21.5.02

Buenos días, Loro Sae


En la madrugada del domingo nació Timor Oriental como nuevo integrante de la comunidad de naciones. El viejo luchador independentista Xanana Gusmão fue investido presidente del nuevo Estado en una ceremonia en Dili, a la que asistieron también la mandataria indonesia, Megawati Sukarnoputri, el ex presidente Bill Clinton y el secretario general de la ONU, Kofi Annan, quien en ciertas ocasiones de fiesta unánime logra incluso hilvanar discursos emotivos.

Hay que recordarlo: la isla completa, situada entre los paralelos 8 y 10 y entre los meridianos 123 y 127, entre los océanos Índico y Pacífico, tiene 470 kilómetros de largo por unos 110 de ancho en su parte más gruesa, y una superficie de 32 mil 350 kilómetros cuadrados de los cuales 19 mil corresponden a su porción oriental. 19 mil 152, para ser precisos, si se agregan los islotes de Ataúro y Jaco. La porción occidental de la isla corresponde a Indonesia, mientras que la nueva patria se asienta en la porción oriental. En Malayo, “timor” significa, precisamente, oriente, y ante ese pleonasmo más vale pronunciar el nombre del país en tetum, el idioma local: Loro Sae.

Es un país pequeño, paupérrimo y escasamente poblado: 800 mil habitantes, desempleo de 70 por ciento e ingreso per cápita promedio de 55 centavos de dólar al día. Sus herencias coloniales destacables son el portugués sonoramente amestizado con las lenguas locales, el catolicismo mayoritario y los diez muertos por kilómetro cuadrado que dejó la última y delirante fase de la prolongada ocupación indonesia (1975-1999) que siguió a la salida de la isla de las tropas de Portugal tras la descolonización.

A partir de la invasión indonesia, el Consejo de Seguridad y la Asamblea General de la ONU emitieron varias resoluciones pidiendo el fin de la ocupación, pero ninguno de los gobiernos poderosos hizo nada para aplicarlas. Tal vez las cosas habrían seguido el curso invariable del exterminio (Timor Oriental tenía 600 mil habitantes en 1975, y de entonces a la fecha los ocupantes le han asesinado 200 mil). Pero el 12 de noviembre de 1991 las tropas de Suharto abrieron fuego contra los asistentes al funeral de Sebastião Gomes, un presunto miembro de la resistencia timoresa asesinado la víspera. 271 personas murieron en el lugar. Hubo 382 heridos y otros 250 “desaparecidos”, quienes, de acuerdo con testimonios de sobrevivientes, fueron arrestados y rematados a pedradas, o mediante la inyección de sustancias letales, en el interior de un hospital militar.

El mundo estaba ocupado en cosas más importantes (fue el año de la guerra contra Irak y el de la disolución de la URSS) y acaso no habría prestado mucha atención al suceso, pero entre los heridos había dos periodistas estadunidenses (Alain Nairn y Ami Goodman) que vivieron para contarlo. Quien tenga el hígado fuerte puede encontrar fotos y fragmentos de video de la matanza en el servidor de la Universidad de Coimbra. La noticia llevó al Congreso de Estados Unidos a suspender la ayuda militar a Indonesia y, en general, introdujo una dosis de vergüenza y sentimientos de culpa en las hasta entonces impasibles cancillerías de Occidente. También contribuyó a la difusión del drama timorés el Premio Nobel de la Paz otorgado en 1996 al obispo Dom Ximenes Belo y al dirigente maubere José Ramos Horta. Pero no fue sino hasta la caída de Suharto, en 1998, que se abrió una perspectiva real de solución para la autodeterminación del país negado.

En 1999, las tropas indonesias y sus grupos paramilitares perpetraron la última matanza (documentada por Amnistía Internacional), el mundo tomó cartas en el asunto y se envió una fuerza internacional a proteger a los timoreses y a organizar el referéndum de independencia y las elecciones generales. Fue una historia de éxito, como lo ha sido la de Namibia, y como no han podido serlo todavía las de Palestina y la República Árabe Saharaui. Pero Timor está apenas en el principio. Ahora deberá resolver el desesperante acertijo del desarrollo, de la consecución de niveles de vida decorosos y de la integración en la intemperie de la globalidad salvaje y depredadora. Ojalá que lo consiga. Buenos días, Loro Sae.

14.5.02

Infancia


A la larga, el cuidado de las crías hizo la diferencia entre los reptiles, ovíparos, y los mamíferos, vivíparos. Un hecho así de elemental, una discriminación básica entre las perspectivas de sobrevivencia y las de extinción, habría podido animar los trabajos de la sesión especial de Naciones Unidas en favor de la infancia que tuvo lugar la semana pasada en Nueva York, encuentro lucidor que reunió una apreciable masa de liderazgo mundial. Pero, a juzgar por los resultados, la humanidad no tiene ni instinto ni conciencia sobre el cuidado de sus cachorros, ha perdido interés en la viabilidad (hay cosas mucho más importantes, como mantener a raya la inflación y combatir el terrorismo) y sus dirigentes mundiales son estúpidos: los anima principalmente el afán de asegurar la transferencia de sus sillones de cuero y de sus camionetas blindadas --vehículos de doble tracción que fatigan de manera absurda el pulido asfalto de los centros de convenciones-- a sus propios nietos y bisnietos; creen que con ello asegurarán la persistencia de sus genes. Pero hablan en nombre de la humanidad y, deliberadamente o en virtud de una extrema inocencia, creen que sus propias familias y sus respectivos círculos sociales constituyen el conjunto de la especie.

Si las cosas siguen como van, los bisnietos burgueses de Kofi Annan, de Vicente Fox, de Alejandro Toledo, de la reina Sofía y de Bill Gates, entre otros de los invitados ilustres en Nueva York, sobrevivirán cercados por millones y millones de descendientes de los niños soldados, los niños sexoservidores, los niños famélicos, los niños sidosos, los niños drogadictos y los niños de la calle del presente. Los estadistas, funcionarios, empresarios y nobles que se dieron cita en el encuentro para ponerle sonrisitas de conejo a los problemas contemporáneos son responsables, por omisión, de una fractura de la especie en una vicemanada de bebés rosáceos, regordetes y tecnocráticos, por un lado, y, por el otro, en una horda gigantesca de tarados miserables. Unos y otros heredarán el mundo que habitamos y tendrán que compartirlo y convivir, y aquello será un infierno.

Las responsabilidades de la vida privada no pueden deslindarse --no del todo-- de las obligaciones sociales. Uno puede meter el dedo en un tarro de miel y después chupárselo, y sentarse a imaginar a su propia familia instalada en el bienestar logrado con el esfuerzo de toda una vida. Pero, del otro lado de la barda del jardín (mira qué lindas bugambilias, imbécil), acecha el resto de la especie. No siempre con rencor, no necesariamente con facturas personales, pero sí con todas las no resueltas miserias materiales y espirituales, lista para aplicar las leyes de la termodinámica y a disipar el calor en una vastedad de frío, a enfriar lo caliente, a compensar, a tejer de manera vertiginosa vasos comunicantes insospechados entre la opulencia y la carencia, entre el convento y el burdel, entre la crema contra las arrugas de la tía rica y las llagas expuestas del mendigo.

Pero ante esa perspectiva los asistentes al encuentro de Nueva York se conformaron con esbozar sonrisitas de conejo y con redactar una maravillosa carta a Santa Claus. Son, pues, responsables por omisión de permitir la persistencia de los infiernos creados por la humanidad para todos sus cachorros. Podrán esgrimir toda clase de pretextos para explicarle al mundo su manifiesta ineptitud --la precariedad de los consensos, el gradualismo obligado de las acciones, el realismo responsable que justifica el no hacer nada-- pero en el fondo saben que han fallado, que les han fallado a sus hijos, a sus nietos, a los bisnietos de sus prójimos y a los descendientes más lejanos de todo mundo, y que son por ello, tomados en conjunto o uno por uno, una impresentable vergüenza.

30.4.02

Danielle Shefi


Ariel Sharon logró su propósito de matar a buena cantidad de palestinos. Algunas de las ocupaciones documentadas de los muertos eran: terroristas, panaderos, inválidos desempleados, amas de casa, niños, enfermeras y deficientes mentales. También consiguió evitar que la ONU constate los crímenes de lesa humanidad cometidos por sus fuerzas armadas en Jenin, Ramallah y otras localidades.

Yasser Arafat consiguió su objetivo de salir de su cuartel general destruido y de volver a su vida ajetreada y emocionante en las reuniones internacionales, a sus funciones de jefe de Estado ?aunque el Estado en cuestión haya quedado reducido apenas a algo más que unas ruinas humeantes y una horda de sobrevivientes misérrimos, dolientes y humillados? y a sus sesiones de fotos tomado de la mano de cuanto presidente se cruce en su camino.

Dos criminales palestinos, vestidos con uniformes del ejército israelí, y disfrazados ante sí mismos de mártires patrióticos, consumaron su designio de asesinar a la mayor cantidad posible de civiles judíos --hombres, mujeres y niños-- y lograron, además, la recompensa insólita y excepcional de escapar con vida del lugar del crimen.

Danielle Shefi, en cambio, no pudo cumplir con los objetivos que suelen ser comunes a todas las niñas de seis años: crecer, ganar masa corporal, alcanzar la pubertad y la adolescencia, llegar a la vida adulta y pasar por amores, estudios, hijos y mascotas, tener algo de dinero, tal vez un piano, seguramente una computadora.

Danielle Shefi era israelí, tenía seis años, vivía en el asentamiento judío de Adora, cerca de Hebrón, implantado a sangre y fuego en tierras árabes, y la muerte le llegó junto con otros tres colonos del enclave, cuando dos criminales palestinos decidieron hacer, con unos civiles aterrorizados, lo que las tropas de Sharon han venido haciendo en Ramallah, en Belén, en Tulkarem, en Nablus, en Jenin: asesinar gente casi siempre inerme y casi siempre inocente. Así murió Salwa Hassan, hace tres semanas en Rafah, y así han muerto docenas de niños israelíes y palestinos, en una guerra particularmente estúpida, que se alimenta a sí misma y que no va a detenerse por más que Sharon logre sus propósitos homicidas del momento, Arafat consiga su ansiado pasaporte de vuelta a los cocteles y dos criminales de filiación política y religiosa incierta, pero seguramente palestinos, se sientan invadidos por el gozo enorme y pueril de haber dado muerte a cuatro de sus opresores, uno de los cuales resultó ser una niña de seis años.

Con esos cuatro homicidios de Adora, los terroristas pueden estar seguros de haber dado a Sharon razón política suficiente para destruir más viviendas palestinas con todo y sus habitantes adentro. Con el arrasamiento de Jenin y las atrocidades cometidas en otros puntos de Cisjordania, el gobernante israelí puede contar con que ahora mismo, entre los escombros de las casas destruidas, entre almohadas destripadas, pedazos de muebles domésticos y manchas de sangre seca, una nueva generación de terroristas se prepara para realizar nuevos y abundantes atentados contra civiles israelíes.

Daría casi cualquier cosa por persuadir a mis amigos israelíes y judíos de que Ariel Sharon no es su Winston Churchill, sino su Slobodan Milosevic, y que el hombre está causando a Israel y a los judíos un daño incalculable. Naomi Klein acaba de señalar, con lucidez dolorosa, que “...cuando el antisemitismo crece, al menos en parte como resultado de sus acciones, es el propio Sharon el que de nuevo recolecta los dividendos políticos”.

Por ahora me conformo con escribir dos nombres propios, uno al lado del otro, con la esperanza absurda de encontrar, en medio de la injusticia y la barbarie, un mínimo vínculo de hermandad, aunque sea el de la muerte: Danielle y Salwa. Salwa y Danielle.

23.4.02

Jenin no existe


Todo lo que se ha publicado sobre el campo de refugiados de Jenin es mentira y no hay evidencias que lo demuestren. No hubo masacre de palestinos, no tenemos nada que ocultar, dijo a la prensa, el jueves de la semana pasada, Rafi Laderman, portavoz oficial del ejército israelí, frente al montón de escombros sazonado con trozos de carne humana.

Jenin no existe, y Saramago y Soyinka padecen un exceso de imaginación literaria; Jenin no existe, y los enviados de la ONU han sido comprados por el petróleo de los árabes; Jenin no existe, y la prensa del mundo se volvió antisemita de la noche a la mañana; Jenin no existe, y las fotos de los muertos son una adulteración de la realidad lograda gracias a la magia de Photoshop; Jenin no existe, y quien sostenga lo contrario es racista y desea la extinción del Estado de Israel; Jenin no existe, y quien diga otra cosa es partidario del terrorismo internacional y enemigo de la democracia.

“Jenin no existe”, gritan a coro los funcionarios del gobierno israelí, desde los que, como Ariel Sharon, llevan un fusil de asalto metido en el sistema nervioso, hasta los predicadores de la paz, como Shimon Peres, quien parece convencido de que la fundación de un Estado palestino pasa obligadamente por el previo exterminio de sus habitantes. “Jenin no existe”, dice toda la maquinaria de relaciones públicas del Estado de Israel, fundado para la salvación de un pueblo y hoy convertido en una bien aceitada máquina para la destrucción del otro.

“Jenin no existe”, explican, señalando el mapa, George Bush y Colin Powell y Condoleezza Rice. Aquello fue una alucinación colectiva del mundo, un mal sueño de los izquierdistas, una indigestión de los que pregonan el apocalipsis. En cosa de semanas, de meses a lo sumo, la humanidad se habrá repuesto de esa pesadilla y de su olor a carne humana chamuscada y podrá despertar a una hermosa realidad de pláticas de paz en salones con aire acondicionado, botellas de agua mineral y banderitas impecables. Puros delirios del antisemitismo, las imágenes de casas demolidas a punta de misiles y disparos de tanque, con todos sus habitantes dentro --pinche abuela terrorista, pinche bebé terrorista-- volverán al imaginario colectivo del que nunca debieron salir, y podremos quitarnos de la cabeza esa idea horrenda de que el Estado de Israel es culpable de genocidio, y que en esa culpa le acompañan, por aplauso o por omisión, los gobiernos de eso que se llama a sí mismo “mundo civilizado”.

Supongamos, sin conceder, que haya sido excesiva la comparación entre Auschwitz y lo que las tropas israelíes han perpetrado en estas semanas en los asentamientos palestinos. Pero ahora, sobre el ripio maloliente de lo que fue Jenin --y que ya quedamos que no existe, ni existió nunca, así que no importa--, el gobierno de Israel proclama que todo lo ocurrido son mentiras, y uno recuerda que, en el discurso neonazi, Lídice no existió nunca, los aviones de la Luftwaffe dejaron caer flores sobre Gernika, y Dachau y Auschwitz eran, en realidad, centros de beneficencia. La enorme diferencia, en todo caso, es que las atrocidades del Tercer Reich son verdades lacerantes pero históricas, documentadas y probadas, y que, en cambio, Jenin, con sus cientos de muertos, con sus abuelas despellejadas y sus bebés destripados, con la peste de los cadáveres en plena calle, con sus ambulancias reventadas por los helicópteros, con sus tomas de agua balaceadas y sus camas incendiadas, Jenin, pues, el que todos vimos en la tele y los diarios, ese Jenin martirizado y símbolo mundial de ahora en adelante, no existe.

16.4.02

Mohammed Abed Ar'ouf


Conocido entre sus fieles palestinos por el seudónimo de Abu Amar, Yasser Arafat ha estado viviendo muy cerca de la muerte. En su despacho de Jerusalén, Ariel Sharon lanzó al aire una moneda. Si caía olivo, tendría que permitir que el viejo líder palestino viviera; si caía calavera, ordenaría el bombardeo final de lo que queda del cuartel general de la Autoridad Nacional Palestina en Ramallah. Los misiles de los helicópteros Apache y de los aviones Fighting Falcon, y los proyectiles de los tanques Merkaba tienen una enorme capacidad de destrucción. Es poco probable que el organismo llamado Arafat, y quienes lo rodean, sobrevivieran a un ataque masivo con esas armas. Esta disyuntiva de Sharon no ha terminado, a pesar de la visita de Colin Powell y aunque el ejército ocupante esté permitiendo, en un rasgo de graciosa piedad, el levantamiento de los cadáveres que ya apestan en las calles de las aglomeraciones palestinas. Por ahora Arafat sigue vivo, aunque la paz de Oslo esté muerta.

El cerco de Ramallah puede quedar sólo como una más de las circunstancias extremas de las muchas por las que ha pasado este hombre bajito, simpático y feo que parece tener más vidas que un gato y más biografías divergentes que Cristóbal Colón, y cuya zigzagueante y larga carrera política resume varios asuntos cruciales que marcaron la segunda mitad del siglo pasado: la liberación nacional, el nacionalismo, la lucha armada, el terrorismo, la democracia, la corrupción, la cooperación internacional, la negociación, las alianzas con el extinto bloque socialista y con los aún vigentes movimientos político-religiosos emanados del Islam.

Muy pocos ciudadanos del mundo, quizá ninguno, aparte del propio Arafat, podrían ostentar semejante currículum: estudiante exiliado, ingeniero en Kuwait, guerrillero y combatiente clandestino (no más ni menos terrorista, en su pasado, que Sharon, Rabin, Begin y que el propio Peres), orador en la Asamblea de la ONU, premio Nobel de la Paz, presidente y, de vuelta, combatiente acorralado por los tanques. Pocos como él, salidos de la nada, han conseguido tanto: la conformación, en la resistencia, de una identidad nacional, el acceso a los grandes foros mundiales, la legitimación de la causa palestina, la firma de la paz y el retiro de las tropas israelíes de Gaza y Cisjordania. Ninguno como él para sobrevivir a pérdidas y derrotas tan aplastantes: la ocupación de Cisjordania y Gaza en 1967, la masacre de palestinos en septiembre de 1970 en Jordania, la expulsión de Líbano, en 1982, en medio de un enfrentamiento fratricida entre facciones palestinas, y ahora, en un nuevo siglo, la reocupación de las tierras ancestrales por el enemigo de siempre.

Quienes lo aborrecen lo tachan de criminal sanguinario y carente de escrúpulos. Sus incondicionales --palestinos o no-- lo tienen por símbolo máximo, y casi sagrado, de la nación palestina y, en general, de la lucha de los oprimidos y los condenados de la tierra. Los fanáticos islámicos y los radicales laicos le critican su disposición a las concesiones y su renuncia a destruir Israel. Quienes pretenden verlo con objetividad le admiran su tenacidad y su heroísmo y le reprochan la corrupción y el burocratismo de las instituciones palestinas.

En medio de todos, en el centro del interés mediático mundial --así en la paz como en la guerra, así en la victoria como en la derrota--, Arafat sigue siendo un enigma. ¿Qué estará pensando el viejo líder en estas horas amargas, rodeado de muertos y de escombros, pero física y políticamente vivo a fin de cuentas?

9.4.02

Salwa Hassan


El sábado pasado en la localidad de Rafah, en la franja de Gaza, los soldados de Israel, en ejercicio del legítimo derecho a la defensa de su integridad física y de su país (por algo el operativo se llama Muro defensivo), mataron a balazos a una peligrosa terrorista palestina de nombre Salwa Hassan.

Fue sólo un incidente en la vasta carnicería que tiene lugar en Medio Oriente en los días que corren, pero de esos pequeños episodios se nutre la inmensa victoria política, moral y militar que está forjando el primer ministro israelí, Ariel Sharon, en su guerra contra el terrorismo palestino y en su determinación por acabar de raíz con el eje del mal en su versión de los kamikazes sangrientos que pululan por Ramallah, Nablus, Belén y Gaza. No hay mejor manera de impedir un atentado que matar a su autora potencial cuando ésta acaba de cumplir seis años, como era el caso de Salwa, aflojar un poco la censura de prensa y procurar, de esa forma, que el cuerpo flácido de la enemiga sea exhibido en los medios del mundo por las agencias de prensa: un escarmiento redondo.

Sería injusto, dicho sea de paso, negarle al gobierno de Estados Unidos --que ha aceptado incorporar esa matanza como un capítulo (o un frente) más de su guerra mundial contra los malvados-- su crédito y su mérito en esa pequeña, pero significativa, victoria contra el terrorismo.

El discurso oficial sostiene que esta actividad criminal es dirigida, en la región que nos ocupa, por un hombre de más de 70 años, privado de comida, agua, luz eléctrica, telecomunicaciones y escapatoria, que deambula como un fantasma de sí mismo por las ruinas y corredores derrumbados de su cuartel general, y cuya silueta triste está siempre en las miras infrarrojas y en los apuntadores láser de los soldados israelíes que rodean el sitio. Esa versión, un tanto metafísica, ha empezado a perder adeptos. Parece más lógico suponer que el ectoplasma de Yasser Arafat ha migrado a todos y cada uno de los palestinos que aún permanecen vivos. Tal vez por eso, los ocupantes de Ramallah han perdido interés en cobrar la vida del viejo dirigente y se concentran, ahora, en exterminar a cuanto ser viviente se encuentran por las calles o en el interior de los hogares.

Independientemente de que Arafat se encuentre, o no, a la cabeza del terror, las tropas de Israel están haciendo el milagro de la multiplicación de los terroristas. Esta ocupación es, en realidad, una cuidadosa y programada siembra de odio en el corazón y en los ojos de cada habitante de Belén, Tulkarem, Ramallah, Rafah, Jenín, Jericó y otros nidos de agresores. La apuesta de Sharon es a largo plazo: las muertes de hoy en las tierras palestinas son semillas de nuevos atentados kamikazes en los que morirán más ciudadanos de Israel, y esos ataques habrán de justificar, a su vez, una nueva cosecha de cadáveres de terroristas niños, adultos y ancianos, en un mes indeterminado del año que viene.

En el léxico político de estos tiempos se recurre a la zoología para expresar atributos, cualidades o defectos de los dirigentes. Pero las palomas y los halcones, a diferencia de los humanos, no prestan atención a las fotos que se publican en los diarios ni experimentan, ante ellas, emociones específicas. Los terroristas palestinos, equívocamente calificados de “bestias”, no alcanzan a ver en los diarios o en la tele los cuerpos despedazados de sus víctimas inocentes ?niños como Salwa Hassan, entre ellas? porque, para cuando las imágenes de sus crímenes llegan a los medios, los cadáveres de los responsables ya forman parte de la escena.

Sharon tampoco es una bestia, ni un halcón ni una paloma, sino un ser humano. Pero él, a diferencia de sus enemigos acérrimos, vive para mirar la foto de una niña palestina muerta con balas de grueso calibre. ¿Y qué le ocurre, entonces? ¿Se compadece, aprieta la mandíbula y decide seguir adelante? ¿Se regocija en secreto porque ha librado a su pueblo de un peligro? ¿Se felicita por el dolor causado a los familiares? ¿Experimenta una excitación sexual que ninguna otra circunstancia puede ya brindarle? ¿Logra un orgasmo? ¿Mancha su traje de primer ministro? 

2.4.02

La gelatina


Uno de los rasgos más extraños y desesperantes de la dolorosa guerra florida (es decir, tácitamente acordada) entre el asesino que gobierna Israel y los asesinos que dirigen las facciones terroristas del bando palestino es la enorme diferencia de medios y recursos bélicos: el ejército de Tel Aviv tiene a su disposición aviones supersónicos, helicópteros artillados, tanques y misiles tierra-tierra, entre otras cosas, para descuartizar niños y ancianos de Ramallah, Belén y Tulkarem. Los terroristas del integrismo sólo cuentan con reclutas rabiosos y enajenados para enviar sus cargas explosivas contra los cuerpos inermes de niños y ancianos de Jerusalén, Haifa y Netanya.

Los carísimos artefactos bélicos de Sharon y los kamikazes de Hamas y demás fundamentalistas son, a fin de cuentas, igualmente eficaces y cumplen su tarea de muerte y destrucción con la misma capacidad, pero eso no elimina la vasta desigualdad entre un Estado constituido y formal, mundialmente reconocido y que cuenta con el respaldo incondicional de la máxima potencia bélica, financiera, comercial, tecnológica y política del mundo, y una tribu de desesperados y miserables que nacieron entre gases lacrimógenos, crecieron viendo morir a los suyos y atestiguando la destrucción de sus hogares y el saqueo de sus tierras, y que viven, hasta su muerte prematura, sagrada y estúpida, bajo una circunstancia de opresión absoluta.

Si no fuera tan humillante (y, por ende, tan trágico de consecuencias), casi daría risa el contraste entre el poderío militar de Ariel Sharon y la indefensión casi absoluta de Yasser Arafat, orillado a sobrevivir como rata entre los escombros de su cuartel general en Ramallah, sobre todo si se piensa que, en el terreno de las formalidades, ambos se han sentado a la mesa de negociaciones en pie de dignatarios. En este punto del acoso y el aplastamiento, si el gobierno de Israel creyera en sus propias acusaciones contra el líder palestino, técnicamente no tendría ningún problema para liquidarlo físicamente ni para capturarlo vivo y meterlo en una celda. Da la impresión, por ello, de que Sharon carece de ideas para enfrentar esta coyuntura, o bien que encuentra en ella un intenso deleite.

En esta desigualdad aterradora hay, sin embargo, un par de elementos de simetría que no habría que pasar por alto. El primero es que, con todo y la abrumadora superioridad israelí, el gobierno de Tel Aviv es tan incapaz de proteger a su población civil de los atroces atentados terroristas como la Autoridad Nacional Palestina (ANP) de defender a la suya de las criminales incursiones militares enviadas por Sharon. El segundo consiste en que las instituciones de Israel y la ANP tienen un grado de control muy parecido --es decir, ninguno-- sobre las expresiones más violentas de sus respectivas organizaciones. Eso quiere decir que Sharon no puede (y probablemente no quiera) garantizar la vida de los habitantes de los territorios palestinos, de la misma manera que Arafat no tiene la menor posibilidad de incidir (lo quiera o no) en la seguridad de los ciudadanos de Israel. La única diferencia en este punto es que el jefe de la ANP aún condena, con lo que le queda de respiración, y sólo Dios sabe si con sinceridad, los cruentos atentados de Hamas y compañía, en tanto que Sharon se esfuerza por justificar y legitimar las matanzas de palestinos a manos del ejército israelí. Pero se ha llegado a la guerra total y ese pequeño matiz carece ahora de relevancia.

En los tiempos que corren la conclusión es de una obviedad casi insultante: ni Israel ni Palestina están en condiciones de mantener vivos a sus respectivos habitantes --ya no se diga a los del odiado vecino--, y ese dato debiera bastar y sobrar para que la gelatina llamada “comunidad internacional” actuara en cualquiera de sus advocaciones (ONU, Unión Europea, OTAN, la que gusten) y enviara a la región una fuerza militar capaz de cuidar a israelíes y palestinos de sus adversarios, y hasta de sí mismos. La negativa a emprender una acción semejante o su postergación indefinida (esperar, por ejemplo, a que la cuota diaria de bajas llegue a un número cualquiera seguido de dos o tres ceros) es tan criminal como los helicópteros artillados de Sharon o las bombas humanas de Hamas. Pero la llamada “comunidad internacional” es una especie de gelatina, en ella las responsabilidades de Estado se diluyen sin problema y los golpes se absorben entre toda la masa, y es probable, por ello, que los jefes de Estado y de gobierno de Europa occidental, el bobalicón y simpático Kofi Annan y demás representantes de la Civilización, sigan departiendo en hermosos encuentros mientras israelíes y palestinos se sacan las tripas unos a otros.

26.3.02

Pasión


Ahora nos acercamos al punto en que Jesús se dirige irremisiblemente al Calvario. Pobre hombre: ni su caridad, ni su amor infinito, ni su arrogancia --documentada con tanta precisión por Bertrand Russell-- conseguirán salvarlo de morir clavado, como mariposa de coleccionista, sobre un madero basto. Quieren los cristianos que ese hecho simbolice el sacrificio universal, la entrega al prójimo y la salvación de la especie pero, también, la semilla de maldad y ceguera en el fondo de los humanos que condujo a algunos de ellos a juzgar y condenar a Dios mismo. La luz de la redención y la expiación, enfrentada a la oscuridad del pecado y el deicidio forman el claroscuro emblemático de estos días santos, representado en el eclipse de sol que, según esto, se produjo en el momento de la crucifixión. En virtud de un claroscuro idiomático semejante, la palabra pasión, indicativa en sus orígenes de padecimiento, se haya convertido en nuestra era cachonda y sensorial en sinónimo de placer --pasión laboral o amorosa-- y hasta de estupidez --pasión por la moda o por los espectáculos televisivos--. Hoy, el vocablo que designa el gozo de cualquier filatelista o numismático por sus respectivas colecciones es el mismo que se emplea para recordar el sufrimiento postrero de Jesús. Pobre hombre.

Los vacacionistas se encaminan a los embotellamientos carreteros con la misma significación de padecimiento con la que Jesús marcha al Huerto de Getsemaní, aunque con mucho menos sentido de la trascendencia. Por eso, la enorme mayoría de ellos volverá sana y salva a sus hogares, mientras que el Hijo del hombre ha de permanecer, por los siglos de los siglos, desdoblado en condiciones contradictorias y paralelas: clavado a su madero, como lo pasean hasta la fecha los dignatarios católicos, con cierta crueldad en la exhibición, y residente en los Cielos, a la Diestra del padre, entre elegidos y bienaventurados, como no lo representa nadie. Pobre hombre.

Durante la Colonia, las autoridades peninsulares decidieron eximir a los americanos de la obligación de la cuaresma, porque les pareció que era demasiada crueldad prohibir la carne y condenar al pescado --un alimento execrable, a lo que puede verse-- a pueblos que de suyo se morían de hambre. Así, el simbolismo de la abstención se confinó, en nuestras tierras, a los viernes de cuaresma. Pero en estas latitudes y en estas épocas la ingesta de frutos del mar en los altiplanos de América es un lujo y un riesgo --porque la calor pudre hasta al más ágil de los peces--, además de un negocio basado en el placer de los paladares. Pedro, el pescador, lograría colarse en la lista de Forbes a costillas de su amado Maestro; pobre hombre.

En las tierras santas donde transcurrió Su Pasión, sólo una minoría de palestinos practica el cristianismo. La mayor parte de la población se divide entre el judaísmo y el Islam --que son, si se mira con atención, las religiones Antes De y Después De, Cristo--; unos y otros, por estos días, se descuartizan mutuamente con una pasión nacional, territorial, bélica y bíblica (en el peor sentido), no se detienen ni siquiera ante cadáveres de niños de cuatro años --árabes o israelíes--, y mucho menos ante la evocación de un crucificado que les es del todo ajeno. Por su parte, la cristiandad conmemora su tercer milenio tan dividida como siempre, tan bárbara, belicosa y salvaje como siempre, y con tanta aptitud para la Redención como la de un cuadrapléjico para la gimnasia olímpica. Pobre hombre. 

19.3.02

Andrea Yates


Un asunto destacado de estos días es la cuarta boda de Liza Minnelli. Por la iglesia de Marble Collegiate, en Nueva York, desfilaron la sordidez genial de Anthony Hopkins, la incontinencia lúbrica de Michael Douglas y los prodigios de transmutación biológica de Michael Jackson, entre otros organismos famosos. Entre los despachos de prensa que llegan de Estados Unidos, ése sería, por ejemplo, un tema amable para dejar constancia del calor primaveral, que este año viene adelantando. También podría escribirse algo sobre la enésima toma de posesión de Robert Mugabe, quien ha sabido convertir los rescoldos del antimperialismo en corrupción químicamente pura, o sobre los entretelones del auto sacramental que llevan a escena, en los escenarios de Barcelona y Monterrey, globalifóbicos y globalifílicos, o sobre las desoladoras carnicerías perpetuas de Colombia y Medio Oriente. Ojalá que la evocación de Andrea Yates en estas líneas no parezca un insulto a la primavera inminente.

El martes pasado, esta esposa de ingeniero de la NASA fue declarada culpable por un jurado de Texas, que ahora debe escoger entre la condena a muerte o la cadena perpetua.

Andrea está casada con Rusty Yates, con quien procreó a Noah, John, Paul, Luke y Mary. En el verano del año pasado, el primero tenía siete años y la última, seis meses. Para entonces, la madre había pasado por dos ensayos de suicidio y cuatro internamientos en hospitales siquiátricos. Sus desórdenes mentales están documentados desde el tercer alumbramiento, y hay pruebas de que, a partir del cuarto, cayó en severas depresiones.

Andrea declaró que, desde el nacimiento de Mary, percibió que el diablo atormentaba a sus hijos y que pretendía hundirlos en las llamas del infierno. El 20 de junio de 2001 llegó a la conclusión de que debía proteger a su prole de los embates de Satanás, y no encontró mejor manera de hacerlo que llenar de agua la tina de su casa. Esa misma tarde, la policía encontró los cadáveres mojados de John, Paul, Luke y Mary en sus respectivas camas, como si se hubieran quedado dormidos antes de secarse. El cuerpo de Noah todavía flotaba boca abajo en la bañera.

Desde entonces, Andrea ha permanecido en prisión, donde se le administran de manera regular tratamientos con antisicóticos. Tal vez por eso, en la sesión del 12 de marzo, cuando se le declaró culpable, escuchó el veredicto sin parpadear.

No hay por dónde encontrarle una moraleja a esta historia triste. Saltan a la vista, en cambio, dos paradojas.

La primera es que Andrea Yates, a pesar de su enfermedad, o por ella, sabía que su existencia era peligrosa, y que trató de acabar con ella en dos ocasiones. Si Andrea hubiese logrado suicidarse habría dejado cinco huérfanos, y no cinco tumbas. Pero la misma sociedad que entonces se lo impidió, ahora, ya realizado el daño, se dispone a ejecutarla. La segunda paradoja es que la tragedia de los Yates ocurre en el seno de un país hiperinformado, con una NASA que busca y consigue datos sobre los desiertos marcianos y los anillos de Júpiter, una prensa escandalosa que consigna la marca de ropa interior de las estrellas de cine, una agencia de espionaje que detecta los desplazamientos de los terroristas, institutos y empresas de investigación que escudriñan la danza molecular del genoma humano y universidades que coleccionan las ediciones de literatura marginal de Paraguay; pero en toda esa masa aplastante de información no aparecen registros sobre el alma de Andrea Yates. Ahora, esta primavera calentará cinco lápidas, y tal vez para el invierno haya una sexta.

12.3.02

Réquiem


Ayer, en plazas e iglesias de Estados Unidos, se recordó a los inocentes que murieron en los atentados del 11 de septiembre. Bien saben los deudos que un plazo de seis meses es demasiado corto para quitarse de encima las costumbres, los olores, los gestos, la temperatura de la piel de los ausentes y la rabia contra sus asesinos. En el mejor de los casos, al año del fallecimiento se entiende que esos y otros ganchos que mantienen anclado entre los vivos el recuerdo del muerto no desaparecen del todo sino después de varias décadas, cuando la totalidad de los dolientes desaparecen, a su vez, del mundo, y cuando el difunto original puede, por fin, jubilarse del todo, incluso de su papel de recuerdo doloroso, y abandonarse plenamente a la dulzura de la nada.

Pero los asesinados hace seis meses en Nueva York y Washington fueron obligados a florecer en nuevos y numerosos muertos distantes, muchos de ellos tan inocentes como sus predecesores inmediatos de Estados Unidos. La Casa Blanca decidió aprovecharse del dolor doméstico para sembrar cadáveres en las remotas tierras afganas, y cada uno de ellos ha dejado un hueco sangriento y lacerante entre sus amigos y familiares, y un rencor de múltiples raíces entre sus correligionarios.

Pasará mucho tiempo antes de que se desvanezcan esos lutos que no aparecen en la televisión ni son recopilados en shows sentimentales ni reproducidos en películas de acción. Ojalá que en ese tiempo el dolor y la rabia de los anónimos deudos afganos no fermente nuevos y mortíferos atentados contra ciudadanos de Estados Unidos.

En estos días de recordaciones tristes uno se pregunta cuándo les será dado, a israelíes y palestinos, recordar en paz a sus respectivos mártires y cuándo podrá hablarse de sosiego verdadero en los cementerios de ambos pueblos. Por ahora, la criminal estupidez de Estado y la inconsciencia criminal del integrismo patriótico han establecido, entre unas y otras tumbas, una dinámica de competencia, un vaso comunicante que rebalsa de sobrepoblación las necrópolis, un juego macabro que se desarrolla, para vergüenza de la humanidad, ante la pasiva y discreta repugnancia --en el caso de los europeos-- o frente al entusiasmo apenas disimulado --para referirse a Washington-- de los poderosos del mundo. Y cuando oyen un reproche por su banquete necrófilo y obsceno, Sharon, los terroristas palestinos y los partidarios de unos y otros ponen los ojos en blanco de inocencia y echan mano del argumento más sofisticado que podría formular un crío de tres años algo tonto: “Es que los otros empezaron”.

Tengo la discreta esperanza de que, más pronto que tarde, los cadáveres de los actuales dirigentes y organizadores de esta floración de muertos desciendan, por causas naturales, a las tierras que han ensangrentado, y que una nueva generación de líderes de ambos lados logre detener la competencia por las máximas tasas de sobrepoblación en los cementerios.

Réquiem quiere decir descanso. Ojalá que llegue antes de que Clara y Sofía dejen de ser niñas, y que ambas, y muchos otros infantes de todos los continentes, puedan viajar a Israel y a Palestina y confraternizar con los niños de ambos países, y que entre todos logren verse a los ojos sin la niebla del rencor histórico, y que corran y jueguen en memoria y recuerdo de esos muertos, y de todos los otros, y que las tumbas sean sitios realmente apacibles, y que no se estremezcan por el estallido de las bombas humanas (que es el uso más necio que se le puede dar al organismo de una persona), ni vibren bajo el ruido de los helicópteros asesinos, cuya sustentación es la manera más irresponsable de aprovechar el aire.

5.3.02

Violadores en Boston


En la arquidiócesis de Boston ha florecido un escándalo al que Newsweek le dedicó la portada de su más reciente edición y que puede resumirse en algunos números: en las últimas cuatro décadas, entre 60 y 70 curas fueron acusados por abuso sexual de menores; uno de ellos, John J. Geoghan, actualmente separado del ministerio y sentenciado en primera instancia a diez años de prisión, es sospechoso de haber agredido sexualmente a 130 niños; la Iglesia católica de Estados Unidos ha gastado, en los últimos veinte años, entre 300 y 800 millones de dólares en arreglos bajo la mesa --es decir, antes de que las cosas lleguen a los tribunales-- como compensación a las víctimas de sus curas violadores; la arquidiócesis de Boston, presidida por el cardenal Bernard Law, miembro destacado de la jerarquía eclesiástica estadunidense y encubridor de religiosos pederastas, enfrenta demandas por 30 millones de dólares por parte de las víctimas de abusos sexuales que se atrevieron a denunciarlos.

Todo mundo --menos el consistorio romano, compuesto por almas puras, agraciadas por la virtud de la inocencia-- ha sabido siempre que al interior de los seminarios, los conventos, las sacristías y los palacios arzobispales se desarrolla una vida sexual intensa, no menos diversa que la de los laicos --de todo hay en la viña del Señor-- y acaso también un poco más perversa, entendida la perversidad como el conjunto de prácticas que causan agravios físicos y/o emocionales a uno o más de los participantes. Tal vez por la condición reprimida, secreta y pecaminosa de la sexualidad entre los religiosos, ésta suele permanecer al margen de, o contravenir, la ética sexual que ha venido construyéndose en la modernidad, y que tiene como principios rectores el carácter voluntario y aceptado de las relaciones, el respeto a los deseos y reticencias ajenos, así como la preservación de la integridad de las personas.

El abuso sexual en todas sus formas, la pederastia y la perversión de menores no sólo quebrantan esa ética, sino que configuran delitos plenamente tipificados en la ley. Sin embargo, es conocida la reticencia de las jerarquías eclesiásticas de todo el mundo a colaborar con la justicia laica cuando ésta se ve obligada a olfatear entre las sotanas en busca de culpabilidad. Esa reticencia suele convertirse en franco encubrimiento, como el que ha venido practicando el muy prominente cardenal Bernard Law en relación con el ex cura Geoghan, el cual durante 30 años metió mano impunemente a niños prepúberes en muchas de las parroquias de esa ciudad.

Hay una acentuada molestia entre los católicos de Estados Unidos por las dificultades para controlar los abusos sexuales cometidos por sus religiosos. En ese país las irregularidades y los escándalos afloran con facilidad, no sólo porque las instituciones de procuración e impartición de justicia cuentan todavía con márgenes elevados de credibilidad, sino también por los millones de dólares que se juegan en las demandas judiciales. Pero en América Latina, reducto y búnker espiritual del catolicismo, las cosas no son tan fáciles y no existe ni un asomo de estadística sobre las agresiones sexuales cometidas por los curas de esa religión.

Una conclusión que sin duda complacería al Vaticano sería que en esta región del mundo no existen tales delitos, y que si se cometen en la nación vecina, ha de ser por la influencia del protestantismo, la relajación de las costumbres y la pérdida de valores espirituales que conlleva la cultura materialista de los gringos. Eso ha de ser.

26.2.02

Humillación


El gobierno israelí juega con Yasser Arafat de manera parecida a los gatos que zarandean un poco a los ratones antes de comérselos. Por la ventana de la oficina del atribulado líder palestino asoman hocicos de 105 milímetros que husmean en los rincones de la habitación y luego se retiran unos cientos de metros, a fin de darle oportunidad al prisionero de que salga a tomar el sol en la Ramallah sitiada.

Las fuerzas armadas de Israel bombardean de manera regular las instalaciones de radio y televisión y las oficinas de la Autoridad Nacional Palestina. El aeropuerto de Gaza fue destruido y hasta una que otra fábrica es pasto de las bombas de Tel Aviv. Los guardaespaldas de Arafat suelen saltar por los aires tras los impactos de los misiles israelíes. Anteayer se realizó el funeral de un joven, de apellido Hayek, que llevaba a su esposa embarazada a un hospital para que diera a luz, fue acribillado por los soldados implacables de Ariel Sharon que, de paso, hirieron de gravedad a la mujer encinta.

Lo curioso es que el premier israelí, quien no sólo tiene fama pública de asesino de civiles inermes sino también de hombre listo, suponga que, en esas circunstancias, se ponga en actitud de suponer que su contraparte palestina todavía detenta alguna autoridad como para hacer justicia y sancionar los atentados terroristas que se fraguan en Gaza y Cisjordania y que, un día sí y otro también, golpean a la población de Israel y dejan entre ella un reguero paralelo de inocentes muertos. Es casi gracioso que Hillary Rodham Clinton, una mujer que no sólo es conocida por poner cara dura a las tormentas sino también por su agudeza, sea capaz de constatar, en voz alta, que Arafat “ha incumplido sus promesas”, como si el cautivo de Ramallah estuviera en condiciones de cumplirlas.

En las circunstancias actuales --y los gobiernos de Tel Aviv y Washington lo saben perfectamente--, depositar en las actitudes del presidente de la Autoridad Nacional Palestina las posibilidades de la paz en Medio Oriente es casi tan grotesco como lo sería el exigirle al sastre de mi barrio que erradique la epidemia de sida que agobia al planeta. Los jóvenes de Cisjordania y Gaza forman un caldo de cultivo desarticulado e incontrolable; no necesitan a Arafat para retorcerse de rabia y desesperación ante la atrocidad cotidiana de que son víctimas ni para emprender el camino del martirio terrorista, y no han de hacerles mucha mella las condenas de su (todavía) líder nominal a los atentados, ni han de sentirse demasiado impresionados por la autoridad de una policía cuyos cuarteles son bombardeados a diario y que parece más preocupada en atender a sus integrantes heridos que en emprender, entre su propio pueblo, una cacería de presuntos militantes suicidas.

El escarnio de Arafat no tiene más propósito visible que ahondar la exasperación entre los habitantes de los territorios palestinos y echar más leña a la hoguera donde se cuecen los atentados. Al gobierno de Sharon sólo le falta llevar al viejo líder palestino a una plaza de Ramallah, desnudarlo, pegarle plumas, hacerlo bailar y exigirle que, desde allí, ordene a los terroristas un cese de hostilidades inmediato. La humillación va dirigida contra la nación palestina en su conjunto:

-¿Este es tu presidente? Pues míralo en su habitación, impotente e inerme, tratando de escabullirse de la mirada devastadora de mis tanques.

De esa manera, Sharon se garantiza que la fábrica de atentados --la única fábrica que va quedando en la Palestina arrasada-- siga produciendo a todo vapor. La más grave amenaza para la seguridad y la vida de los israelíes no es Arafat ni Hamas ni Hezbollah ni la Jihad Islámica, sino su propio primer ministro.

19.2.02

Verdad y disparate


En su más reciente artículo (15/02/02), James Petras acusó a quienes criticamos un reciente exceso verbal suyo (Almeyra, Kraus, El Fisgón y el que escribe) de proferir en su contra “distorsiones, invenciones y acusaciones calumniosas”; nos describió como “individuos que supuestamente hablan desde la izquierda (que) se enfrascan en polémicas que recuerdan lo que León Trotsky llamó 'la escuela estalinista de la falsificación'” y como “voces autoritarias que convertirían el diálogo en monólogo por medio de la censura y la acusación difamatoria”, y nos regañó por practicar una “horrible virulencia” en nuestras respuestas a su texto. Por lo que respecta a la misiva de El Fisgón y mía, nos limitamos a cuestionar un juicio de Petras a todas luces desmesurado (que Estados Unidos es “el imperio... que rinde tributo al poder regional (Israel) y no al revés”) y la divulgación de una hipótesis --la supuesta participación de los servicios secretos israelíes en los atentados del 11 de septiembre-- que, hasta ahora, carece de fundamentos sólidos, como lo reconoció el propio autor: “Estas historias y sus autores se basan en no más que evidencias circunstanciales”.

Entre las verdades indiscutibles escritas por Petras en su artículo y en su respuesta hay una insinuación que, en ausencia de elementos de prueba, resulta un delirio conspiratorio o la semilla para una película de intriga; tal vez por eso, en su respuesta el autor ya no comenta “la relación entre los terroristas árabes y la policía secreta israelí” en torno a los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono, y se limita a informar sobre “la presencia de numerosos espías israelíes en Estados Unidos, antes y después del 11 de septiembre”, afirmación tan vaga que ya no es indicativa de nada: “numerosos” puede ser cualquier cosa entre, digamos, 12 y 70 mil, en tanto que la generosa referencia cronológica incluye cualquier momento entre, por ejemplo, el verano del 56 y el domingo pasado.

Por lo demás, en el primer artículo de Petras se consigna, entre datos duros, incuestionables y ciertamente valiosos, una mentira gorda y jugosa como cucaracha del trópico: que Israel “es, en realidad, un poder hegemónico” y Estados Unidos, un “imperio colonizado” que “maniobra para encubrir su servilismo” ante Tel Aviv.

A Petras lo ponen de muy mal humor los reproches porque algunas de sus argumentaciones lindan con las varias y famosas falsificaciones históricas de corte antisemita. Dice, en su respuesta, que “mi artículo jamás hizo referencia a todos los judíos de Estados Unidos (ya no digamos del mundo). Se refiere claramente a aquellos judíos que en Estados Unidos respaldan incondicionalmente la política de Estado de Israel”. Pero, en alusión a un presunto encubrimiento de una también presunta intervención israelí en los ataques del 11 de septiembre, escribió: “El silencio que impera indica la naturaleza vasta y agresiva de los poderosos partidarios de la diáspora judía”, lo cual puede ser interpretado como “todos los judíos de Estados Unidos” e incluso como “todos los judíos del mundo”, salvo, por supuesto, los que residen en Israel, los cuales quedan fuera del conjunto “diáspora”.

Petras piensa que hay en sus detractores un afán de censura, pero yo me alegro de que disponga de este espacio para verter su manera de pensar, que es, como la nuestra y como la de todos, una mezcla --supongo que honesta-- de palabras sensatas y de disparates. Él encuentra “horrible” y “virulento” el estilo de sus críticos; yo calificaría esta polémica en su conjunto --réplicas y contrarréplicas-- de “triste” y “aburrida”; por ello ofrezco amplias disculpas a los lectores y me comprometo a cerrar el pico, en lo sucesivo, ante los artículos de Petras, por muchas verdades que diga en ellos, o incluso si alguna vez descubre y divulga, basándose en hechos incontrovertibles, que la Unión Soviética fue, en realidad, un invento de los cubanos, o algo por el estilo.

12.2.02

El canto de Chávez


Popular, populista y populachero, con retórica de vendedor de baratijas patrióticas en un mercado de feria, Hugo Chávez representa un extremo de la frustración política latinoamericana. El otro, Fernando de la Rúa, quien por mandato popular partió al basurero a finales del año pasado, era prototipo, más bien, de parlamentario ilustrado, fogueado en universidades, buenos restaurantes y exilios esclarecedores. Ni el moderado progresista vestido de Armani ni el exaltado y sudoroso cuartelario han pasado la prueba de la política. De la Rúa dimitió pudorosamente --como lo prescriben las buenas maneras democráticas-- y dio paso a una cadena de presidentes cuyo más reciente eslabón se llama Eduardo Duhalde. Nadie conoce, en cambio, el futuro de Chávez. Si el descontento en su contra persiste y se acrecienta, los reflejos militares pueden llevarlo a atrincherarse en los jirones de su respaldo de masas y empujarlo a producir una matazón sin sentido que le haría daño a todo mundo y bien a nadie, ni siquiera a Estados Unidos. Ojalá que no. Ojalá que, si llega el momento de la sangre, Chávez tenga la sensatez o la cobardía, o el atributo o el defecto que se quiera, para tomar un avión y largarse a escribir sus memorias de gorila de izquierda.

Por cierto, las torpezas políticas del presidente venezolano no le dan la razón a Colin Powell. El actual secretario de Estado estadunidense tiene tanta autoridad para cuestionar la vocación democrática de un gobierno extranjero como un jefe de aduanas de Nigeria, porque el gobierno de George W. Bush --del que Powell forma parte-- es producto de un fraude electoral realizado en Florida a la vista de todo el mundo. Tampoco el coronel Pedro Soto y sus representados --si es que los tiene-- resultan adversarios serios y creíbles para el demagogo de Miraflores. El oficial de aviación tiene, tras de sí, el dudoso antecedente de haber sido edecán de Carlos Andrés Pérez, y no hay, en el abanico de la oposición venezolana, figuras prominentes no vinculadas con la corrupta clase política, cuya bancarrota hizo posible y hasta inevitable que el electorado pusiera en la silla presidencial a un militar golpista de boca fácil y vocación autoritaria. Pero la falta de calidad moral de los detractores de Chávez no va a ser freno para el deterioro (o la caída en picada) del actual gobierno, por la simple razón de que éste no tiene ninguna propuesta seria ni viable de nación, como no la tuvo De la Rúa ni la tienen, tampoco, los gobiernos neoliberales que aún medran en el continente.

El dato a considerar es que, cuando el mundo se integra y se transforma de manera vertiginosa e irracional, en estos países de acá no existe una idea clara de cómo participar en ese proceso, cómo reivindicar cierto grado de protagonismo en él y cómo, al mismo tiempo, seguir siendo países constituidos y no meros campos de acción para las franquicias. Suena horrible, pero la receta para resistir y ofrecer alternativas a economías y sociedades con cara de Ronald McDonald no se encuentra en los escritos de Simón Bolívar, Benito Juárez ni José Martí, por más que este último haya redactado un opúsculo profético contra el TLC y haya vislumbrado el poder actual de la Coca Cola. Bien harían los dirigentes en dejar descansar a los próceres en sus tumbas y ponerse a trabajar ante situaciones nuevas. En esta lógica, si Chávez pudiera rescatar lo que queda de su gobierno, tendría que empezar a estudiar el mundo que es y dejar sus conjuros de resurrección del Libertador para sus tiempos --ojalá apacibles-- de ex presidente. De otra manera, su discurso se convertirá, más pronto que tarde, en un canto de cisne (sea cisne o patito feo) y su gesta demagógica será una contribución más a la frustración de las sociedades latinoamericanas ante sus gobernantes de todas las tendencias.

29.1.02

Palestinos


La extinción y el exterminio pueden ser, para cualquier pueblo, posibilidades interesantes de desarrollo: cientos o miles de años después se hablará de los misterios que dejó esa gente a su paso por el mundo, se le dedicará museos y simposios, se filmarán películas plagadas de errores y anacronismos, y se generarán muchas fuentes de empleo para arqueólogos, historiadores, novelistas históricos y charlatanes. Por si eso fuera poco, hay que considerar que cualquier tentativa de preservarse ante el paso del tiempo es, a largo plazo, completamente inútil, y que en cosa de cinco siglos, a lo sumo, no existirá ninguna de las sociedades contemporáneas y ninguno de los Estados actualmente constituidos. También puede añadirse, por si esas razones no bastaran para disuadir cualquier intento de resistencia, que, en rigor astronómico, las cosas acabarán mal, y que esta pelota sobre la que vivimos, comerciamos, hacemos la guerra, el amor y la filosofía, terminará achicharrada e inerte cuando nuestra enana amarilla se convierta en una gigante roja y acabe los más sólidos y sublimes afanes de perdurar que haya plasmado la especie humana.

Pero no es fácil persuadir a la gente de que se abstenga de amar, de criar hijos, de comer, de trabajar, de pelearse y de buscar condiciones de protección y preservación para el individuo y para la tribu. Tal vez si acatáramos las implicaciones del escenario cósmico no nos quedaría más remedio que pedir pizzas a domicilio y encerrarnos a esperar una muerte rápida y onanista. Puede ser que ese impulso a ir en contra de la entropía haya mantenido a las sociedades actuales, incluida la palestina, en los diversos y contrastados canales de la resistencia para persistir: la ideológica, la militar, la económica, la cívica y, a veces, la del ejercicio del terrorismo. Los palestinos tuvieron una primera oportunidad para resignarse a la extinción --y ahorrarse cualquier angustia ontológica que pudiera generar la basura cósmica-- cuando Israel y Occidente establecieron su inexistencia: en el antiguo protectorado inglés no había ningún pueblo con rasgos singulares distintos de los de los árabes en general; por ello, bien podían ser expulsados hacia naciones vecinas, en las cuales tendrían garantizada la asimilación, o convertirse en “árabes israelíes”. Los palestinos fueron sometidos a una lógica semejante a la que se abatió sobre los gitanos en España a fines del siglo XV, cuando los Reyes Católicos emitieron la pragmática de Medina del Campo: tenían derecho a vivir, siempre y cuando dejaran de ser gitanos.

Por el contrario, al igual que los judíos, los gringos, los mexicanos o los rusos, y a pesar de ir contra la escatología cósmica, los palestinos se han empeñado, durante la segunda mitad del siglo pasado y lo que va del presente, en construirse instituciones que no son ni jordanas ni israelíes ni sirias sino palestinas.

La idea de fundar un Estado propio puede parecer una gran necedad cuando se le contrasta con el sinsentido de la existencia en general, con la burocracia y la corrupción que afloran desde ahora en las incipientes entidades palestinas o con las dificultades de hacerlo cuando se tiene en contra la voluntad del gobierno de Estados Unidos y también, para colmo, la del vecino Israel. Pensándolo bien, si no fuera por veleidades como ésa, habríamos podido permanecer indefinidamente en el paraíso terrenal, trepados a los árboles y jugando con plátanos, sin sentido de historia ni de ética, sin percepción del tiempo y sin más instrumental para derramar sangre del prójimo que una quijada de burro.

8.1.02

Cloruro de potasio


En estado puro el sodio (Na) y el potasio (K) son, ambos, metales plateados, y tan suaves que pueden cortarse con un cuchillo; colindan el uno con el otro en la primera columna de la Tabla Periódica; son, incluso, elementos hermanos, miembros de la familia de los metales alcalinos. Pero, si se combinan con el Cloro (Cl), que se sitúa del lado opuesto (derecho) de la clasificación de Mendeléiev, producen sustancias diferentes: el cloruro de sodio, o sea, sal vulgar, y el cloruro de potasio, un compuesto blanco cristalino que sirve para abono, para obtener potasio simple o bien para mandar seres humanos al otro mundo. Aunque empleada en pequeñas dosis esta sustancia tiene virtudes terapéuticas, su capacidad de provocar paros cardiacos fulminantes ha sido dirigida en forma humanitaria, es decir, para ahorrarles la pena de la existencia a enfermos terminales, incurables y dolientes, pero también para asesinar a sádicos, enfermos mentales y pobres diablos, culpables o inocentes, en los mataderos oficiales de Estados Unidos, en donde se practica un agujero en la vena de los condenados y se les aplica, por allí, un coctel de pentotal --anestésico--, pancuronium --paralizador de los músculos respiratorios-- y cloruro de potasio.

En lógicas opuestas --la de los conservadores que odian la eutanasia, o la de los humanistas a quienes repugna la pena de muerte-- este cristal blancuzco, mucho más pernicioso para la salud que la cocaína e incluso que la heroína y el crack, tendría que estar sujeto a severas regulaciones, pero hasta ahora no es así. Hace unos días, Human Rights Watch y otros organismos humanitarios descubrieron que, durante más de dos décadas, el Centro de Salud McAlester, de Oklahoma, había estado suministrando a las jeringas de la venganza el compuesto mortal, y lograron que el director del hospital, Joel Tate, ordenara la inmediata suspensión de las ventas del cloruro a las penitenciarías del Estado, según un reportaje de Justine Sharrock divulgado en el sitio web de Mother Jones.

Los laboratorios Borgen Brunswing y Cardinal Health, entre otros, producen esta sustancia sin restricción alguna y trafican libremente con ella como si fuera mantequilla de cacahuate -la cual, dicho sea de paso, también conduce al infarto, pero con mucha mayor lentitud, y siempre y cuando se le consuma en cantidades mayores. Abbot, por su parte, un fabricante masivo de pentotal, afirma que no se le puede responsabilizar por el uso que se dé a sus productos. Otro tanto podrían decir, en pie de justicia, los Arellano Félix y los accionistas de las industrias militares que se colmaron los bolsillos con la reciente destrucción de chozas miserables en Afganistán.

Entrevistado por Sharrock, Steve Hawkins, director ejecutivo de la Coalición Nacional para Abolir la Pena de Muerte, explicó la línea de acción: “las empresas farmacéuticas están en el negocio de fabricar drogas para la salud y el bienestar, no en el de matar gente”, y hay que encontrar la forma de que este último se vuelva, al menos, caro y difícil.

Es una estrategia plausible. En lo personal se me ha hecho clara, además, la necesidad de argumentar contra la pena de muerte de manera profundamente amorosa.

11.12.01

El éxtasis Chávez


La revolución bolivariana padece de la misma fugacidad que las rosas y, aunque no haya sido nunca muy material, se desvanece en el aire. Tal vez sea cierto que la culpa es de una oligarquía malvada, corrupta, cupular y minoritaria, como lo jura Hugo Chávez, pero si es así, debe convenirse en que el Presidente ha estado dormido demasiado tiempo, es decir, el tiempo necesario para que esa oligarquía espantosa le polarizara, con éxito, el país.

Es cierto que, si se hurga un poco entre el oropel de siglo antepasado del discurso chavista, es factible hallar algunas ideas en principio plausibles para el milenio actual en un país como Venezuela. Incluso es posible que algo de los 49 decretos-leyes impuestos por el Presidente, en uso y abuso de poderes extraordinarios, tuviera algún valor de cara al desarrollo social y a la reducción de los contrastes sociales. Pero lo que hay en el fondo de la huelga general de ayer en Venezuela, insólitamente convocada por empresarios y sindicatos, no es necesariamente un mero estertor de intereses oligárquicos afectados, sino también un malestar por la sobrexplotación del mandato democrático y el estiramiento de las atribuciones presidenciales.

En otros términos: si lo que Chávez quería era gobernar por decreto, como lo ha venido haciendo desde 1998, bien habría podido ahorrarse las elecciones y el resto de la mascarada de fe democrática, y proseguir en su golpismo: de todos modos contaba con el respaldo mayoritario, y ahora nadie le achacaría, al menos, su falta de escrúpulos institucionales y civiles.

El dato significativo es que el antiguo oficial de paracaidistas ganó unas elecciones cuyas reglas fueron mandadas a hacer al sastre con 60 por ciento de los votos y que hoy en día repetiría la hazaña, porque la oposición está atomizada, pero sólo con 24 por ciento de los sufragios. Si el 40 por ciento que no votó por Chávez estaba compuesto únicamente por indiferentes y apáticos, el mandatario habría sido capaz de desencantar, en menos de 18 meses, al 36 por ciento de sus compatriotas. Semejante hazaña está bien para un radical y extremista de cualquier cosa --y Chávez no lo es, o no se sabe bien de qué podría serlo--, pero para alguien que se presentó como un político, tal pérdida representa un fracaso monumental.

Cuando veo esas cifras no puedo dejar de pensar en la fugacidad de las rosas, un lugar común muy al gusto del siglo antepasado --ancla y brújula del discurso chavista-- que, traído a estos tiempos, equivaldría al efecto del éxtasis o de alguna otra sustancia de esas que le hacen pagar caro al consumidor los momentos de felicidad. No sé qué representa mejor a Chávez y a su demagogia: si una rosa o una dosis de droga. En todo caso, el esclarecimiento de la duda no justificaría un referéndum.

4.12.01

Ineptitud


Ahora que la razón y la bondad han triunfado sobre el terrorismo mundial, y cuando no debiera haber motivos para la infelicidad en el planeta, las calles de Israel se llenan de pedazos de carne humana cuya procedencia --judía o musulmana-- es difícil de establecer. Los tejidos carecen de pasaporte o documento de identidad y la tarea de identificar los fragmentos obstaculiza la realización de los funerales de las víctimas en forma adecuada y como Dios manda. El premier Ariel Sharon, el secretario general Kofi Annan y el secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, opinan que la responsabilidad por estas jornadas de pesadilla recae sobre Yasser Arafat, el presidente de la así llamada Autoridad Nacional Palestina (ANP), una sigla que ni es autoridad ni es nacional, por más que sea indudablemente palestina.

No sería fácil rebatir las acusaciones de ineptitud contra Arafat, pero sería injusto limitarlas a ese dirigente. Si la tarea principal de los políticos, gobernantes y funcionarios es resolver conflictos para procurar y mantener la convivencia pacífica en una sociedad y entre sociedades distintas, la clase política de Israel es igual de incapaz que el conjunto de las dirigencias palestinas, y no menos que los directivos de la ONU, empezando por el cada vez más babeante Kofi Annan. El señalamiento tendría que alcanzar, además, a quienes han ocupado la presidencia y las secretarías de Estado y de Defensa de Estados Unidos en los últimos cuarenta años, ninguno de los cuales ha podido o querido secretar una idea mínimamente viable para resolver el viejo conflicto entre israelíes y palestinos.

Uno supondría que, después de tantos muertos y de tanto sufrimiento de los vivos, el gobierno de Israel, la dirigencia palestina y los principales actores internacionales             --Washington, la ONU, la Unión Europea-- tendrían que convertir en prioridad central el cese de la violencia entre esos grupos humanos y tomarse unos días de buena voluntad e inteligencia para ponerle fin a esta carnicería espantosa. Pero con toda la destrucción transcurrida, con toda la sangre derramada, con todas las noches de zozobra del Estado judío y con todas las horas y los días y los años de encarcelamiento nacional del pueblo palestino, es difícil creer que la paz sea un objetivo apetecible para unos, para otros o para todos los que tienen un poder real de decisión ante el drama de Medio Oriente.

Pudiera ser que árabes y judíos hubieran sido genéticamente programados --por Jehová, Alá o el nombre de Dios que quieras-- para descuartizarse eternamente unos a otros. Si así fuera, habría que revisar un par de cosas en la ética, la filosofía y las teologías imperantes y admitir que el mundo es un sitio mucho más próximo al infierno de lo que suele admitirse. En lo personal, me parece más razonable suponer que los políticos y dirigentes de ambos bandos, más los coadyuvantes de fuera, han fallado en su tarea, ya sea porque piensan que la paz es un mal negocio o porque son pavorosamente ineptos. Si es así, los ciudadanos de Israel y los palestinos --que siguen siendo los ciudadanos de la nada-- tendrían que cambiar de liderazgos como condición necesaria para encontrar las fórmulas que les permitan convivir en paz.

27.11.01

Clonación


Empezábamos a acostumbrarnos a las delicias del siglo XXI, cuando las guerras sin muertos (de uno de los bandos) son tan posibles como las naranjas sin semilla, y en ésas nos cayó encima la confirmación brusca de un sueño o de una pesadilla: la clonación de humanos marcha viento en popa y unos científicos de una empresa particular cometieron la travesura de fin de semana de clonar un embrión de gente con propósitos terapéuticos. Volvemos, de la mano de esa noticia, a los tiempos del medioevo: por entonces, connotados e ignotos precursores de Advanced Cell Technology se afanaban en macerar la planta de la mandrágora y en producir homúnculos a partir del semen de los ahorcados, y los teólogos se agarraban del moco en discusiones acerca del asiento corporal del ánima.

Desde los tiempos de la oveja Dolly (es decir, en las postrimerías del siglo pasado) era claro que el tabú de la clonación humana tenía tantas posibilidades de perdurar como una aceituna en una recepción plagada de hambrientos. Pero no por ello han sido menos airadas las reacciones. Ante la noticia, las herencias morales de aquella teología han hecho brincar a George W. Bush y a Karol Wojtyla, como si fueran muñecos de resorte. Uno y otro, y sus respectivos bandos, se oponen con pasión --o lo que en ellos equivalga-- a cualquier intento de clonación humana porque les parece que esa práctica equivale a meter mano en el orden de la creación divina, si es que la operación fuera llevada hasta el extremo de generar un ser humano, y porque, si se trata sólo de manosear embriones para producir fármacos y ungüentos, ello significaría descuartizar una persona, muy a la manera en que los pollos se convierten en nuggets y pechuga deshuesada para gloria de los escaparates del supermercado.

La compañía responsable del desaguisado ha tratado de minimizar las consecuencias del acto científico argumentando que el embrión del escándalo no debe ser considerado gente sino mera “vida celular” y “no humana”. Puede ser un argumento buenísimo y hasta digno de simpatía, pero la discusión sigue fuera de la bacinica o, para estos efectos, de la probeta. Algo más inquietante que la teología llevada al ámbito de la nonatología es que, humano o no, ese embrión ha dado más de qué hablar, y ha hecho correr muchos más ríos de tinta, que un humano completo, maduro y plenamente conformado de esos que mueren destripados en Afganistán o en los campos palestinos. Algo más preocupante que el número de células que se requieren para fundamentar un alma es el hecho de que las llaves para replicarnos a ti, a mí, a Santa Teresa o a Stalin, se encuentren en manos de una empresa estadunidense que, como todas las corporaciones privadas de este mundo, se rige por la lógica de la utilidad máxima y no por la ética mínima. Al igual que Craig Venter, apóstata mercantil del equipo que ha venido secuenciando el genoma, Advanced Cell Technology cabe en esa dinámica en la que, teologías aparte, no hay más alma que la exigencia de dividendos anuales para los accionistas de la compañía.

Si no queda otro remedio que legislar sobre la clonación, no habría que hacerlo para evitar un incierto pecado de suplantación de Dios o de asesinato de coágulos microscópicos que no se sabe bien a bien si son personas, sino para impedir la perspectiva de que los seres humanos, o sus pedacerías iniciales, puedan convertirse en propiedad privada.

13.11.01

Sobre Queens


Llevábamos ya dos meses de esta película que empezó como cine de desastre, se volvió drama por unos breves días, ha tenido semanas de historia de guerra y había vuelto al género de catástrofe de la mano del ántrax; también tuvo momentos de intriga política en la que los dictatoriales le ganaban la partida a los demócratas. Ayer, cuando la cinta se había puesto francamente aburrida, el guionista perdió el control de la historia y se volvió loco. Cuando Washington anunciaba la conquista del norte de Afganistán, un avión de American Airlines, repleto de dominicanos, se estrelló --en forma accidental o provocada-- en un barrio populoso de Queens en el que habitan judíos apacibles y colombianos laboriosos. Eso no le sirve al gobierno de Washington ni a los remitentes anónimos de bacterias postales ni a los remotos talibanes o a lo que quede de ellos en esta hora. El único sector de la humanidad que sale ganancioso de este episodio es el de los accionistas de agencias funerarias.

Por las razones que sea, el dolor y el aroma de la carne quemada han vuelto a Nueva York cuando en Afganistán a duras penas quedan niños que destripar y cuando los objetivos militares se agotaron hace ya tiempo. Ni los malos más malos del estilo Darth Vader desperdician sus bombas guiadas por láser y sus cortadoras de margaritas --que son lo más cercano a una bomba atómica que puede producirse con explosivos convencionales-- horadando cráteres en el desierto, y ni los peores villanos de la pantalla resisten seis semanas de bombardeo masivo; hace medio siglo, a Estados Unidos le bastaron 36 horas de acción de sus aviones para convertir la ciudad alemana de Dresde --con sus hombres, mujeres, niños, ancianos, bebés, óvulos, espermatozoides, mascotas y nabos-- en una planicie de polvo fino y blancuzco cuyo componente principal era el hueso molido.

Accidente o bomba, un sector de Queens sufrió, ayer, una suerte parecida a la de los barrios habitacionales de Kabul, y de nueva cuenta el episodio obliga a preguntarse si el azar es más hábil que los terroristas --sean quienes sean-- o si Murphy debe ser agregado a la lista de nombres del Altísimo. Allá cada quien.

La Unión Americana es un país de planicies, interrumpidas apenas por breves cadenas montañosas. Afganistán, en cambio, es una alfombra oriental arrugada a la que no le vendrá mal una plancha. Tal vez el american way of life pueda entenderse como una preocupación morfológica y una marcada aversión contra los accidentes de la geología. El problema es que la tarea de aplanar macizos montañosos podrá ser muy épico, pero no da para sustentar una narración cinematográfica convincente, y ni siquiera para un resumen periodístico: los medios han estirado su propia felicidad narrando a gritos, y con tono de locutor futbolero, la autopsia de un antropófago.

Los talibanes serán unos bárbaros imperdonables, pero arrasar un país, aunque esté controlado por el integrismo, equivale al disfrute sexual de los pedazos de un cuerpo humano. Con una fruición análoga, las cadenas informativas cuentan ahora la historia del accidente (o del atentado) en Queens. En eso han terminado: en la construcción de historias de cine snuff, ese género un tanto mítico (hasta en tanto no haya pruebas de lo contrario) que retrata el gozo erótico extraído de la agonía y la muerte ajenas. Los voceros autorizados de Occidente aúllan de placer, en el tramo final de esta cultura, sintiéndose extirpadores de las semillas terroristas.

Pero eso sólo nutre y multiplica el odio. Cada bomba que cae --si tiene suerte la bomba-- en una choza afgana, es una nueva raíz de odio contra Washington y la Unión Europea. La caída del vuelo 587 de American Airlines en una zona habitada de Queens fue probablemente accidental, pero ayer muchas personas en el mundo islámico no se sintieron consternadas por una tragedia, sino que brincaron de felicidad por lo que interpretaron como venganza humana o divina. “Problema de ellos”, podría decirse. Lo malo es que la abominación habrá de dirigirse, también, entre muchas otras cosas, contra la razón, el pluralismo, la tolerancia y la democracia, la Venus del Milo, los ready made de Duchamp y los artículos de Chomsky.

16.10.01

La hora del ántrax


Es un hecho: Osama Bin Laden, además de integrista, barbón y maligno, es un biólogo consumado: tiene la firme resolución de exponernos a todos a las esporas del ántrax y cuenta con un servicio de correos capaz de colocar sobres contaminados en Florida, Nueva York y la delegación Gustavo A. Madero. En unas cuantas semanas todos los humanos habremos muerto, cubiertos de llagas, en medio de dolores indescriptibles y mordiéndonos unos a otros, frente al mostrador de la farmacia, en la disputa por los últimos frascos de ciprofloxacín. A la larga, todos los animales de sangre caliente, vulnerables al carbunco, desaparecerán de la faz de la tierra, y las serpientes y las lagartijas podrán empezar a planificar una nueva era de primacía de los reptiles. Es moralmente inaceptable, pero las múltiples culebras que proliferan en tu entorno, disfrazadas de profesionistas, familiares y vecinos, te sobrevivirán y terminarán deslizándose sobre tus despojos insepultos. Por eso es recomendable que caves una tumba apropiada en tu jardín, en el parque más cercano o en el sitio reservado para estacionar tu coche.

Yo empecé a aplicarme en esa tarea ingrata que me da, al menos, la oportunidad de revisar algunas de las cosas amables que me han acompañado en este mundo y que deseo llevarme conmigo al otro. Hablo de libros, discos y uno que otro videocasete --quién sabe si la tecnología de DVD ha tenido tiempo de llegar al Estigia--; de la foto que me tomaron con Virginia, con Clara y con Sofía, 10 días antes (¡uf!, justo a tiempo) de que empezara el Juicio Final; de 300 gramos de queso oaxaca, un envase de jugo de manzana y una caja de chicles de nicotina: encontrarse frente a frente con el Creador puede ser una experiencia capaz de poner nervioso a cualquiera, y no deseo volver a las garras del tabaco justo en ese momento. La verdad es que no creo en las posibilidades de la resurrección o la reencarnación ni en la existencia del Paraíso, el Purgatorio o el Infierno, pero cuando uno es escéptico, es bueno serlo también ante el escepticismo propio, y sin los objetos enumerados la eternidad podría parecerme muy larga. En tiempos de fin del mundo, nadie echará de menos unos volúmenes, unos discos, una foto y un bote de jugo que, bien pensado, dentro de 100 mil años pueden serle de utilidad a mi arqueólogo, un refinado descendiente de dinosaurios que hurgará, en la proliferación de sobres repletos de polvo blanco, las razones de la extinción de una especie.

¡Oh, témpora!, ¡oh mores!: hasta antes del sábado 6 de octubre, la recepción inopinada de un objeto semejante habría sido recibida por muchos consumidores estadunidenses con júbilo y con las narices abiertas de par en par. Pero ahora los signos han cambiado y un envoltorio de pólvora blanca ya no es augurio del frenesí sintético, sino presagio de una muerte fundamentalista en medio de fiebres agudas, dolores insoportables y cobertura mediática garantizada. Ojo, colegas informadores: la venganza de Alá se propaga, de preferencia, por salas de redacción y teclados de computadora. Ser periodista en Estados Unidos implica formar parte de los grupos de riesgo en los patrones de ataque de las esporas. Los virus por correo electrónico parecen cosa de chiste frente a este retorno letal de la mensajería de papel.

Los tiempos han alcanzado un grado máximo de incertidumbre y las explosiones de misiles gringos en chozas llenas de gente miserable en Kadam y en las afueras de Kabul nos coloca ante una disyuntiva difícil de resolver: o bien las bombas inteligentes no lo son tanto, o bien Alá es un poco estúpido. Escojamos, pues, la orfandad que mejor nos acomode --la tecnológica o la teológica-- y dispongámonos a disfrutar de un feliz e indoloro fin del mundo.

2.10.01

Vela de armas


La humanidad lleva tres semanas de vivir feliz en un canibalismo informativo que mastica los fragmentos más pequeños de carne humana rescatados en lo que fue el World Trade Center de Nueva York. El horror inicial ha cedido su sitio a un morbo enfocado en la subasta pública de cartas y calcetines de los terroristas (aún presuntos). El plato que viene no es necesariamente mejor: las empresas infográficas ya lanzaron a la venta doctorados intensivos en geografía afgana y en balances de fuerzas estratégicas en Asia Central y las audiencias hacen acopio de cervezas y botana para sentarse a ver la guerra que viene.

En realidad, desde el primer momento ese conflicto ha venido instalándose en nuestra cotidianeidad no con expresiones de destrucción bélica, sino como un rosario de frustraciones: postergación por tiempo indefinido de las expectativas de consumo, negocios extintos, viajes cancelados, juguetes que se quedan en el aparador de la tienda por más tiempo del previsto.

Hablando de juguetes, Clara y Sofía eludieron el bombardeo monotemático y atroz mediante una solución de sensatez rotunda muy propia de su edad: chapotear desnudas en el agua y esperar unos años a que las noticias de este momento se vuelvan contenido y las alcancen en los libros de historia. Cuando se asomen a estas semanas demenciales acaso no lo hagan en forma más indolora ni con mayor comprensión, pero sí lograrán, al menos, preservar su inocencia. Ellas no tendrán por qué sentirse involucradas de forma alguna en la obra de destrucción (que será especular, me temo) de los terroristas y de los contraterroristas, ni en el manoseo procaz de lo informativo, ni en la deshumanizada curiosidad por el destino de los limpiadores neoyorquinos y de los campesinos afganos. No estarán menos tristes cuando se enteren de las cotas logradas por el instinto de destrucción de los humanos, pero podrán eludir la aguda sensación de impotencia que nos acosa ahora a los adultos mientras observamos la gestación de lo que promete ser una de las campañas de violencia más difusas, impredecibles y, para la gente común, ominosas: la guerra contra el terrorismo será elástica, carecerá de bandos definidos (aunque empiece con bombazos en Afganistán) y se mimetizará con su enemigo.

Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos jugado con agua mientras una confrontación bélica tomaba curso. Así seguirá ocurriendo, además, en tanto el neocórtex no logre domesticar al reptil idiota y violento que, agazapado en el fondo del cerebro, espera una provocación para manifestarse en toda su arrogancia destructiva. Esa noción de haber convivido, en plena inocencia, con una o muchas guerras cercanas o remotas, nos ayuda a la sobrevivencia moral en épocas como la presente, cuando los halcones y los pragmáticos se disputan las modalidades de la venganza y cuando los partidarios de la pureza total aguardan con avidez a que una bomba les caiga en la cabeza y los libre, de una vez por todas, de las ambigüedades de este mundo.

18.9.01

Pagar el pato


Unos niños de apellido irlandés o italiano aprenden a vivir en orfanatorios de Queens o de Brooklyn. Un puñado de ancianos ha perdido sus pensiones y los lavadores de cristales del sur de Manhattan experimentan ya una grave reducción de empleos. Muchos miles de hogares se han quedado con una habitación vacía. No hay que recurrir a ninguna profecía para saber que las facturas de esos daños llegarán, en su momento, a un anónimo e inocente pastor de ovejas del Pamir, a quien le lloverá fuego sobre la carne; a los infantes afganos, quienes padecerán escasez de leche y medicinas; a los ciudadanos israelíes que vivirán niveles de amenaza e inseguridad nunca antes vistos, y a los palestinos de Gaza y Cisjordania, en donde los enjambres de helicópteros artillados causarán destrozos proporcionales y hasta superiores, si se considera la miseria y precariedad de esas regiones, al que causaron los ataques terroristas en EU.

A cambio de esas facturas, los accionistas principales de Raytheon, una firma que produce misiles de alta tecnología, podrán cambiar de yate gracias a las utilidades generadas por un montón de huesos chamuscados. Lo que viene es un duelo entre los que siempre ganan y los que nunca tuvieron gran cosa y que ahora, muertos, mutilados, huérfanos, viudos o desempleados, tienen menos que nada.

No hay equívoco: los dueños de las fábricas de aviones y los propietarios de miles de almas fanáticas están en el mismo bando en esta guerra, aunque parezca lo contrario, y aunque unos habiten en residencias de lujo y otros vivan en refugios del desierto de Margo. La sentina de intereses que desembocó en la tragedia de hace ocho días seguirá ganando, porque su negocio es la guerra y la destrucción.

A la larga, los llamados de muerte de los puros al estilo de Osama Bin Laden han fructificado; poco importa que ese antiguo aliado de Washington --como fue Sadam Hussein-- haya participado o no en la planeación de los atentados; su ganancia enorme es que ahora él y sus secuaces se han hecho merecedores al estatuto de potencia beligerante. Las políticas exteriores criminales de Estados Unidos han conseguido convertir al país y a su población en objetivos militares. Porque están en guerra, según afirma todo Washington --del presidente para abajo--, y guerra significa atacar y ser atacado en los ámbitos y símbolos más entrañables: la lógica bélica obliga a causar el mayor perjuicio posible al enemigo, y los daños más devastadores no son los estratégicos ni los propagandísticos, sino los afectivos. Por eso, en esta confrontación, los más inermes son los que no tienen bienes raíces ni acciones en la bolsa ni fortunas sauditas marinadas en petróleo ni arsenales ni nada que perder salvo el afecto: otras personas, su tierra de origen o refugio, sus calles, sus campos, su pequeño negocio y su trayecto cotidiano. Ellos perderán la guerra. Ellos van a pagar el pato.

14.9.01

Hoyo negro


A estas alturas es claro que las torres gemelas del World Trade Center se derrumbaron en diversas direcciones y causaron, en su caída, una destrucción terrible en diversos ámbitos: la economía de América Latina, el poder presidencial de Estados Unidos, los índices de vida, vivienda y empleo del sur de Manhattan. De esa forma inopinada han entrado en contacto las agendas ocultas del ajedrez mundial con las desamparadas cadenas productivas y hasta alimentarias de Puebla o de Iquitos; la bestialidad de los terroristas indudables pero anónimos, con la inocencia de los migrantes muertos y desaparecidos que lavaban pisos y platos en el corazón del poderío económico; la perversidad de las cloacas ideológicas, políticas y económicas en las que se gestó el atentado (y no habría que olvidar que todos los desagües del mundo conforman una vasta red de vasos comunicantes), con la candidez manifiesta de George Bush hijo, un hombre muchas tallas menor que la silla presidencial de la gran potencia planetaria, y cuya insignificancia mediática hubo de ser subsanada, ayer, por una enérgica aparición en CNN de Bush papá, personaje, ese sí, de conocidos arrestos bélicos y maquiavélicos: la Casa Blanca se ha vuelto la leonera de un junior que juega a mandatario mientras papá se ocupa de los actos y los símbolos del poder efectivo.

El agujero gravitacional del sur de Manhattan se ha chupado, además, vidas insustituibles en centenas o miles de hogares, escritorios, cubículos y cafeterías; deglutió de golpe postulados centrales del poder público estadunidense, como la capacidad de reacción del gobierno más poderoso del mundo y su facultad de proteger a la población, la inviolabilidad estratégica del territorio estadunidense y hasta las recetas tradicionales del terrorismo, según las cuales a toda acción correspondía una reivindicación. Los culpables directos del ataque se vaporizaron junto con la carne de sus víctimas y los responsables intelectuales pueden aparecer mañana o nunca, pero su presentación no va a ser convincente: el síndrome de Lee Oswald campeará como nunca en una sociedad en la que pueden desaparecer en cuestión de minutos, entre una nube de polvo, estructuras de reputada solidez arquitectónica, policial y financiera. Eso no se les había ocurrido a los más truculentos guionistas de Hollywood quienes, sin embargo, prefiguraron la destrucción masiva en Nueva York hasta convertirla en un arquetipo de la cultura cinematográfica del siglo XX. Pero esta semana, una organización desconocida o una insospechada convergencia de intereses criminales (y no hay que olvidar aquellos episodios del Teherangate en los que confluyeron fundamentalistas islámicos oficiales de la CIA, narcotraficantes y contras nicaragüenses) decidió, desde la realidad, rendir tributo al thriller y borrar para siempre vidas humanas, certidumbres, rascacielos, puestos de trabajo, oficinas administrativas, sentimientos de seguridad y dignidades de Estado. Todo se ha ido por ese agujero negro que se abrió de golpe en el sur de Manhattan.

4.9.01

Cucarachas


Hay un insecticida doméstico muy eficaz en forma de incienso que ha de administrarse en dos aplicaciones consecutivas, una quince días después de la otra, a fin de asegurar, dicen las instrucciones, que se interrumpa de manera definitiva el ciclo reproductivo de las cucarachas: los huevecillos tardan dos semanas en madurar, y es preciso asegurarse que los bichos recién nacidos mueran antes de que su generación crezca y vuelva a infestar la casa. Parece que hay puntos en común entre el modo de empleo del plaguicida y las estrategias del ejército de Israel ante los palestinos, y entre los grupos terroristas árabes frente a la población civil del Estado judío.

Destripar niños a bombazos es más barato que exterminar adultos (porque éstos suelen disponer de más recursos para su defensa) y más eficiente, cuando lo que se busca es exasperar al enemigo y generar una violencia duradera y autosustentable; en esta lógica, lo menos importante es si la bomba es enviada a sus destinatarios a bordo de un helicóptero de alta tecnología o adherida a un ser humano dispuesto a la inmolación. El propósito en ambos casos es que la carga explosiva del artefacto haga ignición y genere una onda de choque lo suficientemente fuerte para provocar, por sí misma, mediante elementos de fragmentación o por el efecto de objetos violentamente movidos de su sitio, una destrucción significativa de tejidos en los organismos que se encuentran alrededor. Y por determinación o por azar, tales organismos han resultado, en una creciente porción de los ataques, humanos en desarrollo.

Muy pocas conciencias en este mundo, salvo tal vez uno que otro fundamentalista de la ecología, se opondrían al exterminio de larvas de cucaracha en casas y departamentos; esa especie de insecto nos parasita, vive a nuestras costillas, contamina nuestros alimentos y es vector de enfermedades e infecciones diversas. Matar niños, en cambio, se ha vuelto repudiable en el curso de la historia. Dicen que los primitivos semitas hacían sacrificios masivos de infantes en honor de Baal, pero eso bien podría ser una calumnia romana contra los cartagineses, quienes descendían de fenicios y también, por lo tanto, de semitas. Herodes I el Grande logró un sitio de infamia en la historia por haber ordenado la matanza de los inocentes en Belén, a fin de frustrar el advenimiento de Jesús.

El escenario de esa historia coincide, más o menos, con la región ensangrentada de Israel y las tierras palestinas, pero ese dato carece de relevancia. Si los niños fueran larvas de cucaracha, el exterminio en curso podría situarse en cualquier vivienda infestada, es decir, en una casa en la que entraran en conflicto la vida humana y la de los insectos. Pero la evidencia disponible indica que ni israelíes ni palestinos pertenecen al filo de los artrópodos; son, por el contrario, homo sapiens, y eso plantea un problema de solución difícil para ambos bandos, para la especie en general y para el imperio de la razón a comienzos del siglo XXI.