20.8.02

El lugar de Dios


No sé si existe el video snuff o si es una mera leyenda urbana, pero la estancia de Juan Pablo II en el DF me hizo sentir más cerca que ninguna otra cosa de la experiencia snuff. La muerte a cuadro fue una evocación inevitable al contemplar, por cadena nacional, la agonía de un hombre resuelto a convertir su descomposición física en espectáculo pastoral de masas. Si uno lo piensa dos veces, resulta que la exhibición del dolor es consustancial al catolicismo --con todo y su imaginería de mártires crucificados, sepultados, degollados, fritos, destazados, despellejados o comidos por caníbales-- y los movimientos del Parkinson pontificio, prefiguración y amenaza de rigor mortis, constituyen un nivel moderado --de clasificación B, a lo sumo-- del regocijo romano ante el sufrimiento físico. Como quiera, la transmisión de la agonía pontificia, a fines del mes pasado, me resultó abrumadora, me dio un oso tremendo y me impidió tocar el tema por escrito. Acaso suene demasiado conservador, pero hay ciertos procesos fisiológicos que uno no debiera efectuar en público, como defecar, tener orgasmos o morirse, y me sentí agraviado por un pontífice que parecía decirnos con su acento polaco, y en cada pantalla de televisión del país, la frase que la protagonista de Matador le dirige a su amante en el momento climático de la película: “Mira cómo me muero”.

Tal vez por eso no fue hasta el domingo pasado, cuando el Papa había vuelto a su tierra natal --es decir, cuando había puesto una buena decena de miles de kilómetros entre su humanidad macilenta y la colonia Narvarte--, cuando empecé a comprender el sentido del reality show de tintes forenses con que el jefe máximo del Vaticano pretende evangelizar en los albores del siglo XXI. En la Cracovia de sus inicios, Karol Wojtyla vislumbró una modernidad en la que “el hombre se coloca en el lugar de Dios”, actúa como si éste no existiera y “reclama para sí mismo el derecho del creador de interferir en el misterio de la vida humana, quiere decidir sobre la vida humana a través de la manipulación genética y establecer el límite de la muerte”.

Ese ha sido, pues, el sentido profundo de la gesta político-teológico-mediático-clínica de este sucesor de Pedro: a lo largo de 23 años, Wojtyla se ha dedicado a revertir los múltiples deicidios y las usurpaciones de Dios ideados en el seno de una modernidad que en el Renacimiento empezó a reemplazar la presencia divina por la humana en las composiciones plásticas, que en el XIX descubrió la irrelevancia de Dios en la política, la ciencia y el arte y que, a fines del XX y principios del XXI, lo transfirió de manera definitiva del ámbito público al privado. Wojtyla odia el mercantilismo neoliberal porque, en estas reglas del juego, el pensamiento religioso sólo es viable --es decir, rentable-- si se inscribe en las divisiones de “entretenimiento”, “pasatiempos” o “mascotas”. A su manera, la taxonomía que propone Yahoo (www.yahoo.com) es un reflejo fiel del nuevo orden mundano, y hasta del espiritual, al que aspira el supermercado planetario. O sea que este hombre ha dedicado la primera mitad de su vida a combatir al comunismo, que prohibía a Dios, y la segunda, al capitalismo salvaje, que coloca sus atributos exclusivos en la sección de ofertas. Y sí: la clonación será aprobada en el momento en que se le construya un correlato de ingeniería financiera; la manipulación del genoma en todas sus expresiones (por ejemplo, la operación requerida para optar, de antemano, por hijos genéticamente predispuestos a la religión o al ateísmo) tiene sentido porque aporta rentabilidad y competitividad a las industrias farmacéuticas; la eutanasia, en un mercado de consumidores envejecidos, tiene un mercado creciente, y la prolongación de la vida será un hecho en cuanto se descubra la manera de hacer el cargo, vía tarjeta de crédito, a los potenciales usuarios de ese servicio.

Temo que a Wojtyla ya no le queden ni tiempo ni neuronas para comprender lo que sigue, pero el reposicionamiento de Dios en la sociedad no es sólo consecuencia del nuevo desorden mundial impuesto por los adoradores del mercado, sino también el resultado de luchas humanistas y libertarias que llevan muchos siglos sacándolo (para bien de él) de las constituciones nacionales, de los códigos penales, de los reglamentos de policía y de los manuales de buenas costumbres, y hallándole un sitio de gran dignidad en el corazón de quienes creen en él, en el arte y en el imaginario colectivo. Exista o no --y eso no tiene mayor relevancia en la post-razón tardía que vivimos--, Dios es, sin duda, el más hermoso personaje que haya podido imaginarse jamás y, en el mundo moderno, se encuentra entretejido en las zonas de placer del cerebro humano. Norberto Rivera es a la teología lo que un tanque de guerra a la ingeniería; quienes no formamos parte de las filas de creyentes --y no necesariamente por “ignorancia, indiferencia, miedo o por pertenecer a corrientes hostiles a la religión”, como interpreta el arzobispo--, podemos entender la experiencia divina cada vez que escuchamos la risa de nuestras hijas, o cuando contemplamos actos de creatividad o caridad espontánea, o cuando nos hundimos en las humedades del ser amado.

Pero el pontífice polaco luchó toda su vida por restituir a Dios en su sitial en los enlaces neuronales que dictan el deber y que amenazan con el dolor, y por eso va por el mundo exhibiendo con orgullo sus miserias corporales y sus espasmos incontenibles; por eso goza donde otros sufren, y por eso el gozo ajeno le provoca sufrimiento.

13.8.02

Doble caída


Los restos del naufragio mecidos por el oleaje son poderosos catalizadores de la melancolía. Hasta el domingo pasado (y puede ser que incluso hoy) la página de Avantel en Internet ensalzaba a uno de sus patrones en un depurado estilo punto com y con los rebuznos gramaticales característicos de los yuppies:

“Es una nueva compañía de comunicaciones diferente. Con ingresos anuales de más de 30 mil millones de dólares, combina solidez financiera y de diversos recursos para buscar las mejores oportunidades de crecimiento de la industria, con una avanzada red global, construida especialmente para esta era de las comunicaciones y de la información”. Su estrategia “consiste principalmente en concentrarse en los segmentos de más rápido crecimiento de la industria: datos / Internet y los servicios de comunicaciones locales e internacionales. Particularmente en Estados Unidos, es la segunda compañía de larga distancia más grande, con una red de fibra óptica de 45 mil millas que abarca todo el país. Además, cuenta con más de 100 redes locales de fibra de alta capacidad y una red integrada de servicios de comunicaciones que abarca desde Canadá hasta Estados Unidos y México”.

El objeto de los elogios es nada menos que WorldCom, el agujero negro por el que han desaparecido unos siete mil 400 millones de billetes verdes --mas lo que se acumule esta semana-- y que ha echado a perder, junto con Enron, las esperanzas de recuperación económica que abrigaba el gobierno estadunidense.

Se ha dicho que los episodios de pánico financiero y fuga de capitales --y los consiguientes periodos recesivos-- en los escenarios de lo que ahora se denomina “economías emergentes” representan, para los protagonistas económicos del mundo, buenas oportunidades de negocio. Pero la descompostura mayor que mantiene paralizado al país vecino desde 2000 no le da oportunidades de nada a nadie, salvo, tal vez, la posibilidad de reproducirse, por vía no sexual, a los pobres, miserables y homeless de todo el mundo. El momento tampoco es bueno para el gobierno de George W. Bush, porque el estancamiento y los megafraudes han golpeado a muchos ahorradores y jubilados que son, además, votantes, y que están incluidos en los cálculos del Partido Republicano para las elecciones de noviembre próximo.

Hoy, sin darle mucha importancia a que sea martes 13, se reúnen las autoridades de la Reserva Federal de Estados Unidos para decidir qué hacen con este desfiguro de crisis persistente y si es aún posible y prudente darle un nuevo mordisco a las tasas de interés. Mientras tanto, el presidente Bush, el vicepresidente Dick Cheney --a quien las malas lenguas consideran el baby sitter del mandatario--, el secretario del Tesoro, Paul O'Neill y otros funcionarios, estarán dando un espectáculo público en la Universidad de Baylor (ubicada en Waco, Texas, muy cerca del rancho presidencial), con el propósito de conjurar los pánicos, de jurar que la tormenta ha pasado y que las catástrofes de Enron, WorldCom, Tyco, Global Crossing, Qwest, Xerox, US Air y United Airlines, entre otras, son asuntos aislados y excepcionales en el marco de una economía con “fundamentos fuertes”, Bush junior dixit.

A pesar de los esfuerzos de la Casa Blanca por convencer al respetable de que la recesión económica es sólo un mal recuerdo, el miércoles pasado la Oficina Nacional de Investigación Económica --organismo que estudia los ciclos económicos estadunidenses-- señaló que aún no puede anunciarse el fin de la recesión y, peor aun, que no es posible descartar un “segundo tramo” de declive económico. “Recesión de doble caída” es el nombre técnico de este escenario de pesadilla. Glenn Hubbard, asesor económico de la Casa Blanca, dice estar seguro de que no va a presentarse. Pero ese funcionario tiene la cara dura para afirmar que “la recuperación sigue intacta”, y creer en sus palabras requiere, en consecuencia, de un esfuerzo casi muscular de credulidad.

25.6.02

Adiós a los trenes


Esta semana --hoy, mañana y el viernes próximo-- dejarán de circular los carros de Amtrak por las vías férreas de Estados Unidos, y ante esa noticia uno se acuerda de las tardes del verano de 1976, cuando atravesaba los bosques de Pensilvania a bordo de un vagón plateado, entre ruidos rítmicos y reconfortantes, cuando el planeta no era un sitio en el que se prohibiera fumar; uno podía imaginarse un mundo sin capitalismo, sin miseria y sin prejuicios sexuales, pero habría sido impensable un mundo sin trenes. Uno podía pensar que estaba enamorado para siempre (y nunca lo estuvo) de una tal Louise, y agradecido para siempre (y lo sigue estando) con una tal Sylvia: la inalcanzable y el hada madrina. Uno podía, además, aspirar a que un día comprendería a fondo los grundrisse y que de ahí tomaría las claves para dotar de zapatos, vacunas y escuelas a todos los niños del Tercer Mundo, pero no habría logrado imaginar que el socialismo real sucumbiera por el afán de sus habitantes de estrenar tenis Nike. Lo anterior es una simplificación realmente burda, por supuesto, pero no tanto como la realidad de un mundo sin trenes.

En este lamento se reconoce a leguas una sensiblería y un provincianismo cronológico insufribles, porque a lo largo de muchas centenas de miles de años la humanidad ha vivido sin ferrocarril, y en extensas regiones del mundo ese símbolo decimonónico y vigesimónico de progreso nunca ha tenido existencia significativa. Pero para una buena cantidad de humanos de esas épocas, lo más significativo de su existencia (viajes, trabajo, amores, literatura, historia nacional, teatro, cine) está vinculado a locomotoras, durmientes, estaciones nostálgicas y vagones.

El gobierno de Porfirio Díaz tendió vías férreas por medio México y pensó que así preparaba al país para la llegada del siglo XX. Pero lo que llegó por la trama de los rieles fue el gran incendio de la Revolución, con toda su carga de civilización, de barbarie y de cultura, y con sus semillas de luz y de autoritarismo, de civismo y cacicazgos, de legalidad y corrupción. Desde la Segunda Guerra Mundial, México se desinteresó de su estructura ferroviaria, apostó por el asfalto en detrimento de las vías férreas y dejó morir sus trenes. Hoy en día, Ferrocarril de Cuernavaca es una cicatriz sin sentido que atraviesa la ciudad de México y en la que florecen especies vegetales comunes, pero insólitas al lado del Periférico: maíz, trigo, sorgo y frijol, entre otras plantas cuyas semillas cayeron ahí, inadvertidamente, transportadas por furgones ferrocarrileros.

Ahora es el turno de Amtrak. El gobierno de Bush Jr. piensa que “el sistema ferroviario público debe dejar de ser subsidiado y adaptarse a la realidad del mercado”, según lo expresó Norma Mineta, secretaria de Transporte. La frase huele tanto a manual privatizador que no parece pronunciada por una funcionaria gringa, sino por un presidente latinoamericano, y además descobija la inepcia administrativa de Washington, porque en los países europeos el que los ferrocarriles se adapten a la realidad del mercado no necesariamente ha sido sinónimo de quiebra y extinción inmediata.

Esa realidad del mercado, es decir, sin trenes, va a ser dura para muchos estadunidenses. No se trata sólo de asuntos sentimentales y de nostalgias absurdas, sino de pérdida de empleos, de puntos de referencia y también, a fin de cuentas, de un medio de transporte eficaz y mucho más grato que los autobuses Greyhound, con sus asientos estrechos repletos de monjas plácidas y de asesinos seriales en busca de un Tarantino que los convierta en personajes de la pantalla. No es que uno tenga nada personal contra las religiosas ni contra los jóvenes valores de la nota roja. Si alguna enseñanza positiva nos dejó el siglo XX es que cada cual hace con su vida lo que quiere, y que puede hacerlo a bordo de un autobús, de un tren, de una balsa de migrante, de un avión o de un coche. Ocurre, simplemente, que en los espaciosos vagones de Amtrak el ambiente era más relajado y afable que el hacinamiento característico de los buses, y que en el tren uno podía desentenderse del entorno y del prójimo, y ponerse a pensar en Kant o en el cangrejo, en amores reales o imaginarios, en amistades que siempre sí han durado toda la vida y en complots en favor de la sociedad igualitaria. Escribo esta frase en pasado porque el sistema ferroviario de Estados Unidos va a desaparecer entre mañana y el domingo, porque a diferencia de aquellos tiempos en los que uno fatigaba la costa este a bordo de los vagones de Amtrak hoy sabemos que no será tan fácil ni tan rápido resolver los problemas de la humanidad y porque, a diferencia de ese entonces, hoy, cuando uno ama, tiene cierta certeza de que es cierto y todo lo demás es relativo.

18.6.02

Más sobre paredes


En la mañana tórrida del domingo, en un paisaje de colinas arboladas, varias máquinas excavadoras se empeñaban en el despeje de un terreno en Kafr Salem, localidad poblada mayoritariamente por palestinos, pero situada en tierras que oficial y aceptadamente pertenecen a Israel. Desde allí ha de levantarse un gallinero electrificado que rodeará las localidades cisjordanas de Tulkarem, Jenin y Kalkiliya. La obra tendrá una extensión final de 350 kilómetros, costará cerca de 100 millones de dólares y los trabajos tomarán un año. El propósito declarado es impedir que los terroristas palestinos se internen en territorio israelí y hagan explotar la dinamita, que llevan pegada a las costillas, en sitios públicos concurridos.

La parte palestina teme que la cerca constituya un hecho consumado que le permita a Tel Aviv robarse más tierras árabes de las que ya se ha robado. Por su parte, los sectores de extrema derecha de la Knesset, como el Partido Nacional Religioso, critica la construcción porque deja fuera de Israel a unos 200 mil de los colonos judíos asentados en Cisjordania y podría convertirse en una frontera definitiva entre el Estado hebreo y un futuro Estado palestino; como alternativa proponen el establecimiento de las “zonas de contención” originalmente anunciadas (en febrero) por Ariel Sharon, y que consistirían en confinar pueblos y ciudades palestinas en corrales de alta tecnología.

La fórmula aplicada por el premier israelí implica el establecimiento de algo semejante a los bantustanes ideados por el régimen racista de Sudáfrica para enjaular a la población negra del país en una suerte de municipios enrejados, en los cuales los habitantes tenían el derecho a escoger la pintura de sus barrotes. La propuesta de la ultraderecha desembocaría, más bien, en la conformación de una diversidad de guetos como el de Varsovia.

En una u otra perspectiva, la reivindicación de los palestinos de construir su propio Estado ha sido vetada por Washington y por Tel Aviv. De esa forma, ambos gobiernos han extendido un certificado, si no de legitimidad, sí al menos de lógica a la violencia de los ocupados. Al parecer, los palestinos no se consideran a sí mismos aves de corral; no quieren, en consecuencia, vivir en gallineros, y están dispuestos a hacer todo lo que esté en sus manos para cambiar esa condición, incluso reventar en lugares públicos repletos de israelíes.

Tel Aviv sabe que la bestialidad de esos atentados es la otra cara de la moneda de la ocupación israelí, que el muro que está erigiendo establece una espiral perpetua de destrucción, en la que el ataque primigenio carece de importancia: me permito destripar a tus hijos porque tu destripaste a los míos.

Ese círculo de odios no augura nada bueno. Israelíes y palestinos se proyectan mutuamente --como personas, como instituciones, como liderazgos-- imágenes de máxima maldad. Eso mismo ocurre entre el gobierno de Sharon y varios regímenes árabes e islámicos que cada vez se sienten más reivindicados y justificados en su deseo, obligadamente genocida, de quitar del mapa al Estado judío.

Tal vez por eso Israel adquirió, según chisme dominical de The Washington Post, un trío de submarinos con capacidad de llevar misiles nucleares, medida que reforzará los empeños de Irán e Irak por hacerse ellos también de armas atómicas. Hasta ahora esos esfuerzos han sido ineficaces, y acaso sigan siéndolo por un tiempo. Pero a la larga, y a juzgar por los ejemplos de Pakistán, la India y el propio Israel, la proliferación es inevitable. Por eso los tiempos actuales en Oriente Cercano no son sólo de construcción de gallineros, sino también, parece ser, de siembra de esporas para el florecimiento de champiñones nucleares.

11.6.02

Frost en Belfast


El domingo pasado los soldados de Inglaterra empezaron a duplicar la altura de los muros que dividen a católicos y a protestantes en la parte oriental de Belfast, con el propósito de evitar nuevos enfrentamientos en la ciudad. Las paredes divisorias se elevaban a 3.66 metros, que viene siendo el doble de lo que mide un humano más bien alto. En unas semanas Belfast quedará dividida por una barda de más de siete metros, o sea, el equivalente de una construcción de tres pisos. Les llaman “muros de paz”.

Tal y como estaban, los muros del distrito de Short Strand resultaban insuficientes para contener los variopintos proyectiles de odio que se lanzaban bandas rivales --balas, piedras, ladrillos y frascos llenos de gasolina-- y que la semana pasada dejaron un saldo de decenas de heridos en ambos lados de la pared.

Elevar los muros es una solución posible para los que piensan, como el empecinado interlocutor imaginario del poeta Robert Frost en el célebre Mending Wall, que “buenas cercas hacen buenos vecinos” (good fences make good neighbors). El único requerimiento para semejante operación mental es definir la buena vecindad como ausencia completa de relación, como aislamiento fóbico, como terror al contagio, al bombazo o a la pérdida de identidad.

La realidad es que la erección de un muro (o la prolongación de uno ya existente hasta una altura supuestamente infranqueable) representa una complicación adicional en una convivencia conflictiva: la pared encierra, excluye y ofende por añadidura (Before I built a wall I'd ask to know / What I was walling in or walling out, / And to whom I was like to give offense), y establece un multiplicador de provocaciones. Esa es la lógica de las murallas, desde las de Jericó hasta la “frontera inteligente” de Estados Unidos con México (como si la única frontera inteligente posible no fuera la que renuncia a existir), pasando por el Muro de Berlín y todas las líneas verdes del mundo.

Una pared coloca a alguien en la posición de cautivo o de excluido. Una pared es, por lo tanto, una manera de auspiciar conatos de fuga o tentativas de incursión.

Ciertamente, ante la perspectiva costosa, incierta e inquietante de resolver las raíces de una confrontación o de una diferencia, siempre queda la solución estúpida, pero eficiente en el cortísimo plazo (24 horas, una semana) del amontonamiento de ladrillos, el fundido de hormigón o la instalación de dispositivos láser e infrarrojos.

En el tercer lustro del siglo pasado, en el norte de Boston, Frost escribía: But at spring mending-time we find them there, / I let my neighbor know beyond the hill; / And on a day we meet to walk the line / And set the wall between us once again. El poeta intuía que una pared tiene la virtud horrenda de crecer y reproducirse, como lo describió, cinco décadas más tarde, Manuel Scorza en Redoble por Rancas, novela en la que la valla de la Cerro de Pasco Corporation se expande, a expensas de los comuneros indígenas andinos, hasta devorar el universo conocido, y como pueden constatarlo ahora los soldados ingleses en Belfast oriental.

4.6.02

Combates singulares


Todos los conflictos regionales, los naufragios de barcos repletos de chinos o cubanos o africanos migrantes, las matanzas en Medio Oriente, las epidemias de sida y de catarro, las partidas de póquer del comercio mundial y hasta los pormenores truculentos de la guerra santa contra el terrorismo --que, vista con cuidado, es un transgenérico entre el auto sacramental y el thriller-- fueron borrados de tu atención. En su trayecto celeste, el globo terráqueo ha entrado en una zona oscura, en un paréntesis tan aburrido que se hace indistinguible de la hibernación, y en un autismo tan hondo que la mejor manera de representar al ausente es una pelota de futbol.

A lo largo de cuatro semanas, la parte visible y (tele)vidente del género humano estará tomando la comunión en 64 combates singulares --durante junio la humanidad está representada por las 704 piernas más hábiles del mundo-- y representando todos sus problemas en la batalla por una esfera, que es una copa de oro de diseño espantoso, que es un cheque de cientos de miles de dólares en el bolsillo de cada jugador y otro, de cientos de millones de dólares, en la caja fuerte de cada empresa televisiva.

En una época más bien remota, William Masters y Virginia Johnson inscribieron el orgasmo simultáneo de la pareja en las listas de lo políticamente correcto; ahora la tendencia es el clímax multitudinario, la sincronización planetaria de espasmos y contracciones y jadeos en el momento justo en que 200 millones de espectadores observan en la pantalla la penetración del balón en la red de una portería. Desde cierto punto de vista, se trata de una sublimación perversa, porque el portero derrotado sufre, y su dolor y su humillación infinitos alimentan el regocijo de los rugientes; pero si la representación no es sexual sino, digamos, bélica, entonces el futbol y sus goles son un invento fenomenal, porque cada gol nos evita sabe Dios cuántos disparos de mortero. Qué diera uno porque el presidente de Estados Unidos saciara sus instintos de niño bobo pateando durante 90 minutos una pelota con la cara de Bin Laden.

Como cualquier otro ejercicio escénico, el juego obliga a guardar el sentido común en un rincón del clóset. De otra manera no se entiende el empeño con el que 22 individuos se disputan una pelota, cuando es seguro que hay otras 21 a su disposición en la tienda de deportes más cercana. Qué reconfortante y fácil sería repartir pelotas de cuero para terminar con la carnicería de Colombia, por ejemplo, o para aplacar el furor energético de los países industrializados antes de que sus emanaciones de dióxido de carbono conviertan al mundo en una olla de caldo de pescado. Pero, para ser justos, la desactivación temporal de la lógica no sólo es un requisito obligado para los espectadores del balompié global, sino también para meterse al teatro, al cine, al templo, al mitin y hasta a una carpa de circo.

Así vistas las cosas, el Mundial puede ser una fiesta emocionante y llena de momentos conmovedores. El único problema es que, así como el sentido común es fácil de guardar en cualquier cajoncito --y difícil de encontrar, más tarde, cuando uno lo busca--, los cuerpos esféricos son la cosa más estorbosa y cuesta un demonial devolverlos a su sitio una vez que se les utiliza. Tal vez por eso Dios ideó las leyes de la gravitación y el universo en general: para ahorrarse el trabajo de alzar el tiradero de tanta pelota y dejarlas girando eternamente una alrededor de otra. Puede verse como una solución simple y elegante, sobre todo tratándose de objetos planetarios y estelares, los cuales, a diferencia de los balones de futbol, no se desinflan con facilidad una vez que has terminado de jugar con ellos.

28.5.02

Ghauri


La madrugada del último domingo, el Bush junior sudaba una pesadilla en la que los fantasmales responsables de la destrucción masiva se burlaban de él. El aliento cercano pero inatrapable de Osama Bin Laden le paseaba por el cuerpo y el mandatario se revolvía inquieto entre sus sábanas con estampados de Winnie the Pooh. A esa misma hora, en el otro lado del mundo, en un lugar ignoto de Pakistán, se elevó del suelo un cilindro de 135 centímetros de diámetro por 16 metros de alto y un peso de 15 toneladas. A pesar de sus dimensiones majestuosas, el aparato, rojo y puntiagudo, recuerda vagamente un pene de perro. Tiene la denominación técnica Haft-V, pero fue rebautizado en homenaje al rey afgano Shahbuddin Ghauri, quien, en el siglo XII de esta era, conquistó las porciones occidentales de lo que actualmente es territorio de la India.

El Ghauri metálico actual es, potencialmente, mucho más sanguinario que su predecesor de carne y hueso. El pájaro tiene un alcance de mil 500 kilómetros, suficiente para llevar su cabeza atómica de varias decenas de kilotones y hacerla reventar sobre Nueva Delhi o Bombay, las dos ciudades indias más importantes y populosas. Según el CDISS (Centre for Defence & International Security Studies (http://www.cdiss.org/hometemp.htm), la tecnología del misil fue un gracioso obsequio de los gobernantes chinos a sus amigos paquistaníes. No hay datos, en cambio, sobre la procedencia de la pintura roja de la punta, una pequeña obscenidad adicional a la que significa construir un artefacto para administrar la muerte a 9 millones de personas en Nueva Delhi (o 12 millones y medio, si el cilindro decide visitar Bombay) y destruir, de paso, el célebre Museo de Muñecas, el Jama Masjid, uno de los más hermosos recintos musulmanes de la ciudad, el Templo del Loto, consagrado en cambio al culto Bahai, o el Raj Ghat, donde fue incinerado Gandhi.

La India cuenta, por supuesto, con instrumentos de muerte de bajeza análoga, dispuestos a emprender un vuelo rápido y definitivo a Islamabad. También Israel dispone de tubos semejantes; por razones de costo/beneficio es poco probable que los aviente contra Tulkarem, Belén o Ramallah: a Sharon y sus aliados les resulta mucho más barato producir cadáveres de palestinos con armas convencionales, pero si un día de estos la tirantez entre Israel y los países árabes ya constituidos volviera a puntos de crisis, y si el genocida que gobierna en Tel Aviv lograra afianzar entre sus conciudadanos la idea de que los vecinos de Israel han vuelto a amenazar la existencia del Estado hebreo, habría que agregar Damasco, Bagdad y sabe Dios qué otras poblaciones, con sus parques, sus museos, sus iglesias y sus tiendas de helados, a la nómina de ciudades amenazadas por el holocausto atómico.

Mientras estas y otras cosas ocurren en sitios lejanos del planeta, separados de Washington por decenas de miles de kilómetros y por ocho o más horas de diferencia horaria, el Bush junior se revuelve en sus sábanas de Winnie the Pooh, acosado por las barbas con olor a cabra de Bin Laden, espantado por los bigotes de Saddam Hussein y atormentado por las arrugas de momia precoz de Muamar Kadafi. El humo de carne chamuscada que brotó durante días de los escombros de las Torres Gemelas sigue impregnando la mentalidad simple del mandatario. Quién sabe si los hipermalvados de Al Qaeda y los otros espantajos del eje del mal tuvieron alguna o mucha capacidad de destrucción y si aún conservan algo de ese poder satánico nunca demostrado. Pero mientras el Bush junior se orina de susto en su cama presidencial, sus aliados de Islamabad han puesto a punto el mecanismo para perpetrar el bombazo terrorista más cruento desde agosto de 1945, cuando Harry Truman acabó de un plumazo con cientos de miles de civiles inocentes en Hiroshima y Nagasaki.

21.5.02

Buenos días, Loro Sae


En la madrugada del domingo nació Timor Oriental como nuevo integrante de la comunidad de naciones. El viejo luchador independentista Xanana Gusmão fue investido presidente del nuevo Estado en una ceremonia en Dili, a la que asistieron también la mandataria indonesia, Megawati Sukarnoputri, el ex presidente Bill Clinton y el secretario general de la ONU, Kofi Annan, quien en ciertas ocasiones de fiesta unánime logra incluso hilvanar discursos emotivos.

Hay que recordarlo: la isla completa, situada entre los paralelos 8 y 10 y entre los meridianos 123 y 127, entre los océanos Índico y Pacífico, tiene 470 kilómetros de largo por unos 110 de ancho en su parte más gruesa, y una superficie de 32 mil 350 kilómetros cuadrados de los cuales 19 mil corresponden a su porción oriental. 19 mil 152, para ser precisos, si se agregan los islotes de Ataúro y Jaco. La porción occidental de la isla corresponde a Indonesia, mientras que la nueva patria se asienta en la porción oriental. En Malayo, “timor” significa, precisamente, oriente, y ante ese pleonasmo más vale pronunciar el nombre del país en tetum, el idioma local: Loro Sae.

Es un país pequeño, paupérrimo y escasamente poblado: 800 mil habitantes, desempleo de 70 por ciento e ingreso per cápita promedio de 55 centavos de dólar al día. Sus herencias coloniales destacables son el portugués sonoramente amestizado con las lenguas locales, el catolicismo mayoritario y los diez muertos por kilómetro cuadrado que dejó la última y delirante fase de la prolongada ocupación indonesia (1975-1999) que siguió a la salida de la isla de las tropas de Portugal tras la descolonización.

A partir de la invasión indonesia, el Consejo de Seguridad y la Asamblea General de la ONU emitieron varias resoluciones pidiendo el fin de la ocupación, pero ninguno de los gobiernos poderosos hizo nada para aplicarlas. Tal vez las cosas habrían seguido el curso invariable del exterminio (Timor Oriental tenía 600 mil habitantes en 1975, y de entonces a la fecha los ocupantes le han asesinado 200 mil). Pero el 12 de noviembre de 1991 las tropas de Suharto abrieron fuego contra los asistentes al funeral de Sebastião Gomes, un presunto miembro de la resistencia timoresa asesinado la víspera. 271 personas murieron en el lugar. Hubo 382 heridos y otros 250 “desaparecidos”, quienes, de acuerdo con testimonios de sobrevivientes, fueron arrestados y rematados a pedradas, o mediante la inyección de sustancias letales, en el interior de un hospital militar.

El mundo estaba ocupado en cosas más importantes (fue el año de la guerra contra Irak y el de la disolución de la URSS) y acaso no habría prestado mucha atención al suceso, pero entre los heridos había dos periodistas estadunidenses (Alain Nairn y Ami Goodman) que vivieron para contarlo. Quien tenga el hígado fuerte puede encontrar fotos y fragmentos de video de la matanza en el servidor de la Universidad de Coimbra. La noticia llevó al Congreso de Estados Unidos a suspender la ayuda militar a Indonesia y, en general, introdujo una dosis de vergüenza y sentimientos de culpa en las hasta entonces impasibles cancillerías de Occidente. También contribuyó a la difusión del drama timorés el Premio Nobel de la Paz otorgado en 1996 al obispo Dom Ximenes Belo y al dirigente maubere José Ramos Horta. Pero no fue sino hasta la caída de Suharto, en 1998, que se abrió una perspectiva real de solución para la autodeterminación del país negado.

En 1999, las tropas indonesias y sus grupos paramilitares perpetraron la última matanza (documentada por Amnistía Internacional), el mundo tomó cartas en el asunto y se envió una fuerza internacional a proteger a los timoreses y a organizar el referéndum de independencia y las elecciones generales. Fue una historia de éxito, como lo ha sido la de Namibia, y como no han podido serlo todavía las de Palestina y la República Árabe Saharaui. Pero Timor está apenas en el principio. Ahora deberá resolver el desesperante acertijo del desarrollo, de la consecución de niveles de vida decorosos y de la integración en la intemperie de la globalidad salvaje y depredadora. Ojalá que lo consiga. Buenos días, Loro Sae.

14.5.02

Infancia


A la larga, el cuidado de las crías hizo la diferencia entre los reptiles, ovíparos, y los mamíferos, vivíparos. Un hecho así de elemental, una discriminación básica entre las perspectivas de sobrevivencia y las de extinción, habría podido animar los trabajos de la sesión especial de Naciones Unidas en favor de la infancia que tuvo lugar la semana pasada en Nueva York, encuentro lucidor que reunió una apreciable masa de liderazgo mundial. Pero, a juzgar por los resultados, la humanidad no tiene ni instinto ni conciencia sobre el cuidado de sus cachorros, ha perdido interés en la viabilidad (hay cosas mucho más importantes, como mantener a raya la inflación y combatir el terrorismo) y sus dirigentes mundiales son estúpidos: los anima principalmente el afán de asegurar la transferencia de sus sillones de cuero y de sus camionetas blindadas --vehículos de doble tracción que fatigan de manera absurda el pulido asfalto de los centros de convenciones-- a sus propios nietos y bisnietos; creen que con ello asegurarán la persistencia de sus genes. Pero hablan en nombre de la humanidad y, deliberadamente o en virtud de una extrema inocencia, creen que sus propias familias y sus respectivos círculos sociales constituyen el conjunto de la especie.

Si las cosas siguen como van, los bisnietos burgueses de Kofi Annan, de Vicente Fox, de Alejandro Toledo, de la reina Sofía y de Bill Gates, entre otros de los invitados ilustres en Nueva York, sobrevivirán cercados por millones y millones de descendientes de los niños soldados, los niños sexoservidores, los niños famélicos, los niños sidosos, los niños drogadictos y los niños de la calle del presente. Los estadistas, funcionarios, empresarios y nobles que se dieron cita en el encuentro para ponerle sonrisitas de conejo a los problemas contemporáneos son responsables, por omisión, de una fractura de la especie en una vicemanada de bebés rosáceos, regordetes y tecnocráticos, por un lado, y, por el otro, en una horda gigantesca de tarados miserables. Unos y otros heredarán el mundo que habitamos y tendrán que compartirlo y convivir, y aquello será un infierno.

Las responsabilidades de la vida privada no pueden deslindarse --no del todo-- de las obligaciones sociales. Uno puede meter el dedo en un tarro de miel y después chupárselo, y sentarse a imaginar a su propia familia instalada en el bienestar logrado con el esfuerzo de toda una vida. Pero, del otro lado de la barda del jardín (mira qué lindas bugambilias, imbécil), acecha el resto de la especie. No siempre con rencor, no necesariamente con facturas personales, pero sí con todas las no resueltas miserias materiales y espirituales, lista para aplicar las leyes de la termodinámica y a disipar el calor en una vastedad de frío, a enfriar lo caliente, a compensar, a tejer de manera vertiginosa vasos comunicantes insospechados entre la opulencia y la carencia, entre el convento y el burdel, entre la crema contra las arrugas de la tía rica y las llagas expuestas del mendigo.

Pero ante esa perspectiva los asistentes al encuentro de Nueva York se conformaron con esbozar sonrisitas de conejo y con redactar una maravillosa carta a Santa Claus. Son, pues, responsables por omisión de permitir la persistencia de los infiernos creados por la humanidad para todos sus cachorros. Podrán esgrimir toda clase de pretextos para explicarle al mundo su manifiesta ineptitud --la precariedad de los consensos, el gradualismo obligado de las acciones, el realismo responsable que justifica el no hacer nada-- pero en el fondo saben que han fallado, que les han fallado a sus hijos, a sus nietos, a los bisnietos de sus prójimos y a los descendientes más lejanos de todo mundo, y que son por ello, tomados en conjunto o uno por uno, una impresentable vergüenza.

30.4.02

Danielle Shefi


Ariel Sharon logró su propósito de matar a buena cantidad de palestinos. Algunas de las ocupaciones documentadas de los muertos eran: terroristas, panaderos, inválidos desempleados, amas de casa, niños, enfermeras y deficientes mentales. También consiguió evitar que la ONU constate los crímenes de lesa humanidad cometidos por sus fuerzas armadas en Jenin, Ramallah y otras localidades.

Yasser Arafat consiguió su objetivo de salir de su cuartel general destruido y de volver a su vida ajetreada y emocionante en las reuniones internacionales, a sus funciones de jefe de Estado ?aunque el Estado en cuestión haya quedado reducido apenas a algo más que unas ruinas humeantes y una horda de sobrevivientes misérrimos, dolientes y humillados? y a sus sesiones de fotos tomado de la mano de cuanto presidente se cruce en su camino.

Dos criminales palestinos, vestidos con uniformes del ejército israelí, y disfrazados ante sí mismos de mártires patrióticos, consumaron su designio de asesinar a la mayor cantidad posible de civiles judíos --hombres, mujeres y niños-- y lograron, además, la recompensa insólita y excepcional de escapar con vida del lugar del crimen.

Danielle Shefi, en cambio, no pudo cumplir con los objetivos que suelen ser comunes a todas las niñas de seis años: crecer, ganar masa corporal, alcanzar la pubertad y la adolescencia, llegar a la vida adulta y pasar por amores, estudios, hijos y mascotas, tener algo de dinero, tal vez un piano, seguramente una computadora.

Danielle Shefi era israelí, tenía seis años, vivía en el asentamiento judío de Adora, cerca de Hebrón, implantado a sangre y fuego en tierras árabes, y la muerte le llegó junto con otros tres colonos del enclave, cuando dos criminales palestinos decidieron hacer, con unos civiles aterrorizados, lo que las tropas de Sharon han venido haciendo en Ramallah, en Belén, en Tulkarem, en Nablus, en Jenin: asesinar gente casi siempre inerme y casi siempre inocente. Así murió Salwa Hassan, hace tres semanas en Rafah, y así han muerto docenas de niños israelíes y palestinos, en una guerra particularmente estúpida, que se alimenta a sí misma y que no va a detenerse por más que Sharon logre sus propósitos homicidas del momento, Arafat consiga su ansiado pasaporte de vuelta a los cocteles y dos criminales de filiación política y religiosa incierta, pero seguramente palestinos, se sientan invadidos por el gozo enorme y pueril de haber dado muerte a cuatro de sus opresores, uno de los cuales resultó ser una niña de seis años.

Con esos cuatro homicidios de Adora, los terroristas pueden estar seguros de haber dado a Sharon razón política suficiente para destruir más viviendas palestinas con todo y sus habitantes adentro. Con el arrasamiento de Jenin y las atrocidades cometidas en otros puntos de Cisjordania, el gobernante israelí puede contar con que ahora mismo, entre los escombros de las casas destruidas, entre almohadas destripadas, pedazos de muebles domésticos y manchas de sangre seca, una nueva generación de terroristas se prepara para realizar nuevos y abundantes atentados contra civiles israelíes.

Daría casi cualquier cosa por persuadir a mis amigos israelíes y judíos de que Ariel Sharon no es su Winston Churchill, sino su Slobodan Milosevic, y que el hombre está causando a Israel y a los judíos un daño incalculable. Naomi Klein acaba de señalar, con lucidez dolorosa, que “...cuando el antisemitismo crece, al menos en parte como resultado de sus acciones, es el propio Sharon el que de nuevo recolecta los dividendos políticos”.

Por ahora me conformo con escribir dos nombres propios, uno al lado del otro, con la esperanza absurda de encontrar, en medio de la injusticia y la barbarie, un mínimo vínculo de hermandad, aunque sea el de la muerte: Danielle y Salwa. Salwa y Danielle.

23.4.02

Jenin no existe


Todo lo que se ha publicado sobre el campo de refugiados de Jenin es mentira y no hay evidencias que lo demuestren. No hubo masacre de palestinos, no tenemos nada que ocultar, dijo a la prensa, el jueves de la semana pasada, Rafi Laderman, portavoz oficial del ejército israelí, frente al montón de escombros sazonado con trozos de carne humana.

Jenin no existe, y Saramago y Soyinka padecen un exceso de imaginación literaria; Jenin no existe, y los enviados de la ONU han sido comprados por el petróleo de los árabes; Jenin no existe, y la prensa del mundo se volvió antisemita de la noche a la mañana; Jenin no existe, y las fotos de los muertos son una adulteración de la realidad lograda gracias a la magia de Photoshop; Jenin no existe, y quien sostenga lo contrario es racista y desea la extinción del Estado de Israel; Jenin no existe, y quien diga otra cosa es partidario del terrorismo internacional y enemigo de la democracia.

“Jenin no existe”, gritan a coro los funcionarios del gobierno israelí, desde los que, como Ariel Sharon, llevan un fusil de asalto metido en el sistema nervioso, hasta los predicadores de la paz, como Shimon Peres, quien parece convencido de que la fundación de un Estado palestino pasa obligadamente por el previo exterminio de sus habitantes. “Jenin no existe”, dice toda la maquinaria de relaciones públicas del Estado de Israel, fundado para la salvación de un pueblo y hoy convertido en una bien aceitada máquina para la destrucción del otro.

“Jenin no existe”, explican, señalando el mapa, George Bush y Colin Powell y Condoleezza Rice. Aquello fue una alucinación colectiva del mundo, un mal sueño de los izquierdistas, una indigestión de los que pregonan el apocalipsis. En cosa de semanas, de meses a lo sumo, la humanidad se habrá repuesto de esa pesadilla y de su olor a carne humana chamuscada y podrá despertar a una hermosa realidad de pláticas de paz en salones con aire acondicionado, botellas de agua mineral y banderitas impecables. Puros delirios del antisemitismo, las imágenes de casas demolidas a punta de misiles y disparos de tanque, con todos sus habitantes dentro --pinche abuela terrorista, pinche bebé terrorista-- volverán al imaginario colectivo del que nunca debieron salir, y podremos quitarnos de la cabeza esa idea horrenda de que el Estado de Israel es culpable de genocidio, y que en esa culpa le acompañan, por aplauso o por omisión, los gobiernos de eso que se llama a sí mismo “mundo civilizado”.

Supongamos, sin conceder, que haya sido excesiva la comparación entre Auschwitz y lo que las tropas israelíes han perpetrado en estas semanas en los asentamientos palestinos. Pero ahora, sobre el ripio maloliente de lo que fue Jenin --y que ya quedamos que no existe, ni existió nunca, así que no importa--, el gobierno de Israel proclama que todo lo ocurrido son mentiras, y uno recuerda que, en el discurso neonazi, Lídice no existió nunca, los aviones de la Luftwaffe dejaron caer flores sobre Gernika, y Dachau y Auschwitz eran, en realidad, centros de beneficencia. La enorme diferencia, en todo caso, es que las atrocidades del Tercer Reich son verdades lacerantes pero históricas, documentadas y probadas, y que, en cambio, Jenin, con sus cientos de muertos, con sus abuelas despellejadas y sus bebés destripados, con la peste de los cadáveres en plena calle, con sus ambulancias reventadas por los helicópteros, con sus tomas de agua balaceadas y sus camas incendiadas, Jenin, pues, el que todos vimos en la tele y los diarios, ese Jenin martirizado y símbolo mundial de ahora en adelante, no existe.

16.4.02

Mohammed Abed Ar'ouf


Conocido entre sus fieles palestinos por el seudónimo de Abu Amar, Yasser Arafat ha estado viviendo muy cerca de la muerte. En su despacho de Jerusalén, Ariel Sharon lanzó al aire una moneda. Si caía olivo, tendría que permitir que el viejo líder palestino viviera; si caía calavera, ordenaría el bombardeo final de lo que queda del cuartel general de la Autoridad Nacional Palestina en Ramallah. Los misiles de los helicópteros Apache y de los aviones Fighting Falcon, y los proyectiles de los tanques Merkaba tienen una enorme capacidad de destrucción. Es poco probable que el organismo llamado Arafat, y quienes lo rodean, sobrevivieran a un ataque masivo con esas armas. Esta disyuntiva de Sharon no ha terminado, a pesar de la visita de Colin Powell y aunque el ejército ocupante esté permitiendo, en un rasgo de graciosa piedad, el levantamiento de los cadáveres que ya apestan en las calles de las aglomeraciones palestinas. Por ahora Arafat sigue vivo, aunque la paz de Oslo esté muerta.

El cerco de Ramallah puede quedar sólo como una más de las circunstancias extremas de las muchas por las que ha pasado este hombre bajito, simpático y feo que parece tener más vidas que un gato y más biografías divergentes que Cristóbal Colón, y cuya zigzagueante y larga carrera política resume varios asuntos cruciales que marcaron la segunda mitad del siglo pasado: la liberación nacional, el nacionalismo, la lucha armada, el terrorismo, la democracia, la corrupción, la cooperación internacional, la negociación, las alianzas con el extinto bloque socialista y con los aún vigentes movimientos político-religiosos emanados del Islam.

Muy pocos ciudadanos del mundo, quizá ninguno, aparte del propio Arafat, podrían ostentar semejante currículum: estudiante exiliado, ingeniero en Kuwait, guerrillero y combatiente clandestino (no más ni menos terrorista, en su pasado, que Sharon, Rabin, Begin y que el propio Peres), orador en la Asamblea de la ONU, premio Nobel de la Paz, presidente y, de vuelta, combatiente acorralado por los tanques. Pocos como él, salidos de la nada, han conseguido tanto: la conformación, en la resistencia, de una identidad nacional, el acceso a los grandes foros mundiales, la legitimación de la causa palestina, la firma de la paz y el retiro de las tropas israelíes de Gaza y Cisjordania. Ninguno como él para sobrevivir a pérdidas y derrotas tan aplastantes: la ocupación de Cisjordania y Gaza en 1967, la masacre de palestinos en septiembre de 1970 en Jordania, la expulsión de Líbano, en 1982, en medio de un enfrentamiento fratricida entre facciones palestinas, y ahora, en un nuevo siglo, la reocupación de las tierras ancestrales por el enemigo de siempre.

Quienes lo aborrecen lo tachan de criminal sanguinario y carente de escrúpulos. Sus incondicionales --palestinos o no-- lo tienen por símbolo máximo, y casi sagrado, de la nación palestina y, en general, de la lucha de los oprimidos y los condenados de la tierra. Los fanáticos islámicos y los radicales laicos le critican su disposición a las concesiones y su renuncia a destruir Israel. Quienes pretenden verlo con objetividad le admiran su tenacidad y su heroísmo y le reprochan la corrupción y el burocratismo de las instituciones palestinas.

En medio de todos, en el centro del interés mediático mundial --así en la paz como en la guerra, así en la victoria como en la derrota--, Arafat sigue siendo un enigma. ¿Qué estará pensando el viejo líder en estas horas amargas, rodeado de muertos y de escombros, pero física y políticamente vivo a fin de cuentas?

9.4.02

Salwa Hassan


El sábado pasado en la localidad de Rafah, en la franja de Gaza, los soldados de Israel, en ejercicio del legítimo derecho a la defensa de su integridad física y de su país (por algo el operativo se llama Muro defensivo), mataron a balazos a una peligrosa terrorista palestina de nombre Salwa Hassan.

Fue sólo un incidente en la vasta carnicería que tiene lugar en Medio Oriente en los días que corren, pero de esos pequeños episodios se nutre la inmensa victoria política, moral y militar que está forjando el primer ministro israelí, Ariel Sharon, en su guerra contra el terrorismo palestino y en su determinación por acabar de raíz con el eje del mal en su versión de los kamikazes sangrientos que pululan por Ramallah, Nablus, Belén y Gaza. No hay mejor manera de impedir un atentado que matar a su autora potencial cuando ésta acaba de cumplir seis años, como era el caso de Salwa, aflojar un poco la censura de prensa y procurar, de esa forma, que el cuerpo flácido de la enemiga sea exhibido en los medios del mundo por las agencias de prensa: un escarmiento redondo.

Sería injusto, dicho sea de paso, negarle al gobierno de Estados Unidos --que ha aceptado incorporar esa matanza como un capítulo (o un frente) más de su guerra mundial contra los malvados-- su crédito y su mérito en esa pequeña, pero significativa, victoria contra el terrorismo.

El discurso oficial sostiene que esta actividad criminal es dirigida, en la región que nos ocupa, por un hombre de más de 70 años, privado de comida, agua, luz eléctrica, telecomunicaciones y escapatoria, que deambula como un fantasma de sí mismo por las ruinas y corredores derrumbados de su cuartel general, y cuya silueta triste está siempre en las miras infrarrojas y en los apuntadores láser de los soldados israelíes que rodean el sitio. Esa versión, un tanto metafísica, ha empezado a perder adeptos. Parece más lógico suponer que el ectoplasma de Yasser Arafat ha migrado a todos y cada uno de los palestinos que aún permanecen vivos. Tal vez por eso, los ocupantes de Ramallah han perdido interés en cobrar la vida del viejo dirigente y se concentran, ahora, en exterminar a cuanto ser viviente se encuentran por las calles o en el interior de los hogares.

Independientemente de que Arafat se encuentre, o no, a la cabeza del terror, las tropas de Israel están haciendo el milagro de la multiplicación de los terroristas. Esta ocupación es, en realidad, una cuidadosa y programada siembra de odio en el corazón y en los ojos de cada habitante de Belén, Tulkarem, Ramallah, Rafah, Jenín, Jericó y otros nidos de agresores. La apuesta de Sharon es a largo plazo: las muertes de hoy en las tierras palestinas son semillas de nuevos atentados kamikazes en los que morirán más ciudadanos de Israel, y esos ataques habrán de justificar, a su vez, una nueva cosecha de cadáveres de terroristas niños, adultos y ancianos, en un mes indeterminado del año que viene.

En el léxico político de estos tiempos se recurre a la zoología para expresar atributos, cualidades o defectos de los dirigentes. Pero las palomas y los halcones, a diferencia de los humanos, no prestan atención a las fotos que se publican en los diarios ni experimentan, ante ellas, emociones específicas. Los terroristas palestinos, equívocamente calificados de “bestias”, no alcanzan a ver en los diarios o en la tele los cuerpos despedazados de sus víctimas inocentes ?niños como Salwa Hassan, entre ellas? porque, para cuando las imágenes de sus crímenes llegan a los medios, los cadáveres de los responsables ya forman parte de la escena.

Sharon tampoco es una bestia, ni un halcón ni una paloma, sino un ser humano. Pero él, a diferencia de sus enemigos acérrimos, vive para mirar la foto de una niña palestina muerta con balas de grueso calibre. ¿Y qué le ocurre, entonces? ¿Se compadece, aprieta la mandíbula y decide seguir adelante? ¿Se regocija en secreto porque ha librado a su pueblo de un peligro? ¿Se felicita por el dolor causado a los familiares? ¿Experimenta una excitación sexual que ninguna otra circunstancia puede ya brindarle? ¿Logra un orgasmo? ¿Mancha su traje de primer ministro? 

2.4.02

La gelatina


Uno de los rasgos más extraños y desesperantes de la dolorosa guerra florida (es decir, tácitamente acordada) entre el asesino que gobierna Israel y los asesinos que dirigen las facciones terroristas del bando palestino es la enorme diferencia de medios y recursos bélicos: el ejército de Tel Aviv tiene a su disposición aviones supersónicos, helicópteros artillados, tanques y misiles tierra-tierra, entre otras cosas, para descuartizar niños y ancianos de Ramallah, Belén y Tulkarem. Los terroristas del integrismo sólo cuentan con reclutas rabiosos y enajenados para enviar sus cargas explosivas contra los cuerpos inermes de niños y ancianos de Jerusalén, Haifa y Netanya.

Los carísimos artefactos bélicos de Sharon y los kamikazes de Hamas y demás fundamentalistas son, a fin de cuentas, igualmente eficaces y cumplen su tarea de muerte y destrucción con la misma capacidad, pero eso no elimina la vasta desigualdad entre un Estado constituido y formal, mundialmente reconocido y que cuenta con el respaldo incondicional de la máxima potencia bélica, financiera, comercial, tecnológica y política del mundo, y una tribu de desesperados y miserables que nacieron entre gases lacrimógenos, crecieron viendo morir a los suyos y atestiguando la destrucción de sus hogares y el saqueo de sus tierras, y que viven, hasta su muerte prematura, sagrada y estúpida, bajo una circunstancia de opresión absoluta.

Si no fuera tan humillante (y, por ende, tan trágico de consecuencias), casi daría risa el contraste entre el poderío militar de Ariel Sharon y la indefensión casi absoluta de Yasser Arafat, orillado a sobrevivir como rata entre los escombros de su cuartel general en Ramallah, sobre todo si se piensa que, en el terreno de las formalidades, ambos se han sentado a la mesa de negociaciones en pie de dignatarios. En este punto del acoso y el aplastamiento, si el gobierno de Israel creyera en sus propias acusaciones contra el líder palestino, técnicamente no tendría ningún problema para liquidarlo físicamente ni para capturarlo vivo y meterlo en una celda. Da la impresión, por ello, de que Sharon carece de ideas para enfrentar esta coyuntura, o bien que encuentra en ella un intenso deleite.

En esta desigualdad aterradora hay, sin embargo, un par de elementos de simetría que no habría que pasar por alto. El primero es que, con todo y la abrumadora superioridad israelí, el gobierno de Tel Aviv es tan incapaz de proteger a su población civil de los atroces atentados terroristas como la Autoridad Nacional Palestina (ANP) de defender a la suya de las criminales incursiones militares enviadas por Sharon. El segundo consiste en que las instituciones de Israel y la ANP tienen un grado de control muy parecido --es decir, ninguno-- sobre las expresiones más violentas de sus respectivas organizaciones. Eso quiere decir que Sharon no puede (y probablemente no quiera) garantizar la vida de los habitantes de los territorios palestinos, de la misma manera que Arafat no tiene la menor posibilidad de incidir (lo quiera o no) en la seguridad de los ciudadanos de Israel. La única diferencia en este punto es que el jefe de la ANP aún condena, con lo que le queda de respiración, y sólo Dios sabe si con sinceridad, los cruentos atentados de Hamas y compañía, en tanto que Sharon se esfuerza por justificar y legitimar las matanzas de palestinos a manos del ejército israelí. Pero se ha llegado a la guerra total y ese pequeño matiz carece ahora de relevancia.

En los tiempos que corren la conclusión es de una obviedad casi insultante: ni Israel ni Palestina están en condiciones de mantener vivos a sus respectivos habitantes --ya no se diga a los del odiado vecino--, y ese dato debiera bastar y sobrar para que la gelatina llamada “comunidad internacional” actuara en cualquiera de sus advocaciones (ONU, Unión Europea, OTAN, la que gusten) y enviara a la región una fuerza militar capaz de cuidar a israelíes y palestinos de sus adversarios, y hasta de sí mismos. La negativa a emprender una acción semejante o su postergación indefinida (esperar, por ejemplo, a que la cuota diaria de bajas llegue a un número cualquiera seguido de dos o tres ceros) es tan criminal como los helicópteros artillados de Sharon o las bombas humanas de Hamas. Pero la llamada “comunidad internacional” es una especie de gelatina, en ella las responsabilidades de Estado se diluyen sin problema y los golpes se absorben entre toda la masa, y es probable, por ello, que los jefes de Estado y de gobierno de Europa occidental, el bobalicón y simpático Kofi Annan y demás representantes de la Civilización, sigan departiendo en hermosos encuentros mientras israelíes y palestinos se sacan las tripas unos a otros.

26.3.02

Pasión


Ahora nos acercamos al punto en que Jesús se dirige irremisiblemente al Calvario. Pobre hombre: ni su caridad, ni su amor infinito, ni su arrogancia --documentada con tanta precisión por Bertrand Russell-- conseguirán salvarlo de morir clavado, como mariposa de coleccionista, sobre un madero basto. Quieren los cristianos que ese hecho simbolice el sacrificio universal, la entrega al prójimo y la salvación de la especie pero, también, la semilla de maldad y ceguera en el fondo de los humanos que condujo a algunos de ellos a juzgar y condenar a Dios mismo. La luz de la redención y la expiación, enfrentada a la oscuridad del pecado y el deicidio forman el claroscuro emblemático de estos días santos, representado en el eclipse de sol que, según esto, se produjo en el momento de la crucifixión. En virtud de un claroscuro idiomático semejante, la palabra pasión, indicativa en sus orígenes de padecimiento, se haya convertido en nuestra era cachonda y sensorial en sinónimo de placer --pasión laboral o amorosa-- y hasta de estupidez --pasión por la moda o por los espectáculos televisivos--. Hoy, el vocablo que designa el gozo de cualquier filatelista o numismático por sus respectivas colecciones es el mismo que se emplea para recordar el sufrimiento postrero de Jesús. Pobre hombre.

Los vacacionistas se encaminan a los embotellamientos carreteros con la misma significación de padecimiento con la que Jesús marcha al Huerto de Getsemaní, aunque con mucho menos sentido de la trascendencia. Por eso, la enorme mayoría de ellos volverá sana y salva a sus hogares, mientras que el Hijo del hombre ha de permanecer, por los siglos de los siglos, desdoblado en condiciones contradictorias y paralelas: clavado a su madero, como lo pasean hasta la fecha los dignatarios católicos, con cierta crueldad en la exhibición, y residente en los Cielos, a la Diestra del padre, entre elegidos y bienaventurados, como no lo representa nadie. Pobre hombre.

Durante la Colonia, las autoridades peninsulares decidieron eximir a los americanos de la obligación de la cuaresma, porque les pareció que era demasiada crueldad prohibir la carne y condenar al pescado --un alimento execrable, a lo que puede verse-- a pueblos que de suyo se morían de hambre. Así, el simbolismo de la abstención se confinó, en nuestras tierras, a los viernes de cuaresma. Pero en estas latitudes y en estas épocas la ingesta de frutos del mar en los altiplanos de América es un lujo y un riesgo --porque la calor pudre hasta al más ágil de los peces--, además de un negocio basado en el placer de los paladares. Pedro, el pescador, lograría colarse en la lista de Forbes a costillas de su amado Maestro; pobre hombre.

En las tierras santas donde transcurrió Su Pasión, sólo una minoría de palestinos practica el cristianismo. La mayor parte de la población se divide entre el judaísmo y el Islam --que son, si se mira con atención, las religiones Antes De y Después De, Cristo--; unos y otros, por estos días, se descuartizan mutuamente con una pasión nacional, territorial, bélica y bíblica (en el peor sentido), no se detienen ni siquiera ante cadáveres de niños de cuatro años --árabes o israelíes--, y mucho menos ante la evocación de un crucificado que les es del todo ajeno. Por su parte, la cristiandad conmemora su tercer milenio tan dividida como siempre, tan bárbara, belicosa y salvaje como siempre, y con tanta aptitud para la Redención como la de un cuadrapléjico para la gimnasia olímpica. Pobre hombre. 

19.3.02

Andrea Yates


Un asunto destacado de estos días es la cuarta boda de Liza Minnelli. Por la iglesia de Marble Collegiate, en Nueva York, desfilaron la sordidez genial de Anthony Hopkins, la incontinencia lúbrica de Michael Douglas y los prodigios de transmutación biológica de Michael Jackson, entre otros organismos famosos. Entre los despachos de prensa que llegan de Estados Unidos, ése sería, por ejemplo, un tema amable para dejar constancia del calor primaveral, que este año viene adelantando. También podría escribirse algo sobre la enésima toma de posesión de Robert Mugabe, quien ha sabido convertir los rescoldos del antimperialismo en corrupción químicamente pura, o sobre los entretelones del auto sacramental que llevan a escena, en los escenarios de Barcelona y Monterrey, globalifóbicos y globalifílicos, o sobre las desoladoras carnicerías perpetuas de Colombia y Medio Oriente. Ojalá que la evocación de Andrea Yates en estas líneas no parezca un insulto a la primavera inminente.

El martes pasado, esta esposa de ingeniero de la NASA fue declarada culpable por un jurado de Texas, que ahora debe escoger entre la condena a muerte o la cadena perpetua.

Andrea está casada con Rusty Yates, con quien procreó a Noah, John, Paul, Luke y Mary. En el verano del año pasado, el primero tenía siete años y la última, seis meses. Para entonces, la madre había pasado por dos ensayos de suicidio y cuatro internamientos en hospitales siquiátricos. Sus desórdenes mentales están documentados desde el tercer alumbramiento, y hay pruebas de que, a partir del cuarto, cayó en severas depresiones.

Andrea declaró que, desde el nacimiento de Mary, percibió que el diablo atormentaba a sus hijos y que pretendía hundirlos en las llamas del infierno. El 20 de junio de 2001 llegó a la conclusión de que debía proteger a su prole de los embates de Satanás, y no encontró mejor manera de hacerlo que llenar de agua la tina de su casa. Esa misma tarde, la policía encontró los cadáveres mojados de John, Paul, Luke y Mary en sus respectivas camas, como si se hubieran quedado dormidos antes de secarse. El cuerpo de Noah todavía flotaba boca abajo en la bañera.

Desde entonces, Andrea ha permanecido en prisión, donde se le administran de manera regular tratamientos con antisicóticos. Tal vez por eso, en la sesión del 12 de marzo, cuando se le declaró culpable, escuchó el veredicto sin parpadear.

No hay por dónde encontrarle una moraleja a esta historia triste. Saltan a la vista, en cambio, dos paradojas.

La primera es que Andrea Yates, a pesar de su enfermedad, o por ella, sabía que su existencia era peligrosa, y que trató de acabar con ella en dos ocasiones. Si Andrea hubiese logrado suicidarse habría dejado cinco huérfanos, y no cinco tumbas. Pero la misma sociedad que entonces se lo impidió, ahora, ya realizado el daño, se dispone a ejecutarla. La segunda paradoja es que la tragedia de los Yates ocurre en el seno de un país hiperinformado, con una NASA que busca y consigue datos sobre los desiertos marcianos y los anillos de Júpiter, una prensa escandalosa que consigna la marca de ropa interior de las estrellas de cine, una agencia de espionaje que detecta los desplazamientos de los terroristas, institutos y empresas de investigación que escudriñan la danza molecular del genoma humano y universidades que coleccionan las ediciones de literatura marginal de Paraguay; pero en toda esa masa aplastante de información no aparecen registros sobre el alma de Andrea Yates. Ahora, esta primavera calentará cinco lápidas, y tal vez para el invierno haya una sexta.

12.3.02

Réquiem


Ayer, en plazas e iglesias de Estados Unidos, se recordó a los inocentes que murieron en los atentados del 11 de septiembre. Bien saben los deudos que un plazo de seis meses es demasiado corto para quitarse de encima las costumbres, los olores, los gestos, la temperatura de la piel de los ausentes y la rabia contra sus asesinos. En el mejor de los casos, al año del fallecimiento se entiende que esos y otros ganchos que mantienen anclado entre los vivos el recuerdo del muerto no desaparecen del todo sino después de varias décadas, cuando la totalidad de los dolientes desaparecen, a su vez, del mundo, y cuando el difunto original puede, por fin, jubilarse del todo, incluso de su papel de recuerdo doloroso, y abandonarse plenamente a la dulzura de la nada.

Pero los asesinados hace seis meses en Nueva York y Washington fueron obligados a florecer en nuevos y numerosos muertos distantes, muchos de ellos tan inocentes como sus predecesores inmediatos de Estados Unidos. La Casa Blanca decidió aprovecharse del dolor doméstico para sembrar cadáveres en las remotas tierras afganas, y cada uno de ellos ha dejado un hueco sangriento y lacerante entre sus amigos y familiares, y un rencor de múltiples raíces entre sus correligionarios.

Pasará mucho tiempo antes de que se desvanezcan esos lutos que no aparecen en la televisión ni son recopilados en shows sentimentales ni reproducidos en películas de acción. Ojalá que en ese tiempo el dolor y la rabia de los anónimos deudos afganos no fermente nuevos y mortíferos atentados contra ciudadanos de Estados Unidos.

En estos días de recordaciones tristes uno se pregunta cuándo les será dado, a israelíes y palestinos, recordar en paz a sus respectivos mártires y cuándo podrá hablarse de sosiego verdadero en los cementerios de ambos pueblos. Por ahora, la criminal estupidez de Estado y la inconsciencia criminal del integrismo patriótico han establecido, entre unas y otras tumbas, una dinámica de competencia, un vaso comunicante que rebalsa de sobrepoblación las necrópolis, un juego macabro que se desarrolla, para vergüenza de la humanidad, ante la pasiva y discreta repugnancia --en el caso de los europeos-- o frente al entusiasmo apenas disimulado --para referirse a Washington-- de los poderosos del mundo. Y cuando oyen un reproche por su banquete necrófilo y obsceno, Sharon, los terroristas palestinos y los partidarios de unos y otros ponen los ojos en blanco de inocencia y echan mano del argumento más sofisticado que podría formular un crío de tres años algo tonto: “Es que los otros empezaron”.

Tengo la discreta esperanza de que, más pronto que tarde, los cadáveres de los actuales dirigentes y organizadores de esta floración de muertos desciendan, por causas naturales, a las tierras que han ensangrentado, y que una nueva generación de líderes de ambos lados logre detener la competencia por las máximas tasas de sobrepoblación en los cementerios.

Réquiem quiere decir descanso. Ojalá que llegue antes de que Clara y Sofía dejen de ser niñas, y que ambas, y muchos otros infantes de todos los continentes, puedan viajar a Israel y a Palestina y confraternizar con los niños de ambos países, y que entre todos logren verse a los ojos sin la niebla del rencor histórico, y que corran y jueguen en memoria y recuerdo de esos muertos, y de todos los otros, y que las tumbas sean sitios realmente apacibles, y que no se estremezcan por el estallido de las bombas humanas (que es el uso más necio que se le puede dar al organismo de una persona), ni vibren bajo el ruido de los helicópteros asesinos, cuya sustentación es la manera más irresponsable de aprovechar el aire.

5.3.02

Violadores en Boston


En la arquidiócesis de Boston ha florecido un escándalo al que Newsweek le dedicó la portada de su más reciente edición y que puede resumirse en algunos números: en las últimas cuatro décadas, entre 60 y 70 curas fueron acusados por abuso sexual de menores; uno de ellos, John J. Geoghan, actualmente separado del ministerio y sentenciado en primera instancia a diez años de prisión, es sospechoso de haber agredido sexualmente a 130 niños; la Iglesia católica de Estados Unidos ha gastado, en los últimos veinte años, entre 300 y 800 millones de dólares en arreglos bajo la mesa --es decir, antes de que las cosas lleguen a los tribunales-- como compensación a las víctimas de sus curas violadores; la arquidiócesis de Boston, presidida por el cardenal Bernard Law, miembro destacado de la jerarquía eclesiástica estadunidense y encubridor de religiosos pederastas, enfrenta demandas por 30 millones de dólares por parte de las víctimas de abusos sexuales que se atrevieron a denunciarlos.

Todo mundo --menos el consistorio romano, compuesto por almas puras, agraciadas por la virtud de la inocencia-- ha sabido siempre que al interior de los seminarios, los conventos, las sacristías y los palacios arzobispales se desarrolla una vida sexual intensa, no menos diversa que la de los laicos --de todo hay en la viña del Señor-- y acaso también un poco más perversa, entendida la perversidad como el conjunto de prácticas que causan agravios físicos y/o emocionales a uno o más de los participantes. Tal vez por la condición reprimida, secreta y pecaminosa de la sexualidad entre los religiosos, ésta suele permanecer al margen de, o contravenir, la ética sexual que ha venido construyéndose en la modernidad, y que tiene como principios rectores el carácter voluntario y aceptado de las relaciones, el respeto a los deseos y reticencias ajenos, así como la preservación de la integridad de las personas.

El abuso sexual en todas sus formas, la pederastia y la perversión de menores no sólo quebrantan esa ética, sino que configuran delitos plenamente tipificados en la ley. Sin embargo, es conocida la reticencia de las jerarquías eclesiásticas de todo el mundo a colaborar con la justicia laica cuando ésta se ve obligada a olfatear entre las sotanas en busca de culpabilidad. Esa reticencia suele convertirse en franco encubrimiento, como el que ha venido practicando el muy prominente cardenal Bernard Law en relación con el ex cura Geoghan, el cual durante 30 años metió mano impunemente a niños prepúberes en muchas de las parroquias de esa ciudad.

Hay una acentuada molestia entre los católicos de Estados Unidos por las dificultades para controlar los abusos sexuales cometidos por sus religiosos. En ese país las irregularidades y los escándalos afloran con facilidad, no sólo porque las instituciones de procuración e impartición de justicia cuentan todavía con márgenes elevados de credibilidad, sino también por los millones de dólares que se juegan en las demandas judiciales. Pero en América Latina, reducto y búnker espiritual del catolicismo, las cosas no son tan fáciles y no existe ni un asomo de estadística sobre las agresiones sexuales cometidas por los curas de esa religión.

Una conclusión que sin duda complacería al Vaticano sería que en esta región del mundo no existen tales delitos, y que si se cometen en la nación vecina, ha de ser por la influencia del protestantismo, la relajación de las costumbres y la pérdida de valores espirituales que conlleva la cultura materialista de los gringos. Eso ha de ser.

26.2.02

Humillación


El gobierno israelí juega con Yasser Arafat de manera parecida a los gatos que zarandean un poco a los ratones antes de comérselos. Por la ventana de la oficina del atribulado líder palestino asoman hocicos de 105 milímetros que husmean en los rincones de la habitación y luego se retiran unos cientos de metros, a fin de darle oportunidad al prisionero de que salga a tomar el sol en la Ramallah sitiada.

Las fuerzas armadas de Israel bombardean de manera regular las instalaciones de radio y televisión y las oficinas de la Autoridad Nacional Palestina. El aeropuerto de Gaza fue destruido y hasta una que otra fábrica es pasto de las bombas de Tel Aviv. Los guardaespaldas de Arafat suelen saltar por los aires tras los impactos de los misiles israelíes. Anteayer se realizó el funeral de un joven, de apellido Hayek, que llevaba a su esposa embarazada a un hospital para que diera a luz, fue acribillado por los soldados implacables de Ariel Sharon que, de paso, hirieron de gravedad a la mujer encinta.

Lo curioso es que el premier israelí, quien no sólo tiene fama pública de asesino de civiles inermes sino también de hombre listo, suponga que, en esas circunstancias, se ponga en actitud de suponer que su contraparte palestina todavía detenta alguna autoridad como para hacer justicia y sancionar los atentados terroristas que se fraguan en Gaza y Cisjordania y que, un día sí y otro también, golpean a la población de Israel y dejan entre ella un reguero paralelo de inocentes muertos. Es casi gracioso que Hillary Rodham Clinton, una mujer que no sólo es conocida por poner cara dura a las tormentas sino también por su agudeza, sea capaz de constatar, en voz alta, que Arafat “ha incumplido sus promesas”, como si el cautivo de Ramallah estuviera en condiciones de cumplirlas.

En las circunstancias actuales --y los gobiernos de Tel Aviv y Washington lo saben perfectamente--, depositar en las actitudes del presidente de la Autoridad Nacional Palestina las posibilidades de la paz en Medio Oriente es casi tan grotesco como lo sería el exigirle al sastre de mi barrio que erradique la epidemia de sida que agobia al planeta. Los jóvenes de Cisjordania y Gaza forman un caldo de cultivo desarticulado e incontrolable; no necesitan a Arafat para retorcerse de rabia y desesperación ante la atrocidad cotidiana de que son víctimas ni para emprender el camino del martirio terrorista, y no han de hacerles mucha mella las condenas de su (todavía) líder nominal a los atentados, ni han de sentirse demasiado impresionados por la autoridad de una policía cuyos cuarteles son bombardeados a diario y que parece más preocupada en atender a sus integrantes heridos que en emprender, entre su propio pueblo, una cacería de presuntos militantes suicidas.

El escarnio de Arafat no tiene más propósito visible que ahondar la exasperación entre los habitantes de los territorios palestinos y echar más leña a la hoguera donde se cuecen los atentados. Al gobierno de Sharon sólo le falta llevar al viejo líder palestino a una plaza de Ramallah, desnudarlo, pegarle plumas, hacerlo bailar y exigirle que, desde allí, ordene a los terroristas un cese de hostilidades inmediato. La humillación va dirigida contra la nación palestina en su conjunto:

-¿Este es tu presidente? Pues míralo en su habitación, impotente e inerme, tratando de escabullirse de la mirada devastadora de mis tanques.

De esa manera, Sharon se garantiza que la fábrica de atentados --la única fábrica que va quedando en la Palestina arrasada-- siga produciendo a todo vapor. La más grave amenaza para la seguridad y la vida de los israelíes no es Arafat ni Hamas ni Hezbollah ni la Jihad Islámica, sino su propio primer ministro.

19.2.02

Verdad y disparate


En su más reciente artículo (15/02/02), James Petras acusó a quienes criticamos un reciente exceso verbal suyo (Almeyra, Kraus, El Fisgón y el que escribe) de proferir en su contra “distorsiones, invenciones y acusaciones calumniosas”; nos describió como “individuos que supuestamente hablan desde la izquierda (que) se enfrascan en polémicas que recuerdan lo que León Trotsky llamó 'la escuela estalinista de la falsificación'” y como “voces autoritarias que convertirían el diálogo en monólogo por medio de la censura y la acusación difamatoria”, y nos regañó por practicar una “horrible virulencia” en nuestras respuestas a su texto. Por lo que respecta a la misiva de El Fisgón y mía, nos limitamos a cuestionar un juicio de Petras a todas luces desmesurado (que Estados Unidos es “el imperio... que rinde tributo al poder regional (Israel) y no al revés”) y la divulgación de una hipótesis --la supuesta participación de los servicios secretos israelíes en los atentados del 11 de septiembre-- que, hasta ahora, carece de fundamentos sólidos, como lo reconoció el propio autor: “Estas historias y sus autores se basan en no más que evidencias circunstanciales”.

Entre las verdades indiscutibles escritas por Petras en su artículo y en su respuesta hay una insinuación que, en ausencia de elementos de prueba, resulta un delirio conspiratorio o la semilla para una película de intriga; tal vez por eso, en su respuesta el autor ya no comenta “la relación entre los terroristas árabes y la policía secreta israelí” en torno a los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono, y se limita a informar sobre “la presencia de numerosos espías israelíes en Estados Unidos, antes y después del 11 de septiembre”, afirmación tan vaga que ya no es indicativa de nada: “numerosos” puede ser cualquier cosa entre, digamos, 12 y 70 mil, en tanto que la generosa referencia cronológica incluye cualquier momento entre, por ejemplo, el verano del 56 y el domingo pasado.

Por lo demás, en el primer artículo de Petras se consigna, entre datos duros, incuestionables y ciertamente valiosos, una mentira gorda y jugosa como cucaracha del trópico: que Israel “es, en realidad, un poder hegemónico” y Estados Unidos, un “imperio colonizado” que “maniobra para encubrir su servilismo” ante Tel Aviv.

A Petras lo ponen de muy mal humor los reproches porque algunas de sus argumentaciones lindan con las varias y famosas falsificaciones históricas de corte antisemita. Dice, en su respuesta, que “mi artículo jamás hizo referencia a todos los judíos de Estados Unidos (ya no digamos del mundo). Se refiere claramente a aquellos judíos que en Estados Unidos respaldan incondicionalmente la política de Estado de Israel”. Pero, en alusión a un presunto encubrimiento de una también presunta intervención israelí en los ataques del 11 de septiembre, escribió: “El silencio que impera indica la naturaleza vasta y agresiva de los poderosos partidarios de la diáspora judía”, lo cual puede ser interpretado como “todos los judíos de Estados Unidos” e incluso como “todos los judíos del mundo”, salvo, por supuesto, los que residen en Israel, los cuales quedan fuera del conjunto “diáspora”.

Petras piensa que hay en sus detractores un afán de censura, pero yo me alegro de que disponga de este espacio para verter su manera de pensar, que es, como la nuestra y como la de todos, una mezcla --supongo que honesta-- de palabras sensatas y de disparates. Él encuentra “horrible” y “virulento” el estilo de sus críticos; yo calificaría esta polémica en su conjunto --réplicas y contrarréplicas-- de “triste” y “aburrida”; por ello ofrezco amplias disculpas a los lectores y me comprometo a cerrar el pico, en lo sucesivo, ante los artículos de Petras, por muchas verdades que diga en ellos, o incluso si alguna vez descubre y divulga, basándose en hechos incontrovertibles, que la Unión Soviética fue, en realidad, un invento de los cubanos, o algo por el estilo.

12.2.02

El canto de Chávez


Popular, populista y populachero, con retórica de vendedor de baratijas patrióticas en un mercado de feria, Hugo Chávez representa un extremo de la frustración política latinoamericana. El otro, Fernando de la Rúa, quien por mandato popular partió al basurero a finales del año pasado, era prototipo, más bien, de parlamentario ilustrado, fogueado en universidades, buenos restaurantes y exilios esclarecedores. Ni el moderado progresista vestido de Armani ni el exaltado y sudoroso cuartelario han pasado la prueba de la política. De la Rúa dimitió pudorosamente --como lo prescriben las buenas maneras democráticas-- y dio paso a una cadena de presidentes cuyo más reciente eslabón se llama Eduardo Duhalde. Nadie conoce, en cambio, el futuro de Chávez. Si el descontento en su contra persiste y se acrecienta, los reflejos militares pueden llevarlo a atrincherarse en los jirones de su respaldo de masas y empujarlo a producir una matazón sin sentido que le haría daño a todo mundo y bien a nadie, ni siquiera a Estados Unidos. Ojalá que no. Ojalá que, si llega el momento de la sangre, Chávez tenga la sensatez o la cobardía, o el atributo o el defecto que se quiera, para tomar un avión y largarse a escribir sus memorias de gorila de izquierda.

Por cierto, las torpezas políticas del presidente venezolano no le dan la razón a Colin Powell. El actual secretario de Estado estadunidense tiene tanta autoridad para cuestionar la vocación democrática de un gobierno extranjero como un jefe de aduanas de Nigeria, porque el gobierno de George W. Bush --del que Powell forma parte-- es producto de un fraude electoral realizado en Florida a la vista de todo el mundo. Tampoco el coronel Pedro Soto y sus representados --si es que los tiene-- resultan adversarios serios y creíbles para el demagogo de Miraflores. El oficial de aviación tiene, tras de sí, el dudoso antecedente de haber sido edecán de Carlos Andrés Pérez, y no hay, en el abanico de la oposición venezolana, figuras prominentes no vinculadas con la corrupta clase política, cuya bancarrota hizo posible y hasta inevitable que el electorado pusiera en la silla presidencial a un militar golpista de boca fácil y vocación autoritaria. Pero la falta de calidad moral de los detractores de Chávez no va a ser freno para el deterioro (o la caída en picada) del actual gobierno, por la simple razón de que éste no tiene ninguna propuesta seria ni viable de nación, como no la tuvo De la Rúa ni la tienen, tampoco, los gobiernos neoliberales que aún medran en el continente.

El dato a considerar es que, cuando el mundo se integra y se transforma de manera vertiginosa e irracional, en estos países de acá no existe una idea clara de cómo participar en ese proceso, cómo reivindicar cierto grado de protagonismo en él y cómo, al mismo tiempo, seguir siendo países constituidos y no meros campos de acción para las franquicias. Suena horrible, pero la receta para resistir y ofrecer alternativas a economías y sociedades con cara de Ronald McDonald no se encuentra en los escritos de Simón Bolívar, Benito Juárez ni José Martí, por más que este último haya redactado un opúsculo profético contra el TLC y haya vislumbrado el poder actual de la Coca Cola. Bien harían los dirigentes en dejar descansar a los próceres en sus tumbas y ponerse a trabajar ante situaciones nuevas. En esta lógica, si Chávez pudiera rescatar lo que queda de su gobierno, tendría que empezar a estudiar el mundo que es y dejar sus conjuros de resurrección del Libertador para sus tiempos --ojalá apacibles-- de ex presidente. De otra manera, su discurso se convertirá, más pronto que tarde, en un canto de cisne (sea cisne o patito feo) y su gesta demagógica será una contribución más a la frustración de las sociedades latinoamericanas ante sus gobernantes de todas las tendencias.

29.1.02

Palestinos


La extinción y el exterminio pueden ser, para cualquier pueblo, posibilidades interesantes de desarrollo: cientos o miles de años después se hablará de los misterios que dejó esa gente a su paso por el mundo, se le dedicará museos y simposios, se filmarán películas plagadas de errores y anacronismos, y se generarán muchas fuentes de empleo para arqueólogos, historiadores, novelistas históricos y charlatanes. Por si eso fuera poco, hay que considerar que cualquier tentativa de preservarse ante el paso del tiempo es, a largo plazo, completamente inútil, y que en cosa de cinco siglos, a lo sumo, no existirá ninguna de las sociedades contemporáneas y ninguno de los Estados actualmente constituidos. También puede añadirse, por si esas razones no bastaran para disuadir cualquier intento de resistencia, que, en rigor astronómico, las cosas acabarán mal, y que esta pelota sobre la que vivimos, comerciamos, hacemos la guerra, el amor y la filosofía, terminará achicharrada e inerte cuando nuestra enana amarilla se convierta en una gigante roja y acabe los más sólidos y sublimes afanes de perdurar que haya plasmado la especie humana.

Pero no es fácil persuadir a la gente de que se abstenga de amar, de criar hijos, de comer, de trabajar, de pelearse y de buscar condiciones de protección y preservación para el individuo y para la tribu. Tal vez si acatáramos las implicaciones del escenario cósmico no nos quedaría más remedio que pedir pizzas a domicilio y encerrarnos a esperar una muerte rápida y onanista. Puede ser que ese impulso a ir en contra de la entropía haya mantenido a las sociedades actuales, incluida la palestina, en los diversos y contrastados canales de la resistencia para persistir: la ideológica, la militar, la económica, la cívica y, a veces, la del ejercicio del terrorismo. Los palestinos tuvieron una primera oportunidad para resignarse a la extinción --y ahorrarse cualquier angustia ontológica que pudiera generar la basura cósmica-- cuando Israel y Occidente establecieron su inexistencia: en el antiguo protectorado inglés no había ningún pueblo con rasgos singulares distintos de los de los árabes en general; por ello, bien podían ser expulsados hacia naciones vecinas, en las cuales tendrían garantizada la asimilación, o convertirse en “árabes israelíes”. Los palestinos fueron sometidos a una lógica semejante a la que se abatió sobre los gitanos en España a fines del siglo XV, cuando los Reyes Católicos emitieron la pragmática de Medina del Campo: tenían derecho a vivir, siempre y cuando dejaran de ser gitanos.

Por el contrario, al igual que los judíos, los gringos, los mexicanos o los rusos, y a pesar de ir contra la escatología cósmica, los palestinos se han empeñado, durante la segunda mitad del siglo pasado y lo que va del presente, en construirse instituciones que no son ni jordanas ni israelíes ni sirias sino palestinas.

La idea de fundar un Estado propio puede parecer una gran necedad cuando se le contrasta con el sinsentido de la existencia en general, con la burocracia y la corrupción que afloran desde ahora en las incipientes entidades palestinas o con las dificultades de hacerlo cuando se tiene en contra la voluntad del gobierno de Estados Unidos y también, para colmo, la del vecino Israel. Pensándolo bien, si no fuera por veleidades como ésa, habríamos podido permanecer indefinidamente en el paraíso terrenal, trepados a los árboles y jugando con plátanos, sin sentido de historia ni de ética, sin percepción del tiempo y sin más instrumental para derramar sangre del prójimo que una quijada de burro.

8.1.02

Cloruro de potasio


En estado puro el sodio (Na) y el potasio (K) son, ambos, metales plateados, y tan suaves que pueden cortarse con un cuchillo; colindan el uno con el otro en la primera columna de la Tabla Periódica; son, incluso, elementos hermanos, miembros de la familia de los metales alcalinos. Pero, si se combinan con el Cloro (Cl), que se sitúa del lado opuesto (derecho) de la clasificación de Mendeléiev, producen sustancias diferentes: el cloruro de sodio, o sea, sal vulgar, y el cloruro de potasio, un compuesto blanco cristalino que sirve para abono, para obtener potasio simple o bien para mandar seres humanos al otro mundo. Aunque empleada en pequeñas dosis esta sustancia tiene virtudes terapéuticas, su capacidad de provocar paros cardiacos fulminantes ha sido dirigida en forma humanitaria, es decir, para ahorrarles la pena de la existencia a enfermos terminales, incurables y dolientes, pero también para asesinar a sádicos, enfermos mentales y pobres diablos, culpables o inocentes, en los mataderos oficiales de Estados Unidos, en donde se practica un agujero en la vena de los condenados y se les aplica, por allí, un coctel de pentotal --anestésico--, pancuronium --paralizador de los músculos respiratorios-- y cloruro de potasio.

En lógicas opuestas --la de los conservadores que odian la eutanasia, o la de los humanistas a quienes repugna la pena de muerte-- este cristal blancuzco, mucho más pernicioso para la salud que la cocaína e incluso que la heroína y el crack, tendría que estar sujeto a severas regulaciones, pero hasta ahora no es así. Hace unos días, Human Rights Watch y otros organismos humanitarios descubrieron que, durante más de dos décadas, el Centro de Salud McAlester, de Oklahoma, había estado suministrando a las jeringas de la venganza el compuesto mortal, y lograron que el director del hospital, Joel Tate, ordenara la inmediata suspensión de las ventas del cloruro a las penitenciarías del Estado, según un reportaje de Justine Sharrock divulgado en el sitio web de Mother Jones.

Los laboratorios Borgen Brunswing y Cardinal Health, entre otros, producen esta sustancia sin restricción alguna y trafican libremente con ella como si fuera mantequilla de cacahuate -la cual, dicho sea de paso, también conduce al infarto, pero con mucha mayor lentitud, y siempre y cuando se le consuma en cantidades mayores. Abbot, por su parte, un fabricante masivo de pentotal, afirma que no se le puede responsabilizar por el uso que se dé a sus productos. Otro tanto podrían decir, en pie de justicia, los Arellano Félix y los accionistas de las industrias militares que se colmaron los bolsillos con la reciente destrucción de chozas miserables en Afganistán.

Entrevistado por Sharrock, Steve Hawkins, director ejecutivo de la Coalición Nacional para Abolir la Pena de Muerte, explicó la línea de acción: “las empresas farmacéuticas están en el negocio de fabricar drogas para la salud y el bienestar, no en el de matar gente”, y hay que encontrar la forma de que este último se vuelva, al menos, caro y difícil.

Es una estrategia plausible. En lo personal se me ha hecho clara, además, la necesidad de argumentar contra la pena de muerte de manera profundamente amorosa.