15.5.01

Políticamente correcto


A principios de este mes el Pentágono anunció que está por introducir, en los fusiles de asalto reglamentarios (AR-15) del ejército estadunidense, balas ecológicas con núcleo de tungsteno, en vez de los tradicionales proyectiles de plomo revestido de cobre. Estos últimos, según explican los expertos, provocan graves daños ecológicos debido a que riegan en el suelo grandes cantidades de esos metales. El estropicio es particularmente notable en los polígonos de entrenamiento que posee Estados Unidos en diversos países y continentes para entrenar a sus efectivos militares, los cuales disparan anualmente 200 millones de los proyectiles calibre 5.56 mm empleados en el AR-15.

Esta medida recuerda las disposiciones carcelarias vigentes en la Unión Americana por medio de las cuales se prohíbe a los condenados a muerte que fumen, con base en el hecho demostrado de que, a largo plazo, el tabaco provoca graves daños a la salud y conlleva graves riesgos de contraer cáncer pulmonar y desarrollar enfisema.

Es posible que la decisión del Pentágono obedezca en alguna medida a presiones generadas por los alegatos acerca del presunto “síndrome del Golfo”, un conjunto de síntomas, enfermedades y muertes raras entre las tropas que participaron en la guerra contra Irak y, posteriormente, en la incursión de la OTAN en los Balcanes; a decir de muchos, el fenómeno estaría vinculado con el empleo masivo, en los aviones de ataque de Estados Unidos y de sus aliados, de balas de uranio empobrecido, capaces de penetrar blindajes de tanque, pero altamente contaminantes. Por una operación mental extraña, el discurso antibélico se convirtió en un alegato ambientalista en el que la indignación por la pérdida de vidas humanas perdió su relevancia a favor de la defensa de un entorno limpio.

De cualquier forma, la inminente introducción de las “balas verdes” puede considerarse un legítimo triunfo --uno más-- para el ecologismo de sacristía que recorre el mundo con un éxito feroz y en el cual se sintetiza toda la banalidad de lo políticamente correcto: el mal no reside en la existencia de un aparato de muerte y destrucción masiva como el ejército, sino que éste altere equilibrios naturales inveterados. El problema con los submarinos atómicos no es que lleven en el lomo cuatro docenas de misiles capaces de volar, cada uno, una ciudad de tamaño mediano, sino que se queden varados en alguna profundidad abisal, dejen escapar su ponzoña nuclear y arruinen de esa forma el sistema reproductivo de las anguilas que medran en la región oceánica y que son insustituibles para el correcto desarrollo del universo.

A fuerza de predicar un apocalipsis incierto, ese ambientalismo ha logrado colocarse, en el escenario político y social, como parte integrada y orgánica (no es ironía) del modelo de economía que --nadie lo niega--representa el ogro de la depredación ecológica: capillas certificadoras de limpieza productiva, partidos que no renuncian a utilizar motores de combustión interna para movilizar a sus fieles; organizaciones un poco gubernamentales (oupg's) de matriz europea y estadunidense que pregonan, en el Tercer Mundo, la abstinencia industrial y la contención en materia de emisión de gases; crisoles para integrar la máxima humildad de la especie --no hay mayor avance civilizatorio que la preservación del pato zambullidor-- con la suprema arrogancia de desconocer que las peores catástrofes ambientales del mundo ocurrieron decenas de millones años antes de que aparecieran Monsanto --que, de haber estado en condiciones, habría contribuido a la extinción de los dinosaurios-- y Greenpeace --que, seguramente, la habría impedido a toda costa.

El desafío de esta corrección política, en suma, no reside en evitar o posponer la muerte, sino en asegurarse de dejar tras de sí un cadáver biodegradable y --ahora la insinuación apócrifa procede de esta especie de neocátaros tardíos-- ya la Madre Naturaleza reconocerá a los suyos.

8.5.01

¿De quién es Jesús?


La Suprema Corte de Justicia de la Nación tendrá que decidir, tras el recurso que presentó la semana pasada la Arquidiócesis Primada de México, si existen derechos de reproducción y uso de la imagen de Cristo y, en caso de haberlos, a quién pertenecen. El documento del arzobispado alega que “Jesús Cristo, la tercera persona de Dios, Hijo de María, la Virgen”, es la esencia del “depósito de fe” de la Iglesia Católica Apostólica Romana y, por lo tanto, su “patrimonio espiritual”.

Con ese fundamento, la organización religiosa afirma que el gobierno debe tomar en cuenta la opinión del arzobispado antes de autorizar actos de culto externos en los que se utilice la imagen referida. El interés por “tutelar” la imagen tiene el propósito, agrega el texto, de evitar “cualquier medio donde se induzca a la confusión de las personas físicas o morales”.

Este tema --quién puede y quién no hablar en nombre de Jesús, o utilizar sus imágenes y sus enseñanzas-- debiera ser tratado con extrema prudencia, habida cuenta del batidero de sangre, tripas y carne humana achicharrada que la cristiandad ha provocado con sus cismas innumerables: las peleas por el copyright de Cristo degeneraron, con lamentable frecuencia, en exhibiciones extremas de las actitudes menos cristianas que puedan imaginarse.

Podría pensarse que a estas alturas nadie, o casi nadie, se toma tan en serio su celo religioso como para degollar al prójimo por divergencias de espiritualidad, pero los talibanes afganos y los ortodoxos serbios son prueba fehaciente de lo contrario. Y para no ir tan lejos, a mediados de la década pasada, en la sierra de Puebla, una familia de protestantes fue asesinada a machetazos por sus vecinos católicos.

El diferendo actual puede dejar indiferentes a algunas congregaciones protestantes que toman por idolatría y fetichismo, o casi, el amor de los católicos a las representaciones plásticas de Dios --en sus tres advocaciones-- y de los santos que le acompañan. Pero si se impusiera la lógica del arzobispado, el siguiente paso sería reclamar el monopolio sobre el uso del los evangelios; claro que los rabinos podrían exigir la exclusividad en el uso del Antiguo Testamento y los budistas --suponiendo que tuvieran algo así como un clero-- estarían en condición de perseguir, por violación de patente y marcas registradas, a los vendedores de muñequitos barrigones del mercado de San Juan.

Sería, el anterior, un escenario propicio para la defensa de la fe, con el propósito de evitar cualquier clase de confusión entre distintas religiones y para hacer realidad la metáfora de pastores, ovejas y rebaños.

Pero primero la Suprema Corte tendrá que resolver una pregunta rarísima en la cual convergen la teología y el derecho de marcas y patentes: ¿a quién pertenecen Jesús y su imagen? ¿A la humanidad? ¿A la cristiandad? ¿A la Iglesia Católica? ¿Al arzobispado?

27.3.01

Medina del Campo


La especie humana sigue siendo nómada. Cualquier “residente ancestral” de cualquier región del mundo (la excepción es Islandia), con la curiosidad suficiente para trepar un poco por su árbol genealógico, lo hallará, a una altura de diez generaciones, como máximo, infestado de migrantes, extranjeros y fuereños advenedizos. En el extremo, si José María Aznar y los miembros de su gabinete se tomaran la molestia de hurgar en su propio genoma, se descubrirían descendientes de unos emigrantes africanos que, siendo aún prógnatas y un poco arbóreos, y cuando a nadie se le había ocurrido la Ley de Extranjería, se dispersaron libremente por todo el mundo y que, con el tiempo, formaron hordas asiáticas, pueblos mediterráneos, godos, visigodos, lapones y olmecas, entre otras muchas ramificaciones.

Pero si en vez de buscar la herencia de los genes buscaran la herencia de las ideas, tendrían que reconocerse como descendientes mentales de los reyes católicos: la Ley de Extranjería huele a la pragmática de Medina del Campo de 1499: “Mandamos a los egipcianos que andan vagando por nuestros reinos y señoríos con sus mujeres e hijos, que del día que esta ley fuera notificada y pregonada en nuestra corte hasta sesenta días siguientes (...), cada uno de ellos viva por oficios conocidos, que mejor supieran aprovecharse (...) y no anden más juntos vagando por nuestros reinos como lo facen, o salgan de nuestros reinos y no vuelvan a ellos en manera alguna, so pena de que (...), pasados los dichos días, que den a cada uno cien azotes por la primera vez, y los destierren perpetuamente destos reinos; y por la segunda vez, que les corten las orejas, y estén sesenta días en las cadenas, y los tornen a desterrar, como dicho es, y por la tercera vez, que sean cautivos de los que los tomasen por toda la vida” (Novísima Recopilación, Libro XII, título XVI).

Se trataba de unificar y cohesionar, a sangre y fuego, al naciente Estado español, y en ese afán, con pocos años de diferencia, los reyes colocaron ante una disyuntiva terrible a las juderías, las morerías y las gitanerías de la Península: o se convertían --es decir, renunciaban a ser lo que eran-- o se largaban. Un sector de aquella España de convivencia pluricultural, tierra donde habían fructificado innumerables corrientes migratorias, se imponía sobre los otros y asentaba su hegemonía política y cultural sobre el territorio. En lo sucesivo, Castilla no sólo tiranizó a los “infieles” sino que oprimió a los otros pueblos cristianos de la Península y les confiscó sus idiomas y lo que ahora llamaríamos sus “usos y costumbres”. A más de 500 años de aquella fundación trágica y bárbara, la España “una, grande y libre” aún resiente la ausencia de moros y judíos y sigue un tanto embrollada en resolver, por vías autonómicas o policiales, el enredo de tener muchas naciones dentro de un solo Estado.

Hoy, la circunstancia es muy distinta. Lo que está en juego no es la conformación del Estado, sino su participación en el diseño burocrático del gigantesco castillo feudal en que se está convirtiendo la Unión Europea, por decisión propia y por fidelidad a la norma globalizadora de cerrar fronteras a los inmigrantes de los países pobres. Uncidos a esa lógica, Aznar y su gobierno hicieron promulgar una ley infame que niega a los extranjeros derechos humanos fundamentales --reunión, asociación, manifestación, sindicación y huelga-- y cometieron la canallada de condicionar el ingreso a territorio español a colombianos, ecuatorianos, dominicanos y otros inmigrantes del mundo hispano que requieren de trabajo y que hasta ahora han participado en la construcción de la nueva pluralidad cultural española.

Es una pena descubrir que, medio milenio después, el espíritu de la pragmática de Medina del Campo ha resucitado en La Moncloa.

20.3.01

Antiglobalifobia


El titular de la Comisión de la Organización de Naciones Unidas de Financiamiento para el Desarrollo posee una personalidad rica en contrastes: cuando aborda o escucha un drama social cualquiera, exhibe tal frialdad que uno puede imaginar su bóveda craneana llena de microprocesadores; en cambio, cuando argumenta a favor de la liberalización comercial, parece inflamarse de pasión y visceralidad casi eróticas. Con esa fogosidad, que en un tecnócrata podría considerarse incluso admirable, la semana pasada se dedicó a insultar, en la revista Forbes, al amplio conjunto de seres humanos que no están de acuerdo con los términos y las condiciones en que se desarrolla actualmente la globalización económica; para ellos, el funcionario acuñó, en enero del año pasado, un epíteto despectivo que constituye su principal aporte a la lexicografía: globalifóbicos.

Ahora, el también ejecutivo de Procter & Gamble y de Union Pacific Corp., llamó a combatir a esos variopintos disidentes de la liberalización comercial, a quienes acusó de ser una “mezcla peculiar de izquierdistas y derechistas extremosos, ecologistas radicales y autodesignados representantes de la sociedad civil”; además, los culpó por no ofrecer “otra alternativa que la extrema pobreza” a los trabajadores de “muchos” países en desarrollo, e incluyó entre los destinatarios de sus críticas a “algunos políticos” que en forma errada y cínica, dijo, “astuta y rápidamente han acomodado sus opiniones a la nueva moda de la antiglobalización, o para satisfacer electores o porque están confiados en que la globalización es un proceso irreversible”; el funcionario internacional arremetió también contra los gobiernos que invocan (en forma “hipócrita”) los derechos laborales “para destruir las oportunidades de comercio”.

El dos veces secretario en el gabinete de Salinas, ex presidente de México y actual jefe de la Comisión de la ONU de Financiamento para el Desarrollo, tiene sin duda el derecho irrenunciable de pensar lo que quiera, de no reflexionar sobre lo que no le guste y de odiar muchísimo a quien le venga en gana. Pero su alegato antiglobalifóbico en 
Forbes tiene dos aspectos objetables.

El primero es la impertinencia. En su condición de funcionario de Naciones Unidas, Ernesto Zedillo tendría que evitar la parcialidad manifiesta y la virulencia discursiva ante los grandes debates económicos internacionales, así fuera en el afán de desempeñar con una mínima eficacia la tarea que le encomendó Kofi Annan. Es inevitable sospechar que a los políticos calificados por Zedillo como “cínicos” o “hipócritas” (y aun “proteccionistas”, que es uno de los máximos insultos del vocabulario neoliberal), así como a organizaciones civiles y a funcionarios internacionales --pienso, por ejemplo, en Nora Lusting, del BID, quien ayer advertía sobre la brecha entre ricos y pobres generada por la globalización-- no les hará ninguna gracia tratar con este funcionario lenguaraz y que, por ello, la Comisión de Financiamiento para el Desarrollo, manejada con semejante radicalismo ideológico y verbal, está condenada a perder interlocutores y eficiencia.

El otro defecto del artículo es el descaro. Sería comprensible que el empleado de Pacific Union Corp. y de Procter & Gamble defendiera la liberalización comercial en nombre de los intereses de sus patrones, toda vez que éstos han realizado excelentes negocios gracias a la apertura salvaje de mercados que se lleva a cabo en las naciones en desarrollo. Pero hacer la apología de estos procesos apelando al “bien de los pobres del mundo”, atropellados y multiplicados por el neoliberalismo, exige una notable dosis de impudicia y de dureza facial.

Para finalizar, el episodio debiera alentar la preocupación internacional --muy activa en los tiempos en que Pérez de Cuéllar encabezó la ONU, y cuando ésta llegó a niveles perceptibles de corrupción-- en torno a la necesaria fiscalización de los funcionarios internacionales, no sólo para impedir que desarrollen conflictos de intereses como el que podría estar experimentado el propio Zedillo, sino para evitar la lamentable y contradictoria tendencia de los directivos de Naciones Unidas a guardar silencio ante asuntos sobre los cuales deberían manifestarse, y a hablar de más en circunstancias en las que lo prudente sería cerrar el pico.

13.3.01

China: el comunismo neoliberal


Hace una semana 41 alumnos y un maestro de la escuela primaria de Fanglin, comuna de Tangu, distrito de Wangzai, China, fueron despedazados por una explosión que causó también heridas de consideración a otras 27 personas. Tres años antes, el director del plantel, con la anuencia del responsable local del Partido Comunista, instaló en una de las aulas una fábrica de petardos, en la que los educandos --de ocho y nueve años-- eran obligados a trabajar durante la hora de la comida.

De acuerdo con fuentes no oficiales, ante la escasez de presupuesto para la educación, una buena parte de los centros escolares chinos realizan actividades productivas: fabrican cajas y materiales de embalaje, calendarios, piezas de lámparas y bicicletas o, como en el caso de Fanglin, fuegos artificiales. Es la única manera de obtener recursos para cubrir los salarios de los profesores. La situación es especialmente crítica en las áreas rurales, en donde los maestros suelen ganar 550 dólares anuales.

Con las referencias a la circunstancia económica puede justificarse todo, incluso la antropofagia.

Otro fenómeno de fondo que viene al caso es el esfuerzo productivo y exportador en el que se halla inmersa China, afán que no sólo le ha permitido inundar de baratijas todo el planeta, sino que le ha redituado ríos de dinero. Parte de ese empuje comercial se traduce en una enorme captación de contratos de maquila para la industria occidental. Los comunistas chinos han comprendido mejor que nadie las exigencias de “eficiencia”, “rentabilidad”, “competitividad” y otros puntos de la deontología neoliberal que domina el resto del mundo y, en muchos sentidos, las han llevado hasta sus últimas consecuencias: desde la lógica de la alta productividad y la utilidad máxima, no hay sitio mejor que una escuela para instalar fábricas de petardos: los trabajadores no cobran, no se paga renta del local y la capacitación de la mano de obra puede formar parte de los planes regulares de estudio. Después de una lección de historia oficial sobre la Larga Marcha ha de ser divertidísima una sesión de instrucciones para la colocación de mechas en los pequeños cilindros de papel y pólvora. Y de ahí, vuelta natural a la historia patria para recordarles a los pequeños esclavos que fue precisamente en China donde se inventaron los fuegos artificiales y exhortarlos, sobre esa base, a la excelencia y a la calidad total.

El episodio referido no sólo encaja con la orientación económica en boga, sino también con los nuevos criterios de cooperación internacional orientados a impedir los flujos migratorios indeseables mediante la creación de oportunidades en las regiones de origen de los migrantes, criterios que, como lo admite el experto Mabbub Ul Haq, presidente del Centro de Desarrollo Humano de Paquistán, no deben basarse en la moral internacional “por más que sería placentero suponer que dicha moral aún existiera hoy en día”:


El paquistaní tiene algo de razón al festinar la muerte de la ética como factor de regulación de las relaciones internacionales: ante las crecientes evidencias del trabajo infantil y esclavo, o casi, con el que Pekín abarata los costos de cuanta mercancía circula por el mundo, Sadam Hussein resulta un osito de peluche. Pero el occidente industrializado se solaza en satanizar al dictador árabe por las atrocidades reales y supuestas de su régimen y cierra los ojos para comerciar con China.

Más o menos en los mismos días en que se dio a conocer la tragedia de la escuela de Fanglin ocurrieron, en planteles estadunidenses, nuevas balaceras con saldo negro. En los alrededores de San Diego, concretamente, un joven de 15 años mató a dos de sus condiscípulos e hirió a otras 13 personas --alumnos y maestros-- con un pequeño revólver .22; no digo que así haya sido, pero el parque correspondiente (un calibre barato y “popular”, y buen candidato a esa peculiar sustitución de importaciones que los mercados mundiales realizan con el gigante asiático) bien pudo haber sido fabricado por niños de alguna escuela primaria china, los cuales tienen familiaridad y hasta experiencia con el manejo de la pólvora. Sería un ejemplo espléndido de esa cooperación internacional sin moral que vincula a la economía comunista neoliberal china con los mercados mundiales.

6.3.01

Venganzas de Satán


El rito islámico prescribe que, en el camino a La Meca, al pasar por el puente de Jamarat, cada peregrino del haj debe lanzar siete piedras al día, durante tres días, a cada uno de los tres monolitos erigidos en ese lugar y que simbolizan al Diablo. Ayer, 23 mujeres y 12 hombres --que, sumados, dan 35, es decir, cinco por cada piedra que cada musulmán debe tirar a cada estela-- murieron apachurrados durante la lapidación. Por una razón cualquiera, la multitud se descontroló y, en vez de concentrarse en la abominación de Satán, pisoteó y asfixió a decenas de sus propios integrantes. Hace tres años ocurrió en Jamarat un accidente similar, aunque más grave, pues dejó 118 muertos y casi 200 heridos. Es probable que la causa de estas desgracias no sea un afán de revancha del Maligno por los castigos que se infligen a su representación en piedra, sino el menosprecio y la falta de organización con que las autoridades de Arabia Saudita reciben a los millones de fieles procedentes de todo el mundo islámico y que viajan cada año a La Meca para cumplir con el precepto coránico. Hacinados y tratados como si fueran reses, los peregrinos han sido víctimas de otras catástrofes, como el incendio ocurrido en Mena en 1997, en donde 343 integrantes de la Uma perdieron la vida.

Tal vez la determinación de los actuales dueños de Afganistán de destruir todas las expresiones del arte budista preislámico en ese país mediante disparos de tanque y de artillería antiaérea también pueda atribuirse a un designio satánico, de no ser porque el vandalismo tiene una explicación alternativa más prosaica. Las intervenciones extranjeras en ese territorio puente entre oriente y occidente impidieron la formación de instituciones nacionales y pulverizaron las pocas que había. Afganistán fue convertido en teatro de la guerra fría a raíz de la atroz injerencia militar soviética de fines de los setenta, y posteriormente fue usado como campo para dirimir complejas disputas e intereses geopolíticos de Pakistán, Irán, India, China y Rusia.

Las intervenciones han aprovechado y exacerbado la división del país en tribus diversas y a veces antagónicas, y la dispersión social consecuente creó las condiciones propicias para que los talibanes, un grupo de fanáticos alucinados, surgido en los seminarios coránicos del sur del país, llegara al poder e impusiera con facilidad una dictadura fundamentalista sobre una población cuya tasa de analfabetismo rebasa 70 por ciento.

Entre sus primeras medidas, ese “gobierno” prohibió a las mujeres efectuar cualquier trabajo que no fuera el doméstico e ilegalizó la música occidental y las señales de televisión procedentes del extranjero.

En vez de buscar el diálogo con las autoridades de Kabul, Estados Unidos, en nombre de la comunidad internacional, bombardeó territorio afgano y promovió e implantó un férreo bloqueo contra el país. Con ello se logró radicalizar las posturas integristas de esos gerifaltes que ahora se cobran una venganza más estúpida que satánica contra las hermosas, gigantescas e indefensas representaciones de Buda, no tanto porque sean una ofensa al Islam sino porque el resto de la humanidad (o sea, todo mundo menos los talibanes) las considera un patrimonio histórico invaluable.

Otro suceso reciente que podría ser interpretado como muestra de la actividad del Maligno es la creciente violencia entre israelíes y palestinos: un atentado dinamitero de autoría palestina en Netanya, con saldo de cuatro muertos y 60 heridos, un palestino atacado a mordidas por israelíes enfurecidos, más los ataques de represalia que cabe esperar por parte de Tel Aviv.

Esos bombazos contra Israel, sin duda criminales e injustificables, podrían ser inspirados por el Diablo, pero hay a la mano una razón más simple: la desesperación ciega de grupos político-religiosos palestinos que, tras siete años de proceso de paz, no han visto más resultado que la continuada opresión, la intolerancia, el cerco y la humillación por parte de Israel hacia los habitantes de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Oriental y hacia sus nacientes instituciones nacionales.

En esa medida, el círculo vicioso del terrorismo palestino y las represalias israelíes --que merecen el nombre de terrorismo de Estado-- puede ser interpretado como una conspiración de Satanás en este mundo, pero acaso sea, simplemente, un espejo de la banal y exasperante crueldad humana.

27.2.01

República Arabe Saharaui Democrática: 25 años


Dakar, la capital senegalesa, es una ciudad poblada por casi 2 millones de personas, y su posición subsahariana la convierte en un importante centro de comunicaciones marítimas y aeroportuarias entre Europa y África del Sur, así como entre el viejo continente y Sudamérica. Sin embargo, hoy en día Dakar no es una referencia frecuente en los medios europeos, si no es para referirse al legendario Rally París-Dakar, competencia automovilística que se realiza en enero y febrero, y que este año fue ganada, por primera vez en su historia, por una mujer.

Esa fue la peculiaridad más destacada en las agencias de prensa, los noticiarios, las revistas de automóviles y las páginas web de empresas turístico-deportivas que hicieron buena plata promoviendo y comercializando esa carrera que transitó por Francia, España, Marruecos, la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), Mauritania y Senegal. Poco se dijo, en cambio, acerca de la frivolidad y la arrogancia de los organizadores europeos del evento, los cuales, al incluir al cuarto de esos países en la ruta del rally sin antes pedir permiso a las legítimas autoridades saharauis, estuvieron a punto de reactivar una guerra congelada desde hace una década.

Al amparo del alto al fuego acordado entre Marruecos y el Frente Polisario en 1991, con mediación de la ONU, y que habría de dar paso a un referéndum por la autodeterminación de los saharauis, la monarquía ensangrentada de Rabat ha perpetuado su ocupación ilegal de un territorio que no le pertenece; en esos diez años la Secretaría General de las Naciones Unidas ha adoptado, en el mejor de los casos, una actitud de avestruz --cuando no una clara complicidad con el gobierno marroquí, como la que desarrolló Javier Pérez de Cuéllar--; el Estado español, por su parte, ha optado por desentenderse ante un conflicto del que es --junto con Marruecos-- el principal corresponsable.

Y mientras los intrépidos automovilistas europeos sueñan con probar los límites de sus vehículos todo-terreno en las arenas calcinantes del Sahara Occidental y con ganar trofeos en forma de dromedario, cientos de miles de saharauis sobreviven en los campos de refugiados de Tinduf, en Argelia, sin energía eléctrica ni agua corriente, y construyen, entre las tormentas de arena, la sociedad nueva, escolarizada y democrática, que habrá de asentarse en el Sahara Occidental cuando el invasor marroquí sea obligado a retirarse.

Ha pasado mucho tiempo. En 1975 Madrid sacó sus tropas de la que era su colonia, permitió que Rabat la reclamara como propia y se lavó las manos.

Dejó a los saharauis abandonados a su suerte frente a un invasor que era, ya por entonces, gendarme regional de Occidente y contrapeso, en el Magreb, a países no alineados y movimientos triunfantes de liberación nacional.

Juan Carlos I --quien, según investigaciones recientemente publicadas en España acerca del papel del monarca en el fallido golpe de 1981, podría no ser el paladín de la transición a la democracia, sino un encubierto traidor a ella-- y el gobierno español sacrificaron a los saharauis para concentrar su relación con Marruecos en temas como la hispanidad de Ceuta y Melilla, el comercio bilateral y el flujo de migrantes marroquíes a la Península.

El 27 de febrero de 1976 el Frente Polisario, organización representativa de los saharauis, proclamó, en el Sahara Occidental abandonado por España y parcialmente invadido por Marruecos, la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), un país que nació en medio de la guerra y que así ha subsistido desde entonces, a pesar de la frivolidad europea, la ambigüedad de la ONU y la represión y la manipulación demográfica por parte de Rabat.

Es una nación pobre, pero sus habitantes son extremadamente generosos. Es un Estado árabe, pero su gente habla español desde el nacimiento. Es una sociedad predominantemente islámica, pero tolerante, moderna y ajena a los integrismos. Merecería ejercer su derecho a la existencia, aunque careciera de estos atributos contrastados que la hacen ser parte irrenunciable de la riqueza política, social y cultural del mundo.

Hasta ahora, los saharauis se han distinguido, también, por una titánica paciencia. Sospecho que la están perdiendo, y no es su culpa: el mundo les ha dado la espalda durante demasiado tiempo.

20.2.01

Relaciones públicas


La otrora reflexión, y hoy lugar común, afirma que la guerra es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de los militares; pero ceder a los civiles los controles de un submarino nuclear, así sea por un ratito, es una buena forma de hundir cualquier razonamiento lógico en profundidades abismales como las que hoy albergan los restos del barco japonés (y los de nueve personas) embestido por el sumergible USS Greeneville la semana pasada en los alrededores de Honolulú. El accidente se volvió escándalo cuando se hizo público que, en el momento de la colisión, dos o tres idiotas sin la menor idea del manejo de submarinos, aunque “debidamente supervisados” por personal militar, jugueteaban en el puente de mando del sumergible. La Marina de Estados Unidos inició una investigación, suspendió al capitán de la nave, Scott Waddle, y lo amenazó con llevarlo ante una corte marcial; al mismo tiempo admitió, con un descaro propio de sicópata, que es “usual” la presencia de empresarios y otros civiles en submarinos que realizan maniobras bélicas.

Hace unos años un avión de Aeroflot se estrelló y mató a todos sus pasajeros. La causa de la tragedia fue, según la investigación posterior, que el piloto subió a sus hijos pequeños a la cabina y les dio la oportunidad de probar los mandos. En una primera instancia, el reciente episodio del Pacífico evoca aquel desastre, pero es un paralelismo engañoso. La escandalosa falta de control en los procedimientos de la línea aérea rusa ocurre en el contexto de una superpotencia en vías de subdesarrollo. En cambio, la US Navy mete “pasajeros” en sus sumergibles atómicos porque tal medida “es una de las más efectivas herramientas de relaciones públicas”; lo hace, pues, de manera calculada y planificada, con el propósito de generar un impacto determinado en sectores de la opinión pública.

El uso de técnicas de marketing en el aparato bélico más poderoso del mundo recuerda la serie de Boogie el Aceitoso que publicó Fontanarrosa hace una década, en tiempos de la guerra contra Irak: los tanques llevaban adosados anuncios de lubricantes y las alas de los aviones de combate tenían pintada la leyenda “Bienvenido al mundo de Marlboro”. Aquello era un retrato caso realista de la guerra transformada en espectáculo de juego digital y llevada a las pantallas de televisión gracias al patrocinio de las mejores marcas. En esas semanas de locura, Rayteon y sus productos --los misiles antibalísticos Patriot, utilizados para destruir en vuelo los viejos Scud lanzados por Saddam contra Israel y Arabia Saudita-- llegaron a ser tan conocidos como los cereales de Kellogg's.

Han pasado diez años de aquella convincente y mortífera exhibición de juguetes bélicos, cuyo organizador principal se apellidaba Bush. Una década más tarde, el hijo homónimo, sentado en la misma silla, procura quedar bien con papá lanzando un bombardeo absurdo sobre la chatarra bélica de Saddam Hussein.

Sería excesivo e injusto extrapolar el accidente provocado por el submarino nuclear en el Pacífico y sospechar que “invitados civiles” decidieron, en el situation room de la Fuerza Aérea, destruir una decena de radares iraquíes desde unas consolas de Nintendo. En cambio, no parece exagerado asumir que los ataques periódicos contra el país árabe, a falta de razones explícitas y serias, obedecen al propósito de probar y consumir los misiles y las bombas de alta tecnología que la industria estadunidense sigue produciendo a un ritmo de guerra fría y para los cuales no hay, en el planeta de hoy, suficiente mercado.

En este entorno recesivo para la producción bélica resulta difícil justificar la operación y el mantenimiento de bombarderos estratégicos y sumergibles cargados con fuego atómico suficiente para destruir a un enemigo geopolítico que falleció de muerte natural hace cosa de diez años. Ante esa dificultad, la marina estadunidense regala cruceros en sus submarinos a civiles notables --y hasta les deja poner las pezuñas sobre los timones de profundidad--, a los que considera capaces de promover, entre la opinión pública y los contribuyentes, una flota de submarinos moderna, poderosa e inservible.

13.2.01

30 mil genes


Las entidades científicas del mundo que tienen a sus investigadores buceando en el genoma confirmaron ayer el más desconcertante de sus hallazgos: los humanos tenemos sólo 30 mil genes, apenas 10 mil más que un gusano y unos pocos cientos por encima de los ratones. Al comienzo de su búsqueda, los científicos esperaban hallar un capital cercano a los 140 mil pero, conforme la investigación avanzaba, fue creciendo la sospecha de que poseíamos un cromosoma más bien ralo; hace unos meses se filtró a los medios el indicio sólido de que teníamos sólo el doble de genes que la mosca de la fruta. “Lo malo es que a algunos se les nota”, escribió entonces Rosa Montero con su maledicencia entrañable. Ahora, el anuncio coloca a la investigación ante la disyuntiva de explicar, con base en ese pequeño documento de 30 mil caracteres, las singularidades de alma y cuerpo que caracterizan a cada uno de los 5 mil millones de individuos que pululan sobre el planeta, o bien de buscar en otro lado (y ello pondrá al alza las acciones del culturalismo) el origen de manifiestas diferencias de actitud y organismo como las que existen --es sólo un ejemplo-- entre Sharon Stone y monseñor Rivera, quien, según sus declaraciones recientes, parece empeñado en restar 29 mil 998 genes a los 30 mil establecidos, a fin de dejar el cromosoma sólo con dos códigos: macho y hembra.

Al margen de la situación desconcertante, el reporte de los genonautas trae noticias buenas y otras no tanto. La primera es que no se detectó ninguna base genética “para lo que se describe como razas”. El dato es importante, tanto para despejar del todo las patrañas racistas con supuesta base científica como, por extensión, para ayudar a deponer algunas de las más vergonzosas hostilidades del presente: si hemos de ser razonables, no hay conflicto bélico o político que se justifique por las diversas disposiciones en un conjunto de 30 mil moléculas, que son muchas menos de las que caben en el cerebro de un piojo.

Sabrá Dios --en cualquier lengua que se Le pronuncie-- si en el pequeño genoma que nos corresponde vienen programadas las diferencias entre una iglesia, una mezquita y una sinagoga; en todo caso, es improbable que puedan encontrarse ahí las razones por las cuales Ariel Sharon y Hezbolá se empeñan en destruir a palestinos e israelíes, o las semillas de la crueldad con que las autoridades españolas persiguen a los inmigrantes norafricanos, o las estadunidenses, a los indocumentados mexicanos.

A decir verdad, la noción de que “todos somos, en lo esencial, gemelos biológicos” --como dijo Craig Venter, privatizador del genoma--, tiene también aspectos incómodos para todo el mundo. En lo personal, me alarma un poco el compartir tanto código con Vladimiro Montesinos o con Ricardo Miguel Cavallo; desde otras perspectivas, puedo imaginarme la maldita gracia que le causará a Saddam Hussein el saberse “hermano biológico” de Margaret Thatcher, o el disgusto de Karol Wojtyla por sus 30 mil puntos en común con Larry Flynt.

Otro aspecto inquietante de lo divulgado ayer es la constatación de que muchos de nuestros genes provienen de microbios que han dejado su impronta en el organismo humano. “A algunos se les nota”, diría Rosa Montero; San Francisco de Asís, por su parte, habría brincado de alegría ante la perspectiva de llamar “hermanas”, con justificación científica, a las amibas y a las salmonelas; en todo caso, el dato, al igual que los anteriores, es un fundamento de tolerancia y modestia.

En una de sus novelas, Philip José Farmer hace decir a un personaje que cada vez que se le sube el orgullo a la cabeza resuelve la situación obligándose a recordar que un ser humano es sólo un poco de agua. A la luz de los descubrimientos de última hora, puede decirse apenas algo más: un poco de agua organizada y estructurada por 30 mil instrucciones elementales. Esa certidumbre debería generar en nosotros actitudes de humildad, respeto a la vida y, también, un merecido orgullo por nuestros milagros. Porque, con todo y lo austero de nuestro genoma, hemos sido capaces de inventar el barroco, y de esa hazaña no serán capaces nunca las ratas ni las moscas de la fruta.

6.2.01

¿Qué horas son?


“--¿Qué horas son?
--No lo sé.
Las campanas, don, din, dan,
repicando lo dirán.”

Canción de Cri-Cri

“...no durmamos como los demás; antes velemos y seamos sobrios,
porque los que duermen, de noche duermen; y los que están borrachos, de noche están borrachos”.
Primera Epístola de Pablo a los Tesalonicences, 5:7

Si el conflicto por el horario de verano no encuentra una solución, los habitantes de esta ciudad viviremos, en breve, una Babel de tiempos cruzados: los límites entre las distintas delegaciones se convertirán en husos horarios y tendremos que ajustar las manecillas cada vez que crucemos el Viaducto; acaso debamos llevar, en una muñeca (¿la izquierda?), un reloj que nos dé la hora Andrés Manuel y, en la otra (¿la derecha?), uno para estar al tanto de la hora Fox. Tal vez nos habituemos a expresiones tales como “18:00, tiempo federal”, “9:15, tiempo local” o “16:30, tiempo Azcapotzalco”. Eso, sin contar con que los ciudadanos de veras importantes deben, además, por razones bursátiles o políticas, tener en mente los respectivos horarios de Nueva York, Londres y Tokio.

A lo que ha podido saberse en el marco de las encendidas polémicas, el problema no es únicamente urbano ni nacional, ni sería justo circunscribirlo a un diferendo de atribuciones entre la Federación, los estados y los municipios o, en el caso de la ciudad de México, las delegaciones. Su génesis se ubica en los años setenta, en el contexto de la crisis energética que padecían por entonces las naciones industrializadas debida, principalmente, al embargo petrolero impuesto por la OPEP. Una de las respuestas a esa crisis, junto con la diversificación de las fuentes energéticas, fue el establecimiento de horarios diferenciados en el invierno y el verano para ahorrar electricidad, aprovechando los marcados cambios estacionales que ocurren, en las condiciones de luz, en los territorios ubicados arriba del Trópico de Cáncer.

En esas naciones la medida fue aceptada como una fórmula de sentido común. En años posteriores, en virtud de las necesidades de la globalización, las previsiones de ahorro energético, el mero afán de imitación, o una combinación de las tres razones, ha sido extendida a países en los que los cambios estacionales son menos perceptibles, y en los que el cambio de horario genera descontentos de diversa magnitud.

Más allá de los complicadísimos cálculos sobre el beneficio macro o microeconómico del cambio de horario, al margen de los argumentos de uno y otro bando en torno a los miles de millones que se ahorra el erario o los centavos que no se ahorran los consumidores, e independientemente de si la Constitución, las leyes y los reglamentos facultan o no a unas u otras instituciones para implantar o rechazar la medida, es claro que el problema debe desembocar, tarde o temprano (una hora después, si es invierno, y una antes, si es verano), en una reflexión sobre los atributos del poder público, en cualquiera de sus instancias, para decir qué horas son. Porque establecer la hora implica meter mano en el tiempo para amar, el tiempo para dormir y el tiempo para desayunar, es decir, en algunos de los más sagrados aspectos de la privacidad individual. Tal vez esa intromisión explique, en parte, el encono de las polémicas.

Antes era más fácil. Por alguna razón que sólo los antropólogos conocen, la medición y la fijación del tiempo era tradicionalmente una función estrechamente vinculada al ámbito de lo sacro --reservada, en consecuencia, a los sacerdotes-- y posibilitada en contextos de hegemonías políticas absolutas, o casi.

Desde esa perspectiva, el tema se vincula con conflictos medioevales como el que sostuvieron durante siglos Roma --que se apegaba a las reformas julianas-- y las Iglesias ortodoxas --que permanecieron fieles al calendario gregoriano--; gracias a esa disputa, la Revolución de Octubre ocurrió, en realidad, en noviembre.

Se podría divagar mucho más sobre el asunto, contar la historia de la conferencia internacional de 1884 que asignó a Greenwich la referencia del tiempo universal y especular sobre el momento histórico en que los científicos (y luego los tecnócratas) despojaron a los sacerdotes del calendario y del reloj. Pero más vale encarar y exponer, de una vez por todas, la pregunta crucial que dentro de poco --y si las cosas siguen como van-- nos haremos todos, que no tendrá una respuesta evidente y que suscitará agrias e interminables discusiones políticas, económicas y legales:

--¿Qué horas son?

30.1.01

Colombia en las noticias


En estos días Colombia ha estado presente en los medios de información porque a) ayer lunes su selección de futbol fue derrotada por la uruguaya en el torneo sudamericano sub 20, con una anotación de Javier Chevantón en el minuto 9, y porque, b) ese mismo día 11 personas, entre ellas cuatro niños, fueron asesinadas a balazos por hombres no identificados en el municipio de Hato Nuevo, departamento de La Guajira, en el noreste del país. Retomando la versión de la policía, Reuters atribuye el hecho a “los enfrentamientos y las venganzas entre las tribus indígenas que habitan esa región”, pero tanto esa agencia como AP destacan, a guisa de contexto, que las muertes ocurrieron en una zona en la que operan grupos paramilitares de ultraderecha. Las noticias colombianas de los días recientes pueden sintetizarse, pues (aunque toda síntesis distorsiona la realidad), en un balón dentro de la portería colombiana --que, según el reglamento de la FIFA, ha de medir 7.32 por 2.44 mts., y que puede estar dotada de redes de cáñamo, yute o nailon-- y 11 cuerpos metidos en sus respectivos ataúdes de longitudes diversas --porque entre ellos hay los de cuatro niños-- y cuyo material más frecuente, en zonas rurales como la referida, es la madera, por más que en las áreas urbanas de esta región del mundo proliferen las cajas mortuorias metálicas de distintos precios y categorías.

A decir verdad, el domingo se generó, en el país sudamericano, un tercer despacho de prensa: cinco miembros del ejército muertos por guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en el departamento del Casanare. Pero este hecho, a diferencia de los dos mencionados arriba, y que fueron consignados en notas largas (25 o más renglones), mereció sólo seis líneas de Europa Press: una por cada muerto, más el encabezado. Es entendible: por esos días, los combates entre los militares y las guerrillas, si no se saldan con un marcador de al menos varias decenas de cadáveres, son cosa que no conmueve ni interesa a casi nadie y cuyo valor informativo se considera tan poco relevante para el mundo como los resultados del futbol de tercera división.

Sin embargo, mañana miércoles el presidente Andrés Pastrana habrá de tomar una decisión de veras importante en el terreno de la guerra: prorrogar, o no, la desmilitarización de una zona de 42 mil kilómetros cuadrados que tiene su centro en el pueblo de San Vicente del Caguán, en donde han tenido lugar los hasta ahora infructuosos diálogos de paz entre su gobierno y la comandancia de las FARC. Ante la falta de resultados, muchas voces --civiles, militares y gringas-- presionan al mandatario para que interrumpa las gestiones pacificadoras, argumentan que la zona desmilitarizada sólo ha servido para que en ella la insurgencia se rearme y se fortalezca, y exigen que los militares tomen el control de la región. Tal vez Pastrana las escuche, porque su desgaste político es notorio. Tal vez decida, a pesar de todo, ampliar el plazo y proseguir la búsqueda de la paz. En cualquiera de los casos, en Colombia seguirá habiendo muertes violentas por un tiempo. Habrá menos, y por un plazo más breve, si las negociaciones siguen. En cambio, si el ejército es lanzado a partir de mañana a desalojar a los guerrilleros, la producción de ataúdes --de madera y de metal-- tendrá que adquirir un ritmo frenético para cubrir la demanda, porque entonces el marcador, para ambos bandos, será realmente abultado. De todos modos, a la larga, Pastrana mismo o un sucesor suyo tendrán que sentarse a negociar la paz sobre una montaña de muertos de todas las edades, de ambos sexos, de diversos oficios y de variada condición social.

Pero el rumbo que tome esa partida lo sabremos en las noticias de mañana.

23.1.01

Contestadora celestial


En su edición de esta semana, el boletín del Arzobispado de México, Desde la fe, además de dedicarle sus páginas centrales al 60 aniversario de los Legionarios de Cristo (incluso hay una foto de Marcial Maciel besándole la mano a un Karol Wojtyla que no parece muy preocupado en retirarla), despliega, en la contraportada, una graciosa composición titulada Contestadora celestial, con texto en letras amarillas, nubecitas de fondo y un auricular un tanto fantasmagórico.

En el subtítulo se plantea la hipótesis: "¿Qué sucedería si Cristo instalara una contestadora telefónica automática en el cielo?".

La fábula tiene desarrollos ingeniosos: “Imagínate rezando y escuchando el siguiente mensaje: 'Gracias por llamar a la Casa de mi Padre. Por favor selecciona una de estas opciones: Presiona 1 para peticiones. Presiona 2 para acciones de gracias. Presiona 3 para quejas. Presiona 4 para cualquier otro asunto.'

Imagínate que Dios usara esta conocida excusa: 'De momento todos nuestros ángeles están ocupados atendiendo a otros fieles. Por favor, manténgase rezando en la línea, su llamada será atendida en el orden en que fue recibida'”. Una de las opciones imaginarias de la hot line divina resulta ser una gotita de la bilis anticientífica que --aun en estas épocas-- rezuma la jerarquía católica: “Si deseas obtener respuestas a preguntas necias sobre los dinosaurios, la edad de la Tierra, dónde está el Arca de Noé, por favor espérate a llegar al Cielo”. Y así por el estilo, hasta culminar en el mensaje paradójico siguiente: “Nuestras oficinas están cerradas por Semana Santa. Por favor, vuelve a llamar el lunes”.

La moraleja es así: “Gracias a Dios que esto no sucede... Gracias a Dios que le puedes llamar en oración cuantas veces necesites... Gracias a Dios que a la primera llamada, Él siempre contesta... Gracias a Dios porque de nosotros depende llamarle en oración”, etcétera. Y firma la composición, como si fuera un desplegado, “Tu amigo, Jesús”.

Si el mensaje referido tiene algo de execración al uso generalizado de call centers --que son casi siempre frustrantes, abusivos e inútiles--, le asiste cierta dosis de razón.

Es imposible no sentirse rata de laboratorio ante esas voces femeninas sintéticas, entre serviles y autoritarias, y teñidas casi siempre por un acento de español de Miami, que le ordenan a uno oprimir el botón fulano del aparato para encontrar el queso o salir del laberinto. En su calidad de cliente, contribuyente, o simple “interesado”, uno percibe de forma irremediable, en la obligada situación de dialogar con un dispositivo electrónico, una suerte de maltrato digital.

Pero, para volver a la contraportada de Desde la fe, y habida cuenta de las diferencias de línea editorial entre ese órgano y la Revista del consumidor, parece que el mensaje no es necesariamente un señalamiento crítico al uso y al abuso de hot lines de alta tecnología, sino --tal vez-- que el diálogo con Jesús (que es Dios encarnado) no requiere de intermediarios.

Desde esa perspectiva, Contestadora celestial parece una crítica demoledora al propio clero. Porque, como cualquier católico medianamente informado sabe, ninguno de los trámites sacramentales es realmente indispensable para alcanzar la salvación y que El Altísimo no necesariamente ve con buenos ojos a gestores y coyotes.

A la postre, esa reflexión puede desembocar en actitudes semejantes a las de los iconoclastas o en posturas como la que retoma la película Estigma (más bien gore, y más bien mala), en la que Jesús, atormentando a una pobre muchacha que ni a creyente llega, pasa el mensaje “mi cuerpo es el único templo”, consigna supuestamente codificada en los rollos del Mar Muerto y supuestamente guardada en celoso secreto por el Vaticano porque indicaría que la Iglesia, en su conjunto (Roma, templos, curas, monjes, monjas, monasterios, cálices, hostias, vino, casullas, mitras, báculos, imágenes, veladoras, inciensos, maitines, santos y santas, beatos y beatas, Banco Vaticano, papamóvil, monaguillos, confesionarios, sillas gestatorias y ediciones de Desde la fe) no sirve para la maldita cosa si de llegar al Cielo se trata y que lo mejor es, en este propósito, hablar directamente con Jesús y no creer a sus pretendidos gestores, secretarios particulares, sucesores, cónsules o franquiciatarios.

Pero, como dicen los islámicos, Dios es más sabio, y la verdadera verdad es que quién sabe.

16.1.01

Elogio de la mentira


Pensándolo bien, la civilización dio inicio cuando un mono antropoide descubrió la manera de tomarle el pelo a un congénere y le anunció guerra cuando no era, comida donde no había o le ocultó un sitio perfecto para construir un refugio que no deseaba compartir. Ese mico anónimo (tan digno de recuerdo y agradecimiento como los también desconocidos inventores del fuego y de la rueda) sentó las bases para el desarrollo de la épica y la lírica, la tragedia y la comedia, la política, la publicidad y la mercadotecnia, la abogacía, el periodismo, las religiones, la diplomacia, la contabilidad y todos los recursos de la seducción, desde los que enumera Ovidio en El arte de amar hasta los que prescribe el Singles Weekly Report que llega por correo electrónico, previa suscripción con tarjeta de crédito.

No hay ámbito en las sociedades contemporáneas que no esté regido por complejos y sistemáticos ejercicios de distorsión de lo que cada quien entiende como la verdad. Desde los grandes organismos y conglomerados inter o trasnacionales como la ONU, la Firestone, el Vaticano o los cárteles de la droga, hasta los más humildes individuos que buscan trabajo o compañía afectiva, pasando por los partidos, los gobiernos de todos los niveles y las cadenas de televisión, prácticamente no hay un sujeto social que no emita con cierta frecuencia mentiras gordas y jugosas como cucarachas del trópico.

Poco a poco se ha ido aceptando, entre sonrisitas azoradas, que el discurso político está moldeado por pasiones e intereses; que los pasajes bíblicos más insostenibles son en realidad metafóricos; que el Wonderbra (para ellas) y la billetera Nino Gucci (para ellos) constituyen adendas necesarias al texto de Ovidio; que la arqueología es un reflejo más fiel de su propia época que de los tiempos que pretende explicar, y que la caca enlatada puede ser un producto excelente si se le anexa una adecuada y talentosa campaña de posicionamiento en el mercado.

Las ciencias duras fueron el último bastión para los incondicionales de la verdad, pero la física cuántica y el principio de incertidumbre lo echaron a perder. Hoy, las partículas elementales reciben nombres tan poéticos como “Encanto”, el cosmos resulta estar lleno de “túneles de gusano” y alrededor de los hoyos negros se forma un hocico gravitacional denominado “horizonte de sucesos”; con toda esa imprecisión verbal, pocos reaccionarán con escepticismo cuando, tras toda una vida de atención al acelerador de partículas, un físico célebre concluya que la realidad no existe.

Se miente para obtener ventajas, por diversión, para hacer daño, para hacer el bien, para crear obras de arte, para protegerse; para ser querido u odiado, para vender, para no comprar; se miente en el afán de comprender el universo, en el de preservar la paz y en el de ganar una guerra. Se miente, por sistema, como parte del proceso civilizatorio, por más que éste desemboque en normas éticas y legales que prescriben y ordenan la veracidad. Si esas reglas fueran seguidas a rajatabla habría muchos más divorcios, más quiebras, más guerras, más desesperanza, y las sociedades serían entornos mucho más infernales y despiadados de lo que son.

Pero el desgaste de las narraciones y los paradigmas han dado lugar a una acuciosa búsqueda, en todos los niveles, de la sinceridad como utopía. Utopía, porque el lenguaje humano no está hecho para transmitir la verdad, sino, en todo caso, para dar vueltas en torno a ella, en movimientos espirales que se acercan o se alejan de un centro inalcanzable: por fortuna o por desgracia no existen idiomas literales; todos ellos son superposiciones interminables de metáforas.

Una tarea humanitaria y pertinente para este arranque de milenio sería imaginar una ética un tanto menos burda, en materia de verdad y falsedad, que la que actualmente prevalece y que reconociera el papel de la mentira en la transformación del mono en hombre y pusiera fin a la forzosa ambigüedad con la que asimilamos las mentiras piadosas o las engañifas (que no pretendían hacerle daño a nadie) perpetradas por políticos como Clinton y Mitterrand, dos de los más grandes estadistas del siglo pasado y, por supuesto, mentirosos consumados.

Si lo anterior parece cínico y políticamente incorrecto, bastará con afirmar que todo lo dicho hasta aquí es mera ficción y que cualquier parecido con la verdad es mera coincidencia.

5.12.00

Chávez y Fox


En estos tiempos latinoamericanos en que los caudillismos y hasta los liderazgos resultan una mala palabra, las figuras de Hugo Chávez y de Vicente Fox vienen a romper la etiqueta política vigente. Son distintos a lo conocido, heterodoxos y un tanto ríspidos; ostentan una intención transformadora que parece peligrosamente cercana al “voluntarismo” --otra mala palabra--; atropellan los protocolos y se expresan en un lenguaje entre arcaico y simple; suscitan entusiasmos incondicionales y temores fundados y miedos paranoicos. Ambos sustentan buena parte de su autoridad en el carisma personal; son advenedizos en la política, en la cual realizaron carreras rápidas y estruendosas.

Pese a sus procedencias, ante Chávez y Fox se desmoronan los calificativos de izquierda y derecha. Originarios de las dos alas de esa cada vez más inexpresiva geometría, ambos confluyen en una tercera vía que, hoy por hoy, sigue siendo lo suficientemente nebulosa y amorfa como para incluir casi cualquier postura políticamente correcta.

Por lo demás, los orígenes de uno y otro están a la vista en sus respectivos discursos: el mandatario mexicano, de origen hacendario y empresarial, pone el acento en los individuos, mientras que Chávez, un ex militar progresista --sin que esté ya muy claro el significado de ese término-- ha preferido desempolvar el sustantivo “pueblo”, que es de donde él mismo procede.

Por todas esas razones, Fox y Chávez desentonan en la foto de los mandatarios latinoamericanos actuales, compuesta principalmente (y ya sin el inefable Alberto Fujimori) por viejos políticos y hasta por políticos viejos.

Otro dato sabroso de estos nuevos protagonistas es su insistencia en el relanzamiento de procesos regionales de integración que, hasta antes de ellos, parecían confinados al baúl de los símbolos o de las reuniones de etiqueta (como las cumbres iberoamericanas) desprovistas de más significado real que el esparcimiento social de los participantes.

Fox y Chávez suscitan, ambos, la sospecha de las intenciones autoritarias. Pero en este punto las diferencias sustanciales no necesariamente están en los propósitos reales de los dos presidentes, sino en sus respectivos entornos políticos: el venezolano, elegido y reelegido en circunstancias que podrían considerarse aplastantes, y con una clase política local desmoronada y en bancarrota, tiene el camino libre para hacer prácticamente lo que quiera, no sólo en el Congreso sino ante la ausencia de oposiciones viables y consolidadas. El mexicano, en cambio, enfrenta un contrapeso legislativo ante el cual la única manera posible de gobernar es por medio de la negociación con fuerzas adversarias, así como un panorama de gobiernos locales y municipales y una ciudadanía permeada por la voluntad de fiscalizar al gobierno.

El tiempo dirá en qué medida los electorados de Venezuela --que vivió un bipartidismo asfixiante-- y de México (que recién sale de un casi monopartidismo de siete décadas) acertaron o erraron al apostar por respectivos desplazamientos radicales de sus clases gobernantes. En lo inmediato, Fox y Chávez han movido las aguas, han dado de qué hablar y, al menos en esa medida, resultan una bendición para los periodistas del continente.

28.11.00

Dióxido de carbono


El encuentro de La Haya fracasó. La idea era poner de acuerdo a los gobiernos para reglamentar el Protocolo de Kioto sobre emisiones de dióxido de carbono y que cada cual se comprometiera a reducir paulatinamente las de sus respectivos países. Marginados los del Tercer Mundo, o en vías de desarrollo, o subdesarrollados, o como esté de moda llamarlos, esta semana la Unión Europea, por una parte, y Estados Unidos, Canadá, Japón y Australia, por la otra, no lograron ponerse de acuerdo en la tasa de disminución de esas emisiones: Kioto dice 5.2 por ciento, pero Washington y sus aliados buscaron, en La Haya, triquiñuelas para angostar sus chimeneas y sus escapes sólo en 3 o 4 por ciento. Los europeos, en posición de 5.2 o muerte, se negaron a aceptar esa salida. Ante el triste resultado, organizaciones ambientalistas como Greenpeace y World Wide Fund for Nature se vistieron de luto riguroso, lo cual es políticamente correcto y armoniza con los colores de la próxima temporada invernal.

El dióxido de carbono es una sustancia vital, poética, divertida y venenosa, todo al mismo tiempo. La atmósfera terrestre ya lo incluía entre sus componentes antes de que los primeros cromagnones y neanderthales lo produjeran por medio de fogatas. El químico escocés Joseph Black lo llamó “aire fijo” y luego Lavoisier lo identificó como carbono oxidado. Uno se muere si lo respira en grandes concentraciones, pero en dosis pequeñas estimula la respiración, y por eso se le agrega a los gases de los respiradores artificiales. Se le emplea también en los extintores, porque no se inflama; cuando se solidifica se llama “hielo seco” y se utiliza con propósitos refrigerantes; ah, y es el fundamento de las burbujas de la Coca-Cola.

Por lo demás, el dióxido de carbono es una rebaba indeseable, pero inevitable, de la economía mundial. Casi no hay actividad industrial que no lo produzca en grandes cantidades, directa o indirectamente, empezando por las termoeléctricas y los transportes. A mayor actividad económica, mayores emisiones de ese gas a la atmósfera. Por eso, los grandes productores de dióxido de carbono son los países industrializados.

Esperar que los representantes de esas economías se pusieran de acuerdo en La Haya para disminuir sus emanaciones era, entonces, tan ingenuo como pedirle a un tigre que se vuelva vegetariano y cuelgue en su madriguera un retrato del Dalai Lama. Aunque, pensándolo bien, en esta materia más vale no hacer apuestas: los enormes avances en materia de ingeniería genética podrían desembocar, un día de estos, en la producción de tigres con niveles avanzados de degradación.

Las reglas actuales de la economía mundial se traducen, ciertamente, en la destrucción del entorno natural, incluida, por supuesto, la atmósfera. Pero los seres humanos forman parte, hasta nuevo aviso, de ese entorno, y la depredación también los hace víctimas, tanto o más que a las focas y a las tortugas marinas. Además de producir dióxido de carbono, la economía global necesita, para seguirse desarrollando, generar pobres e incluso cadáveres de pobres. La pretensión de empezar a revertir el vandalismo económico mediante la preservación de la composición del aire resulta un programa de acción un tanto etéreo y puede dar lugar a situaciones frustrantes como el impasse en que terminó el encuentro de La Haya cuyo nombre completo y oficial, por cierto, es Sexta Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, y que puede abreviarse en dos palabras: un fiasco.

21.11.00

El rescoldo de Franco


Ayer se cumplieron 90 años del inicio de la lucha de Madero, en México, pero también 25 de la muerte de Franco en la Residencia Sanitaria La Paz, en un Madrid del que ya nadie desea acordarse. El viejo traidor murió vomitando bilis a causa del masivo repudio internacional en su contra por el fusilamiento de dos etarras y de tres miembros del Frente de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (FRAP). Muchos vivíamos pegados a las noticias esperando el cable de su estertor final, y cuando éste por fin dio la vuelta al mundo, se nos quitó de encima un peso mucho mayor que los treinta y tantos kilos que dio el despojo del Generalísimo en la báscula forense.

Pero la declinación final del franquismo, y la imposibilidad de que sobreviviera a su creador, se fraguó casi dos años antes, también en Madrid, cuando el jefe de Gobierno designado por el dictador, el almirante Luis Carrero Blanco, fue literalmente enviado al cielo por una carga explosiva que ETA hizo estallar al paso de su automóvil. Jorge Semprún, uno de los protagonistas de la transición posterior, lo reconoce así, aunque a regañadientes: “Tengo cierta repugnancia a hacer de ese atentado el punto de arranque de la transición como se hace a menudo. Entre otras cosas, porque esto da a ETA un protagonismo político e ideológico que no me parece justo. Dicho esto, es indudable que tuvo su importancia, porque desbarató el papel que cada uno tenía asignado dentro del régimen después de Franco (...) A Carrero le correspondía en parte la tarea de tenerle bien atado (al príncipe Juan Carlos). Su desaparición permitió que después el Rey se sintiera un poco más libre de condiciones” (El País, 19/11/00).

La declaración es característica del sentir de la clase política de la España contemporánea: está bien que ETA (sin proponérselo, agrega Semprún) haya realizado una aportación de ese tamaño a la construcción de la democracia española, pero más vale no hablar de eso, y que nadie pronuncie la palabra “reconocimiento”. En los días de la conmemoración, los medios se pueblan de fotos de los actores de la transición: franquistas, posfranquistas, centristas, socialistas y comunistas departen en el retrato familiar. El sitio de los etarras, en cambio, está ocupado con la ilustración del hoyo que dejó la bomba contra Carrero Blanco. España cambió casi en todos los órdenes, salvo en la impunidad para los esbirros de Franco y en la persecución ininterrumpida contra los etarras. Esa actitud de los beneficiarios de la transición ha ayudado mucho a consolidar la locura homicida de los separatistas.

En los últimos años de la dictadura, la prensa franquista retrataba al Generalísimo como un anciano inofensivo y casi jubilado que se deleitaba cazando perdices rojas. Pero en sus tiempos finales el habitante de El Pardo siguió siendo tan peligroso como cuando se alió con Hitler y Mussolini y acabó con media España, y meses antes de estirar la pata seguía matando españoles. Para auxiliarlo en esa tarea contó con no pocos funcionarios de su régimen que todavía están vivos y que jamás han enfrentado el menor riesgo de ser juzgados por crímenes de Estado.

Es de muy mal gusto restregarle ese hecho al magistrado Baltazar Garzón como una forma de desautorizar las gestiones que, por su conducto, realiza el Estado español moderno para juzgar violaciones a los derechos humanos en el mundo. Es de mal gusto, entre otras razones, porque hace 25 años Augusto Pinochet fue uno de los poquísimos gobernantes que asistieron al entierro de su semejante en el Valle de los Caídos.

Tal vez la impunidad de los franquistas, pactada por los hombres de la transición, haya sido un precio inevitable para que la monarquía democrática pueda, hoy, pacer en los prados del Estado de derecho.

Acaso el haberle negado un lugar a ETA en la normalización democrática haya sido también inevitable, pero es indudable que esa negativa tuvo consecuencias atroces. La joven democracia se negó a sí misma, entonces, la oportunidad de resolver un conflicto que era parte de la herencia nefasta de Franco y, en vez de ofrecer a los etarras una reinserción digna en la institucionalidad política, contribuyó a consolidar el grupo de asesinos delirantes que son en la actualidad. Y dice al respecto Semprún, con mucha más razón de la que se imagina, que la organización terrorista es “el único rescoldo que queda hoy del franquismo”.

14.11.00

El pantano


A lo que puede verse, las misiones democratizadoras de James Carter en Perú han sido las últimas de su vida. En el marco anticlimático del empate electoral estadunidense se ha hecho público que la victoria del ex presidente sobre Gerald Ford, en 1976, estuvo contaminada por la distorsión de la voluntad popular en algunos estados de la Unión Americana, un antecedente que no embona con la trayectoria de un predicador mundial de la democracia. Tal vez William Clinton haya sido, por su parte, el último ocupante de la Casa Blanca que disponía de suficiente margen de maniobra para incluir, en el discurso de su política exterior, el afán democratizante hacia otros países. La soberanía ciudadana estadunidense se extravió en los pantanos de Florida; cuando demócratas y republicanos logren sacarla de ahí, no les va a ser fácil limpiarla. Para construir la credibilidad y la legitimidad de las instituciones se requiere de muchos años; para destruirlas ha bastado, en el país vecino, una semana: la que va del 7 de noviembre a hoy, y en la que se ha hecho evidente que esa nación no es necesariamente más democrática que Paraguay o el Congo.

A la luz del tiradero en que culminaron los comicios hemos recordado que el sistema representativo de Estados Unidos no siempre refleja el sentir de las mayorías y que los gringos han vivido con eso, sin inmutarse, a lo largo de dos siglos. Ese sistema, remedo anacrónico de la democracia ateniense, en el que la decisión popular no siempre es igual a la suma de sus partes, tiene muy poco en común con cualquier noción moderna de representación democrática: si no hubiese sido por el desastre de Florida, todo mundo habría visto con naturalidad que el Colegio Electoral pusiera en la Presidencia a un hombre que resultó derrotado por su adversario en el sufragio universal.

Pero aun las leyes que permiten esa aberración --instrumentada por el Colegio Electoral o, según las más recientes perspectivas, por la Corte Suprema-- se violan de manera más o menos regular. Cuando el margen de Bush empezó a hacerse demasiado delgado, salieron a la luz miles de votos faltantes, de votos sobrantes, de votos indebidamente anulados, de votos equívocos inducidos por el diseño confuso de las boletas electorales, de votos que no pudieron ser emitidos. En Florida, gobernada por el hermano del candidato republicano, se instrumentó, para favorecer a éste, un conjunto de mecanismos de fraude hormiga, y ello da pie al descubrimiento de fenómenos similares en otros estados. Para mayor vergüenza, los notables de la clase política buscan con ahínco argumentos patrióticos para poner entre paréntesis el respeto al veredicto ciudadano y piden que ni Gore ni Bush (pero, especialmente, Gore) lleven el contencioso a los tribunales, es decir, les piden que renuncien a lo que en otras latitudes se llamaría limpiar la elección por vías legales.

El tremedal que se volvió la democracia en Estados Unidos no es una buena noticia para nadie. Sea quien sea, el próximo presidente de ese país cargará con la sospecha y con una irremediable falta de legitimidad. Conflictos como el palestino-israelí pueden ahondarse en el vacío de poder proyectado al mundo por el adefesio político estadunidense. Además, el viernes se cayeron el Nasdaq y el Dow Jones, en una de esas respuestas rápidas de la especulación a las incertidumbres de la vida institucional doméstica y que arruinan, sin embargo, los bolsillos de todo el mundo.

El superfinal de las campañas de 2000, que parecía un producto de Hollywood --por esa combinación de vacío de sustancia y magistral suspenso dramático--, terminó en un pantano anticlimático y tuvo que irse a los tiempos extra del desempate. Con ello se puso al descubierto que los partidos estadunidenses han vivido a gusto con unos resultados electorales más estimativos que aritméticos del sufragio, y que a los ciudadanos, en su mayor parte, no se les ocurre pedir a la clase política que no mienta, sino, en todo caso, que formule mentiras verosímiles.

10.10.00

Bush y la Creación


Será un simple detalle, pero la propuesta de George W. Bush para propiciar la sana competencia en las escuelas entre la teoría de la evolución de las especies y la hermosa fábula bíblica de la Creación da una idea inquietante de lo que podría ser la próxima Presidencia de Estados Unidos en caso de que el republicano llegara a la Casa Blanca. Lo primero que se me viene a la mente es que, después de cuatro u ocho años de semejante mandato, los jóvenes de la superpotencia recibirían con menos entusiasmo la invasión de dinosaurios procedente de Disney y de Hollywood; a fin de cuentas, se dirían, esos bichos nunca estuvieron allí, porque para surgir, proliferar y extinguirse habrían requerido de un lapso de decenas de millones de años, pero desde la creación del mundo hasta nuestros días hay sólo unos cuantos milenios, y Adán y Eva estuvieron listos en el sexto día, y nunca se toparon con un velocirraptor: el único reptil que conocieron fue una serpiente, y ésa no es resultado de la evolución, sino de una mutación instantánea del Maligno. O sea que los dinosaurios son producto de la imaginación de esos literatos llamados paleontólogos y los huesos enormes diseminados por casi todo el planeta pertenecen más bien a los familiares del gigante Goliat, cuya existencia --ésa sí-- está fehacientemente documentada en la Escritura.

Suena a cosa menor, pero el gobierno de Estados Unidos ha sido uno de los principales impulsores del proyecto del genoma humano, y en una de ésas, con Bush en la Casa Blanca, veremos a los peritos del FBI empeñados en aislar y autenticar la firma de Dios que seguramente viene interconstruida en el código de barras de la huella genómica. Y si la signatura resulta ser falsa, la humanidad entera estaría ante el problema mayúsculo de determinar la identidad del falsificador y, de ser posible, ponerlo a disposición de alguna altísima instancia de justicia, superior, en todo caso, a la del Tribunal de La Haya.

Parece baladí, pero aunque George W. Bush navega con bandera de republicano pragmático y abierto, tiene como promotor destacado al predicador televisivo Pat Robertson, de la Coalición Cristiana. Robertson es tan ignorante, tan malintencionado o tan ambas cosas, que no tiene empacho en afirmar que la separación entre la Iglesia y el Estado es un invento de Adolfo Hitler. Con ese simple endoso de créditos al Satanás alemán bien pueden borrarse de un plumazo las diferencias surgidas en el encuentro de los Estados Generales en vísperas de la Revolución Francesa y la larga lucha de los liberales del siglo pasado (tan distintos de los globalifílicos del presente) para dar a los fieles la dimensión adicional de ciudadanos.

3.10.00

La nueva muralla china


El gobierno chino festejó el domingo el 51 aniversario de su fundación con el arresto de cientos de integrantes de la secta Falun Gong. Aunque sin sangre, Tien An Men volvió a ser escenario de coreografías policiales para la preservación de la disciplina espiritual y de la fidelidad al partido.

Un día más tarde, ayer, se produjo un gesto más significativo, si cabe, de la determinación de impedir la propagación de ideas exóticas: el diario oficial anunció un paquete de medidas drásticas --aprobadas hace dos semanas por el gabinete-- para impedir la difusión en Internet de materiales subversivos que dañen la reputación del gobierno, perjudiquen la reunificación con Taiwán o difundan cultos religiosos no autorizados.

Según un cable tempranero de Reuters, las autoridades de Pekín advirtieron a las empresas proveedoras de acceso y de contenidos que deben mantener un estricto registro del material y de los usuarios, y entregar tales registros a la policía cuando así se les requiera. Los servidores autorizados de Internet cuentan con un plazo de 60 días, a partir de ayer, para dar información detallada sobre sus negocios al Ministerio de Industria de la Información, y cualquier violación de esas disposiciones causará multa o clausura.

Este empeño policial por construir una réplica en el ciberespacio de la Gran Muralla puede ser exasperante, pero sobre todo es muy tonto. La esencia actual de Internet es la conexión entre computadoras de todo el mundo, lo que permite navegar entre páginas y sitios, intercambiar documentos y mensajes electrónicos (e incluso voz e imagen de video) y realizar procesos en línea. Una Internet cerrada al mundo no sólo es imposible sino que resultaría de tanta utilidad como una enciclopedia a la que se arrancaran todas las páginas que no hablaran de China.

Hoy en día el país de Mao cuenta con miles de nodos de Internet --que se multiplican a diario-- por los cuales los extranjeros podemos asomar la nariz a esa nación y los chinos, sacarla al mundo. Cualquier industria local que trate de exportar sus baratijas requiere de una página electrónica y de una cuenta de correo. Por fortuna o por desgracia, no es posible construir, con base en los microprocesadores y los sistemas operativos existentes, filtros ideológicos que rechacen las ideas perniciosas y dejen pasar sólo las órdenes de compra o las polémicas sobre álgebra. La ignorancia de las computadoras en materia de purezas ideológicas es tan grande como la de los gobernantes chinos en cuestiones de Internet.

Hace cuatro años el gobierno de Clinton, presionado por los legisladores republicanos, intentó imponer la llamada “Acta de la decencia”, una prohibición de difundir en Internet materiales considerados obscenos. La regulación fue desechada y olvidada luego que los primeros intentos de censura digital apuntaron a la página del Museo del Louvre --por las tetas desnudas de la Venus de Milo-- y al sitio de una organización dedicada a prevenir el cáncer de mama.

A los jerarcas chinos les quedaría la esperanza de la censura manual, de no ser porque, con los actuales volúmenes de intercambios y flujos de información, ningún proveedor de acceso a la red mundial puede prometer con honestidad el cumplimiento de las prohibiciones, pues ello implicaría un trabajo tan arduo como el que tendría que desarrollar una empresa telefónica para intervenir todas las líneas, grabar la totalidad de las conversaciones, analizarlas y dar aviso a la autoridad de cualquier plática sospechosa.

A veces el poder se pone nervioso y elabora regulaciones impracticables. Si además porfía en imponerlas emite, con ello, señales inequívocas de miedo.

19.9.00

Jerusalén


Al igual que otros mamíferos superiores, los seres humanos parecen ser una especie afecta a la delimitación territorial y a los fetichismos geográficos. Para respetar y desarrollar ese rasgo, probablemente genético, hay que estar inventando Estados nacionales constituidos, leyes territoriales, reglamentos inmobiliarios y códigos de conducta que determinan los límites entre los espacios privados y los comunes, entre los que pertenecen a un grupo o a varios y los que no son propiedad de nadie. En esta última categoría ya sólo quedan las aguas internacionales, la Antártida --aunque muchos países estén como buitres sobre ella-- y la Luna.

Pocos sitios de este planeta han estado exentos de suscitar desacuerdos y riñas entre tribus, países o bloques regionales. El control de algunos, como el Mar Egeo y Jerusalén, ha sido fruto de discordias milenarias que siguen vivas hasta la fecha. En el caso de la ciudad levantina, los cruzados arruinaron Europa en un empeño más bien necio por arrebatársela a los musulmanes. La cristiandad logró hacer realidad su capricho tras el colapso del imperio otomano, pero fue por poco tiempo. La conformación del Estado judío en la Palestina histórica y el fin del protectorado británico dejó a Jerusalén dividido en dos hemisferios --Jerusalén y Al Qods-- controlados, respectivamente, por Israel y Jordania. En 1967, en la Guerra de los Seis Días, las tropas israelíes se apoderaron de la parte oriental, echaron de ahí a miles de habitantes palestinos --cristianos o musulmanes-- y la urbe fue proclamada capital “eterna e indivisible” del Estado hebreo.

Ciertamente, las piedras sagradas de Jerusalén-Al Qods son difícilmente divisibles: el Muro de las Lamentaciones de los judíos está literalmente pegado a la Mezquita de la Piedra de los islámicos, y estas edificaciones, a su vez, a la Basílica del Santo Sepulcro compartida por todos los sabores del cristianismo.

El estatuto final de Jerusalén ha sido un obstáculo central en la pacificación de Medio Oriente. Los palestinos no están dispuestos a renunciar a su derecho de establecer, en la parte oriental de la ciudad, la capital de su Estado. Israel se niega a compartirla. Los cristianos de varias denominaciones insisten en participar de alguna forma en el gobierno de la ciudad y, en ese afán, el papa Juan Pablo II volvió a pedir hace unos días que ese gran supermercado espiritual que es el casco antiguo jerosolimitano sea puesto bajo control internacional.

Visto con un poco de distancia, el diferendo resulta un tanto pueril, porque su esencia puede reducirse a unas cuantas atribuciones municipales, como la organización de la circulación vehicular, de la recolección de basura, de la administración de los templos y el establecimiento de las rutas de tránsito para los peregrinos, penitentes y fieles de las tres religiones y sus respectivas sectas. En esa lógica, bastaría con pedir a un gobierno absolutamente neutral en la pugna entre Moisés, Jesús y Mahoma --como el de Mongolia o el de Tailandia-- que se hiciera cargo del paquete a cambio de una retribución por sus servicios.

Habría que pedir a israelíes y palestinos, en suma, que fueran capaces, por un momento, de actuar con una lógica de separación Iglesia-Estado, que desdramatizaran un poquito y que dejaran esa actitud “sobre mi cadáver”, a fin de permitir un arreglo razonable para la ciudad trisanta. A estas alturas del desarrollo plural y de la diversidad humana el conflicto jerosolimitano parece un berrinche de niños por la posesión de su juguete espiritual.

12.9.00

La bestia


Admiro sin reservas las formulaciones de Horst Kurnitsky que describen al mercado como un sistema de compensación de afectos y como una decisiva conquista civilizatoria, y que cito de memoria del libro Vertiginosa inmovilidad, editado el año pasado por Editorial Colibrí. Pero, por más esfuerzos que hago, no logro encajar en esas descripciones el comportamiento actual del mercado petrolero, que se comporta como una bestia estúpida y peligrosa que no sólo no le compensa a nadie nada sino que sus movimientos, sean en la dirección que sean, producen efectos más devastadores que Godzilla. Cuando las cotizaciones del crudo se van a pique ello se traduce en hambre para millones de ciudadanos de los países productores. En cambio, cuando se elevan por encima de cierto nivel, como ahora, generan una dolorosa caída en el nivel de vida de las naciones consumidoras, no todas ellas, por cierto, ricas y prósperas.

Hasta hace unos años la irracionalidad petrolera correspondía a la de una guerra: productores y consumidores se disputaban el control de los precios; los primeros los querían altos y decretaban boicots o recortes drásticos de la producción, mientras que los segundos pugnaban por hacerlos bajar y para ello buscaban fuentes y tecnologías energéticas alternativas, impulsaban la prospección y la extracción y establecían reservas estratégicas. La confrontación estaba condenada a dar vueltas sobre sí misma porque los vencedores de la coyuntura habrían de ser los derrotados al siguiente ciclo: en la medida en que las cotizaciones se fueran al suelo, la producción se desalentaría, se larvaría la escasez y ello encarecería, a la larga, el petróleo futuro; si, por el contrario, los precios aumentaban desmesuradamente, se aceleraría la investigación y la explotación de fuentes de energía distintas a los hidrocarburos fósiles, se establecerían mecanismos de ahorro energético y unos años después, con una demanda contraída, los productores no tendrían más remedio que comerse su petróleo o rematarlo casi a costo de producción, y vuelta a empezar.

Lo paradójico del momento actual es que la guerra productores-consumidores ha sido, en buena medida, superada, que unos y otros han caído en la cuenta que unos precios estables serían lo mejor para todo mundo, que tratan de imponerles un mínimo equilibrio y que no lo consiguen. Pese a los mecanismos de compensación --cotizaciones a futuro, reservas estratégicas, aumentos en las cuotas de la OPEP-- el mercado petrolero sigue comportándose como un animal imbécil y descontrolado, incapaz de detener o amortiguar su cabalgata hacia ninguna parte.

Un simple automovilista de un país productor no tiene manera de entender nada. Si no se logra detener la carrera ascendente de los precios, cada escala en la gasolinera le resultará más onerosa, sin contar que, más temprano que tarde, se provocará una recesión en las naciones industrializadas y él resolverá su problema porque se habrá quedado sin vehículo. Si se exagera en la reducción de las cotizaciones, su propio país entrará en dificultades y los precios locales se incrementarán, y él, de todos modos, se quedará sin auto.

Creo comprender los beneficios del mercado como un desarrollo histórico invaluable, resultado y génesis de procesos civilizatorios. Pero, al mismo tiempo, cuando leo sobre las tribulaciones que provoca en estos días el comportamiento errático de los intercambios de crudo, me pregunto si no habría manera de domesticar un poco al animal --sagrado, para algunos-- y moderar las adoraciones fanáticas a la libertad irrestricta de despedazar las economías.

5.9.00

El beato Mastai Ferretti


Giovanni Maria Mastai Ferretti nació en 1792, se sentó en la silla gestatoria con el nombre de Pío IX en 1846, 34 años más tarde se fue al Infierno de los soberbios y fue beatificado este último fin de semana por Juan Pablo II, su sucesor lejano y semejante.

Hasta antes del proceso, Pío IX ocupaba en la historia de los papas un sitial discreto: casi nadie en el Vaticano quería recordar que en su pontificado, el más largo de la historia, Mastai Ferretti enemistó a Roma con la modernidad decimonónica; practicó el antisemitismo como política regular; impuso el dogma de la infalibilidad ųla suya propia, se entiendeų; defendió con ferocidad sus menguantes poderes temporales; fue pionero, décadas antes de la Revolución Rusa, del anticomunismo vulgar ųese que descubre vínculos secretos e inconfesables entre los comunistas y la escasez de agua potable o la proliferación de minifaldasų; antepuso, al desarrollo social, científico y tecnológico, dogmas del medioevo; denostó todos los cultos no católicos, cristianos o no, y le causó, con todo ello, un tremendo daño a su propia Iglesia. Habrían de pasar dos décadas desde la muerte de Pío IX para que el Vaticano pudiera empezar, con la encíclica De Rerum Novarum, de León XIII, a ponerse al corriente en las transformaciones mundiales. Pero las inercias de semejante empujón al pasado no fueron superadas de manera sustancial sino hasta el Concilio Vaticano II y, de alguna manera, perduran hoy en día.

Parece ser que Mastai Ferretti llegó al trono pontificio con una mentalidad moderna (es decir, decimonónica), pero que se asustó con las convulsiones políticas de Europa y con la unificación de Italia, la cual se tradujo en la reducción del poder papal al terreno de lo simbólico. Su reacción fue denunciar la separación de la Iglesia y el Estado como un invento de Satanás, arremeter contra la libertad de conciencia y religión, abominar la educación laica, demonizar las ideas democráticas, concentrar a los judíos de Roma en un gueto e incluso arrebatar uno que otro niño judío a sus padres para educarlo en la fe católica. Este último hecho es conocido por todos los historiadores, excepto por monseñor Carlo Liberati, de la Congregación para las Causas de los Santos, quien asegura que Pío IX fue un protector amantísimo de la judería romana.

En momentos en que Europa larvaba las instituciones seculares en las que habrían de convivir religiones, idiomas y visiones del mundo diferentes, así como los regímenes de democracia representativa que, para bien y para mal, la caracterizan, el tal Mastai Ferretti fue una verdadera calamidad para los católicos y para las sociedades en general. Pero también al interior de la Iglesia católica dejó una impronta de intolerancia, totalitarismo y arbitrariedad que ha sido señalada por teólogos como Hans Küng, Edward Schillbeeckx y Jon Sobrino, quienes se opusieron a la beatificación señalando que el beneficiario “impidió a los teólogos un honrado descubrimiento de la verdad, imponiéndoles juramentos”, despreció los métodos colegiados, estableció en el Vaticano un sistema absolutista “cuya influencia autoritaria habrían de padecer durante mucho tiempo innumerables católicos”.

La beatificación de Pío IX por Juan Pablo II sugiere, por lo demás, una identificación de Wojtyla con Mastai Ferretti en materia de actitudes ante la modernidad. El afán obsesivo ųy estérilų del decimonónico por preservar el imperio terrenal de la Iglesia católica recuerda el empeño, igualmente febril ųe igualmente infructuosoų del actual pontificado por uncir las conciencias y los comportamientos personales a dogmas medioevales. Al beatificar a su antecesor remoto, pero semejante, el actual pontífice se mira en el espejo, y se solaza en ello.

29.8.00

Nota para un hombre de bien


He recibido con consternación, señor Ricardo Miguel Cavallo, la noticia de su arresto, motivado en lo que parece un malentendido y una confusión de personalidades. Me tranquiliza, sin embargo, la actuación conforme a derecho de las autoridades mexicanas y el pleno respeto a la integridad física y moral de usted, y el que le hayan permitido ejercer los derechos y las garantías que la ley le otorga.

Tal vez sea un pobre consuelo, señor Cavallo, pero no todas las personas que se ven envueltas en problemas con las autoridades tienen la misma suerte. Mire, para no ir más lejos, en Argentina, su país de origen, hace un cuarto de siglo, una dictadura militar emprendió una campaña de exterminio de opositores políticos.

En ese contexto, la Escuela de Mecánica de la Armada, ESMA, fue habilitada como campo de concentración, tortura, asesinato y trabajo esclavo. Tal vez usted, que curiosamente perteneció a la Armada, haya oído hablar de la ESMA. Ahí no se respetaba la integridad de las personas ni se les otorgaba ninguna clase de garantías como las que usted disfruta hoy, en su arresto precautorio en el Reclusorio Oriente. De los más de 4 mil detenidos-desaparecidos que fueron llevados a la ESMA, sobrevivieron poco más de cien. Y no se trataba de terroristas y sediciosos: eran, en su inmensa mayoría, sindicalistas, maestros, amas de casa, estudiantes, gente pacífica que no estaba de acuerdo con el régimen. Incluso algunas madres que buscaban a sus hijos desaparecidos fueron a parar a la ESMA, en donde se les torturó salvajemente; una de ellas, al menos, fue asesinada.

Varias mujeres embarazadas fueron ejecutadas después de dar a luz y los encargados del lugar regalaron entre sus amistades a los bebés, como si hubiesen sido cachorros de perro. Los secuestrados pasaban semanas o meses en el área de tormento, en donde eran pateados, apaleados, violados, sometidos a descargas eléctricas, asfixiados, mutilados. Algunos fueron posteriormente reubicados en zonas en las que se les obligó a trabajos forzados. Pero la gran mayoría fueron sedados, subidos en aviones y arrojados al mar.

En la ESMA, señor Cavallo, la Armada a la que usted perteneció causó muchos más muertos argentinos que las fuerzas inglesas en la guerra de las Malvinas, cuando los marinos de su país se quedaron en tierra, movidos por un exceso de precaución difícilmente compatible con el pundonor militar. Mientras los gurkhas despedazaban a un puñado de reclutas famélicos y con los testículos congelados por el hielo de las islas, mientras algunos solitarios pilotos argentinos se jugaban el pellejo tirando sobre la flota británica bombas que no estallaban porque habían sobrepasado su fecha de caducidad, los efectivos de la Armada secuestraban, torturaban y ejecutaban, en la seguridad de tierra firme y con la cobertura de identidades falsas, a hombres indefensos, a adolescentes aterrados y a mujeres embarazadas, y rifaban entre sus amigos los cachorros huérfanos.

Entre los principales operadores de tales atrocidades destacaba por su sadismo un tal Miguel Ángel Cavallo, quien se hacía llamar Sérpico. Usted es un hombre de bien y dudo que alguna vez haya adoptado ese seudónimo estúpido y de mal gusto para ocultar su participación en crímenes de lesa humanidad. Pero fíjese, qué coincidencia: aquel asesino tenía un nombre y un apellido en común con usted, físicamente se le parecía mucho y, para colmo, el número del pasaporte que usted posee era el mismo que el carnet de identidad del criminal de marras. Claro que usted, según ha declarado, es el honorable director del Renave (con licencia) y no tiene nada que ver con Miguel Ángel Cavallo. Tal vez en aquella época, usted, Ricardo Miguel Cavallo, pasaba su tiempo dando mantenimiento a los barcos, o rescatando náufragos, o comisionando en la agregaduría naval en Mongolia.

Por fortuna, señor Ricardo Miguel Cavallo, la humanidad ha guardado una documentada memoria de la infamia y no será difícil establecer la verdadera identidad del delincuente con el que lo han confundido y al cual le espera una sanción penal acorde a sus crímenes. He escrito este mensaje para manifestar de alguna manera mi compasión y mi simpatía con las víctimas del asesino y para desear que pronto se aclare el equívoco, porque usted dice ser un empresario honorable y pacífico, en tanto que Miguel Ángel Cavallo, alias Sérpico, es, a todas luces, un hijo de puta.