesia católica y la apostasía que “amenaza a naciones y a continentes enteros”.

Ahora Juan Pablo II, en lo que parece un ritual de clausura de su papado, fue al santuario portugués y le pidió al cardenal Sodano que expusiera algo realmente anticlimático: en su interpretación, el tercer secreto de Fátima es una predicción sobre el atentado del que fue víctima el propio pontífice el 12 de mayo de 1981 en la Plaza de San Pedro, en el que una bala disparada por el turco Ali Agca le perforó los intestinos y le arruinó la salud para siempre.

Según Sodano, en el texto de la monja aparece “un obispo vestido de blanco que reza con los fieles y cae a tierra como muerto, bajo los disparos de arma de fuego”, todo ello en medio de las conocidas expresiones anticomunistas, ya obsoletas, como lo reconoció el propio vocero.

Wojtyla decidió adueñarse de la imagen como representación de su propio sufrimiento. Pudo ver en la escena el martirio del obispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero, asesinado por los paramilitares cuando oficiaba la misa, o la cabeza rota del obispo guatemalteco Juan Gerardi, ultimado a golpes por la oligarquía militar de su país, u otras circunstancias. Prefirió, en un acto de arrogancia por demás comprensible y excusable --el hombre está muy enfermo y al parecer ya firmó una renuncia anticipada en caso de incapacidad mental--, asumirse como destinatario personal del “tercer secreto” y concluir que la Virgen de Fátima se tomó el trabajo de anunciarle el proyectil de nueve milímetros de Ali Agca. Pienso que también cabe la posibilidad de que la visión de la hermana Irma Lucía se refiera, en realidad, a sucesos que ocurrirán en el siglo XXIV, a miedos inconscientes de la niña pastora o a nada en particular.

25.4.00

Deseos para Elián


Queda la esperanza de que estos 150 días de odisea --más los que faltan-- se sedimenten en la memoria de Elián como una aventura en Disneylandia; de alguna manera lo han sido, si se piensa que el combate singular que ha venido librándose en torno al pequeño náufrago es un ritual estrechamente emparentado con la fantasía: auto sacramental, lucha libre, carrera espacial, película de George Lucas.

Elián fue secuestrado dos veces consecutivas: por su madre, primero, y por sus remotos parientes de Miami, quienes trataron a toda costa de mantener al niño en su poder como una manera de recuperar sus propias inocencias infantiles, cuando todo lo estadunidense era bueno, el comunismo era malo, y cuando no les había llegado la hora de los fichajes por la policía y de las actividades dudosas para subsistir en un medio social y económico tan implacable como corrompido.

El enojo del mar se encargó de poner fin al primer rapto. La estupidez del Servicio de Inmigración y Naturalización generó el segundo, que duró muchos días y que fue interrumpido, a la postre, por la policía. La mafia cubanoestadunidense de Florida y Washington --que no es el conjunto de la comunidad cubana en Estados Unidos, ni mucho menos-- ya tiene argumentos para denunciar que el comunismo se ha apoderado de la Casa Blanca y que Bill Clinton y Janet Reno están a punto de entregar un infante desvalido a las fauces comeniños de Fidel Castro.

Ojalá que Elián sea capaz de abrirse paso, con el tiempo, por el laberinto de afectos fingidos, manoseos afectivos, abusos y maltratos a los que ha estado sometido; que logre superar el desgarramiento entre el pretendido amor materno y la irresponsabilidad suprema, entre el mimo manipulador y el aprovechamiento como estandarte emocional de una mafia que ha perdido su infancia para siempre y que quiso recuperarla mediante el rapto; que su periplo accidentado se convierta en factor de serenidad y no en confusión permanente.

La sociedad y la clase política estadunidenses, por su parte, empiezan a descubrir que han llevado demasiado lejos su alianza histórica con la mafia cubana --que no abarca, ni mucho menos, a todos los isleños radicados en el país vecino-- y que en el empeño anticastrista han llegado a hacerse cómplices de un caso claro y prolongado de maltrato infantil, de secuestro y corrupción de menores y de usurpación de una patria potestad incuestionable que hoy se expresa --todavía arraigada y amenazada-- en los jardines de la Base Andrews.

Michael Moore, comentarista de televisión, cineasta y columnista, ha escrito un testimonio conmovedor de esa conciencia incipiente en su Carta a Elián (http://www.michaelmoore.com), del 31 de marzo, en la que desea al menor un pronto regreso a su país y a su gente verdadera, un disfrute pleno del amor paterno y una visita libre y adulta a Estados Unidos para cuando se hayan eclipsado los actores políticos que tanto lo han maltratado en estos meses. Así sea.

18.4.00

Dios no ama a Robert Glen Coe


Vaya en memoria del Hijo del Carpintero: el servidor de Internet de la Corte Superior de Tennessee (http:// www.tsc.state.tn.us/OPINIONS/TSC/CapCases/coerg/RGCoe. htm) ha puesto a disposición de quien quiera verlos 189 de los 193 documentos del juicio de Robert Glen Coe. Los materiales se presentan en diversos formatos (texto simple, Adobe Acrobat® o imágenes.PCX) y varían entre memoranda de una cuartilla y peritajes de 200 páginas. La institución ha tenido la amabilidad de recordar a los visitantes virtuales que es preferible consultar los documentos en sus versiones de texto, porque los archivos de imagen tardan mucho tiempo en pasar por el módem y son más difíciles de visualizar en la pantalla. Es posible que ese conjunto ordenado y metódico de información legal desaparezca mañana, una vez que Glen Coe sea ejecutado en la prisión de máxima seguridad de Riverbend, en Nashville. Cuando pasen los estertores de las sustancias tóxicas en el cuerpo del condenado y alguien pronuncie la palabra “amén”, el estado de Tennessee ya no tendrá necesidad de mostrar al mundo, vía Internet, la bitácora de un proceso legal que empezó en 1979 y que está a punto de terminar.

Hace 21 años, en la localidad rural de Greenfield, Glen Coe cometió un crimen atroz: secuestró y violó a Cary Ann Medlin, de ocho años. Su víctima le dijo que estaba haciendo algo malo y le aseguró: “Dios te ama”; con ello sólo logró enfurecer al agresor, quien la sujetó del pelo y la mató a cuchilladas.

En labios de un adulto desconocido y salvo, la frase “Dios te ama” me parece irritante y ofensiva, no sólo por el abuso de confianza para el destinatario, sino por la supina blasfemia de quien la pronuncia y presume, así, de conocer los amores o los desamores divinos. Pero en la voz de una niña violada, inerme y seguramente aterrorizada, la expresión habría tenido que conmover a cualquier persona en uso de sus facultades.

Glen Coe no se conmovió, tal vez porque, como lo diagnosticaron en la corte cuatro siquiatras y dos neurofisiólogos, presenta un cuadro de esquizofrenia paranoide y padece daño cerebral crónico. Tales conclusiones fueron presentadas por los abogados del asesino en distintas instancias del proceso penal contra el asesino, para acogerse a la disposición de la Corte Suprema de Justicia que prohíbe ejecutar a individuos afectados en sus facultades mentales. Sin embargo, el estado de Tennessee sostiene que Glen Coe tiene conciencia de su próxima muerte y de los motivos del estado de Tennessee para provocársela mediante una inyección intravenosa de sustancias tóxicas, y que en esa circunstancia, la resolución del tribunal supremo no viene al caso.

Duele pensar que Cary Ann Medlin, quien ahora tendría 29 años, se equivocó en sus últimas palabras y que Robert Glen Coe no está entre los amados de Dios, o bien que Su amor no sirve de nada. Porque, si lo hubiese amado aunque fuera un poquito, no habría permitido que se volviera loco, no lo habría dejado hacer lo que hizo y no lo tendría, ahora, en el pabellón de la muerte de la cárcel de máxima seguridad de Riverbend, Nashville, Tennessee.

La prensa del estado se ha hecho eco del escándalo de diversos sectores cristianos y judíos de la sociedad, para los cuales es inadmisible que la primera ejecución que va a tener lugar en el estado en cuatro décadas se realice precisamente en días de Semana Santa, o bien en el comienzo de la Pascua hebrea. Tal vez consigan un gesto de cortesía gubernamental o judicial y acaso el envenenamiento controlado de Glen Coe se posponga unos días, de modo que nadie pueda reclamar que le amargaron los días, de por sí amargos, en que se conmemora la Pasión. Pero el estado de Tennessee cuenta con 193 documentos legales para justificar la aplicación de la pena capital al reo y, hoy por hoy (mañana, quién sabe), los exhibe en Internet, como prueba máxima de su razón y su certeza. 

11.4.00

El agua y los gorilas


Ahora está de moda decir que las guerras y los conflictos futuros no serán por el mando geoestratégico ni por el dominio de los mercados ni por el control del petróleo sino por el agua. Tal vez la profecía se esté quedando vieja. Si uno voltea a Oriente Medio, a Tepoztlán o a Cochabamba puede observar confrontaciones de muy distintas escalas originadas en problemas de abastecimiento hídrico.

La cáscara de la democracia boliviana es tan frágil como el envoltorio de persona civilizada que ostenta su gobernante actual, Hugo Bánzer Suárez, gorila en los años setenta y político constitucional en tiempos de paz interna: traje y corbata y un discurso de modernizador económico de esos que causan furor entre las huestes presidenciales latinoamericanas cuando se dan cita en los desfiles de modas ideológicas. A tono con ese discurso, el general Bánzer se dio a la tarea de convencer a los bolivianos que nada es gratis en esta vida, que no hay razón válida para que el Estado se haga cargo de obras de elemental beneficio común y que para eso está la inversión privada, tanto nacional como extranjera.

En este caso se trata de la empresa Aguas del Tunari, compuesta por la inglesa International Water y la española Abengoa, que operaba, bajo concesión, el servicio de agua potable de Cochabamba, y era la encargada de realizar el proyecto múltiple Misicuni. La concesionaria, con el visto bueno gubernamental, pretendió incrementar 20 por ciento las tarifas a los consumidores y eso provocó varios días de protestas nacionales, bloqueos que paralizaron la red carretera del país, un amotinamiento de policías en La Paz, varias huelgas de hambre en distintas ciudades, ocho muertos, 42 heridos, así como varias decenas de activistas sociales presos y deportados al departamento amazónico del Beni.

Bánzer resultó fiel a sus genes y para enfrentar la situación decretó el estado de sitio, suspendió las garantías, amordazó los medios electrónicos de Cochabamba, sacó los tanques contra los manifestantes y recurrió a la mentira de Estado y a la desaparición de personas en el más puro estilo retro: Angel Claure, un cochabambino de 17 años, fue sacado de su casa la noche del viernes por encapuchados que lo obligaron a abordar un vehículo sin placas; al parecer, fue llevado a la Base Aérea, y de allí a la unidad militar de El Beni, según denunció su madre. En Patacamaya la tropa desalojó con violencia las carreteras y asesinó de un balazo al dirigente Rogelio Calisaya. El coronel Oscar Gámez, comandante del batallón que realizó el operativo, aseguró que sus efectivos sólo dispararon al aire y que Calisaya había muerto a causa de un ataque cardiaco, a pesar de que el cuerpo del líder fue atravesado por una bala que entró a la altura de la cadera y salió por la pelvis. En Sucre la policía allanó la universidad, detuvo a 16 estudiantes huelguistas e hirió a otros 17 con balas de goma.

En plena regresión a su esencia de gorila, Bánzer no perdió, sin embargo, los hábitos de modernizador. Mientras la población de Cochabamba se insurreccionaba y le metía fuego a un par de locales gubernamentales, el presidente aseguró que la suspensión de garantías busca preservar “el estado de derecho y los esfuerzos del diálogo social” y a asegurar la victoria de la “nueva Bolivia que trabaja, participativa, dialogante, concertadora y positiva”, por sobre la “vieja Bolivia insurreccionalista, la de barricada y montonera”.

Sin embargo, la “vieja Bolivia” ha puesto en jaque al viejo gorila encorbatado, quien tiene ante sí, aparte del vasto repudio social, el rechazo de los partidos opositores, la condena del episcopado al estado de sitio y el inicio de un proceso de habeas corpus por parte de la ombudsman, Ana María Campero, para restituir la libertad de los dirigentes secuestrados en El Beni, una posible fractura en su coalición de gobierno.

Una posible moraleja es lo impreciso de la expresión popular “gorila”, aplicada a los gobernantes militares y sanguinarios --aunque después se vistan de seda-- de este sufrido subcontinente. Porque hasta el más lerdo de esos primates así llamados sabe perfectamente lo que sabíamos todos hasta hace dos décadas y que hoy ignoran Bánzer y sus compañeros de fiebre privatizadora: que el agua para consumo de cualquier ser viviente tiene que ser gratuita.

28.3.00

Cinco dólares


El Congreso de Chile aprobó el sábado una reforma constitucional para esconder a Pinochet bajo la alfombra y echarle comida en su escondite: fuero judicial de ex presidente (un candado que no tiene llave legal para ser abierto), retiro del Senado y un sueldo mensual de seis mil dólares. El presidente Ricardo Lagos está ante el predicamento de dejar pasar esa vergüenza o de vetarla y enfrentar el disgusto de sus aliados democristianos que prefieren al ex tirano guardado en el closet legislativo antes que en la cárcel.

Hay que simplificar las cuentas: desde la perspectiva de la rentabilidad, introducida por el propio Pinochet en este subcontinente y luego copiada por sus émulos económicos del bando civil, el Estado chileno va a pagarle al general cinco dólares mensuales, de aquí a que se muera, por cada uno de los mil 198 chilenos detenidos/desaparecidos durante su régimen, sin considerar a los asesinados simples.

El dinero correspondiente sale del fisco, es decir, de los impuestos que pagan los chilenos, entre los cuales hay no pocos familiares de asesinados por la dictadura y víctimas de la tortura y el exilio. Creo que no va a gustarles la noticia de la aprobación de esa “dignidad de ex presidente de la República” para el tirano.

El acto legislativo es atroz, pero eso no significa que las cosas no hayan cambiado en Chile a raíz de la detención, el arresto y el regreso de Pinochet, quien partió a Londres como intocable y volvió como acusado en 77 procesos penales; se fue como prócer y retornó como apestado político. Ahora, si Lagos no veta la reforma constitucional, habrá que fabricar la llave del candado y hacer posible el desafuero del “ex presidente”.

Los promotores de los procesos judiciales libran una carrera contra el tiempo. Las células del tirano no van a dar para mucho más, y es necesario evitar que Pinochet llegue al banquillo de los acusados en calidad de legumbre. Existen, lo que es más, grandes probabilidades de que muera antes de que se desembrolle el nudo legal de sucesivas capas de impunidad.

Un dato fundamental, que debiera ser reconocido como una victoria mayúscula de la justicia y la humanidad, es que en algún momento de los 16 meses transcurridos desde la captura londinense, se produjo la muerte política del dictador. En caso de que fallezca también físicamente, o llegue a parecerse tanto a una lechuga que se vuelva inimputable, quedarán no pocos corresponsables de la atrocidad para ser juzgados.

Por ahora, el presidente Lagos tendría que evitar la monstruosidad de que el dinero de los chilenos sea empleado --entre otras cosas-- en recompensar a Pinochet por sus crímenes, a razón de cinco dólares por víctima.

21.3.00

Vestidos de blanco, verde y negro


Uno despliega los pulmones para recibir el aliento de la primavera, pero entonces, desde el Atlas que reposa en el librero, llega un olor a carne humana frita. Hay que abrir las ventanas de par en par, no para recibir los aires primaverales, sino para ventilar la casa y revisar qué es esa quemazón en el libro geográfico. En la doble página de África se localiza el incendio: en Kanungu, no lejos del Lago Eduardo y las fronteras con el Congo y Ruanda. Un número de seres humanos imposible de cuantificar, porque el fuego hizo bien su tarea, optó por la incineración en vida en el interior de un templo herético cristiano, cerrado a piedra y lodo. Entre los restos había bebés y niños y mujeres y hombres.

Unas horas antes, los pedazos chamuscados eran más bien gente que comía pollo y pan de mijo, y bebía refrescos y pertenecía al Movimiento para la Restauración de los 10 Mandamientos de Dios, un culto desprendido de la Iglesia católica y excomulgado por Roma. Desde fines del año pasado, sus dirigentes espirituales les dijeron que el fin del mundo estaba cerca. La profecía fue recorrida del primer día del 2000 a estas fechas, cuando en el Hemisferio Norte entra la primavera. Pensaban en su iglesia como el Arca de Noé, y se congregaron en ella cuando se les anunció la llegada del tiempo de la calamidad.

Hay que abrir bien las puertas y ventanas para enterarse del destino de esos pobres creyentes. Ellos, antes de encerrarse en el recinto y clausurar sus puertas y ventanas con tablas clavadas, sacrificaron una vaca y se la comieron. Quiere decir que los integrantes de esa comunidad religiosa no la pasaban tan mal, como el resto de sus compatriotas. Uganda es un país difícil para las cifras.

A falta de un censo oficial confiable desde 1970, la CIA proyectó, en julio de 1999, una población de 22 millones 800 mil almas, con un ingreso per cápita de mil 20 dólares al año. Una fuente local habla de un PIB per cápita de 850 dólares, y el Estudio de países de la Biblioteca del Congreso de 304.

El espionaje estadunidense, que tiene las cifras más optimistas, atribuye a los ugandeses una esperanza media de vida de 43.06 años (42.2 para los hombres, 43.94 para las mujeres), una tasa de mortalidad infantil de 90.68 por cada mil nacimientos y un índice de fertilidad de 7.03 hijos por mujer.

El porcentaje de analfabetismo es de 30.2 por ciento (o de 44 o de 50, según la fuente) y 55 por ciento de la población vive por debajo de la línea de pobreza. El agro ocupa 86 por ciento de la fuerza de trabajo, pero produce sólo 44 por ciento del PIB; los servicios, en cambio, emplean a 10 por ciento de la fuerza laboral y producen 39 por ciento del producto interno bruto. En el país hay una alta incidencia de malaria, tétanos, tuberculosis y anemia, y el sida alcanza allí proporciones de peste bíblica.

No creo que estos datos hayan tenido incidencia alguna en la decisión de los sacerdotes apóstatas de Kanungu de llevar a sus fieles al paraíso dudoso de las llamas. Estaban convencidos, más bien, de la llegada del tiempo de la calamidad, como si ésta no se hubiera instalado en Uganda, y alrededor de ella, desde hace tres décadas, cuando el dictador Idi Amín Dada se comía a sus más selectos opositores y guardaba los restos en el refrigerador presidencial.

Ahora mismo se habla de una recuperación “espectacular”, pero la corrupción devora el magro presupuesto estatal con una voracidad análoga a la del antiguo tirano, los desasosiegos armados continúan presentes y el país está cercado no sólo por lagos, sino también por un conjunto de vecinos que sufren guerras civiles interminables.

El suicidio y el asesinato fueron inspirados, en todo caso, por la inminencia de la primavera. Estas personas del Movimiento para la Restauración de los 10 Mandamientos de Dios se parecen a sus próceres y ancestros de Guyana, de Waco y de San Diego, al menos en un punto excluyente: nadie actuó por pobreza ni por hambre.

El problema es que el Atlas (el tomo, abierto, se ha ventilado y se disipa ya su aroma de prójimo a las brasas) indica con terquedad que Uganda es un país mediterráneo, salpicado de lagos, eso sí, y ecuatorial: es decir, la cintura del planeta pasa por la mitad de Uganda, o sea que allí no hay más estaciones que la seca y la húmeda, que en esas tierras el comienzo de la primavera septentrional le importa un rábano a todo mundo y que el misterio de la parrillada, en consecuencia, persiste.

14.3.00

Perdón


Pero he aquí que por todas partes encontraron aflicciones extensas y sombrías tinieblas, graves tribulaciones, rapacidad, quebranto, hambre y peste. Parte de ellos se metieron en el mar, buscando en las olas un sendero, también allí se mostró contraria a ellos la mano del Señor para confundirlos y exterminarlos pues muchos de los desterrados fueron vendidos por siervos y criados en todas las regiones de los pueblos y no pocos se sumergieron en el mar, hundiéndose al fin, como plomo.

En lo anterior uno puede encontrar reminiscencias bíblicas y hasta ecos de la Visión de los vencidos, pero es la crónica Sebet Yehuda, que narra la expulsión de las juderías de Castilla y Aragón, y que es de la autoría del escritor sevillano Salomón ben Verga. La solución final de Isabel y Fernando, antecedida por matanzas azuzadas por Roma y por varias bulas papales (Benedicto XIII y Sixto IV) fue finalmente compuesta en un papel por Tomás de Torquemada y puesta sobre la mesa del despacho real, donde permaneció varios días, hasta que el 31 de marzo de 1492 los Reyes Católicos emitieron el edicto correspondiente, que obligaba a los judíos a abandonar el Reino --con prohibición expresa de llevar consigo moneda acuñada, metales preciosos y caballos-- o a convertirse al catolicismo. Entre 70 mil y 170 mil judíos --dependiendo de si se consulta a fuentes hebreas o españolas-- partieron al desamparo del destierro, dejaron atrás su Sefarad natal y llevaron consigo (eso no lo prohibía el Real Decreto) las llaves de sus casas y un idioma colorido que aún se escucha en pequeñas comunidades dispersas en Medio Oriente y el norte de África.

Quinientos años más tarde Juan Pablo II pretende pedir perdón por las atrocidades que cometió su iglesia en forma de una disculpa light que renueva la liturgia, pero que deja intacta la barbarie: faltas agrupadas en seis categorías arbitrarias que ni siquiera coinciden en número con los pecados capitales, las virtudes teologales o los mandamientos y perdones sin más destinatarios ni destinatarias que Dios y ningún otro nombre propio. A pesar de su aliento dificultoso, Wojtyla bien habría podido pronunciar Santo Oficio, Isaac ben Yudah Abravanel, Tomás de Torquemada, Pedro de Arbués, Avignon, Albi, Noche de San Bartolomé, Contra Idolorum Cultores, Plaza del Volador, Familia Carvajal, Tomás Treviño de Sobremonte, José María Morelos y Pavón, Pío XII, Banco Ambrosiano, Teoría de la Evolución o Leonardo Boff. Entre muchos otros. No se trata de ser exhaustivos en la enumeración, y además no se puede. Millones de seres humanos han dejado este mundo con el garrote vil trepanándoles la nuca, en medio del fuego de la hoguera, en los sótanos de tortura o en paredones de fusilamiento; muchos millones más vieron sus vidas torcidas, sus familias dispersas, sus posesiones confiscadas, y todo ello por iniciativas de una organización que se ostenta como esposa y carne de Cristo. En la enorme mayoría de los casos no había más delitos que la falta de fe, la fe distinta a la católica o una actitud política contraria a los poderes terrenales de la Iglesia y de sus aliados seculares. Si el papado es lo que dice ser, y si Él es quien Es, sería inevitable la conclusión heterodoxa de que Dios es sádico pero, eso sí, bien hipócrita.

Carguen la primera parte de esta blasfemia a la cuenta de los innumerables pontífices que encabezaron el brazo armado de la Providencia, y la segunda a la de quienes se reconocen, hoy, como meros gerentes de Su agencia de Relaciones Públicas y Marketing. Todo genocidio (y Roma tiene varios de ellos a su espalda) es doblemente intolerable si desemboca en la impunidad y la simulación; por ejemplo, la vistosa disculpita del sábado. En el caso del Santo Oficio, por ejemplo, la burocracia vaticana lleva un tiempo fabricando revisiones históricas no muy distintas a las que pretenden negar la existencia del holocausto realizado por los nazis. En noviembre de 1998, cuando ya se preparaba el Mea Culpa de Wojtyla, Georges Cottier, organizador del simposio vaticano sobre la Inquisición, insistía en que ésta era un producto natural de su contexto histórico en el que la pena de muerte era moneda corriente. Cuando se le preguntó sobre los defectos de Torquemada, consideró que “el afán obstinado por perseguir el rigor de la virtud podría tener algo de inhumano” y agregó que era “igual de duro que Calvino” (Zenit, 9 de noviembre de 1998).

Pienso que Wojtyla se habría sentido muy aliviado si el sábado pasado, frente al Crucificado del Siglo XVI, de sus labios papales endurecidos hubiesen surgido las palabras genocidio, atrocidad, asesinato.

7.3.00

Mumia y Amadou


En Nueva York una corte absolvió recientemente a cuatro policías blancos que mataron de 41 balazos a Amadou Diallo, un joven inmigrante originario de Guinea que vendía sombreros en las calles. Tres de ellos tienen antecedentes por haberse excedido, en otras ocasiones, en el uso de sus armas de fuego. Según las explicaciones oficiales, los agentes del orden buscaban en las calles del Bronx a un violador múltiple en el momento en que divisaron a Amadou, quien se disponía a entrar al edificio donde vivía. Cuando la víctima sacaba su cartera del bolsillo, los policías supusieron que el muchacho se disponía a empuñar un arma y dispararon a discreción. No hay que olvidar estos nombres: Sean Carroll, Edward McMellon, Kenneth Boss y Richard Murphy, los asesinos absueltos, pertenecen a la Unidad de Delitos Callejeros (SCU, por sus siglas en inglés). De cada 45 presuntos delincuentes detenidos por la SCU, sólo 10 son sujetos de arresto legal; los agentes de la corporación apenas reciben entrenamiento, actúan sin supervisión directa y son calificados en función del número de arrestados que logran y, en consecuencia, violan la Constitución todos los días, según un policía retirado que habló para Newsday. Ya en 1997 un gran jurado recomendó a las autoridades de la ciudad un mayor control sobre los policías de la SCU, dos de los cuales habían disparado 24 tiros contra un negro desarmado. Pero hoy en día, ante la ola de indignación que provocó la absolución de los asesinos de Amadou, el alcalde neoyorquino, Rudolph Giuliani, y el comisario de Policía, Howard Safir, se limitan a ofrecen a la opinión pública la disyuntiva entre aceptar una policía ruda o dejar que la ciudad caiga en la anarquía. Como dice Cynthia Cotts, del Village Voice, el mensaje de los gobernantes neoyorquinos es que “incidentes aislados” como el homicidio de Amadou, es el precio que hay que pagar para tener calles seguras.

Pero la muerte de este inmigrante de Guinea ųcorroborar el dato de su nacionalidad implicó una ardua búsqueda, porque los medios informativos dieron por referirse a él simplemente como "africano"ų no es un mero accidente, sino la consecuencia de un patrón sistemático de conducta racista, paranoica y brutal de la policía neoyorquina, y la exoneración judicial y gubernamental de los homicidas confirma que esta traducción práctica de la consigna de mano dura forma parte de una línea de gobierno.

La absolución de cuatro policías blancos que acribillan de 41 balazos a un negro inocente contrasta con la condena a muerte del negro Mumia Abu-Jamal, acusado de asesinar de un tiro a un policía blanco. En el juicio inicial, realizado en Filadelfia entre junio y julio de 1982, se eliminó del jurado, mediante amenazas de la Fiscalía, a los integrantes negros; se pasó por alto que en el cuerpo de la víctima había un agujero de calibre .44, en tanto que el arma del acusado era un revólver .38; se prescindió de peritos balísticos y de médicos legistas porque la Corte no tenía fondos; se escamoteó la comparecencia ante el jurado de testigos de descargo que desmintieron la acusación contra Mumia y que fueron sistemáticamente intimidados; se prohibió la presencia del acusado en la mayor parte de las audiencias, y se permitió que el Fiscal basara parte de su alegato en la militancia política de Mumia, quien, tras pertenecer al Partido Pantera Negra, se destacó como periodista y defensor de los derechos humanos, especialmente los de los negros.

Desde entonces, Mumia, quien hasta su detención en 1981 carecía de antecedentes penales, ha vivido 22 horas al día en una celda aislada, y cuando publicó el libro Live From Death Row (Addison-Wesley, 1995) se le castigó con la cancelación total de visitas y llamadas telefónicas. En el afán de aislar a este prisionero, el sistema penitenciario de Pensilvania estableció incluso la prohibición a los medios de entrevistar o fotografiar a cualquier reo en el estado.

Amadou, con 41 balazos en el cuerpo, está muerto. Mumia está vivo, pero Estados Unidos insiste en enviarlo a la tumba ųeste año, de ser posibleų con una dosis de sustancias venenosas en el organismo. Amadou vendía sombreros en las calles de Nueva York y Mumia distribuía ideas de igualdad y cambio social en Oakland y en Filadelfia. Uno nació en Guinea y el otro en Estados Unidos. Uno fue enterrado como víctima sin victimarios y el otro fue condenado a muerte como victimario sin víctima. Ambos son negros y miembros de la especie humana.

22.2.00

El huevo multinacional


Prueba del desempeño multinacional de la Unión Europea: una formación política racista llega al cogobierno en Viena, sus contenidos profundos se expresan en una revuelta histérica en Almería y la mayor manifestación de repudio tiene lugar en Bruselas.

La Europa comunitaria conjuga muchas historias nacionales y eso no sólo implica una megafusión de tendencias civilizatorias, sino también una enorme amalgama de rencores viejos. Los nazis light del Partido Liberal austriaco, en cuyo discurso Hitler no era un chico tan malo como se piensa, son los críos de la derrota del Tercer Reich. La animalada popular que en El Ejido se lanzó a apalear magrebíes a tontas y a locas evoca la furia destructora de la reconquista peninsular consumada por los Reyes Católicos. Con un agravante: esos andaluces agrarios que ahora encarnan la España profunda están emparentados ųles guste o noų con sus perseguidos del momento. Cuando el núcleo histórico de los españoles contemporáneos era apenas una horda de bárbaros, los moros de El Andalus producían a Averroes y construían una cultura refinada cuyas huellas aún perduran entre los pobladores de la región.

Desde luego, esta triste paradoja de las tendencias a la exclusión que se desarrollan en la Europa de la convivencia tiene también puntos de apoyo en un presente incierto en el que el empleo, la seguridad y el bienestar han dejado de ser conquistas perdurables para transformarse ųsi acasoų en estadios fugaces que cualquier estornudo global puede desvanecer. Primera moraleja: los europeos no han estado construyendo un megapaís porque se sientan cómodos en el planeta, sino porque se sienten amenazados. La unión multinacional no es un territorio abierto, sino un ensayo de confederación con olor a burgo o, mejor dicho, a búnker, a fortaleza cerrada para resistir los embates de la globalidad externa.

La globalización interior, por llamarle de alguna manera, permite a las sociedades de todos los Estados integrantes de la Unión manifestarse contra el gobierno conservador de Viena, que ha aceptado socios neonazis, así sea por mandato popular. (El Partido Nacional-Socialista también tuvo, en su momento, una coartada electoral). El mayor frente de resistencia a los admiradores austriacos de Hitler no está en Austria, sino en el resto de Europa occidental. Pero es una pena que el repudio regional a la formalidad política de Viena no se repita ante las muestras prácticas de xenofobia en el sur de España. Diríase que a los europeos les molesta más un partido que se reconoce racista que una sociedad que demuestra serlo.

Para terminar, es lógica y plausible la reacción del gobierno de Israel ante la conformación, en Austria, de un gobierno que representa, por sus tendencias declaradas, una amenaza potencial contra los judíos. En cambio, la pasividad de los gobernantes árabes y, particularmente, la del pirruro que reina en Marruecos, ante las palizas que sus conacionales reciben en Andalucía, resulta deplorable, cobarde y abyecta.

1.2.00

Triunfo sobre el tirano


Pensándolo bien, el prolongado manoseo legal de este anciano empieza a convertirse en un espectáculo sádico. En su horizonte inmediato puede entreverse una corte maculada por charcos de orina incontenida, gemidos del fondo de la próstata, estertores de un colon trémulo y jeringas de emergencia para inocularle los santos óleos. Quién sabe si escenas semejantes puedan ser castigo suficiente para el criminal, pero tal vez con ellas nos castiguemos en exceso el resto de los humanos.

En Londres no serán. La intervención secreta de un pánel de médicos ingleses y la compasión --injusta o no-- del ministro Straw, ratificada por una decisión judicial de última hora, pondrán a Pinochet camino a casa.

Pero el tirano no ha de volver triunfante a los brazos de sus adeptos. No regresará absuelto, sino desahuciado. Sus hijos de sangre o de complicidad recibirán un paquete fisiológico de fragilidad extrema.

Como lo hizo notar Viviana Díaz, el senador, hasta hoy vitalicio, ha pasado 473 días bajo arresto y en ese tiempo su figura ha perdido toda importancia política en el escenario chileno. Hoy es un pendón apestado que nadie quiere ondear. En ese tiempo, Pinochet ha sido reconocido --aun en su deterioro-- como arquetipo universal de hijo de puta, comedor de sangre, disfrutador del sufrimiento ajeno.

En su país podrán juzgarlo o no, desaforarlo o no, y esta disyuntiva colocará un marcador en el estado de la transición chilena: ¿Existe ya el estado de derecho? ¿Se ha abierto al menos una pequeña alameda para que transite la justicia? ¿Concederá el gobierno de Ricardo Lagos un resquicio para sanear el pasado? ¿Bajará Pinochet a la tumba en olor de impunidad?

Pronto lo sabremos. Como quiera, los muertos, los torturados y encarcelados, los amantes separados, los chilenos con la patria rota, los que nos brindaron su sufrimiento a los humanos en general a fin de que tuviéramos un agravio indeleble compartido y una comunión sin fronteras, así en la piedad como en el odio, tienen en su cuenta una gran victoria.

Ante la presión de quienes no olvidan, de quienes porfían en la memoria como ejercicio de sobreviviencia moral, los mecanismos judiciales europeos abrieron una brecha en la coraza de impunidad que cobijaba a todos nuestros asesinos. La captura y el arresto domiciliario de Pinochet dieron un impulso inapreciable a la procuración de justicia y a la lucha por castigar las violaciones a los derechos humanos. El blindaje constitucional de que se dotaron los verdugos militares en Chile ha sido puesto en evidencia. Desde octubre de 1998, a los genocidas de este hemisferio se les ha desvanecido la paz de su retiro y viven confinados en sus países de origen, temerosos de la orden de arresto que podría materializarse en cualquier aeropuerto de este mundo. Con ese precedente hoy, en febrero del 2000, la gestación de un nuevo Pinochet en las cloacas del sadismo de Estado es mucho más improbable que antes de este largo episodio liberador.

El trato humanitario a este criminal en la hora de su desgracia es otra victoria moral que a todos atañe. Y sobre todo: nadie ha alzado la voz para pedir el empalamiento o las descargas eléctricas. Pese a lo entendible del deseo de venganza, simplemente, civilmente, se ha exigido justicia. Con ello, hemos enterrado la fantasía de cinco lustros, tan íntima como colectiva, de descuartizar al dictador con nuestras propias manos.

En cuanto a la persona Augusto Pinochet, el horror histórico de su figura se ha reducido a un pequeño despojo en cuyo sufrimiento no vale la pena regodearse y cuyo destino inmediato ya no tiene ninguna importancia.

25.1.00

Ecuador: certeza y sospecha


Tras lo ocurrido este fin de semana en Ecuador quedan una certeza y una sospecha, ambas igualmente amargas. La primera es que la institucionalidad política de ese país andino, al igual que muchas otras del subcontinente, no sirve más que para preservarse a sí misma y, a veces, ni para eso. En estas latitudes, la idea de la democracia como ámbito de exposición y resolución de conflictos entre individuos y sectores se transforma con harta frecuencia en una realidad de gobiernos democráticos que entran en confrontación con sus propias sociedades, o con amplios sectores de éstas y en movimientos sociales que se salen de madre ante la determinación, por parte de la clase política, de no atenderlos. La distancia entre la gravedad de los problemas que padecen las poblaciones y la frivolidad de las clases políticas que dicen representarlas se traduce en democracias insostenibles, en estados ingobernables y en países inhabitables para sus propias mayorías demográficas.

La sospecha es, si cabe, más dolorosa que la certeza, y tiene que ver con los indicios de una utilización de los pueblos indígenas ecuatorianos en el derrocamiento de Jamil Mahuad. El dato más contundente en este sentido es el rápido desmoronamiento de la ocupación de Quito tras el nombramiento de un nuevo titular del Ejecutivo. La disolución del movimiento pone en evidencia que la Confederación Nacional de Indígenas (Conaie) carecía de un plan de acción que fuera más allá de la marcha de las comunidades sobre la capital y de previsiones para una acción política independiente de los mandos militares. En esa perspectiva, pareciera que la organización indígena se limitó a movilizar a sus bases para enmarcar una petición de golpe de Estado turnada a algunos oficiales, y que una vez ilegalizada la efímera junta cívico-militar, se quedó sin libreto y hubo de ordenar el regreso de los movilizados a sus lugares de origen.

El desenlace evoca, en el mejor de los escenarios, un ejercicio de cuentas alegres por parte de la directiva indígena; en el peor, una historia de engaños, manipulaciones y pactos no cumplidos entre ésta y la cúpula castrense. El hecho es que Mahuad, con sus pifias y desmanejos económicos, no sólo se había vuelto inaceptable para la mayoría de la población, sino que resultaba también un presidente incómodo para la comunidad financiera internacional y nacional y, por ende, para sus propios partidarios y para el conjunto de la clase política. La recomposición del Poder Ejecutivo, el sábado pasado, rindió ganancias a las esferas civiles y militares y abrió perspectivas auspiciosas a los inversionistas. En cambio, a quienes sudaron los caminos que llevan a Quito, se expusieron a la represión y aportaron su entusiasmo y su rabia, el episodio nacional no les sirvió de nada. ¿Quién o quiénes los usaron?

18.1.00

Chile: victorias grises


Esta elección chilena de anteayer fue un rosario de paradojas. Los ciudadanos no votaron para cambiar nada, sino para conservar lo que tienen, por más que les resulte insatisfactorio. La economía no va propiamente en derrotero de catástrofe como hace tres meses, pero el precio del pan se ha triplicado en cosa de semanas. El óxido acumulado en el poder por la Concertación es mucho más profundo de lo que pensó Ricardo Lagos cuando resultó nominado en primarias, y los votantes del oficialismo sufragaron más con sentido de obligación que de ejercicio de un derecho, porque tampoco está la situación como para dejar el gobierno en manos de unos pinochetistas que, en la férrea disputa por el centro político, ya perdieron hasta su pinochetismo. Si hubo voto de castigo, la sanción consistió en imponerle a la Concertación otro periodo en el poder.

Son grises las victorias y las derrotas que ocurren en y alrededor de Chile. Lo es el triunfo de Lagos, lo es el fracaso de Lavín, lo es la derrota máxima del tirano --quien, según los indicios, volverá a Chile en bata de enfermo y con la extremaunción administrada por vía intravenosa-- y lo es también su victoria póstuma e involuntaria: tener a la mitad de los ciudadanos votando por la derecha.

La disociación nacional tuvo una expresión muy clara en el emocionado discurso de victoria que pronunció Lagos en la Plaza de la Constitución, en cuanto tuvo certeza aritmética del triunfo. El cuasi presidente electo centró la alocución en la armonía con el adversario; sólo le faltó ofrecer un ministerio específico a Lavín y, a los partidos de la Alianza por Chile, la inclusión automática en la coalición gobernante: palabras conciliadoras. Y mientras más lejos llevaba su prédica de amor, más fuertes eran los gritos de las bases que le exigían enjuiciar a Pinochet.

Es difícil saber si, a estas alturas, la promoción, por parte del gobierno, de un proceso legal contra el dictador menguado y menguante --que tendría que comenzar por quitarle la inmunidad parlamentaria y sacarlo del Congreso-- podría calificarse de actitud de confrontación: en los quince meses en los que Pinochet ha permanecido enjaulado en Londres, su exhibición ante los ojos del mundo como genocida criminal lo convierten en un fardo político excesivo hasta para sus propios fanáticos; para las hegemonías de la clase política chilena --oficialismo y derecha-- lo mejor que podría pasar es que el viejo gorila estirara la pata por propia iniciativa y con la mayor discreción posible; así, los parlamentarios y los dirigentes de partido podrían regresar a la disputa apacible por el extremo centro y a porfiar en la magna tarea de administrar anestesia al cuerpo social.

Este empeño analgésico ha aceitado la transición interminable (¿desde cuándo, hasta cuándo, hacia dónde?) pero no es seguro que sea motivo de la gratitud de los chilenos hacia sus gobernantes. Tal vez el desafío más importante para el próximo periodo de la Concertación no provenga de sus adversarios políticos amortiguados ni de sus propias bases, sino de una sociedad que, en una década de moderación oficial casi fundamentalista, parece haber consolidado la estabilidad política, pero ha perdido el entusiasmo.

11.1.00

Moda contra la muerte


Antaño las ejecuciones de condenados a muerte se realizaban a la vista del público. Así se concretaba el carácter de escarmiento de esa práctica y se ofrecía al pueblo un espectáculo de masas de los que no abundaban. Después, la pena capital fue conducida a la hipocresía por el peso de su propio horror y se convirtió en ritual de sótanos y celdas confinadas, sin más público que los verdugos, los testigos establecidos por la ley y el sentenciado. Los Estados que la llevan a cabo persistieron en una sanción que será todo lo legal que se quiera, pero que resulta impresentable: no se ejecuta en privado para ocultar lo cruel, sino lo nauseabundo. Eso ya es algo. No por la vía de la ética, sino de la estética, se abre una fisura considerable en la legitimidad del matadero.

Ahora las cosas han dado la vuelta y el exterminio legal de pobre gente o de criminales horrorosos ųigual son pobre genteų ha encontrado en su discreción factores de persistencia. En la medida en que las sentencias capitales y sus ejecuciones no tienen más expresión aparente que pequeñas informaciones cablegráficas, conforme la práctica se hace poco visible, resulta difícil conmover a la sociedad y hacerle evidente su propia degradación.

Por eso, está bien que la empresa Benetton lance una campaña publicitaria con fotos de rostros destinados a contraerse en la camilla de las ejecuciones. Está bien que los condenados Leroy Orange, Bobby Lee Harris y Jerome Mallet nos miren de frente desde las páginas en papel satinado de las revistas, desde los anuncios espectaculares colocados en sitios estratégicos de las vialidades, desde la pantalla de la tele o desde el monitor de la computadora (http://www.benetton.com/deathrow). Esas miradas casi póstumas retratadas por Oliviero Toscani, director artístico de la compañía italiana, tal vez nos convenzan que no somos, en tanto que individuos, del todo ajenos a la multiplicación de la muerte violenta y que el destino de los condenados habría podido ser distinto si hubiesen resistido la tentación del asesinato, pero también si tú y yo hubiésemos estado más atentos a nuestro entorno humano.

Un ejemplo: Leroy Orange, uno de los tres modelos de Benetton, alega su inocencia y atribuye su condena a una declaración de culpabilidad que ųdiceų firmó después de sesiones de intensa tortura ųdescargas eléctricas en diversas partes del cuerpo, ensayos de asfixia con bolsas de plásticoų en el cuartel de Policía situado en las calles 11 y Michigan, en su natal Chicago. Este negro sentenciado hace 15 años, y que el 20 de julio cumplirá 50 si llega vivo a esa fecha, alega ser una víctima del ex teniente Jon Burge, quien en 1991 fue expulsado de la Policía por maltratos y torturas. Tal vez diga la verdad. Pero, aunque no la dijera, la legislación y las cortes no deberían programar su muerte mediante una triple inyección de venenos.

Los otros dos parecen haber aceptado su suerte. Jerome Mallet, un negro de 41 años nacido en Saint Louis Missouri, admite sin cortapisas su culpabilidad y afirma que se ha resignado a que lo maten. Bobby Lee Harris, blanco de 34 años y originario de Williamsburg, Virginia, vive sobresaltado por los remordimientos y por el pánico a la ejecución.

Además de las fotos, en su página de Internet la firma italiana de ropa presenta entrevistas de estos tres hombres, realizadas por Ken Shulman y Speedie Rice, de la Asociación Nacional de Abogados Defensores Penales de Estados Unidos. La muerte no debiera ser un espectáculo ni un asunto público. Habría que codificar el derecho de todo ser humano a mantener en un ámbito de intimidad la realización de sus actos fisiológicos, incluido el episodio final del organismo.

Pero la violación a la privacidad de estos reclusos no la cometió Benetton ni la perpetran las entidades humanitarias que difunden los pormenores de los procesos y las ejecuciones, sino el sistema judicial estadunidense, el conjunto de asesinos con dispensa legal ųfiscales, jueces, jurados, verdugos y custodiosų y quienes siguen empeñados en mantener o revivir un castigo que, en términos civilizatorios, equivale a comerse a los caníbales, como dice Luis de la Barreda.

Los caminos de la humanidad son casi inescrutables. En estos tiempos, usar una prenda de marca Benetton equivale a un voto por el derecho a la vida.

4.1.00

Los vigesimónicos


Llegamos entonces a la tornavuelta del ciclo solar sin saber a ciencia cierta en qué milenio estamos ni a qué siglo pertenecemos (el cronológico, que empieza el año entrante; el cultural, que comenzó el sábado; el histórico, que dio inicio con la caída del Muro de Berlín), remojados en una cotidianeidad casi idéntica a la de la semana anterior ųsalvo por esas tres bolitas que hay que trazar en la esquina superior derecha de los chequesų y con la certeza nostálgica de que 2000 no cambia la textura de nuestras horas.

Los medios, es cierto, nos regalaron la sensación espectacular de pertenencia a la humanidad, nos hicieron comulgar con maoríes, con parisinos y con lapones ųentre otrosų y nos hicieron participar en la proclamación de una cultura universal y única cuya columna vertebral, por el momento, es el cálculo calendárico de Dionisio el Exiguo: 24 horas de cuentas descendentes y orgasmos de masas en todos los puntos del planeta, con una inmersión exasperante en las rebanadas planetarias de los husos horarios. Al mismo tiempo, las enormes dosis de alegría gratuita distribuidas por miles de locutores tienen un precio alto: nadie está a la altura de las obligaciones que impone la trascendencia imaginaria de un nuevo milenio: la renovación personal y colectiva tendría que empezar por el corte de pelo y los calcetines y culminar en la moral pública y en los hábitos alimenticios, pasando por el cambio de coche y la consecución de la santidad. Henos aquí, en cambio, irremediablemente anacrónicos, indignos iguales a nosotros mismos y un tanto avergonzados por nuestras debilidades y nuestras miserias vigesimónicas.

Los medios nos pusieron en contacto ųespiritual y emocional, se entiendeų con maoríes, con parisinos y con lapones, entre otros, pero tuvieron el buen gusto de ahorrarnos las crónicas sobre la recepción del nuevo año entre los habitantes de Grozny, quienes ni siquiera poseen un gentilicio conocido, y entre los damnificados de Venezuela, cuya tragedia no tarda en ser convertida por la demagogia oficial en gesta pluvial bolivariana. Tampoco aparecieron, en la pantalla chica y en los noticiarios de radio, los habitantes de la vía pública que obedecen a los variados apelativos ųdiversidad dentro de la universalidadų de homeless, niños de la calle o indigentes, y que en la Francia de la posguerra fueron convertidos, con el nombre de clochards, en símbolo de la patria frente a los turistas.

A pesar de los encomiables esfuerzos mediáticos y de los ejercicios urbi et orbi de fraternidad light, 2000 es ancho y ajeno. No es necesariamente un año más hostil que el anterior, y menos aún, apocalíptico, como lo anunciaron los logreros de la superstición tecnológica, pero sí distante. Gracias a la condición de hito y cúspide de algo que le atribuyó la máquina publicitaria universal, nos tomará algún tiempo habituarnos a las tres bolitas después del dos y convertirlas en objeto cotidiano. Cuando lo consigamos, vendrá la nostalgia del uno y el nueve que se han ido para siempre pero tendremos, al menos, la certeza de que el padre sol ųesa bomba atómica lentísima, puesta ahí por nadie y para nadaų no ha perdido sus hábitos madrugadores, nos reconciliaremos con nuestras debilidades y miserias y caeremos en la cuenta que el milenio, el siglo o lo que sea, es una mera arbitrariedad sin mayor importancia y creada por nosotros mismos.

16.11.99

La Habana en la Luna


Los jefes de Estado y de gobierno reunidos a estas horas en La Habana están hechos bolas. Las travesuras civilizatorias del juez Baltasar Garzón tienen a tres de ellos en una confrontación no deseada y el gobierno anfitrión tiene que tragarse la bilis ante los encuentros inopinados entre sus disidentes y dignatarios de la iberoamericanidad, porque a los segundos no se les puede acusar --aunque lo fueran-- de ser engendros de la CIA.

Se suponía que estas reuniones no tendrían que ser el bazar de soluciones para incidentes y roces diplomáticos entre los gobiernos participantes, sino un foro de coordinación y consulta, frente a la globalización, de los restos de los imperios peninsulares.

No deja de ser una idea rara. A nadie se le ocurre reunir a tomar cafecito a los representantes de los Estados herederos del imperio austrohúngaro, por más que el derrumbe de éste haya ocurrido en una fecha más cercana que el del español. Esos pueblos centroeuropeos tienen en común, si acaso, el deporte de aborrecerse mutuamente. Nosotros tenemos en común nada menos --pero nada más, hasta donde se sepa-- que dos lenguas francas susceptibles de reducirse a una, siempre y cuando la pereza mental lo permita. Habría tenido que ser una herramienta suficiente para ingresar, con cierto grado de cohesión, a la globalidad.

El hecho es que esta región idiomática de 530 millones de habitantes y un producto interno bruto conjunto de más de dos y medio billones de dólares no ha sido capaz de constituirse en un bloque productivo o financiero; se limita a ser un gran mercado que se disputan europeos, estadunidenses y coreanos. Por lo que respecta a la identidad, hay que reconocer que la realidad no siempre es políticamente correcta: aunque a mucha gente pueda parecerle horroroso, los medios electrónicos, y especialmente la televisión, han hecho más que Simón Bolívar y el Che Guevara por la integración de una identidad específicamente iberoamericana.

Decir que el continente de la lengua española es virtual no sólo hace referencia a su condición evanescente, sino que implica también una especificidad material o, mejor, inmaterial, basada en ondas hertzianas, microondas, satélites, redes de larga distancia y servidores de Internet. En el mejor de los casos, los académicos de la lengua entregan potestades, en forma acelerada, a los anónimos creadores del corrector ortográfico incorporado al Word de Microsoft. En el peor, nuestro idioma está siendo moldeado a golpes de manuales taiwaneses.

Estos agentes de integración, más poderosos que todas las cumbres de jefes de Estado y de gobierno que en la historia han sido --nueve--, no sólo se encargan de fabricar identidad, sino también de acanallarla: la capital cultural es Miami, el himno internacional tiene ritmo de salsa (sintético si los hay) y el noticiero Eco goza de más credibilidad que el Parlamento Latinoamericano. Las pretensiones castizas y conservadoras de los términos Hispano e Iberoamérica, así como los latinoamericanistas que las combatieron en las décadas pasadas, han sido superados por el todopoderoso adjetivo latino, más falso que un billete de seis pesos, pero apoyado en una flota mediática más eficaz que la Armada Invencible.

Así pues, señores que están en La Habana, sus empeños fueron insuficientes y tardíos. Les queda, ahora, la posibilidad de cambiar de giro a su club e imaginar y emprender acciones en el ámbito de la cultura y el idioma. Sería un acto de modestia y de realismo. Además, tal vez conseguirían de ese modo quitarle solemnidad de Estado a sus encuentros y dejar de lado, por consiguiente, unos escollos políticos que no pueden resolverse en las cumbres pero sí terminar con ellas. O bien, pueden seguirse por donde van, confundir la unidad con las proclamas de unidad y porfiar en atribuirle valores mágicos a la foto conjunta.